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sábado

MALCOLM LOWRY (1909-1957)


EL SENDERO DEL BOSQUE QUE LLEVABA A LA FUENTE

(la nouvelle póstuma escrita como pieza final de la saga inconclusa El viaje que nunca termina)

Traducción de Eva Iribarne Dietrich.

OCTAVA Y ÚLTIMA ENTREGA


Nuestra primera cabaña, la que habíamos alquilado al escocés, había pasado a otras manos al morir éste, pero a veces bajábamos por el sendero junto a la fuente para ir a verla, y es lo que hicimos días atrás. Muchos años han pasado.

Mauger había muerto, Bell no estaba más, ni tampoco el viejo Sam, que vivía junto al faro; pero Kristbjorg y Quaggan, con sus setenta y cinco años y ya bisabuelo, estaban bien vivos y seguían viviendo en el mismo lugar. Como siempre la gente continuaba amenazando con echarnos de la playa, pero nosotros seguíamos todavía allí. La cabaña de Mauger camino al faro, con su techo recientemente renovado, se alzaba desolada, pero no nos entristeció verla. La vida de Mauger se había cumplido demasiado bien, y él había muerto diciendo: “En mi vida me he sentido mejor”.

Cuando murió, nosotros andábamos sin dinero, pero alguien había enviado unos laureles con la firma de un ancla a la casa del velatorio, y una mujer cantó Más próximo a Ti mi Dios a través de una reja y un pastor leyó una versión mejorada del Salmo XXIII. Nosotros habíamos sugerido que a continuación de ese himno se cantara Escúchanos, Oh Señor, desde el cielo tu morada, pero como nadie fuera de nosotros y Quaggan lo podía cantar, nuestra propuesta no fue atendida. Como tampoco lo fue la de que cantara cualquier otra cosa y no Más próximo a Ti mi Dios, himno al que Mauger había detestado porque su padre había sido fogonero del Titanic.

En la casa del velatorio, unas grandes columnas corintias imitación mármol, pretenciosas, flanqueaban al pastor, y mientras éste leía yo no hacía sino ver como aquéllas se transformaban ante mis ojos en fuertes pilotes de madera, hermosos, viejos, humildes, cubiertos de conchas azules sobre los que se alzaba la casa de Mauger (y dudo que no sea así, probablemente, que en el cielo, se alce la de San pedro). Otro pescador, su hermano, ocuparía su casa, con las redes que colgaban al aire. Y recordé con cuanto desinterés, robando tiempo a su propio trabajo, y sin aceptar pago alguno, Quaggan, Kristbjorg y Mauger nos habían ayudado a construir nuestra casa nueva, nos habían ayudado, aunque todos ellos de edad, en el arduo trabajo de colocar los cimientos, más aun, ellos mismos nos habían proporcionado la mitad de esos cimientos. Mauger debía alegrarse de que fueran tantos los que lo querían, y por mi parte quedé sorprendido de cuántos entre los presentes en el velatorio eran veraneantes a quienes yo no conocía. Kristbjorg, uno de sus mejores amigos, tenía sus propias ideas sobre la muerte y no había acudido. Empero, también parecía estar allí. Cuando a la salida nos detuvimos a mirar a Mauger en su ataúd, parecía como si hubiera estado sonriendo con cierto aire de sorna tras sus tupidos bigotes, y que misteriosamente hasta hubiera estado cantando apenas para nosotros:

Still you’ve got a long way to go
You’ve got a long way to go
Wheter you travel bay day or night…
The judge will tell you so…

(Todavía tienes un largo camino que recorrer
Tienes un largo camino que recorrer
Así viajes de día o de noche…
El juez habrá de decirlo…)

Nuestra aldea sobre la playa apenas había cambiado. Sobre el frente de nuestra primera casa, donde tan felices habíamos sido, se veía una ancha placa de madera con un nombre que quizá no tuviera mérito ni siquiera de acuerdo a la particular categoría de chocarrerías a través de la cual se la debía considerar: “Wzzit-2-U” Pero en otros sentidos había mejorado. El porche había sido ampliado, había una antena de televisión -tal vez alguien escuchara nuestra ópera por ella, aunque esperábamos que no. Pues las autoridades locales al llegarles rumores de una ópera escrita por un compositor local, habían visto en ella un excelente instrumento para renovar el ataque contra nuestra posición en la playa, de modo que durante cierto tiempo no fueron raros titulares tan desagradables como: Intruso artístico pone en peligro la dignidad de la ciudad. Necesitamos desagües, no sinfonías. Acaudalado compositor prefiere un perverso nido de ratas, hasta que otro hijo de catorce años de algún ciudadano de pro cometió un crimen sexual y otro alcalde cometió un asesinato; así, pues, afortunadamente, no tuvimos que esperar mucho. La casa tenía ahora una escalera techada, aunque mi vieja escalera todavía estaba en su puesto en los peldaños. Había un nuevo refuerzo del techo y una nueva chimenea. Espiamos por la ventana, sintiéndonos como ladrones. ¿Pero por dónde si no, podía la naturaleza mirar dentro y la casa conservar su intimidad? Pues eso era lo que hacía. No era sólo que entrara la luz del sol, sino también el movimiento y el ritmo del mar, en el que el reflejo de los árboles, las montañas y el sol se contrarreflejaba y multirreflejaba en un resplandeciente movimiento interno. Como si fuera parte de la naturaleza, había sido captado el reflejo mismo vivo, que se movía y respiraba, de la misma naturaleza. Mas se lo había logrado de manera tan hábil y disimulada que nadie podía verlo desde una casa vecina. Había que mirar a hurtadillas como un ladrón para advertirlo. Un árbol que habíamos plantado en el fondo alcanzaba ya la altura de la cabaña, un cinoxilón se apiñaba en blancas estrellas, otro cerezo silvestre que nunca nos había florecido era una nieve de pétalos, y nuestras prímulas, que habíamos dejado para el escocés, estaban en flor: la hierba de fuego había crecido de las simientes llevadas por el viento desde nuestra segunda casa donde esa hermosa hierba era nuestro huésped involuntario. Una vez, durante un invierno, mientras estábamos en Europa, un niño había nacido allí durante una tormenta de nieve. Había una cocina nueva, pero la mesa y las dos sillas de antaño, donde comíamos frente a la ventana, todavía estaban. Como estaba también el tarimón en el que habíamos pasado nuestra luna de miel -y qué luna de miel tan larga había resultado ser-, donde nos habíamos deseado mutuamente y nos habíamos angustiado por el temor de perdernos, y nuestros corazones se habían sobresaltado, y habíamos visto levantarse la luna y las estrellas, y oído el rugido de la marejada durante las noches de terribles tormentas de nuestro primer invierno, y donde la abuela del gato que ahora nos acompañaba había dormido con nosotros y nos había tirado del cabello por la mañana para despertarnos - Valetta, que hacía tiempo había ido a reunirse con el resto de esos extraños seres hijos de la luna. Sin embargo ¿quién, que distraídamente mirara la casa, con su aspecto de venirse abajo, su aire de transitoriedad, de improvisación, hubiera podido pensar que una existencia de tal belleza, una felicidad tal, hubiera sido allí posible, que tales dramas hubieran allí ocurrido? Mirad, esa vieja cabaña, grita el que pasa en la lancha a motor por sobre el ruido del motor, y ríe con desdén; no importa, ya quitaremos todos esos horrores ahora. Comenzad aquí, y seguid adelante! Campamentos para los automóviles de la gente rica, hoteles, cortad esos árboles, abrid las tierras al público, llevad el lugar al mapa. De todos modos ahí, en esos nidos de ratas, no viven sino traficantes de mercaderías robadas y algunos viejos lobos de mar. Intrusos! Hace tiempo que el gobierno ha estado queriendo sacarlos!

Había sido donde habíamos comenzado nuestra vida, y no obstante los conflictos y lo singular que había sido, un sentimiento de pena oprimió nuestros corazones. Anhelos y esperanzas satisfechas, pérdidas y redescubrimientos, fracasos y triunfos, penas y alegrías parecían fundirse en una emoción profunda. Desde donde estábamos en el porche podíamos ver apenas, pues de pronto se estaba levantando una niebla de primavera sobre el agua, directamente del otro lado del arco de la bahía, el sitio donde había ardido nuestra segunda casa y nada trágico había en ello tampoco. Nuestra nueva casa se alzaba claramente visible en su lugar, si bien mientras la estábamos observando la niebla empezó a devorarla.

En tanto que la niebla avanzaba hacia nosotros, y comenzaba a envolvernos y el sol seguía tratando de conservarse como un disco de platino, era como si la esencia de una clase de música que se hubiera ocultado allí para siempre, que parecían evocar los comentarios de mi mujer mientras miraba por esa ventana afuera, al porche, los primeros días cuando nuestra intención había sido la de pasar allí sólo una semana, o en los días de otoño cuando todavía estábamos demorando la partida, mientras preparaba el café, hablando consigo misma en parte en mi beneficio, describiéndome el día, como si yo hubiera sido un ciego que estaba recobrando la vista al que de nuevo debían enseñarles las bellezas y las rarezas del mundo, se hubiera revelado, y hubiera empezado a sonar para nuestro oído interno, no música exactamente pero con el efecto de música, nada sentimental, sino algo fresco e inocente, y conmovedor sólo porque era tan feliz, o porque la felicidad es conmovedora; o era como un susurro de los fantasmas de nosotros mismos. “La luna que muere se levanta en un cielo verde…” “La helada blanca sobre el porche y sobre todos los techos, la primera helada fuerte del año…” “Hay una flotilla de pájaros de ojos dorados bajo la ventana, y los coatíes han venido esta noche, se ven los rastros…” “La marea está alta. Mis pobres gaviotas, están hambrientas. Qué frías deben tener las patas, metidas en el agua helada…” “Mira, ahí! como una fogata! Como una catedral ardiente! Tengo que limpiar las ventanas. Se ve el oleaje de un barco pesquero y es como hebra de borlas plateadas de Navidad. La salida del sol hace cosas raras con la niebla… Tengo que preparar el desayuno al gato. Volverá son hambre de su paseo al alba. Ahí va un corvejón. Ahí pasa un gran somorgujo. La escarcha brilla como polvo de diamantes. De chica creía que eran los diamantes de las hadas. De aquí a unos minutos se fundirá y el porche quedará húmedo y negro, salpicado de hojas de arlequín. Las montañas están muy brumosas y remotas esta mañana, seguro que será un lindo día…”

Extraña y magnífica luna de miel que se había convertido en la vida íntegra de uno.

Subimos por los peldaños -eran los mismos peldaños hechos con mi escalera y todavía servían- y echamos a caminar dentro de la niebla, por el sendero que llevaba a la fuente. En el bosque, la niebla era espesa, como humo que escapara hacia nosotros desde un túnel debajo del matorral, y era curioso oír el piar intermitente y aislado de los pájaros que poco a poco se iban callando. Al hablar de aquellos días, mi mujer recordó cómo una vez había habido una niebla tan cerrada que se no se veía a través del brazo de mar y los botes que pasaban eran invisibles, y sólo los revelaba el continuo aullar de las sirenas y las campanas solitarias. A veces vagamente se había visto el bote de Kristbjorg, como en ese momento, y la punta más adelante desaparecía y aparecía a ratos y a veces apenas se veía más allá del porche, de modo que también había sido como vivir al borde de la eternidad. Y recordamos también los días oscuros y helados, cuando una capa de hielo cubría los peldaños y el porche ennegrecido y la lámpara seguía encendida hasta las diez de la mañana. Y los barcos que avanzaban por rumbo estimado y escuchaban el eco de sus señales que devolvían las orillas, aun cuando nosotros pudiéramos oír sus máquinas, como estábamos oyendo las máquinas de un navío, que suavemente repetían:

Frère Jacques
Frère Jacques
Dormez-Vous?
Dormez-Vous ?

Y las tormentas de nieve en las que no había eco alguno. Y la sensación de la tormenta que azotaba en la noche del mundo exterior también, una tormenta tal que ahogaba todo eco. Y nosotros éramos como la única lámpara de amor encendida.

Y parecía como que hubiera habido algo en esas pequeñas cabañas, y seguía pareciéndolo, tan misteriosas y escondidas como el nunca encontrado escondrijo de urias, que también acudía nuestras costas.

