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KEVIN BACON: “NO HAY FORMA DE DESCRIBIR LA FAMA A QUIEN NO LA HAYA EXPERIMENTADO. ES UNA PESADILLA”

 

por Irene Crespo

 

Tiene un puñado de clásicos en su filmografía y podría haber sido una estrella de primera línea, pero prefirió largarse de Hollywood siendo joven y célebre. Hoy, Kevin Bacon nos habla desde su granja sobre vivir en paz y elegir solo los papeles que le motivan, como el corrupto detective de ‘City on a hill’

Sí, el beicon le gusta muy crujiente. Sí, según una teoría viralizada hace años, todo el mundo se encuentra a seis grados de separación de él como máximo. Sí, es Kevin Bacon (Filadelfia, 62 años), famoso, a su pesar, por cosas tan triviales como esas. “Famoso por ser famoso”, dice casi compungido. Lleva más de 40 años dejándose la piel en cine, televisión, teatro y música y la gente lo primero que le pregunta o le saca a relucir son estas anécdotas en vez de su trabajo en obras de primer orden a las órdenes de Clint Eastwood en Mystic River (2003) o de Oliver Stone en JFK (1991). En Temblores (1990) o en I Love Dick (2017-2018), la serie basada en la novela de Chris Kraus. Apurando, prefiere hablar hasta de Footloose (1984), aquella película sobre adolescentes que bailaban en contra de la normativa municipal y que fue su primer e indeleble éxito (eso sí, sigue pagando a los dj’s para que no pongan la canción de Kenny Loggins de la banda sonora cuando le ven aparecer).

A Kevin Bacon le precede su nombre. Y eso que se largó de Hollywood cuando Footloose todavía era uno de los diez taquillazos del año. Él quería ser “actor de personajes”, un tipo respetado. Rechazó los protagonistas huecos y se quedó con los secundarios jugosos, una estrategia que muchos llamarían suicida, pero que le ha regalado tranquilidad personal y longevidad profesional. Sigue trabajando a razón de varios títulos al año. Lleva 33 casado con la misma mujer, la también actriz Kyra Sedgwick.

Bacon se nos aparece abierto y amable. Contesta por Zoom, ante una estantería llena de VHS caseros de los noventa, desde su granja al norte del Estado de Nueva York. Se extiende en sus respuestas. Es transparente y cercano. Sigue sin conectar con el actual culto a la fama. Recuerda que quiso ser famoso una vez, y sospecha que se debió al hecho de ser el menor de seis hermanos. “No solo era el más joven, sino que había una gran distancia entre ellos y yo”, rememora. “Mis padres tuvieron cinco hijos muy seguidos, pasaron ocho años y de repente aparecí yo. No sé qué fue antes, si el huevo o la gallina… pero antes de saber qué era ser actor, recuerdo que quería que me vieran, que me prestaran atención, quería actuar. No te metes en el trabajo de la interpretación si no es para que la gente vea lo que haces”.

Se marchó a Nueva York con 17 años en busca de lo que hoy detesta, ser una estrella. “La gente se sorprende cuando lo admito, pero es así: me llamaba la fama. Y el dinero, y las mujeres. Quería mis portadas de revistas, soñaba con ver mi nombre en carteles gigantes”, prosigue. Empezó a estudiar interpretación y eso lo cambió todo. “Lógicamente, aún quería seguir siendo famoso, eso no lo escondo, pero me enganché a la interpretación desde un punto de vista creativo. De repente, mi sueño se transformó en ser buen actor, simplemente. Me di cuenta de que ni yo era muy bueno ni la fama era fácil, así que iba a tener que trabajar a destajo para lograrlo. El éxito pasó a ser algo secundario”.

Tenía la cabeza llena de mitos y referentes: Meryl Streep, Jack Nicholson, Dustin Hoffman, Martin Scorsese, Sidney Lumet, Brian de Palma… “Quería ser un actor de Nueva York, no de los que vivían en Los Ángeles. Era algo que se decidía entonces: quedarte en Nueva York para hacer teatro además de cine”. Pero llegó la llamada de Hollywood y con ella, Footloose: cine juvenil ochentero con espíritu rebelde, coreografías espectaculares, estribillos pegadizos, un héroe musculado y sensible de clase trabajadora y rural. Bacon era, de pronto, la estrella que la década parecía pedir.

“No me gustó nada. No hay forma de describir la fama, ni toda esa atención, a alguien que no lo haya experimentado. No es solo el hecho de que todo el mundo te conozca, es algo distinto. Una pesadilla”, recuerda. Su solución fue darle la espalda a todo. “No sé, me rebelé contra aquello, quizá no estaba preparado aún, aunque ya tenía 24 años. Creo que en parte era por los nombres que me inspiraban, aquellos iconos de los setenta. Footloose era una peli pop de los ochenta, no era cine de Oscar, sino lo más frívolo entre lo frívolo. También había algo de ingenuidad por mi parte en todo esto, porque si participas en algo que acaba formando parte del zeitgeist, de la cultura popular, más vale aceptarlo. Siempre puedes colgarte la medallita más adelante. No me arrepiento de haberlo rechazado todo… Es parte del proceso, de todo se aprende”.

 

¿Fue valor o ignorancia? 

 

Ser valiente e ignorante van de la mano, ¿no? También he tomado muy malas decisiones. Pero todo ha acabado bien y prefiero mirar hacia delante.

 

Lleva décadas mirando Hollywood desde fuera. ¿La era Me Too lo ha convertido en un lugar mejor? 

 

Ha cambiado muchísimo. Y mira que llevo años oyendo esa frase, eso de “el negocio ha cambiado”. Empecé en 1977, cuando todavía quedaba gente que había trabajado en los cuarenta y los cincuenta, y lo decía sobre el VHS o el DVD. Ahora soy yo el abuelo cebolleta que dice que el negocio ha cambiado. Gracias al Me Too, es un lugar mejor. Se prioriza la seguridad: un rodaje no debería ser una experiencia traumática o dolorosa. Basta con poner un pie en un plató. En City on a Hill [la serie que emite Movistar +] hacemos una escena romántica y, aunque no haya desnudos, tenemos un coach de intimidad. Luego las redes sociales tienen su parte buena y su parte mala. Es ridículo que alguien consiga un papel por su número de seguidores, pero si lo consigue así y acaba siendo bueno, genial. Cada uno tiene su forma de llegar. Y lo bueno es que la digitalización permite que cualquier joven con ganas pueda escribir y dirigir un corto, una película...

 

A su hija Sosie le va bien como actriz, últimamente gracias a la serie Mare of EasttownPero ustedes no querían que se dedicara a esto. 

 

Nunca se lo dijimos literalmente, pero había una buena razón: aunque tanto mi mujer y yo tenemos éxito en esa profesión, sabemos que ser actor implica una competitividad increíble, que por cada papel que consigues te han dicho que no cien veces. Y luego que, sobre todo como mujer joven, vas a ser juzgada de una manera terrible, tanto física como verbalmente. Queríamos protegerla de todo eso. Pero nunca se lo dijimos. Cuando anunció que quería ser actriz, la apoyamos como nuestros padres nos habían apoyado a nosotros.

 

Bacon se ha beneficiado de la digitalización de la industria. Le llegan guiones de proyectos pequeños, o llamadas de nuevos directores que se acuerdan de él para secundarios claves. “Si miras mi filmografía, es lo que más hay en los últimos años, y no por casualidad”, asegura. “Quiero apoyar ese tipo de cine y me ofrecen oportunidades más diversas. También significa que no tengo que estar esperando a que suene el teléfono por un proyecto de 50 o 100 millones de dólares para que me den un papelillo de villano”.

La explosión de las plataformas digitales también le ha abierto las puertas al mundo televisivo. Al principio lo miraba con recelo. Le parecía “un cementerio”. Vio triunfar a su mujer en la serie The Closer (2005-2012). Se atrevió con I Love Dick The Following (2013-2015). Y ahora ha sumado City on a Hill, un thriller policíaco que acaba de confirmar una tercera temporada. Él interpreta a Jackie Rohr, un detective de Boston de muy vieja escuela: corrupto, racista, abusón y víctima de adicciones. Alguien bastante oscuro. ¿Incluso para Kevin Bacon? “Hay actores que no quieren que se les vea de cierta manera en pantalla. A mí no me asusta, tengo muy claro qué es el personaje que interpreto y quién soy yo. De hecho, nunca he interpretado a nadie que se me pareciera mucho. Me atraen los personajes totalmente opuestos a mi forma de ser. Porque eso es lo que siempre he pensado sobre el significado de actuar: ser un farsante profesional”.

