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ANDREA MARCOLONGO “LA IGNORANCIA SE HA CONVERTIDO EN UN VALOR SOCIAL”

 


por Andrés Seoane

Desde hace unos años el mundo clásico ha ido estando cada vez más presente en nuestras librerías, un fenómeno —agudizado por la pandemia, durante la cual asistimos a reediciones de Séneca y Marco Aurelio, entre otros—, que ha convertido en superventas libros como El infinito en un junco de Irene VallejoUna nueva historia del mundo clásico de Tony Spawforth o Seis semanas con los filósofos griegos de Ilaria Gaspari. Pionera de esta corriente, en 2017 la escritora y periodista Andrea Marcolongo (Milán, 1987) hizo lo propio con La lengua de los dioses, un apasionante recorrido por el griego clásico y las huellas que ha dejado en nuestro presente.


Y es que para Marcolongo, “lo clásico es la única manera de contar el presente. Para mí son unas gafas para ver el mundo, pero no un mundo pasado, pues clásico no es viejo, sino que está fuera del tiempo. Es atemporal”. Este es el espíritu que envuelve su nuevo ensayo, Etimologías para sobrevivir al caos (Taurus), un viaje al origen de 99 palabras de uso cotidiano cuyo significado original puede cambiar nuestro presente. Como dice la escritora, “cuando estamos perdidos y nos rodea el caos es cuando sobreviene de nuevo el mundo clásico. Es como un manual de instrucciones, está comprobado que funciona, porque los antiguos ya lo han comprobado. En tiempos de fractura y desorden, como está sucediendo hoy en día, nos ayuda resistir y reaccionar”.

 

Su libro viaja a las raíces de las palabras. ¿Vivimos hoy en un mundo que deforma y retuerce su significado y su contenido? ¿Están en peligro ciertas palabras?

 

Sin duda. El interés por las raíces de las palabras nace del pensamiento que esconden en su interior. Estudiar y amar las palabras tiene una relación con amar la capacidad de pensar. El lenguaje es una ciencia humana y cambia porque nosotros cambiamos. Si las palabras están en peligro, inmediatamente debemos identificarlo como un signo de la fragilidad de la manera de pensar de esa época. Las palabras nunca van a desaparecer. Son inmanentes a nosotros, pero en la actualidad el peligro está en ser capaces pensar de una manera objetiva y hacer el esfuerzo de encontrar los términos adecuados, para que cada palabra corresponda a un pensamiento o una idea, y que no se vacíen de contenido. Las palabras son como maletas y el pensamiento es el contenido.

 

Inevitablemente, este viaje etimológico nos lleva en buena medida a la Grecia y la Roma clásicas, cuna común de nuestros idiomas. ¿Se puede resucitar el pensamiento de una cultura al recuperar una lengua?

 

De algún modo sí se puede resucitar el pensamiento de hace 2.000 años. Este libro es una declaración de amor hacia eso. Supone traer a nuestros días la belleza de pensar como mediterráneos. Volver al pasado es como ir a la fuente de las palabras, son como las ramificaciones del río. La fuente es única y ahí alcanzas los pensamientos no contaminados, porque estás en el origen. Todas las constantes de la cultura están en nuestra lengua. El mundo anglosajón se ha puesto de moda hace poco y su pragmatismo, su espíritu marcadamente económico, han colonizado nuestra manera de ser. Es muy respetable, pero no es lo nuestro. Los mediterráneos no somos hijos del sistema capitalista. No nos levantamos diciendo qué tenemos que producir hoy. Somos hijos y herederos de la belleza y la alegría de vivir. Con una pandemia es más difícil, pero esa alegría está en nuestra forma pensar. Me refiero al goce, al buen humor. Nuestra mentalidad está más volcada a crear que a producir. Es lo que hay en el alma de las culturas mediterráneas, y reside en nuestra manera de hablar y, por lo tanto, de pensar.

Intelectuales irresponsables

 

Habla de volver a esa fuente en la que palabra y pensamiento iban de la mano, cuando hablar era sinónimo de llegar a la verdad. ¿Es así en la actualidad?

 

Tenemos esa idea de la Grecia antigua como un mundo cristalino y perfecto, pero no todos eran filósofos y tampoco creo que hoy todo el mundo emplee mal las palabras. No todos estamos perdidos. Escribir mis libros me han enseñad que los intelectuales tienen una responsabilidad, sobre todo cuanto más baja el nivel cultural contemporáneo. La cultura es una cuestión claramente política y al descender su nivel, se debilita la manera de pensar de la sociedad. Creo que, en general, las personas tienen ganas de pensar, no es cierto que haya que simplificar la cultura para hacerla accesible. Nuestro cerebro es hoy el mismo que hace 2.500 años y debemos potenciar que la gente se esfuerce en pensar.

