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lunes

EN PIEZAS / LA TERRORÍFICA MANIPULACIÓN DE LOS ASENTAMIENTOS (42) - FEDE RODRIGO


1º edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2018

Interludio de magnates

Era el día siguiente a primera hora. El más joven de los viejos llegó apurado y convencido de su victoria. Arriba de la mesa, la luz de la Tablet que usaban como tablero se filtraba a través de las hojas de un diario dándole un aspecto etéreo. Qué raro. Sólo el viejo y él tienen acceso a ese lugar. Si él mismo no lo había dejado quería decir que el viejo había estado allí la noche anterior. (Viejo ansioso y traidor, pensó.) Agarró el diario y vio una morbosa imagen de los ojos vaciados del cadáver del Juez. Al leer el encabezado de la tapa, puteó riendo.

Jaque Mate

Muere importante juez en un barrio marginal de la capital con un balazo en el cuello en un confuso episodio. Hasta las principales autoridades son víctimas del brutal juego que sucede entre los narcos que se disputan-


No leyó más. Revisó la Tablet sólo para verificar lo obvio: la cara del juez Cortés aparecía en blanco y negro en la columna de sus piezas muertas. Intermitentes, unas letras rojas anunciaban al jugador con las piezas blancas como ganador.

En ese mismo momento (como si lo hubiera estado espiando) entró a paso desvencijado el viejo de ochenta y un años. Con una sonrisa postiza le mostró una diminuta memoria extraíble.

-Hablé con uno de tus empleados para conseguir esto. Espero que no te moleste.

-Pero, viejito. Usted siempre un paso adelante.

-Y ya me hicieron la edición para que nos sentemos tranquilos a disfrutar del resumen de nuestra partida.

-¿Cómo? ¿Alguien vio todo esto?

-Tranquilo. Son mis hombres de confianza y te aseguro que han visto cosas mucho peores.

-¡Ay qué miedo!

Uno cerró las cortinas mientras el otro puso a reproducir el video. Sólo la luz de la pantalla les iluminaba la cara llena de gozo. Algunos comentarios se les escapaban al reconocer los momentos de la partida:

-Mirá: el pibe pelado.

-Cómo le desfiguró la cara al amigo sin sentir una pizca de culpa.

-Uh. Y ahí la imagen se llena toda de sangre: ¿qué pasó?

-Es el pibe filmándose la muerte.

-Qué impresión.

-Y pensar que después de eso el pibe raro mató al padre.

-Sí. Cómo nos lo perdimos. Para la próxima hay que buscar la forma de filmar más.

-Mirá al Payaso tirando las cuerdas para arriba.

-¿Era para que las agarráramos nosotros?

-Claro.

-Qué artista. Qué artista.

-Mirá el enfermo de la moto y la camisa mal prendida.

-Era medio tarado pero me caía bien.

-¡Dejate de joder!

-Qué casita tenía tu rey, eh.

-Y por eso sobrevivió. Hay que elegir reyes fuertes.

-Cómo quedó ese pibe raro. Los brazos mordidos, la cara partida y la espalda toda llena de droga.

-Sí. Ese sobrevivió de milagro.

-¡Qué! ¿Ya terminó?

-¿Qué querías? ¿Una película?

-Me quedé con ganas de ver más, viejito.

-Igual queda la frase final. Escuchalo al Payaso.

“La vida tiene algo de chiste: si no te reís es porque no entendiste nada”.

-Me cae bien el Payaso. Lo voy a extrañar.

La pantalla de volvía negra y sólo quedaban flotando las mismas palabras del principio.

-El nombre se lo pusiste vos, ¿no?

-No, fue el pibe.

-Qué increíble. Le embocó justito: Sólo somos piezas.

La pantalla se apagó por completo y los dos viejos sonrieron añorando, como queriendo guardarse el gustito de lo que acababan de ver.

El viejo se paró y caminó hasta el escritorio. Agarró la flor (que estaba increíblemente inalterada después de tanto tiempo) y le propinó una profunda olfateada. Riendo miró a su amigo:

-¿Jugamos otro?

-Por supuesto, ¿pero quién reacomoda las piezas?

-Está lleno de piezas por ahí.




2018

domingo

EN PIEZAS / LA TERRORÍFICA MANIPULACIÓN DE LOS ASENTAMIENTOS (41) - FEDE RODRIGO


1º edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2018

DEL BARRIO 15

Ya no le importaba que los funcionarios estatales todavía no hubieran pasado a recoger el cadáver de Morales. Poseído por la furia de sobrevivir, Diego se subió a su moto desobedeciendo la orden directa del Juez de que se quedara allí. Por qué iba a seguir obedeciendo a un juez que lo estaba matando al derogar la ley. “Voy a hacer que cambie de opinión o el barrio va a necesitar un nuevo Juez”, se dijo ya arriba de la moto co0n una mano en el arma de reglamento.

