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martes

J. D. SALINGER - LEVANTAD, CARPINTEROS, LA VIGA DEL TEJADO (22)


Me senté con él de nuevo en el costado de la bañera, y pasé rápidamente las páginas hasta que llegué a la última anotación que Seymour había hecho:

Uno de los hombres acaba de llamar de nuevo a la compañía aérea. Si las nubes siguen levantándose, podremos salir antes de la mañana. Oppenheim dice que no nos pongamos nerviosos. Telefoneé a Muriel para decírselo. Fue muy extraño. Contestó al teléfono y estuvo diciendo “hola”. No me salía la voz. Estuvo a punto de colgar. Si por lo menos pudiera calmarme un poco. Oppenheim se va a meter en el sobre hasta que la compañía aérea nos llame otra vez. Yo también debería, pero estoy demasiado nervioso. La llamé para pedirle, para rogarle por última vez que se viniera conmigo y nos casáramos solos. Estoy demasiado nervioso para tratar con la gente. Me siento como si estuviera a punto de nacer. Maldito, maldito día. La comunicación fue tan mala, y no pude hablar ni una palabra en casi todo el tiempo. Qué terrible cuando uno dice te quiero y en la otra punta la persona grita: “¿Qué?”. Estuve leyendo todo el día una selección del Vedanta. Los cónyuges están para servirse uno al otro. Para apoyar, ayudar, enseñar, fortalecerse el uno al otro, pero sobre todo para servir. Criar a los hijos con honor, con amor y con desapego. Un niño es en la casa un huésped que ha de ser amado y respetado, nunca poseído, porque pertenece a Dios. Qué maravilloso, qué sano, qué bellamente difícil y por lo tanto verdadero. La alegría de la responsabilidad por primera vez en mi vida. Oppenheim ya está en el sobre. Yo también debería, pero no puedo. Alguien debe quedarse levantado con el hombre feliz.

Leí la anotación sólo una vez, después cerré el diario y lo llevé al dormitorio. Lo dejé caer en la maleta de tela de Seymour, sobre el asiento de la ventana. Después me dejé caer, más o menos, deliberadamente, en la más cercana de las dos camas.  Me quedé dormido (o posiblemente desmayado) antes de aterrizar, o por lo menos así me pareció.

Cuando me desperté, alrededor de una hora y media más tarde, tenía una jaqueca que me partía la cabeza, la boca reseca. La habitación estaba a oscuras. Recuerdo que estuve sentado un rato bastante largo en el borde de la cama. Después, movido por una gran sed, me puse de pie y avancé lentamente hacia la sala confiando en que aun quedaría algo fresco en la jarra sobre la mesita.

Evidentemente mi último huésped se había ido del apartamento. Sólo un vaso vacío y la colilla de su cigarro en el cenicero de peltre indicaban que había existido. Sigo pensando que la colilla de su cigarro debería haber sido enviada a Seymour siguiendo el procedimiento habitual con los regalos de bodas. Sólo el cigarro, en una hermosa cajita. Posiblemente con una hoja de papel en blanco, a manera de explicación.

J. D. SALINGER - LEVANTAD, CARPINTEROS, LA VIGA DEL TEJADO (21)


Volví al apartamento, muy inseguro, tratando de desabrocharme la camisa por el camino, o de abrirla a tirones.

Mi regreso al salón fue acogido sin reservas por el único huésped que quedaba y a quien yo había olvidado. Alzó un vaso bien lleno hacia mí cuando entré en la habitación. En realidad lo balanceó literalmente delante de mí, sacudiendo la cabeza de arriba abajo, y sonriendo como si al fin hubiera llegado el culminante y jubiloso momentos que los dos habíamos estado esperando tanto tiempo. Descubrí que era incapaz de corresponder a su sonrisa en esa reunión particular. Recuerdo que, sin embargo, le palmeé el hombro. Entonces fui y me senté pesadamente en el diván, justo frente a él, y terminé de abrirme a tirones la camisa.

-¿No tienes dónde ir? -le pregunté-. ¿Quién se ocupa de ti? ¿Las palomas del parque?

En respuesta a estas provocativas preguntas, mi huésped alzó hacia mí un brindis con creciente regocijo, enarbolando su Tom Collins como si fuera una jarra de cerveza. Cerré los ojos y me eché en el diván, con los pies levantados. Pero la habitación empezó a girar. Me senté y balanceé los pies volviéndolos al suelo, pero lo hice con tanta brusquedad y tan poca coordinación que tuve que apoyar la mano en la mesita para mantener el equilibrio. Estuve sentado, desmoronado durante un minuto o dos, con los ojos cerrados. Entonces, sin tener que levantarme, alcancé la jarra de Tom Collins y me serví un vaso, salpicando una buena cantidad de líquido y de cubitos de hielo en la mesa y en el suelo. Me senté con el vaso lleno en las manos durante unos minutos más, sin beber, y luego lo dejé en el charco que se había formado en la mesita.

-¿Te gustaría saber cómo consiguió Charlotte esos nueve puntos? -pregunté de pronto, en un tono que a mí me sonaba perfectamente normal-. Estábamos en el Lake. Seymour le había escrito a Charlotte invitándola y por fin su madre la dejó. Lo que ocurrió fue que ella estaba sentada en mitad de la acera una mañana acariciando al gato de Boo Boo y Seymour le tiró una piedra. Tenía doce años. Es todo lo que hubo. Se la tiró porque estaba tan preciosa allí sentada, en medio de la acera, con el gato de Boo Boo. Todo el mundo lo supo, por el amor de Dios, yo, Charlotte, Boo Boo, Waker, Walt, toda la familia. -Miré fijo el cenicero de estaño en la mesita baja-. Charlotte nunca dijo una palabra. Ni una palabra.

Miré a mi huésped más bien esperando que me discutiera, que me tratara de mentiroso. Soy un mentiroso, desde luego. Charlotte nunca entendió por qué Seymour le tiró aquella piedra. Pero mi huésped no me lo discutió. Todo lo contrario, Me sonrió alentándome, como si todo lo que pudiera decirle sobre el tema fuese para él la pura verdad. Sin embargo, me levanté para salir pensando, en mitad de la habitación, que volvería para recoger dos cubitos de hielo que quedaban en el suelo, pero parecía una empresa demasiado difícil y seguí hasta el vestíbulo. Al pasar por delante de la puerta de la cocina, me quité la camisa como si fuera una cáscara y la dejé caer al suelo. En ese momento era como si fuese el lugar donde siempre dejaba mi chaqueta.

En el cuarto de baño estuve varios minutos junto al cesto de la ropa sucia, vacilando entre recoger o no el diario de Seymour para mirarlo de nuevo. Ya no recuerdo qué argumentos aduje el respecto, fuera en pro o en contra, pero al fin abrí el cesto y saqué el diario.

jueves

J. D. SALINGER - LEVANTAD, CARPINTEROS, LA VIGA DEL TEJADO (20)


El whisky se me iba subiendo despacio a la cabeza y me era imposible descifrar esta información, mucho menos aun examinar sus múltiples ramificaciones posibles. Caminé de vuelta (apenas un poco demasiado rígido) hasta la mesa baja y me puse a remover una vez más la jarra de Collins. El tío del padre de la novia trató de atraer mi atención cuando me acerqué a él, pero yo estaba demasiado abstraído por el parecido entre Muriel y Charlotte como para no responderle. Además me iba sintiendo un poco mareado. Tuve el fuerte impulso, al que no cedí, de sentarme en el suelo para remover la jarra.

Un minuto o dos después, cuando empezaba a servir las bebidas, la señora Silsburn me hizo una pregunta. Cruzó la habitación hacia mí cantando, tan melodiosa era mi forma de remover.

