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viernes

EL IMPULSO Y SU FRENO - CARLOS REAL DE AZÚA (1916-1977)

TERCERA ENTREGA

II. LA LÁMPARA EMPAÑADA

"Utopía". "Welfare State". "El laboratorio del mundo". "La Suiza de América". "El Paraíso de los locos" (también). Hasta nuestros días -prácticamente- la singularidad extrema del cuadro político-social uruguayo ha atraído atenciones (a veces minuciosas), ha despertado fervores, ha suscitado animadversiones en apariencia desproporcionadas a nuestra entidad como nación. Si la opinión progresiva mundial adhirió a los primeros rótulos (de los que algunos fueron de factura local), los intereses conservadores anglosajones se apegaron, en algún momento, y con fruición, al último, sin duda craso y malhumorado. En los años que corren, estudiosos extranjeros (caso de los norteamericanos Simon Hanson, Philip Taylor y Milton Vanger, del inglés George Pendle, del sueco Göran Lindhal) han parecido de nuevo ganados a una fascinación que se creía disipada, por más que en ellos ésta se haya vertido en estudios rigurosos. (Aunque sea un rigor que no descarte a veces implicarlos tan plenamente en la circunstancia nacional como si fueran uruguayos cabales). (2)

Resulta muy probable que cierta candidez partidario-patriótica sea muy capaz de ilusionarse con tales síntomas. Cabe observar, sin embargo, que el interés de estos universitarios -todos del área noratlántica- es esencialmente científico y que hoy es el mundo entero el que se encuentra bajo el lente hurgador de temas para una fabulosa producción de tesis académicas. Y ese propio comprometerse en el asunto manejado que todos aquellos atestiguan, puede ser sólo una expresión de la creciente universalización de los dilemas políticos fundamentales. (Una "universalidad" bastante transparente en el Uruguay y, sobre todo, en el período que ellos estudian).

Cuatro o cinco exóticas golondrinas, entonces, no hacen verano y, si hubiéramos de trazar una curva: la de la publicitación de la originalidad uruguaya, sus trazos más altos se encontraríanmucho más atrás. Digamos, alrededor de la tercera década del siglo, en las "entre-deux-guerres", a veinticinco años de nuestra situación. Más adelante poco se halla y lo que se ofrece cambia de tono, pasa de lo ditirámbico a lo neutro y de lo neutro a lo aprensivo. Incluso, vale la pena marcarlo, un libro tan equitativo como la excelente monografía de George Pendle sobre el país perdió, desde la segunda edición (3) su aprobatorio subtítulo de South America's first Welfare State.

¿Qué es lo que ocurre (o lo que ya ha ocurrido)? No me cabe duda de que fue en el Uruguay que tal reflujo del orgullo y la confianza comenzó y, obviamente, él no podía haberse iniciado en otra parte. Pero retrazar su curso es, a la vez,endiabladamente fácil y difícil para quienes -como el que esto escribe- tal proceso ha sido el centro mismo de su experiencia de lo nacional.

En realidad, cuando cayó el Batllismo en 1933, barrido por un golpe de Estado tramado, empujado desde sus propias filas, el Uruguay, que había contribuido a modelar, estaba demasiado cerca como para jerarquizar lo sustancial de lo accidental. La división ideológica mundial se había hecho -por otra parte- demasiado acuciosa y en el frecuente azoramiento y confusión en que ella hizo caer a las minorías responsables del mundo marginal, el dualismo violento del Batllismo y sus rivales triunfantes se mediatizó esencialmente al conflicto de democracia y totalitarismo, de fascismo y antifascismo, de dictadura y legalidad en que aquélla se desplegaba sin matizaciones. Mal momento entonces para apreciar la impronta uruguaya del Batllismo tal ruido y tal furia, tal inyección de los cerebros con lemas tan ambiguos y estridentes (lo que no quiere decir que siempre vacíos de toda sustancia).


Notas

(2) Philip Taylor: "Government and Politics in Uruguay" (Tulane University); Simon Hanson: "Utopia in Uruguay" (Oxford University Press). De los tres restantes se hace referencia directa en el curso de estas páginas.
(3) London. 1952; 2ª., 1957.

EL IMPULSO Y SU FRENO - CARLOS REAL DE AZÚA (1916-1977)



Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental, 1964.