El sendero no había cambiado, como tampoco el bosque, ahí. La civilización, creadora de paisajes de ruinas, como un insensato incendio de fealdad y de estupidez feroz -tan carente de imaginación que casi había logrado estropear la belleza arquitectónica de nuestra refinería de petróleo- se había propagado todo a lo largo de la orilla opuesta, había saltado sobre el agua y se nos había caído acercando, propagándose desde el sur, asesinando árboles y abatiendo las cabañas por donde pasaba, pero había sido detenido por la reserva india y por una ley, que no había sido revocada, que prohibía construir en la proximidad del faro, de modo que hacia el sur estábamos milagrosamente a salvo por obra de la misma civilización (de la cual un faro es siempre su más alto símbolo) que avanzaba sembrando la muerte. Y lo mismo ocurría al norte, donde las batallas entre los tiburones de los vendedores de tierras sobre el cuerpo vivo y extinto del puerto de Eridanus había tenido como consecuencia el paulatino regreso de la selva, y zarzas y trepadoras cubrían ya las parcelas mal vigiladas de la tierra subdividida, entre los escasos árboles que habían sido respetados. Pero algunas gentes, con el dinero necesario para permitírselo, vivían felices allí, después de todo. Y hasta hermosamente, ya que el hombre -cuyas depredaciones, donde no amenazan al país íntegro con el yermo y la desolación, a veces, por accidente, proporcionan un mejor panorama- no había logrado aun arrasar con las montañas y las estrellas.

En la niebla, a través del agua, empezaron a sonar las campanadas de un tren, que lentamente se dirigía al norte por los rieles costeros. Me vino a la memoria la época en que esas campanadas me habían parecido que sonaban exactamente como las campanas de la escuela, llamando a alguna indeseada tarea. Recordé luego las sombrías campanadas de una iglesia tocando a muerto. Pero ahí, en ese momento, la campana sonaba, con un alegre repicar, como campanas de Navidad, campanas de cumpleaños, campanas de puerto, y repicaba en la niebla que se extendía como por una ciudad liberada o por alguna gran victoria espiritual de la humanidad. Y las campanas parecían fundirse con el canto del navío ya distante, del otro lado de la punta, sólo que siendo el agua tan buena conductora, el sordo sonido de las máquinas nos llegaba como si sólo se hallara a la distancia de una braza:

Dormez-vous?
Dormez-vous?
Sonnez les matines!
Sonnez les matines!

¿Y nosotros? ¿Habíamos cambiado? Éramos varios años más viejos. Habíamos viajado, habíamos estado en Oriente y en Europa, habíamos sido ricos y de nuevo pobres, y siempre habíamos retornado a Eridanus. Pero, ¿éramos más viejos? Mi mujer parecía joven y hermosa y alocada como siempre, más que antes. Todavía tenía la figura de una mujer joven y el deslumbramiento de una muchacha. Sus ojos francos, de largas pestañas, todavía cambiaban de color, del verde al amarillo, como los ojos de un cachorro de tigre. Su frente podía convertirse en un caos de arrugas, y verdad es que la desesperación había tallado líneas de sufrimiento en su rostro, pero esas líneas parecían desvanecerse, pensaba, o hacerse presentes a voluntad según sus estados de ánimo; se desvanecían cuando estaba animada e interesada, y por su entusiasmo, su vivacidad y su contagiosa animación era única.

“No ama ya más a la persona que amó hacía diez años”, dice Pascal, viejo y lúgubre: “Ella no es la misma, ni él lo es. Él era joven y ella también: ella es completamente diferente. Quizá la amaría todavía si ella fuese lo que entonces había sido”. De este modo el viejo y lúgubre Pascal, el generoso mentor de mi juventud en otros aspectos, había parecido amenazar alguna vez nuestra vida futura. Pero ya no más. Era indudable que yo la quería mucho más que entonces, que tenía yo más años para amarla. ¿Por qué había de esperar que fuera la misma? Aunque ella en cierto sentido era la misma, tal como esa fuente era la misma y no era la misma que años atrás. Y me pregunté si acaso lo que debíamos ver en la edad no era simplemente el principio de las estaciones que pasan sólo para renovarse a través de otra clase de muerte. Y a decir verdad las estaciones mismas habían cambiado, mucho más que ella. Los inviernos llegaban más directamente del Ártico ahora, en el Este estaban teniendo nuestros antiguos inviernos del oeste, y este invierno había sido el más largo y el más triste que hubiéramos conocido, y era casi como si se hubiera sentido el comienzo de otra era glacial, otra búsqueda del Edén. Tanto más dulce y celebrada así la primavera, ahora que había llegado. Pero, por mi parte, había envejecido en mi aspecto. Hasta tenía un montón de canas a un lado, y nuestra última broma era que estaba “encaneciendo en el pulso”. Aunque, por otra parte, no me sentía más viejo, y físicamente era mucho más fuerte y rebosaba salud en todos los sentidos. El puerto de los cincuenta me parecía ahora muy alegre, y en cuanto al viejo Pascal, había muerto con menos años de los que yo tenía ahora. El pobre hombre no hubiera dicho esas cosas si sólo hubiera alcanzado a vivir unos años más, sospechaba yo.

-Me pregunto por dónde andará Kristbjorg ahora.
-Allí está.

Y allí acababa de aparecer, salido de la neblina. Había estado pescando arriba, en el río Frsaer, pues se hallaba en “peligro de muerte”, como él decía en explícita alusión a sus deudas. Pero por primera vez el frío lo había obligado a trasladarse a la ciudad durante parte del invierno, aunque había dejado su bote para que Quaggan y nosotros se lo cuidáramos. Frisaba los setenta y estaba mucho más delgado, pero bronceado y vigoroso, y el rostro parecía haber perdido muchas de las líneas que lo surcaban. No cantaba ya la canción de la tormenta en el barrio de las luces rojas, pero sí seguía usando su chaqueta de cazador y los buenos pantalones de tweed irlandés que había llevado cuando contaba cincuenta años, cuando no era ni diez años mayor que yo ahora y yo lo tenía por viejo, aunque ahora lo sentía más próximo a mí.

-Al fin lo vemos, Nicolai, lo echábamos de menos.
-Ay, este tiempo está cambiando, señora… Estuve en la ciudad… Los tranvías se zarandean, nunca vi calle más llena. Siguen juntando la vieja mugre… Me tomé un par de botellas de aguardiente de centeno…

Se hundió en la niebla y nosotros seguimos caminando por el sendero, el sendero Bell-Proteus, que en el camino de regreso, hacía mucho tiempo, había parecido alargarse tanto, y luego se había vuelto tanto más corto. La niebla se estaba disipando y pensé:

Qué equivocadamente habíamos interpretado toda aquella extraña experiencia. O, más bien, cómo era que no se nos había ocurrido interpretarla seriamente, y mucho menos ver en ella una advertencia, una forma de mensaje, incluso como una especie de mensaje que encerraba una especie de mensaje de singular mandato que, me parecía, ya había acabado! Y sin embargo toda mi obediencia a cualquier advertencia contenida no hubiera impedido el sufrimiento que nos aguardaba. Sólo confusamente, aun ahora, lo comprendía. A veces pensaba que el sendero sólo había parecido más corto porque la carga, el recipiente, se había vuelto más ligero a medida que mis fuerzas crecían. Pero luego de nuevo me convencía de que el significado de la experiencia no estaba de ningún modo en el sendero mismo, sino en la posibilidad de que al convertir al propio recipiente que llevaba, la escalera por la que subía cada vez que iba a la fuente, al convertir esos desechos en objetos útiles, yo había prefigurado algo que debía haber hecho con mi alma. Luego, claro, estaba, y predominantemente, el león. Pero yo no estaba equipado espiritualmente para seguir tales pensamientos hasta su conclusión. Esto llegaba a entender, y había entendido, que como hombre estaba tiranizado por el pasado, y que era mi deber que ese pasado trascendiera al futuro. Pero mi nueva vocación implicaba la utilización de ese pasado, ya que ése era el significado oculto de mi sinfonía, hasta que mi ópera, de la segunda ópera que estaba escribiendo, de la segunda sinfonía que algún día escribiría -al volverlo útil para otros. Y para realizar eso, aun antes de escribir una sola nota, era necesario enfrentar ese pasado hasta donde fuera posible, sin temor. Ay, sí, y era eso, lo que había empezado a hacer allí. Y de no haberlo hecho, ¿cómo habíamos podido ser felices, tal como ahora éramos felices?

¿Cómo hubiera podido ayudarte, parecía estar diciéndole a mi mujer, cómo, en su sentido más profundo, hubiera podido amarte? ¿Cómo si no hubiéramos resistido tan terribles embates del pasado que por ese entonces todavía nos aguardaban, soportar el fuego, la destrucción de nuestras esperanzas, de nuestra casa, el ser ricos y pobres, conocidos y de nuevo desconocidos, soportar el miedo, el sucumbir y vencer a la enfermedad, aun a la locura, pues verse privado de la propia casa puede decirse, en cierto sentido, que es como verse privado de las facultades racionales? ¿Cómo, si no, hubiéramos sobrevivido los aullidos de un piano moribundo y hasta, a decir verdad, llegar, en cierto modo, a ver algo divertido en todo eso? ¿Y cómo, sobre todo, hubiéramos encontrado la fuerza de reconstruir en el mismo lugar, ante las fauces del terror y el fuego que había crecido en nosotros y que también había sido vencido? Y recordé la ocasión en que, sin hogar, habiendo perdido cuanto en el mundo poseíamos, nos habíamos sentido arrastrados, no muchas semanas después del incendio, a las ruinas todavía malolientes de aquella casa, antes de que el sol asomara, y mirando levantarse el sol, parecía que habíamos extraído fuerzas de la misma salida del sol para decidirnos una vez más a quedarnos, a reconstruir esa ruina obsesionante a la que queríamos tanto que ese mismo día creamos nuestro recuerdo más jubiloso, cuando, sin cuidarnos del trágico y repugnante olor, hicimos en ella un picnic maravilloso, y, desde los postes ennegrecidos, nos zambullimos en la piscina natural que era nuestra sala, sin duda ahuyentado así al diablo que, enemigo de todo buen humor frente al desastre, como de todo placer humano, y a menudo bajo el disfraz de un trabajador social que vela por el bien común -pero el que hubiéramos salvado el bosque no era tan importante como el que hubiéramos parecido amenazar alguna valiosa subdivisión de tierras en potencia- nada desea tanto como que el hombre tenga la sensación de hallarse desamparado de toda otra potencia superior a él.

Y, sin embargo, por otro lado, para que la vida no estuviera compuesta de simples hechos heroicos que sólo eran vanos gestos hacia uno mismo, había sido necesario sobrepasar el remordimiento, sobrepasar la contrición. A menudo me he preguntado si acaso la gran prueba por la que ha de pasar el hombre no es la de convertir en activa su contrición. A veces tenía la sensación de estar atacando el pasado racionalmente, como con una palanca y un martillo, al tiempo que trataba de convertirlo en otra cosa para un fin sobrenatural. En cierto modo, yo transformé ese pasado al transformarme a mí mismo, ya habiéndolo transformado encontré que era necesario sobrepasar el orgullo que sentía por esa victoria, y de nuevo aceptarme a mí mismo como un necio. Estoy seguro de que aun el bueno de Hank Gleason, aunque cuando él lo hubiera dicho en mejor inglés, o en un inglés diferente, comprendería lo que quiero decir. Nada lo vuelve a uno más humilde que las ruinas de una casa destruida por el fuego, los fragmentos de una obra consumida por las llamas. Pero tampoco hay que enorgullecerse de esas obras maestras de la desgracia, especialmente ahora, cuando casi se han vuelto universales. Si es que habíamos progresado, pensé, era a una región donde palabras como fuente, agua, casa, árboles, enredaderas, laureles, montañas, lobos, bahía, rosas, playa, islas, bosque, mareas y venado, y nieve y fuego, habían alcanzado su verdadera esencia, ellas o sus fuentes; y tal como esas palabras habían reemplazado alguna vez sobre una página aquello que simbolizaban, así ahora, la realidad que conocíamos representaba algo más de lo que simbolizaba o reflejaba: era como si estuviéramos envueltos en esa clase de realidad que antes sólo habíamos visto desde lejos, o, para expresarlo en los términos de mi propia vocación, era como si viviéramos en un medio para el cual aquél en el que nuestras vidas se habían movido, no obstante lo felices que habían sido, no era sino como la escueta inspiración verbal de la música que habíamos logrado crear. Hablo únicamente en términos de nuestras vidas: mis propias composiciones han distado siempre mucho de ser grandes, más aun, quizá nunca serán más que de segundo orden pero, por lo menos, según me parecía, había un lugar para ellas en el mundo, y yo -nosotros- éramos felices en su realización.