El actor, además, ha encontrado otra salida para su creatividad: Instagram y TikTok, los cuales le han regalado otro –el enésimo– minuto de fama. En estas plataformas promociona su trabajo como actor o como músico: en octubre, por ejemplo, sacó nuevo disco con el grupo que tiene con su hermano, The Bacon Brothers. También las aprovecha para compartir recetas, grabarse cantándole a sus cabras o gastarle bromas a su hija. “Entré a regañadientes porque lo necesitaba para nuestra ONG, Six Degrees [Seis grados, ¿lo pillan?], y alguien me dijo que si no lo iba a hacer bien, mejor lo dejara”, explica. “Soy creativo, si estoy sin trabajo no me siento en el sofá a leer. Para ser sincero, no me gusta leer”.

También es una forma de vencer la crisis de mediana edad. Esa que, por cierto, comparte con el diabólico Jackie Rohr. Él se la toma de otra manera. “Cuando llegas a los 50 o a los 60, te entra miedo de perder el poder que tienes y te planteas qué formas hay de seguir siendo relevante. Hay gente que decide no luchar por ello y pasa el tiempo jugando al golf o cuidando un jardín o en lo que sea que empleen su jubilación. Jackie no es ese tipo de tío y, como actor, me identifico completamente. Yo quiero seguir y seguir. Sin trabajo me cansaría y me deprimiría”.

Dice que su mejor película todavía está por llegar. Pero es capaz de señalar algunas favoritas, como Diner (1982), JFK (“fue de las que más cambiaron mi carrera”), Mystic River, Homicidio en primer grado (1995), Apolo 13 (1995), Temblores… “Espero que en los casi cien títulos que he hecho, al menos haya diez buenos”.

 

¿Ha tenido una buena vida? 

 

Me siento tremendamente agradecido. En un momento de tu vida, llegas a una bifurcación: gratitud o amargura. Yo he elegido ser agradecido.

 

¿No tiene momentos de amargura? 

 

Sí, claro. Cada día, cada día. Por qué no conseguí aquel papel... Las comparaciones son odiosas. Es muy fácil caer en la envidia, desde luego en mi trabajo ocurre, quizá en otros también pero aquí, la envidia… No pasa nada, somos humanos.


(EL PAÍS España / 3-7-2021)

FRANCESCO TONUCCI: “IMPEDIR A LAS NIÑAS Y LOS NIÑOS EL JUEGO ES IMPEDIRLES LA EXPERIENCIA MÁS IMPORTANTE DE LA VIDA”

 

 

por Matías Loja

 

El juego va desapareciendo de la experiencia de la vida de nuestros hijos y nietos”. La frase entraña preocupación en la voz cálida y pausada de Francesco Tonucci, un referente a la hora de pensar acerca de las infancias. Porque si hay algo que este educador y dibujante italiano ha dado testimonio a lo largo de su vida es precisamente cómo pensar y diseñar estrategias de escucha y participación para las niños y los niñas. Que las ciudades no solo los tengan en cuenta sino que estén pensadas para sus necesidades. Más inclusivas y menos adultocéntricas. A un océano de distancia, Tonucci habla por Zoom con La Capital desde su hogar en un pueblito de pocos habitantes de la Toscana. La pandemia lo encuentra muy activo dando charlas, conferencias y entrevistas a través de esta herramienta digital. La escuela, la pandemia y las infancias son los temas que más ocupan su agenda. Afirma que cercenar el derecho al juego a niñas y niñas “es impedirles la experiencia más importante de la vida”, y que la desaparición de los chicos del espacio público “denuncia un ambiente urbano contaminado y enfermo”.

Este año Tonucci además está de festejos, ya que se cumplieron 30 años del nacimiento del proyecto La Ciudad de los Niños, que arrancó en su Fano natal. Como si fuese ayer recuerda ese 27 de mayo de 1991, cuando esta ciudad de la costa del mar Adriático aprobó la iniciativa, el mismo día que el Parlamento italiano ratificó la Convención sobre los Derechos del Niño.

Pero la propuesta luego se extendió a otras latitudes y Rosario supo cobijar el proyecto y ponerlo en práctica desde hace 25 años. Los nombres de Miguel Lifschitz, Hermes Binner, Elida Rasino y Chiqui González aparecen entre sus recuerdos de una Rosario a la que visitaba con frecuencia antes de la pandemia. Tonucci destaca que cuando Hermes Binner, a quien recuerda como un amigo, llegó a la intendencia asumió el proyecto “con un compromiso muy alto, como referencia de la política de la ciudad”. Tiempo después la propuesta fue llevada a nivel provincial y se creó una red de ciudades santafesinas y Rosario —apunta el maestro italiano— “asumió el papel de laboratorio latinoamericano, entendiendo que podía coordinar a las ciudades interesadas en el proyecto”. “Nuestra sociedad —afirma— necesita una nueva sensibilidad hacia la infancia”.

 

Si tuviese que sintetizar qué es hoy La Ciudad de los Niños, ¿qué podría decir?

 

Yo he hecho una propuesta que me parecía de sentido común, pidiendo que las ciudades tuvieran en cuenta las necesidades de todos, hasta los últimos, los más pequeños. El tema es que hoy en día esta propuesta sigue siendo de elite. No porque sea para pocos, pero es muy comprometida. Los que entienden lo que compromete tienen prudencia, temor o miedo para adherirse, porque hacerlo es ponerse en muchos problemas, tareas y contradicciones. Es un proyecto que pide a los adultos mirarse en el espejo de la infancia y reconocer que estamos equivocados. En el momento que reconocemos que estamos equivocados podemos no interesarnos o intentar un cambio. Que en este caso significa adecuar la ciudad a las necesidades de los niños, de las niñas y de todos los ciudadanos, sin perder a nadie. El proyecto nace con un reconocimiento de crisis, la crisis de la ciudad. Después de la guerra la ciudad se ha reconstruido a medida de un ciudadano particular: el varón adulto y trabajador.

 

Usted suele marcar la importancia del derecho al juego, pero en sociedades desiguales hay infancias que tienen cercenado ese derecho, por violencia social, familiar o porque están excluidos. ¿Es un desafío pensar una ciudad de los niños para ellos?

 

Hay una crisis general de la ciudad. La escuela es un lugar de crisis, porque niñas y niños se aburren en la escuela. O se enferman de escuela. Significa que viven mal esta experiencia que debería ser relajada, interesante y hasta entusiasmante. Viven mal el hospital, donde tienen que pasar mucho tiempo quienes tienen enfermedades graves. En todos estos casos pedimos que los niños participen, porque la estrategia del proyecto es la participación, que se puede manifestar de varias maneras, como el Consejo de los Niños. El artículo 12 de la Convención dice que los niños tienen derecho a expresar su opinión cuando se toman decisiones que los afectan. Otra manera para participar es su presencia física en el espacio público de la ciudad. Los niños son sensibles indicadores ambientales. Las golondrinas o las luciérnagas cuando el ambiente está contaminado no vuelven y no aparecen. Bueno, la desaparición de los niños del espacio público de la ciudad se puede considerar como una denuncia de un ambiente urbano contaminado y enfermo. Esto tiene mucho que ver con el juego. Hoy es un momento especial de crisis la imposibilidad para los niños de jugar. Lo digo dándome cuenta de lo grave de lo que estoy diciendo. Impedir a niñas y niños el juego significa impedirles la experiencia más importante de la vida. Einstein decía que el juego es la forma más alta de investigación científica y yo no tengo dudas de que es así. ¿Por qué digo que el juego va desapareciendo de la experiencia de la vida de nuestros hijos y nietos? Porque el juego necesita autonomía. El artículo 31 de la Convención dice que los niños tienen derecho al descanso, al tiempo libre y al juego. Como que el juego puede ocurrir solo dentro del tiempo libre. Hoy en día el tiempo libre de nuestros hijos va desapareciendo: por la escuela formal, que esta ampliando más sus horarios; por una parte vergonzosa desde mi punto de vista que son las tareas; y por actividades que las familias proponen a sus hijos para “no perder tiempo”. Es interesante enfrentar el miedo de perder tiempo con el derecho al tiempo libre, que es tiempo del cual se hacen cargo los niños directamente. Libres de compromisos, de deberes, de escuela y de un control directo de adultos. El juego no soporta el acompañar, el vigilar y el controlar. Es una experiencia de libertad.

 

Pero muchas veces se plantea lo contrario: llenar de actividades a los chicos para que no se aburran.

