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jueves

ALBERTO METHOL FERRÉ - PUEBLA / PROCESO Y TENSIONES (7)


I. EN CAMINO.                                                      

4. DOCUMENTO DE CONSULTA. ANTECEDENTES.
En la primera etapa de la preparación a Puebla, una vez que los Obispos lanzaron ideas y preocupaciones como incitación inicial, se procedió a la elaboración del Documento de Consulta, punto de partida para una discusión general que auscultara y estimulara el sentir y pensar de la Iglesia latinoamericana. Ya sabemos, en ese trabajo participaron un equipo de expertos, cuatro Obispos por las regiones, la Directiva Episcopal y los Secretarios Ejecutivos del CELAM. Como es presumible, esa elaboración no se hizo desde la nada, pues el CELAM –actor aquí protagónico- tiene su propia historia y consistencia; esto, sin duda, forma parte del subsuelo que permite comprender mejor las líneas esenciales de dicho Documento de Consulta.
Digamos una palabra sobre el CELAM. Es signo e instrumento de la colegialidad episcopal latinoamericana. Sus autoridades son elegidas cada cuatro años en Asamblea de los Directivos con los Presidentes y Delegados de todas las Conferencias Episcopales de América Latina. Puede afirmarse así que es fruto de un consenso mayoritario del Episcopado Latinoamericano, a cuyo servicio está, sin ninguna potestad. El CELAM tiene una historia crecientemente intensa, en movilización incesante a través de sus Departamentos y Secciones, en los más distintos ámbitos de interés eclesial; en cientos de encuentros, reuniones, cursos, informes, etc.
De tal modo, el CELAM es a la vez señal e instrumento de la progresiva latinoamericanización de nuestras Iglesias locales, antes tan aisladas entre sí. Es fruto y a la vez acelerador de ese proceso profundo de nuestra historia en las últimas décadas. Hijo de la primera Conferencia Episcopal de Río de Janeiro (1955), colaboró decididamente en la preparación y desarrollo de Medellín (1968) y ahora lo está haciendo con Puebla. Una institución así no es un recipiente vacío, sujeta a cualquier viento u ocurrencia. Por el contrario, ha ido formando un vasto patrimonio histórico, una tradición no manejable a voluntad. Aquí sólo nos interesan unos pocos acontecimientos internos del CELAM, los más cercanos, que nos permitan ubicar mejor la gestación del Documento de Consulta.
A poco de asumir el Cardenal Lorscheider la presidencia del CELAM, se realizó una Reunión general de Coordinación en Febrero de 1976, con participación de más de 60 Obispos, para hacer una intensa reflexión sobre Medellín. Esto fue unos meses antes que comenzara a madurar la Conferencia de Puebla. Quizá esté en el origen mismo de este proceso, sin haberlo imaginado ni habérselo propuesto. Se examinaron y discutieron, uno por uno, todos los Documentos de Medellín, a la luz de la experiencia vivida posteriormente. De esto se publicó un libro “Medellín: Reflexiones en el CELAM” (Bac – 1977). Allí puede verse no solo el informe de todos los Departamentos y las Secciones sobre los Documentos de Medellín, sino el aporte de expertos sobre distintos temas. Expertos como A. Matte, José y Beatriz Resende Reis, P. Segú Girona, Cecilio de Lora, L. Fernández, Héctor Borrat, Carlos Corsi, P. Jaime García Ruiz, Roberto Viola, José Marins y Boaventura Kloppenburg. También hay informe sobre Religiosos del Equipo de Teólogos de la CLAR. En suma, nos parece capital tomar esta Reunión de Coordinación del CELAM y su obra sobre Medellín como el punto de partida real del proceso hacia Puebla. Que lo anoten bien los futuros historiadores. Conviene decir que absolutamente nadie más, salvo el CELAM, se preocupó por un examen tan abierto y particularizado de todas las decisiones de Medellín. Cualquiera lo puede consultar. Claro, esto lamentablemente tiene sus límites, pues los papagayos hablan pero no leen; menos estudian. Lo digo por los muchos que bordean el camino de Puebla. Por otra parte, el CELAM no hacía más que recoger las recomendaciones de su XV Asamblea y de sus líneas teológico-pastorales, formuladas así en su plan global: “Continuar el estudio, la profundización, actualización y difusión de las Conclusiones de Medellín, palabra que quiso ser “signo de compromiso” y señaló “nueva histórica que exige claridad para ver, lucidez para diagnosticar y solidaridad para actuar” (Objetivos específicos, N. 7.4).
La misma XV Asamblea recomendó al CELAM el estudio y seguimiento de la Religiosidad Popular como poderoso asiento de la evangelización.
El CELAM tiene un equipo teológico-pastoral, interdisciplinario, formado por Presbíteros, Religiosos y laicos. Por supuesto, sus miembros no piensan lo mismo; hay diferencias incluso profundas. Según los problemas o la temática encomendada, se invita a otros expertos. Fue así como en Agosto de 1976 se realizó un Encuentro cuyo fruto es la obra “Iglesia y Religiosidad Popular en América Latina”. Me refiero a esta obra pues, aunque no directo como la anterior sobre Medellín, tiene un valor altamente significativo. Señala un hito en la vida del CELAM. Marca su recepción y ahondamiento del gran movimiento de reasunción de la religiosidad popular latinoamericana, iniciada a poco de Medellín, desde el equipo pastoral argentino inspirado en Lucio Gera. Luego ese movimiento se fue extendiendo y tomando diferentes variantes. La obra indica la recepción por parte del CELAM de dimensiones esenciales de la Evangelii Nuntiandi. Por eso, este Encuentro y el libro señala una de las bases desde la que se elaborará el Documento de Consulta. Quiero decir, con sinceridad, que no conozco obra latinoamericana más completa sobre nuestra religiosidad popular que ésta del CELAM. Me agradaría saber si las hubo ya mejores. Estas cosas son necesarias de decir para que se aquilate la verdad. Es un testimonio de cómo el CELAM recibía ya la Evangelii Nuntiandi, justamente el gran marco referencial de Puebla. Más aún: Siguiendo el curso de su propia historia, el CELAM había contribuido al Sínodo del 74, ya más allá de Medellín en cuanto a la religiosidad popular, en el mismo sentido que luego se iba a reflejar en la Evangelii Nuntiandi. Por todo esto, también consideremos que en esta obra del CELAM “Iglesia y Religiosidad Popular en América Latina” encontramos otro antecedente clave del Documento de Consulta. Anótenlo los historiadores.
Finalmente, otro antecedente, ya a las puertas. Recordemos de nuevo que la primera etapa inició su movilización en Julio de 1977. A fines del mismo mes, en Nazaret, Buenos Aires, se reúne, para pensar un bosquejo posible de una temática para Puebla, parte del Equipo de Reflexión Teológico-Pastoral del CELAM (Mons. López Trujillo y Mons. Karlich, los Padres Lucio Gera, Gustavo Gutiérrez y Boaventura Kloppenburg y el laico suscrito; también participaron como invitados especiales: Mons. Antonio Quarracino y los Padres Mateo Perdía, Vicepresidente de la CLAR y Eugenio Delaney, Miembro del Equipo Teológico de la CLAR). El resultado de esos diálogos está consignado en el librito publicado por el CELAM “La Iglesia de América Latina”. Este es otro hito importante en la preparación. Es el antecedente más orgánico del Documento de Consulta. No sólo resultó convergente con muchas ideas y preocupaciones episcopales, sino que indicaba líneas de posible ordenamiento, que fueron de gran utilidad. Cualquier historiador o simplemente curioso, puede cotejar esta obra con el Documento de Consulta y encontrará allí, en germen, sus líneas de ordenación. Vale la pena recordar esto, pues sencillamente integra la verdad de todo el proceso. Y la verdad, parece mentira, hay que descubrirla siempre.
Hemos recorrido sus escalones. Abramos la puerta del Documento de Consulta.