-¿Estaría muy mal que yo le preguntara acerca del accidente que la señora Burwick mencionó antes? Me refiero a los nueve puntos de que habló. ¿Su hermano la empujó por accidente o algo por el estilo?

Dejé la jarra, que parecía extraordinariamente pesada y difícil de manejar, y la miré. Curiosamente, a pesar del ligero mareo que sentía, las imágenes distantes no habían empezado a emborronarse en absoluto. Al contrario, la señora Silsburn, como un punto focal del otro lado de la habitación, parecía de una claridad bastante inoportuna.

-¿Quién es la señora Burwick? -pregunté.

-Mi mujer -contestó el teniente, con cierta sequedad. Me estaba mirando, también, como si perteneciera a un comité que investigara por qué tardaba tanto con las bebidas.

-Ah, claro -dije.

-¿Fue un accidente? -insistió la señora Silsburn-. No tuvo intención de hacerlo, ¿verdad?

-Por el amor de Dios, señora Silsburn.

-¿Cómo dice? -me preguntó fríamente.

-Discúlpeme. No me haga caso. Estoy un poco achispado. Me serví un buen trago en la cocina hace unos cinco minutos… -Me interrumpí y de pronto me volví. Acababa de escuchar pasos pesados y familiares en el vestíbulo de la alfombra. Se acercaba a nosotros, contra nosotros, y un instante después la dama de honor entraba como una tromba.

No tuvo ojos para nadie.

-Finalmente conseguí hablar con ellos -dijo. Su voz sonaba extrañamente apagada, despojada incluso de toda sombra de subrayados-. Después de casi una hora -tenía la cara tensa y parecía acalorada como a punto de estallar-. ¿Está frío? -dijo, y se acercó a la mesa baja sin detenerse y sin que nadie le contestara. Cogió un vaso que yo había llenado a medias, más o menos un minuto antes y se lo bebió de un solo trago ávido-. Es la habitación más calurosa que he conocido en toda mi vida -dijo, de un modo bastante impersonal, y dejó el vaso vacío. Tomó la jarra y volvió a llenar a medias el vaso, con gran tintineo y crujido de cubos de hielo.

La señora Silsburn estaba ya muy cerca de la mesa baja.

-¿Qué dijeron? -preguntó impaciente-. ¿Habló con Rhea?

La dama de honor bebió primero.

-Hablé con todo el mundo -dijo, depositando el vaso y subrayando la expresión “todo el mundo” de una manera torva pero, tratándose de ella, especialmente poco dramática. Miró primero a la señora Silsburn, luego a mí, luego al teniente-. Pueden tranquilizarse -dijo-. Todo ha terminado bien.

-¿Qué quiere decir? ¿Qué ha pasado? -preguntó bruscamente la señora Silsburn.

-Lo que acabo de decir. El novio ya no se siente afectado por la felicidad. -De nuevo había una inflexión familiar en la voz de la dama de honor.

-¿Cómo fue? ¿Con quién hablaste? -le preguntó el teniente-. ¿Hablaste con la señora Fedder?

-Dije que hablé con todo el mundo. Con todo el mundo salvo la candorosa novia. Ella y el novio se han fugado -se volvió hacia mí-. ¿Pero cuánto azúcar puso usted en esto? Tiene un gusto exactamente…

-¿Fugado? -dijo la señora Silsburn, y se llevó una mano a la garganta.

La dama de honor la miró.

-Está bien, cálmese -aconsejó-. Vivirá más tiempo.

La señora Silsburn se sentó inerte en el diván, justo a mi lado. Yo contemplaba a la dama de honor y estaba seguro de que la señora Silsburn hacía lo mismo.

-Parece que él estaba en el apartamento cuando volvieron. Entonces Muriel hizo su maleta y los dos se fueron, simplemente así. -La dama de honor se encogió de hombros con afectación. Tomó de nuevo el vaso y terminó de beber-. De cualquier modo, estamos todos invitados a la recepción. O como quieran llamarle, ahora que la novia y el novio se han ido. Por lo que deduzo, ya hay allí un montón de gente. ¡Todos parecían tan contentos por teléfono!

-Dijiste que habías hablado con la señora Fedder. ¿Qué dice? -preguntó el teniente.

La dama de honor sacudió la cabeza, de un modo más bien ambiguo.

-Estuvo maravillosa. Dios mío, qué mujer. Parecía absolutamente normal. Por lo que sé, quiero decir, por lo que ella dijo, el tal Seymour prometió que empezaría a ir a un psicoanalista para que lo encaminara -se encogió nuevamente de hombros-. ¿Quién sabe? Tal vez todo termine bien. Estoy demasiado desinflada para seguir pensando -miró a su marido-. Vamos. ¿Dónde está tu gorrita?

A continuación vi que la dama de honor, el teniente y la señora Silsburn se encaminaron en fila hacia la puerta, y yo como anfitrión detrás. Les hice gestos evidentes de saludo, pero como nadie se volvió, creo que mi actitud fue ignorada.

Oí que la señora Silsburn le preguntaba a la dama de honor:

-¿Vas a ir allá o qué?

-No sé -fue la respuesta-. Si lo hacemos, será sólo un minuto.

El teniente apretó el botón del ascensor, y los tres quedaron rígidos mirando el tablero indicador. Parecían haber perdido el uso de la palabra. Me quedé en la puerta del apartamento, a unos centímetros de distancia, mirando vagamente hacia delante. Cuando se abrió la puerta del ascensor, dije adiós, en voz alta, y las tres cabezas se volvieron al unísono hacia mí.

-Oh, adiós -dijeron, y oí que la dama de honor gritaba-: ¡Gracias por la copa! -mientras la puerta del ascensor se cerraba tras de ellos.

martes

J. D. SALINGER - LEVANTAD, CARPINTEROS, LA VIGA DEL TEJADO (19)


Recuerdo que cerré el diario (en realidad, lo cerré de golpe) después de la palabra “feliz”. Entonces me quedé sentado unos minutos con el diario bajo un brazo hasta que sentí cierta incomodidad derivada de haber estado tanto tiempo sentado en el borde de la bañera. Cuando me puse de pie, descubrí que sudaba más profusamente que durante el resto del día, como si acabara de salir de un baño caliente en vez de haber estado sentado en el borde de una bañera. Me acerqué al cesto de ropa sucia, levanté la tapa y, con un movimiento de muñeca casi vicioso arrojé literalmente el diario de Seymour entre algunas sábanas y fundas de almohadas que había en el fondo del cesto. Entonces, a falta de una idea mejor, más constructiva, volví a sentarme de nuevo en el borde de la bañera. Me quedé mirando un minuto o dos el mensaje de Boo Boo en el espejo del botiquín y después salí del baño, cerrando la puerta con excesiva energía, como si la pura fuerza pudiera dejar el lugar clausurado para siempre.

Mi siguiente parada fue en la cocina. Afortunadamente daba al vestíbulo y pude llegar sin tener que atravesar el salón y enfrentarme a mis huéspedes. Al pasar la puerta pendular, me quité la chaqueta (la guerrera) y la dejé caer sobre la mesa esmaltada. Necesitaba toda mi energía simplemente para quitarme la guerrera y me quedé un rato en camiseta, descansando, antes de asumir la tarea hercúlea de mezclar las bebidas. Entonces, de pronto, empecé a abrir las puertas del armario y la nevera, buscando los ingredientes de los Tom Collins. Estaban todos, salvo que había limones en lugar de limas, y en pocos minutos tenía una jarra entera de Collins algo azucarados. Tomé cinco vasos y después busqué una bandeja. Era asaz difícil encontrarla y me llevó bastante tiempo, de modo que cuando la encontré ya estaba gimiendo de manera casi inaudible mientras abría y cerraba las puertas de los armarios.

