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Para Quienes se interesan en saber QUE ES BIODANZA???



BIODANZA  (Sistema Rolando Toro)

Biodanza es un Sistema creado por Rolando Toro (1924 -2010), antropólogo y psicólogo chileno en su intento de humanizar la práctica de la medicina, cuando estaba a cargo de la cátedra de Antropología Medica en la Universidad de Santiago de Chile, en la década de los 60.

Rolando afirma que la base conceptual de Biodanza surge de una meditación profunda sobre la Vida, de la necesidad de renacimiento del Ser Humano desde sus gestos despedazados, de su vida vacía y estéril a causa de las estructuras de represión. Es decir, de la nostalgia del Amor. Y el sentido profundo de Bio­danza es el Encuentro Humano consigo mismo, con sus semejantes y con la Vida.

Así Biodanza se define como un sistema de in­tegración humanarenovación orgánicareedu­cación afectiva reapredizaje de las funciones originarias de vida. Y su metodología consiste en inducir vivencias integradoras a través de la músicael canto, el movimiento y situaciones de encuentro en grupo.

El proceso de integración humana se realiza mediante el estímulo de la función primordial de conexión con la vida.

La renovación orgánica acontece como efecto de la estimulación de la homeostasis o equilibrio interno y de la reducción de los factores de estrés.

Ya que surge desde esa nostalgia del amor, Biodanza se propone como fin esencial estimular la afectividad en el ser humano, como elemento integrador por excelencia. De ahí la necesidad de un reaprendizaje afectivo.

El reaprendizaje de las funciones originarias de vida, consiste en la sensibilización de los instintos de base –que constituyen una expresión de la programación biológica– conducidos a ex­presarse a través de cinco canales: Vitalidad, Creatividad, Afec­tividad, Sexualidad y Trascendencia. En definitiva, la expresión de nuestro potencial genético.

Biodanza busca habilitar vivencias integradoras (vivencia entendida como experiencia vivida con gran intensidad por el individuo en el momento presente) que comprometen la ce­nestesia, las funciones viscerales y emocionales. Las vivencias integradoras (de refuerzo positivo) implican una inmediata y profunda vinculación consigo mismo.

La música es un lenguaje universal y en Biodanza es la vía re­gia para evocar e inducir la vivencia. El canto es otra expresión de esa musicalidad.

Y el movimiento integrado pleno de sentido es la danza que Biodanza propone: recuperar un movimiento afectivo motor, la posibilidad de la mediumnidad musical, en donde el danzarín se transforma en la danza.

Biodanza no es practicable individualmente. Resulta eficaz cuando se practica en un grupo afectivamente integrado, y este ofrece posibilidades de comunicación y sirve de “conti­nente afectivo” para cada uno de los participantes durante las vivencias.

Biodanza posibilita entonces un proceso de integración entre cuerpo y mente mediante la música, el movimiento y la expre­sión espontánea de todas las emociones.

Los ejercicios de Biodanza se realizan siempre en grupo, son guiados por un facilitador, y esto posibilita la reintegración de la unidad psicocorporal, favoreciendo la comunicación consigo mismo y con el entorno.

La danza de la Vida

Más que una ciencia, Biodanza es una poética del encuentro humano, una nueva sensibilidad frente a la existencia.

En busca de la reconciliación con la Vida, llegamos finalmen­te al “movimiento primordial”, a nuestros primeros gestos. Biodanza realiza, así, la restitución de los gestos humanos naturales. Su tarea es rescatar el secreto perdido de nosotros mismos: los movimientos de conexión.

El primer conocimiento del mundo, anterior a la palabra, es el conocimiento por el movimiento. La danza es un modo de ser en el mundo, la expresión de la unidad orgánica del hombre con el universo.
La transformación mediante Biodanza no es la mera reformulación de valores, sino una verdadera trans­culturación, un reaprendizaje afectivo, que rescate los gestos humanos naturales, una modificación límbico–hipotalámica.

Biodanza se propone restaurar en las personas la vinculación originaria de la especie como totali­dad biológica. Este punto de partida es indispen­sable para la supervivencia.

Tiene su inspiración en los orígenes más primiti­vos de la danza, en su sentido original, un movi­miento integrado pleno de sentido.

La danza es un movimiento profundo que surge de lo más entrañable del hombre. Es movimiento de vida, ritmo biológico, ritmo del corazón, de la respira­ción, impulso de vinculación a la especie, movimiento de intimidad…

La danza es la celebración de nuestra comunidad con los hombres, con la Vida, de nuestra legítima alegría de vivir. Estamos danzando nuestra vida.

Vivimos la “Danza de la Vida” en el sentido de Roger Garaudy (“Danzar la vida”)… dos enamorados que corren por la playa de la mano están realizando una danza; una mujer meciendo a su hijo danza un ritmo eterno, dos amigos que se encuentran en un abrazo luego de mucho tiempo sin verse, los amantes des­nudos en el éxtasis de ese encuentro, el sembrador lanzando la semilla, el feto palpitando dentro del amnios y hasta los dur­mientes en la cadencia de sus noches… todos están cumpliendo la Gran Danza.

Desde este punto de vista Rolando Toro, pensó que era in­dispensable reencontrar la fuerza positiva que hace crecer y desarrollarse a los organismos: los tropismos para la Vida. Esto es, los movimientos que permiten la evolución (finalidad de Biodanza), la adaptación al movimiento cósmico, el reciclaje de la armonía generadora.

Una danza orgánica que responda a los padrones de movi­miento que originan vida. Movimientos capaces de incorporar entropía negativa, padrones generatrices, armonía “musical” entre los seres vivos, resonancia profunda con el micro y macro cosmos.

Una danza que permita restablecer los movimientos orgánicos que resuenen con la Vida, con un sentido vinculante; acceder a esa conexión con la Vida en todos los niveles, con uno mismo, con los semejantes y con el orden cosmobiológico.

