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domingo

HERMAN MELVILLE - EL MEMORABLE COMIENZO DE MOBY DICK

 


Pueden ustedes llamarme Ismael. Hace algunos años —no importa cuántos, exactamente—, con poco o ningún dinero en mi billetera y nada de particular que me interesara en tierra, pensé darme al mar y ver la parte líquida del mundo. Es mi manera de disipar la melancolía y regular la circulación. Cada vez que la boca se me tuerce en una mueca amarga; cada vez que en mi alma se posa un noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me sorprendo deteniéndome, a pesar de mí mismo, frente a las empresas de pompas fúnebres o sumándome al cortejo de un entierro cualquiera y, sobre todo, cada vez que me siento a tal punto dominado por la hipocondría que debo acudir a un robusto principio moral para no salir deliberadamente a la calle y derribar metódicamente los sombreros de la gente, entonces comprendo que ha llegado la hora de darme al mar lo antes posible. Esos viajes son, para mí, el sucedáneo de la pistola y la bala. En un arrogante gesto filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, tranquilamente, tomo un barco. No hay nada de asombroso en esto. Pocos lo saben, pero casi todos los hombres, sea cual fuere su condición, alimentan en un momento dado esos sentimientos que me inspira el océano.

 

Aquí está, pues, la ciudad insular de los manhattoes, rodeada de muelles como las islas indígenas por los arrecifes de coral. El comercio la ciñe con su oleaje. A derecha e izquierda, las calles llevan hacia el mar. En la punta extrema de la ciudad está el fuerte, augusta mole refrescada por brisas y bañada por aguas que, pocas horas antes, eran invisibles desde tierra. Miren ustedes la multitud que contempla las olas.

 

Recorran ustedes la ciudad en la tarde soñolienta de un sábado. Vayan desde Corlears Jock hasta Coenties Slip y desde allí, pasando por Whitehall, hacia el norte. ¿Qué ven ustedes?

 

Apostados como centinelas silenciosos en torno a la ciudad toda, hay millares y millares de mortales perdidos en divagaciones oceánicas. Algunos apoyados contra los pilotes; otros sentados en las escolleras; otros mirando más allá de las amuradas de naves llegadas desde China; otros en lo alto de los aparejos, como empeñados en obtener una vista aún más amplia del mar. Pero todos son hombres de tierra firme: durante la semana, están encerrados entre cuatro paredes, atados a mostradores, clavados en bancos, pegados a escritorios. ¿Qué ha ocurrido? ¿Han desaparecido las verdes praderas? ¿Qué hacen aquí estos hombres?

 

Pero ¡miren ustedes! Llega aún más gente. Todos avanzan hacia el agua y parecen resueltos a zambullirse. ¡Qué extraño! Nada los contentaría tanto como el límite extremo de la tierra; no les basta vagabundear a la sombra de los depósitos que rodean el puerto. No. Tienen que acercarse todo lo posible al agua, sin caer en ella. Y ahí se quedan, inmóviles, en una extensión de millas, de leguas. Todos hombres de tierra adentro: afluyen por sendas y callejas, por calles y avenidas… Desde el norte, el este, el sur, el oeste. Y sin embargo, aquí se reúnen todos. Díganme ustedes: ¿acaso los atrae el poder magnético de la aguja de las brújulas de todas esas naves?

 

Y eso no es todo. Supongamos que se encuentren ustedes en algún paraje elevado, donde abunden los lagos. Tomen cualquier sendero que se les antoje: casi siempre irán a dar, a través de un valle, a un estanque formado por la corriente. Hay en ello algo mágico. Elijamos al más distraído de los hombres sumergido en su más honda ensoñación; pongámoslo en pie y nos llevará, infaliblemente, hacia el agua, si hay agua en esa región. Y si alguna vez están ustedes sedientos en el gran desierto norteamericano, hagan este experimento, si es que por casualidad hay un profesor de metafísica en la caravana. En efecto: como todos sabemos, agua y meditación siempre han estado unidas.

 

Pero tomemos a un pintor. Quiere pintar el paisaje romántico más soñador, más umbroso, más apacible, más hechicero de todo el valle del Saco. ¿Cuál es el principal elemento que emplea? Allí están sus árboles, cada uno con el tronco hueco, como si guardara en su interior a un ermitaño y un crucifijo; y aquí duerme su pradera, allí duerme su rebaño. Más allá, desde esa cabaña, serpea un humo soñoliento. Un sendero se hunde sinuoso entre los bosques distantes y llega hasta las estribaciones superpuestas de las montañas bañadas por el azul de sus laderas. Pero aunque la escena esté sumida en semejante éxtasis y el pino deje caer suspiros, como hojas, sobre la cabeza del pastor, todo sería inútil si el pastor no tuviera fijos los ojos en la corriente mágica que pasa frente a él. Visiten ustedes las praderas en junio, caminen millas y millas hundidos hasta las rodillas entre lirios atigrados… ¿cuál es el encanto que falta? El agua: ¡allí no hay una sola gota de agua! Si el Niágara fuera una cascada de arena, ¿viajarían ustedes tantas millas para verlo? ¿Por qué será que el pobre poeta de Tennessee, al recibir de improviso dos puñados de plata, dudó entre comprarse el abrigo que le hacía tanta falta o invertir su dinero en un viaje a pie a la playa de Rockaway? ¿Por qué será que cualquier muchacho robusto y saludable, que tenga dentro de sí un espíritu robusto y saludable, en un momento dado se enloquece por darse a la mar? ¿Por qué será que, durante el primer viaje que hicieron ustedes como pasajeros, sintieron un estremecimiento místico al enterarse de que ni el buque ni ustedes ya no podían ser vistos desde tierra? ¿Por qué será que los antiguos persas consideraban sagrado al mar? ¿Por qué será que los griegos le destinaron una deidad especial, un hermano de Jove? Sin duda, todo eso no carece de sentido. Y es aún más profundo el significado del mito de Narciso que, al no poder ceñir la imagen exquisita y atormentadora que veía en la fuente, se arrojó a ella y se ahogó. Pero todos nosotros vemos esa misma imagen en nuestros ríos y en nuestros océanos. Es la imagen del inasible fantasma de la vida. Y esta es la clave de todo.

