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domingo

UN POEMA DEL 900 DONDE JULIO HERRERA Y REISSIG SE ADELANTA MÁS DE DOS DÉCADAS AL CORROSIVO TANGO DISCEPOLIANO


(primera publicación: Revista de la Biblioteca Nacional, Montevideo, 13-4-1976)


A Barros

Es de cuerda discreción
Callar lo que piensa uno
Y no decir a ninguno
Lo que siente el corazón
Y más cuerdo y más sencillo
Más razonable y sensato
Es meterse en un zapato
Cuando anda mal el bolsillo

La sociedad altanera
Exige a Ud. y no se asombre
No virtudes, ni buen nombre
Sino un buen traje y cabeza
Que la siga en sus caprichos
El Prado y el Club frecuente
Sepa al tanteo sus dichos
Sino no es mozo decente.

Y yo por eso me abstengo
De diversiones sociales
Pues yo vintenes no tengo
Ni el toupé de algunos tales
Soy un pobre principiante
En la lucha por la vida
Un inservible rumiante
Por una senda perdida

Déjese sucias las manos
Y trepe hasta donde alcanza
Que hoy el pueblo es soberano
Y la gloria está en la panza.
Busque amigo buenas cuñas
Si quiere ser algo un día
Déjese crecer las uñas
Mire a la tesorería

No falta algún buen tunante
Que de pereza me acusa
Otro que adoro la Musa
Me dice por ser galante
Otros que tengo talento
Me dice a ser perspicaz
Pero lo que yo más siento
Es ser pobre y nada más

Y hay alguno que murmura
A fuer de ser envidioso
Que me ha entrado la locura
Por querer ser orgulloso
Rival de Byron poeta
Copiador de Geografía
Politiquero a porfía
Con ribetes de zotreta

¡Ja… ja! Qué mundo farsante
Charlatanero y hambriento
Pero lo que yo más siento
Es no ser representante.
¡Qué geógrafos ni poetas!
¡Qué soñador idealismo!
¡Vivan las flamantes dietas
Y el moneda-patriotismo!

Viva la patria de Artigas
Y la sociedad exigente
Que el que el que es pobre… no es decente
Y el que es corto… ni las migas
Come al final del banquete
Aún siendo un sabio profundo
Pero yo m’en fiche de todo
Y me sonrío del mundo

Amigo Barros - Sea chinche
De género cimarrón
Métase en cualquier rincón
Corte - robe - vuele - cinche
No sea mujer - no sea lerdo
Y menos - mozo dicente
Haga negocio - a lo cerdo
Y llegará a Presidente

Deje a un lado la conciencia
Deje escrúpulos patanes
Eso está bueno a los truhanes
Que marchan a la indigencia
Fabrique intrigas sin cuento
Ensarte prosa abundante
Amigo, lo que yo siento
Es no ser representante.

La audacia es una tarjeta
De introducción al viento
Donde quiera que se suelta
Siendo audaz - tendrá talento
Audacia amigo y audacia
Audacia, audacia es preciso
Sin ella Ud. será un guiso
No entrará en la Aristocrcia.

Por último le aconsejo
No imite a don Juan Batatas
Siga siendo Ud. cangrejo
Aunque le coman las patas
Que al fin del cuento acabemos
Ud. ha de vivir tranquilo
En un palacio… y veremos
Si yo acabo en un asilo.

CONFERENCIA DE RUBÉN DARÍO SOBRE JULIO HERRERA Y REISSIG (5)


(Teatro Solís / 11 de julio de 1912)

“La torre de las esfinges “marca un cambio. El desborde conceptual y el que llamaríamos delirio de expresión, llega al paroxismo. Para mayor sorpresa, el autor ha elegido como metro la décima en cuyas diez cuerdas jamás se tocó más peregrina sonata. Quiero creer que en la creación de este poema ha intervenido el fármaco, vapor sutil o alcaloide transformador que impone a las cosas nuevos aspectos y a los vocablos inauditos significados, que a la normal percepción aparecen borrosos o crespos, pero que en la niebla luminosa de la intoxicación se señalan claros y propios. Y hay uso de palabras extranjeras, o caprichosamente aplicadas, conceptismo, duplicidad de los significados de las palabras, violencia o retorcimiento en el uso de los verbos, adjetivación que se origina en lejanas correspondencias o relaciones; erudición inesperada, o precipitada y copiosa; tracción de terminología científica en casos inesperados: elocuencia: humorismo; rápidas sensaciones como las de los sueños y pesadillas:

En túmulo de oro vago
Cataléptico faquir,
Se dio el tramonto a dormir
La unción de un Nirvana vago…
Objetívase un aciago
Suplicio de pensamiento,
Y como un remordimiento
Pulula el sordo rumor
De algún pulverizador
De músicas de tormento.

