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lunes

JAMES GEORGE FRAZER - LA RAMA DORADA (35)


4. EL PROGRESO DEL MAGO (1)


Hemos terminado nuestro examen de los principios generales de la magia simpatética. Los ejemplos con que hemos ilustrado proceden en su mayor parte de lo que podríamos llamar magia privada, es decir, de los ritos mágicos practicados en beneficio o daño de los hombres. Pero en la sociedad salvaje hay también lo que podemos denominar magia pública, esto es, la hechicería practicada en beneficio de la sociedad en conjunto. Siempre que las ceremonias de esta clase se observen para el bien común, es claro que el hechicero deja de ser meramente un practicón privado y en cierto modo se convierte en funcionario público. El desenvolvimiento de tal clase de funcionarios es de gran importancia para la evolución, tanto política como religiosa, de la sociedad. Cuando el bienestar de la tribu se supone que depende de la ejecución de estos ritos mágicos, el hechicero o mago se eleva a una posición de mucha influencia y reputación, y en realidad puede adquirir el rango y la autoridad propios del jefe o del rey. La profesión congruentemente atrae a sus filas a algunos de los hombres más hábiles y ambiciosos de la tribu, porque les abre tal perspectiva de honores, riqueza y poder común como difícilmente pueda ofrecerla cualquier otra ocupación. Los perspicaces se dan cuenta del modo tan fácil de embaucar a los simplones cofrades y manejan la superstición en ventaja propia. No es que el hechicero sea siempre un impostor y un bribón; con frecuencia está sinceramente convencido de que en realidad posee los maravillosos poderes que le adscribe la credulidad de sus compañeros. Pero cuanto más sagaz sea, más fácilmente percibirá las falacias que impone a los tontos. De esta manera, los más habilidosos miembros de la profesión tienden a convertirse en impostores más o menos conscientes, y es lógico que estos hombres, en virtud de su habilidad superior, lleguen a ocupar la cúspide y a conquistar para ellos mismos posiciones de mayor dignidad y autoridad más imperiosa. Las trampas rendidas al paso del brujo profesional son múltiples y como regla solamente el hombre de cabeza fría y aguda astucia conseguirá guiarse en su camino con seguridad. Por esto, tendremos siempre presente que cada una de las declaraciones y pretensiones que el hechicero anuncia son, como tales, falsas: ninguna de ellas puede sostenerse sin impostura consciente o inconsciente. Por consiguiente, el brujo que cree sinceramente en sus extravagantes pretensiones está en mucho mayor peligro que el deliberado impostor y es mucho más probable que su carrera se frustre. El hechicero honrado confía siempre en que sus conjuros y sortilegios produzcan los efectos esperados y cuando fallan, no sólo realmente, como sucede siempre, sino llamativa y desastrosamente como ocurre con frecuencia, queda anonadado; él no está preparado para explicar satisfactoriamente su fracaso, como lo está su colega impostor, y antes de que logre hacerlo es posible que caiga la culpa sobre su cabeza por obra de sus defraudados y coléricos clientes.

El resultado general es que en este grado de evolución social, el poder supremo tiende a caer en las manos de los hombres de inteligencia más perspicaz y de carácter menos escrupuloso. Si pudiéramos sopesar el daño que hacen con su bellaquería y el beneficio que confieren con su superior sagacidad, es posible que encontrásemos que lo bueno sobrepase con mucho a lo malo, pues más desgracias han sobrevenido al mundo seguramente por obra de los tontos honestos y encumbrados en los altos puestos que por los bribones inteligentes. Una vez que el astuto trapacero ha colmado su ambición y no tiene más perspectivas egoístas que conseguir, puede poner al servicio público su talento, su experiencia y sus recursos, lo que frecuentemente hace. Muchos hombres poco o nada escrupulosos en la adquisición del poder, han sido los más benéficos en su uso, cualquiera que fuese el poder ambicionado, riqueza o autoridad política. En el campo de la política, el intrigante astuto, el victorioso despiadado, pudo terminar siendo gobernante sabio y magnánimo, bendecido en vida, llorado en muerte y admirado y aplaudido por la posteridad. Hombres así, citando dos de los más conspicuos ejemplos, fueron Julio César y Augusto. Pero un tonto es siempre un tonto y cuanto mayores sean sus facultades, tanto más desastroso será el uso que haga de ellas. La mayor calamidad de la historia inglesa, la ruptura con Norteamérica, podría no haber sucedido si Jorge III no hubiese sido un lerdo honrado.

domingo

JAMES GEORGE FRAZER - LA RAMA DORADA (34)


3. MAGIA CONTAMINANTE (5)


La magia puede ser proyectada además sobre un hombre simpatéticamente; no sólo por intermedio de sus ropas o partes separadas de su propio cuerpo, sino también por medio de las impresiones o huellas dejadas por el mismo en la arena o en la tierra. En particular, es una superstición muy extendida la de que dañando la huella dejada por los pies, se dañará al pie que la hizo. Así, los nativos del sureste australiano piensan que pueden enojar a una persona colocando trozos cortantes de cuarzo, hueso, vidrio o carbón sobre sus huellas. Con frecuencia atribuyen a esta causa los dolores reumáticos. Viendo el Dr. Howitt a un hombre tlatungolung muy cojo, le preguntó qué le acontecía y este le contestó: “Alguno ha puesto botella en mi pie”. Estaba sufriendo de reumatismo, pero creía que algún enemigo había encontrado su rastro y enterrado en él un casco de botella cuya influencia mágica se había metido en su pie.

Prácticas similares prevalecen en diversos lugares de Europa. Así, en Mecklenburgo, si se introduce un clavo en una pisada, quedará cojo el que la hizo; en ocasiones se requiere que el clavo haya sido cogido de un féretro. Se recurre a parecida manera de dañar a un enemigo en algunos lugares de Francia. Se dice que hubo una anciana que acostumbraba frecuentar Stow en Suffolk, y que era bruja; si mientras ella pasaba, alguien iba tras ella e hincaba un clavo o un cuchillo en una de las huellas que dejaba en el polvo, la mujer se quedaba sin poder dar un paso hasta que la sacaban. Entre los eslavos meridionales, la muchacha enamorada hace un hoyo en una de las improntas dejadas por el pie del hombre que ama y coloca en un tiesto la tierra que saca; después planta en el tiesto una caléndula, cuya flor creen que no se marchita. Y si sus dorados capullos se abren, florecen y no se marchitan, el amor de su novio crecerá y florecerá del mismo modo y jamás se marchitará.  Así, el conjuro de amor actúa sobre el hombre por intermedio de la tierra que él holló. Una antigua costumbre danesa de cerrar tratos se basaba en la misma idea de la simpatética conexión entre una persona y sus pisadas impresas; cada uno de los contratantes salpicaba las huellas de otro con su propia sangre, dando así prenda de su lealtad. Supersticiones de la misma clase creemos que eran corrientes en la antigua Grecia, pues se pensaba que si un caballo herido pisaba sobre la pista de un lobo, aquel se sobrecogía todo aterido, y una máxima que se atribuye a Pitágoras prohíbe al pueblo hincar un clavo o un cuchillo en las improntas de los pies de una persona.

La misma superstición la aprovechan los cazadores en muchas partes del mundo para atrapar la pieza. Así, un montero alemán clavará un clavo cogido de un féretro en la huella fresca del rastro, creyendo que esto impedirá escapar al animal. Los aborígenes de Victoria colocaban ascuas encendidas en las pistas de los animales que perseguían. Los cazadores hotentotes tiran al aire un puñado de arena tomada de las pisadas que dejó la caza, creyendo que esto atraerá al animal para ser cazado. Los indios thompson solían dejar amuletos sobre el rastro del ciervo herido; hecho esto, consideraban superfino seguir persiguiendo al animal ese día, pues hallándose hechizado, no podrá ir muy lejos y pronto morirá.

