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lunes

EL DIOS DE MOZART: UNA TEOLOGÍA MUSICAL

 

por Carlos Javier González Serrano

 

Fernando Ortega, doctor en Teología y autor de numerosos libros y artículos relacionados con la hermenéutica del pensamiento musical de Mozart, analiza en este singular, único e irremplazable volumen un elemento que, en ocasiones, ha sido injustamente desterrado de la interpretación de la obra mozartiana: su componente teológico interiorizado que pide exteriorizarse.

 

La tesis del autor, original y atractiva, es que, como declararon los románticos, el arte es la otra lengua de Dios, “y Mozart, como sabemos, fue el primer romántico de entre los clásicos”, leemos en el prólogo de Pablo Gianera; es por eso que la religiosidad mozartiana no sólo ha de ser buscada en sus obras de corte litúrgico, sino en el conjunto de sus creaciones. Lo que hace tan recomendable la lectura de este plurifacético libro es su mirada, que no es la del historiador ni la del musicólogo, sino “la de un teólogo que intenta explorar el alma creadora de Mozart”. Es decir, explorar el sentido de su música, el horizonte de su universo sonoro. No por ello se hace del compositor de Salzburgo un teólogo –ni mucho menos un santo–, ni se defiende que Mozart hubiera deseado traducir en música los dogmas cristianos. Y es que dos fueron, a juicio de Ortega, las inspiraciones fundamentales del músico: el amor y la muerte, que se manifestaban por todas partes en el gran misterio de la Vida y por tanto, y también, en su música. Y apunta: “gracias a su fe cristiana, a la relación con su madre y con su padre, a sus viajes, a su conocimiento del ser humano, al humanismo masónico, a su vida matrimonial, a sus éxitos y fracasos artísticos y materiales y a la creación de sus inolvidables melodías y personajes, comprendió, y así lo cantó hasta el final, que amor y muerte eran inseparables del perdón que las redime, del perdón original, fuente silenciosa de la que parece manar la dicha última y primera del canto mozartiano. De ahí la esperanza con la que su música nos regala y consuela”.

 

En el desarrollo de sus argumentos, Ortega se apoya en la tesis del importante teólogo protestante Karl Barth, quien se preguntaba:

 

¿Por qué y en qué se puede llamar a Mozart incomparable? ¿Por qué ha producido, para aquel que pueda escuchar, casi con cada compás que le pesaba por la cabeza y que asentaba sobre el papel, una música para la cual el término “bella” no es la palabra adecuada? […] ¿Por qué se puede sostener que Mozart tiene su lugar en la teología, en particular en la teología de la creación, y también en la escatología?

 

Y contesta el propio Barth:

 

[A Mozart] se le puede otorgar un lugar en el ámbito teológico porque acerca del problema de la bondad de la creación en su totalidad sabía cosas que escapaban a los verdaderos Padres de la Iglesia, a nuestros reformadores (y a muchos otros teológos), o que, en todo caso, no han sido capaces de expresar y valorar. […] Es como si [Mozart] hubiese escuchado el unísono de la creación, a la cual también pertenece lo oscuro, pero cuya oscuridad de ninguna manera es tiniebla; y también el defecto de ser, que de ninguna manera es falta; y también la tristeza, que no llega a transformarse en desesperación.

 

El mismísmo Benedicto XVI, Joseph Ratzinger, asegura en un texto que dedicó al músico de Salzburgo, Mein Mozart:

 

Mozart es pura inspiración. […] La alegría que Mozart nos regala, y que yo siento de nuevo en cada encuentro con él, no se basa en dejar fuera una parte de la realidad, sino que es expresión de una percepción más elevada del todo, que sólo puedo caracterizar como una inspiración, de la que parecen fluir sus composiciones como si fueran evidentes.

 

En esta misma línea, que explica y desarrolla, Fernando Ortega postula que, a través del ejercicio de su genio, Mozart creo una música que lindaba con –cuando no se introducía en– lo trascendente y, a veces, lo aclaraba y abría para todos los públicos. Por ello, el autor sondea y escudriña la totalidad del itinerario estético mozartiano, tratando de discernir su orientación fundamental. Un libro del todo necesario, imprescindible y muy enriquecedor, para todos los mozartianos y para quienes busquen nuevas vías de interpretación de su obra. Como el propio Mozart dejó escrito poco antes de morir (julio de 1791):

 

No puedo explicar lo que siento: es una cierta aspiración que no puede ser satisfecha y que no termina jamás.


(El vuelo de la lechuza / 4-12-2019)

jueves

EL PRIMER MOZART CÉLEBRE NO FUE WOLGFANG SINO SU HERMANA: ¿POR QUÉ HOY NADIE LA RECUERDA?


Las primeras veces que las palabras “virtuosismo” y “prodigio” se asociaron al famoso apellido fue por las ejecuciones exquisitas de obras musicales que hacía en Europa María Anna Mozart, Nannerl, la hermana mayor del genio, cuyas composiciones se perdieron y su carrera se truncó a la edad de casarse

En la década de 1760, durante una gira musical por Munich, Viena, París, Londres y La Haya, el nombre de Mozart fue acompañado por las palabras “virtuosismo”, “prodigio”, “genio”. Ninguna sorpresa: la historia recuerda a Wolfgang Amadeus Mozart como un extraordinario intérprete y compositor de música.

Sin embargo, esos comentarios no hablaban de él, sino de su hermana: María Anna Mozart, apodada Nannerl. Otra intérprete y compositora que, a diferencia de Wolfgang, nadie recuerda ya.

“El niñito de Salzburgo y su hermana tocaron el clavicordio”, escribió en su diario, en 1762, el conde Karl von Zinzendorf, que los escuchó en Munich. “El pobrecito toca maravillosamente. Es un niño de carácter, vivaz, encantador. La interpretación de su hermana es magistral, y él la aplaudió”.

