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sábado

JOSEPH CONRAD - TIFÓN



DECIMOCUARTA ENTREGA


VI

En un día de sol brillante, con una brisa favorable que hacía correr el humo hacia adelante, el Nan-Shan entró al puerto de Fu-chau. Su llegada fue notada de inmediato en tierra; y los marineros del puerto decían:

-¡Miren! Miren ese barco. ¿Qué es? ¿Bandera siamesa? ¡Pero mírenlo!

Parecía haber sido usado como blanco de la batería de un crucero. Una avalancha de  pequeños obuses no podría haber dado a su obra muerta un aspecto más devastado, ruinoso y desmantelado. Tenía el aire cansado y usado que tienen esos barcos que llegan del fin del mundo; y no sin razón, puesto que en su recorrido había ido muy lejos; había llegado a entrever el Más Allá, ese gran desconocido del que jamás vuelve navío alguno para devolver al polvo de la tierra los marinos de su tripulación. Estaba encostrado y gris con la sal que le llegaba hasta sus mástiles y hasta lo alto de su chimenea; como, al decir de un marinero, si se le hubiera pescado desde el fondo del mar y se le hubiera traído aquí para cobrar el salvamento. Y éste, animado por su propia ocurrencia, ofreció cinco libras por él, sin inventario.

No hacía una hora que el Nan-Shan habla atracado, cuando el segundo oficial, ese hombrecito flaco, con la nariz roja y cara de furia, desembarcaba de un sampán en el muelle de la Concesión Extranjera, e incontinente se dio vuelta para levantar un puño amenazante hacia el barco.

Un individuo alto, con piernas demasiado flacas para su panza redonda, y con ojos líquidos, se le acercó diciendo:

-Lo acaba de abandonar, ¿eh? ¡No se demoró mucho!

Llevaba un terno de franela azul muy manchado y zapatos embarrados que crujían; un bigote grisáceo caía sobre sus labios, y por entre la copa y el ala de su sombrero se divisaba la luz del día.

-Hola, ¿qué haces tú acá? -preguntó el ex segundo oficial del Nan-Shan, dándole la mano apresuradamente.

-Estoy esperando un puesto... que merezca la pena -explicó el hombre del sombrero reventado, a la vez que respiraba en forma estentórea.

El ex segundo oficial volvió a empuñar su mano contra el Nan-Shan.

-Allí sí que hay un tipo que no es capaz de comandar siquiera un lanchón -declaró vibrando de cólera, mientras el otro observaba desanimado.

-¿De verdad?

Pero al divisar sobre el muelle un pesado baúl, recubierto de una tela impermeable y amarrado con una cuerda nueva, lo miró con renovado interés.

-Si no fuera por esa endiablada bandera siamesa, yo hablaría y presentaría mis quejas; pero no hay nadie ante quien quejarse: si hubiera ya se verían en aprietos. ¡Viejo canalla! Le dijo al ingeniero jefe (otro canalla) que yo había perdido la cabeza. Nunca he  visto un conjunto de imbéciles más grandes navegando por los mares. ¡No, si es de no creerlo!

-¿Por lo menos te pagaron? -preguntó su desharrapado compañero.

-Sí, el capitán me pagó a bordo, y rugiendo me dijo: "Desayúnese en tierra".

-¡Avaro! -comentó el hombre alto con vacilación, al tiempo que pasaba su lengua sobre sus labios-. ¿Vamos a tomar una copa?

-Me golpeó -estalló el otro.

-¡No! ¿De verdad te pegó? -El hombre comenzó a agitarse-. No se puede hablar aquí.  Quiero saber todos los detalles. Busquemos un hombre para que te lleve el baúl. Yo conozco un sitio donde se puede conseguir cerveza embotellada.

El señor Jukes, que había estado escudriñando las costa con un par de prismáticos, le  informó después al ingeniero jefe que "nuestro segundo oficial no ha demorado en encontrar un conocido. Un tipo con facha de vagabundo; los vi salir juntos del muelle".

Los golpes y tintineos que provocaban las reparaciones tan necesarias del Nan-Shan  no molestaban en lo más mínimo al capitán MacWhirr. Dentro de la sala de máquinas, ya  restaurada, el mozo encontró una carta de un interés tal, que al leerla por segunda vez casi fue descubierto.

Mientras, la señora MacWhirr, en su salón de cuarenta libras, apenas si podía contener un bostezo. ¿Por qué lo reprimía? Sólo por respeto a sí misma, puesto que se encontraba sola en la pieza.

Estaba semirrecostada en un sillón mullido, enmarcado en dorado y cerca de una chimenea embaldosada. Abanicos japoneses daban realce a la repisa, y en el hogar ardían unos carbones.

Levantando las manos dio una ojeada a las numerosas páginas. ¿Era culpa suya acaso  que estas cartas de su marido fueran tan insípidas y tan poco interesantes, desde su comienzo con el eterno "Mi querida esposa", hasta el final banal de "Tu amante esposo"?

¡No! No se podía pretender que ella se interesara por todas estas cosas marítimas. Por  cierto que se alegraba de tener sus noticias; pero jamás supo por qué.

"...Se les llama tifones... El primer oficial no estaba de acuerdo... No se registran en los libros... Me resultaba imposible dejar las cosas as!. .. " Las páginas cayeron crujiendo.  "...una calma que duró más de veinte minutos", leyó, y las próximas palabras que sus ojos  distraídos captaron, encabezando otra página, fueron: "te veré junto a los niños".

Tuvo un gesto de impaciencia. ¿Por qué estaría él siempre pesando en volver? Nunca  había cobrado un sueldo tan grande como ahora. ¿Entonces? ¿A qué esas ansias? No se le cruzó por la imaginación releer las páginas anteriores. De haberlo hecho hubiera visto que entre las cuatro y las seis de la madrugada del 25 de diciembre, el capitán MacWhirr había pensado que la última hora del Nan-Shan había llegado, y que con este mar tan agitado jamás volvería a ver a su mujer o a sus hijos.

Nunca nadie se impuso de estas cosas (¡las cartas se extravían tan fácilmente!), nadie  más que el mozo, quien por lo menos se había conmovido con esta revelación. Tanto es así que el pobre trataba de comunicarle al cocinero "la escapada que habían tenido", dado  que el viejo mismo no había tenido esperanzas.

-¿Cómo lo sabes? -le preguntó el cocinero con el desprecio de un viejo marino-. ¿Acaso te le dijo?

-Me lo dio a entender -desafió el mozo.

-¡Andate al diablo! Seguro que ahora va a venir acá a contármelo a mí -se mofó el viejo cocinero.

La señora MacWhirr prosiguió con su lectura, inquietándose algo: " ...hacer lo justo..., pobres miserables..., sólo tres piernas quebradas... y uno... Pensé que sería más prudente guardar silencio..., espero haber hecho lo que debía". Dejó caer sus manos sobre su falda. ¡ No! No hacía ya alusión a un posible regreso. Debía de haber sido únicamente un  pensamiento piadoso. La señora MacWhirr respiró con alivio; mientras que el reloj de mármol negro, tasado por el relojero de la localidad en tres libras, dieciocho chelines y seis peniques, seguía con su tictac discreto y furtivo.

Súbitamente se abrió la puerta y una niña de piernas largas y falda corta se precipitó dentro de la pieza. Una abundante cabellera, un tanto descolorida, caía sobre sus hombros. Viendo a su madre se detuvo y dirigió una mirada pálida hacia la carta.

-De papá -murmuró la señora MacWhirr-. ¿Qué has hecho con la cinta de tu pelo?

La niña se llevó las manos a la cabeza e hizo una mueca.

-Se encuentra bien -continuó la señora MacWhirr con aire lánguido-, por lo menos así lo creo. El nunca habla de su salud.

Se le escapó una pequeña risita. La cara de la niña denotaba una indiferencia distraída, y la señora MacWhirr la contempló con orgullo.

-Ve a buscar tu sombrero -le dijo al cabo de un instante-. Voy a ir de compras, pues hay una liquidación en la casa Linom.

-¡Qué suerte! -dijo la niña con voz inesperadamente grave y vibrante, y salió corriendo del cuarto.

Era una linda tarde. El cielo estaba gris y las veredas secas. Delante de la tienda la señora MacWhirr saludó sonriente a una mujer de proporciones generosas, vestida de negro, el pecho cubierto con una coraza de azabache, y su cara de matrona biliosa estaba coronada por flores artificiales. Se abalanzaron una sobre la otra, haciendo al mismo tiempo saludos y exclamaciones y hablando apresuradamente como si temieran que la calle fuera a bostezar tragándoles este placer antes de que hubieran terminado.

Detrás de ellas la puerta de la tienda se abría y cerraba sin cesar. Estas señoras obstruían el pasaje. La gente no podía pasar; los caballeros esperaban pacientemente; mientras que Lydia, absorta en clavar la punta de su paraguas en las rendijas de las baldosas de la vereda, escuchaba la conversación apurada de su madre.

-Muchas gracias; no, por ahora no piensa volver. Naturalmente que me resulta muy triste tenerlo siempre tan lejos; pero es una tranquilidad saber que está tan bien. -La  señora MacWhirr recobró aliento-. ¡El clima de allá le prueba tanto ! -y esto lo añadió radiante, como si el pobre MacWhirr estuviera de turista en la China por motivos de salud.