SEGUNDA ENTREGA


1. UN SUPUESTO, UNA EVIDENCIA Y DEMASIADAS VARIABLES (2)

En lo que tiene que ver con el Batllismo y con el Uruguay, nacidas de una motivación propagandística pero también impregnadas de romanticismo histórico, las dos posibles injusticias recién aludidas han sido jaqueadas desde hace más de veinte años por cierto determinismo que insistió -como también aquí se hará de pasada- en las especiales características de la colectividad uruguaya y sus tendencias inmanentes. Muy recientemente, un historiador norteamericano, Milton Vanger, en su sólida monografía: "José Batlle y Ordóñez: the creator of histimes" (Harvard University Press, 1962) retorna en cierta manera a la posición original. Pero si su actitud, debe decirse, resulta saludable en cuanto a reivindicar la libertad creadora y la contingencia de la acción política; si posee eficacia polémica contra algunos estereotipos de impregnación pseudo-marxista, difícil es, con todo, considerarla definitivamente persuasiva. Esto es por lo que soslaya -es probable que a causa de un imperfecto conocimiento de nuestro siglo XIX- la muy especialísima nación americana que el Uruguay, a lo largo de esa centuria, fue siendo.

Pero antes de esbozar sus rasgos hay que volver a la interrogación. La interrogación -precisábase-, es la de por qué se frustraron ciertos movimientos que a principios de siglo dieron la pauta de algunas naciones iberoamericanas. Resulta lógico, entonces, fijar cuál era esa pauta, qué significaba el "progresismo" (o lo "progresivo" que, por muchas razones, que resultaría aquí ocioso explicar, preferiríamos).

Hacia principios de siglo es indudable que en cualquier lugar del mundo se calificará de "progresista" un movimiento que desplace la hegemonía social de los sectores agrarios tradicionales a los burgueses o mesocráticos abriéndose desde ahí, por vía evolucionista, en forma más o menos franca o tímida, al "derecho social", a la tutela de los sectores trabajadores, a su protección por medio de una eficaz legislación laboral. Tampoco será infrecuente que ese "progresismo" implique determinada política de nacionalización y estatización de algunos sectores de la vida económica mientras en lo político representará un movimiento que afirme la continuidad rigurosa del aparato institucional del Estado, que consolide el principio de "legalidad", que haga efectivas ciertas convenciones de la "representación", que tolere la multiplicidad de partidos y su efectivo funcionamiento, que asegure a todo ciudadano un círculo más o menos ancho de derechos y de garantías. En el plano educacional, para seguir, significará la difusión y universalización de la enseñanza escolar y media, una tendencia que conducirá a afirmar las notas -en cierto modo inseparables- de obligatoriedad y gratuidad.

Calando más hondo, hay probablemente una serie de rasgos, difusos pero efectivos, que hacia esos tiempos reclamarán el término de "progresista" para un régimen que se asiente en zona céntrica o periférica del mundo. Son, por ejemplo, el reemplazo de las estructuras militares por las civiles; de las agrario-campesinas, por las urbanas e industriales. O la sustitución de vínculos desde lo comunitario y estamental a lo individual y contractual. O la de las pautas desde lo espontáneo e intuitivo a lo racional y deliberado. O la de los valores, desde lo religioso y tradicional a lo científico y "moderno". Y en el caso de las entidades nacionales globales, resultará también el "progresismo" la disipación (parcial o total) de muchos trazos diferenciales del "ente-nación", su relevo por patrones deliberados y ubicuos de humanitarismo universal, de solidaridad e identificación sin fronteras. De alguna manera, paradójicamente, esta corriente de apertura no parecerá contradictoria con el esfuerzo por romper los lazos que mediatizan a tutela y explotación extranjera numerosas naciones, lo que implica más allá del puro formalismo político de la independencia, devolverle al pueblo de cada comunidad tanto la libre elección de su destino como el pleno disfrute de sus riquezas.

Pero si se recorta con cierta precisión el antedicho concepto es porque planteándose el problema del agotamiento de los movimientos políticos que dieron fisonomía progresista a ciertos países americanos en el primer tercio de este siglo -cabe que la cuestión se despliegue en dos y hasta en tres interrogaciones:

1. De si eran -y lo era el batllismo- tan progresistas como es habitual creerlo, todo de acuerdo a los cánones anteriormente fijados.

2. Si aun, positivamente establecido que lo fueron, el movimiento de la historia -o su despliegue dialéctico (como ya es usual decirlo)- no puede haber dotado de equivocidad ese "progresismo", no puede haberlo hecho ambiguo hasta determinar que sus efectos hayan devenido factor deestancamiento, de agotamiento y hasta de involución.

Sea. Pero todavía al margen de esta inquisición quedaría otra. Y es la de si con relativa regularidad, no suelen darse entre los móviles y los resultados una inocultable divergencia. O, para emplear un ejemplo de lo que ha de ser nuestra materia de reflexión: la de si aquel auténtico populista que Batlle fue, echó las bases de una comunidad lo suficientemente dinámica como para cumplir con eficiencia creciente la tarea de llevar a la altura histórica los sectores humildes y desposeídos. O la de si, por el contrario (para usar el aforismo escéptico), no se dio el caso de que mucho de nuestro  actual desvencijamiento nacional, no se ha empedrado (justamente) con todas aquellas buenas intenciones, todos aquellos limpios, insobornables propósitos.

