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martes

RAYMOND CHANDLER: GLORIA Y MISERIA S DEL PADRE DE LA NOVELA NEGRA

por  Juan Carlos Galindo
Para decir que Raymond Chandler (Chicago 1888, La Jolla 1959) fue un grande de la literatura del siglo XX no hacen falta sesudas reflexiones o detalladas biografías. Sin embargo, para conocer de cerca la forja de ese escritor fundacional en la novela negra, para ver sus denodados esfuerzos por trascender el género, su lucha contra la miseria literaria, las dificultades creativas que atravesó durante toda su vida, sus dudas, su amor por la grandeza de lo que de verdad está bien escrito, para eso sí hace falta una biografía, para eso sí merece la pena leer La vida de Raymond Chandler (Alrevés, traducción de Pilar Giralt).

En este extraordinario libro, publicado en España por primera vez en 1977 y ahora rescatado en un loable esfuerzo editorial, Frank MacShane se centra en los aspectos literarios la vida de Chandler y solo aborda de pasada los aconteceres personales cuando influyen en la labor creativa. Solo un pero: la traducción de 1977 es mejorable y si tiene deslices irrisorios como traducir “bank holiday” por “vacaciones bancarias” no sé qué habrá hecho con otras expresiones más complejas de este profesor de Oxford.

Se trata pues de una biografía literaria en toda regla que retrata a ese hombre que vivió parte de su vida “al borde de la nada”. Solo las primeras páginas tratan un poco más la deriva personal: del joven estadounidense perdido por Europa que deja el puesto de funcionario en el gobierno inglés para trabajar como periodista, debutar como poeta y dejarse llevar por la llamada de América, a ese todavía joven e inseguro hombre que se casa con una mujer 20 años mayor, de buena posición y se convierte en hombre de negocios en la industria petrolera. Durante años ejercerá ese trabajo de manera tiránica y llevará una vida de desparrame, borracheras y mujeres. Un joven, en definitiva, que ha ganado mucho dinero pero que está amargado, alcoholizado y sin publicar nada.

De 1933 a 1938 la llamada de la literatura es demasiado fuerte, lo deja todo y apoyado por su mujer Cissy, vive al borde de la indigencia pero con una enorme fe en lo que hace. En esa época estudia a Hammett, lo copia, lo venera; lee todo lo que se publica en Black Mask y se da cuenta de que pueda hacerlo, de que puede superarlo. Todo esto explica por qué Chandler tarda tanto en publicar, pero también por qué sus editores en la revista pulp por excelencia encontraron ya a un escritor maduro desde el inicio, un hombre de 40 años que sabía hacia dónde se dirigía.

En estas páginas se ve la construcción del escritor que reacciona ante Agatha Christie y otros ejemplos que él consideraba “deshonestos”. Una frase de su correspondencia con el experto James Sandoe resumen sus posiciones respecto a la novela enigma: “El problema de todos estos relatos de situación o misterio es que al final te sientes de improviso como si hubieras estado bebiendo agua del grifo en lugar de un Borgoña espumoso”. Para quien no lo haya leído, recomiendo su ensayo The Simply Art of Murder, publicado en el Atlantic Monthly.

Su proceso creativo es un camino infernal sembrado de alcohol y angustia. En muchas ocasiones, canibaliza trabajos ya hechos, pequeños relatos pulp, mezcla varios de ellos para construir el cuerpo de una novela y poder centrarse en los personajes, en los diálogos. Duda mucho, cambia de parecer sobre casi todo, escribe dos novelas y un relato la vez sin que esto sea síntoma de una producción prolífica, sino más bien de todo lo contrario. Porque lo cierto es que Chandler no escribió mucho a lo largo de su vida, llevado siempre por la obsesión de crear grandes novelas mucho más allá del puro género policíaco, de la novela negra, del hard boiled que sin embargo contribuyó a fundar. “Cuanto mejor se escribe una novela de misterio, es cuando más rotundamente se demuestra que en realidad no vale la pena escribirla” resumía el padre de Marlowe.

Dinero y gloria

Hay dos aspectos que recorren la vida de Chandler. Por un lado, su obsesión con el dinero, con no volver a pasarlo mal, lo que le convierte en un tipo algo renegado y le empuja a hacer adaptaciones Marlowe para la radio y otros experimentos que no funcionaron necesariamente bien. Pero también le empuja al cine, donde vive una segunda juventud durante la gran época de los estudios de Hollywood. De ese tiempo son los guiones de Perdición y Extraños en un tren, hechos con mucho esfuerzo, disgustos creativos y frustración por no poder plasmar toda la grandeza de los textos de James M. Cain y Patricia Highsmith. También las inevitables peleas con dos gigantes de la talla y el carácter de Billy Wilder y Alfred Hitchcock.

Por otro, está el deseo de ser algo más que un escritor de policiales. El esfuerzo literario y vital por hacer de El largo adiós una gran obra y el resultado posterior justificarían por sí solos toda una carrera. McShane narra esta búsqueda con pulso y sentido. El final de su vida en su ocaso creativo y sin una guía tras la muerte de su mujer es triste, muy triste. Su muerte en soledad, también. En su epílogo, Lorenzo Silva recuerda lo que dijo el propio Chandler: “Todo depende de quien escribe y que tiene dentro para escribir”. Amén.

(EL PAÍS / 10-11-2017)

miércoles

RAYMOND CHANDLER - EL SUEÑO ETERNO


TRIGESIMOSEGUNDA ENTREGA


Capítulo 32

La sirvienta de cara caballuna y ojos azules me condujo a la amplia sala gris y blanca de la parte superior, con los pliegues de las cortinas extravagantemente caídos en el suelo y la blanca alfombra de una pared a la otra. Era el tocador de una estrella de la pantalla; un lugar de encanto y seducción, artificial como una pata de palo. En aquel momento estaba vacío. La puerta se cerró detrás de mí con la suavidad artificial de una puerta de hospital. Una mesita rodante se encontraba junto a la chaise longue. Su plata brillaba. Había ceniza en la taza de café. Me senté y esperé.

Pareció transcurrir un largo espacio de tiempo antes de que la puerta se abriera de nuevo y entrara Vivian. Llevaba un pijama de color blanco ostra, adornado con piel blanca, cortado tan suelto como el mar de verano bordeando con espuma la playa de alguna pequeña isla privada.

Pasó delante de mí con pasos suaves y largos y se sentó en el borde de la chaise longue. Llevaba un cigarrillo en la comisura de los labios. Ahora sus uñas eran de un rojo cobrizo y no tenían media luna.

-Así que, después de todo, es usted una bestia endurecida -dijo tranquila y mirándome-, una bestia endurecida por completo. Anoche mató a un hombre. No le importe cómo me he enterado, pero lo sé. Y ahora tiene que venir aquí y asustar a mi hermana para que le dé un ataque. -No contesté una palabra. Empezó a agitarse. Se levantó y fue a sentarse en un canapé, poniendo la cabeza en un cojín blanco que había detrás del canapé, contra la pared. Echó el humo grisáceo hacia arriba; se quedó mirándolo mientras se elevaba hacia el techo y luego se dividía en porciones que se distinguían un momento, hasta desvanecerse en la nada. Entonces, muy despacio, bajó los ojos y me dirigió una mirada dura y fría-. No lo entiendo -dijo-. Doy gracias de que uno de los dos conservara la cabeza bien puesta anteanoche. Ya es bastante malo que haya un contrabandista en mi pasado. Pero, por amor de Dios, ¿por qué no dice algo?

-¿Cómo se encuentra ella?

-¡Oh, se encuentra bien, supongo! Dormida profundamente. Siempre se duerme. ¿Qué le hizo?