 

Bueno, dicen “que no se aburran y que no pierdan tiempo, porque hay que aprovecharlo”. Cuando era pequeño tenía tiempo libre. No porque mis padres fuesen más preparados y formados que los de hoy. Al contrario, era por ignorancia. Ellos pensaban que una vez que se había hecho lo necesario —la escuela, después comer y las tareas— venía el tiempo libre. No solo podíamos sino que debíamos salir, porque las casas no permitían permanecer adentro molestando a nuestra madre que tenía que hacer un montón de cosas. Entonces estábamos afuera con normas y horarios pero libres, haciéndonos cargo de estas reglas y pagando el costo si no se respetaban. Era una experiencia profunda en la que teníamos que hacernos cargo hasta de la transgresión, del peligro y el riesgo. Todo eso entraba en el mundo lúdico de los niños. Gracias a esta ignorancia de nuestros padres, inconscientemente pudimos aprovechar de esta gran experiencia. Hoy no podemos repetirlo por ignorancia, pero tenemos que conseguir que los padres lo entiendan por conciencia, por formación.

 

Durante la pandemia publicó el libro “¿Puede un virus cambiar la escuela?”. Le traslado esa pregunta: ¿cuál es la respuesta?

 

La respuesta es no. No creo que sea justo esperar un virus para cambiar la escuela. Si fuera así sería forzoso. Lo que es verdad es que quien quiere, quien lo desea, en este momento puede cambiar. Las condiciones ambientales son favorables al cambio. Aquí también nos ayuda Einstein cuando dice que las crisis pueden ser bendiciones para personas y países porque llevan a cambios, especialmente de lo que no funcionaba antes. Por todo lo que funcionaba muy bien está el deseo de volver a lo de antes, y hay otros que dicen “aprovechemos para cambiar, porque no funcionaba”. El virus ha sido una lupa que ha puesto en evidencia las lagunas de muchas cosas, y especialmente de la escuela. Antes hablaba del derecho al juego y no se ha tomado en ningún sentido. A lo largo de la pandemia nuestros gobiernos lo excluyeron, como si no fuese importante. Y de todos los derechos de los niños previstos en la Convención se salvó solo la escuela. Pero la que no funcionaba antes, la de las clases y las tareas. Esta es la que se conservó a través de la tecnología. Se utilizaron medios extraordinarios para hacer una cosa que de extraordinario no tiene nada. He tenido la suerte de conocer buenos maestros o simplemente conocerlos a través de sus obras, como Freinet, don Milani y Mario Lodi. No he tenido información que estos grandes maestros dieran clases o que dictaran tareas. Nunca. Con lo cual lo que había era una escuela ya condenada y que se conservó de forma virtual.

 

Es un debate que va más allá de la discusión entre virtualidad o mayor presencialidad.

 

Es que la virtualidad se podía utilizar de otra manera. Cuando todo comenzó en marzo del año pasado lancé una invitación a los intendentes de nuestras ciudades para que se convocaran los Consejos de Niñas y Niños de forma virtual. Utilizamos las mismas plataformas que utilizó la escuela para dictar clases y tareas, para escuchar a los niños. Hay una diferencia profunda. Pudieron expresar lo que estaban viviendo, cómo lo estaban viviendo y sufriendo. Avanzaron en propuestas a sus alcaldes y en la Argentina hasta a sus ministros. Argentina ha tenido un respeto a estas propuestas que hemos hecho a lo largo de la pandemia. Esto creo que ha sido muy importante, porque los niños estaban muy contentos de estas actividades. Rechazaron totalmente la propuesta escolar, denunciando que la escuela no les gustaba porque faltaba lo que más les interesaba, que era el contacto con sus compañeros y docentes, pero les gustó mucho encontrarse en estos consejos donde podían hablar entre ellos, participar, expresar opiniones y discutir. No puedo imaginar por qué la escuela ha seguido con su programa y sus tareas. No tenía ningún sentido en un momento como este. Por eso digo que la escuela, en el tiempo del virus, ha cambiado solo cuando ya había cambiado antes. Los buenos maestros siguieron haciendo una buena escuela, no hay dudas. Pero los que estaban acostumbrados a seguir un programa, un libro de texto y a usar cuadernos a rayas y cuadritos siguieron haciendo lo mismo. Un virus no cambiará a la escuela, así como no la cambiarán las buenas leyes. No se cambia a la escuela por intervenciones externas, la escuela se cambia si conseguimos tener buenos maestros. Si me garantizan buenos maestros yo no pido más, ni libros de textos, ni instrumentos especiales ni tecnologías, porque un buen maestro busca todo lo que necesita para hacer una buena escuela. Los buenos maestros siempre han utilizado todas las tecnologías disponibles, que no eran las informáticas de hoy. Freinet hace un siglo utilizaba la imprenta en la escuela primaria. Mario Lodi en su clase tenía todos los elementos tecnológicos, teatro de títeres e instrumentos musicales.

 

¿Cuáles son las claves de ese buen maestro?

 

Si la ley dice que la escuela es el lugar donde cada uno desarrolla su personalidad y sus aptitudes, significa que su objetivo no es que todos aprendan lo que prevén los programas, porque en este caso sería una escuela en la cual los niños y las niñas reciben desde afuera lo que tienen que aprender y demostrar que aprendieron contestando al maestro a través de las tareas. Pero la ley no dice esto. Dice que la escuela es un lugar donde se exprime y se saca de adentro hacia afuera. Con lo cual el buen maestro no es uno que explica bien. Me gustaría decir que es uno que no explica nada, porque su papel es desarrollar, sacar, favorecer. Que cada una de las alumnas y los alumnos descubra cuál es su actitud específica. Ayudarlos a reconocer que nació para ser un investigador, un bailarín, un mecánico, un matemático, un poeta o un pintor. Gabriel García Márquez decía que cada uno de nosotros tiene un juguete preferido escondido dentro. A mí me gusta decir que cada uno de nosotros tiene una excelencia y hay que ayudar a descubrirla. Y después ofrecer —y este es el papel de la escuela y del buen maestro— los instrumentos adecuados para desarrollarla hasta el máximo de sus posibilidades. Esto dice la ley, por lo cual la escuela es el lugar de la excelencia, en el cual cada uno debe ser el mejor. Es evidente que no podemos esperar que lo sean todos en lengua o matemática. Sería absurdo e inútil, porque la sociedad no lo necesita. A menos que se acepte, y este es el tema más dramático, que la escuela no tiene nada que ver con la vida. Lamentablemente las investigaciones que tenemos demuestran que no hay ninguna relación entre el éxito escolar y en la vida. Los que han sido muy buenos alumnos no significa que sean ni buenos ciudadanos ni profesionales. Pero dejo a otros evaluar las consecuencias.

 

En la Argentina hubo un intenso debate sobre la presencialidad en las escuelas. ¿Pasó lo mismo en Italia?

 

Claro, el tema es que hay muchas dudas sobre este debate. Hoy en día la escuela asumió dos papeles que no son los suyos. Uno es de guardería, el lugar donde se pueden dejar los hijos mientras los padres trabajan. Por lo cual si cerramos la escuela los padres, y lamentablemente sobre todo las madres, no pueden trabajar, porque tienen que hacerse cargo de la custodia de los hijos. La segunda deformación es que los niños han perdido la calle, la ciudad, el espacio público, porque han perdido el juego. La escuela está asumiendo también el papel de ser el lugar de socialización de los niños. Es evidente que es un lugar social, pero no debería ser su aspecto dominante. Con lo cual la escuela, en lo que es específico suyo que es la enseñanza, ha demostrado que no funciona, que no es suficiente y que es rechazada. Esto es interesante, porque como decía antes, no debería ser la enseñanza su objetivo, pero tampoco debería ser el único lugar de socialización. Cuando era pequeño había tres lugares fundamentales: la familia, la escuela y la calle, entendiendo por la calle el espacio público fuera de casa y de la escuela. Mis amigos no eran los compañeros de escuela, eran los del juego, los de la calle. Sobre esto es difícil pensar una solución. Se debería volver a la experiencia del juego y con esto se baja la presión sobre la escuela, y ésta más libremente dedicarse a lo suyo.

 

A 30 años del inicio del proyecto de La Ciudad de los Niños, ¿le queda algún sueño por cumplir con las infancias?

 

Seguir. Creo que es un proceso complejo. Cada vez que me encuentro con un intendente que quiere conocer el proyecto lo primero que le digo es que lo piense bien antes de adherirse, porque si lo hace tiene que asumir un compromiso muy fuerte. Nuestra sociedad necesita una nueva sensibilidad hacia la infancia, que es una manera para desarrollar una sensibilidad hacia todos. Cuando los niños hacen propuestas de intervenciones urbanísticas se hacen cargo de todos, de sus hermanitos más pequeños, de sus hermanos mayores, de sus padres, de sus abuelos, de los perros, de las plantas. La ciudad que los niños piensan es muy compleja y completa. Al contrario, la ciudad que hemos pensado los adultos ha llegado a ser solo para nosotros. Pero si es así, tampoco es para nosotros, porque si viven mal nuestros padres, hijos, mujeres y perros es difícil que podamos ser felices. Hemos pensado una ciudad exclusivamente para nuestras necesidades y al final la hemos hecho más adecuada para nuestros carros que para nuestros hijos. Y esto es muy dramático.