Celebrar la presencia del Otro, “saborearla”, exaltarla en el encanto esencial del encuentro, rescatando la ternura como la presencia que concede presencia, como la posibilidad saludable del encuentro humano

SIGMUND FREUD “SETENTA AÑOS ME ENSEÑARON A ACEPTAR LA VIDA CON SRENA HUMILDAD”


Esta entrevista fue concedida en el año 1926, al periodista George Sylvester Viereck. Transcurrió en la casa de los Alpes suizos de Freud. A pesar de que se creía perdida, fue publicada en el volumen de “Psychoanalysis and the Fut”, en New York en 1957. La traducción es de Miguel Ángel Arce.

Sus líneas son una ocasión para encontrar al hombre que en los márgenes de la ciencia, la religión, el arte y toda concepción de la vida inventó un nuevo lazo social, legándonos un discurso que nos deja habitar el mundo más dignamente y sin penar de más.

Helga Fernández, edición.

S. Freud: Setenta años me enseñaron a aceptar la vida con serena humildad.

Quien habla es el profesor Sigmund Freud, el gran explorador del alma. El escenario de nuestra conversación fue en su casa de verano en Semmering, una montaña de los Alpes austríacos. Yo había visto el país del psicoanálisis por última vez en su modesta casa de la capital austríaca. Los pocos años transcurridos entre mi última visita y la actual, multiplicaron las arrugas de su frente. Intensificaron la palidez de sabio. Su rostro estaba tenso, como si sintiese dolor. Su mente estaba alerta, su espíritu firme, su cortesía impecable como siempre, pero un ligero impedimento en su habla me perturbó. Parece que un tumor maligno en el maxilar superior tuvo que ser operado. Desde entonces Freud usa una prótesis, lo cual es una constante irritación para él.

S. Freud: Detesto mi maxilar mecánico, porque la lucha con este aparato me consume mucha energía preciosa. Pero prefiero esto a no tener ningún maxilar. Aun así prefiero la existencia a la extinción. Tal vez los dioses sean gentiles con nosotros, tornándonos la vida más desagradable a medida que envejecemos. Por fin, la muerte nos parece menos intolerable que los fardos que cargamos.

(Freud se rehusa a admitir que el destino le reserva algo especial).

S. Freud: ¿Por qué (dice calmamente) debería yo esperar un tratamiento especial? La vejez, con sus arrugas, llega para todos. Yo no me revelo contra el orden universal. Finalmente, después de setenta años, tuve lo bastante para comer. Aprecié muchas cosas -en compañía de mi mujer, mis hijos- el calor del sol. Observé las plantas que crecen en primavera. De vez en cuando tuve una mano amiga para apretar. En otra ocasión encontré un ser humano que casi me comprendió. ¿Qué más puedo querer?

George Sylvester Viereck: El señor tiene una fama. Su obra prima influye en la literatura de cada país. Los hombres miran la vida y a sí mismos con otros ojos, por causa de este señor. Recientemente, en el septuagésimo aniversario, el mundo se unió para homenajearlo, con excepción de su propia universidad.

S. Freud: Si la Universidad de Viena me demostrase reconocimiento, me sentiría incómodo. No hay razón en aceptarme a mí o a mi obra porque tengo setenta años. Yo no atribuyo importancia insensata a los decimales. La fama llega cuando morimos y, francamente, lo que ven después no me interesa. No aspiro a la gloria póstuma. Mi virtud no es la modestia.

George Sylvester Viereck: ¿No significa nada el hecho de que su nombre va a perdurar?

S. Freud: Absolutamente nada, es lo mismo que perdure o que nada sea cierto. Estoy más bien preocupado por el destino de mis hijos. Espero que sus vidas no sean difíciles. No puedo ayudarlos mucho. La guerra prácticamente liquidó mis posesiones, lo que había adquirido durante mi vida. Pero me puedo dar por satisfecho. El trabajo es mi fortuna.

(Estábamos subiendo y descendiendo una pequeña elevación de tierra en el jardín de su casa. Freud acarició tiernamente un arbusto que florecía).

S. Freud: Estoy mucho más interesado en este capullo de lo que me pueda acontecer después de estar muerto.

George Sylvester Viereck: ¿Entonces, el señor es, al final, un profundo pesimista?

S. Freud: No, no lo soy. No permito que ninguna reflexión filosófica complique mi fluidez con las cosas simples de la vida.

George Sylvester Viereck: ¿Usted cree en la persistencia de la personalidad después de la muerte, de la forma que sea?

S. Freud: No pienso en eso. Todo lo que vive perece. ¿Por qué debería el hombre constituir una excepción?

George Sylvester Viereck: ¿Le gustaría retornar en alguna forma, ser rescatado del polvo? ¿Usted no tiene, en otras palabras, deseo de inmortalidad?

S. Freud: Sinceramente no. Si la gente reconoce los motivos egoístas detrás de la conducta humana, no tengo el más mínimo deseo de retornar a la vida; moviéndose en un círculo, sería siempre la misma.  Más allá de eso, si el eterno retorno de las cosas, para usar la expresión de Nietzsche, nos dotase nuevamente de nuestra carnalidad y lo que involucra, ¿para qué serviría sin memoria? No habría vínculo entre el pasado y el futuro. Por lo que me toca, estoy perfectamente satisfecho en saber que el eterno aborrecimiento de vivir finalmente pasará. Nuestra vida es necesariamente una serie de compromisos, una lucha interminable entre el ego y su ambiente. El deseo de prolongar la vida excesivamente me parece absurdo.

George Sylvester Viereck: Bernard Shaw sustenta que vivimos muy poco. Él encuentra que el hombre puede prolongar la vida si así lo desea, llevando su voluntad a actuar sobre las fuerzas de la evolución. Él cree que la humanidad puede recuperar la longevidad de los patriarcas.