-Nada en absoluto. Salí de ver a su padre y ella estaba delante de la casa. Había estado tirando flechas a un blanco colgado de un árbol. Fui a hablarle porque tenía algo que le pertenecía, un pequeño revólver que Owen Taylor le regaló. Lo llevó al piso de Brody la otra tarde, la tarde en que fue asesinado. Allí tuve que quitárselo. No lo mencioné, por lo que es probable que usted no lo sepa. -Los ojos negros de la Sternwood se tornaron grandes y vacíos. Ahora era ella la que no decía nada-. Se alegró de recuperar el revólver. Tenía interés en que le enseñara a disparar y quería mostrarme los viejos pozos de petróleo al pie de la colina, donde su familia hizo parte de su fortuna. Así que fuimos allí, a un lugar que ponía la carne de gallina, lleno de metal oxidado, madera vieja, pozos silenciosos y sumideros grasientos. Quizá eso la trastornó. Me figuro que usted ha estado allí. En cierto modo, inspira temor.

-Sí, es verdad.

Era ahora la suya una voz baja y sin aliento.

-Fuimos allá y yo coloqué una lata en una polea maestra para que disparase sobre ella. Le dio un ataque, que a mí me pareció epiléptico.

-Sí. -La misma voz apagada-. Le dan de cuando en cuando. ¿Es para lo que quería verme?

-Me imagino que todavía no quiere decirme qué es lo que Eddie Mars tiene contra usted.

-De ningún modo, y estoy empezando a cansarme de esa pregunta –repuso fríamente.

-¿Conoce a un hombre llamado Canino?

Juntó sus finas cejas negras, pensando.

-Vagamente. Me suena ese nombre.

-Es un pistolero de Eddie Mars. Un hombre duro, dicen. Supongo que lo era. Sin la pequeña ayuda de una dama, yo estaría donde se encuentra él ahora: en el depósito de cadáveres.

-Las damas parecen... -calló de repente y se puso pálida-. No puede bromear acerca de ello -dijo sencillamente.

-No estoy bromeando, y si parece que hablo de forma enrevesada, es porque sencillamente es así. Todo coincide, absolutamente todo: Geiger y sus pequeños trucos de chantaje, Brody y sus fotografías, Eddie Mars y sus mesas de juego, Canino y la muchacha con la que Rusty Regan no se fugó. Todo, en fin, coincide.

-En realidad, no sé de qué está hablando.

-Suponga que sí lo sabe; sería algo así: Geiger le tiró el anzuelo a su hermana, lo que no es muy difícil; consiguió de ella algunos recibos e intentó, muy graciosamente, con ellos hacerle un chantaje a su padre. Eddie Mars estaba detrás de Geiger, protegiéndole y utilizándole como prenda de cambio. Su padre, en lugar de pagar, me llamó a mí, lo que demostraba que no estaba asustado de nada. Eddie Mars quería saberlo. Tenía una carta contra usted y deseaba saber si le serviría también contra el general. Si era así, podía cobrar un montón de dinero en breve plazo. En caso contrario, tendría que esperar a que usted obtuviera su parte del dinero de la familia, y darse por satisfecho entre tanto con las pequeñas cantidades que pudiera sacarle en la ruleta. Geiger fue asesinado por Owen Taylor, que estaba enamorado de la tonta de su hermanita y a quien no le agradaba el juego que Geiger se traía con ella. Eso a Eddie le tenía sin cuidado. Estaba jugando una partida mucho más importante de lo que Geiger y Brody se figuraban, de lo que nadie podría imaginarse, excepto usted y Eddie y un matón llamado Canino. Su marido desapareció, y Eddie, sabiendo que todo el mundo estaba enterado de que él y Regan estaban enemistados, escondió a su mujer en Realito y puso a Canino para vigilarla, de modo que pareciese que ella se había fugado con Regan. Incluso dejó el coche de Regan en el garaje de la casa donde Mona Mars había estado viviendo. Pero esto resulta un poco estúpido si se considera como un mero intento de desviar la sospecha de que Eddie Mars había matado a su esposa. Pero no es realmente tan estúpido, pues tenía otro motivo. Detrás había un millón o algo así. Sabía adónde había ido Regan y por qué, y no le interesaba que la policía lo averiguase. Quería que encontraran un motivo a su desaparición y que quedaran satisfechos. ¿La aburro?

-Me cansa -dijo con voz apagada y fatigada-. ¡Dios mío, cómo me cansa!

-Lo siento. Pero no estoy divagando e intentando pasarme de listo. Su padre me ofreció mil dólares esta mañana por encontrar a Regan. Es mucho dinero para mí, pero no puedo hacerlo.

Se quedó con la boca abierta. Su respiración se había vuelto de repente fatigosa y ronca.

-¿Por qué? Deme un cigarrillo -dijo con voz ronca.

La vena de su cuello había empezado a latir. Le di un cigarrillo, encendí una cerilla y la sostuve ante ella. Dio una larga chupada al cigarrillo, echó el humo desordenadamente y después pareció olvidarse del cigarrillo que tenía entre los dedos. Ya no volvió a ponérselo en la boca.

-Bien; la Oficina de Personas Desaparecidas no puede encontrarle -proseguí-. No es tan fácil. Lo que ellos no pueden hacer no es probable que yo pueda lograrlo.

-¡Oh! -había algo de alivio en su voz.

-Ese es un motivo. En la Oficina de Personas Desaparecidas creen que desapareció a propósito, que corrió la cortina, como suele decirse. No creen que Eddie Mars lo hiciese desaparecer.

-¿Quién supone que alguien le hizo desaparecer?

-Llegamos a eso -contesté.

Por un breve instante, su rostro pareció descomponerse, tornarse en una serie de fragmentos sin forma definida. Su boca parecía el preludio de un grito. Pero sólo un instante. La sangre de los Sternwood tenía que valer para algo más que sus ojos negros y su desconsideración.

Me levanté, le quité el cigarrillo de entre los dedos y lo apagué en un cenicero. Después saqué del bolsillo el revólver de Carmen y lo deposité cuidadosamente, con exagerado cuidado, en sus rodillas. Lo dejé en equilibrio y retrocedí con la cabeza ladeada, como un decorador de escaparates buscando un nuevo efecto a una bufanda en el cuello de un maniquí.

Volví a sentarme. No se movió. Sus ojos bajaron milímetro a milímetro y miraron al revólver.

-Es inofensivo -dije-. Las recámaras están vacías. Disparó los cinco. Los disparó contra mí. -La vena saltó alborotada en su cuello. Intentó decir algo y no pudo. Tragó saliva-. Desde una distancia de unos dos metros -dije-. Qué monada, ¿eh? Mala suerte que yo hubiese cargado el revólver con cartuchos de fogueo -sonreí con desagrado-. Tenía el presentimiento de lo que haría... si tenía oportunidad para ello.

Su voz pareció venir de lejos.

-Es usted un hombre terrible, terrible.

-Sí; usted es su hermana mayor. ¿Qué va usted a hacer en relación con todo esto?

-Usted no puede probar una palabra de nada.

-¿Que no puedo probar qué?

-Que ella disparó sobre usted. Usted dijo únicamente que estuvo en los pozos con ella. No puede probar una palabra de lo que dice.

-Cierto -repuse-, pero no pensaba intentarlo. Yo estaba pensando en otra ocasión en que el revólver se hallaba cargado con balas. -Sus ojos eran como charcos de oscuridad, mucho más vacíos que la oscuridad misma-. Pensaba -continué- en el día en que Regan desapareció, al caer la tarde, cuando la llevó a esos viejos pozos para enseñarla a disparar y puso una lata en algún sitio diciéndole que disparase y se quedó junto a ella mientras hacía fuego y no disparó a la lata. Volvió el revólver y le disparó a él, del mismo modo que lo hizo hoy conmigo y por el mismo motivo.

Se movió un poco y el revólver resbaló de sus rodillas y cayó al suelo. Fue uno de los sonidos más fuertes que haya oído jamás. Sus ojos estaban clavados en mi rostro. Su voz fue un murmullo de agonía.

-¡Carmen...! ¡Dios misericordioso, Carmen...! ¿Por qué?

