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jueves

¿CUÁN MAQUIAVÉLICO ERA REALMENTE MAQUIAVELO?

 


  

por Andrew Campbell, Departamento de Italiano de la UCL 

 

 

Ser maquiavélico es ser un seguidor de los principios de Maquiavelo, o bien "astuto y engañoso", dice el diccionario de la Real Academia de la Lengua.

 

Esta definición a menudo se reduce a la máxima "el fin justifica los medios" y los periodistas disfrutan de aplicar este epíteto a los políticos.

 

Pero, si examinamos la obra y fuentes de Maquiavelo, ¿revelarán que también se le puede aplicar a él?

 

Maquiavelo escribió "El príncipe" en 1513 mientras estaba exiliado de Florencia.

 

Había servido al gobierno florentino en varias posiciones desde 1498, llegando a ser secretario del segundo canciller, lo que implicó numerosas misiones diplomáticas.

 

En el curso de estos viajes al extranjero, Maquiavelo se encontró con muchos de los personajes que figurarían prominentemente en "El príncipe", como César Borgia, el hijo del papa Alejandro VI.

 

La carrera política de Maquiavelo se produjo después de que los Medici fueron expulsados de Florencia en 1494.

 

El gobierno de reemplazo inicial, la "teocracia" del fraile dominico Girolamo Savonarola, terminó con la ejecución de Savonarola en 1498, antes de que Piero Soderini fuera elegido gonfaloniere (líder) de por vida en 1502.

 

Pero en 1512 los Medici, apoyados por las tropas españolas, derrocaron a Soderini y recuperaron Florencia, y poco después Maquiavelo fue acusado de conspiración, torturado y encarcelado, antes de ser exiliado en la primavera de 1513 a su granja en Sant'Andrea en Percussina, en las afueras de la ciudad.

 

El 10 de diciembre de 1513, Maquiavelo describió su nueva rutina en una carta a Francesco Vettori.

 

Después de la cena, escribió, le gustaba retirarse a su estudio y "conversar" con antiguos filósofos y pensadores antes de tomar notas de sus conversaciones.

 

Esos debates, y sus experiencias como segundo canciller, fueron la base de "El príncipe", como reconoció Maquiavelo en la dedicatoria de la obra.

 

Maquiavelo afirma ahí que el regalo más valioso que le podía ofrecer a Lorenzo di Piero de Medici, el nieto de Lorenzo el Magnífico (1449-1492), el famoso gobernante de facto de Florencia, era su "comprensión de las obras de los grandes hombres".

 

Una comprensión que, según el autor de "El príncipe", había ganado a través de "un largo conocimiento de los asuntos contemporáneos y un estudio continuo del mundo antiguo".

  

La "verdadera realidad"

  

Fue esta mezcla de experiencia personal y estudio lo que informó el 'corazón oscuro' de "El príncipe", es decir, los capítulos 15 al 19, en los que Maquiavelo delineó las virtudes que necesitaba un "nuevo príncipe".

 

La distinción era crucial, pues la única preocupación del nuevo príncipe era "mantener su estado", tanto en el sentido personal como en el político, por lo que Maquiavelo adaptó sus consejos en consecuencia.

 

Como lo dejó claro al comienzo del capítulo 15, no le dedicó mucho tiempo para las repúblicas o las utopías idealizadas: "dado que mi intención es decir algo que resulte de utilidad práctica para el investigador, he considerado apropiado representar las cosas como son de verdad en la realidad, en lugar de como son imaginadas".

 

Y el deseo de Maquiavelo de reflejar la "verdadera realidad", tal como la entendió, lo llevó a alterar o ignorar aspectos de la plantilla ética clásica y cristiana que había dominado durante siglos la teoría política medieval y renacentista.

 

 Moral vs. conveniencia

  

La principal fuente de Maquiavelo para los capítulos sobre virtudes principescas fue "Sobre los deberes" o "De oficios" (De officiis), de Cicerón, la obra más popular de la prosa latina clásica en el Renacimiento.

 

Una de las obras finales de Cicerón fue una discusión sobre los principios básicos del deber moral y las reglas prácticas para la conducta personal, dividida en tres libros, y el tercero de ellos examinó el conflicto entre la rectitud moral y la conveniencia.

 

Los enfoques de Cicerón y Maquiavelo a este tema divergieron marcadamente.

 

Para Cicerón, no había conflicto: "Nunca es conveniente hacer el mal, porque el mal siempre es inmoral; y siempre es conveniente ser bueno, porque la bondad siempre es moral".

 

En el capítulo 15 de "El príncipe", sin embargo, Maquiavelo reveló una visión menos monocromática sobre el asunto: "Si un príncipe quiere mantener su dominio, debe estar preparado para no ser virtuoso, y hacerlo o no de acuerdo con la necesidad".

 

Mientras que ciertos vicios podrían traerle al príncipe "seguridad y prosperidad", ciertas virtudes podían conducir a su caída, advirtió el florentino.

  

Fuerza y astucia

  

Cuando se trataba de engaño, Cicerón era igualmente claro: la verdadera gloria no provenía de pretextos o engaños, ni siquiera en tiempos de guerra, cuando a menudo se presentaba un curso de acción deshonroso pero conveniente.