El ingeniero jefe también continuaría navegando. El señor Rout conocía de más el valor de un buen contrato.

-Solomon dice que los milagros no terminan nunca -dijo la señora Rout dirigiéndose a la viejita sentada en un sillón al lado del fuego. La madre del señor Rout apenas si se movió, posando sus manos marchitas, abrigadas con mitones, sobre su falda.

Los ojos de la mujer del ingeniero parecían bailar al detenerse sobre las páginas.

-El capitán del barco en el que él navega.... un hombre más bien simple..., ¿recuerda,  mamá?, parece que ha hecho algo extraordinario, según dice Solomon.

-Sí, mi querida -asintió la viejita dócilmente, inclinando hacia adelante su cabeza plateada, con ese aire de calma interior característico de la gente muy vieja que parece estar absorta en la contemplación de los últimos destellos de la vida-. Sí, creo recordarlo.

Solomon Rout, el viejo Sol, el padre Sol, el Jefe, "Rout..., buen hombre". El señor Rout, el amigo paternal e indulgente de la juventud, había sido el benjamín de sus muchos hijos, todos muertos a la fecha. Ella lo recordaba especialmente a la edad de diez  años, antes de que hubiera partido para hacer su aprendizaje en una gran usina del Norte.

Desde entonces lo había visto muy poco; habían pasado tantos años, que ahora tenía que remontarse hacia atrás para poderlo reconocer en las tinieblas del tiempo. A veces le parecía que su nuera hablaba de algún hombre extraño.

La joven señora Rout estaba decepcionada.

-¡Hum, hum! -Dio vuelta la página-. ¡Qué irritante! No dice nada de lo que se trata. Dice que yo no sería capaz de captar la importancia de lo sucedido. ¡Imagínese! ¿Qué puede haber sido de tan extraordinario? ¡Qué miserable no contarnos!

Siguió leyendo sin hacer más comentarios, y cuando hubo terminado la carta quedó contemplando el fuego. Rout apenas si había hecho alusión al tifón; pero algo lo había movido a expresar su deseo de tener cerca a su mujer alegre: "Si no fuera que tienes que cuidar a mi madre te mandaría el dinero para el pasaje hoy mismo. Podrías instalar una casita por aquí, y de ese modo te vería de vez en cuando. No olvides que no nos estamos rejuveneciendo... "

-Dice que está bien -suspiró como despertando de un sueño la señora Rout.

-Siempre fue un muchacho muy sano -dijo plácidamente la viejita.

En cambio, el relato que hizo el señor Jukes fue de lo más animado y detallado. Su amigo, en el servicio de la navegación occidental, lo comunicó abiertamente a todos los oficiales de su transatlántico.

-Un muchacho que conozco me ha escrito contándome sobre un asunto extraordinario que sucedió a bordo de su barco durante ese tifón, ustedes saben, que se publicó en todos los diarios hace como dos meses. Es de lo más cómico. Ustedes mismo lo van a ver; acá está la carta.

La carta era exagerada, dándole la impresión de su gran fortaleza de ánimo. Jukes había escrito de buena fe, y lo que relataba era cierto, o por lo menos lo había sido en el momento de escribir. Describía en forma siniestra las escenas en el entrepuente.

"Como un relámpago se me vino a la cabeza que esos malditos chinos no podían saber si éramos una tropa de ladrones desesperados o no. No es recomendable separar a un chino de su dinero, sobre todo si él es el más fuerte. A decir verdad, tendríamos que haber estado realmente enloquecidos para habernos puesto a robar con un tiempo tan atroz; pero ¿qué podían saber los pobres desgraciados de nosotros? De modo que sin pensarlo dos veces hice salir a toda la tripulación rápidamente. Ya habíamos terminado con nuestro trabajo en el que tanto se había empeñado el viejo. Salimos sin preguntarles como se sentían. Estoy convencido de que si todos y cada uno de ellos no hubieran estado  tan despiadadamente sacudidos y amedrentados nos hubieran hecho pedazos, Fue total el desastre, y te aseguro que ustedes pueden ir y venir por los mares del Norte y del Sur, hasta la consumación de los siglos, sin jamás encontrarse con una tarea semejante entre manos."

Después de esto aludió como profesional a los destrozos que había sufrido el barco, para continuar:

"Fue cuando el temporal se aquietó que la situación se hizo realmente delicada. En nada había mejorado nuestra situación al habérsenos cambiado nuestra bandera por una siamesa; aunque el comandante no percibe la diferencia. Como dice él, ‘¡Mientras estemos nosotros a bordo!' Hay ciertos sentimientos que este hombre no posee. Es lo mismo que argumentar con un poste; pero dejemos esto aparte; añádele a esta situación el  estado de desamparo completo del barco, navegando por los mares de la China, sin cónsules, sin cañoneras, sin nadie a quien acudir en caso de necesidad.

"Mi idea era de mantener a los coolies encerrados, durante unas quince horas más, como que no había una mayor distancia hasta Fu-chau. Allí hubiéramos encontrado alguna nave de guerra, y una vez bajo su protección habríamos estado a salvo; porque con  seguridad cualquier comandante de un barco de guerra, ya fuera inglés, francés u holandés, ante una pelea, se hubiera puesto del lado de los blancos. Después nos  podíamos haber liberado de los coolies y de su dinero entregándolos a algún mandarín o taotai, o como quiera que les llamen ellos a esos seres que se ven circulando con grandes anteojos, llevados en sillas por hombres, en medio de sus calles pestilentes.

"Pero el viejo no veía las cosas así. Deseaba aquietar el ambiente. Se le había metido  esa idea en la cabeza y nada se la podía arrancar. Quería que en torno a esto se hiciera la menos bulla posible, en nombre del barco, de sus dueños o de cualquier otro interesado.  Esta actitud me enfureció. ¿Cómo se podría acallar un asunto como éste? Los cofres habían sido asegurados contemplando cualquier temporal de fuerza terrenal, pero ésta había sido una cosa diabólica que sobrepasaba toda imaginación.

"Entretanto yo ya no podía mantenerme en pie. No había habido relevo alguno por más de treinta horas; pero allí estaba el viejo, frotándose la barba y rascándose la cabeza y tan absorto que ni siquiera soñaba en sacarse las botas.

"-Espero, capitán -le dije-, que no les permitirá salir al puente antes de haber tomado  las debidas precauciones. No es que yo sienta animosidad exagerada hacia ellos; pero un  disturbio entre un lote de chinos no es juego de niños. Además estoy tan cansado. Le ruego, déjenos botarles todos los dólares y que se peleen entre sí; mientras tanto, nosotros podríamos descansar.

"-Oiga, Jukes, está hablando como un loco -dijo el capitán, mirándome lentamente de  manera que me llegaba al alma-. Hay que encontrar una fórmula en que se les haga justicia a todos.

"Como te podrás imaginar, tenía una inmensidad de cosas que hacer; puse a trabajar a la tripulación, pero me invadió una necesidad imperiosa de descansar, de modo que fui a tenderme un rato.

"No hacía diez minutos que me había dormido, cuando, precipitándose en mi cuarto y tirándome de la pierna, el mozo exclamó: -Por amor a Dios, señor Jukes, venga rápido al puente. ¡Apúrese!

"Su precipitación me hizo perder la cabeza. Me preguntaba qué podría haber pasado.  ¿Otro tifón?..., o ¿qué? Pero no se oía viento alguno.

"-El capitán los ha soltado a todos. ¡Oh!, ¡van a quedar libres! Suba al puente y sálvenos, mi señor. El ingeniero jefe acaba de bajar para buscar su revólver.

"Eso es lo que me contó el idiota; pero el Padre Rout jura que sólo fue a buscar un pañuelo limpio.

"De todas maneras, me puse los pantalones apresuradamente y volé hacia la cubierta de atrás. Allí se encontraban cuatro hombres con el contramaestre. Les pasé algunos de los fusiles que tiene toda nave que navega por los mares de la China y los dirigí al puente.

En el camino tropecé con el Viejo Sol, quien, sosteniendo un cigarro apagado entre los labios, me miró atónito.

"-¡Venga con nosotros! -le grité.

"Y los siete irrumpimos en la sala de navegación. Todo había terminado. Allí estaba el viejo de pie, calzando todavía sus botas de tormenta y en mangas de camisa (el pensar tanto lo habría acalorado).

"A su lado estaba el elegante empleado de Bun Hin, sucio como un deshollinador y con la cara todavía verde por la emoción. Enseguida me di cuenta de que se me iba a amonestar.

"-¿Qué diablos significan estas payasadas, señor Jukes? -preguntó el capitán, enfureciéndose lo más que podía; te confieso que me hizo perder el habla-. Por amor a Dios, señor Jukes, quíteles los fusiles antes de que se produzca una desgracia. ¡Este barco es peor que un manicomio! ¡Y ahora preste atención! Quiero que usted nos ayude, al chino de Bun Hin y a mí, a contar el dinero. Y ya que está usted aquí, señor Rout, también nos puede dar una mano. Cuantos más seamos, mejor.

