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martes

FRANCISCO "PACO" ESPÍNOLA - DON JUAN, EL ZORRO (163)

 Apéndice III

 

Comentarios del autor (1)

 

(Los tres textos que siguen corresponden a originales manuscritos del autor y fueron hallados en un sobre en el que figura, manuscrita por el autor, asimismo, esta leyenda: “Algo de lo que se dijo en el SODRE con motivo de la lectura de “Don Juan”).

 

Primer comentario. (1)

 

Para la lectura en viernes sucesivos de algunos fragmentos de este Don Juan sin terminar, escogí partes que, por su tema o por las características de su composición, perdieran menos al darse aislados. Hubiera querido, previamente, hacer algunas consideraciones generales. Explicar, por ejemplo, porqué son animales los personajes; porqué la resurrección de la comparación narrativa de la épica clásica; porqué, no ya en los diálogos, sino cuando debo expresarme yo mismo, empleo giros más vulgares así como modos de organizar la frase que, por toscos, rechaza la literatura.  No resisto a dar un ejemplo de esto, tomado de lo que se leerá esta noche en que soldados persiguiendo frenéticos a un prófugo son intempestivamente detenidos desde lejos por la orden furibunda del Comisario. En vez de emplear el término propio, inercia, y nada más, adviertan cuántas palabras puse y con qué desaprensión plebeya de forma: Dice el texto: “Ellos quisieron sujetarse. Y hasta se echaron para atrás. Pero botas y alpargatas siguieron corriendo un trecho por su cuenta”. Convendrán ustedes conmigo que esta forma bárbara la emplearía, sí, un hombre nuestro culturalmente inocente, pero nunca un principiante en literatura por más mal dotado que esté. Pero creo que convendrán, también, en que tal como está escrita se sugiere más, mucho más la sensación del efecto de la inercia que con la palabra exacta. Y en que procediendo así, lógranse dos objetivos: se consigue dar insólita veracidad de participación y se hace nacer una pincelada más para la presentación de un grupo social, el criollo, cuya pintura constituye una de las aspiraciones profundas que me movieron a emprender la novela.

 

Otro ejemplo de escribir mal para que la escritura resulte muy bien. Dentro de los cajones del escritorio de la Comisaría que enseguida van a ver, hay un retrato. Al mencionarlo yo digo, no uno de los incultos personajes: “…un retrato a lápiz y con marco dorado, que nunca se supo quien era”. La frase es, gramaticalmente, brutal. Hay que decir, más aun cuando se escribe: “de quien” es un retrato y no “quien es” el retrato. Pero para el hombre de campo, y más en la remota época de la novela, el retrato, por las pocas oportunidades de los retratos, es casi, y sin casi, la persona misma.

 

(Y no hay que sonreír. En mayor o menor grado, a nosotros mismos, hoy, nos sucede algo semejante. El retrato de un ser querido -tanto más cuanto más querido y más, todavía, si lo hemos perdido- es ese ser, el mismo, en carne y alma, no su retrato; que este desaparece, deja de existir para darle su sitio al ausente y darle su existencia otra vez entre nosotros).

 

Ya ven qué cosas se consiguen sólo con no tener miedo a suprimir un simple nexo; en este caso, la preposición de.

 

Procedimientos de esta naturaleza, perturbadores de normas gramaticales, se emplean en “Don Juan” -claro que con todo el tino de que soy capaz- para ir situando insólitos toques de pincel destinados a ayudar a aquellos trazos francos que directamente -escenas, situaciones, personajes- van configurando la imagen espiritual si no de un pueblo entero, de una parte de él y aun latente: la originaria y anónima y poco amada por demasiado exaltada y poco conocida.

miércoles

FRANCISCO "PACO" ESPÍNOLA - DON JUAN, EL ZORRO (164)

 Apéndice II

 

Noche en el monte (3)

 

En pos, agachaba la testa de continuo el ya más que desvelado rocín; resoplaba el piso -ahora, a trechos, ya fangoso- de la senda, como desconfiándole a su rumbo; a la vez, así, ponía los redondos ojos más cerca del sitio donde debía posar (sin tiempo al cálculo por el apuro del que le precedía) las viejas patas inseguras, con esa zozobra de no saber a ciencia cierta qué diantres hay en el suelo, a medio metro de distancia; porque lo firme de la noche viajaba también, se iba desplazando su horizonte abarcador, hecho opaca redoma, con ellos, hacia el norte. Y al mismo tiempo este perturbado jamelgo fijaba su atención, como se afirma un cabo, en el resuelto pisar del animoso delantero que (cual si supiera que existía tanta prisa cuando otra vez se vio obligado a dejar su trote de potril) con el pescuezo en arco para acercar la vista al suelo había alargado más sus pasos entre las sombras, por lo cual, así, y sacando aun más altas, con más lentitud, y, por eso, con mayor seguridad sus manos, conducía tal vez mucho más rápido. Sobre él no flotaba, como ratos antes, el negro poncho amplio; su jinete (bien inclinado sobre la cabezada, bien hundido el sombrero) sosteníalo recogido bajo las botas por no ofrecer a tantos dedos largos, retorcidos, de finísimas uñas, que irrumpían sin ser vistos de un lado y de otro para desgarrar; y a cuyos salpicantes forcejeos, un furtivo blancor aparecía a veces en lo alto, duraba por instantes y desaparecía, trayendo a la visión y llevándose consigo, junto con últimos lapachos y algún viraró y sombra de toro, también trechos de arena con conchillas ya, y ya un aumento de laureles, de ceribos, de mataojos, y el sarandí y el sauce que anunciaban la proximidad, al fin, del río.

 

Atento al movimiento de las ansiosas ancas contra las que ahora topetaba a cada resbalón, al caballejo no le fue preciso tirarle las riendas cuando, traspuesto un codo, se les interrumpió la senda. El derrumbe de tamaño higuerón la había cortado de través. Y el ñapindá y las trepadoras, anudándose a enanos corrujos, habían levantado con tal base fofa cortina. Dos senderos en horqueta allí nacían. El jinete que punteaba descabalgó, se quitó el poncho y, con la sobrecincha, lo aseguró al apero, bajo la badana. Luego, palmeó tranquilizante el cuello del bruto, cogió las bridas y no tomó la senda más franca, la de la derecha. No. Precedido por su acompañante, que también echó pie a tierra y se afirmaba a dos manos el sombrero, desvió del higuerón caído y, siempre de las riendas el caballo, se internó con precaución a su siniestra por la vía estrecha, donde apenas se veía.

 

Les salió al encuentro un aire espeso y más frío; apareció, decidida, la sofocante atmósfera de los detrictus y de las agrias hoja a medio podrir. Es de muy poca altura que, ya ahora, el bosque se niega a que le entren más. En las tinieblas del túnel por donde se pueden introducir ha dejado espinas, agazapa manos y garras, dispone para el espanto el silencio helor fugaz de la varita inflexible igual que goma, perseguirá las botas intrusas con cuerda del cipó, o se las tiene tendidas al infractor a una altura del pescuezo. Pero quien, encorvado y como de párpados prietos, así de a oscuras, va adelante, adelante lleva el brazo con cautela y, más adelante, aun más adelante, la ahora opaca daga de doble filo. Esta, cuando él más que distinguir presiente, troncha el vástago, los tánganos desmocha, hiende la chabasca producido por quien, tal vez pocos días antes, pasara por allí; ella a su derecha, a su izquierda otra vez desgaja, esclafa, triza a cada contacto hiende y hiende siempre, mientras, en añicos bajo las botas y los cascos, en la tierra húmeda, crepitan ya con mayor frecuencia las conchillas de los antiguos cauces o hasta allí empujadas cuando el río sale de madre y sumerge trechos del bosque casi hasta las copas. El paso tras el tiento; el receloso tranco equino tras el paso; el esquive de la rama gruesa y, en seguida, el chocar de esta, arriba, con la cabezada del recado; de seguido el mismo esguince del compaña y el consiguiente dar del ,palo contra la montura del otro penco; en flecos el rasguño a los costados de unos y de otros, el espesamiento, cada vez más, del olor a herrumbres, los dos matreros delante de sus cabalgaduras avanzan siempre, casi a ciegas; deteniéndose a enderezarse y tomar resuello sólo cuando da alce el techo de la bóveda. Así, un cuarto de hora, o media; así diez o quince cuadras, ya y casi totalmente hasta ha cesado sobre la ropa y los aperos y las propias cabalgaduras ese rasguido de uñas ensañadas. Ahora, el ramaje ha dado tregua a la avanzada daga, que alguna vez rebrillara al escurrirse y dar sobre su hoja la luz en blanco rayo. A poco, el arma ahora inútil se introduce en su vaina, para permaneceré sujeta al cinto, ya. Y ya el brazo que la empuñara baja, distendido. De golpe, un aire puro llega. El sendero se ensancha, enderezando. Las copas, siempre espesas, han subido. Al pañuelo que enjuga chorros de sudor y de agua del hojerío, lo remeda, metros atrás, una áspera mano que se estremeció al rozar sangrienta machucadura. Sin retirar el poncho de abajo del sobrepuesto, el jinete más avanzado sacude su chaqueta y sus bombachas empañadas; otra vez monta. Quien le precede, hecho sopa por el rocío, y en jirones, también ya está a caballo. Para apareársele en un ensanche.