 

Ahora que habla del debilitamiento del pensamiento me viene a la mente el pensiero debole de Gianni Vattimo y su idea de que la modernidad uniformiza el lenguaje y al hacerlo encubre realidades. ¿Cómo se pueden combatir esas palabras vacías que se usan en muchos contextos sociales, la política, por ejemplo?

 

Ciertamente hay que luchar contra eso. Y la manera de hacerlo es preguntando, refutando, sin ceder a la comodidad ni mirar todo el rato hacia las pantallas o tomar por cierto todo lo que nos llega de ellas. Hay incesantes declaraciones de los políticos que son manifiestamente falsas y bastaría una palabra para desmontarlas, pero nadie la dice. En este sentido, los intelectuales y la propia cultura tienen una responsabilidad clara.

 

Habla del papel de los intelectuales, pero ¿no han cedido el espacio del foro público a otros actores menos cualificados?

 

Estoy de acuerdo. Es muy cómodo para un escritor o pensador ceder ese espacio público mientras ellos se dedican a otras cosas. O verter opiniones simplemente en ciertos círculos privados o exclusivos. Pero es un deber que tiene todo intelectual. Escribir es un don, pero también impone ciertos deberes. No se pueden escribir libros únicamente para que te saquen fotos o para viajar. Cuando uno escribe tiene el deber de ocupar ese espacio en la sociedad.

Cómo formar ciudadanos

 

Hablando de este deber, en España hay constantes quejas del descuido y maltrato que sufren las Humanidades, ¿por qué deberíamos luchar por ellas y como pueden influir no sólo a nivel cultural, sino también político?

 

Después de este año de pandemia, el sistema educativo es un problema. Me encantaría que en todos los colegios se enseñara las lenguas clásicas, pero muchas veces el nivel educativo es la primera señal del estado de un país, de cuál es su nivel. Se ha convertido la educación en una mera formación para trabajar. Se forman trabajadores, pero no ciudadanos que puedan pensar por sí mismos. Esta debería ser la primera responsabilidad de los políticos, antes de hablar de cualquier otra cosa: el estado de su sistema educativo y cómo mejorarlo.

 

Sin embargo, hoy vivimos en un mundo dominado por la Ciencia. ¿Cuál es el papel de las humanidades en una sociedad tan volcada hacia la tecnología? ¿No deberíamos recuperarla ante los problemas éticos que plantean los retos científicos?

 

Nos hemos olvidado, de una forma escandalosa, de que las humanidades son también una ciencia. Desde la antigüedad, Ciencias y Letras eran lo mismo, materias de la física, del estudio del mundo. La ciencia descubre y las humanidades intentan comprender hasta qué punto merecen la pena ciertos descubrimientos y donde poner los límites éticos. Hemos construido un sistema educativo en que parece que solo piensan los científicos mientras los humanistas, se ocupan de las musas.

 

Esa tendencia parece encaminada a corregirse poco a poco, pero ¿cuándo se produjo entonces esa separación entre ambos campos del saber?

 

Esta gran fractura histórica se produce con la Ilustración, cuando empezó a considerarse una fantasía el pensamiento de las letras. Pero las humanidades son fruto de un recorrido político y, si se les quita valor, tendremos ciudadanos que producen, pero incapaces de interrogarse o pensar. Esta pandemia me ha entristecido mucho, porque nos hemos sentido solos a muchos niveles. El miedo nos ha hecho estar unidos, pero unir a un pueblo alrededor del miedo es lo más peligroso que se puede hacer. Superado el miedo nos sentimos más solos todavía.

Un acto político

 

La manipulación actual el lenguaje político es evidente, pero parece que ha trascendido a toda la sociedad, que parece regodearse en hablar mal. ¿Nuestra sociedad ha olvidado la importancia del lenguaje?

 

El lenguaje, por ejemplo, en muchos programas de televisión, no es que sea de un gran nivel, pero el problema en general, si lo ponemos en relación a la generación de nuestros abuelos, que no era gente con carrera universitaria, es que ellos sí entendían el valor político del idioma. Sabían que la cultura, todo lo que integra el saber, el hablar bien, era fundamental para sus derechos, para la democracia. Por el contrario, hoy la ignorancia se ha convertido en un valor social, de forma paradójica. De hecho, cuanto más ignorante, vulgar, cuanto menos cuidada sea tu manera de hablar, estás más de moda y eres más aceptado. Vuelvo a la pandemia. Hace dos generaciones, nadie que no fuera médico se atrevería a decir a un doctor que no tenía razón en un asunto sanitario. Ahora, de la libertad de opinión se ha pasado a la dictadura de la opinión. Todos quieren imponer una opinión, sin tener ninguna competencia para ello.

 

Dedica una de las entradas del libro a la palabra “libertad”, cuya etimología significa: “aquel que tiene derecho a pertenecer a un pueblo”. ¿Es quizá la palabra más pervertida y damnificada hoy en día?