"El capitán había ordenado todo en su cabeza mientras yo echaba un sueño. Si el nuestro hubiera sido un barco inglés, o que sencillamente hubiéramos tenido que desembarcar a ese lote de chinos en un puerto británico, como por ejemplo Hongkong, cuántas dificultades e investigaciones habríamos tenido que soportar: interrogatorios, encuestas, demandas por daños y perjuicios y demás. Pero estos chinos conocen a sus autoridades más que nosotros.

"Ya habían sido destapadas las bodegas y los coolies se encontraban sobre cubierta, después de un día y una noche de encierro. Era curioso observar sus caras amarillas y demacradas, agolpadas todas juntas. Los pobres desgraciados observaban atónitos el cielo, el mar y el barco, como si hubieran pensado encontrar sólo sus despojos. Y con razón. Habían tenido que soportar algo que le hubiera arrancado el alma a un ser blanco.  Pero se dice que los chinos no tienen alma. Si la tienen o no, no lo sé; pero sí sé que poseen una tremenda fuerza interior. Había entre ellos uno al que casi se le había reventado un ojo. Le saltaba de la cara como un huevo de gallina. Esto sólo hubiera dejado tendido por más de un mes a un cristiano: pero no, allí estaba ese chino, codeándose entre los otros y conversando como si nada le hubiera pasado.

"Entre ellos reinaba un gran alboroto; pero en cuanto aparecía la calvicie del capitán, se sumían en un profundo silencio, dirigiendo sus miradas hacia arriba.

"Parece que el capitán, después de haber estrujado su cerebro, había ordenado al empleado de Bun Hin que bajara a explicarles la forma en que se haría el reparto del dinero.

"Dado que todos los coolies habían trabajado en los mismos sitios durante un idéntico espacio de tiempo, juzgó que lo más equitativo sería repartir entre ellos y por partes iguales el dinero que nosotros habíamos recogido. Así me lo explicó él. "Poco importa -decía- que sea su dólar o el de otro; todos los dólares son iguales. Si les hubiera  preguntado cuánto les pertenecía, habrían mentido y me hubiese encontrado corto de fondos". En eso creo que le asistía la razón. En cuanto a la posibilidad de haber encontrado algún funcionario chino en Fu-chau para que entregara la plata, decía él, con acierto, que para eso mejor se habría metido todo el dinero en su propio bolsillo, pues ellos no lo habrían visto jamás; creo que en eso los coolies estaban de acuerdo.

"Antes del anochecer terminamos la distribución. Te aseguro que era un espectáculo. El mar agitado, el barco en ruinas, esos chinos tambaleantes, subiendo uno a uno al puente para recibir su cuota; y nuestro viejo MacWhirr, siempre calzando sus botas y en mangas de camisa, parado en la puerta de la sala de navegación haciendo los pagos. Traspiraba con profusión, y de cuando en cuando nos llamaba severamente la atención, a Rout o a mí, por algo que no marchaba bien a su gusto. El mismo les llevaba a los imposibilitados su porción. Sobraban tres dólares y éstos los repartió entre los más lastimados.

"Después llevamos sobre cubierta montones de trapos mojados y fragmentos de objetos ya sin forma a los que no se les podía hallar nombre, y allí los dejamos para que ellos mismos se los repartieran.

"No hay duda de que por el bien de todos fue la mejor manera de mantener en silencio todo este episodio. ¿Qué opinas tú?

"El Viejo Sol está de acuerdo en que fue la mejor solución posible.

"El capitán me comentó hace días: "Hay cosas que no se aprenden en los libros".

"Yo creo que se desempeñó muy bien; sobre todo cuando uno piensa que se trata de un hombre tan estúpido".

JOSEPH CONRAD - TIFÓN


DECIMOTERCERA ENTREGA

V (2)

Los marineros estaban contentos de encontrarse de nuevo en el pasadizo. Cada uno de ellos pensaba secretamente que podría lanzarse al mar a último momento..., y eso los reconfortaba; hay algo de horriblemente repugnante en la idea de ser ahogado en el fondo  de una nave. Ahora que habían terminado con los chinos volvían a tener conciencia de la  situación del barco.

Al salir del pasadizo, Jukes se encontró sumergido hasta el cuello en el agua ruidosa.  Alcanzó el puente y se extrañó de poder discernir formas obscuras como si su vista se hubiera agudizado de una manera antinatural. Divisó contornos vagos. Estos no le recordaban la figura del Nan-Shan, sino más bien la de un barco desmantelado que años antes había visto pudriéndose en un banco de  lodo. En realidad, el Nan-Shan semejaba ese barco naufragado.

No había ya viento; ni un hálito; sólo las ligeras corrientes producidas por los movimientos del barco. El humo que salía de las chimeneas descendía posándose sobre las cubiertas; al pasar lo respiró. Sintió las pulsaciones de las máquinas y oyó otros ruidos débiles que parecían haber sobrevivido al temporal. La baraúnda de piezas desajustadas, la caída de algunos fragmentos sobre el puente. Distinguió vagamente la silueta morruda de su capitán sosteniéndose inmóvil en la baranda y balanceándose como si hubiera echado raíces en las tablas. La tranquilidad inesperada oprimió a Jukes.

-Ya hemos hecho lo que usted ordenó -dijo acezante.

-Yo sabía que lo harían -replicó el capitán MacWhirr.

-¿De verdad? -murmuró Jukes como para sí.

-El viento ha cesado de golpe -continuó el capitán.

Jukes estalló:

-Si usted cree que fue tarea fácil...

Pero su capitán, sujetándose a la baranda, no le prestó atención.

-De acuerdo a los libros, lo peor aún no ha pasado.

-Si la mayor parte de ellos no hubieran estado medio muertos de terror y de mareo, ni  uno solo de nosotros hubiera salido de ese entrepuente con vida.

-Había que hacer algo por ellos -murmuró obstinadamente MacWhirr-. Todo no está escrito en los libros.

-Hasta pienso que se habrían levantado en masa contra nosotros si no hubiera dado yo la orden a la tripulación de salir rápido de allí -prosiguió acaloradamente Jukes.

Hasta ahora habían tenido que desgañitarse para poderse escuchar, pero en la sorprendente tranquilidad del ambiente la menor palabra dicha con tono natural repercutía en  el aire. Les parecía estar hablando en una bóveda llena de ecos.

A través de una rasgadura en el techo de nubes, la luz de algunas estrellas caía sobre el mar sombrío que subía y bajaba. A veces un cono de agua daba contra la borda, mezclándose con la espuma que rodaba sobre el puente ya anegado. El Nan-Shan se balanceaba. Un círculo de vapores densos giraba descontrolado alrededor de un centro calmo, rodeando al barco como un muro ininterrumpido e inconcebiblemente siniestro. En el interior del círculo, el mar se agitaba como por propulsión propia, elevándose en montañas que caían a pico y que chocando entre sí iban a golpear finalmente los costados del Nan-Shan; y un quejido sostenido y débil, la infinita queja del furor de la tormenta, llegaba desde más allá de esa calma amenazante.

El capitán MacWhirr permanecía silencioso. Jukes, aguzando el oído, oyó súbitamente el rugido lejano y arrastrado de alguna ola inmensa e invisible que cobraba magnitud bajo la espesa obscuridad que formaba el límite abismante del círculo de su visual.

-¡Naturalmente! -comentó de nuevo con rencor-. Ellos habrán pensado que nos aprovechábamos para despojarlos. Naturalmente, usted nos ordenó recoger el dinero. ¡Más fácil decirlo que llevarlo a cabo! No podían saber lo que pasaba por nuestras mentes. Caímos como una tromba entre medio de ellos. Tuvimos que irrumpir por la fuerza.

-Ya que está hecho... -murmuró el capitán, sin intentar mirar a Jukes-, había que hacer lo posible por ellos.

-Tendremos que saldar cuentas cuando termine todo esto. Espere que se repongan un  poco y va a ver. Nos saltarán encima. No olvide, capitán, que el Nan-Shan no es ya un barco inglés. Y esos brutos lo saben perfectamente. ¡Maldita bandera siamesa!

-Pero nosotros estamos a bordo -comentó MacWhirr.

-Nuestras dificultades no han terminado todavía -insistió Jukes con tono profético-. El barco está hecho una ruina -añadió débilmente.

-Todo no ha terminado todavía, -asintió el capitán en voz baja-. Vigile usted un momento.

-¿Va a dejar el puente, capitán? -preguntó Jukes con ansiedad, como si por encontrarse solo la tormenta lo fuera a embestir.

Contempló al barco solitario y abatido que se esforzaba dentro del panorama salvaje de montañas de agua obscura, iluminadas por fulgores de mundos distantes. Avanzaba con lentitud, dejando en el corazón del huracán el exceso de su fuerza, una nube de vapor  blanco, y las vibraciones profundas de este escape parecían el toque desafiante de una criatura marina preparándose para renovar el combate. Bruscamente cesó todo. El aire tranquilo gimió. Jukes vio sobre su cabeza el centelleo de algunas estrellas en medio de bancos de nubes. El borde renegrido de éstas enfocaba amenazante al barco. Las estrellas también lo miraban con intensidad, como si fuera la última vez; se hubiera dicho una corona de esplendor posada sobre una frente inclinada.

