Mostrando entradas con la etiqueta Chesterton. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Chesterton. Mostrar todas las entradas

jueves

¿VUELVE (OTRA VEZ) CHESTERTON?


por José A. Cano


Polemista, irónico, paradójico. El escritor G.K. Chesterton, uno de los más influyentes del siglo XX, resultaba tan mordaz en su época como lo haría en la actualidad: le irritaban las convenciones que se mantenían por inercia sin que nadie reflexionase sobre ellas.

 

Cabe la posibilidad de que el público general no sea capaz de ponerle cara a Gilbert Keith Chesterton, aunque quizás sí quepa en su memoria sí, adaptaciones televisivas mediantes, el detectivesco Padre Brown –su creación más popular–. Sin embargo, G.K. Chesterton fue uno de los autores más influyentes del pasado siglo XX. Escribió dos clásicos: El Napoleón de Notting Hill y El hombre que fue Jueves. Elaboró numerosas biografías sobre los autores de la época (como su admirado Robert Luis Stevenson) que siguen considerándose referencias hoy en día.


Novelista, cuentista, periodista, poeta y, sobre todo, polemista agudo que combinaba la flema británica con la maldad mediterránea. Chesterton, que murió en 1936, es recordado hoy como un intelectual brillante, irónico, empeñado en desnudar las contradicciones de eso que llamamos ‘sentido común’. Su popularidad entre los intelectuales hispanoparlantes tiene, en parte, dos culpables.


Uno, Jorge Luis Borges, cuyo entusiasmo por este autor se contagió a lo largo de las décadas a otros escritores como el peruano Fernando Iwasaki, el cubano Guillermo Cabrera Infante o el periodista español Enric González.


Dos, el catolicismo. Acostumbrados a la leyenda negra y la habitual condescendencia de los países protestantes, un anglosajón que utilizaba la doctrina católica para criticar los usos y costumbres de su país siempre ha resultado una novedad más que bienvenida por los lectores de Estados de mayoría católica.


Chesterton siempre tuvo el reconocimiento que le daban las aventuras del Padre Brown, un sacerdote metido a detective sobre el que llegó a escribir más de 50 relatos y que se ha adaptado varias veces al teatro o la televisión. Este humilde párroco resolvía crímenes gracias al sentido común y la experiencia de vida, en lugar de clases de entrenamiento policial. El personaje, de hecho, suele ser el ejemplo del raciocinio frente a la superstición puesto que se dedica a desmontar milagros o explicaciones sobrenaturales con una lógica más que aplastante.


Por supuesto, el Padre Brown no surgió de la nada. Además de los detectives en la época –Chesterton convivió en su juventud con el primer éxito de Sherlock Holmes y en su madurez con la explosión de Agatha Christie–, el personaje se inspiraba en el sacerdote irlandés John O’ Connor, párroco de un barrio pobre de Bradford (Inglaterra), a quien G. K. conoció en 1907 y cuya relación, mitad amistad y mitad tutela, motivó la conversión al catolicismo del autor.


El postureo previo al postureo


El viejo Gilbert Keith es también uno de esos autores a los que cierto entontecimiento del consumo cultural actual ha reducido al aforismo de sobre para el azúcar. Seguramente él mismo, aficionado a señalar lo que hoy llamaríamos el ‘postureo intelectual’, habría disfrutado de la ironía de ver las frases que lo subrayan convertidas en ‘memes’ de redes sociales mientras son completamente descontextualizadas de su sentido original. En esta línea, sabía esconder sus intenciones por medio de la ironía y sorprender a los lectores afirmando algo para demostrar luego lo contrario. Si algo le irritaba eran las convenciones, de cualquier tipo, que se mantenían por inercia sin que nadie se parase a reflexionar sobre ellas.


Fue, por tanto, un autor a contracorriente comparado con el inglés católico medio. Admiraba a Don Juan de Austria –sobre el que, por cierto, escribió en su poema Lepanto, traducido por Borges al español–. Pero también fue un conservador, en el sentido estricto de la palabra (no lo confundamos con reaccionario). En resumidas cuentas, un católico que escribió contra el socialismo apoyándose en las reformas de redistribución de la riqueza del Papa León XIII; un librepensador contrario a las modas de la modernidad; un individualista que se reía del anarquismo y un poeta que disfrutaba del ensayo. Un intelectual contemporáneo, y lo contrario. El rey, en fin, de las paradojas.


(ethic / 15-9-2021)

martes

G. K. CHESTERTON - HEREJES / III (1905)

  


"La blasfemia es un efecto artístico, porque depende de una convicción filosófica. La blasfemia depende de la creencia, y se desvanece con ella. Si alguien lo duda, que se siente y trate de provocarse ideas blasfemas sobre Thor."

  

"Cuando todo lo que respecta a un pueblo se vuelve débil e ineficaz, se empieza a hablar de eficacia. Lo mismo sucede cuando el cuerpo de un hombre zozobra; entonces ese hombre, por primera vez, empieza a hablar de salud. Los organismos vigorosos no hablan de sus procesos sino de sus metas. No puede haber mejor prueba de la eficacia física de un hombre que cuando habla alegremente de un viaje al fin del mundo. Y no puede haber mejor prueba de la eficacia práctica de una nación que cuando habla constantemente de un viaje al fin del mundo, un viaje al Día del Juicio y a la Nueva Jerusalén. No hay mayor señal de absoluta salud material que la tendencia a perseguir alocados ideales; es durante la primera exuberancia de la niñez cuando pedimos la luna. Ninguno de los hombres fuertes de las eras fuertes habría comprendido el significado de «trabajar para la eficacia». Hildebrand no habría dicho que trabajaba para la eficacia, sino para la Iglesia católica. Danton no habría dicho que trabajaba para la eficacia, sino para la libertad, la igualdad y la fraternidad. Incluso si el ideal de esos hombres era, simplemente, echar escaleras abajo a otros hombres de un puntapié, pensaban en las metas, como hombres, y no en los procesos, como paralíticos. No decían: «Elevando con eficacia mi pierna derecha, usando, como constatará, los músculos del muslo y la pantorrilla, que se hallan en perfecto estado, yo…». Ellos sentían las cosas de otro modo. Se hallaban tan impregnados de la hermosa visión del hombre a los pies de una escalera, que en ese éxtasis el resto seguía como un destello. En la práctica, el hábito de generalizar e idealizar no significaba en absoluto sucumbir a una debilidad mundana. La época de las grandes teorías era época de grandes resultados".