viernes

ALBERTO METHOL FERRÉ - PUEBLA / PROCESO Y TENSIONES (6)


SEXTA ENTREGA

I. EN CAMINO.                                                      

3. DINAMICA DE LAS TENDENCIAS. (2)

La dinámica de las tendencias, en lenguaje académico, es el pluralismo teológico legítimo. Es decir, ni exclusivismo de las tendencias, ni cambalache, mal que les pese a muchos espíritus invertebrados en desasosiego. El cambalache son ellos, no la Iglesia. Esto también hay que saber decirlo con firmeza, con espíritu de servicio leal, con dolor. La apertura de las tendencias entre sí, no es blandura ni falta de discernimiento eclesial.
¿Qué puede significar en la lógica oposicional y unitiva de las tendencias la Conferencia de Puebla? La Iglesia necesita recapitularse de tanto en tanto y, al hacerlo, evitar que las tendencias giren sobre sí mismas, infecundas y destructoras. Así, la Iglesia pone a las tendencias en corto-circuito; las obliga a dialogar, a reconocerse, mal que les pese. En la historia, muchos concilios han sido bolsas de gatos, de espléndidos resultados eclesiales. Hay peleas que son diálogo. La preparación de una Conferencia pone, si hay distancias importantes, a las tendencias al rojo vivo. Se va a dirimir rumbos y algunas tendrán más incidencias que otras. En alta tensión, a veces las tendencias dan lo mejor de sí, en tanto que otras veces, si son decadentes, caen en lo peor de sí. Una Conferencia General es una confrontación. Impide que las tendencias, libradas a la complacencia de su soledad, se empobrezcan, se estereotipen. La fosilización de las tendencias coincide con su autosatisfacción intelectual y espiritual, que es sordera para los otros. Y no hay Conferencia sin voluntad común de audición. Si es así, estamos en la mayor lucha, para la mayor reconciliación. La división busca la comunión. Cosa bien difícil, pero si fuera fácil no habría Conferencia. De algún modo, una Conferencia General busca una nueva síntesis de las tendencias.
Esto no quiere decir que las tendencias desaparezcan. No. No hay síntesis completas, sin fisuras, ambigüedades, exigencia de nuevas precisiones. Toda síntesis hace reaparecer las tendencias, pero las oposiciones ya no son idénticas a las pasadas. Estas se han penetrado, han alcanzado un nuevo punto de partida y, así se relanzan con nuevos motivos. La síntesis alcanzada renueva o genera nuevas tendencias. Pone nuevos problemas. Una Conferencia es una fusión para la renovación de las tendencias. Quien pretenda atravesar indemne la Conferencia General supone que no tiene nada que aprender de los otros; elige de antemano la soledad egocéntrica; niega el sentido mismo de la Conferencia y de la Iglesia. De tal manera muere por consumirse a sí mismo, en la indiferencia o la rabia, eso es secundario. No varía la esclerosis esencial, el inmovilismo, la presunción. La agitación frenética puede esconder una parálisis.
En la historia de Concilios y Sínodos, la lucha de tendencias no ha sido siempre tan pacífica y armoniosa como la del Concilio Vaticano II, que es por lógica, el arquetipo inconsciente que todos tenemos de una Asamblea eclesial. No siempre fue así, ni mucho menos. Los primeros Concilios y Sínodos se desarrollaron en medio de tormentas, acusaciones y apelaciones, protestas, aclamaciones y aún violencias. Por ejemplo, estas dos noticias de Philip Hugges: “El Concilio se reunió en Efeso el 8 de Agosto de 449, en la misma basílica que el de 431. Presidió Dióscoro, Obispo de Alejandría. Lo que siguió fue una serie de atropellos. El Presidente empezó por excluir a todos los que había tenido alguna participación en la sentencia de Eutiques y a todos los sospechosos de hostilidad hacia el monje, imponiendo su voluntad al Concilio con amenazas de destitución, de destierro, e incluso de muerte, con un gran despliegue de fuerza armada puesta a su disposición por el gobierno. Eutiques fue repuesto, se depuso a Flaviano y a Teodoreto y las doce proposiciones de San Cirilo tomadas en sentido eutiquiano, fueron adoptadas oficialmente como definición dogmática. Flaviano, encarcelado murió a causa de los malos tratos. Los legados romanos protestaron, más no fueron oídos y sólo la huída les salvó de correr la misma suerte que Flaviano” (Historia de la Iglesia – Herder, pág. 51). Ante esto, el Papa exclamó “No es un Concilio, sino más bien un latrocinio”. Como se ve, no eran meras controversias académicas de teólogos y pastores. Y agrega Hugges: “Las principales etapas de la contienda arriana se vieron acompañadas de grandes demostraciones populares, con tumultos y riñas callejeras. En Efeso, en el año 431, el pueblo escoltó a los Obispos ortodoxos hasta sus residencias, después de la definición de fe, con procesiones de antorchas” (pág. 41).
No queremos abundar, pues ya es suficiente para borrar las imágenes D’Epinal de reuniones generales episcopales. Pero vale también decir que en aquellos primeros concilios tan tensionados por las tendencias, el Espíritu inspiró las grandes fórmulas dogmáticas trinitarias y cristológicas que han afianzado el sentido auténtico de la tradición evangélica de la Iglesia. ¡Y en la actualidad hay frívolos que pretenden que aquellas definiciones eran abstractas! Siempre es así; Dios escribe derecho con líneas torcidas.
Nadie se extrañe, pues, por tormentas y tumultos. Cuando está tocado de algún modo el sentido absoluto de la vida, no es de sorprenderse por las pasiones que se desatan. Eso es lo terrible de las guerras religiosas. Todo espíritu auténticamente religioso está amenazado por el espíritu de la guerra, por su sed de Absoluto, donde todo está concentrado. Pero como el Absoluto insondable se ha revelado como Amor, entonces también nada más repugnante y grotesco que la “furia” religiosa, en tanto ruptura de todo sentido fraterno. La violencia sectaria es la mayor corrupción del espíritu cristiano. Y en esta preparación a Puebla aquella también ha dado sus señales de vida. Lo peor es la corrupción de lo mejor.
En las Iglesias de América Latina muchas cosas importantes, vitales, están en juego. No nos sorprenda, entonces, la atmósfera recargada que muchos auspician. Con la mayor probabilidad habrá grandes alborotos alrededor de la Conferencia de Puebla. Hay grupos que se preparan desde hace meses para esto. Quizá son los que están más afuera de la Conferencia y por eso, necesiten altoparlantes para hacerse oír. O, sabiendo que tienen poca incidencia en sus propias Iglesias, quieran ganar la Conferencia por “fuera”, tomando posiciones en los “medios de comunicación social”, de modo de encerrar a la propia Conferencia en un círculo de rumores sensacionalistas, deformando el proceso ante el público. Todo esto es posible, aunque no deseable. La Iglesia por su Episcopado dirá lo que tiene que decir y no habrá orquestaciones externas que lo impidan. De todos modos, lo que importa más no son los griteríos sino las significaciones. Ya es hora de entrar en ellas.

jueves

ALBERTO METHOL FERRÉ - PUEBLA / PROCESO Y TENSIONES (5)