S. Freud: Es posible que la muerte en sí no sea una necesidad biológica. Tal vez morimos porque deseamos morir. Así como el amor o el odio por una persona viven en nuestro pecho al mismo tiempo, así también toda la vida conjuga el deseo de la propia destrucción. Del mismo modo como un pequeño elástico tiende a asumir la forma original, así también toda materia viva, consciente o inconscientemente, busca readquirir la completa, la absoluta inercia de la existencia inorgánica. El impulso de vida o el impulso de muerte habitan lado a lado dentro nuestro. La muerte es la compañera del Amor. Ellos juntos rigen el mundo. Esto es lo que dice mi libro: “Más allá del principio del placer”. En el comienzo del psicoanálisis se suponía que el Amor tenía toda la importancia. Ahora sabemos que la Muerte es igualmente importante. Biológicamente, todo ser vivo, no importa cuán intensamente la vida arda dentro de él, ansía el Nirvana, la cesación de la “fiebre llamada vivir”. El deseo puede ser encubierto por digresiones, no obstante, el objetivo último de la vida es la propia extinción.

George Sylvester Viereck: Esto es la filosofía de la autodestrucción. Ella justifica el auto-exterminio. Llevaría lógicamente al suicidio universal imaginado por Eduard Von Hartmann.

S. Freud: La humanidad no escoge el suicidio porque la ley de su ser desaprueba la vía directa para su fin. La vida tiene que completar su ciclo de existencia. En todo ser normal, la pulsión de vida es fuerte, lo bastante para contrabalancear la pulsión de muerte, pero en el final, esta resulta más fuerte. Podemos entretenernos con la fantasía de que la muerte nos llega por nuestra propia voluntad. Sería más posible que no pudiéramos vencer a la muerte porque en realidad ella es un aliado dentro de nosotros. En este sentido (añadió Freud con una sonrisa) puede ser justificado decir que toda muerte es un suicidio disfrazado.

(Estaba haciendo frío en el jardín. Continuamos la conversación en el gabinete. Vi una pila de manuscritos sobre la mesa, con la caligrafía clara de Freud).

George Sylvester Viereck: ¿En qué está trabajando el señor Freud?

S. Freud: Estoy escribiendo una defensa del análisis lego, del psicoanálisis practicado por los legos. Los doctores quieren establecer al análisis ilegal para los no-médicos. La historia, esa vieja plagiadora, se repite después de cada descubrimiento. Los doctores combaten cada nueva verdad en el comienzo. Después procuran monopolizarla.

George Sylvester Viereck: ¿Usted tuvo mucho apoyo de los legos?

S. Freud: Algunos de mis mejores discípulos son legos.

George Sylvester Viereck: ¿El Señor Freud está practicando mucho psicoanálisis?

S. Freud: Ciertamente. En este momento estoy trabajando en un caso muy difícil, intentando desatar conflictos psíquicos de un interesante paciente nuevo. Mi hija también es psicoanalista como usted puede ver

(En ese momento apareció Miss Anna Freud, acompañada por su paciente, un muchacho de once años de facciones inconfundiblemente anglosajonas)

George Sylvester Viereck: ¿Usted ya se analizó a sí mismo?

S. Freud: Ciertamente. El psicoanalista debe constantemente analizarse a sí mismo. Analizándonos a nosotros mismos, estamos más capacitados para analizar a otros. El psicoanalista es como un chivo expiatorio de los hebreos, los otros descargan sus pecados sobre él. Él debe practicar su arte a la perfección para liberarse de los fardos cargados sobre él.

George Sylvester Viereck: Mi impresión es de que el psicoanálisis despierta en todos los que lo practican el espíritu de la caridad cristiana. Nada existe en la vida humana que el psicoanálisis no nos pueda hacer comprender. “Tout comprendre c’est tout pardonner“.

S. Freud: Por el contrario (acusó Freud sus facciones asumiendo la severidad de un profeta hebreo), comprender todo no es perdonar todo. El análisis nos enseña apenas lo que podemos soportar, pero también lo que podemos evitar. El análisis nos dice lo que debe ser eliminado. La tolerancia con el mal no es de manera alguna corolario del conocimiento.

(Comprendí súbitamente por qué Freud había litigado con sus seguidores que lo habían abandonado, por qué él no perdona disentir del recto camino de la ortodoxia psicoanalítica. Su sentido de lo que es recto es herencia de sus ancestros. Una herencia de la que él se enorgullece como se enorgullece de su raza).

S. Freud: Mi lengua es el alemán. Mi cultura, mi realización, es alemana. Yo me considero un intelectual alemán, hasta que percibí el crecimiento del preconcepto antisemita en Alemania y en Austria. Desde entonces prefiero considerarme judío.

(Quedé algo desconcertado con esta observación. Me parecía que el espíritu de Freud debería vivir en las alturas más allá de cualquier preconcepto de razas, que él debería ser inmune a cualquier rencor personal. Pero debido precisamente a su indignación, a su honesta ira, se volvía más atrayente como ser humano. ¡Aquiles sería intolerable si no fuese por su talón!)

George Sylvester Viereck: ¡Me pone contento, Herr Profesor, de que también el señor tenga sus complejos, de que también el señor Freud demuestre que es un mortal!

S. Freud: Nuestros complejos son la fuente de nuestra debilidad; pero con frecuencia, son también la fuente de nuestra fuerza.

George Sylvester Viereck: Imagino, observo, ¡cuáles serían mis complejos!

S. Freud: Un análisis serio dura más o menos un año. Puede durar igualmente dos o tres años. Usted está dedicando muchos años de su vida a la “caza de los leones”. Usted procuró siempre a las personas destacadas de su generación: Roosevelt, El Emperador, Hindenburgh, Briand, Foch, Joffre, Georg Bernard Shaw….