(LA CAPITAL / 14-8-2021)

NELLIE BLY, LA INTRÉPIDA REPORTERA DECIMONÓNICA QUE DIO LA VUELTA AL MUNDO EN 72 DÍAS

 

 por Jorge Álvarez

 

«Un buen inglés no bromea nunca cuando se trata de algo tan serio como una apuesta -respondió Phileas Fogg-. Apuesto veinte mil libras contra quien quiera a que daré la vuelta al mundo en ochenta días o menos, es decir, en mil novecientas veinte horas o en ciento quince mil doscientos minutos. ¿Aceptan ustedes?»

 

El osado y soberbio envite que describe Julio Verne en su libro La vuelta al mundo en ochenta días, publicado por entregas en 1872, inspiró a una joven reportera estadounidense para intentar batir esa marca ficticia diecisiete años más tarde, provocando en sus coetáneos una rara mezcla de burla y admiración que ella misma fomentó hasta que desembarcó triunfante en el muelle de Manhattan setenta y dos días después de iniciar su aventura; o, para ser exactos a la manera de Fogg, setenta y dos días, once minutos y siete segundos.

 

Se llamaba Elizabeth Jane Cochran, aunque la fama le llegó bajo el pseudónimo de Nellie Bly, a veces con el apodo añadido de Pink por su afición a usar vestidos de color rosa. Nellie no sólo fue una pionera en viajar por el mundo sin compañía masculina en una época en la que eso resultaba poco menos que impensable, sino que también está reconocida como la primera mujer dedicada al periodismo de investigación y precursora de la infiltración encubierta para acceder a la información mucho antes de que el célebre Jack London lo pusiera en práctica.

 

Nació en 1864 en un lugar llamado Cochran’s Mills, que hoy en día es un suburbio de Pittsburgh (Pensilvania). Sus padres -él era un inmigrante irlandés que trabajaba en un molino- la enviaron a un internado para proporcionarle la mejor educación que pudieran, pero los limitados medios económicos de que disponían les obligaron a sacarla poco después. En 1880 se trasladaron a la ciudad, donde la joven dio una inesperada campanada apenas cumplidos los dieciocho años enviando una carta al Pittsburgh Dispatch, el periódico local, respondiendo indignada a un artículo de corte misógino titulado What girls are good for (Para qué son buenas las chicas).

 

Lo firmaba como Lonely orphan girl (Huérfana solitaria) porque su padre había fallecido y su madre se había casado con otro hombre al que ella detestaba. El caso es que el texto fue lo suficientemente bueno como para impresionar al editor del diario y hacer que éste publicase un anuncio solicitando contactar con la autora. Así fue el inicio de la carrera periodística de Elizabeth, a la que se contrató para escribir con el mismo alias, aunque tras el éxito del primer artículo, The girl puzzle, se lo cambiaron por el de Nellie Bly, personaje de una canción popular de la época.

 

Nellie Bly, pues, empezó su carrera periodística y se especializó en temas sociales, describiendo las duras condiciones de trabajo de los obreros en las fábricas, reseñando también su vida familiar y analizando la legislación laboral. El sueño duró poco; fuera por esa temática -se dice que los empresarios, molestos, retiraron su publicidad del Pittsburgh Dispatch– o simplemente por su sexo, no tardó en ser relegada a secciones consideradas femeninas: cocina, moda, jardinería… Decepcionada, presentó la dimisión y se marchó a México, donde trabajó como corresponsal freelance enviando reportajes sobre la realidad social del país (más tarde se editaría una recopilación bajo el título Six months in Mexico, es decir, Seis meses en México).

 

El gobierno de Porfirio Díaz, irritado por sus denuncias sobre sus modos dictatoriales, la obligó a irse amenazando si no con detenerla. Tenía entonces veintiún años y como no contemplaba retornar al periódico optó por cambiar de ciudad, consiguiendo una entrevista en el New York World, el diario del famoso magnate de la prensa Joseph Pulitzer. La aceptaron, encargándole como primer trabajo una investigación sobre el Women’s Lunatic Asylum de Blackwell’s Island, un manicomio para mujeres. Para hacerlo fingió padecer una esquizofrenia paranoide y amnesia ante los demás huéspedes de una pensión donde se había alojado ad hoc. La policía la llevó ante el juez que, haciendo caso del dictamen de varios doctores -que se lucieron-, la declaró loca y ordenó su ingreso en la institución que ella planeaba analizar.

 

El sitio resultó ser un catálogo de horrores, con comida inmunda, agua helada en los baños, falta absoluta de limpieza y unas condiciones en general deplorables para los pacientes: los peligrosos pasaban el día atados, el resto eran prácticamente ignorados y sólo se les prestaba atención cuando cuando protestaban pero para recibir castigos físicos por ello. Así, después de diez días entre ratas y ausencia de tratamiento médico, Nellie salió libre por mediación del periódico y escribió una crónica espeluznante de primera mano –Ten days in a mad-house (Diez días en un manicomio) que recibió el aplauso unánime y la lanzó a la fama; incluso se solicitó su consejo para introducir cambios en el lugar.

 

Todo estaba dispuesto para el momento de su gran aventura, la vuelta al mundo. Fue en 1888, cuando el New York World buscaba un reportero que emulase a Phileas Fogg y ella se presentó voluntaria, dispuesta a hacerlo tan bien como cualquier hombre o mejor. Sorprendentemente, se aceptó su candidatura y el viaje empezó a las 9:40 del 14 de noviembre del año siguiente, embarcando en el vapor Augusta Victoria. Lo más anecdótico de este episodio estaba en que la revista Cosmopolitan (sí, la misma que aún se puede comprar en los kioskos) había organizado su propia vuelta al mundo y también con una mujer como protagonista, Elizabeth Bisland, otra periodista que acabaría siendo editora de la publicación.

Ambas partieron el mismo día, pero pese a las similitudes -eran jóvenes de la misma profesión intentando salir adelante en un sector eminentemente masculino- también había diferencias: Bisland hizo otro itinerario y además su estilo era más literario que el de Bly. En cualquier caso, volviendo a ésta, pasó por Inglaterra, Francia (donde tuvo ocasión de conocer personalmente a Julio Verne), Italia, Egipto, Ceilán, Malasia, Singapur, Hong Kong y Japón; desde allí regresó a EEUU en una ruta muy parecida a la de la novela. Mientras, enviaba cortos despachos por telégrafo o algunos más extensos por correo para informar a los ávidos lectores; al fin y al cabo el diario había montado un concurso entre ellos con premios para quien acertase la fecha y hora de llegada a cada destino.

Bly realizó el periplo con doscientas libras esterlinas, algunos dólares y algo de oro, así como con un equipaje mínimo («En la mía [bolsa] logré que cupieran dos gorras de viaje, tres velos, un par de zapatillas, un neceser completo, un tintero, portaplumas, lápices, papel, alfileres, agujas e hilo, un salto de cama, una chaqueta de tenis, una polaca y un vasito, ropa interior, una buena provisión de pañuelos y cintas y el objeto más voluminoso pero más imprescindible de todos: un tarro de cold cream») y aprovechando los tiempos muertos para hacer visitas que alguna vez le causaron demora.


No tanto, sin embargo, como el que experimentó su rival -de la que no tuvo noticia hasta llegar a Hong Kong- cuando perdió una conexión y cogió un barco muy lento, no se sabe si engañada deliberadamente, permitiendo que Nellie cobrara ventaja. El caso es que el New York World le puso a ésta un tren ex profeso para que recuperase los dos días de retraso que llevaba por una tormenta en el Pacífico, atravesando el país desde San Francisco hasta Nueva Jersey, a donde llegó a las 3:51 del 25 de enero de 1890 en medio de grandes fastos y habiendo recorrido un total de cuatro mil setenta y un kilómetros.

 

Bisland arribó al puerto neoyorquino dos días más tarde, perdiendo la carrera pero mejorando igualmente el registro de Phileas Fogg; lo contó en un libro titulado In seven stages. A flying trip around the world (En siete etapas. Un viaje volando alrededor del mundo), mientras que Nellie publicó su propia aventura en La Vuelta al Mundo en 72 días. No obstante, las dos fueron superadas a los pocos meses por George Francis Train, del que se decía que su circunnavegación global de 1872 era la que había dado la idea a Julio Verne para su novela. Train dio la vuelta al mundo en sesenta y siete días, y dos años después rebajaría el tiempo a sesenta jornadas.