El capitán MacWhirr había entrado a la sala de navegación. Allí no había luz alguna;  pero podía sentir el desorden de la pieza donde habitualmente vivía en forma tan ordenada. Su sillón estaba volcado. Los libros, desparramados por el suelo: un pedazo de cristal sonó bajo su bota. A tientas buscó fósforos y encontró la caja detrás del reborde de un estante. Encendió uno, y forzando la vista arrimó la llama hacia el barómetro. El instrumento de cobre y cristal relucía y parecía hacerle señas. El mercurio estaba muy bajo, increíblemente bajo; tan bajo que hizo gruñir al capitán MacWhirr. El fósforo se apagó; rápidamente sacó otro con sus dedos gruesos y anquilosados: de nuevo brilló la pequeña llamarada sobre el vidrio y la tapa de metal. MacWhirr fijó la vista como esperando alguna señal imperceptible. Con su cara grave parecía un pagano deforme quemando incienso delante de su ídolo.

No había error posible. Jamás en su vida había visto el barómetro tan bajo.

El capitán MacWhirr emitió un silbido suave. Quedó sumido en sus pensamientos, hasta que la llama, disminuyendo, terminó por quemarle los dedos, para después extinguirse. Podría ser, pensó, que el instrumento se hubiera descompuesto.

Había un barómetro aneroide sobre su cucheta. Volviéndose hacia él encendió otro fósforo; sólo descubrió su faz blanca mirándolo en forma significativa, como si la inflexibilidad del hecho, ante el que toda contradicción resulta inútil, se hubiera impuesto a la sabiduría del hombre. Ya no le cabía la menor duda. El capitán MacWhirr, encogiéndose de hombros, botó el fósforo.

Esperaba la peor...; y si los libros estaban en lo cierto, iba a ser cosa muy tremenda.

La experiencia de las últimas seis horas había aumentado su comprensión. Ya sospechaba  lo que podía significar "mal tiempo". "Va a ser feroz", pensó. No había tenido conciencia de haberse fijado en ninguna otra cosa más que en los barómetros a la luz de los fósforos; y con todo, había visto que su botellón de agua junto con dos vasos habían sido arrancados de sus soportes. Esto pareció darle una visión más clara de las sacudidas que había tenido que soportar la nave. "Jamás lo hubiera creído", pensó. Su mesa también había sido barrida: sus reglas, lápices, tinteros -todo lo que tenía  un sitio asignado y fijo-, todo había caído al suelo, como si una mano malévola los hubiera arrancado uno a uno para arrojarlos al suelo mojado.

El huracán había irrumpido en sus ordenadas costumbres, cosa que jamás le había ocurrido; un sentimiento de consternación se apoderó de MacWhirr, en lo más profundo de su flema británica. ¡Y pensar que lo peor estaba todavía por venir! Se alegró al pensar que el disturbio en el entrepuente había sido descubierto a tiempo. De tenerse que hundir, por lo menos el barco lo haría sin que un montón de gente se estuviera peleando, carne y uña, en su interior. Eso le hubiera resultado inadmisible. Y con estos sentimientos se denotaban la comprensión humana y el sentido de justicia que animaban al capitán. Estos pensamientos le llegaron lentos y pesados, compartiendo la esencia misma del hombre.

Extendió la mano para reponer la caja de fósforos en su sitio. Mucho tiempo atrás había dado la orden de que siempre hubiera fósforos allí. "Una caja... justo aquí, ¿ve?, no  demasiado llena..., al alcance de la mano, mozo. Puedo tener necesidad de luz urgentemente. Nunca se puede saber lo que se va a precisar de apuro en un barco. Recuérdelo entonces"; y como era natural en él, siempre se acordaba de dejar los fósforos en su sitio.

Así lo hizo ahora, pero antes de que hubiera retirado la mano le vino a la cabeza la idea de que posiblemente nunca más tendría oportunidad de usarlos. La fuerza de este pensamiento lo paralizó en su gesto, y durante una fracción de segundo cerró su mano sobre el  pequeño objeto como si hubiera sido el símbolo de todas las costumbres sin importancia que nos esclavizan en el diario vivir. Por fin la soltó, y dejándose caer sobre la cucheta, esperó de nuevo la llegada del viento. Todavía nada. Sólo oía el ruido del mar, los golpes sordos de las olas al embestir su barco por todos lados. Jamás se le presentaría al NanShan otra oportunidad de limpiar sus cubiertas.

La tranquilidad del aire lo desconcertaba. Se sentía tenso e inseguro, como si una espada suspendida por un pelo estuviera sobre su cabeza, amenazándolo. La tremenda tormenta había derribado las defensas del hombre, obligándolo a despegar los labios. Habló en la intensa y obscura soledad de la cabina como dirigiéndose  a otro ser que hubiera nacido dentro de su pecho.

-No me gustaría perderlo -se dijo a media voz.

Estaba sentado, invisible, lejos del mar, lejos de su propio barco, aislado, como abstraído en su propia existencia, donde las incongruencias como la de hablarse a si mismo no tenían cabida. Sus palmas estaban apoyadas en sus rodillas; con su cuello inclinado respiraba hondamente, entregándose a una extraña sensación de cansancio que su preocupación no le permitía reconocer como tensión mental.

Sin levantarse podía alcanzar su lavatorio. Debía de haber una toalla allí. La encontró; y cogiéndola se secó su cara empapada. Siguió frotándose la cabeza con energía en la obscuridad; después dejó caer la toalla sobre sus rodillas y permaneció inmóvil. Transcurrió un instante en un silencio tan profundo que nadie hubiera pensado que un hombre estaba sentado allí adentro, en la cabina. Entonces comenzó un murmullo:

-Todavía puede que se salve.

Cuando el capitán MacWhirr volvió a salir al puente, cosa que hizo con brusquedad, como si de súbito hubiera tenido conciencia de haberse ausentado demasiado tiempo, la calma había durado ya más de un cuarto de hora, lo suficiente para habérsele hecho intolerable a su imaginación de tan pocas fantasías.

Jukes, inmóvil al frente del puente, empezó a hablar. Su voz descolorida y forzada parecía filtrarse a través de dientes cerrados, flotando en la obscuridad y posándose en el  mar.

-Relevé al timonel. Hackett comenzó a decir que no podía más. Allí está tendido, como muerto, a lo largo de la timonera. Al principio no podía conseguir que nadie subiera a  reemplazar al pobre diablo. El contramaestre no sirve para nada, yo siempre lo dije. Creí que me vería obligado a ir en busca de uno de la tripulación, y traerlo aquí aunque fuera por la fuerza.

-¡ Ah! ¡Bien ! -murmuró el capitán. Permanecía vigilante al lado de Jukes.

-Y allí adentro está el segundo oficial, sujetándose la cabeza. ¿Está herido, capitán?

-No..., loco -rectificó secamente MacWhirr.

-Con todo, parece que se hubiera caído.

-Me vi obligado a golpearlo -explicó el capitán.

Jukes suspiró con impaciencia.

-El viento va a llegar súbitamente -dijo el capitán-, y creo que vendrá de allá. Sólo Dios lo sabe. Esos libros no sirven para nada. No sirven más que para embrollarle la cabeza a uno y ponerlo nervioso. Va a ser tremendo, y nada más. ¡Si tan sólo tuviéramos  tiempo de virar para hacerle frente!

Pasó un minuto. Algunas estrellas centellearon rápidamente y desaparecieron.

-¿Está seguro de haberlos dejado bien sujetos? -continuó el capitán, como si el silencio se le hubiera hecho insoportable.

-¿Está pensando en los coolies, capitán? Amarré bien las cuerdas a lo largo del entrepuente.

-¿Sí?, buena idea, señor Jukes.

-No creí que le interesaría... saberlo... -dijo Jukes. Las sacudidas del barco le entrecortaban las frases como si alguien lo hubiera estado remeciendo-. ¿Cómo pude terminar... con esa maldita... misión?... Pero lo hicimos. Y es probable... que no tenga... importancia alguna... al fin de cuentas.

-Había que hacer lo posible..., aunque no sean más que unos chinos. Tienen que tener  las mismas probabilidades de salvarse que nosotros... ¡Qué diablos! Todavía no está perdido. Bastante desgracia la de ellos el tener que estar encerrados durante una tempestad.

-Eso fue lo que pensé cuando usted me asignó ese trabajo, capitán -dijo Jukes taciturno.

-...Sin, por añadidura, golpearse hasta morir -prosiguió el capitán MacWhirr con una vehemencia que iba en aumento-. No podría tolerar una cosa semejante en mi barco, aunque supiera que sólo le quedaban cinco minutos de vida. No lo podría tolerar, señor Jukes.

Un ruido hueco, como el eco de un grito en un abismo rocoso, llegó hasta el barco, alejándose en seguida. La última estrella, aumentada y borrosa, que parecía volver a la bruma ardiente de su origen, luchó unos instantes con la formidable noche que se profundizaba sobre la nave; después se apagó.

-Ahora sí -manifestó el capitán-. ¿Señor Jukes?

-Sí, mi capitán.

Los dos hombres ya no se vieron.

-Tenemos que confiar en que va a atravesar todo eso y salir airoso al otro lado. Esto es claro y definido. Aquí no cabe la estrategia de tormentas del capitán Wilson.

-No, capitán.

-Va a ser golpeado y zarandeado de nuevo, durante horas -murmuró el capitán-, pero  ya no hay casi nada sobre el puente susceptible de ser barrido..., a no ser usted o yo.