-¿Tengo que decirle realmente por qué disparó contra mí

-Sí -sus ojos eran aún terribles-, creo que debe hacerlo.

-Anteanoche, cuando llegué a mi casa, la encontré en mi apartamento. Había convencido al administrador para que le permitiera esperarme allí. Estaba en mi cama, desnuda. La despedí sin contemplaciones. Me imagino que quizá Regan le hizo lo mismo alguna vez. Pero eso no se le puede hacer a Carmen.

Abrió la boca e intentó pasarse la lengua por los labios, lo cual hizo que, por un breve instante, pareciese un niño asustado. Las líneas de sus mejillas se hicieron más agudas y su mano se alzó lentamente como un miembro artificial movido por alambres; sus dedos
se cerraron poco a poco y con rigidez alrededor de la piel blanca del cuello del pijama, apretando con fuerza la piel contra su garganta. Después se quedó mirándome.

-Dinero -aulló-. Supongo que quiere dinero.

-¿Cuánto? -intenté no decirlo con desprecio.

-¿Quince mil dólares?

Asentí.

-Estaría bastante bien. Ese sería el precio establecido. Eso era lo que Regan llevaba en el bolsillo cuando ella lo mató y sería lo que obtuvo Canino por disponer del cuerpo cuando fue usted a Eddie Mars en busca de ayuda. Pero sería poco comparado con lo que espera cobrar Eddie Mars un día de estos, ¿no?

-¡Hijo de perra! -me gritó.

-¡Bah, bah! Soy un tipo muy despierto. Carezco de sentimientos y escrúpulos. Todo lo que tengo es el prurito del dinero. Soy tan interesado que por veinticinco billetes diarios y gastos, principalmente gasolina y whisky, pienso por mi cuenta lo que hay que pensar; arriesgo todo mi futuro, el odio de los policías y de Eddie Mars y sus compinches, hurto el cuerpo a las balas y aguanto impertinencias, y digo: «Muchísimas gracias. » Si tiene usted más dificultades confío en que se acordará de mí; le dejaré una de mis tarjetas por si surge algo. Hago todo esto por veinticinco billetes diarios y quizá en parte por proteger el poco orgullo que un anciano debilitado y enfermo tiene aún en sus venas, pensando que su sangre no es veneno y que aunque sus hijas son un poco locas, como muchas buenas muchachas de hoy, no son perversas ni criminales. Por eso soy un hijo de perra. Muy bien, no me importa. Eso me lo ha dicho gente de todos los tamaños y formas, incluyendo a su hermanita. Me dijo cosas peores por despreciarla en mi cuarto. He recibido quinientos dólares. Puedo conseguir otros mil por hallar a Rusty Regan, si pudiera encontrarle. Ahora me ofrece usted quince grandes. Esto me convierte en una persona importante. Con quince grandes podía tener un hogar, un nuevo coche y cuatro trajes, e incluso tomarme unas vacaciones sin preocuparme de si perdía un caso. Resulta estupendo. ¿Para qué me lo ofrece usted? ¿Puedo seguir siendo un hijo de perra, o tengo que transformarme en un caballero como el borracho que estaba inconsciente en su coche la otra noche? -Estaba silenciosa como una mujer de piedra-. Muy bien - proseguí con voz ronca-. ¿Se la llevará usted? ¿A un sitio lejos de aquí, donde pueda manejarla y no tenga revólveres, cuchillos y bebidas exóticas a su alcance? ¡Demonios! Podría incluso curarse, ¿sabe usted? Es posible.

Se levantó y se dirigió lentamente hacia la ventana. Las cortinas estaban en pesados pliegues color marfil a sus pies. Se quedó entre los pliegues y miró por la ventana hacia la tranquila y oscura falda de las colinas. Permaneció inmóvil, casi mezclándose con las cortinas. Sus manos colgaban lacias, totalmente inmóviles. Dio la vuelta y pasó por delante de mí, absorta, situándose luego detrás; tomó aliento y habló:

-Está en el sumidero -dijo-. Una cosa descompuesta y horrible. Yo misma lo dejé. Fue exactamente como usted dijo. Fui a ver a Eddie Mars. Ella vino a casa y me lo contó, como un niño. No es normal. Sabía que la policía la sonsacaría. En poco tiempo, incluso alardearía de ello. Si papá lo supiese, los llamaría inmediatamente y les contaría toda la historia. Y esa noche moriría. No me preocupa sólo su muerte, sino también lo que pensaría antes de morir. Rusty no era mal chico. Yo no le amaba. Le consideraba un tipo magnífico. Pero no significaba nada par mí, de un modo u otro, vivo o muerto, comparado con el valor necesario para ocultárselo a mi padre.

-Y la dejó usted suelta -dije-, metiéndose en otros líos.

-Estaba tratando de ganar tiempo, sólo tiempo. Pero adopté un camino equivocado, claro. Pensé que incluso ella misma podría olvidarle. He oído decir que olvidan lo que sucede durante esos ataques. Quizá lo haya olvidado. Sabía que Eddie Mars se aprovecharía, pero no me importaba. Tenía que conseguir ayuda y sólo podía obtenerla de alguien como él. Ha habido momentos en que apenas lo he creído yo misma, y otras veces tenía que emborracharme deprisa, en cualquier momento del día, endemoniadamente deprisa.

-Se la llevará usted -dije-, y hágalo endemoniadamente deprisa.

Estaba aún de espaldas a mí. Ahora dijo con suavidad:

-¿Y usted?

-Nada. Me marcho. Le doy tres días. Si se ha ido en ese plazo, de acuerdo. Si no lo ha hecho, daré parte. Y no crea que no hablo en serio.

Se volvió de repente.

-No sé qué decirle. No sé cómo empezar.

-Sí. Llévesela de aquí y procure que no la pierdan de vista ni un segundo. ¿Prometido?

-Lo prometo. Eddie...

-Olvídese de Eddie. Ya le buscaré cuando descanse. Me las entenderé con él.

-Intentará matarle.

-Si su mano derecha no lo consiguió -dije-, les daré una oportunidad a los demás. ¿Lo sabe Norris?

-Nunca lo dirá.

-Pensé que lo sabía.

Me separé rápidamente de ella y salí de la habitación. Bajé la escalera de baldosas del vestíbulo principal. No vi a nadie cuando me marchaba. Esta vez encontré sólo mi sombrero. Afuera los jardines tenían un aire embrujado, como si pequeños ojos salvajes
me estuvieran vigilando desde más allá de los arbustos, como si el mismo sol tuviera algo misterioso en su luz. Me metí en el coche y avancé colina abajo.

¿Qué importaba dónde uno yaciera una vez muerto? ¿En un sucio sumidero o en una torre de mármol en lo alto de una colina? Muerto, uno dormía el sueño eterno y esas cosas no importaban. Petróleo y agua eran lo mismo que aire y viento para uno. Sólo se dormía el sueño eterno, y no importaba la suciedad donde uno hubiera muerto o donde cayera. Ahora, yo era parte de esa suciedad. Mucho más que Rusty Regan. Pero el anciano no tenía que serlo. Podía yacer tranquilo en su cama con dosel, con sus manos cruzadas encima de la sábana, esperando. Su corazón era un breve e inseguro murmullo. Sus pensamientos eran tan grises como la ceniza. Y dentro de poco él también, como Rusty Regan, estaría durmiendo el sueño eterno.

En el camino hacia la ciudad paré en un bar y me tomé un par de whiskys dobles. No me hicieron ningún bien. Todo lo que hicieron fue recordarme a Peluca de plata. Nunca más volví a verla.

RAYMOND CHANDLER - EL SUEÑO ETERNO



TRIGESIMOPRIMERA ENTREGA


Capítulo 31


El mayordomo apareció con mi sombrero. Me lo puse y pregunté:

-¿Qué opina usted de él?

-No es tan débil como parece, señor.

