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viernes

EL AMIGO FIEL, UN CUENTO DE OSCAR WILDE


El escritor, dramaturgo y poeta irlandés sigue siendo una de las voces más conocidas de su patria. Su agudo sentido del humor y cuidadosa observación del comportamiento humano siguen siendo vigentes. En el aniversario 120 de su muerte, Arcadia lo recuerda con uno de sus cuentos.

  

Una mañana la vieja rata de agua asomó la cabeza por su agujero. Tenía unos ojos redondos muy vivarachos y unos largos bigotes grises. Su cola parecía un elástico negro. Unos patitos nadaban en el estanque, parecidos a una bandada de canarios amarillos, y su madre, toda blanca con patas rojas, se esforzaba en enseñarles a hundir la cabeza en el agua.

—Nunca podrán estrenarse en sociedad si no aprenden a sumergir la cabeza —les decía.

Y les enseñaba de nuevo cómo tenían que hacerlo. Pero los patitos no prestaban ninguna atención a sus lecciones. Eran tan jóvenes que no sabían las ventajas que reporta la vida de sociedad.

—¡Qué criaturas más desobedientes! —exclamó la rata de agua—. ¡Merecerían ahogarse!

—¡No lo quiera Dios! —replicó la pata—. Todo tiene sus comienzos y nunca es demasiada la paciencia de los padres.

—¡Ah! No tengo la menor idea de los sentimientos paternos —dijo la rata de agua—. No soy padre de familia. Jamás me he casado, ni he pensado en hacerlo. Indudablemente, el amor es una buena cosa a su manera; pero la amistad vale más. Le aseguro que no conozco en el mundo nada más noble o más raro que una fiel amistad.

—Y dígame, se lo ruego, ¿qué idea se forma usted de los deberes de un amigo fiel? —preguntó un pardillo verde que había escuchado la conversación, posado sobre un sauce retorcido.

—Sí, eso es precisamente lo que quisiera yo saber —dijo la pata, y nadando hacia el extremo del estanque hundió la cabeza en el agua para dar ejemplo a sus hijos.

—¡Qué pregunta más tonta! —gritó la rata de agua—. ¡Como es natural, entiendo por amigo fiel al que me demuestra fidelidad!

—¿Y qué hará usted en cambio? —dijo el avecilla columpiándose sobre una ramita plateada y moviendo sus alitas.

—No le comprendo a usted —respondió la rata de agua.

—Permítame que le cuente una historia sobre el asunto —dijo el pardillo.

—¿Se refiere a mí esa historia? —preguntó la rata de agua—. Si es así, la escucharé gustosa, porque a mí me vuelven loca los cuentos.

—Puede aplicarse a usted —respondió el pardillo.

Y abriendo las alas, se posó en la orilla del estanque y contó la historia del amigo fiel.

—Había una vez —empezó el pardillo— un honrado mozo llamado Hans.

—¿Era un hombre verdaderamente distinguido? —preguntó la rata de agua.

—No —respondió el pardillo—. No creo que fuese nada distinguido, excepto por su buen corazón y por su redonda cara morena y afable.

"Vivía en una humilde casita de campo y todos los días trabajaba en su jardín. En toda la comarca no había jardín tan hermoso como el suyo. En él crecían claveles, nomeolvides, saxifragas, así como rosas de Damasco y rosas amarillas, granates, lilas y oro, alelíes rojos y blancos.

"Y según se sucedían los meses, a su tiempo, florecían agavanzos y cardaminas, mejoranas y albahacas silvestres, velloritas y lirios de Alemania, asfódelos y claveros. Una flor sustituía a otra. Por lo cual había siempre cosas bonitas a la vista y olores agradables que respirar.

"El pequeño Hans tenía muchos amigos, pero el más íntimo era el gran Hugo, el molinero. Realmente, el rico molinero era tan allegado al pequeño Hans, que no visitaba nunca su jardín sin inclinarse sobre los macizos y coger un gran ramo de flores o un buen puñado de lechugas suculentas o sin llenarse los bolsillos de ciruelas y de cerezas, según la estación.

"—Los amigos verdaderos lo comparten todo entre sí —acostumbraba decir el molinero.

"Y el pequeño Hans asentía con la cabeza, sonriente, sintiéndose orgulloso de tener un amigo que pensaba con tanta nobleza.

"Algunas veces, sin embargo, el vecindario encontraba raro que el rico molinero no diese nunca nada a cambio al pequeño Hans, aunque tuviera cien sacos de harina almacenados en su molino, seis vacas lecheras y un gran número de ganado lanar; pero Hans no se preocupó nunca de semejante cosa.

"Nada le encantaba tanto como oír las bellas cosas que el molinero acostumbraba decir sobre la solidaridad de los verdaderos amigos.

"Así, pues, el pequeño Hans cultivaba su jardín. En primavera, en verano y en otoño se sentía muy feliz; pero cuando llegaba el invierno y no tenía ni frutos ni flores que llevar al mercado, padecía mucho frío y mucha hambre, acostándose con frecuencia sin haber comido más que unas peras secas y algunas nueces rancias.

"Además, en invierno se encontraba muy solo, porque el molinero no iba nunca a verle durante aquella estación.

