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sábado

ORTEGA Y GASSET / LA REBELIÓN DE LAS MASAS



TRIGESIMOQUINTA Y ÚLTIMA ENTREGA

APÉNDICE III

EL SIGLO XVIII
(1)

La gloria del siglo XIX ha sido la implantación de ciertos principios que creaban una vida pública radicalmente nueva y en lo esencial contrapuesta a la de todos los tiempos. El hombre que gobierna esa centuria no tuvo que inventar esos principios ni siquiera las formas primeras, embrionarias de su aplicación. Educado en el siglo XVIII recibe de él todo ese tesoro y además el impulso ideal que mueve internamente su ánimo. No tiene, pues, gran mérito que se lanzase enérgicamente a la ejecución de tan magnífico programa vital. Sólo en una cosa podía ese hombre del siglo XIX haber mostrado su genialidad, su altitud de alma: en el cuidado que hubiera puesto al realizar la empresa, en la vigilancia y sentido de responsabilidad que presidiese a su marcha. Tres siglos -en rigor toda la historia europea- se habían extenuado para deshilar ese maravilloso proyecto que es puesto en su mano. Nada más fácil que embalarse en él. Apenas iniciada su implantación comienza a producir efectos fabulosos.

El hombre del siglo XVIII no ha visto funcionar en plena vigencia ni la democracia, ni la experimentación ni el industrialismo que había inventado. Ignoraba, pues, las repercusiones de su funcionamiento sobre la naturaleza humana. Quedaba para el siglo XIX el compromiso de completar aquel sistema de principios con un sistema de correcciones y complementos inspirados en la práctica. Pues bien, es curioso notar la constancia con que la pasada centuria falta a ese compromiso. No comprende que al educar a los hombres en nuevo régimen de democracia hay que enseñarles algo más que democracia, es decir, algo más que sus derechos, a saber, sus obligaciones. No comprende que al tomar la ciencia el camino experimental tendía inexorablemente a disociarse en un mecánico especialismo, que era forzoso compensar de alguna manera para mantener la sustancia misma de esa ciencia, que es su unidad. No comprende que el industrialismo abandonado a su propia índole hace a la humanidad esclava de la producción dando con ello a lo económico un predominio en la vida pública y en la privada que significa una deformación monstruosa del organismo humano. O mejor dicho: comprende todo esto, como no podía menos, pero no cumple los deberes que esa comprensión automáticamente le define.

Cuanto más se analiza la pasada centuria más claro aparece que casi todo lo bueno de ella no es suyo sino del siglo anterior y que lo propiamente suyo fue una tenaz prevaricación histórica (2). Faltó concienzudamente a cuanto en su misión histórica implicaba deber de inventar. No añadió nada esencial a lo recibido sino que se dejó ir por la pendiente que los principios heredados indicaban. Nunca se mantuvo al usarlos, como todo hombre responsable debe, encima de ellos, conservando el dominio sobre su funcionamiento, dueño así de su propio destino y, por lo tanto, del porvenir histórico. No cabe la excusa de que no pudiera verse desde dentro de ese siglo lo que le faltaba porque las individualidades verdaderamente superiores de aquella edad -unos cuantos hombres de rincón, meditabundos- lo previeron con toda claridad y lo declararon con todo rigor.




Un razonamiento simplicísimo llevaba a esa anticipación. El implantador de la democracia no había sido educado en democracia sino en el “antiguo régimen” o en el residuo aun persistente de su atmósfera ética. El iniciador del especialismo no era por su parte especialista sino que aun poseía la enciclopedia de su ciencia. La industria triunfante no se nutría de un aire público creado por ella sino que beneficiaba de cuanto en la sociedad pervivía aun del ambiente preindustrial. El siglo XIX, pues, reunía las ventajas de los nuevos principios a las favorables supervivencias del anterior. Él no era hijo de sí mismo. Lo que de radical innovación había en su obra -la nueva organización de la vida- no reobraba aun sobre su vida. Pero era evidente que generación tras generación se iban evaporando los restos del siglo XVIII e iban quedando en seco, aislados, los nuevos principios. El hombre nacido a la vigencia plena de estos y sólo de estos era el hijo de la Revolución, el novísimo Adán. ¿Cómo no preguntarse automáticamente si ese nuevo tipo de hombre tenía condiciones para continuar el plan histórico que el siglo XIX inicia? ¿Cómo no preguntarse si el educado en pura democracia será capaz de ser demócrata careciendo de una ética complementaria? ¿Si el especialista nato podía ser de verdad “hombre de ciencia” o más bien perdería todo contacto con las raíces mismas del saber? En fin ¿si el industrialismo abandonado a su propia gravitación no se anularía -por múltiples causas- a sí mismo?

El siglo XIX no quiso contestarse a estas preguntas y por eso las respuestas andan ahora por la calle sobre sus dos pies. Son el problema gigantesco, sin par en la historia, que aquella centuria tan gloriosa nos ha legado. El hijo de la democracia liberal es de intención anti-liberal y, en rigor, anti-demócrata (siendo, a la vez, lo uno y lo otro). El hijo del especialismo científico no siente entusiasmo por la ciencia. El industrialismo filial de aquel triunfante empieza a perder su propia cabeza. Y todo esto, lo es el hombre nuevo galanamente, cínicamente, inanemente. Porque no muestra ni siquiera la pretensión de haber superado todas esas cosas en un nuevo sistemas de normas vitales más agudas y exactas. Parece dispuesto a vivir en seco, sin normas ni proyectos de ninguna clase.

Notas

(1) El original manuscrito de La rebelión de las masas no ha aparecido entre los papeles de Ortega. Con una excepción: la de aquellas páginas que contenían desarrollos que fueron eliminados del libro pero, sin embargo, conservados, posiblemente, con vistas a su utilización en otro contexto. Reproduzco, como Apéndice III, estas páginas -inéditas- que complementan algunas consideraciones contenidas en el capítulo VI del libro.
(2) Tal vez las dos cosas originales del siglo XIX que merecen admiración son su amor y su literatura.

viernes

ORTEGA Y GASSET / LA REBELIÓN DE LAS MASAS



TRIGESIMOQUINTA ENTREGA

APÉNDICE II

(SOBRE LA REBELIÓN DE LAS MASAS) (1)

Hubiera preferido no hablar ante ningún público en este mi breve viaje a Inglaterra. Hubiera preferido que mi viaje fuera taciturno. Pues me interesa hacer constar que es, aunque parezca extraño, mi primer viaje a este país. Las causas de este sorprendente retraso no son para enunciarlas aquí y ahora. Sólo diré que un primer viaje a Inglaterra pertenecía al repertorio de insospechadas virginidades que me había reservado para justificar ante mí mismo la prolongación de mi existencia, pues siendo toda virginidad algo cuyo sentido está en que sea en alguna hora perdida viene a significar como una promesa de futuro.

Pero es el caso que la Canning House ha insistido para que hable a ustedes informalmente durante un rato y aunque he procurado defenderme de tal proposición, he concluido por rendirme a ella a fin de que el señor Livermore no quede descontento de mí. Desgraciadamente para los efectos de éste, yo he sido estos días una pieza en la magnífica pero inexorable máquina del festival con que la Universidad de Glasgow ha celebrado su quinto centenario. Durante ellos no he tenido un solo minuto para recogerme un poco y premeditar debidamente esta conferencia. He tenido que andar vestido con los vivos colores de los atuendos universitarios que hacían de mí un pájaro de las Islas, he tenido que oír infinitos discursos, afrontar incontables conversaciones, por todo lo cual llego a ustedes exhausto y vacío. No esperen pues, nada valioso de esta mi peroración. Voy simplemente a hablar un poco sobre un libro mío que ha tenido no sé si la fortuna o la malavenencia de interesar a los lectores de habla inglesa. Lo único singular del caso es que por primera vez en mi vida hablo sobre ese tan conocido libro. Otra virginidad que voy a perder en esta exigente isla.

Como muchos de los que me escuchan aunque estudian el español no lo oyen cómodamente, haré el esfuerzo de decir mi decir pausadamente, separando una palabra de otra. Los hispano-americanos aquí presentes me perdonarán las fatigas que esto supone. En cuanto a los españoles están hartos de oírme, de manera que bien pueden aguantarse, con un ligero sacrificio a cuenta de la propaganda. Claro que esto quita el tempo y la melodía de elocución.

Debo hacer constar que el tema para esta conversación en monólogo me fue prescrito, bien que amablemente, por el señor Livermore. Se quería que hablase sobre la actual situación del problema que hace un cuarto de siglo denominé “La rebelión de las masas”. Voy a hacerlo de manera muy sobria porque el tema -a saber, qué pasa con las masas hoy en comparación con lo que yo creí entrever hace más de veinte años- reclamaría, para ser fecundamente tratado, muy amplios desarrollos.

Una última advertencia preliminar que necesito expresamente hacer. Noten que se me ha invitado a hablar de lo que hoy -tal y cómo están las cosas- tendría que decir sobre mi viejo libro- por tanto, que quedo forzado a hablar de algo que es mío y de mí. Bien sé que los usos ingleses vedan el que alguien hable o escriba de sí mismo. Prefieren la anonimidad. Sobre el asunto tendría bastante que decir pero esto me obligaría a hacer algo aun más importante que hablar de mí mismo, a saber: tendría que hablar de los ingleses y hablar a fondo, cosa que -me atrevo a insinuar- tal vez no se ha hecho nunca. El hombre inglés, el modo de ser hombre que en esta isla se ha producido y que es una de las más extraordinarias y extrañas figuras de la humanidad occidental, está aun completamente por esclarecer y por intentar su explicación, si es que esta es asequible.

Comencemos, pues, por mi libro y por mí. Ya verán cómo, al hacerlo, me las arreglo para distanciarme de mí, para convertirme en objeto, en un hecho que ha pasado ahí afuera, en la gran anchura del mundo, y que voy a referirme a mi persona como podría referirme a una jirafa o a un ornitorrinco.

Mi libro La rebelión de las masas comenzó a publicarse en 1927, pero buena parte de sus ideas están ya anticipadas en otro anterior, aparecido en 1921 bajo el título España invertebrada. Se trata, pues, de ideas, de entrevisiones que tratan de treinta años. Se trata, por tanto, de ideas ya muy viejas y lo que me sorprende es que el volumen aquel siga hoy leyéndose más que nunca. Traducido en las más diversas lenguas, creo que a estas fechas se ha vendido de él más de un medio millón de ejemplares. Ahora bien, esto no me enorgullece nada. Al contrario, el favor que este volumen ha encontrado en todo el mundo, créanme, significa para mí una objeción contra el mundo, pues revela que en aquellos años nadie supo ver mejor que yo y en obra más madura y perfecta lo que empezaba a pasar. Porque acontece que mi volumen titulado La rebelión de las masas no tuvo nunca, por mi parte, la pretensión de ser un libro ilustre. Más aun no tuvo nunca ni siquiera la pretensión de ser un libro. Es simplemente una serie de artículos publicados en un periódico popular, de gran circulación, El Sol. Estos artículos, que hoy son sus capítulos, han sido redactados al galope -urgencia motivada porque tenían que ir inmediatamente a la imprenta, a veces cuartilla tras cuartilla para aparecer al día siguiente. Esa urgencia, a su vez, tenía una causa poco frecuente en la vida de los intelectuales ingleses: la necesidad de cobrar inmediatamente los escasos metales preciosos que por el artículo me pagaban, con los cuales yo tenía que alimentar a algunos descendientes que había contribuido a poner sobre la costra del planeta. Tal vez piense yo que el intelectual, al menos el intelectual cuya vocación es tener visiones, crear ideas, no debe ser tratado con mimos. Su misión reclama acaso sufrir la áspera presión de su medio, tener que reobrar contra él, luchar con él. Puede que más adelante tenga ocasión de mostrar cómo en la esa forma surgió la primera gran manifestación de la intelectualidad propiamente tal que ha habido en la historia, allá en Grecia, veintiséis siglos hace.