Nellie Bly se retiró temporalmente del periodismo en 1895, tras casarse con un millonario cuarenta y dos años mayor que ella. En 1904, al quedarse viuda, no se limitó a vivir de las rentas y emprendió una serie de reformas en su fábrica de chapa para mejorar las condiciones laborales de los empleados (subida de salarios, adecuaciones sanitarias, horarios más racionales, equipamientos sociales…) que la llevaron a la quiebra. Para escapar a los acreedores tuvo que irse a Inglaterra, donde la sorprenderían la eclosión del sufragismo femenino y el estallido de la Primera Guerra Mundial, oportunidades que no desaprovechó retomando su antigua profesión periodística y volviendo a abrir camino al convertirse en una de las primeras mujeres corresponsales desde el frente.

En 1919, finalizada ya la contienda, regresó a Nueva York para seguir escribiendo, esta vez en el Evening Journal y centrándose de nuevo en un tema social: los niños abandonados. Una neumonía acabó con su vida el 27 de enero de 1922; la misma enfermedad que mataría a Elizabeth Bisland siete años más tarde. Esa ironía se redondea con otra: ambas están enterradas en el mismo cementerio, el Woodlawd del Bronx.


Fuentes

La vuelta al mundo en ochenta días (Julio Verne)/Ochenta días. La gran carrera de Elizabeth Bisland y Nelly Bly, la vuelta al mundo que hizo historia (Matthew Goodman)/The race around the world. How Nellie Bly chased an impossible dream (Nancy Castaldo)/Front-page girls. Women journalists in american culture and fiction, 1880-1930 (Jean Marie Lutes)/Wikipedia


 (LBV / 10-8-2017)

“LA CULPA ES DE LOS TLAXCALTECAS” DE ELENA GARRO O EL RENACIMIENTO DE LA EPOPEYA AZTECA

 

por Patricia Rosas Lopátegui

 

En “La culpa es de los tlaxcaltecas” (La semana de colores, 1964), Elena Garro no sólo abordó el tema de la caída del imperio azteca, sino que renovó la cuentística en lengua española mediante el manejo del tiempo, la construcción narrativa anticonvencional y el rescate de la mitología prehispánica.

 

Nadie ha descrito el desgarramiento de la caída de la gran Tenochtitlan como lo hizo Elena Garro en el siglo XX; un texto solamente equiparable a los relatos de los mismos sobrevivientes. Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (1568) y Miguel León-Portilla, compilador de la Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la conquista (1959), registraron ese choque brutal entre dos imperios, dos cosmovisiones similares en algunos aspectos y en otros tan distintos.

 

En “La culpa es de los tlaxcaltecas” (La semana de colores, 1964), Elena Garro no sólo abordó el tema de la caída del imperio azteca, sino que renovó la cuentística en lengua española mediante el manejo del tiempo, la construcción narrativa anticonvencional y el rescate de la mitología prehispánica.

 

La autora conocía la obra de Bernal Díaz del Castillo, el soldado de Hernán Cortés, y seguramente leyó las narraciones de los subyugados, recogidas por Miguel León Portilla a finales de los años 50. Quizá la combinación de ambas y, sobre todo, la lectura de las segundas, hayan sido un punto revelador en la escritura de su relato. Esto solamente es una conjetura.

 

Elena Garro es por antonomasia una escritora original, polifacética, contestataria, conciencia de su tiempo y analista implacable de la historia. Por algo nació en Puebla, el 11 de diciembre de 1916, en plena lucha armada, cuando los líderes revolucionarios traicionaban sucesivamente los ideales del pueblo.

 

A ella podemos acercarnos y celebrar su pluma irreverente desde diferentes ángulos: ya sea por la revolución que produjo con sus innovaciones en el teatro (Un hogar sólido,1958); en la novela (Los recuerdos del porvenir, 1963); o en el cuento (“La culpa es de los tlaxcaltecas”). O bien a través de su periodismo antioficialista (material que compilé en El asesinato de Elena Garro, 2005 y 2014); sus guiones cinematográficos contrarios a los esquemas conservadores (Las puertas del Paraíso, 1971); como memorialista insólita (Memorias de España 1937,1992), o también como poeta subversiva (Cristales de tiempo. Poemas inéditos, 2016 y 2018).

 

En los 13 relatos reunidos en La semana de colores encontramos —además de la yuxtaposición y fusión de múltiples tiempos, de la proliferación de imágenes y metáforas sorprendentes, del lenguaje que sabe expresar las concepciones de los hombres que viven en el campo—, encontramos, ante todo, la memoria de la infancia: el mundo legendario y mítico de los indígenas.

 

Elena Garro comentó en una entrevista que le hizo Joseph Sommers en 1965, y que Beth Miller y Alfonso González recogieron en su libro 26 autoras del México actual (1978), que su infancia transcurrió en Iguala, en el estado de Guerrero. Mientras recibía la instrucción primaria directamente de su padre y asimiló a los clásicos griegos, latinos, alemanes, ingleses y españoles, su memoria se nutrió de las realidades fantásticas de la concepción prehispánica. De allí que, en la mayoría de sus cuentos, los elementos racionales aparezcan diluidos ante la irrupción de lo maravilloso, de las hechicerías y de las supersticiones. Esa mentalidad alucinante disuelve lo racional y científico de lo que pudiera ser aquí la civilización occidental: en lugar del análisis, lo mágico; de la síntesis, el desbordamiento de la imaginación para encontrar soluciones al problema del tiempo, de la muerte y el temor a lo desconocido.

 

Así, mediante un lenguaje pletórico de metáforas, adjetivos e imágenes, la polígrafa vivifica las intuiciones y las realidades sociales de los pueblos originarios; por eso sus preocupaciones temporales, traducidas en el fluir del tiempo lineal, en el de la memoria y en el tiempo mítico se desbordan en catarsis a través de las narraciones.

 

En “La culpa es de los Tlaxcaltecas” Elena Garro rompe cronologías para instaurar atemporalidades. Laura es la dama azteca que no puede soportar la caída de Tenochtitlan, la muerte de sus padres y hermanos, y huye y se transporta al México actual. Su cobardía es traición a la raza y a la historia. Sin embargo, en ella persiste la magnitud de su deslealtad y la conciencia del pasado: “—Yo me enamoré de Pablo en una carretera, durante un minuto en el cual me recordó a alguien conocido, a quien yo no recordaba. Después, a veces, recuperaba aquel instante en el que parecía que iba a convertirse en ese otro al cual se parecía. Pero no era verdad”.1

 

El relato se inicia con la espera de Laura en la cocina de su casa, en el México presente. Ahí retoma con Nachita, la cocinera, sus encuentros con su primo marido. Recuerda la guerra, la derrota inevitable y los celos atroces de Pablo, en espera de que acabe el tiempo, de que llegue el instante verdadero en el que junto con su esposo indio, se convertirán en uno solo.

 

El tiempo es el de la memoria, sin presente, pasado ni futuro, como la carretera en la que Laura se enamoró de Pablo Aldama y en la que el tiempo se dio la vuelta completa para transformarse en el tiempo mítico; en el tiempo infinito del amor que rebasa conciencias y traiciones, para develarnos el tiempo del destino. Como si se diera una venganza histórica más que humana al presente. El tiempo y el amor son uno solo, dice Laura, y en este trastocamiento temporal, en esta fusión de realidad y fantasía, se entrega la metáfora del amor. Relato, pues, de índole amorosa e histórica repleto de sensaciones, de pasados intuidos; en donde la sensibilidad poética del lenguaje guarda palabras llenas de reminiscencias, de vestigios. Es el reencuentro de dos seres en la dimensión mítica, sin tiempo, paralela a la traición y derrota continuas, subrepticias, intemporales. He aquí uno de los pasajes más conmovedores de la literatura universal:

 