 

Desde luego es la palabra más necesaria para recuperar, porque la libertad no es anarquía, no es decir: “Ahora hago lo que quiero porque soy el más fuerte”. Libertad es el derecho de elegir dónde quieres a estar. Utilizar “libertad” para oponerse a otra cosa o a otros, es negar eso y no puede ser. La libertad es el derecho y el deber de elegir. Me da miedo cuando la política las retuerce y deforma. Yo vivo en Francia, y recuerdo cuando Macron dijo que estábamos en “guerra” al referirse a la pandemia. Es una palabra muy fuerte. Se usan así las palabras para despertar una emoción, pero cuanto más las empobrecemos, más necesidad tenemos de gritar otras más fuertes. Cuando “emergencia” ya no es suficiente, pasamos a “guerra”, y esto desvirtúa su sentido. Usar las palabras para suscitar una emoción es bárbaro. Es como gritar a alguien, en lugar de hablarle. Es mejor que las palabras se empleen para hacer pensar y que después que cada uno decida en libertad.

 

Desde el siglo XIX los idiomas se han convertido en un arma política en ciertas regiones. ¿Hasta qué punto las palabras pueden configurar un mundo propio que se enfrente a otros?

 

De hecho lo hacen, porque las palabras no son únicamente cosas preciosas que uno se embelesa mirando, son un acto político, desde Grecia hasta nuestros días. Lo primero que hace un cambio político es cambiar las palabras. Lo hizo Alejandro Magno con el griego clásico y en su novela 1984 George Orwell ya dice que lo primero que hace un dictador es cambiar las palabras. En este sentido, la decisión de escribir este libro también es política. No nace para deleitarme con las raíces de las palabras, sino para que no se manipulen impunemente ni nos las arrebaten, porque en la fuente nadie las puede deformar.


(EL CULTURAL 27-5-2021)

YUKIO MISHIMA: EL CUERPO COMO EXPRESIÓN


por Eder Santana Rodrñiguez 

 

Yukio Mishima (1925-1970) fue uno de los grandes referentes de la literatura japonesa del siglo XX. Gracias a su sensacional prosa, Yasunari Kawabata, considerado uno de sus maestros, llegó a decir tras recibir el premio Nobel: “No comprendo cómo me han dado a mí el premio Nobel existiendo Mishima. Un genio literario como el suyo lo produce la humanidad sólo cada dos o tres siglos. Tiene un don casi milagroso para las palabras”. Sin embargo, Mishima no se quedó solamente en las palabras —su mayor virtud—, sino que quiso transformarlas en algo tangible. Influenciado por las ideas occidentales de DostoievskiSartre o Camus, su obra adquirió un carácter existencialista que es palpable desde sus inicios. Pero su mayor obsesión con la cultura occidental —o así nos llega desde su primera obra, Confesiones de una máscara (1949)— fue el San Sebastián de Guido Reni, a quien incluso el protagonista de la novela, después de ver un árbol desde la ventana de su clase, le dedica un poema en prosa. Dice en uno de sus párrafos:

 

Y, de repente, le pregunté a mi corazón: “¿No sería este árbol el mismo al que fue atado con las manos atrás aquel joven santo, y su tronco el mismo por el que resbalaba su sangre sagrada como un reguero de agua después de la lluvia? ¿El árbol romano a cuyo lado él se retorcía de dolor frotando violentamente su carne joven contra la corteza y abrasado en una agonía postrera (testimonio, tal vez, del fin de todos los placeres y sufrimientos de este mundo)?

 

Y es que Mishima sentía una gran admiración por los cuerpos, pero no sólo eso, sino que entendía el cuerpo como la máxima expresión del placer y del dolor humano: dos conceptos inseparables en su concepción de la corporalidad. Porque, para el escritor japonés, la grandeza del cuerpo está en su resistencia con el mundo, en no deshonrar su implacable belleza aunque haya dolor, pues éste, a fin de cuentas, también es hermoso. Continúa en el poema:

 

Las romanas saludables, con los cinco sentidos cultivados por el gusto del buen vino que les estremecía los huesos y por el sabor de la carne goteando sangre, comprendieron de inmediato el destino desgraciado que acechaba al joven sin él saberlo. ¿No sería por eso por lo que lo amaron? En el interior de sus blancos músculos, la sangre del joven circulaba con más vigor que nunca, esperando borbotar profusamente en el instante en que sus carnes fueran desgarradas. Es imposible que las mujeres desoyeran los deseos tempestuosos de una sangre así.

Por eso Mishima no pudo contenerse. Idolatraba aquel cuadro y todo lo que representaba. Sus palabras se le quedaban pequeñas ante semejante grandeza y quiso simbolizar, con su propio cuerpo, su importancia:

 

Además, la adoración por el cuerpo, por el sufrimiento y por el placer podía traducirse en un concepto que aglutinaba a los tres y que rondaba por la mente del escritor nipón constantemente: la muerte. O, más concretamente, la muerte heroica. Si el autor podía (o debía) convertir su cuerpo —además de su mente— en una obra de arte, con su muerte no podía ser menos: esta debía ser algo glorioso, significativo, noble. Leemos así las confesiones de Koo-chan, posible alter ego del autor en Confesiones de una máscara:

 

Las visiones de “príncipes asesinados” me acosaban obstinadamente. ¿Quién podría explicarme la razón del placer que me producía imaginar la relación entre los cuerpos de esos príncipes marcados por sus calzas ceñidas y las muertes crueles que los acechaban?