Sin duda hay que proteger las ciencias y las letras porque la producción científica y literaria es y tiene que ser, en gran parte, obra no de la inteligencia creadora sino de una continuada y cotidiana laboriosidad. Mas la inteligencia propiamente tal no puede convertirse en un oficio, en una profesión. La inteligencia, por su naturaleza misma, ni es un trabajo ni puede ser una magistratura. Consiste en súbitas, instantáneas visiones y entrevisiones que nadie sabe cuándo ni si van a producirse. La gracia mayor de la inteligencia, que es a la vez condición de su ejercicio, es que no está nunca segura de sí misma. El hombre inteligente precisamente porque es inteligente, no sabe nunca si en el momento inmediato va a ser inteligente. El cree que con seguridad en la permanencia de su perspicacia es precisamente el tonto. El inteligente camina teniendo siempre a la vista las posibles tonterías que se le pueden ocurrir y por eso las evita.

Si de alguien puede decirse que fue de verdad inteligente, es del gran Descartes. Pues bien, él nos dice que si había llegado a tan inteligentes resultados en matemática y en filosofía fue porque había dedicado muy pocas semanas al año a pensar en cuestiones matemáticas y muy pocas horas a pensar en filosofía. Está esto -que no ha sido suficientemente subrayado- en relación con su idea de la bona mens, de la inteligencia que sólo da sus verdaderos rendimientos en instantáneas advertencias, en subitáneas fulguraciones. Por eso, señores, digo que la inteligencia no puede ser una magistratura, ni se puede burocratizar, que es inoperante quererla proteger y que ya ella por sí, sostenida por la más venturosa y radical vocación que puede darse, procura entre las asperezas y dificultades de la vida, independiente, libre de todo -incluso libre de protección- recibir las siempre inesperadas revelaciones.

La autoridad que mi libro, sin pretenderlo yo, ha ganado en el mundo se debe a que en él se hacían algunas graves profecías que a estas horas, desgraciadamente, se han cumplido.

Las gentes han sentido siempre una admiración en que se mezcla el respeto con la desazón, hacia esos hombres extraños que preveían el futuro. Porque el futuro es la región del tiempo donde los hombres, en realidad, vivimos. La vida, no se olvide, es una faena que se hace hacia adelante. Lo que nos importa e inquieta es lo que pueda pasar en el momento que va a venir, el inmediato o el remoto. El hombre está en todo instante proyectado sobre ese pavoroso vacío que es el porvenir. Ahora bien, digo que el futuro, el porvenir es algo vacío ante nosotros porque es la dimensión matemática de nuestra vida. No sabemos nunca lo que va a traernos, lo que nos va a pasar. Es lo esencialmente inseguro.




Pues bien. Se comprende que las gentes quisieran prever el futuro y se comprende que al ser incapaces de ello, se interesen por todo lo que aparece como profecía, pronóstico y vaticinio. A esto se debe la atención que a mi libro se presta hoy. Pero aquí tiene una vez más comprobación la inutilidad de los profetas. Con la claridad de mediodía que gozaron las mentes griegas, ya en esquilo hacen decir a la primera profetisa, a Casandra que profetizar es la operación más vana de todas porque una de dos: si el profetizar un mal futuro sirviese los hombres lo evitarían y la profecía quedando incumplida, no sería profecía, pero si se cumplía quiere decirse que no había servido de nada prever el fiero porvenir. Por eso Apolo otorgó a Casandra el don de ver el futuro con una condición: la de que nadie le hiciese caso.

Por lo demás, el que yo hace treinta años pudiera vislumbrar lo que iba a acontecer en los siguientes, no tiene nada de particular.

Ha sido normal el que la historia fuese prevista. La historia humana, a pesar de la constante intervención del azar, es algo así como una melodía y quien sabe recibir en sí con intensidad y pureza el trozo de ella que hasta una fecha ha sonado, siente dentro de sí brotar el resto de la melodía que suena hacia el futuro. Sólo es preciso para ello tener absolutamente libres las raíces de su ser; mas como los pueblos que son grandes en determinada actualidad están demasiado prisioneros del presente, demasiado ocupados con los negocios y conflictos del presente. Es insólito que en ellos haya hombres radicalmente liberados y suficientemente abiertos a esas etéreas visiones del porvenir. Por eso las profecías con más frecuentes en pueblos periféricos que fueron grandes y dejaron de serlo, que tienen a su espalda todas las experiencias, que las han visto ya de todos colores, que están depurados al fuego de las dichas y las desdichas. Ahora bien, no se olvide que los portugueses y españoles somos los viejos chinos de Occidente. Sobre todo los españoles tenemos la ventaja de ser el primer pueblo que mandó en Occidente, como Inglaterra ha sido el último, y quien es perspicaz descubre siempre en un hombre individual que ante él se presenta si pertenece a un pueblo que alguna vez mandó. Ese es el caso del español.

Quiero decir con todo esto que mis profecías no son obra personal mía, es mi viejísima raza quien en mí la suscitó. Yo no puse en ello sino un poco de atención -que es lo que no suelen poner en nada mis queridos compatriotas.

Dos grandes pronósticos había en mi casi libro. Uno anunciaba que las masas, no sólo ni siquiera principalmente las masas obreras, iban a proclamar su independencia frente a las minorías que hasta entonces las habían dirigido e iban a imponer en todos los órdenes su predominio. Pero mi libro tenía una segunda parte que en las ediciones inglesas no queda suficientemente destacada por su título. Ese título decía: “¿Quién manda en el mundo?”. Porque es preciso que en el mundo mande siempre alguien. Decir la razón de que esto sea ineludible nos llevaría un poco lejos pero puede resumirse así: llamar a la convivencia de hombres una sociedad -sea esta lo que fuere- suele ocultarnos la verdadera realidad, a saber: que no existe ninguna colectividad o convivencia humana que sea propiamente una sociedad. La idea recibida por nosotros de Aristóteles según la cual el hombre es por naturaleza social, al no expresar sino un lado de la verdad que deja encubierto el otro, es una idea falsísima. Pues la verdad es que en toda convivencia humana hay, claro está, fuerzas y tendencias de socialidad -de otro modo los hombres vivirían dispersos- pero junto a ellas existen siempre fuerzas y tendencias de disociación, disociales o antisociales. El criminal no es sino el caso más grueso y menos importante de ello. Toda sociedad es, pues, a la vez, di-sociedad; o enunciado de otro modo toda sociedad humana es, en cuanto pretensión de ser sociedad, un fracaso, esto es, una realidad enferma. De aquí que a las fuerzas y tendencias disociativas tenga que oponer la convivencia o colectividad una artificialmente organizada que es el poder público, en suma, el Estado. Es una ingenuidad de los anarquistas creer que es posible prescindir del Estado o poder público pero es también una beatería, un utopismo de los juristas creer que el Estado es, por sí, algo bueno y sano. En modo alguno: la existencia e ineludibilidad del Estado procede de que la sociedad está, más o menos, siempre enferma y necesita terapéuticamente regularse mediante un poder público que reprime e impide el triunfo de las fuerzas disociales. El Estado es un aparato ortopédico que la colectividad se pone a sí misma para poder subsistir. Ahora bien, un aparato ortopédico es ya, por sí y sin más, un mal y por perfecto que sea es siempre deficiente. Mas creado para evitar las luchas dentro de la sociedad, para imponer orden, trae consigo que cada grupo social aspire a hacerse dueño del poder público, es decir, del Estado, con lo cual engendra nuevas luchas. La lucha para adueñarse del poder público es lo que, con una vaguísima palabra que casi nadie sabe lo que, en rigor, significa, se llama Política. De donde resulta que siendo el Estado síntoma de una inevitable y constitutiva enfermedad en el cuerpo social, la Política es otra enfermedad que a las primarias se añade. Los pensadores, con una frivolidad increíble, se han ocupado en definir lo que sería la buena Política frente a la mala pero, que yo sepa, ninguno hasta ahora se ha puesto a pensar -por derecho y sin escape- sobre qué es la Política en sí misma, tanto la buena como la mala. De haberlo hecho habrían reparado en que, siendo algo conexo con la enfermedad permanente de toda Sociedad, no es posible que haya una política buena y sólo cabe una política menos mala. Esta es la constante experiencia humana, y no se comprende cómo los pensadores no han sabido formular esa experiencia tantas veces milenaria.

Pues bien, esto nos hace ver -aun enunciado tan brevemente- que en toda sociedad tiene alguien que mandar; y como siempre un mayor o menor número de sociedades han convivido formando una sociedad, más tenue pero más amplia, que era en cada fecha un “mundo”, siempre ha sido preciso que alguien mande en el mundo (2).

Notas

(1) En junio de 1951 y con ocasión de su estancia en Inglaterra, para recibir la vestidura de Doctor en la Universidad de Glasgow, fue instado Ortega por el Hispanic-Luso-Council de Londres a dar una conferencia sobre su libro La rebelión de las masas. El texto -inédito- que reproduzco procede del manuscrito preparatorio de su intervención.
(2) El resto del manuscrito sólo contiene apuntes y frases sueltas como guión que Ortega desarrollaría oralmente. Pero su argumento parece consistir, esencialmente y en cuanto a ello resulta inequívoco, en lo siguiente: Ya en 1920 creía ver Ortega que, aun cuando Europa todavía mandaba en el mundo, sólo quedaba de ese mando la perduración inercial. -En cada país, las masas de todo orden, se disponen a asaltar el Poder y hacerse dueñas del Estado. -En todo tiempo ha habido masas, pero su papel normal ha sido el seguir las sugestiones de determinadas minorías. -Para las minorías la vida consiste en obligaciones. Han de exigirse mucho a sí mismas. Su misión es crear. -Pero lo creado se va extendiendo, convirtiéndose en algo mecánico, que se hereda y recibe. Incluso la cultura se mecaniza y convierte en “uso”, en tópico o lugar común. Esa recepción mecánica hace que las masas crean que son como las minorías, que no tiene por qué obedecer y que pueden suplantar a aquellas. -El demos se inclina a la tiranía. Las masas arrollan cuanto se les opone. Y no tienen otra corrección que la que imponen las “catástrofes”. -Ortega las anunciaba, luego se han cumplido y siguen aconteciendo. -Pero llegará el cansancio de las masas, y la pérdida de la fe en sí mismas. -Otra rebelión semejante ocurre entre las sociedades. Se insubordinan los pueblos que antes aceptaban ser dirigidos. -El final de la conferencia se refiere a el caso de Inglaterra, a los cambios que ha experimentado y concluye con una interrogante favorable sobre el porvenir de la “Isla de las sutilezas”.

sábado

ORTEGA Y GASSET / LA REBELIÓN DE LAS MASAS



TRIGESIMOCUARTA ENTREGA

¿MASCULINO O FEMENINO? (II)

Se trata, nada menos, de todo un nuevo estilo de cultura y de vida. Porque hasta el siglo XII no se había encontrado la manera de afirmar la delicia de la existencia, de lo mundanal frente al enérgico “tabú” que sobre todo lo terreno había hecho caer la Iglesia. Ahora aparece la Cortezia triunfadora de la clerezia. Y la cortezia es, ante todo, el régimen de vida que va inspirado por el entusiasmo hacia la mujer. Se ve en ella la norma y el centro de la creación. Sin la violencia del combate o del anatema, suavísivamente, la feminidad se eleva a máximo poder histórico. ¿Cómo aceptan este yugo el guerrero y el sacerdote, en cuyas manos se hallaban todos los medios de la lucha? No cabe más claro ejemplo de la fuerza indomable que el “sentir del tiempo” posee. En rigor, es tan poderoso que no necesita combatir. Cuando llega, montado sobre los nervios de una nueva generación, sencillamente se instala en el mundo como en una propiedad indiscutida.

La vida del varón pierde el módulo de la etapa masculina y se conforma al nuevo estilo. Sus armas prefieren al combate la justa y el torneo, que están ordenados para ser vistos por las damas. Los trajes de los hombres comienzan a imitar las líneas del traje femenino, se ajustan a la cintura y descotan bajo el cuello. El poeta deja un poco la gesta en que se canta al héroe varonil y tornea la trova que ha sido inventada

sol per domnas lauzar (1).

El caballero desvía sus ideas feudales hacia la mujer y decide “servir” a una dama, cuya cifra pone en el escudo. De esta época proviene el culto a la Virgen María, que proyecta en las regiones trascendentes la entronización de lo femenino, acontecida en el orden sublunar. La mujer se hace ideal del hombre, y llega a ser la forma de todo ideal. Por eso, en tiempos de Dante, la figura femenina absorbe el oficio alegórico de todo lo sublime, de todo lo aspirado. Al fin y al cabo, consta por el Génesis que la mujer no está hecha de barro, como el varón, sino que está hecha de sueño de varón.