—¿Sabes, Nachita? Ahora sé por qué tuvimos tantos accidentes en el famoso viaje a Guanajuato. En Mil Cumbres se nos acabó la gasolina. Margarita se asustó porque ya estaba anocheciendo. Un camionero nos regaló una poquita para llegar a Morelia. En Cuitzeo, al cruzar el puente blanco, el coche se paró de repente. Margarita se disgustó conmigo, ya sabes que le dan miedo los caminos vacíos y los ojos de los indios. Cuando pasó un coche lleno de turistas, ella se fue al pueblo a buscar un mecánico y yo me quedé en la mitad del puente blanco, que atraviesa el lago seco con fondo de lajas blancas. La luz era muy blanca y el puente, las lajas y el automóvil empezaron a flotar en ella. Luego la luz se partió en varios pedazos hasta convertirse en miles de puntitos y empezó a girar hasta que se quedó fija como un retrato. El tiempo había dado la vuelta completa, como cuando ves una tarjeta postal y luego la vuelves para ver lo que hay escrito atrás. Así llegué en el lago de Cuitzeo, hasta la otra niña que fui. La luz produce esas catástrofes, cuando el sol se vuelve blanco y uno está en el mismo centro de sus rayos. Los pensamientos también se vuelven mil puntitos, y uno sufre vértigo. Yo, en ese momento, miré el tejido de mi vestido blanco y en ese instante oí sus pasos. No me asombré. Levanté los ojos y lo vi venir. En ese instante, también recordé la magnitud de mi traición, tuve miedo y quise huir. Pero el tiempo se cerró alrededor de mí, se volvió único y perecedero y no pude moverme del asiento del automóvil. “Alguna vez te encontrarás frente a tus acciones convertidas en piedras irrevocables como ésa”, me dijeron de niña al enseñarme la imagen de un dios, que ahora no recuerdo cuál era. Todo se olvida, ¿verdad Nachita?, pero se olvida sólo por un tiempo. En aquel entonces también las palabras me parecieron de piedra, sólo que de una piedra fluida y cristalina. La piedra se solidificaba al terminar cada palabra, para quedar escrita para siempre en el tiempo. ¿No eran así las palabras de tus mayores?

 

Nacha reflexionó unos instantes, luego asintió convencida.

 

—Así eran, señora Laurita.

 

—Lo terrible es, lo descubrí en ese instante, que todo lo increíble es verdadero. Allí venía él, avanzando por la orilla del puente, con la piel ardida por el sol y el peso de la derrota sobre los hombros desnudos. Sus pasos sonaban como hojas secas. Traía los ojos brillantes. Desde lejos me llegaron sus chispas negras y vi ondear sus cabellos negros en medio de la luz blanquísima del encuentro. Antes de que pudiera evitarlo, lo tuve frente a mis ojos. Se detuvo, se cogió de la portezuela del coche y me miró. Tenía una cortada en la mano izquierda, los cabellos llenos de polvo, y por la herida del hombro le escurría una sangre tan roja, que parecía negra. No me dijo nada. Pero yo supe que iba huyendo, vencido. Quiso decirme que yo merecía la muerte, y al mismo tiempo me dijo que mi muerte ocasionaría la suya. Andaba malherido, en busca mía.

 

“—La culpa es de los tlaxcaltecas —le dije.

 

 “Él se volvió a mirar al cielo. Después recogió otra vez sus ojos sobre los míos.

 

“—¿Qué te haces? —me preguntó con su voz profunda. No pude decirle que me había casado, porque estoy casada con él. Hay cosas que no se pueden decir, tú lo sabes, Nachita.

 

“—¿Y los otros? —le pregunté.

 

“—Los que salieron vivos andan en las mismas trazas que yo —vi que cada palabra le lastimaba la lengua y me callé, pensando en la vergüenza de mi traición. “—Ya sabes que tengo miedo y que por eso traiciono…

 

“—Ya lo sé —me contestó y agachó la cabeza. Me conoce desde chica, Nacha. Su padre y el mío eran hermanos y nosotros primos. Siempre me quiso, al menos eso dijo y así lo creímos todos. En el puente yo tenía vergüenza. La sangre le seguía corriendo por el pecho. Saqué un pañuelito de mi bolso y sin una palabra, empecé a limpiársela. También yo siempre lo quise, Nachita, porque él es lo contrario de mí: no tiene miedo y no es traidor. Me cogió la mano y me la miró. “—Está muy desteñida, parece una mano de ellos —me dijo.

 

“—Hace ya tiempo que no me pega el sol —bajó los ojos y me dejó caer la mano.  Estuvimos así, en silencio, oyendo correr la sangre sobre su pecho. No me reprochaba nada, bien sabe de lo que soy capaz. Pero los hilitos de su sangre escribían sobre su pecho que su corazón seguía guardando mis palabras y mi cuerpo. Allí supe, Nachita, que el tiempo y el amor son uno solo. “—¿Y mi casa? —le pregunté.

 

“—Vamos a verla —me agarró con su mano caliente, como agarraba a su escudo y me di cuenta de que no lo llevaba. ‘Lo perdió en la huida’, me dije, y me dejé llevar. Sus pasos sonaron en la luz de Cuitzeo iguales que en la otra luz: sordos y apacibles. Caminamos por la ciudad que ardía en las orillas del agua. Cerré los ojos. Ya te dije, Nacha, que soy cobarde.  O tal vez el humo y el polvo me sacaron lágrimas. Me senté en una piedra y me tapé la cara con las manos.

 

“—Ya no camino… —le dije.

 

“—Ya llegamos —me contestó. Se puso en cuclillas junto a mí y con la punta de los dedos acarició mi vestido blanco.

 

“—Si no quieres ver cómo quedó, no lo veas —me dijo quedito.

 

“Su pelo negro me hacía sombra. No estaba enojado, nada más estaba triste. Antes nunca me hubiera atrevido a besarlo, pero ahora he aprendido a no tenerle respeto al hombre, y me abracé a su cuello y lo besé en la boca.

 

“—Siempre has estado en la alcoba más preciosa de mi pecho —me dijo. Agachó la cabeza y miró la tierra llena de piedras secas. Con una de ellas dibujó dos rayitas paralelas, que prolongó hasta que se juntaron y se hicieron una sola.

 

“—Somos tú y yo —me dijo sin levantar la vista. Yo, Nachita, me quedé sin palabras.

 

“—Ya falta poco para que se acabe el tiempo y seamos uno solo… por eso te andaba buscando —se me había olvidado, Nacha, que cuando se gaste el tiempo, los dos hemos de quedarnos el uno en el otro, para entrar en el tiempo verdadero convertidos en uno solo. Cuando me dijo eso lo miré a los ojos. Antes sólo me atrevía a mirárselos cuando me tomaba, pero ahora, como ya te dije, he aprendido a no respetar los ojos del hombre. También es cierto que no quería ver lo que sucedía a mi alrededor… soy muy cobarde. Recordé los alaridos y volví a oírlos: estridentes, llameantes en mitad de la mañana. También oí los golpes de las piedras y las vi pasar zumbando sobre mi cabeza. Él se puso de rodillas frente a mí y cruzó los brazos sobre mi cabeza para hacerme un tejadito. “—Éste es el final del hombre —dije.

 

“—Así es —contestó con su voz encima de la mía. Y me vi en sus ojos y en su cuerpo. ¿Sería un venado el que me llevaba hasta su ladera? ¿O una estrella que me lanzaba a escribir señales en el cielo? Su voz escribió signos de sangre en mi pecho y mi vestido blanco quedó rayado como un tigre rojo y blanco.

 

“—A la noche vuelvo, espérame… —suspiró. Agarró su escudo y me miró desde muy arriba.

 

“—Nos falta poco para ser uno —agregó con su misma cortesía.

 

“Cuando se fue, volví a oír los gritos del combate y salí corriendo en medio de la lluvia de piedras y me perdí hasta el coche parado en el puente del Lago de Cuitzeo.

 

“—¿Qué pasa? ¿Estás herida? —me gritó Margarita cuando llegó. Asustada, tocaba la sangre de mi vestido blanco y señalaba la sangre que tenía en los labios y la tierra que se había metido en mis cabellos. Desde otro coche, el mecánico de Cuitzeo me miraba con sus ojos muertos.

 

“—¡Estos indios salvajes!… ¡No se puede dejar sola a una señora! —dijo al saltar de su automóvil, dizque para venir a auxiliarme.

 

“Al anochecer llegamos a la Ciudad de México. ¡Cómo había cambiado, Nachita, casi no pude creerlo! A las doce del día todavía estaban los guerreros y ahora ya ni huella de su paso. Tampoco quedaban escombros. Pasamos por el Zócalo silencioso y triste; de la otra plaza, no quedaba ¡nada! Margarita me miraba de reojo. Al llegar a la casa nos abriste tú. ¿Te acuerdas?” (…)

 

Nacha asintió con la cabeza. Era muy cierto que hacía apenas dos meses escasos que la señora Laurita y su suegra habían ido a pasear a Guanajuato. La noche en que volvieron, Josefina la recamarera y ella, Nacha, notaron la sangre en el vestido y los ojos ausentes de la señora, pero Margarita, la señora grande, les hizo señas de que se callaran. Parecía muy preocupada. Más tarde Josefina le contó que en la mesa el señor se le quedó mirando malhumorado a su mujer y le dijo: —¿Por qué no te cambiaste? ¿Te gusta recordar lo malo?

