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martes

CONDE DE LAUTRÉAMONT, EL ANTAGONISTA DE DIOS


por Jorge Monteleone
(revista Ñ, 2014)
Ha regresado de nuevo al Río de la Plata. Cada vez que leemos Los cantos de Maldoror , del Conde de Lautréamont, ese libro de fuego desollado escrito en francés y traducido al español por el poeta argentino Aldo Pellegrini en 1964, algo de su feroz lengua secreta retorna a la fuente del idioma.
El poeta Isidore Ducasse, hijo de un funcionario del consulado francés y de madre francesa –que perdió a los dos años–, nació en Montevideo el 4 de abril de 1846, durante el sitio a la ciudad por las tropas de Juan Manuel de Rosas y vivió allí hasta los catorce años, cuando viajó a Francia. Al morir, a los veinticuatro años en París, hacia 1870, la ciudad estaba sitiada por los prusianos. Durante muchos años fueron un enigma la vida y la imagen misma de ese poeta que, bajo un seudónimo o, mejor dicho, un doble terrible, Lautréamont, imprime en 1869 la primera versión completa (que por su virulencia tardó en circular) de ese largo poema mutable, torrencial y colérico en prosa y en seis cantos cuyo objeto era “atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que no debería haber engendrado semejante carroña”. El poeta, gran antagonista, se desdoblaba en un ser monstruoso, que oscilaba entre la piedad y el crimen, entre la grandeza y la abyección: Maldoror.
Declaraba en el canto I que “El final del siglo XIX tendrá su poeta (…): nació en las costas americanas, en la desembocadura del Plata, allí donde dos pueblos, otrora rivales, se esfuerzan actualmente por superarse mediante el progreso material y moral. Buenos Aires, la reina del sur, y Montevideo, la coqueta, se tienden una mano amiga a través de las aguas plateadas del gran estuario”.

Un precursor de los surrealistas
 
Como la poesía de Charles Baudelaire y de Arthur Rimbaud, como Para terminar con el juicio de Dios , de Antonin Artaud, el Conde de Lautréamont destronaba a la vez el Logos divino y la moral humanista para explorar la conciencia en el mal y la aniquilación de las facultades humanas. La revuelta de Los cantos de Maldoror (que a partir del descubrimiento de Leon Bloy en 1887, sólo sería comprendido cabalmente en el siglo XX, vindicado por los surrealistas como uno de sus grandes precursores) es una de las más radicales críticas a los atajos de las racionalidades de Occidente para destruir y dominar en nombre de cualquier trascendencia, aquello que Maldoror llamaba el Gran Objeto Exterior: “¡Humillación!, nuestra puerta permanece abierta para la curiosidad feroz del Celestial Bandido”.
La prosa poética de Lautréamont atraviesa las mutaciones de decenas de animales; himnos súbitos y extraños dedicados tanto a los hermafroditas y al océano como a los piojos o las matemáticas; sombríos paisajes exiliares; relatos terribles u obscenos; dobles y duplicidades; puntuales delirios y humoradas sombrías; osarios inmundos y asesinatos y salvaciones y concentraciones de lo sonámbulo, lo viscoso, lo onírico. Su lucidez insomne a la vez desconcierta y alecciona al lector, llevado, como en una “mera alucinación hipnagógica causada por el terror”, hacia una belleza convulsiva.
León Pierre-Quint, Gaston Bachelard y Roger Caillois le dedicaron estudios esenciales; Jean-Jacques Lèfrere una biografía; Julia Kristeva una minuciosa deriva teórica; pero acaso el vasto ensayo de Maurice Blanchot incluido en Lautréamont y Sade (1949) aún es su mejor exégesis. Aquel libro que ilumina como un sol negro halló en la lengua francesa su destino, pero su secreto origen y su eterno retorno en el español hablado en nuestras barrosas orillas. Rubén Darío ya lo incluyó en Los raros (1896) mucho antes de su venerada circulación en Francia. Lo había descubierto en Bloy y escribió sobre Lautréamont: “Vivió desventurado y murió loco. Escribió un libro que sería único si no existiesen las prosas de Rimbaud; un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y penoso; un libro en que se oyen al mismo tiempo los gemidos del Dolor y los siniestros cascabeles de la Locura”. Julio Cortázar lo examinó en sus clases de literatura francesa de los años cuarenta, traducía fragmentos para conocimiento de sus alumnos y ya lo vindicaba junto a Rimbaud en su temprana “Teoría del túnel”; Alejandra Pizarnik lo recreaba como una sombra tutelar en su obra de lúcida agonía; Miguel Angel Bustos fue un descendiente de sus orbes proliferantes; Enrique Pichón-Riviére compuso suPsicoanálisis del conde de Lautréamont .

