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domingo

Elsa von Freytag-Loringhoven, la baronesa dadá


Antonio Lucas


Esta alemana revolucionó Nueva York en los años 10 del siglo XX con sus explosivas acciones artísticas. Fue pintora, poeta, 'performer'. Fascinó a Man Ray y Duchamp. Ocupó un sitio principal en la vanguardia de su tiempo, pero pronto cayó en un injusto olvido que aceleró su suicidio.


Para ser puramente dadaísta era necesario tener una extrema ansiedad por escapar de la ortodoxia del mundo. No por un sentimiento trágico de la vida, sino por una necesidad lúdica. La baronesa Elsa von Freytag-Loringhoven alcanzó ese punto de ebullición en el que sólo es posible vivir desde una libertad sin vigía, fuera de cualquier magistratura que no aliente lo inaudito, el disparate, el exceso y la fraternidad de la diferencia.
Marcel Duchamp escribió una sola frase sobre ella, pero cifró con ocho palabras el alcance y el espíritu de esta dama fulminante: "La baronesa no es futurista: es el futuro". Elsa era la mujer de más bello vivir que había encontrado. Fue poeta, pintora, performer, cometa, explosiva, secreta, ruidosa. Una alemana de 1874 nacida en el centro de una familia adinerada, con una madre pianista y bajo el yugo de un padre con modales de mula. Aquel salvaje de cinto suelto, prohombre de la violencia como analgésico y como disciplina, chocó pronto con el ánimo volatinero de Elsa, Elsa Plötz por entonces.
La energía nuclear de la muchacha no asumía más autoridad que la de una imaginación desbordada dispuesta a saltar por encima de cualquier imposición. Al morir la madre, el frágil mundo de la casa se vino abajo y Elsa decidió no encajar un puntapié más del padre, así que escapó a Berlín asilada en casa de una de sus tías. Meses antes su madre había dicho: "He malcriado a Elsa a propósito, para que siempre sepa a qué tiene derecho". A los 19 años descubre la noche y su peligro hermoso, busca oficio en un 'cabaret' donde es contratada para hacer de estatua griega, posa para artistas del lugar y ejerce la prostitución con soberana libertad. A los 22 años ha leído a San Agustín, a Novalis, a Goethe, a Flaubert o a Hölderlin y ya acumula un bello expediente de gonorrea y sífilis que le tratan con mercurio. Lo que a cualquier humano devastaría por dentro, a Elsa le da una pátina de vida extra, haciendo de sus quebrantos, enfermedades divinas.
Pronto se hace sitio en los cafés de Berlín y de Múnich por su inesperada novedad. Viaja a Italia, donde entiende que el tiempo maulló como una gata triste, y al regresar a Berlín regresa a su ministerio de depravación, a los 'cabarets', a la madrugada y al escándalo. Es evidentemente feliz. En una de esas expediciones de noche conoce al arquitecto modernista August Endell, primer marido, que la inicia en la pintura. Elsa ya lleva dentro la molécula invasiva del arte.Los años de cabaretera le han dado la dulce depravación que necesita para asumir el arte sin dios ni amo. Trabaja a deshoras y vive a destiempo. A los 30 años se divorcia de Endell para casarse con el escritor Felix Paul Greve (oculto bajo mil seudónimos), al que inspira varias novelas antes de empujarlo a la literatura erótica con una serie de cartas que él utilizó como si fuesen su propia escritura. El matrimonio se deshace sin trauma y Elsa embarca hacia EEUU en 1910. En Kentucky escribe sus primeros poemas fonéticos y entonces, ya sí, se desata la fiesta. Sólo le falta un ingrediente, que llegará en 1913: el barón Leopold von Freytag-Loringhoven.
Elsa tiene 39 años cuando lo asume como tercer esposo. Ambos viven en Nueva York. Está entregada al movimiento Dadá y se exhibe con una embriaguez de vanguardia por las calles y tugurios del Greenwich Village. Todo en ella tiene algo de acontecimiento. Es puramente dadaísta y la única artista que vive asumiendo el programa loquísimo del movimiento. Man Ray y Duchamp se le entregan como cómplices. Uno desde la sobriedad, el otro compartiendo una fascinación común por el sexo explícito. Los tres establecen una jurisdicción artística que sangra talento. Con sus disfraces cubistas, Elsa von Freytag usa su cuerpo como superficie artística y su sexualidad como arma revolucionaria. Es un escándalo que escapa a las convenciones sociales e instaura una nueva astronomía.