  

"Nuestros políticos modernos se abrogan la licencia colosal de un césar y un superhombre, defienden que son demasiado prácticos para ser puros, y demasiado patrióticos para ser morales; pero el resultado de todo ello es que un mediocre llega a ministro de Economía. Nuestros nuevos filósofos artísticos exigen la misma licencia moral, una libertad para destrozar cielo y tierra con su energía; pero el resultado de todo ello es que un mediocre llega a poeta laureado. No digo que no existan hombres más fuertes que estos, pero ¿diría alguien que existen hombres más fuertes que aquellos de la antigüedad, dominados por su filosofía y comprometidos con su religión? Puede discutirse si el compromiso es mejor que la libertad. Pero a cualquiera le resultaría difícil negar que su compromiso dio más frutos que nuestra libertad."

  

"Las teorías generales se condenan en todas partes (…) El propio ateísmo nos resulta demasiado teológico hoy día. La revolución misma es demasiado sistemática; la libertad misma, demasiado restrictiva. No deseamos generalizaciones. (…) Importa la opinión de un hombre sobre los tranvías, sobre Botticelli. Pero su opinión sobre el todo no importa. Puede mirar a su alrededor y explorar un millón de objetos, pero no debe, bajo ningún concepto, dar con ese objeto extraño, el universo, pues si lo hace tendrá una religión, y se perderá. Todo importa, excepto el todo."

viernes

EL HOMBRE QUE FUE JUEVES - G. K. CHESTERTON - ÚLTIMA ENTREGA

CAPÍTULO DECIMOQUINTO


EL ACUSADOR (2)

El Domingo volvió la mirada hacia Ratcliffe, que dijo así con clara voz:

-¡Me parece tan insensato que hayas estado en los dos bandos y te hayas combatido a ti mismo!

Y dijo Bull:

-Yo no entiendo nada, pero soy feliz y siento que el sueño empieza a dominarme.

-Yo no soy feliz -dijo el Profesor hundiendo la frente en las manos- porque no comprendo. Me has obligado a acercarme demasiado al infierno.

Y Gogol con la sencillez de un niño exclamó:

-Yo quisiera saber por qué me han maltratado tanto.

Nada contestó a esto el Domingo. Apoyó la poderosa barba en la mano y se quedó contemplando la lejanía. Al fin habló así:

-He oído vuestras quejas por su orden. He aquí que se acerca otro a quejarse; es justo, que también lo escuchemos.

El fuego moribundo del gran crisol lanzó en ese instante su último reflejo, fingiendo una vara de oro fundido que atravesara las tinieblas. A esta luz, se dibujó en negro la silueta de un hombre que se acercaba a grandes pasos. Parecía vestido con un hermoso traje y calzón corto como los criados de la casa. Pero su traje no era azul, sino completamente negro. También llevaba al cinto una espada. Cuando se acercó al semicírculo y alzó la cara para ver a los otros. Syme, con nítida claridad de rayo, descubrió que aquella era la cara tosca, casi simiesca, de su antiguo amigo Gregory, con sus hirsutos cabellos rojos y su ofensiva sonrisa.

-¡Gregory! -jadeó Syme incorporándose en el sitial-. He aquí, pues, al verdadero anarquista.

-Sí -dijo Gregory amenazador y concentrado-. Yo soy el verdadero anarquista.

-Y llegó el día -murmuró Bull que parecía estar ya dormido- en que los hijos de Dios vinieron ante el señor, y también Satán compareció entre ellos.

-Es verdad -dijo Gregory mirando en torno-, soy un destructor. Yo, si pudiera, destruiría el mundo.

Un sentimiento patético pareció estremecer a Syme, comunicándosele desde el fondo de la tierra, y dijo así incoherente y conmovido:

-¡Oh, tú el más desdichado de los hombres! ¡Intentas ser feliz! Tienes los cabellos rojos como tu hermana.

-Mis cabellos rojos, como rojas llamas, han de incendiar al mundo -contestó Gregory-. Yo creía odiar todas las cosas más de lo que cualquier hombre puede odiar una sola cosa; y ahora descubro que nada me es más odioso que tú.

-Yo nunca te he odiado -dijo Syme con amargura.

Y entonces aquella ininteligible criatura lanzó sus últimos clamores:

-¡Tú! ¡Tú nunca has odiado porque tú nunca has vivido! Os conozco a todos, desde el primero hasta el último: sois los poderosos, sois la policía; los hombres gordos y risueños vestidos de azul con botones dorados. Sois la Ley, y nunca habéis sido derrotados. Pero ¿hay acaso un alma viviente que no anhele quebrantaros, aunque sólo sea porqué nunca fuisteis quebrantados? Nosotros, los sublevados, disparatamos frecuentemente sobre este y el otro crimen del gobierno. ¡Gran disparate! El único y magno crimen del gobierno está en el hecho de que gobierne. El pecado imperdonable del poder supremo está en que es supremo. No maldigo vuestra crueldad. No maldigo (aunque bien pudiera) vuestra bondad. Maldigo vuestra seguridad. Estáis en vuestro sitial de piedra instalados de una vez para siempre. Sois los siete ángeles del cielo que no sufren nunca. ¡Ay! Yo podría perdonaros todo, oh gobernantes de la especie humana, si supiera que una sola vez, una sola hora habéis padecido la agonía en que yo me consumo...

Syme saltó aquí de su sitial, temblando de pies a cabeza.

