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lunes

SAÚL IBARGOYEN: EL ESCRIBA DE PIE por JORGE BOCCANERA

 


El poeta argentino Jorge Boccanera mantuvo con Ibargoyen una férrea amistad desde 1976, cuando se conocieron, ambos exiliados, en México. Además de compartir viajes, diálogos de cantina y mesas redondas, trabajaron juntos en la revista Plural y coordinaron a partir de 1979 las antologías Poesía rebeldeNueva poesía amorosa y Poesía contemporánea de América Latina. En las notas que siguen Boccanera desmuda algunas claves de la profusa obra del uruguayo, a la vez que retrata una personalidad firme con bases tanto en los libros como en la aguda observación de la realidad a la mano en la intemperie de la ciudad moderna. 


A partir de su tercer libro El otoño de piedra de cuya publicación se cumplieron sesenta años en 2018, Saúl Ibargoyen hace pie de manera firme en la que será una voz propia desplegada a través de sucesivas exploraciones de sentido que van de la minucia cotidiana a una metafísica que se abisma en un despeñadero de interrogantes. El registro de esta visión del mundo, escrutadora, profundamente humana, amasada con sueños y sangre, suma cincuenta títulos de poesía, entre ellos: De este mundo (1963), Patria perdida (1973), Erótica mía (1982), Epigramas a Valeria (1984), Basura y más poemas (1991), Poeta en México City (1996), Grito de perro (2001), El escriba de pie (2002), Poeta semi-automático (2006), Nuevas destrucciones (2008) y Gran Cambalache (2013). Atravesados todos por obsesiones que se amplifican a través de una búsqueda que interpela a la realidad desde ángulos diferentes. Esos núcleos –el viaje, la figura del padre, la pasión amorosa, la coyuntura histórica, el exilio y la misma palabra– se fusionan y resignifican en perplejidades mayores que hacen a la búsqueda del sí mismo y esparcen sus preguntas sobre la especie, la muerte, el vacío y el tiempo. Aunque quizá sea éste último el tema central de todo poeta que al igual que Ibargoyen en una especie de vagabundeo cósmico, indaga las claves de lo efímero, lo que trasmuta continuamente, en un intento por descifrar la materia en el mismo momento en que se desmenuza.

 

De ese sondear y revolver los tachos la ceniza de lo perecedero, va componiendo la crónica de lo pulverizado, lo triturado, con imágenes crudas, de desgarro, aunque también enlazadas a visiones de la escena onírica. Apela Ibargoyen a un vocabulario recurrente -herrumbre, orines, cáscaras, saliva, óxido, espuma, estiércol, vómito, huesos, flemas- para dibujar el signo de la fragmentación. Su poema «Kaos» habla de «todo lo múltiple que nunca/ podrá ser nombrado… fragores de mugre sobre tripas inmundas, coágulos podridos sobre oxígeno muerto».


Lejos del poeta oracular, predestinado, aquí el hablante es el hombre común, precario, hundido en el gentío. Se me ocurre a Ibargoyen como un flaneur que recorre las calles de la urbe terremoteada por una modernidad vacía, sin alma.  Como el que ausculta el cuerpo de lo marginado, observa tras los harapos del maquillaje y los disfraces diarios del transeúnte, y toma el pulso de aquello que late bajo las luces de neón. Andariego por Pompeyas y Chernóbyles de hoy, deambula entre el absurdo, la crueldad y la indiferencia como un corresponsal de suelos arrasados. Y entre el tumulto de pieles calcinadas por hambre, soledad y miedo, anota en el texto «Nadie aquí»: «Nadie contra nadie desde nadie:/ entrega pues burbujas de tierra/ al aire amargo donde las moscas trazan/ ciudades de inmundicia».

 

Su libro Poeta en México City, fue escrito según el propio autor, como un homenaje a Poeta en Nueva York de García Lorca. Por medio de una imaginación prodigiosa y visiones oníricas, el español, que vivió el «crac» del ’29 en la metrópoli, hizo también un descargo que es denuncia y profecía. Para el crítico Agustí Bartra se trata de un libro que se anticipa a Hiroshima desde su inicio: «Asesinado por el cielo… con el árbol de muñones que no canta/ y el niño con el blanco rostro de huevo/ Con los animalitos de cabeza rota/ y el agua harapienta de los pies secos». 


Aparte de García Lorca, no resulta forzado ubicar a Ibargoyen en un cruce de coordenadas entre Neruda y Gilgamesh, Discépolo y Yalal ad-Din Muhammad Rumi, Dylan Thomas y Drummon de Andrade, Vallejo y Omar Jayan. Aunque cualquier intento de resumir sus lecturas, vecindades e influencias, resultaría fallido ya que él mismo se ha referido de diversas formas a un sustrato común e intemporal en el que hibridan el imaginario y la vivencia, el pensamiento y la inventiva. En esta misma dirección relativiza la figura de «autor» al desdoblarse en varios heterónimos al modo de su admirado Pessoa. El principal: el poeta árabe Muahmmud Ibn Al-Mahad, a quien Ibargoyen dota de datos biográficos y «traduce» para el libro Cantos a la amada (2009).  Siguiendo el rastro de estos juegos de identidad y escritos «a la manera de», asoman en la obra de Ibargoyen otros heterónimos como la poeta china Mishiko Hado (de quien traduce el volumen de haikus Libro de las siete juventudes) y una serie de poetas chinos y árabes que firman sentenciosos acápites en diferentes libros del poeta uruguayo. 