Aceleró por encima de todas las huellas felices que todos los vecinos habían dejado anoche bailando en el desfile. Recorrió la calle asfaltada, dobló a la derecha y llegó hasta las costillas mismas del barrio. Unos metros antes de llegar al juzgado, frenó en seco el enojo de su moto sin entender qué estaba pasando: a una mujer de rulos rubios con un pañuelo violeta cubriéndole la cara se le escapaba la sangre por un costado de el cuerpo. El juez Cortez (tipo grande y duro) abrazaba agitado a un pichi lleno de rastas negras.

Sólo la madre de Diego sabía que su hijo estaba hecho con dos egos: por muchos años había gobernado el mismo. Pero hoy era diferente, esta crisis había provocado que su segundo ego (el más peligroso de los dos) tomara posesión de su voluntad y todo fue diferente.

Rápidamente notó que el pichi era la amenaza ya que su mano sostenía un precario corte ensangrentado. Sin vacilar, le reventó el cráneo con un culatazo haciéndolo caer inconsciente. El juez Cortez, que había sonreído al verlo (Diego era el encargado de su seguridad personal) repentinamente volvió a ser tomado por el pánico. ¿Qué hacés? quiso decirle al policía pero el viento le hizo tragar las palabras.

Una de las cajas que estaba junto a la puerta temblaba tanto que su tapa se cayó: un ridículo color naranja quedó a la vista. El ego perverso de Diego sonrió mientras su elevado coeficiente intelectual diagramaba un plan.

Caminó sin apuro hasta la caja, agarró al payaso de un brazo y lo sacó con facilidad. Una vez que el Payaso estuvo parado, Diego se colocó detrás de él, le abrazó el cuello como una serpiente y le arrimó la boca al oído. “Hoy le toca matar a un Juez, viejito”.

Haciendo presión sobre el cuello, colocó el arma entre las arrugadas manos del Payaso. El caño del arma y la luz de la cámara apuntaban directamente a la cara negra del juez Cortez. Toda la fuerza y determinación con la que había manejado su llegada al barrio se había diluido en el miedo y ahora parecía un animal encandilado. (Debía estar pensando en su familia, en la felicidad o en alguna de las pelotudeces en las que piensa la gente antes de morir.) Diego lo sabía porque ya había ayudado a morir a varias personas. Su deficiencia cardíaca latía sin prisa en su pecho.

-¿Estás pronto, Payaso?

Entre los sollozos del viejo blanco, las carcajadas de Diego se apagaron de asco. Un calor suave lo hizo soltar al Payaso y verle los pantalones mojados.

-¡Ni para matar otro viejo servís! Me agarrás de buen humor porque tendría que matarte a vos también.

El Juez se relajó brevemente al ver que Diego se había dado vuelta y ya hablaba de no matar. Se equivocó. El policía de dos egos giró sobre sus talones con la destreza de un bailarín y le disparó en el cuello desplomándole la sangre garganta abajo. El Juez empezó a sentir en la boca ese intenso gusto a hierro que seguramente tiene la muerte.

Lo que acababa de hacer no tenía ningún sentido: sin saberlo el brillante policía había sido manipulado por un viejo ricachón a varios quilómetros de ahí. Dejando un cadáver viejo y negro, otra cadáver fuerte y hermosa, un cuerpo hediondo inconsciente y un viejo meado filmándolo: Diego dio media vuelta, se subió a la moto y se fue.

El Payaso meado corrió hasta el cadáver del Juez y hasta el de la mujer asesina y hasta el cuerpo inconsciente del Zurdo. La cámara escondida en su gorro grababa todo con la esperanza de que alguien llegara a conocer todas las muertes que convivían en el barrio. (Él también se equivocaba.)

Entre todo ese cadaveraje, lloró. Se le volvieron a la cabeza las palabras que una vez el mismísimo Darío le había dicho mientras le daba droga a un niño de la calle: “nunca creas que amás tanto a alguien como para poder salvarle la vida”.

lunes

EN PIEZAS / LA TERRORÍFICA MANIPULACIÓN DE LOS ASENTAMIENTOS (40) - FEDE RODRIGO


1º edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2018

DEL BARRIO 14

El Mancuerna ahora sólo era una alfombra inerte y sangrienta sobre las baldosas blancas de la mansión. Su sangre se trepaba de a poco a las sandalias petrificadas de Mamá Lucha. (Los zapatos blancos de Darío no se manchaban jamás.)