George Sylvester Viereck: Es parte de mi trabajo.

S. Freud: Pero también es su preferencia. El gran hombre es un símbolo. Su búsqueda es la búsqueda de su corazón. Usted también está procurando al gran hombre para tomar el lugar de su padre. Es parte del complejo del padre.

(Negué vehementemente la afirmación de Freud. Mientras tanto, reflexionando sobre eso, me parece que puede haber una verdad, no sospechada por mí, en su sugestión casual. Puede ser lo mismo que el impulso que me llevó a él).

George Sylvester Viereck: Me gustaría, observé después de un momento, poder quedarme aquí lo bastante para vislumbrar mi corazón a través de sus ojos. ¡Tal vez, como la Medusa, yo muriese de pavor al ver mi propia imagen! Aun cuando no confío en estar muy informado sobre psicoanálisis, frecuentemente anticiparía o tentaría anticipar sus intenciones.

S. Freud: La inteligencia en un paciente no es un impedimento. Por el contrario, muchas veces facilita el trabajo.

(En este punto el maestro del psicoanálisis difiere bastante de sus seguidores, que no gustan mucho de la  seguridad del paciente que tienen bajo su supervisión).

George Sylvester Viereck: A veces imagino si no seríamos más felices si supiésemos menos de los procesos que dan forma a nuestros pensamientos y emociones. El psicoanálisis le roba a la vida su último encanto, al relacionar cada sentimiento a su original grupo de complejos. No nos volvemos más alegres descubriendo que todos abrigamos al criminal o al animal.

S. Freud: ¿Qué objeción puede haber contra los animales? Yo prefiero la compañía de los animales a la compañía humana.

George Sylvester Viereck: ¿Por qué?

S. Freud: Porque son más simples. No sufren de una personalidad dividida, de la desintegración del ego, que resulta de la tentativa del hombre de adaptarse a los patrones de civilización demasiado elevados para su mecanismo intelectual y psíquico. El salvaje, como el animal es cruel, pero no tiene la maldad del hombre civilizado. La maldad es la venganza del hombre contra la sociedad, por las restricciones que ella impone. Las más desagradables características del hombre son generadas por ese ajuste precario a una civilización complicada. Es el resultado del conflicto entre nuestros instintos y nuestra cultura. Mucho más agradables son las emociones simples y directas de un perro, al mover su cola, o al ladrar expresando su displacer. Las emociones del perro (añadió Freud pensativamente), nos recuerdan a los héroes de la antigüedad. Tal vez sea esa la razón por la que inconscientemente damos a nuestros perros nombres de héroes como Aquiles o Héctor.

George Sylvester Viereck: Mi cachorro es un doberman Pinscher llamado Ájax.

S. Freud: (sonriendo) Me contenta saber que no pueda leer. ¡Él sería ciertamente, el miembro menos querido de la casa, si pudiese ladrar sus opiniones sobre los traumas psíquicos y el complejo de Edipo!

George Sylvester Viereck: Aun usted, profesor, sueña la existencia compleja por demás. En tanto me parece que el señor sea en parte responsable por las complejidades de la civilización moderna. Antes que usted inventase el psicoanálisis no sabíamos que nuestra personalidad es dominada por una hueste beligerante de complejos cuestionables. El psicoanálisis vuelve a la vida como un rompecabezas complicado

S. Freud: De ninguna manera. El psicoanálisis vuelve a la vida más simple. Adquirimos una nueva síntesis después del análisis. El psicoanálisis reordena el enmarañado de impulsos dispersos, procura enrollarlos en torno a su carretel. O, modificando la metáfora, el psicoanálisis suministra el hilo que conduce a la persona fuera del laberinto de su propio inconsciente.

George Sylvester Viereck: Al menos en la superficie, pues la vida humana nunca fue más compleja. Cada día una nueva idea propuesta por usted o por sus discípulos, vuelven un problema de la conducta humana más intrigante y más contradictorio.

S. Freud: El psicoanálisis, por lo menos, jamás cierra la puerta a una nueva verdad.

George Sylvester Viereck: Algunos de sus discípulos, más ortodoxos que usted, se apegan a cada pronunciamiento que sale de su boca.

S. Freud: La vida cambia. El psicoanálisis también cambia. Estamos apenas en el comienzo de una nueva ciencia.

George Sylvester Viereck: La estructura científica que usted levanta me parece ser mucho más elaborada. Sus fundamentos -la teoría del “desplazamiento”, de la “sexualidad infantil”, de los “simbolismos de los sueños”, etc.- parecen permanentes.

S. Freud: Yo repito, pues, que estamos apenas en el inicio. Yo apenas soy un iniciador. Conseguí desenterrar monumentos enterrados en los substratos de la mente. Pero allí donde yo descubrí algunos templos, otros podrán descubrir continentes.

George Sylvester Viereck: ¿Usted siempre pone el énfasis sobre todo en el sexo?

S. Freud: Respondo con las palabras de su propio poeta, Walt Whitman: “Más todo faltaría si faltase el sexo” (Yet all were lacking, if sex were lacking). Mientras tanto, ya le expliqué que ahora pongo el énfasis casi igual en aquello que está “más allá” del placer -la muerte, la negociación de la vida. ¡Este deseo explica por qué algunos hombres aman al dolor como un paso para el aniquilamiento! Explica por qué los poetas agradecen a:
“Cualesquiera dioses que existan

Que la vida ninguna viva para siempre
Que los muertos jamás se levanten
Y también el río más cansado
Desagüe tranquilo en el mar”.


George Sylvester Viereck: Shaw, como usted, no desea vivir para siempre, pero a diferencia de usted, él considera al sexo carente de interés.