El cielo abre un gesto verde
Y ríe el desequilibrio
De un sátiro de ludibrio
Enfermo de absintio verde…
En hipótesis se pierde
El horizonte errabundo,
Y el campo meditabundo
De informe turbión se puebla,
Como que todo es tiniebla
En la conciencia del Mundo.

Ya las luciérnagas -brujas
del joyel de Salambó-
guiñan la “MARCHE AUX FLAMBEAUX”
de un aquelarre de brujas…

Las décimas continúan en el torbellino de la lírica fantasía, en esa tesitura, haciendo sospechar el onirismo tóxico; y ello me hace recordar el decir de un sabio respecto al “estado particular del subconsciente, que tiene del sonambulismo o del éxtasis, en el cual la celebración automática ejerce en plena libertad, puede engendrar al lado de desvaríos vagos y confusos, concepciones seguidas, escenas vivas y coordinadas, a veces aún producciones acabadas del espíritu que parecen a menudo al individuo como nacidas fuera de su voluntad, o aún fuera de él…”

Las figuras de “La tertulia lunática” se dirían figuras de sueños, o de estado febril cerebral:

Un arlequín tarambana
Con un toc-toc insensato
El tonel de Fortunato
Bate en mi sien tarambana…
Siento sorda la campana
Que mi pensamiento intuye;
En el eco que refluye
Mi voz otra voz me nombra;
¡Y hosco persigo en mi sombra
Mi propia entidad que huye!

La realidad espectral
Pasa a través de la trágica
Y turbia linterna mágica
De mi razón espectral…
Saturno infunde el fatal
Humor bizco de su influjo
Y la luna en el reflujo,
Se rompe, fuga y se integra
Como por la magia negra
De un escamoteo brujo.

Y ello continúa, continúa en una especie de salutación de aroma de flores del mal, de atmósfera de cuento de Poe, de licantropía a lo Rollinat.

Los sonetos de “Los parques abandonados” han sido muy imitados por los jóvenes poetas de América y de España. Son inconfundibles por lo inusitado de los epítetos, el gongorismo renovado, la musicalidad especial en el endecasílabo de tradición, la sorpresa del paisaje, del estado de alma, y el invariable asunto galante. Y en ellos sobre todo, la observación del principio que manda retorcer a la elocuencia y que pone “de la musique avant toute chose”.

En Herrera lo artificial, el virtualismo, se penetra de su vibración si queréis enfermiza, de la verdad de su tensión cordial, de su verídico sufrimiento íntimo. Voy a concluir citando algo de “Las campanas solariegas” que se creará una “suite” con “Los éxtasis de la montaña”. Esta parte consta de un solo poema: “La muerte del pastor”. Este poema que el autor llama, con mucho tino, Balada eglógica, y que ha puesto bajo la advocación de Virgilio, es de lo más suavemente encantador, de lo más musicalmente sentimental, y de lo más simplemente fino que se haya escrito en nuestra lengua; y llenaría de satisfacción el alma de los más admirables sencillos: el Zenea de Fidelia, un precursor, Gutiérrez Nájera, Amado Nervo, Juan Jiménez.

Tal continúa la sonata melancólica, con una transparencia de linfa de fuente, sentimiento transformado en música, ternura natural, jaculatoria, queja, desolación que comparte el alma rústica, que es una voz que clama en la fatalidad de nuestro vivir, un canto de pájaro triste en nuestro valle de lágrimas… Pues bien, he ahí cómo aparece, más que nunca, el mágico lírico; he allí como fuera del laberinto, fuera de los subterráneos de las iniciaciones esotéricas, suena un instrumento divino; no son precisos los vocabularios herméticos ni las formas abracadábricas, para hacer brillar al mundo la llama de su corazón, para conmover, dominar, hechizar. Porque entre los “genni” y espíritus sombríos que pasaban por la torre del celeste solitario de los ojos azules, se manifestaba ardiente en Dios, el maravilloso serafín de la única y verdadera Poesía.