Justo en el momento en que salía de la cocina con la jarra y los vasos en la bandeja y la guerrera puesta, se me encendió una bombilla imaginaria en la cabeza, como ocurre en los tebeos para mostrar que un personaje tiene de pronto una idea muy brillante. Dejé la bandeja en el suelo. Volví al estante de las bebidas y tomé una botella medio llena de scotch. Llené el vaso y me serví (de un modo un tanto accidentado) por lo menos cuatro dedos. Miré el vaso críticamente durante una fracción de segundo y, como un héroe invicto de película del oeste, me lo bebí de golpe y con gesto impasible. Pequeño detalle, debo mencionar, que registro aquí con un estremecimiento bastante claro. Admito que yo tenía veintitrés años y que estaba haciendo lo que haría cualquier robusto papanatas de veintitrés años en circunstancias similares. No quiero decir algo tan sencillo como eso. Quiero decir que no soy un bebedor, como se dice corrientemente. Con un cuarto de whisky, por lo general me descompongo violentamente o empiezo a escudriñar la habitación en busca de incrédulos. Con dos cuartos es sabido que me caigo redondo.

Pero este (por usar un eufemismo incomparable) no era un día común, y recuerdo que mientras levantaba de nuevo la bandeja cargada, no había cambios favorables en el porte de mis huéspedes, fuera del hecho revitalizante de que el tío del padre de la novia se había unido al grupo. Tenía cruzadas las minúsculas piernas, el pelo peinado, las manchas de grasa tan impresionantes como siempre y he aquí que su cigarro estaba encendido. Nos saludamos de una manera aun más extravagante que de costumbre, como si esas separaciones intermitentes fueran de pronto demasiado largas e innecesarias para nosotros.

El teniente seguía junto a los anaqueles. Volvía las páginas de un libro que había tomado, al parecer absorto. (Nunca descubrí qué libro era.) La señora Silsburn, con aire considerablemente repuesto e incluso descansado, el maquillaje recién restaurado, pensé, estaba sentada ahora en el diván, en el extremo más apartado del tío del padre de la novia. Hojeaba una revista.

-¡Oh, qué delicia! -dijo, con su voz mundana, al ver la bandeja que yo acababa de depositar en la mesa baja. Me sonrió cordialmente.

-Le he puesto muy poca ginebra -mentí mientras empezaba a revolver la jarra.

-Ahora se está tan a gusto y fresco aquí… -dijo la señora Silsburn-. De paso, ¿puedo hacerle una pregunta? -Al decirlo, dejó a un lado la revista, se puso de pie, rodeó el diván y se acercó al escritorio. Se estiró y apoyó un dedo en una de las fotografías de la pared-. ¿Quién es esta preciosa niña? -me preguntó. Ahora que el acondicionador funcionaba suave y constantemente y que ella había tenido tiempo de maquillarse de nuevo, ya no era la niña marchita, asustada, que había estado bajo el sol ardiente a la puerta del Schrafft de la calle Setenta y nueve. Ahora se dirigía a mí con todo el frágil equilibrio de que disponía al principio cuando se metió en el coche, delante de la casa de la abuela de la novia, cuando me preguntó si yo era alguien llamado Dickie Briganza.

Dejé de revolver la jarra de Collins y me acerqué a ella. Tenía clavada una uña pintada en la fotografía del equipo de Los niños sabios de 1929, y en una niña en particular. Éramos siete sentados alrededor de una mesa circular, un micrófono delante de cada niño.

-Es la niña más preciosa que he visto en mi vida -dijo la señora Silsburn-. ¿Sabe a quién se parece un poquitito? ¿En los ojos y en la boca?

Más o menos en ese momento, algo del scotch (aproximadamente un dedo, diría) empezó a afectarme y estuve a punto de contestarle: “A Dickie Briganza”, pero todavía prevaleció cierta tendencia a la cautela. Asentí y dije el nombre de la actriz de cine que la dama de honor, al comienzo de la tarde, había mencionado en relación con nueve puntos quirúrgicos.

La señora Silsburn me miró fijamente:

-¿Estaba también en Los niños sabios? -preguntó.

-Unos dos años. Diablos, sí. Con su auténtico nombre, claro. Charlotte Mayhew.

-¡Pero qué interesante! -dijo la señora Silsburn-, No sabía que hubiese estado alguna vez en la radio ni nada.

-En realidad, la llevó Seymour. Era la hija de un osteópata que vivía en el mismo edificio que nosotros, en Riverside Drive. -Volvía a apoyar las manos en el respaldo de la silla y me incliné hacia delante, en parte para apoyarme, en parte a la manera de un viejo entregado a sus recuerdos. El sonido de mi voz me resultaba ahora singularmente agradable-. Estábamos jugando a la pelota… ¿A alguno de ustedes le interesa esto?

-¡Sí! -dijo la señora Silsburn.

-Estábamos jugando a la pelota junto a la casa, una tarde, después de la escuela, Seymour y yo, y alguien que resultó ser Charlotte empezó a tirarnos unas bolitas desde el piso doce. Así fue como nos conocimos. La llevamos al programa esa misma semana. No estábamos enterados siquiera de que sabía cantar. Queríamos que fuera porque tenía un acento neoyorquino muy bonito. Acento de barrio elegante.

La señora Silsburn lanzó ese tipo de carcajada cristalina que es, desde luego, la muerte para el narrador de anécdotas sensible, esté sobrio o no. Evidentemente estaba esperando que yo terminara para hacerle una pregunta directa al teniente:

-¿A quién la encuentra parecida? -le dijo con insistencia-. En los ojos y en la boca, sobre todo. ¿A quién le recuerda?

El teniente la miró y luego levantó los ojos a la fotografía.

-¿Se refiere al aspecto que tiene en esta foto? ¿De niña? -dijo-. ¿O ahora? ¿Al aspecto que tiene en el cine? ¿Qué quiere decir?

-A las dos, creo. Pero especialmente en esta foto.

El teniente examinó la foto con bastante severidad, pensé, como si no aprobara para nada la forma en que la señora Silsburn, que después de todo era un civil además de una mujer, le había pedido que mirara.

-Muriel -dijo-. Se parece a Muriel en esta foto. El pelo y todo.

-¡Pero tal cual! -dijo la señora Silsburn. Se volvió hacia mí-. Pero tal cual -repitió-. ¿Conoce a Muriel? Quiero decir, ¿la ha visto cuando lleva el pelo sujeto en un precioso…?

-Nunca he visto a Muriel -dije.

-Bueno, muy bien, le doy mi palabra -la señora Silsburn golpeó solemnemente la foto con el dedo índice-. Esta niña podría doblar a Muriel a la misma edad. Como dos gotas de agua.

J. D. SALINGER - LEVANTAD, CARPINTEROS, LA VIGA DEL TEJADO (18)


(Diario de Seymour / 3)

3.30 de la madrugada. Estoy en la Sala de Ordenanzas. No podía dormir. Me puse la chaqueta sobre el pijama y me vine aquí. Al Aspesi está encargado del teléfono. Se durmió en el suelo. Me puedo quedar aquí si contesto el teléfono por él. Qué noche. El psicoanalista de la señora Fedder vino a cenar y me acribilló a preguntas todo el rato, hasta las once y media. De vez en cuando, con gran destreza, con inteligencia. Una o dos veces llegó a impresionarme. Parece que es un viejo admirador de Buddy y mío. Está interesado personal y profesionalmente en saber por qué salté del espectáculo a los dieciséis años. En realidad escuchó el programa sobre Lincoln, pero tenía la impresión de que yo había dicho que el Discurso de Gettysburg era “malo para los niños”. No es cierto. Le dije que había dicho que era un discurso malo para que los chicos lo memorizaran en la escuela. Tenía también la impresión de que había dicho que era un discurso deshonesto. Le dije que hubo 51.112 bajas en Gettysburg y que si alguien tenía que hablar en el aniversario, simplemente hubiera debido dar un paso al frente y agitar el puño ante el público y luego irse, es decir, siempre que el orador fuese un hombre absolutamente honesto. No disintió conmigo, pero parecía creer que tengo una especie de complejo perfeccionista. Mucha charla de su parte, y muy inteligente, sobre las virtudes de vivir la vida imperfecta, de aceptar las debilidades propias y ajenas. Estoy de acuerdo con él, pero sólo en teoría. Defenderé hasta el día del juicio final la simpleza de espíritu, por la razón de que conduce a la salud y a una especie de felicidad muy real, envidiable. Seguida con pureza, es la vía del Tao, y sin duda la más alta. Pero para que un hombre con discernimiento logre esto, tendría que despojarse de la poesía, ir más allá de la poesía. Es decir, posiblemente no podría aprender a disfrutar de la mala poesía en abstracto, y mucho menos equipararla a la buena poesía. Tendría que abandonar por completo la poesía. Dije que no sería una cosa fácil. El doctor Sims dijo que yo lo planteaba con demasiado rigor, que lo planteaba, dijo, como sólo lo haría un perfeccionista.