 

Ahora bien: cuando digo que tengo el hábito de darme al mar cada vez que siento una niebla ante los ojos y empiezo a preocuparme por mis pulmones, no hay que deducir que viajo como pasajero. Para viajar como pasajero debe uno llevar una billetera, y una billetera es sólo un harapo cuando no contiene nada. Por lo demás, los pasajeros se marean, se pelean entre sí, no duermen de noche y, por regla general, no se divierten demasiado… No; nunca viajo como pasajero. Y aunque en cierto modo soy marinero de agua salada, tampoco voy al mar como comodoro, capitán o cocinero. Abandono la gloria y la distinción de esos oficios a quienes gustan de ellos. Por mi parte, abomino de todos los trabajos, dificultades y tribulaciones honrosas y respetables, de cualquier clase que sean. Me basta con cuidar de mí mismo, sin cuidarme de barcos, barcazas, bergantines, goletas o lo que fuere. En cuanto a emplearme como cocinero —por más que haya una gloria considerable en ese oficio, puesto que el cocinero es una especie de oficial a bordo—, nunca sentí ganas de asar pollos… aunque una vez asado el pollo, juiciosamente enmantecado y sabiamente condimentado, nadie será capaz de hablar de él con más respeto —por no decir con más veneración— que yo. A causa del cariño idólatra que los antiguos egipcios profesaban a los ibis asados y los hipopótamos a la parrilla, hoy vemos las momias de esos seres en esos hornos inmensos que son las pirámides.

 

No; cuando me doy al mar, lo hago como simple marinero, bien plantado frente al mástil, bien metido en el castillo, bien encaramado al palo mayor. Cierto es que me tienen a mal traer con tantas órdenes y me hacen saltar de verga en verga como una langosta en una pradera de mayo. Al principio, es bastante desagradable. Hiere nuestro sentido del honor, especialmente si descendemos de una vieja familia establecida en el país, los Van Rensselaers, o los Randolphs, o los Hardicanutes. Y la cosa es mucho peor aún si poco antes de meter la mano en el balde de brea hemos sido amos absolutos en una escuela de campaña, en calidad de maestros, y hemos atemorizado a los muchachos más altos con nuestra sola presencia. Les aseguro que es muy brusca la transición de maestro de escuela a marinero, y se necesita una poderosa ración de Séneca y los estoicos para sonreír ante ese cambio y sobrellevarlo. Pero también esto se diluye con el tiempo.

 

¿Qué importa si un capitán viejo y gruñón me ordena tomar la escoba y barrer la cubierta? ¿Qué cuenta esa indignidad, pesada, pongamos por caso, en los platillos del Nuevo Testamento? ¿Creen ustedes que el Arcángel Gabriel me tendrá en menos por el solo hecho de que obedecí con prontitud y respeto a ese viejo gruñón en esa ocasión determinada? ¿Quién no es esclavo? Contéstenme a esto. Bueno, lo cierto es que por más que los viejos capitanes me den orden tras orden, por más que me traten a golpes y puñetazos, tengo la satisfacción de saber que todo anda bien, que todos los hombres, de un modo u otro, deben servir exactamente de la misma manera (quiero decir, desde un punto de vista físico o metafísico), y así el puñetazo universal sigue su ronda y cada uno debería fregarle la espalda a los demás y sentirse contento.

 

Además, si siempre me doy al mar como marinero es porque así consideran que es un deber pagarme por mi trabajo, mientras nunca he oído que pagaran un solo penique a los pasajeros. Al contrario: son los pasajeros quienes deben pagar. Y hay una diferencia enorme entre pagar y ser pagado. El acto de pagar es, acaso, la condena más fastidiosa que nos legaron los dos ladrones del vergel. Pero ser pagado: ¿qué puede comparársele en el mundo? La cortés avidez con que un hombre recibe dinero de los demás es, en verdad, maravillosa, teniendo en cuenta que estamos profundamente persuadidos de que el dinero es la raíz de todos los males terrenos y de que no existe la menor posibilidad de que un hombre rico entre en el cielo. ¡Ah, con qué alegría nos condenamos a la perdición!

 

Y por fin, siempre me doy al mar como marinero a causa del sano ejercicio y el aire puro que se respira en el puente de proa. Porque así como en este mundo los vientos contrarios prevalecen abundantemente sobre los vientos de popa (y esto si no violamos la máxima pitagórica), el capitán casi siempre recibe en el alcázar una atmósfera de segunda mano, que le llega a través de los marineros en el castillo. Él cree ser el primero en respirarla, pero no es así. De manera semejante, las comunidades guían a sus jefes en muchas otras cosas, aunque los jefes ni siquiera lo sospechen. Pero ¿por qué razón, después de haber olido tantas veces el mar como marinero mercante, se me habrá metido en la cabeza la idea de zarpar en un ballenero? Esto podrá explicarlo mejor que nadie el invisible oficial de policía de los Hados, que me vigila sin cesar, me acosa en secreto e influye sobre mí de modo inexplicable. Y sin duda, este viaje mío en un ballenero formaba parte del gran programa que la Providencia organizó hace mucho tiempo. Surgió como una especie de breve interludio, un solo, entre los números más importantes. Imagino que esa parte del programa debió de sonar más o menos así:

 

Gran lucha electoral por la Presidencia de Estados Unidos

UN INDIVIDUO DE NOMBRE ISMAEL VIAJA EN UN BALLENERO

SANGRIENTA BATALLA EN AFGANISTÁN

 

No puedo decir el motivo exacto por el cual esos directores de escena que son los Hados me adjudicaron este papel tan deslucido del viaje en un ballenero, cuando a otros les dieron papeles magníficos en grandes tragedias, o papeles breves y fáciles en comedias de salón, o papeles cómicos en las farsas. Aunque no pueda explicar el motivo exacto, ahora que recuerdo todas las circunstancias creo discernir algo entre los móviles y resortes que, hábilmente ocultos bajo varios disfraces, me indujeron a representar ese papel, además de engatusarme con la ilusión de que ésa era una elección resultante de mi libre albedrío y de mi discernimiento.

 

El principal de esos móviles era la idea abrumadora de la gran ballena en carne y hueso. Un monstruo tan portentoso y enigmático despertaba toda mi curiosidad. Y después, los mares salvajes y distantes donde el monstruo hacía rodar su masa, gigantesca como una isla; y los peligros indescriptibles de la ballena: todo eso, sumado a las maravillas que esperaba descubrir en un millar de paisajes y vientos patagónicos, contribuyó a alimentar mi deseo. Para otros hombres, quizá, nada de eso habría sido un incentivo. Pero yo me siento atormentado por una inagotable ansiedad de cosas remotas. Me gusta navegar por mares prohibidos y acercarme a costas bárbaras. Sin ignorar el bien, percibo enseguida el horror, y hasta puedo vivir en buenos términos con él —siempre que el horror me lo permita—, porque me parece correcto mantenerme en buenas relaciones con los demás inquilinos del lugar donde vivo.