Estábamos aun sobre la tierra, aun en el mismo lugar, pero si alguien nos hubiera imputado la idea de que estábamos en el cielo y de que ésa era la vida futura, no lo hubiéramos refutado. Incluso si se nos hubiera querido convencer de que antes habíamos vivido en el infierno, por un momento probablemente hubiéramos podido decir que sí, aunque habríamos añadido después que, en conjunto, la habíamos disfrutado, siempre que nos halláramos juntos, y que, en ocasiones, hasta teníamos nostalgia de ella, si bien esta vida ofrecía muchas ventajas sobre la otra.

Todavía teníamos, por cierto, un miedo tremendo de perder nuestra tercera casa, sólo que ahora la alegría y la felicidad de lo que habíamos conocido habrían de ir con nosotros dondequiera que fuésemos o donde Dios nos enviara y nunca morirían. Aunque no sé explicar realmente bien lo que quiero decir, simplemente escribo esto aquí porque creo, como Montaigne -o como alguien dijo de Montaigne- que la experiencia de un hombre feliz podría ser útil.

La niebla empezó a levantarse y vimos el tren, arrastrado por una máquina diesel de aspecto siniestro (era la primera vez que veía, pero la reconocí por las fotografías de los rotograbados del Sun) que partía silenciosamente ahora hacia el futuro, para a su vez convertirse en anticuada y romántica. Parecía que los hombres no podían acostumbrarse por completo a la ausencia en las montañas del gemido nostálgico de las viejas máquinas a vapor, pues habían dotado a esta de un dispositivo, un conmovedor compromiso, que mugía intermitentemente como una vaca, mientras el tren se alejaba deslizándose entre los pinos de la montaña.

Pero aun en ese mugido, que iba penetrando en las grandes Cordilleras, entre los primos norteños del Popocatepetl, cuyo timbre náutico debía hacer suponer a los hombres que trabajan en las vías que se aproximaba un carguero, se podía distinguir, pensé, aquella nota artística propia del señor Bell, en saludo a su antigua morada y a la buena gente, unos inmigrantes ingleses, un electricista y su familia, que ahora habitaban en ella.

Se oía el oleaje del carguero invisible, el oleaje invisible también desde nosotros nos encontrábamos en el sendero, que moría a lo largo de la curva de la playa a medida que se aproximaba a nosotros, y simultáneamente comenzó, al principio despacio, blandamente, a llover, y cuando tuvimos bajo los ojos el ondulante oleaje de plata que cabrilleaba perdiéndose transversalmente sobre las rocas, nosotros nos detuvimos a observar la lluvia que, como una cortina de cuentas, detrás de un claro entre los árboles, caía sobre el brazo de mar abajo.

Cada gota que cae al mar es como una vida, pensé, cada una de ellas produce un círculo sobre el océano. O en el propio medio de vida, y se extiende al infinito, aunque parezca fundirse con el mar y volverse invisible o desaparecer por completo y perderse. Cada una está unida a otros círculos que caen sobre ella, algunos son círculos mayores que se propagan rápidamente y engloban a otros, algunas, más débiles, son círculos menores que sólo parecen durar breve tiempo. Y sonriendo al recordar la lección recibida, pensé en la primera vez que habíamos visto caer la lluvia sobre un mar sereno como un oscuro espejo, y habíamos encontrado el recipiente y decidido quedarnos con él.

Pero anoche había visto algo nuevo: mi mujer me había sacado de la cama para que me acercara a la ventana abierta y observara lo que ella había creído al principio que era un cardumen de pececillos que agitaban las quietas aguas justamente abajo, donde la marea alta llegaba hasta debajo de la casa. Pero luego vimos que toda el agua oscura estaba cubierta de brillantes círculos fosforecentes que se expandían. Sólo cuando mi mujer recibió la lluvia mansa y tibia sobre su hombro desnudo comprendió que estaba lloviendo. Eran círculos luminosos perfectos que se ensanchaban, círculos brillantes y diminutos primero, como una moneda, se convertían luego en círculos cada vez mayores y cada vez más vagos, y al caer la lluvia en el agua fosforecente cada gota se expandía en una onda que se traducía en luz. Y la lluvia era agua del mar, como mi mujer me había enseñado por primera vez, llevada al cielo por el sol, transformada en nubes, que de nuevo caía sobre el mar. En tanto que dentro del brazo de mar las mareas y corrientes de aquel mar regresaban, se volvían remotas y al volverse remotas, como aquello llamado Tao, volvían de nuevo como nosotros mismos lo habíamos hecho.

Ahora, en algún punto de aquel oeste invisible donde se estaba ocultando, el sol irrumpió entre las nubes y envió sobre el agua una llamarada de luz que transformó la lluvia en una cascada de perlas y alcanzó las montañas, donde la niebla se estaba alzando casi perpendicularmente desde los negros abismos, como el humo que subiera a los cielos de un purísimo fuego blanco.

Tres arco iris atravesaron como cohetes la bahía: uno para el gato. Se esfumaron y allí, al este, una hendidura creciente entre la niebla se había convertido en un parche de cielo claro lavado por las lluvia. Arcturus. Spica. Procyon arriba, y Regulus en el León sobre la refinería de petróleo. Pero Orión debía haberse puesto detrás del sol, de modo que, aun cuando estábamos en Eridanus, no se veía a Eridanus por ningún lado. Y en la punta, el faro empezó a lanzar sus benéficas señales en el crepúsculo.

¿Y la fuente? Ahí estaba. Todavía corría el agua como desde una caja de sorpresas, camino abajo, hacia Hi-Doubt. Aunque se purificaba un poco al descender por las montañas, siempre llevaba consigo un leve aroma a hongos, tierra, hojas muertas, agujas de pino, barro y nieve, en su descenso hacia el brazo de mar y más allá, hacia el Pacífico. En los lugares más recónditos del bosque, en las cavernas sombrías y húmedas, donde las ramas muertas se inclinan cargadas por los musgos, y crecen la zigadenia venenosa y el ángel destructor, el hilo de agua era áspero y frío y trágico, y un incierto trazador de su camino. Al abrirse paso subterráneamente sin duda debía atravesar por momentos oscuros. Pero allí, en primavera, en su último salto hacia el mar, como en su origen, era un arroyuelo alegre y feliz.

En lo alto, muy arriba, los pinos se mecían sobre el cielo, desde el oeste llegaban las gaviotas con sus alas angelicales, de vuelta al hogar y al reposo. Y recordé cómo todas las tardes, al oscurecer, había recorrido el sendero del bosque que llevaba a la fuente en busca de agua… Y al mirar por sobre el hombro de mi mujer vi que un venado venía nadando hacia el faro.

Nos inclinamos sobre el arroyo, riendo, y bebimos.

MALCOLM LOWRY (1909-1957)


EL SENDERO DEL BOSQUE QUE LLEVABA A LA FUENTE

(la nouvelle póstuma escrita como pieza final de la saga inconclusa El viaje que nunca termina)

Traducción de Eva Iribarne Dietrich.

SÉPTIMA ENTREGA


VII

Aunque al principio pueda parecer que este no concuerda con mi desabrida mención de ese proyecto como “mi música”, “mis ataques de composición” o “mi trabajo”, durante meses había estado obsesionado por la idea de escribir una sinfonía en la que, entre otras cosas, incorporaría por primera vez a la música clásica (o así lo creía) el verdadero sentimiento y ritmo del jazz. Yo no compartía, entre otras perplejidades de mi vocación, vocación que aun antes no había descubierto, el concepto romántico corriente de la superioridad de la música sobre las palabras. Algunas veces creía incluso que la poesía podía ir más lejos, o por lo menos tan lejos, en su propio medio, pues en tanto la música, destinada a desarrollarse en términos de una invención crecientemente compleja (sabía esto porque había dominado, casi accidentalmente, la escala de tonos enteros), así me parecía entonces a mí, la Palabra, en cambio, es el comienzo mismo de la creación. No obstante lo cual siempre he pensado, como ejecutante de jazz, que la voz humana logra estropear una grabación instrumental. Pero de nuevo en contradicción con esto, a mi mujer y a mí nos gustaba cantar, y sentía a veces que nuestra vida en común era como un canto.

Cuán claramente recuerdo mis luchas con todas estas y muchas otras contradicciones y perplejidades. Llegué por fin a implorar a Dios, y días atrás, revisando algunos fragmentos de mis primeros trabajos salvados del fuego, encontré, medio carbonizado, los bordes chamuscado y arrugados, lo siguiente, escrito como si fuera sobre una partitura: Querido Señor Dios, ruégote encarecidamente que me ayudes a poner orden en la obra, por fea y caótica y pecadora que sea, de un modo aceptable a Tu vista; para que de este modo, pues así lo juzga mi inteligencia imperfecta y desordenada, satisfaga los más altos cánones del arte, y al mismo tiempo remueva nuevas tierras y, donde sea necesario, viejas reglas. Tiene que ser tumultuosa, tormentosa, llena de truenos, la Palabra reconfortante de Dios debe oírse en ella, anunciando esperanza para el hombre, pero también tiene que ser equilibrada, grave, llena de ternura y compasión y de regocijo. Yo, como pecador que soy, no puedo escapar a los conceptos falsos, pero permite que sea Tu fiel siervo en hacer de esto algo grande y bello, y si mis motivos son oscuros, y las notas dispersas y a menudo sin sentido, rúegote quieras ayudarme a ordenarlas, o estoy perdido…

Pero no obstante mis plegarias, mi sinfonía se negaba a ordenarse o a resolverse en términos musicales. Sin embargo, yo veía con claridad lo que tenía que hacer. Oía esos pensamientos ordenarse cuando los extraía de mí: eran dolorosos, pero claros, y eran míos propios, y cuando regresaba a casa de nuevo trataba de ponerlos por escrito. Pero me asediaban otras dificultades, pues cuando trataba de escribir la música, tenía que hacerlo primero en palabras. Y eso era singular, porque yo nada sabía del arte de escribir, ni de las palabras, en ese entonces. Había leído muy poco y la música había sido toda mi vida. Mi padre -que hubiera sido el primero en reírse de esa forma de obrar- había tocado la trompa en la primera ejecución de la Consagración de la Primavera de Stravinsky, en 1913. Mi padre había estado con Soutine también, y conocía y respetaba a Cocteau, aun cuando en ciertos aspectos era un inglés acabado. Adoraba a Stravinsky, pero había muerto más o menos a la edad que ahora yo tengo, en todo caso antes de la Sinfonía de los Salmos, de modo que yo había recibido muchas lecciones de composición y, aunque no había recibido una educación musical formal, había sido criado con las piezas infantiles de Stravinsky. Llegué a compartir el loco entusiasmo de mi padre por la Consagración, pero hasta el día de hoy creo que en un aspecto importante es rítmicamente deficiente -en un aspecto del que no entraré en pormenores- y que Stravinsky no sabía nada de jazz, lo que también puede decirse de la mayoría de los demás compositores modernos. Brevemente reflexioné que, aunque cuando mi aproximación inconsciente, e incluso consciente, a la música clásica había sido casi exclusivamente a través del jazz, con todo mi sentido del ritmo había demostrado ser un raro método para distinguir lo de primer orden de lo que no era enteramente de primer orden, o para establecer diferencias entre compositores de merecimientos y fines aparentemente parejos: desde ese punto de vista, entre los compositores modernos, tanto Schönberg como Berg son igualmente de primer orden: pero entre Pulenc y Milhaud, digamos, Poulenc dice algo a mi oído, pero Milhaud, nada. Lo que estoy tratando de decir en realidad es, probablemente, que en algunos compositores es como si yo oyera el latido escondido y el propio ritmo del universo, pero, admitido, ya se sabe sin exagerar, que soy inexperto para expresarme. Sin embargo, sentía que por grotesca que fuera la forma en que mi inspiración se proponía obrar a través de mí, yo tenía algo original que decir. Había ahí el comienzo de una honestidad, de una suerte de lealtad para con la verdad, allí donde antes no había habido nada sino lealtad para con la deshonestidad y el escapismo, y para con las frases e incluso las melodías que no eran las mías. Con todo, es extraño que tuviera que esforzarme por poner todo eso en palabras, verlo, probarlo y ver los pensamientos tal como oía la música. Pero en cierto sentido, todo el mundo sobre la tierra es un escritor, en el sentido en el que Ortega -el filósofo español que he leído recientemente gracias a uno de los veraneantes, un maestro de escuela, en la actualidad uno de mis mejores amigos, quien me había hablado de sus obras- lo entiende. Para Ortega la vida de un hombre es como una novela que él mismo va escribiendo a medida que vive. Se vuelve ingeniero y convierte esto en realidad -se convierte en un ingeniero a fin de hacerlo real.