Así, también los indios ojebway colocaban “medicina” en la pista del primer oso o ciervo que encontraban, suponiendo que se sentiría atraído por ella hasta dejarse ver, aunque se hubiera alejado dos o tres jornadas, pues esta hechicería tenía poder para reducir varios días de marcha a unas pocas horas. Los cazadores ewe del África Occidental hincan en las huellas de la pieza que cazan un palo aguzado con el designio de manquear la caza y poder hacerse de ella. Aunque las huellas de los pies no son las únicas impresiones hechas por el cuerpo a cuyo través puede obrar la magia sobre una persona, son las más claras. Los aborígenes del sureste de Australia creen que un hombre puede ser herido enterrando fragmentos de cuarzo, vidrio y otras cosas así en las huellas que dejó su cuerpo acostado; la mágica virtud de estas cosas aguzadas penetra en su cuerpo y ocasiona dolores agudos que los ignorantes europeos achacan al reumatismo. Ahora podemos entender nosotros por qué fue una máxima de los pitagóricos que al levantarse del lecho se debe borra la impresión que deja el cuerpo en las ropas de la cama. La regla es una precaución antigua contra la magia y formaba parte de un código completo de máximas supersticiones que la Antigüedad atribuyó a Pitágoras, aunque indudablemente eran familiares a los bárbaros antepasados de los griegos mucho tiempo antes de la época del filósofo.

lunes

JAMES GEORGE FRAZER - LA RAMA DORADA (33)


3. MAGIA CONTAMINANTE (4)

La línea de razonamiento que impera entre los rústicos de Inglaterra y Alemania, en común con los salvajes de la Melanesia y América es llevada un paso más allá por los aborígenes de la Australia central, los que conciben que, bajo ciertas circunstancias, los parientes cercanos del hombre herido deben engrasarse, restringir su dieta y regular su conducta en otros aspectos con objeto de asegurar su restablecimiento. Así, cuando un mancebo ha sido circuncidado, mientras la herida no sana su madre no puede comer zarigüeya o cierta clase de lagarto o serpiente diamante, (1) ni ninguna clase de grasa, pues si lo hiciese retardaría la cicatrización de la herida del muchacho. Todos los días engrasará sus palos de cavar y los tendrá siempre al alcance de la vista; de noche dormirá con ellos cerca de su cabeza y no permitirá que los toque nadie. Todos los días embadurnará su cuerpo con sebo, porque se cree que en cierta forma eso ayuda a la curación del hijo. Otro refinamiento del mismo principio se debe a la ingenuidad del campesino alemán. Dicen que cuando uno de sus cerdos u ovejas se rompe una pata el campesino de la Baviera renana o de Hesse envolverá la pata de una silla con venda y apósitos apropiados. Durante algunos días nadie podrá sentarse en la silla ni cambiarla de sitio o golpearla, pues estas cosas producirían dolor al cerdo u oveja heridos y retardarían su curación. En este último caso, está claro que hemos rebasado totalmente el dominio de la magia contagiosa o contaminante y que estamos en el campo de la magia homeopática o mimética; la pata de la silla que se cura en vez de la pata del animal, en ningún sentido pertenece a este, y la aplicación de vendas a aquella es un mero simulacro del tratamiento que una cirugía más racional empleará en el verdadero paciente.

La simpatética conexión que se supone existe entre un hombre y el arma que le ha herido probablemente se funda en la idea de que la sangre en el arma continúa sintiendo con la sangre de su cuerpo. Por una razón semejante, los papuas de Tumleo, isla de Nueva Guinea, cuidan de arrojar al mar los vendajes ensangrentados con los que curaron sus heridas, pues temen que si esos harapos cayesen en manos de sus enemigos podría causárseles daño mágicamente de ese modo. En cierta ocasión en que un hombre con una herida de la boca sangrando continuamente llegó para ser curado por los misioneros, su crédula mujer recogió con gran trabajo toda la sangre para poderla arrojar después al mar. Por forzada y artificial que pueda parecernos esta idea, quizá no lo es tanto como la creencia en la mágica que se conserva entre la persona y sus ropas de tal modo que todo lo que se haga a estas repercutirá sobre la persona misma, aun cuando esté muy lejos en ese momento. En la tribu Wotjobaluk, de Victoria (Australia), cuando un hechicero conseguía la alfombra de zarigüeya de un hombre, la quemaba despacio al fuego y mientras lo iba haciendo, el hombre caía enfermo. Si el hechicero consentía en desvirtuar el encanto, devolvía la alfombra a los amigos del paciente, recomendándole que la pusieran en agua “para lavarla del fuego”. Cuando lo hacían así, el enfermo se sentía refrescado y probablemente se restablecía. En Tanna, una de las nuevas Hébridas, si alguien tenía ojeriza a otro y deseaba su muerte, procuraba apoderarse de alguna ropa que hubiera estado en contacto con el sudor del cuerpo de su enemigo. Si lo conseguía, frotaba las telas cuidadosamente con las hojas y ramillas de cierto árbol, enrollaba y ataba las ropas, hojas y ramitas formando un paquete largo y estrecho, y lo iba quemando al fuego. Cuando el atadijo estaba consumándose, la víctima caía enferma y cuando todo quedaba reducido a cenizas, moría. En esta última forma de hechicería, sin embargo, la simpatía mágica puede suponerse que no se da tanto entre el hombre y los vestidos como entre el hombre y el sudor que brotó de su cuerpo. Pero en otros casos de la misma clase creemos que la ropa por sí misma es suficiente para darle al brujo un poder sobre su víctima. La bruja de Teócrito, mientras funde una imagen o masa de cera con objeto de que su infiel amante se derrita por su amor, no olvida arrojar en el fuego un pedazo de su manto, que había recogido en su casa. En Prusia se dice que si no se puede capturar a un ladrón, lo mejor que puede hacerse es conseguir alguna prenda de ropa que haya dejado caer en su huida; si se sacude enérgicamente la prenda, el ladrón caerá enfermo. Esta creencia está firmemente arraigada en la mente popular. Hace ochenta o noventa años, en las cercanías de Berend descubrieron a uno que intentaba robar miel y que huyó dejando abandonada la chaqueta. Cuando oyó que el rabioso propietario de la miel estaba apaleando la chaqueta, se asustó tanto que se metió en la cama y murió.


Notas

(1) Serpiente: Pyton spilotes.

domingo

JAMES GEORGE FRAZER - LA RAMA DORADA (32)