“Mi pequeña niña toca las obras más difíciles que tenemos con increíble precisión y gran excelencia", escribió, dos años más tarde, Leopold Mozart, el severo padre de los músicos, el hacedor de la carrera de su hijo, y posiblemente el que deshizo la de su hija mujer al enviarla de regreso a la casa apenas tuvo edad de casarse. “Todo se resume así: mi pequeña niña, aunque sólo tiene 12 años, es una de las intérpretes más capaces de Europa”.

La historia de Nannerl Mozart se incluye en The Genius of Women (El genio de las mujeres), que a fin de febrero publicará Janice Kaplan, autora de best sellers como The Gratitude Diaries (Los diarios de la gratitud). “Pasé los dos últimos años investigando a mujeres geniales para mi nuevo libro. En ese proceso me encontré con algunas personas que no creían que tal categoría existiera. No me llevó mucho descubrir la respuesta: el genio necesita ser nutrido y reconocido. En cada generación han existido mujeres músicas extraordinarias, pero su potencial se desperdició porque la gente no quiso ver su talento”, escribió en The Lily“Literalmente, existió una Wolfang Mozart femenina: Maria Anna. Podría haber sido su par si no hubieran dejado que su talento se echara a perder”.

Con su mezcla narrativa de memoria, historia e inspiración, Kaplan presenta mujeres como Hipatia, la primera filósofa y matemática asesinada por una turba cristiana en el siglo V en Alejandría; la pintora holandesa Clara Peeters, del siglo XVII, cuyas obras sólo adquirieron valor luego de una muestra en 2016; la física Lise Meitner, quien jugó un papel central en el descubrimiento de la fisión nuclear, por el cual se otorgó el premio Nobel de 1944, pero no a ella sino a su colaborador masculino. Kaplan también habló con neurocientíficos, psicólogos y numerosas mujeres geniales del presente para probar que, para que el talento se desarrolle, hay que reconocerlo, nutrirlo y celebrarlo.

Ella fue un gran estímulo para su hermano, que se sentía más cómodo y comprendido con ella —habían inventado un idioma secreto para comunicarse y jugaban a que eran el rey y la reina de un lugar imaginario llamado Back— que con Leopold, el padre siempre exigente. Wolfgang nació en 1756, cuando Nannerl tenía cinco años, y comenzó a tocar música al lado de ella, hacia los tres años. A los cinco se presentaba ante la realeza, junto con ella. A los ocho escribió su primera sinfonía, seguida por 40 más y otras 600 piezas, sintetizó Kaplan.

“El talento precoz de Mozart fue cultivado de manera experta”, agregó. “Cuando Wolfgang era pequeño, su padre lo llevó de gira por Europa y lo presentó a compositores y músicos que lo aconsejaron y lo alentaron. Lo ayudaron a encontrar trabajos que permitieron que su creatividad floreciera”. Nannerl tocaba el clavicordio y compartió esas giras. “Algunas reseñas dicen que era mejor que su hermanito y que él la idolatraba y aprendía de ella. A los 12 años la calificaron como una de los mejores músicos de Europa. Pero eso no tuvo importancia. Una vez que llegó a la adolescencia, su padre consideró inadecuado que ella siguiera presentándose y la envió al hogar, para que se casara”.

Sylvia Milo, música y dramaturga, escribió una obra, La otra Mozart, que se estrenó en 2015 en los Estados Unidos, tras visitar la casa de los músicos en Viena, por el aniversario 250 de Wolfgang, y encontrar un retrato en el que se veía a Leopold y sus dos hijos, sentados como iguales, delante de la imagen de su madre muerta. Explicó a Classic FM que nunca antes había escuchado que Wolfgang hubiera tenido una hermana, y ahí los vio juntos ante un teclado por primera vez.

Comenzó una investigación que la condujo a dos biografías en alemán sobre Nannerl y, sobre todo, un tesoro de cartas de la familia, que le permitió reconstruir la influencia artística que la hermana mayor tuvo sobre el menor. En 1770 ella le envió una obra que había compuesto, y Wolfgang escribió: “¡Hermana querida! Estoy asombrado de que puedas componer tan bien; en una palabra, la canción que escribiste es tan hermosa". Pero, a diferencia de la obra de él, no sobrevivió.

Para indagar si realmente Nannerl había sido talentosa, dijo Milo a The Huffington Post, buscó reseñas de las giras. “Imaginemos una niña de 11 años que toca las sonatas y los conciertos más difíciles de los grandes compositores, en el clavicordio o el fortepiano, con precisión, con una levedad increíble, con un gusto impecable. Fue una fuente de maravilla para muchos”, encontró un texto específicamente sobre ella. Le resultó más difícil establecer si compuso más obras además de la canción que elogió su hermano. “Es muy probable. Sabemos que tuvo entrenamiento para componer, porque tenemos registros de sus ejercicios de composición”, dijo la autora de la pieza teatral. “Pero no era algo que se alentaba en una niña, porque no iba a ser una profesión para ella”.

En 1829, cuando la escritora Mary Novello le hizo una de las últimas visitas que Nannerl recibiría, encontró a una anciana ciega, frágil y cansada, que apenas podía hablar. El ámbito en el que vivía, sola, lucía tan frugal que pensó que era indigente. Poco tiempo después la hermana de Mozart murió, a los 78 años.

Había enviudado 28 años antes, y no se había vuelto a casar. Tenía un hijo y cuatro hijastros, y había enseñado música mientras había tenido fuerza.

La sombra que proyectaba la enorme figura de su hermano hacía que, cada tanto, alguien como Novello fuera a verla. Entonces les contaba sobre el tiempo feliz de la infancia, cuando habían tocado ante la emperatriz María Teresa y había pasado tres años de gira, algo inimaginable para una niña, que le había permitido conocer lugares y tener experiencias que otras personas no lograrían en sus vidas enteras.