"—No está bien que vaya a ver al pequeño Hans mientras duren las nieves —decía muchas veces el molinero a su mujer—. Cuando las personas pasan apuros hay que dejarlas solas y no molestarlas con visitas. Ésa es por lo menos mi opinión sobre la amistad, y estoy seguro de que es acertada. Por eso esperaré la primavera y entonces iré a verle; podrá darme un gran cesto de velloritas y eso le alegrará.

"—Eres realmente amable con los demás —le respondía su mujer, sentada en un cómodo sillón junto a un buen fuego de leña—. Resulta encantador oírte hablar de la amistad. Estoy segura de que el cura no diría sobre ella cosas tan bellas como tú, aunque vive en una casa de tres pisos y lleva un anillo de oro en el meñique.

"—¿Y no podríamos invitar al pequeño Hans a venir aquí? —preguntaba el hijo del molinero—. Si el pobre Hans pasa apuros, le daré la mitad de mi sopa y le enseñaré mis conejos blancos.

"—¡Qué bobo eres! —exclamó el molinero—. Verdaderamente no sé para qué sirve mandarte a la escuela. Parece que no aprendes nada. Si el pequeño Hans viniese aquí, ¡caramba!, y viera nuestro buen fuego, nuestra excelente cena y nuestro gran barril de vino tinto podría sentir envidia. Y la envidia es una cosa terrible que estropea los mejores caracteres. Realmente, no podría yo sufrir que el carácter de Hans se estropeara. Soy su mejor amigo, velaré siempre por él y tendré buen cuidado de no exponerle a ninguna tentación. Además, si Hans viniese aquí, podría pedirme que le diese un poco de harina fiada, lo cual no puedo hacer. La harina es una cosa y la amistad es otra, y no deben confundirse. Esas dos palabras se escriben de un modo diferente y significan cosas muy distintas, como todo el mundo sabe.

"—¡Qué bien hablas! —dijo la mujer del molinero sirviéndose un gran vaso de cerveza caliente—. Me siento verdaderamente como adormecida, lo mismo que en la iglesia.

"—Muchos obran bien —replicó el molinero—, pero pocos saben hablar bien, lo que prueba que hablar es, con mucho, la cosa más difícil, así como la más hermosa de las dos.

"Y miró severamente por encima de la mesa a su hijo que, avergonzado, bajó la cabeza, se puso colorado como un tomate y empezó a llorar encima de su té."

—¿Ése es el final de la historia? —preguntó la rata de agua.

—Nada de eso —contestó el pardillo—. Ése es el comienzo.

—Entonces quiere decir que está usted muy atrasado con relación a su tiempo —repuso la rata de agua—. Hoy día todo buen cuentista empieza por el final, prosigue por el comienzo y termina por la mitad. Es el nuevo método. Así se lo he oído decir a un crítico que se paseaba alrededor del estanque con un joven. Trataba el asunto magistralmente y estoy segura de que tenía razón, porque llevaba unas gafas azules y era calvo, y cuando el joven le hacía alguna observación, contestaba siempre: "¡Pse!" Pero continúe usted su historia, por favor. Me agrada mucho el molinero. Yo también encierro toda clase de bellos sentimientos: por eso hay una gran simpatía entre él y yo.

—¡Bien! —dijo el pardillo, brincando sobre sus dos patitas—. No bien pasó el invierno, en cuanto las velloritas empezaron a abrir sus estrellas amarillo pálidas, el molinero dijo a su mujer que iba a salir y visitar al pequeño Hans.

"—¡Ah, qué buen corazón tienes! —le gritó su mujer—. Siempre pensando en los demás. No te olvides de llevar el cesto grande para traer las flores.

"Entonces el molinero ató unas con otras las aspas del molino con una fuerte cadena de hierro y bajó la colina con la cesta al brazo.

"—Buenos días, pequeño Hans —dijo el molinero.

"—Buenos días —contestó Hans, apoyándose en su azadón y sonriendo con toda su boca.

"—¿Y cómo has pasado el invierno? —preguntó el molinero.

"—¡Bien, bien!. —repuso Hans—. Muchas gracias por tu interés. He pasado mis malos ratos, pero ahora ha vuelto la primavera y me siento casi feliz... Además, mis flores van muy bien.

"—Hemos hablado de ti con mucha frecuencia este invierno, Hans —prosiguió el molinero—, preguntándonos qué sería de ti.

"—¡Qué amable eres! —dijo Hans—. Temí que me hubieras olvidado.

"—Hans, me sorprende oírte hablar de ese modo —dijo el molinero—. La amistad no olvida nunca. Eso es lo que tiene de admirable, aunque me temo que no comprendas la poesía de la amistad... Y entre paréntesis, ¡qué bellas están tus velloritas!

"—Sí, verdaderamente están muy bellas —dijo Hans—, y es para mí una gran suerte tener tantas. Voy a llevarlas al mercado, donde las venderé a la hija del burgomaestre, y con ese dinero compraré otra vez mi carretilla.

"—¿Que comprarás otra vez tu carretilla? ¿Quieres decir entonces que la has vendido? Has cometido una tontería.

"—Con toda seguridad, pero el hecho es —replicó Hans— que me vi obligado a ello. Como sabes, el invierno es una estación mala para mí y no tenía ningún dinero para comprar pan. Así es que vendí primero los botones de plata de mi traje de los domingos; luego vendí mi cadena de plata y después mi flauta. Por último vendí mi carretilla. Pero ahora voy a rescatarlo todo.