-Si lo fuera, estaría listo para el sepelio. ¿Qué tenía ese chico, Regan, para tomarle tanto afecto?

El mayordomo me miró a los ojos, pero con extraña falta de expresión.

-Juventud -contestó- y ojos de soldado.

-Como los suyos -dije.

-Si me permite decirlo, señor, no muy distintos a los de usted.

-Gracias. ¿Cómo están las señoras esta mañana? -Se encogió de hombros cortésmente-. Lo que me figuraba -dije, y el mayordomo me abrió la puerta.

Me quedé en el umbral y admiré las terrazas, los árboles cuidados y los macizos de flores hasta las altas verjas de metal, al fondo de los jardines. Vi a Carmen a la mitad del camino, sentada en un banco de piedra con la cabeza entre las manos y aspecto de soledad y desamparo.

Bajé los escalones de ladrillo rojo que iban de una terraza a otra. Estaba bastante cerca cuando me oyó. Saltó y se volvió como un gato. Llevaba los pantalones azul pálido que vestía la primera vez que la vi. Su pelo tenía las mismas ondas suaves y doradas. Su rostro estaba blanco. Manchas rojas aparecieron en sus mejillas cuando me vio. Sus ojos tenían el color de la pizarra.

-¿Aburrida? -pregunté.

Sonrió un poco, con bastante timidez, y asintió rápidamente. Después murmuró:

-¿No está molesto conmigo?

Levantó el pulgar y soltó una risita.

-No lo estoy.

Cuando se reía ya no me gustaba. Miré alrededor. Un blanco colgaba de un árbol con algunas flechas clavadas en él. Había tres o cuatro más en el banco de piedra donde estaba sentada.

-Para ser gente de dinero, usted y su hermana parecen divertirse demasiado -dije.

Me miró por debajo de sus largas pestañas. Esta era la mirada que debía hacerme caer de espaldas.

-¿Le gusta tirar esas flechas? -pregunté.

-¡Pchs, pchs...!

-Esto me recuerda algo -miré hacia la casa.

Moviéndome un metro hice que un árbol me ocultase a su vista. Saqué de mi bolsillo su revólver con puño de nácar.

-Le traje su artillería. Lo limpié y lo cargué. Siga mi consejo. No dispare sobre la gente, a menos que lo haga con más puntería. ¿Recuerda?

Su cara se puso aún más pálida y su delgado pulgar bajó. Me miró, y después miró el revólver que yo sostenía. Había fascinación en sus ojos.

-Sí -contestó, y asintió con la cabeza.

De repente me dijo:

-Enséñeme a disparar. Me gustará.

-¿Aquí? Eso va contra la ley.

Se acercó a mí, cogió el revólver y se lo guardó rápidamente en el pantalón, casi con un movimiento furtivo, y miró alrededor.

-Yo sé dónde -dijo con voz misteriosa-: abajo, en alguno de los antiguos pozos situados al pie de la colina. ¿Me va a enseñar?

La miré a los ojos de color pizarra. Lo mismo me hubiera dado mirar dos chapas de botella.

-Muy bien. Devuélvame el revólver hasta que vea si el sitio es adecuado.

Sonrió y me hizo un mohín, pero luego me lo devolvió con un aire misterioso y travieso, como si estuviera dándome la llave de su cuarto. Bajamos los escalones y pasamos al lado de mi coche. Los jardines parecían desiertos. La claridad del sol estaba tan vacía como la sonrisa de un camarero. Nos metimos en el coche y lo conduje por el declive del camino hasta pasar la puerta de la mansión.

-¿Dónde está Vivian? -pregunté.

-No se ha levantado todavía -soltó una risita.

Bajamos la colina a través de las tranquilas y opulentas calles lavadas por la lluvia, primero al este, hacia la Brea, y luego al sur. En diez minutos alcanzamos el lugar al que ella se refería.

Se asomó a la ventanilla y señaló:

-Allí dentro.

Era un camino estrecho y sucio, no mucho mayor que una senda, como la entrada de un rancho al pie de la colina. Una puerta ancha con cinco barrotes se recostaba contra un tocón y tenía aspecto de no haber sido cerrada en años. El camino estaba orlado por altos eucaliptos y profundos surcos. Los camiones lo habían utilizado. Se hallaba vacío y soleado ahora, pero no estaba aún polvoriento. La lluvia había sido demasiado fuerte y reciente. Seguí los surcos y el ruido del tránsito de la ciudad se tornó de pronto extrañamente débil, como si no perteneciera a la ciudad en absoluto y fuera muy lejano en una tierra de ensueño. En aquel momento el balancín inmóvil, manchado de petróleo, de una rechoncha torre de perforar, apareció por encima de una rama. Podía ver el viejo cable oxidado que conectaba ese balancín con otra media docena. Los balancines no se movían, probablemente no se habían movido en un año. Los pozos estaban secos. Había un montón de tubos oxidados, una plataforma de embarque combada en un extremo, media docena de bidones de petróleo vacíos en un montón desigual. El agua estaba estancada, manchada de petróleo, en un viejo sumidero, iridiscente a la luz del sol.

-¿Van a hacer un parque de todo esto? -pregunté. La muchacha bajó la barbilla y me echó una mirada casi inteligente-. Ya era hora. El olor de ese sumidero envenenaría un rebaño de cabras. ¿Es éste el sitio al que se refería?

-Sí. ¿Le gusta?

-Es hermoso.

Paré junto a la plataforma de embarque. Nos apeamos. Percibía el ruido del tránsito en una maraña de ruidos distantes, como el zumbido de las abejas. El sitio era solitario como el patio de una iglesia. Incluso después de la lluvia los eucaliptos aún parecían polvorientos. Siempre tienen aspecto polvoriento. Una rama rota por el viento había caído al borde del sumidero y las hojas aplastadas, correosas, colgaban sobre el agua. Di la vuelta al sumidero y miré dentro de la casa de bombas. Había en ella algunos trastos, nada que demostrara una actividad reciente. Afuera, una enorme polea maestra de madera se encontraba apoyada a la pared. Desde luego, parecía un buen sitio.

Volví al coche. La chica estaba allí, al sol, arreglándose el cabello.

-Deme -dijo, y alargó la mano.

Saqué el revólver del bolsillo y se lo puse en la palma de la mano. Me agaché y cogí una lata oxidada.

-Ahora, tome la cosa con calma. Eso está cargado con cinco balas. Voy a colocar esto allí, en esa abertura cuadrada que hay en medio de esa enorme rueda. ¿Ve? -señalé. Agachó rápidamente la cabeza, encantada-. Son, aproximadamente, once metros. No empiece a tirar hasta que vuelva a su lado. ¿De acuerdo?

-De acuerdo -dijo riéndose.

Volvía de nuevo a su lado, rodeando el sumidero. Cuando estaba a unos tres metros de ella, al borde del sumidero, me mostró sus pequeños dientes agudos, levantó el revólver y empezó a hacer un ruido silbante. Me paré en seco, con el agua estancada y pegajosa del sumidero detrás de mí.

-¡Quieto ahí, hijo de perra! -dijo.

El revólver apuntaba a mi pecho. Su mano parecía estar bastante firme. El ruido silbante se hizo más alto y su cara tomó el aspecto de un hueso pelado. Envejecida, estropeada, transformada en un animal, y no en un animal bonito precisamente.

Me eché a reír y empecé a andar hacia ella. Vi sus pequeños dedos apretar el gatillo y ponerse blancos en las puntas. Estaba a unos dos metros de ella cuando empezó a disparar.

El ruido del revólver hizo un agudo chasquido, sin consistencia, un crujido quebradizo a la luz del sol. No vi humo alguno. Me paré y le sonreía. Disparó dos veces más, muy rápidamente. No creo que ninguno de los tiros hubiese fallado. Había cinco en el pequeño revólver y había disparado cuatro. Me precipité hacia ella.