Debo confesar que ni aun en la peor de mis luchas me sentí como Jean Cristophe: mi alma no hervía “como el vino en un tonel”, ni mi “cerebro zumbaba afiebrado”, por lo menos no demasiado fuerte: aunque mi mujer podía siempre juzgar el grado de mi inspiración por el tempo acelerado de mis resuellos, los que, si estaba trabajando realmente, seguían a un período de suspiros profundos y de silencio abstraído. Ni tampoco sentía “esa fuerza soy yo. Cuando cese, me mataré”. En realidad, nunca dudé que no fuera la fuerza misma la que me estaba matando, aun cuando no poseyera ninguna de las características dramáticas mencionadas, y por lo demás yo estaba complacido de que así fuera, pues toda mi intención parecía ser la de morir por ella, claro que sin morirme, para poder así renacer.

La vez siguiente que fui por agua, no obstante el hecho de que conscientemente me había puesto en guardia contra cualquier ilusión, sucedió exactamente la misma cosa; incluso esta vez la sensación fue más intensa que nunca, al punto de que, en realidad, tuve la impresión de que el sendero se estaba acortando en ambos extremos. No sólo no tuve conciencia de la cuesta y del peso del recipiente, sino que tuve la franca sensación de que el sendero de vuelta de la fuente se estaba volviendo más corto que el de ida, aun cuando el camino hacia allá me hubiera parecido más breve también el día anterior. Cuando regresé a mi casa fue como si hubiera volado a los brazos de mi mujer, y traté de explicárselo. Pero por mucho que me esforzara no era capaz de expresar cómo era esa sensación, fuera de decir que era como si “me hubieran quitado un gran peso del alma”. Alguna frase hecha por el estilo. Era como si algo que solía exigir un tiempo muy largo y doloroso llevara tan poco que me era imposible recordarlo para nada; pero al mismo tiempo yo tenía conciencia de que había transcurrido un lapso mayor, durante el cual había ocurrido algo de suma importancia para mí, sin que yo lo supiera y por completo fuera del tiempo.

No es de extrañar que los místicos tengan tanta dificultad para describir sus iluminaciones, aunque ello no fuera exactamente lo mismo; con todo la experiencia parecía estar relacionada con la luz, hasta con una luz enceguecedora, como cuando años más tarde, al recordarlo, soñé que mi cuerpo se había transformado en el propio brazo de mar, no al oscurecer, bajo la luna, sino a la salida del sol, como nosotros tantas veces lo habíamos visto, bruscamente transiluminado por los rayos del sol, de modo que era como si yo hubiera tenido adentro el sol reflejado en lo profundo de mi propia alma, pero un sol que cuando desperté se transformó, de un modo swedenborgiano, junto con su luz y su calor, en algo enteramente simple, como el deseo de ser una persona mejor, de ser capaz de mayor mansedumbre, comprensión, amor…

Siempre ha habido algo sobrenatural en los senderos, en particular en aquellos de los bosques -lo sé ahora porque he leído más- pues no sólo el folklore sino también la poesía abunda en historias simbólicos sobre los mismos; senderos que se dividen y se convierten en dos, senderos que llevan a un reino dorado, senderos que conducen a la muerte, o a la vida, senderos en los que aguardan los lobos, y ¿quién sabe? hasta leones de la montaña, senderos en los que uno se pierde, senderos que no sólo se dividen sino que se convierten en los veintiún senderos que llevan de vuelta al Edén.

Pero no me eran necesarios los libros para tener una profunda conciencia de ese misterioso sentimiento por los senderos. Nunca había oído hablar de un sendero que se acortara, pero sí había oído hablar de gente que desaparecía por completo, gente que había sido vista caminando por el sendero un momento y al siguiente se había desvanecido; y así, pasando por alto que la experiencia podría tener algún otro sentido más profundo, y únicamente con el propósito de hacer que nuestra carne se erizara deliciosamente, esa noche, en la cama, fabricamos un cuento en este sentido. ¿No sería que el camino se acortaría más y más hasta que finalmente un atardecer yo desaparecería por completo al regresar con el agua? O quizá esa historia fue un medio de congraciarse con el destino por el hecho milagroso de no haber sido separados, al no suponer que era esa una cómoda certeza, una forma de inoculación, ya que, con todo, podíamos ser separados por la guerra (yo había sido rechazado por segunda vez para ese entonces, probablemente por retardado), contra una separación tal y al mismo tiempo una especie de parábola del “final feliz” de nuestras vidas viniera lo que viniese, pues fuera lo que fuese lo que imagináramos sobre la naturaleza del ser en el sendero, era indudable que yo seguiría volviendo de la fuente y que el camino terminaría, para nosotros, en un glorioso reencuentro de amor.

Pero de verdad era como si el sendero se acortara cada vez más, si bien la sensación nunca fue acompañada por ese mismo sentido de experiencia intransferible. Por mucho que concientemente me propusiera recordar el camino de vuelta a la ida, siempre resultaba que había subido la cuesta de vuelta sin acordarle ni un solo pensamiento. Y nuestra historia había cobrado tal realidad, que unas tardes más adelante, cuando llegué de vuelta con el agua, al oscurecer, mi mujer vino hacia mí corriendo y gritando:
-Ay, Dios mío! Estoy tan contenta de verte.
-Querida! Bueno, aquí me tienes.

Tan auténtico fue el alivio en el rostro de mi mujer, y tan auténtica mi propia emoción al encontrarla de nuevo, que lamenté el que hubiéramos imaginado ese cuento. Pero fue un momento profundo y maravilloso. Y por un instante sentí que si ella no hubiera ido por el sendero a mi encuentro, de veras yo hubiera podido desaparecer, para pasar el resto de mi existencia ultraterrena buscándola a ella por algún limbo.

Arriba, en lo alto, las cimas de los árboles se mecían sobre el cielo de abril. De pronto aparecieron las gaviotas, como lanzadas por una catapulta, llevadas por el viento por encima de los árboles. Y por el sobre el hombro de mi mujer, vi un venado que venía nadando a través del brazo de mar hacia el faro.

Eso me hizo recordar que no obstante el viento hacía bastante calor como para que se pudiera empezar a nadar de nuevo -prácticamente lo había abandonado en diciembre. Corrí directamente al agua, y fue como si de nuevo hubiera sido bautizado.

Fue poco después de eso que nos mudamos a nuestra casita bajo el cerezo silvestre, que habíamos comprado al herrero.

Esa casa se quemó por completo tres años más tarde, y con ella ardió toda la música que yo había escrito, pero nosotros, con la ayuda de Guaggan, Kristbjorg y Mauger, construimos otra casa con maderas traídas por la resaca y maderas del aserradero del puerto de Eridanus, que en ese entonces estaba siendo desmantelado para dar lugar a una subdivisión y venta de las tierras en lotes.

La construimos exactamente en el mismo lugar de la casa anterior, y empleamos los pilares quemados como parte de nuestros cimientos, por cuanto, ya chamuscados, no eran susceptibles de podrirse. Y también la música fue vuelta a escribir de algún modo, y en forma más satisfactoria, pues bastaba que regresara al sendero para que recordara partes de ella. Era como si la música hubiera sido escrita en algunos de aquellos momentos. El resto, como cualquier artista creador habrá de comprender, no era sino trabajo.

Pero nunca pude recobrar mi sinfonía después de perderla en el fuego. Y fue así que, siempre luchando tanto con las palabras como con la música, escribí una ópera. Obsesionado por algo que alguna vez había leído: “Y del mundo íntegro, al girar en el espacio, llegaba el sonido de un canto”, y por el deseo apasionado de expresar mi propia felicidad con mi mujer en Eridanus, compuse esa ópera, construida, como nuestra nueva casa, sobre los cimientos chamuscados y los fragmentos de los antiguos trabajos y de nuestra antigua vida. El tema me fue probablemente sugerido por mis pensamientos de purificación y renovación, y los símbolos del recipiente, la escalera y demás, y con seguridad por el propio brazo de mar y la primavera. Estaba escrito en parte en la escala de tonos anteriores, como en Wozzek, en parte era jazz, en parte canciones folklóricas o canciones que cantaba mi mujer, hasta antiguos himnos, como el Escúchanos, oh Señor desde el cielo tu mirada. Incluso utilicé cánones como el Frère Jacques para expresar las máquinas de los barcos o el ritmo de la eternidad; Kristbjorg, Guaggan, mi mujer y yo, los demás habitantes de Eridanus, mis compañeros de jazz eran otros tantos personajes o instrumentos exuberantes del escenario o el foso de la orquesta. El incendio era un episodio dramático y lo que había tratado de expresar era nuestra propia vida, con sus altos y sus bajos, lo que habíamos aprendido de la naturaleza, las mareas y las salidas del sol. Y traté de describir la felicidad humana con el entusiasmo y la gran gravedad por lo común reservados a las catástrofes y a las tragedias. La ópera se llamaba El sendero del bosque que llevaba a la fuente.

MALCOLM LOWRY (1909-1957)



EL SENDERO DEL BOSQUE QUE LLEVABA A LA FUENTE

(la nouvelle póstuma escrita como pieza final de la saga inconclusa El viaje que nunca termina)

Traducción de Eva Iribarne Dietrich.

QUINTA ENTREGA

V

En esta parte del mundo, que es la nuestra, los días son muy cortos en invierno, y con frecuencia tan oscuros y grises que es imposible creer que el sol vuelva a brillar de nuevo. Semanas de helada lluvia torrencial alternaban con tormentas salvajes que barrían el brazo de mar desde las montañas, cuando el mar resonaba debajo y alrededor de nosotros, y azotaba nuestra cabaña, hasta que a veces parecía que enero no terminaría nunca, aun si alguna vez se presentaba un día enceguecedoramente claro y luminoso, tan frío que el agua humeaba y la niebla se levantaba del agua como el vapor de un caldero en ebullición, y por la noche mi mujer decía de las estrellas: “son como esquirlas de hielo en un cielo de azabache”.

El paisaje invernal era hermoso esos días raros y breves de sol y flores de escarcha, en que el cristal envolvía las delgadas ramas de los abedules y de los arces con hojas de pámpano, las gotas de diamante centelleaban sobre los pinoabetos y el follaje escarchado de las siemprevivas brillaba. La escarcha se fundía en nuestro porche en franjas y trazaba un dibujo sobre la madera húmeda y negra como una capa extendida de incontables abalorios, sobre la que nuestro gato caminaba con las patas delicadas y frías, para ir sentarse fuera, en el alféizar, la cola arrollada alrededor de las patas.

Un día ya avanzado de enero, oscuro y ventoso, en que no parecía quedar ningún color en el mundo empapado, y el brazo de mar parecía el mismo Estigio, negra el agua, negras las montañas, negras las bajas nubes que se estremecían y gruñían arriba, fuimos caminando hasta el faro.