He dicho.

CONFERENCIA DE RUBÉN DARÍO SOBRE JULIO HERRERA Y REISSIG (4)


(Teatro Solís / 11 de julio de 1912)

Pasaré a tratar del volumen publicado de Los peregrinos de piedra. Está dividido en tres partes cuyos títulos -los títulos mismos tienen en Herrera una significación verbal evocativa- son: “El laurel rosa”, “Los éxtasis de la montaña”, “Los parques abandonados”, “Las campanas solariegas”. “El laurel Rosa” consta de una sola poesía: “Recepción”, de un prestigioso derroche de reminiscencias sabias; una alta columna de mármol en que estuviesen grabadas figuras, personajes, grupos mitológicos, en armoniosa confusión; un despertamiento de fuerzas y de visiones líricas, en mayor torbellino que en tal soberbia página de Hugo, o en tal otra de Richepin; un alarde de rítmica en un romance de los más bellos que se puedan encontrar; un desborde de léxico y una locura de lira; y todo, con motivo de la muerte ¿de Hugo?, ¿de Swinburne? No, señora, de Sally Prudhome, del filósofico, honesto y harto extricable  autor de Le vase brisé. Tal inesperada admiración me la han explicado algunos amigos de Herrera, por los súbitos entusiasmos y la bondad singular de aquel hombre incontaminado de acritudes y que se dejaba llevar por una primera impresión con tal que conmoviese su alma de arpa y sus nervios de sensitiva.

Son “Los éxtasis de la montaña”, una serie de sonetos, que él llama en su preocupación neológica “eglogánimas”, cuadros rurales, viñetas anecdóticas, acuarelas luminosas u opacas; impresiones de luz y de ecos, en que el artista se demuestra un poderoso visual y auditivo, y en que los detalles de égloga clásica se entremezclan con el giro novador, el verbo inusitado, o el adjetivo sorprendente. Allí aparecen esos personajes que recuerdan los amables viejos libros de letras helénicas y latinas: Alisia y Cloris: Demócaris y Hebe; Lux y Lidé; Alvino y Filida; Edipo y Diana; Luth y Cloe: Timo, Fonoe, Bion, Melampo, Safo, Febo, (Lucina), y algunos bíblicos, como Loth, David. Y se ve que en la creación de esos versos hay la espontaneidad de las cosas naturales, al par que la posesión de un arte que no desdice del mejor de Henri de Regnier. Escuchas por ejemplo:


EL REGRESO

La tierra ofrece el ósculo de un saludo paterno…
Pasta un mulo la hierba mísera del camino
Y la montaña luce, al tardo sol de invierno,
Como una vieja aldeana, su delantal de lino.

Un cielo bondadoso y un céfiro tierno…
La zagala descansa de codos bajo el pino,
Y densos los ganados, con paso paulatino,
Acuden a la música sacerdotal del cuerno.

Trayendo sobre el hombro leña para la cena,
El pastor, cuya ausencia no dura más de un día,
Camina lentamente rumbo de la alquería.

Al verlo la familia le da la enhorabuena…
Mientras el perro, en ímpetus de lealtad amena,
Describe coleando círculos de alegría.


En tal lindo apunte eglógico el poeta olvida felizmente que hay profesores respetables y también fámulos furiosos, que a toda frase complementaria llaman ripio y que protestan de que se encuentren dos palabras asonantes en un verso. El resultado es una cosa bella, de aquellas que queda a joy for ever. Así Herrera, como Francis Jammes, como algunos pocos en castellano, llega a veces a una sencillez que no faltará quienes califiquen de prosaica, por no ver la verdad armoniosa que tiene su esencia musical aun en las cosas más humildes y usuales. Ved:


LA SIESTA

No late más que un único reloj: el campanario,
Que cuenta los dichosos hastíos de la aldea,
El cual, al sol de Enero, agriamente chispea,
Con su aspecto remoto de viejo refractario…

A la puerta, sentado se duerme el boticario…
En la plaza yacente la gallina cloquea
Y un tronco de ojaranzo arde en la himenea
Junto a la cual el cura medita su breviario.

