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jueves

DESPUÉS DE LA DEMOCRACIA BIOLÓGICA - SANDINO NÚÑEZ


1. La lógica del capitalismo tardío es la del juego. Es totalmente imaginaria: para un individuo definido en la lógica del juego no hay afuera. Antes de ser una dialéctica, antes de ser Amo el amo y Esclavo el esclavo, solamente son dos cuerpos o dos organismos enfrentados sobre una arena que los iguala al tiempo que los enfrenta. Son dos individuos enfrentados a muerte: los dos son parte de un juego que no tiene salida ni detención ni pausa, y cuyo final es la muerte de alguno de los organismos o de ambos. Pero ese juego, se supone, se supera en el momento en el que uno de los agonistas (aquel que está en condiciones físicas desventajosas y lleva las de perder), toma la decisión de suspender el enfrentamiento. El esclavo, por su lugar inconveniente e incómodo en esa ecuación, podrá levantarse por encima de la rivalidad para pensarla como antagonismo: el amo es amo porque está dañado o mediado por el reconocimiento del esclavo (pero el amo no puede reconocer el reconocimiento del esclavo, y por eso no es capaz de política, o, por así decirlo, de teoría) y el esclavo es esclavo por estar dañado por el reconocimiento del amo. El reconocimiento mutuo es tan alienante como constitutivo. Y eso es, siempre, una relación social o política. Esta superación dialéctica del enfrentamiento podría no ocurrir, el juego podría estirarse indefinidamente. Pero hay una tercera posibilidad, que es la más terrible en tanto parece haber aparecido para acelerar la neutralidad misma del juego imaginario y para imprimirle un relieve no pervertido sino divertido.

2. En alguno de los episodios, Tom y Jerry se están disputando un objeto inverso: una bomba, una bola negra con una mecha encendida que se acorta rápidamente. El gato se la lanza al ratón. El ratón logra atraparla y devolverla luego de una complicada y graciosísima coreografía de la voluntad y el esfuerzo. Este esquema se repite dos o tres veces, mientras la mecha está cada vez más corta y el ratón cada vez más extenuado. No parece haber escapatoria. De pronto, al recibirla, el ratón no devuelve la bomba esta vez: la abraza, como si no quisiera que se la arrebataran. El gato, indignado, se la quita. Y en ese momento la bomba estalla en sus brazos. El gato, que iría a ocupar el lugar del Amo, era un idiota que ni siquiera estaba concentrado en el objeto sino arrasado por la rivalidad misma. Y el ratón entiende que su simpática astucia, esa capacidad de situarse un poco por fuera de la circunstancia concreta del juego, viene a asistirlo como un nuevo dispositivo técnico para igualar o incluso derrotar a su adversario. Entonces, se entenderá, acaba de ocurrir una catástrofe. Este metanivel en el que se ha puesto a jugar el pequeño es lo contrario de la conciencia. Está en las antípodas de la negatividad de salir del juego para pensar y suspender el juego, para entender al juego en una dimensión política. No es sino un exponenciación técnica del juego en un andarivel que podemos llamar, sin exageración alguna, tecnología. Ahora sí: lo peor ha ocurrido. En esa dimensión tecnológica el esclavo está a una distancia doble de la conciencia que le permitiría pensar la rivalidad como antagonismo político: o, lo que es lo mismo, está incrustado en el juego en una profundidad doble. El juego se ha conectado a sí mismo. Se ha naturalizado, sin resto ni falla. Ahora es el juego el que juega solo, como si hubiera estado ahí, agazapado, esperando el momento. Ahora solamente hay juego. El juego había sido, desde el comienzo, el verdadero Amo. El asunto ha tendido a resolverse no en el proceso abierto de la emancipación del esclavo, sino en el momento de clausura en el que esclavo aprende a jugar bien y además se divierte jugando (extrae montos de placer del juego). Y así nos ha dominado el capital desde siempre, aunque en forma particularmente explícita y completa en los últimos treinta o cuarenta años. Convierte al esclavo en un operador de capital, con la instrucción axiomática de ser más astuto que su oponente, para ocultar y reprimir que el verdadero antagonista no es el oponente sino el juego mismo.

3. Con esta perspectiva quiero reinterpretar la máxima de Lyotard acerca de la condición posmoderna como el derrumbe de los grandes relatos: se puede decir que la “lógica del capitalismo tardío” ha consistido en una caída del relato, del sentido y del tiempo histórico solamente en la medida en que hubo un ascenso tecnológico generalizado y abstracto del juego y del jugar. El juego no es un relato y no tiene un sentido: el juego odia a la historia, al mito y al origen. Todo se globaliza al golpe de un “saber jugar” que sustituye con eficacia pragmática al “sé que juego”. El principio realista-fantástico (hiperrealista) del juego suplanta al viejo principio (simbólico) de realidad. E históricamente la distancia no es tanto aquella que lleva de capitalismo industrial a capitalismo posindustrial (materialismo empirista que no nos lleva a ningún lugar profundo), sino aquella otra que conduce de la relación política salarial a la relación estrictamente técnica post-salarial, libre de responsabilidad política y de resistencia histórico-subjetiva. El asunto es que este aparato posmoderno autorregulado de relaciones técnicas de producción sin relaciones políticas ya estaba embrionariamente —como muchos han señalado antes— en el despliegue mismo de la razón moderna. Y eso incluye la presencia siempre culposa de la diversión: relevo de las viejas formas de la ideología a través de la ironía y el cinismo en los que tantos han visto la característica fundamental de “los nuevos tiempos”. Estos “nuevos tiempos” han sido tiempos posconciliares. Reunificación y cura, a través de la tecnología, los códigos y los algoritmos, de una sociedad quebrada por la política y la historia. Reunificación y cura, a través del carnaval de los media y la masa, de una cultura quebrada por la seriedad dramática de las clases, la ideología y el sujeto.

4. Una vez instalado el juego capital, esto es, la clausura tecnológica del capital en sí mismo, la pérdida y el daño es incalculable. Ya no hay social ni historia ni defensas políticas o simbólicas. Solamente naturaleza y máquina, cuerpo y organismo y aparatos inmunológicos. Ya no hay relatos, ni sentido ni análisis. Solamente cálculos predictivos y mundos posibles. Sabido es que los mundos posibles son chatos y bidimensionales: no son otra cosa que meras variantes de la ontología del mundo real. En la pragmática del juego no hay posibilidad alguna de algo nuevo. Todos jugamos con nuestras herramientas y nuestras capacidades: algunos empujados a ser proactivos y emprendedores, otros pasivos y consumidores, y todos pragmáticos, adaptativos y resilientes. Todo lo que se sustraiga de esta monotonía técnica será acusado, perseguido, filmado y escrachado como un intruso demasiado humano en el sistema biológico de la democracia: personas e individuos, pero también instituciones, gobiernos, Estados, partidos políticos, todos bajo la sospecha continua de corrupción, de ineficiencia, de ineptitud gerencial, de la soberbia de poner a la política por encima de las leyes naturales del juego económico, en fin. (¿Será necesario aclarar que solamente un tonto o un cretino entenderá que estoy planteando un plebiscito entre la ineptitud o la corrupción por un lado, y el control y el testing tecnológico obsesivo de la salud del organismo por el otro?) El tema clásico del poder fue suplantado por el empoderamiento. La paciente negatividad de la teoría fue suplantada por una lucha histérica por el mero reconocimiento del Amo. El deseo de entender fue suplantado por el placer empático de sentir y expresarse. Entones, en rigor, haber planteado el problema histórico y social exclusivamente en términos de poder y lucha fue uno de los síntomas tempranos de la recaída en lo imaginario más radical: la identidad entre vida y economía.

5. La globalización solamente puede ser un mercado. Su lógica no es persuasiva ni argumentativa: es un empuje. Es un funcionamiento sin fricciones, sin leyes, sin política y sin poder. Pura descentralización y equilibrio en un sistema vascular ilimitado de circulación y flujo. Hace tiempo que hay un organismo global que ya no es capaz de otra cosa que de dejarse llevar como un sonámbulo o un hipnotizado por el automatismo de la evolución tecnológica. Un autómata absurdo, un no muerto, una máquina de funcionar o de seguir-viviendo. Una perfecta máquina de gozar. Nada más que funcionamiento inerte y pasivo, nada más que repetición y perfeccionamiento de sus propias condiciones de posibilidad. Por eso Covid-19 parece capaz de devastar al occidente tecnoglobalizado. El virus no tiene velocidad ni fuerza pero toma las del propio organismo infectado. Es que este organismo, debido a su neutralidad, a su laxitud, a su distensión y a su hipotonía simbólica, vive en la exacerbación alérgica inminente de su sistema inmunológico (se usa como alerta o como profecía para el chantaje o la amenaza, o para vender cámaras de vigilancia o armas o servicios médicos o de seguridad o desinfectantes, o programas de televisión o noticieros, o lo que sea). Por eso es incapaz de evitar o controlar erizamientos instantáneos de enorme agresividad o de imprevisible destructividad, o reacciones explosivas en cadena cuando su vida y su circulación metabólica se siente amenazada, cuando hay un intruso en el barrio, en la casa o en el cuerpo. Nunca reacciona con una fuerza igual y contraria a la de la amenaza real. Su fuerza, sobrerreactiva y paranoica, es proporcional a los enormes montos de energía neutra acumulada y almacenada en la forma de una tranquilidad siempre tensa y ansiosa.

6. Hay amplificación hiperrealista de la semiología de la enfermedad en cada pantalla de televisión, en cada sitio web, en cada mapita en tiempo real que simula o muestra (lo mismo da) la progresión de la caries, en cada cuerpo recluido en interfaz con la ansiedad del todo, en cada periodista con cara de bragueta afligida o de enfermera buena que nos orienta y aconseja, en cada enojo exacerbado porque se ve a alguien sentado en el murallón de la rambla, en cada recuento de los síntomas laterales como la caída de la venta de automóviles (parece que nadie piensa que la hiperproducción de autos solamente puede ser una tara), el colapso de la industria turística, la caída de la ocupación, la caída de las bolsas. Entonces hay que entender que lo que se le va de las manos al sistema no es el virus, es su propia locura inmunológica, su respuesta imaginaria circense y desproporcionada, su impotencia política radical disfrazada de superpotencia tecnológica. Habrá que entender, quizás, que Occidente está cansado, que ya superó el umbral de tolerancia a eso que lo ha hecho vivir al precio de esclavizarlo (esa formación social, como dice Marx, “donde el proceso de producción domina al hombre, en vez de dominar el hombre al proceso de producción”), que ya no puede vivir en esa tensión, en esa culpa y en esa angustia de cuenta regresiva, en esa fuga maníaca y desesperada hacia adelante como quien no llega a fin de mes y se endeuda. Y entonces ocurre el momento paroxístico como en las películas slasher o en el cine catástrofe. Por fin llegó ese momento en el que vemos morir a los teenagers estúpidos en manos de un monstruo con armas blancas. Por fin terminó la cuenta regresiva y podemos presenciar la destrucción a gran escala de todas las banderas del poder capitalista: sus autopistas, sus más hermosas obras de arte, sus ciudades turísticas, los edificios más altos, los aeropuertos más seguros. El placer de ver caer eso que, en el fondo, todos odiamos minuciosamente.