-Lo veo todo -gritó-. Ya entiendo todo lo que pasa. ¿Por qué han de pelear entre sí todas las cosas de la tierra? ¿Por qué cada cosa insignificante se ha de sublevar contra el mundo? ¿Por qué quiere combatir la mosca al universo? ¿Por qué la florcita dorada ha de combatir al universo? Por la misma razón que me obligó a estar solo en el temeroso Consejo de los Días. Para que todo lo que obedece a una ley merezca la gloria y el aislamiento del anarquista. Para que todo el que lucha por el orden sea tan bravo, sea tan honrado como el dinamitero. Para que la mentira de Satanás caiga sobre la cara de este blasfemo, y a través de la tortura y las lágrimas, ganemos el derecho de contestarle a este hombre: ¡mientes! Todas las agonías son pocas para adquirir el derecho de decirle al acusado: ¡nosotros también hemos sufrido!

"No es cierto que nunca nos hayan quebrantado, al contrario: hasta nos han descoyuntado en la rueda del tormento. No es cierto que nunca hayamos bajado de estos tronos: hemos descendido a los infiernos. Cuando este insolente compareció paraacusarnos por ser felices, estábamos lamentándonos de dolores inolvidables. Rechazo la calumnia: no hemos sido felices. Puedo responder por todos y cada uno de los Grandes Guardianes de la Ley a quienes éste acusa. Al menos...

Y, al llegar aquí, volvió los ojos al Domingo en cuya ancha cara se dibujaba una extraña sonrisa.

-¿Y tú? -gritó Syme con voz espantosa-. ¿Has sufrido tú alguna vez?

Y, a sus ojos, aquella cara pareció dilatarse de un modo increíble; agigantarse más que la máscara colosal de Memnón que, de niño, había hecho llorar de miedo a Syme. Aquella cara se hinchó por instantes, hasta llenar todo el cielo; después, todo se oscureció. Y en medio de la oscuridad, antes de que la oscuridad aniquilara su espíritu, Syme creyó oír una voz distante que repetía aquel lugar común que alguna otra vez había oído, quién sabe dónde:

"¿Podréis beber en la copa en que yo bebo?"

Cuando, en las novelas, los hombres despiertan de un sueño, vuelven a encontrarse generalmente en el sitio en que se habían quedado dormidos; bostezan en su sillón, o, si es en el campo, se levantan con todo el cuerpo molido. El caso de Syme fue mucho más extraño psicológicamente, concediendo que, en el sentido habitual de la palabra, no hubiera nada de real en las cosas que le habían sucedido. En efecto; más tarde pudo recordar claramente que había perdido el conocimiento ante la metamorfosis de la cara del Domingo, pero nunca pudo recordar cómo ni cuándo volvió en sí. Apenas logró darse cuenta, y esto poco a poco, de que andaba paseando por una calleja de barrio con un compañero de agradable conversación. Este compañero formaba parte de su drama reciente: era Gregory, el poeta de los cabellos rojos. Caminaban como viejos amigos, y estaban hablando de cualquier bagatela. Pero Syme sentía en sus miembros un vigor sobrenatural, y en su mente una nitidez cristalina que parecían superiores a lo que en aquel instante hablaba o hacía.

Sentía como si fuera portador de alguna buena noticia casi increíble, junto a la cual todas las demás cosas resultaban meras trivialidades, aunque encantadoras trivialidades.

El alba comenzaba a romper en claros y tímidos colores; la naturaleza arriesgaba un primer intento de luz amarilla, y manteniendo a la vez su último intento de luz rosa. Soplaba una brisa limpia y suave, que no parecía venir del cielo, sino de alguna ventana abierta en el cielo. Y Syme se sorprendió un poco cuando, a uno y otro lado de la calle, reconoció los edificios rojos e irregulares de Saffron Park. No se figuraba estar tan cerca de Londres.

Instintivamente, se internó por una calle blanca donde los pájaros madrugadores trinaban y saltaban, y se encontró frente a la reja de un jardín. Allí vio a la hermana de Gregory, la muchacha de la cabellera roja y dorada, que se entretenía en cortar lilas, mientras llegaba la hora del almuerzo, con esa inconsciente gravedad que suelen tener las muchachas.

jueves

EL HOMBRE QUE FUE JUEVES - G. K. CHESTERTON

SEXAGÉSIMA ENTREGA

CAPÍTULO DECIMOQUINTO


EL ACUSADOR (1)


Al pasar por el corredor, Syme vio al Secretario en lo alto de una gran escalera. Nunca lo había encontrado tan noble. Estaba vestido de noche negra y sin estrellas, y por el centro caía una banda o ancha zona de un blanco purísimo, como un solo rayo de luz. El conjunto tenía aire de traje eclesiástico muy severo. Syme no tuvo que esforzarse para recordar que, en la Biblia, el primer día de la creación la luz fue extraída de la sombra. El traje bastaba para sugerir el símbolo; y Syme sintió también que aquel contraste de negro y blanco expresaban el alma pálida y austera del Secretario, llena de cruel veracidad y extraño frenesí, cosas ambas que le permitían tan fácilmente combatir a los anarquistas como confundirse con ellos. No le llamó la atención a Syme que, en medio de aquella hospitalidad y confort, los ojos del Secretario conservaran su severidad. Ni el olor de la cerveza ni el perfume de los jardines podían impedir que el Secretario propusiera al mundo sus interrogaciones razonables.

Si Syme hubiera podido verse a sí mismo, hubiera apreciado hasta qué punto él también parecía existir por primera vez plenamente. Si el Secretario era el filósofo de la luz uniforme, de la luz primera, Syme era el poeta que busca la luz modelada en formas, en sol y en estrellas. El filósofo ama, a veces, lo infinito; el poeta ama siempre lo finito. Para este el gran día del universo no lo es tanto el de la creación de la luz, como el de la creación del sol y la luna.

Bajaron juntos la escalera. Se encontraron con Ratcliffe, vestido de verde primaveral, como cazador: sus armas consistían en un grupo de árboles enlazados. Era el tercer día: el de la creación de la tierra y las cosas verdes. Su cara franca y sensible, con su expresión de amable cinismo, casaba muy bien con el traje.