-…y pronto los cangrejos traerán la primavera… -nos gritó Sam-. Pero cangrejos… Tuve un amigo, un buzo, ladrón en su vida privada, nunca volvía a casa sin algo, así fuera un clavo… Ay, el sótano era como una tienda de viejo. Bueno, esta vez fue abajo, abajo, abajo. ¿Sabe? Profundo. Y de pronto se asusta… ¿Por qué? Billones de cangrejos en emigración que trepan a su alrededor, la migración de primavera, suben todos a su alrededor, se mueven, estirando los músculos.
-…
-Sí. Quizás ellos ven alguna otra cosa allí abajo, ¿quién sabe? Tenía un susto tan loco que no quiso hablar con nadie durante dos semanas. Pero después de eso, canta como los ruiseñores y es capaz de cansar a cualquiera con su charla… Y pronto los cangrejos, queridos, y pronto los pájaros traerán la primavera…

Fue más o menos en esa época cuando empezamos a leer más. Fui a la biblioteca de la ciudad y saqué una “ficha rural” que me autorizaba a retirar cada vez una bolsa llena de libros. La ciudad, que ya, en pocas horas, había empezado a convertir en una fábula casi imposible nuestra existencia, y me parecía saber, con triste previsión, cómo hasta sus comodidades más suntuosas a las que un día podríamos por cobardía rendirnos, como finalmente lo hemos hecho, llegarían casi a ahogar por completo el recuerdo de la realidad y la riqueza a de una vida como la nuestra, la ciudad, con su calefacción a vapor, los barrotes carceleros de sus persianas, su vista helada y estática de techos y jardincitos minúsculos de arbustos recortados que, en invierno y al oscurecer, parecían unas croquetas de pollo salpicadas de azúcar en polvo. Y ay, después de haber estado separado de mi mujer todas esas horas, regresar de la ciudad y encontrar la casa todavía en su sitio y el brazo de mar sereno y bruñido, los alisos y los altos cedros, el muelle - pues habíamos construido un pequeño muelle- el vasto cielo y las estrellas que brillaban! O avanzar descendiendo por el resbaladizo sendero, con los árboles que se agitaban y gemían a mi alrededor en medio de la tormenta y la oscuridad, para llegar a puerto de nuevo, al abrigo de la luz de la lámpara y de la tibieza del cuarto.

Pero a veces sucedía que, de noche, la desesperación de los elementos recomenzaba y nosotros perdíamos las esperanzas aterrorizados por el ruido, las ramas vencidas que se quebraban, el tumulto del mar, el estrépito de las cosas que se rompían bajo la casa, y nos agarrábamos el uno del otro como dos animalitos arbóreos en una medianoche de la selva -y éramos dos animalitos como ellos en una selva como esa- hasta que de nuevo éramos capaces de reírnos de esa misma conmoción, de esa culminación del deber hacia una casa, tan llena de una ansiedad de amor como la de los oficiales por el barco que navega en medio del temporal. Si bien era en las primeras horas de la mañana, con la marea alta, a la hora de preparar el desayuno, cuando esa amenaza salvaje de los elementos solía hacerse más enervante, con el mar gris y los casquetes blancos casi a la altura de las ventanas, y la lluvia que batía contra ellas, el mar que golpeaba y siseaba sobre la costa debajo de la casa, y causaba una terrible agitación de leños, de golpes atronadores que sacudían en tal forma la pequeña cabaña que hasta los brazos de la lámpara se movían a compás con las ventanas, a las que dejaba atrás un madero arrastrado por las aguas que amenazaba nuestro muelle, y tras el humo de las fábricas de Port Boden apenas se veía un gris lluvioso, mientras las hojas caían al mar; y de pronto nuestro bote que se hundía, agitado, parecía correr peligro, y al mismo tiempo se oían las ramas que se rompían en el bosque, el gran arce que se agitaba y brumaba, mientras las maderas flotantes gemían lastimeramente zarandeadas por el agua y las redes de pescar de Mauger se agitaban en el porche como fantasmas enloquecidos hasta quedarse inmóviles; y la ansiedad distendida hasta su máxima tensión repitiendo, se habrá roto el pobre bote, el muelle contra el cual un golpe sordo era como un golpe en el corazón, también a salvo; aunque sólo por un momento, al instante siguiente todo había comenzado de nuevo, y era así que entre el viento, el retumbo de los truenos, la ansiedad adentro y afuera, el orgullo de haber sobrevivido, la sensación de vida, el temor a la muerte, el apetito por el desayuno, ya que los olores del café y el tocino pasaban en vaharadas arrastrados por el viento cada vez que se abría la puerta, a veces se apoderaba de mí tal exuberancia que sentía el deseo de zambullirme rápidamente en el mar desbordante para que mi apetito fuera mayor aun, por eso o porque el mar parecía más seguro que la casa.

Pero luego desembocábamos en una mañana de patos salvajes que pasaban a sesenta millas a favor del viento y de abadejos de copete dorado que, en rápido revoloteo acompañado de agudos gritos, buscaban alimento entre las matas sin hojas, y algún otro día la estrecha compañía invernal terminaba en un atardecer de vientos, nubes y gaviotas que volaban en cuatro direcciones al mismo tiempo y un cielo negro por encima de los alisos desolados y temblorosos, su corazón recubierto ya por las delicadas joyas verdes que yo nunca había visto realmente, y las gaviotas flotaban, blancas, sobre esa oscuridad en la que bruscamente la luna aparecía detrás de las nubes, cuando el viento cesaba, transiluminando las profundidades de sus propios rayos en el agua, la luna que se reflejaba en las nubes abajo a medias iluminadas por la luna en el agua, y detrás, en las mismas profundidades translunares, el reflejo de las riostras y las vigas cruzadas de nuestro sencillo muelle, a salvo por otro día, dispuesto subacuáticamente en una antigua y perfecta armonía de belleza arquitectónica, una geometría lunar inmersa más de nuestro conocimiento consciente.

Al llegar febrero los días se hicieron perceptiblemente más largos y más luminosos y tibios, la salida y la puesta del sol de nuevo volvieron a ser a veces brillantes y hermosas, inesperadamente había un mediodía tibio y luminoso o hasta todo un día que derretía el hielo en los arroyos que empezaban a correr, o un día de sol en que se podía contemplar el cielo entre los árboles, donde Aconcaguas luminosos navegaban en una azul tarde de Dios.

Al atardecer, cuando iba por agua, lo que me complacía hacer que coincidiera siempre con el regreso vespertino de las gaviotas por encima de los árboles a lo largo del brazo de mar, el crepúsculo era más largo, y los paros, abadejos y tordos revoloteaban en el matorral. Cuánto había llegado a amar a esos pequeños seres desde que habían aprendido a conocer sus nombres y algunas de sus costumbres, ya que con mi mujer los habíamos alimentado todo el invierno y algunos eran hasta muy mansos y sin temor me miraban de cerca. Inmediatamente después de “Dunwoiken” el sendero se desviaba un buen trecho hacia abajo, hacia la playa, con una pendiente empinada, luego doblaba hacia la izquierda, subía suavemente de nuevo, y allí estaba la fuente del agua venida de las montañas, donde yo llenaba el recipiente. Ah, la hondura, la belleza y el misterio de los ojos de agua y de los pequeños manantiales donde el agua dulce nace cerca del océano!

Nosotros la llamábamos la fuente, aunque en cierto modo no lo era. En realidad, era un alegre arroyuelo pero cómo sólo surgía apenas algo más arriba, para nosotros era la fuente. Y era en efecto una fuente de agua, la fuente de algo esencial.

Un atardecer, en el camino de regreso de la fuente, por alguna razón recordé un break de Bix en el disco de Frankie Trumbauer Singing the Blues, en el que siempre había visto la expresión de un momento de la más pura y espontánea felicidad. Nunca oía ese break sin sentirme feliz yo mismo y deseoso de hacer algo bueno. ¿Seróa posible traducir esa clase de felicidad en la propia vida? Como eso era únicamente un momento de felicidad me sentía envuelto por impulsos irreconciliables. No era posible volver permanente un momento, y quizá la sola tentativa de hacerlo era en alguna forma maligna. ¿Pero es que no podría haber algún medio de por lo menos sugerir la existencia de tal felicidad, que era lo que realmente se entiende por libertad, que era como la fuente, que era como nuestro amor, que era como el deseo de ser verdaderamente bueno?

Un frío día de lluvia encontré a Quaggan, un hombrecillo flaco y resistente, vestido con un jersey cowichan tejido por los indios en una serie de frisos; estaba en el sendero, cortando cáscara sagrada.
-El sendero de Proteus -dijo, absorto.
-¿Proteus?
-Sí. El hombre que abrió este sendero. Herrero, vive ahora en la ciudad. Lo solíamos llamar el sendero Bell-Proteus, pues Bell lo ayudó -dijo el viejo y desapareció en la oscuridad con su brillante carga purgante.

Cuando regresé a casa busqué a Proteus, en el diccionario que había dejado el escocés (quien con raro discernimiento durante veinte años había dejado de devolverlo a la Biblioteca Pública de Moose Jaw), junto con algunos ensayos de Renan y una Biblia, prestado de un Gedeón, y que estaban en la leñera, y descubrí -aunque no puedo decir que antes no lo supiera más o menos- que era un dios marino profético al servicio de Poseidón. Si se le cogía, adoptaba una forma diferente.

Pero qué extraño era eso, pensé. Ahí Proteo era un hombre, que había dado nombre a ese sendero. Qué misterioso! Y también Eridanus, que era un barco y el nombre de nuestro puerto y aldea, y el de un brazo de mar y también el de una constelación. ¿Estábamos viviendo una vida que era mitad real, mirad fábula? El nombre de Bell no tenía ningún significado que yo supiera. Ni tampoco el de Quaggan. Kristbjorg podría tener virtudes dignas de Cristo, pero en su figura en nada se asemejaba. Y sin embargo no podía dejar de recordar a Hank Gleason, el contrabajista, que al ver Eridanus aquel domingo había exclamado: “Fuera de este mundo, hermano”. Por un momento me había causado una sensación incómoda, como al ver uno de esos filmes grotescos que emplean dibujos animados con personas reales, una mezcla de dos formas: era también la sensación, aunque no pudiera definirla, que me había causado “Wywurk” o “Hi-Doubt”. ¿Pero no provendría esa confusión porque colocábamos los rótulos de una dimensión en otra? ¿O eran inseparables? Como cuando, precisamente en esa época, la refinería de petróleo resolvió poner como anuncio un gran cartel sobre los muelles: SHELL. Pero durante semanas no colocaron la S, de modo que quedó HELL. Y sin embargo, mi propia imaginación no habría podido soñar nada más bello que el cielo desde el cual veíamos aquello. (En realidad yo hasta me había encariñado con la maligna refinería de petróleo que de noche, al exigir la guerra cada vez más lubricantes, solía ser entonces una llamarada de luces, como un barco en puerto el día del cumpleaños del Almirante). Pero nunca podría resolver esos problemas; si tan siquiera llegaba a expresarlos en mi “música” -ya que había tenido ataques de composición en el piano de cámara- ya eso sería una buena obra.

Y luego, antes de tener tiempo de reflexionar, de nuevo tenía la sensación de estar ocupado en la provisión de agua, como si fuera caminando por una serie de eternos oscureceres que se disolvían a lo largo del sendero. Y por fin la noche llegaba como una gran rueda de fuegos artificiales.

Era un atardecer muy sereno, y yo había salido más tarde que lo habitual. Las lámparas brillaban ya silenciosas en la cabaña de Quaggan, en la de Kristbjorg y, en la Punta, en Four Bells, aunque yo sabía que ninguno de sus moradores estaba en casa porque acababa de ver a los tres marchando entre los árboles camino a la tienda. Creo que fue la quietud, el silencio, con la marea que subía, y el hecho de las lámparas que ardían en las casas vacías junto al mar lo que me hizo recordar. ¿Dónde había leído yo sobre la Isla del Deleite? -en Renan, claro- la isla donde los pájaros cantan los maitines y las laudas a las horas canónicas. La Isla del Deleite donde las lámparas se iluminan solas para los servicios religiosos, y nunca se agotan pues brillan con una luz espiritual, la Isla donde reina una quietud absoluta, y todo el mundo conoce con exactitud la hora de su muerte, y donde no se siente frío ni calor ni tristeza ni se padece mal del cuerpo o del alma. Y pensé para mí, estas luces son como aquellas. Esa quietud como esta. Esto es como la Isla del Deleite. Y luego pensé para mí, deteniéndome en el sendero: ¿qué será si lo perdemos? Y ese pensamiento de angustia opresiva hacía que me detuviera con un suspiro. Y luego llegó la primavera y me olvidé también de esa angustia.

MALCOLM LOWRY (1909-1957)



EL SENDERO DEL BOSQUE QUE LLEVABA A LA FUENTE

(la nouvelle póstuma escrita como pieza final de la saga inconclusa El viaje que nunca termina)

Traducción de Eva Iribarne Dietrich.