CODA. Hoy ya hay cierto consenso en comprender que entre globalizadores y proteccionistas, entre tecno y paleocapitalistas, se ha abierto una creciente posibilidad china. Tecnoglobalización capitalista radical de control y testeo apoyada en una estructura medieval de disciplina y obediencia y con un esquema político no democrático electoral-liberal sino autoritario y de decisiones centralizadas.

domingo

SANDINO NÚÑEZ - EL DESENCUENTRO / LA DIALÉCTICA, EL VIRUS RESIDENTE DEL CAPITALISMO Y EL FANTASMA DE LENIN (9)


7

Entonces, por último, en este punto quizás podemos pensar algo similar a lo que se planteaba Lacan en el Seminario XI. Lacan se propone ir de la pregunta ¿es el psicoanálisis una ciencia? A esta otra, mucho más pretenciosa y decisiva: ¿qué es una ciencia que incluya al psicoanálisis? En otras palabras, de ¿hay una ciencia del sujeto, una ciencia del deseo, una ciencia de la revolución o del socialismo?, a ¿qué debería ser una ciencia para que incluya al sujeto, al deseo, a la revolución, al socialismo? O, quizás mejor: la pregunta acerca de si una teoría del sujeto o de la emancipación podrían ser ciencia, se desplaza a qué debería tener o qué debería perder la ciencia para ser teoría. La sospecha entonces es que la dialéctica parece hablar de una crítica radical a la cientificidad, y no de una especie de bricolaje reformista en la distinción entre ciencia verdadera y ciencia positiva o empírica. Si ciencia instala el campo epistemológico y se instala ella mismo en ese campo, insistiendo en la exterioridad de la relación entre verdad y no-verdad (el error, la ideología, los mitos, etc.), siempre será, en la diferencia misma, ciencia positiva, y entonces teoría debe apuntar, mucho más profundamente, a la ontología: su objeto es el duro y escurridizo corazón ontológico del objeto, la realidad y la verdad. Ese corazón es las prácticas: prácticas sociales, prácticas históricas, prácticas significantes. Una teoría debe ser capaz de arrancar esas prácticas de la neutralidad, o del campo gravitacional de la positividad en el que se tiende a armar “espontáneamente” el motor pulsional neutro-positivo, y traerlas no a la negatividad del pensamiento o del sujeto, sino a la negatividad paradójica de la diferencia misma entre el pensamiento y el ser, en la que uno es el presupuesto de otro, en la que uno está siempre ya dañado por el otro.

Entonces el punto, una vez más, parece ser la propia dialéctica, cierto empecinamiento de la dialéctica en no dejarse entender sino como algo que perturba o molesta el advenimiento tranquilo, rotundo y glorioso de la sustancia ideal (o de la idea sustancial), siempre lista para organizar todo el campo del conocimiento o de la episteme. El asunto, por así decirlo, parece estar en la en la profunda e irreductible materialidad de la propia dialéctica, alojada como un hueso en el corazón mismo de las prácticas sociales e históricas, las prácticas significantes que han hecho aparecer la objetividad, la objetividad y la realidad. Así, quizás, debemos asumir una pirueta dialéctica y, en una obvia transgresión de la cronología que debemos cometer en nombre de la fidelidad al tiempo teórico, leer a Hegel como discípulo de Marx. Situar a Hegel como la continuidad del proyecto anticapitalista de Marx. Y no solamente eso, sino también volver luego a Marx para rescatar, après coup, los antecedentes que prefiguran a Hegel. Pues aunque cierta tradición marxista parezca estar situada en un lugar menos radical que el ocupado por la negatividad hegeliana ¿no es acaso el propio Marx quien, al razonar teóricamente la explotación en lugar de dejarse llevar por la simple solidaridad o empatía con el oprimido o el desposeído, sitúa la potencia revolucionaria del sujeto precisamente en su capacidad de razonar, pensar y negar? Sabemos que el poder o la opresión son positivos y la explotación es negativa. Sabemos que el poder o la opresión se experimentan, se viven o se sufren, mientras que la explotación se piensa, se razona y se teoriza, y por eso tiene potencia subjetivante.

Haber planteado la revolución exclusivamente en términos de economía política y haber planteado la emancipación, o la política, en términos de poder o de lucha contra el poder, es un síntoma del punto ciego del materialismo idealista revolucionario. Y la pregunta es: ¿habrá una revolución con esos “ángeles de la negatividad” surgidos de milagros teóricos, de cortes y retiros cartesianos puros del pensamiento, de exquisiteces dialécticas y de metafísica especulativa, que han logrado atravesar la fantasía neutra de la realidad capitalista hasta quedar completamente solos ante lo real de un dios inconsciente y arbitrario, completamente solos, sin gran Otro?, o, en otras palabras ¿la verdadera emancipación es una emancipación de filósofos, y no de masas, ni de caudillos o estrategas militares? No lo sé, no parece, parece que no. Solamente una cosa es segura: sin esos ángeles no habrá revolución, o la que haya no llegará, por así decirlo, lejos; tarde o temprano enfermará de esa neutralidad moderna que pensamiento y prácticas arrastran desde que el capital es el capital, es decir, desde siempre.

(CRISE E CRITICA / revista latinoamericana de filosofía e política / volumen 1, número 1, 2017)

SANDINO NÚÑEZ - EL DESENCUENTRO / LA DIALÉCTICA, EL VIRUS RESIDENTE DEL CAPITALISMO Y EL FANTASMA DE LENIN (8)


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Entonces, una vez más: ¿cómo (y, sobre todo, por qué) resistir la tentación de ver en aquel retiro de Lenin de 1914 una objeción y una advertencia, un “aviso de incendio”, una sospecha de que el corte emancipatorio debía situarse en una “profundidad interna” casi inaccesible, en la operación teórica de resituar completamente a la dialéctica extrayendo de ella el verdadero Amo, el virus residente del capitalismo: la objetividad neutra de la lógica económica del capital, la lógica enactiva, las prácticas cotidianas de la vida y el cuerpo capitalistas, la abstracción tecnológica-productiva, en fin? Quizás ahí esté la clave de la famosa “lectura materialista de Hegel”. No en la inversión de Hegel en una forma simétrica y oponible, sino en no perder de vista que el materialismo representa, para el caso, el algo más, la negatividad subjetiva del acto mismo de “invertir”. Y que por tanto materialismo no puede indicar el asunto epistemológico simple del predominio de la materia sobre la idea, sino, más profundamente, el de la “materialidad” (la irreductibilidad) del daño mismo entre materia e idea. Debemos postular el carácter significante, social e histórico de la realidad, pero también debemos entender la objetalidad-objetividad misma de las prácticas significantes. Es decir, postulamos que lo objetivo es, siempre ya, un saber, pero también entendemos que ese saber es objetivo. Pero este, precisamente, es lo que Hegel sabía. Así, entonces, se puede jugar bonitamente con las palabras: Lenin emprende una lectura materialista de Hegel y no tarda en entender que esa lectura también será, por fuerza, una lectura hegeliana del materialismo. Así lo dice Stathis Kouvelakis:

El resultado al que llega Lenin, anticipando un poco las cosas, es que la genuina “inversión materialista” de Hegel no se encuentra, como el último Engels pensaba y Plejanov y los demás guardianes de la Segunda Internacional repetían hasta la saciedad, es afirmar la primacía del ser sobre el pensamiento, sino en entender la actividad subjetiva expuesta en la “lógica del concepto” como el “reflejo” idealista y por ello invertido de la práctica revolucionaria, que transforma la realidad revelando así el resultado de la intervención del sujeto. Y en esto es en lo que Hegel estaba infinitamente más cerca del materialismo que los “materialistas” ortodoxos (o las primeras versiones premarxistas del materialismo) ya que estaba más cerca del nuevo materialismo, el de Marx, que afirmaba la primacía no de la “materia” sino de la actividad de la transformación material como práctica revolucionaria. Se mantenía la promesa de una “lectura materialista de Hegel”, pero de una manera muy alejada de la que su autor concebía inicialmente.

Es necesario entonces entender la fórmula también al revés: una lectura hegeliana del materialismo será necesariamente una lectura materialista de Hegel. Lo que le mostraría a Lenin la lectura materialista de Hegel es la insuficiencia, digamos, del materialismo de Engels, Kautsky y Plejanov, y de todo el “materialismo científico” en suma: la historia oficial del socialismo real. Irónicamente, la cientificidad es aquella que ha cubierto perfectamente el campo de una profunda neutralidad capitalista reprimida (o forcluida) que retorna como una incuestionable positividad real en forma de objetos y leyes objetivas (el funcionamiento de la gran máquina productiva, sin relaciones y sin modos de ser). O, como reprocha Benjamin al marxismo: “algo similar (a lo que ocurre con Nietzsche) ocurre con Marx; el capitalismo se convertirá, con intereses simples y compuestos, cuya función es la deuda (schuld), en socialismo”. Sin corte, sin milagro, sin trascendencia, sin redención, sin teología, sin sujeto, mero incremento científico-técnico de lo humano, sin haber tocado el motor capitalista inherente de la deuda, el capitalismo se convertirá en socialismo, en socialismo científico (y real).