No es difícil inferir en el prólogo de Ibargoyen a Cantos a la amada, coincidencias de vida e ideas entre Al-Mahad y su supuesto «traductor»: «La ineludible fragmentación del cosmos», el nomadismo, un «ascetismo espiritualizado por la unidad erótica», la condición de «fronterizo» y el haber sufrido «hostilidades» y exilio. Al volcar al español los versos del poeta árabe, Ibargoyen dice haber sentido que Al-Mahad «colocaba sus pacientes dedos sobre los míos».

 

Si bien son numerosos los libros de Ibargoyen con eje en la pasión amorosa —Cuaderno de Flavia, Versos de poco amor, Erótica mía, Amor de todosMaldita mía, entre otros– uno de los más logrados es sin duda Cantos a la amada. Como si el abandonado («Cómo juntaré tus pedazos/ que no están sobre la cama»), el ardiente («Escribiré en tu espalda/ con un trazo de dientes/ una sola historia»), el extasiado («Cuántos pueblos nuestros sangraron/ hasta mojarte el corazón/ donde ahora limpio mi lengua/ para que puedas cantar»), el nostalgioso («de aquella niña que buscaba palabras/ metiendo su cara en el cielo») y aun el despechado («Ah Maldita mía… Pocas marcas quedan de tus fríos sudores/ En sábanas veloces y alquiladas»), encontrasen  placidez y reposo en un tono más sosegado que recuerda al Cantar de los Cantares: «Tu libertad se mide por el movimiento/ del aroma que llega hasta ti/ con las respiraciones de la amada» (…) «Es el momento de  mojar tu lengua en el silencio de los labios de la amada».


Cabe subrayar entre sus herramientas expresivas a las torsiones de lenguaje y una variedad de tonos –coloquio, elegía, imprecación, ironía, salmo- que recurre a la enumeración en el armado de textos abigarrados, barrocos; en tanto el encabalgamiento de los versos traza el dibujo espiralado de una cinta moebius. Utilizando estructuras diversas –soneto, verso libre, haiku, epigrama, aforismo, versículo, poesía en prosa, refrán, diálogo– la voz del poeta logra reunir concepto y desvarío en una especie de azar planeado.

 

Finalizo aludiendo a otro eje significativo de la obra de este gran «poeta de pecho propio» (utilizo palabras de Vallejo) que es el tema de la justicia social. El clamor del paria, del desterrado, del extranjero, se deja oír en las páginas de libros como La última bandera y las compilaciones Poesía política y Poesía militante. Este último, publicado en 2015 y que reúne sus textos entre 1958 y 2014, resalta desde el título la condición del que lucha por una idea de «comunidad» en la que primen el respeto y la equidad, el gesto fraterno y el diálogo justamente lo que le costó a Ibargoyen persecución, cárcel y exilio: «Parece que no hubiera/ un sitio en la tierra».

 

El poeta ya daba noticias de su extranjería a inicios de los años ’70 cuando publica «Patria perdida»: «Perdida está mi patria: / Destrozados su fresca latitud/ De amplias raíces/ y su prólogo de sueño/ Que aún se niega/ A la ofensa brutal/ de las mentiras// ¿Dónde está mi patria?/ No puedo ya volver/ Está conmigo».

Sus versos llevan el espíritu de una solidaridad movilizadora, con contenidos, («Debo salir a buscar entre nosotros/ El alimento que todos necesitan»), una solidaridad que es retroalimentación e intercambio entre iguales. «Escribo así –dice- para simplemente tozudamente/ Respirar en la memoria de algunos otros». Esos «algunos» que son sus camaradas. Escribe: «Cae la tierra/ En lentas repetidas densas gotas/ De tierra suciamente oscura./ Así cae la tierra/ Para beber deshacer devorar enterrar/ la sangre respirada de los compañeros». Aquellos que seguirán levantando «una bandera de polvo» en la conciencia popular porque pese a todo, contra todo, dice el poeta «de algún modo sangriento/ Tendremos que cantar».


SAÚL, EL POETA, EL COMPAÑERO


Siempre pensé que cualquiera de los zapatos pintados al óleo por Van Gogh, resumían en su cuero extenuado una encrucijada de caminos. Fue así que los imagine en los pies de un poeta andariego, Walt Whitman. Ahora, releyendo la obra de otro caminante empedernido, Saúl Ibargoyen, no dudo que éste también debe haber calzado alguno de esos pares raídos. De hecho es uno los símbolos recurrentes de su poesía; a ratos como parte de la piel del trashumante: Unos «zapatos descalzos (…) de raíces vacilantes entre la polvazón» (…) «que se van borrando/ como huellas de sí mismos».

Aunque a decir verdad, más que un viajero Saúl era una especie de caravana en la que trotamundeaban el poeta, el narrador, el ensayista, el maestro, el lector voraz, el periodista, el traductor, el exiliado y, sobre todo, el hermanito, el «cuate» («gemelo», «amigo cercano» en la lengua de los mexicanos). Por ello me pregunto cuántos hombres se fueron con el fallecimiento de este poeta de sensibilidad multiplicada que nunca abandonó sus exploraciones estéticas ni su lucha por la justicia y la dignidad.