Una estimulante iniciación a su obra
Pero fue el poeta surrealista Aldo Pellegrini su gran heraldo en nuestra lengua con la cuidada traducción, publicada en su editorial Argonauta hacia 1964, de las Obras Completas ( Los Cantos de Maldoror, Poesías y cartas ), precedidas de un notable estudio preliminar, cuyo minucioso conocimiento del poeta es, todavía, una estimulante iniciación a su obra. Este año se reedita ese volumen para celebrar los cincuenta años de su aparición. Incluye, además, ilustraciones alusivas de artistas del surrealismo y también la única foto de Isidore Ducasse, recién hallada en 1977. En esa chaqueta holgada, el muchacho algo cetrino, de ojos afiebrados y de mirada fija, como absorto y un poco a la defensiva, de pelo negro y espeso y un bigote ralo, parece un uruguayen , un genuino montevideano. Alguien que bien puede pasar por un lejano pariente de Felisberto Hernández, excéntrico y anárquico y genial y que no se parece a nadie.

UN RARO MONTEVIDEANO QUE SE HACÍA LLAMA EL CONDE DE LAUTRÉAMONT


RUBÉN DARÍO

Su nombre verdadero se ignora. El conde de Lautréamont es pseudónimo. Él se dice montevideano; pero ¿quién sabe nada de la verdad de esa vida sombría, pesadilla tal vez de algún triste ángel a quien martiriza en el empíreo el recuerdo del celeste Lucifer? Vivió desventurado y murió loco. Escribió un libro que sería único si no existiesen las prosas de Rimbaud; un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y penoso; un libro en que se oyen a un tiempo mismo los gemidos del Dolor y los siniestros cascabeles de la Locura.

León Bloy fué el verdadero descubridor del conde de Lautréamont. E1 furioso San Juan de Dios hizo ver como llenas de luz las llagas del alma del Job blasfemo. Mas hoy mismo, en Francia y Bélgica, fuera de un reducidísimo grupo de iniciados, nadie conoce ese poema que se llama Cantos de Maldoror, en el cual está vaciada la pavorosa angustia del infeliz y sublime montevideano, cuya obra me tocó hacer conocer a América en Montevideo. No aconsejaré yo a la juventud que se abreve en esas negras aguas, por más que en ellas se refleje la maravilla de las constelaciones. No sería prudente a los espíritus jóvenes conversar mucho con ese hombre espectral, siquiera fuese por bizarría literaria, o gusto de un manjar nuevo. Hay un juicioso consejo de la Kábala: “No hay que juzgar al espectro, porque se llega a serlo”. Y si existe autor peligroso a este respecto, es el conde de Lautréamont. ¿Qué infernal cancerbero rabioso mordió a esa alma, allá en la región del misterio, antes de que viniese a encarnarse en este mundo?

Los clamores del teófobo ponen espanto en quien los escucha. Si yo llevase a mi musa cerca del lugar en donde el loco está enjaulado vociferando al viento, le taparía los oídos.