(CRISE E CRITICA / revista latinoamericana de filosofía e política / volumen 1, número 1, 2017)

SANDINO NÚÑEZ - EL DESENCUENTRO / LA DIALÉCTICA, EL VIRUS RESIDENTE DEL CAPITALISMO Y EL FANTASMA DE LENIN (7)



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Hoy podríamos llegar a entender que la pulsión neutra fue infinitamente más fuerte que la pasión negativa. La pulsión modernizadora, técnica y progresista, fue infinitamente más fuerte que la pasión revolucionaria (que siempre parece exigir suspensiones, detenciones, retiro, paciencia). La fuerza del arrastre y el declive fue más fuerte que la de la profundidad. (El placer de sentir fue infinitamente más grande que el de entender.) Pero ¿cómo hubiéramos podido entender hace cien años, en Petrogrado en 1917, en Berna en 1914? Debemos ser cuidadosos y justos con la memoria hegeliana de la expresión “el capitalismo alcanza su concepto”. No se trata de algún tipo de potencia germinal planada en algún momento del pasado, cargada con su desarrollo y su despliegue histórico, que florece y madura hasta alcanzar el destino impreso desde siempre en su memoria biológica. La historia dialéctica es una narración teórica après-coup, y se diría que parte de un real-contingente, de un núcleo constitutivo irreductible. Seguramente el punto histórico del capitalismo actual puede cargarse a la cuenta de una contingencia o un accidente, en el sentido más bien torpe de algo que “pudo no haber ocurrido”. Pudieron no haber ocurrido los acuerdos de Breton Woods (o haber ocurrido en la versión keynesiana) o el plan Marshall o la OTAN, pudo no haberse degradado definitivamente la idea política de modelos técnicos de gestión o administración o realpolitik, pudo no haber crecido explosivamente la tecnología de la comunicación, el fetiche de la información, el advertising y los medios, la omnipresencia de la estadística en la cultura mediática, la espectacularización de lo privado, etc.; pudo no haber ocurrido el neoliberalismo, la caída del socialismo real, el “posneoliberalismo”, la proliferación de TLCs, la globalización y la molecularización del mercado como la forma misma del espacio (o el territorio) social; pudieron no haber triunfado las democracias de masas, pudo no haber mutado o retrocedido el Estado ante la diseminación del sistema maquínico del mercado, la empresa y las finanzas, etcétera. Pero una vez que todo eso ocurrió, ese algo es conceptualmente necesario, ya que determina y constituye nuestro propio lugar, nuestro propio momento de enunciación. Parado en este presente histórico entonces, el sujeto “mira hacia atrás” y “ve” que de la nube caótica de episodios, textos o teorías del pasado, algunas zonas se encienden y otras se apagan y callan. Para ese sujeto, todo el presente, toda la blindada consistencia de la existencia, el ser y el funcionamiento, se transforma en pasado, esto es, en significante o en concepto que esperaba su momento de existencia. Así, para poner un ejemplo dentro del estilo, las “Tesis sobre la historia” o “El capitalismo como religión” (Benjamin), se ponen a decir, hoy, con una fuerza profética que estaba ausente -digamos- hace cincuenta años, aunque no se haya modificado ni un punto ni una coma de sus versiones originales escritas entre la segunda y la cuarta décadas del siglo pasado.

(CRISE E CRITICA / revista latinoamericana de filosofía e política / volumen 1, número 1, 2017)

SANDINO NÚÑEZ - EL DESENCUENTRO / LA DIALÉCTICA, EL VIRUS RESIDENTE DEL CAPITALISMO Y EL FANTASMA DE LENIN (6)



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En el mundo contemporáneo, podríamos decir, el capitalismo “alcanza su concepto” precisamente en la realización de eso que ya estaba ahí, como concepto: en la generalización y globalización de la economía como técnica, en la lógica neutra y abstracta de intercambio, la producción, el rendimiento, la eficacia, el perfeccionamiento y la acumulación. Ahora entonces, la verdad chata y avasallante del capital se despliega como lo real de un “proceso sin sujeto”, como un empuje técnico libre (incluso) de relaciones capitalistas. La vida misma: una máquina enorme, ilimitada, indiferente y completamente asignificante. La forma más terrible y despótica del Gran Otro (el capital) una vez que Dios (el capitalismo) hubo muerto. Ahí la lógica enactiva del capital (y no las ideologías nacidas de las relaciones capitalistas de producción, el sujeto “detrás” de la máquina técnica) parasita y coloniza todos los sistemas y todas las esferas (rigurosamente, creando algo como “esferas ónticas”): la vida, la política, lo social, la verdad, el conocimiento, la educación, la comunicación, el placer, la reproducción. Ahora el capitalismo es el mundo, y el mundo es el capitalismo. Y por eso, como se ha observado algunas veces (Jameson, Zizek, Fisher, por ejemplo), es más sencillo imaginar el fin del mundo (un meteorito, el cambio climático, las explosiones solares, las pandemias y las invasiones zombis) que pensar la superación de un simple modo histórico de producción. Eso se debe a que el capitalismo es un modo histórico de producción, pero la lógica o el lenguaje del capital no. La lógica del capital es la neutralidad, la nube inerte, abstracta, opaca y viscosa, que nos constituye y determina “por dentro”. Y eso revierte, claro está, sobre la positividad misma: el capitalismo ya no es “un simple modo histórico de producción”: es la ontología neutra que lo posibilita, lo sostiene, lo protege y lo hace durar, es decir, ese “motor interno” que al provenir de él como “representación enactiva”, lo lanza, idéntico a sí mismo, al momento siguiente, y en ese movimiento lo enraiza y confirma.

No hay, obviamente, entre la positividad o la solidez del modo de producción capitalista (la máquina técnica de producir valor de cambio y plusvalía) y la nube neutra de la ontología del capital (la circulación como el funcionamiento perpetuo de la máquina), una relación del tipo base (técnica, económica, productiva) / superestructura (cultural, ideológica, teórica), como dos positividades que deben ser articuladas. Tarde o temprano, aunque esa articulación se diga o se quiera dialéctica, siempre habrá una instancia positiva (la base, para el diamat) que va a aparecer como la verdad de la otra. Debemos pensar esta “articulación”, para el caso, más bien como un continuo neutro-positivo o positivo-neutro, como ya hemos dicho: una neutralidad que es siempre ya positiva y una positividad que es siempre ya neutra, enlazadas en una fuerza profundamente solidaria de resistencia que siempre impide, retarda o arruina la potencia negativa del pensamiento.

Si algún interés hubiera aun en cierta disputa por las palabras y los ismos, diría que hay que situar en este punto al verdadero materialismo: no en la creencia en cosas, objetos o relaciones independientes del pensamiento y las prácticas (la creencia ingenua -y profundamente idealista- en un ser sin modos, sin lenguaje y sin historia, o su contrapartida, que sostiene que solamente hay modos históricos de decir), sino en la aceptación de las prácticas sociales como un real irrepresentable (neutro, enactivo, técnico) que son condición de posibilidad de toda actividad de representación y al mismo tiempo son aquello que la impide y la arruina. No se trata solamente de historizar al capitalismo, sino de entender (quizás en un segundo momento) que el capitalismo es el “límite interno y sólido” de nuestra capacidad de historizar.

(CRISE E CRITICA / revista latinoamericana de filosofía e política / volumen 1, número 1, 2017)

SANDINO NÚÑEZ - EL DESENCUENTRO / LA DIALÉCTICA, EL VIRUS RESIDENTE DEL CAPITALISMO Y EL FANTASMA DE LENIN (5)



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Así, el capitalismo volvió a interponer su cuerpo en el lenguaje que pretendía criticarlo, pero no ya como la positividad de un modo de ser ni como la negatividad de una ideología, sino como el chasis neutro en el que se apoya ese lenguaje. El engaño entonces, si es que puede hablarse de engaño, no estaba en la representación ideológica de la realidad, sino en la realidad misma como representación práctica o enactiva. Pues siempre se ha tratado de un engaño de lo real, similar al que atormentaba a Descartes. Este “engaño generalizado” es el tema marxiano del fetichismo o la mistificación objetiva, el resto neutro que sobrevive a la operación de determinar o negar al capitalismo, y que regresa, tarde o temprano, como real. Ese tema, que se ha caracterizado a veces como la última tentación de Marx, como el desliz pecaminoso y el flirt con la gran bestia idealista Hegel  en el primer capítulo de El Capital, resulta ser un corte mucho más profundo que sitúa al “engaño” en la materialidad significante de las prácticas y no en la falsa representación ideológica de la realidad objetiva -es decir, lo saca de esa zona de encuentro o desencuentro entre el ser (sustancia ideal) y el pensamiento (idea sustancial) que presupone siempre la exterioridad de uno con relación al otro. Sitúa el problema no en la epistemología sino en la ontología. El fetichismo, esa alienación absoluta (por así decirlo) aparece, para el caso, en la perspectiva hegeliana, como una recaída: consiste en no haber podido mantener lo negativo. Ha querido criticar y superar al capitalismo como simple modo histórico del ser económico, utilizando los principios neutros y la lógica técnica (científica) de la propia economía política, o el ser amodal, ahistórico o natural de la economía o la producción. Ahora, parecería que de la economía al capitalismo se recapitula, sencillamente, el pasaje empírico, blanco y sin residuos -independientemente de lo abrupto, lo violento o lo sangriento que pueda llegar a ser ese pasaje- de la historia natural a la historia política. Entonces se consagra la plenitud del significante binario: fuerzas productivas (entendidas como desarrollo abstracto -natural- de la tecnología), y relaciones de producción (entendidas como modos sociales, más o menos pasivos o refractarios, de sintetizar ese desarrollo). Habrá ritmos y recursos técnicos neutros de apropiación de la naturaleza y habrá modos histórico-sociales de relacionarse con esos ritmos, de ver y vivir esos ritmos. Y habrá por tanto momentos en los que los segundos serán incapaces de contener la explosión de los primeros, y entonces habrá revoluciones destinadas a restituir la armonía perdida.

Pero esas revoluciones incesantes y maníacas son, precisamente, el propio capitalismo, y culminan, se diría, en el retorno absoluto de la neutralidad, alojada en el despliegue técnico de las fuerzas productivas. La máquina (la abstracción tecnológica, la pulsión: la fusión del telos con el funcionamiento) es ahora celebrada con la atolondrada felicidad de una especie de vértigo moderno o futurista, como el vengador de explotados y oprimidos, capaz de combatir la pobreza y la desigualdad, capaz de eliminar los atrasos del medioevo rural, la magia, los mitos y el folclore -capaz de abolir, en suma, toda la patología supersticiosa de las relaciones capitalistas. Pero el capitalismo, de más está decirlo, el verdadero capitalismo, el más profundo e incrustado, el más abstracto, reprimido a un nivel básico y casi inaccesible, estaba precisamente en la concretud de esa neutralidad abstracta: la pulsión técnica moderna. Como si su astucia hubiera consistido en exhibir su parte positiva, generosamente abierta y dispuesta a la negación, solamente para esconder la neutralidad como el suelo objetivo desde el cual lo negamos.