Es difícil ponerle palabras a la pérdida del amigo, a este «flaco poeta» –así se autonombraba entre sonrisas- de apariencia semejante al hidalgo enjuto; de «flaco pellejo», decía para sí, pero de sentires grandes agregamos nosotros. Un hombre querible, alegre, cabal, poseedor de una sabiduría que mostraba por goteo y sin alharaca, en temas varios. Desde ya la literatura de tiempos y latitudes diversas en simultáneo con la historia social y política; más las disciplinas que frecuentaba en un calado severo y que iban de la filosofía a la astrofísica, y otros más mundanas, desde ya, como la gastronomía, «el beberaje», el fútbol, el tango, etc.

Ese mismo hombre vívido, estudioso, que publicó alrededor de setenta libros de poesía, narrativa y crítica, se calificaba apenas como un «pepenador» (en el lenguaje popular mexicano equivale al «bichicome» y al «ciruja» del Río de la Plata), pero que en su verdadera acepción náhuatl remite también al que sabe elegir, espigar, seleccionar algo de un conjunto. De ahí su humildad.

También se consideraba un hombre de los bordes, de las orillas. Lo fue por escribir desde los márgenes de la lengua, pero además por introducir en su obra un dialecto hablado en la frontera entre Uruguay y Brasil, o por su interés en adentrarse en la literatura chicana que enlaza, al norte del Río Bravo, el español de México con términos en inglés. Este mestizaje me lleva a verlo como un «puente». Y a partir de allí los reenvíos que cada uno pueda sumar: vínculo, camino, conexión, paso, enlace, empalme; y por qué no «trasiego», dados los múltiples traslados del peregrino y los intercambios que signan al solidario en la cuerda de la reciprocidad.


Pienso que entre las muchas tareas que realizó en México donde vivió de 1976 a 1984 como exiliado y de 1990 a 2019 de modo voluntario, destacan dos líneas de trabajo: la del «maestro» que recorría México coordinando talleres literarios y la del periodista, sobre todo en la revista Plural donde llegó a ocupar el cargo de subdirector siendo crucial su labor de diversificar el cóctel temático a la vez que convocaba a colaboradores de distintas disciplinas y geografías.


Una semana antes de su fallecimiento Saúl me envió varios audios por watsapp que dan el perfil de un hombre en su vehemencia por aprehenderlo todo, por debatirlo todo más allá de la circunstancia personal (y terminal). Con voz algo cascada pero entera, matizada con algunas frases irónicas, habló de sus proyectos: «voy a sacar un libro con cien haikus» (y) «hoy terminé un cuento, tiene que ver con la experiencia hospitalaria». Habló del presocrático Meliso y el tema de la nada. De Stephen Hawking y los «infinitos universos». También repasó el momento político actual: «Estamos en la nueva guerra, la de los medios de comunicación y las divisas; el reparto de un mundo tripolar entre Estados Unidos, China y Rusia. Pero seguimos la pelea». La frase de despedida da la talla de su integridad: «No le vamos a aflojar a nadie».


(LA OTRA / Revista de poesía -Artes visuales - Otras letras)

martes

JORGE BOCCANERA PRESENTA “TRÁFICO / ESTIBA”, UNA FORMIDABLE SUMA POÉTICA”

por Mariano del Mazo

 

JORGE BOCCANERA La antología se titula Tráfico/ Estiba, y el puerto es el de Ingeniero White, donde Jorge Boccanera nació y donde empezó a absorber un paisaje definitorio de su estética y de su largo peregrinaje por América Latina. Esta suma poética reúne textos de libros publicados entre 1973 y 2016. En esta entrevista Boccanera repasa algunos de los núcleos de su poética, su trabajo como cronista, autor de retratos de artistas y letrista de canciones, todos oficios que lo llevaron a frecuentar a Ernesto Cardenal, Julio Cortázar, Roberto Bolaño, Silvio Rodriguez, entre otros grandes autores.  

 La imagen de tapa del libro es una pintura de la artista plástica suiza-italiana radicada en Méxito, Manuela Generali. Un óleo sobre tela de un primer plano de un barco, esos barcos que cuando era chico Jorge Boccanera imaginaba edificios, como “rascacielos que entraban y salían del puerto”, dice. El libro se titula Tráfico/Estiba; el puerto es Ingeniero White, donde empezó todo hace 68 años, el paisaje constitutivo del núcleo emocional de una poética extraordinaria, ahora reunida en esta antología publicada por el sello de Bahía Blanca, Hemisferio Derecho. Se la presenta como Suma poética y reúne libros editados entre 1973 y 2016: Los espantapájaros suicidasNoticias de una mujer cualquieraMúsica de fagot y piernas de VictoriaPoemas del tamaño de una naranjaSordomuda y Monólogo de un necio entre otros, y el anexo “La poesía es un mal necesario”, con letras de canciones.

Tráfico/Estiba comprende más de cuatro décadas de un trabajo singularmente visual. Así desplegado, el corpus descubre una trama en la que conviven armoniosamente el apunte amoroso, lo circense, el absurdo, el afán lúdico, la erótica, lo social y la palabra aplicada a la música. Como señaló José Saramago, “no hay espacios vacíos en la poesía de Jorge Boccanera. Cada palabra extiende la mano hacia la siguiente, la agarra con firmeza, de modo que la intensidad de sentido se ve duplicada y luego se multiplica en un crescendo continúo”.

Como fue dicho, muchos de los materiales que maniobra Boccanera son envasados de origen; provienen de ese White determinante –parafraseando a Saramago, su “presente continúo”- que diseminó sobre su poesía la melancólica dinámica del encuentro y el desencuentro, el desarraigo, el azar. “Siempre fui muy curioso. De chico veía cómo el azar es clave en los puertos. Como ocurría con esos inmigrantes europeos que tenían pasaje a Nueva York o San Pablo y terminaban en Buenos Aires. O el tipo que se emborrachaba en la cantina de la esquina y el barco se iba sin él. Me interesa eso: el viaje, los destinos”, dice.