En 1920 es la más radical de las artistas. Entiende antes que nadie la fuerza de los objetos. Ella misma delira hasta convertirse en pieza, en creación, en artefacto. Es un 'ready made' de antes de los 'ready made'. Se pasa cualquier traba moral por el arco del triunfo de su sexo. Y cuentan que el mítico urinario de Duchamp, titulado 'Fontaine', fue en verdad un regalo de Elsa, de cuando eran vecinos en el Lincoln Arcade Building de Nueva York. Es más, el pseudónimo femenino Rose Sélavy también le debe contorno y esencia a la baronesa. Su fuerte personalidad lo está invadiendo todo. Su fuerza, inteligencia, sensibilidad y sensualidad es arrojada como un desacato al hombre civilizado. Elsa está alcanzando lo más que se podía adquirir en un mundo macho: un nombre propio y autónomo en el epicentro de una vanguardia que entendía a la mujer como un complemento. Realizó la primera escultura dadá estadounidense en 1917, un trozo de tubería encontrado en la calle que puso en pie sobre un pedestal de madera. La tituló 'God'. Era consciente de que cada habladuría de portera sobre sus acciones es la forma de hacerse sitio.
Tan sólo es una mujer libre que es detenida cada poco tiempo por algunas de sus actuaciones callejeras. Una pionera. Un prototipo predaliniano. Provoca uno de sus mayores escándalos impulsando la filmación estereoscópica del rasurado de su pubis, en colaboración con Man Ray y Duchamp. Se pasea desnuda por las calles de Nueva York con dos latas de tomate vacías en los senos y un par de cucharillas de café como pendientes. Antes se había rapado la cabeza para pintarse el cráneo de rojo. Y antes aún se pasea por los salones de la burguesía con los labios pintados de negro y desnudándose en cualquier momento, igual en una casa muy concurrida que en la redacción de 'The Little Review', donde colaboraban también Mina Loy, Djuna Barnes y Gertrude Stein. Su presencia recuerda a nubes oscuras que avasallan el horizonte.
En París aterriza el eco de las acciones de la baronesa. Pero ella empieza a cantar su soledad cada vez más sola con el ovillo de sus ideas. En 1923 rompe con todo y con todos. Viaja de nuevo a Berlín y allí, en el 26, solicita un visado para viajar a París. La embajada francesa le deniega sucesivamente la petición y ella, más Elsa que nunca, se presenta en la oficina de extranjeros con un pastel a modo de sombrero para pedir una vez más el permiso de salida. Está cada vez más cansada. El surrealismo aclama a sus viejos compañeros de aventuras neoyorquinas, pero ella es apartada de esa pequeña gloria. Las acciones pioneras de la baronesa ya no teclean la historia con impaciencia. Ella, que rompió el frenillo a una forma de entender el arte, estaba apartada mientras los demás celebraban el mareo ante lo nuevo.
Hay que tener un pudor muy precario y un genio muy vivo para romper las costuras de un tiempo viejo. Llegar a ser ella misma fue su mejor conquista. Cada día era más importante su rango en la vanguardia y a cada hora le hurtaban la delicada cortesía de reconocerlo. Este agravio fue activando su depresión. La habían convertido en la mascota deshechable que entra y sale por la puerta de servicio para entretener un momento a los hombres de su mismo linaje. Mereció mejor sitio. Mereció la recompensa que sola había conquistado para los otros. Aquella mujer extrasutil que se echaba por encima kilos de libertad fue al final confinada en la decadencia del silencio. Incluso enclavijada a algo peor: el corcho de ese exotismo mal entendido que acaba por degradarlo todo a hueca excentricidad cuando no a compasión de putita. Todo esto lo escribe bien 'René Steinke' en la biografía titulada 'La baronesa del Greenwich Village'.
El abandono y el olvido, pero principalmente la soledad de quien hizo de su vida un baúl lleno de gente propiciaron que adelantara la despedida. Una tarde abrió el gas de su apartamento de París. Abrazó a su perro 'Pinky' y dejó que el metano se alojase en los pulmones de los dos. No hubo drama. Ni nota de despedida. Ni últimas voluntades. Ni agravio contra nadie. Murió como había prometido. Cumpliendo, eso sí, aquella sentencia que asumió de joven, haciendo de esa certeza vida y labor propias: "No soy de nadie"-
(El Mundo - Antonio Lucas)