Ejercitada la pupila en estos esquemas del pretérito, que fácilmente podríamos multiplicar, se vuelve al panorama actual y reconoce al punto que nuestro tiempo no es sólo tiempo de juventud, sino de juventud masculina. El amo del mundo es hoy el muchacho. Y lo es, no porque lo haya conquistado, sino a fuerza de desdén. La mocedad masculina se afirma a sí misma, se entrega a sus gustos y apetitos, a sus ejercicios y preferencias, sin preocuparse del resto, sin acatar o rendir culto a nada que no sea su propia juventud. Es sorprendente la resolución y la unanimidad con que los jóvenes han decidido “no servir” a nada ni a nadie, salvo a la idea misma de la mocedad. Nada parecería hoy más obsoleto que el gesto rendido y curvo con que el caballero bravucón de 1890 se acercaba a la mujer para decirle una frase galante, retorcida como una viruta. Las muchachas han perdido el hábito de ser galanteadas, y ese gesto en que hace treinta años rezumaban todas las resinas de la virilidad les olería hoy a afeminamiento.

Porque la palabra “afeminado” tiene dos sentidos muy diversos. Por uno de ellos significa el hombre anormal que filológicamente es un poco mujer. Estos individuos monstruosos existen en todos los tiempos, como desviación fisiológica de la especie, y su carácter patológico les impide representar la normalidad de ninguna época. Pero en su otro sentido, “afeminado” significa sencillamente homme à femmes, el hombre muy preocupado de la mujer, que gira en torno de ella y dispone sus actitudes y persona en vista de un público femenino. En tiempo de este sexo, esos hombres parecen muy hombres, pero cuando sobrevienen etapas de masculinismo se descubre lo que en ellos hay de efectivo afeminamiento, pese a su aspecto de matamoros.

Hoy, como siempre que los valores masculinos han predominado, el hombre estima su figura más que la del sexo contrario y, consecuentemente, cuida su cuerpo y tiende a ostentarlo. El viejo “afeminado” llama a este nuevo entusiasmo de los jóvenes por el cuerpo viril y a ese esmero con que lo tratan, afeminamiento, cuando es todo lo contrario. Los muchachos conviven juntos en los estadios y áreas de deportes. No les interesa más que su juego y la mayor o menor perfección en la postura o en la destreza. Conviven, pues, en perpetuo concurso y emulación, que versan sobre calidades viriles. A fuerza de contemplarse en los ejercicios donde el cuerpo aparece exento de falsificaciones textiles, adquieren una fina percepción de la belleza física varonil, que cobra a sus ojos un valor enorme. Nótese que sólo se estima la excelencia en las cosas de que se entiende. Sólo estas excelencias, claramente percibidas, arrastran el ánimo y lo sobrecogen (2).

De aquí que las modas masculinas hayan tendido estos años a subrayar la arquitectura masculina del hombre joven, simplificando un tipo de traje tan poco propicio para ello como el heredado del siglo XIX. Era menester que bajo los tubos o cilindros de tela en que este horrible traje consiste se afirmase el cuerpo del futbolista.

Tal vez desde los tiempos griegos no se ha estimado tanto la belleza masculina como ahora. Y el buen observador nota que nunca las mujeres han hablado tanto y con tal descaro como ahora de los hombres guapos. Antes sabían callar su entusiasmo por la belleza de un varón, si es que la sentían. Pero, además, conviene apuntar que la sentían mucho menos que en la actualidad. Un viejo psicólogo habituado a meditar sobre estos asuntos sabe que el entusiasmo de la mujer por la belleza corporal del hombre, sobre todo por la belleza fundada en la corrección atlética, no es casi nunca espontáneo. Al oír hoy con tanta frecuencia el cínico elogio del hombre guapo brotando de labios femeninos, en vez de colegir ingenuamente y sin más: “A la mujer de 1927 le gustan superlativamente los hombres guapos”, hace un descubrimiento más hondo: la mujer de 1927 ha dejado de acuñar los valores por sí misma y acepta el punto de vista de los hombres que en esta fecha sienten, en efecto, entusiasmo por la espléndida figura del atleta. Ve, pues, en ello un síntoma de primera categoría, que revela el predominio del punto de vista varonil.

No sería objeción contra esto que alguna lectora, perescrutando sinceramente en su interior, reconociese que no se daba cuenta de ser influida en su estima de la belleza masculina por el aprecio que de ella hacen los jóvenes. De todo aquello que es un impulso colectivo y empuja la vida histórica entera en una u otra dirección, no nos damos cuenta nunca, como no nos damos cuenta del movimiento estelar que lleva nuestro planeta, ni de la faena química en que se ocupan nuestras células. Cada cual cree vivir por su cuenta, en virtud de razones que suponer personalísimas. Pero el hecho es que bajo esa superficie de nuestra consciencia actúan las grandes fuerzas anónimas, los poderosos alisios de la historia, soplos gigantes que nos movilizan a su capricho.

Tampoco sabe bien la mujer de hoy por qué fuma, por qué se viste como se viste, por qué se afana en deportes físicos. Cada uno podrá dar su razón diferente, que tendrá alguna verdad, pero no la bastante. Es mucha casualidad que al presente el régimen de la asistencia femenina en los órdenes más diversos coincida siempre en esto: la asimilación al hombre. Si en el siglo XII el varón se vestía como la mujer y hacía bajo su inspiración versitos dulcifluos, hoy la mujer imita al hombre en el vestir y adopta sus ásperos juegos. La mujer procura hallar en su corporeidad las líneas del otro sexo. Por eso lo más característico de las modas actuales no es la exigüidad del encubrimiento, sino todo lo contrario. Basta comparar el traje de hoy con el usado en la época de otro Directorio mayor -1800- para descubrir la esencia variante, tanto más expresiva cuanto mayor es la semejanza. El traje Directorio era también una simple túnica, bastante corta, casi como la de ahora. Sin embargo, aquel desnudo era un perverso desnudo de mujer. Ahora la mujer va desnuda como un muchacho. La dama Directorio acentuaba, ceñía y ostentaba el atributo femenino por excelencia: aquella túnica era el más sobrio tallo para sostener la flor del seno. El traje actual, aparentemente tan generoso en la modificación, oculta, en cambio, anula, escamotea el seno femenino.

Es una equivocación psicológica explicar las modas vigentes por un supuesto afán de excitar los sentidos del varón, que se han vuelto un poco indolentes. Esta indolencia es un hecho, y yo no niego que en el detalle de la indumentaria y de las actitudes incida ese propósito incitativo; pero las líneas generales de la actual figura femenina están inspiradas por una intención opuesta: la de parecerse un poco al hombre joven. El descaro e impudor de la mujer contemporánea son, más que femeninos, el descaro e impudor de un muchacho que da a la intemperie su carne elástica. Todo lo contrario, pues, de una exhibición lúbrica y viciosa. Probablemente, las relaciones entre los sexos no han sido nunca más sanas, paradisíacas y moderadas que ahora. El peligro está más bien en la dirección inversa. Porque ha acontecido siempre que las épocas masculinas de la historia, desinteresadas de la mujer, han rendido extraño culto al amor dórico. Así en tiempos de Pericles, en tiempo de César, en el Renacimiento.

Es, pues, una bobada perseguir en nombre de la moral la brevedad de las faldas al uso. Hay en los sacerdotes una manía milenaria contra los modistas. A principios del siglo XIII, nota Luchaire, “los sermonarios no cesan de fulminar contra la longitud exagerada de las faldas, que son, dicen, una invención diabólica” (3). ¿En qué quedamos? ¿Cuál es la falda diabólica? ¿La corta o la larga?

A quien ha pasado su juventud en una época femenina le apena ver la humildad con que hoy la mujer, destronada, procura insinuarse y ser tolerada en la sociedad de los hombres. A este fin acepta en la conversación los temas que prefieren los muchachos y habla de deportes y de automóviles, y cuando pasa la ronda de cocktails bebe como un barbián. Esta mengua del poder femenino sobre la sociedad es causa de que la convivencia sea en nuestros días tan áspera. Inventora la mujer de la cortezia, su retirada del primer plano social ha traído el imperio de la descortesía. Hoy no se comprendería un hecho como el acaecido en el siglo XVI con motivo de la beatificación de varios santos españoles -entre ellos, San Ignacio, San Francisco Javier y Santa teresa de Jesús. El hecho fue que la beatificación sufrió una larga demora por la disputa surgida entre los cardenales sobre quién había de entrar primero en la oficial beatitud: la dama Cepeda o los varones jesuitas.

El Sol, 3 de julio de 1927.

Notas

(1) “Sólo para alabar a las damas”, dice el trovador Giraud de Bornelt.
(2) Por eso la estimación del escritor en España es siempre falsa y más bien obra de la buena voluntad que de sincero entusiasmo. En cambio, en Francia tiene el escritor un formidable poder social. Simplemente porque los franceses entienden de literatura.
(3) Achille Luchaire, La societé francaise au temps de Philippe Auguste, pág. 376.

ORTEGA Y GASSET / LA REBELIÓN DE LAS MASAS






TRIGESIMOSEGUNDA ENTREGA

JUVENTUD / II

Todo gesto vital, o es un gesto de dominio o un gesto de servidumbre. Tertium non datur. El gesto de combate que parece interpolarse entre ambos pertenece, en rigor, a uno u otro estilo. La guerra ofensiva va inspirada por la seguridad en la victoria y anticipa el dominio. La guerra defensiva suele emplear tácticas viles, porque en el fondo de su alma el atacado estima más que a sí mismo al ofensor. Esta es la causa que decide uno u otro estilo de actitud.

El gesto servil lo es porque el ser no gravita sobre sí mismo, no está seguro de su propio valer y en todo instante vive comparándose con otros. Necesita de ellos en una u otra forma; necesita de su aprobación para tranquilizarse, cuando no de su benevolencia y su perdón. Por eso el gesto lleva siempre una referencia al prójimo. Servir es llenar nuestra vida de actos que tienen valor sólo porque otro ser los aprueba o aprovecha. Tienen sentido mirados desde la vida de este otro ser, no desde la vida nuestra. Y esta es, en principio, la servidumbre, vivir desde otro, no desde sí mismo.

El estilo de dominio, en cambio, no implica la victoria. Por eso aparece con más pureza que nunca en ciertos casos de guerra defensiva que concluyeron con la completa derrota del defensor. El caso de Numancia es ejemplar. Los numantinos poseen una fe inquebrantable en sí mismos. Su larga campaña frente a Roma comenzó por ser de ofensiva. Despreciaba al enemigo y, en efecto, lo derrotaban una vez y otra (1). Cuando más tarde, recogiendo y organizando mejor sus fuerzas superiores, Roma aprieta a Numancia, esta, se dirá, toma la defensiva, pero propiamente no se defiende, sino que más bien se aniquila, se suprime. El hecho material de la superioridad de fuerzas en el enemigo invita al pueblo de alma dominante a preferir su propia anulación. Porque sólo sabe vivir desde sí mismo, y la nueva forma de existencia que el destino le propone -servidumbre- le es inconcebible, le sabe a negación del vivir mismo; por tanto, es la muerte.

En las generaciones anteriores la juventud vivía preocupada de la madurez. Admiraba a los mayores, recibía de ellos las normas -en arte, ciencia, política, usos y régimen de vida-, esperaba su aprobación y temía su enojo. Sólo se entregaba a sí misma, a lo que es peculiar de tal edad, subrepticiamente y como al margen. Los jóvenes sentían su propia juventud como una transgresión de lo que es debido. Objetivamente se manifestaba esto en el hecho de que la vida social no estaba organizada en vista de ellos. Las costumbres, los placeres públicos habían sido ajustados al tipo de vida propia para las personas maduras, y ellos tenían que contentarse con las zurrapas que estas les dejaban o lanzarse a la calaverada. Hasta en el vestir se veían forzados a imitar a los viejos: las modas estaban inspiradas en la conveniencia de la gente mayor. Las muchachas soñaban con el momento en que se pondrían “de largo”, es decir, en que adoptarían el traje de sus madres. En suma, la juventud vivía en servidumbre de la madurez.