De su infancia recubierta de salitre se recorta, fundamental, la peluquería de su abuelo. Fue el escenario de un teatro revelador. Allí se cortaban y rasuraban personajes de paso, navegantes torvos que contaban historias de cantinas, peleas, burdeles, amores. Esa sala de espejos, navajas y sillones es el Rosebud al que Boccanera vuelve a trepar una y otra vez, obstinadamente, como el caballo que tira siempre hacia el palenque. Observaba todo mientras leía las historietas apiladas en el revistero. “Esa fue mi primera formación. Como la peluquería quedaba delante de casa, yo creía que los que se cortaban el pelo y se ponían a conversar con mi abuelo eran visitas”, apunta.

Cuando murió su abuelo, y pudo procesar todo lo que representó esa partida, escribió “El peluquero”, uno de sus más hermosos poemas, que comienza así: 

"Asentaba navajas en un listón de cuero,

porque era su trabajo arrancarle a los rostros

sus animales muertos.

Hacía barba y bigote para el espejo atestado de gente.

Su navaja pulía aquella superficie,

rasuraba los rostros del espejo y haciendo su trabajo,

¿afeitaba al espejo?"

 El humus se completa con un padre cantor de orquesta que utilizaba el seudónimo de Roberto del Mar. Era la cabeza de una familia totalmente musical. A los tangos del padre se sumaba el folklore de su madre, riojana, una prima que interpretaba canciones litoraleñas, más otra prima que canta tangos griegos. “Y mi hermano, Marcelo, que sacó varios discos. Yo mismo me animé alguna vez a cantar. Pero al final me tiró más la literatura. En casa nos peleábamos por los cancioneros para hacer rondas de canto que acompañaban las tareas domésticas, los deberes, las mateadas, los cumpleaños. Mis influencias las ubico ahí, en las letras, sobre todo las de los grandes del tango como Manzi, Expósito, en las revistas de historietas y en mis primeras lecturas de Whitman, Vallejo, Miguel Hernández, José Pedroni y todo lo que cayera en mis manos”.

De ese puerto zarpó. Imposible el regreso. Tal vez, lo más cercano a un regreso sea la edición de Tráfico/Estiba, ese espejo empañado que lo retrotrae a las calles del sur. Después de la candidez infantil y los hallazgos adolescentes, como escribió su amigo Silvio Rodríguez, “se fue enredando en más asuntos”. Fue a Buenos Aires con la intención de estudiar Psicología, se anotó en la facultad, pero entre las demandas del servicio militar, el trabajo y la militancia política debió abandonar. Como si fuera el personaje de uno de sus poemas, cuando quiso darse cuenta ya estaba emprendiendo un viaje por tierra de seis meses a México en situación de huida y exilio, con estancias en Perú y Ecuador. 

¿Qué significaron esos seis meses de, como diría Yupanqui, piedra y camino? 

Todo ocurrió muy rápido. A mediados de los 70 teníamos un grupo llamado El ladrillo. Recuerdo que Juan Gelman estaba con un pie fuera del país, perseguido por la Triple A, y que hicimos una reunión clandestina con él en una pieza que alquilaba en el Centro. El 1° de junio de 1976 el que se estaba yendo era yo, con una dirección en la sierra peruana que me pasó Roberto Santoro; allí me dieron cobijo poetas del grupo Primero de Mayo, laburantes, autodidactas. Pasado el mes en Perú, el gobierno militar implantó el toque de queda y salí en colectivo para Ecuador. Cuando llegué a México era otra persona.

 ¿Por qué?

 Para decirlo de alguna manera, llegué “latinoamericanizado”. En México me recibieron muy bien. Había muchos argentinos: Pedro Orgambide, Humberto Costantini, David Viñas, Alberto Adellach. Con ellos fundamos la editorial Tierra del Fuego. Luego conseguí empleo en las agencias noticiosas Informex y ANSA y fui secretario de redacción de la revista “Plural” fundada por Octavio Paz. Y no paré de escribir.

 Como dice Diana Bellesi, la escritura puede ser un timón en el medio de la tempestad. Mientras denunciaba crímenes de la dictadura argentina, Boccanera fue enhebrando una vigorosa obra periodística y poética, que nunca dejó de ser política. Ocupó el espacio y tiempo que le correspondía. México D. F. era la puerta vaivén de exiliados de toda región. Boccanera hizo migas con Roberto Bolaño, con quien tenía ásperas discusiones estéticas y políticas (“yo lo llamaba El aristócrata”). Llegaron a escribir a cuatro manos y el argentino figura en Los detectives salvajes como ‘Fabio Logiácomo’. También frecuentó a Julio Cortázar, con quien coincidió en Managua en el apoyo a la revolución sandinista, y a Ernesto Cardenal. “Me quedaron muchos amigos en Nicaragua. Fueron años muy intensos”.

 ¿Cómo se integró en vos la urgencia política con la poesía?