Y es mediante el camino hacia la muerte como se alcanza su nobleza:

En aquellos tiempos, ninguna de mis disparatadas fantasías, en las que yo era el centro, disminuía, como si todo aquel dolor y sufrimiento no fuera conmigo, como si fuera invulnerable a las heridas de las balas. Hasta la idea de mi propia muerte me hacía estremecer con un placer desconocido. Tenía la sensación de poseer todo. No era nada extraño porque es justamente mientras estamos engolfados en los preparativos cuando nos hallamos en completa posesión de nuestro viaje hasta el último detalle. Después, sólo nos queda un proceso, el proceso de perder nuestra posesión. Esto es lo que hace absolutamente inútil eso que llamamos “viaje”.

El “viaje”, el partir, pierde en última instancia significado. La verdadera nobleza, el hecho que en puridad elevará el acto final, reside en los preparativos. La “salvación” de San Sebastián no es su muerte, sino cómo acepta su estado moribundo: “El rostro estaba ligeramente alzado, y los ojos, abiertos de par en par, contemplaban la gloria de los cielos con una profunda serenidad”.

  

El 25 de noviembre de 1970, después de que Mishima (junto con otros cuatro acompañantes) ocupara un campamento militar, se dirigió al balcón a dar una charla sobre la falta de espiritualidad en la que se estaba adentrando Japón, con su terca idea de restablecer los valores feudales y rendir culto al emperador. Desoído durante años por estos pensamientos e incluso relacionado con las ideas nacionalsocialistas, Mishima decidió realizar su último gran discurso, su última gran obra. Accedió al interior del campamento y, bajo las normas ritualistas de los antiguos samuráis, Mishima se practicó el seppuku.

  

Convirtió su cuerpo, su vida, en un mensaje: en una obra. Una expresión tanto artística como política. Es difícil leer a Mishima con la diferencia autor-persona a la que estamos acostumbrados; al menos resulta claro que no deseaba que su muerte pasase inadvertida. Como sostiene al final de El marino que perdió la gracia del mar (1963):

 

Abalanzándose sobre el esplendor del mar, la muerte había caído sobre él como un tormentoso banco de nubes. La visión de una muerte ya para siempre fuera de su alcance, de una muerte mayestática, vitoreada, heroica pasó, desplegando su éxtasis, por su cerebro. Y si el mundo había sido honrado con la posibilidad de tal muerte radiante, ¿por qué el mundo no habría de perecer también por ella?


(El vuelo de la lechuza / 1-3-2020)

ULISES PANIAGUA - LO INASIBLE DE LA POESÍA

 


 

“¿Podrías inventar un lenguaje en que el signo sea idéntico al objeto? Inclusive los más abstractos indeterminados. El infinito. Un perfume. Un sueño. Lo Absoluto. ¿Podrías lograr que esto se transmita a la velocidad de la luz? No; no puedes. No podemos. Razón por la cual tú sobras y faltas al mismo tiempo en este mundo en que los charlatanes y embaucadores sobran…”.

Augusto Roa Bastos

Yo, el Supremo.

  

Cuando alcanzamos una flor y rozamos sus pétalos con las yemas de los dedos, ¿en verdad tocamos la flor?, ¿se produce ese contacto? Según los avances cuánticos, existe un espacio entre la materia y la antimateria, denominado materia negra, que hace imposible un contacto verdadero entre los cuerpos. Entre nuestras yemas y la flor existe un pequeño abismo, siempre. El oficio del poeta es similar, pues ahonda en intenciones imposibles. Es como aquella paradoja de Zenón acerca de Aquiles y la tortuga, donde a pesar de los bríos y la desesperación del héroe griego, le está vedado alcanzar al animal, quien está un espacio más adelante de manera eterna.

 

Cuando un poema retrata a la flor, ¿realmente puede capturarse entre los versos a la materia? Con esta interrogante sucede un efecto similar a un poema que leí hace años —cuya autoría se ha esfumado en los polvosos archivos de la memoria—: “¿puede el canto del mirlo ser el mirlo, puede?”. El poeta es, en palabras del uruguayo Saúl Ibargoyen, un escriba; una persona dedicada a transcribir la belleza, a describir el mundo incluso en sus más fétidos horrores. Para ello, recurre a la transferencia, a un talento específico donde sublima la naturaleza y la realidad, y con ello traduce un lenguaje para el resto de la especie. Sucede así con los pintores: los campos de girasoles propuestos por Vincent van Gogh no son fieles a la realidad ni intentan reproducir cada detalle en busca de realismo. El pintor holandés generó una visión propia, una mirada particular sobre aquello que todos ven, donde encontró borrascas que nadie podría explicar —tal vez ni él podría explicarlas— y sin embargo, su mirada es tan peculiar y honesta que asume un compromiso universal. Dicho de otra forma, Van Gogh consiguió dotar de poesía a su pintura. La búsqueda de ese acto le ocasionaba incluso angustia: “La poesía está por todas partes, pero llevarla al papel es, por desgracia, más complicado que verla”, confiesa Van Gogh.