 

Por todos estos motivos, di la bienvenida al viaje en el ballenero. Las grandes compuertas del mundo de las maravillas se abrieron ante mí y entre las delirantes imaginaciones que me impulsaron hacia mi propósito, fluctuaron hacia mi espíritu, de a dos en dos, procesiones interminables de ballenas. En medio de todas ellas pasó un fantasma gigantesco, encapuchado, como una colina de nieve en el aire.

 

 

Traducción: Enrique Pezzoni

lunes

APUNTE SOBRE EL (NO-) SIGNIFICADO DE “MOBY DICK”


por Óscar Sánchez Vadillo
Para producir un libro poderoso, hay que elegir un tema poderoso.
Herman Melville, “Moby Dick”, capítulo CIV
¿Y si «Moby Dick» no simboliza nada, no alegoriza un pizca, no significa más que lo que nos da en su propia exposición, y que no es en absoluto poco?  Más o menos esto viene a decirnos Somerset Maugham en su libro «Diez grandes novelas y sus autores«, pero sin profundizarlo mucho más. Voy a intentar explicar la idea un poco mejor, tal como a mí se me ocurre. Cuando un niño juega al Mario Bros en su videoconsola, nadie se pregunta si las plataformas a las que tiene que saltar significan un ascenso espiritual, o cuando dispara bolas de fuego a esos feísimos y coloridos monstruos con los que se topa, tampoco viene mucho a cuento indagar si nos hallamos en una especie de lucha épica del Bien contra el Mal o gigantomaquias maniqueas parecidas. No quiero insinuar que «Moby Dick» sea en absoluto un pasatiempo infantil análogo a un videojuego: al contrario, la lectura que se ha hecho a menudo -también reiteradamente en el cine- de «Moby Dick» como mera fábula marítima juvenil me parece bastante trivializadora y pueril de lo que es, en su parte final, un tragedión a la altura de Sófocles o Shakespeare.

Sólo pretendo destacar que exigimos a Herman Melville algo que no buscamos en otras actividades culturales más o menos elevadas o más o menos sutiles. Porque, por comparar con otro lugar más acreditado culturalmente, pensemos no en el tonto videojuego Mario Bros, sino en los viejos y siempre vivos mitos griegos. ¿Tiene que significar algo necesariamente la Quimera, o basta con que se trate del enemigo preternatural de Belerofonte, un obstáculo bestial más al que el  héroe se tiene que enfrentar para llegar a ser precisamente un «héroe» acreditado? Naturalmente, siempre es posible que los helenistas actuales, o los artistas de todo tipo del pasado, quieran hacer de ello el símbolo de alguna cosa que les interese a ellos especialmente, pero no creo que un niño griego antiguo tuviese afán ninguno de llegar tan lejos. Para el infante griego, no menos para el adulto griego que se lo cuenta o lo pinta en una vasija, el hecho de que Belerofonte deba matar forzosamente a la Quimera es un argumento lo suficientemente válido por sí mismo como para justificar la transmisión del relato de padres a hijos. «-¡Qué bárbaro, así que Belerofonte derrotó a la Quimera subido a lomos de Pegaso!, ¿Y qué vino después?«, «-Pues después combatió a las amazonas; te lo voy a contar…

Si «Moby Dick« tiene esa dimensión mítica que, en efecto, tiene, al margen del contenido concreto de la novela (que es una auténtica amalgama de prosa científica, ironía lírica, referencias cultas, peripecia aventurera, monólogos vehementes y hasta teatro), la tiene en este sentido, que es, seguramente, el más primitivo de todos. Melville nos dice que se trata de la venganza del amargado Ahab frente al fiero cachalote que le arrebató una pierna, y no veo por qué no vamos a creerle a pies juntillas. Ese Macguffin -que está tomado, además, de auténticas anécdotas náuticas de la época- sirve para que Melville despliegue toda una plétora de reflexiones y estilos que no constituyen algo así como el relleno banal del relato, sino que espesan su consistencia última, y con los que el lector disfruta sublimemente.

El hecho de que pidamos algo más misterioso a «Moby Dick» tiene que ver más bien con algo que tuvo lugar después y fuera de ella, como señalaba antes: comoquiera que fue reivindicada tras un largo olvido por Dreisser, FaulknerDos Passos y otros en tanto iniciadora de una tradición americana de belleza y dureza narrativa, parecía obligada a ofrecer un tipo de profundidad simbólica que es la que ellos querían conferir entonces a sus respectivas obras. Se trató,  pues, de lo que Louis Althusser llamaba una historia de «futuro anterior», es decir, que el futuro proyectó en el pasado unas intenciones que eran las suyas propias.  Pero hay que decir que, desgraciadamente, el propio Melville también puso de su parte para abonar esta interpretación: haber escrito, además del desenlace sobrecargado de pathos infernal de «Moby Dick», cosas como «Bartleby, el escribiente«, «Pierre o las ambigüedades«, o «Billy Budd, marinero«, parece inducir al crítico la sensación de que está buscando un cierto espíritu existencialista avant la lettre…

O sea, está claro, y resulta difícil negarlo, que el propio Melville siempre quiso jugar a que en «Moby Dick», sobre todo, quería decir algo más de lo que estaba escrito, y por eso hizo esas otras novelas que han quebrado las cabezas de los filosofantes de la Literatura durante tanto tiempo. Incluso en la propia «Moby Dick» hay un pasaje donde se dice claramente que todo en este mundo significa algo distinto de lo aparente, y luego termina la frase con cierto tono de broma[1]. Pero si realmente es así, yo no veo que lo consiguiera, sencillamente. O es algo tan particular de un cierto aspecto religioso americano, del estilo de su coetáneo y amigo Nathaniel Hawthorne, que se me escapa enteramente. Sea como fuere, no creo que justificase la lectura de ese extraño tocho que es «Moby Dick» hoy. Si la diferencia entre el pretexto argumental de Mario Bros y el de Melville es sólo de grado -aunque sea un grado muy, muy superior, teniendo en medio de esa escala el mito de Belerofonte, por ejemplo-, o más bien cualitativa no voy meterme ahora a teorizarlo, porque no sabría, pero, sin pensarlo mucho, me inclino poderosamente hacia lo primero.