(CRISE E CRITICA / revista latinoamericana de filosofía e política / volumen 1, número 1, 2017)

lunes

SANDINO NÚÑEZ - EL DESENCUENTRO / LA DIALÉCTICA, EL VIRUS RESIDENTE DEL CAPITALISMO Y EL FANTASMA DE LENIN (4)


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Retrocedamos a lo básico. El capitalismo es un modo de producción, un simple modo histórico de producción. Un modo, un sistema económico entre tantos modos o sistemas posibles. Ese bautismo, esa determinación (el capitalismo) le confiere una positividad que lo hace pensable y decible, y lo recorta del continuo natural y neutro de la economía en tanto universal abstracto, de la economía como dimensión irreductible de toda práctica humana. Así, la positividad particular del capitalismo debería pensarse, en principio, contra la actividad negativa singular de un sujeto (para el caso, el nombre propio Marx, o el proletariado marxiano) que lo determina, lo niega, lo escribe, lo teoriza y lo piensa políticamente, es decir, que los arranca de la naturalidad y la neutralidad desde la cual ejerce, sin esfuerzo, su cerrada hegemonía. Esta es, por antonomasia, la operación de la ideologiekritik: nos ha mostrado como forma histórica aquello que tiende a ser espontáneamente entendido como natural y eterno. Pero aquí es donde la fuerza de la neutralidad vuelve para enrarecer la dialéctica entre lo positivo y lo negativo. Esta necesaria determinación-positivización del capitalismo corre un riesgo grave: no puede pensarse como un modo (positivo) de ser sin que se filtre el fondo de neutralidad de un ser sin modos: el principio de producción y la propia lógica económica como universales abstractos, sin historia. Y el giro perverso es que este neutro “ser sin modos” es una abstracción que solamente puede provenir de las propias prácticas o del propio saber enactivo, experiencial o maquínico del modo histórico de producción capitalista. Esa neutralidad es el saber de lo real inherente al mundo capitalista, el saber enactivo del cuerpo capitalista -y por tanto podría y debería ser entendido, negativamente, como negatividad. Pero el algo más que representa el corte mismo (el cortar) ha caído por debajo del contenido realizado por la operación, y entonces la neutralidad del ser sin modos se pone a funcionar simplemente como el telón de fondo, digamos, sin sujeto, sobre el que emerge la positividad de los modos históricos del ser. Ahora, integrada la neutralidad al sistema de lo positivo, la positividad del capitalismo no aparece contra la operación negativa del pensamiento teórico (del proletariado, o de Marx), sino que se recorta sobre la neutralidad abstracta de la economía y la producción. El contenido positivo del lenguaje es objetado (el capitalismo es un modo de producción injusto, explotador, acumulativo, etc.) pero sólo para consagrar la ontología de ese mismo lenguaje inscripta sordamente como neutralidad: hay por lo menos un modo no capitalista de producción, por lo menos un modo de ser de la economía que no es capitalista, y en el cual la economía y la producción se deslizan sin patologías capitalistas sobre el suelo neutro de una historia posconciliar. Estamos en plena alienación: no entendimos que la economía y la producción eran siempre ya parte de la “patología capitalisra”, creímos en la plenitud positiva del significante binario que se levantó luego del corte. El capitalismo apareció entonces no como el modo político en el que el sujeto dice y determina la neutralidad abstracta de la economía, sino como un simple modo de ser de ese ser sin modos que es la economía. No como un modo político (negativo, teórico) de decir economía, sino como un modo de ser (positivo) de la economía.



(CRISE E CRITICA / revista latinoamericana de filosofía e política / volumen 1, número 1, 2017)

domingo

SANDINO NÚÑEZ - EL DESENCUENTRO / LA DIALÉCTICA, EL VIRUS RESIDENTE DEL CAPITALISMO Y EL FANTASMA DE LENIN (3)


3

Insisto. ¿Pensaba en algo así Lenin al leer la gran lógica en 1914, en su famoso retiro teórico en Berna? ¿Pensaba que cierta clave del problema de la guerra imperialista, de la “bancarrota” del movimiento obrero europeo y de la traición de la Segunda Internacional no tanto en algo que el capitalismo le hace directamente, “desde fuera”, a los movimientos emancipatorios (o a la revolución incipiente), sino también (y más bien) en algo que ya ha hecho en forma oblicua y distante, y que ahora aparece, “adentro”, como algo que el propio materialismo revolucionario no es capaz de hacer, como un punto que no es capaz de alcanzar o de sostener? ¿Y si el marxismo ortodoxo no ha sido lo suficientemente fuerte como para evitar la recaída? ¿Y si eventualmente el obstáculo ideológico aparece ahora no en la dialéctica idealista hegeliana, sino en el acto mismo de haberla reprimido creando el síntoma propio del sustancialismo idealista (materialismo evolucionista, determinista o epistemológico) de Kautsky, de Plejanov, y hasta de Engels y del propio Lenin? ¿Y si hay en todos ellos un resto de capitalismo que no pudo ser pensado, y que ahora retorna como una enorme fuerza neutra e inerte de arrastre (la historia natural), y que solamente es una cuestión de tiempo, ya que más tarde o más temprano seremos arrastrados también? ¿Y si el abordaje de esta “enfermedad inercial”, de esta “patología de la neutralidad” (la verdadera alienación, la más profunda), solamente puede realizarse desde la propia dialéctica de Hegel, en un retorno a Marx a través de Hegel o un retorno a Hegel a través de Marx?

La respuesta, en principio, debe detenerse en otra pregunta, claro. ¿Cómo saber, en verdad, en realidad, en última instancia, qué buscaba Lenin en Hegel, o, en definitiva, qué encontró (si encontró lo que buscaba, si encontró algo menos o algo más)? Siempre tenemos muchas pistas; demasiadas, seguramente. Empezando por los propios Cuadernos filosóficos de Lenin. Tenemos también, para citar a unos pocos, a Lefebvre y a Guterman, a James y a Dunayesvkaya, los trabajos de Kevin Anderson, las hipótesis de Michael Löwy y las de Stathis Kouvelakis. Y tenemos también la terminante intervención de Althusser “Lenin frente a Hegel”. En fin. Pues, en rigor, también debemos entender que esta dificultad (o imposibilidad) de saber no solamente no debería entorpecer nuestra capacidad de suponer, creer, razonar e inferir sino que, por el contrario, debería tramitarla -y, si se quiere, debería forzar las cosas de entonces a decir algo hoy. Ese algo que el entonces diga estará por fuerza ligado a algo que nos ocurre hoy. Y esa ligadura no es en absoluto antojadiza o caprichosa, aunque si estará atravesada, y si se quiere, constituida, por aquello que nosotros quisiéramos (hoy) que Lenin hubiera encontrado (entonces) en Hegel, siquiera para construir la historia “al revés”, dialécticamente, evitando entrar (Dios nos libre) en esas fastidiosa discusiones entre almas bellas acerca de “qué pudo haber fallado” en la Revolución, o en qué momento comenzaron a andar mal las cosas, o cuándo y por qué se torció un camino que abría el entusiasmo a un mundo nuevo a comienzos del siglo pasado.

Consideremos la obviedad de que las condiciones de la Revolución son no sólo complejas sino, también, complicadas. Y consideremos también que las condiciones de su sobrevivencia son seguramente terribles. Mencionemos sólo lo más grueso: las guerras, las contrarrevoluciones, las presiones internacionales, los cercos, el aislamiento y las sanciones económicas, etc., cosas que efectivamente ocurren “desde afuera”, como todos sabemos, han estrangulado a los movimientos revolucionarios en verdaderos estados de excepción perpetuos, escenarios complejos, ásperos y extenuantes de amenazas, de necesidades, de urgencia y emergencia incesantes, de ansiedad y de velocidad técnica, de tácticas y estrategias, de militarización y defensa, etc. Lo más terrible es que a veces, en esos momentos, lo que se defiende no es tanto la revolución sino la vida misma: la vida sin signo político, sin idea y sin pensamiento. La vida sin la bolsa, la vida sin la libertad, como anota Lacan a propósito del amo y el esclavo. En otras palabras, la lógica que utilizamos para defender esa vida sin la cual (entendemos, amargamente) no hay libertad, es una prolongación del amo que la amenaza: eso puede tener consecuencias devastadoras. Y en parte por eso no puede resistir la tentación de decir que la crisis del 14 parece ser, para Lenin, la negatividad de un “momento puro”, casi un momento teórico cartesiano, en el que “estando (su) espíritu libre de toda urgencia, y habiendo(se) procurado reposo seguro en tranquila soledad, (se) retira a destruir todo lo que ha aprendido hasta ahora”.

Pero sabemos que es tonto levantar la figura gloriosa y sobrenatural de un Lenin hegeliano, traicionado por el ruido y la urgencia del estado de guerra, por los problemas técnicos y prácticos de la vida de la revolución, y más tarde por la burocracia, el poder y la obstinación rudimentaria de la ortodoxia. Y entonces también sabemos que no vamos a proponer un Lenin teórico, surgido como un milagro de resurrección en la pureza terapéutica introspectiva del momento de su retiro cartesiano en Berna, en la ruptura con el pasado ortodoxo e indialéctico de Materialismo y empiriocriticismo y la teoría del reflejo, como contrapeso de la historia del “hombre de carne y hueso”, el caudillo práctico o pragmático curtido en la ansiedad, en la incesante oralidad y en el calor de la lucha y de la urgencia. Pero a pesar de que sabemos todo eso, no podemos evitar que esas figuras se entrometan, tendremos que hacernos cargo de nuestro “oportunismo”, de la astucia de la razón. Así sea.