Ante tal despliegue de posibilidades, el autor de estas páginas se siente llevado a afirmar que su actitud inicial ha sido la cautela, la voluntad de enfrentar el problema sin esos prejuicios que en este caso representarían su mismo inescapable compromiso de ciudadano y aun las variadas ocasiones en que ha opinado sobre este sector de la historia del país. Ecléctica podría llamarla alguien: en el registro de causas posibles puede recoger también el sinónimo de "probabilista". No cree tampoco -lo adelanta- que haya ninguna clave oculta, inédita, sensacional, ni que la verdad del diagnóstico pueda alcanzarse por otras vías que por una acumulación concienzuda de rasgos.

Siempre, claro está, que éstos sean suficientemente importantes, que resulten lo estratégicamente influyentes que es menester.

EL IMPULSO Y SU FRENO - CARLOS REAL DE AZÚA (1916-1977)



Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental, 1964.

PRIMERA ENTREGA

ADVERTENCIA

A fines de 1963, el grupo de amigos compuesto por Hiber Conteris, Julio de Santa Ana, Julio Barreiro y Emilio Castro me solicitó la redacción de las páginas que siguen. Planeaba, para el número 4 de la revista cultural protestante "Cristianismo y Sociedad", un examen conjunto de los movimientos políticos que a principios del siglo presente dieron la pauta del progreso cívico y social iberoamericano así como de las causas de su posterior descaecimiento. Es comprensible que en una nómina no muy taxativa, resaltara, junto al Radicalismo argentino y al Partido de la Revolución Mexicana, el Batllismo uruguayo.

Dificultades inherentes a tales proyectos decidieron que mi trabajo apareciera solitariamente en ese número 4 y que, por su desmedida extensión para la magnitud de una revista, lo hiciera en forma fragmentaria. Me interesa, pese a ello, destacar que no es un estudio de o sobre el Batllismo sino, más precisamente, sobre su dinámica política, sobre su ascenso y declinación y los factores que me han parecido relevantes para explicarlas. Por eso no tiene otra aspiración que la de sumarse a los ya variados enfoques -biográficos, históricos, económicos- que sobre el tema existen y es bien consciente de los vacíos que presenta, entre los que me adelanto a señalar la política internacional, militar y cultural del Batllismo así como las correlaciones de éste con el proceso de urbanización del país.

La índole general -y generalizadora- del trabajo no admitía las muchas corroboraciones que cada afirmación fundamental exigiría; me parece obvio manifestar que a todas las realmente "discutibles" estoy en condiciones de defenderlas.

Un poco por proclividad natural y por posibilidades y otro poco por haber sido las más desatendidas, subrayo más de lo que ha sido habitual hacerlo los factores políticos y los de carácter histórico-cultural e ideológico. En todos los puntos de índole económica y social siento fuertemente -en cambio- la tentación de remitirme a la mayoría de los trabajos que han estudiado esas modalidades de la época batllista, tales los de Francisco Pintos, Vivían Trías, José C. Williman (h.), Ricardo Martínez Ces, Germán Rama y otros.

Tratando fenómenos de naturaleza cuantitativa o de expresión cuantificable, el material estadístico que ellos suelen presentar suple ventajosamente la ausencia de corroboraciones que a este ensayo afecta y que, de haberla subsanado, hubiera pasado a ser otra cosa. Vale aquí la pena de observar que en los autores citados se hace sentir algunas veces la falta de una debida comparación entre las cifras del período examinado y las de los que le precedieron y siguieron, único medio, al fin, de fijar ritmos de crecimiento y no imputar a una política determinada lo que fue el resultado del desarrollo natural del país.

Debo agregar, por último, que habiendo sido redactadas estas páginas pensándose en un lector previamente desentendido de la realidad presente e histórica del Uruguay, quien eventualmente recorra el texto, deberá disculpar muchas menciones que podrá encontrar pleonásticas, si es que a un público local se le supone dirigido.



1. UN SUPUESTO, UNA EVIDENCIA Y DEMASIADAS VARIABLES

Resulta una tarea intelectual muy complicada, muy llena de bemoles contestar la pregunta que provoca este planteo. Pues si se lanza la pregunta: ¿por qué se detuvo el impulso progresivo que un partido -el Batllismo- imprimió al Uruguay en las primeras décadas de este siglo?, tanto las dificultades metódicas como las reacciones pasionales se presentarán en bandada. Para comenzar con las segundas, muchos fieles que ese partido conserva, y sobre todo los remanentes de su "guardia vieja", negarán tajantemente la realidad de hecho que ya supone la interrogación; otros señalarán -altivos, desentendidos- que si la cuestión es pertinente es porque el país no fue fiel, o bastante receptivo, a los postulados y a la acción de Batlle.