S. Freud: (Sonriendo) Shaw no comprende al sexo. Él no tiene ni la más remota concepción del amor. No hay un verdadero caso amoroso en ninguna de sus piezas. Él hace humoradas del amor de Julio César -tal vez la mayor pasión de la historia. Deliberadamente, tal vez maliciosamente, él despoja a Cleopatra de toda grandeza, relegándola a una simple e insignificante muchacha. La razón para la extraña actitud de Shaw frente al amor, por su negación del móvil de todas las cosas humanas que emanan de sus piezas, el clamor universal, a pesar de su enorme alcance intelectual, es inherente a su psicología. En uno de sus prefacios, él mismo enfatiza el rasgo ascético de su temperamento. Yo puedo estar errado en muchas cosas, pero estoy seguro de que no erré al enfatizar la importancia del instinto sexual. Por ser tan fuerte, choca siempre con las convenciones y salvaguardas de la civilización. La humanidad, en una especie de autodefensa procura su propia importancia. Si usted raspa a un ruso, dice el proverbio, aparece el tártaro sobre la piel. Analice cualquier emoción humana, no importa cuán distante esté de la esfera de la sexualidad, y usted encontrará ese impulso primordial al cual la propia vida debe su perpetuidad.

George Sylvester Viereck: Usted, sin duda, fue bien seguido al transmitir ese punto de vista a los escritores modernos. El psicoanálisis dio nuevas intensidades a la literatura.

S. Freud: También recibí mucho de la literatura y la filosofía. Nietzsche fue uno de los primeros psicoanalistas. Es sorprendente ver hasta qué punto su intuición preanuncia las novedades descubiertas. Ninguno se percató más profundamente de los motivos duales de la conducta humana, y de la insistencia del principio del placer en predominar indefinidamente que él. En Zaratustra dice: “El dolor grita: ¡Va! Pero el placer quiere eternidad Pura, profundamente eternidad”. El psicoanálisis puede ser menos discutido en Austria y en Alemania que en los Estados Unidos, su influencia en la literatura es inmensa por lo tanto. Thomas Mann y Hugo Von Hofmannsthak mucho nos deben a nosotros. Schnitzler recorre un sendero que es, en gran medida, paralela a mi propio desarrollo. El expresa poéticamente lo que yo intento comunicar científicamente. Pero el Dr. Schnitzle no es solo un poeta, es también un científico.

George Sylvester Viereck: Usted no sólo es un científico, también es un poeta. La literatura americana está impregnada de psicoanálisis. Hupert Hughes, Harvey, O’Higgins y otros, son sus intérpretes. Es casi imposible abrir una nueva novela sin encontrar alguna referencia al psicoanálisis. Entre los dramaturgos Eugene O’Neill y Sydney Howard tienen una gran deuda con usted. “The Silver Cord” por ejemplo, es simplemente una dramatización del complejo de Edipo.

S. Freud: Yo sé y entiendo el cumplido que hay en esa afirmación. Pero, tengo cierta desconfianza de mi popularidad en los Estados Unidos. El interés americano por el psicoanálisis no se profundiza. La popularización lo lleva a la aceptación sin que se lo estudie seriamente. Las personas apenas repiten las frases que aprenden en el teatro o en las revistas. Creen comprender algo del psicoanálisis porque juegan con su argot.  Yo prefiero la ocupación intensa con el psicoanálisis, tal como ocurre en los centros europeos, aunque Estados Unidos fue el primer país en reconocerme oficialmente.

La Clark University me concedió un diploma honorario cuando yo siempre fui ignorado en Europa. Mientras tanto, Estados Unidos hace pocas contribuciones originales al psicoanálisis.

Los americanos son jugadores inteligentes, raramente pensadores creativos. Los médicos en los Estados Unidos, y ocasionalmente también en Europa, tratan de monopolizar para sí al psicoanálisis. Pero sería un peligro para el psicoanálisis dejarlo exclusivamente en manos de los médicos, pues una formación estrictamente médica es con frecuencia, un impedimento para el psicoanálisis. Es siempre un impedimento cuando ciertas concepciones científicas tradicionales están arraigadas en el cerebro.

¡Freud tiene que decir la verdad a cualquier precio! Él no puede obligarse a sí mismo a agradar a Estados Unidos donde están la mayoría de sus seguidores. A pesar de su rudeza, Freud es la urbanidad en persona. Él oye pacientemente cada intervención, procurando nunca intimidar al entrevistador. ¡Raro es el visitante que se aleja de su presencia sin un presente, alguna señal de hospitalidad!

Había oscurecido. Era tiempo de tomar el tren de vuelta a la ciudad que una vez cobijara el esplendor imperial de los Habsburgos. Acompañado de su esposa y de su hija, Freud desciende los escalones que lo alejan de su refugio en la montaña a la calle para verme partir. Él me pareció cansado y triste al darme el adiós.

“No me haga parecer un pesimista”, dice Freud después de un apretón de manos. “Yo no tengo desprecio por el mundo”.

Expresar desdén por el mundo es apenas otra forma de cortejarlo, de ganar audiencia y aplauso.

“¡No, yo no soy un pesimista, en tanto tenga a mis hijos, mi mujer y mis flores! No soy infeliz, al menos no más infeliz que otros”.