Evidentemente la señora Fedder le había contado nerviosamente lo de los nueve puntos de Charlotte. Fue una imprudencia, supongo, haber mencionado a Muriel ese viejo asunto terminado. Se lo cuenta todo a su madre antes de que la cosa se enfríe. Debería oponerme, sin duda, pero no puedo. M. sólo me oye cuando su madre también me escucha. Pobrecita. Pero no tenía intención de discutir con Sims sobre los puntos de Charlotte. Con una sola copa, no.

Esta noche en la estación más o menos le prometí a M. que iré a un psicoanalista uno de estos días. Sims me dijo que el tipo que está aquí en la guarnición es muy bueno. Es evidente que él y la señora Fedder han tenido un tête-à-tête o dos sobre el tema. ¿Por qué no me enfurece esto? No me enfurece. Es divertido. Me reconforta, no sé por qué. Hasta las tópica suegras de los tebeos me han atraído siempre vagamente. De todos modos, no creo que tenga nada que perder viendo a un psicoanalista. Si es del ejército, será gratis. M. me quiere, pero nunca se sentirá cerca de mí, familiar conmigo, mientras no me haya reajustado un poco.

Si empiezo a ir a un psicoanalista o cuando empiece, quiera Dios que tenga la previsión de llamar en consulta a un dermatólogo. Un especialista en manos. Tengo cicatrices en las manos por tocar a cierta gente. Una vez, en el parque, cuando Franny todavía iba en el cochecito, apoyé la mano en la pelusa de su coronilla y la dejé demasiado rato. Otra vez, en el Loew de la calle Setenta y dos, mientras veíamos con Zooey una película de fantasmas. Tenía seis o siete años y se metió debajo del asiento para no ver una escena de terror. Puse mi mano sobre su cabeza. Ciertas cabezas, ciertos colores y texturas de pelo humano dejan marcas permanentes en mí. Otras cosas también. Una vez Charlotte se me escapó del estudio y yo la cogí del vestido para detenerla, para que se quedara junto a mí. Un vestido de algodón amarillo que me gustaba porque era demasiado largo para ella. Todavía tengo una marca amarillo limón en la palma de la mano derecha. Ah Dios, si se me puede aplicar un nombre clínico, soy una especie de paranoico al revés. Sospecho que la gente conspira para hacerme feliz.

J. D. SALINGER - LEVANTAD, CARPINTEROS, LA VIGA DEL TEJADO (17)


(Diario de Seymour / 2)


Esta tarde no conseguimos el permiso inmediatamente después de la retreta, porque alguien dejó caer el rifle mientras el general británico de visita pasaba revista. Perdí el de la 5.52 y llegué una hora tarde a la cita con Muriel. Comida en el Lun Far, en la Cincuenta y ocho. M. irritable y llorosa durante la comida, auténticamente perturbada y dolida. Su madre cree que tengo una personalidad esquizoide. Parece que le habló de mí a su psicoanalista y él está de acuerdo con ella. La señora Fedder le pidió a Muriel que averiguara discretamente si en la familia no ha habido locos. Sospecho que Muriel tuvo el candor suficiente para contarle de dónde salen las cicatrices que tengo en las muñecas, pobre tesoro. Pero por lo que dice M., a su madre esto no le molesta tanto como otro par de cosas. Otras tres cosas. Una, me distancio y no consigo establecer contacto con la gente. Dos, parece que algo no anda bien en mí porque no he seducido a Muriel. Tres, evidentemente la señora Fedder se ha pasado días enteros obsesionada por la observación que hice una noche de que me gustaría ser un gato muerto. La semana me preguntó en la cena qué pensaba hacer cuando saliera del ejército. ¿Pensaba volver a la enseñanza en la misma facultad? ¿Volvería simplemente a enseñar? ¿Estudiaría la posibilidad de volver a la radio, posiblemente como “comentarista” de algún tipo? Le contesté que tenía la impresión de que la guerra podía seguir siempre, y que sólo estaba seguro que si alguna vez volvía la paz me gustaría ser un gato muerto. La señora Fedder pensó que estaba haciendo alguna broma disparatada. Una broma sofisticada. Según Muriel, cree que soy muy sofisticado. Pensó que mi comentario, totalmente serio, era el tipo de broma que hay que acoger con una carcajada ligera, musical. Supongo que al reírse ella yo me distraje un poco y me olvidé de explicárselo. Anoche le conté a Muriel que en el budismo zen le preguntaron una vez a un maestro cuál era la cosa más valiosa del mundo, y el maestro contestó que un gato muerto, porque nadie podía ponerle precio. M. quedó aliviada, pero vi que apenas podía esperar a llegar a su casa para garantizar a su madre la inocuidad de mi observación. Vino conmigo a la estación en el taxi. Qué dulce estaba, y de mucho mejo humor. Trataba de enseñarme a sonreír, estirándome los músculos de alrededor de la boca con los dedos. Qué hermoso es verla reír. Ah, Dios, soy tan feliz con ella. Si por lo menos ella pudiera ser más feliz conmigo. A veces la divierto, y me parece que le gustan mi cara y mis manos y mi nuca, y le da una gran satisfacción decir a sus amigos que está comprometida con el Billy Black que estuvo años en Los niños sabios. Y creo que en general siente una inclinación ambigua, maternal y sexual, hacía mí. Pero en conjunto no la hago feliz. Oh, Dios, ayúdame. Mi único consuelo terrible es que mi querida siente un amor inquebrantable, sin fisuras, por la institución del matrimonio en sí mismo. Tiene un verdadero apremio en jugar a la mamá permanentemente. Sus objetivos matrimoniales son tan absurdos y conmovedores… Quiere ponerse bien morena y acercarse al mostrador de la recepción de un hotel muy elegante y preguntar si su marido no ha recogido aun la correspondencia. Quiere salir a comprar cortinas. Quiere salir a comprar vestidos premamá. Quiere irse de la casa de su madre, lo sepa o no, y a pesar de su afecto por ella. Quiere tener hijos, hijos guapos, con sus rasgos, no los míos. Tengo también la impresión de que quiere tener sus propios adornos del árbol de Navidad, no los de su madre, para sacarlos todos los años de sus cajas.

Hoy ha llegado una carta muy divertida Buddy, escrita justo después de salir de las cocinas del ejército. Pienso en él mientras escribo sobre Muriel. La despreciaría por los motivos por los que quiere casarse que he explicado. Pero ¿son desdeñables? En cierto modo deben de serlo, pero a mí me parecen tan humanos y hermosos que no puedo pensar en ellos aun ahora en que escribo esto, sin sentirme profunda, hondamente conmovido. Buddy desaprobaría también a la madre de Muriel. Es una mujer irritante, empecinada en sus opiniones, un tipo que Buddy no soporta. No creo que la viera como es. Una persona desprovista, de por vida, de toda comprensión o gusto por la principal corriente de poesía que fluye en las cosas, en todas las cosas. Podría estar muerta, y sin embargo sigue viviendo, deteniéndose en los almacenes finos, viendo a su psicoanalista, consumiendo una novela por noche, poniéndose la faja, conspirando contra la salud y la prosperida de Muriel. La quiero. La encuentro increíblemente valerosa.