Pasando por una puerta baja y ancha, los condujeron a un vasto y antiguo jardín inglés lleno de antorchas y fogatas. A su trémula luz, vestida con trajes abigarrados, bailaba la turba carnavalesca. Syme descubrió en los trajes de fantasía una imitación de todas las formas de la naturaleza. Había un hombre vestido de elefante, otro vestido de globo. Estos dos últimos, juntos, parecían continuar el hilo de las aventuras anteriores. También vio Syme con horror a un danzante disfrazado de enorme cálao, con un pico dos veces mayor que su cuerpo: el pájaro cuyo recuerdo le acosaba como una interrogación desde el episodio del jardín zoológico. Había mil objetos más: un farol danzante, un árbol danzante, un barco danzante. Se dijera que la música irresistible de algún músico loco obligaba a danzar a todos los objetos del campo y de la calle en una perenne zarabanda. Años más tarde, cuando Syme llegó a la edad madura, no podía ver faroles, árboles o molinos de viento, sin pensar que eran unos trasnochadores que volvían de la mascarada.

Junto al prado donde se desarrollaba la danza, había una extensión verde, una de esas terrazas que se ven en los antiguos jardines. Allí, en forma de creciente luna, había siete sillones: los tronos de los siete días. Ya Gogol y el Dr. Bull estaban en su sitio. El Profesor se acercaba. Gogol, el Martes, llevaba un traje simbólico en su sencillez, que representaba la división de las aguas; un traje que se abría en la frente y caía hasta sus pies, argentado y gris como una caída de agua. El Profesor, a quien tocaba el día en que fueron creados pájaros y peces, formas las más elementales de la vida, llevaba un traje púrpura oscuro, sobre el cual se veían los pescados de ojos saltones y los caprichosos pájaros tropicales, mezcla de insondable fantasía y de duda. El Dr. Bull,último día de la creación, estaba cubierto de animales heráldicos en rojo y oro, y en lo alto de su cabeza, como cresta, aparecía un hombre rampante. Se dejó caer en su sillón con una sonrisa sin mancha; imagen del optimismo que era su elemento.

Uno por uno los peregrinos subieron a la verde terraza y ocuparon sus tronos. A cada uno que se sentaba, la carnavalesca multitud lanzaba un clamor como el del pueblo, que saluda a su rey. Chocaban las copas, agitaban las antorchas, lanzaban al aire los sombreros emplumados. Los hombres, a quienes aquellos tronos estaban destinados, llevaban una corona de laurel. Pero el sillón central estaba vacío.

Syme quedaba a la izquierda del sillón central, el Secretario a la derecha. Este, dirigiéndose a Syme, dijo con apretados labios:

-Aún no averiguamos si habrá quedado muerto en el campo.

Acababa de oír Syme estas palabras, cuando vio en las caras de los hombres que lo rodeaban una alteración sublime y temerosa a la vez, como si el cielo se abriera sobre su cabeza. El Domingo había pasado silencioso como una sombra y se había sentado en el trono central. Llevaba un traje sencillo, de terrible y absoluta blancura, y sobre su frente, los cabellos eran una llamarada de plata.

Por mucho tiempo, tal vez durante varias horas, aquella gran mascarada que parecía representar a la humanidad estuvo desfilando y danzando frente a ellos al son de una música arrebatadora y gozosa. Cada pareja parecía una novela aparte; a veces aparecía un hada bailando con un bufón, y a veces una campesina trabada con la luna; pero siempre alguna cosa tan absurda, como la historia de Alicia en el País de las Maravillas, y siempre tan grave y emocionante como una historia de amor.

Poco a poco la multitud se fue dispersando. Las parejas se perdieron por las avenidas del jardín o se encaminaron hacia el fondo del edificio, donde se veían humear, en cubas enormes como peceras, unas mezclas hirvientes y perfumadas de cerveza vieja y vino añejo.

Arriba, en un armazón negro que había sobre el techo, una gran fogata rugía presa en su taza de hierro, iluminando una distancia de varias millas. Alargaba sus reflejos de hogar doméstico hasta los inmensos bosques grises y oscuros, y parecían llenar de calor las soledades de la alta noche. Pero también este fuego se fue apagando poco a poco. Los grupos rodeaban las inmensas calderas, o se perdían riendo y charlando por los interiores de la mansión. Poco a poco fueron quedando diez, cuatro. Finalmente, el último danzante extraviado corrió hacia la casa, gritando a sus compañeros que lo esperaran. El fuego se apagaba. Las estrellas iban saliendo, lentas y claras. Los siete personajes se quedaron solos como siete estatuas de piedra en sus sitiales de piedra. Ninguno había hablado una palabra. Tampoco necesitaban hablar. Se escuchaba el zumbido de los insectos y el trino lejano de un pájaro.

Al fin el Domingo empezó a hablar. Pero era su voz tan somnolienta que, más que empezar una conversación, se diría que la continuaba con cansancio.

-Ya comeremos y beberemos más tarde -dijo-. Permanezcamos juntos un rato, ya que nos hemos amado tan dolorosamente y tanto nos hemos combatido. Creo recordar los siglos de la guerra heroica en que fuisteis héroes todos vosotros; epopeya tras epopeya, iliada tras iliada, fuisteis siempre compañeros de armas. Ora sea recientemente, ora sea el principio de los días (porque el tiempo no es nada) recuerdo que os envié a la guerra. Yo me senté en las tinieblas, donde no hay cosa creada, y fui para vosotros como una voz que ordena tener valor y exige sobrenaturales virtudes. Y oísteis la voz de las tinieblas, y nunca la volvisteis a oír. El sol la negaba en el firmamento, la tierra y el cielo la negaban, todahumana sabiduría también la negaba. Y al encontrarme con vosotros a la luz del día, yo mismo la negué.

Syme se estremecía en su sitial. Pero todo permaneció callado; y el incomprensible continuó:

-Pero erais hombres. Guardásteis el secreto de vuestro honor, aun cuando el cosmos entero se convirtió en máquina de tortura para arrancároslo. Sé que anduvisteis muy cerca del infierno. Sé que tú, Jueves, cruzaste tu acero con el Rey Satanás y que tú, Miércoles, me nombraste a la hora de la desesperación.

Hubo un completo silencio en el jardín iluminado por las estrellas radiantes. Después el cejinegro Secretario, implacable, volvióse hacia el Domingo, y dijo desde su sitial con voz ronca:

-¿Quién eres? ¿Qué eres?