Todo es paz en la casa. Un cielo sin rigores
Bendice las faenas, reparte los sudores…
Madres, hermanas, tías, cantan lavando en rueda

Las ropas que el Domingo sufren los campesinos…
Y el asno vagabundo que ha entrado en la vereda
Huye, soltando coces, de los perros vecinos.


Bien sé que en este género de poesía se puede caer fácilmente en cierto coppeísmo (1) -se podrían también señalar ejemplos castellanos, aunque Herrera tiene más que ver con los franceses-, pero el oro de arte lo salva todo y lo avalora con su gracia. De tal manera en esos sonetos detienen hallazgos como estos:


…la joven brisa se despereza…
Un suspiro de Arcadia peina los matorrales…

Estalla una gangosa balada de marimba…
Llegan por el camino cánticos de retorno…

Almizclan una abuela paz de las Escrituras
Los vahos que trascienden a vacunos y cerdos…

Todo este soneto “La Iglesia”, una iglesia de pueblo, de pueblo gris, que diría su amigo Rusiñol:


En un beato silencio del recinto vegeta.
Las vírgenes de cera duermen en su decoro
De terciopelo lívido y de esmalte incoloro;
Y San Gabriel se hastía de soplar la trompeta…

Sedienta, abre su boca de mármol la pileta,
Una vieja estornuda desde el altar al coro…
Y una legión de átomos sube un camino de oro
Aéreo, que una escala de Jacob interpreta.

Inicia sus labores el ama reverente.
Para saber si anda de buenas San Vicente
Con tímidos arrobos repica la alcancía…

Acá y allá maniobra después con un plumero,
Mientras, por una puerta que da a la sacristía,
Irrumpe la gloriosa turba del gallinero.


En otra parte, la leche de la égloga se corta por el agregado de ácidos simbólicos. Entonces es cuando “Albino, el pastor loco, quiere besar la luna”. Hay un influjo saturnino y un relente que poco tiene que ver con el soplo salvífico virgiliano.

¿No nacieron en Montevideo dos raros “mercurianos”: Ducasse, el enigmático Lautréamont creador de Maldoror, y el selecto Jules Laforgue? Mas quién no ha de adivinar este rubí:

Salpica, se abre, humea, como la carne herida


Bajo el fecundo tajo, la palpitante gleba.


Notas

(1) François Edouard Joachim Coppée (París, 1842-1908): poeta, dramaturgo y novelista parnasiano.

CONFERENCIA DE RUBÉN DARÍO SOBRE JULIO HERRERA Y REISSIG (3)


(Teatro Solís / 11 de julio de 1912)

Cuando escribe Herrera y Reissig versos como los inéditos de “Las clepsidras”, y que se titulan “El collar de Salambó” -un milagroso collar de milagrosas pupilas- el gran poeta ha aparecido ya. Decidme si no tengo razón, cuando hayáis escuchado estos motivos, de una música exquisita, y que caracterizan al ensoñador, al sentimental y cerebral amoroso, y al seguro ejecutante:


OJOS VERDES

Nubia de crespas campañas
Y Escocia de verdes lagos
Ensueñan en las entrañas
Vistas de tus ojos vagos.

Melancolías hurañas
Beben el absinthio…, y magos
Cometas hacen aciagos
Signos entre tus pestañas

Oh tus cambiantes y finos
Y oblicuos ojos felinos!...
Ábreme la maravilla

De tu honda mirada verde.
Mar de vida en que se pierde
Mi taciturna barquilla…


OJOS DE ORO

Sueñan heroicos delirios
Tus ojos, como áureos dardos;
Osiris, Menfis, gallardos
Faraones y martirios…

India: elefantes, leopardos…
Judá: incensarios y cirios…
Dorada legión de bardos
Y sacerdotes asirios.

Amas el sol, oh, mi ensueño?
Quieres cruzar el espacio?...
Amor será el Clavileño

Que te conduzca al Palacio
Donde mora el feliz dueño
De tus ojos de topacio…


OJOS GRISES

No sé qué hurañas regiones
De ventisqueros y riscos,
Se insinúan en los discos
De tus dos ojos lapones.