El cambio acaecido en este punto es fantástico. Hoy la juventud parece dueña indiscutible de la situación, y todos sus movimientos van saturados de dominio. En su gesto transparece bien claramente que no me preocupa lo más mínimo de la otra edad. El joven actual habita hoy su juventud con tal resolución y denuedo, con tal abandono y seguridad, que parece existir sólo en ella. Lo trae perfectamente sin cuidado lo que piense de ella la madurez; es más: esta tiene a sus ojos un valor próximo a lo cómico.

Se han mudado las formas. Hoy el hombre y la mujer maduros viven casi azorados, con la vaga impresión de que casi no tienen derecho a existir. Advierten la invasión del mundo por la mocedad como tal y comienzan a hacer gestos serviles. Por lo pronto, lo imitan en el vestido. (Muchas veces he sostenido que las modas no eran un hecho frívolo, sino un fenómeno de gran trascendencia histórica, obediente a causas profundas. El ejemplo presente aclara con sobrada evidencia esa afirmación.)

Las modas actuales están pensadas para cuerpos juveniles, y es tragicómica la situación de padres y madres que se ven obligados a imitar a sus hijos e hijas en lo indumentario. Los que ya estamos muy en la cima de la vida nos encontramos con la inaudita necesidad de tener que desandar un poco del camino hecho, como si lo hubiésemos errado, y hacernos -de grado o no- más jóvenes de lo que somos. No se trata de fingir una mocedad que se ausenta de nuestra persona, sino que el módulo adoptado por la vida objetiva es juvenil y nos fuerza a su adoración. Como con el vestir, acontece con todo lo demás. Los usos, placeres, costumbres, modales, están cortados a la medida de los efebos.

Es curioso, formidable, el fenómeno, e invita a esa humildad y devoción ante el poder, a la vez creador e irracional, de la vida, que yo fervorosamente he recomendado durante toda la mía. Nótese que en toda Europa la existencia social está hoy organizada para que puedan vivir a gusto sólo los jóvenes de las clases medias. Los mayores y las aristocracias se han quedado fuera de la circulación vital, síntoma en que se anudan dos factores distintos -juventud y masa- dominantes en la dinámica de este tiempo. El régimen de vida media se ha perfeccionado -por ejemplo, los placeres-, y, en cambio, las aristocracias no han sabido crearse nuevos refinamientos que las distancien de la masa. Sólo queda para ella la compra de objetos más caros, pero del mismo tipo general que los usados por el hombre medio. Las aristocracias desde 1800 en lo político, y desde 1900 en lo social, han sido arrolladas, y es ley de la historia que las aristocracias no pueden ser arrolladas sino cuando previamente han caído en irremediable degeneración.

Pero hay un hecho que subraya más que otro alguno este triunfo de la juventud y revela hasta qué punto es profundo el trastorno de valores en Europa. Me refiero al entusiasmo por el cuerpo. Cuando se piensa en la juventud, se piensa ante todo en el cuerpo. Por varias razones: en primer lugar, el alma tiene un frescor más prolongado, que a veces llega a ornar la vejez de la persona; en segundo, el alma es más perfecta en cierto momento de la madurez que en la juventud. Sobre todo, el espíritu -inteligencia y voluntad- es, sin duda, más vigoroso en la plena cima de la vida que en su etapa ascensional. En cambio, el cuerpo tiene su flor -su akmé, decían los griegos- en la estricta juventud, y, viceversa, decae infaliblemente cuando esta se traspone. Por eso, desde un punto de vista superior a las oscilaciones históricas, por decirlo, así, sub specie aeternitatis, es indiscutible que la juventud rinde la mayor delicia al ser mirada, y la madurez, al ser escuchada. Lo admirable del mozo es su exterior; lo admirable del hombre hecho es su intimidad.

Pues bien: hoy se prefiere el cuerpo al espíritu. No creo que haya síntoma más importante de la existencia europea actual. Tal vez las generaciones anteriores han rendido demasiado culto al espíritu y -salvo Inglaterra- han desdeñado excesivamente a la carne. Era conveniente que el ser humano fuese amonestado y se le recordase que no es sólo alma, sino unión mágica de espíritu y cuerpo.

El cuerpo es por sí puerilidad. El entusiasmo que hoy despierta ha inundado de infantilismo la vida continental, ha aflojado la tensión de intelecto y voluntad en que se retorció el siglo XX, arco demasiado tirante hacia metas demasiado problemáticas. Vamos a descansar un rato en el cuerpo. Europa -cuando tiene ante sí los problemas más pavorosos- se entrega a unas vacaciones. Brinca elásticamente el músculo del cuerpo desnudo detrás de un balón que declara francamente su desdén a toda su trascendencia volando por el aire con aire en su interior.

Las asociaciones de estudiantes alemanes han solicitado enérgicamente que se reduzca el plan de estudios universitarios. La razón que daban no es hipócrita; urgía disminuir las horas de estudio porque ellos necesitaban el tiempo para sus juegos y diversiones, para “vivir la vida”.

Este gesto dominante que hoy hace la juventud me parece magnífico. Sólo me ocurre una reserva mental. Entrega tan completa a su propio momento es justa en cuanto afirma el derecho de la mocedad como tal, frente a su antigua servidumbre. Pero ¿no es exorbitante? La juventud, estadio de vida, tiene derecho a sí misma; pero a fuer de estadio va afectada inexorablemente de un carácter transitorio. Encerrándose en sí misma, cortando los puentes y quemando las naves que conducen a los estadios subsecuentes, parece declararse en rebeldía y separatismo del resto de la vida. Si es falso que el joven no debe hacer otra cosa que prepararse a ser viejo, tampoco es parvo error eludir por completo esta cautela. Pues es el caso que la vida, objetivamente, necesita de la madurez; por tanto, que la juventud también la necesita. Es preciso organizar la existencia: ciencia, técnica, riqueza, saber vital, creaciones de todo orden son requeridas para que la juventud pueda alojarse y divertirse. La juventud de ahora, tan gloriosa, corre el riesgo de de arribar a una madurez inepta. Hoy goza el ocio floreciente que le han creado generaciones sin juventud (2).

Mi entusiasmo por el cariz juvenil que la vida ha adoptado no se detiene más que antes este temor. ¿Qué van a hacer a los cuarenta años los europeos futbolistas? Porque el mundo es ciertamente un balón, pero con algo más que aire dentro.

El Sol, 19 de junio de 1927.

Notas

(1) El que quisiera contarnos con algún detalle la guerra de Numancia, las consecuencias que trajo para la vida romana, cambios políticos, reformas de las instituciones, etc., haría una buena obra. Porque el paralelismo con el momento presente de España es sorprendente y luminoso.
(2) Desde el punto de vista más general, que, por lo tanto, no contradice lo dicho ahora, tiene sentido decir que la vida no es sino juventud, o que en la juventud culmina la vida, o que vivir es ser joven, y lo demás es desvivir. Pero esto vale para un concepto más minucioso de juventud que el usado habitualmente y al que este ensayo se acoge.

miércoles

ORTEGA Y GASSET / LA REBELIÓN DE LAS MASAS



TRIGESIMOTERCERA ENTREGA

¿MASCULINO O FEMENINO? (I)

No hay duda que nuestro tiempo es tiempo de jóvenes. El péndulo de la historia, siempre inquieto, asciende ahora por el cuadrante “mocedad”. El nuevo estilo de vida ha comenzado no hace mucho, y ocurre que la generación próxima ya a los cuarenta años ha sido una de las más infortunadas que han existido. Porque cuando era joven reinaban todavía en Europa los viejos, y ahora que ha entrado en la madurez encuentra que se ha transferido el imperio a la mocedad. Le ha faltado, pues, la hora de triunfo y de dominio, la sazón de grata coincidencia con el orden reinante en la vida. En suma: que ha vivido siempre al revés que el mundo y, como el esturión, ha tenido que nadar sin descanso contra la corriente del tiempo. Los más viejos y los más jóvenes desconocen este duro destino de no haber flotado nunca; quiero decir de no haberse sentido nunca la persona como llevada por un elemento favorable, sino que un día tras otro y lustro tras lustro tuvo que vivir en vilo, sosteniéndose a pulso sobre el nivel de la existencia. Pero tal vez esta misma imposibilidad de abandonarse un solo instante la ha disciplinado y purificado sobremanera. Es la generación que ha combatido más, que ha ganado en rigor más batallas y ha gozado menos triunfos (1).

Mas dejemos por ahora intacto el tema de esa generación intermediaria y retengamos la atención sobre el momento actual. No basta decir que vivimos en tiempo de juventud. Con ello no hemos hecho más que definirlo dentro del ritmo de las edades. Pero a la vera de éste actúa sobre la sustancia histórica el ritmo de los sexos. Tiempo de juventud! Perfectamente. Pero ¿masculino o femenino? El problema es más sutil, más delicado -casi indiscreto. Se trata de filiar el sexo de una época.

Para acertar en esta, como en todas las empresas de la psicología histórica, es preciso tomar un punto de vista elevado y liberarse de ideas angostas sobre lo que es masculino y lo que es femenino. Ante todo, es urgente desasirse del trivial error que entiende la masculinidad principalmente en su relación con la mujer. Para quien piensa así, es muy masculino el caballero bravucón que se ocupa ante todo en cortejar a las damas y hablar de las buenas hembras. Este era el tipo de varón dominante hacia 1890: traje barroco, grandes levitas cuyas haldas capeaban al viento, plastrón, barba de mosquetero, cabello en volutas, un duelo al mes. (El buen fisonomista de las modas descubre pronto la idea que inspiraba a esta: la ocultación del cuerpo viril bajo una profusa vegetación de tela y pelambre. Quedaban sólo a la vista manos, nariz y ojos. El resto es falsificación, literatura textil, peluquería. Es una época de profunda insinceridad: discursos parlamentarios y prosa de “artículo de fondo” (2).)

El hecho de que al pensar en el hombre se destaque primeramente su afán hacia la mujer revela, que en esa época predominaban los valores de feminidad. Sólo cuando la mujer es lo que más se estima y encanta tiene sentido apreciar al varón por el servicio y culto que a esta rinda. No hay síntoma más evidente de que lo masculino, como tal, es preterido y desestimado. Porque así como la mujer no puede en ningún caso ser definida sin referirla al varón, tiene éste el privilegio de que la mayor y mejor porción de sí mismo es independiente por completo de que la mujer exista o no. Ciencia, guerra, política, deporte, etc., son cosas en que el hombre se ocupa con el centro vital de su persona, sin que la mujer tenga intervención sustantiva. Este privilegio de lo masculino, que le permite en amplia medida bastarse a sí mismo, acaso parezca irritante. Es posible que lo sea. Yo no lo aplaudo ni lo vitupero, pero tampoco lo invento. Es una realidad de primera magnitud con que la Naturaleza, inexorable en sus voluntades, nos obliga a contar.

La veracidad, pues, me fuerza a decir que todas las épocas masculinas de la historia se caracterizan por la falta de interés hacia la mujer. Esta queda relegada al fondo de la vida, hasta el punto de que el historiador, forzado a una óptica de lejanía, apenas si la ve. En el haz histórico aparecen sólo hombres, y, en efecto, los hombres viven a la sazón sólo con hombres. Su trato normal con la mujer queda excluido de la zona diurna y luminosa que en que acontece lo más valioso de la vida, y se recoge en la tiniebla, en el subterráneo de las horas inferiores, entregadas a los puros instintos -sensualidad, paternidad, familiaridad. Egregia ocasión de masculinidad fue el siglo de Pericles, siglo sólo para hombres. Se vive ahí en público: ágora, gimnasio, campamento, trirreme. El hombre maduro asiste a los juegos de los efebos desnudos y se habitúa a discernir las más finas calidades de la belleza varonil, que el escultor va a comentar en el mármol. Por su parte, el adolescente bebe en el aire ático la fluencia de palabras agudas que brota de los viejos dialécticos, sentados en los pórticos con la cayada en la axila. ¿La mujer?... Sí, a última hora, en el banquete varonil, hace su entrada bajo la especie de flautistas y danzarinas que ejecutan sus humildes destrezas al fondo, muy al fondo de la escena, como sostén y pausa a la conversación que languidece. Alguna vez la mujer se adelanta un poco: Aspasia. ¿Por qué? Porque ha aprendido el saber de los hombres, porque se ha masculinizado.