Toda la compañía está acuartelada esta noche. Hice cola una hora entera para poder usar el teléfono de la Sala de Recreo. Muriel parecía más bien aliviada de que yo no pudiera ir esta noche, lo cual me divierte y me encanta. Otra chisa, si quisiera de veras estar una noche libre de la presencia de su novio, daría por teléfono todas las muestras de pesar. M. exclamó sólo “Ah”, cuando se lo dije. Cómo adoro su simplicidad, su terrible honestidad. Cómo confío en ella.

lunes

J. D. SALINGER - LEVANTAD, CARPINTEROS, LA VIGA DEL TEJADO (16)


Lo que sigue es una reproducción exacta de las páginas del diario de Seymour que leí mientras estaba sentado en el borde de la bañera. Me parece absolutamente correcto suprimir todas las fechas. Baste decir, pienso, que las notas fueron escritas mientras estaba destinado en Forth Monmouth, a fines de 1941 y comienzos de 1942, unos meses antes de que se fijara la fecha de la boda.

Hacía un frío de helarse esta tarde en la retreta, y unos seis hombres de nuestro pelotón se desmayaron durante la interminable interpretación del himno nacional. Supongo que si uno tiene la circulación sanguínea normal, no puede adoptar la posición antinatural de firmes. Sobre todo si presenta armas con un rifle cargado. Yo no tengo circulación, ni pulso. La inmovilidad es mi morada. El tempo del himno nacional y el mío se armonizan perfectamente. Para mí, su ritmo es el de un vals romántico.

Conseguimos permiso hasta medianoche, después del desfile. Me encontré con Muriel en el Biltmore a las siete. Dos copas, dos sándwiches de atún, después una película que ella quería ver, una con Greer Garson. La miré varias veces en la oscuridad cuando el avión del hijo de Greer Garson cae durante el combate. Tenía la boca abierta. Absorta, preocupada. Identificación completa con la tragedia Metro-Goldwyn-Mayer. Sentí reverencia y felicidad. Cómo amo y necesito su corazón que no discrimina. Cuando los niños en la película llevan al gatito para enseñárselo a la madre, me miró. M. ama los gatitos y quiere que yo los ame. Aun en la oscuridad, percibí que ella se sentía extraña hacia mí, como le ocurre cuando yo no amo automáticamente lo que ella ama. Después, mientras tomábamos un trago en la estación, me preguntó si no creía que aquel gatito era “bastante bonito”. Ya no usa la palabra “amoroso”. ¿Cuánto le hice abandonar su vocabulario normal? Como soy un pesado, le mencioné la definición que da R. H. Blyth del sentimentalismo: somos sentimentales cuando le acordamos a una cosa más ternura de la que Dios le otorga. Dije (¿sentenciosamente?) que sin duda Dios ama los gatitos, pero probablemente no calzados con botines en tecnicolor. Les deja este toque creador a los autores de guiones cinematográficos. M. lo pensó, pareció estar de acuerdo conmigo, pero el “conocimiento” no fue muy bien recibido. Estuvo agitando la bebida y sintiéndose distante de mí. Le preocupa la manera en que su amor por mí viene y se va, aparece y desaparece. Duda de su realidad sólo porque no es constantemente agradable como un gatito. Dios sabe que es triste. La voz humana hace lo que puede por profanarlo todo en la tierra.

Esta noche cena en la casa de los Fedder. Muy bien. Ternera, puré de patatas, judías, una hermosa ensalada con aceite y vinagre. De postre había algo hecho por Muriel misma: una cosa con queso cremoso helado y fresas adentro. Me hizo asomar lágrimas a los ojos. (Saigyo dice: “Qué es lo no sé / pero de gratitud / me caen lágrimas”.) Había una botella de ketchup en una mesa cerca de mí. Al parecer Muriel dijo a la señora Fedder que yo le ponía ketchup a todo. Daría cualquier cosa por haber visto a M. diciéndole precavidamente a su madre que yo le ponía ketchup incluso a las judías. Querida mía.

Después de comer la señora Fedder sugirió que escucháramos el programa. Su entusiasmo, su nostalgia por el programa, especialmente por los viejos tiempos en que aparecíamos Buddy y yo, me pone incómodo. Esta noche se transmitía desde una base aérea, nada menos, cerca de San Diego. Demasiadas preguntas y respuestas pedantes. Franny sonaba como si tuviera catarro. Zooey estaba en gran forma, soñador. El locutor le sacó el tema de los planes de viviendas, y la pequeña Burke dijo que detestaba las casas que parecen todas iguales, refiriéndose a la larga serie de construcciones idénticas de las “viviendas sociales”. Zooey dijo que eran “bonitas”. Dijo que sería muy bonito ir a casa y equivocarse. Comer con gente equivocada, dormir en cama equivocada y despedirse de todo el mundo por la mañana con un beso pensando que es la familia de uno. Dijo que le gustaría incluso que todo el mundo fuera idéntico. Dijo que así uno pensaría que todas las personas con que uno se encuentra son la esposa, el padre o la madre de uno, y la gente se pasaría el tiempo arrojándose los unos en brazos de los otros dondequiera que fuesen y que sería “muy bonito”.

Me sentí intolerablemente feliz toda la noche. La familiaridad entre Muriel y su madre me sorprendió por lo hermosa cuando estábamos todos sentados en la sala. Conocen cada una de las debilidades de la otra, sobre todo en la conversación, y las pescan con la mirada. Los ojos de la señora Fedder vigilan en la conversación el gusto “literario” de Muriel y los ojos de Muriel vigilan la tendencia de su madre a ser ampulosa, verborrágica. Cuando discuten, no hay peligro de una pelea permanente, porque son madre e hija. Un fenómeno terrible y hermoso de ver. Pero a veces, cuando estoy allí encantado desearía que el señor Fedder interviniera más en la conversación. A veces siento que lo necesito. A veces, al irme, tengo la impresión especial de que tanto M. como su madre me han llenado los bolsillos de botellitas y tubos de lápiz labial, colorete, redes para el pelo, desodorantes y cosas así. Les estoy abrumadoramente agradecido, pero no sé qué hacer con sus regalos invisibles.

miércoles

J. D. SALINGER - LEVANTAD, CARPINTEROS, LA VIGA DEL TEJADO (16)


Era un día, Dios lo sabe, no sólo de señales y signos desencadenados, sino de amplia comunicación desenfrenada por vía de la palabra escrita. Si uno se metía en un coche atestado, el destino tomaba caminos indirectos, antes de que uno se metiera, para que tuviese una libreta y un lápiz encima, por si uno de los pasajeros era sordomudo. Si uno se deslizaba en un cuarto de baño, hacía bien en fijarse si no había algún pequeño mensaje, ligeramente apocalíptico o poco menos, pegado encima del lavabo.

Durante años los siete hijos de nuestra familia con un solo cuarto de baño, tuvimos la quizá pesada pero útil costumbre de dejarnos mensajes en el espejo del botiquín, usando para escribir un pedazo de jabón húmedo. En general nuestros mensajes solían consistir en amonestaciones sumamente enérgicas y, no pocas veces, en amenazas no disimuladas. “Boo Boo, recoge la esponja después de usarla, No la dejes tirada. Besos, Seymour”. “Walt, te toca a ti llevar a Z. y a F. al parque. Yo lo hice ayer. Adivina quién.” “El martes es el aniversario. No vayas al cine ni te quedes vagabundeando por el estudio después de la emisión o pagas prenda. Eso también va para ti, Buddy.” “Mamá dijo que Zooey casi se come el Feenolax. No dejar en el lavabo ningún objeto algo venenoso que pueda alcanzar y comerse.” Desde luego, estos son ejemplos tomados de nuestra infancia, pero años después, cuando en nombre de la independencia o de lo que sea, Seymour y yo hicimos rancho aparte y tomamos un apartamento para nosotros, él y yo nominalmente nos habíamos apartado de la vieja costumbre familiar. Es decir, que no tirábamos los restos del jabón.