Noche boreal… Cerrazones…
Kremlin de nácar… Apriscos
De osos que braman ariscos,
Hacia las Constelaciones…

No llores, mi dulce Cleo!
Amor regirá el trineo
Por la quimera sin fin…

E iremos hacia los grises,
Vagos, enfermos países
Que hay en tus ojos de esplín…


OJOS AZULES

Son más dulces que un Leteo
Tus pupilas, cual si ellas
Entonaran dos estrellas
Su “Gloria en excelsis Deo”…

Fulgen místicas centellas,
En inefable azuleo,
Como un idilio de bellas
Palomas del Himeneo…

Sueñas de amores floridos?
Ya están los cisnes uncidos
La góndola nos espera…

Seré Lohengrin o Raúl,
Y te amaré en la Isla Azul
De la eterna primavera…


OJOS NEGROS

La noche del odio eterno
Cristalizó en el diamante
De tus pupilas, que Dante
Tomara por el Infierno.

Desoladas en su interno
Maleficio obsesionante,
Hay en su noche enervante:
Vacío, Caos e Invierno…

Aunque a traición me han herido
Con sus filosos destellos,
Dame, por Dios, esos bellos

Ojos que tanto he querido,
Ay! para enlutar con ellos
El féretro de tu olvido.

¡Decadentismo!, ¡malhadada palabra! No, señores, tradición de casta; y antes de buscar a los autores del Mercure, recordad pensares y decires de nuestros clásicos castellanos. Naturalmente, entre Góngora y Gutierre de Cetina, y el autor de esas estrofas, hay nuevos cristales de poesía que hacen ver los ojos de las mujeres de diferente modo, y nuevas inquietudes que han encontrado singulares maneras de expresarse; aunque siempre sobre la tierra sea incambiable el antiguo verso:

Ya que así me miráis, miradme al menos.

CONFERENCIA DE RUBÉN DARÍO SOBRE JULIO HERRERA Y REISSIG (2)


(Teatro Solís / 11 de julio de 1912)

SEGUNDA PARTE

(para leer la 1ra click aquí)


Nada sé de sus comienzos, sino que su primer trabajo poético fue publicado por el eminente Carlos María Ramírez en su diario La Razón. Este trabajo se titulaba “Miraje”, y, según se ha escrito, él había calificado esa labor primigenia de “cordilleresca”. No he leído tales versos, pero me imagino, por el epíteto, que su autor a la sazón debe haber sentido la influencia del poderoso transatlántico de Hugo, que produjo tan bellos efectos en el Río de la Plata, así fuese suyo lo principal en la vasta imaginación y el sonoro brío de Olegario Andrade. ¿Es cierto que Herrera y Reissig pronunciara precisamente ante un escritor que las ha repetido estas palabras: “Mi gloria mayor consiste en haber revelado a Montevideo los refinamientos literarios de París”. No lo creo. Lo que conozco de su producción revela una cultura que no se circunscribe a los célebres modos refinados de que hablaran con mucho desconocimiento y voluntario propósito de deformación, los mismos críticos y periodistas parisienes. Herrera y Reissig era un artista exacerbado, esto es un hecho, e influyeron en él los ejemplos de los poetas europeos en quienes él reconocía un parentesco ideal y con quienes le unía la misma enfermedad anímica, para, en sus vacilaciones, luchas, debilidades o ímpetus psíquicos, recabar una fuerza dinámica, o un derivativo, en la rebusca de los paraísos artificiales. ¡Los paraísos artificiales! Yo he sido frecuentador de algunos de ellos y con experiencia y en verdad os digo que no son sino infiernos verdaderos. Esa dolencia de que se quiere echar la culpa a París, ha sido y es de todos los tiempos y todos los países.

El señalado a quien la existencia aparece mezquina, dolorosa o pesada, ha buscado siempre la libertad de su psique, en el poder de transformación que le han ofrecido los medios modificadores del pensamiento, creadores de ilusión o de Nirvana, y el lejano Omar Khayyam, y el cercano Musset, y Coleridge, Poe, Quincey, Baudelaire o Verlaine, se juntan en la vía crucis misteriosa y fatal, con que el pobre poeta indio, o el mulato borracho, según la dura palabra de Lugones, que muere de desventura y de tristeza en un estanco de Centro América, o en una pulquería mejicana.