 La política, a mi modo de ver, está en todos los actos de la vida. El tema tiene que ver con buenos o malos resultados y entre estos últimos está el texto de propaganda, el panfleto, lo servicial. Un poeta amigo decía que la poesía no le hace los mandados a nadie. Yo como ciudadano tengo una posición, asumo la defensa de mis derechos, pero como poeta la conciencia va de la mano de la inventiva y hay que arremangarse, limpiar el lenguaje, podar. Lo digo en un poema, “Afanes”: hay que pasar el peine, quitar las hojas secas, lo ampuloso, los piojos del decir. La urgencia del tema no disculpa la baja calidad. Ahí están para certificarlo contundentes poemas de Miguel Hernández, Whinétt de Rokha, Neruda, Guillén, Tuñón, Vallejo, Cardenal, Vilariño, Bañuelos, Gelman, Roca, Zurita y muchos otros.

 ¿Qué te ocurrió ahora, con Tráfico/Estiba, que te enfrentaste a textos que ya tienen más de cuarenta años?

 Es mucho tiempo, sí. Creo que si hay un eje que funciona en la base de mi trabajo literario, es la pregunta. Me refiero a esa indagación que además interpela y me interpela y que en poesía puede llevar en el mejor de los casos a ver siempre algo más desde un ángulo diferente.

 Ese ángulo define la columna vertebral de sus poemas, en una veta que a veces roza el absurdo; una estética que él define “fellinesca”, el leve corrimiento de la realidad, la bruma onírica. El libro de 1991, Sordomuda, funciona como un ejemplo de su capacidad fantástica para alumbrar zonas extrañas, a veces siniestras, de la vida cotidiana. “No es la musa cantora ni el pájaro chillón, / ni el muñeco parlante ni la dama que dicta./ Es una Sordomuda, que te muestra la lengua por sólo una moneda. / La lengua está vacía./ La moneda tiene que ser de oro”, escribe en “Pordiosera”.

 Junto con el oficio de poeta van de la mano el narrador de formidables perfiles de artistas y personajes más o menos conocidos y el autor de letras de canciones. Ha frecuentado ese rubro periodístico algo bastardeado que llaman “Historias de vida”, repartido en siete libros de textos sobre y con Chavela Vargas, Roberto Goyeneche, Nora Cortiñas, un ex preso en una isla del Caribe llamado José León Sánchez, Javier Villafañe, Gregorio Fuentes (capitán del yate de Hemingway y compañero de aventuras) y Dedé Mirabal, la única que quedó viva de las hermanas Mirabal asesinadas por el dictador dominicano Trujilllo. Y tantos más. Son retratos que siempre van un poco más allá de lo esperado; hurgan y roen hasta descubrir el hueso.

 En cuanto a la canción, es un pasional estudioso de la música popular. Muestra, ahí también, un eclecticismo fenomenal. Aun hoy son recordados sus poemas musicalizados por Alejandro del Prado, para el disco que sacó en México en 1982, Dejo constancia, que tenía la participación de Silvio Rodríguez. Representó un momento altísimo de la canción argentina, en la senda de la tradición de las gloriosas duplas compositivas del tango y el folklore. “Fue una manera de trabajar. También lo hice con Litto Nebbia, Raúl Carnota y Nahuel Porcel de Peralta, entre otros. Pero el laburo con Alejandro del Prado es más recordado. Fueron muchos años compartidos en México. Dejo constancia se iba a llamar, justamente, Letra y música. Ale reparaba mucho en el trabajo en dupla: me hablaba de Ivan Lins-Vitor Martins y de Milton Nascimento- Fernando Brant. Yo le presenté a Silvio Rodríguez. Grabó en el disco “Qué cazador”.

 Recitaste ante una multitud con él, cuando se presentó en Villa Lugano y luego en Avellaneda.

 Fue una locura. Nunca había estado ante tanta gente. En ambos concierto recité el texto del tema de Dejo constancia en el que cantan Alejandro y Nebbia, “Oficio”, aquel de “bésale las piernas a la poesía…”, y “Ronda de la sola”, dedicada a la Madre de Plaza de Mayo Olga Aredez. Cada recital de Silvio es una ceremonia. Ya en su casa en La Habana me había adelantado de su gira por los barrios marginados y en 2015 me tocó acompañarlo en el CCK, en la presentación del libro que justamente documenta esa experiencia. Fue por esos días que me invitó a participar en lo de Lugano. Pero lo de 2018 en Avellaneda fue aun más impresionante, un sacudón. Llevamos más de cuatro décadas de amistad. Una persona muy íntegra. Gran lector de poesía. De niño su padre Dagoberto le leía versos de Darío, Martí y Guillén; luego le impactaron César Vallejo y Saint John Perse.

 ¿Qué sentís cuando un poema pasa a ser cantado? Hubo hitos, como cuando Mercedes Sosa grabó “¿Será posible el sur?” con música de Porcel de Peralta.

 Cuando el poema de un libro pasa a ser parte de una canción, siento que se desdobla en otra forma; ahora, si el texto sale de mi trabajo con el músico, es resultado de otro proceso. Entre ambas formas prefiero el intercambio, cambiar figuritas con el músico. Y lo de Mercedes… qué decirte: le puso garra, corazón y su voz maravillosa.

 Se siente cómodo hablando de música. La entrevista se realiza con la voz lejana de Sting, de fondo, que llega desde la cocina. Puede estar horas analizando la lírica de Cátulo Castillo y de los Homero, Manzi y Expósito, o evocando las tardes en el bar San Quintín de Saavedra, al que concurría para entrevistar al Polaco Goyeneche. O referir a sus últimos encuentros con Dino Saluzzi, con quien planean un disco eternamente postergado. Su paladar va de la tradición a la vanguardia. “A los 16 años yo andaba con discos de Piazzolla y también de Rovira, porque un tío me había pasado Sónico. Años después, ya en México llevaba esa música todo el día en el cuerpo; hasta te diría que los temas de Astor me tiraban imágenes, fraseos, modos de respirar. Influenció en el tejido de mi poesía; es imperceptible, pero está. Un día me llegó una carta. ¿Podés creer?