“Hubiera sido natural que Wolfgang, el pequeño de siete años con su peluca y sus piernas cortas que apenas llegaban a los pedales, concentrara la atención, pero los talentos de su hermana se destacaban”, explicó All About History. “Como escribió su padre: ‘Nannerl ya no sufre por la comparación con el niño, porque toca tan maravillosamente que todo el mundo habla de ella y admira su ejecución’”.

En 1764, cuando Leopold se enfermó, en Londres, los hijos debieron dejarlo descansar, y eso incluyó mucho silencio: no podían practicar con sus instrumentos. Wolfgang aprovechó la oportunidad para componer, y le pidió a su hermana que transcribiera lo que sería su primera sinfonía. “¡Recuérdame que ponga algo bueno para los vientos!”, lo citó ella años después en una carta.

“Es imposible saber si Nannerl simplemente escribió lo que su hermano le dijo o si colaboró y ofreció algunas ideas”, señaló All About History. “La pieza, en definitiva, se ha atribuido a Wolfgang, y tiene importancia a la hora de reconocer sus dones y sus talentos a una edad tan temprana”.

En 1769, cuando Nannerl cumplió 18 años, su vida musical terminó por decisión de su padre: que una niña tocara en giras estaba bien, pero que lo hiciera una mujer sería un escándalo capaz de arruinar la reputación de Wolfgang. No obstante, ella no se casó hasta los 33 años, una edad que entonces se consideraba excesiva para estar soltera. Se cree que la demora se debió a que su padre no aceptó al hombre del que ella estaba enamorada, Franz Armand d’Ippold. Por fin en 1784 celebró su matrimonio con Johann Baptist von Berchtold zu Sonnenburg.

Los hermanos se habían distanciado por entonces: tres años antes Wolfgang se había mudado a Viena, dejándola sola a cargo de la casa familiar, una situación que se consolidó cuando en 1782 él se casó con Constanze, lo cual molestó a Leopold, que la desaprobaba. La presencia de Nannerl en la vida de su hermano se redujo a las cartas en las que le pedía que le enviara sus obras, que sobrevivieron en gran medida gracias a ella.

El matrimonio no liberó del todo a Nannerl de su padre. Aunque se había mudado a Sankt Gilgen con Johann, viajó a Salzburgo para el nacimiento de su hijo, en 1785, y Leopold se quedó con el niño. Primero argumentó que parecía enfermo y el viaje podría ponerlo en peligro; no se entiende por qué, una vez que mejoró, siguió criándolo. Ella no discutía la voluntad del padre; acaso Leopold vio en en bebé, que había sido bautizado con su nombre, la oportunidad de volver a nutrir a un genio musical.

En 1787 Leopold murió y Nannerl recuperó a su hijo; sin embargo, la relación con su hermano no se reavivó, al contrario: su correspondencia, que comenzó a limitarse a los arreglos de la herencia, se terminó en 1788. Tres años más tarde, cuando Wolfgang murió por una enfermedad extraña, la hermana sintió remordimientos por esa distancia. Escribió apuntes sobre la vida de él y olvidó sus diferencias con su cuñada, Constanze, para trabajar con ella en una biografía y ordenar la obra de Mozart.

En su libro, Kaplan asoció a Nannerl con Fanny Mendelssohn, la hermana compositora de Félix Mendelssohn. Las obras de ella se publicaron, en el siglo XIX, bajo el nombre de él: “Félix explicó que él simplemente la protegía”, escribió la autora de The Genius of Women. “Como sucede con frecuencia cuando los hombres ‘protegen’ a las mujeres, a él le resultó bastante beneficioso, también. Él se quedó con todo el crédito por la música de Fanny, y alguna era notablemente mejor que la de él”.

Fanny y Félix compartieron los tutores y los profesores de música, pero cuando ella cumplió 14 años sus caminos se separaron: el padre, Abraham Mendelssohn, le explicó en una carta que si bien su hermano podía continuar con la esperanza de desarrollar una carrera en la música, ella debía realizar “la única vocación de una joven, ser ama de casa”.

Cerró Kaplan: “Nannerl Mozart y Fanny Mendelssohn debieron dar un paso al costado para que Wolfgang y Félix pudieran convertirse en los nombres que recordamos”. Hubo, al menos, una diferencia a favor de Fanny: ella solía invitar gente a que la escuchara interpretar sus lieder en su casa, y así, de a poco, fue forjando una rebeldía que la animó a publicar algunas de sus obras bajo su nombre. Tuvo un reconocimiento enorme, aunque lo disfrutó brevemente: murió poco después. En cambio, “nunca sabremos cómo sonaban las composiciones de Nannerl, porque se han perdido”, lamentó Elizabeth Rusch, autora de For the Love of Music: TheRemarkable Story of Maria Anna Mozart (Por amor a la música: la notable historia de María Anna Mozart), en la publicación Smithsonian.

(infobae / 16-2-2020)

martes

MOZART: LA MELANCOLÍA POR SÍ MISMO


por Norbert Elias

Norbert Elias murió en agosto de 1990 a los noventa y cuatro años de edad. El siguiente texto es un fragmento de su último libro, Mozart, Sociología de un genio, que se publicó en Alemania en septiembre de este año.

El lunes cinco de diciembre de 1791, Wolfgang Amadeus Mozart murió a los treinta y cinco años de edad y, al día siguiente, fue sepultado en una fosa común. Cualquiera que haya sido la grave enfermedad que causó su muerte prematura, poco tiempo antes Mozart se encontraba en un estado cercano a la desesperación. Se sentía un hombre golpeado por la vida. Las deudas aumentaban. La familia siempre cambiaba de domicilio. El éxito en Viena -una de las cosas que más le importaban- se alejaba cada día más. La elegante sociedad vienesa se apartó de él. El vertiginoso desenlace de su enfermedad fue el resultado de una certeza. Mozart murió con la sensación de haber fracasado socialmente, vale decir: la pérdida total de la fe en lo que deseaba desde lo más profundo de su corazón. Las dos fuentes de su voluntad -lo que lo impulsaba a seguir viviendo, lo que le daba la conciencia de su propio valor- se habían secado: el amor de una mujer a quien podía confiarse, y el amor del público vienés por su música. Ambos los disfrutó durante una época. Ambos ocuparon el primer lugar en la jerarquía de sus deseos. En los últimos años de su vida, Mozart sintió que los perdía. Esta es su -y nuestra- tragedia.