No quería el último en la cara, así que me desvié rápidamente a un lado. Me disparó tranquila, sin ninguna preocupación. Creo que sentí un poco el calor de la explosión de pólvora.

Seguía avanzando hacia ella.

-¡Vaya, pero qué simpática es usted! -dije.

Su mano, que sostenía aún el revólver vacío, empezó a temblar violentamente. Se le cayó el arma. Su boca empezó a temblar. Todo su rostro se descompuso. Entonces su cabeza giró hacia la izquierda y asomó espuma en sus labios. Su respiración se hizo ronca y se desplomó.

La recogí mientras caía. Estaba ya inconsciente. Le abrí las mandíbulas con ambas manos y le metí un pañuelo enrollado entre los dientes. Tuve que emplear toda mi fuerza para hacerlo. La levanté y la metí en el coche, volví por el revólver y me lo guardé en el bolsillo. Me metí en el coche, di la vuelta y regresé por el mismo camino lleno de baches, fuera del portón y colina arriba hasta la casa.

Carmen se encontraba en un rincón del coche, sin moverse. Estábamos a mitad de camino de la casa antes de que diera señales de vida. Sus ojos se abrieron, grandes y extraviados. Se sentó.

-¿Qué ocurrió? -preguntó.

-Nada. ¿Por qué?

-¡Oh, sí! Algo ocurrió -dijo con una risita-, me hice pipí.

-Siempre ocurre así -repliqué.

Me miró con repentina curiosidad enfermiza y comenzó a gemir.

RAYMOND CHANDLER - EL SUEÑO ETERNO



TRIGÉSIMA ENTREGA

Capítulo 30

Era otro día; el sol brillaba de nuevo. El capitán Gregory, de la Oficina de Personas Desaparecidas, miraba por la ventana de su despacho al piso superior del Palacio de Justicia, blanco y limpio después de la lluvia. Se volvió con cansancio en su silla giratoria, apretó la picadura de la pipa con su pulgar tostado por el calor y me miró con frialdad.

-Así que se ha metido en otro lío.

-¡Oh! ¿Ya se ha enterado?

-Hermano, estoy aquí sentado todo el día sobre mi trasero y no parece que tengo sesos en la cabeza. Pero le sorprendería saber de lo que me entero. Matar a ese Canino estuvo bien, supongo, pero me parece que los chicos de la Brigada de Homicidios no le pondrán una medalla.

-Ha habido un montón de muertes a mi alrededor -dije- y no he conseguido mi parte en ellas.

Sonrió pacientemente.

-¿Quién le dijo que esa muchacha era la mujer de Eddie Mars?

Se lo expliqué. Me escuchó atentamente y bostezó. Se dio una palmada en su boca, en la que brillaban muelas de oro, con una mano como una bandeja.

-Supongo que cree que yo debería haberla encontrado.

-Esa es una deducción lógica.

-Quizá lo sabía -contestó-. También puede que su mujer pensara que querían jugar una partidita como esa; sería inteligente, o cerca de ser inteligente, hacerles creer que se habían salido con la suya. Y además quizá piense usted que estaba dejando que Eddie Mars se saliera con la suya por razones más personales.

Estiró su enorme mano y restregó el pulgar contra el índice.

-No -dije-, en realidad no pensé eso. Ni siquiera cuando vi que Eddie parecía saber todo lo que hablamos aquí el otro día.

Levantó las cejas como si el levantarlas fuese un esfuerzo para el cual estaba falto de práctica esta mañana. Toda su frente se llenó de arrugas y cuando se alisó, quedó llena de líneas blancas que se tornaron rojizas mientras las contemplaba.

-Soy un poli -me replicó-. Nada más que un simple poli. Razonablemente honrado. Tan honrado como se puede esperar de un hombre que vive en un mundo donde eso está pasado de moda. Esa es la causa principal por la que le pedí que viniese esta mañana. Me gustaría que lo creyera. Siendo un policía, me agrada contemplar el triunfo de la ley. Me gustaría ver a todos los canallas bien vestidos, como Eddie Mars, estropeándose sus cuidadas manos en las canteras de Folsom, junto a los pobres tipos de los barrios bajos, a quienes se les pesca en la primera travesura y no vuelven a tener ninguna oportunidad desde ese momento. Esto es lo que me gustaría. Usted y yo ya hemos vivido demasiado para creer que sea probable que esto ocurra. Ni en esta ciudad, ni en ninguna otra de la mitad del tamaño de ésta. No gobernamos nuestro país de ese modo.

No dije nada. Gregory aspiró humo con un movimiento brusco de la cabeza, miró la boquilla de la pipa y dijo a continuación:

-Pero esto no significa que yo crea que Eddie Mars liquidó a Regan, que tuviera alguna razón para hacerlo o que lo hubiera hecho si la tuviese. Yo sólo me figuré que quizá supiera algo sobre eso y posiblemente más tarde o más temprano quedaría al descubierto. El ocultar a su mujer en Realito fue infantil, pero es la clase de infantilismo que un mono sabio cree que es algo brillante. Lo tuve aquí anoche después de que el fiscal del distrito terminó con él. Lo admitió todo. Dice que Canino era digno de confianza y que por eso era por lo que lo tenía. No sabía nada sobre sus aficiones ni quería saberlo. No conocía a Harry Jones, ni tampoco a Joe Brody. Conocía a Geiger, claro, pero jura que no sabía nada de su negocio. Supongo que ya oyó todo eso.

-Sí -repuse.

-Se condujo muy hábilmente en Realito, hermano. No trató de taparlo.

Conservamos ahora un archivo de balas sin identificar. Alguien podría usar otra vez esa pistola y entonces se encontraría sobre un cañón.

-Lo hice con habilidad -dije, y le miré de reojo.

Golpeó la mesa con la pipa y se quedó mirándola con melancolía.

-¿Qué fue de la chica? -preguntó sin levantar los ojos.

-No lo sé. No la retuvieron. Hicimos declaraciones, por triplicado: para Wilde, para la oficina del sheriff y para la Oficina de Homicidios. La soltaron. No la he vuelto a ver desde entonces, ni espero verla.

-Una buena muchacha, dicen. De esas que no juegan sucio.

-Una buena muchacha -afirmé.

El capitán Gregory suspiró y se alborotó el pelo.

-Hay algo más -dijo casi dulcemente-. Parece usted un buen muchacho, pero juega con demasiada rudeza. Si realmente quiere ayudar a la familia Sternwood, déjelos en paz.

-Creo que tiene razón, capitán.

-¿Cómo se encuentra?

-Estupendamente -contesté-. Estuve de un lado para otro la mayor parte de la noche, aguantando broncas. Antes de eso me mojé hasta los huesos y fui vapuleado. Ahora me encuentro en perfectas condiciones.

-¿Y qué esperaba usted, hermano?

-Nada más que eso.

Me levanté, le sonreí y me dirigí a la puerta. Cuando casi la había alcanzado, carraspeó de repente y dijo con voz áspera:

-Estoy malgastando energías, ¿eh? Está todavía convencido de que puede encontrar a Regan.

Me volví y le miré a los ojos.

-No, no creo que pueda encontrar a Regan. Ni voy a intentarlo siquiera. ¿Está conforme?

Asintió lentamente con la cabeza. Después se encogió de hombros.

-No sé para qué diablos he dicho eso. Buena suerte, Marlowe. Déjese caer por aquí cuando quiera.

-Gracias, capitán.

Salí del Ayuntamiento, saqué mi coche del aparcamiento y me dirigí al Hobert Arms. Me eché en la cama con el abrigo puesto y me quedé mirando al techo y escuchando los ruidos del tránsito en la calle. Estuve mirando al sol moverse poco a poco a través de una esquina del techo. Intenté dormir, pero no lo conseguí. Me levanté y bebí un trago, aunque no era el momento adecuado, y me volví a acostar. Tampoco ahora pude dormir. Mi cerebro latía como un reloj. Me senté en el borde de la cama, llené la pipa de tabaco y dije en voz alta:

-Ese viejo zorro sabe algo.