(CRISE E CRITICA / revista latinoamericana de filosofía e política / volumen 1, número 1, 2017)

SANDINO NÚÑEZ - EL DESENCUENTRO / LA DIALÉCTICA, EL VIRUS RESIDENTE DEL CAPITALISMO Y EL FANTASMA DE LENIN (2)


2

El enfoque dialéctico entonces separa las cosas de otro modo. Es dualista, por cierto. Pero lo es en un sentido infinitamente más profundo que el ordinario que distingue dos principios o dos mundos separados que se relacionan (se encuentran o se desencuentran). Su corte es mucho más radical. Ya no materialismo o idealismo como posiciones firmes que se disputan, luego, en todo caso, a la dialéctica como “herramienta”, “procedimiento” o “método” (la dialéctica no es -y quizás esa es la sospecha de Lenin-, por lo menos no solamente, un método o un procedimiento). Ya no dualismos o monismos, sino, más fundamentalmente, postular el monismo inherente de todo dualismo (ingenuo), o el dualismo inherente de todo monismo. Ya no trascendencia o inmanencia, sino hacer foco en el carácter inmanente de lo trascendental. Entonces quizás habría que hablar, mejor, en última instancia, de la idealidad sustancial del pensamiento y del entendimiento, y de la sustancialidad ideal del ser, de las cosas y los objetos, contra la materialidad significante de las prácticas, o, digamos, la virtualidad de la realidad. Las prácticas sociales son, precisamente, el borde, la zona crepuscular, la distancia y el (des)encuentro entre esos dos mundos de ideas sustanciales o de sustancias ideales. Las prácticas, como materialidad significante, son esa actividad que siempre ya ha introducido el daño entre el pensamiento y el ser, entre el entendimiento y el objeto, entre las palabras y las cosas. O mejor, son ese borde puro del cual surgen las deslumbrantes positividades antagónicas apareadas: palabras y cosas, pensamiento y ser, sujeto y objeto. La realidad ya era prácticas histórico-sociales. Y también, rigurosamente, al revés: las prácticas histórico-sociales ya se habían realizado (objetalizado y objetivado). Poner el problema no en el ser ni en el pensamiento, sino en la relación misma, viene por fuerza a perturbar una vecindad básicamente clara y tranquila. Insisto: clara y tranquila. No importa que la frontera o el muro que delimita los territorios suela desdibujarse, y tampoco importa que la vecindad haya asumido paradójica y frecuentemente, entre los siglos XIX y XX, formas explícitas de enfrentamiento, enemistad y guerra, y especialmente de enemistad y guerra políticas. Ha sido claro que la derecha hegeliana siempre se ha deslizado como la continuidad del pensamiento del maestro, y que la juventud de izquierda representa el quiebre, la ruptura o la “inversión”. Pero quizás no ha sido tan claro que de ahí se desprende que la izquierda no solamente representa la posición contraria simétrica de la derecha hegeliana, sino que representa, quizás sin saberlo, un algo más: representa el acto mismo del quiebre o la ruptura; representa, en un punto, a la propia representación, o mejor, es el propio representar. También ha sido demasiado claro durante mucho tiempo, para la ortodoxia materialista política, que la dialéctica idealista y el materialismo dialéctico se enfrentan, como gallos colorados, en el campo de batalla de la filosofía: el idealismo es la posición ideológica dominante de las burguesías y el materialismo es la episteme proletaria. Pero no es claro en absoluto que la claridad misma de ese enfrentamiento, la figura de esos dos ejércitos situados simétricamente a la izquierda y derecha de la frontera, siempre está enrarecida y abrumada, porque aquel que sostiene la figura, aquel que anuncia el enfrentamiento, aquel que lo dice y lo teoriza, ya está situado en uno de los bandos: el de la izquierda, por cierto, que representa el algo más, la propia barra que antagoniza, la acción de romper y separar. Ese algo más, ese punto de enunciación, esa negatividad y la potencia de esa negatividad, es lo que ha caído, digamos, “por debajo” del enunciado, lo que ha sido cubierto por la nitidez hiperrealista positiva del contenido realizado de la figura dual, por la positividad binaria de la figura -y su secreto correlato es una tercera persona neutra (la no persona) que la capta y la dice como algo-que-está-en-el-mundo. Ahora solamente parece haber bandos enfrentados que sostienen (y son sostenidos por) doctrinas antagónicas, separados por el muro o el espejo que los distribuye a uno y a otro lado. He ahí la Ur-verdrángen de la ortodoxia marxista revolucionaria: la acción misma de representar ha caído por debajo de la figura de la representación


(CRISE E CRITICA / revista latinoamericana de filosofía e política / volumen 1, número 1, 2017)

SANDINO NÚÑEZ - EL DESENCUENTRO / LA DIALÉCTICA, EL VIRUS RESIDENTE DEL CAPITALISMO Y EL FANTASMA DE LENIN


PRIMERA ENTREGA

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Siempre me intrigó, como a tantos, el episodio del retiro de Lenin en Berna para leer la Ciencia de la Lógica. Quiero pensar que quizás Lenin sospechaba que hay algo como una fuerte debilidad en la dialéctica hegeliana. Algo que, al final, parece reírse del idealismo y del materialismo. Si el dogma idealista se resume groseramente en la idea como dispensadora de forma y de sentido, y el materialismo responde, no menos groseramente, con el axioma de la existencia de un ser o una realidad sustancial independiente y exterior al pensamiento y al lenguaje, entonces la dialéctica no puede asumirse de ningún modo como la verdad en el triunfo de alguna de esas posiciones sobre la otra. El conflicto dialéctico supone e implica el tercer lugar en el que la antinomia misma es dicha y planteada. Y ese tercer lugar, finalmente entendemos, ya estaba inscripto como daño en la unidad sustancial inmediata de las posiciones enfrentadas. Entonces más (o menos) que hablar del ser o del pensamiento, la dialéctica apunta siempre a problematizar la propia relación de exterioridad entre ellos. Al impasse de la antinomia ser/pensamiento entendida como simple exterioridad, tiende a dispararse, de modo habitual y casi automático, el planteo epistemológico: la verdad como captura reflexiva del ser por el entendimiento, la verdad como construcción de un pensamiento capaz de pensar al ser. Ambas posiciones son profundamente solidarias: suponen un encuentro ser-pensamiento y llaman verdad a ese encuentro. A esa alienación epistemológica la dialéctica responde de un modo mucho más radical y profundo: la verdad no es un encuentro ni una reconciliación, es (el saber de) el desencuentro, el daño y la falta. Su trazo no es el de una teoría del conocimiento, ni, mucho menos, el de una epistemología. La dialéctica siempre va a postular, y a descubrir, el daño constitutivo de cualquiera de las dos posiciones (ser o pensamiento) en la otra. Y eso, por lo pronto, le da al pensamiento un alcance conceptual diferente al del entendimiento reflexivo abstracto que se apropia de la realidad o de la cosa y la expone en el lenguaje, y le da a realidad (cosa, objeto) un alcance distinto al de una simple y asignificante existencia sustancial externa que se deja captar y exponer. Por un lado, entendemos que en el centro mismo del pensamiento hay algo que no piensa: el pensamiento inscribe en su núcleo, necesariamente, a la sustancialidad muda de aquello que no piensa: el ser. Y por otro, también entendemos que el ser ya pensaba, o quizás, mejor, ya sabía: en el corazón más profundo y eterno del ser ya estaba el pensamiento, el ser ya era una meditación, era una forma del saber. En otras palabras: el daño puro, la barra que antagoniza ser y pensamiento, ya estaba al interior del ser y al interior del pensamiento: cada uno el obstáculo y la condición de posibilidad del otro.

La dialéctica insistirá en esa relación pura (o en esa no-relación) de la que luego surgen o aparecen el ser o el pensamiento como cosas que se relacionan (es decir, como cosas que estaban ahí antes de la relación). La dialéctica se sitúa, desde el comienzo, en un punto de subversión de la intuición inmediata de una “realidad externa” y un “pensamiento interno”: plantea el problema un poco desconcertante de la exterioridad del pensamiento y de la interioridad de la realidad o la cosa, lo que no es ni más ni menos absurdo o delirante que decir exterioridad de la realidad o interioridad del pensamiento. Esa “exterioridad del pensamiento”/”interioridad de la realidad” quizá pueda decirse -espero- con una sola vieja palabra “leninista”: prácticas. Prácticas sociales. Sociales apunta en dos direcciones. En primer lugar, habla de prácticas colectivas o históricas, marcando su distancia con el asunto de las prácticas naturales de un individuo-especie que conoce el mundo -el sujeto cognitivo de las teorías (o las ciencias) del conocimiento, digamos. Por otro lado, y quizá lo más importante, sociales no sólo apunta al carácter colectivo de las prácticas, sino sobre todo designa actividades que organizan, socializan y crean conceptos y lenguaje (prácticas que subjetivan): en suma, prácticas históricas que crean realidad , realidad social (wirklichkeit). ¿y no es esto acaso lo que aprendemos del gran maestro del idealismo? Las prácticas no pueden ser entendidas, por tanto, como la simple actividad de transformación o humanización (trabajo) de un mundo natural que ya-estaba-ahí: ellas incluyen ya el carácter social, histórico o intersubjetivo de la abstracción hombre-trabajo-ser, son la mediación misma, son el construir y la construcción de una “escena” que opera y es operada por un lenguaje que permite decir (u obliga a decir) ser, naturaleza, mundo, y hombre, sujeto y trabajo, y que permite (u obliga a) vivirlos y pensarlos como opuestos u oponibles, proveerlos de sustancialidad, positividad y existencia, de límites, exterioridad, propiedades y atributos. Con esta perspectiva enfocada en las prácticas histórico-sociales, la realidad social, diríamos, no es una cosa pero tampoco es pensamiento (en el sentido abstracto-formal de la palabra), no es cultural ni natural, no es materia ni idea, no es cuerpo ni alma, no es base ni superestructura. Es precisamente, la distinción real, o, mejor quizás, lo real de la acción (o la práctica) misma de separar o distinguir (“la potencia absoluta”, dice Hegel): la tensión y el desencuentro de esas parejas, el daño de una en la otra que conduce a la aparición de ese tercer punto, que, desconcertantemente, siempre ya ha estado ahí: el sujeto, el lenguaje o el saber que permite decir el antagonismo.

(CRISE E CRITICA / revista latinoamericana de filosofía e política / volumen 1, número 1, 2017)

jueves

RESEÑA DE “PSICOANÁLISIS PARA MÁQUINAS NEUTRASª


GABRIEL DELACOSTE (*)

* Gabriel Delacoste es politólogo. Integra el espacio de cultura y política Entre (www.entre.uy).