Cuando hube entrado en el cuarto de baño con el diario de Seymour bajo el brazo y cerrado cuidadosamente la puerta tras de mí, descubrí casi de inmediato un mensaje. Pero no era la letra de Seymour sino, sin lugar a dudas, la de mi hermana Boo Boo. Con o sin jabón, su letra era siempre casi indescifrable por lo minúscula, y se las había arreglado para plantar en el espejo el siguiente mensaje: “Levantad, carpinteros, la viga del tejado. Como Ares llega el novio, mucho más alto que un hombre alto. Amor. Irving Sappho, contratado en otro tiempo por Elysium Studios Ltd. Que seas muy muy muy feliz con tu preciosa Muriel. Es una orden. Quedan ascendidos todos los habitantes de esta manzana”. El escritor contratado que se mencionaba en el texto, debo decirlo, siempre había sido una gran celebridad (con los lógicos período de tambaleo) entre todos los niños de nuestra familia, debido en general a la inconmensurable influencia sobre todos nosotros del gusto de Seymour en cuanto a la poesía. Leí y releí la cita, y después me senté en el borde de la bañera y abrí el diario de Seymour.

lunes

J. D. SALINGER - LEVANTAD, CARPINTEROS, LA VIGA DEL TEJADO (15)


El bombeo de mi corazón era terrible y, como casi todos los hipocondríacos, tuve la fugaz e intimidante impresión de que esos discursos eran la materia con que se hacen los ataques cardíacos. Hasta el día de hoy no tengo idea de cómo reaccionaron mis huéspedes ante mi estallido, ante la pequeña y corrupta andanada de invectivas que le solté. El primer detalle exterior que el noté fue el sonido universalmente familiar de las cañerías. Llegaba de otra parte del apartamento. Eché bruscamente un vistazo a la habitación, a las caras cercanas de mis huéspedes y más allá de ellas.

-¿Dónde está el viejo? -pregunté-. ¿Dónde está el viejecito? -Puse cara de carnero degollado.

Lo raro es que la respuesta estuvo a cargo del teniente, no de la dama de honor.

-Creo que está en el baño -dijo. La afirmación fue pronunciada con una franqueza muy especial, proclamando que quien hablaba era uno de esos que no tienen pelos en la lengua cuando se trata de cuestiones cotidianas de higiene.

-Ah -dije. Miré de nuevo con aire más bien ausente la habitación. Si deliberadamente o no evité la terrible mirada de la dama de honor, no lo recuerdo o no me interesa recordarlo. Descubrí el sombrero de copa del tío del padre de la novia en el asiento de una silla, en medio de la habitación. Tuve el impulso de decirle hola, en voz alta-. Voy a buscar algunas bebidas frescas -dije-. Será cosa de un minuto.

-¿Puedo hablar por teléfono? -me preguntó de pronto la dama de honor al pasar yo junto al diván. Dejó caer los pies al suelo.

-Sí, sí, claro -respondí. Miré a la señora Silsburn y al teniente-. Creo que voy a hacer algunos Tom Collins, si hay limones o limas. ¿Les parece bien?

La respuesta del teniente me sobresaltó por su súbita jovialidad.

-Tráigalos -dijo, y se frotó las manos como un bebedor habitual.

La señora Silsburn abandonó el estudio de las fotografías que había sobre el escritorio para decirme:

-Si va a preparar Tom Collins, hágame un favor, apenas una pizca, una pizquita de ginebra en el mío. Casi nada, si no es mucha molestia.

Parecía que empezaba a recobrarse un poco, aun en el breve tiempo transcurrido desde que habíamos abandonado la calle. Quizás, entre otras cosas, porque estaba a pocos centímetros del acondicionador que yo había puesto en marcha y el aire iba en su dirección. Le dije que iba a buscar las bebidas y luego la dejé entre las “celebridades” menores de la radio de comienzos de los treinta y fines de los veinte, las numerosas caritas pasadas de moda de Seymour y mi infancia. También el teniente parecía muy capaz de arreglárselas solo en mi ausencia; se iba acercando, como un solitario entendido, hacia los anaqueles de libros. La dama de honor me siguió, soltando al salir de la habitación un bostezo cavernoso, audible, que no trató de contener ni de ocultar a la vista.

Mientras la dama de honor me seguía hacia el dormitorio, donde estaba el teléfono, el tío del padre de la novia se acercaba a nosotros desde el otro extremo del vestíbulo. Tenía en la cara la expresión de feroz reposo que me había hecho caer en la trampa durante casi todo el recorrido en coche, pero cuando se nos acercó, la máscara se modificó; escenificó para ambos grandes saludos y congratulaciones y me descubrí sonriendo y asintiendo exageradamente para responderle. Su pelo ralo y blanco parecía recién peinado, casi recién lavado, como si hubiera descubierto una pequeña peluquería oculta en el extremo del apartamento. Cuando pasó a nuestro lado, me sentí impulsado a mirar por encima del hombro y vi que me hacía un gesto de despedida con la mano, vigoroso, un gran gesto de bon voyage, de vuelve pronto. Me confortó infinitamente.

-¿Qué es? ¿Un loco? -preguntó la dama de honor. Dije que eso esperaba y abrí la puerta del dormitorio

Ella se sentó pesadamente en una de las camas gemelas, la de Seymour a decir verdad. El teléfono estaba en la mesilla de noche, al alcance de la mano. Le dije que le llevaría allí un trago.

-No se moleste…, termino enseguida -respondió-. Pero cierre la puerta, si no tiene inconveniente… No es que me importe, pero no puedo hablar por teléfono si la puerta no está cerrada.

Le dije que a mí me pasaba exactamente lo mismo y me dispuse a salir. Pero justo al volverme para salir del espacio entre las dos camas, advertí una pequeña maleta plegable de tela sobre el asiento de la ventana. A primera vista pensé que era la mía, milagrosamente llegada del apartamento desde Penn Station, por sus propios medios. Mi segunda idea fue que sería de Boo Boo. Me acerqué a ella. Tenía la cremallera abierta y una sola mirada a la capa superior de su contenido me indicó quién era el verdadero dueño. Con otra mirada más completa, descubrí algo sobre dos camisas militares color marrón, y pensé que no debía quedar a solas en la habitación con la dama de honor. Lo tomé de la maleta, me lo deslicé debajo de un brazo, hice un gesto fraternal a la dama de honor que, habiendo metido en el primer agujero del número que pensaba marcar, esperaba que yo me fuera, y cerré la puerta al salir.

Me quedé un instante fuera del dormitorio, en la piadosa soledad del vestíbulo, pensando qué hacer con el diario de Seymour que, me apresuro a decir, era el objeto que estaba en la maleta de tela y que yo había recogido. Mi primer pensamiento constructivo fue esconderlo hasta que mis huéspedes se hubiesen marchado. Me pareció una buena idea llevarlo al cuarto de baño y dejarlo caer en el cesto de la ropa sucia. Pero en la segunda y mucho más compleja de las ideas, decidí llevarlo al cuarto de baño, leer algunas partes y sólo entonces dejarlo en el cesto de la ropa sucia.

martes

J. D. SALINGER - LEVANTAD, CARPINTEROS, LA VIGA DEL TEJADO (14)


Mis tres huéspedes y mi único amigo se quedaron fuera en el vestíbulo mientras yo inspeccionaba brevemente el apartamento.