Hoy en día, cuando el nombre de Mozart se ha convertido para muchos en el símbolo de la más dichosa de las creaciones musicales que conocemos, parece increíble que un individuo con esa mágica fuerza creativa haya muerto a los treinta y cinco años, porque la falta de amor y reconocimiento de los otros provocaron la pérdida del sentido y valor de su propia vida. Todo esto sorprende cuando uno se interesa más por su obra que por su persona. Sin embargo, no debemos equivocarnos al medir lo que uno juzga como cumplimiento o pérdida con lo que para otros significa el cumplimiento o pérdida de su vida. Quiero decir, debemos entender lo que otros consideran como cumplimiento o pérdida de su existencia.

Mozart era un individuo consciente de su extraordinario talento y, sin duda, habría dado mucho más. Pasó una gran parte de su vida trabajando incansablemente. Sería arriesgado decir que no se dio cuenta de que su arte musical trascendía la época. No obstante, el presentimiento de la importancia de su obra en las futuras generaciones nunca lo consoló ante el fracaso de los últimos años de su vida, sobre todo en Viena. La posteridad le importaba relativamente poco; el presente, todo. Mozart luchó por el presente con plena conciencia de su propio valor. Necesitaba que su talento fuese reconocido por los otros, sobre todo por sus amigos y conocidos más cercanos. Finalmente todos lo abandonaron, incluso la mayoría de sus amigos más antiguos. Esto no sólo fue su error, la historia nunca es tan simple. Sin duda se fue quedando solo. Al final, se derrotó a sí mismo y se dejó morir.

“El rápido desgaste de Mozart” -escribe Wolfgang Hildesheimer, uno de sus biógrafos- “los largos periodos de intenso trabajo interrumpidos por enfermedades y malestares, la breve y angustiosa agonía, la muerte violenta luego de dos horas en estado de coma todo, esto necesita de una mejor explicación que la explicación de la medicina académica”.

Mozart vivía atormentado por las dudas acera del cariño y fidelidad de Constanze, a quien amaba. El segundo esposo de ella asegura que Constanze siempre tuvo más respeto por la obra de Mozart que por su persona. Para ella, la grandeza de su talento fue menos el resultado de su comprensión de la música, que del éxito que esa música tenía en el público.

Cuando el éxito desapareció, cuando la sociedad cortesana, su antigua protectora y patrona, abandonó su música y se entregó a otra más fácil, Mozart perdió el aprecio de Constanze, pues nunca estuvo dispuesto a pactar en favor de una música insípida. La creciente pobreza de la familia -consecuencia directa de la decreciente resonancia de su música al final- seguramente contribuyó a que se enfriara más el cariño de Constanze, que nunca fue muy profundo. De este modo dos pérdidas -la de su público y el amor de su mujer- se encuentran imbricadas. Se trata de dos efigies de la misma moneda: la sensación de pérdida que lo abrumó al final de su vida.

Por otra parte, Mozart era un individuo dominado por una insaciable necesidad de amor físico y emocional. Uno de los enigmas de su vida: es probable que desde muy niño haya tenido la sensación de que nadie lo amaba. En su música uno encuentra esa búsqueda continua de cariño. La búsqueda de un hombre que desde la infancia no estaba seguro de merecer el amor de los otros y que, desde otra perspectiva, tampoco se amaba a sí mismo. La palabra “tragedia” es un lugar común y suena demasiado ampulosa. No obstante, uno puede decir con razón que el lado trágico de su existencia consistió en buscar el amor y el reconocimiento de los otros y que muy joven, al final de su vida, creyó que nadie lo amaba, ni siquiera él a si mismo. Ciertamente esa sensación puede llevar a la pérdida del sentido de la vida, que puede provocar la muerte. Mozart estaba, al parecer, solo y desesperado, sabía que iba a morir y en su caso eso significó que deseaba su muerte, y que una buena parte del Requiem era un requiem por él mismo.

No sabemos qué tan fieles sean las pinturas de Mozart, y en especial del joven, pero uno de los rasgos que nos lo hacen más familiar, y si se quiere más humano, es que ninguna pintura presenta uno de esos rostros heroicos, como los de Goethe o Beethoven, cuya expresión los convierte en hombres extraordinarios, en genios, en el momento en que entran a un salón o cruzan por la calle. Mozart no tenía un rostro heroico. La nariz prominente, que parecía encontrarse con su quijada, desapareció en la medida en que su rostro fue llenándose; los ojos vivos y soñadores miraban siempre más allá. El joven de veinticuatro años, que aparece en la pintura de familia de Johann Nepomuck della Croce, da la impresión de timidez (sheepish sería la palabra inglesa intraducible), aunque seguro de sí mismo y soñador, como en las últimas pinturas. Estas imágenes revelan una parte de Mozart que -por el gusto del público amante de sus conciertos al elegir ciertas obras- se perdió y que merece mencionarse si uno quiere conocer al músico. Me refiero al bromista, al clown que salta por encima de las mesas y las sillas, rompe las cosas con una voltereta, juega con las palabras y, desde luego, con los tonos musicales. No entenderemos a Mozart si olvidamos que en un profundo y escondido rincón de su persona alientan como señas particulares el “Ríe, payaso” o el recuerdo de la malquerida y engañada Petruschka.