 

Cicerón describió la fuerza y el fraude como pertenecientes al poderoso león y al astuto zorro respectivamente, siendo ambos "totalmente indignos del hombre".

 

Maquiavelo utilizó la misma analogía del zorro-león en el capítulo 18 de "El príncipe", aunque de una manera marcadamente diferente.

 

El nuevo príncipe necesitaba saber cómo comportarse tanto como el zorro como el león, porque la fuerza sin astucia lo llevaría a la ruina: "Un gobernante prudente no puede, y no debe, cumplir su palabra cuando lo pone en desventaja", advirtió.

 

Su razonamiento era cínico pero perspicuo: "Si todos los hombres fueran buenos, este precepto no sería bueno; pero como los hombres son criaturas miserables que no cumplirán su palabra por ti, no necesitas cumplir tu palabra".

 

Una doble negativa, en opinión de Maquiavelo, de vez en cuando daba positivo.

 

Maquiavelo tomó una postura similar cuando se trataba de crueldad.

 

Para Cicerón, ninguna crueldad podría ser conveniente, porque "la crueldad es más aborrecible para la naturaleza humana".

 

Maquiavelo examinó el tema en el capítulo 8, dando cuenta de las carreras de dos líderes crueles pero efectivos: Agathocles (361-289 a.C.), el tirano griego de Siracusa y rey de Sicilia; y Oliverotto de Fermo (circa 1475-1502), un mercenario que asesinó a su tío para tomar el control de su ciudad natal Fermo.

 

Después de relatar sus acciones, Maquiavelo concluyó: "Podemos decir que la crueldad se usa bien (si es permisible hablar así de lo que es malo) cuando se emplea de una vez por todas, y la seguridad depende de ello". En otras palabras, puede ser malo, pero el nuevo príncipe debe usarla para mantener su estado.

 

Maquiavelo siguió el ejemplo de la naturaleza humana, sólo que no de la misma manera que Cicerón.

 

Aunque el florentino no estaba en desacuerdo con Cicerón en todos los puntos.

 

Cicerón hizo hincapié en la importancia del mecenazgo pero desaconsejó dar regalos de dinero, porque el donante pronto agotaría sus recursos y tendría que tomar la propiedad de otros para financiar una mayor generosidad.

 

En el capítulo 16, Maquiavelo recomendó un enfoque similar, afirmando que era mejor tener fama de parsimonioso que de generoso, porque con el tiempo los súbditos de un príncipe se darían cuenta de que él es capaz de vivir dentro de sus posibilidades, lo cual es una forma de generosidad hacia ellos.

 

 Evitar el odio

  

Por lo demás, Maquiavelo nunca alentó el comportamiento inmoral por sí mismo.

 

Además, para él había un límite último que no podían rebasar los nuevos príncipes cuando debían comportarse inmoralmente: no debían incurrir en el odio de sus súbditos.

 

"Evitar el odio era el límite de cualquier conducta desviada, un punto que Maquiavelo enfatizó en varias ocasiones en "El príncipe":

la gente se queja de los avaros, pero no los odia (capítulo 16);
es mejor ser temido que amado, pero evitar el odio es preferible a cualquiera de los dos (capítulo 17);
mientras que la fortaleza más efectiva no es odiada por tus súbditos (capítulo 20).

Como dejó en claro Maquiavelo, su consejo reflejó las circunstancias de sus lectores previstos.

 

Desafortunadamente, al menos para la reputación de Maquiavelo, esas circunstancias cambiaron entre 1513, cuando escribió "El príncipe", y 1532, cuando se publicó. (Solo una de las obras de Maquiavelo, "Del arte de la guerra" fue publicada durante su vida, en 1521).

 

En los 19 años transcurridos, la Reforma se extendió por Europa, por lo que las palabras bonitas que Maquiavelo le dedicó a la religión en el texto -ser religioso era una de las cualidades que el príncipe debía aparentar tener- adquirieron un significado que no pudo haber imaginado.

 

De hecho, algunas de las primeras y más violentas reacciones a "El Príncipe" -como la del Cardenal Reginald Pole (el último arzobispo católico de Canterbury), que afirmó en 1539 que estaba "escrito por el dedo de Satanás", o la del abogado francés Innocent Gentillet "Contra Maquiavelo"de 1576- fueron desencadenadas por eventos religiosos: la Reforma anglicana y la Matanza de San Bartolomé, en 1572 .

 

La crítica de Gentillet a "El Príncipe" fue posiblemente la responsable de la difusión popular de "maquiavélico" en su sentido moderno y negativo.

 

Y a fines del siglo XVI, Maquiavelo se había convertido en una figura retórica, el maquinador del drama isabelino y jacobeo, más que una figura de autoridad.

 

Sin embargo, muchos de los detractores de Maquiavelo no leyeron "El príncipe" ni trataron de "conversar" con él de la manera que Maquiavelo había hecho con los antiguos.

 

Como muestran los breves extractos anteriores, Maquiavelo no merecía tal demonización.