I. EN CAMINO.                                                      

3. DINAMICA DE LAS TENDENCIAS. (1)

Si hemos visto la preparación como contenido, es bueno pasar ya a los contenidos mismos. Esto será lo más extenso e importante. Como es evidente para todos, los contenidos se han expuesto y destapado en las polémicas alrededor del Documento de Consulta (usaremos la abreviación DC) o “Libro verde”. Eso era lo previsible y lógico; lo requerido. El DC era oportunidad privilegiada para que se condensaran, en ocasión a su consideración, diversas tendencias eclesiales hoy operantes. Como polémica ardiente y crucial, que compromete muchas cosas, se ha desplegado tanta inteligencia y altura, como bajeza y voluntad de caricatura; golpes maestros como golpes bajos y las adjetivaciones se han arremolinado como hojarasca inevitable. Y está bien: quien no puede con los pensamientos, bolea adjetivos. Así también se prueba la razón. Los cristianos no están exentos de virtud o pecado alguno. Las polémicas desatadas lo recuerdan.
Sin embargo, antes de entrar de lleno en los contenidos, conviene una consideración a modo introductoria, sobre el significado y la dinámica, en general, de las tendencias en la Iglesia. Tal introito nos iluminará luego sobre el proceso a Puebla, la índole del DC y las reacciones que precipita, así como respecto del sentido de la primera batalla de Puebla, que es la de Medellín. Si va para adelante o para atrás de Medellín. Aquí Medellín no sólo es referencia, tradición e inspiración, sino, ante todo, arma de combate que algunos esgrimen contra Puebla. Veremos si es arma legítima, impotencia o coartada para otros fines. Pero considerar el trasfondo de Puebla, o sea Medellín, supone apreciar el movimiento de tendencias en la Iglesia y sus modos de anudarse, rechazarse y conciliarse. Van sólo breves reflexiones, que parecen indispensables para la claridad.
Desde que hay Iglesia, hay tendencias y lucha de tendencias. Más aún, la Iglesia se configura y pone en movimiento en esa dinámica incesante de las tendencias. Y eso desde el principio. Puede hablarse de teologías distintas en los cuatro evangelistas, en los distintos apóstoles, pero todas ellas reunidas forman el Evangelio. La Iglesia se reúne no sólo porque está en comunión, sino también porque está dividida. En realidad, todos los Concilios, desde el Primero en Jerusalén, han venido porque la Iglesia estaba dividida, atenaceada por el peligro de división y eso le exigía reunirse, dilucidar, aclarar, impedir que las tendencias se cerraran sobre sí mismas, lanzándolas adelante con nuevos motivos. En la historia hay gran variedad de situaciones y contenidos, pero la dinámica de las tendencias exige perenne renovación. O mejor, momentos profundos de renovación. La Conferencia General de Puebla se inscribe en esta lógica y esas exigencias.
La realidad de la Iglesia de Cristo desborda todas las tendencias y por eso las incluye y unifica a pesar de todo. Hay tendencias, porque ninguna autocomprensión humana es capaz de encerrar, en su finitud, a toda la Iglesia de Cristo. Por eso, Cristo y su Espíritu superan todas las tendencias, a la vez que las suscitan y movilizan, siempre en pos del más allá de sí mismas; en pobreza y humildad con el misterio divino, siempre irradiante, inagotable y sorprendente. No en vano, amor raíz de todo amor. Tal la dramática vida histórica de la Iglesia; de su unidad desgarrada, siempre en pos de reconciliación. Sin ese movimiento de fraternidad entre las tendencias, no se reconoce la filialidad; no hay Iglesia. Cuando las tendencias desconocen sus límites, niegan al otro como componente de su propio ser eclesial; entonces degeneran en secta, cisma o herejía. Es la amenaza que encierra en su seno toda tendencia. Narciso o la soberbia. Pero también toda tendencia lleva en su seno la esperanza y la confianza de su obediencia a la única Iglesia de Cristo. Esa esperanza la somete a la una, santa, católica y apostólica Iglesia de Cristo. Una sola fe, un solo Señor. La tendencia, en cuanto tal, sabe que no lo tiene en su bolsillo.

ALBERTO METHOL FERRÉ - PUEBLA / PROCESO Y TENSIONES (4)