3. MAGIA CONTAMINANTE (3)


Así, en muchas partes del mundo, el cordón y son más frecuencia las secundinas, son considerados como seres vivientes, hermano o hermana del recién nacido, o ya como el objeto material en que reside el espíritu guardián del niño o parte de su alma. Además, la simpatética conexión que se supone existe entre una persona y sus secundinas o cordón está claramente manifiesta en la extendidísima costumbre de tratar la placenta o el cordón de cierto modo que se supone influye durante la vida sobre el carácter y ocupaciones de la persona, convirtiéndolo en ágil trepador, fuerte nadador, cazador habilidoso o bravo guerrero y haciéndola a ella, si es mujer, sutil costurera, buena hornera, etc. Estas creencias y prácticas concernientes a las secundinas o placenta, y en menos extensión al cordón umbilical, presentan un notable paralelo con la extendida doctrina de la transferencia del alma y sus salidas del cuerpo y con las costumbres que en ello se fundan. Por lo tanto, no es muy aventurado conjeturar que este paralelismo no es una simple coincidencia, sino que en las secundinas o placenta tenemos una base física (no necesariamente la única) para la teoría y la práctica del alma externada. La consideración de este punto queda para la última parte de la obra. Una curiosa aplicación de la doctrina de la magia contaminante es la relación que por lo común se cree existe entre un hombre herido y el agente de su herida, así que todo lo que se haga al o para el agente, de modo correspondiente afectará al paciente para su bien o para su mal. Plinio nos cuenta que si se ha herido a un hombre y se está apenado por ello, no hay más que escupirse en la mano heridora y el paciente se sentirá instantáneamente aliviado. En Melanesia, si el amigo del hombre herido llega a estar en posesión de la flecha que lo hirió, la pondrá en lugar húmedo o entre hojas frías para que así la inflamación tenga poca importancia y desaparezca pronto. Al mismo tiempo, el enemigo que disparó la flecha trabajará con afán en agravar la herida por todos los medios a su alcance. Con este propósito, él y sus amigos beberán jugos ardientes y calientes y mascarán hojas irritantes, porque es evidente que esto irritará e inflamará la herida. Además mantendrán el arco cerca del fuego para conseguir que la herida esté inflamada y por la misma razón pondrán la punta de la flecha, si la han podido recobrar, dentro del fuego, teniendo cuidado además de mantener tensa la cuerda del arco y haciéndola vibrar de vez en cuando, pues esto causará al herido estremecimientos nerviosos y espasmos tetánicos. “Está constantemente admitido y testimoniado -dice Bacon- que el tratamiento del arma que hizo la herida curará la herida misma. En este experimento, según relatos de hombres de crédito (aunque yo no estoy del todo inclinado a creerlo), deben tenerse presentes los siguientes puntos: primero, el ungüento con que se hace debe estar hecho de diversos ingredientes, de los cuales los más extraños y difíciles de conseguir son el moho de la calavera de un hombre sin enterrar y las grasas de un jabalí y de un oso muertos en el acto de la generación”. El rarísimo unto compuesto de estos y otros ingredientes se aplicaba, como nos lo explica el filósofo, no sobre la herida sino al arma, y aunque el herido estuviera a gran distancia y no fuese conocedor de ello. El experimento, nos dice, ha sido ensayado limpiando el unto del arma sin conocimiento de la persona herida, de lo que resultó un aumento súbito de los dolores hasta que el arma fue untada otra vez. También “se afirma que si no puede obtenerse el arma, basta con un instrumento de hierro o madera que tenga parecido con el arma que hirió: si se pone en la herida, todavía sangrante, el unto de este instrumento servirá y obrará el efecto deseado”. Remedios de esta clase, que Bacon considera dignos de su atención, están todavía en boga en los condados orientales de Inglaterra. Así, en Suffolk, cuando un hombre se corta con un podón o una guadaña, tiene siempre buen cuidado de mantener la herramienta brillante y de engrasarla para evitar que la herida se encone. Si se clava una espina o, como él la denomina, un “mataojo” en la mano, aceita o engrasa la espina después de extraerla. Un hombre llegó a un doctor con la mano inflamada por haberse clavado un abrojo mientras estaba podando un seto vivo. Habiéndosele dicho que la mano estaba infectada, hizo el reparo de que “seguramente no es así, puesto que he engrasado bien el abrojo cuando lo saqué”. Si un caballo se hiere en la pezuña por patear sobre un clavo, lo limpiará y lo engrasará todos los días en prevención de que se infecte el casco del animal. Del mismo modo, en Cambridgeshire los peones piensan que si un caballo tiene un clavo hiriéndole el casco es necesario engrasar el clavo con aceite o tocino y colocarlo lejos y en sitio seguro, pues de lo contrario el caballo no se curará. Hace unos pocos años un veterinario cirujano fue enviado para atender a un caballo que se había lacerado el costado contra la bisagra de una talanquera de la granja. Cuando llegó a la granja, vio que nada se había hecho por el caballo herido, pero un hombre estaba afanosamente tratando de quitar la bisagra de allí para engrasarla y ponerla atravesada en la cama donde está tendido el herido. También en Baviera se dice que debe engrasarse un trapo de lino y atarlo al filo del hacha con que se cortó, teniendo cuidado de colocar el filo hacia arriba. Según vaya secándose el hacha, la herida irá sanando. De igual modo, en las montañas del Harz, si alguien se corta, deberá untar el cuchillo o las tijeras con sebo y colocarlo, después en un lugar seco en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Cuando el cuchillo se haya secado el sujeto estará curado. Otras gentes de Alemania, sin embargo, dicen que deberá clavarse la navaja en algún charco del suelo, y que la herida cicatrizará cuando la hoja esté roñosa. Otros, por el contrario, como en Baviera, recomiendan untar el hacha o lo que sea con sangre y dejarla en el sobrado bajo el alero del tejado.

martes

JAMES GEORGE FRAZER - LA RAMA DORADA (31)


3. MAGIA CONTAMINANTE (2)


Otras partes que comúnmente se cree permanecen en simpatética conexión con el cuerpo después de haber sido separadas físicamente de él, son el cordón umbilical y las secundinas, incluida la placenta. Tan íntima en verdad se concibe la unión, que la fortuna de los individuos y su buena o mala suerte en la vida suelen suponerse ligadas con una u otra de estas porciones de su persona; así que, si son bien conservados y tratados el cordón umbilical o las secundinas, su suerte será próspera, pero si se pierden o son maltratados, sufrirá las consecuencias de ello. En ciertas tribus de la Australia occidental creen que un hombre nadará bien o mal según que su madre haya arrojado al agua su cordón umbilical o no. Entre los nativos de la cuenca del río Pennefather, en Queeensland, se cree que una parte del espíritu del niño (cho-i) se queda en las secundinas. Esta es la razón por la que la madre coge las secundinas y las entierra lejos, en arena, y marca el sitio con un número de ramitas que clava en círculo alrededor, atándolas de modo que formen una estructura cónica. Cuando Anjea, el ser que hace concebir a las mujeres poniendo niños de barro en sus vientres, llega y ve el sitio marcado, recoge el espíritu y se lo lleva a alguno de los escondrijos que tiene, tales como un árbol, un agujero en una roca o en una charca, donde permanece durante años; en alguna ocasión recogerá allí el espíritu del mundo. En Ponapé, una de las Islas Carolinas, colocan cordón umbilical en una concha y después disponen de ello según la ocupación que elijan sus padres para el niño; por ejemplo, si quieren que sea un buen trepador, colgarán de un árbol el cordón umbilical. Los isleños de Kei consideran al cordón umbilical como un hermano o hermana de la criatura, según el sexo del infante; lo ponen en un cacharro con ceniza y lo colocan entre las ramas de un árbol para que se mantenga ojo avizor sobre la suerte de su camarada. Entre los batakos de Sumatra, así como entre muchos otros pueblos del Archipiélago Índico, se reputa la placenta como el hermano o hermana del niño. Su sexo depende del de la criatura y lo entierran bajo la casa. Según los batakos, está ligada con el bienestar del niño y creen que realmente es el asiento del alma transferible, de lo cual nos ocuparemos más adelante. Los karo-batakos hasta afirman que el hombre tiene dos almas y que la verdadera es la que vive en la placenta, bajo la casa, pues es el alma que engendra las criaturas, según dicen.

Los baganda creen que todos los hombres nacen con un “doble” y a este le identifican con las secundinas, que consideran como una segunda criatura. La madre entierra las secundinas al pie de un plátano, que consideran sagrado hasta que recojan sus frutos, que se sirven en un festín sagrado para la familia. Entre los cherokees, el cordón umbilical de una niña se entierra bajo un metate para maíz con objeto de que, cuando crezca, la niña llegue a ser una buena panadera, pero en cambio el cordón umbilical de un niño se cuelga de un árbol en la selva, para que sea cazador. Los incas del Perú conservaban los cordones umbilicales con los mayores cuidados y se los daban a chupar a las criaturas cuando enfermaban. En el antiguo México acostumbraban dar a los guerreros un cordón umbilical de niño para que lo enterrasen en el campo de batalla y así el niño adquiriese pasión por guerrear. En cambio, el cordón umbilical de una niña lo enterraban junto al hogar doméstico por creer que esto le inspiraría amor al hogar y gusto en cocinar y hornear.

En Europa mucha gente cree todavía que el destino de la persona está más o menos ligado con el de su cordón umbilical o secundinas. Así, en la Baviera renana lo envuelven algún tiempo en un trozo de lino viejo y después lo cortan o pinchan en trocitos, según que sea de niño o de niña, a fin de que él o ella, cuando crezcan, sea un habilidoso artesano o una buena costurera. En Berlín la comadrona suele entregar el cordón umbilical seco al padre recomendándole estrictamente que lo guarde con sumo cuidado, pues durante tanto tiempo como lo tenga así guardado, el niño vivirá y estará libre de enfermedades. En Beauce y Perche, la gente tiene cuidado de no arrojar el cordón umbilical al agua ni al fuego, pues si así lo hicieran, el niño moriría ahogado o quemado.

lunes

JAMES GEORGE FRAZER - LA RAMA DORADA (30)


3. MAGIA CONTAMINANTE (1)


Hasta ahora hemos tratado principalmente de la rama de la magia simpatética que puede denominarse homeopática o imitativa. Su principio director, como hemos visto, es que “lo semejante produce lo semejante” o, en otras palabras, que el efecto se asemeja a su causa. La otra gran rama de la magia simpatética, que hemos llamado magia contaminante o contagiosa, procede de la noción de que las cosas que alguna vez estuvieron juntas quedan después, aun cuando se las separe, en tal relación simpatética que todo lo que se haga a una de ellas producirá parecidos efectos en la otra. Así, vemos que la base lógica de la magia contaminante, parecida a la de la homeopática, es una errónea asociación de ideas. Su base física, si podemos hablar así, semejante a la base física de la magia homeopática, es un intermedio material de cierta clase que, a semejanza del éter de la física moderna, se supone que une los objetos distantes y conduce las impresiones del uno al otro. El ejemplo más familiar de magia contaminante es la simpatía mágica que se cree existe entre una persona y las partes separadas de ella, tales como el pelo, los recortes de uñas, etc.; así que siempre que se llegue a conseguir pelo humano o uñas, se podrá actuar a cualquier distancia sobre la persona de quien proceden. Esta superstición es universal; después daremos en esta obra ejemplos relativos al pelo y las uñas.