 

-¡Alto! ¿Quién vive? -les resonó casi al lado, desde la sombra.

 

-¡Don Juan, soy!

 

Siguió una exclamación apagada y seca, como papeles que se estrujan. La senda terminaba a unos cincuenta pasos. Allí, bajo la luna, se abría un valle, a tronco descomunal cerrado por el bosque. Y a cien metros escasos de los trotantes jinetes, una hoguera jugaba su blandir de llamas recién avivadas, ante siniestro grupo de emponchados en cuclillas o tendidos sobre el pasto.

lunes

FRANCISCO "PACO" ESPÍNOLA - DON JUAN, EL ZORRO (163)

 Apéndice II

 

Noche en el monte (2)

 

Por la altura de que la voz le llegó, había apreciado que estaba a pie el intempestivo. Pero, sin embargo, en un descenso del brazo, aflojó las bridas y oprimió a un tiempo mismo su montura con el costado del talón por evitarle el roce de la espuela.

 

El al parecer centinela -que avanzó de entre la ramazón y quedó a la luz- debió hacerse a un lado para no recibir el encontronazo. Y en momentos de ir a hablar, por delante ya le cruzaron brillosas las ancas del caballo, el cual pisó ahora (justo, justo por el medio del dosel de dos higueras silvestres) un senderito a lo culebra, y al hundirse de nuevo en el monte, como antes, abrió previsor los remos traseros para ofrecerse base en las tinieblas; como antes alzando bien sus manos; como antes, como cuando, sí, al entrar en la primera senda, sacó aun más arriba, con más lentitud y, por eso, con más seguridad sus manos en el negror lleno de ramas donde su aparición desparramara, igual que aquí, runrunes de revuelos sofocados, de deslizarse súbitos, de descolgarse o de caídas a plomo, no más, a los que, ahora (cuando el caballo tropezó con algo) un estirado chillido en fuga consigo bien lejos debió llevarse, porque al momento la mudez quedó otra vez recobrada; como antes.

 

De inmediato los ojos del descabalgado sólo toparon con la muralla de sombras que tanto tronco y tanta liana tenían detrás. Y en eso, a él también lo borró la oscuridad. Era que allá en el cielo otro nubarrón había conseguido ganarle por debajo al fluyente blancor. Con la mano oprimiendo el sombrero, el otra vez solo se internó sobre colchones de hojas, a saltos, en lo lóbrego.

 

Al fofo crujir, un mancarrón adormilado alzó la cabeza, sin zozobra. Y sintió que un santiamén le apretaban la cincha, desatábanle el cabestro. El de la maniobra palpó su propio cinto asegurándose las bombachas y comprobando la presencia de la pistola, y ya le estuvo encima al matungo y enderezó (para alcanzar más pronto) a monte traviesa, recibiendo arañazos, llevándose con el pecho ramas que el rocío hacía hisopos, abatiéndose sobre el cuello del aun no bien despabilado matalote al evitar lo más grueso, sin dejar de talonear, y él así conseguía que la tamaña crepitación de que se rodeaba fuese acercándose al ajustado rumor leve (que cada vez dentro de mayor oscuridad abría la quietud) hasta salir al fin al trillo por el que, ahora (como a un cuerpo o cuerpo y medio) él distinguía y perdía al emponchado, pues la luna, desde los escasos claros que permitieron las copas, se volví a volcar, debido a que dos nubarrones -muy veloces- que la estuvieron cruzando y la apagaban, ya la sobrepasaron y seguían campantes, siempre hacia el sur, por lo cual veíase a la blanca, en ocasiones (siempre imprevista, toda cruzada de varas y de gajos o magullada en los bordes e indemne, alguna vez, en su abstracción callada) avanzar con dirección opuesta a la de aquellas dos viajeras nubes, también ella de prisa, seguida a escasa distancia, y siempre, por una muy modesta estrella chica, y a cuyos flancos flotaban siempre, siempre hacia el sur más nubes y más nubes, casi rozando a la grande y a la pequeña luminarias u ocultándose de pronto; pasándoles, con apuro distanciándolas atrás, mientras el del mutismo (siempre a su zaga el taloneante) orientaba a su cabalgadura siempre, siempre hacia el norte, restregando troncos, apelmazamientos de ahora heladas trepadoras y hojeríos con acres alientos, sobre el sendero que se hacía zigzag y se hacía eses al esquinar él también, por su cuenta, obstáculos dentro de lo más negro y tan espeso.

domingo

FRANCISCO "PACO" ESPÍNOLA - DON JUAN, EL ZORRO (162)

 Apéndice II

 

Noche en el monte (1)

 

Como quien, ensimismado se desliza a caballo en un monte bajo la trabazón de las copas y, de pronto, halla el claro de un abra y sigue por ella y cruza y vuelve a hundirse en otro túnel de ramas, así la luna, absorta y sin tener nada que ver con nada se dirigía hacia su destino, mostrándose en las picadas que ofrecían de pronto las nubes para perderse en seguida dentro de la oscuridad para tornar a aparecer para tornar a sumergirse por lo más espeso y negro.

 

Tan abismado y tan solo, a todo indiferente, el jinete surgió de entre los sauces, espoleó apenas la vacilación de su caballo, atravesó haciendo añicos el resplandeciente plateado del cañadón y, un momento después, era ocultado por los primeros densos follajes que, en una sorda dispersión de revolidos y zafaduras, se despertaron hasta las copas, a su presencia, se estremecieron tras él, aun, y volvieron a quedar suspensos, con un último rumor de ramillas quebradas.

 

Surgieron, estrechados cada vez más, gruesos troncos de quebrachos, apareció el enhiesto canelón e hiciéronse presentes, impávidos, viraroes y lapachos, con erizamiento de coronillas, con ñandubays en torsión; y su peligro tendía el cipó, ya culebreando al ras del suelo ya elevándose para anudar ramas o soportar la maraña de pesados festones en tánganos del burucuyá atravesados en la urdimbre de la uña del gato. Sin embargo, a pesar del enredo y de la cada vez más baja oscuridad, no necesitaba orientar la ruta el emponchado. Le concedía poner su pensamiento allá muy lejos el infalible instinto de su cabalgadura. Como si esta comprendiera que existía tanta prisa, cuando se vio obligada a dejar el trote había alargado sus pasos entre las sombras; por lo cual, así, sacando aun más arriba, con más lentitud y, por eso, con más seguridad sus manos, ella tal vez conducía más a quien exponía a las emanaciones frescas y húmedas toda la frente, ahora, por haberse echado el sombrero a la nuca desde que, al coronar en la noche la última cuchilla, se le había presentado de golpe la franja todavía más oscura del monte sin fin, con los jaspeos del cañadón, rumoroso, delante. Tiesas las orejas, que hacían frente igual que con resorte al menor susurro, apoyando la mirada en la estrecha senda sinuosa apenas ostensible cuyo trazo mantienen los ganados chúcaros provenientes de potriles interior a la búsqueda de la frescura del agua, prestos los músculos a lanzarlo de un bote cuando esos momentos en que, de manos a boca, se abre con avieso propósito una zanja y la escarpa opuesta se distingue o no se distingue bajo la techumbre de tan compactas ramas; contorneando matorrales o, a veces, aislada aparición indefinible, envuelta en nubes de flores de pajarito o del clavel del aire, y de herrumbre de esos musgos trepadores sin tregua, helados al rozar la cara y de viscosos tallos, ahora, semejantes a imprevisto contacto de culebra cuando es a lo ciego que se tocan; así, de esta manera, el flete desembocó en el suelo afelpado del casi círculo de un pequeño valle defendido por el contorno de copas altas, levemente metálicas en sus cimas, y de troncazos que no se dejaban ver.