Como a Job le quebrantan los sueños y le turban las visiones. Como Job, puede exclamar: “Mi alma es cortada en mi vida; yo soltaré mi queja sobre mí y hablaré con amargura de mi alma”. Pero Job significa “el que llora”; Job lloraba y el pobre Lautréamont no llora. Su libro es un breviario satánico; impregnado de melancolía y de tristeza. “E1 espíritu maligno -dice Quevedo en su Introducción a la vida devota- se deleita en la tristeza y melancolía por cuanto es triste y melancólico, y lo será eternamente. Más aún: quien ha escrito los Cantos de Maldoror puede muy bien haber sido poseso. Recordaremos que ciertos casos de locura que hoy la ciencia clasifica con nombres técnicos en el catálogo de las enfermedades nerviosas, eran y son vistos por la Santa Madre Iglesia como casos de posesión para los cuales se hace preciso el exorcismo. “¡Alma en ruinas!”, exclamaría Bloy con palabras húmedas de compasión.

Job: "E1 hombre nacido de mujer, corto de días y, harto de desabrimiento...”.

Lautréamont: “Soy hijo del hombre y de la mujer, según lo que se me ha dicho. Eso me extraña. ¡Creía ser más!”.

Con quien tiene puntos de contacto es con Edgar Poe.

Ambos tuvieron la visión de lo extranatural, ambos fueron perseguidos por los terribles espíritus enemigos, "horlas" funestas que arrastran al alcohol, a la locura, o a la muerte; ambos experimentaron la atracción de las matemáticas, que son, con la teología y la poesía, los tres lados por donde puede ascenderse a lo infinito. Mas, Poe fué celeste, y Lautréamont infernal.

Escuchad estos amargos fragmentos:

“Soñé que había entrado en el cuerpo de un puerco, que no me era fácil salir, y que enlodaba mis cerdas en los pantanos más fangosos. ¿Era ello como una recompensa? Objeto de mis deseos: ¡no pertenecía más a la humanidad! Así interpretaba yo, experimentando una más que profunda alegría. Sin embargo, rebuscaba activamente qué acto de virtud habia realizado, para merecer de parte de la Providencia este insigne favor...

“Mas, ¿quién conoce sus necesidades íntimas, o la causa de sus goces pestilenciales? La metamorfosis no pareció jamás a mis ojos, sino como la alta y magnífica repercusión de una felicidad perfecta que esperaba desde hacia largo tiempo. ¡Por fin había llegado el día en que yo me convirtiese en un puerco! Ensayaba mis dientes sobre la corteza de los árboles; mi hocico, lo contemplaba con delicia. “No quedaba en mi la menor partícula de divinidad: supe elevar mi alma hasta la excesiva altura de esta voluptuosidad inefable”.

León Bloy, que en asuntos teológicos tiene la ciencia de un doctor, explica y excusa en parte la tendencia blasfematoria del lúgubre alienado, suponiendo que no fue sino un blasfemo por amor. “Después de todo, este odio rabioso para el Creador, para el Eterno, para el Todopoderoso, tal como se expresa, es demasiado vago en su objeto, puesto que no toca nunca los Simbolos”, dice. Oíd la voz macabra del raro visionario. Se refiere a los perros nocturnos, en este pequeño poema en prosa, que hace daño a los nervios. Los perros aúllan: “sea como un niño que grita de hambre, sea como un gato herido en el vientre, bajo un techo, sea como a una mujer que pare; sea como un moribundo atacado de la peste, en el hospital; sea como una joven que canta un aire sublime -contra las estrellas al Norte, contra las estrellas al Este, contra las estrellas al Sur, contra las estrellas al Oeste; contra la luna; contra las montañas; semejantes, a lo lejos, a rocas gigantes, yacentes en la obscuridad-; contra el aire frío que ellos aspiran a plenos pulmones, que vuelve lo interior de sus narices rojo y quemante; contra el silencio de la noche; contra las lechuzas, cuyo vuelo oblicuo les roza los labios y las narices, y que llevan un ratón o una rana en el pico, alimento vivo, dulce para la cría; contra las liebres que desaparecen en un parpadear; contra el ladrón que huye, al galope de su caballo, después de haber cometido un crimen; contra las serpientes agitadoras de hierbas, que les ponen temblor en sus pellejos y les hacen chocar los dientes -contra sus propios ladridos, que a ellos mismos dan miedo; contra los sapos, a los que revientan de un solo apretón de mandíbulas (¿para que se alejaron del charco?); contra los árboles, cuyas hojas muellemente mecidas son otros tantos misterios que no comprenden, y quieren descubrir con sus ojos fijos inteligentes-; contra las arañas suspendidas entre las largas patas, que suben a los árboles para salvarse; contra los cuervos que no han encontrado qué comer durante el día y que vuelven al nido, el ala fatigada, contra las rocas de la ribera; contra los fuegos que fingen mástiles de navíos invisibles; contra el ruido sordo de las olas; contra los grandes peces que nadan mostrando su negro lomo y se hunden en el abismo-, y contra el hombre que les esclaviza...”.