-Yo soy el Sabbath: yo soy la paz de Dios. El Secretario se puso de pie y, estrujando su precioso traje con las manos.

-Te entiendo -exclamó-, por eso no puedo perdonarte. Eres el contento, el optimismo,  la reconciliación final. Y yo no estoy reconciliado. Si eres el hombre del cuarto oscuro ¿por qué también eres el Domingo, ofensa de la luz del día? Si comenzaste por ser nuestro amigo y nuestro padre ¿por qué, después nuestro mayor enemigo? Tuvimos que llorar, tuvimos que huir aterrorizados. El hierro penetró en nuestras almas: ¡Y tú eres la paz de Dios! ¡Oh, yo puedo perdonarle a Dios Su ira, aunque destruya las naciones: pero no puedo perdonarle Su paz!

Nada contestó el Domingo, y sólo volvió con lentitud su cara hacia Syme, como interrogándolo.

-No -dijo Syme-; yo no estoy tan indignado. Yo te agradezco, no sólo el vino y la hospitalidad que me has dado, sino mis hermosas aventuras y radiosos combates. Pero te quisiera conocer. Mi alma y mi corazón se sienten tan dichosos y quietos como este dorado jardín, pero mi razón está llorando: yo quisiera conocer, yo quiero conocer... 

EL HOMBRE QUE FUE JUEVES - G. K. CHESTERTON


QUINCUAGESIMONOVENA ENTREGA
CAPÍTULO DECIMOCUARTO


LOS SEIS FILÓSOFOS (4)

Cuando los seis viajeros llegaron, vieron en el camino una larga fila de carruajes, como los que se ven frente a las casas de Park Lane. En fila, también junto a los carruajes,  estaban los lacayos espléndidamente vestidos con uniforme azul-gris, y cierto aire solemne y fiero que, más que de lacayos, es propio de oficiales y embajadores de un gran rey. Había seis carruajes. Uno para cada uno de los tristes y desgarrados viajeros. Los criados, como en traje de corte, llevaban espada al cinto. Cuando cada uno entró en su coche, los criados desenvainaron la espada y saludaron, lanzando un relámpago de acero.

-¿Qué quiere decir esto? -le había preguntado Bull a Syme al tiempo de separarse-. ¿Otra guasa del Domingo?

-No lo sé -había contestado Syme, dejándose caer fatigado sobre los almohadones del asiento-. Pero si es una guasa, tenía usted razón: es una guasa de hombre bueno.

Muchas aventuras habían sufrido nuestros seis aventureros, pero ninguna les había asombrado tanto como esta aventura confortable. Se habían habituado a las cosas ásperas, y esta súbita suavidad les desconcertaba. No tenían la menor idea de lo que podían ser aquellos carruajes. Les bastaba saber que eran carruajes y que tenían almohadones

Tampoco imaginaban quién podía ser el que los había conducido hasta los carruajes; les bastaba saber que aquel hombre extraño los había conducido hasta los carruajes. Syme se sentía arrastrar con el mayor abandono por entre las sombras de los árboles. Le pasaba algo muy característico de su temperamento: mientras él había sido el guía, su barbilla se erguía fieramente: ahora que el asunto pasaba a otras manos, Syme se dejaba caer con desmayo sobre los cojines.

Poco a poco se dio cuenta de la hermosura del camino. Vio que pasaban la reja de lo que parecía ser un parque, y que subían una colinilla, que, aunque poblada de árboles a ambos lados, parecía más regular que un bosque. Y poco a poco le fue invadiendo, como al que despierta de un sueño saludable, una sensación de placer general. Sintió que los setos eran los que deben ser: muros vivientes. Que un seto vivo es como un ejército humano, disciplinado, pero todavía más vital. Tras los setos sobresalieron unos álamos, y pensó en la dicha de los niños a quienes fuera dable columpiarse en sus ramas. Después volvieron un recodo del camino, y Syme vio de pronto, a modo de una nube crepuscular, baja y alargada, una casa larga y baja, suave bajo la suave luz del poniente.

Los seis amigos, al comparar más tarde sus impresiones, discutieron mucho, pero todos convinieron en que aquella casa les había hecho recordar su infancia. Ya era la copa de aquel olmo, ya aquel sendero en zig-zag, ya aquel rincón del huerto, o el contorno de la ventana; pero ello es que todos recordaban aquel lugar mejor que los rasgos de su madre.

Los coches se acercaron a una puerta amplia, baja, abovedada. Otro hombre con uniforme, que llevaba una estrella de plata en el pecho, sobre el traje gris, vino a su encuentro. Este imponente personaje dijo al asombrado Syme:

-En su cuarto le esperan al señor los refrescos.

Syme, siempre bajo la influencia de aquella modorra o sueño magnético, se dejó guiar por el criado y subió una ancha escalera de encino. Recorrió después una espléndida galería de cuartos que parecían destinados a él. Se acercó a un espejo de cuerpo entero, con el instinto habitual de los hombres de su clase, para componerse el nudo de la corbata o alisar sus cabellos. Y vio aparecer en el espejo una horrible imagen: las ramas le habían rasguñado la cara, que estaba rayada de sangre; sus cabellos estaban hirsutos como manojos de yerba espesa y amarilla; su traje estaba convertido en harapos.

Y al verse así, rebrotó en su espíritu una interrogación: ¿Cómo había venido a dar allí? ¿Cómo iba a salir de allí?

En aquel momento, un criado vestido de azul -su camarero-, se acercó a decirle:

-La ropa del señor está preparada.

-¿Mi ropa? -preguntó Syme irónicamente-. No tengo más ropa que la que traigo encima. Y cogiendo dos tiras de la desgarrada levita que parecían dos cintajos fantásticos, hizo el ademán de la bailarina.

-Mi amo me ha encargado que anuncie al señor -dijo el camarero- que esta noche hay un baile de fantasía, y que él desearía que usted aceptara el traje que acabo de sacar. Entre tanto, aquí hay una botella de Borgoña y un poco de faisán frío. Mi amo espera que el señor tenga la bondad de aceptarlos, porque aún faltan algunas horas para la cena.