 

Entonces, por su cuenta, nuestro caballo cambió el paso. Y evidentemente ansioso por sumergirse de nuevo en la espesura y llegar bien pronto a su meta, con amplio cabeceo exigió libertad a las riendas e inició trote veloz sobre la muelle superficie a la vez que atravesaba la acentuación de un fresco, mientras que las patas traseras, más abiertas y tensas de lo habitual momentos antes para asegurarse base entre los riesgos, se estrecharon hasta su natural, ahora, e iban a posar confiadas sus cascos otra vez justo en el sitio hollado por las manos, sobre la raya, invisible cada vez más, y recta, casi, del sendero que se hizo de golpe cinta opaca al entreabrir la luna un nubarrón denso y despertar brillos de vidrio, fulgor frío al gramillal empapado de sereno, mientras, a la diestra, emergieron de lo negro otra vez troncos de guayacanes y guayabos, con algún sauce ya. del agua, o sarandí, y, por la izquierda, como empujándose, chatas sombras de copas desparejas avanzaron un trecho y se volcaron sumisas sobre el pasto. No fue un zarzal, no fue un quebracho como fierro, no, lo que clavó en el suelo la sombra ecuestre cuando (en el momento preciso en que el bruto iba por propio arbitrio a atemperar la marcha porque el bosque se presentaba otra vez barrera) el jinete, de súbito, diose contra el pecho el puño de las riendas. Lo que hubo fue que se oyó un ¡Alto! surgido entre el mugrón del límite del valle a punto de ser traspuesto.

 

-¡Don Juan, soy! ¡Monte, y me sigue!

FRANCISCO "PACO" ESPÍNOLA - DON JUAN, EL ZORRO (161)

 Apéndice I

 

La tormenta (2)

 

En la barahúnda, al rajarse a dura dentellada de fuego, estallaban los altos troncos. A poca distancia del Zorrino dos molles hasta las nubes se le estaban viniendo abajo entre un deslumbramiento, para enseguida quedar debatiéndose ya a oscuras y terciados sobre sauces pugnantes en vano por sacárselos de arriba. A los refucilos vio también, por el suelo, viboreos fríos escurrirse, ahora huyendo, crecientes, y los vio hacerse serpientes grandes, del aterrante grandor de la Zacurí y vio cómo ya marchaban con el hojerío, y palos en pedazos; vio cómo brillaban a trechos para seguir en tinieblas o rielando, sin duda en busca del cauce al que también le estaría tocando en esos momentos resplandecer y apagarse y rebotar espejeando y temblante, cobrizo, de orilla a orilla distanciadas una de otra a cada instante cada vez más. Para peor, el Zorrino comprobaba que sobre el pasto, hasta allí donde nunca posó el sol, el agua, ahora, al menor descuido, lanzaba chicotazos por los imprevisibles vacíos del meneo de copas, o en masa se venía abajo y se hacía más hiriente, pues atraía consigo rumores como de otro mundo que hubiera; traía crepitares chatos, agrios crujidos en estrías; traía golpazos sordos, algarabías a diestra y siniestra. Y a retaguardia y por el frente del Zorrino, para colmo, clamorosas correrrías que descendían hasta la quejumbre y se agudizaban en chiflidos tan sofocados como si desde su nacimiento los taparan a ponchazos. Y esos retozos de quién sabe quiénes se prolongaban como vuelos lisos llegados de lejos o que se iban hacia el lugar de las nubes, si es que no les salían al paso encontrones de palos contra palos y graneados fragores en el desparramo de la crepitación.

 

Cuando la fugaz fulguración viva, el Zorrino apretaba los párpados para cegarse adrede. Porque dentro de los bruscos baños de luz no tenían paz los colores, las formas se cambiaban en retorceduras de alambre; lo que era negro adquiría hasta bastante de la inocencia del celeste o del color naranja, lo opaco, al chorrear, refulgía fingiendo el vidrio, se estiraba lo chico, y un derrumbe de sombras llevaba hasta el suelo al desafiante viraró que el Zorrino tenía al frente, y se lo paraba otra vez delante, como quien no suelta de las greñas. Así, todo aquello era eso mismo que era y otra cosa al instante, y otra y otra, aún, cuando tamaña locura no cortaba el Zorrino cerrando los ojos, tapándose la cara.

 

Sintió ganas de cambiar de sitio. Vacilaba, pero se separó un poco del tronco en que se apoyara, se acomodó el cinto, aseguró el sitio de su daga y el de su pistola… Y en eso, la embestida de un bárbaro trueno pareció ser lo que le arrancaba una exclamación.

 

-¡Puta que te parió! ¡Para qué me habré metido en esto!

 

Pero no. No fue el trueno el causante. Fue que, como si nada sucediera, en el mejor de los mundos, lo más campante, la ecuestre imagen del Peludo apareció de pronto abriéndose paso a través del zarzal de barullos y del vértigo de relieves y de troncos. Cruzaba así, indiferente a todo, rumbo a quién sabe dónde, por una ruta para él sin obstáculos, como si aquella conmoción universal no fuera de su incumbencia. La lluvia a él no lo mojaba, ¡había que ver! Al poncho, en dobleces sobre los hombros, los vientos aquellos no lo movían. Tampoco la cúpula intacta del sombrero peligraba irse a hacer de nido de hornero entre las ramas. Aquella en ocasiones oscuridad de ciego, en nada desvanecía la vista del pretal y del fiador del tordillo, de la plata y el oro de las cabezadas, de los primores del chiripá y de la criba del calzoncillo. Y cuando se abría un relámpago, su luz rebotaba deslumbradora en toda cosa sin acercarse siquiera al jinete y a su cabalgadura.

 

Contemplando tamaña indiferencia el Zorrino crispó los puños de indignación. Y alzando el codo para librarse de una rama que amagándole a la cabeza se le vino, gritó al imperturbable:

 

-¡Me querés hacer creer que estás hecho un rey! ¡Date por bien servido si un día de estos no te sacan de tu casa con las botas para adelante!

 

Pareció que al Peludo le habían descubierto el juego. Su ufana imagen se desvaneció en la espesura. Y el viejo matrero con dureza sintiose solo como nunca en su vida. Entre el vacío de lo negro, esperó. Brusco derrame de claridad le permitió a su mirada escudriñar la espesura. Del Peludo, ni rastro. Le vino frío.

 

-¿Y esto qué es?

 

Haciendo base en la sensación helada, atribuyó la causa de esta a la mojadura. Y por allí enderezó de lleno su atención, alejándose del ingrato pensamiento. Y se concentró en lo suyo.

 

El poncho se le había empapado. Era regadera el sombrero; pero regadera con el peso de la piedra, ahora. El matrero pensó cambiar de refugio. Seco chasquido -él sabía bien que era el rayo- atrás de su luz cruzó el monte y se hundió a lo daga en tierra. En seguida un fragor humeó en todo el contorno. Lo siguió oscurísimo retumbar. Y pudo jurar el hornero que, arriba, a los cientos de metros, gigante carro de fierro, caído hacía ratos su conductor, cargados con montones de tarros, de latas, de vidrios, de chillantes chapas de zinc, a tumbos entre piedras como ranchos. Peligrando darse vuelta y quedar con las ruedas para arriba, estaba avanzando raudo y llevándose todo por delante sobre el mundo de la tormenta hediente a mixto.