 

El único fin que justificaba "astucia, intriga y duplicidad", en opinión de Maquiavelo, era el mantenimiento del estado de un nuevo príncipe.

 

Si toleraba la "conveniencia en preferencia a la moralidad", era solo porque los hombres eran "criaturas miserables" que se comportaban despreciablemente.


El espejo del nuevo príncipe de Maquiavelo reflejaba las imperfecciones de sus súbditos y tiempos, tanto como las cualidades positivas del gobernante.


(BBC / History Magazine 11-3-2018)

miércoles

MAQUIAVELO Y LA POLÍTICA SIN ESCRÚPULOS



El término "maquiavélico" está cargado de connotaciones negativas, pero lo cierto es que el hombre al que se refiere supo entender con gran lucidez -y debido a sus propias malas experiencias- los mecanismos del poder. Niccolò Macchiavelli, a menudo acusado de cínico, fue un gran observador de la naturaleza humana y honesto al escribir no sobre cómo debería ser el ejercicio del poder, sino sobre cómo era en realidad.

Abel de Medici

Niccolò Macchiavelli (conocido en español simplemente como Maquiavelo) nació en Florencia el 3 de mayo de 1469, el mismo año en que Lorenzo de Medici se convertía en señor de facto de la ciudad. Así, durante toda su infancia y juventud tuvo oportunidad de ver en primera persona el ejercicio del poder y sus consecuencias: tenía nueve años cuando Giuliano, el hermano de Lorenzo, fue asesinado por la familia rival de los Pazzi, y durante los trece años siguientes vería como el señor de Florencia acumulaba el poder en sus manos y las consecuencias -buenas y malas- que se derivaban de ello.

Era el tercer hijo de una familia de cierto renombre, con recursos modestos pero suficientes para proporcionarle una buena educación. Además de sus maestros, tenía a su disposición la biblioteca personal de su padre, rica en obras de los grandes clásicos; el joven Niccolò desarrolló una pasión especial por la historia antigua leyendo las obras de Cicerón, Tucídides, Tito Livio, Polibio y Plutarco, entre otros. Los dos primeros en particular debieron de dejar huella en su pensamiento, enseñándole que el ejercicio del poder a menudo se apartaba de razones morales como la lealtad o la ética.

AL SERVICIO DE LA REPÚBLICA

En 1494, terminados sus estudios, se integró en la vida pública como funcionario de la república de Florencia. En aquellos tiempos la ciudad estaba en manos de Girolamo Savonarola, un predicador radical con quien Maquiavelo era muy crítico; debido a esto, en los primeros años no obtuvo ningún cargo importante. Cuando Savonarola fue declarado hereje y quemado públicamente en 1498, su fortuna cambió en pocos días y se le confió uno de los puestos más importantes, el de segundo canciller, que se encargaba de la política exterior y de los asuntos militares.

Aunque su ambición había sido la de dedicarse a la política, Maquiavelo a menudo no tuvo fortuna como canciller, ya fuera porque aquellos con quienes estipulaba pactos después cambiaban de idea o porque las alianzas eran muy volátiles. Su mayor éxito fue lograr en 1509 la reconquista de Pisa, puerto de vital importancia para la república florentina, aunque le llevó diez años y varias alianzas fracasadas. Muchos de sus fracasos pueden ser atribuidos, más que a su destreza, a la propia naturaleza fragmentaria de la Italia antes de la unificación, donde cualquier alianza conseguida con gran esfuerzo podía esfumarse de un día para otro si así convenía.

Sin embargo, las experiencias aprendidas a lo largo de sus quince años de servicio le servirían para dar forma a su pensamiento político, reforzando sus convicciones sobre los pocos escrúpulos de la política real. Dos personajes en particular le dejaron una profunda impresión: Caterina Sforza, condesa de Forlì, a quien describió como una mujer despiadada que habría hecho cualquier cosa por conservar el poder -posiblemente Maquiavelo le guardaba rencor por haber retirado el apoyo militar prometido a Florencia contra Pisa, dejándolo a él en ridículo-; y César Borgia, el hijo del papa Alejandro VI, que gracias a su ambición y falta de escrúpulos logró crear para sí un pequeño y efímero ducado en la Romaña.

PRISIÓN Y EXILIO

La carrera política de Maquiavelo se truncó inesperadamente en 1512, cuando las tropas florentinas fueron derrotadas en Prato a manos de un ejército español al servicio del papa Julio II. Esa derrota supuso el retorno de la familia Medici a la señoría de Florencia y la persecución de aquellos que habían conjurado para expulsarlos de la ciudad en 1494. Uno de los implicados tenía en su posesión un papel en el que había anotado diversos nombres, entre los cuales el de Maquiavelo, que aunque no había participado en la conjura fue arrestado y torturado. Para su fortuna, al cabo de pocas semanas fue elegido como nuevo papa León X, de nombre Giovanni de Medici, que como gesto de buena voluntad para el inicio de su pontificado decretó una amnistía.