La pipa tenía un sabor amargo de lejía. La dejé y me recosté de nuevo. Mi mente empezó a dar vueltas una y otra vez y, con todo, cada vez parecía ser cierto, como algo que ocurre siempre por vez primera. Estaba conduciendo mi coche por la carretera, bajo la lluvia, con Peluca de plata sentada en un rincón del coche, sin decir nada, así que cuando llegarnos a Los Ángeles éramos de nuevo como extraños. Telefoneé a Bernie Ohls desde un bar abierto toda la noche para decirle que había matado a un hombre en Realito y que estaba camino de La casa de Wilde acompañado de la mujer de Eddie Mars, que me había visto hacerlo. Conducía el coche por las calles silenciosas de Lafayette Park, pálidas por la lluvia y pasaba la puerta cochera de la enorme casa de madera de Wilde, cuya luz del portal estaba encendida porque Ohls ya había telefoneado que iba a venir.

Me hallaba en el despacho de Wilde y él detrás de la mesa vestido con un batín floreado, el rostro serio; un puro se movía entre sus dedos y una amarga sonrisa curvaba sus labios. Ohls también estaba allí, y además un hombre gris, con aspecto de erudito, de la oficina del sheriff, que tenía el porte de un profesor de Economía y hablaba más como tal que como un policía. Yo estaba relatando lo sucedido y me escuchaban en silencio. Peluca de plata permanecía sentada en un rincón, con las manos en su regazo, sin mirar a nadie. Hubo un montón de conversaciones telefónicas. Había dos hombres de la Oficina de Homicidios que me miraban como si yo fuera un bicho extraño escapado de un circo. Me hallaba conduciendo de nuevo, con uno de ellos sentado a mi lado, hacia el Fulwider Building. Nos encontrábamos en la habitación donde Harry Jones estaba aún en la silla, detrás de la mesa, con el rostro rígido y el olor dulceamargo flotando en el aire. Había un médico forense, muy joven y fornido, con una piel rojiza al cuello. Había un hombre dando vueltas por allí y buscando huellas dactilares por todas partes y yo le decía que no olvidase el cierre del montante. Encontró en él la huella del pulgar de Canino, la misma huella que el hombre del abrigo marrón había dejado allí para confirmar mi historia. Estaba de nuevo en casa de Wilde, firmando una declaración escrita a máquina que su secretario había pasado en limpio en otra habitación. Entonces se abrió la puerta y entró Eddie Mars; una sonrisa rápida iluminó su rostro cuando vio a Peluca de plata, y dijo: «Hola, preciosa.» Ella no lo miró ni le contestó. Eddie Mars, fresco y animoso, llevaba un traje oscuro y una bufanda blanca con flecos asomando por su abrigo de tweed. Después se fueron todos, excepto Wilde y yo; éste me decía con voz fría y colérica: «Esta es la última vez. La próxima lo echaré a los leones, sin importarme a quién se le parta el corazón.»

Ahora estaba contemplando el rayo de sol resbalar hacia una esquina de la pared. Entonces sonó el teléfono; era Norris, el mayordomo de los Sternwood, con su habitual
voz intocable.

-¿Señor Marlowe? Telefoneé a su oficina sin éxito y por ello me tomé la libertad de telefonearle a su casa.

-Estuve fuera la mayor parte de la noche. No he estado aquí.

-Sí, señor. El general quisiera verle hoy por la mañana, señor Marlowe, si no tiene inconveniente.

-Dentro de una media hora, poco más o menos. ¿Cómo está?

-En cama, señor; pero no se encuentra peor.

-Espere hasta que me vea -dije y colgué.

Me afeité, me cambié de ropa y me dirigí a la puerta. Pero entonces volví, cogí el revólver de Carmen con puño de nácar y me lo metí en el bolsillo.

La luz del sol era tan viva que danzaba. Llegué a la mansión Sternwood en veinte minutos y aparqué debajo del arco que había en la puerta lateral. Eran las once y cuarto. Los pájaros, en los árboles que adornaban el parque, cantaban locamente después de la lluvia; las terrazas de césped estaban verdes como la bandera irlandesa y todo el chalet parecía como si lo hubieran hecho unos diez minutos antes. Toqué el timbre. Habían transcurrido cinco días desde que lo toqué por primera vez y me parecía que hacía un año.

Una muchacha abrió la puerta y me condujo a través de un pasillo lateral hacia el vestíbulo central, anunciándome que el señor Norris vendría en seguida. El vestíbulo principal tenía el mismo aspecto de siempre. El retrato sobre la repisa de la chimenea tenía los mismos ojos ardientes y negros y el caballero del vitral aún no había avanzado nada en su tarea de desatar del árbol a la desnuda dama.

Al cabo de pocos minutos apareció Norris, que tampoco había cambiado. Sus ácidos ojos azules parecían tan remotos como siempre, su piel gris rosada parecía saludable y descansada y se movía como si tuviese veinte años menos de los que en realidad tenía. Era yo quien sentía el peso de los años.

Subimos la escalera de baldosas y torcimos en sentido contrario a la habitación de Vivian. A cada paso, la casa parecía más grande y más silenciosa. Llegamos a una maciza puerta antigua que parecía de iglesia. Norris la abrió suavemente y se asomó. Después se hizo a un lado para que yo entrase y recorriese lo que me pareció un cuarto de kilómetro de alfombra hasta una cama enorme, con dosel, que semejaba a aquella en la que murió Enrique VIII.

El general Sternwood estaba sostenido por cojines. Tenía sus manos exangües cruzadas encima de la sábana. Parecían grises en ella. Sus ojos negros estaban aún llenos de afán y el resto de su rostro parecía el de un cadáver.

-Siéntese, señor Marlowe.

Su voz sonaba cansada y un poco seca. Arrastré una silla junto a él y me senté. Todas las ventanas estaban herméticamente cerradas. No había sol en la habitación a esa hora. El aire tenía ese débil olor dulzón de la vejez. Me contempló en silencio durante un largo minuto. Movió una mano como para convencerse de que aún podía moverla, luego la volvió a dejar sobre la otra y dijo sin ánimo:

-No le dije que buscase a mi yerno, señor Marlowe.

-Usted quería que lo hiciera, sin embargo.

-No le encargué que lo hiciera. Supuso usted demasiado. Normalmente pido lo que deseo. -No contesté-. Ha sido usted pagado -prosiguió con frialdad-. El dinero no tiene significado en ningún caso. Estimo simplemente que usted, seguramente sin intención, ha traicionado mi confianza.

Cerró los ojos.

-¿Es por eso por lo que me mandó llamar?

Volvió a abrir los ojos, muy despacio, como si sus párpados estuvieran hechos de plomo.

-Supongo que se ha molestado por esta observación -dijo.

Moví la cabeza.

-Tiene usted una ventaja sobre mí, general. Es una ventaja que yo nunca desearía quitarle, en absoluto. No es mucho, considerando lo que tiene que sufrir. Puede usted decirme todo lo que quiera y no puedo ni pensar en molestarme. Me gustaría ofrecerle la devolución de su dinero. Puede no significar nada para usted. Significaría algo para mí.

-¿Qué puede significar para usted?

-Significa que rechazo el pago por trato no satisfactorio. Eso es todo.

-¿Hace usted muchos trabajos que no le agradan?

-Unos pocos. Eso le ocurre a todo el mundo.

-¿Por qué fue a visitar al capitán Gregory?

Me eché hacia atrás y puse un brazo en el respaldo de la silla. Estudié su cara. No me dijo nada. No encontraba contestación a su pregunta, al menos respuesta satisfactoria.

-Estaba convencido -dije- de que me dio usted esos recibos de Geiger principalmente como prueba y que se hallaba un poco asustado de que Regan pudiera estar complicado de algún modo en un intento de chantaje. No sabía nada sobre Regan entonces. No me di cuenta, hasta que hablé con el capitán Gregory, de que con toda seguridad Regan no era esa clase de individuo.