 

Tronchadas por imprevisto tirón las ramas gruesas del ñandubay bajo el que se cobijaba hacía ratos que volcó hacia atrás su copa. Esto explicó al Zorrino la mojadura que traspasaba ya el poncho y que, por debajo de este, le lengüetaba la chaqueta.

 

Otro que él se hubiera perdido entre el desaforado furor, condenado a ser tragado por las fauces aparecidas al abrirse y cerrarse a la luz intermitente; por aquellas bocazas de mandíbulas sin dientes o castañeteándolos. No había que pensar mucho para sentirse en inminente riesgo de hacerse plasta bajo un palmetazo de ramas y enredaderas, sofocado hasta la asfixia entre cada vez más glaciales cortinas de agua o, si no, mucho peor, levantado de los fondillos por un remolino, pasado de viento en viento, ya al norte ya al sur, ya al occidente o a oriente, en amagos de salir como bala rumbo al Brasil o a la Argentina o a la mar tremenda, ya subiendo hasta perder de vista las copas, ya pasando entre ellas a lo bólido para, entre el barro frío, achatarse hecho vintén.

 

No lejos, rechoncho molle conservaba debajo su pequeño sitio seco. El Zorrino se palmeó por encima de la ropa asegurando su pistola y su puñal, esperó uno de los relámpagos, que no se hizo rogar, y corrió, mano a la cabeza, saltando charcos y ramazones, haciendo esquive al abatirse de un yataicito que, sin embargo, alcanzó a tirarle al poncho un viaje de arriba abajo.

 

A cubierto ya, desencasquetándose el sombrero porque ahora, en su nueva guarida, el que le llovía era este, interrumpió el viejo matrero sus bocanadas anhelosas y sonrió. E iba a prorrumpir en jactancia desafiante cuando, casi al lado, un chasquido, otra vez, del rayo, lo dejó hecho retrato y envuelto en un estruendo que, de seguido, se abrió desparramado por todo el monte y debió de salir y rodar a campo traviesa, hasta tornarse como polvo contra los cerros.

miércoles

FRANCISCO "PACO" ESPÍNOLA - DON JUAN, EL ZORRO (161)

 Apéndice I

 

La tormenta (1)

 

Ahora parecía que estaban arrojando aguas, rayos, relámpagos y estirados arrastres de truenos sobre la tierra en confusión, como si desde arriba se quisieran imponer con tamaña ostentación de fuerzas y, cegando así, así ensordeciendo vaya a saberse a quiénes, haciendo sopa, pretendieron reducir la fe en sí mismo del que agarraran por delante. Entre el retumbar, los silbos, los fragores, las súbitas iluminaciones, al monte lo zamarreaban todo, lo ponían un instante como de día, de golpe en la oscuridad de más peso lo sumergían. Y desde sus orillas hasta lo compacto de su centro, allí cada raíz tenía que empeñarse de firme para poder aguantar los enviones de fuerzas de desentierro entrometidas tan pronto de un lado, tan pronto de otro, cuando no en franco tirabuzón. Las altas copas se partían, trizándose, para peor, sus ramas unas con otras en el frenético chasquear. Y se le venían al suelo a sus árboles, o se les quedaban en colgajos, vueltas péndulas locas, aventando en pedradas con sus balanceos nidos, pájaros vueltos plomo por la empapadura y blanqueantes astillas y bolsones de hojerío y agua sobre agua alrededor del Zorrino ovillado contra un tronco, en compensación muy alerta el oído cuando sin relámpago, sin relámpago, él se quedaba ciego; que, como quiera que sea, el relámpago es luz y algo remedia.

 

Él ya no se preocupaba por la ropa porque hasta de abajo le había ganado el agua, en un descuido por atender a la amenaza del forcejeo de un árbol a medio hender. Pero no resignándose a perder el sombrero entre tamañas sacadas de quicio y venida abajo y el remontarse brusco de las rachas, había corrido el barbijo so el mentón. Ante sus encapotados ojos, no ya a los talas y a los sarandíes, hasta los lapachos mismos y los viraroes, hasta al mismísimo ñandubay meneaban como a varas las descendidas potencias, les recorrían un fuego y a tironear los volvía, tapados otra vez por sombras, encima recibiendo cada cual, en desplome, ruidos, roncas voces, soplos silbantes, crepitación, redobles sobrecogedores, remedando que el estruendo de un furioso mar, al elevarse hacia el cielo, quedaba suspendido a cientos de metros de su salir y se echaba otra vez abajo con toda la imponencia de su vocinglería y de su bramar.

 

-¡Háganse los locos, no más, los del mundo y no aprendan a respetar! – Así parecía que decían de allá mismo, desde las grandes alturas.

 

Y más lleno de ecos que un pozo se ponía el viejo matrero cuando presentía que todo viviente, por más aparatoso y alarife que a los demás se mostrara siempre, en esos precisos momentos, tapada la cabeza con las cobijas, también pensaría que le reclamaban:

 

-¡Hable, hablen tanto usté como cualquier otro viviente que salga; digan en qué fundan sus tontas pretensiones!

martes

FRANCISCO "PACO" ESPÍNOLA - DON JUAN, EL ZORRO (160)

 La muerte de los Sargentos y de la Mulita (29)

 

Aquí sí, entonces, se desprendió un rumor de metal de la izquierda de cada Soldado. Y rascó el suelo alguna espuela y palpitó la luz en el hule de las viseras. Los caballos, al ruido, movieron todas sus testas, cada cual hacia su dueño. Y, luego, todos -amos y cabalgaduras- quedaron mirando al Comisario que, el cuerpo bastante inclinado hacia adelante, como el de quien se agazapa, retrocedía para mantener la distancia con aquello lento que se le venía.

 

Miraban todos y se encandilaron. Porque al salir de la sombra del tala, a la vez que su rojo de sangre acentuaron las bombachas, chispas ardiéronsele en los talones; y el fulgor de los entorchados, del sable y de su empuñadura, el del lustre de las botas de charol dejaban al Jefe como viviendo adentro del fuego, aunque en la oscuridad del pecho, sin embargo, su corazón feroz desfallecía por instantes, lo que nunca, y le empezaba a hacer tragar saliva fría. Y así, a cada paso atrás estremeciendo destellos, centelleos, flamas con los que la luz inútilmente lo mordía, el Comisario Tigre hasta a la distancia provocaba parpadeos cuando, de súbito, apagáronsele los brillos. Era que, en rudo encontronazo, armas y uniforme quedaron al cobijo de corpulento ceibo en flor. Asimismo de golpe, a los expectantes subalternos se le secaron, dilatándose, las pupilas, con cada ceja como arco, no sólo por la dificultad de estar viendo ahora al Jefe en la penumbra sino, también, por el asombro de apreciarlo bajo brusco chaparrón de cien flores punzó.

 

Dado con la asentaderas el choque -ya precisamos que retrocedía como quien se agazapa, muy inclinado hacia adelante- el pudor del Tigre hízole volar el espanto y atrajo un ardor furioso. Soldados y cabalgaduras presenciaron cómo el Jefe, en su iracundia, se sacudía purpúreas salpicaduras. Pero los rojos pétalos -cuando no corolas enteras- todavía seguían lloviéndole sobre los hombros y dentro de la oquedad del quepis; más tarde, al él continuar el retroceso, debió andar un trecho pisando cuajarones.