-Los dos, capitán susurró Jukes.

-Usted siempre se adelanta a los acontecimientos, Jukes -reconvino el capitán-. Es cierto que el segundo oficial no sirve para nada. Usted se quedaría solo acá arriba sí...

El capitán MacWhirr se interrumpió, y Jukes, mirando en vano en la obscuridad, permaneció en silencio.

-Sobre todo no se deje desconcertar ante nada -continuó precipitadamente el capitán-.  Manténgalo contra el viento, siempre contra el viento. Dirán lo que quieran, pero las olas más grandes corren siempre en el sentido del viento. Siempre de frente. Es la única forma de salir de esto. Usted es un marino joven. Hágale frente. No necesita otra indicación. Y...  sangre fría.

-Sí, mi capitán -asintió Jukes con el corazón agitado.

Durante los segundos que siguieron, el capitán habló con la sala de máquinas y luego  escuchó. Por algún motivo desconocido para él, Jukes se sintió invadido por una gran confianza, una sensación que le venía del exterior, como un hálito tibio que le penetraba haciéndolo  sentirse capaz de enfrentar cualquier contingencia.

El lejano murmullo de las tinieblas se insinuó furtivamente en su oído. Lo notó sin conmoverse, gracias a esta fe en sí mismo que súbitamente lo había invadido; como un hombre seguro dentro de su armadura podría observar la punta de una lanza.

El barco bregaba sin descanso entre las negras montañas de agua, pagando con estos rudos golpes el precio de su existencia. Se le sentía gruñir en lo más profundo; y en lo alto sacudía su plumacho de vapor blanco en la obscuridad de la noche. Y los pensamientos de Jukes volaron como un pájaro a través de la sala de máquinas donde el
señor Rout -buen hombre- se mantenía alerta. Cuando cesó el gruñido tuvo la sensación de que todos los otros ruidos también se habían interrumpido, una interrupción absoluta durante la cual sólo la voz del capitán MacWhirr se escuchó.

-¿Qué fue eso? ¿Un golpe de viento? -La voz se oía más fuerte, mucho más fuerte de  lo que jamás se la hubiera escuchado Jukes-. Hacia adelante. Marcha bien. Todavía puede  que salga de esto.

El murmullo del viento se aproximaba rápidamente. En primer término se podía distinguir una especie de lamento adormecido que pasaba, y, a lo lejos, el aumento de un  clamor múltiple que avanzaba extendiéndose. Se oía una vibración como de muchos tambores, una nota imperiosa y malévola, como los cantos de una muchedumbre en marcha.

Jukes no podía distinguir a su capitán. La obscuridad se amontonaba sobre el barco. Cuando mucho podía discernir algún gesto, un brazo levantándose, una cabeza echada hacia atrás. El capitán MacWhirr, con un apuro inusitado en él, trataba de abrochar el botón superior de su impermeable. El huracán, con su poder de enloquecer los mares, de hundir barcos, de desarraigar árboles, de derribar murallas, y hasta de precipitar contra el suelo los pájaros del aire, había encontrado en su camino al hombre taciturno, y haciendo sus mayores esfuerzos había logrado arrancarle unas pocas palabras. Antes de que la ira renovada del temporal diera otra vez con la nave, el capitán MacWhirr se sintió como obligado a declarar en tono contrariado:

-No me gustaría perderla.

Esta contrariedad le fue evitada.

JOSEPH CONRAD - TIFÓN



DUODÉCIMA ENTREGA

V (1)

Esperó. Delante de él las máquinas giraban lentamente, prontas a detenerse ante un grito del señor Rout. "¡Atención, Beale!" Se detenían con inteligencia, inmovilizadas en medio de sus revoluciones... ; un manubrio pesado se detuvo en el vacío; se hubiera dicho  que tenía conciencia del paso del tiempo. Después, con la orden del jefe de "¡Ahora!" y con el silbido que exhalaba de entre sus dientes semicerrados, terminaban las revoluciones interrumpidas para comenzar con otras.

Había en sus movimientos una prudencia sagaz y la determinación de una inmensa fuerza. Plegarse con paciencia a todos los caprichos de una nave desamparada en el medio de la furia de las olas y en el corazón mismo del viento, tal era su cometido. Por momentos, la barba del señor Rout se posaba sobre su pequeño pecho mientras las contemplaba, con el ceño fruncido, perdido en sus pensamientos.

La voz que mantenía el huracán alejado de Jukes comenzó de nuevo:

-Lleve consigo a la tripulación.

-¿Qué haré con ellos, capitán?

Un golpe imperioso y seco sonó de súbito; los tres pares de ojos se elevaron hacia el dial del telégrafo y vieron cómo la aguja saltaba de "Adelante" a "Deténgase" como si hubiera sido empujada por un demonio. Fue entonces cuando cada uno de los tres hombres que estaban en la sala de máquinas tuvo la sensación de que un objeto detenía al  barco, y que éste, encogiéndose, se preparaba para dar un salto desesperado.

-¡Deténgalo! -rugió el señor Rout.

Nadie, ni aun el capitán MacWhirr, quien solo en el puente había apercibido una línea blanca de espuma que avanzaba a una altura tal que no podía dar crédito a sus ojos,  nadie pudo saber nunca la inclinación que había tenido esa ola ni la profundidad pavorosa  que el huracán había surcado detrás de la muralla movediza de agua.

Se abalanzó al encuentro del barco; y entonces el Nan-Shan, apercibiéndose para la acción, levantó su proa y dio el salto. Se amortiguaron todas las llamas de las lámparas oscureciendo la sala de máquinas. Una se apagó. Con un ruido ensordecedor, en un tumulto furioso y envolvente, toneladas de agua cayeron sobre el puente; se hubiera dicho  que el barco había penetrado dentro de una catarata.

Allí abajo se miraban atónitos.

-¡Barridos de una a otra punta! ¡Mi Dios! -chilló Jukes.

El Nan-Shan se sumergió dentro de la hondonada como si quisiera pasar los confines  de la tierra. La sala de máquinas se ladeó amenazante, como el interior de una torre inclinándose ante un terremoto. Una baraúnda espantosa de fierro subió de las calderas. El barco permaneció suspendido en un ángulo increíble, el tiempo suficiente para que Beale, caído sobre sus manos y rodillas, tratara de escalar, como si hubiera querido salir a gatas de la sala de máquinas. El señor Rout giró su cabeza despacio, rígido, con su cara cavernosa y la mandíbula inferior caída. Jukes había cerrado los ojos, y en un instante su cara cambió de expresión, poniéndose inexpresiva y suave como la cara de un ciego.

Por fin el Nan-Shan se levantó lentamente, titubeando y penando como si su proa tuviera que levantar una montaña. El señor Rout cerró la boca; Jukes parpadeó, y el pequeño Beale se puso rápidamente  de pie.

-Otra como ésta y estamos liquidados -exclamó el jefe.

Él y Jukes se miraron y vieron que habían tenido el mismo pensamiento.

¡El capitán! Todo tendría que haber sido barrido de allá arriba. Desaparecido el timón, el barco flotando como un tronco. Ya pronto llegaría el fin.

-Dese prisa -dijo el ingeniero con voz espesa y mirando a Jukes con ojos desorbitados e indecisos. Este le miró sólo con una mirada irresoluta.

El sonido del telégrafo los calmó instantáneamente. La aguja negra había saltado desde "Deténgase" hasta "Toda marcha".

-¡Ahora, Beale! -gritó el señor Rout.

La presión de vapor silbó suavemente. Los ejes de los pistones recomenzaron su ir y venir. Jukes arrimó su oído al portavoz. La voz lo esperaba, y dijo:

-Recoja todo el dinero; hágalo rápido. Lo voy a necesitar acá arriba.

Y eso fue todo.

-¡Capitán! -llamó Jukes, pero no hubo contestación.

Se alejó tambaleando como un hombre después de una batalla. Se había cortado sobre el párpado izquierdo, sin saber cómo. Una herida que le llegaba al hueso. No se apercibía de ello: una dosis del mar de la China, lo suficiente para quebrarle el cuello, había pasado sobre su cabeza, lavando, limpiando y salando su herida; no sangraba, pero  se le veía abierta y colorada: con este tajo sobre la ceja, su pelo enmarañado, el desorden  de su vestimenta, daba la impresión de un hombre que acaba de terminar una pelea.

-¡Tengo que ir a recoger los dólares! -le dijo al señor Rout, lastimosa y vagamente.

-¿Qué dijo? -exclamó el ingeniero, furioso-. ¿Recoger...? ¡Qué me importa! -Entonces, con todos sus músculos vibrando, pero en tono exageradamente paternal, añadió-: ¡Váyase ahora, por el amor de Dios! Ustedes los oficiales del puente me van a enloquecer. El segundo oficial ha estado atacando al viejo. ¿No lo sabía? Ustedes pierden la cabeza al no tener nada que hacer.

Estas palabras despertaron en Jukes un comienzo de ira. Nada que hacer..., francamente.  Demostrando un violento desprecio por el ingeniero jefe, se dio media vuelta para  volver por donde había venido.

En las calderas, el pequeño hombre que atendía la maquinaria auxiliar trabajaba con su pala, en silencio, como si le hubieran cortado la lengua. En cambio el segundo se desempeñaba ruidosamente, como un loco indomable y locuaz que ha preservado su habilidad y al que nada puede distraer.