Entre las tribus australianas fue práctica general arrancar uno o varios de los dientes frontales de los muchachos en esas ceremonias de iniciación a las que tenían que someterse los mozos para poder gozar de todos los privilegios y derechos de los adultos. La razón de esta práctica es oscura; lo que aquí nos importa es la creencia en que existe una relación simpatética que continúa entre el muchacho y sus dientes, después de haber sido extraídos estos de sus encías. Así, entre algunas de las tribus cercanas al río Darling, en Nueva Gales del Sur, colocaban el diente extraído bajo la corteza de un árbol cercano a un río o charco permanente o manantial; si la corteza crecía sobre el diente o si el diente caía en el agua todo iba bien, pero si quedaba al aire y las hormigas corrían sobre él, los nativos creían que el muchacho padecería alguna enfermedad de la boca. Entre los murring y otras tribus de Nueva Gales del Sur, el diente extraído se guardaba bajo la custodia de un viejo y después iba pasando sucesivamente de mano en mano entre los jefes hasta dar la vuelta a toda la comunidad, terminando en el padre del mancebo y por último en el propio mancebo; sin embargo, cuando el diente iba pasando de mano en mano, deberían cuidar de no depositarlo en ningún saco que contuviera sustancias mágicas, pues hacerlo así pondría en grave peligro al diente. El finado Dr. Howitt actuó en cierta ocasión como custodio de los dientes extraídos a los novicios en una ceremonia de iniciación, y los ancianos se apresuraron a advertirle que no los pusiera en un saco donde ellos sabían que guardaba unos cristales de cuarzo. Le dijeron que si lo hacía, la magia de los cristales pasaría a los dientes y así dañaría a los muchachos. Cerca de un año después de volver el Dr. Howitt de la ceremonia, le visitó uno de los principales jefes de la tribu murring, que había viajado doscientas cincuenta millas desde su casa para llevarse los dientes. Le explicó al doctor que le enviaban a recogerlos porque había caído enfermo uno de los muchachos y se creía que sus dientes habían sufrido algún daño que afectaba al mozo. Se le aseguró que los dientes habían sido guardados en una caja alejada de cualquier sustancia, como los cristales de cuarzo, que pudiera influir en ellos, y él regresó a su hogar llevándose los dientes cuidadosamente envueltos y escondidos.

Los basutos evitan cuidadosamente que los dientes extraídos caigan en las manos de algunos seres míticos que rondan las sepulturas y que pueden hacer daño a los propietarios de los dientes haciendo magia con ellos. En Sussex, hace unos cincuenta años, una criada se opuso con energía a que se tirara un diente de leche de un niño, asegurando que podía encontrarlo algún animal que lo royera y en ese caso, el diente nuevo sería exactamente como los del animal que mordiera el diente de leche. Para probar su afirmación se refirió al viejo señor Simmons, que tenía un diente enorme y largo en su maxilar superior, defecto personal que siempre se achacó a su madre, la que por inadvertencia tiró un diente de leche de aquel en una pocilga. Semejante creencia ha conducido a prácticas tendientes, sobre el principio de la magia homeopática, a reemplazar los dientes viejos por otros mejores. Así, en muchas partes del mundo es costumbre colocar los dientes extraídos en algún lugar donde fácilmente puedan ser hallados por un ratón o rata, en la esperanza de que por intermedio de la simpatía que sigue existiendo entre el diente y su anterior propietario, sus otros dientes adquirirán la firmeza y excelencia de los dientes de dichos roedores. Por ejemplo, en Alemania es casi una máxima universal entre las gentes que se debe colocar en la cueva de un roedor el diente extraído. Haciéndolo así con los dientes de leche, se evitará que el niño padezca dolores de dientes; también hay que colocarse ante la chimenea del hogar y arrojar hacia atrás el diente diciendo: “Ratón, deme su diente de hierro, yo le daré el mío de hueso”. Hecho esto, sus demás dientes permanecerán sólidos. Muy lejos de Europa, en Raratonga, en el Pacífico, cuando se extraía un diente a un niño, se solía recitar la siguiente oración:

Gran rata, pequeña rata, aquí
está mi viejo diente; os ruego
me deis otro nuevo.

Después arrojaban el diente por sobre las bardas de la casa, porque las ratas hacen sus nidos en las bardas viejas. La razón asignada para invocar a las ratas en estas ocasiones era que, según los nativos, los dientes de rata son los más fuertes que se conocen.

JAMES GEORGE FRAZER - LA RAMA DORADA (29)


2. MAGIA HOMEOPÁTICA O IMITATIVA (19)


Otra aplicación de la máxima de que “lo semejante produce lo semejante” se observa en la creencia china de que la suerte de una ciudad está profundamente influida por su forma, que variará según el carácter de la cosa que sea más parecida a su figura. Así, se cuenta que hace muchos años la ciudad de Tsuen-cheu-fu, cuya configuración se asemejaba a la de una carpa, frecuentemente servía de presa a las depredaciones de la vecina ciudad de Yung-chun, cuya forma se parecía a la red de un pescador, hasta que los habitantes de la ciudad víctima concibieron el plan de erigir en su centro dos altas pagodas. Estas pagodas, que todavía se elevan sobre la ciudad de Tsuen-cheu-fu, han ejercido desde entonces la más feliz influencia sobre sus destinos al interceptar la red imaginaria antes de que pudiera caer y enredar en sus mallas a la imaginaria carpa. Hace unos cuarenta años, los sabios de Shangai estuvieron muy preocupados con el descubrimiento de la causa de una rebelión local. Una investigación cuidadosa les dio la certeza de que la rebelión se debía a la forma de un nuevo gran templo que había sido construido dándole por desgracia la forma de una tortuga, animal del más perverso carácter. La dificultad era seria y el peligro arreciaba; derribar el templo hubiera sido impío y dejarlo como estaba era invitar a una serie de desastres parecidos y aun peores. Sin embargo, el genio de los profesores de geometría de la localidad, a tono con las circunstancias, superó la dificultad triunfalmente y apartó el peligro. Para ello cegaron dos pozos que representaban los ojos de la tortuga, incapacitando al mal afamado animal para causar nuevos males.

En ocasiones, la magia homeopática o imitativa sirve para anular un mal agüero, realizándolo en farsa. El efecto es eludir el destino sustituyendo la calamidad verdadera por otra fingida. En Madagascar este modo de chasquear a los hados está encuadrado en un sistema regular. Aquí la fortuna de cada hombre se determina por el día y la hora de su nacimiento y si sucede que el hado es desafortunado, la fatalidad acontecerá, a menos que su desgraciado sino pueda ser extraído, como dicen, por medio de un sustituto. El procedimiento de extracción del mal es variado. Por ejemplo, si el hombre ha nacido en el día primero del segundo mes, su casa se incendiará cuando él llegue a la mayoría de edad. Con objeto de adelantarse y evitar esa catástrofe, los parientes de la criatura construyen en el campo o en el corral un cobertizo y tingladillo y le prenden fuego. Para que la ceremonia tenga absoluta efectividad, se coloca a su madre y al niño en el cobertizo y se les saca tiznados de la cabaña ardiente antes de que sea demasiado tarde. De igual modo, el lluvioso noviembre es el mes de las lágrimas y el que nace en este mes nace para padecer; mas con objeto de alejar las nubes que se ciernen sobre su futuro, no tiene que hacer más que coger la tapadera de una olla hirviente y sacudirla a su alrededor. Las gotas que caen de la tapadera cumplen el sino y evitan con este ardid que las lágrimas salgan de sus ojos. También, si el hado ha decretado que una muchacha soltera tenga que ver algún día a su hijo, no engendrado aun, descender con todo su dolor a la tumba antes que ella, para evitar esta desgracia hará lo siguiente: Cogerá un saltamontes y lo matará, lo envolverá en un harapo que representa la mortaja y lo llorará como Raquel, (1) desolada por sus hijos y rechazando todo consuelo. Después cogerá una docena o más de saltamontes y tras de arrancarle alas y patas superfluas, los colocará alrededor del compañero muerto y amortajado. El zumbido de los torturados insectos y los convulsos movimientos de sus mutiladas patas representan los gritos y las contorsiones de las plañideras en un funeral. Más tarde enterrará al saltamontes muerto dejando a los demás que continúen el duelo hasta que la muerte los releve de su dolor, y después de arreglarse el pelo desgreñado, se retira de la tumba, con el paso y el aspecto de una persona sumida en la aflicción. Desde entonces mira con toda confianza el porvenir sabiendo que sus hijos la sobrevivirán, pues no puede ser que ellas les llore el entierro por segunda vez. Mas aun si la fortuna se presenta amenazadora a un hombre en su nacimiento y la pobreza le señala como suyo, puede fácilmente evitar este sino comprando un par de perlas baratas por el precio de penique y medio y enterrándolas. Pues, ¿quiénes sino los ricos de este mundo pueden tirar perlas de tal manera?