 

La poesía existe per se; está viva y se presenta a cada jornada a los ojos de los hombres. Está y siempre estará allí.

 

Nada más cierto. Y aquí encallamos en una de las grandes dificultades de la literatura: definir qué es la poesía. “¿Qué es poesía?, dices mientras clavas / en mi pupila tu pupila azul. / ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? / Poesía… eres tú”. Así canta la rima XXI de Gustavo Adolfo Bécquer, entre la espesa miel del movimiento romántico. La rima de Bécquer es hermosa, aunque superficial, y sobre todo, ambigua. ¿Qué es la poesía?, seguimos preguntando más de un siglo después. La respuesta va más allá de las letras, desde luego, y se instala en el umbral entre lo creado y lo que está por crearse; entre la razón y el sentimiento. La escritora Andrea Cote Botero dice al respecto: “Infatigable cuestionamiento, la inquietud por definir la poesía es tan antigua como su práctica… Ya en el Libro X de La República Platón inauguró con su cuestionamiento a Homero el debate sobre la definición de poesía, su forma y función. Aristóteles, quien continuó la discusión en su Poética, le adjudicó a la poesía la superioridad de un saber más específico que el de la Historia. Desde entonces ésta ha seguido tropezando con muchos otros calificativos: de lo sublime, lo profano y lo rebelde, entre otros tantos”.

 

La poesía existe per se; está viva y se presenta a cada jornada a los ojos de los hombres. Está y siempre estará allí. Como suelo imaginarlo, la poesía es un árbol que gira alrededor de nosotros, del cual arrancamos o tomamos alguna naranja, de vez en vez, mientras sigue girando al alcance de los artistas:

 

.Tomo versos del Cosmos como se toma una naranja del ramaje
…………………………………—como se toma una naranja del ramaje—
Y con su duelo…..su canto luminoso….su decir oscuro
aferro permanencia entre entropías
…………………………………………………….vértigo de lo improbable

Tomo distancia sobre lo que escribo
y es apenas piel lo que separa el ánima de la cosa
……………………………aquello como y cual se busca
grieta de espacio que engaña a la mirada

……(de Lo tan negro que respira el Universo)

 

Esa naranja es deliciosa y jugosa, sin duda. Otra metáfora que he construido, para tratar de explicarme la poesía, es la de un tigre albino que se pierde en las entrañas de la nieve. El tigre es blanco, el fondo gélido es albo, en una idea similar a la nada al acumular lo blanco sobre lo blanco; sin embargo, ese mínimo avistamiento en el saltar del tigre hasta desaparecer, ese instante efímero, esa imagen casi inventada por nosotros sobre ese tigre, eso es la poesía. No podemos asir al tigre, pero sí podemos quedarnos con la emoción que nos ha provocado ese encuentro furtivo. En palabras de Walter Benjamin: “La verdadera imagen del pretérito pasa fugazmente. Sólo como imagen que relampaguea en el instante de su cognoscibilidad para no ser ya vista más, puede el pretérito ser aferrado…”.

 

Después, la complejidad radica en saber y poder transmitir esa sensación. Para Mark Strand, el dejo poético es similar. Dice el poeta canadiense: “La poesía es una puerta que se abre y se cierra, dejando en el asombro al que mira adentro”. La poesía es compleja, onírica incluso. El cubano José Lezama Lima comenta: “La poesía es un caracol dentro de un rectángulo de agua”. Una frase que representa lo intangible de su definición.

 