 ¿De Piazzolla?

 Sí. En el 83. Elogiaba mis cosas y tiró la posibilidad de hacer algo juntos. Me acuerdo que escribió: “pero ‘person to person’”. O sea, nada de cartas o teléfono. Después até cabos. El asunto vino por el lado de su hija Diana, muy buena escritora, también exiliada en México; intuyo que ella le hizo llegar textos sueltos o algún libro mío. Diana y Astor, me enteré después, estaban recomponiendo en esa época una relación quebrada debido a discrepancias políticas.

 ¿Llegaron a juntarse?

 Nos vimos en Buenos Aires, en 1984. Conversamos mucho. Astor ya no andaba bien de salud, me habló de un problema en las manos; me dijo que le enviara algunas letras pero con una métrica rigurosa. Yo me había imaginado otra cosa, algo así como una juntada para a hacer canciones sin pautas, sin métrica, y no le envié nada. Cometí un error. Fui un tremendo “pichi”.

 Se indigna con los disparates que se dicen en la radio, cuenta historias de Cortázar (“¿vos sabías que ‘Casa tomada’ la escribió mucho antes del peronismo?”), desmenuza la cuarentena y dice que sí, que el poeta puede señalar el camino, puede vaticinar. “Cuando volví de Costa Rica dirigí una colección de poesía en Colihue y el primer escritor que quise publicar fue Horacio Castillo. Lo había conocido casualmente en 1998 en una charla en La Plata, me dio su libro Materia acre, de 1974, y quedé prendado. De ahí es un poema que se llama ‘Generación’ que habla de la peste, como si estuviera leyendo un diario actual. Hay muchos. Un poema de Ernesto Cardenal predice la caída de la estatua de Somoza… Son vaticinios. Por eso al poeta lo llaman ‘vate´.

 Trabaja arduamente en su casa de Llavallol un ensayo sobre Federico García Lorca y su vínculo con América Latina. Cada tanto se calza el barbijo y sale a hacer compras para su madre anciana. Maneja un lunfardo deliciosamente anacrónico que seguramente aprendió, también, en los años de White. Tiene la carcajada fácil. Y un dolor agazapado entre tantos años de viaje y búsqueda. “Al final uno escribe para responder qué catzo hacemos en medio de esta batahola que llaman ‘vida’", dice él, Jorge Boccanera, que para prologar el monumental Tráfico/Estiba eligió un breve verso del poeta chileno Jorge Teillier como una contraseña, una guía, un secreto develado: “Cuando al fin te des cuenta /que sólo puedo amar los pueblos / donde nunca se detienen los trenes /ya podrás olvidarme/ para saber quién soy de veras”.


POEMAS DE TRÁFICO / ESTIBA

 ALEJANDRA PIZARNIK ABRE SU CUADERNO DE APUNTES

a Jorge Arturo

 El hombre que saca la cabeza del agua,

es un pez que se asfixia.

El pez que mete la cabeza en el agua,

es un hombre y se ahoga.

El poeta escribe en la línea del agua,

y se asfixia,

y se ahoga.

 

ESPEJITO DE MANO

A Laura Yasan

 

Mírate bien, hoy eres

una cara de trapo al fondo del aljibe,

un perfil oxidado que ondea bajo el agua.

Mírate bien, hoy somos

el ladrido del viento. Te advertí, te lo dije,

es un sepulturero que cobra como artista.

Seguro ya te olió. Su corazón helado

vende casas de polvo en los despeñaderos.

Te advertí, te lo dije, el espejo, compra muebles

usados

y trabaja en el rostro con cuchillos sin filo.

Mírate bien, hoy eres un hospicio,

un extraño,

reverso de una imagen que se repite y dice:

uno de los dos está muerto.

 

HUELLAS

 

En el sueño soy otro que se parece a mí.

En la arena del sueño cruza un tren.

La silueta de un viejo va borrando las huellas

con un plumero negro.

Tras la locomotora, el ruido de tus pasos y los míos

anudados a un tango,

a una canción revuelta,

a un roquerío lejano donde van a morir todas las

camas.

Y la luz en la luz.

Y el anciano en lo suyo.

En el sueño soy otro que se parece a mí.

Este que ves ahora, no se parece a nadie.


(RADAR LIBROS / 16-8-2020)

JORGE BOCCANERA, LA RELACIÓN DE LA VOZ Y LA MIRADA


por Silvina Friera

El poema es como ladrarle a una sombra; sin misterio, sin ambigüedad, no habría poesía. “No es la musa cantora ni el pájaro chillón,/ ni el muñeco parlante ni la dama que dicta./ Es una Sordomuda,/ que te muestra la lengua por sólo una moneda./ La lengua está vacía./ La moneda tiene que ser de oro”. Los versos de “Pordiosera”, incluidos en Tráfico/Estiba, editada por Hemisferio Derecho, tienen la impronta inconfundible de Jorge Boccanera. El libro reúne los once poemarios publicados entre 1974 y 2016: Los espantapájaros suicidasNoticias de una mujer cualquieraContraseñaMúsica de fagot y piernas de VictoriaPoemas del tamaño de una naranjaLos ojos del pájaro quemadoPolvo para morderSordomudaBestias en un hotel de pasoPalma Real y Monólogo del necioEl volumen se completa con un apartado titulado “La poesía es un mal necesario”, con poemas que fueron musicalizados por Alejandro del Prado, Litto Nebbia y Raúl Carnota, entre otros.