Las pupilas del hombre más temido del barrio tintineaban en pleno shock con la vida arquetípicamente muerta. Había arruinado a la mujer más perfecta del mundo: la había hecho matar. (Y ni siquiera entendía por qué.)

Por primera vez y sin reír, recordó su pasado. Y el recuerdo lo llevó al niño que creció al lado de su hermano mayor, sobreviviéndole cada minuto al alcoholismo violento de su padre. Recordó el día en que se le rompió la familia: su padre volviendo como todas las noches (tarde y borracho) con la única intención de destrozar todo a su paso. “Y en su paso estaba yo”, tirado boca abajo imaginando un juguete en la mano. Con una patada en las costillas lo hizo rodar más de un metro. El llanto se escurrió hasta la cocina desde donde su hermano mayor apareció para taclear al padre. Abrazando la puerta trasera de las rodillas del borracho con toda la fuerza de sus frágiles nueve años, vio a su hermanito de cuatro por última vez. “Corré” le gritó. “Corré”. Y Darío obedeció (como siempre). Se tapó los oídos para no escuchar los huesos de su hermano mayor reventar entre los golpes y corrió.

Hoy vivía en esa misma casa. Claro que después de invertirle una fortuna ya casi no se reconocía, pero la casa era la misma. Y en el lugar donde vio a su hermano y a su padre abrazados en el piso por última vez, hay una baldosa negra. (Nadie nunca le preguntó por qué.)

Por eso decidió vender droga, para que la gente le escape a este pantano de mierda fangosa a la que llamamos realidad: realidad de la que nunca podemos salir limpios.

-¡Yo no fiui! ¡Yo no drogué al niño! Te lo juro.

-No podés ser tan bajo, Darío.

-Ya habías dicho una vez que ese niño no podía consumir porque tiene no sé qué en los riñones.

-También me dijiste que dejara crecer a ese niño o no iba a sobrevivir en el barrio. Dijiste que lo podías hacer crecer en un segundo (bueno, en siete).

-Y me contestaste que si lo hacía crecer, me matabas.

-Por eso vine: a cumplir con mi palabra.

Las palabras de Mamá Lucha sonaban temblorosas pero eso no le impedía apuntar a la cara de Darío con el arma. El odio y el amor por ese tipo luchaban adentro de sus infinitos ojos negros.

Y en las manos estiradas le pesaban todos sus treinta y tres años (linda edad para resucitar). Parecían más de dos vidas las que había vivido. La niña sonriente, las manzanas robadas, la niña gimnasta, la niña vagabunda y su hermano con frío, el abrazo de Raúl, la madre de todos. Era demasiado, no hay cuerpo que aguante.

Sólo esto. Sólo esto y ya está. Se dijo. Lo matás y hacés del mundo un lugar mejor. Darío pareció leerle la intimidad de su rostro porque con una súplica sincera y (sin molestarse en escuchar el ¡no te muevas! de Mamá Lucha) fue hasta la mesa de luz. La mujer le siguió cada uno de los pasos con la esperanza que de golpe la asustara y se le escapara un disparo para matarlo por la espalda: pero no fue así. Darío abrió el cajón y le mostró un labial violeta vacío.

-¿En serio? Después de tanto frío. Después de salvarme todas las noches del mundo. Después de que el pelo se te quedó bordó. Después de pintarte con un labial vacío para que yo no supiera que te morías helada. Después de que sobreviviéramos juntos al barrio me vas a disparar. No. Seguramente mucha gente me va a matar en esta vida: pero justo vos no, Lucía. Vos no.

Con la punta del arma todavía apoyada sobre su esternón, puso el pintalabios vacío entre los dedos y la palma de Mamá Lucha. En seguida, sus manos ricas envolvieron las de ella (que todavía sujetaba el revólver con furia). Como si pudiera verle lo oscuro al fuego, Mamá Lucha dejó caer el arma y lo abrazó protegiéndolo del pasado. Él la abrazó con más fuerza suspirándole en el costado de la nuca. Sus palabras se entreveraron con algunos mechones de pelo bordó: Te juro que yo no fui.

martes

EN PIEZAS / LA TERRORÍFICA MANIPULACIÓN DE LOS ASENTAMIENTOS (38) - FEDE RODRIGO


1º edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2018


DEL BARRIO 12

Algo en aquella mujer hizo que el juez Cortez quedara en estado de alerta inmediatamente. Atinó a sacar su celular pero la mujer se lo hizo tirar de un grito mientras sacaba un arma y le apuntaba a las tupidas cejas negras. El maxilar negro del juez temblaba por los nervios pero su cara permanecía imperturbable. El Zurdo los miraba de cerca sin saber qué hacer.