La palabra poesía encuentra su origen etimológico en la palabra poiesis, término griego que significa creación. Platón refiere en El banquete el término poiesis como “la causa que convierte cualquier cosa que consideremos de no-ser a ser”. Una tormenta azotando una ventana puede convertirse en una imagen poética; el incendio de la Biblioteca de Alejandría puede convertirse en un hecho poético, bastante triste, por cierto; la sombra que proyecta un árbol, un halcón sobrevolando la montaña, todo es poesía, y se fundamenta en los sentidos: lo que se mira, lo que se escucha y se respira; lo que se toca y se gusta, y que exige expresarse de alguna forma. La poesía no es exclusiva de la palabra, aunque históricamente se le asocia a ella. Sin embargo, es posible encontrar poesía de la más alta belleza en películas de directores como Luis Buñuel, Ingmar Bergman o Federico Fellini; o en piezas como el Réquiem de Mozart, los asuntos melódicos y armónicos de Johann Sebastian Bach, o en la propuesta contemporánea de Philip Glass. Poesía es crear, tomar el barro de lo que existe en nuestro entorno para convertirlo en expresión alegórica, melódica o metafórica. Es, como veremos más adelante, volver a nombrar al mundo. Alejandro Jodorowsky, tornando más compleja esta idea, se atreve a opinar que la poesía se produce por sí misma, y que es posible devolverla al mundo a través de un acto poético. En el acto poético la poesía queda expuesta, más allá de la palabra, en las acciones de los cuerpos y los objetos. Dice Jodorowsky: “Un acto poético saca la poesía de la palabra y la convierte en acción, es la experiencia viva de la poesía. Por ejemplo, antes de salir a pisar la calle, perfuma las suelas de tus zapatos”.

 

Definir el concepto resulta tan inútil como tratar de asir un pez de humo que escapa entre nuestras manos; pero posiblemente algunas ideas de otros creadores contribuyan a formular una idea aproximada. Robert Frost opina: “Escribir un poema es descubrir”. René Char escribe: “La poesía es el amor realizado del deseo que permanece como deseo”. Federico García Lorca declara que “poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio”. Mientras que Gorostiza compara a la creación de un poema con el juego de las escondidas, al afirmar: “La poesía no es diferente, en esencia, a un juego de ‘a escondidas’ en que el poeta la descubre y la denuncia, y entre ella y él, como en amor, todo lo que existe es la alegría de este juego”. Gerardo Diego también se interna en oscuros laberintos: “La poesía hace el relámpago y el poeta se queda con el trueno atónito en las manos, su sonoro poema deslumbrado. Creer lo que no vimos dicen que es la fe. Crear lo que no veremos, esto es la poesía”.

 

La poesía hace presencia, a través de su misterio, aun más allá de lo que el hombre puede realizar e incluso comprender.

 

Sin embargo, en el sentido tradicional, es la palabra la que da orden y nombre a las cosas. El poeta es un prestidigitador que revela, en un instante asombroso, lo innombrable. Ese alumbramiento del que hablaba Heidegger es también el alumbramiento espiritual mencionado por Kierkegaard; una especie de iluminación súbita, un relámpago capturado por el poeta que funciona como un pararrayos, en la fantasía metafórica del chileno Vicente Huidobro. “En el principio era el verbo”, dicta esa máxima bíblica, entendiendo el verbo como vocablo y como acción. Los griegos también tenían un término para definir el acto en que el vacío y la materia podían juntarse, algo en lo que se trabaja en los grandes aceleradores de partículas, norteamericanos y europeos. Se le denominó ápeiron. Y sabe a magia. El poeta, cuando nombra, cuando consigue capturar el instante poético entre sus versos, consigue ascender al ápeiron de lo que mira, imagina o sueña. El poeta es quien realiza el truco, sin revelarlo ni comprenderlo siquiera. Así, Jodorowsky afirma: “Podemos renovar la realidad por medio de la poesía, renombrando las cosas que nos rodean con nuevas palabras. De esta manera las transformamos, porque los nombres imprimen la identidad”.

 

El filósofo alemán Martin Heidegger aclara: “Poetizar y pensar son dos modos de hacerse cargo de lo real bien diferentes… El poeta (…) no describe el mero aparecer del cielo y de la tierra. El poeta (…) llama a aquello que, en el desvelarse, hace aparecer precisamente el ocultarse… (…) llama lo extraño como aquello a lo que se destina lo invisible para seguir siendo aquello que es: desconocido” (Heidegger, 2002: 149). La poesía hace presencia, a través de su misterio, aun más allá de lo que el hombre puede realizar e incluso comprender. La naturaleza es fuente inagotable de poesía: la encontramos en un trueno, en un arroyuelo formado después de una tormenta, en el profundo azul del cielo. Pero también la encontramos en la obra realizada por la especie humana. El oficio del ser humano es la creación; la imitación o interpretación de ese mundo natural, el intento de capturar la belleza que habita y respira a su alrededor. A ello consagra su trabajo. Al respecto de la intuición, el escritor Dámaso Alonso manifiesta:

 

¿Cómo es, en qué consiste la revelación de un contenido de arte, esa iluminación que una mente transmite a otra? Estas intui­ciones (…) se dife­rencian de la científica (mucho más simple) en que movilizan, por decirlo así, la totalidad psíquica del hombre: la memoria (…) básicamente el entendimiento se trata de una intuición intelectual (Dámaso, 1981).