Después de su muerte, Constanze contaba que ella había tenido compasión por el marido engañado. Es muy probable que ella lo haya engañado (si la palabra es la adecuada) y que él lo sabía. Es muy probable también que Mozart no haya renunciado a relaciones con otras mujeres, como lo afirmaba en los últimos años. Sin embargo, esa es la historia de los últimos años, cuando las luces de su vida se apagaban, cuando la sensación de ser un fracasado, un malquerido, era abrumadora, cuando el carácter depresivo -siempre presente-se impuso bajo la presión de los fracasos profesionales y la miseria familiar. Fue entonces cuando surgió la discrepancia que tanto llama la atención en Mozart: la discrepancia entre su existencia social, la perspectiva del éxito y el reconocimiento, y la perspectiva del yo, la sensación de que vivía una existencia en ruinas y sin sentido.

En un principio, durante muchos años todo parecía ir bien. La dura disciplina que su padre le había impuesto rindió sus frutos. Se transformó en una autodisciplina ejemplar, en la capacidad de traducir los sueños confusos que perseguían al adolescente en una música pública, limpia de obsesiones íntimas y sin perder la espontaneidad o la riqueza de la imaginación. De cualquier modo, el precio que Mozart pagó por esa enorme ganancia, por la capacidad de darle vida a su imaginación musical fue demasiado alto.

Para entender a un hombre es necesario conocer cuáles son los deseos dominantes que sueña llevar a cabo. Si su vida tiene sentido depende de hasta qué punto este hombre ha logrado realizarlos. Pero estos deseos no existen antes de toda experiencia. Se forman en la infancia más temprana y en la convivencia con otras personas, se coagulan en su forma definitiva con el paso de los años, algunas veces gracias a una experiencia fundadora. Sin duda, los hombres de deseos dominantes, los que controlan su trayectoria, no son siempre conscientes de su imperiosa necesidad. Muchas veces no depende de ellos si esos deseos logran realizarse, pues siempre se encuentran en relación con los otros hombres, en la trama social que los define. Casi todos los hombres tienen deseos definidos que se mantienen dentro del espacio de lo realizable; casi todos tienen también deseos sencillamente imposibles.

Uno puede detectar los deseos imposibles de Mozart; ellos son en parte responsables de su trágica trayectoria. Por otro lado contamos con el estereotipo de los términos técnicos que describen aspectos de su carácter. Se puede hablar de una personalidad maniaco-depresiva con rasgos paranoicos, cuyo impulso fue controlado, en un principio, por la capacidad del sueño diurno de la música volcado hacia la realidad, por el éxito que esa actividad trajo un tiempo consigo. Las mismas fuerzas que después se convirtieron en impulsos autodestructivos que destruyeron la realidad del éxito y el reconocimiento. No obstante, la constitución de esas tendencias en Mozart nos impone acaso la necesidad de utilizar otro lenguaje que el psiquiátrico para entender su vida.

Al parecer Mozart, quien siempre estuvo orgulloso de su enorme talento, nunca se quiso a sí mismo. Además es posible que nunca se viera como una persona que pudiese despertar el amor de los otros. Su cuerpo no era atractivo. Su rostro pasaba desapercibido. Acaso siempre deseó tener otro rostro cuando se miraba en el espejo. El círculo satánico de esa situación consistió en que su rostro y su cuerpo eran los de un hombre que no correspondía a sus deseos más íntimos, porque en ellos se concentraba una parte de su sentimiento de culpa por el desprecio que sentía por su persona. Cualesquiera que hayan sido las causas de su desequilibrio, en los últimos años apareció la sensación de que nadie lo quería ni deseaba, unida a la necesidad incontenible de ser amado y deseado por una o varias mujeres, por varias personas. Es decir, como hombre y como músico. Su inmensa capacidad de soñar en figuras musicales estaba al servicio del secreto deseo de obtener el amor y el reconocimiento.

Ciertamente el soñar en tonos y figuras musicales era un fin en sí mismo. La riqueza de su imaginación musical dispersó por un tiempo, al parecer, el duelo por la carencia y la pérdida del amor. Probablemente ahogó por un tiempo la sospecha indestructible de que su mujer amaba a otros hombres, y la sensación de que no era digno del amor de ninguna persona. Esa misma sensación que lo fue apartando del cariño y el aprecio de los otros, y que volatilizó el enorme éxito como si fuese humo.

La tragedia del payaso es sólo una imagen. Sin embargo, nos aclara el nexo entre Mozart, el bromista, y el gran músico, entre el eterno niño y el hombre creador, entre el tralalá de Papageno y la profunda seriedad de Pamina y su nostalgia por la muerte. El hecho de que un hombre sea un gran artista no excluye que tenga algo de un clown; que sea un triunfador, una ganancia para el arte, no excluye que en el fondo crea ser un perdedor, y de ese modo se haya condenado a ser de veras un verdadero perdedor. El carácter trágico de Mozart quedó oculto para sus futuros escuchas gracias a la magia de su música. No tenemos razón cuando, muchos años después, separamos al artista del hombre. Acaso es difícil amar el arte de Mozart sin amar un poco al hombre que lo creó.

EL MÚSICO BURGUÉS EN LA SOCIEDAD CORTESANA

La figura de Mozart se convierte en nuestra memoria en algo más vivo si tenemos en cuenta sus deseos en el contexto de la época. Su vida es el caso ejemplar de una situación cuya particularidad se nos escapa, porque estamos acostumbrados a trabajar con conceptos estáticos. Mozart era -nos preguntamos- un representante del rococó en la música, o un burgués del siglo XIX. ¿Su obra fue la última manifestación de la música prerromántica y objetiva, o esa música revela ya las huellas del creciente subjetivismo?