Cuando Margarita Xirgu conoció a Federico García Lorca, en el verano de 1926 en un bar de Madrid, él era un dramaturgo incipiente por el que ningún director apostaba.

Pero Xirgu, una actriz y directora catalana que también era lesbiana y radical en cuanto a su ideología política, era famosa por su disposición a correr riesgos. Aceptó el reto y al año siguiente puso en escena la obra Mariana Pineda, en Barcelona, con vestuario diseñado por el pintor surrealista Salvador Dalí.

La obra fue un éxito y cimentó la amistad entre el escritor y Xirgu, quien se convirtió en pieza clave de la puesta en escena y la exportación del trabajo de García Lorca, uno de los escritores españoles más admirados durante los primeros años del siglo XX.

“Se arriesgó mucho con él; García Lorca no era un dramaturgo, sino un poeta”, dijo Christopher Maurer, especialista en la obra de García Lorca de la Universidad de Boston. Maurer explica que, por sus opiniones de izquierda, “la gente la llamaba ‘Margarita, la Roja’”, lo que en la España de Franco era una amenaza por sus ideas políticas.

Además de ser amigos cercanos, García Lorca y Xirgu “eran parte de ese mundo marginal de las personas homosexuales y eran tan abiertos como se podía en aquella época”, dijo Andrea Weiss, cuyo documental más reciente, Bones of Contention, explora la represión a las personas homosexuales durante el franquismo. “Era uno de esos secretos a voces”.

En España, “García Lorca se convirtió en un icono, pero no sucedió lo mismo con esta mujer que lo apoyaba y animaba; él se volvió tan famoso que la eclipsó”, dijo Weiss.

Margarita Xirgu i Subirà nació el 18 de junio de 1888, en Molins de Rei, Cataluña, España. Comenzó su carrera teatral en Barcelona en 1906 y luego se unió al Teatro Principal en 1911, del que se convirtió en su directora. Su presencia en el escenario era electrizante, según sus biógrafos, aunque tuvo que enfrentar la misoginia y un desprecio motivado por la política. César González-Ruano escribió en Arriba, un periódico fascista de España, que su estilo actoral era “pretencioso, insufrible y monótono” y Dalí comparó su voz con “el nido de una avispa”. Sin embargo, para García Lorca era una actriz cautivadora que “arrojaba puñados de fuego y jarras de agua fría sobre públicos adormecidos”, dijo Maurer.

En los retratos para la publicidad, su rostro aparecía enmarcado por su cabello oscuro, peinado de raya al lado y con ondas salvajes que le caían sobre la nuca. Se pintaba la boca, depilaba sus cejas y se maquillaba los ojos de un color oscuro, siguiendo el estilo de las estrellas del cine mudo de la época.
Para la década de los treinta, ya era una de las actrices catalanas más veneradas de la historia e interpretaba a personajes trágicos como Salomé, Juana de Arco y Medea. También ganó fama por representar a la Virgen María en Fermín Galán, de Rafael Alberti, una producción republicana y de izquierda de 1931, en la que pronunciaba la frase: “¡Abajo la monarquía!”.