El silbato de mi tren sonó en la noche. El automóvil me conducía rápidamente para la estación. Apenas logro ver ligeramente curvado y la cabeza grisácea de Sigmund Freud que desaparecen en la distancia…


(EN EL MARGEN / 21-4-2015)

ALBERTO MANGUEL “NECESITAMOS PENSAR PARA SABER QUE ESTAMOS SOBREVIVIENDO”


por Eliezer Budasoff

La crisis por el coronavirus trajo, entre otras cosas, el descubrimiento de lo que ya teníamos. Como esos niños saturados de novedades que, cuando se corta la luz, recurren a la caja de viejos juguetes en busca de consuelo, miles de personas en cuarentena descubrieron que podían amasar su propio pan y agotaron reservas de harina y levadura, otras encontraron que podían usar sus teléfonos para llamar a sus amigos y familiares, y en Europa se dispararon las ventas de una novela publicada hace más de 70 años, inspirada en una epidemia de cólera en una colonia francesa a mediados del siglo pasado. Mientras muchos franceses e italianos leían La peste de Albert Camus por primera vez, el escritor, traductor y editor argentino-canadiense Alberto Manguel, varado en París por una conferencia que lo habían invitado a dar en el Collège de France, se enteró de que Estados Unidos iba a cerrar sus fronteras y decidió volver a su casa en Nueva York, donde permanece encerrado desde principios de marzo.

“Los lectores siempre encontramos en nuestras bibliotecas algo que nos cuenta nuestro presente”, dice ahora Manguel por videoconferencia, mientras cae la noche del jueves en Nueva York. El autor de Una historia de la lectura, reconocido en el mundo por su erudición bibliológica y su vasta obra como crítico, narrador y ensayista, habla con una precisión hipnótica, como si pesara cada palabra. La multiplicación de ventas de La peste fue quizá el primero de una serie de fenómenos relacionados con la literatura que aparecieron cuando el virus se instaló en todos lados: la publicación de diarios corales de la pandemia se reprodujo casi tan rápido como los contagios, las descargas de libros digitales aumentaron a la par que cerraban las librerías y las iniciativas para contar y escuchar historias destinadas a los niños brotaron como hongos. Pero al comienzo del aislamiento, la sensación colectiva de irrealidad solo parecía encontrar reservas de sentido en escenas de libros publicados hace décadas, incluso siglos.

¿Por qué recurrimos a la literatura cuando no tenemos otro marco para interpretar el presente?

Nunca tenemos marcos adecuados para interpretar el presente. La realidad nos llega a través de fragmentos, a través de nuestros sentidos, que luego tenemos que recomponer en una narración para que podamos entender lo que está sucediendo. Cada uno de esos movimientos se reconstruye dentro de una frase que nos contamos a nosotros. O en situaciones más complicadas y más fragmentarias, como una guerra o durante movimientos políticos. Pero también tenemos que reconstruirlos en una narración. Somos una especie de la palabra, somos una especie que necesita la narración para construir nuestras experiencias, imaginarias o no. La literatura es el esfuerzo que hacemos para contar esas narraciones de la mejor manera posible. Entonces no es extraño que recurramos a esas narraciones para que pongan en palabras lo que nosotros estamos viviendo en todo momento.

Hay muchos momentos en que nos olvidamos de recurrir a la literatura porque no nos parecen apremiantes. Pero en otros momentos, en catástrofes individuales o colectivas, los lectores recurrimos a esas narraciones. Ahora, también tenemos que tomar en cuenta que la mayor parte de los habitantes del planeta no son lectores y entonces no sé cómo hacen. Recurren a imágenes, recurren a gente que les cuente historias, pero los lectores siempre encontramos en nuestras bibliotecas algo que nos cuenta nuestro presente.

Hay un fenómeno que se ha dado en paralelo a este afán de buscar sentido en los libros: una especie de furor en los medios por hacer diarios de la pandemia. Y tratan de hacerlos recurriendo a los escritores…

También a los no escritores. Todo el mundo está escribiendo un diario.

Tiene razón. Pero hay una cierta decepción frente a algunos de estos textos, porque estamos esperando que los escritores tengan las palabras que nosotros no tenemos para describir lo que estamos sintiendo. Y ellos tampoco las tienen en este caso. ¿Por qué recurrimos a los escritores como si tuvieran esa capacidad de ver más allá de lo que nosotros vemos?

En esta epidemia recurrimos a los médicos. Decimos: es una enfermedad, el médico cura, vamos a ver cómo me cura usted. Y cuando el médico nos contesta: no solo no puedo curarlo, sino que no puedo decirle ni siquiera con seguridad si tiene el coronavirus o no, porque los test pueden decirle que probablemente lo tenga o probablemente lo ha tenido, pero no pueden confirmar su diagnóstico, entonces culpamos a los médicos. Decimos: ¿por qué no son tan eficaces como queremos que sean? Lo mismo ocurre con los escritores.

Si pedimos a un escritor que tenga un diario de este momento, probablemente el diario será anodino o, quizás, milagrosamente, una obra maestra. Esto no lo podemos saber hasta mucho después. En el momento de la peste bubónica en Europa había mucha gente que escribía, que tomaba notas en las clases letradas, y de eso nos queda nada. Queda esa ficción que escribió Daniel Defoe diez años después de la peste [Diario del año de la peste], que sí es una obra maestra, en el sentido de que es un fake news muy bien construido, que da la impresión de la cotidianeidad. Defoe no quiere hacer literatura, es un periodista, aunque no haya estado en esa situación, contando como ese personaje. Pero aun así yo creo que, por un lado, vamos a ver después de que esto pase, si sobrevivimos, los que sobrevivimos, qué se produjo en la literatura y quizás haya, como digo, alguna obra maestra. Pero al mismo tiempo podemos ir a nuestras bibliotecas y buscar en ella textos que ya son obras maestras, y textos no necesariamente referidos a una plaga o una epidemia.