El plan (a pesar de ser muy sencillo) había sido cuidadosamente ideado por la brillante asesina a sueldo: iba a pegarle al juez unos cuantos balazos imprecisos gritando venganza o injusticia o algo por el estilo. Los policías iban a cerrar la bolsa con el cuerpo del hombre convencidos de que esto se trataba de un ajuste de cuentas y no iban a investigar por miedo a lo poderoso que debía ser quien mandase matar a un juez.

Y la fría asesina por fin iba a poder ser dejada atrás para que naciera en su lugar una joven sin infancia con ganas de conocer el mundo. El dinero de aquel trabajo era ampliamente superior al que necesitaba para comprarle la casa a su abuela (lo había chequeado más de diez veces en su libretita antes de salir).

El tipo era duro pero se le veía el miedo. “No lo mires: si te encariñás no los matás” se dijo y respiró hondo. Pero cuando su dedo índice se disponía a robarle la vida al juez, sintió un agudo dolor entre las costillas, justo debajo de la axila derecha. El dolor se le entibiaba de a poco y comenzó a reconocer su aliento reventando contra el pañuelo violeta frente a su boca.

Se escuchó el sonido de una moto a lo lejos mientras una luz roja se paseaba por la escena con libertad. Los árboles se sacudieron un poco para dejar paso al viento. (Había demasiada paz alrededor de su muerte.)

Al diseñar su plan perfecto, ella no había tenido en cuenta un detalle, algo que se creía extinto en el barrio: el amor por el prójimo. El Zurdo, en un acto desesperado, le había clavado la caña con el vidrio en la punta que usaba para pelar los cables todos los fines de semana. El Zurdo le había salvado la vida el juez.

La mujer de rulos rubios dejó caer el arma mientras tragó con muchísima dificultad. Miró al Zurdo incrédula y suplicante por encima de los tres lunares cuidadosamente alineados que tenía en el pómulo derecho. No la podrían matar: no a ella. No justo ahora que iba a dejar de matar.

En un segundo murió su sueño: ella murió inmediatamente después.

lunes

EN PIEZAS / LA TERRORÍFICA MANIPULACIÓN DE LOS ASENTAMIENTOS (37) - FEDE RODRIGO


1º edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2018

DEL BARRIO 11


La mansión no tiene rejas ni portón, por lo que la vieja camioneta de Mamá Lucha entró atropellando todo sin resistencia. Frenó encima del pasto justo al lado de la fuente y se bajó.

La puerta siempre estaba abierta y Mamá Lucha volvió a entrar atropellando todo sin resistencia. (Esta vez estaba decidido: había entrado para matarlo.) Darío contaba cientos de billetes sentado en un excéntrico sillón de cuero blanco. Sus lentes puestos sobre la punta de la nariz entibiaban su dura imagen. El Mancuerna estaba tirado con la espalda en el suelo y los pies sobre la pared haciendo girar el arma en su dedo índice.

-¡Qué hermosa sorpresa, Lucía! ¿Qué te trae por acá?

-¡Vos lo drogaste, hijo de puta! Siempre supe que sos una mierda pero nunca creí que ibas a caer tan bajo.

-No sé de qué me hablás.

-Ni siquiera tenés un mínimo de valor para reconocérmelo. Pero ya estoy harta de que te pasees por el barrio arruinádonos la vida a todos. No te salvé para esto. Si yo hubiera sabido que eras así.

-¿Qué? ¿Me hubieras dejado morir congelado? ¿Eso me querés decir?

-Sos una mierda. Una mierda.

Mamá Lucha se arrimaba a Darío entre los gritos señalándole el pecho. El Mancuerna se paró de pronto y la agarró de un brazo. Darío lo frenó en seco.

-Ni se te ocurra, Mancuerna. No le pongas un dedo encima.

-Como ordene, jefe.

-¡Bien arrastradito sos, eh! Marioneta sin voluntad.

-Uh, qué boquita tiene esta mujer, jefe.

Los dos hombres llenaron el enorme living de carcajadas. La mujer completamente desquiciada los mataba con los ojos una y otra vez.

-Ya fuiste demasiado lejos. Con Bautista no, ¿me escuchaste?