-Oiga, oficial errante. ¿No puede conseguir que algunos de sus lavapuentes vengan acá a sacar las cenizas? Me estoy ahogando entre ellas. ¡Maldición! ¿Me oye? Recuerde que el reglamento dice: "Los marineros y los fogoneros tienen que ayudarse mutuamente". ¿Me oyó?

Y mientras Jukes subía precipitadamente, el otro, con la cabeza levantada hacia él, continuaba:

-¿No puede contestar acaso? ¿Qué vino a hurguetear aquí? ¿Qué se tiene que meter?

La desesperación se apoderó de Jukes. De vuelta en el pasadizo sombrío v de nuevo junto a los hombres, sintió que sería capaz de torcerles el pescuezo ante el menor indicio de vacilación. El solo pensar en una posible rebeldía lo enfurecía. Él no tenía derecho a dar marcha atrás; luego, a ellos tampoco se lo permitiría.

Cuando se reunió con los marineros les contagió su impetuosidad. Sus idas y venidas, el furor y la rapidez de sus movimientos los habían excitado y aterrorizado; durante sus bruscas irrupciones entre ellos, más bien presentidas que percibidas, Jukes se  les representaba formidable, preocupado de asuntos de vida o muerte que no podían sufrir  demora alguna. A la primera palabra que les dijo los oyó caer pesadamente en el pañol, uno tras otro, dóciles ante sus órdenes.

"¿Qué sucede?", se preguntaban los unos a los otros. No sospechaban nada. El contramaestre trató de explicarles. Los sorprendió el ruido de una gran pelea; y los fuertes choques que repercutían en la bodega obscura mantenían latente la sensación de peligro.

Cuando por fin el contramaestre logró abrir la puerta, les pareció que el huracán, traspasando las chapas de fierro del barco, hacía girar esos cuerpos en remolino como si fueran polvo; les llegó un rumor confuso, un tumulto tempestuoso, murmullos feroces, ráfagas de gritos, y el pisoteo de pies mezclado con los golpes del mar.

Se detuvieron un instante contemplando azorados, obstruyendo la puerta. Jukes atravesó por entre medio de ellos brutalmente. Sin decir palabra se precipitó adentro. Un nuevo racimo de coolies se había formado en la escalera, luchando como antes, a muerte,  para forzar la tapa y ganar acceso al puente inundado.

El contramaestre gritó muy excitado:

-¡Vengan! Hay que sacar al oficial de allí adentro. Lo van a pisotear hasta matarlo.

Irrumpieron, aplastando a su vez pechos, dedos, caras, enredándose con montones de  ropa, golpeando maderas astilladas, pero antes de que pudieran apoderarse de él, Jukes, desprendiéndose, emergió hasta la cintura de entre una multitud de manos crispadas. En el momento en que los tripulantes lo habían perdido de vista le habían sido arrancados todos los botones de su chaqueta, se le había hecho un jirón en la espalda que le llegaba al cuello, y el chaleco se le había abierto de arriba abajo. La masa principal de los combatientes rodó hacia un lado, sombría, difusa, impotente y lanzando miradas salvajes que brillaban a la luz débil de la lámpara.

-¡Por Dios, déjenme en paz! Yo estoy bien -gritó Jukes con voz penetrante-. Empújenlos hacia adelante. Aprovechen el momento en que el barco se inclina hacia proa. Empújenlos hacia la pared. Arrincónenlos.

La embestida de los marineros, dentro del entrepuente en ebullición, produjo el efecto de un balde de agua fría en una caldera hirviendo. Por un instante cedió la conmoción.

La masa efervescente de chinos era tan compacta que no les fue difícil a los marineros, entrelazando firmemente los brazos y aprovechando una formidable zambullida, empujarlos de un solo envión contra la pared. Detrás de sus espaldas, pequeños grupos y cuerpos aislados se zarandeaban de lado a lado.

El contramaestre hizo verdaderos prodigios de fuerza. Con sus largos brazos abiertos y sujetándose a un soporte con sus enormes manazas, detuvo la embestida de siete chinos  entrelazados que rodaban como una roca en una avalancha. Se oyó el chasquido de sus coyunturas. Sólo dijo "¡Ah!" y se dispersaron.

Pero fue el carpintero quien hizo la mayor demostración de inteligencia. Sin decir palabra a nadie, volvió al pasadizo, de donde trajo implementos de carga que había visto allí, cadenas y cuerdas. Con esto tendió líneas de defensa.

No hubo resistencia. La lucha, como quiera que hubiera comenzado, se había transformado en un revoltijo de pánico ciego. Si en el primer momento los coolies habían empezado a luchar por los dólares desparramados, ahora no peleaban más que por mantenerse en pie. Se sujetaban por el cuello sólo para evitar el ser volteados. El que encontraba un punto de apoyo golpeaba al que quisiera sujetarse a sus piernas, hasta que una nueva oleada los hacía rodar juntos a lo largo del piso.

La llegada de los diablos blancos los aterrorizó. ¿Habrían venido a masacrarlos? Los individuos arrancados de la montonera se abandonaban fláccidos en las manos de los marineros; algunos al ser arrastrados por los talones permanecían pasivos, como cuerpos sin vida, los ojos abiertos y fijos. Acá y allá algún coolie caía de rodillas como rogando clemencia; muchos, a quienes el terror había acobardado, eran aplacados con un fuerte puñetazo entre los ojos; mientras que los que se habían sometido pestañeaban sin quejarse al ser tratados tan rudamente.

Las caras chorreaban sangre; sobre los cráneos rapados se veían rasguños, moretones, heridas y tajos abiertos. La porcelana, que se había quebrado al reventarse los  cofres, era en su mayor parte responsable de estos últimos.

Aquí y allá un chino con ojos desorbitados, su trenza deshecha, se sobaba un pie sangrante.

Por fin, después de haberlos golpeado hasta la sumisión, y de haberles pegado para aquietar su excitación, se había logrado reducirlos y confinarlos codo a codo; después se les había reconfortado con palabras de estímulo que más parecían una amenaza. Se habían sentado en el suelo en hileras, abatidos y lívidos, y al fin el carpintero, ayudado por dos marineros, yendo y viniendo, los aseguró con las cuerdas para mantenerlos en su sitio. El contramaestre, abrazado de un puntal con una pierna y un brazo, luchaba con una lámpara que mantenía sujeta contra su pecho, tratando de hacer luz, mientras gruñía como un gorila afanado.

Las siluetas de los marineros subían y bajaban, sin cesar, con movimientos como de limpiadores, recogiendo todo lo que encontraban a su paso y botándolo dentro del pañol: ropa, trozos de madera, porcelana quebrada, y también unos dólares que recogían en las chaquetas de los hombres. De vez en cuando un marinero se adelantaba hacia la puerta, los brazos cargados de desechos; miradas oblicuas y dolorosas seguían sus movimientos.

A cada bandazo del barco, la larga hilera de chinos alineados se inclinaba hacia adelante, desordenadamente, y siguiendo sus movimientos todos los carretes vacíos de las  cuerdas se entrechocaban, de una punta a la otra de la línea.

Mientras el ruido del agua que lavaba el puente se desvanecía, tuvo Jukes, todavía palpitante por la lucha, la ilusión de haber dominado al viento: un silencio había descendido sobre el barco, un silencio en el que sólo se oía al mar golpeando incesante contra los lados de la nave.

El entrepuente había sido totalmente despejado, desembarazado de todos sus despojos, como decían los marineros. Estos se mantenían derechos y vacilantes sobre el nivel de cabezas y hombros inclinados. Aquí y allá un coolie recobraba el aliento con un suspiro. Desde donde caía la luz, Jukes apercibía las costillas salientes de uno, la cara amarilla y nostálgica de otro, cuellos inclinados y, a veces, una mirada opaca dirigida hacia él.

No salía de su asombro al no haber encontrado cadáveres; pero, a decir verdad, la mayor parte parecían a punto de entregar sus almas y por eso se le antojaban más dignos  de lástima que si hubieran muerto.

Súbitamente uno de los coolies comenzó a hablar. Un reflejo de luz alumbró su cara demacrada de rasgos tirantes; volvió la cabeza hacia atrás como un perro que aúlla. Del pañol llegaron sonidos de golpes y el tintineo de algunos dólares sueltos; estiró su brazo, y abriendo su boca como en un bostezo, soltó sonidos incomprensibles y guturales que no  parecían pertenecer a ningún lenguaje humano. Llegaron hasta Jukes llenándolo de una extraña emoción, como si alguna bestia salvaje hubiera tratado de hacerse entender.

Otros dos comenzaron a emitir sonidos que a Jukes le parecieron denuncias feroces; el resto se removió gruñendo y refunfuñando. Jukes ordenó a los marineros salir de inmediato del entrepuente. Él mismo fue el último en salir, caminando de espaldas hacia la puerta, mientras los gruñidos aumentaban  y se hacían amenazantes y se elevaban hacia él los puños como hacia un malhechor. El contramaestre corrió el cerrojo y comentó turbado:

-Parece que el viento ha amainado, señor.

domingo

JOSEPH CONRAD - TIFÓN



UNDÉCIMA ENTREGA

IV (4)


No bien se fue su primer oficial, al encontrarse solo sobre el puente el capitán MacWhirr llegó zigzagueando hasta la timonera. La puerta se abría hacia afuera, de modo  que tuvo que librar un combate con el viento para traerla hacia sí, y cuando finalmente logró entrar, fue como si un disparo de fusil lo hubiera hecho atravesar la madera.