Maquiavelo pudo salir de la cárcel, pero las sospechas sobre él no se habían disipado -de hecho, sería arrestado de nuevo en 1521- y consideraba que su carrera política ya estaba perdida. Se retiró a su finca en San Casciano in Val di Pesa, en las afueras de Florencia, donde pasaría varios años apartado. Al principio tuvo que malvivir de la agricultura y la ganadería, pero en 1521 su suerte cambiaría para mejor: después de ser liberado de su segundo cautiverio, el gremio de la lana de Florencia le encargó mediar para conseguir la liberación de unos trabajadores que habían caído en manos de bandoleros. Maquiavelo cumplió con éxito el encargo e invirtió parte de la recompensa en la lotería: por una vez la suerte le sonrió y ganó 20.000 ducados que le permitieron vivir cómodamente hasta el final de sus días.

Fue precisamente durante los años más duros cuando Maquiavelo dio salida a su faceta de escritor, cultivando varios géneros y temas: la política, la historia y, en su vertiente más artística y desconocida, el teatro y la poesía. Aunque sea famoso por su pensamiento político, era desde joven un amante de las artes, componía sonetos como afición y había escrito varias obras dramáticas.

EL PRÍNCIPE Y EL EJERCICIO DEL PODER

En 1513 empezó su obra más famosa: El príncipe -cuyo título realmente es Sobre los principados-, en el que vertió toda la experiencia adquirida en sus años de política. Aunque hoy es uno de los libros más famosos de la ciencia política, en su momento no tuvo una buena acogida: se publicó en 1532 -cinco años después de la muerte de su autor-fue incluido en el Índice de Libros Prohibidos por la Iglesia a causa del desdén que muestra por la ética del poder y no fue hasta la Ilustración que recibió una cierta atención, aunque mayoritariamente negativa: la famosa frase “el fin justifica los medios” en realidad no es de Maquiavelo y proviene de una anotación que hizo Napoleón en su ejemplar de El príncipe.

'El príncipe' parte de un supuesto simple: toda comunidad tiene dos polos, el pueblo y los gobernantes, que están en constante conflicto. Por su formación humanista Maquiavelo se fija en la Antigüedad y distingue entre tres formas de gobierno: la ideal -república-, las aceptables por eficaces -monarquía o aristocracia ilustrada- y las inaceptables -tiranía y oligarquía-. Esta distinción no se basa en principios morales, sino en el modo en el que, a su juicio, se resuelve mejor el conflicto entre el pueblo y los gobernantes y, por lo tanto, se evita el colapso interno del estado.

El libro pretendía ser un tratado práctico sobre como ejercer el poder de la forma más eficiente y se inspiró en gran medida en el astuto César Borgia, que para el autor encarna las virtudes que ha de tener un príncipe: no necesariamente positivas o morales, sino aquellas que mejor le aseguren el poder. Contrariamente a lo que se le suele atribuir, Maquiavelo no es del todo ajeno a las cuestiones éticas y su gran preocupación es el famoso dilema entre si vale más ser amado o temido. Su respuesta es que es deseable ser ambas cosas, pero que en caso de tener que decantarse “es más seguro ser temido que amado, porque de la generalidad de los hombres se puede decir esto: que son ingratos, volubles, simuladores, cobardes ante el peligro y ávidos de lucro. Mientras les haces bien, son completamente tuyos: te ofrecen su sangre, sus bienes, su vida y sus hijos, pues ninguna necesidad tienes de ello; pero cuando la necesidad se presenta se rebelan. Y el príncipe que ha descansado por entero en su palabra va a la ruina al no haber tomado otras providencias”. Maquiavelo tenía muy presente el recuerdo de sus años como canciller y de cómo sus mayores errores se debían a haberse fiado de la palabra dada.

Sin embargo, eso no significa que la crueldad sea deseable, sino que debe usarse en la justa medida: “Todos los príncipes deben desear ser tenidos por clementes y no por crueles y, sin embargo, deben cuidarse de emplear mal esa clemencia. Hay que ser cauto en el creer y en el obrar y proceder con moderación, prudencia y humanidad, de modo que la excesiva confianza no lo haga a uno incauto y la excesiva desconfianza no lo haga insoportable”. E insiste en que el gobernante que obtiene el poder por medios crueles, tan pronto como lo tiene asegurado debe cambiar de actitud para ganarse rápidamente el favor de sus gobernados, pero sin dejar nunca de ser temido por sus posibles enemigos: “El amor es un vínculo de gratitud que los hombres, mezquinos por naturaleza, rompen siempre que pueden beneficiarse; pero el temor es el miedo al castigo que no se pierde nunca”.

LOS ÚLTIMOS AÑOS

Aunque César Borgia le había servido de inspiración para escribir su libro, Maquiavelo dedicó El príncipe a los Medici en un intento de ganarse las simpatías de los nuevamente señores de Florencia. La maniobra funcionó y atrajo el favor del cardenal Giulio de Medici, que en 1523 fue elegido Papa con el nombre de Clemente VII. Este le encargó, además de algunas misiones diplomáticas, la elaboración de dos obras sobre la historia de FlorenciaEl arte de la guerra, un tratado histórico-político en forma de diálogo que emula la obra de Platón; y las Historias florentinas, una compilación de ocho libros centrados sobre todo en la historia de la ciudad. Al ser elegido Papa lo nombró además superintendente de fortificaciones: parecía que finalmente sus desgracias habían acabado.