A principios del siglo XX, España experimentó un breve periodo en el que las mujeres podían votar, divorciarse, hacerse abortos legales y trabajar, respaldadas por la Constitución de 1931. La Segunda República, como se conoció, se estableció tras la caída del régimen autoritario de Miguel Primo de Rivera en 1930.

Durante cierto tiempo, el país estuvo gobernado por un caótico gobierno formado por una coalición de izquierda, que se oponía al rígido catolicismo de las clases dirigentes. Luego el péndulo se movió hacia la derecha y más tarde volvió a la izquierda en febrero de 1936, cuando el Frente Popular llegó al poder. Cinco meses después estalló la Guerra Civil, en la que el general Franco lideraba a las fuerzas fascistas.

Cuando comenzó la guerra, Xirgu se encontraba en América Latina donde actuaba y producía los dramas de García Lorca. El plan era que el dramaturgo la alcanzara en México, pero estaba en medio de la escritura de La casa de Bernarda Alba, su trágica obra maestra, y además sufría por su amante, Rafael Rodríguez Rapún, por lo que decidió quedarse en España. En ese mes, agosto de 1936, unos soldados de Franco lo encontraron en Granada y lo llevaron hasta un campo donde lo fusilaron.

Xirgu se enteró de la muerte de García Lorca mientras se encontraba de gira en México, antes de una presentación de Yerma, el drama de una mujer tan desesperada por tener hijos que mata a su esposo en un arranque de furia. Asolada por la muerte de García Lorca, Xirgu cambió el lamento de la mujer, que en el original dice: “Yo misma he matado a mi hijo”, por: “Han asesinado a mi hijo”.

Cuando Franco tomó el poder, en 1939, Xirgu vivía en Argentina. Como persona de izquierda y lesbiana, no podía regresar a su país natal y esperar sobrevivir en medio de la dictadura. Mientras estuvo en el exilio fundó compañías de teatro en Uruguay, Argentina y Chile.

Igual que muchas lesbianas de ese entonces, para ella el matrimonio fue una estrategia de supervivencia financiera y cultural. Se casó dos veces: la primera con Josep Arnall, el hijo de una familia encumbrada, quien murió en 1936, y cinco años después con Miguel Ortín, un actor que luego se convirtió en el representante de su compañía. Entre un matrimonio y otro, tuvo una relación con Irene Polo, una periodista catalana de izquierda que la acompañó de gira y que se suicidó en 1942. Xirgu no tuvo hijos.

En Buenos Aires, su puesta en escena del drama de Camus El malentendido fue interrumpida durante la dictadura de Perón, debido a su “inquietante desolación”, pero eso no le impidió tratar de superar los límites establecidos. Sus producciones experimentales fueron “una revelación” para el público, según escribe Catherine Boyle, una académica que estudia la cultura de América Latina, “exponiendo el subdesarrollo” de los teatros locales y la necesidad de escuelas modernas de teatro en las universidades de Chile, Uruguay y otros lugares. Xirgu dirigió la Comedia Nacional Uruguaya y la Escuela de Arte Dramático de Montevideo que lleva su nombre.

Walter Vidarte, un actor uruguayo que trabajó con Xirgu, dijo sobre su impacto: “Cuando se unía su poesía con la de Lorca se convertía aquello en algo enorme, excepcional, que paralizaba a la gente”.

Xirgu tenía la intención de regresar a España en 1949, pero seguía siendo una paria política y, cuando la prensa franquista se enteró de sus planes, atacó la idea. Murió en Montevideo veinte años después, el 25 de abril de 1969, y sus restos se enviaron a su pueblo natal en Molins de Rei en 1988, más de una década después de la muerte de Franco.

Se dice que, antes de morir, dijo que los griegos tenían razón: el exilio era el más terrible de los castigos.

Este obituario forma parte de Overlooked, un proyecto de The New York Times que busca destacar las vidas de aquellas personas que dejaron marcas indelebles en la historia, pero fueron ignoradas en nuestras páginas al fallecer.
N.Y.T

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