Pero es que de verdad creo que «Moby Dick» no se merece ese trato. Es un libro lo suficientemente formidable de por sí como para no necesitar de planteamientos filosóficos tan marcados. Su escritura es enérgica, chispeante y, para mí, amenísima. La altura de perspectiva desde la que lo juzga todo, sin perjuicio de un uso constante del humor, avalan de sobra su lectura hoy y siempre. Es una gran novela, no un mal templo. Sería absurdo y fatigoso pensar que lo más valioso queda escondido, a la espera del adivino o augur o exégeta que lo descifre. Cuando Melville la terminó, con sólo 31 años, dijo aquello de que acababa de terminar un libro malvado, pero que a pesar de ello se sentía inocente como un cordero. Tal vez se refería únicamente a que la terrible ballena blanca se salía finalmente con la suya, y vencía a los hombres que habían estado cazando a sus congéneres durante siglos. «Moby Dick» es, desde luego, también un canto al hecho prodigioso de la existencia de las ballenas, que Melville sitúa casi por encima de las locuras los hombres en pasajes como el siguiente, donde Ismael cuenta sus románticas impresiones acerca de la manada de cetáceos que el Pequod tiene rodeados para tratar de matar a los más posibles -capítulo 87:

(…) Así vio Starbuck[2] largos rollos del cordón umbilical de Madame Leviatán, que parecían sujetar todavía al joven cachorro a su mamá. No es raro que, en las rápidas vicisitudes de la persecución, ese cable natural, con su extremo maternal suelto, se enrede con el del cáñamo, de tal modo que el cachorro quede preso. Algunos de los más sutiles secretos de los mares parecían revelársenos en ese estanque encantado. Vimos en la profundidad juveniles amores leviatánicos.

Y así, aunque rodeados por círculos y círculos de consternaciones y horrores, esos inescrutables animales se entregaban en el centro, con libertad y sin miedo, a todos los entretenimientos pacíficos: sí, se gozaban serenamente en abrazos y deleites. Pero precisamente así, en el ciclónico Atlántico de mi ser, yo también me complazco en mi centro de muda calma, y mientras giran a mi alrededor pesados planetas de dolor inextinguible, allá en lo hondo y tierra adentro, sigo bañándome en eterna suavidad de gozo.

De hecho, si algún mensaje hubiese que extraer, de todos modos, y por pura cabezonería, de la voluminosa lectura de  «Moby Dick», yo me decantaría por este: un alegato (pre-ecologista o no) en favor de lo que lo que el disparatado y cruel hombre puede aprender de un magnífico y enigmático animal como es la ballena, algo, creo, sin apenas resonancias teológicas o trascendentes destacables. Melville bien podía sentirse malvado y a la vez inocente por ello, puesto que su ballena blanca consigue vengar como representante de su especie marina en el capitán Ahab lo que Ahab quería vengar egocéntrica, resentidamente en ella. En cualquier caso, «Moby Dick» es caza mayor literaria, de esto caben pocas dudas, y por eso hay que leerla y volverla a releer
[1] Se trata del capítulo 99, donde dice, traducido por el infatigable José María Valverde: Y en todas las cosas se alberga algún significado cierto, o de otro modo, todas las cosas valen muy poco, y el mismo mundo redondo no es más que un signo vacío, a no ser como se hace con los cerros de junto a Boston, para venderse por carretadas para rellenar alguna marisma en la Vía Láctea.
[2] Por cierto que este personaje de Starbuck es el que da, curiosamente y como parece, nombre a la famosa cadena de establecimientos de café que nació en Seattle.

(hypérbole / intersecciones creativas)

HERMAN MELVILLE - CUENTOS COMPLETOS (6)


FRAGMENTOS DESDE UN ESCRITORIO

II (3)

El apartamento en el que entramos estaba decorado al estilo del esplendor oriental, y en su atmósfera flotaban los perfumes más deliciosos. Las paredes estaban cubiertas con las telas más elegantes, ondulando en graciosos pliegues en los que estaban dibujadas escenas de arcádica belleza. El suelo estaba cubierto con una alfombra de textura finísima, en la que habían bordado con habilidad exquisita los sucesos más llamativos de la mitología antigua. Unidas a la pared por medio de cordones torzales de sedas carmesí y oro, había varias pinturas bellísimas que ilustraban los amores entre Júpiter y Sémele, retrataban a Psique antes el tribunal de Venus y otras escenas variadas delineadas todas con elocuente gracia. Había lujosos canapés dispuestos alrededor de la habitación y tapizados con el damasco mas fino, sobre el que también se habían trazado al modo italiano las fábulas antiguas de Grecia y Roma. Distribuidos por los rincones de la habitación, había trípodes diseñados para representar a las tres Gracias sosteniendo vasijas en alto, ricamente decorados según el gusto clásico y de las que emanaba una embriagadora fragancia.

Lámparas de araña de imposible descripción y suspendidas del airoso techo por barras de plata, derramaban sobre esa voluptuosa escena una luz tenue y temperada y dotaban al conjunto de esa belleza somnolienta que debe verse para poder ser apreciada con justicia. Espejos inusitadamente grandes multiplicaban en todas las direcciones los magníficos objetos, engañaban al ojo con sus reflejos y burlaban a la vista con profundas perspectivas.

Pero, por imponente que fuese aquella exhibición de opulencia, no estaba a la altura del ser por quien brillaba con tanto esplendor; pues la grandeza de la habitación servía tan sólo para mostrar mejor la inigualable belleza de su ocupante. Aquella soberbia decoración, aunque prodigada con profusión ilimitada, era el mero accesorio de una criatura cuyo encanto era de esa clase espiritual que no depende de ninguna ayuda añadida, y que ninguna oscuridad podría disminuir ni ningún arte podría aumentar.