JAMES GEORGE FRAZER - LA RAMA DORADA (28)


2. MAGIA HOMEOPÁTICA O IMITATIVA (18)


Los campesinos bretones imaginan que el trébol sembrado cuando la marea sube crecerá bien, pero si se siembra con marea baja o que está bajando, la planta nunca madurará y las vacas que lo pasten reventarán. Sus mujeres creen que la mejor manteca se hace cuando la marea empieza a subir, que la leche que da espuma en la mantequera sigue dando espuma hasta la hora en que la marea alta ha pasado y que el agua salada del pozo o la leche extraída de la vaca mientras la marea crece subirá en la olla o pote y se derramará sobre el fuego. Según algunos antiguos, las pieles de las focas, aun después de desolladas, mantenían una secreta simpatía con el mar y sostenían que aun se arrugaban cuando bajaba la marea. Otra creencia antigua, atribuida a Aristóteles, era que ningún ser viviente podía morir más que durante la marea baja. Esta creencia, si Plinio es veraz, estaba confirmada por la experiencia, en cuanto a los seres humanos, en las costas de Francia. Filostrato también nos asegura que en Cádiz los agonizantes no exhalaban su espíritu mientras la marea estaba alta. Semejante fantasía se prolonga todavía en algunos lugares de Europa. En la costa cantábrica creen que las personas que mueren de alguna enfermedad aguda o crónica expiran en el momento en que la marea empieza a bajar. En Portugal, a todo lo largo de la costa de Gales y en algunas partes de la costa bretona, se asegura que prevalece la creencia de que los nacimientos se verifican cuando sube la marea y de que se muere la gente cuando está bajando. Dickens atestigua la existencia de esta misma superstición en Inglaterra. “La gente no puede morir en la costa -dice Pegotty- excepto cuando está en baja marea. Y no puede nacer hasta la alta marea, ni nacer bien hasta la pleamar”. La creencia de que la mayoría de los fallecimientos acontece en marea baja se asegura que persiste a todo lo largo de la costa oriental de Inglaterra, desde Northumberland a Kent. Shakespeare debía estar familiarizado con ello, pues hace morir a Falstaff “precisamente entre doce y una, al cambiar la marea”. Volvemos a encontrar esta creencia en la costa norteamericana del Pacífico, entre los haídas. Siempre que un buen haída está cercano a la muerte, tiene la visión de una canoa manejada por algunos de sus amigos fallecidos que llega con la marea para invitarle a ir al país de los espíritus. “Vente ahora con nosotros -le dicen-, pues la marca está próxima a bajar y debemos partir”. En Port Stephens, en Nueva Gales del sur, los nativos entierran siempre a sus muertos cuando sube la marea, nunca cuando está bajando, por temor de que las aguas, al retirarse, se lleven el alma del difunto a algún país remoto.

Para asegurarse una larga vida, los chinos recurren a ciertos encantamientos complicados que concentran en sí mismos la esencia mágica que emana, según los principios homeopáticos, de los tiempos y las estaciones, de las personas y las cosas. Los vehículos empleados para transmitir estas influencias felices no son otros que las ropas de amortajar. De ellas se proveen en vida muchos chinos, y la mayoría de las gentes las hacen cortar y coser por muchachas solteras o mujeres muy jóvenes, calculando sabiamente que, como probablemente tales personas vivirán todavía muchos años, una parte de su capacidad para vivir mucho pasará seguramente a las telas y así retardarán por largo tiempo el momento en que deben tener su uso apropiado. Además, las prendas se coserán de preferencia en un año que tenga un mes intercalar, pues la mentalidad china cree sinceramente que las telas de amortajar hechas en un año excepcionalmente largo poseen la capacidad de prolongar la vida de un modo excepcional. Entre las vestiduras, en una de ellas derrochan en particular cuidados especiales para imbuirle esta cualidad inestimable, Es una gran túnica de seda de color azul oscuro con la palabra “longevidad” bordada sobre toda ella con hilo de oro. Regalar a un padre anciano uno de estos espléndidos y costosos ropajes, conocidos como “vestidos de longevidad”, es estimado por los chinos como un acto de bondad filial y una delicada atención. Como con esta vestidura el propósito es prolongar la vida de su propietario, este la lleva con frecuencia, especialmente en las fiestas, con objeto de facilitar la influencia de longevidad creada por las numerosas letras de oro con las que está adornada, y de que obre con toda su fuerza sobre su propia persona. El día de su cumpleaños, sobre todo, difícilmente dejarán de ponerse esta prenda, pues el sentido común en China atribuye un gran almacenamiento de energía vital al día del cumpleaños, el que se gastará en forma de salud y vigor durante el resto del año. Ataviado con su suntuosa mortaja y absorbiendo su bendita influencia por todos los poros del cuerpo, el feliz propietario de ella recibe complacido las felicitaciones de los amigos y parientes que calurosamente le expresan su admiración por el magnífico atavío y por la piedad filial que incitó a los hijos a regalar tan bellísimo y útil presente al autor de sus días.

JAMES GEORGE FRAZER - LA RAMA DORADA (27)


2. MAGIA HOMEOPÁTICA O IMITATIVA (17)

Los antiguos estimaron en mucho las cualidades mágicas de las piedras preciosas: es más, se ha sostenido, con grandes apariencias de razón, que las piedras de esta clase se usaron como amuletos mucho antes que con fines de ornamentación. Los griegos dieron el nombre de árbol ágata a la piedra que muestra arborescencias y creyeron que si ataban dos de estas piedras a los cuernos de los bueyes de arado, la cosecha sería seguramente magnífica. También reconocían que una piedra preciosa produciría abundante leche en las mujeres si las bebían disueltas en aguamiel. Piedras de leche son usadas aun con el mismo propósito por las mujeres griegas de Creta y Melos. En Albania las madres lactantes llevan piedras de esta clase para asegurar una abundante “subida de leche”. Los griegos creían además en una piedra serpentina; para probar su eficacia sólo había que pulverizarla y poner el polvo en la mordedura.

La amatista color vino recibió su nombre, que significa “no borracho”, a causa de suponerse que mantenía sobrio al que la llevase, y cuando dos hermanos deseaban vivir juntos se les aconsejaba que llevasen consigo piedra imán, pues atrayendo a los dos, sin duda evitaría que regañasen.

Los libros antiguos de los hindúes dictan como regla que los recién casados, en el anochecer del día del matrimonio, deben sentarse juntos y en silencio hasta que empiecen a titilar las estrellas en el cielo, y cuando aparezca la estrella Polar, él se la señalará a ella y, dirigiéndose a la estrella, dirá: “Tú estás fija, te veo, la Inmóvil. Sé firme para mí, ¡oh Próspera!” Y después, volviéndose hacia su mujer, deberá decir: “Me has sido dada por Brihaspati: ten hijos de mí, tu marido; vive conmigo cien otoños”. La intención de la ceremonia es claramente guardarse contra los reveses de la fortuna y la inconstancia de la felicidad terrenal, por la influencia inmutable de la estrella fija. Es el deseo expresado en el último soneto de Keats.