"Un día, con ojos vidriosos, me dijo mi madre:

-Cuando estés en tu lecho, y oigas los aullidos de los perros en la campaña, ocúltate en tus sábanas, no rías de lo que ellos hacen, ellos tienen una sed insaciable de lo infinito, como yo, como el resto de los humanos, a la figure pale et longue...” “Yo -sigue él-, como los perros sufro la necesidad de lo infinito. ¡No puedo, no puedo llenar esa necesidad!”. Es ello insensato, delirante; “mas hay algo en el fondo que a los reflexivos hace temblar”.

Se trata de un loco, ciertamente. Pero recordad que el deus enloquecía a las pitonisas, y que la fiebre divina de los profetas producía cosas semejantes: Y que el autor “vivió” eso, y que no se trata de una “obra literaria”, sino del grito, del aullido de un ser sublime martirizado por Satanás.

El cómo se burla de la belleza -como de Psiquis por odio a Dios-, lo veréis en las siguientes comparaciones, tomadas de otros pequeños poemas :

“...E1 gran duque de Virginia, era bello, bello como una memoria sobre la curva que describe un perro que corre tras de su amo . . . ” “El vautour des agneaux, bello como la ley de la detención del desarrollo del pecho en los adultos cuya propensión al crecimiento no está en relación con la cantidad de moléculas que su organismo se asimila...E1 escarabajo, “bello como el temblor de las manos en el alcoholismo...”

E1 adolescente, “bello como la retractibilidad de las garras de las aves de rapiña”, o aún “como la poca seguridad de los movimientos musculares en las llagas de las partes blandas de la región cervical posterior”, o, todavía, “como esa trampa perpetua para ratones toujours retendu par l'animal pris, qui peut prendre seul des rongeurs indéfiniment et fonctionner même caché sous la paille”, y, sobre todo, bello “como el encuentro fortuito sobre una mesa de disección, de una maquina de coser y un paraguas...”

En verdad, ¡oh espíritus serenos y felices!! que eso es de un “humor” hiriente y abominable.

¡Y el final del primer canto! Es un agradable cumplimiento para el lector el que Baudelaire le dedica en las Flores del Mal, al lado de esta despedida: “Adieu, vieillard, et pense à moi, si tu m'as lu. Toi, jeune homme, ne te désespére [sic] point; car tu as un ami dans le vampire, malgré ton opinion contraire. En comptant l'acarus sarcopte qui produit la gale, tu auras deux amis”.

Él no pensó jamás en la gloria literaria. No escribió sino para sí mismo. Nació con la suprema llama genial, y esa misma le consumió.