Sin embargo, su fortuna no iba a durar: en 1527 los Medici fueron expulsados nuevamente de Florencia y el trabajo que Maquiavelo había hecho para ganarse su favor se giró en su contra: se propuso como candidato a las nuevas instituciones republicanas pero fue rechazado, algo por lo que se sintió profundamente dolido. A los pocos días enfermó de repente y en pocas semanas, el 21 de junio de 1527, murió. Abandonado por todos, fue enterrado en el sepulcro familiar en la basílica de Santa Croce.

En 1786 asumió el poder en el Gran Ducado de Toscana el emperador Leopoldo II del Sacro Imperio, un exponente del absolutismo ilustrado que se interesó por la historia de Florencia y por sus grandes personajes. Habiendo estudiado a Maquiavelo, hizo construir sobre su tumba en Santa Croce un monumento en mármol; este representa una alegoría de la Diplomacia protegiendo su sarcófago, donde están inscritas las palabras: “Ningún elogio será jamás digno de su nombre”.

Después de siglos de ostracismo, la Ilustración trajo una revalorización de la figura de Maquiavelo. Muchos lo verían bajo una luz negativa, pero algunos comprendieron que si sus planteamientos podían parecer cínicos, eran cuanto menos sinceros y coherentes con el mundo en el que le había tocado vivir.


(NATIONAL GEOGRAPHIC / 27-4-2020)

viernes

NICOLÁS MAQUIAVELO - EL PRÍNCIPE (18)


INTRODUCCIÓN

DECIMOCTAVA ENTREGA



Podría preguntarse por qué Agatocles y algún otro de la misma especie pudieron, después de tantas traiciones e innumerables crueldades, vivir por mucho tiempo seguros en su patria y defenderse de los enemigos exteriores sin ejercer actos crueles; como también por qué los conciudadanos de este no se conjuraron nunca contra él, mientras que haciendo otros muchos usos de la crueldad, no pudieron conservarse jamás en sus Estados, tanto en tiempo de paz como en el de guerra.

Creo que esto dimana del buen o del mal uso que se hace de la crueldad. Podemos llamar buen uso los actos de crueldad -si, sin embargo, es lícito habar bien del mal- que se ejercen de una vez, únicamente por la necesidad de proveer a su propia seguridad, sin continuarlos después, y que al mismo tiempo trata uno de dirigirlos, cuanto es posible, hacia la mayor utilidad de los gobernados.

Los actos de severidad mal usados son aquellos que, no siendo más que en corto número a los principios, van siempre aumentándose, y se multiplican de día en día, en vez de disminuirse y mirar a su fin.

Los que abrazan el primer método pueden, con los auxilios divinos y humanos, remediar, como Agatocles, la incertidumbre de su situación. En cuanto a los demás, no es posible que ellos se mantengan.

Es menester, pues, que el que toma un Estado haga atención, en los actos de rigor que es preciso hacer, a ejercerlos todos de una sola vez e inmediatamente, a fin de no estar obligado a volver a ellos todos los días, y poder, no renovándolos, tranquilizar a sus gobernados, a los que ganará después fácilmente haciéndoles bien.

El que obra de otro modo por timidez, o siguiendo malos consejos, está precisado siempre a tener la cuchilla en la mano; y no puede contar nunca con sus gobernados, porque ellos mismos, con el motivo de que está obligado a continuar y renovar incesantemente semejantes actos de crueldad, no pueden estar seguros de él.

Por la misma razón que los actos de severidad deben hacerse todos juntos, y que dejando menos tiempo para reflexionar en ellos ofenden menos; los beneficios deben hacerse poco a poco, a fin de que se tenga lugar para saborearlos mejor.

Un príncipe debe, ante todas cosas, conducirse con sus gobernados de modo que ninguna casualidad, buena o mala, le haga variar, porque si acaecen tiempos penosos, no le queda lugar ya para remediar el mal; y el bien que hace entonces, no se convierte en provecho suyo. Le miran como forzoso, y no te lo agradecen.

NICOLÁS MAQUIAVELO - EL PRÍNCIPE (17)