Estrella brillante, yo querría ser inmutable como tú fija,
no en el esplendor solitario colgada en lo alto de la noche.

Los que habitan junto al mar no pueden menos de sentirse impresionados a la vista del incesante flujo y reflujo, que nos lleva, dados los principios de la ruda filosofía de la atracción y semejanza que aquí nos ocupa, a trazar una relación sutil, una secreta armonía entre las mareas y la vida del hombre, de los animales y de las plantas. En la marea creciente ven ellos no sólo un símbolo, sino una causa de exuberancia, de prosperidad y de vida, mientras que en la marea menguante disciernen tanto un agente verdadero como un emblema melancólico de decaimiento, debilidad y muerte.

domingo

JAMES GEORGE FRAZER - LA RAMA DORADA (26)


2. MAGIA HOMEOPÁTICA O IMITATIVA (16)

Conforme al principio de la magia homeopática, las cosas inanimadas, del mismo modo que las plantas y los animales, pueden difundir beneficios o daños a su alrededor de acuerdo con su propia naturaleza intrínseca y la maestría del brujo para hacer fluir o represar, según el caso, las bienandanzas o calamidades. En Samarcanda las mujeres dan azúcar cande a los niños para que la chupen y les ponen goma en la palma de la mano para que, cuando mayores, sus palabras sean dulces y las cosas de valor se peguen a sus manos como si estuvieran engomadas. Los griegos pensaban que una prenda de vestir hecha con lana de oveja que hubiera sido mordida por un lobo perjudicaría al que la vistiera, produciéndole picor o irritación en la piel. También creían que si una piedra mordida por un perro era arrojada al vino, quienes lo bebiesen regañarían entre sí. Entre los árabes del Moab una mujer sin hijos pide prestada con frecuencia la ropa de otra que ha tenido muchos hijos, en la confianza de que con el vestido adquirirá la fertilidad de su dueña. Los cafres de Sofala, en el África Oriental, temían sobremanera ser golpeados con algo hueco, como una caña o una paja, y preferían serlo con un grueso garrote o una barra de hierro, aunque se les hiciera mucho daño. Pensaban que a un hombre golpeado con cualquier cosa hueca se le disiparía el interior del cuerpo hasta morirse. En los mares orientales existen unas conchas grandes de molusco que los bugineses de Célebes llaman “el hombre viejo” (kadjâwo). En viernes vuelcan boca abajo las conchas de este molusco en el umbral de sus casas creyendo que quienquiera que pase el umbral llegará a viejo. En la iniciación de un brahmán, el muchacho pisa una piedra con el pie derecho y mientras tanto le dirigen las siguientes palabras: “Pisa esta piedra; sé tan firme como ella”. Y la misma ceremonia con las mismas palabras se efectúa en el casamiento de una novia brahmán. En Madagascar, con objeto de contrarrestar la inconsistencia de la suerte, entierran una piedra al pie del poste principal de la casa. La costumbre general de jurar sobre una piedra pudiera hallarse fundada en parte en la creencia de que la robustez y estabilidad de la piedra presta ratificación al juramento. Así, el antiguo historiador inglés Saxo Grammatico nos dice que “los antiguos, cuando estaban eligiendo un rey, se colocaban sobre piedras puestas en el suelo, para votar, simbolizando así, con la persistencia de las piedras, la firmeza del voto”.

Al mismo tiempo que se supone una eficacia mágica en general a todas las piedras por razón de sus propiedades comunes de peso y solidez, se atribuyen virtudes mágicas especiales a ciertas piedras o clases de piedras de acuerdo con sus cualidades individuales o específicas de forma y color. Por ejemplo, los indios del Perú empleaban ciertas piedras para aumentar las cosechas del maíz, otras para mejorar las cosechas de patatas y aun otras para que el ganado se reprodujese. Las piedras que usaban para hacer crecer el maíz tenían una forma semejante a las mazorcas y las piedras destinadas a multiplicar el ganado, la forma de una oveja.

En algunas partes de la Melanesia se conserva la creencia de que ciertas piedras sagradas están dotadas de virtudes milagrosas que corresponden en su modo de ser a la forma de las piedras: así, un trozo de coral desgastado por la arena de la playa presenta con frecuencia un parecido sorprendente al fruto del árbol del pan. Por esto, en las islas Banks, el hombre que encuentra un trozo de coral de estos, lo coloca entre las raíces de sus árboles del pan, esperando que el árbol produzca más frutos. Si el resultado corresponde a sus esperanzas, mediante una remuneración adecuada, recoge de otros poseedores de piedras las de carácter menos marcado y las pone cerca de la suya con el designio de que se transmita a ellas la virtud mágica de la que él tiene. De modo semejante, una piedra que tiene marcas a modo de discos o círculos es útil para atraer moneda, y si alguno encuentra una gran piedra con otras numerosas y pequeñas, debajo, como si tratase de una cerda y su lechigada, es seguro que la ofrenda de monedas sobre aquella le atraerá cerdos. En estos casos y otros parecidos, los melanesios adscriben el maravilloso poder no a la piedra misma, sino al espíritu que mora en ella, y en ocasiones, como las que acabamos de ver, el hombre intenta propiciarse al espíritu dejando ofrendas sobre la piedra. Mas el concepto de espíritus que deben ser propiciados sale de la esfera de la magia y entra en la de la religión. Cuando se encuentra tal concepto, como en este último caso, en conjunción con las simples ideas y prácticas mágicas, podemos suponer, por lo general, que estas últimas son el tronco originario en el que se han injertado posteriormente los conceptos religiosos. Hay fuertes razones para pensar que, en la evolución del pensamiento, la magia precedió a la religión. Volveremos a este punto más tarde.

JAMES GEORGE FRAZER - LA RAMA DORADA (25)


2. MAGIA HOMEOPÁTICA O IMITATIVA (15)

Suele pensarse, además, que los animales poseen cualidades o propiedades que pueden ser útiles al hombre, y la magia homeopática o imitativa trata por diversos medios de comunicar estas propiedades a los seres humanos. Así algunas behuanas llevan como amuleto un hurón, pues siendo este animal tan tenaz para vivir, hará difícil que les maten a ellos. Otros llevan un insecto especial, mutilado pero vivo, con igual propósito. Otros guerreros behuanas llevan el pelo de un buey mocho entre su propio cabello, y la piel de una rana en su capa, a causa de ser la rana tan escurridiza y el buey sin cuernos tan difícil de sujetar; de esta guisa, el que va provisto de tales amuletos cree que será tan difícil de aprisionar como la rana y el buey. ‘También parece lógico que un guerrero sudafricano que lleva entre los rizos de sus ensortijados cabellos mechones de pelo de pelo de rata tendrá tantas más probabilidades de eludir la lanza enemiga cuando tiene la ágil rata para hurtarse a las cosas que se le tiran; por esta razón, en dichas regiones el pelo de la rata tiene gran demanda cuando se espera que estalle la guerra. Uno de los antiguos libros de la India prescribe que cuando se ofrezca un sacrificio para conseguir la victoria, la tierra con la que se haga el altar se recoja del lugar donde un jabalí haya estado revolcándose, pues la fuerza del jabalí estará en esta tierra. Cuando se toca un rabel de una sola cuerda y los dedos están torpes, no hay más que capturar unas arañas patilargas de campo, quemarlas y frotarse los dedos con sus cenizas: esto hará los dedos flexibles y diestros como las patas de las arañas; al menos así lo creen los galelareses. Para conseguir que regrese el esclavo fugitivo, un árabe traza un círculo mágico en el suelo, clava en el centro una estaquilla y de un hilo ata a la estaca un escarabajo, cuidando de que sea del mismo sexo que el fugitivo. Como el escarabajo da vueltas y más vueltas, se irá enrollando el hilo a la estaquilla, acortándose cada vez y acercando el insecto al centro del circuito. Así, por virtud de la magia homeopática, el esclavo fugitivo se verá impulsado a volver hacia su amo.