E1 Bajísimo le poseyó, penetrando en su ser por la tristeza. Se dejó caer. Aborreció al hombre y detestó a Dios. En las seis partes de su obra sembró una Flora enferma, leprosa, envenenada. Sus animales son aquéllos que hacen pensar en las creaciones del Diablo: el sapo, el buho, la víbora, la araña. La Desesperación es el vino que le embriaga. La Prostitución, es para él, el misterioso símbolo apocalíptico, entrevisto por excepcionales espíritus en su verdadera transcendencia: “Yo he hecho un pacto con la Prostitución, a fin de sembrar el desorden en las familias... ¡Ay...! ¡Ay...!, grita la bella mujer desnuda: los hombres algún día serán justos. No digo más. Déjame partir, para ir a ocultar en el fondo del mar mi tristeza infinita. No hay sino tú y los monstruos odiosos que bullen en esos negros abismos, que no me desprecien”.

Y Bloy: “E1 signo incontestable del gran poeta es la ‘inconsciencia’ profética, la turbadora facultad de proferir sobre los hombres y el tiempo, palabras inauditas cuyo contenido ignora él mismo. Esa es la misteriosa estampilla del Espíritu Santo sobre las frentes sagradas o profanas. Por ridículo que pueda ser, hoy, descubrir un gran poeta y descubrirle en una casa de locos, debo declarar en conciencia, que estoy cierto de haber realizado el hallazgo”.

El poema de Lautréamont se publicó hace diez y siete años en Bélgica. De la vida de su autor nada se sabe. Los “modernos” grandes artistas de la lengua francesa, se hablan del libro como de un devocionario simbólico, raro, inencontrable.

[Ecrit en 1893, publié en 1896]

domingo

noción de PATRIA SEGÚN JULIO HERRERA Y REISSIG


(Una publicación sin fecha ni fuente ubicables que asomará indeleblemente en la película La galante calavera de Álvaro Moure Clouzet)

La Patria es algo más que la charanga vanidosa de la prepotencia en juego con el egoísmo ciego, algo que no cabe dentro de las estridencias coloristas del lábaro victorioso ni en los símbolos abracadábricos de los estandartes de la epopeya, ni entre las páginas artificiosas de sus códigos institucionales, ni entre los cuadros erizados de muerte de sus infanterías, ni siquiera en los lindes territoriales adentro de los cuales se agitan en tumulto los ciudadanos; la Patria no es un sentimiento civil ni una tabla épica del Sinaí de la gloria, ni una morada colectiva, ni un patrimonio oficial, ni un ápice más allá de la frontera, ni una ley de más o de menos, no es el fruto alambicado de una cordialidad diplomática, ni la consecuencia fortuita de un equilibrio entre nacionalidades, ni el trofeo pedante de una victoria aquilina, ni la posesión de una conquista audaz - no es nada especioso, ni solemne ni material ni lógico, ni utilitarista, ni bélico, ni potente, ni bello, ni estratégico, ni se puede medir por kilómetros, ni valorar por el número de sus hijos, ni admirar por su historia guerrera, ni respetar por sus baterías. La Patria es algo inmenso, algo íntimo, algo divino insustancial y a la vez predominantemente humano; la Patria es la sonrisa del niño en el amanecer, es la adolescencia florida del hombre, es su madre que le besa, es el sol que le alumbra, es su hogar que le espera, es su amante que le da vértigos, es el campo libre en que juega siendo niño, en que suda siendo padre y en el que inclina por vez postrera para morir; es el arte que le deleita, la sabiduría que lo enaltece, las flores y los pájaros, la viña y el lagar, el susurro de las brisas y el buen pan solariego que lo conforta, la Patria es el Hada Madrina, son sus abuelos, narradores de hazañas, sus tradiciones, rugosas, los infolios empolvados y el llavero anciano que repica en la granja paterna abandonada; la Patria es la aurora que llora en el jardín de sus poetas y son los crepúsculos románticos de sus amores, y los cielos estrellados de sus citas; la Patria son sus amigos -y algo más, son sus recuerdos, su propio polvo que sacude por el camino, sus propios desgarramientos, sus nostalgias, en fin; el campanario de su Parroquia, el arroyuelo de su barrio, la montaña de su aldea, las cabañas de sus pastores. La Patria es la naturaleza, es la religión, es la vida misma de la vida, en el hogar supremo, el instinto de los instintos, la condición misma de nuestra dicha. La Patria es una síntesis del Universo y una rama de la humanidad. Es algo, dulce, etéreo, arrullador, alado, invisible, personal, colectivo, insustituible, único porque la Patria nace con nosotros o más bien dicho, la Patria somos nosotros mismos.