Aunque el griego ha sabido esculpir famosos cuerpos de mujer, su interpretación de la belleza femenina no logró desprenderse de la preferencia que sentía por la belleza del varón. La Venus de Milo es una figura másculo-femínea, una especie de atleta con senos. Y es un ejemplo de cómica insinceridad que haya sido propuesta imagen tal al entusiasmo de los europeos durante el siglo XIX, cuando más ebrios vivían de romanticismo y de fervor hacia la pura, extremada feminidad. El canon del arte griego quedó inscrito en las formas del muchacho deportista, y cuando esto no le bastó prefirió soñar con el hermafrodita. (Es curioso advertir que la sensualidad primeriza del niño le hace normalmente soñar con el hermafrodita; cuando más tarde separa la forma masculina de la femenina sufre -por un instante- amarga desilusión. La forma femenina le parece como una mutilación de la masculina; por tanto, como algo incompleto y vulnerado (3).)

Sería un error atribuir este masculinismo, que culmina en el siglo de Pericles, a una nativa ceguera del hombre griego para los valores de feminidad, y oponerle el presunto rendimiento del germano ante la mujer. La verdad es que en otras épocas de Grecia anteriores a la clásica triunfó lo femenino, como en ciertas épocas del germanismo domina lo varonil. Precisamente aclara mejor que otro ejemplo la diferencia entre épocas de uno y otro sexo lo acontecido en la Edad Media, que por sí misma se divide en dos porciones: la primera, masculina; la segunda, desde el siglo XII, femenina.

En la primera Edad Media la vida tiene el más rudo cariz. Es preciso guerrear cotidianamente, y a la noche, compensar el esfuerzo con el abandono y el frenesí de la orgía. El hombre vive casi siempre en campamentos, solo con otros hombres, en perpetua emulación con ellos sobre temas viriles: esgrima caballería, caza, bebida. El hombre, como dice un texto de la época, “no debe separarse, hasta la muerte, de la crin de su caballo y pasará su vida a la sombra de la lanza”. Todavía en tiempos de Dante algunos nobles -los Lamberti, los Soldadieri- conservaban, en efecto, el privilegio de ser enterrados a caballo (4). En tal paisaje moral, la mujer carece de papel y no interviene en lo que podemos llamar vida de primera clase. Entendámonos: en todas las épocas se ha deseado a la mujer, pero no en todas se la ha estimado. Así en esta bronca edad. La mujer es botín de guerra. Cuando el germano de estos siglos se ocupa en idealizar la mujer, imagina la walkiria, la hembra beligerante, virago musculosa que posee actitudes y destrezas de varón.

Esta existencia de áspero régimen crea las bases primeras, el subsuelo del porvenir europeo. Merced a ella se ha conseguido ya en el siglo XII acumular alguna riqueza, contar con un poco de orden, de paz, de bienestar. Y he aquí que, rápidamente, como en ciertas jornadas de primavera, cambia la faz de la historia. Los hombres empiezan a pulirse en la palabra y en el modal. Ya no se aprecia el ademán bronco, sino el gesto mesurado, grácil. A la continua pendencia sustituye el solatz e deport -que quiere decir conversación y juego. La mutación se debe al ingreso de la mujer en el escenario de la vida pública. La corte de los Carolingios era exclusivamente masculina. Pero en el siglo XII las altas damas de Provenza y Borgoña tienen la audacia sorprendente de afirmar, frente al Estado de los guerreros y frente a la Iglesia de los clérigos, el valor específico de la pura feminidad. Esta nueva forma de vida pública, donde la mujer es el centro, contiene el germen de lo que, frente a Estado e Iglesia, se va a llamar, siglos más tarde, “sociedad”. Entonces se llamó “corte”; pero no como las antigua cortes de guerra y justicia, sino “corte de amor”.

El Sol, 26 de junio de 1927.

Notas

(1) Un ejemplo de esos combates en que la victoria efectiva no ha dado, sin embargo, el triunfo al combatiente, puede verse en el orden público. Los que han combatido y en realidad vencido a la vieja política seudoparlamentaria, han sido los “los intelectuales” de esa generación. Y, sin embargo, por razones de curioso espejismo histórico, el triunfo lo han gozado quienes no combatieron nunca ese régimen mientras fue poderoso.
(2) El día que se haga en serio la historia del último siglo se verá que esa generación es la efectivamente culpable del desarreglo actual de Europa.
(3) Tengo idea de que Freud se ocupa minuciosamente de este hecho. Como hace dieciséis años que leí a este autor, no recuerdo bien en qué obra trata el asunto; pero con alguna probabilidad dirijo al lector hacia la que entonces se titulaba Tres ensayos sobre la teoría sexual.
(4) Véase la Crónaca, de Fra Salimbene (Parma, 1857, págs. 94/102).

sábado

ORTEGA Y GASSET / LA REBELIÓN DE LAS MASAS

TRIGESIMOPRIMERA ENTREGA

JUVENTUD / I


Las variaciones históricas no proceden nunca de causas externas al organismo humano, al menos dentro de un mismo período zoológico. Si ha habido catástrofes telúricas -diluvios, sumersión de continentes, cambios súbitos y extremos de clima-, como en los mitos más arcaicos parece recordarse confusamente, el efecto por ellas producido trascendió los límites de lo histórico y trastornó la especie como tal. Lo más probable es que el hombre no ha asistido nunca a semejantes catástrofes. La existencia ha sido, por lo visto, siempre muy cotidiana. Los cambios más violentos que nuestra especie ha conocido, los períodos glaciales, no tuvieron carácter de gran espectáculo. Basta que durante algún tiempo la temperatura media del año descienda cinco o seis grados para que la glacialización se produzca. En definitiva, que los veranos son un poco más frescos. La lentitud y suavidad de este proceso da tiempo a que el organismo reaccione, y esta reacción desde dentro del organismo al cambio físico del contorno, es la verdadera variación histórica. Conviene abandonar la idea de que el medio, mecánicamente, modele la vida; por tanto, que la vida sea un proceso de fuera a dentro. Las modificaciones externas actúan sólo como excitantes de modificaciones intraorgánicas; son, más bien, preguntas a que el ser vivo responde con un amplio margen de originalidad imprevisible. Cada especie, y aun cada variedad, y aun cada individuo, aprontará una respuesta más o menos diferente, nunca idéntica. Vivir, en suma, es una operación que se hace de dentro a fuera, y por eso las causas o principios de sus variaciones hay que buscarlos en el interior del organismo.

Pensando así, habría de parecerme sobremanera verosímil que en los más profundos y amplios fenómenos históricos aparezca, más o menos claro, el decisivo influjo de las diferencias biológicas más elementales. La vida es masculina o femenina, es joven o es vieja. ¿Cómo se puede pensar que estos módulos elementalísimos y divergentes de la vitalidad no sean gigantescos poderes plásticos de la historia? Fue, a mi juicio, uno de los descubrimientos sociológicos más importantes el que se hizo, va para treinta años, cuando se advirtió que la organización social más primitiva no es sino la impronta en la masa colectiva de esas grandes categorías vitales: sexos y edades. La estructura más primitiva de la sociedad se reduce a dividir los individuos que la integran en hombres y mujeres, y cada una de estas clases sexuales (1) en niños, jóvenes y viejos, en clases de edad. Las formas biológicas mismas fueron, por decirlo así, las primeras instituciones.

Masculinidad y feminidad, juventud y senectud, son dos parejas de potencias antagónicas. Cada una de esas potencias significa la movilización de la vida toda en un sentido divergente del que lleva su contraria. Vienen a ser como estilos diversos del vivir. Y como todos coexisten en cualquier instante de la historia, se produce entre ellos una colisión, un forcejeo, en que intenta cada cual arrastrar en su sentido, íntegra, la existencia humana. Para comprender bien una época es preciso determinar la ecuación dinámica que en ella dan esas cuatro potencias, y preguntarse: ¿Quién puede más? ¿Los jóvenes o los viejos, es decir, los hombres maduros? ¿Lo varonil o lo femenino? Es sobremanera interesante perseguir en los siglos los desplazamientos del poder hacia una u otra de esas potencias. Entonces se advierte lo que de antemano debía presumirse: que, siendo rítmica toda vida, lo es también la histórica, y que los ritmos fundamentales son precisamente los biológicos; es decir, que hay épocas en que predomina lo masculino y otras señoreadas por los instintos de la feminidad, que hay tiempos de jóvenes y tiempos de viejos.

En el ser humano la vida se duplica porque al intervenir la conciencia la vida primaria se refleja en ella: es interpretada por ella en forma de idea, imagen, sentimiento. Y como la historia es, ante todo, historia de la mente, del alma, lo interesante será describir la proyección en la conciencia de esos predominios rítmicos. La lucha misteriosa que mantienen en las secretas oficinas del organismo la juventud y la senectud, la masculinidad y la feminidad, se refleja en la conciencia bajo la especie de preferencias y desdenes. Llega una época que prefiere, que estima más las calidades de la vida joven, y pospone, desestima las de la vida madura, o bien halla la gracia máxima en los modos femeninos frente a los masculinos. ¿Por qué acontecen estas variaciones de la preferencia, a veces súbitas? He aquí una cuestión sobre la cual no podemos aun decir una sola palabra clara (2).

Lo que sí me parece evidente es que nuestro tiempo se caracteriza por el extremo predominio de los jóvenes. Es sorprendente que en pueblos tan viejos como los nuestros, y después de una guerra más triste que heroica, tome la vida de pronto un cariz de triunfante juventud. En realidad, como tantas otras cosas, este imperio de los jóvenes venía preparándose desde 1890, desde el fin de siècle. Hoy de un sitio, mañana de otro, fueron desalojadas la madurez y la ancianidad: en su puesto se instalaba el hombre joven con sus peculiares atributos.

Yo no sé si este triunfo de la juventud será un fenómeno pasajero o una actitud profunda que la vida humana ha tomado y que llegará a calificar toda una época. Es preciso que pase algún tiempo para poder aventurar este pronóstico. El fenómeno es demasiado reciente y aun no se ha podido ver si esta nueva vida in modo iuventutis será capaz de lo que luego diré, sin lo cual no es posible la perduración de su triunfo. Pero si fuésemos a atender sólo el aspecto del momento actual, nos veremos forzados a decir: ha habido en la historia otras épocas en que han predominado los jóvenes, pero nunca, entre las bien conocidas (3), el predominio ha sido tan extremado y exclusivo. En los siglos clásicos de Grecia, la vida toda se organiza en torno al efebo, pero junto a él, y como potencia compensatoria, será el hombre maduro que le educa y dirige. La pareja Sócrates-Alcibíades triunfa sobre la sociedad, pero es a condición de servir el espíritu que Sócrates representa. De este modo, la gracia y el vigor juveniles son puestos al servicio de algo más allá de ellos que les sirve de norma, de incitación y de freno. Roma, en cambio, prefiere el viejo al joven y se somete a la figura del senador, del padre de familia. El “hijo”, sin embargo, el joven actúa siempre frente al senador en forma de oposición. Los dos nombres que enuncian los partidos de la lucha multisecular aluden a esta cualidad de potencias: patricios y proletarios. Ambos significan “hijos”, pero los unos son hijos de padre ciudadano, casado según ley de Estado, y por ello herederos de bienes, al paso que el proletario es hijo en el sentido de la carne, no es hijo de “alguien” reconocido, es mero descendiente y no heredero, es prole. (Como se ve, la traducción exacta de patricio sería hidalgo.)