I. EN CAMINO.                                                      

2. LA PREPARACION COMO CONTENIDO (3)

La elaboración y publicación del Documento de Trabajo y de los libros Auxiliares tuvo al CELAM en actividad febril, contra reloj, para llegar a tiempo con ellos a Puebla según el programa fijado. La necesaria postergación de la Conferencia, por el fallecimiento del Papa Juan Pablo I, tiene una buena consecuencia en este aspecto, la posibilidad del estudio a fondo de todo el material preparado. Incluso, dados los nuevos plazos, el CELAM deja en manos de las Conferencias Episcopales, según el modo que juzguen conveniente, la difusión de ese material. Así, en esta tercera y última etapa preparatoria, lo que comenzó tan públicamente, bien merece que termine más públicamente, a la misma entrada de la III Conferencia General.
Tal el proceso preparatorio, sus hechos rotundos e irrefutables que están allí, a la vista de cualquiera, cualesquiera sean las intenciones que aliente. Sobra decir que Medellín no pudo contar ni remotamente con un proceso tan vasto y participativo. Nada más lógico; tanto las Conferencias Episcopales nacionales como el CELAM no habían alcanzado la madurez que hoy tienen, aunque siempre se pueda y deba avanzar en este orden de la intercomunicación y participación. El propio impulso de Medellín ayudó a tejer este mayor entramado eclesial latinoamericano. También se pudo aprovechar la nueva experiencia eclesial de los Sínodos mundiales y se puso en marcha, desde esa base, una consulta mucho más amplia, que la índole del propio acontecimiento requería.
Es así como la Iglesia de América Latina ha realizado una preparación que no tiene parangón en la historia de la Iglesia católica ni de las otras Iglesias cristianas; preparación a una Reunión continental de sus autoridades máximas, tan participada y en tan gigantesca escala. Se movieron los cuadros eclesiales, se quiso auscultar las grandes masas populares en sus latidos profundos y se alcanzó una “práctica colegial” de los Episcopados tan vasta como insólita. Esto es un hecho y el hecho queda para siempre. Más allá de gustos o disgustos. Debería ser motivo de alegría eclesial este avance en el espíritu del Concilio Vaticano II y Medellín. Es cosa que no tiene igual a nivel mundial, continental ni nacional. Este es el contenido original de la preparación; su valor ejemplar.
Y aquí una sugestiva acotación. Son muchos los que, aunque proclaman por doquier su interés por la participación y las puertas abiertas, cuando eso acaece en escala insólita se empeñan en no ver tal acontecimiento. Por el contrario, lo ocultan sistemáticamente; desean que pase desapercibido. Los que se supone más deberían verlo, lo borran. Luego veremos las razones más probables de esa mala fe.
Esta cortina de humo sobre el contendido de la preparación de Puebla, lleva a error a gente de la mejor fe. Les hace caer en desconcierto y confusión, cuando los hechos son diáfanos. Por ejemplo, un intelectual católico laico tan notable y cabal como el Dr. Hernán Vergara hace afirmaciones sobre esta dinámica de la Conferencia de Puebla, envuelto en esa humareda, no informado del proceso en su conjunto.
Véase este diálogo entre Teófilo Cabrestero, tan entusiasta como espontáneo e ingenuo productor de humaredas, y Vergara. Dice Cabrestero: “Constata usted que Puebla se prepara como un antagonismo entre el Episcopado y las Bases, entre jerarquía y feligresía. ¿Qué piensa un laico latinoamericano (de los que aún defienden que “nada sin el Obispo”) de que Puebla sea una Conferencia sólo de Obispos?”. Responde Vergara: “Desafortunadamente, así ha sido planteada. Pero pienso que es una gran cosa que esté planteada así, porque se explicita una realidad que no veo otra manera mejor que se explicite: el hecho de que la Iglesia no es el Pueblo de Dios, sino una asociación de clases, una de las cuales es la clase episcopal. Puebla explicita la identidad de los Obispos como clase, antes que con núcleos de comunidades y de diócesis que sumarían el Pueblo de Dios” (Vida Nueva No. 1.142, agosto, 1978). Un diálogo despegado de la realidad y sus posibilidades concretas.
Si Vergara piensa eso de Puebla, con mayor razón debería pensarlo de Medellín y, en suma, de toda la historia de los Concilios, Sínodos y Conferencias eclesiales. Es una singular idea la que se formula acerca de las Reuniones Episcopales y su conexión con la Iglesia como pueblo de Dios. Pero no entro en detalle. Sólo puntualizo que si en un futuro la Iglesia fuera hacia la realización de asambleas generales, continentales o mundiales, representativas de las Iglesias diocesanas, de modo más amplio que por sus Obispos, sería justamente la preparación y estructuración de la Conferencia de Puebla el paso más avanzado que se conozca en perspectiva participativa. Pero no saltemos con deseos y contraposiciones mágicos; la historia exige efectivas preparaciones, condiciones organizativas, recursos, etc. de los que todavía estamos lejos para esa meta, si realmente fuera la mejor, cosa que no creo por muchas razones.
Dejemos ese interludio. Una última significación perceptible en la preparación de Puebla como contenido, es su valor de signo testimonial en nuestros pueblos latinoamericanos, desde el ángulo de la práctica participativa. Cuando esa práctica está extirpada de la vida pública o con las mayores restricciones en su expresión, la Iglesia realiza la consulta más abierta, pública y participada de que tenga noticia su historia y nuestra historia latinoamericana. Se entiende, con todas las modalidades o limitaciones locales que haya habido, pero no en el sentido de la dinámica de conjunto. La Iglesia sigue afianzando así el proceso ya existente de crecimiento interno en participación. Puebla no lo detiene; lo consolida y empuja. Y esto tiene por añadidura, consecuencias políticas positivas para nuestros pueblos. Es una cadena de hechos más “proféticos” que improntas declaraciones. Claro, la historia no es lineal. No podemos presuponer tampoco el camino al crecimiento de la participación eclesial como inevitable y uniformemente acelerado. Eso es simplismo. La historia admite saltos atrás; todo hay que ganarlo con trabajo. Y también que las condiciones objetivas lo permitan. A veces no permiten ni remotamente esa participación interna, en la que ahora pensamos. Es indiscutible, en efecto, que una  consulta tan amplia como la de Puebla, con una discusión tan abierta, no sería posible de realizar en buena parte del mundo actual. Eso lo sabemos todos. A pesar de las coerciones, abusos, vigilancias, espionajes, violencias, la Iglesia aún se mueve con cierta libertad en casi toda América Latina. Esto es un hecho que no podemos ignorar. Libertad que otros no tienen y que hace de gravísima responsabilidad el mejor uso de las libertades eclesiales. Hay quienes piensan que el mejor uso de esas libertades sería perderlas cuanto antes para que todos estén amordazados por igual; pero en fin, en todas partes crecen tonterías. La libertad no se tira, sólo se debe perder cuando no hay más remedio, agotados todos los caminos. Los que la tiran, no saben qué hacer con su libertad. El arraigo eclesial en nuestros pueblos es el poder colectivo informal, que limita la potencia de políticas adversas a la Iglesia. Como dice Vergara, es lo que permite a Obispos “ser voz de los que no tienen voz”. Eso en América Latina, pero no en todas partes, pues no se cumplen las condiciones que existen en nuestros pueblos. Los Estados tienen siempre en cuenta esas cosas; se allanan a soportar voces que les sería muy costoso apagar. Malo sería que pudiendo y debiendo, no se alzara la voz. La pastoral, como la política, es arte sutil y riesgoso de lo posible. Aquí establecemos analogía, no identidad.

ALBERTO METHOL FERRÉ - PUEBLA / PROCESO Y TENSIONES (3)


I. EN CAMINO.                                                      
2. LA PREPARACION COMO CONTENIDO (2)
Pero todos estos movimientos no se cerraron en cada Iglesia local. La movilización episcopal más allá de sus fronteras multiplicó su ritmo y su número. El CELAM encomendó a cada uno de sus Departamentos y Secciones nuevas reuniones regionales con los Obispos de los Departamentos correspondientes en cada Conferencia Episcopal, desde fines de Enero hasta comienzos de Abril. Así se desplazaron y dialogaron más de 200 Obispos, con lo que se proseguía e intensificaba la “latinoamericanización” del proceso hacia Puebla. Pero no fue esto sólo: los Departamentos de Laicos y de Religiosos del CELAM, por ejemplo, no solamente se reunieron con los Obispos del respectivo Departamento nacional, sino con los laicos y religiosos que integraban por varios conceptos las delegaciones. De tal modo, las directivas de la CLAR, a nivel nacional y latinoamericano, estuvieron presentes y activas. Y así sucesivamente. El CELAM se propuso estimular una profunda conciencia latinoamericana de los problemas y puso en juego, sin vacilar, todos los medios a su alcance. No sólo había que impulsar la discusión de textos, sino también promover el encuentro del mayor número de personas involucradas de modo relevante. Los informes y discusiones de viva voz son más ahondados que con una lectura a solas. Allí pasó de todo; aún cuestionamientos templados y destemplados al propio CELAM. El modo del mismo proceso estaba hecho para que ningún cuestionamiento fuera evitado. Esta segunda etapa intenta ser la más amplia, la más estimulante, para recoger al máximo la opinión eclesial.
La tercera etapa busca una decantación. Al igual que en la apertura de todo el proceso, vuelven a efectuarse, durante el mes de Junio, cuatro reuniones regionales con los Presidentes y Secretarios Generales de las Conferencias Episcopales, los Delegados del CELAM, los Directivos del mismo residentes en cada región, los Nuncios y los Ordinarios del lugar en que se efectuó la reunión, uno de los Delegados a Puebla por parte de cada Conferencia y los Obispos latinoamericanos pertenecientes a la Comisión Pontificia para América Latina -CAL- de cada región. Allí se presentó el texto y la síntesis de los aportes de las Conferencias. Se agruparon los aspectos comunes, se profundizó en los temas y en las cuestiones más sentidas por cada región. Se efectuaron recomendaciones, tanto para la elaboración del Documento de Trabajo como para el desarrollo de la Conferencia.
Por otra parte, a principios de Julio, hay una Reunión General de Coordinación en el CELAM -otra vez unos 60 Obispos-, y allí se presenta el trabajo de los Departamentos y Secciones, fruto de sus Reuniones por regiones. Son los “aportes específicos” de los Departamentos y Secciones que, en rigor, reflejan la experiencia de las consultas realizadas.
Al recibir el CELAM los Aportes de las Conferencias Episcopales, los Secretarios Ejecutivos y virtualmente el mismo Equipo de Expertos de la primera etapa, hacen el fichaje temático de todos esos aportes en búsqueda de constantes y variables. Luego colaboran con la Comisión Redactora del Documento de Trabajo, compuesta por el Card. Aloisio Lorscheider, Presidente del CELAM y los mismos cuatro Obispos (uno por región) de la primera etapa, en la redacción del “libro verde”. Finalmente, la Comisión Redactora se reúne con la Directiva del CELAM, hay nuevas modificaciones y se aprueba el Documento de Trabajo, el “libro blanco”, para uso directo de los participantes en la Conferencia de Puebla.
Como es obvio, aunque realizado con espíritu de objetividad y fidelidad a las fuentes, el Documento de Trabajo es una interpretación posible de los aportes. Entonces, asegurando plena objetividad y libertad, se publican en el Libro Auxiliar No. 3 los Aportes de las Conferencias Episcopales, para que los participantes en Puebla tengan a la vista todos los elementos de juicio necesarios. A este libro de los Aportes de las Conferencias Episcopales, le complementan otros que son: uno de estadísticas básicas sobre la realidad latinoamericana, incluso de la Iglesia, Auxiliar No. 1; un libro que reúne las conclusiones y recomendaciones de buena parte de los Encuentros Latinoamericanos auspiciados por los Departamentos y Secciones del CELAM en los últimos 10 años, Auxiliar No. 2. No son, entonces, opiniones de los departamentos, sino de los Encuentros, más amplios, con participación de numerosas instituciones y expertos en muchos campos. Finalmente, también un libro donde los Departamentos y Secciones del CELAM sintetizan su experiencia y perspectivas, según las han acumulado en el último período, Auxiliar No. 4. Con todo esto, se pretende poner un material auxiliar fundamental en manos de la Conferencia de Puebla. Material que desborda de muy lejos toda pretendida clausura episcopal en sí. De hecho, no hay clausura episcopal: no solo todo Obispo se abre en mayor o menor grado a la experiencia y conducción de su Iglesia local, sino que también se les ha proporcionado elementos de juicio provenientes de una inmensa elaboración colectiva, de índole eclesial y de muchos niveles y aspectos.