Se me ha dicho que en el poeta uruguayo el empleo de los excitantes era motivado por la necesidad literaria, como un medio para lograr un estado propio para la producción. Más aun, el señor Soiza Reilly ha afirmado haber oído estas confesiones del autor de “Los peregrinos de piedra”: “Yo no soy un vicioso. Cuando tengo que escribir algún poema en el que necesito volcar todo mi ser, todo mi espíritu, toda mi alma, fumo opio, bebo éter y me doy inyecciones de morfina. Pero eso lo hago cuando tengo que trabajar. Nada más. No soy un vicioso. No soy un fanático. Los paraísos artificiales son para mí un oasis. Una fuente de inspiración…”. Si tales fueron sus voliciones, los resultados aparecen doblemente lamentables, pues la consecución de un producir inmediato y sin contralor de bellezas de fuga y de desequilibrio, no compensa la pérdida del manantial de donde también brotaron aguas de las más transparentes y puras hipocrenes. Mas el poeta no fue el culpable de lo que constituía una necesidad moral y fisiológica. Desde luego, la psicastenia, agravada por lo hostil, o distinto, del medio en que su temperamento singular se desarrollaba, es indiscutible que existía, como puede verse por una parte de la riqueza poética que dejara. Los normales, los tranquilos, no saben de esas túnicas de Neso; y únicamente el criterio informado y estudioso explica, lamentan o absuelve la obra de una fatalidad que, si martiriza y destruye vidas peregrinas, es en ventaja de los que aprovechan de la madreperla o de la ceguera del ruiseñor.

Herrera y Reissig tenía un penetrante y seguro conocimiento de los modernos autores europeos, sobre todo de los franceses y, por descontado, de la obra de los principales hispanoamericanos de la reforma. Su cultura clásica se revela asimismo en su apego a lo antiguo fabuloso. Aun en Los peregrinos de piedra tiene epígrafes en griego y en latín, lo cual sugiere que hizo buenos estudios universitarios, o que, recordando la frase del gran argentino Sarmiento, si no sabía griego y latín, sabía griego y latines.

¿Desde cuándo comenzó la exageración en la complicación de sus versos, la incoordinación en la manera de expresar sus visiones, la antigüedad de las figuras y las antítesis desconcertantes? La señora Julieta de la Fuente de Herrera y Reissig, heredera de su nombre glorioso, me ha facilitado algunas poesías, escritas en plena juventud, en el año 1900. Entre ellas está “El hada manzana”, que ha de aparecer en un segundo tomo de Los peregrinos de piedra. Allí encontramos ya el uso del verso libre, la adjetivación fuera de clisé, el tropo caprichoso, la tendencia a sugerir y sintetizar; pero no existe aun el torrente de las enumeraciones, y el predominio de lo ultra-cerebral, el triple extracto de otros poemas posteriores. Hay menor dominio de la técnica y no mucha seguridad de gusto. Se ve un gran sentido panteísta, una plétora de juventud que se exterioriza sin orden pero sonora y rítmicamente, sin temer ni percatar el anacronismo, o la extrasutilización en lo que evoca, describe o concreta. Hay cosas encantadoras; las hay, a mi modo de juzgar, inaceptables; nadie negará ni el frescor, ni lo copioso de la savia, ni el ímpetu lírico. La misma inexperiencia se corona de flores de capricho; y se perdona hasta la violación gramatical de un sentido, en gracia lo exuberante del numen. ¿Y he de insistir en que ello no es un modelo ni un estímulo para otros anhelos tempranos, ni para tentativas que con toda probabilidad tendrían como consecuencia la caída y el fracaso? No, ni sus genialidades, ni sus desigualdades, ni sus ascensiones, ni sus caídas, ni sus fiebres, ni sus desfallecimientos que fueron suyos, individuales, ni pueden ni deben tentar a los que principian en el camino del arte en su país, y buscan su rumbo a seguir, una música que aprender.

El rumbo está en el espiritual espacio libre y en el tiempo ecuménico, y la voz en el alma, o en el corazón de cada cual.
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