-¿De qué hablás, Lucía?

-De que te voy a matar: de eso hablo.

-¡Bueno, dale!

Darío gritó cambiando completamente el color del aire. Agarró la pistola que tenía el Mancuerna y se la tiró a los pies a Mamá Lucha. (Darío siempre le había dado armas a todo el mundo y esa tarde no parecía ser la excepción.)

-Dale, matame. Así todos vamos a estar mejor ¿no? Como si en un par de días no fuera alguien más a vender droga en el barrio.

-Aparte esta mina no puede matar a nadie.

Mancuerna reía cuando de pronto un balazo hizo que la risa no le saliera más por la boca sino desde las costillas. En medio de la confusión no sintió dolor. Sólo cuando se vio el agujero en el costado del pecho tosiéndole sangre sin parar fue que empezó a sufrir: es que gran parte del dolor es miedo (y viceversa). Quiso reír pero su sonrisa ya estaba toda embadurnada de sangre así que se calló y cayó.

Mamá Lucha quedó temblando con los dos brazos extendidos y el arma todavía apuntando a donde había estado parado el Mancuerna. Darío supo que había subestimado a su “hermana mayor”


Interrupción de magnates

-¿Dónde estás?

-¿Otra vez? Estoy trabajando. No me podés llamar así.

-Tranquilo viejito. ¿Para qué seguís trabajando si igual sos el dueño de todo?

-Por no ir a trabajar vos vas a terminar fundiendo las plantas de energía hippie esas que tenés. Bueno ¿para qué me llamaste? Otra vez estás cagado por si no termina la partida.

-No, no. Todo lo contrario. Me tengo que ir a una reunión con el ministro de energía y no voy a poder ver cómo te gano la flor.

-Estás equivocado, amigo, Hoy gano yo.

-¿Ah sí? ¿Y entonces por qué está mi reina apuntándole al pecho con un arma a tu rey justo después de volarte la torre de un balazo?

-¿Cómo?

-Eso. Te dije que no subestimaras el poder de una madre herida.

-Puta madre. Todo por ese peón del orto.

-Me parece que tu asesina llega tarde.

-Ni me digas. Ineficiente de mierda.

-¿No hay manera de ver el futuro con este software, viejito?

-Estamos trabajando en eso pero aun no lo hemos logrado con precisión.

-Uh, qué lástima. Vamos a tener que juntarnos mañana a ver el final, entonces.

-Dale. A primera hora.

EN PIEZAS / LA TERRORÍFICA MANIPULACIÓN DE LOS ASENTAMIENTOS (36) - FEDE RODRIGO


1º edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2018


DEL BARRIO 10

El juzgado era una vieja construcción (de cuando el barrio no estaba hecho una mierda) a la que habían dividido con escritorios, bibliotecas y gente corrupta. Pero el juez Cortez estaba haciendo una limpieza a fondo y muchas de estas cosas ya se estaban yendo.

Un caballo negro con dientes blancos que llevaba a un tipo negro con las manos aun más negras paró en un costado del juzgado. El Zurdo se bajó y ya estaba revisando la basura, buscando mercadería para llevar al Colador. (Este dinerito extra iba a servir para comprarles algún regalo a sus hijas.)

Con su mente ya proyectada en la sonrisa de las niñas empezó a cargar papeles, cartones y plásticos. Los ásperos bolsones de arpillera ya estaban embarazados de mugre cuando un cono naranja asomó desde atrás de unas cajas. Los párpados blancos del Payaso Carcajada y los párpados negros del Zurdo se arremangaron en silencio: uno de ellos había sido traído hasta ahí por la muerte (para matar).

-¿Qué hace aquí entre la basura, Payaso?

-Trato de hacerla reír un poco. Veo que usted la convierte en algo provechoso. Qué gesto tan generoso: la salva de su muerte.

-En el estado en el que está el barrio, cada vez es más difícil salvar a algo de la muerte.

-Usted lo ha dicho, buen hombre. ¿Necesita una mano con todo esto?

-No, No se preocupe. Trabajar me da salud.

-Y lo respeto por eso: nos vemos en la vuelta. Tengo que seguir con mi trabajito.

-Mucha suerte. Ojalá tengo éxito.

-Mejor que no, buen hombre. Mejor que no.

El Payaso agarró un par de cajas, las puso al lado de la puerta principal del juzgado y se metió adentro. Al Zurdo no le llamó la atención. Ya estaba acostumbrado (igual que todos los demás vecinos del barrio) a las intervenciones delirantes del Payaso. Una lucecita roja iba a asomarse ni bien el hombre de cara tatuada lo dejara de mirar.