Yo tengo en mis estantes el libro de Defoe. Tengo Los prometidos, de [Alessandro] Manzoni, con esos capítulos extraordinarios sobre la peste en Milán. Tengo el Decamerón, por supuesto. Tengo Muerte en Venecia, de Thomas Mann. Tengo La peste de Camus, claro. Y Ensayo sobre la ceguera, de Saramago. Esos son los obvios. Menos obvio y para mí muy útil es releer Robinson Crusoe ahora. Está aislado, tiene que construirse una sociedad, un mundo con lo que tiene y, hasta la llegada de Viernes, tiene que reconsiderar todo lo que tuvo y lo que ya no tiene. Tiene que construir, de alguna manera, hacer con lo que tiene, y de esa manera prepararse para sobrevivir lo que está ocurriendo. Puedo darle muchos ejemplos.

Ahora, por ejemplo, estoy leyendo una novela del escritor griego-sueco Theodor Kallifatides que se llama La guerra de Troya. Y durante la invasión nazi de Grecia, la ocupación de Grecia, una maestra se lleva los niños y se refugian. Y entonces es como una clausura cuando está esa epidemia política alrededor, y les cuenta la guerra de Troya, les cuenta la Ilíada. Y a través de esa epopeya, los niños no solamente se distraen de lo que está ocurriendo, sino que empiezan a entender lo que está ocurriendo, porque toda guerra es la guerra de Troya.

Nosotros tenemos la ilusión de que lo que nos ocurre siempre ocurre por primera vez. Tenemos esa fantasía de la originalidad, que no hemos tenido siempre. Para los escritores de la Edad de Oro ser original no tenía ningún sentido. Usted contaba historias que todo el mundo conocía. La cuestión era cómo las contaba, cómo las construía. Pero nosotros, desde mediados del siglo XX y en parte gracias a la tecnología electrónica, tenemos la ilusión de vivir en un presente constante donde no existe el pasado y el futuro no es más que un presente prometido. Entonces nos sorprende que ocurran cosas. A veces inesperadas, a veces catastróficas, pero ya han ocurrido miles de veces, solo que nosotros, como no tenemos una relación con el pasado, nos parece que ocurren por primera vez.

Hay una pregunta que surge de una especie de broma entre algunos lectores: así como tal vez sentimos que hay escritores que todavía no pueden decirnos lo que queremos que nos digan, hay ciertos cientistas sociales o pensadores o académicos que han salido a hacer análisis sobre la pandemia con un nivel de certeza que también hace sospechar. O sea, Slavoj Zizek ya sacó un libro…

(Risas) No me sorprende, no me sorprende para nada. Siempre cree que tiene que tener la palabra que él cree justa antes que todo el mundo, sin reflexionar…

La pregunta es si usted cree que este es el momento de la literatura o es el momento de las ciencias sociales, aunque no sean excluyentes. Digo, como herramienta para tratar de interpretar el presente, si cree que en este momento es más poderosa la imaginación o el análisis en base a teorías sociales. Aunque, claro, las teorías sociales también pueden ser consideradas un género literario.

Pero usted está tomando exactamente la posición que describía: como si en el siglo XIX, o a principios del siglo XX, o en el siglo XIII, la literatura o las ciencias sociales no tenían importancia. Y para quien tienen importancia, tienen importancia siempre. Y para otros no tienen importancia. Para Trump no tienen importancia, y para ciertos lectores inteligentes tienen importancia, tanto ahora como en el pasado. ¿Por qué? Porque tantas veces, desde la historia del diluvio, si creemos en el diluvio, hasta ahora con el coronavirus, los seres humanos, como estamos condenados a un cierto poder de razonar y a una cierta idea del tiempo y del espacio, creemos que el universo nos responde de la misma manera. Creemos que el universo es nuestro interlocutor. Al universo no le importa un carajo de nosotros. El universo no tiene ni conciencia, ni inteligencia, ni percepción, ni sentimientos.

Es una idea que nace con el monoteísmo. Los griegos también la tenían, pero la idea de que hay un Dios que tiene manos y pies y conversa con nosotros y tiene recuerdos y... Yo no creo en Dios, pero los que creen en Dios dicen creer en un ser omnipotente, omnisciente. No se puede aplicar a ese ser, como no se puede aplicar al universo, ninguna de estas cualidades y aspectos antropomórficos.

Entonces, ¿qué sucede? Hay una cosa que se llama el coronavirus, que es un virus. Es algo que no tiene conciencia ni siquiera de sí mismo, ciertamente no de nosotros, y que existe. Y nosotros queremos enfrentarlo en una relación intelectual. Queremos que alguien o nosotros lo analicemos y le demos motivos: por qué ocurre esto, por qué ocurre ahora, en qué contexto ocurre y cuáles son las consecuencias. Todo eso no tiene absolutamente ningún sentido. Y lo peor es que no sirve para nada.

(Manguel sonríe de pronto y recuerda una película de ciencia ficción de los años cincuenta que a él y a su hijo les hacía soltar carcajadas: The thing from another world (en español se conoció como La cosa o El enigma de otro mundo). Un grupo de exploradores descubre en el Polo Norte los restos de una nave y una cosa congelada que llegó del espacio. “Entonces la desentierran, la sacan del hielo y se dan cuenta de que esa cosa, que parece algo inerte, vegetal, tiene una forma de actuar. Y uno de los personajes dice esta línea inmortal: «¡Una zanahoria pensante!»”).

Creemos que este virus es una criatura que tiene intenciones y eso es peligroso. Yo creo que, como en todo momento, hay preguntas que tenemos que hacernos, que podemos hacernos. Tendríamos que hacernos esas preguntas en todo momento de nuestra vida, pero es solamente cuando nos enfrentamos con una catástrofe, cuando alguien que amamos muere, cuando sucede un evento político extraordinario que nos hacemos estas preguntas muy básicas: qué estoy haciendo en el mundo, cuáles son mis responsabilidades hacia los otros, hasta qué punto necesito sacrificarme sin ser un acto egoísta de suicidio, cuáles son los matices que tengo que dar a mi vida cotidiana y qué puedo cambiar en lo que estoy haciendo, no sólo para ayudarme a mí mismo, sino para ayudar a los otros que están ahí en la calle. Esas preguntas tendríamos que hacernos todos los días, como dice Próspero, el protagonista de La Tempestad: que cada tercer pensamiento que tenga sea de la muerte.