 

La señora Margarita, su mamá, ya le había contado lo sucedido y le hizo una seña como diciéndole: “¡Cállate, tenle lástima!” La señora Laurita no contestó; se acarició los labios y sonrió ladina. Entonces el señor, volvió a hablar del presidente López Mateos.

 

“—Ya sabes que ese nombre no se le cae de la boca —había comentado Josefina, desdeñosamente.

 

En sus adentros ellas pensaban que la señora Laurita se aburría oyendo hablar siempre del señor presidente y de las visitas oficiales.

 

—¡Lo que son las cosas, Nachita, yo nunca había notado lo que me aburría con Pablo hasta esa noche! —comentó la señora abrazándose con cariño las rodillas y dándoles súbitamente la razón a Josefina y a Nachita.

 

La cocinera se cruzó de brazos y asintió con la cabeza.

 

—Desde que entré a la casa, los muebles, los jarrones y los espejos se me vinieron encima y me dejaron más triste de lo que venía. ¿Cuántos días, cuántos años tendré que esperar todavía para que mi primo venga a buscarme? Así me dije y me arrepentí de mi traición. Cuando estábamos cenando me fijé en que Pablo no hablaba con palabras sino con letras. Y me puse a contarlas mientras le miraba la boca gruesa y el ojo muerto. De pronto se calló. Ya sabes que se le olvida todo. Se quedó con los brazos caídos. “Este marido nuevo no tiene memoria y no sabe más que las cosas de cada día”.2

 

En el relato las huellas autobiográficas se hacen presentes. El texto se desarrolla durante la presidencia de Adolfo López Mateos (1958-1964). Por un lado, el contexto histórico, y por otro, el de carácter personal. Después de todo, como dijo José Ortega y Gasset, “lo que no es vivencia es academia”.3 Pablo Aldama, alusión a Octavio Paz, con quien la autora estaba casada desde 1937, es el hombre que aliado con los oligarcas se muestra racista, violento, machista, ególatra, celoso y ambiciona el poder. Por otro lado, Laura, alter ego de Elena Garro, recrea los ideales de justicia por los que lucha la autora en ese periodo. Así, la polígrafa hace un retrato de la sociedad patriarcal y del sistema autócrata de los años 50, ya que vivía bajo el yugo de Octavio Paz y las camarillas intelectuales sexistas de la época y la opresión del Estado mexicano, gobernado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI).

 

Octavio Paz incursionó en la diplomacia mexicana a mediados de los años 40 y paulatinamente se fue inclinando hacia las normas del statu quo. En sentido contrario, Elena Garro, en esa misma década, se inició en el periodismo de combate, y a finales de los 50 arrancó su lucha a favor de los campesinos despojados de sus tierras.

 

Esta relación ideológica de la pareja aparece reflejada en “La culpa es de los tlaxcaltecas”. Laura padece los ataques de celos de Pablo, el marido prepotente que discrimina a los indios, al igual que su madre Margarita, en tanto que Laura, unida con Nachita, la cocinera de raíces prehispánicas, representan la cosmovisión y los valores de la raza vencida. El primo marido de Laura, su esposo azteca, no la agrede física ni emocionalmente como lo hace Pablo, su cónyuge mestizo:

 

Nacha bajó los ojos, Josefina abrió la boca como para decir algo y la señora Margarita se mordió los labios. Pablo, en cambio, agarró a su mujer por los hombros y la sacudió con fuerza.

 

—¡Déjate de hacer la idiota! ¿En dónde estuviste dos días?… ¿Por qué traes el vestido quemado?

 

—¿Quemado? Si él lo apagó… —dejó escapar la señora Laura.

 

—¿Él?… ¿El indio asqueroso? —Pablo la volvió a zarandear con ira.

 

—Me lo encontré a la salida del café de Tacuba… —sollozó la señora muerta de miedo.

 

—¡Nunca pensé que fueras tan baja! —dijo el señor y la aventó sobre la cama.

 

—Dinos quién es —preguntó la suegra suavizando la voz.

 

—¿Verdad, Nachita, que no podía decirles que era mi marido? —preguntó Laura pidiendo la aprobación de la cocinera.

 

Nacha aplaudió la discreción de su patrona y recordó que aquel mediodía, ella, apenada, por la situación de su ama, había opinado:

 

—Tal vez el indio de Cuitzeo es un brujo.

 

Pero la señora Margarita se había vuelto a ella con ojos fulgurantes para contestarle casi a gritos:

 

—¿Un brujo? ¡Dirás un asesino!4

 

Pablo, en el México presente, encarna la violencia falocéntrica de los embriagados por el poder. De ahí que al final del relato la protagonista opte por regresar a sus raíces, al amor verdadero de su marido indio, abandone el presente materialista para volver a un pasado que ha sido vilipendiado por el conquistador oportunista:

 

Después, en muchos días no dejaron salir a la señora Laurita. El señor ordenó que se vigilaran las puertas y ventanas de la casa. Ellas, las sirvientas, entraban continuamente al cuarto de la señora para echarle un vistazo. Nacha se negó siempre a exteriorizar su opinión sobre el caso o a decir las anomalías que sorprendía. Pero, ¿quién podía callar a Josefina?

 

—Señor, al amanecer, el indio estaba otra vez junto a la ventana —anunció al llevar la bandeja con el desayuno.

 

El señor se precipitó a la ventana y encontró otra vez la huella de sangre fresca. La señora se puso a llorar.

 

—¡Pobrecito!…¡pobrecito!… —dijo entre sollozos.

 

Fue esa tarde cuando el señor llegó con un médico. Después el doctor volvió todos los atardeceres.

 

—Me preguntaba por mi infancia, por mi padre y por mi madre. Pero, yo, Nachita, no sabía de cuál infancia, ni de cuál padre, ni de cuál madre quería saber. Por eso le platicaba de la conquista de México. ¿Tú me entiendes, verdad? — preguntó Laura con los ojos puestos sobre las cacerolas amarillas.

 

—Sí, señora… —y Nachita, nerviosa, escrutó el jardín a través de los vidrios de la ventana. La noche apenas si dejaba ver entre sus sombra. Recordó la cara desganada del señor frente a su cena y la mirada acongojada de su madre.

 

—Mamá, Laura le pidió al doctor la Historia… de Bernal Díaz del Castillo. Dice que eso es lo único que le interesa.

 

La señora Margarita había dejado caer el tenedor.

 

—¡Pobre hijo mío, tu mujer está loca!

 

—No habla sino de la caída de la Gran Tenochtitlán —agregó el señor Pablo con aire sombrío.

 

Dos días después, el médico, la señora Margarita y el señor Pablo decidieron que la depresión de Laura aumentaba con el encierro. Debía tomar contacto con el mundo y enfrentarse con sus responsabilidades. Desde ese día, el señor mandaba el automóvil para que su mujer saliera a dar paseítos por el Bosque de Chapultepec. La señora salía acompañada de su suegra y el chofer tenía órdenes de vigilarlas estrechamente. Sólo que el aire de los eucaliptos no la mejoraba, pues apenas volvía a su casa, la señora Laurita se encerraba en su cuarto para leer la conquista de México de Bernal Díaz.

 

Una mañana la señora Margarita regresó del Bosque de Chapultepec sola y desamparada.

 

—¡Se escapó la loca! —gritó con voz estentórea al entrar a la casa.5

 

Mientras Laura se escapa y se reúne con su primo marido en el tiempo mítico del amor genuino, Nachita ya no se haya en la casa de los Aldama y se marcha “sin cobrar su sueldo”.6 Con este acto, la autora nos muestra que para Laura y Nachita los bienes utilitarios no representan la esencia de la vida, en oposición a Pablo y su familia. En un diálogo que sostuve con Helena Paz Garro, la poeta me comentó:

 

—Helenita, hablemos de La semana de colores porque se nos acaba el tiempo.

 

—Parece una frase de un cuento de mi mamá, “se nos acaba el tiempo”, pero el tiempo no se nos va a acabar nunca… nos vamos a ir al mar azul con flores amarillas, nos vamos a ir a nadar allá, tú y yo felices de la vida…

 

—Sí… claro que sí. ¡Cómo quisiera que no tuviéramos esta presión del tiempo! ¿Te acuerdas cuando tu mamá escribió “La culpa es de los tlaxcaltecas”?