-Buena cosa es el faisán -dijo Syme reflexivo- y el Borgoña, cosa extraordinariamente buena. Pero la verdad es que no tengo tanto deseo de probarlos como de saber qué diablos significa todo esto, y qué traje es ése que usted prepara. ¿Dónde está?

El criado le mostró entonces, sobre una especie de otomana, una larga tela azul que parecía un dominó. En la parte delantera se veía brillar un gran sol de oro y, aquí y allá, unas estrellas relucientes.

-El señor se vestirá de Jueves -dijo el camarero con afabilidad.

-¡Vestirme de Jueves! -dijo Syme meditabundo-. No creo que sea un traje muy caliente.

-¡Oh, sí señor! -dijo el otro con convicción-. El traje de Jueves es muy caliente. Sube hasta la barba.

-Bueno, yo no entiendo una palabra -dijo Syme suspirando-. Estoy tan acostumbrado a las aventuras incómodas, que las aventuras agradables me confunden. Pero permítame que le pregunte por qué envuelto en una tela azul y verde con soles y lunas voy a estar vestido particularmente de Jueves y no de cualquier otra cosa. Supongo yo que el sol y la luna no sólo salen el jueves. Yo me acuerdo de haber visto la luna en martes.

-Dispénseme el señor -dijo el camarero-. La Biblia satisfará al señor.

Y, con dedo rígido y respetuoso, le señaló el primer capítulo del Génesis. Syme le leyó sorprendido. Era el capítulo en que se explica que el sol y la luna fueron creados el cuarto día de la creación. Respiró: en esta misteriosa casa, fuese lo que fuese, al menos, contaban la semana a partir de un "Domingo" cristiano.

-Esto se pone cada vez más divertido -dijo Syme sentándose en una silla-. ¿Qué gente es esta que le obsequia a uno un faisán frío y Borgoña, trajes tornasolados y ejemplares de la Biblia? ¿Le darán a uno aquí todo lo que pida?

-Sí señor, todo -dijo gravemente el camarero-. ¿Le ayudo al señor a vestirse?

-¡Pse! Sí: écheme eso encima -dijo Syme impaciente.

Pero, aunque fingía el mayor desdén por la mascarada, sentía a medida que se iba metiendo en el traje azul y oro, una libertad, una naturalidad mayores en sus movimientos. Y cuando vio que el traje implicaba también una espada, sintió renacer el eterno sueño infantil: ¡llevar una espada al cinto! Al salir del cuarto, se echó el embozo sobre el hombro. La espada sobresalía formando un ángulo. Syme tenía toda la arrogancia del trovador. Y es que aquel disfraz no lo disfrazaba: lo revelaba.

viernes

EL HOMBRE QUE FUE JUEVES - G. K. CHESTERTON

QUINCUAGESIMOCTAVA ENTREGA

CAPÍTULO DECIMOCUARTO


LOS SEIS FILÓSOFOS (3)

-¡Vean ustedes! -gritó Bull a voz en cuello-. ¡El globo comienza a descender!

No había por qué decírselo a Syme, que no apartaba los ojos del globo. Lo vio, grande y luminoso, detenerse de pronto en el cielo, después bajar poco a poco detrás de los árboles como un sol poniente.

El llamado Gogol, que apenas había abierto la boca durante la fatigosa caminata, alzó de pronto las manos como un alma en pena, gritando:

-¡Ha muerto! ¡Y ahora comprendo que era mi amigo, mi amigo en las tinieblas!

-¿Muerto? -bufó el Secretario-. No es fácil que muera. Si ha caído de la canastilla, probable es que lo encontremos revolcándose en el campo como un potro y pataleando para mayor regocijo.

-Y haciendo sonar sus pezuñas -dijo el Profesor- como los potros y como Pan.

-¡Otra vez Pan! -dijo el Dr. Bull irritado-. Usted ve a Pan en todas partes.

-Claro está -dijo el Profesor-. "Pan", en griego significa "todo".

-Y no olvidarse -añadió el Secretario bajando los ojos- que también significa "pánico".

Syme, que no había prestado atención a estas últimas palabras, dijo simplemente:

-Ha caído allí, sigámosle. Y después añadió con desesperación-. ¡Oh, si nos hubiera burlado definitivamente moriéndose! Sería la peor de sus bromas.

Y echó a correr hacia los árboles lejanos con renovada energía, flotando al viento los girones del traje. Los otros le siguieron, aunque no tan resueltos. Y casi al mismo instante, los seis se dieron cuenta de que no estaban solos.

Por entre el césped se adelantaba hacia ellos un hombre alto, apoyado en un bastón largo como un cetro. Estaba vestido con elegancia, pero a la vieja moda, con calzón corto El color del traje era un matiz entre el azul, el violeta y el gris, como el de las sombras del bosque. Sus cabellos eran de un gris blanquecino, y a primera vista, y sobre todo al ver su calzón corto, se diría que los traía empolvados. Se adelantaba tranquilamente. A no ser por la nieve argentada de su cabeza, se le hubiera tomado por una sombra del bosque.

-Caballeros -dijo-. Un coche de mi amo espera a ustedes en el camino.

-¿Quién es su amo? -preguntó Syme, petrificado.

-Me habían dicho que los señores ya sabían su nombre -contestó el otro respetuosamente. Tras un momento de silencio, el Secretario dijo: -¿Dónde está el coche?

-Está en el camino desde hace un instante. Mi amo acaba de llegar a casa.

Syme miró a uno y otro lado la verde extensión en que se encontraba. Aquellos setos, aquellos árboles parecían objetos ordinarios. Con todo, se sentía metido en una tierra maravillosa. Contempló de arriba abajo al misterioso embajador. Nada tenía de extraño, salvo el color de su traje, que era el de las sombras violáceas, y el de su cara, que era el del cielo rojo, oscuro y dorado.

-Muéstrenos el camino -dijo con sencillez.

Y el hombre del vestido violeta, sin decir una palabra, se dirigió a un lugar donde, por una brecha del follaje, se veía brillar el camino blanco. 

sábado

EL HOMBRE QUE FUE JUEVES - G. K. CHESTERTON


QUINCUAGESIMOSÉPTIMA ENTREGA

CAPÍTULO DECIMOCUARTO


LOS SEIS FILÓSOFOS (2)


-Y usted, Gogol -dijo Syme- ¿qué piensa del Domingo?