Para hallar otra época de juventud como la nuestra, fuera preciso descender hasta el Renacimiento. Repase el lector raudamente la serie de sazones europeas. El romanticismo, que con una u otra intensidad impregna todo el siglo XIX, puede parecer en su iniciación un siglo de jóvenes. Hay en él, efectivamente, una subversión contra el pasado y es un ensayo de afirmarse a sí misma la juventud. La Revolución había hecho tabla rasa de la generación precedente y permitió durante quince años que ocupasen todas las eminencias sociales hombres muy mozos. El jacobino y el general de Bonaparte son muchachos. Sin embargo, ofrece este tiempo el ejemplo de un falso triunfo juvenil, y el romanticismo pondrá de manifiesto su carencia de autenticidad. El joven revolucionario es sólo el ejecutor de las viejas ideas confeccionadas en los dos siglos anteriores. Lo que el joven afirma entonces no es su juventud, sino principios recibidos: nada tan representativo como Robespierre, el viejo de nacimiento. Cuando en el romanticismo se reacciona contra el siglo XVIII es para volver a un pasado más antiguo, y los jóvenes al mirar dentro de sí sólo hallan desgana vital. Es la época de los blasés, de los suicidios, del aire prematuramente caduco en el andar y en el sentir. El joven imita en sí al viejo, prefiere sus actitudes fatigadas y se apresura a abandonar su mocedad. Todas las generaciones del siglo XIX han aspirado a ser maduras lo antes posible y sentían una extraña vergüenza de su propia juventud. Compárense con los jóvenes actuales -varones y hembras- que tienden a prolongar ilimitadamente su muchachez y se instalan en ella como definitivamente.

Si damos un paso atrás caemos en el siglo vieillot por excelencia, el XVIII, que abomina de toda calidad juvenil, detesta el sentimiento y la pasión, el cuerpo elástico y nudo. Es el siglo de entusiasmo por los decrépitos, que se estremece al paso de Voltaire, cadáver viviente que pasa sonriendo a sí mismo en la sonrisa innumerable de sus arrugas. Para extremar tal estilo de vida se finge en la cabeza la nieve de la edad, y la peluca empolvada cubre toda frente primaveral -hombre o mujer- con una suposición de sesenta años.

Al llegar al siglo XVII en este virtual retroceso tenemos que preguntarnos, ingenuamente sorprendidos: ¿Dónde se han marchado los jóvenes? Cuanto vale en esta edad parece tener cuarenta años: el traje, el uso, los modales, son sólo adecuados a gente de esta edad. De Ninón se estima la madurez, no la confusa juventud. Domina la centuria Descartes, vestido a la española, de negro. Se busca doquiera la raison e interesa más que nada la teología: jesuitas contra Jansenio. Pascal, el niño genial, es genial porque anticipa la ancianidad de los geómetras.


El Sol, 9 de junio de 1927.

Notas

(1) Hasta el punto de existir en ciertos pueblos primitivos dos idiomas, uno que hablan sólo los hombres y otro sólo para las mujeres.
(2) Hay, sin duda, un factor que colabora en esos cambios como en todos los del organismo vivo, pero me resisto a considerarlo decisivo. Es el contraste. La vida tiene la condición inexorable de cansarse, de embotarse para un estímulo y, al propio tiempo, rehabilitarse para el estímulo opuesto. Si en un estilo pictórico las figuras aparecen en posición vertical, es sumamente probable que poco tiempo después surgirá otro estilo con las figuras en posición diagonal (cambio de la pintura italiana de 1500 a 1600).
(3) No se explica, a mi juicio, el origen de ciertas cosas humanas, entre ellas el Estado, si no se supone en épocas muy primitivas una etapa de enorme predominio de los jóvenes que ha dejado, en efecto, muchos vestigios positivos en pueblos salvajes del presente.

ORTEGA Y GASSET / LA REBELIÓN DE LAS MASAS


TRIGÉSIMA ENTREGA

LOS ESCAPARATES MANDAN

Se dice que el dinero es el único poder que actúa sobre la vida social. Si miramos la realidad con una óptica de retícula fina, la proposición es más bien falsa que verídica. Pero tiene también sus derechos la visión de retícula gruesa, y entonces no hay inconveniente en aceptar esa terrible sentencia.

Sin embargo, habría que quitarle y que ponerle algunos ingredientes para que la idea fuese luminosa. Pues acaece que en muchas épocas históricas se ha dicho lo mismo que ahora, y esto invita a sospechar o a que no ha sido verdad nunca o que lo ha sido en sentidos muy diversos. Porque es raro que tiempos sobremanera distintos coincidan en punto tan principal. En general, no hay que hacer mucho caso de lo que las épocas pasadas han dicho de sí mismas, porque -es forzoso declararlo- eran muy poco inteligentes respecto de sí. Esta perspicacia sobre el propio modo de ser, esta clarividencia para el propio destino es cosa relativamente nueva en la historia.

En el siglo VII antes de Cristo corría ya por todo el Oriente del Mediterráneo el apotegma famoso: Khrémata, khrémata aner! “Su dinero, su dinero es el hombre!” En tiempo de César se decía lo mismo; en el siglo XIV lo pone en cuaderna vía nuestro turbulento tonsurado de Hita, y en el XVII, Góngora hace de ello letrillas. ¿Qué consecuencias sacamos de esta monótona existencia? ¿Que el dinero, desde que se inventó, es una gran fuerza? Esto no es menester subrayarlo: sería una perogrullada. En todas esas lamentaciones se insinúa algo más. El que las usa expresa con ellas, cuando menos, su sorpresa de que el dinero tenga más fuerza de la que debía tener. Y ¿de dónde nos viene esa convicción, según la cual el dinero debía tener menos influencia de la que efectivamente posee? ¿Cómo no nos hemos habituado al hecho constante después de tantos, tantos siglos, y siempre nos coge de nuevas?

Es, tal vez, el único poder social que al ser reconocido nos asquea. La misma fuerza bruta que suele indignarnos halla en nosotros un eco último de simpatía y estimación. Nos incita a repelerla creando una nueva pareja, pero no nos da asco. Diríase que nos sublevan estos o los otros efectos de la violencia; pero ella misma nos parece un síntoma de salud, un magnífico atributo del ser viviente, y comprendemos que el griego la divinizase en Hércules.

Yo creo que esta sorpresa, siempre renovada, ante el poder del dinero enciende una porción de problemas curiosos aun no aclarados. Las épocas en que más auténticamente y con más dolientes gritos se ha lamentado ese poderío son, entre sí, muy distintas. Sin embargo, puede descubrirse en ellas una nota común: son siempre épocas de crisis moral, tiempos muy transitorios entre dos etapas. Los principios sociales que rigieron una edad han perdido su vigor y aun no han madurado los que van a imperar en la siguiente. ¿Cómo? ¿Será que el dinero no posee, en rigor, el poder que, deplorándolo, se le atribuye y que su influjo sólo es decisivo cuando los demás poderes organizadores de la sociedad se han retirado? Si así fuese entenderíamos un poco mejor esa extraña mezcla de sumisión y de asco que ante él siente la humanidad, esa sorpresa y esa insinuación perenne de que el poder ejercido no le corresponde. Por lo visto, no lo debe tener porque no es suyo, sino usurpado a las otras fuerzas ausentes.

La cuestión es sobremanera complicada y no es cosa de resolverla con cuatro palabras. Sólo como una imposibilidad de interpretación va todo eso que digo. Lo importante es evitar la concepción económica de la historia, que allana toda la gracia del problema, haciendo de la historia entera una monótona consecuencia del dinero. Porque es demasiado evidente que en muchas épocas humanas el poder social de éste fue muy reducido y otras energías ajenas a lo económico informaron la convivencia humana. Si hoy poseen el dinero los judíos y son los amos del mundo, también lo poseían en la Edad Media y eran la hez de Europa. No se diga que el dinero no era la forma principal de la riqueza, de la realidad económica en los tiempos feudales. Porque, aun siendo esto verdad y calibrando en la debida cifra el peso puramente económico del dinero en la jerarquía de la economía medieval, no hay correspondencia entre la riqueza de aquellos judíos y su posición social. Los marxistas, para adobar las cosas según la pauta de su tesis, han menospreciado excesivamente la importancia de la moneda en la etapa precapitalista de la evolución económica, y ha sido forzoso luego rehacer la historia económica de aquella edad para mostrar la importancia efectiva que en los Estados medievales tenía el dinero hebreo.

Nadie, ni el más idealista, puede dudar de la importancia que el dinero tiene en la historia, pero tal vez pueda dudarse de que sea un poder primario y sustantivo. Tal vez el poder social no depende normalmente del dinero, sino, viceversa, se reparte según se halla repartido el poder social, y va al guerrero en la sociedad belicosa, pero va al sacerdote en la teocrática. El síntoma de un poder social auténtico es que crea jerarquías, que sea él quien destaca al individuo en el cuerpo público. Pues bien, en el siglo XVI, por mucho dinero que tuviese un judío, seguía siendo un infra-hombre, y en tiempo de César los “caballeros”, que eran los más ricos como clase, no ascendían a la cima de la sociedad.

Parece lo más verosímil que sea el dinero un factor social secundario, incapaz por sí mismo de inspirar la gran arquitectura de la sociedad. Es una de las fuerzas principales que actúan en el equilibrio de todo edificio colectivo, pero no es la musa de su estilo tectónico. En cambio, si ceden los verdaderos y normales poderes históricos -raza, religión, política, ideas-, toda la energía social vacante es absorbida por él. Diríamos, pues, que cuando se volatilizan los demás prestigios queda siempre el dinero, que, a fuer de elemento material, no puede volatilizarse. O de otro modo: el dinero no manda más que cuando no hay otro principio que mande.

Así se explica esa nota común a todas épocas sometidas al imperio crematístico que consiste en ser tiempos de transición. Muerta una constitución política y moral, se queda la sociedad sin motivo que jerarquice a los hombres. Ahora bien: esto es imposible. Contra la ingenuidad igualitaria es preciso hacer notar que la jerarquización es el impulso esencial de la socialización. Donde hay cinco hombres en estado normal se produce automáticamente una estructura jerarquizada. Cuál sea el principio de esta es otra cuestión. Pero alguno tendrá que existir siempre. Si los normales faltan, un seudoprincipio se encarga de modelar la jerarquía y definir las clases. Durante un momento -el siglo XVI- en Holanda, el hombre más envidiado era el que poseía cierto raro tulipán. La fantasía, hostigada por el instinto irreprimible de jerarquía, inventa siempre algún nuevo tema de desigualdad.

Mas, aun limitando de tal suerte la frase inicial que da ocasión a esta nota, yo me pregunto si hay alguna razón para afirmar que en nuestro tiempo goza el dinero de un poder social mayor que en sazón ninguna del pasado. También esta curiosidad es expuesta y difícil de satisfacer. Si nos dejamos ir, todo lo que pasa en nuestra hora nos parecerá único y excepcional en la serie de los tiempos. Hay, sin embargo, a mi juicio, una razón que da probabilidad clara a la sospecha de ser nuestro tiempo el más crematístico de cuantos fueron. Es también edad de crisis: los prestigios hace años aun vigentes han perdido su eficiencia. Ni la religión ni la moral dominan la vida social ni el corazón de la muchedumbre. La cultura intelectual y artística es valorada en menos que hace veinte años. Queda sólo el dinero. Pero, como he indicado, esto ha acaecido varias veces en la historia. Lo nuevo, lo exclusivo del presente es esta otra coyuntura. El dinero ha tenido, para su poder, un límite automático en su propia esencia. El dinero no es más que un medio para comprar cosas. Si hay pocas cosas que comprar, por mucho dinero que haya y muy libre que se encuentre su acción de conflictos con otras potencias, su influjo será escaso. Esto nos permite formar una escala con las épocas de crematismo y decir: el poder social del dinero -ceteris paribus- serás tanto mayor cuanto más cosas haya que comprar, no cuanto mayor sea la cantidad del dinero mismo. Ahora bien: no hay duda que el industrialismo moderno, en su combinación con los fabulosos progresos de la técnica, ha producido en estos años un cúmulo tal de objetos marcables, de tantas clases y calidades, que puede el dinero desarrollar fantásticamente su esencia: el comprar.

En el siglo XVIII existían también grandes fortunas, pero había poco que comprar. El rico, si quería algo más que el breve repertorio de mercancías existente, tenía que inventar un apetito y el objetivo que lo satisfaría, tenía que buscar el artífice que lo realizase y dejar tiempo para su fabricación. En todo este intrincamiento intercalado entre el dinero y el objeto se complicaba aquel con otras formas espirituales -fantasía creadora de deseos en el rico, selección del artífice, labor técnica de éste, etc.- de que se hacía, sin quererlo, dependiente.

Ahora un hombre llega a una ciudad y a los cuatro días puede ser el más famoso y envidiado habitante de ella sin más que pasearse por delante de los escaparates, escoger los objetos mejores -el mejor automóvil, el mejor sombrero, el mejor encendedor, etc.- y comprarlos. Cabría imaginar un autómata provisto de un bolsillo en que metiese mecánicamente la mano y que llegara a ser el personaje más ilustre de la urbe.