La primera que contemplé a aquel ser encantador, estaba tendida sobre una otomana; en una mano sostenía un laúd y en la otra, perdida entre los profusos pliegues de seda, apoyaba la cabeza. No pude evitar recordar la apasionada exclamación de Romeo:

Ved cómo apoya su mano en la mejilla
¡oh!. ¡quién fuera guante de esa mano,
para poder besar esa mejilla! (1)

Iba vestida con una suave túnica del blanco más puro, y su pelo, huido de la cinta de rosas que lo recogía, derramaba sus negligentes gracias sobre el cuello, el hombro y el regazo, como si se resistiera a revelar la verdadera extensión de sus trascendentes encantos. Su cinto era de satén rosa y en él habían bordados varios retratos de Cupido en el acto de tender el arco, mientras que los amplios pliegues de su manga turca estaban recogidos en la muñeca por un brazalete de inmensos rubíes, cada uno de los cuales representaba un corazón traspasado por una flecha dorada. Sus dedos estaban decorador con varios anillos que, cuando me saludó con la mano al entrar, emitieron un millar de centelleos y exhibieron a la vista su brillante esplendor. Por debajo de la orla de su manto y casi enterrado en el plumoso cojín en el que se apoyaba, asomado el piececillo más hermoso que pueda imaginarse; envuelto en una zapatilla de satén que se aferraba a él mediante un cierre de diamantes.

Cuando entré en la habitación, su mirada parecía abatida y la expresión de su rostro dolida e interesante; por lo visto estaba perdida en algún sueño melancólico. Al entrar yo, sin embargo, su rostro se iluminó cuando, con un majestuoso movimiento de la mano, le indicó a mi guía que saliera de la habitación y me dejó mudo y lleno de admiración y desconcierto, ante su presencia.

Por un momento, la cabeza mía dio vueltas y perdí el control de todas mis facultades. No obstante, recobré el dominio y con eso y mi buena educación avancé caballerosamente, hinqué graciosamente la rodilla y exclamé: “¡Aquí, inclino, dulce divinidad, y me arrodillo ante el altar de tus incomparables encantos!”. Dudé, me sonrojé, alcé la mirada y vi un par de ojos andaluces que me miraban, cuya expresión seria y ardiente me atravesó el alma, y sentí que mi corazón se disolvía como el hielo antes los calores equinocciales.

¡Ay, pese a todos los votos de eterna fidelidad que le había jurado a otra, los hilos de seda se partieron; los cordones dorados desaparecieron! Un nuevo dominio se deslizaba en mi alma, y caí encadenado a los pies de mi hermosa hechicera. Se produjo un momento de un interés indescriptible, mientras respondía a la mirada de aquel ser glorioso con otra tan ardiente, tan abrasadora y tan firme como la suya. Pero no era propio de una mujer mortal resistir la mirada de unos ojos que nunca se habían arredrado ante el enemigo y cuyos fieros destellos danzaban ahora en salvaje expresión de un amor que desgarraba mi interior como un remolino y arrastraba mis afectos pasados como si fuesen malas hierbas del ayer. ¡Las largas y oscuras pestañas cayeron! ¡Se apagaron los fuegos cuyo brillo había prendido en llamas mi alma! ¡Tomé su mano indolente, me la llevé a los labios y la cubrí de besos ardientes! ¡¡Bella mortal -exclamé-, siento que mi pasión es correspondida, pero séllala con tu propia y dulce voz o moriré en la incertidumbre!”

Aquellas lustrosas órbitas derramaron otra vez todos sus fuegos; y, enloquecido por su silencio, la tomé en brazos, estampé un largo, largo beso en sus labios calientes y relucientes, y grité: “¡Háblame! ¡Dime, cruel mujer! ¿Emana tu corazón un fluido vital como el mío? ¿Soy amado, aunque sea tan salvaje y locamente como yo te amo?”. Ella siguió en silencio; ¡Dios mío, qué horribles aprensiones cruzaron mi alma! Frenético con la idea, la sujeté, contemplé su rostro y encontré la misma mirada apasionada; sus labios se movieron -la escuché con tanta intensidad que todos los sentidos me dolían-, todo siguió en silencio, no emitieron ningún sonido; ¡la aparté de mi lado, aunque seguía aferrada a mis ropas, y con un salvaje grito salí de la habitación! ¡Era muda! ¡Dios mío! ¡Muda! ¡SORDOMUDA!

L. A. V.


Notas

(1) Romeo y Julieta, acto II, escena II.

HERMAN MELVILLE - CUENTOS COMPLETOS (5)


FRAGMENTOS DESDE UN ESCRITORIO

II (2)

Perdido en conjeturas durante todo aquel excéntrico paseo, acerca de su fin probable, la sombría oscuridad de aquellos árboles ancestrales imprimió un tono más siniestro a mis figuraciones y comencé a arrepentirme de la precipitación insensata con la que me había embarcado en una expedición tan peculiar y sospechosa. Pese a todos mis esfuerzos por dejarlas de lado, acudieron a mi memoria las ficciones del jardín de infancia y sentí con el Bob Acres de The Rivals (1) que “mi valor desfallecía”. En una ocasión, casi me avergüenzo de reconocerlo ante ti, amable lector, mi imaginación se vio tan rodeada de imágenes fantasmales que, lleno de aprensiones, a punto estuve de darme la vuelta y huir, y había hecho ya algunos movimientos preliminares a tal efecto, cuando mi mano, vagando accidentalmente por mi bolsillo tropezó con el billete cuya romántica convocatoria había ocasionado esta aventura romántica. Sentí que mi alma recobraba las fuerzas, y sonriendo ante las absurdas presunciones que plagaban mi cerebro, volví a emprender orgullosamente la marcha, bajo las ramas colgantes de aquellos viejos árboles.

Al salir de las sombras de aquella región romántica, vimos de pronto un edificio que, con gentil eminencia y rodeado de árboles, tenía la apariencia de una villa campestre; aunque su sobrio exterior no exhibía ninguno de los fantásticos ornatos que habitualmente adornan los chateaus elegantes. Mi guía, mientras nos aproximábamos a aquella sencilla mansión, pareció redoblar sus precauciones; y aunque no daba muestras de estar alarmada, sus miradas rápidas y sorprendidas revelaban no pocos recelos. Me hizo gestos para que me escondiera tras un árbol cercano y se dirigió hacia la casa con pasos rápidos pero cautos; mis ojos la siguieron hasta que desapareció tras la sombra del muro del jardín y me quedé lleno de ansiedad esperando su reaparición. Pasó un rato bastante largo hasta que la vi abriendo una pequeña poterna y haciéndome gestos de que me acercara; no poco sorprendido por la complacencia de la que, después de todo, hacía gala, acudí a donde me decía. Disimulando mi sorpresa y haciendo acopio de fuerzas, seguí con zancadas silenciosas los pasos de mi guía, completamente convencido de que aquel misterioso asunto estaba a punto de aclararse.