"—Hans —dijo el molinero—, te daré mi carretilla. No se halla en buen estado. Uno de los lados se ha roto y están algo torcidos los radios de la rueda, pero a pesar de esto te la daré. Sé que es muy generoso por mi parte y a mucha gente le parecerá una locura que me desprenda de ella, pero yo no soy como el resto del mundo. Creo que la generosidad es la esencia de la amistad, y, además, me he comprado una carretilla nueva. Sí, puedes estar tranquilo... Te daré mi carretilla.

"—Gracias, eres muy generoso —dijo el pequeño Hans. Y su amable cara redonda resplandeció de placer—. Puedo arreglarla fácilmente porque tengo una tabla en mi casa.

"—¡Una tabla! —exclamó el molinero—. ¡Muy bien! Eso es precisamente lo que necesito para la techumbre de mi granero. Hay una gran brecha y sé me mojará todo el trigo si no la tapo. ¡Qué oportuno has estado! Realmente es de notar que una buena acción engendra otra siempre. Te he dado mi carretilla y ahora tú vas a darme tu tabla. Claro es que la carretilla vale mucho más que la tabla, pero la amistad sincera no repara nunca en esas cosas. Dame en seguida la tabla y hoy mismo me pondré a la obra para arreglar mi granero.

"—¡Encantado! —replicó el pequeño Hans.

"Fue corriendo a su vivienda y sacó la tabla.

"—No es una tabla muy grande —dijo el molinero, examinándola—, y me temo que una vez hecho el arreglo de la techumbre del granero no quedará madera suficiente para el arreglo de la carretilla, pero, claro, no tengo la culpa de eso... Y ahora, en vista de que te he dado mi carretilla, estoy seguro de que accederás a darme en cambio unas flores... Aquí tienes el cesto; procura llenarlo casi por completo.

"—¿Casi por completo? —dijo el pequeño Hans, bastante afligido, porque el cesto era de grandes dimensiones y comprendía que si lo llenaba no tendría ya flores para llevar al mercado y estaba deseando rescatar sus botones de plata.

"—¡Válgame Dios! —respondió el molinero—, ya que te doy mi carretilla no creí que fuese mucho pedirte unas cuantas flores. Podré estar equivocado, pero yo me figuré que la amistad, la verdadera amistad, no puede compartirse con el egoísmo.

"—Mi querido amigo, mi mejor amigo —protestó el pequeño Hans—, todas las flores de mi jardín están a tu disposición, porque me importa mucho más tu estimación que mis botones de plata.

"Y corrió a coger las preciosas velloritas y a llenar el cesto del molinero.

"—¡Adiós, pequeño Hans! —dijo el molinero subiendo de nuevo la colina con su tabla al hombro y su gran cesto al brazo.

"—¡Adiós! —dijo el pequeño Hans.

"Y se puso a cavar alegremente: ¡estaba tan contento de tener otra carretilla!

"A la mañana siguiente, cuando estaba sujetando unas madreselvas sobre su puerta, oyó la voz del molinero que le llamaba desde el camino. Entonces saltó de su escalera y corriendo al final del jardín miró por encima del muro.

"Era el molinero con un gran saco de harina a su espalda.

"—Pequeño Hans —dijo el molinero—, ¿querrías llevarme este saco de harina al mercado?

"—¡Oh, lo siento mucho! —dijo Hans—; pero verdaderamente me encuentro hoy ocupadísimo. Tengo que sujetar todas mis enredaderas, regar todas mis flores y segar todo mi césped.

"—¡Caramba! —replicó el molinero—; esperaba que en consideración a que te he dado mi carretilla ibas a complacerme.

"—¡Oh, sí quiero complacerte! —protestó el pequeño Hans—. Por nada del mundo dejaría yo de obrar como amigo tratándose de ti.

"Y fue a coger su gorra y partió con el gran saco a la espalda.

"Era un día muy caluroso y la carretera estaba terriblemente polvorienta. Antes de que Hans llegara al hito que marcaba la sexta milla, se hallaba tan fatigado que tuvo que sentarse a descansar. Sin embargo, no tardó mucho en continuar animosamente su camino y por fin llegó al mercado.

"Después de esperar un rato, vendió el saco de harina a buen precio y regresó a su casa de un tirón, porque temía encontrarse a algún salteador en el camino si se retrasaba mucho.

"¡Qué día tan duro! —se dijo Hans al meterse en su cama—. Pero me alegro mucho de haber hecho este favor al molinero, porque es mi mejor amigo y, además, va a darme su carretilla."

"A la mañana siguiente, muy temprano, el molinero llegó por el dinero de su saco de harina, pero el pequeño Hans estaba tan cansado, que aún no se había levantado.

"—¡Palabra! —exclamó el molinero—. Eres muy perezoso. Cuando pienso que acabo de darte mi carretilla, creo que podrías trabajar con más ardor. La pereza es un gran vicio y no quisiera yo que ninguno de mis amigos fuera perezoso o apático. No creas que te hablo sin consideración. Claro es que no te hablaría así si no fuese amigo tuyo. Pero, ¿de qué serviría la amistad si no pudiera uno decir claramente lo que piensa? Todo el mundo puede decir cosas amables y esforzarse en complacer y halagar, pero un amigo sincero dice cosas desagradables y no teme causar pesadumbre. Por el contrario, si es un amigo verdadero, lo prefiere, porque sabe que así hace bien.