Sin perder más tiempo, el Zurdo volvió a su tarea de engordar las bolsas de arpillera con la basura que soñaba convertir en un regalo para sus hijas. Sin embargo, volvió a interrumpirse al ver a una hermosa mujer arrimándose con la cara tapada por un pañuelo violeta. Sus pasos eran firmes y sus rulos rubios desplegados la perseguían a loa saltos. Perdido en verla caminar, el Zurdo apenas si escuchó el tercer grito del juez Cortez que salía del juzgado.

-Caballero. ¿Me ayuda o no a sacar unas cajas que acabo de llenar? Acá ya se fue todo el mundo pero con su ayuda seguramente liquidamos el laburo en un viaje solo.

La mujer con el pañuelo violeta le clavó sus hermosos ojos grafiteados: los clavó tan profundamente como el arma que iba a terminar matándola.

EN PIEZAS / LA TERRORÍFICA MANIPULACIÓN DE LOS ASENTAMIENTOS (35) - FEDE RODRIGO


1º edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2018

DEL BARRIO 9

Sentada sobre un almohadón se lustraba la cara con toda la luz del sol. Los tres lunares sobre su mejilla (puntos suspensivos de su mirada) brillaban presumidos. Habían pasado una tarde perfecta en el parque, meditando hasta vaciarse el alma de vicios. Le habían confirmado que hoy era el día en el que iban a matar al juez.

Su cuerpo musculoso era una isla entre un mar de impresiones con noticias, papeles escritos con su propia letra y fotografías de gente del barrio. De entre todos los papeles sacó una ridícula libretita casera: allí anotaba sus ganancias ensangrentadas. Con este trabajo ya iba a tener suficiente dinero como para comprarle la casa a su abuela y cumplir con el sueño de ya no tener que volver a matar.

La cerró, la besó y la guardó en un bolsillo (siempre la llevaba encima como una esperanzadora cuenta regresiva). Volvió a concentrarse en el plan: tenía unos jeans mugrientos para esconder sus poderosas piernas y un pañuelo azul en el que envolver su cara. También tenía un detallado itinerario de actividades del juez Cortez (fruto de varios días de observación). Además tenía un arma robada con la que iba a meter tres balazos antes de correr desde la puerta misma del juzgado.

Sólo un policía honesto llamado Raúl Brazas estaba encargado de proteger al juez. Después de tanta observación, suponía que Diego Miranda iba a cuidar la familia del juez. (Primera suposición errada: el policía de los dos egos había redirigido su atención gracias a la primera de las jugadas del viejo.)

El juez tiene la maniática costumbre de ser el último funcionario judicial en irse. Seguramente, aquella tarde sólo iban a estar el policía viejo, el juez y ella (segunda suposición errada: el Zurdo estaba yendo al juzgado para llevarse unas porquerías, invitado por Raúl Brazas) y se suponía que tampoco iban a haber testigos o huellas de su trabajo preciso (tercera suposición errónea: el magnate le había pagado el Payaso para que fuera a filmar su victoria),

Parece increíble que una asesina con su experiencia y discreción se equivocara tres veces al idear un plan. (Uno de estos errores le iba a costar muy caro.)

Se paró fácilmente, caminó como bailarina de ballet sin pisar los papeles y se detuvo frente a la ventana del comedor: el sol le recorrió la silueta y se la imitó con una sombra en la pared. Después de dejarse ver por algunos vecinos, cerró las cortinas y salió por la puerta del fondo al juzgado. (En un bolsillo tenía un pañuelo violeta. En el otro la libretita.)

A unas pocas cuadras se encontró un niño de mirada sorda y la espalda manchada con luz: seguramente allí estuvieran unidas sus alas antes de que se las arrancaran de cuajo. El niño se arrimó a la mujer y le quiso acariciar el párpado cerrado pero no pudo: ese pedacito de cielo con el que le habían hecho los ojos se iba a quedar ahí, vivo por algunas horas más. (Y qué hermosos que eran.)

EN PIEZAS / LA TERRORÍFICA MANIPULACIÓN DE LOS ASENTAMIENTOS (34) - FEDE RODRIGO


1º edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2018

DEL BARRIO 8


Mamá Lucha había juntado al Bauti que estaba tirado en la calle como un feto sin útero (débil y descampado). Ahora lo había acomodado en el sillón de la cocina. El sillón era una cuna sin barandas amortiguado por almohadones amorosamente cosidos pero este no es el punto ahora. El punto es el niño que está durmiendo. Mamá Lucha lo espera tan solitariamente triste como cuando uno está cocinando para uno. Tal vez esta desesperante soledad fue la que un día la llevó a cocinar para todos. Pero ese no es el punto ahora. El punto es el niño que iba a comer algunos dolorosos bocados de comida caliente ni bien despertara.