Entre las tribus occidentales de la Nueva Guinea británica, el hombre que mata una serpiente, la quema y con las cenizas se tizna las piernas cuando va a la selva: ninguna serpiente le morderá durante bastantes días. Si un esclavo del sur se propone hurtar o robar en un mercado, no tiene más que quemar un gato ciego y arrojar después una pulgarada de sus cenizas sobre la persona con quien está en regateos; una vez hecho esto puede quitarle lo que quiera de su tenderete sin que el dueño se dé cuenta de nada por estar tan ciego como el gato muerto con cuyas cenizas fue espolvoreado. Y encima, el ladrón le dirá con sorna: “¿Te lo pagué?”, a lo que el vendedor burlado contestará: “¡Pues claro!” Igualmente sencillo y eficaz es el expediente adoptado por los nativos de la Australia central que desean ser barbudos. Con una piedra aguzada se pinchan por toda la barbilla, golpeándose después cuidadosamente con una varita mágica que representa a una clase de ratas que tiene los bigotes muy largos. La virtud de estos largos pelos pasa naturalmente a la varita o piedra mágica y desde esta, por una traslación fácil, a la barbilla, que consecuentemente se adorna pronto de una abundante barba. Los griegos de la Antigüedad creían que comiendo carne del insomne ruiseñor impedirían dormir al que así lo hiciera; que untando los ojos de un legañoso con la bilis de un águila, se le daría vista de águila, y que los huevos de cuervo le devolverían a las canas la negrura del ave, con la sola precaución, cuando una persona adoptase este modo de encubrir los estragos de la edad, que retuviera cuidadosamente en la boca una gran buchada de aceite mientras embadurnaba con huevo sus venerables rizos, pues de lo contrario sus clientes, al igual que su pelo, se teñirían del negro del cuervo y ningún fregado ni limpieza podría devolverles su blancura. El restaurador de cabello resultaba un tinte demasiado poderoso y en su aplicación podía irse demasiado lejos.

Los indios huicholes admiran los bellísimos dibujos del lomo de las serpientes, y por esto, cuando una mujer va a tejer o bordar, su marido caza una serpiente grande y la sujeta con un palo hendido mientras la mujer la acaricia con la mano a todo lo largo del lomo; después se toca con la misma mano la frente y los ojos, poniéndose así en condiciones de hacer tan bellísimos trabajos en el tejido como los dibujos del dorso de la serpiente.

JAMES GEORGE FRAZER - LA RAMA DORADA (24)


SIMPATÉTICA *

2. MAGIA HOMEOPÁTICA O IMITATIVA (14)


Hay una rama prolífica de la magia homeopática que obra por medio de los muertos: del mismo modo que un muerto no puede ver, oír ni hablar, así es posible, conforme a los principios homeopáticos, dejar a la gente ciega, sorda y muda mediante el uso de huesos de difuntos o de cualquier otra cosa que esté contagiada por la corrupción de la muerte: por ejemplo, entre los galelareses, cuando un mozo va a galantear por la noche, coge un poco de tierra de una tumba y la esparce sobre el techo de la casa de su novia exactamente sobre el lugar donde duermen sus padres. Cree que así evitará que se despierten, mientras él habla con su amada, puesto que la tierra de la tumba les dará un sueño tan profundo como el de la muerte. Los salteadores, en todos los tiempos y en muchos países, han patrocinado esta clase de magia usándola con mucha frecuencia en el ejercicio de su profesión. Así, un esclavo del sur, asaltante en ocasiones, principia sus operaciones arrojando sobre la casa el hueso de un muerto y diciendo con hiriente sarcasmo: “Que despierte esa gente cuando este hueso pueda despertar”. Hecho esto, nadie en la casa podrá mantener los ojos abiertos. De modo semejante, en Java, el asaltante coge tierra de una tumba y la esparce alrededor de la casa que intenta robar: así sumerge a los moradores de la casa en un profundo sueño. Con iguales intenciones, un hindú esparce cenizas de una pira fumeraria a la puerta de la casa; los indios del Perú desparraman el polvo de los huesos de personas fallecidas, y los asaltantes rutenos quitan la médula de una tibia de muerto, ponen sebo en su lugar, lo encienden y con esta antorcha alumbran su triple ronda a la casa, lo que causa a sus habitantes un pesado sueño semejante al de la muerte; o construirán una flauta del hueso de la pierna de un muerto y tocarán con ella: todas las personas que le oigan quedarán abrumadas por el sopor. Unos indios de México empleaban con este propósito maléfico el antebrazo izquierdo de una mujer muerta en su primer parto, pero el miembro debía ser robado. Con él golpeaban en el suelo antes de entrar en la casa que proyectaban saquear, lo que hacía que todos los que estaban dentro perdiesen el movimiento y el habla: estaban como muertos aunque todo lo oían y veían, pero absolutamente inmóviles; algunos de ellos realmente dormían y hasta roncaban. En Europa se asignaron propiedades parecidas a la “mano de gloria”, que no era otra cosa que una mano de ahorcado, curtida y amojamada. Haciendo una vela con la grasa de un malhechor que también hubiera muerto en el cadalso, encendiéndola y colocándola en la mano de gloria a modo de antorcha, quedaban paralizadas todas las personas a quienes se presentaba: no podían mover un dedo, como si estuviesen muertos. En ocasiones la misma mano de muerto era usada como una vela o, mejor dicho, como manojo de velas, pues se encendían los descarnados dedos. Podría ser que algún miembro de la familia estuviese despierto, y en ese caso alguno de los dedos no ardería. Estas luces nefandas no pueden apagarse más que con leche. Con frecuencia se recomienda que la vela de ladrón sea hecha con el dedo de un recién nacido, o todavía mejor, de un feto; en ocasiones se cree necesario que el ladrón tenga una de estas bujías por cada persona de la casa, pues si tiene una vela demasiado pequeña, algunas de ellas podría despertar y capturarle. Cuando estas candelas empiezan a arder, solamente la leche podrá apagarlas. En el siglo XVII los ladrones mataban mujeres embarazadas para extraer bujías de su matriz. Un antiguo griego ladrón o escalador pensaba que podría silenciar y poner en fuga a los perros guardianes más fieros si llevaba un tizón recogido en la pira funeraria. También algunas mujeres servias y búlgaras, disgustadas con las restricciones de la vida doméstica, recogen las monedas de cobre puestas sobre los párpados de un cadáver y las lavan con vino o agua y dan después a beber el líquido a sus maridos. Después de tragarlo, los maridos quedarán tan ciegos para los pecadillos de sus mujeres como el muerto de cuyos ojos se tomaron las monedas.

JAMES GEORGE FRAZER - LA RAMA DORADA (23)


SIMPATÉTICA *

2. MAGIA HOMEOPÁTICA O IMITATIVA (13)

La idea de que una persona puede influir sobre una planta homeopáticamente por su acción o condición se desprende claramente de la observación hecha por una mujer malaya: habiéndole preguntado por qué se desnudó de cintura arriba cuando segaba el arroz, explicó que lo hacía para que al arroz tuviese la cascarilla más fina, pues estaba cansada de machacarlo con la cáscara gruesa. Es evidente que pensaba que cuanto más ropa llevase ella, menos espesor tendría la cascarilla del arroz. La virtud mágica que posee una mujer grávida, de comunicar la fertilidad, es conocida por los campesinos de Austria y Baviera, que piensan que si se da el primer fruto de un árbol a una mujer encinta, ello atraerá una copiosa colección de frutos en aquel árbol el año venidero. Por otro lado, los baganda creen que una mujer estéril infectará el huerto de su marido con su propia esterilidad, e impedirá que los árboles tengan frutos; por esto suelen repudiar a las mujeres sin hijos. Los griegos y romanos sacrificaban víctimas embarazadas a la diosa del cereal y de la tierra, sin duda con la idea de que el suelo produjese y el grano engordase mucho en la espiga. Como un sacerdote católico reconviniese a los indios del Orinoco por permitir que las mujeres sembrasen en el campo bajo un sol abrasador y con sus criaturas al pecho, los hombres respondieron: “Padre, por no entender de estas cosas es por que se enoja usted. Usted sabe que las mujeres están acostumbradas a tener niños y los hombres no. Cuando las mujeres siembran, la caña de maíz lleva dos o tres mazorcas, la raíz de la yuca llena dos o tres cestas y todas las demás cosas aumentan su proporción. ¿Por qué es esto? Sencillamente, porque las mujeres saben producir y conocen lo que hay que hacer con la simiente cuando ellas la siembran para que se reproduzca también. Las dejamos sembrar, por consiguiente; los hombres no sabemos de esto lo que ellas saben”.