"—Lo siento mucho —respondió el pequeño Hans, restregándose los ojos y quitándose el gorro de dormir—. Pero estaba tan rendido, que creía haberme acostado hace poco y escuchaba cantar a los pájaros. ¿No sabes que trabajo siempre mejor cuando he oído cantar a los pájaros?

"¡Bueno, tanto mejor! —respondió el molinero dándole una palmada en el hombro—, porque necesito que arregles la techumbre de mi granero.

"El pequeño Hans tenía gran necesidad de ir a trabajar a su jardín, porque hacía dos días que no regaba sus flores, pero no quiso decir que no al molinero, que era un buen amigo para él.

"—¿Crees que no sería amistoso decirte qué tengo que hacer? —preguntó con voz humilde y tímida.

"—No creí nunca, por cierto —contestó el molinero—, que fuese mucho pedirte, teniendo en cuenta que acabo de regalarte mi carretilla, pero claro es que lo haré yo mismo si te niegas.

"—¡Oh, de ningún modo! —exclamó el pequeño Hans, saltando de su cama.

"Se vistió y fue al granero.

"Trabajó allí durante todo el día hasta el anochecer, y al ponerse el sol vino el molinero a ver hasta dónde había llegado.

"—¿Has tapado el boquete del techo, pequeño Hans? —gritó el molinero con tono alegre.

"—Está casi terminado —respondió Hans, bajando la escala.

"—¡Ah! —dijo el molinero—. No hay trabajo más agradable como el que se hace por otro.

"—¡Es un encanto oírte hablar! —respondió el pequeño Hans, que descansaba secándose la frente—. Es un encanto, pero temo que nunca llegaré a tener ideas tan hermosas como las tuyas.

"—¡Oh, ya las tendrás! —dijo el molinero—, pero habrás de tomarte más trabajo. Por ahora no posees más que la práctica de la amistad. Algún día poseerás también la teoría.

"—¿Crees eso de verdad? —preguntó el pequeño Hans.

"—Indudablemente —contestó el molinero—. Y ahora que has arreglado el techo, mejor será que vuelvas a tu casa a descansar, pues mañana necesito que lleves mis carneros a la montaña.

"El pobre Hans no se atrevió a protestar, y al día siguiente, al amanecer, el molinero condujo sus carneros hasta cerca de su casita y Hans se fue con ellos a la montaña. Entre ir y volver se le fue el día, y cuando regresó estaba tan cansado, que se durmió en su silla y no se despertó hasta entrada la mañana.

"¡Qué tiempo más delicioso tendrá mi jardín! —se dijo—, e iba a ponerse a trabajar, pero por un motivo u otro no tuvo tiempo de echar un vistazo a sus flores; llegaba su amigo el molinero y le mandaba muy lejos a cumplir recados o le pedía que fuese ayudarle en el molino. Algunas veces el pequeño Hans se apuraba mucho al pensar que sus flores creerían que las había olvidado, pero se consolaba pensando que el molinero era su mejor amigo.

"Además —acostumbraba decirse—, va a darme su carretilla, lo cual es un acto de puro desprendimiento."

"Y el pequeño Hans trabajaba para el molinero, y éste decía muchas cosas bellas sobre la amistad, cosas que Hans copiaba en su libro verde y que releía por la noche, pues era culto.

"Ahora bien; sucedió que una noche, estando el pequeño Hans sentado junto al fuego, dieron un aldabonazo en la puerta.

"La noche era negrísima. El viento soplaba y rugía en torno de la casa de un modo tan terrible, que Hans pensó al principio si sería el huracán el que sacudía la puerta.

"Pero sonó un segundo golpe y después un tercero, más violento que los otros.

"Será algún pobre viajero —se dijo el pequeño Hans y corrió a la puerta.

"El molinero estaba en el umbral con una linterna en una mano y un grueso garrote en la otra.

"—Querido Hans —gritó el molinero—, me aflige un gran pesar. Mi hijo se ha caído de una escala, hiriéndose. Voy a buscar al médico. Pero vive lejos de aquí y la noche es tan mala, que he pensado que fueses tú en mi lugar. Ya sabes que te doy mi carretilla. Por eso estaría muy bien que hicieses algo por mí en cambio.

"—Por supuesto —exclamó el pequeño Hans—, me alegra mucho que se te haya ocurrido venir. Iré en seguida. Pero debías dejarme tu linterna, porque la noche es tan oscura, que temo caer en alguna zanja.

"—Lo siento muchísimo —respondió el molinero—, pero es mi linterna nueva y sería una gran pérdida que le ocurriese algo.

—¡Bueno!, ¡no hablemos más! Iré sin ella —dijo el pequeño Hans.

"Se puso su gran capa de pieles, un gorro colorado muy abrigador, se enrolló su bufanda alrededor del cuello y partió.

"¡Qué terrible tempestad se desencadenaba!

"La noche era tan negra, que el pequeño Hans apenas veía, y el viento, tan fuerte que le costaba gran trabajo andar.

"Sin embargo, él era muy animoso, y después de caminar cerca de tres horas, llegó a casa del médico y llamó a la puerta.

"—¿Quién es? —gritó el doctor, asomando la cabeza a la ventana de su dormitorio.