Pero eso tenemos que hacerlo todos los días y lo hacemos solamente cuando estamos confrontados a este peligro o con el lobo en la puerta. Creo también que en estos momentos surge una antigua superstición de creernos inmortales, y creernos inmortales en un sentido vasto. Somos inmortales hasta el último momento de nuestra vida, pero pensamos que no nos tiene que tocar nada de lo que les toca a los otros.

Hay una expresión en inglés que a mí me parece fundamental. Es una expresión que se ha convertido en un lugar común: There but by the grace of God go I. “Allí —indicando cualquier persona que sufre que le pasa algo—, salvo por la gracia de Dios, voy yo”. Ese soy yo. Nos olvidamos de eso y quizás estas catástrofes nos pueden servir para recordarnos esa obviedad.

Otro fenómeno que también ha surgido es que hay mucha gente produciendo historias para que escuchen niños, mucha gente tratando de contar y escuchar historias. Que es como nivel un nivel más primario...

No, no, es el mismo. Que sea Shakespeare que le cuenta la historia, o que sea su abuelita, es exactamente el mismo impulso y tiene exactamente el mismo vuelo…

¿Recuerda otro episodio histórico, otra referencia en la literatura, donde la narración de historias haya sido central para sobrellevar la situación?

El texto clásico es el Decamerón. Es decir: está la peste, se van y se cuentan historias. El otro texto clásico, que está en el futuro y no es un virus, sino que es el antiintelectualismo, es Fahrenheit 451. Y el personaje emblemático que sobrevive contando historias, que se salva contando historias, es Sherezade [de Las mil y una noches]. No importa que sea un virus, que sea un rey misógino y asesino, que sean burócratas que quieran eliminar la cultura. La frase de Flaubert, que le escribe a una amiga en una carta: “Lea para vivir”, es absolutamente cierta para los lectores. Yo no sé, como decía antes, cómo hace la gente que no lee para sobrevivir. Porque sí, están las otras artes, pero ninguna como la literatura nos presta palabras. Las otras artes son extensión del oído, como la música, extensión de la vista, como la pintura o el cine... La literatura es una extensión del pensamiento y necesitamos pensar para saber que estamos sobreviviendo. Y también para darle sentido al momento que vivimos y aceptar que ese momento va a terminar.

En Italia acaba de surgir un debate porque el Gobierno ha permitido que las librerías puedan volver a abrir bajo la consigna de que el libro es también un bien esencial. En esta situación, los libreros más pequeños, que igual están golpeados de muerte, han denunciado que en realidad la medida solamente favorece a las grandes cadenas, porque son las únicas que están en condiciones de tener la infraestructura para brindar seguridad a sus clientes...

Le cuento: yo quise comprar un par de libros, ahora, de libreros de segunda mano, y me escriben que no me los pueden mandar porque no pueden salir siquiera para ir al correo. Amazon, en cambio, lo hace porque es una compañía que depende de sus esclavos y no le importa si el esclavo muere llevando el libro el cliente. Y claro, así pueden funcionar, pero tenemos que aceptar que estamos viviendo en una sociedad de esclavitud.

Mi pregunta es un poco retórica, pero igual quería conocer su reflexión. Quería saber, primero, si cree que el libro es un artículo de primera necesidad. Y después, si cree que las librerías deberían abrir.

Son dos preguntas distintas. Cuando, después de la guerra, [Charles] De Gaulle declaró que, para ciertos objetos de primera necesidad, el precio tendría que ser controlado por el Estado para que no suba y usted no pueda comprarse un litro de leche, los cuatro productos que caían bajo ese rótulo eran: el pan, la leche, (estamos en Francia) el vino y el livre de poche [“libro de bolsillo” en francés). Eso me parece de una enorme sabiduría. Ahora bien, la segunda parte de la pregunta es que, de la misma manera, los negocios ahora tienen esclavos que le traen la leche, el pan, el vino de primera necesidad, pero corren el riesgo de infectarse. Quieren que los libreros hagan lo mismo. El librero pequeño, de la misma manera que el pequeño almacenero, no puede arriesgarse a poner su canasto de frutas en la vereda. Tampoco puede llevárselo a usted. Entonces, los que se aprovechan de esta situación son las grandes empresas.

Ahora, digo esto y no conozco la respuesta a este problema moral. Si usted necesita pan y leche, y agreguemos libros para sobrevivir, y si usted no puede salir a la calle porque, como yo, tengo 72 años, tengo asma, diabetes, tuve un ataque al corazón...en fin, todo lo que no hay que tener en estos casos, ¿Tengo el derecho de arriesgar la vida de la persona que me trae esos productos y que me permite sobrevivir a mí? No lo sé...

Sobre el final de la entrevista, mientras Manguel explica con hábito docente que, eso que llamamos “literaturas del yo” o “autoficción” —la tendencia que ha dominado cierto mercado editorial en los últimos años— ya existía desde las Confesiones de San Agustín, su respuesta se interrumpe por un ruido de golpes metálicos. “Es el momento de la solidaridad con los trabajadores médicos”, dice Manguel. “A mí me parece muy lindo que se haga esto, yo salgo con mis cacerolas a la ventana”. En Nueva York son las 7 de la tarde. No hace falta mirar el reloj: lo sabemos por el ruido de las cacerolas. Del mismo modo que, en algunas escenas de ciencia ficción, sabemos que algo ha pasado en el mundo porque solo se escucha el silencio o las calles están vacías. Y ahí es donde comienza la historia.

(EL PAÍS / MÉXICO / 18-4-2020)
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