ALBERTO METHOL FERRÉ - PUEBLA / PROCESO Y TENSIONES (1979)

SEGUNDA ENTREGA

I. EN CAMINO.                                                      

2. LA PREPARACION COMO CONTENIDO (1)

Los procedimientos con que se organiza algo, integran siempre el contenido de ese algo. Los procedimientos nunca son puramente formales, indiferentes al contenido, sino que hacen parte importante de aquel. Todo procedimiento es un contenido. Por eso, la Conferencia de Puebla ha comenzado a realizar sus contenidos, sus significaciones, a partir de las modalidades mismas con que se ha puesto en marcha el proceso de su gestación. La preparación de Puebla ya comienza a determinar el contenido de Puebla. Más aún: la preparación de Puebla ya constituye un contenido de extraordinaria novedad en la historia de la Iglesia católica (y me atrevería a decir de las otras iglesias cristianas). Es una novedad sin precedentes eclesiales.
Recapitulemos brevemente esa preparación, para darnos cuenta de su lógica profunda.
Parece que las primeras sugerencias acerca de la conveniencia de una nueva Conferencia General Episcopal surgieron a mediados del año 76 en una Reunión de la Presidencia del CELAM con una quincena de Obispos de actuación destacada a nivel latinoamericano y en el mismo CELAM, desde su fundación. Fue una reunión informal con Obispos de experiencia y consejo. Se efectuaron luego diversas consultas y se llegó a la Santa Sede. En Diciembre de 1976, el Papa Pablo VI manifestó a la Asamblea Ordinaria del CELAM su voluntad de convocar la III Conferencia, a los 10 años de Medellín, y encomendó al CELAM su preparación. En Febrero de 1977, en la Reunión general de coordinación del CELAM -unos 60 Obispos latinoamericanos-, se realizaron estudios sobre la probable temática, poco después, el Papa la determinaba definitivamente: “La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina”.
Aparte de otros detalles innumerables, el CELAM fue trazando el plan de preparación que debía calcularse hasta la fecha misma de iniciación de la Conferencia, en Octubre de 1978. En el mes de Julio de 1977 se puso en marcha la preparación efectiva. O sea, se contaba con un plazo de 15 meses para la gestación. Debía hacerse un uso óptimo del tiempo, por cierto escaso. Con tiempo dilatado se pierde tensión; con tiempo comprimido se puede ganar en intensidad. Se comenzó con cuatro reuniones episcopales regionales que abarcaron a toda América Latina. Se reunieron más de 60 Obispos y se recogieron las preocupaciones principales existentes en el clima de las diversas Conferencias Episcopales de los países. Un poco una “lluvia de ideas”, de inquietudes y sugerencias. Así se inició la “movilización” para Puebla. Y esto de un modo literal: moviendo a la gente. No se quiso hacer consultas por escrito y por separado a cada país; se prefirieron reuniones conjuntas, para que hubiera desde el principio un diálogo viviente, que impulsara las interacciones más allá del horizonte habitual de cada Obispo. Una Conferencia Episcopal General Latinoamericana no podía ser sólo una suma de experiencias diocesanas ni siquiera nacionales. Debía incluirlas, pero tenía que ser, “existencialmente”, también de visión y vivencia directa latinoamericana. Para eso se debía mover desde el principio a los Obispos de sus sedes, para abrirlos efectivamente a un horizonte latinoamericano. Debía irse produciendo una paulatina pero real “latinoamericanización” episcopal y eso implicaba “desarraigar” provisoriamente, generar una dinámica de encuentros, más allá de sus diócesis y países. Había que comenzar confrontando experiencias, rompiendo todo ensimismamiento.
En el mismo mes de Julio, se realizó en Buenos Aires el II Encuentro Latinoamericano de Movimientos Laicos, propiciado por el CELAM. Estuvieron presentes todos los Movimientos que tienen un Secretariado a escala latinoamericana. Allí cada Movimiento hizo una evaluación del proceso posterior a Medellín y se propusieron algunas primeras inquietudes en vista a Puebla. Se discutió un plan de movilización que realizarían los Movimientos por sí mismos y se redactó una primera aproximación en común a la perspectiva global de la problemática que conviene tratar en Puebla, quedando, claro está, cada Movimiento en libertad de dar el desarrollo y las precisiones que quisiera desde su ángulo, a aquella perspectiva. De tal modo, desde el principio, también los laicos fueron convocados a escala latinoamericana. Lo que siguiera dependería exclusivamente de la capacidad propia de movilización y de la intención que les animara.
En el mes de agosto se realiza la Reunión de Coordinación de los Directivos del CELAM, donde se ordena y sistematiza en lo posible el material recogido en los Encuentros regionales. Se hace una agrupación de ideas en cinco o seis grandes centros de interés resultantes. Esas bases pasan en Octubre a una Comisión de Redacción interdisciplinaria, compuesta en buena parte por Miembros del Equipo de Reflexión Teológico-Pastoral del CELAM. La etapa final de sus trabajos fue presidida por cuatro Obispos que habían participado en las Reuniones regionales. Colaboran también los Secretarios de los diversos Departamentos y Secciones del CELAM. A fines de Noviembre, la Directiva del CELAM se reúne nuevamente, examina, corrige y organiza el trabajo realizado para que sirva como instrumento provisional de consulta y, en tal calidad, es recibido por los Obispos latinoamericanos a fines de diciembre. Se trata del Documento de Consulta, el conocido “libro verde”. La primera etapa de la preparación ya estaba cumplida, en los plazos señalados.
La segunda etapa arranca con el año 78 y llega hasta Junio, cuando los Episcopados envían al CELAM sus aportes sobre Puebla. Hay, así, un período de cinco meses en que el “libro verde” está a la consideración pública de la Iglesia. El Documento de Consulta, se puntualiza en su portada, es un instrumento auxiliar, un material para suscitar la reflexión y está orientado a recoger los aportes de los Episcopados. Las Conferencias Episcopales pueden tomarlo como base de sus respuestas; modificarlo, total o parcialmente; hacerle ajustes, supresiones, etc. La libertad es completa. Sólo se propone un punto de partida común, hijo ya de una primera y provisoria elaboración colectiva, para facilitar el diálogo en toda América Latina. Imposible un diálogo fructífero sin algunas referencias tan concretas como comunes, así fueran éstas para ser rotas.
Pero es asunto todavía más amplio. El propio CELAM sugiere “la consulta que las Conferencias quieran realizar en los distintos sectores eclesiales, Consejos presbiterales, Consejos pastorales, Conferencias de Religiosos, Comunidades Eclesiales de Base, etc., con miras a un mayor enriquecimiento de la contribución que brindarán las Asambleas”. Se envía a la Confederación Latinoamericana de Religiosos –CLAR-, a los Movimientos laicos de escala latinoamericana, a los Dicasterios vaticanos, a los Nuncios, etc. Es un Documento público, para una consulta pública, que se quiere lo más ampliamente participada posible. Puede ser reeditado por quien quiera. Se incluye en el mismo Documento un resumen de cada parte, para facilitar la difusión máxima en las bases, si cualquier Conferencia Episcopal quisiera así hacerlo. El CELAM es un organismo de servicio; sugiere pero no manda. En cada país, la autoridad suprema es la Conferencia Episcopal y el Obispo diocesano. Ellos son los únicos que deciden. A pesar de los costos, miles de libros y folletos de síntesis recorren la extensión de América Latina. En unos países más en otros menos. Eso depende de la circunstancia concreta de cada país y de cada Episcopado, incluso de cada Obispo.
Por supuesto, es muy difícil llegar a la inmensa variedad de los pueblos, pero sí es posible alcanzar los vastos, pero más restringidos, “cuadros” eclesiales, de presbíteros, religiosos y religiosas, laicos, etc. La “militancia” eclesial de América Latina, podemos decir fue, en su conjunto, informada y puesta al tanto, convocada para pensar y proponer. Imposible llegar a más, sólo que fuera en un proceso de años, lo que no es el caso. Todo esto implicó desde el Río Bravo a Tierra del Fuego una movilización sin precedentes de toda la Iglesia latinoamericana. Ninguna otra institución existente podría realizar esto en tan grande escala.