Los años progresistas no fueron buenos tiempos para el pensamiento crítico. La identificación de muchos intelectuales de izquierda con el gobierno hizo que muchos perdieran el filo de su pensamiento, cuando no directamente dejaron de escribir. Con llegada del Frente Amplio al gobierno, la izquierda habló cada vez más el idioma del estado y de la tecnocracia, las Naciones Unidas, el marketing, las empresas, en fin, el neoliberalismo. Al mismo tiempo, la profesionalización de la academia hizo que el “pensamiento crítico” se volviera un nicho de mercado académico, en el que lo que importa es “estar al día” y coordinado con la jerga y las microcomunidades de un puñado de universidades del hemisferio norte.

En este mapa, Sandino Núñez ocupa un lugar extraño. Fuera de toda búsqueda de prestigio académico, da clases en el living de su casa, en las que se hacen lecturas comentadas de Hegel, Lacan, Badiou, Foucault, Zizek, Freud, Deleuze en grupitos de unas cinco personas, muchas veces interrumpidas por charlas sobre política, escritura o lo que cada uno está leyendo, escribiendo, militando o pensando. Esas charlas son uno de los pocos espacios en los que la teoría contemporánea (digamos, la “teoría continental”) se discute en Montevideo. Recuerdo que hace unos años, mientras Butler, Zizek y Laclau escribían libros enteros hablando de Lacan, ese nombre nunca era mencionado en los ámbitos universitarios en los que yo me movía. Dudo que si no hubiera tomado clases con Sandino me hubiera sido posible encontrar otro espacio donde aprender sobre los problemas planteados por el psiconalista parisino y otros de su especie.

Sandino es un maestro en la retaguardia, un militante intelectual que mantiene, en tiempos en los que parece olvidada, la idea de que es necesario un corte radical con el mundo tal como existe, y la mantiene en el marco de una paciente práctica educativa, que no puede ser separada de su obra. De hecho, es difícil leer a Sandino sin reconocer las anécdotas, expresiones y trillos del Sandino oral. Esto puede ser irónico, ya que en el programa teórico de Sandino la escritura juega un lugar privilegiado, en oposición a la oralidad y la cultura de masas, que sin embargo le obsesiona como crítico cultural, y de la que es parte después de su programa de televisión “Prohibido Pensar”.

En el habla y en la escritura, Sandino está desde hace años desarrollando un programa filosófico, que puede verse con claridad sus libros: en cada uno se agregan y se quitan argumentos, se suman nuevas partes, se cambian los órdenes, se abordan temas nuevos. Pero la idea central permanece: vivimos en un mundo cosificado, habitado por cosas, y mientras aceptemos ese mundo, aún queriendo que las cosas sean mejores, seremos cómplices de aquello que nos hace ser cosas (a saber, el capitalismo), y si somos cosas no somos sujetos capaces de actuar. Solo devenimos sujetos a través de la educación, la escritura, el pensamiento, y es a partir de allí que podemos plantear un corte con lo que es.

El último libro de Sandino, “Psicoanálisis para máquinas neutras” es la expresión más acabada (y más larga) de este programa, y también la más sistemática: el libro comienza proponiendo axiomas y dedica largas páginas a lidiar con los problemas formales que implica la relación entre cuerpo, lenguaje y subjetividad. Esta relación es dialéctica, lo que es continuamente remarcado en un libro que quizás represente la culminación del “giro hegeliano” de Sandino, que en libros anteriores podía parecer más cerca, por ejemplo, de Baudrillard.

Un proyecto de estas características solo podría desarrollarse fuera de la Universidad. En un contexto académico es inimaginable un programa de largo plazo dedicado a meterse en las profundidades de la filosofía sin otra arma que el pensamiento, un puñado de autores y mucho tiempo de conversación. Si bien es postulable que el pensamiento de Sandino logra su profundidad, su originalidad y su fuerza precisamente por no ser producido en medio de las luchas de egos, las exigencias administrativas, las modas y los formalismos de la academia, por momentos sería deseable que sus textos estuvieran más en contacto con discusiones contemporáneas sobre temas similares. Wendy Brown, Roberto Esposito, Santiago López Petit y Verónica Gago podrían ser interlocutores interesantes para el pensamiento de Sandino, si el estuviera interesado en relacionarse con sus obras (pero también: ¿que geopolítica del conocimiento determina que tengamos que responderle a unos y no a otros?).

Pero esto no es lo central. La urgencia con la que Sandino exige un corte con la lógica del capital (que es la del crecimiento, la cuantificación, la medición, el estímulo) es necesaria para formular una crítica del progresismo, cada vez más obsesionado con los rankings, los monitoreos y los sistemas nacionales, y precisamente por eso, cada vez más lejos de la política. Si solo sirviera para que esa verdad fuera dicha una vez más en el espacio público, cada intervención de Sandino Núñez estaría ampliamente justificada. Pero también es mucho más que eso.


2. Contra la vida                          

“Psicoanálisis para máquinas neutras” puede inscribirse en una larga tradición de ataques al materialismo, en la que se podrían incluir Platón, el cristianismo y las polémicas contra el spinozismo durante la Ilustración. Si bien nunca lo menciona directamente, si este libro señala un enemigo, ese es el conato spinozista, la fuerza que hacen las cosas, y en particular las cosas vivas, para persistir en su ser y expandir su potencia.

Así, Sandino pone a la vida como problema central. En esto, está coordinado con buena parte de las discusiones de filosofía política contemporánea, centradas en la biopolítica, el buen vivir, la nuda vida, el cuerpo y la ética, entendida como el problema de como vivir. En un amplio campo que va desde las vertientes críticas de la antropología hasta el ecologismo y el feminismo, pasando por el autonomismo latinoamericano y los foucualtianos y biopolíticos italianos y franceses, el problema de la vida tomó un lugar central.

Si bien cada una de estas corrientes es un mundo amplio y diverso, y existen entre ellas diferencias y discusiones, esta centralidad de la vida implica un retorno de un pensamiento más incorporado, menos encerrado en abstracciones y teleologías. Digamos que este giro está en la línea de la inversión foucaultiana de la vieja sentencia cristiana según la cual “el cuerpo es la cárcel del alma”. El problema hoy sería como liberar al cuerpo de su cárcel, el alma.

Sandino toma exactamente la posición contraria. La liberación de la vida, y de su búsqueda de persistir y expandirse, de eliminar todas las barreras que impiden su expansión, es precisamente el problema. El conato es necesariamente una fuerza conservadora que busca la persistencia y nunca el quiebre, y la expansión de la potencia de la vida no es otra cosa que el capital.

Así, sostiene Sandino, la vida era capitalista antes de que el capitalismo existiera, ya que la lógica de la competencia y el pragmatismo le es inherente. La liberación de la vida de cualquier atadura racional, la transformación de su lógica en régimen social, es la garantía del triunfo del capitalismo en su versión neoliberal, es decir el momento en el que el capitalismo “alcanza su concepto”, y llega a ser la totalidad de la realidad. El capitalismo no está en crisis, sino en su esplendor.

El biopoder, así, es pensado por Sandino como las diferentes formas como vida y capital se mantienen y son apuntaladas a través de máquinas y prótesis que hacen que haya más. De esta manera, Sandino hace la operación inversa a Marx: en lugar de poner al capitalismo en la historia natural como una de las tantas maneras como puede organizarse la producción social de la vida, pone a la historia natural como una extensión del capitalismo. Es decir, la vida es siempre-ya capitalista.

Este argumento hace acordar al “gen egoísta” de Richard Dawkins, que desde un reduccionismo neodarwinista pone al egoísmo y al espíritu maximizador del homo economicus racional en el núcleo mismo de la vida: el gen. Así, somos el resultado del egoísmo de genes que se quieren reproducir. Nuevamente, Marx de cabeza: en lugar de ubicar al homo economicus como una robinsoneada, una emanación ideológica del modo de producción, se lo consagra como centro ontológico de la vida, en cualquier modo de producción. Como si el trabajo de Foucault de situar históricamente al nacimiento de la biopolítica hubiera sido el descubrimiento accidental del funcionamiento del mundo entero. La vida es el capital, y el capital es la vida.

Por lo tanto, quienes quieren liberar a la vida son cómplices del capital, incluyendo a Nietzsche, Foucault y Deleuze, y a todos que denuncian el odio a la vida por parte del cristianismo y sus herederos secularizados. Si bien Sandino acepta como marco la lucha entre la vida y la razón que plantean los vitalistas, se pone en el bando contrario.

Así, Sandino parece tomar una parte de la idea de Imperio, de Hardt y Negri: una lógica global de ensamblajes de los que participan ejércitos, empresas, estados y las propias personas en sus intentos de sobrevivir en el mundo capitalista. Pero desconfía de la multitud, que es para el más de lo mismo, es masa queriendo sobrevivir y reproduciendo lo que hay. Es decir, Sandino entiende al neoliberalismo  como un fenómeno que existe en el nivel de la vida, pero no ve posible una lucha en ese mismo nivel inmanente. No se puede esperar una contralógica que venga de la propia vida, sea de la multitud, la comunidad o alguna rebelión que surja como reacción al despojo.

Por esto, Sandino desconfía de la idea de que el capitalismo engendrará su sepulturero, de que la propia lógica interna de su desarrollo terminará por hacerlo insostenible. Y esto es porque el capitalismo es el modo de producción más elevado posible: cualquier cosa que intente ser más productiva o más potente que el capitalismo será más capitalismo. No va a haber un sistema económico que libere a la vida más que el capitalismo, porque el capitalismo es la liberación del cuerpo y su lógica expansiva.

Una consecuencia posible de este pensamiento es la indiferencia frente a las luchas que no implican un corte respecto a esta lógica, a las que se mantienen en el terreno inmanente de la economía y la política dadas: las disputas en torno a salario, derechos sindicales, leyes progresistas, condiciones de trabajo, expansión de la capacidad de regulación e intervención estatales, a victorias electorales, a la  organización comunitaria son disputas que se dan dentro del terreno de la economía, de quien se lleva qué.

El sujeto es el único capaz de cortar con esto, y no surgirá como consecuencia del devenir de la historia (que podría perfectamente seguir para siempre), sino como algo heterogéneo con respecto a su propia historia. El sujeto debe ir contra su propia vida.

Se podría decir que el capitalismo no es la vida, sino la despotencialización y la muerte, y que la vida es lo que tenemos que defender contra la explotación, la expoliación y la destrucción capitalistas. Pero para Sandino eso es una trampa: lo opuesto a la vida (capitalista) no es la represión o la muerte, sino la vida con sentido.