-Eso es contestar poco a mi pregunta.

Asentí.

-Cierto; esto es contestar apenas su pregunta. Me imagino que no le gustará admitir que seguí un presentimiento. La mañana que estuve aquí, después de dejarle en el invernadero de las orquídeas, la señora Regan me mandó llamar. Parecía dar por sentado que me habían contratado para buscar a su esposo y eso no parecía gustarle. Dejó caer, sin embargo «que habían encontrado su coche en cierto garaje». Eso sólo pudo hacerlo la policía. Por tanto, la policía debía saber algo acerca de eso. Si lo sabía la Oficina de Personas Desaparecidas, sería el departamento que tendría el caso. No sabía, naturalmente, si usted había dado parte a otra persona o si habían encontrado el coche a través de alguien que hubiese informado que estaba abandonado en un garaje. Pero conozco a los policías y sé que, si sabían eso, averiguarían un poco más, especialmente porque su chófer tenía antecedentes penales. Ignoraba qué era lo que habían averiguado. Esto me hizo pensar en la Oficina de Personas Desaparecidas. Lo que me convenció fue algo en la manera de conducirse del señor Wilde la noche que estuvimos en su casa para discutir el asunto de Geiger y demás. Estuvimos solos unos minutos y me preguntó si usted me había dicho que estaba buscando a Regan. Yo le contesté que usted me había manifestado que le gustaría saber dónde estaba y si se encontraba bien. Wilde arrugó el labio y se mostró un poco raro. Entonces me di cuenta, tan claramente como si lo hubiera dicho, que por «buscar a Regan» quería decir utilizar la maquinaria de la ley para buscarlo. Incluso entonces intenté abordar al capitán Gregory de tal forma que no le dijera nada que él no supiese ya.

-Y permitió que el capitán Gregory pensara que yo le había contratado para buscar a Rusty.

-Me figuro que lo hice, cuando estuve seguro de que se ocupaba del asunto.

Cerró los ojos. Los apretó un poco. Habló con ellos cerrados:

-¿Y consideró eso de buena ley?

-Sí, desde luego.

Abrió los ojos de nuevo. La aguda negrura de ellos resultaba sorprendente, al aparecer repentinamente en su rostro muerto.

-Quizá no entiendo -dijo.

-Quizá no. El jefe de la Oficina de Personas Desaparecidas no es hablador. No estaría en esa oficina si lo fuera. Es un tipo zorruno, muy listo, que con mucho éxito al principio intenta dar la impresión de que es un policía de mediana edad harto de su trabajo. La labor que yo realizo no es un juego de niños. Hay siempre una gran cantidad de farol relacionado con él. Lo que yo le diga a un policía siempre estará en disposición de considerarlo exagerado, y a ese policía lo que le comuniqué no suponía mucha diferencia. Contratar a alguien de mi oficio no es lo mismo que contratar a alguien para limpiar cristales, al que se le muestran ocho ventanas y se le dice: «Límpielas y ha terminado. » Usted no se imagina por cuántas cosas tengo que pasar para realizar su encargo. Lo hago a mi modo. Hago todo lo posible por protegerle y puedo infringir algunas reglas, pero las infrinjo en favor de usted. El cliente es lo primero, a menos que no sea honrado. E incluso entonces, todo lo que hago es decirle que no acepto su encargo. Y mantener la boca cerrada. Después de todo, usted no me dijo que no fuera a entrevistarme con el capitán Gregory.

-Eso hubiera sido bastante difícil -dijo con una sonrisa.

-Bien, ¿qué he hecho mal, entonces? Norris parecía creer, cuando Geiger fue eliminado, que el asunto estaba terminado. Yo no lo veo de ese modo. La forma de establecer Geiger sus contactos me extrañó y me extraña todavía. No soy Sherlock Holmes o Philo Vance. No espero ir a un terreno que ha sido ya cubierto por la policía, recoger la punta de una pluma rota y convertir eso en un caso. Si usted cree que alguien vive en esta profesión de detective haciendo eso, no sabe mucho sobre los policías. No son cosas así las que ellos pasan por alto, si es que pasan por alto algo. No estoy diciendo que hagan con frecuencia caso omiso de algo, cuando se les permite realmente trabajar. Pero si lo hacen, suele ser cosa suelta y vaga, como un hombre de la calaña de Geiger mandándole a usted sus recibos de deudas y rogándole que pague como un caballero; Geiger era hombre de negocio sórdido, de posición vulnerable, protegido por un gángster y teniendo, por lo menos, algo de protección negativa de parte de la policía. ¿Por qué hizo aquello? Porque quería averiguar si había algo que ejercía presión sobre usted. Si lo había, usted le pagaría. Si no, lo ignoraría y esperaría el próximo paso. Pero había algo que ejercía presión sobre usted: Regan. Temía usted que no fuese lo que aparentaba, que hubiera permanecido aquí y hubiera sido amable con usted el tiempo suficiente para averiguar cómo jugar con su cuenta del banco.

Empezó a decir algo, pero le interrumpí:

-Aun así, no era el dinero lo que le importaba a usted. Ni siquiera sus hijas. Usted, poco más o menos, ha renunciado a ellas. Es que es usted muy orgulloso todavía para dejar que le tomen por bobo y quería realmente a Regan.

Hubo un silencio. Después, el general dijo tranquilo:

-Habla usted demasiado, Marlowe. ¿Debo entender que está usted todavía intentando resolver este rompecabezas?

-No. Lo he abandonado. He sido advertido. Los muchachos creen que juego demasiado a lo bruto. Por eso es por lo que pensé que debería devolverle su dinero, porque no es una tarea terminada, según mis normas.

Sonrió.

-No abandone nada -dijo-. Le pagaré otro millar de dólares para que encuentre a Regan. No necesita volver. Ni siquiera averiguar dónde se encuentra exactamente. Un hombre tiene derecho a vivir su propia vida. Yo no le censuro porque abandonase a mi hija, ni siquiera por marcharse tan de repente. Fue, sin duda, un impulso repentino. Quiero saber que se encuentra bien donde está, donde quiera que sea. Quiero saberlo de él directamente, y si sucediese que necesitara dinero, me gustaría proporcionárselo también. ¿Me explico con claridad?

-Sí, general -repliqué.

Descansó un poco, con los ojos cerrados, los párpados oscuros y la boca apretada y exangüe. Estaba agotado, casi vencido. Abrió de nuevo los ojos e intentó sonreírme.

-Creo que soy un viejo sentimental -dijo- y que no tengo nada de soldado. Le cogí cariño a ese muchacho. Me pareció honrado. Debo de ser un poco superficial en cuanto a mis juicios sobre el carácter. Encuéntrelo e infórmeme, Marlowe. Encuéntrelo tan sólo.

-Lo intentaré -dije-. Mejor es que descanse ahora. Ha hablado demasiado.

Me levanté rápidamente, atravesé la amplia habitación y salí. Tenía los ojos cerrados antes de que yo abriese la puerta. Sus manos yacían lacias sobre la sábana. Parecía más muerto que muchos cadáveres. Cerré la puerta suavemente, atravesé el vestíbulo superior y bajé las escaleras.