 

Cuando, sin mirar el obstáculo, lo desvió el Jefe, volvió a quedar en llamaradas desde el quepis hasta las espuelas. Y otra vez encandilando pingos y milicos, siguió hacia atrás, a medida que la Mulita, como ciega, como sonámbula, avanzaba hacia aquella fulminación. Mate en mano, el Cabo Pato se había apartado al Superior como si este ya no fuese su Comisario o, con más exactitud, como si el propio Cabo no hubiera pertenecido jamás al personal de la policía, o, mejor, como si él, en el pago, fuera forastero de lejos. A varias varas de distancia, pues, sumaba su mirada a la de los demás subalternos y a las de la caballada, fijas todas sobre el hervor de la empuñadura de oro, sobre aquellas botas ardientes, sobre aquellos entorchados flamígeros, sobre las ascuas de aquellas charreteras. Todos, todos vieron, pues, la diestra del Superior descender con lentitud entre las flamas para posarse sobre el mango de una de las pistolas. Todos siguieron a este abandonar su canana, horizontalizarse, subir de a poco, varias veces, y, después, bajar en forma casi imperceptible para gente que no fuera de armas. Y vieron cerrarse duramente el ojo izquierdo del Comisario, cerrarse mientras el derecho se hacía más, más brasa.

 

Junto con los dos estampidos hubo un blando abatirse azul y blanco cobre los pastos. Y en el contorno se produjo tal inmovilidad durante un momento -bombachas y chaquetillas como de plomo, vidrio los ojos de los caballos, el cucharón del Fajinero todavía pendiente, todavía sin cerrar la boca del Soldado de guardia- que, de lejos, la escena se hubiera creído apreciada sobre un vasto telón recién terminado de pintar.

 

Lo único que evitaba la suposición era el husmear de las dos bocas de la aun extendida pistola del Comisario Tigre. Y los acercantes revolidos del poncho del Voluntario Terutero.

jueves

FRANCISCO "PACO" ESPÍNOLA - DON JUAN, EL ZORRO (159)

 La muerte de los Sargentos y de la Mulita (28)

 

Sin quepis, sin espada, con un culero de delantal en protección de las rojas bombachas, el Fajinero Mao Pelada, saliendo y volviendo a acogerse a la sombra del gran ombú, con mucho recogimiento interior preparaba su fuego en el momento espantoso. Aquellos troncos ardiendo pronto serían machacados unos con otros, se desharían en brasas. Luego, el largo palo de punta retostada se desparramaría. Y desde el suelo, sin apuro, ellas irían dando bien repartido calor sobre las dos ovejas todavía pendientes de una rama del ombú ya cuereadas y ya limpias, ya con firmeza abierta de par en par por las respectivas dos estaquillas que mantenían muy separados y tensos los cuartos.

 

Próximo al tieso y de fusil al hombro Soldado Cuzco Overo apostado ante el pasadizo, el barril del agua, dormido a la sombra de un tala sobre su rastra de ñandubay y con un jarrito de lata encima, mostraba en torno de su boca revoloteos minúsculos, casi como en un juego. En aquel momento grises “vaquillas”, avispas de talle ceñido,, “guitarreros” metálicos, torpes mangangaes de pechadas imperiosas, modestos gorgojos, moscardones esmeraldas, inocentes San Antonios, el feroz mamboretá giraban, se alejaban, volvían, posábanse un instante en los sitios donde el jarro, al salir, había derramado, chupaban un instante la frescura, mientras con timidez, sin animarse mucho, alguna mariposa y la brisa también, andaban a ras del suelo contentándose con los pequeños hilos de agua que la ancha sed de la tierra borraba al ratito sin dejar rastros.

 

De pronto, quien se hallaba de guardia, el Soldado Cuzco Overo, abrió tamaños ojos, dio un resoplido y, sin creer lo que veía, se recostó al barril, cuya agua sonó al ser sacudida con tal brusquedad. Todo el mundo quedó de pie y se inmovilizó en su sitio como si, en vez de por desgracia hallarse realmente allí, sólo estuvieran sus estatuas. Era que, la cabeza erguida, la mirada extraviada en la lejanía, las manos cruzadas y posadas sobre los hombros, una de azul blanco había aparecido en la salida del pasadizo…

 

Sin bajar los brazos, como quien no se ha desprendido de las mallas del sueño, ella pasó lentamente la mirada por tantas formas quietas; quietas sí, aunque vestidas de rojo hasta la cintura. Así uno de un paso y se para en el interior de la Iglesia… y a su frente y a los costados ve a los Santos, cada cual con su soledad y su silencio.

 

Ninguna espuela rozó el suelo, ninguna diestra se tendió hacia la empuñadura de su sable o hacia el mango de la pistola de reglamento, como tampoco se escuchó el más mínimo rechinar de cadenillas, pues los colgantes machetes de golpe parecieron, más que verdaderos, tan sólo pintados al lado de sus tiesos dueños. Asomados los dedos, las botas de potro debieron dar idea de que habían echado raíces. La luz del sol, de tan fija, era una astilla de vidrio sobre el hule de la visera que agarrara en descubierto. Y a la sombra de sus respectivos árboles, con quién sabe qué presentimiento, todas las cabezas de los caballos se habían tornado en dirección de la Mulita y, también, aguardaban quietas; igual, pues, a las de la soldadesca y a la del Fajinero Mao Pelada, quien mantenía en la siniestra enorme cucharón goteando. Lo único que se movía, desde muy lejos, desde el bajo del arroyo, era el Voluntario Terutero corriendo a pie, entre revolidos del poncho, porque venía calculando que se perdería lo mejor.

 

Por fin -la mirada siempre por encima del ornado quepis del Comisario Tigre, sin ver ni a este ni a los dos Cabos- la forma azul y blanca comenzó a avanzar, siempre cruzadas las manos sobre la garganta.

FRANCISCO "PACO" ESPÍNOLA - DON JUAN, EL ZORRO (158)

 La muerte de los Sargentos y de la Mulita (27)

 

Fue más o menos al mediar la mañana que ocurrió lo fatal; una iniquidad más, sí, ¡pero la última! Bullicios apagados, que no alcanzaban a la altura de los yuyos, parecían obrar sobre la rutilación de los verdes del campo, cuando eso. Por el callado balancearse de la rama se hacían evidentes alas invisibles que, de inmediato, debían de levantar el vuelo para cambiar de sostén tan poca cosa. En el bajo ya habían cruzado el vado del arroyo, y se alejaban en un carrito de mulas, los finados Sargento Segundo Cuervo y Soldado Águila rumbo a la Comisaría, para donde la autoridad había dado cita a los dolientes. De allí venían ascendiendo a pie tres milicianos -el Soldado Flamenco, el Soldado Gavilán y el Soldado Gato Pajero- cuando aquello se produjo. Iban tras ellos, del cabresto, cuatro caballos, porque habían incorporado al nuevo pangaré del Comisario, llegado para sustituir al lobuno que le llevaron los matreros. Entusiasmaba por su estampa. Y si no era mejor que el otro, le andaba raspando. Húmedos todavía del reciente baño, relucían los cuatro, ahora, sus pelambres; charolándose, vueltos un lujo entre aquella luz. A la sombra de los árboles que circundaban las piedras entre y bajo las cuales el finado Peludo edificara su inútilmente firme morada, otros soldados, en tantos grupos como calderas había en el campamento, mateaban en aquel instante rayados por espejeos metálicos, pues la primera orden que el Comisario Tigre dio al llegar fue que en todo momento se mantuvieran armados en previsión de un ataque, ya que se corrió que Don Juan tenía un mundo de parciales en el monte. De cuando en cuando uno se desplazaba con su “pava” hasta el gran fogón de los asados, y la situaba junto a las brasas. Al empezar a salir un vaporcillo por el pico, el diligente cogía su sable sin desprenderlo de su cadenilla, y aguardaba todo oídos. Surgía de la negra panza un rebullido. El de la tarea, sin desenvainar metía el sable por el asa y alzaba en vilo la caldera para ir a depositarla más lejos, en el suelo. Entonces tronchaba un manojo de pasto y, con él protegida la mano, cogía el recipiente todavía bullendo, y así, sin quemarse, la llevaba hasta los suyos. A media cuadra, metros más, metros menos, de la entrada del pasadizo, bajo el tala -la mitad del cuerpo, azul; la otra mitad, roja-, el mismísimo Comisario Tigre estaba sentado sobre un tronco derrumbado, la espada entre las piernas, el empenachado quepis a la nuca, con el empaque del toro cuando mira por entre las astas, que es el momento de la embestida. Ya sabemos lo que unas semanas antes le sucedió al uniforme de diario, al cual planchaba el Asistente Mirasol; dijimos que este se distrajo y que, cuando el tufo a quemado lo atrajo de un empujón a su realidad, sintió aparecido el momento de abandonar la patria. Había encargado al pueblo otro uniforme, el Comisario. Pero, mientras, no tenía más remedio que andar de gala todo el santo día. En el fondo, en el fondo esto no le disgustaba. Es que ¿a quiénes, en vez de con esta ropa, no nos gustaría presentarnos ante la gente con el pecho hecho un bordado de oro y alamares, con unas soberbias charreteras, y el caminar meciendo en la cabeza un rojo plumacho? Entrecasa o a la sombra, no tanto; mas cuando a uno le cae de lleno el sol y empiezan a verse un zurcidito, o un botón de otro color… Ahora, allí mismo, al ralo cobijo de aquel tala, cualquier escurridura de la luz lo hacía largar al Comisario Tigre destellos llamativos hacia el campo inmenso. Claro que, en esta oportunidad, él no estaba para atender el goce del efecto. Con el toro lo comparamos líneas arriba. También con el pozo al que se le ve la boca, pero no abandona su mutismo. O con un cerro, al cual ya de lejos el viajero le distingue que lo está filiando de arriba abajo y con adustez.