La dificultad radica en que con estas categorías no podemos avanzar. Se trata de abstracciones académicas que ocultan el proceso de los hechos sociales a los que se refieren. Estas categorías son el producto de una mentalidad que procede de acuerdo a la higiénica división de la historia en distintas épocas, como se encuentran divididos los materiales en los libros de historia. Todo hombre reconocido por la grandeza de sus actos será, sin duda, el punto culminante o el inicio de otra época. Sin embargo, si observamos detenidamente los grandes acontecimientos suelen acumularse en épocas en que -según estos conceptos estáticos- pueden definirse como periodos de transición. Y crecen siempre de la dinámica del conflicto entre los grupos que pierden su fuerza y tienden a desaparecer y los nuevos grupos que ascienden al poder.

Para Mozart esta dinámica es cierta. Uno no puede entender la trayectoria de sus deseos y las causas por las cuales -contra el juicio de la posteridad- al final de su vida se sintió un fracasado y un perdedor, si no entendemos bien el conflicto de las distintas reglas de esa época. El conflicto no sólo se daba en el amplio campo social entre las reglas de la aristocracia cortesana y las de la burguesía, las cosas nunca fueron así de fáciles. El conflicto tuvo lugar sobre todo en muchos individuos, en Mozart mismo, como un enfrentamiento entre distintas reglas que definieron su existencia social.

La vida de Mozart ilustra nítidamente la situación de los grupos burgueses que eran marginales dependientes, y que pertenecían a un sistema económico dominado por la aristocracia cortesana. Todo esto en un tiempo donde el poderío del establishment cortesano era muy grande, pero no tan grande como para silenciar las manifestaciones de protesta por lo menos en el políticamente poco peligroso terreno de la cultura. Mozart emprendió -como un burgués marginal al servicio de la corte- con una valentía sorprendente una lucha de liberación contra sus amos y patrocinadores. Combatió por propia iniciativa, por su dignidad personal y por su trabajo musical. Y perdió ese combate -como era de preverse, añadiríamos con arrogancia los que vivimos un siglo después-. Pero esta arrogancia deforma aquí, como en otros casos, la mirada en lo que hoy llamamos Historia. Al mismo tiempo esa arrogancia bloquea la inteligencia para entender el sentido que los acontecimientos de una época tuvieron para aquellos habitantes del pasado.

En El proceso de la civilización he escrito algo sobre el conflicto de las reglas entre la nobleza cortesana y los grupos burgueses. Intenté demostrar que en la segunda mitad del siglo XVIII conceptos como civilidad y civilización por un lado, y el de cultura por el otro tuvieron en Alemania el estatus de símbolos para las distintas reglas de la conducta y la sensibilidad. En el uso de estas palabras se reflejaba la tensión crónica entre el establishment aristócrata cortesano y los grupos burgueses marginales. Pero no sólo faltan investigaciones sobre la estructura y la duración de este conflicto entre la aristocracia y la burguesía europeas. Hacen falta también investigaciones de las tensiones sociales en sus aspectos íntimos. La vida de Mozart enseña de un modo paradigmático el destino de un hombre burgués al servicio de la sociedad cortesana hacia el final del periodo, cuando casi en toda Europa el gusto de la aristocracia cortesana fue decisivo y se impuso para todo artista sin importar su origen social. Sobre todo en el campo de la música y la arquitectura 

En el ámbito de la literatura y la filosofía alemanas era posible, durante la segunda mitad del siglo XVIII, liberarse de la regla del gusto de la aristocracia cortesana. Los individuos creadores pudieron alcanzar a su público mediante libros. Durante la segunda mitad del siglo XVIII en Alemania existía un público burgués lector muy amplio. Por esta razón se desarrollaron relativamente temprano formas culturales que no correspondían a la regla del gusto aristócrata cortesano. Estos grupos supieron fortalecer su conciencia ante el dominio aristócrata cortesano.

En relación con la música la situación era muy distinta, sobre todo en Austria y su capital Viena, el corazón de la corte, y en todas las pequeñas provincias alemanas. Los individuos que se ganaban la vida en el mundo de la música dependían completamente en Alemania y Francia del favor, el patrocinio y, por lo tanto, del gusto de los círculos aristócratas cortesanos. Los patricios burgueses urbanos se orientaban también según las reglas del gusto cortesano. En efecto, para un músico de la generación de Mozart, que pretendiera ser reconocido socialmente como un artista serio y, por lo tanto, estuviera en condiciones de alimentar a su familia, era imprescindible ocupar un puesto en la red de instituciones aristócratas cortesanas y sus patrocinadores. No tenía otra salida. Si sentía la vocación por la música, ya fuese como intérprete virtuoso o compositor, era algo más que natural que buscara el camino hacia un empleo fijo en una corte, de preferencia en una corte rica y deslumbrante. En los países protestantes le quedaba la posibilidad de desempeñarse como organista en una iglesia, o maestro de capilla, en una de las grandes ciudades semiautónomas, que eran gobernadas casi siempre por grupos de patricios burgueses. No obstante, también ahí era aconsejable para un músico profesional, como lo enseña la vida de Telemann, haber ocupado un puesto como músico de alguna corte.

Lo que nosotros definimos como la corte del príncipe (Furstenhof) no es otra cosa que la descripción de una casa. Los músicos eran ahí tan imprescindibles como el panadero, el cocinero o el ayuda de cámara. En la jerarquía de la corte los músicos tenían el mismo rango que estos últimos. En términos despectivos eran aduladores cortesanos (Hofschranzen). La mayoría de los músicos se daban por satisfechos con la vida de la corte, como los otros burgueses al servicio de los aristócratas. El padre de Mozart se contaba entre los que siempre criticaron la servidumbre; sin embargo, terminó por aceptar las circunstancias a las que no podía escapar.

El destino individual de Mozart, su destino como un hombre inteligente y como un magnífico artista, estaba marcado por este espacio social, por su dependencia de la corte como cualquier otro músico al servicio de la aristocracia cortesana. Aquí podemos apreciar qué difícil es presentar en la forma de una biografía para las generaciones posteriores los problemas vitales de un individuo -independientemente de su persona o su talento- cuando no se domina el oficio del sociólogo.