INTRODUCCIÓN

El segundo ejemplo más inmediato a nuestros tiempos es el de Oiverot de Fermo. Después de haber estado, durante su niñez, en poder de su tío materno, Juan Fogliani, fue colocado por este en la tropa del capitán Paulo Viteli, a fin de llegar allí bajo un semejante maestro a algún grado elevado en las armas. Habiendo muerto después Paulo, y sucediéndole su hermano Viteloro en el mando, peleó bajo sus órdenes Oliverot; y como él tenía talento, siendo por otra parte robusto de cuerpo y sumamente valeroso, llegó a ser en breve tiempo el primer hombre de su tropa. Juzgando entonces que era cosa servil el permanecer confundido entre el vulgo de los capitanes, concibió el proyecto de apoderarse de Fermo, con la ayuda de Viteloro, y de algunos ciudadanos de aquella ciudad que tenían más amor a la esclavitud que a la libertad de su patria. En su consecuencia escribió, desde luego, a su tío Juan Fogliani, que era cosa natural que, después de una tan dilatada ausencia, quisiera volver él para abrazarle, ver su patria, reconocer en algún modo su patrimonio, y que iba a volver a Fermo; más que para adquirir algún honor, y queriendo mostrar a sus conciudadanos que él no había malogrado el tiempo bajo este aspecto, creía deber presentarse de un modo honroso, acompañado de cien soldados de a caballo, amigos suyos, y de algunos servidores. Le rogó, en su consecuencia, que hiciera de modo que le recibieran los ciudadanos de Fermo con distinción, que no habiéndose fatigado durante tan larga ausencia “en atención a que, le decía, un semejante recibimiento le honraría no sólo a él mismo, sino que también redundaría en gloria de su tío, supuesto que él era su discípulo”. Juan no dejó de hacerle los favores que él solicitaba, y a los que parecía ser acreedor su sobrino. Hizo que le recibieran los habitantes de Fermo con honor, y le hospedó en su palacio. Oliverot, después de haberlo dispuesto todo para la maldad que él estaba premeditando, dio en él una espléndida comida a la que convidó a Juan Fogliani y todas las personas más visibles de Fermo. Al fin de la comida, y cuando, según el estilo, no se hacía más que conversar sobre cosas de que se habla comúnmente en la mesa, hizo recaer Oliverot diestramente la conversación sobre la grandeza de Alejandro VI y de su hijo César, como también sobre sus empresas. Mientras que él respondía a los discursos de los otros, y que los otros replicaban a los suyos, se levantó de repente diciendo que era una materia de que no podía hablarse más que en el más oculto lugar, y se retiró a un cuarto particular, al que Fogliani y todos los demás ciudadanos visibles lo siguieron. Apenas se hubieran sentado allí, cuando, por salidas ignoradas de ellos, entraron diversos soldados que los degollaron a todos, sin perdonar a Fogliani. Después de esta matanza, Oliverot montó a caballo, recorrió la ciudad, fue a sitiar en su propio palacio al principal magistrado, tan bien que poseídos del temor todos los habitantes se vieron obligados a obedecerle y formar un nuevo gobierno cuyo soberano se hizo él.

Librado Oliverot por este medio de todos aquellos hombres cuyo descontento podía serle temible, fortificó su autoridad con nuevos estatutos civiles y militares, de modo que en el espacio de un año que él poseyó la soberanía no solamente estuvo seguro en la ciudad de Fermo, sino que también se hizo formidable a todos sus vecinos, y hubiera sido tan inexpugnable como Agatocles si no se hubiera dejado engañar de César Borgia cuando, en Sinigaglia, sorprendió este, como lo llevo dicho, a los Ursinos y Vitelios. Habiendo sido cogido Oliverot mismo en esta ocasión, un año después de su parricidio, le dieron garrote con Vitellozo, que había sido su maestro de valor y maldad.

NICOLÁS MAQUIAVELO - EL PRÍNCIPE (16)



CAPITULO VIII

De los que llegaron al principado por medio de maldades (1)

Pero como uno, de simple particular, llega a ser también príncipe de otros modos, sin deberlo todo a la fortuna o valor, no conviene que yo omita yo aquí el tratar de uno y otro de estos dos modos, aunque puedo reservarme el discurrir con más extensión sobre el segundo, al tratar de las repúblicas. El primero es cuando un particular se eleva por una vía malvada y detestable al principado, y el segundo cuando un hombre llega a ser príncipe de su patria con el favor de sus conciudadanos.

En cuanto al primer modo, presenta la historia de dos ejemplos suyos: el uno antiguo, y el otro moderno. Me ceñiré a citarlos sin profundizar de otro modo la cuestión, porque soy de parecer que ellos dicen bastante para cualquiera que estuviere en el caso de imitarlos.

El primer ejemplo es el del siciliano Agatocles, quien, habiendo nacido en una condición no solamente ordinaria, sino también baja y vil, llegó a empuñar, sin embargo, el cetro de Siracusa. Hijo de un alfarero, había tenido en todas las circunstancias una conducta reprensible, pero sus perversas acciones iban acompañadas de tanto vigor corporal y fortaleza de ánimo que habiéndose dado a la profesional militar ascendió, por los diversos grados de la milicia, hasta el de pretor de Siracusa. Luego que se hubo visto elevado hasta este puesto, resolvió hacerse príncipe, y retener con violencia, sin ser deudor de ello a ninguno, la dignidad que él había recibido del libre consentimiento de sus conciudadanos. Después de haberse entendido a este efecto con el general cartaginés Amílcar, que estaba en Sicilia con su ejército, juntó una mañana al pueblo y Senado de Siracusa, como si tuviera que deliberar con ellos sobre cosas importantes para al República; y dando en aquella Asamblea a sus soldados la señal acordada, les mandó matar a todos los senadores y a los más ricos ciudadanos que allí se hallaban. Librado de ellos, ocupó y conservó el principado de Siracusa sin que se manifestara guerra ninguna civil contra él. Aunque se vio, después, dos veces derrotado y aun sitiado por los cartagineses, no solamente pudo defender su ciudad, sino que también, habiendo dejado una parte de sus tropas para custodiarla, fue con otra a atacar la África; de modo que en poco tiempo libró Siracusa sitiada y puso a los cartagineses en tanto apuro que se vieron forzados a tratar con él, se contentaron con la posesión de África y le abandonaron enteramente la Sicilia.