El mecanismo de la dirección perdía vapor, y una ligera niebla cubría el espacio reducido donde el cristal de la bitácora formaba un óvalo de luz. El viento aullaba, cantaba, silbaba o se lamentaba en ráfagas súbitas, que sacudían las puertas y postigos en  medio de los chubascos malignos de las olas.

Dos rollos de líneas de sondeo y un bolso de lona blanca, que colgaban de un cabo, se alejaban en movimiento de péndulo para volverse a aplastar contra la mampara. El enjaretado casi flotaba; con cada golpe de mar, el agua se infiltraba por las rendijas de la
puerta; el timonel se había quitado la gorra y su chaqueta, y se mantenía apoyado contra la caja de engranajes. La pequeña rueda de bronce del timón parecía un juguete frágil y brillante entre sus manos. De su camisa de algodón rayada sobresalían los músculos del cuello, resistentes y magros; una mancha negra se destacaba en el hueco de su garganta, y  su cara estaba tranquila y hundida como en la muerte.

El capitán MacWhirr se secó los ojos. La ola que casi lo había arrastrado le había arrancado la gorra de su cabeza calva. Su pelo rubio y sedoso, ahora empapado y obscurecido, parecía una madeja de algodón sucio que le rodeaba el cráneo. Su cara, brillando con el agua salada, se había enrojecido con el viento y las salpicaduras del mar,  de modo que daba la impresión de salir sudando de un horno.

-¿Usted acá? -murmuró pesadamente.

El segundo oficial se había deslizado dentro de la timonera, un rato antes. Instalado en un rincón, con las piernas recogidas, las sienes apoyadas en sus puños, su actitud sugería rabia, tristeza, resignación y entrega, mezclada con un rencor concentrado.

Contestó lúgubre y desafiante:

-Me toca mi guardia abajo ahora, ¿no?

La caja de engranajes resonó, se detuvo y volvió a resonar. Los ojos del timonel se desorbitaban mirando la rosa de los vientos, encerrada en la bitácora de cristal, como si ésta hubiera sido un trozo de carne. Sabe Dios cuánto tiempo había estado allí gobernando el barco, olvidado de todos sus compañeros.

Las campanas no habían sonado, ni se habían producido relevos; el viento había barrido con la rutina, las costumbres y el empleo del tiempo; pero él trataba de todas maneras de mantener la proa hacia el nornordeste. Podría haberse perdido el timón, haberse apagado los fuegos, quebrado las máquinas, haber estado el barco a punto de volcarse de lado como un cadáver, y él no hubiera sabido nada de nada. Su única preocupación era la de no confundirse ni perder la dirección del barco. Preocupación  mezclada con angustia, porque la rosa del compás, al girar sobre su pivote, de derecha a izquierda, parecía por momentos dar la vuelta entera. Se acentuaba su tensión mental; tenía un miedo terrible de que la timonera entera fuera arrasada. Montañas de agua continuaban cayéndole encima. Cuando el barco se hundía desesperadamente en el mar,  los extremos de sus labios se crispaban.

El capitán MacWhirr levantó la vista hacia el reloj de la timonera. Atornillado a la pared, sus agujas negras sobre la esfera blanca parecían inmóviles. Era la una y media de  la mañana.

-Un nuevo día -murmuró para sí.

Pero el segundo lo oyó y levantando la cabeza, como quien ha estado llorando entre ruinas, dijo:

-No lo verá despuntar.

Se podría ver cómo entrechocaban sus rodillas y puños, de tanto que temblaba.

-No, por Dios, no lo verá...

Y de nuevo se sujetó la cabeza entre las manos.

El cuerpo del timonel apenas si se había movido; pero su cabeza permanecía inmóvil sobre su cuello, fija como una cabeza de piedra sobre una columna. Soportando un bandazo que casi le segó las piernas, y tambaleando para equilibrarse, el capitán MacWhirr dijo austeramente:

-No haga caso de lo que dice ese hombre. -Añadiendo muy grave, con un tono indefinible-: No está de guardia.

El marino no contestó.

El huracán continuaba sacudiendo la pequeña cabina, que parecía hermética, mientras la luz de la bitácora vacilaba sin cesar.

-No ha sido relevado -continuó el capitán MacWhirr, mirando hacia abajo-. Quiero, no obstante, que continúe gobernando mientras pueda. Ya tiene la mano hecha. Otro hombre podría echar a perder todo. No es posible. No es juego de niños. Y probablemente la tripulación está ocupada en algo allá abajo. ¿Cree que puede continuar?

La caja de engranajes se sacudía violentamente, y el hombre, quieto, inmóvil su mirada, estalló como si toda la pasión contenida en su cuerpo se hubiera concentrado en sus labios:

-¡En nombre de Dios, capitán!; puedo gobernar por los siglos de los siglos, si nadie me habla.

-¡Ah!, ¡muy bien!, ¡muy bien... -y por primera vez el capitán miró al hombre-,  Hackett!

Pareció descartar este asunto de su cabeza. Se inclinó hacia el tubo portavoz que comunicaba con la sala de máquinas, y soplando se agachó para oír. El señor Rout desde abajo contestó y el capitán de inmediato puso sus labios en la embocadura.

Aplicaba sus labios alternando con su oído, mientras la tormenta lo rodeaba con su ruido ensordecedor; y la voz del ingeniero subía hacia él, áspera, como en el calor de un combate. Uno de los fogoneros se había accidentado, los otros estaban incapacitados, el segundo ingeniero junto con el auxiliar atendían las calderas. El tercer ingeniero cuidaba  el vapor de las válvulas. Las máquinas eran atendidas a mano.

-¿Cómo está allá arriba?

-Bastante mal. Ahora depende mayormente de usted -dijo el capitán MacWhirr-. ¿Está allá abajo el primer oficial? ¿No?, bueno, ya pronto llegará. -Que el señor Rout le permitiera hablar por el portavoz, por el de cubierta, porque él, el capitán, se dirigía de inmediato al puente. Había algún desorden entre los chinos. Parecía que estaban peleando. "No puedo permitir peleas." Pero el señor Rout se había ido; el capitán MacWhirr pudo sentir contra su oído las pulsaciones de las máquinas; parecían el latido del corazón de la nave.

Se oyó la voz del señor Rout a la distancia. El barco hundió su proa, las pulsaciones se detuvieron bruscamente con un silbido. La cara del capitán MacWhirr permaneció  impasible, y sus ojos descansaron inconscientemente sobre el cuerpo agachado de su segundo oficial. Desde las profundidades llegó de nuevo la voz del señor Rout, y las pulsaciones recomenzaron su latido, primero con lentitud, acelerando después.

El señor Rout había vuelto al portavoz.

-No tiene mayor importancia lo que hagan los chinos -dijo apresuradamente; después  con irritación añadió-: El barco se zambulle como si no tuviera intención de volver a subir.

-Mar muy grueso -murmuró la voz del capitán desde arriba.

-Prevéngame a tiempo para evitar la última zambullida -ladró Solomon Rout por el tubo.

-Llueve y está obscuro. Imposible ver lo que se viene -musitó la voz-. Imprescindible... mantener... velocidad... lo suficiente para... poder gobernar... y correr el riesgo -continuó separando las palabras.

-Acá arriba se está destrozando mucho -siguió la voz con dulzura-. Con todo, no nos va tan mal. Naturalmente que si fuera arrancada la timonera...

El señor Rout, prestando atención, comentó algo con acritud.

Pero la voz pausada que llegaba de arriba se animó, preguntando:

-¿Jukes no ha llegado todavía? -y después de una pequeña pausa-: Desearía que se apurara, quisiera que terminara y que subiera acá por si sucediera algo. Para vigilar el barco. Estoy solo. El segundo oficial está perdido...

-¿Qué? -preguntó desde la sala de máquinas el señor Rout. Luego hablando por el tubo gritó-: ¿Se cayó fuera de la borda? -y enseguida puso el oído para escuchar.

-Perdió la cabeza -continuó desde arriba la voz sensata-. Es una situación muy delicada.

Inclinado sobre el portavoz, el señor Rout abrió desmesuradamente los ojos ante esta noticia. Oyó ruidos de pelea y exclamaciones entrecortadas. Puso más atención.

Mientras tanto, Beale, el tercer ingeniero, con los brazos en alto, sostenía entre las palmas de sus manos el borde de una pequeña rueda negra que sobresalía del costado de un tubo grande de cobre; la sostenía sobre su cabeza como si ésa hubiera sido la postura correcta de algún deporte nuevo.

Para mantenerse en su sitio apoyaba su espalda contra la pared blanca con una pierna en flexión. Un trapo le colgaba de su cinturón. Sus mejillas imberbes estaban ennegrecidas y acaloradas y el polvo de carbón que se había posado sobre sus párpados como las líneas de un maquillaje realzaba el brillo líquido del blanco de sus ojos, dándole a su cara un aspecto femenino, exótico y fascinante. Cuando el barco cabeceaba, él giraba la rueda con movimientos precipitados.