 

Esta idea se aproxima a la realidad poética, realidad en intangibilidad, y aquí nos adentramos a los oscuros secretos de la ciencia. El problema con el fenómeno poético, aclara el escritor Jorge Cuesta en este orden de ideas, es que no puede alcanzarse de una manera racional, sino a través de los sentidos y una profusa sensibilidad: “Poesía significa creación, y sabemos que no pueden crearse sino realidades” (Cuesta, 1981). Por ello recurrimos a lo poético, a la invención de nuestras propias realidades para explicar espiritualmente el mundo e incluso el universo. “No hay más realidad que la realidad”, dicta en el siglo XIII el poeta sufí Ibn Rushd, mejor conocido como Averroes, el gran pensador de Córdoba, quien en su obra refleja la geometría del universo en su simpleza. Todas las cosas formadas por las fuerzas del universo tienen una forma y un contenido divinos, asegura en la más profunda perplejidad. Una afirmación debatible, por supuesto. El ser humano siempre ha buscado explicaciones para la perfección del cosmos: la sección áurea, por ejemplo, plantea resolver el misterio de la belleza, descifrar una fórmula que respira entre las posibilidades orgánicas y los objetos. Es un reconocimiento del mundo helénico a un orden al cual pertenecemos, más allá de cualquier miramiento religioso o místico. El poeta español Rafael Alberti, en “A la divina proporción”, aborda precisamente este asunto. Se trata de un texto que aparece en Poemas del destierro, y del cual citamos los siguientes versos: “A ti, cárcel feliz de la retina, / áurea sección, celeste cuadratura, / misteriosa fontana de mesura / que el universo armónico origina… A ti, mar de los sueños angulares, flor de las cinco formas regulares, dodecaedro azul, arco sonoro… Tu canto es una esfera transparente / A ti, divina proporción de oro”. El misterio matemático se convierte en el reflejo poético de lo indescifrable.

 

La búsqueda de la perfección, sombra de un dios esquivo, es evidente en la Historia. Walt Whitman, en su poema “Canto al cuadrado divino”, intentó adentrarse en ello. En su poema, Whitman compara a la figura con un dios. El cuadrado se considera perfecto por el equilibrio de sus lados. Y aprovecha, de paso, para romper con la figuración católica de una divina trinidad: “Canto al cuadrado divino, avanzo desde el Único, / desde los lados, desde lo viejo y lo nuevo, / desde el cuadrado enteramente divino, / sólido, de cuatro lados (todos los lados necesarios), / desde este lado soy Jehová, / soy el viejo Brahma y soy Saturno”.

 

El amor es también motivo de comparación en el determinismo de los cuerpos. En su poema “La ley de gravedad”, Peri Rossi escribe: “Te amo con la inmutabilidad de las leyes físicas. / La tierra atrae a los cuerpos / como tú me atraes hacia tu centro. / Igual que las piedras / caigo sobre ti desde mi altura”.

 

Profundidad mística, alquímica incluso que se vale de encabalgamientos para ahondar en las frondas del misterio, la poesía busca nuevas formas

 

¿Hay entonces, en los versos de un autor la preocupación por ascender a aquello que no puede conocerse, aquello que apenas puede nombrar, incluso recurriendo a la física y a las matemáticas? Es un propósito sempiterno. ¿Se trata de la búsqueda de la divinidad o de un arrebato científico? ¿Metáfora, metafísica o mecánica cuántica? Hemos citado apenas tres ejemplos, pero es largo y variado este empoderamiento de los modelos matemático-físicos expresados a través de imágenes y ritmo: versos dedicados al número cero, al álgebra, a las figuras, a los volúmenes, a las leyes de la gravedad. La respuesta es probablemente una, la desesperación del ser por alcanzar el misterio de su origen y del origen de las cosas, y la resignación al no conseguirlo. En ello el poeta lleva ventaja sobre el científico. Einstein dijo que “lo más incomprensible acerca del universo es que es comprensible”. En oposición, el ars poética parece confirmar lo contrario: lo más comprensible en el universo es que es incomprensible. Congruentes con ello, las leyes de la entropía cuántica. Stephen Hawking reconoce que los modelos que se plantean en la ciencia contemporánea parecen más apuestas que certezas. Acepta que sus modelos sobre la teoría del Big Bang, del Origen del Universo y la expansión o contracción del mismo, son imprecisos. No hay forma de saber, o de comprobar lo que se sabe. Tan diminutos somos. Por ello seguimos recurriendo a metáforas.

 

Roberto López Moreno, poeta mexicano autor de los poemarios E=mc2 y Ábrara, asume esta preocupación por descubrir el origen del todo, y por ahondar en la relación de la palabra que nombra para conseguir un nuevo origen a lo que ya existía. Le denomina Ábrara. ¿Qué es Ábrara? ¿Qué significa? Se trata de uno de tantos atinados neologismos que aparecen en la obra de este autor. La respuesta flota en lo eterno: “Ábrara es la soledad en llamas / en el momento de la concepción. / El apenas instante anterior / del instante anterior / a la mónada / corriendo el guion de su energía proteica / hasta el salto / cualitativo hacia / lo que va a ser creado / y de nueva cuenta, / el apenas instante anterior / del instante anterior / a que se abra flor la cantidad hechizada. / Oh, la magia en su principio… / Oh, el enigma inasible, / antechispa del portento y ya el portento. Ábrara… Intento de decir el acto creador del universo”.