CUARTA ENTREGA

IV

Tampoco habré de olvidar nunca la primera vez que recorrí el sendero, yendo a la fuente a buscar agua. Era un atardecer muy singular. Al noroeste, sobre las montañas, se había levantado una luna llena como un cardo ardiente. Marte colgaba sobre la luna, y no había ninguna otra estrella. Del otro lado del agua, un banco de niebla se extendía junto a la costa a lo largo de todo el brazo de mar, luminoso al este frente a la casa, pero que se volvía oscuro hacia el sur y el oeste hasta detrás de los árboles sobre el promontorio -es decir, desde nuestro pórtico, desde el sendero, el promontorio con el faro estaba a mi espalda, pero era un atardecer tan raro que no hacía sino darme vuelta- a través de los cuales la niebla aparecía como espirales y bocanadas de humo, como si los bosques hubieran estado incendiados. El cielo era azul al oeste, y empalidecía hasta transformarse en una puesta de sol gredosa, de colores pastel, sobre la que se recortaban los árboles. Una torre de agua ahusada sobresalía allá entre la niebla. Aunque dentro de la casa había estado oscuro, una vez en el sendero estaba claro. Eran las seis de la tarde y no obstante el cielo azul al oeste, un parche de luz de luna se reflejaba en el agua en una ola que se perdía. Por debajo de los árboles, la marea estaba alta. Pero en ese instante, al llegar yo a la fuente, una nube ocultó la luna y todo quedó a oscuras: el reflejo había desparecido. Y cuando regresé había una niebla azul.
-Bienvenido al hogar -dijo mi mujer sonriendo, al recibirme.
-Sí, mi querida, es realmente un hogar ahora. Me gustan esas cortinas que has puesto.
-Es lindo sentarse junto a la ventana y mirar afuera cuando hace buen tiempo, pero en un crepúsculo lúgubre me gusta correr las cortinas y sentirme el abrigo de la noche oscura, la casa llena de la luz de la lámpara.
-¿Nada de esa tontería de un amor romántico en una casita?

Yo estaba encendiendo las lámparas de petróleo al decir esto, y sonreía al reflexionar cómo esa poco profética y desamorada exclamación se había convertido en un leitmotiv de amor, complacido por el color dorado que la llama de las lámparas encendidas arrojaba sobre las bonitas agarraderas azules sostenidas por ganchos de estaño acanalado, como halos o como una custodia.
-Pero ahora es de noche y los “sombreros chinos” se han puesto en movimiento-. Reíamos mientras yo bajaba la llama de una mecha que estaba ahumando la camisa.

Y afuera la marea seguía avanzando aun desde el Pacífico, hasta que la pudimos oír que batía y susurraba bajo la casa. Y más tarde, ya en la cama, escuchamos las máquinas de un carguero que sacudían la casa:

Frère Jacques
Frère Jacques
Dormez-vous?
Dormez-vous?

Pero a la mañana siguiente, cuando las gaviotas levantaron vuelo hacia las orillas de la ciudad, el sol claro y frío entraba directamente dentro de los dos cuartos de nuestra casa llenándola con el brillo incesante de los reflejos del agua y las incandescencias de la luz como si supiera que de ahí a poco el mundo empezaría a avanzar por los meses bravos del invierno hacia la inevitable primavera. Y ese día, al caer la tarde, después que las últimas gaviotas hubieron regresado a dormir, cuando apareció la luna, su luz se entretuvo en bordar las ondulantes ventanas de nuestra casa, con sus cortinas, sobre la marea inquieta de Eridanus, que era a la vez mar y río.

Desde entonces, al oscurecer, cuando las gaviotas llegaban flotando de vuelta por encima de los árboles, yo acostumbraba llevar el recipiente a la fuente. Primero subía la escalera enclavada en la orilla, cuyos peldaños de madera habían reemplazado los rotos y viejos escalones del escocés, que llevaban desde el pórtico al sendero arriba. Luego doblaba a la derecha de modo que me encontraba entonces mirando hacia el norte, hacia las montañas, emplumadas de blanco como las mismas gaviotas, con una fresca pintura de nieve; o rosadas o índigo.

A menudo me demoraba en el camino y soñaba con nuestra vida. ¿Era posible ser tan feliz? Estábamos viviendo ahí, en el límite mismo de la existencia, en condiciones tan pobres y abyectas a los ojos del mundo que hasta eran censuradas en los diarios, o por la Junta de la Salud, y, sin embargo, para nosotros era como vivir en el cielo, y como si el mundo exterior -tan portentoso en sus recomendaciones al hombre de necesidades imaginarias que en realidad significaban su condenación- fuera el infierno. Y por esas necesidades ilusorias, en ese infierno de fealdad más allá de Eridanus y con el fin de convertirlo en un infierno aun mayor, los hombres se estaban matando.

Pero unas tardes después, cuando regresaba a casa por el sendero, se apoderó de mí la más violenta emoción que hubiera experimentado en mi vida. Fue algo tan violento que pasó un rato antes de que me diera cuenta de lo que se trataba, y tan terriblemente avasalladora que hizo que detuviera mis pasos y pusiera en el suelo mi carga. Un instante antes había estado pensando en cuánto amaba a mi mujer, cuán agradecido estaba por nuestra felicidad, y de ahí había pasado a reflexionar sobre la humanidad y esa hasta entonces inocente emoción se había convertido, pues en realidad eso era lo que era, en odio. No era tampoco un odio corriente, sino algo virulento y asesino que palpitaba en mis venas como una pasión y que hasta parecía que me erizaba el pelo y me volvía agua la boca, y que arrastraba a todos en mi violencia, a todos, excepto a mi mujer. Y así, una y otra vez, me detuve mientras volvía con el agua, dejando en el suelo mi carga al sentirme poseído por ese sentimiento. Era un odio devorador y tan absolutamente implacable que quedé asombrado de mí mismo. ¿Qué significaba todo ese odio? ¿Eran esos realmente mis sentimientos? El mundo, claro, uno podía odiar al mundo por su fealdad, pero eso era un odio a la humanidad. Un día, después de haber sido rechazado de nuevo por el ejército, se me ocurrió que de algún modo misterioso yo tenía acceso a la terrible ira que estaba devastando el mundo, o de que estaba a la merced de las fuerzas salvajes de la naturaleza, para redimir a las cuales, según había leído, había sido enviado el hombre al mundo, o de algo que era como el temible Wendigo, el vengador, el enemigo del hombre, el espíritu de la naturaleza salvaje, del bosque torturado por el fuego, al que los indios temen y en el que aun creen.

Y en la extrema confusión de mi alma, mi odio y mi sufrimiento eran el fuego mismo del bosque, el destructor, que está allí, aquí, y por todas partes: respira, se mueve y a veces bruscamente vuelve sobre sus pasos y hasta de mata a sí mismo, y obra como animado por un espíritu de idiota propio, y así mi odio mismo se convirtió en una cosa, un patrón de destrucción. Pero el movimiento del incendio en el bosque era como una perversión del movimiento del brazo de mar: las llamas corren hasta detenerse ante una barrera de cedros no inflamables, a los que las llamas amarillas lamen, y viéndolo, se cree que las llamas desbordarán por sobre la cumbre de la montaña como el agua de la marea. Pero no, quizá una hora más tarde, el viento habrá cambiado, o el incendio habrá crecido desmesuradamente y es arrastrado por un movimiento opuesto al avance. Y así el fuego no franquea la montaña sino que retrocede para devorar los trozos de árboles caídos durante su primer empuje. Y parecía que así también estaba obrando ese odio, que volvía hacia atrás y hacia dentro de mí mismo, para devorar con sus llamas a mi propio ser.

¿Qué sucedía conmigo? Pues casi todo era desinterés en nuestra pequeña colonia. Nuestro vecinos, como benévolos leones de la montaña, según había comprobado, pasaban el día íntegro al acecho sólo para llevar a cabo un acto desinteresado, para ayudarnos de algún modo u ofrecernos un presente. Una sonrisa, el saludo con una mano que se agitaba o un alegre grito tenían ahí también gran importancia. Quizá nos tuvieran por algo inestables, pero nunca nos lo demostraron. Recordé cómo Mauger, el natural de las Islas del Canal, solía rondar con su bote y detenerse en nuestra casa, esforzándose por elegir el mejor momento para traernos cangrejos o salmón sin causarnos molestias, por lo que no quería aceptar ningún pago. Por el contrario, era él quien nos pagaba el privilegio de ofrecernos los cangrejos con cuentos y canciones.

En una ocasión nos había relatado cómo una vez había visto a un salmón ahogar un águila. El águila había alzado un salmón entre sus garras, que no había querido compartir con una bandada de ciervos, y antes que ceder parte alguna de su botín se había dejado arrastrar finalmente bajo las aguas.

Nos había contado que en las regiones del norte, donde pescaba, había dos clases de hielo, el azul y el blanco. El hielo blanco, como estaba muerto, no podía trepar; pero el azul subía tranquilamente y arrasaba todas las bellezas de árboles y musgos, y arrancaba los líquenes hasta dejar las rocas tan peladas como la puerta del escocés que había venido a ayudarnos a arreglar.

O nos hablaba de las visiones árticas, de los vientos tan fuertes que soplaban en la bajamar donde se veían peces extraños de huesos verdes…

Cuando había vuelto en septiembre gustaba cantar:

Oh you’ve got a,long way to go? (1)
You’ve got a long way to go
Whether you travel by day or by night
And you haven’t a port o starboard light
If it’s west o eastward ho -
The judge will tell you so -

Y también cantaba, con su curiosa voz cascada con acentos del viejo music-hall inglés, y que era casi hablado:

Farewell, farewell, my sailor boy (2)
This parting gives me pain…

Y también nosotros nos habíamos vuelto generosos, o por lo menos diferentes, alejados de los dogmas del mundo egoísta. Constantemente vigilábamos el muelle flotante de Quaggan para ver si estaba seguro y si se soltaba sin que él se diera cuenta, o cuando se hallaba en la ciudad, nosotros lo rescatábamos, por malo que fuera el tiempo, esperando de veras que él no se enterara que habíamos sido nosotros, y sin embargo orgullosos de haberlo sido, pues de no haber sido nosotros, hubiera sido algún otro.

Nadie echaba jamás el cerrojo a la puerta, nunca nadie hacía un comentario mezquino sobre otro. Sin embargo, no ha de suponerse que los habitantes de Eridanus estaban dotados de todas las virtudes teologales. Aunque un punto hay que destacar con respecto a las mujeres de los pescadores. Con excepción de los que eran casados, no había nunca ninguna mujer. Los pescadores solteros solían prestar su cabaña a los amigos durante el verano, pero eran sacrosantas una vez que ellos estaban de regreso. Lo que hacían en la ciudad era algo que sólo a ellos les interesaba, pero nunca llevaban putas, por ejemplo, a su cabaña. La actitud del pescador soltero hacia su cabaña era similar a la que tenía hacia su barco. En efecto, su amor por la una era igual a su amor por el otro. Tal vez su cabaña era menos una parte de él que su barco y su amor por la cabaña menos desinteresado; creo que una razón de ello es que sus pequeñas cabañas eran altares de su propia integridad e independencia, algo que este tipo de hombre, que casi parece extinguido, sabe que sólo puede conservarse al abrigo de la maldad de la maledicencia. Y en realidad la vida individual de cada uno era en esencia un misterio (aun cuando pareciera un libro abierto) para su vecino. Los habitantes eran de diversas creencias y no creencias religiosas y políticas y, por cierto, nada sentimentales. Hubo una vez, en años posteriores, una familia con tres niños que vivió en Eridanus por necesidad y no por gusto y que con seguridad estaban convencidos de que eso “era por debajo de ellos” y que los verdaderos valores se encontraban “manteniéndose a la altura de los Jones”. Se dejaron hundir en la degradación, como si aquella fuera la contraparte convencional de la pobreza, sin siquiera haber contemplado un amanecer. Recuerdo que su desaliño y su incapacidad general originaron algunos agrios comentarios entre los pescadores, y todo el mundo se alegró cuando se marcharon para instalarse en algún barrio pobre de la ciudad, donde ciertamente no tendrían que llevar el agua desde una fuente y donde el sol se levantaría por detrás de algunos almacenes. Y hasta nosotros no estábamos totalmente absueltos de identificar una vida tal con el “fracaso”, algo que ciertamente habríamos debido haber sobrepasado. Pero recuerdo perfectamente cómo solíamos vagar en nuestro botecillo al sol, o conversar junto al fuego a la suave luz de la lámpara si era de noche y hacía frío, y murmurar juntos nuestros sueños de “éxito”, viajes, una linda casa, etc.