-Se enloqueció -volvió a repetir la voz del capitán por el tubo-. Se abalanzó sobre mí, me vi obligado a golpearlo... en este preciso instante. ¿Me oyó, señor Rout?

-¡Diablos! -murmuró el ingeniero-. ¡Cuidado, Beale !

Su grito resonó como la alarma de una trompeta entre las paredes de fierro de la sala  de máquinas. Pintadas de blanco, éstas se elevaban hacia la penumbra del tragaluz, inclinándose como un techo; y todo el vasto espacio parecía el interior de un monumento,  dividido por enrejados de metal, con luces que centelleaban a distintos niveles; en el centro, una columna de penumbra hesitaba en medio del esfuerzo ruidoso de las máquinas, debajo del bulto inmóvil de los cilindros. Una vibración intensa y salvaje, compuesta por todos los ruidos del huracán, flotaba en el silencio del aire cálido; estaba impregnada de un olor a metal recalentado, a aceite y de una vaga bruma. Los golpes del  mar, sordos y formidables, parecían atravesar la sala de máquinas de un lado a otro. Destellos que parecían llamas largas y pálidas temblaban sobre la superficie lustrosa  del metal; los enormes manubrios emergían por turnos como una llamarada de cobre y acero, y desaparecían, mientras que las bielas con sus junturas gruesas, como huesos de un esqueleto, parecían hundirlos para después levantarlos con una precisión fatal. Y en lo hondo de la media luz, otras bielas iban y venían esquivándose deliberadamente, mientras que las piezas en cruz se balanceaban, y discos de metal se frotaban, sin dañarse, unos contra otros, lentos y calmos dentro de la confusión de sombras y luces.

De vez en cuando todos estos sonidos poderosos disminuían su ritmo simultáneamente, como si formaran parte de un organismo viviente, atacado súbitamente  por un acceso de languidez; entonces los ojos del señor Rout se oscurecían dentro del marco de su cara larga y pálida. Libraba esta batalla calzando zapatillas; una chaqueta corta y pequeñísima que apenas si le cubría la espalda, y de las mangas apretadas sobresalían sus puños y manos blancos; parecía que esta situación hubiera aumentado su estatura, alargado sus extremidades, intensificado su palidez y hundido más aún sus ojos.

Se movía incesantemente, subiendo y desapareciendo en el fondo, con método, inquieto pero resuelto, y cuando se inmovilizaba sujetándose a la baranda continuaba mirando el manómetro que estaba a su derecha y el nivel del agua sujeto a la pared blanca  e iluminado por la lámpara que se balanceaba.

Las bocas de los portavoces bostezaban estúpidamente cerca de su codo, y el dial del  telégrafo y la sala de máquinas semejaba un enorme reloj de gran diámetro cuya esfera contuviera palabras en lugar de números. Las letras se destacaban, gruesas y negras, rodeando el eje del indicador; sustituyendo así enfáticamente las exclamaciones de "Adelante", "Atrás", "Despacio', "Media Marcha"; y la gruesa aguja negra marcando hacia abajo la palabra "Todo"; así destacada, capturaba las miradas como puede atraer la atención un grito agudo. El cilindro de baja presión, en su caja de madera, formaba sobre su cabeza una masa amenazante y majestuosa y exhalaba un suspiro débil a cada golpe de pistón; aparte de ese ligero silbido, las máquinas hacían funcionar sus partes de acero a toda velocidad o lentamente, pero siempre con una determinación silenciosa y suave.

Y todo esto, las paredes blancas, el acero movedizo, las chapas del piso bajo los pies  de Solomon Rout, el enrejado de fierro sobre su cabeza, la obscuridad y los reflejos, se elevaba y descendía, coordinado, siguiendo el movimiento de las olas que golpeaban contra el casco de la nave. La espaciosa sala que el viento hacía resonar sordamente parecía balancearse en la cumbre de un árbol, o a veces se ladeaba como llevada de uno a  otro lado por las formidables ráfagas.

-Tiene que apurarse en subir -dijo el señor Rout no bien vio aparecer a Jukes en la puerta.

Jukes tenía la mirada vaga; parecía un ebrio con su cara encendida e hinchada como si hubiera estado durmiendo demasiado tiempo. El camino para llegar hasta allí había sido arduo y había recorrido el trayecto con una rapidez extenuante, correspondiendo la agitación de su cuerpo a la de su mente. Se había precipitado fuera del pañol, tropezando en el pasadizo sombrío con un grupo de hombres aterrorizados, que, al pasarlos todavía inseguro, le preguntaron rodeándolo: "¿Qué es lo que sucede, señor?" Bajó por la escala hasta las calderas, saltándose en su apuro algunos de los escalones de fierro. Llegó por fin a ese sitio profundo como un pozo y negro como el infierno; sitio que se movía para adelante y para atrás como un balancín.

El agua en la cala rugía cada vez que el barco se inclinaba, y pedazos de carbón rodaban de un lado a otro; se hubiera dicho una avalancha de piedras volcándose por una  pendiente de metal. Alguien allí adentro gimió de dolor, y se podía vislumbrar a otro ser agachado sobre lo que parecía el cuerpo inerte de un hombre muerto; una voz fuerte blasfemó; el resplandor que emanaba por debajo de cada una de las puertas de los hornos se parecía a un charco de sangre cuya radiación terminaba en una oscuridad aterciopelada.

Una ráfaga de viento dio contra la nuca de Jukes y un instante después lo envolvía hasta sus tobillos mojados. Los ventiladores de la sala de calderas zumbaban: delante de  las puertas de los seis hornos, dos figuras extrañas, el torso desnudo, tambaleaban agachándose al luchar con dos palas.

-¡Hola! Ahora sí que tenemos bastante corriente de aire -gritó el segundo ingeniero, quien parecía no haber estado esperando más que la llegada de Jukes para expresarse.

El hombre encargado de la máquina auxiliar, un individuo chico y ágil, con tez deslumbrante y un pequeño bigote descolorido, trabajaba en una especie de éxtasis sordo.

Se mantenían las máquinas a toda presión; un runruneo profundo, como el que puede hacer un camión vacío rodando sobre un puente, formaba un bajo sostenido en el concierto de todos los otros ruidos.

-Hay que dejar escapar el vapor de continuo -gritó el segundo.

La boca del ventilador, haciendo el ruido de mil cacerolas al ser fregadas, le espetó sobre sus hombros un chorro de agua salada, a lo que éste respondió con una andanada de imprecaciones, una maldición colectiva dentro de la cual englobaba su propia alma, y divagando como un loco continuó atendiendo su trabajo. Con un estrépito la visera de metal se levantó, dejando caer un reflejo pálido y ardiente sobre su cara insolente y la mueca de sus labios, para cerrarse en seguida con otro estampido metálico.

-¿Dónde diablos está el barco? ¿Me lo puede decir? ¿Bajo agua o qué? Llega hasta aquí a torrentes. ¿Se han ido al infierno las malditas tapas? ¿Eh? ¿No sabe nada usted marino desgraciado?

Jukes, después de un instante de estupor, había atravesado por delante de las calderas como una flecha, impulsado por el envión de un bandazo; no bien su vista abarcó la paz, brillo y amplitud relativa de la sala de máquinas, el barco, cayendo pesadamente de  popa en el mar, lo precipitó con la cabeza gacha contra el señor Rout. El brazo del ingeniero jefe, largo como un tentáculo y movido como por un resorte, se tendió a su encuentro e hizo desviar su embestida hacia el portavoz, adonde llegó girando sobre sí mismo.

El señor Rout le repetía con insistencia:

-Tiene que darse prisa en subir, pase lo que pase.

Jukes gritó:

-¿Está usted ahí, capitán? -y después escuchó. Silencio. De pronto el rugir del viento  retumbó en sus oídos; pero un instante más tarde una voz lejana apartó tranquilamente las vociferaciones del huracán:

-¿Es usted, Jukes?... ¿Qué hay?

Jukes no quería otra cosa que hacer su relato; sólo el tiempo parecía faltarle. Se explicaba perfectamente lo que estaba sucediendo. En su imaginación veía a los coolies encerrados en el entrepuente nauseabundo, sin esperanza de poder salir, acostados, enfermos de malestar y de terror entre las hileras de cofres; y después uno de esos cofres o quizás varios a la vez se habían desprendido al inclinarse el barco, golpeándose unos contra otros, reventándoseles los costados, volando las tapas, y todos los chinos se habían  levantado a la vez para salvar lo que les pertenecía: y después, cada golpe del barco lanzaba a esa multitud que gritaba, de un lado a otro, en un remolino de madera rota, ropa hecha jirones y dólares que rodaban. Una vez comenzada la lucha, a ellos mismos se les hacía imposible detenerse. Sólo una fuerza mayor podría detenerlos ahora. Era un desastre. Jukes había visto todo esto; no tenía nada más que decir. Creía que algunos de ellos ya habían muerto. El resto continuaría peleando.

Sus palabras se aglomeraron en el tubo, tropezando una con otra. Subieron hasta lo que parecía ser el silencio de una comprensión iluminada que había permanecido sola allá  arriba con el huracán; y Jukes sólo deseó con fervor no tener que enfrentarse más con ese desorden local, mezquina y odiosa adición a la ya gran aflicción de la nave.
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