ALBERTO METHOL FERRÉ - PUEBLA / PROCESO Y TENSIONES (1979)



PUEBLA / PROCESO Y TENSIONES (1979)


A la memoria de Charo Reyes de Talavera en fidelidad a su ofrenda por Puebla.
PRIMERA ENTREGA
1
RESPONSABILIDAD PUBLICA.
La Iglesia católica está en vísperas de un evento extraordinario: la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que se celebrará en Puebla, México.
Lo inaudito ya está ocurriendo. La temática y las expectativas de Puebla desbordan los marcos latinoamericanos; atraen la atención de los grandes centros de poder y formación de la opinión mundial.
Nuestra Iglesia latinoamericana nunca había estado en semejante escenario como protagonista. Sólo había desempeñado papeles muy secundarios. Pero ahora, desde ya, noticias y augurios atraviesan los cinco continentes. Se escribe y anuncia en numerosos idiomas; se discute, denuncia, difama; se inventan rumores que recorren el mundo y hasta se elogia. Todo esto es signo de tensiones que preparan un desenlace. Es signo de la multiplicidad y amplitud de intereses históricos concretos que, de algún modo, son tocados por el suceso de Puebla. Hay quienes desean que Puebla ilumine; otros que tenga un entierro miserable. Cada cual, que lleve agua a su molino. Es así. Luchas, maniobras, pasiones, franquezas, arterias rodean como un halo a todo gran acontecimiento. El brillo de la luz se hace siempre venciendo sombras: es la prueba de toda historia. También es la prueba de Puebla y con Esta, de una etapa crucial de la Iglesia latinoamericana en su misión evangelizadora.
¿Cuáles son esas pruebas y retos? ¿Qué significan? ¿Qué está en juego? ¿Cómo se mueven las distintas corrientes que atraviesan y sacuden a la Iglesia? ¿Qué buscan y a dónde van? ¿Cómo evangelizar hoy en nuestros pueblos? ¿Cómo preparar el futuro?
A todo esto los cristianos debemos responder con un esfuerzo de total claridad. Una claridad que cale en hondura; de lo contrario, sería una gigantesca preparación de lo inútil. En marcha tan decisiva, todo escamoteo es un contrasentido. Reunión eclesial tan importante exige dar la cara con honradez, con claridad pública y no sólo privada, ya que es un servicio al proceso que hoy vive el pueblo de Dios. Esto no es fácil, pero sí necesario. Esa claridad pública exige conversión, examen de conciencia muy íntimo, lectura de los signos de los tiempos. Se afecta la vida de mucha gente. Obliga a ser objetivos, leales, verdaderos. Capacidad de ser directo, de decir y preguntar de frente; también capacidad de rectificación, si la verdad lo impone. Se entiende, de rectificación pública. Esto implica poner de lado la tentación mezquina, siempre apremiante, de dar prioridad a la autojustificación, pues ella es principio de destrucción, no sólo personal sino de toda la comunidad, desde el matrimonio hasta la Iglesia.
Todo buen diálogo es un duro y fraterno aprendizaje común de llamar las cosas por su nombre. Nada menos. Y es lo que hoy, de modo intenso, nos pide a todos, el bien de la Iglesia y los pueblos latinoamericanos. Que nuestras oscuridades y aún mentiras no apaguen el poder de la Palabra, poder de salvación, principio de libertad evangélica.
Por lo común, el nombre auténtico de las cosas no está a flor de piel. Quizá en momentos, los santos alcancen un testimonio transparente. Quizá la transparencia de la santidad toque en algún momento a toda vida. Y no mucho más. Es lo que deben saber los que pretenden atestiguar en cualquier proceso y, más aún, si es de la Iglesia de Cristo. Atestiguar, hablar en voz alta, es a veces una obligación; a veces presunción. A veces, las dos cosas mezcladas. Presunción es la “vedette” –todo aquel que busca “imagen”, contratestimonio. Buscar “imagen” es lo contrario a testimonio. Lo primero es servirse, lo segundo, servir. Uno no es juez infalible, pero deben seguirse los dictados de la conciencia.
Con temor y temblor, sin querer ofensa, con la firme convicción moral -que no exime de error- quiero decir lo que veo en este proceso de Puebla. Bajo mi exclusiva responsabilidad, creyendo contribuir a dilucidar algunos aspectos de utilidad al entendimiento, así como poner sobre el tapete algunas cuestiones que es imperativo aclarar en forma franca y abierta discusión pública, colectiva. El pueblo debe saber de qué se trata. Por eso, que la discusión sea como corresponde: en la plaza, a los cuatro vientos. Mi participación y responsabilidades en el CELAM, aunque pequeñas, por supuesto me exigían en todos estos asuntos la mayor sobriedad y recato. Si desde el fragor de este proceso caían algunas piedras en mi rincón, pues paciencia y aguante. Todo tiene su tiempo; creo que ya es pertinente, por mi cuenta y riesgo, entrar en el entrevero. De todos modos ya lo estaba. Lo estamos todos los cristianos latinoamericanos. Si lo que uno quiere decir tiene verdad y peso, queda, ante todo, a la consideración pública de la Iglesia, pueblo del que somos miembros y donde se nos da y va la vida. Responsabilidad pública quiere decir aquí responder con y ante el pueblo de Jesucristo. Máxima responsabilidad ante Cristo, nuestro Señor. Señor de la historia universal de todos los hombres y de todos los pueblos.

ALBERTO METHOL FERRÉ - LOS ESTADOS CONTINENTALES Y EL MERCOSUR


CUADRAGESIMOPRIMERA ENTREGA


CAPÍTULO 6

Mercosur, significado y posibilidades (4)


b) El MERCOSUR en el nuevo escenario mundial


Aquí nos referimos a la posible inserción del Mercosur en el escenario mundial. Es la parte final y más breve, por tratarse más bien de futuribles. Con el futuro hay que ser siempre sobrios y escuetos, por más que sin aventurarnos en él, sin proyecto, nada es realizable. Pero, cuanto mayor la escala, mayor la sobriedad.