El Sol, 15 de mayo de 1927.

ORTEGA Y GASSET / LA REBELIÓN DE LAS MASAS



TRIGÉSIMA ENTREGA





APÉNDICE I





DINÁMICA DEL TIEMPO (1)





MASAS





Pocas veces se habrá caído tanto en el post hoc ergo propter hoc como después de la guerra. Todos los hechos de postguerra se explican por la guerra, con lo cual se aplasta su sentido, se borra lo peculiar de su perfil y se desaprovechan como probables síntomas del futuro. Así uno de los fenómenos de la postguerra que más saltan a la vista: el “lleno”. Las ciudades están llenas de gente. Las casas, llenas de inquilinos. Los hoteles, llenos de huéspedes. Los trenes, llenos de viajeros. Los cafés, llenos de consumidores. Los paseos, llenos de transeúntes. Los espectáculos, como no sean muy extemporáneos, llenos de espectadores. Las playas, llenas de bañistas. Lo que antes no solía ser problema, empieza a serlo ahora casi continuamente: encontrar sitio.





Para quien crea, como yo creo, que todo fenómeno, además de tener una causa, tiene un estilo -es decir, un gesto y una forma en que se expresa un modo general de vida-, no es posible presenciar esa torrencial confluencia de seres humanos sin sobrecogerse un poco. Según la interpretación fisiognómica del Universo, todo lo que acontece es simbólico. El símbolo entrega su secreto enorme cuando lo tomamos al pie de la letra y sin alterarlo lo trasportamos al resto de la realidad. Apliquemos el sencillo método al caso presente.





¿Qué es lo que vemos y al verlo nos sorprende tanto? Vemos la muchedumbre, como tal, posesionada de los locales y utensilios creados por la civilización. Apenas reflexionamos un poco, nos sorprendemos de nuestra sorpresa. Pues qué, ¿no es lo ideal? El teatro tiene sus localidades para que se ocupen; por tanto, para que la sala esté llena. Y lo mismo sus asientos el ferrocarril y sus cuartos el hotel. Sí; no tiene duda. Pero el hecho es que antes ninguno de esos establecimientos y vehículos solía estar lleno, y ahora rebosan, queda fuera gente afanosa de usufructuarlos. Sea o no el hecho debido, lógico, natural, no puede desconocerse que antes no acontecía y ahora sí; por tanto, que ha habido un cambio, una innovación, la cual justifica, por lo menos en el primer momento, nuestra sorpresa.





Por otra parte, los componentes de esta muchedumbre no han surgido de la nada. Aproximadamente, el mismo número de personas existía hace quince años. Aquí topamos, sin embargo, con la primera nota importante. Los individuos que integran estas muchedumbres preexistían, pero no como muchedumbre. Repartidos por el mundo en pequeños grupos, o solitarios, llevaban una vida, por lo visto, divergente, disociada, distante. Cada cual -individuo o pequeño grupo- ocupaba un sitio, tal vez el suyo, en el campo, en la aldea, en la villa, en el barrio de la gran ciudad. Ahora, de pronto, aparecen bajo la especie de aglomeración, y nuestros ojos ven dondequiera muchedumbres. ¿Dondequiera? No, no; precisamente en los lugares mejores, creación relativamente refinada de la cultura urbana, reservados antes a grupos menores, en definitiva, a minorías.





La muchedumbre se ha hecho visible, se ha instalado en los lugares preferentes de la sociedad. Antes, si existía, pasaba inadvertida, ocupaba el fondo del escenario social; ahora se ha adelantado a las candilejas, es ella el personaje principal. Ya no hay protagonistas: sólo hay coro.





El concepto de muchedumbre es cuantitativo y visual. Traduzcámoslo, sin alterarlo, a la terminología sociológica. Entonces hallamos la idea de masa social. La sociedad es siempre una unidad dinámica de dos factores: minorías y masas. Las minorías son individuos o grupos de individuos especialmente cualificados. La masa es el conjunto de personas no especialmente cualificadas. De este modo se convierte lo que era meramente cantidad -la muchedumbre- en una demostración cualitativa: es la cualidad común, es lo mostrenco social, es el hombre en cuanto no se diferencia de otros hombres, sino que repite en sí un tipo genérico. ¿Qué hemos ganado con esta conversión de la cantidad a la cualidad? Muy sencillo: por medio de esta comprendemos la génesis de aquella. Es evidente, hasta perogrullesco, que la formación normal de una muchedumbre, implica la coincidencia de deseos, de ideas, de modo de ser en los individuos que la integran. Se dirá que es lo que acontece con todo grupo social, por selecto que pretenda ser. En efecto; pero hay una esencial diferencia. En los grupos que se caracterizan por no ser muchedumbre y masa, la coincidencia efectiva de sus miembros consiste en algún deseo, idea o ideal que por sí solo excluye al gran número. Para formar una minoría, sea la que sea, es preciso que antes cada cual se separe de la muchedumbre por razones especiales, relativamente individuales. Su coincidencia es, pues, secundaria, posterior a una singularización, y es en buena parte una coincidencia en no coincidir. Hay casos en que este carácter singularizador del grupo aparece a la intemperie: los grupos de no-conformistas, es decir, la agrupación de los que concuerdan sólo en su disconformidad respecto a la muchedumbre ilimitada. Este ideal de separarse los menos para separarse de los más va siempre involucrado en la formación de toda minoría. Como dice una vez graciosamente Mallarmé: subrayan con la presencia de su escasez la ausencia multitudinaria (2).





En rigor, la masa puede definirse, como hecho psicológico, sin necesidad de esperar a que aparezcan los individuos en aglomeración. Delante de una sola persona podemos saber si es masa o no. Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo -en bien o en mal- por razones especiales, sino porque se siente “como todo el mundo” y, sin embargo, no se angustia. No es masa, en cambio, el hombre humilde que se siente mediocre y vulgar porque al intentar valorarse por razones especiales -talento para esto o lo otro, excelencia en uno u otro orden- advierte que no posee ninguna cualidad egregia. Es preciso hacer constar, frente a las habituales bellaquerías, que el hombre selecto no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más que los demás, aunque no logre cumplir en su persona esas exigencias superiores. Esto me recuerda que el budismo ortodoxo se compone de dos religiones distintas: una, más rigorosa y difícil; otra, más laxa y trivial: el Mahayana -“gran vehículo” o “gran carril”- y el Hinayana -“pequeño vehículo”, “camino menor”-. Lo decisivo es si ponemos nuestra vida a uno u otro vehículo, a un máximun de exigencias o a un mínimun.





Ahora bien: existen en la sociedad operaciones, actividades, funciones del más diverso orden, que son, por su misma naturaleza, especiales, y, consecuentemente, no pueden ser ejecutadas sin dotes también especiales. Por ejemplo: ciertos placeres de carácter artístico y lujoso, o bien las funciones de gobierno y de juicio político sobre los asuntos públicos. Antes eran ejercidas estas actividades especiales por minorías calificadas -calificadas, por lo menos, en pretensión-. La masa no pretendía intervenir en ellas: se daba cuenta de que, si quería intervenir, tendría, congruentemente, que adquirir esas dotes especiales y dejar de ser masa. Conocía su papel en una saludable dinámica social.





Si ahora retrocedemos a los hechos enunciados al principio, nos aparecerán inequívocamente como nuncios de un cambio de actitud en la masa. Todos ellos indican que esta ha resuelto adelantarse al primer plano social y ocupar los lugares y usar los utensilios y gozar de los placeres antes adscritos a los pocos. Es evidente que, por ejemplo, los locales no estaban premeditados para las muchedumbres, puesto que su dimensión es muy reducida y el gentío rebosa constantemente de ellos, demostrando a los ojos y con lenguaje visible el hecho nuevo; la masa que, sin dejar de serlo, suplanta a las minorías.





Nadie, creo yo, deplorará que las gentes gocen hoy en mayor número que antes, ya que tienen para ello el apetito y los medios (3). Lo malo es que esta decisión tomada por las masas de asumir las actividades propias de la minoría no se manifiesta, ni puede manifestarse, sólo en el orden de los placeres, sino que es una manera general del tiempo. Así, yo creo que las innovaciones políticas de los más recientes años no significan otra cosa que el imperio político de las masas. La vieja democracia vivía templada por una abundante dosis de liberalismo y de entusiasmo por la ley. Al amparo del principio liberal y de la norma jurídica podían actuar y vivir las minorías. Hoy asistimos al triunfo de una hiperdemocracia en que la masa actúa directamente, por medio de materiales presiones, imponiendo sus aspiraciones y sus gustos. Es falso interpretar las situaciones nuevas como si la masa se hubiese cansado de la política y encargase a personas especiales su ejercicio. Todo lo contrario. Eso era lo que antes acontecía. La masa presumía que, al fin y al cabo, con todos sus defectos y lacras, las minorías de políticos entendían un poco más de los problemas públicos que ella. Ahora, en cambio, cree la masa que tiene derecho a imponer y dar vigor de ley a sus tópicos de café. Yo dudo que haya habido otras épocas de la Historia en que la muchedumbre llegase a gobernar tan directamente como en nuestro tiempo. Por eso hablo de hiperdemocracia.





Lo propio acaece en los demás órdenes, muy especialmente en el intelectual. Tal vez padezco un error; pero al tomar la pluma para escribir sobre un tema que he estudiado largamente, pienso que el lector medio, que no ha pensado jamás en el tema, si me lee, no es con el fin de aprender algo de mí, sino, al revés, para sentenciar sobre mí cuando no coincido con las vulgaridades que él tiene en su cabeza (4). Si los individuos que integran la masa se creyesen especialmente dotados, tendríamos no más que un caso de error personal, pero no una subversión sociológica. Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera. Como se dice ahora en Norteamérica: ser diferente es indecente. La masa arrolla todo lo diferente, egregio, individual, calificado y selecto. Si usted no es como todo el mundo, corre usted el riesgo de ser eliminado. Y claro está que “todo el mundo” no es “todo el mundo”. “Todo el mundo era normalmente la unidad compleja de masa y minoría discrepantes, especiales. Ahora todo el mundo es sólo la masa.





Notas





(1) (El primer artículo de esta serie, titulado “Masas”, fue luego transformado por Ortega en el capítulo inicial de La rebelión de las masas. Por esta razón, se reproduce aquí el resto de la serie titulada “Dinámica del tiempo”. Esta serie de seis artículos -publicados en El Sol los días 8 y 15, V; 9, 19 y 26, VI, y 3, VII, de 1927- pareció a Ortega lo bastante considerable como para proyectar publicada recogida en libro. Y así fue anunciada entre sus obras “en prensa”, pero lo subrayo para decir que incluso llegó a componerse, pues entre sus papeles he hallado las capillas de esas páginas. Al tener en común con La rebelión de las masas su primer capítulo, esta serie de artículos fue, en algún sentido, como un presagio del posterior libro. Por esta razón considero oportuno situarla como un Apéndice del mismo.)


(2) Los problemas de reforma pública que tan urgentemente acosan a todos los pueblos europeos no podrán ser resueltos con la perfección que los tiempos requieren si no se afinan un poco las nociones sociológicas existentes en el ciudadano medianamente culto. Como una pequeña pero intensa contribución a este refinamiento de ideas sociales, he hecho traducir el exquisito libro de Jorge Simmel Sociología, una maravilla de sutileza además de ser una lectura muy entretenida. (Editorial Revista de Occidente, 2da. Edición, Madrid, l977).


(3) Si en lugar de interpretar el hecho por su estilo buscásemos sus causas, claro es que al punto hallaríamos una bien clara: un desplazamiento de la riqueza proporciona hoy cierto bienestar económico a clases sociales muy numerosas que antes no la gozaban.


(4) Cabe al leer adoptar una de estas tres actitudes.


Primera: La del que no ha pensado sobre el asunto y lee para aprender del autor, reconocimiento de antemano su superioridad.


Segunda: La del que, sin presunción, sabe que ha trabajado más sobre el asunto que el autor, y le interesa ver si éste coincide, si evita los escollos del problema, si ve la cuestión bajo otro haz.


Tercera: La del que, sin haberse fatigado ni un minuto en pensar sobre el asunto, lee para indignarse de que el autor no piense como él. Este es el modo de leer más frecuente en España hacia 1927.