 

¿Ha quedado claro? Si no quedó claro es porque no existe nada firme ni estable en el universo y sus principios: sobran las adivinaciones, los destellos. Profundidad mística, alquímica incluso que se vale de encabalgamientos para ahondar en las frondas del misterio, la poesía busca nuevas formas. La mecánica cuántica plantea nuevos modelos, como los del holandés Hooft y el norteamericano Susskind. El físico argentino Juan Martín Maldacena descubrió un modelo que representa la holografía del cosmos. Desde entonces la mayor parte de los físicos han estado estudiando el aspecto tridimensional del universo, aunque resta aún que ese modelo se aplique a situaciones generales. No sabemos si habrá un descubrimiento inmediato o tendremos que aguardar otros cincuenta años. Gracias a la poesía, no tenemos que esperar para hallar respuestas. A través de los recursos literarios, y sobre todo, a través de la mirada del dentro, nos hallamos próximos no a encontrar el dato exacto sobre el origen del universo, pero sí próximos a adivinarlo, disfrutando a cada paso del proceso poético y la generación de lo metafórico como respuesta a aquello que se resuelve de manera científica. Y quién sabe quién descubra el qué. ¿No será acaso que la poesía ha explicado durante siglos lo que apenas ahora puede comprobarse con fórmulas y teoremas? ¿O es que nada puede ni debe ser explicado, sino intuido? Lo evidente es que el universo acerca, intercala, ordena y despedaza la relación entre las partes. La mecánica cuántica se vuelve ars poética, y luego desaparece. Lo inasible hace presencia en el acto poético y en el universo, en el más profundo de los misterios. Lo más seguro de esta verdad es que no podremos alcanzarla, como sucede con la tortuga de Aquiles, como acontece con el intento vano de rozar con las yemas la delicadeza de los pétalos de la flor. No nos será posible capturar la poesía en su estado puro, jamás.

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Ulises Paniagua

Escritor mexicano (Ciudad de México, 1976). Es poeta, guionista y dramaturgo. Ha publicado en diferentes diarios y revistas literarias de su país. Tiene cuatro libros publicados, en colectivo, con la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam). Recibió una mención honorífica en el Concurso Nacional de Cuento “Criaturas de la Noche”, convocado por el Instituto Coahuilense de Cultura.

UN POEMA DE DYLAN THOMAS

 

HE DESEADO ALEJARME

Tal como indican las notas de la edición de Collected Poems 1934-1953 (Everymen • J. M. Dent, London) la primera versión de este poema, cuyo título era simplemente “Fourteen”, data del primero de marzo de 1933. El joven de Swansea de dieciocho años aún no había realizado su primer viaje a Londres. Por lo tanto, era una etapa de “larga espera” y a lA vez de “temor”.


El 13 de junio de 1936, Dylan Thomas tomó el borrador del cuaderno y reescribió una nueva versión. El joven poeta ya era una celebridad y vivía en Londres, luego de la publicación de 18 Poems (1935).

He deseado alejarme

 

He deseado alejarme
del silbido de la gastada mentira
y de los viejos terrores que continúan llorando
que crecen en más terribles cuando el día
traspasa la colina y entra en el mar profundo,
he deseado alejarme
de la repetición de los saludos,
porque aquí hay fantasmas en el aire
y fantasmagóricos ecos en las páginas.
y un estruendo de notas y llamadas.

He deseado alejarme pero tengo miedo;
alguna vida, no gastada, podría explotar
fuera de la vieja mentira que arde sobre el mundo
y, reventando en el aire, dejarme medio ciego.
No por el miedo antiguo de la noche,
el sombrero alejándose de los cabellos,
labios fruncidos sobre el receptor,
caeré en la pluma de la muerte.
Por esto no tendría miedo de morir,
mitad convención y mitad mentira.

I have longed to move away

I have longed to move away
From the hissing of the spent lie
And the old terrors’ continual cry
Growing more terrible as the day
Goes over the hill into the deep sea;
I have longed to move away
From the repetition of salutes,
For there are ghosts in the air
And ghostly echoes on paper,
And the thunder of calls and notes.

I have longed to move away but am afraid;
Some life, yet unspent, might explode
Out of the old lie burning on the ground,
And, crackling into the air, leave me half-blind.
Neither by night’s ancient fear,
The parting of hat from hair,
Pursed lips at the receiver,
Shall I fall to death’s feather.
By these I would not care to die,
Half convention and half lie.

EXTRAÍDO DE DYLAN THOMAS, COLLECTED POEMS 1934-1953, EVERYMAN (J. M. DENT), LONDON, P. 53. Traducción de Juan Arabia para Buenos Aires Poetry, 2018.

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