"—¡El pequeño Hans, doctor!

"—¿Y qué deseas, pequeño Hans?

"—El hijo del molinero se ha caído de una escala y se ha herido y es menester que vaya usted en seguida.

"—¡Muy bien! —replicó el doctor.

"Enjaezó en el acto su caballo, se calzó sus grandes botas y, cogiendo su linterna, bajó la escalera. Se dirigió a casa del molinero, llevando al pequeño Hans a pie detrás de él.

"Pero la tormenta arreció. Llovía a torrentes y el pequeño Hans no podía ni ver por dónde iba, ni seguir al caballo.

"Finalmente, perdió su camino, estuvo vagando por el páramo, que era un paraje peligroso lleno de hoyos profundos, cayó en uno de ellos y se ahogó.

"A la mañana siguiente, unos pastores encontraron su cuerpo flotando en una gran charca y le llevaron a su choza.

"Todo el mundo asistió al entierro del pequeño Hans, porque era muy querido. Y el molinero figuró a la cabeza del duelo.

"—Yo era yo su mejor amigo —decía el molinero—; justo es que ocupe el sitio de honor.

"Así es que fue a la cabeza del cortejo con una larga capa negra; de cuando en cuando se enjugaba los ojos con un gran pañuelo.

"—El pequeño Hans representa ciertamente una gran pérdida para todos nosotros —dijo el hojalatero una vez terminados los funerales y cuando la comitiva estuvo cómodamente instalada en la posada, bebiendo vino dulce y comiendo buenos pasteles.

"—Es una gran pérdida, sobre todo para mí —contestó el molinero—. En verdad, yo fui lo bastante bueno para comprometerme a darle mi carretilla y ahora no sé qué hacer con ella. Me estorba en casa, y está en tan mal estado que, si la vendiera, no sacaría nada. Les aseguro que de aquí en adelante no daré nada a nadie. Se pagan siempre las consecuencias de haber sido generoso."

—Y es verdad —replicó la rata de agua después de una larga pausa.

—¡Bueno! Pues eso es todo dijo el pardillo.

—¿Y qué fue del molinero? —preguntó la rata de agua.

—¡Oh! No lo sé realmente —contestó el pardillo—, y me da lo mismo.

—Es evidente que su carácter no es nada simpático —dijo la rata de agua.

—Temo que no haya comprendido usted la moraleja de la historia —replicó el pardillo.

—¿La qué? —gritó la rata de agua.

—La moraleja.

—¿Quieres decir que la historia tiene una moraleja?

—¡Pues, naturalmente! —afirmó el pardillo.

—¡Caramba! —dijo la rata con tono iracundo—. Podía usted habérmelo dicho antes de empezar. De ser así no le hubiera escuchado, con toda seguridad. Le hubiese dicho indudablemente: "¡Pse!", como el crítico. Pero aún estoy a tiempo de hacerlo.

Gritó su "¡pse!" a toda voz y, dando un coletazo, se volvió a su agujero.

—¿Qué le parece a usted la rata de agua? —preguntó la pata, que llegó chapoteando algunos minutos después—. Tiene muchas buenas cualidades, pero yo, por mi parte, tengo sentimientos de madre y no puedo ver a un solterón empedernido sin que se me salten las lágrimas.

—Temo haberle molestado —respondió el pardillo—. El hecho es que le he contado una historia que tiene su moraleja.

—¡Ah, eso es siempre una cosa peligrosísima! —dijo la pata.

Y yo comparto absolutamente su opinión.


(ARCADIA / 30-11-2020)


miércoles

OSCAR WILDE: LA VIDA COMO IMITACIÓN DEL ARTE

 


por Rosa García Macías 

 

¿Qué fue primero: el huevo o la gallina? Esa pregunta siempre se ha utilizado para representar la incertidumbre, el desconocimiento del ser humano y, quizá, si nos ponemos un poco filósofos, para simbolizar una u otra postura sobre la existencia de un Creador.

  

En una ocasión, hablando con un amigo, surgió una conversación sobre sensibilidad, arte, naturaleza… Y en fin, sobre la vida. Esta vida llena de interrogantes, libros y sueños que llevamos quienes nos sumergimos hace ya tiempo en esto de la filosofía y jamás hemos deseado salir a flote. Y entonces esa pregunta de la gallina, aparentemente vulgar y tosca, adquirió una nueva forma para mí, con múltiples expresiones: ¿qué fue primero: la naturaleza o el arte?, ¿quién fue primero: el artista o el arte?, ¿es realmente el arte el que plasma a la vida, o es la Vida quien, en palabras del maravilloso Oscar Wildeimita al Arte?

  

Desde la antigua Grecia la inspiración aparecía como un elemento incontrolable, inconsciente e irracional. Los poetas, embargados y embriagados por la misma, escribían sin cesar, guiados, para Platón, por los mismísimos dioses. El ser humano era un elemento a merced de algo superior y, enajenado, se entregaba a ese placer y esa condena que ha supuesto siempre escribir. Placer, porque jamás nos sentimos más libres que cuando escribimos; condena, porque sabemos que, al finalizar, volveremos a ser simple y llanamente lo que somos: una contradicción fatua, mortal e insignificante. Porque son las palabras las únicas que tienen significado. Porque es el arte el único elemento con sentido.