La historia es conocida. A los veintiún años de edad Mozart le pide a su señor, el obispo de Salzburgo, que lo despida de la corte, después de que le habían sido negadas las vacaciones, y se dirige fresco, vitalísimo y lleno de esperanzas hacia Munich, a la corte de los patricios absburgo, y luego a Mannheim y París donde intenta hacer la corte a las damas y los señores influyentes y finalmente regresa amargado y contra su voluntad a Salzburgo. Se convierte en organista de la corte y director de orquesta. Por conocida que sea la historia, el significado de esta experiencia para Mozart -y por lo tanto para su música- no puede interpretarse a fondo si no tenemos en cuenta las estructuras e instituciones sociales de su época. La tragedia de Mozart consistió en que quiso siempre rebasar los obstáculos infranqueables del poder de su tiempo, un poder que se expresaba sobre todo culturalmente en la hegemonía del gusto aristócrata cortesano.

La mayoría de los individuos que se dedicaban por ese tiempo a la música no fueron nobles; en nuestra terminología, eran burgueses. Si querían hacer una carrera en la corte, es decir, si deseaban desarrollar su talento como intérpretes o compositores, debían someterse no sólo a las reglas del gusto musical de la corte, sino también a las reglas de la conducta y la sensibilidad de la aristocracia cortesana, como por ejemplo al modo de vestir y a sus rituales. En nuestros días ese proceso de adaptación se lleva a cabo de un modo casi natural. Los empleados de un gran consorcio o de una cadena de almacenes, sobre todo si quieren ascender en la jerarquía de los puestos, aprenden rápidamente a moldear su conducta de acuerdo a las reglas del establishment. Las relaciones de poder entre el establishment económico y las personas marginales, dentro de sociedades con un mercado relativamente libre para la oferta y la demanda, son ahora más reducidas que las del principe absoluto y sus músicos en la corte; aunque algunos artistas conocidos vivieron a la moda en la corte y lograron obtener ganancias. El conocido Gluck, un hombre de origen pequeño burgués, logró hacer suyos tanto el gusto musical como las reglas de conducta gracias a una retórica eficiente, y podía comportarse en la corte como cualquier aristócrata. Es decir, no sólo existía la nobleza, sino también la burguesía cortesana.

El padre de Mozart pertenecía a esta clase de cortesanos. Fue un empleado, o más exactamente: un asalariado del arzobispo de Salzburgo, quien era el príncipe regente en un pequeño Estado. Como todos los poderosos de su tiempo, el arzobispo tenía en sus manos todos los hilos del poder, los puestos necesarios para contar con una pequeña corte absoluta y sometida a su voluntad. Dominaba también la capilla y su música. Leopold Mozart era el vicedirector de la capilla. Un puesto como este era como el de un empleado del siglo XIX en una empresa privada. Leopold Mozart, el sirviente del principe y el burgués cortesano, había educado al joven Wolfgang no sólo de acuerdo a las reglas del gusto musical de la corte, sino también de acuerdo con cánones cortesanos de la conducta y la sensibilidad. Desde la perspectiva de la tradición musical, Leopold logró más o menos su cometido. Pero fracasó rotundamente en cuanto a las reglas de la conducta y la sensibilidad. Su intento de convertir a Mozart en un hombre de mundo fue inútil, no pudo educarlo en el arte de la diplomacia de la corte, de la cortesía con los poderosos gracias a las astutas desviaciones, al estilo indirecto lleno de insinuaciones. Más bien alcanzó lo contrario: Wolfgang Mozart conservó siempre sus ademanes indomables. Si su música estaba llena de una increíble espontaneidad de los sentimientos, su trato personal con los demás se distinguía por su estilo directo extraordinario. Le costaba mucho trabajo esconder o insinuar lo que sentía, disimular sus odios y hacerse el tonto, como si nada hubiera pasado. Aunque creció a la orilla de una pequeña corte y, unos años más tarde, viajó de corte en corte, el estilo cortesano no era lo suyo. Nunca fue un homme du monde, un gentleman del siglo XVIII. A pesar de los esfuerzos de su padre, Wolfgang conservó durante toda su vida la actitud de un clásico ciudadano burgués.

Nunca alteró esa actitud. Mozart sabia la superioridad que le otorgaba a un individuo la pertenencia a la corte, y seguramente alguna vez deseó convertirse en un gentleman, en un hônnete homme, un hombre de honor. En efecto, muchas veces habla de su honor, esa idea central de la conducta aristócrata cortesana que Mozart había incluido entre las suyas. Pero nunca la empleó en el sentido del modelo cortesano. Para Mozart, el honor era una pretensión de igualdad ante los miembros de la corte, y como nunca le faltó tampoco esa vena histriónica, el honor fue un rasgo teatral. Desde niño aprendió a vestir como un cortesano con todo y peluca, aprendió a caminar correctamente y a decir piropos y cortesías. Sin embargo, el niño empezó desde muy temprano a burlarse de las ceremonias y los ademanes cortesanos. No hay que olvidar el quinteto para cuerdas g-moll (KV 516).

Después de un tono trágico y excitado, aparece un tema casi trivial como si Mozart no quisiera darle a la agonía y el dolor más espacio del que merecen, como si una melodía suave y plana, digna del clown, oprimiera a la tragedia. Naturalmente Mozart vuelve al tema trágico, pero ya no se siente tan abrupto y fuerte como al principio, cuando irrumpe de pronto en el escucha. Wittgenstein ha dicho: de lo que no podemos hablar, debemos callar. Creo que podríamos decir con el mismo derecho: de lo que no podemos hablar, hay que lanzarse a buscar.