El aspecto de aquella espaciosa morada era cualquier cosa menos tentador; parecía haber sido construida con la celosa intención de ocultar algo; y sus pocas pero bien defendidas ventanas estaban a suficiente altura del suelo para frustrar la curiosidad fisgona de los extraños. No brillaba una sola luz en aquellas estrechas ventanas, sino que todo era hosco, oscuro y amenazador. Mientras mi imaginación, constantemente alerta en una ocasión semejante, se ocupaba en atribuirle algún temible motivo a aquellas precauciones tan inusitadas, mi guía se detuvo de pronto ante una alta ventana, llamó en voz baja y reparé en que de allí descendía lentamente un grueso cordón de seda atado a una cesta bastante grande que depositaron en silencio a nuestros pies. Sorprendido por aquella aparición, me disponía a pedir explicaciones cuando se puso solemnemente el dedo en los labios, se metió en la cesta y me hizo gestos de que tomara siento a su lado. Obedecí, aunque no sin considerable aprensión y, obediente a la misma llamada en voz baja que había procurado su descenso, nuestro curioso vehículo se alzó en el aire entre numerosos crujidos.

Sería imposible tratar de analizar mis sentimientos en aquel momento. La solemnidad de la hora, la naturaleza romántica de la situación, la singularidad de toda la aventura, la soledad del lugar, habrían bastado para provocar el pánico en el corazón más firme y para perturbar los nervios más templados. Pero si a eso le añadimos la idea de que en el silencio de la noche, y en compañía de un ser tan completamente inexplicable, estaba entrando de manera clandestina en una mansión tan peculiar, el lector más amable y compasivo no se sorprenderá si le digo que deseé estar de nuevo en mis cómodos alojamientos de la calle…

Tales fueron las reflexiones que cruzaron mi imaginación durante nuestro viaje aéreo en el que mi guía observó el más estricto silencio, sólo roto de cuando en cuando por los ocasionales crujidos de nuestro vehículo al rozar contra la pared de la casa durante su ascenso. Tan pronto como alcanzamos la ventana, me rodearon dos fornidos brazos y antes de que pudiera darme cuenta estaba plantado en mitad de una habitación oscuramente iluminada por una única vela. Mi compañera de viaje no tardó en reunirse conmigo; volvió a indicarme con el dedo que guardara silencio, tomó la palmatoria y me animó a seguirla por un largo pasillo, hasta que llegamos a una puerta baja oculta tras un viejo tapiz, que al abrirse tras un leve empujón descubrió un espectáculo tan hermoso y encantador como cualquiera de los descritos en las Mil y una noches.


Notas

(1) Obra del dramaturgo y político nacido en Dublín Richard Brinsley Sheridan (1751-1816.

martes

HERMAN MELVILLE - CUENTOS COMPLETOS (4)


FRAGMENTOS DESDE UN ESCRITORIO

II (1)

“¡Caiga la confusión sobre los griegos!”, exclamé mientras me levantaba iracundo de la silla y arrojaba mi viejo diccionario al otro lado de la habitación, cogí el sombrero y el bastón, me eché el abrigo por encima y salí al aire puro del cielo. La frescura tonificante de una noche de abril calmó mis sienes doloridas, y lentamente me encaminé hacia el río. Tras pasear junto a la orilla cerca de media hora, me tumbé sobre la hierba mullida y no tardé en perderme en ensoñaciones y en hundirme en mis sentimientos.

No llevaba allí cinco minutos, cuando una figura totalmente embozada en los amplios pliegues de un abrigo se deslizó junto a mí, dejó caer algo apresuradamente a mis pies y desapareció tras la esquina de una casa cercana, antes de que pudiera recobrarme del asombro que me produjo un suceso tan singular. “¡Por cierto -grité al ponerme en pie-, he aquí una chispa de lo maravilloso”, me agaché, recogí un pequeño, elegante y rosado billete amoroso con olor a lavanda, rompí apresuradamente el sello (un corazón atravesado por una flecha) y leí a la luz de la luna lo siguiente:

Gentil caballero:

Si mi imaginación os ha pintado con colores genuinos, al recibir esto, seguiréis sin falta a quien os lo ha entregado, allí donde quiera llevaros.

INAMORATA

“¡Diablos si lo haré! -exclamé yo-, ¡pero calma!” Y volví a examinar aquel singular documento, sostuve el billete entre mis dedos y examiné la letra delicadamente femenina que habría podido jurar que era de mujer. “Será posible -pensé- que hayan resucitado los días del romanticismo? No. ‘¡Los días de la caballería ya pasaron!’, dice Burke.”

Mientras rumiaba estas reflexiones, levanté la vista y vi a la misma figura que me había entregado la dudosa misiva y que me hacía gestos de que la siguiera. Me precipité hacia ella; pero, al acercarme, ella se apartó y huyó ligera a lo largo del río a un paso que, entorpecido por mi abrigo y mis botas, no podía seguir, y que me llenó de diversas aprensiones a propósito de la naturaleza de un ser capaz de moverse con tan sorprendente celeridad. Por fin, completamente sin aliento, reduje el paso y lo propio hizo, al notarlo, mi misteriosa fugitiva, como si quisiera mantenerse a la vista, aunque a demasiada distancia para que pudiera hablarle.

Tras recuperarme de mi fatiga y recobrar el aliento, me desabroché el abrigo y, resuelto en mi interior a llegar hasta el fondo del misterio, me lo quité de los hombros, lo arrojé al suelo y reemprendí la persecución de la inalcanzable extraña. En cuanto di a entender por la extravagancia de mis acciones que pretendía darle alcance, ella, con una risa ligeramente despreciativa, comenzó a andar a un paso tal que, pese a mis esfuerzos para perseguirla, no tardó en dejarme atrás, desconcertado y alicaído, y maldiciendo para mis adentros al fuego fatuo que danzaba tan provocadoramente ante mí.

Por fin, como hace todo el mundo, extraje sabiduría de la experiencia, y pensé que la mejor estrategia era seguir en silencio los pasos de mi excéntrica guía y esperar tranquilamente el desenlace de tan extraordinaria aventura. Tan pronto como reduje el ritmo y di muestras de haber renunciado a mi sumario modo de actuar, la extraña, acompasando sus movimientos a los míos, siguió a un paso que dejaba entre nosotros una prudente distancia, aunque de vez en cuando echaba una mirada atrás como un general fatigado, por si volvía a verme tentado de poner a prueba la agilidad de sus miembros.