  

Como decía, el poeta se encontraba “fuera de sí”, era un mero instrumento. Igual ocurría cuando aparecían las musas. Calíope, Clío, Euterpe y otras seis no menos importantes guiaban al poeta, al ¡historiador!, al músico. Todos ellos quedaban seducidos para después entregar el fruto de su aventura a la protección y salvaguarda de tales divinidades. Estas musas han cobrado formas muy distintas a lo largo de la historia, pero en esencia su poder de atracción y su aire de fatalidad se han mantenido intactos. La imagen de la musa como mujer inocente y a la vez fría, tan arrebatadoramente inconquistable que roza la crueldad, tan inabarcablemente hermosa que roza el dolor, tan al alcance del artista, tan lejana e imposible para el individuo que hace a través de ella, arte.

  

De un modo u otro, nos encontramos metáforas en el camino que parecen insinuar que, cuando el ser humano crea, lo hace de forma inconsciente. Quizá guiado por una sensibilidad única –tan única que es, a la vez, compartida por todos los artistas–. Quizá guiado por el deseo y la quimera de ser inmortal. El caso es que los artistas suelen ser creadores creados. Y es en este punto donde me pregunto de nuevo, por tanto, ¿cómo podemos, entonces, afirmar que es el arte el que imita a la vida? ¿No será la vida la que necesita, reclama y se deja guiar por el arte? Dice Wilde en La decadencia de la mentira:

 

Aunque pueda parecer una paradoja –y las paradojas son siempre cosas peligrosas–, no por ello es menos cierto que la Vida imita al arte mucho más de lo que el Arte imita a la vida. […] Un gran artista inventa un tipo, y la Vida trata de copiarlo, de reproducirlo en formato popular, como un editor industrioso. Ni Holbein ni Van Dyck encontraron en Inglaterra lo que nos han dado. Traían sus tipos consigo, y la Vida, con su aguda facultad imitativa, se aplicó a suministrar modelos al maestro. Así lo comprendió el sagaz instinto artístico de los griegos, que en la estancia de la recién casa ponían una estatua de Hermes o de Apolo, para que engendrara hijos tan hermosos como las obras de arte que contemplaba en su éxtasis o su dolor. Sabían que la Vida no sólo gana con el arte espiritualidad, hondura de pensamiento y sentimiento, tumulto o paz para el alma, sino que puede modelarse a sí misma conforme a las líneas y colores del arte. […] En una palabra, la Vida es la mejor discípula del Arte, y la única.

  

La insulsa Vida necesita al Arte para seguir, paradójicamente una vez más, estando viva. La existencia sin Arte tan sólo sería un continuo subir y bajar la piedra de Sísifo como el que sabe, precisamente, que tras subir la única opción será bajar. La Vida sin Arte sería una limitación, o más aún, sería una conciencia plena de nuestra limitación, de nuestro sinsentido: ni siquiera Sísifo y su roca existirían, tal sería nuestra oscuridad. Así continúa diciendo Wilde:

 

La Naturaleza no es una gran madre que nos haya parido. Es creación nuestra. Es en nuestro cerebro donde cobra vida. Las cosas son porque las vemos, y lo que veamos, y cómo lo veamos, depende de las Artes que hayan influido. Mirar una cosa es muy distinto de verla. Nada se ve mientras no se ve su belleza. Entonces, y sólo entonces, adquiere existencia. En la actualidad, la gente ve nieblas, no porque haya nieblas, sino porque poetas y pintores le han enseñado la belleza misteriosa de tales efectos. Podrá haber habido nieblas en Londres desde hace siglos. Seguramente las hubo. Pero nadie las veía, y por lo tanto nada sabemos de ellas. No existieron hasta que el Arte las inventó.

 

Hace aquí uso Wilde de la mirada. ¿Qué sería de nosotros sin arte en el que mirarnos? Pues el Arte no es sino el espejo de la Vida, y sin él no habría reflejo. ¿Dónde quedaría el amor si no hubiese arte? Sin ese poder contemplarse como se contemplan los amantes, creando primavera, haciendo las paces con el tiempo, entregándose gozosamente al ser-para-otro, convirtiendo a ese otro en un cuadro, un lienzo, una melodía. Sin arte, las mariposas del pecho de los amantes serían reemplazadas por órganos a secas; sin arte, los suspiros de Mme. Bovary le habrían arrojado al suicidio nada más nacer, ya en las manos de Flaubert. Y es que, podríamos decir, no hay creación más perfecta que el amor, el amor artístico, ese que se trasluce en los versos y besos de incontables poesías. Por tanto, ¡tampoco habría amor sin arte! Y una vida sin amor, una vez más… no sería Vida.

 

Por último, para finalizar, continúa diciéndonos Wilde:

 

… la meta consciente de la Vida es hallar expresión, y el Arte le ofrece distintas formas hermosas a través de las cuales poder hacer realidad esa energía. […] La revelación final es que la Mentira, contar cosas bellas y falsas, es el objetivo propio del Arte. Pero de esto creo haber tratado con suficiente detalle. Y ahora salgamos a la terraza, donde “languidece el lechoso pavo como un espectro”, mientras el lucero vespertino “baña el ocaso de plata”. A la hora del crepúsculo la naturaleza se transforma en un efecto prodigiosamente sugestivo, y no carece de hermosura, aunque quizá su principal aplicación sea ilustrar citas de los poetas.