 

Frente al Comisario Tigre, asimismo como enmudecido con candado, el Cabo Pato, de venda al pescuezo, tenía por asiento sus cojinillos. Le cebaba mate sin alzar la cabeza ni para servirlo, al empacado. Es que no se animaba a afrontar sus duros ojos, como si le cupiera alguna responsabilidad en la segunda furia del Comisario: la que lo puso hecho un volcán. La primera estalló al enterarse de la desaparición del Asistente Macá y del desacato del Sargento Primero. Sus airadas reconvenciones parecieron durar una eternidad a la tropa, sobre todo porque ella estaba aguardando un claro de calma para darle al colérico, con una nueva revelación inaudita, lo que sabían todos que iba a ser otro golpe más. Paseábase de un lado a otro el Superior, la boca hecha pororó; pateaba el suelo manoteándose el quepis, pues en las sacudidas le andaba sobre la cabeza como maleta de loco… Pero cuando dejó de proferir y se sentó resollante sobre aquel tronco en procura de recuperación, ¡ahí fue la cosa! El que, vuelto por completo tartamudo, se decidió a enterarlo -porque nadie quería empezar- fue el Cabo Pato. Y ahí se volvió a parar el Comisario Tigre. Ahí rodó, no más, por el suelo el quepis, revolcando ese plumacho.

 

-¿Pero, manga de zaparrastrosos, cómo me lo dejaron desertar a ese mosca muerta del Cabo Lobo sin hacerle frente? ¿Pero cómo no le metieron bala? ¿Conque le dio la mano a todo el mundo? Y ustedes, segurito estoy, diciéndole: “¡Que te vaya bien!”… Y él se estará riendo a estas de mí y de la Autoridá entera, de mucho mate y mucha camaradería en el monte con los otros perdularios… ¡Ah…! ¡ah!, ¡si fusilándolos a toditos ustedes, recién, se les empezaría a aplicar lo que merecen…!

 

Pero ahora, a la sombra del tala, era toro, sí, el Comisario, era pozo.

FRANCISCO "PACO" ESPÍNOLA - DON JUAN, EL ZORRO (157)

 La muerte de los Sargentos y de la Mulita (26)

 

Ya el sol empezaba a tender su angosta alfombra habitual; ya se deslizaba esta con lentitud inobservable por el rugoso suelo de tierra apisonada de la cocina. Pero en los rincones, obstinadas, refugiábase indemne un tropel de penumbras y de francas tinieblas. De allí, tonos -no formas- oscuros, con brillos de hollín, como con un furtivo y avieso lustre dorado encima, con el algo repelente de lo viscoso, la aguaitaban sin tregua (sentía bien claramente la Mulita) la tenían presente, la vigilaban, mejor, quién sabe con qué propósitos nada buenos. Sin recordar ya el menor detalle ni siquiera del pasado más inmediato, sin pensar en el más inmediato futuro, sin otro resquicio en la tiniebla de su mente que el de lo que veían sus ojos; como si una cuchilla gigante le hubiera cortado el tiempo por delante y por detrás, la Mulita se había casi arrastrado, a fin de poder llegar a su cuarto y liberarse un poco de tanto peso. Pero allí, también allí, ¡y mucho más!, se encontraba con el misterio tan cerradamente acorralándole e infundiéndole, tan inexorable, su negra frigidez. Y, para mayor malignidad, todo se operaba sin bulla, con lo cual ella quedaba más echada al medio. Todo venía como descalzo y como en puntas de pie o hecho de goma. Así, el silencio adquiría la existencia de cosa con grosor, con largo y con ancho; de una dimensión desaforada.  Y cuando del campo -igual a arañita silenciosa- llegaba algún modesto rumor, o cuando -como guijarro arrojado con cruel acierto- penetraba el bronco grito de algún soldado, el silencio persistía y se hacía más enérgico, obrando aquellos a la manera del simple rasguñar sobre la lisura de acero.

 

Comprendía a veces la Mulita que el moverse era peor; que lo que hacía con esto era provocar estremecimientos, decididos bamboleos, unos como amagos de avances bruscos con ansias de ese su blando contacto que -debe revelarse ya- que muy, pero muy pronto daría frío. Entonces, otra vez volvía a la cocina y a su silla, sacaba su pañuelo, otra vez lloraba. Sin lágrimas, en ocasiones. Pero enjugándose, lo mismo, porque no era capaz de advertir su inanidad. A hurtadillas, el pañuelito descubriendo a medias aquellos ojillos más achicados ahora por el miedo, miraba a las penumbras tétricamente expectantes, como patibularios carceleros, en torno de la asustada. De ahí, más pronto que ligero, posaba la vista en la franja de sol estirada en el suelo. Pero esta era demasiado débil para llegar a los rincones, vencer a las sombras y expulsarlas por el pasado y obligarlas a que se consumieran en la ardorosa luz de afuera sin ni darles tiempo a que las tan malas consiguieran atravesar el espacio que distaba de la noche siempre en marcha; de la noche ahora ya a espaldas -porque se interponía todo lo ancho de la mañana- de quién sabe qué horizonte nunca visto.

 

Aquellas penumbras, acentuadas al acercarse al techo o al recostarse a las paredes, insistían en su enconada observación. Y algo tuvo que haber ocurrido, también. Y grave. Porque un espíritu poderoso, inmenso, sin posible cotejo, había penetrado -ella lo advirtió en cuanto, sin objeto, por cambiar de lugar, entró en la cocina-; sí, eso se había escurrido en la mesita, en los asientos, en el mate, en todo, y le estaba prestando a cada cual algo de su propio ser sobrecogedor. No era que las formas de las cosas sugirieran ahora visiones monstruosas; no que se transmutaran en imágenes de pesadilla. No. Allí, mucho más feo, lo que ellas cambiaban era su actitud de toda la vida. El manso caballete del recado del finado, colgantes sus estribos de campana, estaba ahora esperando la orden para írsele encima a la Mulita y, con el encuentro, llevársela por delante. Y si la Mulita miraba hacia el banco de ceibo, sentía que al siempre modesto y tan cómodo asiento le había nacido como un odio por ella y que, aunque él no sería capaz de hacer nada en contra, estaría más que contento de que la pechada aquella del caballete sucediera. El negro, gran ollón poníase fulo, como empapado en un rencor lleno de recovecos. Y como, por la falta de la pata trasera, se inclinaba tanto hacía atrás, el grueso recipiente mostraba una altanería despiadada, de esas que permanecen sordas a los ruegos y hasta a las lágrimas.