Boccanera (Puerto de Ingeniero White, Bahía Blanca, 1952) recibió en febrero el premio de Poesía José Lezama Lima, otorgado por la Casa de las Américas (Cuba). Cuando publicó su primer libro, Los espantapájaros suicidas (1974), era “un tipo inquieto interesado en muchas cosas”, que después del golpe militar se exiliaría en México. “La época tenía una energía particular. Por esos años hice revistas, un taller literario, una cooperativa editorial, exposiciones de poesía visual con el diseñador Jorge Sposari, las primeras canciones con Alejandro del Prado, el grupo “El Ladrillo”, con Vicente Muleiro, María del Carmen Colombo y otros poetas. Todo eso más la cuestión política y gremial.

Siento que aquel joven me sigue marcando el camino”, confiesa el poeta en la entrevista con Página/12.

“Para entreabrir la boca/ hay que cerrar los ojos”, dice la voz poética en uno de los versos de ese primer libro. ¿Cómo es la relación voz y mirada en tu poesía?

Se complementan. La voz es plural, porque está hecha de muchas voces escuchadas y leídas. Por otro lado el “decir” está ligado al “ser”, lo que uno afirma va dibujando quién es. Eso va del balbucir de San Juan de la Cruz al farfullar de César Vallejo, y por supuesto a los silencios del decir. Sobre la mirada, suscribo la idea del poeta cubano Eliseo Diego respecto a una calidad de atención del poeta; un modo de observar, vislumbrar, que lo singulariza.

“Contraseña”, de 1976, es tu libro donde los protagonistas son los negros. ¿Qué ecos y resonancias encontrás a la luz de las protestas y manifestaciones en Estados Unidos por el asesinato de George Floyd?

Muchas resonancias, desde ya. En un pasaje del poema “Blues”, de Contraseña, los manifestantes toman las calles de varias ciudades. El poema denuncia que el negro en Estados Unidos pasó de la esclavitud a ser considerado tres quintos de hombre. De adolescente me interesó el tema del movimiento negro, por esos años apareció el partido Pantera Negra contra la brutalidad policial; yo leía a escritores que eran activistas negros; James Baldwin, Eldridge Cleaver. El asesinato de George Floyd se enmarca en el odio del supremacismo blanco que colgaba negros ya a fines del siglo XIX.

¿Qué consecuencias tiene que, como afirmás en un verso, “los poetas no figuran en los planes de nadie?

Eso está entre mis primeros textos y alude a la marginalidad social a la que se relega al poeta o a la idea de que el poeta es un tipo que escribe mensajes encriptados o empalagosos versos de amor. Más tarde entendí que la poesía no se autoproscribe, sino que en un mundo donde se fabrican individuos en serie, la gente se aleja de su propia espiritualidad; no sabe quién es, el mundo del consumo piensa por ellos. Hoy, con la situación que estamos atravesando, me llama la atención una promoción inusual de la poesía; como si descubriésemos a los animales porque la pandemia les devolvió sus lugares y ahuyentó a los depredadores.

“Hay que incendiar a la poesía/ y cantar luego/ con las cenizas útiles”. ¿Por qué la poesía, desde la perspectiva de estos versos, es como el ave fénix?

Porque no es una moda, digo, entre otras cosas; y porque Rimbaud es cada vez más joven, y porque verdad y belleza concurren juntas en el hecho poético. Además, porque es vaticinio. Si no, releamos “Poeta en Nueva York” donde García Lorca escribe: “Asesinado por el cielo… con el árbol de muñones que no canta”, y va tejiendo una atmósfera de desesperación y extravío; cadáveres, gusanos, féretros, alaridos. Para el crítico español Agustí Bartra, Lorca se anticipa quince años a Hiroshima. Yo coincido y agrego que se adelantó casi un siglo a esta pandemia.

¿Recordás cómo surgió la Sordomuda que aparece en varios poemas del libro homónimo?

Recuerdo poco el origen de mis poemas, pero en este caso se me quedó grabado un sueño que tuve en un viaje en 1989 a la isla de Chiloé, sur de Chile. Me soñé en un bar; en el mostrador había una niña sentada que de pronto abrió la boca y desenrolló una lengua larga, de tela blanca. Yo miraba hipnotizado esa lengua como si fuese un telón de cine donde pasaban paisajes de colores. Esa mañana, cuando me levanté, empecé a borronear el libro Sordomuda; a delinear ese personaje que acompaña el proceso de escritura con espacios de incertidumbre y misterio.

¿Cómo estás viviendo este momento del mundo con la pandemia de coronavirus?

Con zozobra, constatando día con día cómo el neoliberalismo a nivel internacional echó por la borda, entre otras cosas, la salud pública y dejó sociedades desarticuladas, vulnerables. Me llama la atención lo irracional de una derecha que se alarma y se arma cuando escucha la palabra solidaridad y reacciona ante cualquier atisbo de trabajo conjunto, en equipo. Los que hablan de grietas son los mismos que siempre pusieron las alambradas y los muros.

¿Cómo imaginás el mundo post pandemia? ¿Te parece que lo que está pasando va a cambiar la forma de escribir?