 

Y si la meta de la Vida es hallar expresión, nuestra meta como poetas, escritores, músicos, ¡historiadores!, pintores, será ser vehículo de esa expresión, precisamente, expresándonos. Sólo de esa forma la Vida adquirirá sentido, sustrayéndoselo al Arte, imitándolo, respirando directamente su aliento. Y entonces Sísifo comenzará a rodar su roca, y Mme. Bovary luchará por vivir con pasión ahogándose en el tedio. No diré aquí que su existencia sea falsa, participación de la Mentira de la que habla Wilde, pues eso nos llevaría de cabeza a otro ensayo. Pero sí diré que sólo concediendo al Arte el lugar que le corresponde, encontramos nosotros lugar. Sólo así nos encontramos –aunque sea para perdernos–. Porque sólo así las contradicciones son metáforas, la filosofía tiene algo que decir, y estas palabras son algo más que palabras. Sólo así, nosotros, somos. Aunque sólo sea como el deseo de ser la cita de un poeta, o la respuesta a una pregunta tan trivial como necesaria, germen de toda esta locura, pero una vez más –y siempre– inacabada: ¿Qué fue antes…?


(El vuelo de la lechuza / 15-5-2018)

martes

ARRUINADO Y OLVIDADO: LOS ÚLTIMOS DÍAS DE OSCAR WILDE


por Noelia Fariña

Pidió una copa del champán más caro del hotel y, consciente de que no podría pagarlo, le confesó a su doctor: "Estoy muriendo por encima de mis posibilidades". Oscar Wilde (Dublín, 16 de octubre de 1854 - París, 30 de noviembre de 1900) falleció tal día como hoy de hace 119 años, en una ruinosa habitación del hotel parisino D'Alsace. Tenía 46 años.

Otros, ensalzando su condición de esteta, dicen que se rebeló contra el mobiliario de la estancia. "Estas cortinas me están matando" o "este papel pintado y yo estamos luchando a muerte, uno de los dos tendrá que marcharse". Son algunas de las frases que le atribuyen los historiadores en sus últimos días. No se sabe a ciencia cierta si fue verdad. Porque a sus seguidores así les gusta recordarlo: con un ingenio ácido y visceral que ni la ruina, la enfermedad o el ostracismo lograron acallar.

Oscar Wilde fue condenado por amar a quién no debía. Al menos, no en el Reino Unido del siglo XIX. Nació en Dublín, en el seno de una familia intelectual y adinerada —su padre era cirujano y su madre poeta— y se casó con Constance Lloyd (hija del consejero de la reina, Horace Lloyd), con quien tuvo dos hijos: Cyril y Vyvyan. Wilde desarrolló una obra y una personalidad marcada por el hedonismo y la belleza más exaltada. Pero en el apogeo de su carrera se enamoró perdidamente de Alfred Douglas, Bosie, como le llamaba, un poeta de 21 años, tan atractivo como caprichoso, al que había conocido en una fiesta.

El padre de Alfred Douglas era el marqués de Queensberry, un aristócrata pionero en establecer las reglas del boxeo, que intentó por todos los medios separarlos y poner fin al romance. Amenazaba a los dueños de restaurantes con pegarles una paliza si dejaban entrar a la pareja, se presentaba en la casa familiar del escritor para montar escándalos e incluso intentó boicotear el estreno, en febrero de 1895, de La importancia de llamarse Ernesto (Wilde tuvo que entrar por la puerta de atrás del teatro St. James, cercado por la policía por la influencia del padre de Douglas). El detonante final sería la famosa nota que dejaría el padre de Douglas para el escritor en un club de los bajos fondos londinenses: "Para Oscar Wilde, que alardea de sodomita".

El dramaturgo, harto de la persecución y motivado por su amante —Douglas tenía una relación compleja con su padre porque no le concedía todos los caprichos que quería—, denunció al marqués por calumnias. El juicio, contra todo pronóstico, giró en su contra. "Al final del siglo XIX, Inglaterra, que tanto se pone como ejemplo de libertad, era un país muy democrático en lo político pero enormemente puritano, cerrado y durísimo en lo moral. Era un sitio verdaderamente terrorífico, tenía las mayores penas para cualquier tipo de diversidad sexual”, explica a ICON el poeta y filólogo Luis Antonio de Villena, autor de la biografía del irlandés, Oscar Wilde (Biblioteca Nueva). "Lo extraño es que antes de ir a la cárcel, a Wilde le ofrecen escaparse a Francia —su amigo Frank Harris había alquilado un barco—, porque allí su orientación sexual no era delito", añade De Villena. Sin embargo, Wilde, que había asumido una especie de papel de mártir, no quiso marcharse. "Inglaterra era un país en esos aspectos muy atrasado. De hecho, el código por el que lo condenaron estuvo vigente hasta 1967", dice el escritor.

Wilde transformó los juicios, celebrados a finales de abril y principios de mayo de 1895, en otra de sus maravillosas piezas de teatro, con respuestas, a veces frívolas e ingeniosas, y otras, tan conmovedoras que despertaban los aplausos del estrado. "El padre de Douglas buscó chaperos para que testificaran en contra de Wilde. Algunos sí que habían estado con él, pero muchos otros no. Cuando salió a testificar un chico que no era muy atractivo y el fiscal le preguntó si había estado con él, Wilde le contestó: '¿Con ese? ¡Con lo feo que es! No", explica De Villena. Ese fue uno de los errores que cometió Wilde. Porque al decirlo, estaba dando a entender que con él no había estado porque le parecía feo, pero que si le hubiera parecido guapo no hubiera tenido problema. Estaba tan empeñado en dar respuestas brillantes, que Wilde no se defendió bien.