Si consideramos sus acciones y valor, no veremos nada o casi nada que pueda atribuirse a la fortuna. No con el favor de ninguno, como lo he dicho más arriba, sino por medio de los grados militares adquiridos a costa de muchas fatigas y peligros, consiguió la soberanía; y si se mantuvo en ella por medio de una infinidad de acciones tan peligrosas como estaban llenas de valor, no puede aprobarse ciertamente lo que él hizo para conseguirla. La matanza de sus conciudadanos, la traición de sus amigos, su absoluta falta de fe, de humanidad y religión, son ciertamente medios con los que uno puede adquirir el imperio; pero no adquiere nunca con ellos ninguna gloria.

No obstante esto, si consideramos el valor de Agatocles en el modo con que arrostra con los peligros y sale de ellos, y la sublimidad de ánimo en soportar y vencer los sucesos que le son adversos, no veo por qué tendríamos por inferior al mayor campeón de cualquier especie. Pero su feroz crueldad y despiadada inhumanidad, sus innumerables maldades, no permiten alabarle, como si él mereciera ocupar un lugar entre los hombres insignes más eminentes; y vuelvo a concluir que no puede atribuirse a su fortuna ni valor lo que él adquirió si uno ni otro.

sábado

NICOLÁS MAQUIAVELO - EL PRÍNCIPE (14)


INTRODUCCIÓN

CAPITULO VII

De los principados nuevos que se adquieren con las fuerzas ajenas y la fortuna (3)

Pero volviendo al punto del que he partido, digo que hallándose muy poderoso el duque, y asegurado en parte contra los peligros de entonces, porque se había armado a su modo, y que tenía destruidas en gran parte las armas de los vecinos que podían perjudicarle, le quedaba el temor de la Francia, supuesto que él quería continuar haciendo conquistas. Sabiendo que el rey, que había echado de ver algo tarde su propia falta, no sufriría que el duque se engrandeciera más, echose a buscar nuevos amigos; desde luego tergiversó con respecto a la Francia cuando marcharon los franceses hacia el reino de Nápoles contra las tropas españolas que sitiaban Gaeta. Su intención era asegurarse de ellos; y hubiera tenido su pronto acierto si hubiera continuado viviendo Alejandro.

Estas fueron sus precauciones en las circunstancias de entonces; pero en cuanto a las futuras, tenía que temer primeramente que el sucesor de Alejandro IV no le fuera favorable y tratara de quitarle lo que le había dado Alejandro.

Para precaver estos inconvenientes imaginó cuatro medios. Fueron: primero, extinguir las familias de los señores a quienes él había despojado, a fin de quitar al Papa los socorros que ellos hubieran podido suministrarle; segundo, ganarse a todos los hidalgos de Roma, a fin de poder poner con ellos, como lo he dicho, un freno al Papa hasta en Roma; tercero, conciliarse, lo más que le era posible, el sacro colegio de los cardenales; y cuarto, adquirir, antes de la muerte de Alejandro, una tan grande dominación que él se hallara en estado de resistir por sí mismo el primer asalto cuando no existiera ya su padre. De estos cuatro expedientes, los tres primeros por el duque habían conseguido ya su fin al morir el papa Alejandro, y el cuarto estaba ejecutándose.

Hizo perecer a cuantos había podido coger de aquellos señores a quienes tenía despojados, y se le escaparon pocos. Había ganado a los hidalgos de Roma, y adquirió un grandísimo influjo en el sacro colegio. En cuanto a sus nuevas conquistas, habiendo hacerse proyectado hacerse señor de la Toscana, poseía ya Perusa y Piombino, después de haber tomado Pisa bajo su protección. Como no estaba obligado ya a tener miramientos con la Francia, que no le aguardaba ya realmente ninguno, en atención a que los franceses se hallaban a la sazón despojados del reino de Nápoles por los españoles, y que unos y otros estaban precisados a solicitar su amistad, se echaba sobre Pisa; lo cual bastaba para que Luca y Siena le abriesen sus puertas, sea por celos contra los florentinos, sea por temor de la venganza suya; y los florentinos carecían de medios para oponerse a ellos. Si esta empresa le hubiera salido acertada, y se hubiese puesto en ejecución el año en que murió Alejandro, hubiese adquirido el duque tan grandes fuerzas y tanta consideración que, por sí mismo, se hubiera sostenido, sin depender de la fortuna y poder ajeno. Todo ello no dependía ya más que de su dominación y talento.