 

En sus perillas y cajones la alacena se había vuelto muchos ojos, muchas bocas cerradas como apretando los dientes en el instante de una inquina atroz. Apoyada en el mueble, la escoba de chilcas parecía, unas veces, que se le inclinaba para pedirle que no fuese así con la Mulita; otras, al contrario; otras creeríase que con secretas palabras la incitaba a la alacena contra la asustada. La tinaja, ¡ah!, la panzuda tinaja se disponía a irrumpir para volcarle encima el resto del agua fría que todavía le quedase. Y los tirantes de la parte del techo que suplía la intervención de la roca elegían, sí, ya el sitio en que, todos a la vez, irían a caer en abatir de garrotazos.

 

Y en silencio todos, de testigos malos -callados como las cosas de los muertos- los jarros, los platos, los tazones, los tarros cuadrados y cilíndricos pata la sal, la pimienta, el ají, el orégano, etc; hasta el ahora ciego candil acentuaban entre tanta hostilidad el ovillo azul y blanco en que estaba convertida la Mulita.

 

Hasta que -traído por un rumor que en seguida creció hasta el fragor de cascos y de ruedas a barquinazos del lado del arroyo- cobró presencia otra vez el otro espanto, el de lo que había afuera. Igual que por la noche una muchacha, solita y su alma en el rancho, siente un trotar como por sobre trapos que se detiene, y escucha en la puerta leve llamado con los nudillos; y ella enciende la vela, trémula de susto, y después prefiere el miedo a abrir al miedo de quedarse envuelta en el mutismo aun más escalofriante del misterio y, entonces -¿qué ha de hacer, la pobre?- entonces va y destranca y se asoma, y ante aquello ¡al fin! que tiene delante ni gritar puede porque la garganta se le cerró hace rato, así la imaginación de la Mulita quedaba ahora helada al adivinar a los pocos pasos, allí, junto a su propia batea de lavar, detrás del horno y del barril del agua y abajo de la higuera y abajo del gran ceibo como tapado de sangre en su florecer, los aspectos feroces, las cerradas de puño, el fulgor de los sables que la estaban aguardando. Y, entonces, como la que, al abrir fría de susto su puerta, siente que la atraen de un brazo hacia la noche, y su terror es ya más grande que ella y la aplasta, así la Mulita inclinó en su asiento la cabeza hacia adelante. Y cayó redondita.

viernes

FRANCISCO "PACO" ESPÍNOLA - DON JUAN, EL ZORRO (156)

 La muerte de los Sargentos y de la Mulita (25)

 

Sobre el asiento de vaqueta, ante el fogón apagado desde el día anterior y ya para siempre (porque después del crimen fue destruido todo) era un bulto de ropas azules y blancas lo que se abatía. Quien conoció a la Mulita jamás pudo suponerla capaz de resistir las emociones de la trágica noche. Cuando le llegaron los primeros ruidos de lucha la desdichada abrazó la ilusión de que, por fin, Don Juan había acudido con sus matreros a libertarla y a llevársela al monte. Pero, por eso, ante los chasquidos y las detonaciones, en vez de cegarse en la dicha que tal terrible creer a ella le significaba, comenzó a sollozar, pues la angustió el pensar que, traído el ataque salvador un día antes, el tan infortunado Aperiá hubiera podido evitarse el sacrificio, y con ella estaría él en ese instante frente al pasadizo, agarrados los dos de la mano, esperando confiados la entrada vencedora de Don Juan, el Zorro. En su inocencia, ni siquiera admitía que entre aquellos choques de sables y los estampidos su libertador pudiera estar corriendo peligro. Había, pues, en la Mulita sólo una cerrada conmiseración que envolvía al recuerdo de su amigo muerto, que tiraba desde adentro las lágrimas y le mantenía los ojos como secas cuentas, mientras su oído permanecía pendiente de los gritos y del metálico estrépito y del clamoreo que se precipitaban rebotando sobre la casa del Peludo.

 

Mas, de pronto, sintió en toda su nitidez el horror de su propio destino. Como al ir a apagarse el candil aviva más que nunca su llama y, entonces, su luz abarca por instantes un trecho mayor y, en seguida y de golpe, deja a oscuras, así su deseo de vivir hízosele presente con ardor. Y se vio perdida sin remedio. No eran Don Juan y los suyos, no, quienes peleaban con los soldados. En el misterio de la noche poblada de ruidos de espanto comprendió que, solo, sólo él contra todos, se estaba haciendo matar por ella, no Don Juan, ¡ah no!, sino el mismísimo Sargento Primero Cimarrón. Y fue tal la violencia con que esta revelación irrumpió en su mente, que se le resquebrajó y la dejó insensible a lo de afuera. Y, así, ni siquiera pudo evocar la imagen de aquel a quien una sola vez había visto un ratito: cuando su tío la llevó a la pulpería para asistir a unas cerreras a la vez que para ayudar un poco en la cocina. Entonces la compasión de la Mulita, que desplazada de su perdido amigo Aperiá se tendía hacia el denodado combatiente, replegose sobre ella misma. Cada grito, cada fragor que llegaban no eran adjudicados al sitio de donde provenían, ni para ella tenían por origen el evidente. Los recibía la Mulita como el efecto de directos golpes desde bien cerquita. Y sollozaba, bien curvada sobre sí misma, cual si, desnudas sus espaldas, le desprendieran lonjas de su carne unos sables empecinados.

 

No fue un desmayo brusco, de los que a lo relámpago hunden a uno dentro del pozo como la muerte que tenemos abajo del entendimiento, no, lo que le sobrevino. Fue un desfallecimiento paulatino. Un zumbido lejano le hizo su seña quién sabe desde dónde, y hacia él ella inclinó, sumisa, la cabeza, dejando atrás, como a cosa, ¡ay!, ajena, su presente insoportable.

 

Por suerte, su caer con las blancas alpargatas sobre el fogón no tuvo consecuencias, porque ya ni tizón quedaba, capaz de hacerle llaga. Y la silla, asimismo, lo sabemos, era baja, de esas de vaqueta.

 

El suelo la recibió en seguida, pues. Y no lastimó lo más mínimo al dar en él su cuerpo blando.

 

Quedó así, tirada, entre formas inmóviles que parecían atentas a aquella tan sin proporción ferocidad del destino. Tan sin proporción como la que se establecería si un cerro, desde su imponencia, con ufanía indicase a los campos y al mismo cielo una modesta flor desgajada y hecha trizas a sus pies.

sábado

FRANCISCO "PACO" ESPÍNOLA - DON JUAN, EL ZORRO (155)

 La muerte de los Sargentos y de la Mulita (24)

 

La calva del horno, y luego el viejo palenque, sin resultado alguno ya se expusieron también, todavía medio algodonosos, a la contemplación. Ardían rebrillares en todas partes… vagos celeste-limón seguían descendiendo en neblina sobre las hirsutas copas de los espinillos y los talas, bañaban ya, hechos ahora de naranja hasta su mitad superior, las copas de los sauces y la del ombú, y seguían descendiendo más y más. Las cuchillas desemparejaban su lisura; descubríanse en el bajo las montuosas costas del arroyo; las piedras próximas recobraban su fosca aspereza. Y, rayado de insectos recién desentumecidos y en aumento junto al barril de agua y a la batea, el aire iba envolviéndolo todo, hasta lo de más arriba, en un vaho de pastitos macerados, a cuyo perfume, por el tanto fumar quedaban insensibles los reminiscentes del ya pálido fogón donde, de pronto, hubo viva conmoción. La causó el brusco salir corriendo hacia su ranchejo del Trompa Tamanduá recién consciente de su deber. Se agachó ante el “bendito”, metió la mano adentro… Y se incorporó para quedar rígido y soplando por su clarín, que centelleaba.

 

-¡Talarí, talarí… laráaaa…!

 

Los avanzantes jinetes: Soldado Gallareta, Coatí, Guazuvirá, Bandurria, Aguará… y otros a quienes estos no permitían ver, sólo escuchaban el redoble de los cascos de sus cabalgaduras, el golpeteo de los sables sobre la carona, el como duro palmoteo en las espaldas de la pesada carabina. Ni otra cosa oía el Comisario Tigre quien, por su grado y por mejor montado -aunque nunca como aquel lobuno que le llevaron los de Don Juan- galopaba bien adelante, el emplumado quepis hasta los ojos, feroz el aire, en uniforme de gala por causa de no haberle llegado desde la capital el de campaña sustitutivo del que, casi flamante, le quemaron con la plancha.