Así, en la teoría de la magia homeopática una persona puede actuar sobre la vegetación, ya para bien o para mal, según la calidad buena o mala de sus actos o según su condición: por ejemplo, una mujer fértil hará que las plantas fructifiquen y una mujer estéril las hará estériles. Esta creencia en la naturaleza nociva e infecciosa de ciertas cualidades personales o accidentales ha dado origen a un número de abstenciones o leyes prohibitivas: las personas dejarán de hacer ciertas cosas para no infectar homeopáticamente los frutos de la tierra con su propio estado o condición indeseable. Todas estas costumbres alusivas o reglas de abstención son ejemplos de magia negativa o tabú. Tenemos, por ejemplo, que, argumentando sobre lo que pudiera llamarse el poder de infección de los actos o condiciones personales, dicen los galelareses que no deben dispararse flechas bajo un árbol con frutas, pues el árbol dejará caer sus frutas del mismo modo que caen las flechas al suelo, y también, cuando comen sandía, no mezclarán con las pepitas apartadas para semilla las que escupan de la boca, porque si lo hacen, aunque las pepitas que escupieron germinen y florezcan, caerán los capullos del mismo modo que cayeron de la boca y así estas pepitas nunca producirán fruto. Precisamente la misma línea de razonamiento induce a los campesinos bávaros a creer que si permiten caer a tierra el injerto de un frutal, el árbol que salga del injerto dejará caer su fruto sin madurar. Cuando los chams de Cochinchina están sembrando el arroz en sus campos secos y desean que no caigan chubascos, comen el arroz seco con objeto de evitar que la lluvia estropee la cosecha.

En los casos precedentes se supone que una persona influye sobre la vegetación homeopáticamente, infecta árboles o plantas con cualidades permanentes o circunstanciales, buenas o malas, semejantes o derivadas de sí mismo. Mas, en consideración del precepto de la magia homeopática, la influencia es mutua: la planta puede infectar al hombre tanto como del hombre infecta la planta. En magia, como al parecer en física, la acción y la reacción son iguales y opuestas. Los indios cherokees en su botánica práctica se muestran adeptos de la influencia homeopática. Así, las raíces rígidas de la planta “tripa de gato” son tan tenaces que embarbascan la reja del arado en el surco. Por esto, las mujeres cherokees lavan sus cabellos con una cocción de estas raíces para fortalecer su pelo y los jugadores de pelota cherokees se lavan con esto mismo para endurecer sus músculos. Hay la creencia galelaresa de que si se come una fruta caída al suelo, se contrae una disposición a tropezar y caer, y si se toma algo que se olvidó (como una batata dejada en el puchero o un plátano en la lumbre), el que lo haga perderá la memoria. También opinan los galelareses que si una mujer come dos plátanos crecidos de un solo pedúnculo, tendrá un parto de gemelos. Los indios guaraníes de la América del Sur creían que una mujer sería madre de mellizos si comía un grano doble de mijo. En los tiempos védicos existía una curiosa aplicación de este principio en un encantamiento para restaurar en su trono a un príncipe desterrado. Los alimentos que tomase debían estar cocinados sobre un fuego alimentado con madera de los renuevos del tocón de un árbol cortado. La virtud recuperativa que había manifestado dicho árbol sería comunicada con el transcurso del tiempo por el fuego a la comida y así el príncipe que comiera sus alimentos cocinados sobre un fuego producido con la madera que producía el árbol. Los sudaneses piensan que una casa construida de madera de árboles espinosos hará que, a su semejanza, la vida de sus moradores sea espinosa y llena de contrariedades.

JAMES GEORGE FRAZER - LA RAMA DORADA (22)


SIMPATÉTICA *

2. MAGIA HOMEOPÁTICA O IMITATIVA (12)

Entre los indios Thompson de la Columna Británica, cuando los hombres se dirigían al teatro de la guerra, sus mujeres bailaban a intervalos frecuentes; estas danzas aseguraban el éxito de la expedición, según su creencia. Las bailarinas esgrimían sus cuchillos, arrojaban hacia adelante palos largos de aguzada punta o blandían repetidamente palos con ganchos hacia atrás y adelante. Tirar los palos hacia adelante era simbólico de herir o rechazar al enemigo y tirar de ellos hacia atrás simbolizaba sacar del peligro a sus guerreros. El gancho del arpón se adaptaba perfectamente para servir como aparato salvavidas. Las mujeres siempre dirigían las puntas de los arpones hacia el país enemigo. Se pintaban las caras de rojo y cantaban mientras bailaban, orando para que las armas defendiesen a sus maridos y los ayudasen a matar a los enemigos. En las puntas de sus palos llevaban pegado plumón de águila. Cuando terminaba el baile ocultaban las armas. Si una mujer cuyo marido estaba en la guerra creía ver pelo o un trozo de cuero cabelludo en su arma cuando la sacaba después, sabía que su marido había matado a un enemigo. Pero si lo que creía ver era una mancha de sangre, sabía que su marido estaba herido o muerto. Cuando los hombres de la tribu yuki de California estaban en expedición guerrera, sus mujeres en casa no dormían; bailaban sin cesar, formando un círculo, cantando y agitando ramitas con hojas. Decían que mientras pudiesen bailar no se cansarían sus maridos. Cuando iban a la guerra los indios haida de las islas de la Reina Carlota, las mujeres de la casa se levantaban muy temprano por la mañana y fingían hacer la guerra atacando a sus hijitos y simulando tomarlos esclavos. Así suponían que ayudaban a sus hombres a hacer lo mismo. Si una mujer cometía adulterio estando el marido en la guerra, probablemente este estaría muerto. Durante diez noches todas las mujeres se acostaban en sus casas con la cabeza orientada hacia el punto de la brújula cuya dirección tomaron las canoas de guerra al alejarse. Después cambiaban a la dirección opuesta, suponiendo que los guerreros navegaban ya de regreso. En Masset, las mujeres haida danzaban y entonaban cantos guerreros todo el tiempo que sus maridos estaban en la guerra, y mantenían en cierto orden todas sus cosas alrededor. Creían que una mujer podría causar la muerte de su marido si no observaba estas costumbres. Si una partida de indios Caribes del Orinoco había marchado por el sendero de la guerra, los amigos que quedaban en la aldea acostumbraban calcular lo más aproximadamente posible el momento exacto en que los guerreros ausentes avanzaban para atacar al enemigo: entonces cogían a dos muchachos, los tendían desnudos sobre un banco y les daban la más severa azotaina, que los jóvenes recibían sin una sola queja, soportando el dolor por habérseles enseñado desde la niñez que de la constancia y entereza que mantuvieran en la cruel prueba dependían el valor y el éxito de sus camaradas en la batalla, de lo que se hallaban firmemente convencidos.

Entre los muchos usos beneficiosos que una ingenuidad equivocada ha aplicado a la ley de la magia homeopática o imitativa está la de hacer que los árboles y las plantas den sus frutos a su debido tiempo. En Turingia, cuando un hombre siembra lino, lleva la simiente a sus espaldas en un saco largo que le llega desde los hombros a las corvas y camina a grandes pasos, de tal modo que el saco se bambolea de un lado a otro. Creen que esto será la causa de que el lino, ya crecido, ondule a la brisa. En el interior de Sumatra, son las mujeres las que siembran el arroz, y cuando lo hacen llevan el pelo suelto por la espalda con objeto de que el arroz crezca espeso y de cañas largas. De igual modo, en el antiguo México tenían un festival en honor de la diosa del maíz, “la madre de la cabellera larga”, como la llamaban. Empezaban “cuando la planta había llegado a su completo desarrollo y las fibras brotaban por la punta de la mazorca verde indicando que el grano estaba ya completamente formado. Durante esta fiesta las mujeres llevaban suelto su largo pelo, y lo sacudían y lo agitaban en los bailes, acto principal del ceremonial que tenía por objeto que el penacho del maíz creciese con la misma profusión y que el grano fuese correspondientemente grande y lleno y así la gente conseguiría fruto en abundancia”. En muchas partes de Europa, bailar o brincar son modos homeopáticos apropiados para conseguir que los sembradores crezcan mucho. Así, en el Franco-Condado dicen que se debe bailar en el Carnaval para hacer que el cáñamo crezca muy alto.

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