 

—Sí. Pero antes, debo aclararte que mi mamá no me explicaba sus cuentos. Me decía: “Son muy malos. No los leas”. Recuerdo que “La culpa es de los tlaxcaltecas” surgió a raíz de un pequeño viaje. Mi mamá fue a Cuitzeo con Archibaldo Burns para ayudar a unos campesinos. Cuando regresó se puso a escribir ese cuento precioso, tan profundo, que a mí me fascina. Esto fue a finales de los años 50. Es totalmente imaginario. A ella le gustaba mucho.

 

“Con ‘La culpa es de los tlaxcaltecas’ renace la epopeya azteca. ¡Ese cuento pinta la epopeya azteca! Mi mamá es la primera que lo hace. Después lo hicieron otros pero de una manera muy cursi, o muy unilateral y acartonada, o sin sentirlo. ‘La culpa es de los tlaxcaltecas’ es uno de los mejores cuentos de Elena Garro porque es la única escritora mexicana que recrea, con una intuición extraña, el drama de la caída de la gran Tenochtitlan. Lo hace sin rabia contra los españoles o desprecio contra los indios. Es muy imparcial. El cuento es desgarrador. Tiene imágenes inesperadas y totalmente novedosas como ésta: ‘Afuera la noche desdibujaba a las rosas del jardín y ensombrecía a las higueras’. (…) Hay una frase que se repite a lo largo del cuento: ‘Es el fin del hombre’. Este leit motiv acaba dando escalofríos y pinta, en pocas palabras, toda la desesperación de los aztecas al ver su mundo totalmente derrotado. ‘¿Sabes, Nacha? La culpa es de los tlaxcaltecas’ porque los tlaxcaltecas se unieron a los españoles contra los aztecas, si no hubiese sido así, uno no se explica que 300 españoles, aunque llevaban caballos, fusiles y cañones, hubieran derrotado a un millón de indios. Entonces los tlaxcaltecas fueron los traidores. ‘Yo soy como ellos: traidora… —dijo Laura con melancolía’. La traición es una de las características de México. Inclusive en este siglo, en la Revolución. Los traidores son gente que no se atreve a dar la cara por timidez o miedo. Ése es el lado ‘bueno’ de la traición. Todo defecto tiene una explicación buena y mala. Como le dice el azteca a Laurita: ‘Ya sé que eres tradiora y que me tienes buena voluntad. Lo bueno crece junto con lo malo’.

 

“Cuando van a Cuitzeo, ella se queda a mitad del puente blanco. ‘La luz era muy blanca y el puente, las lajas y el automóvil empezaron a flotar en ella’. Imagen muy bella e inesperada. Luego, Laura dice: ‘Lo terrible es, lo descubrí en ese instante, que todo lo increíble es verdadero’. Es cierto. Nosotros, los materialistas, cegados a lo mágico, a lo espiritual, hemos sido rebatidos por los descubrimientos de la ciencia más actual. La ciencia cuántica. Todo lo que nos parecía increíble se ha vuelto real, científicamente hablando. ‘Ya falta poco para que se acabe el tiempo y seamos uno solo’, le dice el marido azteca a Laura. No es el tiempo azteca, como lo han dicho los críticos pedantes; es, sobre todo, el tiempo del amor: el tiempo de ser uno solo.

 

“Sí había ciclos en la filosofía del tiempo azteca, rompían todo al cabo de 52 años y volvían a empezar. Pero éste no es el tiempo que indica Elena Garro; el de Elena Garro es el tiempo del amor, cuando dos enamorados se vuelven uno solo.

 

(…)

 

“Es un cuento de amor con un final feliz. Para mí es un misterio extraño cómo Elena Garro pudo describir tan bien el tiempo azteca, la caída de Tenochtitlan, porque ella no lo vivió. Ni tuvo un amante que fuera un indio guerrero. Son los dones de los grandes escritores. Pero los mexicanos modernos no se sienten aztecas, como describe a su marido mexicano, el señor Pablo, que había aprendido a ser vencido. Este texto no está sacado de una vivencia. Es una intuición increíble de Elena Garro, porque parece muy real. Uno lo vive. Llora.7 

 

En “La culpa es de los tlaxcaltecas”, Elena Garro formula el regreso a nuestras raíces prehispánicas pues antepone a los valores creados con la conquista, los principios de esa civilización arrasada y olvidada por la brutalidad de los nuevos habitantes. La escritora no diaboliza a los españoles ni tampoco idealiza a los indígenas, lo que propone es no olvidar nuestro legado primigenio, sino rescatarlo, revalolarlo y no vivir únicamente bajo los preceptos de la herencia europea; es decir, no olvidar que somos seres mestizos, producto de varias cosmovisiones. Elena Garro como hija de padre español y madre mexicana, sabía lo que eso significaba. Cuando Laura, su alter ego, se marcha con su marido indio, simbólicamente encarna ese volver a nuestras raíces originarias.

 

 

Como producto de ambas culturas, la peninsular y la indígena —sin olvidar la presencia africana— la polígrafa propone que debemos aceptar y reconocer el enriquecimiento que produce el choque de diversas culturas y, por lo tanto, reconocer por igual los valores positivos, así como los perjuicios e iniquidades de cada una de ellas.

 

Así, gracias al juego intertextual, Elena Garro analiza ese momento crucial, propone la abolición del tiempo cronológico histórico y disecciona la conjunción de dos cosmovisiones que se entrecruzan y fusionan para enfrentarnos a nuestra realidad mexicana mucho más variada y rica. En la conversación que sostuvo con Joseph Sommers declaró:

 

—Entonces, ¿por qué no crees, Elena, que todavía no se haya escrito la novela de la ciudad que iguale a Pedro Páramo en su tratamiento del hombre campesino de México?

 

—Porque el mexicano de la ciudad es un hombre, como te dije antes, con una dualidad. Es el hombre con cultura occidental y con un pie en lo indígena también. Entonces es un hombre muy contradictorio, que vive en dos tiempos o en dos mundos. Y todavía no hay un novelista que vea a ese mexicano que está parado en los dos tiempos o en los dos mundos. Páramo sí está en el campo. Él goza de toda la mitología antigua mexicana. Se nutre del maíz, de todos sus mitos bárbaros, lo que tú quieras. En cuanto al mexicano de la ciudad, no hay ningún personaje en las novelas con esa dualidad. El día que haya un escritor que le dé eso a un personaje en sus novelas, habrá  novela en México. Y yo creo que el escritor es el que da el patrón de cómo vamos a ser. Homero inventó al griego; a partir de Homero todos los griegos fueron iguales; todos fueron Aquiles. Cervantes inventó al español; a partir de Cervantes hubo Sancho Panza y Quijote. O’Neill ha inventado a los americanos. Scott Fitzgerald inventó toda la época moderna. Pero el mexicano… Todavía no ha nacido el genio que nos diga cómo somos, o cómo debemos ser. Porque Fuentes nos dice cómo no debemos ser, más bien, pero cómo debemos ser, no nos lo dice.8

 

Al revisar la caída del imperio mexica, Elena Garro exhibe la realidad del México presente y efectúa un muestreo de un país convertido en Sodoma y Gomorra. Su visión resulta acerba y desacralizadora porque nunca hizo concesiones con su pluma.

 

Hoy, a 500 años de la caída de la gran Tenochtitlan, concluyo y afirmo que Elena Garro, a través de obras como “La culpa es de los tlaxcaltecas”, es la genia (y el genio) que nos dijo cómo debemos de ser y lo que no debemos olvidar, esto es, vivir sin descriminar nuestro valioso pasado prehispánico y honrar a los depositarios de esas civilizaciones que las mantienen vigentes en pleno siglo XXI. Es, por lo tanto, la escritora genial y extraordinaria que rescata la mitología de los antiguos mexicanos y la convierte en páginas memorables de la literatura, para que nos contemplemos y reconozcamos en ella.

 

Notas: 

“La culpa es de los tlaxcaltecas”, en La semana de colores. México: Porrúa, 2006, p. 15.

Ibid., pp. 4-12.

“Carta de Elena Garro. París, 1982”, en Carballo, Emmanuel. Protagonistas de la literatura mexicana. México: Ediciones del Ermitaño/ SEP., 1986, p. 514.

Garro, Elena. “La culpa es de los tlaxcaltecas”, op. cit., pp. 20-21.

Ibid., pp. 21-23

Ibid., p. 29.

Rosas Lopátegui, Patricia. “Diálogo con Helena Paz Garro”, en La semana de colores. México: Porrúa, 2006, pp. XII-XV.

Sommers, Joseph. “Entrevista con Elena Garro”, en Rosas Lopátegui, Patricia. Diálogos con Elena Garro. Entrevistas y otros textos. México: Gedisa, 2020, 2 volúmenes, p. 206.

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