Tras proseguir nuestro camino de aquel modo monótono durante un tiempo, observé que mi guía descuidaba en cierto modo sus precauciones, pues en los últimos diez o quince minutos no hizo su acostumbrada comprobación por encima del hombro, así que reuní ánimos, que según puedo asegurare al amable lector habían caído considerablemente por debajo de cero tras el poco éxito de mis previos esfuerzos, y de nuevo me apresuré como loco a toda velocidad, y tras avanzar inadvertido diez o doce varas, comencé a acariciar la idea de que esta vez lograría mi propósito; en ese momento, como recordando de pronto su omisión, se dio la vuelta y al verme correr hacia ella como un caballo desbocado, soltó un grito casi inaudible de sorpresa y una vez más huyó como ayudada por unas alas invisibles.

Este último fracaso fue demasiado para mí. Me detuve y golpeé el suelo con una rabia incontenible, di rienda suelta a mi disgusto con una salva de maldiciones que, bien mirada, tal vez contuviera una o dos expresiones propias de los alegres días de la caballería andante. Pero, si alguna vez fueron disculpables los juramentos, las circunstancias del caso servían de atenuante para el crimen. ¡Cómo! ¿Ser derrotado por una mujer? ¡Dios la confunda! ¡No podía ser peor! ¿Qué me adelantase, engañase y venciera una mera costilla de la tierra? ¡Era insoportable! Pensé que no sobreviviría a la inexpresable mortificación de aquel momento; y, en el cenit de mi desesperación, pensé en poner un romántico fin a mi existencia en el mismo lugar que había sido testigo de mi vergüenza.

Pero cuando se extinguieron los primeros transportes de mi ira, y reparé en que las aguas del río, en lugar de ofrecer una calma imperturbable, como deberían hacer en una ocasión semejante, bajaban turbias y revueltas; y al recordar que, aparte de ese, no tenía otro medio de realizar mi heroico propósito, salvo el vulgar e inelegante de abrirme la cabeza contra el muro de piedra que atravesaba la carretera, decidí sensatamente, tras considerar las circunstancias antes mencionadas, junto con el hecho de que había dejado a medias una partida de ajedrez que debía ganar y en la que había apostado una gran suma, que cometer suicidio en esas condiciones sería muy poco eficaz y probablemente tendría muchos inconvenientes. Durante el rato que tardé en llegar a esta sabia y prudente decisión, mi espíritu tuvo tiempo de recuperar la compostura anterior y estaba relativamente calmado y sereno; y comprendí la locura de menospreciar a alguien en apariencia tan misterioso e inexplicable.

Decidí entonces que, ocurriera lo que ocurriese, esperaría pacientemente el resultado del asunto; así que avancé en dirección a mi guía, que todo ese rato se había quedado a la espera observando mis acciones; los dos nos pusimos en marcha simultáneamente y pronto recuperamos el mismo paso que antes.

Caminamos a paso vivo y nada más dejar atrás las afueras de la ciudad mi guía se internó en un bosquecillo vecino y aumentó el ritmo de la marcha hasta que llegamos a un lugar cuya belleza singular y grotesca, incluso tras los agitados sucesos de aquella tarde, no pude dejar de apreciar. Habían talado un espacio circular de cerca de media hectárea en el mismo corazón del bosque, aunque habían dejado dos hileras paralelas de árboles airosos que, a una distancia de unos veinte pasos, se cruzaban perpendicularmente con otras dos hileras semejantes y atravesaban todo el diámetro del círculo. Esas nobles plantas lanzaban sus enormes troncos hasta una altura increíble, llevaban sus verdosos laureles hasta lo alto elevando los miembros gigantescos y ciñéndose unos a otros con áspero abrazo. La fantástica unión de sus robustas ramas conformaba un arco magnífico, cuyas proporciones se henchían hacia lo alto con una preeminencia orgullosa y ofrecía a la vista un techo abovedado que mi imaginación perturbada creyó el dosel del banquete triunfal del dios silvano. Esta perspectiva singular apareció ante mí en toda su belleza mientras salíamos de los arbustos de los alrededores, y me quedé inconscientemente en la linde del calvero para disfrutar mejor de aquella vista sin rival; al seguir con la mirada el neblinoso perfil del bosque, reparé en la diminuta silueta de mi guía que, de pie a la entrada del arco que he tratado de describir, me hacía extravagantes gestos de impaciencia por mi retraso. Recordé de inmediato la situación, lo que por un momento me puso bajo el control de aquella caprichosa mortal, respondí a su llamada reemprendiendo la marcha en el acto, y pronto entramos en la atlante arboleda entre cuyas sombras nos ocultamos por completo.

lunes

HERMAN MELVILLE - CUENTOS COMPLETOS (3)


FRAGMENTOS DESDE UN ESCRITORIO

I (2)


Tengo en “los ojos de mi alma, Horacio”, (1) tres (el número de las Gracias, como recordaréis) que podrían estar cada una de ellas en la cima de sus órdenes respectivos. Si la primera se vistiera con silvano atuendo, y portase en su mano un arco, podría considerarse con justicia y propiedad el retrato de la misma Diana. Su porte es audaz, su estatua alta y recta, su presencia regia y dominadora y su tez tan clara y bella como el rostro del cielo en un día de mayo; sus ojos brillan con ese matiz indefinible que es, sin duda, el más sorprendente que pueda adornar el rostro humano. El bermellón de sus mejillas adopta perpetuamente ese tono saludable y lozano que estamos acostumbrados a contemplar y que ilumina, ¡ay!, por un instante, el rostro de la bella de ciudad cuando hace su excursión anual al campo para disfrutar por un tiempo del refugio de la vida rústica.

Si a esas cualidades añadimos la majestad en la apariencia y la dignidad en el porte que habríamos atribuido a la regia amante de Antonio, junto con ese semblante heroico y griego que la imaginación le asigna inconscientemente a la judía Rebecca, cuando se resistía a las arteras mañas del templario (2), tendréis en mi pobre opinión el retrato de…

Al aventurarme a describir a la segunda de esta hermosa trinidad, siento que mis poderes de delineación son inadecuados para la tarea; aun así trataré de hacerlo, aunque como un pobre aficionado temo ofender los encantos que intento retratar.