Es difícil pronosticar el día después, pero de este cimbronazo no vamos a salir inmunes. Las crisis siempre las pagan los más humildes, aunque los Trump no se la están llevando de arriba. Las protestas exigen un cambio de paradigma; una transformación profunda por fuera de los manejos obscenos y guerreristas de un “Primer Mundo” que a la luz de la pandemia resultó ser cartón pintado; una comedia grotesca de banalidad y consumo dirigida por los grandes centros financieros. Respecto a la escritura, sólo aspiro a que la imaginación y la conciencia sigan yendo del brazo. 

(Página12 / 12-6-2020)

lunes

ENTREVISTA CAPOTIANA A JORGE BOCCANERA


por Toni Montesinos

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló “Atorretrato” (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente “entrevista capotiana”, con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Jorge Boccanera.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?

Elegiría vivir encerrado en el viaje, que también es un lugar. O en su defecto, en un puerto junto al Atlántico parecido al de Ingeniero White –antes llamado “De la Esperanza”, con calles atestadas de marineros, peones de estiba, bailarinas, pescadores, acordeonistas y forasteros.    

¿Prefiere los animales a la gente?

Diría que por ratos me entiendo mejor con los animales.  

¿Es usted cruel?

No siento ningún tipo de placer en causar humillación o dolor al otro.

¿Tiene muchos amigos?

Los necesarios. Hermanos de la vida, de muchas experiencias compartidas; compañeros; me gusta esa palabra que, según algunos, su etimología tiene que ver el “compartir el mismo pan”.

¿Qué cualidades busca en sus amigos?

Aquellas que se han forjado a sí mismo para ser quienes son en la vida. Lealtad, humor, conciencia crítica, humor, afecto y humor, solidaridad, humor.

¿Suelen decepcionarle sus amigos?

Para nada. 

¿Es usted una persona sincera? 

La sinceridad entre las personas conlleva una instancia muy importante para cualquier tipo de vínculo, la confianza. Nunca me ha gustado la mentira; escapo de aquellos que tienen la lengua dividida y dicen una cosa por otra. 

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?

En aquellas actividades que permitan no sentir el paso del tiempo. Eso que magistralmente el poeta mexicano Renato Leduc llamó, en uno de sus sonetos: “la dicha inicua de perder el tiempo”.

¿Qué le da más miedo?

El avance del fascismo en todas sus formas, bélicas, económicas, mediáticas, jurídicas, que siempre llegan combinadas. Como decía mi abuela italiana, respecto de la guerra, “es una desgracia”; un retroceso humano descomunal.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?

La palabra “escandaliza” se enlaza, creo yo, al gesto del indignado; esa ofuscación pasajera que experimentan aquellos que ven por primera vez las penurias que padecemos hace siglos. Diría que me espanta lo poco que vale hoy la dignidad frente a la idolatría del dinero y la idea obscena de que puede comprarlo todo.   

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?

Algo relativo a la música. Pertenezco a una familia de cantantes y las letras de canciones fueron mi primera biblioteca. Además, me hubiera gustado dedicarme al cine, a la historieta o ser payaso de circo, ¿qué personaje ha escarbado más profundo en el alma humana que Charles Chaplin? 

¿Practica algún tipo de ejercicio físico?

Ahora ando en bicicleta por el barrio y camino bastante. Hasta los cincuenta años jugué fútbol.  

¿Sabe cocinar?

Sí. Disfruto comprar los alimentos, lavar las verduras y hacer mis guisos especiales que bautizo con nombres extraños. En uno de mis poemas, escribí: “Los hombres que cocinan/ encontraron el modo de evitar el suicidio”.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?

Seguro que justamente a una revista como esa no le interesaría el perfil de quienes considero personajes inolvidables. En mis libros de crónicas y entrevistas, reuní algunos diálogos mantenidos con personajes como Gregorio Fuentes, capitán del barco de Hemingway, entre otros. Hay otros personajes de novela que me interesan, como el escritor que entre otros seudónimos utilizó el de B. Traven, y del que nunca se supo a ciencia cierta su verdadera identidad. Un anarquista que llegó a vender millones de ejemplares de sus novelas; una de ellas, El tesoro de la Sierra Madre, fue llevada el cine por John Houston y ganó tres Oscars. Escribí una crónica sobre Traven que llamé “La popularidad de un fantasma”.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?

Sin duda “libertad”. Pero también “solidaridad, que encierra lo fraterno, la capacidad de soñar, los afectos, la reciprocidad, el futuro, el trabajo y lo creativo.

¿Y la más peligrosa?

Odio.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien?

No. (Otra respuesta podría servir para incriminarme en algún hecho desgraciado que ocurra de aquí en adelante, ¿no?) 

¿Cuáles son sus tendencias políticas?

De izquierda.      

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?

Los zapatos que pintó Van Gogh, que seguro tienen mucho que contar.

¿Cuáles son sus vicios principales?

¿Vicios o defectos? Vicios, los dulces (y las dulces) y el trabajo (asumo más que los que puedo realizar); defectos: tengo el sí fácil, soy ansioso, me acusan de ser hipercrítico.  

¿Y sus virtudes?

Mantener mis ideas, compartir y ayudar; tratar de ser honesto, armar ruedas de diálogos con amigos; el humor, en fin, sobre mis virtudes y defectos deberían hablar quienes me conocen. 

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?

Después de que me ahogue, se lo cuento.


(ALMA EN LAS PALABRAS / 8-1-2018)
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