Las ventanas estaban todas cerradas, los dos acondicionadores de aire cerrados, y respirar allí por primera vez era como inhalar profundamente en el bolsillo de un viejo abrigo de piel de mapache. El único sonido en todo el apartamento era el ronroneo renqueante de la vieja nevera que Seymour y yo habíamos comprado de segunda mano. Mi hermana Boo Boo, con su estilo marinero, de chiquilla, la había dejado funcionando. En realidad, había en todo el apartamento variadas muestras de desaliño que denotaban que una dama navegante había tomado posesión del lugar. En el diván colgaba una chaqueta azul marino de alférez, elegante, de pequeño tamaño, vuelta del revés. En la mesa baja, frente al diván, había una caja medio vacía de bombones, y los que quedaban habían sido mordisqueados para probarlos. Sobre el escritorio, enmarcada, la foto de un joven de aire muy resuelto a quien yo no conocía. Y todos los ceniceros a la vista florecían de pañuelos de papel arrugados y colillas manchadas de lápiz labial. Apenas me asomé a la cocina, el dormitorio o el cuarto de baño para abrir las puertas y echar un rápido vistazo para ver si Seymour estaba plantado en alguna parte. Por un lado me sentía flojo y perezoso. Por otro, seguía muy activo levantando persianas, haciendo funcionar acondicionadores de aire, vaciando ceniceros llenos. Además los otros miembros del grupo se precipitaron sobre mí casi enseguida.

-Hace más calor aquí que en la calle -dijo la dama de honor, a manera de saludo, mientras entraba.

-Estaré con ustedes en cinco minutos -dije-. Voy a ver si hago funcionar este acondicionador de aire. -El botón de arranque parecía trabado y yo trataba de arreglarlo.

Mientras me ocupaba del botón del acondicionador (con la gorra todavía puesta, recuerdo), los otros circulaban con cierta suspicacia por la habitación. Yo los miraba con el rabillo del ojo. El teniente se acercó al escritorio y estuvo mirando los dos o tres metros cuadrados de pared que había justo encima, donde mi hermano y yo, por razones insolentemente sentimentales, habíamos clavados muchas lustrosas fotos de tamaño postal. La señora Silsburn se sentó (era fatal, pensé) en la única silla de la habitación que mi difunto bulterrier solía aprovechar para dormir; los brazos, tapizados de terciopelo sucio, habían sido baboseados y masticados en el curso de más de una pesadilla. El tío del padre de la novia (mi gran amigo) había desaparecido del todo. La dama de honor también parecía de pronto estar en otra parte.

-Les conseguiré algo de beber en cinco minutos -dije incómodo, siempre tratando de forzar el botón del acondicionador.

-Me gustaría algo fresco para beber -dijo una voz muy familiar. Me volví del todo y vi que se había tendido en el diván, lo cual explicaba su notable desaparición de la vertical-. Usaré su teléfono dentro de un instante -me advirtió-. No puedo abrir la boca para telefonear en este estado, estoy realmente asada. Tengo la boca tan seca…

El acondicionador empezó bruscamente a funcionar con un zumbido y fui hasta el centro de la habitación, hasta el espacio que había entre el diván y la silla donde estaba sentada la señora Silsburn.

-No sé qué habrá para beber -dije-. No he mirado en la nevera, pero me imagino…

-Traiga cualquier cosa -interrumpió desde el diván la eterna portavoz-. Con tal de que sea líquido. Y frío. -Los tacones de sus zapatos descansaban en la manga de la chaqueta de mi hermana. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho. Había hecho un bollo con la almohada debajo de su cabeza-. Póngale hielo, si tiene -dijo, y cerró los ojos. La miré durante un breve y asesino instante, después me incliné y con el mayor tacto posible retiré la chaqueta de Boo Boo de debajo de sus pies. Estaba a punto de salir del cuarto y dedicarme a mis actividades de anfitrión, cuando justo al dar un paso el teniente habló desde el escritorio.

-¿De dónde sacó estas fotos? -preguntó.

Me acerqué a él. Todavía llevaba puesta mi gorra de visera demasiado grande. No se me había ocurrido quitármela. Me quedé a su lado junto al escritorio, un poco más atrás, y miré las fotos de la pared. Dije que eran casi todos viejos retratos de los niños que habían participado en Los niños sabios en los tiempos en que Seymour y yo estábamos en el programa.

El teniente se volvió hacia mí.

-¿Qué era? -preguntó-. Nunca lo escuché. ¿Uno de esos programas de niños? ¿De preguntas y respuestas y esas cosas? -Inequívocamente se había deslizado sin ruido pero con cierta insidia un tono de jerarquía militar en su voz. Además me miraba la gorra.

Me la quité y contesté:

-No, no era eso precisamente -de pronto resurgió en cierta medida un arraigado orgullo familiar-. Lo era antes de que interviniera mi hermano Seymour. Y siguió más o menos así después de que él salió del programa. Pero Seymour cambió todo el estilo. Convirtió el programa en una especie de debate infantil, de mesa redonda.

El teniente me miró con un interés que me pareció excesivo.

-¿Usted también estuvo?

-Sí.

La dama de honor habló desde el otro lado de la habitación, desde el fondo invisible, polvoriento, del diván.

-Me gustaría ver a un chico mío triunfando en uno de esos inverosímiles programas -dijo-. O actuando. Cualquiera de esas cosas. Preferiría morirme antes de dejar que un chico mío se convirtiera en un pequeño exhibicionista con público. Les arruina toda la vida. La publicidad y todo eso, aunque sólo sea eso… Pregúntele usted a cualquier psiquiatra. Me pregunto cómo se puede tener una infancia normal o lo que sea. -Su cabeza, coronada por la guirnalda de flores ahora muy ladeada, se asomó de pronto. Parecía como sin cuerpo, encaramada en la repisa que había en el respaldo de diván, enfrentándose al teniente y a mí-. Probablemente es lo que ocurre con ese hermano suyo -dijo la cabeza-. Uno lleva una vida absolutamente extravagante cuando es niño y después, naturalmente, nunca aprende a crecer. Nunca aprende a tener relaciones con gente normal ni nada por el estilo. Es exactamente lo que dijo la señora Fedder en aquel disparatado dormitorio un par de horas antes. Exactamente eso. Su hermano nunca ha aprendido a tener relaciones con nadie.  Parece que sólo es capaz de ir repartiendo tajos en las caras de la gente. Es lo que se dice incapaz de casarse o de nada medianamente normal, por el amor de Dios. Es lo que dijo la señora Fedder, tal cual. -La cabeza se volvió entonces lo suficiente como para mirar fijo al teniente-. ¿Tengo razón, Bob? ¿Lo dijo no lo dijo? Di la verdad.

La siguiente voz que habló no fue la del teniente sino la mía. Yo tenía la boca seca y la ingle húmeda. Dije que no me importaba un bledo lo que dijera la señora Fedder sobre Seymour. O en todo caso, lo que tuviera que decir cualquier diletante profesional o aficionado de mierda. Dije que desde la época en que Seymour tenía diez años todo pensador suma cum laude, todo intelectual de pacotilla del país había tenido que ver con él. Dije que quizás hubiese sido distinto si Seymour hubiera sido simplemente un pequeño charlatán asqueroso con un alto coeficiente intelectual. Dije que nunca había sido un exhibicionista. Iba a la radio todos los miércoles por la noche como si fuera a su propio entierro. Ni siquiera hablaba con uno, por el amor de Dios, durante todo el viaje en autobús o en metro. Dije que ni un maldito tipo, ni uno solo de los patrocinadores, críticos de cuarta categoría y autores de columnas periodísticas habían visto en él lo que realmente era. Un poeta, por el amor de Dios. Lo que se dice un poeta. Aunque nunca hubiera escrito un verso, Seymour podía dar cien mil vueltas a cualquiera si quería.