El sentido llega así para ofrecer una tercera posición. Rechazando la reivindicación de la expansión ilimitada de la vida, se corre del lugar de las órdenes autoritarias que disciplinan y hieren al cuerpo para ordenarlo, y busca una tercera posición. No se trata de elegir una, sino de asumir una posición subjetiva y racional, capaz de discernir, con un lenguaje capaz de nombrar esta falsa oposición, y de trascenderla.


3. La contradicción principal

“Psicoanálisis para máquinas neutras” es, si se lo quiere leer para la coyuntura, un libro sobre la decadencia del progresismo. Habla del macrismo y del impeachment brasilero, de la forma como los progresismos no lograron salirse de la lógica capitalista que terminó por deglutirlos, y de como el neoliberalismo encuentra la forma de nunca dejar expresar una oposición, inscribiendo todas las disputas en un marco de ajustes, desajustes, sinceramientos, multas y procedimientos. Así, la inmanencia capitalista logró que nunca se expresara algo que fuera más allá.

La de Sandino no es, por cierto, la única crítica disponible al progresismo. Desde el autonomismo en estos años se ha formulado una crítica a las formas progresistas y populistas como el estado subordina a las luchas sociales y las irrupciones populares. Para estas críticas, lo comunitario, las formas de hacer política desde abajo y las insurrecciones y desbordes son los espacios desde donde desarrollar un programa político. Sandino rechaza también estas críticas. No le interesan la comunidad ni la insurrección en sí, y señala las múltiples formas como pueden o bien hacer tranquilamente máquina con el capitalismo, o bien desactivarse tan rápidamente como se activaron.

El problema para Sandino, entonces, es un problema sobre la ontología de la política, es decir, sobre como podemos pensar o practicar una verdadera política. El problema de Sandino no se encuentra exactamente en el terreno de la teoría política. Está, de alguna manera, “más atrás”: No se pronuncia sobre como deberíamos gobernarnos (la democracia ya es parte de la lógica del capital) ni sobre como debería organizarse la economía (porque la economía es por definición capitalista). El problema de Sandino es propiamente filosófico, y se centra en cuando podemos hablar de política y cuando no.

En este sentido, desarrolla una preocupación muy francesa, a la Badiou y Rancière. Su separación entre la política y el fondo de no política contra el que se recorta hace acordar a la distinción entre política y policía o entre la política y lo político, o a las definiciones de política como interrupción, como antagonismo o como acontecimiento. Es decir, allí donde hay eso, hay política, y allí donde no, no.

La distinción política/no política se ubica así por encima de las distinciones izquierda/derecha o trabajo/capital, que de no expresarse políticamente no lograrán romper la inmanencia capitalista. Si bien Sandino siempre entiende que la izquierda y la clase trabajadora son potenciales portadoras de política, en tanto son posiciones desde las cuales se podría hacer el corte, es por esta razón que son importantes, ya que no lo son en si mismas.

¿Y que es entonces lo específicamente político? El sujeto, entendido como la posibilidad de actuar más allá de la propia posición en la máquina, posibilidad que surge a través de procesos educativos y de pensamiento relacionados a la escritura, y que implican una relación dialéctica entre el educador y el educado, que comienza con un “deseo del otro” por parte de quien educa, y culmina con la superación del educador por parte del sujeto educado. Esto es importante, porque no es lo mismo pensar un sujeto que surge entre la educación y la escritura que uno que surge en la lucha, la organización o el trabajo.

La apuesta, entonces, es a la práctica educativa, a un tiempo más lento de la política revolucionaria. Y desde mi pequeñolugar de escritura, debo dar fe de la potencia de esa apuesta: es probable que de no ser por esta apuesta de Sandino yo hoy estaría haciendo encuestas y no escribiendo sobre los problemas de la subjetivación revolucionaria.

Sandino insiste en que el sujeto puede ser cualquiera, y no hace diferencia entre sujetos individuales y colectivos: el cuerpo puede hacerse sujeto, igual que la masa puede subjetivarse y devenir pueblo (no queda claro quién lo educaría). En este sentido, despliega una teoría antielitista, ya que no hay ninguna característica o contenido específicos que sirva como precondición para la subjetivación, que es un proceso descrito en términos puramente formales. La educación es una forma de la relación con un otro, y no una serie de procedimientos o contenidos concretos.

Desde estos entendidos, creo importante señalar algunos problemas en la forma como Sandino despliega estos asuntos en su pensamiento: la diferencia sexual, la reacción, los límites de la política y el devenir.

Sandino ve en la relación entre hombre y mujer una oposición de la que puede nacer la subjetivación, una aparición de la otredad que puede desatar el deseo, y ve en la relación entre la sexualidad y la reproducción la posibilidad de la introducción del sentido más allá de la lógica inmanente del goce. Por esto, sospecha de los cuestionamientos que niegan, desordenan o cuestionan la forma como se organiza el par hombre/mujer.

Esto es curioso, porque siguiendo al propio pensamiento de Sandino, bien podríamos pensar al par hombre/mujer como una categorización biopolítica, que clasifica a la gente de tal manera que sea útil a la máquina capitalista que necesita proveedores de nuevos seres humanos y ciertas formas de relaciones entre las personas que garanticen sus cuidados y reproduzcan las condiciones de la explotación (¿no era la reproducción ciega de la vida el principal enemigo?). Pensando así, los escapes de esta lógica por parte de lo trans o la aparición de nuevas formas de placer, de afecto o de familia podrían pensarse como el fruto de procesos educativos o de subjetivación desde los que los sujetos se niegan a vivir de acuerdo al lugar que les fue biopolíticamente asignado.

En cuanto a la técnica, Sandino la ubica firmemente del lado capitalista, como formas de gestión, de prótesis que solo son capaces de hacer más de lo mismo. Niega de plano la posibilidad de que la crítica surja de las propias prácticas de la técnica o el trabajo, del conocimiento interno de las máquinas de la producción que puedan darse cuenta de su sinsentido, de otras posibilidades de organización o de posibilidades de usar los conocimientos técnicos contra la reproducción de lo dado.

Este pensamiento tiene mucha facilidad para caer en una lucha entre disciplinas, según la cual las disciplinas humanísticas tendrían a priori una jerarquía mayor a las que, por tener una utilidad directa en la producción, serían incapaces de ser lugares de subjetivación. Quizás este sería un punto para expandir al pensamiento de Sandino, pensando tanto histórica como teóricamente en situaciones en las que las ciencias, los oficios o el trabajo crearon saberes y formas de usarlos que fueron más allá de las funciones que cumplen en la máquina.

Pero digamos que nos mantenemos en la hipótesis de un sujeto que pasa por un proceso educativo, que cultiva un deseo del otro, que practica la escritura y que desde allí cuestiona lo dado. Estaríamos así ante un sujeto de laboratorio, listo para hacer el corte. Ahora, ¿qué pasa si este sujeto es reaccionario? ¿si el corte que desea hacer es reclamar la vuelta a un pasado aristocrático, al respeto a la autoridad y la jerarquía, en la que lo plebeyo no molestaba a las sublimes disquisiciones de nosotros, los sujetos?

Si pudiéramos vivir en la búsqueda griega de la excelencia, o en la cultura letrada del 900, estaríamos más cerca del saber absoluto. Claro que Sandino niega de plano esta lectura reaccionaria: el sujeto no es tal por su refinamiento o su diferenciación respecto de otros, sino por su capacidad de negarse a si mismo. Sin embargo, el lugar central que ocupa la escritura en su construcción teórica puede dar a lecturas de este tipo, de parte de quienes, sin ningún interés en negarse a si mismos, gozan del sublime al que la técnica de escribir les habilita.

Relacionado a esto, nos encontramos con el problema de los límites de la política. Si estamos en busca de su ontología, el problema tomará la forma de la separación entre la política y la no política, y por ello tomará también el riesgo del error en esta clasificación. Pero existe un riesgo más profundo: que al ser demasiado exigentes con lo que se espera de un fenómeno para ser calificado como político nos encontremos con que nada de lo que efectivamente ocurre es político (salvo la actividad del crítico). Esto puede impedirnos entender las lógicas de las disputas, sus desbordes, sus potencialidades, puede hacer que no veamos cortes radicales que se dan en otros lugares y con otros lenguajes.

Es probablemente cederle demasiado al capitalismo cargar a su cuenta a disputas que sin llegar a enunciarse en el lenguaje de la crítica o lograr hacer un corte radical, descolocan su lógica y generan espacios de creación de otros lenguajes y otras vidas. Siguiendo a Benjamin, es cederle al enemigo los intentos fallidos, que justamente deberíamos estar protegiendo en la memoria para invocar y reivindicar en un instante de peligro.

Por último, Hegel. Una de las principales virtudes de “Psicoanálisis para máquinas neutras” es la seriedad de la aplicación y el desarrollo de una forma de entender lo dialéctico. ¿Pero cual? La llamaría “dialéctica sin devenir”, en la que la historia es reducida a la anécdota, opacada por el proceso formal de las negaciones.

La búsqueda de la claridad y de la profundidad en la especulación formal sobre la lógica dialéctica es algo a apreciar, pero algo también se pierde al elegir este camino, y se corre el riesgo de caer en visiones parciales, justamente por despreciar demasiado a los momentos parciales, que en lugar de mantenerse y ser entendidos en su propia necesidad, son condenados a ser una nada idéntica a si misma, a ser solamente no superación, al mismo tiempo que la superación no termina nunca de ser enunciada, tan solo anunciada. Esto lleva a una especie de pensamiento interruptus.

Sandino postula que el lenguaje debe decir al cuerpo en lugar de reprimirlo, pero se limita a anunciar este deber, sin elaborar un lenguaje que efectivamente diga al cuerpo, que piense desde los problemas que este plantea para hacer con el otras cosas. Es decir, en lugar de el lenguaje decir al cuerpo, el lenguaje dice que el lenguaje debe decir al cuerpo, deslizándose una espiral sin fin. Lo mismo con el deseo, que es postulado como una dimensión inherente al sujeto, pero nunca termina de enunciarse positivamente: se anuncia que se enunciará un deseo.