Y todo Eridanus, como corre el dicho, parecía hecho de todo y de nada, sin la necesidad de que nadie hiciera sufrir a otro por su posesión: los techos eran de tablones de cedro trabajados a mano, los pilotes de pino, los botes de cedro y de arce. Los cipreses y el abeto se alzaban en nuestras chimeneas y el humo regresaba al cielo.

No había lugar para el odio, y retomando la carga de mi recipiente, decidí abolirlo, después de todo no eran los hombres a los que odiaba sino la fealdad que creaban en la imagen de su propia ignorancia y desprecio por la tierra, y regresé a mi mujer.

Pero en el momento en que vi a mi mujer, olvidé todo mi odio y mi tormento. Cuánto le debía! Yo había sido una criatura de la noche, que sin embargo no había visto nunca la belleza de la noche.

Mi mujer me enseñó a conocer las estrellas, en su curso y estaciones, y a saber su nombre, y cómo se reía, en carcajadas que eran como alegres campanillas, cada vez que me contaba cómo había hecho para que por primera vez las mirara. Había sido en los primeros tiempos de nuestra estadía en Eridanus, cuando yo, acostumbrado a estar levantado toda la noche y a dormir de día, no podía habituarme a ese cambio de ritmo y al silencio ya la oscuridad que nos rodeaban. Como no podía dormir, una noche sin luna, en las primeras horas de la madrugada, me había hecho caminar hasta lo más profundo del bosque; me había hecho apagar la linterna eléctrica y luego, un momento más tarde, me había hecho mirar el cielo. Las estrellas brillaban y centelleaban entre los árboles oscuros y yo había exclamado: “Dios mío, en mi vida había visto algo semejante!” Pero no lograba reconocer los dibujos que ella me señalaba, y cada vez tenía que enseñarme de nuevo, hasta una noche tardía de otoño en que brillaba la luna llena. Esa noche había sobre la playa maderas escarchadas y la lenta línea plateada de la marejada. Arriba la noche resplandecía de espadas y diamantes. De pie en el porche me señaló Orión. “Mira, las tres estrellas de su cinturón, Mintaka, Alnilam y Alnitak, y allí arriba está Betelgeuse en su hombro derecho, y abajo Rigel en la orilla izquierda…” y cuando por fin las vi, dijo: “Esta noche es más fácil, porque la luz de la luna oculta a todas salvo a las estrellas más brillantes”.

Pensaba cuán poco hasta entonces había yo sabido de las profundidades y las mareas de una mujer, la ternura, la comprensión, la capacidad de goce, la gravedad, la alegría, la resistencia y la belleza, que por mi suerte loca era la belleza de mi mujer.

Había vivido en el campo de niña y, al volver al cabo de los años pasados en las ciudades, era como si nunca lo hubiera abandonado. A veces, al ir a su encuentro por el bosque cuando ella regresaba del almacén, la sorprendía parada, tan inmóvil y alerta como la criatura salvaje que había visto y estaba observando, una gama con su cervato, un visón o un diminuto abadejo posado sobre una rama en lo alto. O la encontraba arrodillada oliendo esa tierra tan amada por ella. Con frecuencia tenía la sensación de que ella estaba en una misteriosa relación con toda la Naturaleza que la rodeaba de un modo desconocido para mí, y pensaba que ella misma era el eidolon de todo cuanto amábamos en Eridanus, de todas sus mudanzas y mareas, de sus oscuridades y de sus soles y estrellas. Como tampoco el mismo bosque hubiera podido estar más ansioso que ella por la llegada de la primavera. La deseaba como un cristiano el cielo, y a través de ella yo llegué a sentir esas mudanzas y cambios y corrientes de la naturaleza, así como la incesante conversión en humus de sus hojas caídas al podrirse -nada en la naturaleza que sugiriera tanto la propia muerte como aquello, empecé a sentir -y en brotes, para nuevamente resurgir a la vida.

Mi mujer era también una excelente cocinera, y aunque la cocina de hierro a leña que teníamos nos recordaba a Charlie Chaplin en La quimera del oro, ella se las componía para convertir en obras de arte nuestros limitados y simples alimentos.

A veces, cuando más se nos apretaba el corazón por la guerra, o por el temor de vernos separados, o de quedarnos sin dinero, ella, en la cama, reía en la oscuridad y me contaba historias para hacerme reír también a mí, y después hasta inventábamos juntos cancioncillas maliciosas.

Descubríamos que rara vez podíamos realizar una tarea afuera juntos, como hachar madera o reparar las cosas, sin cantar; los trabajos engendraban las canciones, de modo que era como si nosotros hubiésemos redescubierto los primeros principios de la música; empezamos a crear nuestros propios cantos y yo comencé a escribirlos.

Pero era el acompañamiento de su charla, de su conciencia de todo lo que nos rodeaba, de sus comentarios algo absurdos, profundamente perceptivos, lo que, según llegué a comprenderlo, daba intensidad a toda nuestra vida.

“Mira la escarcha sobre las hojas muertas, es como un brocato suntuoso” “Los paros repican como una campana al viento”. “Mira ese moho, es una mágica selva tropical de palmeras” “¿Cómo distingo la cáscara sagrada del aliso? Porque los alisos tiene ojos” “¿Ojos?” “Igual a los ojos de las patatas. Es de donde nacen los renuevos y donde las ramas se desprenden”. “Tendremos nieve esta noche, la huelo en el viento”. Así era nuestra conversación habitual, nuestra charla diaria en el bosque.

Qué remota parecía ahora mi antigua vida de la noche, mi vida en que las únicas estrellas habían sido las luces de neón! Debía de haber tropezado con miles de amaneceres alcohólicos, pero borracho en el pescante había pasado de largo. Qué diferentes las escasas copas que ahora tomábamos, con Quaggan o con Kristborj, cuando no las podíamos pagar o cuando había algo que tomar. Nunca hasta entonces había mirado realmente salir el sol.

Una o dos veces, algún domingo, algunos de los muchachos con quienes había yo tocado, cuando por acaso se hallaban cumpliendo un contrato en la ciudad, en el Palomar Dance Hall, o en el escenario del cinematógrafo Orpheum, vinieron a vernos. Muchos conjuntos se habían deshecho durante la guerra y mi antigua agrupación no era ya la misma, pero, pese a lo que el mundo pueda pensar, los músicos de jazz no sólo están dotados de una rara integridad sino que figuran entre los hombres más comprensivos y espirituales, y mis compañeros no trataron de hacer que volviera a mi antigua vida, sabiendo que sería mi muerte. No era que creyera que estaba trascendiendo al jazz: nunca podría hacerlo ni desearlo, ni ellos hubieran permitido tampoco que me hiciera esa ilusión. Pero hay quienes aguantan la lucha y quienes no. Nadie puede ser tan tonto como para pensar que Venuti o Satchmo o el Duke “han arruinado su vida”, por haber llevado lo que pretenciosamente he llamado una “vida de la noche”. Es su verdadera vida, y ofrece a mis ojos el aspecto de la gloria auténtica, de la más válida y real aceptación de una vocación genuina. En cierto modo, puedo imaginármelos riéndose a carcajadas de estas palabras y, sin embargo, ellos sabrían que lo que digo es verdad.

Yo había pertenecido, en cierto modo, en el pasado, a la época de la Prohibición -a decir verdad no he perdido aun enteramente mi gusto por las bebidas de contrabando- y de Beiderbecke, que había sido mi ídolo y de Eddie Lang, que me había enseñado a tocar jazz. El jazz ha avanzado desde aquellos días y el señor Robert Hacket logra flights que hubieran sido difíciles aun para Bix. Pero estaba románticamente ligado a esa época como lo estaba a los pasados días de los fogoneros. Nunca había podido tocar música melódica y rara vez además había podido tocar muy sobrio y cuando había abandonado corría peligros más graves, y todo esto mis colegas, llenos de grave y cortés asombro ante la vida extraordinaria que estaba llevando, y en cuyos rostros marcados por la bebida los pedacitos de esparadrapo testimoniaban el heroísmo y la buena voluntad de su visita, sabían perfectamente. Me había traído un viejo gramófono al que se daba cuerda con la mano. Ya que, por supuesto, carecíamos de electricidad, y una colección de nuestros antiguos discos, y comprendí también a través de la jerga familiar de la profesión en que todos recaímos, que su grave impresión era que yo tendría que hacer algo creativo en mi vida si no quería en cierto modo venirme abajo, pese a toda mi felicidad.

Un áspero día gris en que el invierno del norte aullaba entre los acerados árboles invernales, y el sendero del bosque era casi impracticable por el hielo y las heladas ráfagas de nieve, sentimos un gran ruido afuera. Eran algunos de los muchachos de mi antigua agrupación que me traían un piano de cámara de segunda mano. ¿Cabe imaginar el trabajo, los planes, el puro esfuerzo que ese acto significaba? Habían reunido los fondos, descubierto el instrumento y como que sólo podían visitarme los domingos no les era posible contratar a nadie para que los ayudara, habían alquilado un camión para su traslado y por fin habían cargado el piano a través del bosque helado, por aquel punto menos que impracticable sendero.

A partir de entonces mis amigos me enviaron de vez en cuando numerosos arreglos hot para que les hiciera las adaptaciones. Y me dieron la posibilidad de aumentar mis entradas de una forma que me causó gran placer y que es, además, por cuanto sé, única. Esto es, en repetidas ocasiones les proporcioné los títulos para piezas hot, fruto de la improvisación, cuando las grabaron. Antes esos títulos parecían surgidos de la música misma, y tal es el caso de títulos como For no Reason at All in C, y los solos de piano In a Mist, In the Dark, de Beirderbecke. Walking the Dig es el título de una desconocida obra maestra de Eddie Lang, y Black Maria, otro. Little Buttercup -melodía que por cuanto sepa nada tiene que ver con la canción de H.M.S Pinafore y Apple Blossoms corresponden a dos piezas de Venuti en vena poética, y los negros han sido siempre particularmente eficaces en la elección de sus títulos. Pero últimamente, no obstante algunos títulos brillantes en bebop, y algunos esfuerzos superlativos como Heavy Traffic on Canal Street (versión swing del Carnaval de Venecia de Paganini) y el Bach Bay Blues por los New Friends of Rhythm, hasta el genio de los hijos de nuestra raza hermana ha empezado a fallar en este sentido. Un día mis amigos, en San Francisco, se vieron en apuros por un título y entre bromas y veras, en una tarjeta de Navidad, me pidieron consejo para una pieza que debían grabar con una pequeña agrupación poco después de Año Nuevo. Nosotros les telegrafiamos: “Sugerimos Swinging the Maelstrom aunque no tan bueno como Mahogany Hall Stomp Dios los bendiga. Feliz Año Nuevo. Cariños”.

De ahí en adelante recibí numerosos pedidos de ese tipo y como la mayoría de los nombres puestos fueron utilizados, algo en broma pero muy consideramente, yo recibía una suma de dinero completamente fuera de proporción con lo que normalmente hubiera ganado por derechos sobre la venta del disco en cuestión. Algunos de los títulos que yo les sugerí y que tal vez se recuerden son, fuera de Swinging the Maelstrom: Chinook, Wild Cherry, Wild Water, Little Path to the Spring y Playing the Pleiades, y también hice una variación sobre Bix que trabajé en el piano y a la que llamé Love in a Mist.

Little Path to the Spring, el pequeño sender a la fuente! De esta singular manera gané lo suficiente, dado el modo con que vivíamos, para mantenernos dos o tres años más y para asegurar cierta tranquilidad a mi mujer, de ser yo llamado a filas. Y sobre todas esas cosas solía pensar en el sendero mientras esperaba que el recipiente se llenara, como un humilde sacerdote que mientras recorre las naves de una gran catedral al oscurecer, desgranando las cuentas de su rosario y recitando padrenuestros, se ve acosado por el tumulto de los pensamientos extraños. Ah, el pequeño sendero a la fuente! Pensé que en el fondo debía ser un hombre muy humilde para que una fuente tan inocente me causara tanto placer de creación, y que debía vigilar que mi orgullo no lo estropeara todo en esa humildad.