Ahí me detuve, gracias a Dios.

J. D. SALINGER - LEVANTAD, CARPINTEROS, LA VIGA DEL TEJADO (13)


Uno a uno, por ambas puertas, salimos, pues, del coche (barco abandonado en medio de Madison Avenue, en un mar de asfalto caliente, pegajoso). El teniente se quedó atrás un momento para informar al chofer de nuestro motín. Recuerdo muy bien que el cuerpo de trompetas y tambores seguía pasando interminablemente, y el estrépito no había disminuido un ápice.

La dama de honor y la señora Silsburn abrieron la marcha hacia el bar Schrafft. Caminaban acompasadamente, casi como una vanguardia de boy scouts, hacia el sur por la acera este de Madison Avenue. Después de informar brevemente al chófer, el teniente las alcanzó. O casi. Se quedó un poco más atrás, para sacar en privado su billetera y ver cuánto dinero llevaba.  El tío del padre de la novia y yo formábamos la retaguardia. Fuera porque hubiese intuido que yo era su amigo o simplemente porque poseía una libreta y un lápiz, se había precipitado a una posición de marcha junto a mí. La copa de su hermoso sombrero no me llegaba ni siquiera al hombro. Establecí un paso relativamente lento, en consideración a la longitud de sus piernas. Al cabo de una manzana más o menos, estábamos a una buena distancia de los otros. No creo que eso perturbara a ninguno de nosotros. Recuerdo que de vez en cuando, mientras caminábamos, mi amigo y yo mirábamos hacia arriba y hacia abajo, respectivamente, y cambiábamos expresiones idiotas de placer por compartir cada uno la compañía del otro.

Cuando mi compañero y yo hubimos llegado a la puerta giratoria del Schrafft de la calle Setenta y nueve, hacía varios minutos que la dama de honor, su marido y la señora Silsburn aguardaban de pie. Esperaban, pensé, como un trío amenazadoramente compacto. Habían estado hablando, pero se detuvieron cuando se acercó nuestra disparatada pareja. En el coche, un par de minutos antes, mientras pasaba atronando el cuerpo de trompetas y tambores, una incomodidad común, casi una angustia común, había conducido a nuestro pequeño grupo a una especie de alianza, de esas que puede provocar por un momento en un grupo de turistas el desencadenamiento de una lluvia violenta en Pompeya. Ahora que el minúsculo viejo y yo llegábamos a la puerta giratoria del Schrafft, era evidente que la tormenta había terminado. La dama de honor y yo cambiamos expresiones de reconocimiento, no de saludo.

-Está cerrado por reparaciones -dijo fríamente, mirándome. De un modo extraoficial pero inequivoco, me declaraba de nuevo paria, y en ese momento, por razones indignad de ser explicadas, tuve una impresión de aislamiento y soledad más abrumadora que la que había sentido en todo el día. Casi simultáneamente, vale la pena mencionarlo, se me reactivó la tos. Saqué el pañuelo del bolsillo del pantalón. La dama de honor se volvió hacia su marido y hacia la señora Silsburn.

-Hay un Longchamps por aquí cerca -dijo-, pero no sé dónde.

-Yo tampoco -dijo la señora Silsburn. Parecía a punto de llorar. El sudor le rezumaba tanto en la frente como en el labio superior, atravesando incluso la pesada capa de maquillaje. Llevaba debajo del brazo izquierdo un bolso negro de cuero auténtico. Lo sostenía como si fuese su muñeca favorita, y ella misma una niña torpemente pintarrajeada y empolvada, muy infeliz, que se hubiese escapado de su casa.

-No conseguiremos un taxi por nada del mundo -dijo el teniente con pesimismo. Parecía deslucido también. Su gorra de “as de pilotos” parecía casi cruelmente incompatible con su cara pálida, chorreante, profundamente desprovista de intrepidez, y recuerdo que tuve el impulso de sacarle la gorra de la cabeza, o por lo menos enderezársela un poco, de acomodársela en una posición menos artificiosa, el mismo impulso, en cuanto al motivo general, que se puede sentir en una fiesta infantil, donde siempre hay un niño pequeño, muy feo, con un sombrero de papel que le pliega una oreja o dos.

-¡Dios mío, qué dia! -dijo por todos nosotros la dama de honor. La guirnalda de flores artificiales se le había ladeado un poco y estaba completamente empapada, pero pensé que la única cosa realmente destructible en ella era su apéndice más remoto, por así decirlo, su ramo de gardenias. Aun lo llevaba, aunque distraída, en la mano. Evidentemente el ramo no había salido indemne-. ¿Qué vamos a hacer? -se preguntó bastante frenética-. No podemos ir caminando. Viven casi en Riverdale. ¿Alguien tiene una idea brillante? -Miró primero a la señora Silsburn, luego a su marido y después, posiblemente ya desesperada, a mí.

-Tengo un apartamento aquí cerca -dije de pronto, nervioso-. Está aquí, a la vuelta de la esquina. -Tuve la impresión de que daba este dato en voz demasiado fuerte. Quizás hasta grité, por lo que recuerdo-. Es de mi hermano y mío. Mi hermana lo usa mientras estamos en el ejército, pero ahora ella no está aquí. Es de la Reserva Naval Femenina y ahora anda de viaje -miré a la dama de honor o algún punto justo encima de su cabeza-. Por lo menos puede telefonear desde allí, si quiere -dije-. Y el apartamento tiene aire acondicionado. Podríamos refrescarnos un minuto y recobrar el aliento.

Una vez pasada la primera conmoción de la invitación, la dama de honor, la señora Silsburn y el teniente celebraron una especie de conciliábulo, con los ojos solamente, pero no hubo indicio alguno de que fueran a pronunciar algún veredicto. La dama de honor fue la primera en hacer algo. Había estado mirando en vano a los otros para que opinaran sobre el tema. Se volvió hacia mí y preguntó:

-¿Dijo que tenía teléfono?

-Sí. A menos que mi hermana lo haya hecho desconectar por algún motivo, y no veo cuál.

-¿Cómo sabe que su hermano no estará allí? -dijo la dama de honor.

Era una pequeña consideración que no había pasado por mi recalentada cabeza.

-No creo que esté. Puede ser, también es su apartamento, pero no creo. De veras, no.

Para variar, la dama de honor me miró por un momento con franqueza y sin verdadera grosería, a menos que la mirada de un niño sea grosera. Después se volvió hacia su marido y hacia la señora Silsburn y dijo:

-Podríamos ir. Por lo menos podemos telefonear.

Los otros asintieron con un gesto. La señora Silsburn llegó incluso a recordar la parte de su código de cortesía referente a invitaciones formuladas frente a un bar Schrafft. A través de su maquillaje derretido por el sol, algo parecido a una sonrisa de manual de urbanidad asomó en mi dirección. Recuerdo que fue muy bien recibida.

-Vamos, salgamos de este sol -dijo nuestra dirigente-. ¿Qué haré con esto? -No esperó respuesta. Avanzó hacia el bordillo y, sin sentimentalismo, se deshizo del ramo de gardenias marchitas-. Magnífico, guíenos. Macduff -me dijo-. Lo seguimos. Y lo único que digo es que es mejor que no esté allí cuando lleguemos, porque a ese hijo de perra lo mato -miró a la señora Silsburn-. Disculpe la palabra, pero es lo que pienso.

Como me habían dicho, encabecé el grupo casi con facilidad. Un instante después, un sombrero de copa se había materializado en el aire junto a mí, muy abajo y a la izquierda, y mi compañero especial, aunque no me hubiese sido técnicamente asignado, me sonrió n momento, y pensé que iba a deslizar su mano en la mía.

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