NICOLÁS MAQUIAVELO - EL PRÍNCIPE (12)


CAPITULO VII

De los principados nuevos que se adquieren con las fuerzas ajenas y la fortuna (1)

Lo que de particulares que ellos eran, fueron elevados al principado por la sola fortuna, llegan a él sin mucho trabajo, pero tienen uno sumo para la conservación suya. No hallan dificultades en el camino para llegar a él, porque son elevados como en alas; pero cuando le han conseguido se les presentan entonces todas las especies de obstáculos.

Estos príncipes no pudieron adquirir su Estado más que de uno u otro de estos dos modos: o comprándolo o haciéndolo dar por favor; como sucedió, por una parte, a muchos en la Grecia para las ciudades de la lona y Helesponto, en que Darío hizo varios príncipes que debían tenerlas por su propia gloria, como también por su propia seguridad; y por otra, entre los romanos, a aquellos particulares que se hacían elevar al imperio por medio de la corrupción de los soldados. Semejantes príncipes no tienen más fundamentos que la voluntad o fortuna de los hombres que los exaltaron; pues bien, ambas cosas son muy variables, y totalmente destituidas de estabilidad. Fuera de esto, ellos no saben ni pueden saber mantenerse en esta elevación. No lo saben, porque a no ser un hombre de ingenio y superior talento, no es verosímil que después de haber vivido en una condición privada se sepa reinar. No lo pueden, a causa de que no tienen tropa ninguna con cuyo apego y fidelidad pueden contar.

Por otra parte, los Estados que se forman repentinamente son como todas aquellas producciones de la naturaleza que nacen con prontitud; no puede ellos tener raíces ni las adherencias que les son necesarias para consolidarse. Los arruinará el primer choque de la adversidad, si, como lo he dicho, los que se han hecho príncipes de repente, no son de un vigor bastante grande para estar dispuestos inmediatamente a conservar lo que la fortuna acaba de entregar en sus manos, ni se han proporcionado los mismos fundamentos que los demás príncipes se habían formado antes de serlo.

Para uno y otro de estos dos modos de llegar al principado es, a saber, con el valor o fortuna, quiero exponer dos ejemplos que la historia de nuestros tiempos nos presenta: son los de Francisco Sforza y de César Borgia.

Francisco, de simple particular que él era, llegó a ser duque de Milán por medio de un gran valor y de los recursos que su ingenio podía suministrarle.

Por lo mismo conservó sin mucho trabajo lo que él no había adquirido más que con sumos afanes. Por otra parte, César Borgia, llamado vulgarmente el duque de Valentinois, que no adquirió sus Estados más que por la fortuna de su padre, los perdió luego que ella le hubo faltado, aunque hizo uso, entonces, de todos los medios imaginables para retenerlos, y practicó, para consolidarse en los principados que las armas y fortuna ajenas le habían adquirido, cuanto podía practicar un hombre prudente y valeroso.

He dicho que el que no preparó los fundamentos de su soberanía antes de ser príncipe, podría hacerlo después si él tenía un talento superior, aunque estos fundamentos no pueden formarse entonces más que con muchos disgustos para el arquitecto y con muchos peligros para el edificio. Si se consideran, pues, los progresos del duque de Valentinois, se verá que él había preparado poderosos fundamentos para su futura dominación; y no tengo por inútil el darlos a conocer, porque no me es posible dar lecciones más útiles a un príncipe nuevo, que las acciones de este. Si sus instituciones no le sirvieron de nada, no fue falta suya, sino la de una extremada y muy extraordinaria malignidad de la fortuna.

Alejandro VI quería elevar a su hijo el duque a una gran dominación, y veía para ello fuertes dificultades en lo presente y futuro. Primeramente, no sabía cómo hacerle señor de un Estado que no perteneciera a la Iglesia; y cuando volvía sus miras hacia un Estado de la Iglesia para quitársele en favor de su hijo, preveía que el duque de Milán y los venecianos no consentirían en ello. Faenza y Rímini, que él quería cederle desde luego, estaban ya bajo la protección de los venecianos. Veía, además, que los ejércitos de la Italia, y sobre todo aquellos de los que él hubiera podido valerse, estaban en poder de los que podían temer el engrandecimiento del Papa; y no podía fiarse de estos ejércitos, porque todos ellos estaban mandados por los Ursinos, Colonnas, o allegados suyos. Era menester, pues, que se turbara este orden de cosas, que se introdujera el desorden en los Estados de Italia, a fin de que le fuera posible apoderarse, seguramente, de una parte de ellos. Esto le fue posible a causa de que él se hallaba en aquella coyuntura en que, movidos de razones particulares, los venecianos se habían resuelto a hacer que los franceses volvieran otra vez a Italia. No solamente no se opuso a ello, sino que aun facilitó esta maniobra, mostrándole favorable a Luis XII con la sentencia de la disolución de su matrimonio con Juana de Francia. Este monarca vino, pues, a Italia con ayuda de los venecianos y el consentimiento de Alejandro. No bien hubo estado en Milán, cuando el Papa obtuvo algunas tropas para la empresa que había meditado sobre la Romaña; y le fue cedida esta a causa de la reputación del rey.
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