El escritor ingresó en la prisión de Reading (Inglaterra) durante dos años, condenado a realizar trabajos forzados. "Esos trabajos consistían más que nada en desgastar a la persona, castigar el cuerpo con ejercicios inútiles, darles papillas que provocaban vómitos... cosas espantosas. Wilde salió de la cárcel muy destruido como persona, como individuo, y fue desarrollando enfermedades. Algunos dicen que la causa de su muerte fue una sífilis que había tenido de joven y que, combinado con todas esas condiciones, acabó con él", apunta De Villena. Durante su cautiverio, Wilde escribió De profundis, una extensa carta de amor destinada a Alfred Douglas. En ese texto, Wilde se muestra arrepentido por su forma de vida anterior y deja entrever que, una vez que ha alcanzado el cielo y bajado a los infiernos, espera conseguir una especie de renacer.

LA CARTA DE ROBERT ROSS, EN LA QUE DESCRIBE LA MUERTE DE OSCAR WILDE.

"Todo santo tiene un pasado y todo pecador tiene un futuro", escribió una vez. Él no lo tuvo. En cuanto salió de la cárcel, Wilde se marchó a Francia ("apenas estuvo una hora en Inglaterra, la detestaba, y jamás volvió", apunta su biógrafo) y se cambió de nombre para pasar desapercibido: Sebastian Melmoth. "Aunque no se sabe con exactitud, se cree que Sebastian viene de la imagen de San Sebastián, un mártir joven y guapo que terminó siendo una especie de icono gay. Melmoth en cambio procede de una novela gótica, Melmoth el errabundo, de Charles Maturin, que le gustaba mucho", explica De Villena. En aquella época, el nombre de Wilde se había convertido casi en un insulto. Su mujer le cambió el apellido a sus hijos (por Holland) e incluso lo borraron de la autoría de La importancia de llamarse Ernesto, que todavía seguía representándose en el teatro. Wilde jamás volvió a utilizar su verdadero nombre.

Tampoco volvió a escribir. Durante su primer verano en Normandía —antes de fallecer en París, estuvo viviendo en Normandía, Niza o Nápoles, donde se reunió con su amante Alfred Douglas, con quién seguiría viéndose hasta su muerte— consiguió terminar el poema que había empezado en prisión, La balada de la cárcel de Reading, su última pieza literaria. "Mandó un par de cartas a un periódico inglés para defender el trato de los presos en las cárceles, en donde explicaba que había que tener más compasión con ellos, que era una cuestión de humanidad, etcétera. Y se las publicaron, al igual que la primera edición de La balada de la cárcel de Reading, con su número de prisionero: C33. Pero fue lo último que escribió", apunta De Villena.

Arruinado, enfermo y alcohólico, Wilde sobrevivía con el poco dinero que pedía prestado a sus amigos y que jamás devolvía. Se convirtió en un paria social, pero al contrario de lo que se cree, no murió solo del todo. "Tenía una serie de amigos, muy poquitos, que se quedaron con él hasta el final. Estaba Maurice Gillver, un chapero del que se hizo amigo y que le hizo la foto en su lecho de muerte; o Frank Harris, que era su amigo incluso antes de ir a la cárcel. Este no era gay y le ayudaba siempre que podía", apunta De Villena.

También Robert Ross, el que había sido su primer amante y luego, como mejor amigo, el albacea de su legado, lo acompañó en su último aliento. Sus últimas horas, a juzgar por una descriptiva carta que saldría a la luz más tarde, no fueron tan fabulosas como los enunciados que alimentan su leyenda. "Hacia las cinco y media de la mañana, un cambio total se operó en él: sus rasgos se alteraron y eso que llaman el estertor de la agonía comenzó. Jamás había oído yo nada semejante, era como el rechinar de un torno, y duró hasta el final. Sus ojos no reaccionaban ya a la luz. Era preciso secar constantemente la sangre y la espuma de los labios...", relataría su amigo, sin omitir ningún detalle. "Lanzó un profundo suspiro, el único que me pareció normal desde mi llegada, sus miembros se estiraron involuntariamente, su respiración se hizo más débil. Murió a las 13:50 horas en punto", añadió Ross. El entierro se celebró el 3 de diciembre de 1900, con una misa en la iglesia de St. Martin des Près. Asistieron 56 personas.

El D'Alsace, donde falleció Wilde, rebautizado como L'Hotel en 1967, es hoy un pequeño hotel de lujo del que cuelga, con orgullo, la factura sin pagar del escritor. Oscar Wilde está enterrado en el mausoleo en el cementerio Père-Lachaise de París que encargó su amigo Robert Ross (las cenizas de este descansan al lado). Condenado por sus orientaciones sexuales, el genio irlandés es hoy una figura reivindicada. Una de sus frases sirve como testamento de su existencia: "La vida es demasiado importante como para tomársela en serio".


 (EL PAÍS España / 20-11-2019)

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