Cuando la cantidad de Delirio consumida es suficiente, los cristales no sólo se acumulan en las venas del dedo sino que empiezan a elegir lugares más exóticos: la base de los labios, la punta del glande, el iris de los ojos o los riñones.

En los riñones justamente era donde se habían quedado todos los cristales del primer pinchazo delirante de la vida del Bauti. Y sólo este pinchazo alcanzó para barnizárselos por dentro debido a la insuficiencia renal que el Bauti tenía desde su nacimiento. Y encima el pinchazo fue justo ahí: en la parte baja de la espalda. Mamá Lucha quería disolverse el enojo tomando un poco de agua y no dejaba de mirar al niño dormido.

Todavía sobre el sillón, el Bauti dio media vuelta y quedó escondida la cicatriz que le había dejado la trompada del Despeinado. Y quedó a la vista la espalda: Mamá vio la luz resonar a través de la remera blanca. Suspiró y el fastidio dejó empañado su vaso. Se pasó la mano por su pelo morado (como hacía a cada rato). El niño despertó.

-Mi vida. ¿Cómo estás?

-Hola, señora Lucía. ¿Qué pasó? Estuve en silencio.

-No pasa nada. Ya estás bien. Estamos en casa: en el Laberinto.

-Creo que me voy a morir.

-No digas eso, amor.

-Yo extraño a papá y al Despeinado pero no sé si quiero morir para verlos.

-No tenés por qué extrañarlos. ¿Querés que te cuente un secreto?

-Bueno. Cuénteme y después me muero.

-La gente que amamos va dejando pedacitos de su ser adentro de nosotros. Pero no es su recuerdo, es mucho más: son ellos mismos. Y por eso tenemos la gran responsabilidad de cuidarlos, de no lastimarlos y de hacerlos sentir cómodos adentro nuestro. Pero ¿sabés qué más? Hay pedacitos de nosotros viviendo en las personas que amamos. Ahora mismo hay un pedacito de vos adentro de mí que yo cuido y atesoro tanto como a vos mismo.

-Entonces no importa que me muera. Pedacitos de mí van a vivir en algunas personas.

-Es verdad. Pero ahora no te mueras, por favor.

-No llore, señora Lucía. Morir es algo que siempre sucede, ¿no?

-Sí. Es algo que sucede pero que a vos no te va a suceder ahora. Fue sólo una dosis. Tus riñones la van a aguantar.

-Por eso yo no me puedo drogar, señora Lucía. Ahora me voy; no quiero que me vea llorar.

-¿Adónde vas? ¡No podés irte así! Estás muy débil todavía, Bauti: ¡Adónde vas!

Sin embargo, una vez más no pudo hacer nada para detener al niño. Se pasó la mano por la cabeza (como hacía a cada rato) y otro montón de pelo se le quedó pegado. Fue por pasar tanto frío de niña que se le había quedado el pelo morado. Pero ahora no deja de caérsele con el miedo.

Ella sabía quién era la única persona en el barrio capaz de drogar a un niño y programarle la muerte sólo con un pinchazo. Darío no conoce los límites cuando quiere vender. Es verdad que Darío era la única persona en el barrio capaz de hacerlo, pero esta maniobra había venido desde afuera. (Mamá Lucha no lo sabía.) Atropellada y sin un plan: salió a matar al rey.


Interrupción de magnates

-¿Qué hacés llamándome al trabajo?

-Me acabo de dar cuenta de algo, viejito: ¿qué pasa si no se matan? ¿Qué pasa si nuestra idea es un fracaso y nuestra partida nunca termina? ¡Y si se dan cuenta que son gente!

-Escuchá lo que estás diciendo: son todas estupideces. Los pobres se matan desde que el mundo es mundo: ¿por qué iban a dejar de matarse justo ahora que nos conviene? Tranquilizate, la partida va de lo más bien.

-Bueno, si vos decís.

-Dejame seguir con lo mío. Nos vemos mañana.

-Dale, discúlpame. Nos vemos mañana.

domingo

EN PIEZAS / LA TERRORÍFICA MANIPULACIÓN DE LOS ASENTAMIENTOS (33) - FEDE RODRIGO


1º edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2018

DEL BARRIO 7


El Oficial Raúl Brazas recién terminaba sus tareas en la comisaría. Había pasado un buen rato llenando papeles y más papeles que nunca nadie iba a leer. En su mente daba vueltas el sobre blanco con letras doradas que había recibido su compañero, Diego. ¿Estaría enfermo? No pudo preguntárselo porque la comunicación se había cortado.