Así, se trata de una escritura con una calidad claustrofóbica, con la forma de un laberinto sin salida, lleno de repeticiones, caminos cerrados y frustraciones. Como si la historia estuviera trancada, y el espíritu no pudiera moverse, y tuviera que pulsar reset a ver si esta vez no vuelve el glitch. El de Sandino es un Hegel trancado, sin devenir, pero anunciando continuamente el deseo de devenir, sin embargo terminando con una compulsión a la repetición, como un obsesivo que tiene que repetir una y otra vez que el sujeto va a venir, pero sin que quede claro que sujeto habla ni que sujeto viene.

Esto, si pensamos dialécticamente, no tiene que ser pensado como un error del pensamiento de Sandino, sino como un síntoma que es altamente significativo teóricamente. Efectivamente vivimos en un tiempo trancado, en el que es difícil encontrar salidas.


4. Marx

Cuando Hegel no nos da respuestas para la acción, debe aparecer Marx. Pero existen diferentes Marx. El Marx profeta de la revolución del comunismo, el Marx científico de los marxistas analíticos, el Marx de la alienación de los humanistas, el Marx economista clásico de la teoría económica.

En la obra de Sandino, el Marx que aparece es el Marx del fetichismo, a quien solemos encontrar en los estudios culturales y la teoría crítica. En su pasaje de El Capital sobre el fetichismo de la mercancía, Marx se centra en el problema del significado como parte del modo de producción, en como la forma como se nos aparece la realidad es una emanación significante del modo de producción, y por eso la crítica tiene que no caer en la trampa: las abstracciones, las cuantificaciones, los valores y los supuestos básicos que organizan nuestra realidad no solo son funcionales al capitalismo, son el capitalismo mismo.

En el paso de la ideología al fetichismo, Sandino apunta a algo más profundo que criticar una simple distorsión de la realidad en favor de los intereses de la clase dominante. Digamos que es algo del orden de lo que hace Butler con los conceptos de género y sexo: no solo el género es una construcción social sobre el sexo supuestamente real, el sexo mismo es una construcción fruto de relaciones de poder.

Así, no es que debajo de la ideología se encuentra una verdadera realidad en la producción, la producción es ya ideológica, o mejor dicho fetichista, es una cosificación en la que la estructura de la realidad misma ya está formateada de acuerdo a la lógica capitalista. Debajo de una máscara hay otra máscara, y solo nos queda entender cual es la lógica formal de estas máscaras.

Si bien es claro que esta forma de pensar tiene su rendimiento analítico, no es del todo justa con el pensamiento de Marx. Es que el pasaje sobre el fetichismo es apenas una parte de un todo que es el tomo 1 de El Capital, en el que Marx comienza analizando a la mercancía como una dialéctica entre el valor de uso y valor de cambio, que desarrolla hasta llegar al fetichismo, para luego dedicar el resto del libro a la producción, la lucha por la jornada de trabajo y la acumulación originaria. La función precisa del pasaje sobre el fetichismo es la de una transición entre el primer momento más abstracto y los siguientes, en los que Marx va a meterse con la producción, haciendo uso de la ciencia económica, los informes gubernamentales, la reflexión sobre las luchas obreras y la historia de la relación entre el estado, la colonia y la acumulación.

No es que el fetichismo no sea importante para Marx, pero es importante ser cuidadosos con que construir un Marx centrado en este concepto nos haga perder de otras dimensiones de su obra. Pero quizás esto es precisamente lo que busca Sandino: a pesar de que en muchos momentos reconoce su deuda con Marx y reflexiona desde sus categorías, su deseo revolucionario y con guiños permanentes al lenguaje marxista, es mejor entender a su pensamiento como un post-marxismo, en el que ciertas categorías de Marx son rescatadas, pero ya desde otro marco. Es que el pensamiento de Sandino necesita un corte con lo (que él considera) que hay de capitalista en Marx, para poder hacer un corte con el capitalismo.

Pero el fetichismo es un arma de doble filo, porque una denuncia de como la realidad es consificada puede hacernos caer a nosotros en el fetichismo de no tomarnos suficientemente en serio al resto no subordinado a la lógica del capital, a lo que resiste desde lo viejo y promete lo nuevo. Podemos terminar construyendo un monumento al fetichismo que vea una teleología pseudohegeliana que encuentra en el neoliberalismo no solo la causa final del capitalismo, sino también de toda la historia, toda la vida y todo el universo.

Pero la historia está llena de reversiones, y si el capitalismo mañana fuera derrotado y creáramos algo mejor, esa misma historia sería la historia de como llegamos a eso, y si deseamos eso es porque pensamos que esa potencia ya está en este presente.

Y para escudriñar en las potencias del presente necesitamos a la ciencia, que no puede ser reducida a su rol de cosificadora. No podemos olvidar que tanto Hegel como Marx pensaban a sus proyectos como científicos. Es que la ciencia está, como la vida, el trabajo y la política, subordinada por el poder del capital y por lo tanto está a su servicio, pero es capaz de producir restos de verdad y de vida que cuestionan lo dado, y eso es estrictamente necesario e inherente a las propias lógicas científica, política y vital. Son la propia ciencia, la disputa y la vida las que pueden mostrarnos la destrucción que genera el capitalismo y la forma como el mundo está lleno de resistencias y de potencias no subordinadas.

Por eso tenemos que por lo menos postular que debajo de la máscara sí vamos a encontrar a la realidad, que es la producción social de la vida, es decir las relaciones sociales y el trabajo. Y por esto para Marx la naturaleza humana no es la competencia entre genes egoístas, sino el conjunto de las relaciones sociales. Es decir, el capitalismo nos hace pensar que el trabajo, la política, la ciencia y la vida son capitalistas porque así las organizó, nos hace cosificarlos como si sus versiones actuales fueran las únicas posibles, pero esa fetichización no existiría si la economía estuviera organizada de otra manera (como dice Marx en el propio pasaje sobre el fetichismo).

Para Marx la filosofía tiene un rol que jugar, pero es justamente dejar de ser filosofía para formar parte de un proceso creativo que incluye a la ciencia, al trabajo (y por lo tanto a la producción social de la vida) y a la lucha política, para que los sueños y las especulaciones de los filósofos sean realidades, o por lo menos deseen serlo.

Si exageramos tanto el gesto crítico que no podemos concebir una economía no capitalista, una naturaleza no mercantilizada y una vida no mercantil, vamos a tener serios problemas para lanzar un deseo de corte y de transformación radical.

Volvemos entonces al problema de la vida, el cuerpo y el alma. ¿Y si ni el cuerpo ni el alma fueran cárceles? ¿y si ambos estuvieran encarcelados por la lógica del capital, y un replanteo de la relación entre ambos pudiera derrotarla y liberarlos, no a uno del otro, sino a las dos de lo que las separa, las aliena y las cosifica? ¿si en esto la ciencia, el trabajo, la técnica, la organización y la disputa política en todos los niveles tuvieran un rol? ¿y si existieran formas de pensar el aumento de la potencia de la vida más allá del capitalismo?

Es posible que el fetichismo capitalista nos haya ganado tanto que no podamos concebir una fuerza no capitalista más potente que el capitalismo, o peor aún, que hablar en términos de mayores y menores fuerzas o potencias fuera ya haber cedido ante el capitalismo. ¿Pero no podríamos pensar que una forma de producir socialmente la vida que estuviera basada en la inteligencia colectiva, la democracia, el amor, la libertad y la organización consciente sería mucho más potente que el capitalismo, siendo una fuerza superior que no solo lo señale críticamente, sino también lo desplace como lógica organizadora del mundo humano? Pensar que el progreso de las fuerzas productivas solo puede ser pensado como crecimiento del PIB, como mayor acumulación de mercancías, es haber cedido al fetichismo capitalista.


5. El deseo

Quizás nos fuimos demasiado lejos hacia lo especulativo, quedando sin explicar por que el programa de Sandino es una crítica al progresismo. Aunque no se meta con las complejidades de la economía, la geopolítica, los juegos parlamentarios, la organización sindical, la producción ideológica, hace algo mucho más directo. Pasa por encima a las mediaciones e identifica al núcleo mismo del problema: la lógica del crecimiento, el deseo progresista de que haya más y más para siempre.

El esfuerzo crítico de Sandino está puesto en destruir este supuesto ideológico del progresismo, en un ataque sin tregua que no pierde el tiempo con discusiones prácticas ni pierde de vista por un segundo el objetivo principal: demostrar la solidaridad profunda entre el progresismo (y su obsesión con el progreso tecnológico, las mediciones y la unidad nacional) y el capitalismo; para luego postular que la verdadera política es desear un corte con esta lógica.

Sandino critica con ferocidad a la izquierda capitalista, que abandonó al comunismo para transformarse en gestora de lo dado, y esa crítica es certera. Pero la negativa a imaginar, la negación de la vida, el trabajo, la ciencia y la organización como espacios de subjetivación, y la imposibilidad de postular una potencia de lo común, terminan haciendo que la crítica haga lo que le critica a la izquierda: abandonar también al comunismo, pero no por pragmatismo sino por miedo a ser cómplice con lo dado, refugiándose en el lenguaje para no lidiar con el riesgo de hacerse cargo de un deseo. Esto es lo que Bruno Bosteels llama una “filosofía de la derrota”, la filosofía de un tiempo contrarevolucionario, que comienza con la derrota del 68, se impone en los 70 y los 80 y se consolida en los 90 y los 2000. Pero ese tiempo, algún día, como todos los tiempos, tiene que terminar.

La de Sandino es en algún sentido una filosofía de la derrota, que no puede postular un deseo positivo y por lo tanto reduce al pensamiento revolucionario a la pura negatividad. Pero también postula una y otra vez la necesidad del corte y del deseo: mantiene encendida, aunque entienda que estos son tiempos extremos y oscuros, una luz humilde, que preserva la interpelación de desear algo fundamentalmente diferente, aunque no sea el quién lo postule. Quizás la primera pregunta a hacer a Sandino podría ser: ¿bajo que condiciones podría postularse un deseo positivo?

Pero no podemos olvidarnos que el libro se inscribe desde su título en la tradición psicoanalítica, y que uno a su analista no le puede pedir que le diga que hacer. El está ahí para escuchar, para cuestionar inercias, para dar una ocasional palabra de aliento, para incitarnos a no ceder en nuestro deseo, y para que este deseo sea verdadero y no una expresión cómoda de lo que ya estamos haciendo. Si le seguimos pidiendo a un analista o un maestro que nos diga que hacer, es porque todavía no estamos listos para postular nosotros mismos que es lo que deseamos.
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