En su magnífica obra La Diplomacia, de 1994, como ya lo recordamos, Henry Kissinger preveía un Concierto posible de grandes potencias organizadoras de la globalización, o sea del “nuevo orden mundial” todavía pendiente y sólo en ciernes para el siglo xxi. En esas potencias, como ya vimos, considera al más poderoso Estado Continental actual, los Estados Unidos, junto con otros cuatro Estados Continentales modernos (Unión Europea, China, Rusia, India) y el más eficaz Estado Nación Industrial, el Japón. Esta perspectiva de Kissinger reafirmaría la visión de Ratzel de la era de los Estados Continentales. En realidad, sospecho que el mismo Kissinger, de origen austríaco y de formación centroeuropea, conozca bien a Ratzel, pero tampoco lo menciona. Parece fatal, dada la maldición, justa e injusta, que pesa sobre la geopolítica alemana. Pero no nos ocuparemos de esto.

Ese Concierto de potencias para el siglo xxi coincide parcialmente con el Grupo de los Siete actual, que tiene un cierto aire anacrónico, dada la presencia mayoritaria de viejos Estados-Nación Industriales (Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, Japón). Al que se agrega un nuevo Estado-Nación Industrial: Canadá. Este, aunque tenga una extensión continental, tiene un poder de Estado-Nación Industrial, no más. No pasa ese umbral. En cuanto a los estados europeos del G-7, si no alcanzan con la Unión Europea —es decir, la confederación continental— una política exterior coherente, no serán verdaderamente un Estado Continental, a pesar de su extraordinaria potencia económica. Fuera del G-7 están China, Rusia e India, que por distintas razones alcanzarán (o volverán a ser, en el caso ruso), en una década o poco más, el umbral de Estados Continentales modernos.

Esta situación nos muestra que todavía no están dadas las condiciones de un Concierto mínimo de potencias mundiales en el sentido de Kissinger. Existe una multipolaridad civilizatoria que no ha accedido a configurar sus respectivos Estados Nucleares. Aquí vale siempre el criterio —antes evocado— de List sobre el requisito de un orden internacional: “El fin último de la política racional es la unión de las naciones bajo la ley, fin que únicamente puede alcanzarse mediante la mayor igualdad posible en cultura, bienestar, industria y poderío de las naciones más importantes del mundo”.[14] Se entiende, de igualdades relativas de los mayores poderes regionales civilizatorios.

Zbigniew Brzezinski [15] considera con razón a Estados Unidos la primera potencia global, en lo que consideramos el umbral de la tercera era de la globalización. Pero hace enfrentar a Estados Unidos con un gran dilema, que Kissinger resume así: Estados Unidos no puede retirarse del mundo ni tampoco dominarlo. Es el mayor poder mundial, imbricado de tal forma que ya no puede retroceder a ningún aislacionismo. Pero no tiene tanto poder mundial como para imponer o gestar por sí solo el nuevo orden mundial. Tiene hegemonía, pero no capacidad de gestar un Estado Nuclear Mundial, lejos de ello. ¿Y entonces? Para Kissinger Estados Unidos no tiene otra salida que preparar, ayudar a surgir, un Concierto mundial de potencias, pues este no está dado.

¿Cuándo se ha visto a una superpotencia preparar sus límites, promoviendo y no reprimiendo el surgimiento de un concierto de potencias? Pero si no lo hace, su hegemonía, al no poder por sí solo inventar el nuevo orden mundial, puede sí generar un largo interregno sin orden internacional, con desordenes crecientes. Tal el dilema que abre el siglo xxi.

El Mercosur es uno de los más humildes aspirantes, por su lógica íntima, a integrar el concierto del siglo xxi de un mundo plural. Ya explicamos por qué era el mayor acontecimiento latinoamericano de la oleada integracionista de los noventa. Esto se da conjuntamente con varios acontecimientos nuevos y convergentes.

En la visita del Presidente Clinton a Brasil y Argentina en octubre de 1997, haciendo un reconocimiento expreso al Mercosur, Kissinger, que entonces estaba en Río de Janeiro comentó: “Es una nueva experiencia para Estados Unidos negociar en el hemisferio con un bloque de países al que no pertenece, pues cuando alguien está acostumbrado a ser dominante debe realizar ajustes si otro país o países comienzan a tener un rol importante”. Y aconsejó: “Tienen que cuidar de no parecer que nos están excluyendo de una parte del mundo”. [16]

Y esto es cierto. Si la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría culminó con el desalojo de Europa Occidental de América Latina por parte de Estados Unidos, la década del noventa asiste también al regreso de Europa Occidental bajo dos formas: las Conferencias Iberoamericanas (con España y Portugal) y la propuesta de la Unión Europea de una zona de libre comercio entre su bloque y el bloque del Mercosur, que se realizará en 1999 en Río de Janeiro. Por otra parte, a partir de las mediaciones en los finales de la guerra fría en Centroamérica, en 1990 también se configuró el Grupo de Río con catorce países latinoamericanos, retomándose en forma más amplia, los intentos de los congresos hispanoamericanos del siglo xix, y de modo regular. Nunca había funcionado así América Latina en su conjunto. Todo esto muestra al Mercosur dentro de una constelación de acontecimientos nuevos en América Latina.

De tal modo, el Mercosur se asoma necesariamente al escenario mundial. Se vuelve así indispensable pensarnos congruentemente no solo en relación con América Latina sino también con el mundo. El esfuerzo más solvente en este sentido lo ha realizado el brasileño Helio Jaguaribe con su hondura característica. [17] Se plantea dos escenarios mundiales posibles: o la única potencia global, Estados Unidos, camina hacia un Imperio Mundial, o se genera lo que llama un “Directorio” mundial plural. Asunto de nombres, preferimos el de “Concierto”. Y piensa que el Mercosur debe contribuir al surgimiento del concierto plural.

Estamos concordes con Kissinger y Jaguaribe que la mejor y difícil alternativa es el Concierto. Al menos a corto plazo. Pero, a nuestro criterio, no con la antinomia del Imperio, sino con la del interregno, tiempos revueltos mundiales, por falta de capacidad de ningún Estado Continental nuclear de generar por sí solo el nuevo orden mundial. Ni siquiera los Estados Unidos. Y esto lo muestra la profunda crisis en la que ha entrado el proceso de globalización, a solo seis años de la disolución de la urss. En 1997, la crisis asiática. En 1998, la crisis de Japón y Rusia. En 1999, su apertura con la crisis del Brasil y por ende del Mercosur. ¿El nuevo orden es la desregulación financiera y la crisis permanente de la periferia de Estados Unidos?

Pero esta crisis no va a vulnerar al Mercosur. En él América Latina ha encontrado su “núcleo básico de aglutinación” y ya ha probado el fruto prohibido de una política real latinoamericana. No hay más regreso posible a la retórica y al “bulto”. Sólo queremos terminar reafirmando la perspectiva que enunciábamos en 1995: “El Mercosur es el gran desencadenante de la nueva Integración, que preside nuestra entrada en el siglo xxi. Eso no quiere decir que sea una entrada necesariamente serena, pues puede serlo muy turbulenta. Sería lo más normal. El Mercosur inaugura propiamente la nueva historia latinoamericana”.