LA ENTREVISTA A JULIO HERRERA Y REISSIG QUE PUBLICÓ CARAS Y CARETAS EN 1907



LOS MARTIRIOS DE UN POETA ARISTÓCRATA


por Juan José Soiza Reilly

La famosa entrevista publicada en Caras y Caretas en enero de 1907, y que aquí transcribimos textualmente, había sido preparada por una carta que el poeta enviara meses antes al periodista -de donde éste toma fragmentos literales escritos por el poeta- y por una visita en persona que ocurrió en la primavera de 1906, cuando José Adami tomó las famosas fotografías. El poeta sugirió que se tomase la foto en la que supuestamente se inyecta morfina -hábito que realmente tenía-, aunque en ella no se está inyectando realmente morfina. (Tomado de www.herrerayreissig,org)

(Publicado en el Boletín Nº 62 de la Asociación de Profesores de Literatura del Uruguay / agosto 2010)


Venga usted á verme. Estoy siempre en la torre. Ya nadie me visita. Venga…


* * *

Fui… Verdad. Ya nadie lo visita. ¡Ese abandono será un presagio de laureles futuros! ¡Quién sabe! Tal vez, sí. Quizá, no, Sin embargo, Verlaine nunca tuvo, en América, un hermano mejor, Baudelaire no ha podido dejar hijo más semejante. El diablo, -pero el Satanás artístico de Bols,- tiene en Herrera un devoto sincero. El niño Jesús, puede hallar en él a un rey mago ferviente. Ya véis… Entre tanto, el poeta más raro, el lirico más triste, el pecador más esteta, el jilguero de sangre más azul, el loco más radiante, más fogoso, más bueno y más encantador que haya tenido el Plata, vive, solo, en su torre, allá, en Montevideo… Después de tanto ruido, vive solo. Muy solo. Más solo todavía que los muertos. Por eso, sobre la tumba, -petrificada de silencio y de olvido, -sobre la tumba donde su nombre duerme, ya cadáver, -vibra, -hermosamente porque suena á responso, -el amable latín de los elogios fraternales. Elogios que serán solitarios y que harán reír, con lástimas inútiles, á los calvos sacerdotes de la literatura alcanforada… Es criminalmente alevoso que los perros de la envidia profanen con sus dientes el dulce corazón de este pobre corderito ciego que se muere por exceso de vida, y que vive, en perpetuo pecado, por desprecio a la muerte… ¿Queréis verlo? ¿Queréis oír su voz? Queréis saber lo que dice, lo que piensa, lo que sufre, lo que goza? Bueno. Es fácil. Subid conmigo. Trepemos por la vieja escalera del antiguo palacio. Subid, sin descansar. Por estas escaleras pasaron, hace tiempo, muchas rojas aristocracias fallecidas; muchas razas neuróticas ya extintas. De ellas proviene el extraño poeta que vais a conocer. Subid. Ya llegamos. Es aquí. Es esta la famosa Torre de los Panoramas. Entremos. Ved, ahora cómo el poeta, en una ingenua explosión de bondad, nos recibe. Parece un niño enfermo. Al vernos, vibra todo entero cual una campana que tuviera nervios. Está en la cama. Pocas veces se levanta. Así vive feliz, aunque sufre. Nos habla… Habla de sus versos, de su prosa, de su vida. Y, por fin, nos habla de lo que deseamos que nos hable; del opio, del éter, de la morfina, de sus paraísos artificiales…