¡Acudid en mi ayuda, espíritus guardianes de la Belleza! ¡Guiad mi torpe mano y preservad de la mutilación los rasgos que cuidáis y protegéis! Bebed ríos enteros de champán, mi querido M., hasta que vuestro cerebro esté mareado por la emoción: estudiad atentamente la última parte del Canto Primero del Childe Harold, y saquead vuestras reservas intelectuales en busca de las más vivas visiones del País de las Hadas, y estaréis en parte preparado para disfrutar del epicúreo banquete que me dispongo a ofreceros.

La estatura de esta hermosa mortal (si es que en verdad pertenece a la tierra) es perfecta, pues, aunque no se la pueda acusar de ser baja, tampoco puede llamársela con propiedad alta. Su figura es esbelta, casi hasta la fragilidad, pero sorprendentemente modelada en la elegancia espiritual, y es la única forma que vi jamás que puede soportar el juicio de una crítica rigurosa.

Cualquiera que esté dotado del más ínfimo residuo de imaginación debe de haber convocado desde los reinos de la fantasía, un ser más brillante y hermoso que cualquier otra cosa que hubiera contemplado antes en alguna de sus ilusiones, cuyo atributo principal y diferenciador invariablemente resulte ser una forma del encanto indescriptible que parece:

Navegar en luz líquida
y flotar en un mar de bendiciones. (3)

Raras veces se nos concede el cumplimiento de estas visiones seráficas, pero puedo decir sinceramente que cuando mis ojos se posaron por primera vez en esta adorable criatura, me creí transportado al país de los sueños donde yacía encarnada la más brillante concepción de la más descabellada fantasía. Si la chispa prometeica pudiera animar la Venus de Medici, no haría sino ofrecer un reflejo de…

Su tez tiene el tono delicado de las morenas, con un poco del rosado matiz de las circasianas; y uno podría jurar que únicamente los soleados cielos de España han iluminado la infancia de un ser semejante, que tanto se parece a sus propias “hijas de mirada oscura (4).

El contorno de su cabeza junto al perfil de su rostro están esbozados con clásica pureza, y mientras el uno es indicio de sentimientos refinados y elegantes, el otro no es más casto y sencillo que el espíritu que irradia cada rasgo de su cara. Su pelo es negro como ala de cuervo, y está partido como el de una virgen sobre la frente, donde se asienta, circundada por sus hermanas, el verdadero genio de la belleza poética, la esperanza y el amor.

¡Y qué decir de sus ojos! ¡Abren hacia ti sus órbitas negras y profundas como el sol de mediodía en el cielo, y abrasan tu alma con los fuegos del día! ¡Igual que la chispa divina del Dios propicio incendiaba en un instante las ofrendas colocadas sobre el altar sacrificial de los hebreos, basta con una simple mirada de esos ojos orientales para incendiar tu alma y provocar un estallido en tu interior! ¡Qué extraños son los dardos de Cupido! ¡Como los mandobles de la espada de Minotti (5), un simple vistazo a su alrededor en un atestado salón de baile dejaría a su alrededor pilas de corazones amontonados en semicírculos! Pero el sexo más rudo se merece que este ser glorioso usurpe su orgulloso dominio, y otorgue a la expresión de su mirada una ternura capaz de derretir al corazón más frío y sanar las heridas antes infligidas.

Si al musulmán devoto y ejemplar que, al morir en la fe de su Profeta, anticipa yacer en lechos de rosas embriagado por toda la eternidad, le esperan huríes como esta, arrastradme amables vientos más allá de este triste mundo y

¡Envolvedme en dulces aire lidios! (6)

Pero me estoy dejando arrastrar por un no sé qué de extravagancias, así que os daré brevemente un retrato de la última de estas tres divinidades, y pondré fin a mis fatigosas lucubraciones.

Esta última es una belleza liliputiense; de estatura diminuta, pelo rubio y pies para los que sería demasiado grande la zapatilla de Cenicienta; un rostro dulce e interesante y modales eminentemente refinados y atractivos. El aspecto de la fisonomía es singularmente suave y amable, y toda su persona rebosa cada una de las gracias femeninas. Sus ojos

Derraman la dulzura de sus rayos azules; (7)

y a ella, por encima de todas las de su sexo, pueden aplicársele los versos de nuestro gentil Coleridge:

Doncella de mi Amor, dulce “____”!
a la luz de la belleza te deslizas:
tus ojos son como la estrella de la víspera,
y dulce tu voz como canción de serafines.
Pero no es tu celestial belleza lo que infunde
una pasión suave y brillante en este corazón,
sino la voz que tu alma habita
y te prohíbe oír hablar de mi aflicción.
Cuando el sufriente se hunde y desfallece
no ve tendida la salvadora mano,
hermosa como del regazo del cisne
que se eleva graciosa sobre las olas,
he visto tu pecho conmovido de piedad,
y por esto te amo dulce “____” (8)

Aquí, mi querido M, termina mi catálogo de las Gracias, este capítulo dedicado a las Bellezas, y debo implorar vuestro perdón por haber abusado tan largo tiempo de vuestra paciencia. En caso de que a vos mismo, puesto que no es del todo imposible que la llama amatoria se haya extinguido de vuestros pechos, no es interesen estos tres “falsos presentimientos”, no dejéis de hacérselos llegar a… y de pedirle su opinión en cuanto a sus respectivos méritos.

Ofrecedle mi agradecimiento al alcalde por haber atendido tan rápido mi petición y aceptad vos mismo el testimonio de mi nada mermado aprecio y mi esperanza de que el cielo continúe sonriéndoos e iluminando vuestro camino.
                                                                        Siempre vuestro,

                                                                                              L.A.V.

Notas

(1) Hamlet, acto I, escena ii.
(2) Personaje de Ivanhoe, la famosa novela del escritor escocés Walter Scott (1771-1832)
(3) Los versos proceden de la obra The Mourning Bride del dramaturgo inglés William Congreve (1670-1729).
(4) La frase pertenece al Canto I del poema antes citado: El pegerinaje de Childe Harold, del poeta inglés Lord Byron (1788-1824).
(5) Nueva referencia byroniana; en esta ocasión el poema El sitio de Corintio.
(6) La cita proviene del poema L’Allegro del poeta inglés John Milton (1608-1674).
(7) El verso procede el poema The Pleasures of Imaginations del poeta y médico inglés Mark Akenside (1721-1770).
(8) Se trata del conocido poema Genevieve.

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