ORTEGA Y GASSET / LA REBELIÓN DE LAS MASAS


TRIGÉSIMA ENTREGA

APÉNDICE I

DINÁMICA DEL TIEMPO (1)

MASAS

Pocas veces se habrá caído tanto en el post hoc ergo propter hoc como después de la guerra. Todos los hechos de postguerra se explican por la guerra, con lo cual se aplasta su sentido, se borra lo peculiar de su perfil y se desaprovechan como probables síntomas del futuro. Así uno de los fenómenos de la postguerra que más saltan a la vista: el “lleno”. Las ciudades están llenas de gente. Las casas, llenas de inquilinos. Los hoteles, llenos de huéspedes. Los trenes, llenos de viajeros. Los cafés, llenos de consumidores. Los paseos, llenos de transeúntes. Los espectáculos, como no sean muy extemporáneos, llenos de espectadores. Las playas, llenas de bañistas. Lo que antes no solía ser problema, empieza a serlo ahora casi continuamente: encontrar sitio.

Para quien crea, como yo creo, que todo fenómeno, además de tener una causa, tiene un estilo -es decir, un gesto y una forma en que se expresa un modo general de vida-, no es posible presenciar esa torrencial confluencia de seres humanos sin sobrecogerse un poco. Según la interpretación fisiognómica del Universo, todo lo que acontece es simbólico. El símbolo entrega su secreto enorme cuando lo tomamos al pie de la letra y sin alterarlo lo trasportamos al resto de la realidad. Apliquemos el sencillo método al caso presente.

¿Qué es lo que vemos y al verlo nos sorprende tanto? Vemos la muchedumbre, como tal, posesionada de los locales y utensilios creados por la civilización. Apenas reflexionamos un poco, nos sorprendemos de nuestra sorpresa. Pues qué, ¿no es lo ideal? El teatro tiene sus localidades para que se ocupen; por tanto, para que la sala esté llena. Y lo mismo sus asientos el ferrocarril y sus cuartos el hotel. Sí; no tiene duda. Pero el hecho es que antes ninguno de esos establecimientos y vehículos solía estar lleno, y ahora rebosan, queda fuera gente afanosa de usufructuarlos. Sea o no el hecho debido, lógico, natural, no puede desconocerse que antes no acontecía y ahora sí; por tanto, que ha habido un cambio, una innovación, la cual justifica, por lo menos en el primer momento, nuestra sorpresa.

Por otra parte, los componentes de esta muchedumbre no han surgido de la nada. Aproximadamente, el mismo número de personas existía hace quince años. Aquí topamos, sin embargo, con la primera nota importante. Los individuos que integran estas muchedumbres preexistían, pero no como muchedumbre. Repartidos por el mundo en pequeños grupos, o solitarios, llevaban una vida, por lo visto, divergente, disociada, distante. Cada cual -individuo o pequeño grupo- ocupaba un sitio, tal vez el suyo, en el campo, en la aldea, en la villa, en el barrio de la gran ciudad. Ahora, de pronto, aparecen bajo la especie de aglomeración, y nuestros ojos ven dondequiera muchedumbres. ¿Dondequiera? No, no; precisamente en los lugares mejores, creación relativamente refinada de la cultura urbana, reservados antes a grupos menores, en definitiva, a minorías.

La muchedumbre se ha hecho visible, se ha instalado en los lugares preferentes de la sociedad. Antes, si existía, pasaba inadvertida, ocupaba el fondo del escenario social; ahora se ha adelantado a las candilejas, es ella el personaje principal. Ya no hay protagonistas: sólo hay coro.

El concepto de muchedumbre es cuantitativo y visual. Traduzcámoslo, sin alterarlo, a la terminología sociológica. Entonces hallamos la idea de masa social. La sociedad es siempre una unidad dinámica de dos factores: minorías y masas. Las minorías son individuos o grupos de individuos especialmente cualificados. La masa es el conjunto de personas no especialmente cualificadas. De este modo se convierte lo que era meramente cantidad -la muchedumbre- en una demostración cualitativa: es la cualidad común, es lo mostrenco social, es el hombre en cuanto no se diferencia de otros hombres, sino que repite en sí un tipo genérico. ¿Qué hemos ganado con esta conversión de la cantidad a la cualidad? Muy sencillo: por medio de esta comprendemos la génesis de aquella. Es evidente, hasta perogrullesco, que la formación normal de una muchedumbre, implica la coincidencia de deseos, de ideas, de modo de ser en los individuos que la integran. Se dirá que es lo que acontece con todo grupo social, por selecto que pretenda ser. En efecto; pero hay una esencial diferencia. En los grupos que se caracterizan por no ser muchedumbre y masa, la coincidencia efectiva de sus miembros consiste en algún deseo, idea o ideal que por sí solo excluye al gran número. Para formar una minoría, sea la que sea, es preciso que antes cada cual se separe de la muchedumbre por razones especiales, relativamente individuales. Su coincidencia es, pues, secundaria, posterior a una singularización, y es en buena parte una coincidencia en no coincidir. Hay casos en que este carácter singularizador del grupo aparece a la intemperie: los grupos de no-conformistas, es decir, la agrupación de los que concuerdan sólo en su disconformidad respecto a la muchedumbre ilimitada. Este ideal de separarse los menos para separarse de los más va siempre involucrado en la formación de toda minoría. Como dice una vez graciosamente Mallarmé: subrayan con la presencia de su escasez la ausencia multitudinaria (2).

En rigor, la masa puede definirse, como hecho psicológico, sin necesidad de esperar a que aparezcan los individuos en aglomeración. Delante de una sola persona podemos saber si es masa o no. Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo -en bien o en mal- por razones especiales, sino porque se siente “como todo el mundo” y, sin embargo, no se angustia. No es masa, en cambio, el hombre humilde que se siente mediocre y vulgar porque al intentar valorarse por razones especiales -talento para esto o lo otro, excelencia en uno u otro orden- advierte que no posee ninguna cualidad egregia. Es preciso hacer constar, frente a las habituales bellaquerías, que el hombre selecto no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más que los demás, aunque no logre cumplir en su persona esas exigencias superiores. Esto me recuerda que el budismo ortodoxo se compone de dos religiones distintas: una, más rigorosa y difícil; otra, más laxa y trivial: el Mahayana -“gran vehículo” o “gran carril”- y el Hinayana -“pequeño vehículo”, “camino menor”-. Lo decisivo es si ponemos nuestra vida a uno u otro vehículo, a un máximun de exigencias o a un mínimun.

Ahora bien: existen en la sociedad operaciones, actividades, funciones del más diverso orden, que son, por su misma naturaleza, especiales, y, consecuentemente, no pueden ser ejecutadas sin dotes también especiales. Por ejemplo: ciertos placeres de carácter artístico y lujoso, o bien las funciones de gobierno y de juicio político sobre los asuntos públicos. Antes eran ejercidas estas actividades especiales por minorías calificadas -calificadas, por lo menos, en pretensión-. La masa no pretendía intervenir en ellas: se daba cuenta de que, si quería intervenir, tendría, congruentemente, que adquirir esas dotes especiales y dejar de ser masa. Conocía su papel en una saludable dinámica social.

Si ahora retrocedemos a los hechos enunciados al principio, nos aparecerán inequívocamente como nuncios de un cambio de actitud en la masa. Todos ellos indican que esta ha resuelto adelantarse al primer plano social y ocupar los lugares y usar los utensilios y gozar de los placeres antes adscritos a los pocos. Es evidente que, por ejemplo, los locales no estaban premeditados para las muchedumbres, puesto que su dimensión es muy reducida y el gentío rebosa constantemente de ellos, demostrando a los ojos y con lenguaje visible el hecho nuevo; la masa que, sin dejar de serlo, suplanta a las minorías.

Nadie, creo yo, deplorará que las gentes gocen hoy en mayor número que antes, ya que tienen para ello el apetito y los medios (3). Lo malo es que esta decisión tomada por las masas de asumir las actividades propias de la minoría no se manifiesta, ni puede manifestarse, sólo en el orden de los placeres, sino que es una manera general del tiempo. Así, yo creo que las innovaciones políticas de los más recientes años no significan otra cosa que el imperio político de las masas. La vieja democracia vivía templada por una abundante dosis de liberalismo y de entusiasmo por la ley. Al amparo del principio liberal y de la norma jurídica podían actuar y vivir las minorías. Hoy asistimos al triunfo de una hiperdemocracia en que la masa actúa directamente, por medio de materiales presiones, imponiendo sus aspiraciones y sus gustos. Es falso interpretar las situaciones nuevas como si la masa se hubiese cansado de la política y encargase a personas especiales su ejercicio. Todo lo contrario. Eso era lo que antes acontecía. La masa presumía que, al fin y al cabo, con todos sus defectos y lacras, las minorías de políticos entendían un poco más de los problemas públicos que ella. Ahora, en cambio, cree la masa que tiene derecho a imponer y dar vigor de ley a sus tópicos de café. Yo dudo que haya habido otras épocas de la Historia en que la muchedumbre llegase a gobernar tan directamente como en nuestro tiempo. Por eso hablo de hiperdemocracia.

Lo propio acaece en los demás órdenes, muy especialmente en el intelectual. Tal vez padezco un error; pero al tomar la pluma para escribir sobre un tema que he estudiado largamente, pienso que el lector medio, que no ha pensado jamás en el tema, si me lee, no es con el fin de aprender algo de mí, sino, al revés, para sentenciar sobre mí cuando no coincido con las vulgaridades que él tiene en su cabeza (4). Si los individuos que integran la masa se creyesen especialmente dotados, tendríamos no más que un caso de error personal, pero no una subversión sociológica. Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera. Como se dice ahora en Norteamérica: ser diferente es indecente. La masa arrolla todo lo diferente, egregio, individual, calificado y selecto. Si usted no es como todo el mundo, corre usted el riesgo de ser eliminado. Y claro está que “todo el mundo” no es “todo el mundo”. “Todo el mundo era normalmente la unidad compleja de masa y minoría discrepantes, especiales. Ahora todo el mundo es sólo la masa.

Notas

(1) (El primer artículo de esta serie, titulado “Masas”, fue luego transformado por Ortega en el capítulo inicial de La rebelión de las masas. Por esta razón, se reproduce aquí el resto de la serie titulada “Dinámica del tiempo”. Esta serie de seis artículos -publicados en El Sol los días 8 y 15, V; 9, 19 y 26, VI, y 3, VII, de 1927- pareció a Ortega lo bastante considerable como para proyectar publicada recogida en libro. Y así fue anunciada entre sus obras “en prensa”, pero lo subrayo para decir que incluso llegó a componerse, pues entre sus papeles he hallado las capillas de esas páginas. Al tener en común con La rebelión de las masas su primer capítulo, esta serie de artículos fue, en algún sentido, como un presagio del posterior libro. Por esta razón considero oportuno situarla como un Apéndice del mismo.)
(2) Los problemas de reforma pública que tan urgentemente acosan a todos los pueblos europeos no podrán ser resueltos con la perfección que los tiempos requieren si no se afinan un poco las nociones sociológicas existentes en el ciudadano medianamente culto. Como una pequeña pero intensa contribución a este refinamiento de ideas sociales, he hecho traducir el exquisito libro de Jorge Simmel Sociología, una maravilla de sutileza además de ser una lectura muy entretenida. (Editorial Revista de Occidente, 2da. Edición, Madrid, l977).
(3) Si en lugar de interpretar el hecho por su estilo buscásemos sus causas, claro es que al punto hallaríamos una bien clara: un desplazamiento de la riqueza proporciona hoy cierto bienestar económico a clases sociales muy numerosas que antes no la gozaban.
(4) Cabe al leer adoptar una de estas tres actitudes.
Primera: La del que no ha pensado sobre el asunto y lee para aprender del autor, reconocimiento de antemano su superioridad.
Segunda: La del que, sin presunción, sabe que ha trabajado más sobre el asunto que el autor, y le interesa ver si éste coincide, si evita los escollos del problema, si ve la cuestión bajo otro haz.
Tercera: La del que, sin haberse fatigado ni un minuto en pensar sobre el asunto, lee para indignarse de que el autor no piense como él. Este es el modo de leer más frecuente en España hacia 1927.
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