-“Yo no soy un vicioso. Cuando tengo que escribir algún poema en el que necesito volcar todo mi ser, toda mi sangre, toda mi alma, fumo opio, bebo éter y me doy inyecciones de morfina. Pero eso lo hago cuando tengo que trabajar. Nada más… Se ha formado entorno mío una leyenda bárbara. No. Yo no soy un vicioso. No soy un fanático. Los paraísos artificiales son para mí un oasis. Una fuente de inspiración… Además, la morfina y el opio me producen un sueño tan encantador, tan plácido, tan celestial y tan divino, que bien vale ese sueño un trozo de mi carne; de mi carne burguesa que conserva aún el asqueroso vicio de comer!... Me dirán que las agonías de Quincy, de Baudelaire y de tantos otros maestros, son buenos ejemplos para no abusar de los placeres del nirvana; pero á mí ¡qué pueden importarme los consejos de la gente normal que pesa las palabras, que mide las virtudes y que metodiza los espasmos de la médula!”.

Y yo creo que Herrera y Reissig tiene razón. ¡Qué puede importarle al artista la vida geométrica del que no es artista! He dicho artista. Y, en verdad, os repito, que lo es. Sus poesías, -misteriosas como fantasmas, -sus poesías, obscuras como tormentas, se iluminan de repente por resplandores de relámpago y por luces de rayos. Sus elogios son joyas. Su primera composición fue publicada en “La Razón”, de Montevideo, por Carlos María Ramírez. Escuchad:

-“Por esa poesía cordilleresca, titulada Miraje”, se me llamó “genio”. “imaginación hugoniana” y otros desatinos igualmente agradables. ¡Qué infamia! Eso me dio fama de gran poeta. En 1890 fundé esta Torre de los Panoramas, émula de las torres de Babel, de Alejandría, de Piza, de Babilonia, de Eiffel. Por aquí pasaron todas las personalidades del país y muchas del extranjero. Yo era el Bautista. Mi gloria mayor consiste en haber revelado á Montevideo los refinamientos literarios de París. Tuve popularidad de poeta exquisito. Fui un poeta de la aristocracia encajado en pleno campamento charrúa. ¡Esto no dejaba de ser un hermoso espectáculo!... “Revue des revues”, ha publicado varios trabajos míos. Aún no soy diputado. Ni siquiera cónsul… Vivo en plena lujosa miseria, comiéndome mis títulos aristocráticos. El progreso no existe para los artistas en esta ciudad colonial, jesuítica, mongólica por excelencia. Así, ¡para qué escribir! El país, literalmente, es sordo-mudo. ¡Oh, paradoja de la literatura, en un cementerio de almas!...”

Y la voz del poeta, suave, melodiosa como la de un niño ó como el rugido de un león que está muy viejo, prosigue destrozando ídolos, estatuas, fetiches… Es un aristócrata. Sangre de reyes españoles circula por sus venas. Adivinase que también los moros tuvieron algo que ver con su abolengo. Pero él dice:

-“Soy un bohemio. Por eso, todos los días, converso un cuarto de hora con la muerte…”.

Después, enmudece. No dice nada más, porque es innecesario.

sábado

Quizás ya es tiempo...SUMO - Heroína (de la serie de Julio Herrera a Lautremont)



(si tiene problemas para visualizar el video, recorte y pegue en el navegador el siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=-2JQe4BRisg )


Estoy enamorado de este mundo moderno.
Estoy enamorado de estas chicas modernas.

Yo amaba a una chica inglesa.
Ahora amo a una pequea chica alemana.
Yo amaba a una chica italiana.
Ahora amo a una chica argentina.
Yo amaba a este mundo de rock and roll,
ahora amo aquel viejo mundo del suicidio.

Pero hay una cosa,
una cosa que no puedo olvidar
porque está en mi cabeza
y pienso en ella cuando estoy en la cama.
Sabes lo que es?

Heroina
Heroina
Heroina

Porque sabes, algo queda en mi cabeza
Sabes lo que es?

Heroina
Heroina
Heroina
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