-Yo, en principio -dijo Gogol con sencillez-, nada pienso del Domingo, como nada pienso del sol de mediodía.

-Sí -dijo Syme pensativo-, es un punto de vista. ¿Y usted, Profesor?

El Profesor caminaba con la barba hundida y arrastrando el bastón. No contestó.

-¡Despierte usted, Profesor! -dijo Syme-. Díganos lo que piensa del Domingo. Y el Profesor comenzó a decir muy lentamente:

-Pienso algo que no acierto a formular claramente. O más bien, tampoco lo pienso claramente. Algo como esto: la primera parte de mi vida, como usted sabe, fue muy incoherente y dispersa. Pues bien: cuando veo la cara del Domingo pienso, como todo el mundo, que es muy vasta y dispersa, y también que es muy incoherente, como mi juventud. Es tan enorme, que no hay manera de enfocarla y verla como una cara. Los ojos quedan tan lejos de las narices, que ya no son ojos. La boca tiene de por sí tanta importancia, que hay que pensar en ella como en una cosa automática. Me es muy difícil explicarme.

Y tras una pausa, siempre arrastrando el bastón:

-Voy a ver si puedo explicarme. Una noche, por la calle, vi que un farol, una ventana y una nube formaban clarísimamente una cara. Pues bien: cuando veo la cara del Domingo, pienso que hay una cara que se parece a esa cara. Verán ustedes: caminé un poco más, y me encontré con que no había tal cara; que la ventana estaba a diez metros, el farol a ciento, la nube muy lejos de la tierra. Del mismo modo se me deshace la cara del Domingo, se me va para un lado y otro como esas mistificaciones de la vista. Su cara me ha hecho sospechar que no hay caras. Ya no sé, Bull, si lo de usted es una cara o un arreglo de perspectivas. Tal vez uno de los discos de esas abominables gafas que usted ha roto estaba aquí, y el otro estaba a cincuenta millas. ¡Ay, las dudas del materialista son cosas de risa! ¡El Domingo me ha enseñado, ay, las dudas del espiritualista! Yo creo ser budista. Y el budismo no es un credo, sino una duda. ¡Ay, querido Bull! ¡No estoy seguro de que tenga usted cara! ¡No tengo bastante fe para creer en la materia!

Los ojos de Syme seguían fijos en el globo errante que, envejecido por la luz de la tarde, parecía un mundo más sonrosado e inocente que el nuestro.

-¿Han notado ustedes que, en todas las descripciones que han hecho, hay un elemento singular de semejanza? Cada uno de ustedes ve el Domingo de un modo diferente, pero todos coinciden en que sólo pueden compararlo con el mismo universo. Bull lo compara con la tierra en primavera. Gogol con el sol a mediodía. Al Secretario le recuerda el informe protoplasma, y al Inspector el desamparo de las selvas vírgenes. El Profesor dice que es como un cambiante paisaje. Es raro todo esto; pero todavía es más raro que yo también tenga del Presidente una idea extravagante, y a mí también me parezca comparable con el mundo.

-Vamos más de prisa, Syme -dijo Bull-, no siga usted contemplando el globo.

-Cuando vi por primera vez al Domingo -continuó Syme- sólo le vi la espalda; y cuando le vi la espalda, comprendí que era el hombre más malo del mundo. Su cuello, sus hombros, eran brutales como los de un dios simiesco. Su cabeza tenía cierta inclinación, propia, más que de hombre, de buey. Y al instante se me ocurrió que aquello no era un hombre, sino una bestia vestida de hombre.

-De prisa -dijo el Dr. Bull.

-Y aquí viene lo más curioso -continuó Syme-. Yo había visto su espalda desde la calle, estando él sentado en el balcón. Entré al hotel, y cogiendo al Presidente por el otro lado, le vi la cara a plena luz. Su cara me asustó como asusta a todos. Pero no por brutal, no por perversa. Me asustó, al contrario, por su hermosura, por su bondad.

-Pero Syme, ¿se ha vuelto usted loco? -exclamó el Secretario.

-Era como la cara de un antiguo arcángel que distribuyera la justicia después de un heroico combate. En sus ojos había risa; en su boca, honor y tristeza. Eran los mismos cabellos blancos, el mismo torso robusto que acababa yo de ver desde la calle enfundado en el traje gris. Pero si por detrás me pareció un animal, por delante me pareció un dios.

-Pan -dijo el Profesor reflexivo- era un dios y era un animal.

-Desde entonces -continuó Syme como monologando- ese es también el misterio del mundo. Al ver las horribles espaldas me parece que la noble cara es una máscara. Al ver, aunque sea un instante, la cara, la espalda me parece una simple burla. El mal es tan malo, que, junto a él, el bien parece un mero accidente; el bien es tan bueno, que, junto a él, hasta el mal resulta explicable. Esta impresión llegó a una crisis suprema ayer, cuando corrí en pos del Domingo para tomar un coche y, al correr, le miraba siempre la espalda.

-¿Y tenía usted tiempo para pensar? -preguntó Ratcliffe.

-A lo menos, para formular un horrible pensamiento. De pronto se me figuró que aquella cabeza vista de espaldas, ciega y sin fisonomía, era su verdadera cara: horrible cara que me contemplaba sin ojos. Y que aquella figura que huía de mí, era la de un hombre que corre de espaldas, danzando al correr.

-¡Horrible! -dijo el Dr. Bull estremecido.

-Horrible, no es la palabra -dijo Syme-. Aquel fue el instante peor de mi vida. Pero diez minutos después, cuando sacó la cabeza del coche, gesticulando como una gárgola, comprendí que aquel hombre era un padre que juega al escondite con sus chicos.

-Para juego ya dura mucho -observó el Secretario, contemplando con afligida cara sus botas destrozadas.