Notas

[15] Zbigniew Brzezinski, The Grand Chessboard (1997). Nosotros disponemos de la traducción italiana: La grande Scacchiera. Il mondo e la politica nell'era della supremazia americana, Milán, Longanesi, 1998. Brzezinski solo atiende a la relación de Estados Unidos con los Estados euro-asiáticos de la Isla Mundial. El resto le es insignificante.
[16] En Sucesos de la Integración, 240, Montevideo, 1997.
[17] Helio Jaguaribe, “El Mercosur y las alternativas de ordenamiento mundial”. Capítulos del SELA, 53, enero-junio de 1998.
[18] Cuadernos de Marcha, 110, 1995, p. 24.

viernes

ALBERTO METHOL FERRÉ - LOS ESTADOS CONTINENTALES Y EL MERCOSUR

CUADRAGÉSIMA ENTREGA
CAPÍTULO 6

Mercosur, significado y posibilidades (3)


a) Mercosur, vía de América Latina  (4)

El mejor resultado del integracionismo de los años sesenta resultó su iniciativa final del Pacto Andino, en el acuerdo de Cartagena de 1969. Esto era importante pero difícil, y no tenía todavía energías para ser nuclear en América del Sur. Y hubo también intentos regionales en la Cuenca del Plata como tal, pero no acuerdos que tomaran la lógica de países enteros, como la de un proceso de Mercado Común. Eran sólo tanteos para algo más hondo.

La industrialización de América Latina exigía de más en más mercados internos de escala, exigía la regionalización. Prebisch y Felipe Herrera fueron los principales protagonistas de aquel tiempo. En el fondo, a través de la problemática del desarrollo de América Latina, Felipe Herrera se reencontraba con las perspectivas de Ratzel y su era de los Estados Continentales. Tampoco lo mencionó nunca.

Y desembocamos en la oleada integracionista de los años noventa. Aquí, a diferencia de los años sesenta, se dividen las aguas. México forma con Estados Unidos y Canadá una zona libre de comercio. Y en América del Sur se constituye el Mercosur, que incide en que se redinamice la Comunidad Andina. Los objetivos últimos del Mercosur y de la Comunidad Andina son Mercado Común. Los objetivos últimos del nafta son zona de libre comercio. El nafta deja a América del Sur sola, con su Mercosur y su Comunidad Andina. Ya no hay más bulto de América Latina.

Pero surge un nuevo proyecto impulsado por Estados Unidos para todo el Hemisferio: el alca. En su esencia, el alca es la proyección del nafta y su reformulación, a escala también de América del Sur. ¿Es esto compatible con el propósito de generar Mercado Común en América del Sur? ¿O destruye todo proyecto de mercado común suramericano, dejándolo reducido para siempre a zona de libre comercio hemisférica? A nuestro criterio, a esta pregunta,  obligatoria y fundamental, todavía no se la ha respondido cabalmente. ¿Intento de regreso al “bulto”?

Detengámonos en la lógica del Mercosur. ¿Cuál es el marco suramericano en que se despliega? Brasil es el mayor poder suramericano, está en el centro de América del Sur, y en el fondo es el mayor ámbito posible de articulación interna entre el norte y el sur de América del Sur. Si tomamos el centro brasileño, para el norte está la Amazonia y dos países hispanoamericanos importantes: Venezuela y Colombia. Estos son el gozne hacia la zona caribeña, mexicana y centroamericana. Hacia el oriente de Brasil, está el Perú, también en la frontera amazónica. El Perú es la conexión entre el norte y el sur hispanoamericanos, entre la Comunidad Andina y el Cono Sur hispanoamericano. Es decir, encuentro del camino de Bolívar desde el norte y de San Martín desde el sur. Lo que hoy significa el enlace entre la Comunidad Andina y la parte hispanoamericana del Mercosur y asociados (Bolivia, Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay). Y hacia el sur de Brasil están Argentina-Chile y la gran línea fronteriza de la Cuenca del Plata, Bolivia, Paraguay y Uruguay.

Para un brasileño comprender sus fronteras es pensar el conjunto de América del Sur. Por eso el ángulo de la geopolítica brasileña es el más accesible para pensar América del Sur. Esto es más difícil para cada país hispanoamericano de América del Sur, pues ninguno limita con el conjunto como Brasil (este no es vecino solo de Chile y Ecuador). La tendencia natural de los hispanoamericanos del sur es más fragmentaria, por sus vecindades limitadas. El Perú es su lugar central, y no es azar que haya sido el centro generador virreinal, el lugar en que se consuma la Independencia hispanoamericana del sur, y en el siglo xx el lugar de la perspectiva totalizadora de Víctor Raúl Haya de la Torre. Pero si el Perú es la articulación central hispanoamericana de América del Sur, no es todavía un poder nuclear. Es central, pero no nuclear.

Entonces ¿cuál es la alianza hispanoamericana con Brasil que realmente importe y sea nuclear? Dijimos que al norte y oeste de Brasil está la Amazonia. O sea un gran espacio, como un desierto verde que divide a América del Sur en dos. Ese espacio vacío está convirtiéndose en frontera real solo en estos últimos años. Son más líneas divisorias sobre la naturaleza, que fronteras vivientes humanas. El Pacto Amazónico de 1967 se propuso justamente acelerar la colaboración entre todos los países amazónicos para las obras de infraestructura que generen una frontera histórica real entre ellos. Entonces, la única frontera histórica de Brasil con Hispanoamérica es la Cuenca del Plata. Ese es sitio de encuentro y conflicto de medio milenio entre lo luso-mestizo y lo hispano-mestizo. Solo allí ha existido una vecindad íntima entre los dos rostros de América Latina. Y allí está el mayor poder hispanoamericano de América del Sur, la Argentina. Así, la única frontera verdaderamente bifronte, en rigor la primera gran frontera latinoamericana, es la de Brasil y Argentina. Y esa frontera latinoamericana abarca necesariamente a Uruguay, Paraguay y Bolivia. Huntington comprende que Brasil solo, por ser una de las dos caras de América Latina, no puede ser su Estado Nuclear. Lo nuclear solo puede ser bifronte. Para eso necesita la alianza con Argentina, y viceversa. La alianza argentino-brasileña es el “núcleo básico de aglutinación” latinoamericana en América del Sur. El Mercosur y sus asociados son así la base latinoamericana en América del Sur.

Es la Argentina la que hace verosímil, confiable y fraterna la alianza con Brasil. Este, asociándose con cualquier otro país hispanoamericano del sur, hubiera establecido forzosamente una dependencia. En cambio, Brasil con la Argentina abre realmente un camino fraternal con todos. Argentina es ya potencialmente representativa de los nueve países hispanoamericanos de América del Sur. Por eso el Mercosur inicia una revolución mayor que la de la independencia del siglo pasado. Brasil necesita que la vecindad lo haga poderoso, porque la vecindad también se vuelve poderosa en alianza con Brasil. Brasil necesita de nuestra fortaleza para fortalecerse y a su vez, solo se puede fortalecer si nos fortalece. Se unifica con nosotros, facilitando también la unión de los hispanoamericanos del sur. Este es el círculo virtuoso que genera la lógica interna del Mercosur.

Es en América del Sur, con Brasil y los nueve países hispanoamericanos -en su conjunto equivalentes a Brasil en extensión, recursos y población- donde todo está en juego para nuestro círculo histórico-cultural. Somos los únicos vecinos de Brasil, y este solo puede aliarse de modo realista con nosotros. Con todos nosotros, o por lo menos con los del Cono Sur. Podrá ser Mercosur o Amercosur (es decir, el ensamble con la Comunidad Andina). Brasil puede hacer solo el juego de la fraternidad, porque el juego de las hegemonías es de los otros. Solo le cabe una política de fraternidad, que es una política de reencuentro. Si la Alianza Peninsular estuvo en el origen de América Latina, ahora el Mercosur tiene en su horizonte al Estado nuclear o central de América del Sur. Todo mercado común es ya de hecho una confederación continental, augurio de liga federal. No hay otra perspectiva para pensar políticamente la lógica que abre el Mercosur.
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