El oficial recogió su abrigo del respaldo de su silla y salió. Aprovechó a sacar la basura y llevarla hasta el contenedor. Ni bien cruzó la puerta, lo recibió un intenso olor a perro mojado. Aun así caminó despacio, como disfrutando cada cuadra. Disfrutó viendo una pelota que esperaba en el jardín a que los niños la vinieran a buscar, disfrutó la adrenalina de las baldosas flojas capaces de quebrar un tobillo, disfrutó de un perro libre que vagabundeaba alborotando a todos los demás y disfrutó los carteles escritos a mano (algunos con faltas de ortografía) de vecinos ofreciendo sus oficios: modista / se corta el pelo / mato gente / hago arreglos de sanitaria / se tiran las cartas.

El olor a perro le volvió a recordar su culpa. Como policía le había tocado disparar muchas veces antes y alguna vez había matado. Pero esto era completamente diferente: esto era homicidio. Y aunque nadie le fuera a reprochar nada él lo sabía perfectamente. (Y su culpa lo sabía también.)

Ayer, como a esta misma hora, había recibido un mensaje diciendo que alguien más iba a querer vender Delirio en el desfile. Si Darío se entera, va a saltar otra guerra en el barrio. Raúl recordaba lo violenta que había sido la guerra hace años cuando Darío se había adueñado de la venta de drogas. No podía permitir que esto volviera a pasar. No quería que su hija Lupe viviera lo mismo que ellos habían vivido. “Matar a Morales había estado bien” se repitió, pero la culpa y el olor a perro mojado no desaparecían.

El juez Justo Cortez lo había dejado a él como principal encargado de capturar a los criminaluchos sin importancia para ir desarmando desde abajo la red que Darío y su droga construyeron. Por eso, cuando el policía llamó a su “superior” en el juzgado, el juez no hizo ningún cuestionamiento sobre el asesinato de Morales. Por el contrario, le pidió al oficial Brazas que se protegiera un par de días en su casa para evitar represalias.

Raúl Brazas estaba cuatro pasos del contenedor: como hacía siempre, llenó sus poderosos pulmones con una bocanada amplia de aire “limpio” y levantó la tapa para tirar la basura. Hizo la maniobra con una destreza sincronizada aunque todo el aire se le escapó de pronto al escuchar un quejido dentro del contenedor. El Zurdo estaba metido de lleno ahí adentro buscando alguna mugre para cambiar por monedas en el Colador.

-Disculpame, buen hombre. No vi que estabas aquí adentro.

-No te preocupes. Son los riesgos del oficio.

-¿Cómo viene la jornada? ¿Se saca algo?

-Cada vez está más difícil. La gente ya no tira ni lo que no le sirve.

-Sí, En casa está cada vez más bravo también.

-Me imagino. Encima, después de lo que tuvo que hacer de noche en el desfile seguro que no ha podido trabajar con normalidad.

-Lo que hice fue necesario. Este hombre iba a desatar una guerra entre narcotraficantes.

-No se preocupe. Lo he visto, oficial, y confío en su criterio. Sólo digo que su trabajo no debe ser nada fácil. Tener que andar eligiendo quién vive o quién muere para que los demás podamos vivir en paz.

-Ya no lo aguanto, buen hombre. Me tocan una cicatriz y me duelen todas.

-Lo importante es mantenerse con la tranquilidad de que uno está haciendo las cosas correctas: trabajando con honestidad, llevando comida limpia a casa y educando a los hijos con los valores que sirven.

-Sí, pero todo eso no alcanza. Es como en un puzle: algunos tenemos un lado recto y somos piezas del borde. Condenadas siempre al borde. Sólo al borde.

Los dos hombres compartieron un silencio hediondo entre la basura del barrio. El oficial Brazas todavía estaba tomado por la culpa.

-Yo por un par de días no voy a ir pero en el juzgado estamos haciendo una limpieza a fondo. No paramos de tirar cosas obsoletas. Si querés podés venir y te llevás lo que te sirva.

-Por supuesto. Termino estas cuadras y voy para ahí. Mil gracias.

El Zurdo terminó de hablar saliendo del contenedor como vomitado. Se subió al carro a medio llenar y sólo con hablarle, el hermoso caballo negro comenzó a caminar con desgano.

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