No es posible, ahora, juzgar conclusivamente estas dos excepciones. Y si la réplica a la última se confunde con todo lo que deberá ser reflexionado, la inicial, que descarta toda vivencia de "crisis nacional" no se rearguye: sólo se descarta con la evidencia dolida de hasta qué punto todos los uruguayos medianamente sensibles sentimos aquella". (1)

De cualquier manera, relacionar determinada situación colectiva con la responsabilidad de una fuerza política es extremadamente embarazoso. Mientras la experimentación tenga en historia y ciencia social un ejercicio tan endeble y tan restringido a pequeños grupos serán puramente tentativas nuestras respuestas a muchos interrogantes que la vida de los hombres plantea.

En lo que es atañedero a la interrogación inicial, creo que son, sobre todo, tres, los que exigirían ser despejados.

Uno: la de hasta qué punto la dialéctica interna de un movimiento político se mueve sin trabas en cierta dirección o, por el contrario, son factores externos, supervinientes, fuera de su alcance, los decisivos.

O, usando términos distintos: ¿hasta dónde tiene "realidad", juzgar en el vacío un experimento histórico social?

Pero aun ¿hasta dónde ese movimiento político moldea una sociedad al punto de determinar que todos los trazos de ella sean una consecuencia de esa operación?

En tanto estas ambigüedades no puedan disiparse, parecería lo más prudente concluir que no existe en tal situación de descaecimiento una clave intrínseca al partido mismo y por el contrario, el agotamiento de un impulso se juega en una serie de interacciones entre el partido actuante y "la circunstancia" en que lo hace. Considerar los ingredientes de esta última como distorsiones, "factores disfuncionales" no resulta, sobre todo, equitativo; tácitamente, ello importaría suponer el derecho a la mediatización de toda una sociedad para la acción de una fuerza predestinada. Tal suposición, que es común a una mentalidad totalitaria, ni la visión histórica del Batllismo la tolera ni sus dirigentes o sus masas llegaron nunca al punto de reclamarla.

Si se presume que el país no fue bastante receptivo a "la obra de Batlle", ello lleva implícito que si esa obra merecía más completa recepción es porque, entre otras cosas, respondía a las necesidades naturales del Uruguay y a su destino. Por otra parte, y en el caso concreto que aquí se indagará, las tesis del "monopolismo" y el "protagonismo" del Batllismo (así alguna vez las llamamos) son difíciles de mantener: un análisis histórico medianamente atento no sostiene la convicción de que Batlle y Ordóñez lo haya hecho todo y de que su partido -y esto es de especial evidencia en el rubro de la libertad política y "la verdad del sufragio”- promovió todas las obras que dan timbre a esta etapa. Tales inferencias (para lo que aquí interesa), tienden todavía a complicar la cuestión, pues hacen que no pueda indagarse en la dinámica de ese período sin entrar en el examen de esas fuerzas y factores concomitantes que fueron los otros partidos -el Nacional sobre todo- y el equilibrio precario pero efectivo, a que entre ellos llegaron.

Tampoco -todavía- y esto sin negar radical, peligrosamente la espontaneidad decisiva de lo político y su fuerza modeladora, puede descartarse enteramente que un movimiento partidario no sea expresivo (en buena parte) de condiciones y predeterminaciones de una sociedad dada; imputar todos los rasgos de ella a una trayectoria cívica, por mucho que ésta aparezca profunda y radical, es un desenfoque acechante, nada fácilmente evitable.


Notas

(1) No faltará quien afirme que la segunda comprobación es uno de esos clásicos productos del "wishful  thinking" que cada consulta electoral desmiente. No resulta, empero, muy audaz afirmar que asistimos  con esto a un fenómeno de verdadera esquizofrenia política: la mayoría de los uruguayos vota cada cuatro  años en carriles conformistas y viven, después, a lo largo de ese cuatrienio, en una sardónica, inorgánica,  mortecina rebeldía; así actúan en el plano privado, y sobre todo en el gremial. Queda, claro, la tenue  conformidad de que, con todo, "en otros lados están peor" (Latinoamérica en vista) y de que "por lo  menos hay libertad''. Otros rasgos de esta actitud se examinarán después, aun con la plena conciencia del  convencionalismo que representa manejar un hipotético y prototípico "uruguayo medio".
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