 

-¡Talarí, talarí, laráaaa…!

 

Bien habituado a que ellos siguieran otro poco después que él dejaba de soplar, el Tamanduá bajó el clarín indiferente a otro Talarí… laráaaa… que le pasó proveniente como de la alta loma del ombú, para cruzarle por delante, ahora apareado con los otros dos: uno, llegado del lado del Paso y, el otro, tal vez del tororal o, a lo mejor, de más lejos, todavía, y que, al parecer, pretendían en vano insistir juntos sobre los bultos del Sargento Cuervo y el Soldado Águila, que como para las dianas estaban bajo sus ponchos patria.

 

Detrás de la carpa, desabrochándose con recato por la proximidad de su interlocutor, el Cabo Pato argumentaba al Cabo Lobo:

 

-No es posible. Y menos a estas horas, con el sol ya encima. Por más vueltas que vos le des, no tenemos más remedio que cumplir con nuestro deber

 

Abrochándose también cuidadoso de la vista de su compañero, el Cabo Lobo aceptaba no sin reticencias.

 

-Sí, sí, hay que dar el ejemplo, yo sé. Pero yo te digo a vos, y acordate, que en caso de enfrentarnos con Don Juan la mitad de la gente se le pasa. ¡Lo que es yo…! Mirá, yo no sé qué te diga. A veces no hay cabeza que aguante.

 

A la distancia, el Mao Pelada, su culero de delantal, envuelto en espejeos de trinos habías echado troncos al fuego para ir preparando brasas, descolgaba un cordero de la rama donde se oreaba con dos más toda la noche, lo ensartaba bien abierto en el asador… y así lo dejó en actitud de querer abrazar a todo el mundo, de contento. Junto al barril del agua, desnudos de cintura para arriba, toallas al hombro ahora, en vez del máuser, los milicos empezaban a esperar turno para lavarse. Lejos y cerca, de cada rama, de cada mata, hasta el suelo, rayando ya la ardiente, franca luz, el gorjear surgía incesante, se mezclaba en barullitos como los del rozar de papeles y vidrios y de delgadas laminas metálicas… primando ese, riente y nunca igual, que tan bien hace la imitación del corcho, cuando este es frotado, húmedo y en zigzag,con una botella.

 

Pero sin pájaros, ni agitación alguna, el pajonal del bajo permanecía callado. Entre el pisoteadero de espadañas de los que allí se detuvieron ratos antes para dejar su carga, yacía el Sargento Primero Cimarrón, tendidos los brazos a lo largo del cuerpo como en posición militar de firme, la espada a un costado y, al otro, tan arrimado a él como aquella, y como aquella tan frío, el vencido protector de la Mulita. Aunque con ropa de “particular”, la idéntica postura de los brazos y la rigidez de la muerte dábanle asimismo al joven Aperiá el aspecto de soldado en revista.

 

Sobre la cara del Sargento Primero llegaba a alcanzar una punta de su poncho. Cubriéndole la suya, el Aperiá presentaba, hecho sopita, su sombreriro color canela.

 

Y gracias al rezagado frescor de la noche, todavía ni una sola mosca.

jueves

FRANCISCO "PACO" ESPÍNOLA - DON JUAN, EL ZORRO (154)

 La muerte de los Sargentos y de la Mulita (23)

 

-¿Y ese Macá, que se ha hecho, me quieren decir?

 

-Si hubiera estado en el arroyo, sentiría los tiros.

 

-Habría salido con algún “parte”. Al pobre le da un patatús cuando sepa.

 

-La noticia hay que dársela de a poco. Primero, que hay esperanzas. Y cuando lo quiera ir a ver…

 

-Sí, ahí se le dice, derecho…

 

-¿Y no se acuerda don Avestruz -interrumpió el Tamanduá- aquella otra vez?

 

-Me acuerdo, sí, ¿pero cuála?

 

-Cuando el finado se tiró al río, y los tres matreros dieron vuelta haciéndole frente, y con una mano ellos nadaban y con la otra le mandaban viajes con las dagas.

 

-¿Cómo fue? ¿Cómo fue?

 

-¡Ah, esa fue otra tamaña! -exclamaron a una el soldado Yacú y el Soldado Gavilán.

 

Su enormidad de dientes mostraba el Comadreja al elevarse como en puntas de pie en su embelesadora evocación.

 

-¡Mugrientos! ¡Mugrientos! -dirigíales por lo bajo desde su ranchejo el Voluntario Terutero, de costado sobre las pilchas de su apero, sin poder abarajar una sola frase entre el murmullo de voces que le llegaba-. ¡Mugrientos! ¡Mugrientos!

 

-Dos se ahogaron -recordó el Mao Pelada en aprontes de su propio mate-. ¿Pero el otro? ¿Se le escapó el otro, don Avestruz, o él lo agarró preso?

 

-¡Preso, m’hijito, preso!... ¡Figurate! Cuando medio quiso ese cuatrero afirmarse en los camalotes , ya me lo tuvo al finado arriba… Y haceme el favor, muchacho, agenciame el poncho… Y ya que vas, traé las galletas y un medio queso que hay en la maleta, para esta gente.

 

-¡Valiente!

 

-¡No, deje!

 

-¡Valiente!...

 

-¡No, señor, deje!

 

-¡No faltaba más…! Tanto mate solo lava el estómago. Y la madrugada da hambre.

 

En efecto: desde la alta loma del ombú se venía ya la aurora; y el apetito, como desperezándose, comenzaba a despertarse en el milicaje

 

Salió muy diligente el Soldado Cuzco Overo; corriendo salió y corriendo volvió con el poncho, justo al consumarse la desaparición de la postrer estrella. Por no demorar el abrigo para don Avestruz, prefirió traer las galletas y lo otro en un segundo viaje.

 

Entornando los ojos con cabeceo agradecido, el viejo Avestruz se dejó arrebujar por su joven compañero de armas, mientras a todos -a los sin y a los con poncho- íbalos envolviendo por igual una entonación rosa-celeste. Y ninguno, nadie, nadie advirtió el transcurrir sin sigilo del tiempo; ninguno, nadie vio cómo, en el sitio mismo desde donde, antes, sólo se habían hecho presentes algún resuello, algún sordo ronzar, ahora las cabalgaduras comenzaron a tomar cuerpo hasta asomar los cucuruchos de sus orejitas, a la vez que, del ámbito todo, despacio surgían indefinibles árboles, se alzaban piedras, comenzaban, sin apuro, a hacer su aparición colinas y más colinas, por detrás de las cuales, en tardos círculos cada vez más vastos, manteníanse vagas sombras que por grados iban resultando, también, más lomas y más lomas al recibir color.

 

Y ya eran patentes, entre los rechonchos “benditos”, aquí, casi junto al mancarrón tordillo que no sacaba los ojos del grupo policial, el bragado del Gavilán; allí, el rabicano del Tamanduá entre escuálidos cardos apenas reanimándose con el rocío, y el overo negro de la Comadreja; allá, bajo los talas, un oscuro y un malacara y el lindo doradillo del Cabo Lobo; y, más lejos, aparecía un lunarejito o rosillo -no se sabría bien- que, si era lunarejo, pertenecía al Soldado Yacú y, de ser rosillo, al finado Águila… y que era el lunarejo, no más, pronto no cupo dudas.

 

-…¡Sí, cómo no me voy a acordar de esa, muchachos! Me decía el finado que él venía teniendo en cuentas que capaz que le apagaran la luz cuando se mandara para adentro y les diera la voz de presos. Y que fue voltear alguno el candil en cuanto lo vieron en la puerta, y ya de un salto el finado había cambiado de sitio. Así, lo menos a un metro a su derecha fue que le reventaron los tiros.

 

-¡Pero qué cosa divina! ¿Y después, don Avestruz?

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