-Óiganme ustedes -exclamó Syme con énfasis desusado-. ¿Quieren ustedes que les diga el secreto del mundo? Pues el secreto está en que sólo vemos las espaldas del mundo. Sólo lo vemos por detrás, por eso parece brutal. Eso no es un árbol, sino las espaldas de un árbol; aquello no es una nube, sino las espaldas de una nube. ¿No ven ustedes que todo está como volviéndose a otra parte y escondiendo la cara? ¡Si pudiéramos salirle al mundo por enfrente!... 

EL HOMBRE QUE FUE JUEVES - G. K. CHESTERTON


QUINCUAGESIMOQUINTA ENTREGA

CAPÍTULO DECIMOTERCERO


EN PERSECUCIÓN DEL PRESIDENTE (5)

Corrieron hacia el punto por donde se había escapado el elefante. Syme descubrió al  paso todo un panorama de animales enjaulados. Más tarde se sorprendió de haberlos  distinguido tan bien. Y recordaba, sobre todo, los pelícanos con su inmenso buche colgante, preguntándose por qué los pelícanos serían el símbolo de la caridad, a no ser por la caridad que se necesita para admirar a un pelícano. También recordaba un enorme cálao que parecía un gigantesco pico amarillo, pegado a un cuerpo insignificante de pájaro. El conjunto le impresionó vivamente, haciéndole pensar en la asiduidad con que la naturaleza se dedica a hacer caprichosos juegos. El Domingo les había dicho que descubrirían su secreto cuanto hubieran descubierto el secreto de todas las estrellas del cielo. Pero a Syme le parecía que el secreto del cálao, ni los arcángeles podían entenderlo.

Los seis desdichados policías distribuidos en los coches, se pusieron a seguir al elefante, compartiendo el terror que éste iba sembrando por las calles. Esta vez Domingo no volvió la cara, y ofreció a sus perseguidores la sólida extensión de sus espaldas, cosa más molesta aún que las burlas de antes. Al llegar a la calle Baker, sin embargo, se vio que arrojaba algo con ademán del chico que arroja la pelota al aire para volverla a atrapar. Pero dada la velocidad de la carrera, el objeto arrojado vino a caer junto al coche de Gogol. Y, con esperanza de hallar en él la solución del enigma, o por un impulso instintivo, Gogol hizo parar el coche para recogerlo. Era un paquete voluminoso dirigido a Gogol. Pero, examinado, resultó ser un amasijo de treinta y tres hojas de papel. Dentro de la última, que era ya una cinta diminuta, había esta inscripción: "Creo que la palabra adecuada es: rosa".

El antes llamado Gogol no dijo nada, pero movió manos y pies como el jinete que arrea el caballo. Calle tras calle, barrio tras barrio, iba pasando el prodigioso elefante volador. La gente salía a las ventanas, el tráfico se desbandaba a uno y otro lado. Y como los tres coches iban a la zaga del elefante, al fin los tomaron por una procesión, tal vez por un anuncio de circo.

Iban tan de prisa, que toda distancia se abreviaba considerablemente, y Syme vio aparecer el Albert Hall de Kensington cuando esperaba encontrarse todavía en Paddington. Por las calles algo solitarias y aristocráticas del sur de Kensington, el elefante pudo correr con más libertad, y finalmente se encaminó hacia aquella parte del horizonte donde se veía la enorme rueda de Earl's Court. La rueda fue creciendo al aproximarse, hasta que llenó todo el cielo como si fuera la misma rueda de los astros. 

El elefante había dejado muy atrás a los coches. Ya éstos lo habían perdido de vista en muchas esquinas. Cuando llegaron a la puerta de la Exposición de Earl's Court, se encontraron como bloqueados. Enorme multitud se agolpaba frente a ellos, en torno al enorme elefante que se estremecía y sacudía como suelen hacerlo. Pero el Presidente había desaparecido.

-¿Dónde se ha metido? -preguntó Syme bajando del coche.

-Entró corriendo a la Exposición, caballero -le dijo un guardia asombrado. Y después añadió como hombre muy ofendido-. ¡Qué señor más loco! Me dijo que le guardara el caballo y me dio esto.

Y, con aire disgustado, le mostró un papel dirigido "Al Secretario del Consejo Central Anarquista".

El Secretario, furioso, lo abrió y leyó lo siguiente:

"Cuando el arenque corre una milla, bien está que el Secretario sonría. Cuando el arenque se lanza y vuela, bien está que el secretario muera. Proverbio rústico".

-¿Por qué diablos ha dejado usted entrar a ese hombre -exclamó el Secretario-. ¿Acaso es frecuente venir aquí montado en un elefante rabioso? ¿Acaso?...

-¡Atención! —gritó Syme-. Vean ustedes aquello.

-¿Qué cosa? -preguntó el Secretario.

-¡El globo cautivo! -dijo Syme señalándolo con un ademán frenético.

-¿Qué me importa el globo cautivo? -preguntó el Secretario-. ¿Qué le pasa al globo cautivo?

-Nada, sino que no está cautivo.

Todos alzaron los ojos. El globo se balanceaba sobre ellos, prendido a su hilo como el globito de los niños. Un segundo después el hilo quedó cortado en dos, debajo de la canastilla, y, suelto ya, el globo ascendió como una pompa de jabón.

-¡Con diez mil demonios! -chirrió el Secretario-. ¡Escapó en el globo! -Y levantaba los puños al cielo. 

El globo, empujado por un viento propicio, vino a colocarse exactamente encima de los detectives, y éstos pudieron ver la cabezota blanca del Presidente, que se inclinaba en la canastilla y los contemplaba con un aire benévolo.

-Juraría yo -dijo el Profesor con aquel tono de decrepitud que no podía separar de sus barbas canosas y de su cara apergaminada-, juraría yo que algo me ha caído en el sombrero.

Y, con temblorosa mano, se decubrió y encontró en el sombrero un papelito muy bien doblado. Lo desdobló: había un lacito de enamorado, y estas palabras:

"Vuestra belleza no me ha dejado indiferente. -De parte de Copito de nieve".

Corto silencio. Syme, mordiéndose la barbilla, dice al fin:

-Aún no estoy vencido. El condenado globo tiene que caer en alguna parte. ¡Sigámosle!
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Google+