RAYMOND CHANDLER - EL SUEÑO ETERNO



VIGESIMONOVENA ENTREGA

Capítulo 29

El garaje vecino estaba oscuro. Crucé el camino de arena y un trozo de empapado césped. En la carretera se habían formado riachuelos, que corrían por una zanja que había en el lado más alejado. No llevaba sombrero. Debía de haberse caído en el garaje y Canino no se había preocupado de devolvérmelo. No había pensado que lo volvería a necesitar. Me lo imaginé de regreso, conduciendo orgullosamente bajo la lluvia, habiendo dejado a Art enfurruñado y sombrío y al Sedán, probablemente robado, en un sitio más seguro. Ella amaba a Eddie Mars y estaba escondida para protegerle. Así que la encontraría allí cuando volviese, tranquila, al lado de la lámpara y la bebida sin tocar y a mí atado en el sofá. Se llevaría todo lo de ella al coche y revisaría la casa cuidadosamente para asegurarse de que no dejaba nada comprometedor. Le diría a ella que saliese de la casa y esperase fuera. Ella no oiría ningún disparo. Una cachiporra es igualmente eficaz a corto alcance. Le diría que me había dejado atado y que podría soltarme pasado un rato. Creería que ella era tonta. Simpático, señor Canino.

Mi impermeable estaba abierto y yo no podía abrocharlo porque iba esposado. Los faldones me golpeaban las piernas como las alas de un enorme y cansado pájaro. Volví a la carretera principal. Los coches pasaban en un amplio remolino de agua iluminado por los faros. El ruido de sus neumáticos se apagaba rápidamente. Encontré mi coche donde lo había dejado, con los neumáticos arreglados y montados, para poder utilizarlo si fuese necesario. Habían pensado en todo. Subí a él, me incliné debajo del volante y hurgué bajo la solapa que cubría la bolsa. Cogí el otro revólver y me lo metí debajo del impermeable. El mundo era pequeño, cerrado, negro. Un mundo privado para Canino y para mí.

A medio camino casi me alcanzaron los faros. Giraron rápidamente en la carretera y yo me salí de ella, refugiándome en una zanja mojada donde me quedé respirando la lluvia. El coche pasó delante de mí sin aminorar la marcha. Levanté la cabeza, oí el rechinar de los neumáticos cuando dejó la carretera y se metió en el camino de arena. Se apagaron los faros, se oyó un portazo. No oí la puerta de la casa, pero un rayo de luz se deslizó entre el grupo de árboles como si hubiera apartado una persiana o se hubiera encendido la luz del recibidor.

Volví al césped empapado y chapoteé. El coche estaba entre la casa y yo; la pistola en mi costado sostenida todo lo lejos que podía sin arrancarme el brazo izquierdo. El coche estaba oscuro, vacío, caliente. El agua hacía glu-glu en el radiador. Me asomé por la portezuela. Las llaves colgaban del tablero de instrumentos. Canino estaba muy seguro de sí mismo. Rodeé el coche con cuidado y crucé el camino de arena hacia la ventana y escuché. No oí ninguna voz, ningún ruido, solamente el golpear fuerte de la lluvia en el codo de metal, al fondo de los canales.

Seguía escuchando. Ninguna voz, todo tranquilo y pacífico. Estaría ronroneándole y ella le estaría diciendo que me había dejado marchar y que yo había prometido dejarlos escapar. No me creería, lo mismo que yo tampoco le creería a él. Así que no estaría dentro mucho tiempo. Volverá a marcharse y se la llevaría con él. Todo lo que tenía que hacer era esperar a que saliese.

No podía hacerlo. Me pasé la pistola al lado izquierdo y me agaché a coger un puñado de arena. La tiré contra la ventana. Fue un débil esfuerzo. Muy poca arena llegó al cristal pero el ruido de ese poco fue como el estallar de un dique.

Corrí al coche y me puse en la parte trasera. La casa se había oscurecido. Eso fue todo. Me dejé caer en el parachoques. Ningún desliz. Canino era demasiado zorro. Me levanté y me metí en el coche, busqué a tientas la llave de arranque y la abrí. Busqué con el pie, pero el botón de arranque debía de estar en el tablero. Lo encontré por fin, tiré de él. El motor, caliente, se puso en marcha en seguida: ronroneaba alegremente. Salí del coche y me agaché junto a las ruedas traseras.

Estaba tiritando ahora, pero sabía que a Canino no le gustaría ese último toque. Necesitaba el coche desesperadamente. Una ventana oscurecida se abrió centímetro a centímetro. Sólo por algún cambio de luz en el cristal podía apreciarse que se movía. Una llamarada salió por ella, al mismo tiempo que el bramido de tres rápidos disparos. Estallaron cristales en el cupé. Grité con agonía. El grito se tornó en un largo gemido. El gemido se transformó en un glu-glu húmedo, ahogado con sangre. Dejé apagar el gluglu
con angustia y sonidos sofocados. Fue un trabajo estupendo. Me gustó. A Canino le gustó muchísimo más. Le oír reír. Fue una risa sonora, no demasiado, parecida al ronroneo de su voz al hablar.

Todo estuvo silencioso por un momento, excepto el ruido de la lluvia y del motor del coche. Después se abrió la puerta, una negrura más profunda en la negra noche. Una figura se asomó con cautela con algo blanco alrededor del cuello. Era el cuello del vestido de ella. Salió al portal bien derecha: una mujer de madera. Vi el brillo pálido de su peluca plateada. Canino venía completamente resguardado detrás de ella. Era tan abrumador que casi resultaba divertido.

Ella bajó la escalinata. Ahora podía ver la rigidez blanca de su rostro. Se dirigió al coche. Un baluarte defensivo para Canino en caso de que aún pudiese dispararle. Su voz se oyó entre la lluvia diciendo despacio, sin tono:

-No puedo ver nada, Lash. Las ventanillas están empapadas.

Él gruñó algo y el cuerpo de la muchacha se estremeció con fuerza, como si le hubiera apoyado la pistola en la espalda. Siguió acercándose y llegó al oscuro automóvil. Ahora podía verle detrás de ella, su sombrero, un lado de su cara y el bulto de su hombro. La chica se paró en seco y gritó. Un hermoso grito desgarrador que me hizo tambalear como un corchete.

-¡Ya lo veo -gritó por la ventanilla-, detrás del motor, Lash!

Picó como un imbécil. La apartó bruscamente a un lado y saltó hacia adelante con su mano levantada. Tres llamaradas atravesaron la oscuridad. Más cristales rotos. Una bala los atravesó y fue a estrellarse en un árbol a mi lado. Un rebote se perdió en la distancia. Pero el motor seguía sonando.

Estaba agazapado en la oscuridad, su rostro era una mancha gris, sin forma, que se empezaba a distinguir después del brillo de los disparos. Si era un revólver lo que tenía, podía estar vacío.

Pero podía no estarlo. Había disparado seis veces pero podía haberlo cargado de nuevo en la casa. Esperaba que lo hubiese hecho. No lo quería con un revólver vacío. Pero podía ser uno automático.

-¿Ha acabado? -pregunté.

Se volvió rápidamente hacia mí. Quizá hubiera sido elegante permitirle un disparo o dos, como un caballero de la vieja escuela, pero su revólver estaba todavía levantado y no podía esperar más, ni lo suficiente para ser un caballero de la vieja escuela. Le disparé cuatro veces, con el Cok entre mis rodillas. El revólver saltó de sus manos como si hubiera sido golpeado. Se llevó ambas manos al estómago. Pude oírlas golpear contra su cuerpo. Cayó así, hacia adelante, sujetándose el cuerpo con sus anchas manos. Su cara cayó en la arena húmeda. Y después de eso, ya no hizo ningún ruido.

Peluca de plata tampoco hizo ningún ruido. Se quedó rígida, bajo la lluvia. Me fui hacia Canino y le di un puntapié a su pistola sin razón alguna. Después me agaché y la recogí. Esto me hizo acercarme a ella. Habló con voz triste, como si hablase consigo misma:

-Me..., me temía que volvería.

-Teníamos una cita -dije-. Ya le dije que estaba todo arreglado.

Empecé a reírme como un bobo. Ella se inclinó sobre Canino, tocándole. Después de un momento se levantó con una llavecita colgada de una cadena.

-¿Tenía que matarle? -dijo con amargura.

Dejé de reírme tan repentinamente como había empezado. Se puso a mi espalda y abrió las esposas.

-Sí -dijo con voz suave-, supongo que tenía que hacerlo.
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