Traducción de José María Pérez Gay

(nexos / 1-12-1991)

IRMA HOESLI - MOZART: LAS CARTAS DE UN GENIO DE LA MÚSICA (67)


LAS CARTAS DE MOZART COMO ESPEJO DE SU POSICIÓN FRENTE AL MUNDO (2)

UNA CARTA COMPLETA A SU PADRE        

Viena, 26 de septiembre de 1781

Mon trés cher père!

Perdóneme usted por hacerle pagar más franqueo, sólo que como no tengo nada importante que decirle, creo que le agradará una breve descripción de mi ópera.

Comienza con un monólogo, y luego rogué a Stephanie que escribiera un aria breve y que en vez de los dos diálogos después de la pequeña canción de Osmín sería mejor que hubiera un dueto. El papel de Osmín estaba destinado a Fischer, que posee una hermosa voz de bajo (aunque el arzobispo me dijo que tenía una voz demasiado profunda para ser bajo, a lo que yo le aseguré que en el futuro cantaría más alto), por lo que hay que emplear un hombre así, sobre todo porque el público local lo adora. Sin embargo, este Osmín solamente tenía una cancioncita y nada más, en el libreto, salvo su parte en el terceto y en final, pero ahora tiene una aria en el primer acto y otra en el segundo. Esta aria se la di al señor Stephanie toda indicada, y la mayor parte de la música ya estaba compuesta antes de que él supiera una sola palabra. Sólo tiene la primera y la última parte, pues estas tienen que causar buen efecto. La ira de Osmín se ridiculiza, pues introduciré la música turca. En la ejecución del aria le doy oportunidad para lucir su espléndida y profunda voz, pese al Midas de Salzburgo. El drum bein Barte del Propheten está realmente en el mismo tiempo, pero con notas más rápidas y a medida que aumenta la ira, cuando uno cree que el aria está terminada, el allegro assai, en otro tiempo y en otra clave, producirá un efecto maravilloso. Pues un hombre poseído por tal furor sobrepasa toda moderación, medida límite no se conoce; del mismo modo tampoco debe reconocerse la música. La pasión, violenta o no, nunca debe hacerse desagradable, y la música, aun en los momentos horribles, no debe ofender el oído, sino causar placer, es decir que la música no deje de serlo. De aquí que no haya elegido ninguna clave extraña a la de la (la clave del aria), sino una clave consonante, pero no la más próxima, re menor, sino la más lejana de la menor.

Luego viene el aria en la mayor, de Belmont, “Oh wie ängstlich, oh wie feurig”…, ya sabe usted cómo es. Aquí se indica el latido del corazón amante: dos violines en octavas. Esta es el aria que más gusta a cuantos la han escuchado, y también la que yo prefiero; ha sido compuesta expresamente para la voz de Adamberg. Uno ve el temblor, la vacilación -ve cómo se le hincha el pecho- que es expresado mediante un crescendo -que sugieren los primeros violines con sordina y una flauta al unísono.

El coro de los genízaros es todo lo que se puede pedir de un coro de genízaros: breve y vivaz, completamente al gusto vienés. He tenido que sacrificar parte del aria de Constanza a la garganta tan flexible de la señorita Cavalieri. A Trennung war mein banges loos und nun schwimmt mein Aug in Tränen he tratado de darle expression dentro de lo que permite su carácter épico. El hui lo he cambiado por schnell, quedando: Doch wie schnell schwand meine Freude. No sé qué piensan nuestros poetas alemanes, si nada entienden de teatro, en lo referente a la ópera hacen hablar a los personajes, como si el auditorio estuviera formado por cerdos. Hui Sau!

Hablemos ahora del terceto, es decir, el final del primer acto. Pedrillo ha dicho que su patrón es constructor para que este tuviera ocasión de estar con su Constanza en el jardín. Bassa lo ha tomado a su servicio. Osmín es el cuidador y no sabe nada, es un tipo grosero y enemigo acérrimo de todos los extranjeros, y no quiere dejarlos entrar en el jardín. Lo primero que he indicado es muy corto, y como el texto me lo permite, lo he escrito bastante bien para tres voces. Inmediatamente después viene el pianissimo, que debe ser muy rápido, y el final, que será bastante ruidoso, que es lo que conviene para un final de acto. Cuanto más estruendo, mejor, para que el público no se enfríe en los aplausos.

De la obertura no tiene más que catorce compases -es muy corta- y alterna el forte con el piano, y en el forte siempre aparece la música turca, modulando de esta manera forte. Creo que no se han de dormir durante la ejecución, aunque no hayan dormido en toda la noche anterior. Ahora estoy como conejo en la pimienta. (*) Hace dos semanas que está listo el primer acto y el dúo del brindis. (Per li signori vieneri), que consiste en mi retreta turca también. No puedo hacer más, porque a instancias mías se ha dado vuelta todo. Al comienzo del tercer acto hay un delicioso quinteto, mejor dicho final, pero yo preferiría ponerlo al terminar el segundo acto. Para esto hay que hacer grandes cambios e incluso una nueva intriga, y Stephanie está de trabajo hasta la coronilla, por lo que hay que tener un poco de paciencia. Todos están enfadados con Stephanie -puede ser que también a mí solo me ponga cara amistosa-, pero me arregla el asunto del libreto, y tal como yo lo quiero hasta el más pequeño detalle, y ¡Dios sabe que no espero más de él!

Esto en lo referente a la ópera -también hay que hacerlo-. Le ruego me envíe la marcha que le indiqué últimamente. Gylovsky dice que Dubrawaic vendrá pronto. La señorita Von Auerhammer y yo esperamos con ansiedad los dos conciertos dobles. Espero que nos los aguardaremos tan infructuosamente como los judíos al mesías.

Ahora, adiós. Quede usted bien, bésole 1.000 veces las manos, y a mi hermana, cuya salud espero esté mejorada, la abrazo de todo corazón, y soy de usted, eternamente, obedientísimo hijo.

W. A. Mozart


Notas

(*) Wie del Haas im Pfeffer, refrán. (N. del T.)

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