Aquel primer invierno en Eridanus para nosotros en muchos aspectos, habituados como estábamos a la vida de ciudad, lo primitivo de nuestra existencia allí en la playa - bastante sencilla en verano y durante los días tibios- nos planteaba diariamente problemas de los que ignorábamos la respuesta, pero que resolvíamos siempre de algún modo, y nos impuso hazañas de resistencia y fortaleza que con frecuencia realizamos sin saber cómo ni por qué y sin embargo, cuando ahora miro hacia atrás, me vuelve el recuerdo en todo aquello de una felicidad profunda.








Notas








(1) Oh, tienes un largo camino que recorrer / Tienes un largo camino que recorrer / Así viajes de día como de noche / Y no tienes luz a babor ni a estribor / Si la dirección es al este o al oeste... / El Juez habrá de decírtelo.




(2) Adiós, adiós, marinero, hijo mío. / Esta despedida me causa dolor...








MALCOLM LOWRY (1909-1957)



EL SENDERO DEL BOSQUE QUE LLEVABA A LA FUENTE

(la nouvelle póstuma escrita como pieza final de la saga inconclusa El viaje que nunca termina)

Traducción de Eva Iribarne Dietrich.

TERCERA ENTREGA

III

Nos fascinaron entonces las grandes mareas y las corrientes con su flujo y reflujo. No sólo era a causa de las exigencias de nuestro bote, que no era nuestro, que no podíamos anclar, y que no siempre era posible mantener a flote, al que era necesario vigilar. Durante las altas mareas del invierno, con el nivel del Pacífico casi al ras de nuestros pies, la casa misma podía correr peligro, como ya dije, a causa de los grandes maderos y de los árboles arrancados que arrastraba la corriente.

Y aprendí también que una marea que según todas las apariencias está subiendo, podrá estar haciéndolo sólo en la superficie y que por debajo se está ya retirando.

Quaggan, el constructor de botes originario de la Isla de Man, al que habíamos llegado a conocer, nos habló, mientras se balanceaba en el bote bajo nuestras ventanas, a la caída de una tarde más tibia, en que el pueblo era como una Génova minúscula o una Venecia de sueño, de la creencia de la Isla de Man de que, para la luna nueva, los pájaros que se hallan sobre la novena ola a partir de la costa son las almas de los muertos.

Nada hay más irritante y doloroso para quien ha vivido en el mar que el sonido del océano que golpea implacable y estúpidamente sobre la playa. Pero ahí, en el brazo, no era ni mar ni río, sino una mezcla de ambos, en eterno movimiento, en un eterno flujo y reflujo, tan misterioso y multiforme en sus movimientos y en su ser, como los del alma cuando el alma fluía con él, como lo era el otro Eridanus, la constelación en el cielo, el río de estrellas del cielo del que sólo su nacimiento era visible para nosotros, y visible asimismo reflejado en el brazo de mar en las noches serenas con una marea alta y mansa, antes de que se alejara haciendo una curva detrás de la hermosa refinería de petróleo, dando vuelta alrededor del cetro de Branderburgo, para entrar en el hemisferio sur. Y en esos momentos de quietud, en el corto tiempo de la marea alta antes de la bajante, era como lo que me he enterado que los chinos llaman el Tao, que, dicen, existió antes que los Cielos y la Tierra, algo tan sereno, tan permanentemente igual y que sin embargo alcanza a todo y no corre el peligro de agotarse: como “aquello que es tan sereno y sin embargo pasa en un constante fluir, y al pasar se vuelve lejano, y habiéndose vuelto lejano, vuelve”.

Nunca más había de repetirse aquel desdichado aspecto que ofrecía la playa el primer día. Si a veces aparecía petróleo sobre las aguas, no tardaba en desaparecer, y el mismo petróleo era singularmente atrayente, y en realidad más o menos en una época fue prohibido por ley que los petroleros vertieran petróleo dentro de los límites de un puerto.

Pero cuando la ley era violada y las capas de petróleo se presentaban era milagrosa la rapidez con que el brazo de mar se limpiaba a sí mismo en un momento. Era aquello el agua más límpida, más fresca y más vigorizante en que haya nadado, y cuando se habló de cerrar el brazo de mar, cuando una cervecería inglesa habló más tarde de convertir el lugar íntegro en un estanque de agua dulce, pervirtiendo incluso aquellas fuentes puras y separándolo por completo del mar purificador, fue como si por un momento las fuentes de mi propia vida temblaran y agonizaran y se secaran dentro de mí. Mareas tan bajas como aquella del primer día eran, naturalmente, excepcionales. Y durante la marea baja, hasta los bajíos cenagosos eran interesantes, y en ellos bullía toda clase imaginable de extrañas vidas. Había estrellas diminutas y delgadas de color turquesa y otras gruesas de color violeta, estrellas de mar bermejas con veinte brazos puntiagudos como una pintura infantil del sol; caracolillos metiéndose comida en la boca; pólipos y anémonas de mar; cohombros de mar de medio metro de largo, como dragones anaranjados con puntas, cuernos y antenas; solitarias y extrañas avispas que cazaban entre los caracoles; animales marinos marinos cuyos amours sonaban como fuego de ametralladora, y fucos de largas tiras de raso pardo, que “cuando sacan la cabeza afuera y la sacuden, significa que la marea está aflojando”, según nos dijo Quaggan. Del otro lado de la punta norte, más allá del puerto, había en verdad millas de bajíos cenagosos durante la marea baja, con viejas estructuras de pilotes como gigantes borrachos abrazados, eternamente camino a su casa, tambaleantes, de regreso de alguna taberna titánica en las montañas.

A la noche, en la playa y en los bajíos, todo a veces parecía tranquilo y en reposo, envuelto en una quietud de reflexión meditativa. Hasta los caracolillos dormían, creíamos. Pero comprobamos que nunca habíamos podido estar más errados. Es sólo por la noche que ese vasto mundo de las riberas y los bajíos despierta. Descubrimos que había unos pequeños mariscos llamados “sombreros chinos” que únicamente caminaban de noche, de modo que después, en la casa, cuando caía la noche, se convirtió en una broma ritual al volvernos el uno hacia el otro, riendo, y en un tono sepulcral decir:
-Es de noche y los “sombreros chinos” se ponen en movimiento.

Igualmente las rocas de la playa, que al principio sólo habían parecido una amenaza para los pies pequeñitos de mi mujer, se convirtieron en una fuente de delicias. La dificultad de pasar sobre ellas durante la bajante para ir a nadar fue sencillamente subsanada con un par de viejas zapatillas de tenis. Y por la mañana, cuando uno se levantaba para preparar el café, con el sol que brillaba de tal modo a través de las ventanas que era como estar en el medio de un diamante, y si miraba afuera, al brazo de mar, con la luz del sol que trocaba una parte del agua negra en bullentes diamantes, empecé a ver esas rocas intermedias como con los ojos de Quaggan, los de un celta, como presencias que se erguían a modo de aquellos testigos inmutables de Renan para los que no existe la muerte, cada una de ellas portadoras del nombre de una deidad.

Y naturalmente buena parte de nuestra madera la obteníamos de la playa, tanto la que utilizábamos para reparaciones como la necesaria para leña. Fue en la playa donde un día encontramos la escalera que más tarde nos sería tan útil y que habíamos visto flotando a flor de agua; y fue asimismo en la playa donde encontré el recipiente que limpiamos y que finalmente todos los días llevaba al atardecer para recoger agua en la fuente.

El escocés nos había dejado dos barriles pequeños para el agua de lluvia, pero ya mucho antes de que encontrara el recipiente, el agua potable había comenzado a ser uno de nuestros problemas más graves. En la carretera, del otro lado del bosque, había una tienda de ramos generales y garaje con una canilla de agua al lado de la bomba de petróleo y, aunque cansador, era enteramente factible llevar un balde, sacar agua de allí y bajar atravesando el bosque, y era lo que hacía la mayor parte de los veraneantes. Pero descubrimos que los habitantes auténticos de la playa evitaban hacerlo siempre que era posible, aunque no fuera sino por un punto de honor, ya que al tendero, un buen hombre, no le importaba, a más que la gente de la playa constituía la fuente mayor de sus ingresos. Pero él pagaba impuestos y nosotros no, y quienes pagaban impuestos en la zona tenían la costumbre de utilizar el menor pretexto para convertir en debate público la sola existencia de los “lamentables intrusos”, cuyas casas “como malignas excrecencias del mar debían ser incendiadas”, como alevosamente lo expresó un diario de la ciudad. ¿Qué sentido hubiera tenido el señalar a esos individuos que: “El amor lo encontró en las chozas donde moraban los humildes”? Por esa razón los residentes permanentes, y aun los veraneantes que habían estado allí cierto tiempo, preferían obtener el agua de alguna fuente o manantial. Había quienes tenían pozo y quienes, como Quaggan, tenían canales que llevaban al agua a través del bosque desde los arroyos de la montaña, sólo que nosotros no nos enteramos de eso hasta más tarde, pues en esa época apenas conocíamos a quienes habrían de convertirse en nuestros vecinos y amigos, y nos hallábamos a un cuarto de milla de nuestros vecinos más próximos, Quaggan al norte y Nauger al sur. El escocés nos había dejado un barril pequeño de agua dulce y nos había dicho que para llenarlo se acostumbraba remar hasta un arroyo a una media milla de distancia, a la vuelta de la punta del faro, más allá del muelle de la compañía de lanchones. Así pues, cada tantos días yo cargaba el barril y un balde en el bote, y con mi mujer remábamos hasta allá. El arroyo corría todo el año pero su profundidad era tan escasa que no se podía hundir el balde. Había que llenarlo en una caída de agua de treinta centímetros de altura, entre las rocas, poniendo el balde debajo.

Ahí, en esa tierra de nadie entre la compañía de lanchones y la reserva de indios, la costa era muy llana y baja y no había en ella arena sino algas y un cieno profundo; con la marea baja el bote quedaba varado a unos treinta metros de la fuente y había que luchar para llevar desde allá el barril lleno de vuelta, por sobre el cenegal y el agua poco profunda, hundiéndose en el lodo. Por otra parte, si la marea estaba alta, el mar llegaba exactamente hasta por arriba de la caída de agua, cubriéndola por completo, aun cuando luego esta resurgiera pura. De modo que era necesario calcular con exactitud el momento entre la pleamar y la bajamar para llegar suficientemente cerca con el bote, pues de lo contrario era una tarea imposible. Me cuesta ahora comprender, aun con la mejor voluntad, cómo pudimos divertirnos tanto con semejante trabajo. Pero quizá sea que ahora perece divertido si recuerdo nuestra desesperación el día que descubrimos que no podíamos ir más allá: en aquel momento fue como si por esa causa tuviéramos realmente que dejar Eridanus.

Para ese entonces el mes de noviembre estaba avanzando, faltaba menos de un mes para el solsticio de invierno, y nosotros todavía seguíamos quedándonos; las brillantes escarchas matinales, los mediodías azules y dorados y las nieblas vespertinas de octubre se habían transformado de pronto en amaneceres sombríos o tormentosos, con nubes oscuras que corrían por las montañas llevadas por el viento norte. Una mañana, a fin de aprovechar el momento entre la pleamar y la bajamar, como yo había revelado a mi mujer, me levanté antes de la salida del sol, para preparara el café. Júpiter había estado brillando con furia, y cuando me levanté, aunque eran las ocho y cuarto, todavía lucía la luna menguante. Para cuando llevé a mi mujer el café, la aurora era como de porcelana. Antes había habido un cielo oscuro como arenques, con trozos rosados. Mi mujer adoraba que yo le describiera esas cosas, siempre con detalles minuciosos, como ocurría la mayor parte de las veces, tal como ella me las describía cuando era la primera en levantarse, en la época en que los días eran más tibios.

Pero aparentemente yo me había equivocado con el amanecer, del mismo modo que me había equivocado con la marea creciente, pues más tarde, hacia las diez de la mañana, todavía seguíamos tomando café y esperando que el sol saliera y la marea subiera. El día se había puesto sereno, la temperatura era suave, el agua un espejo oscuro, y el cielo un repasador mojado. Una garza estaba inmóvil sobre una piedra cerca de la punta; parecía anormalmente alta, y por un instante recordamos que unas noches antes habíamos visto ahí unos hombres trabajando con linternas: quizá la garza fuera alguna especie nueva de boya. Pero entonces aquella alta boya se movió ligeramente, desplegó como un manto las alas de cóndor, y recobró su inmovilidad.

Durante todo este tiempo el sol, sin embargo, había estado levantándose y se había levantado ya para las gentes más allá de las montañas del otro lado del agua. Digo las montañas pues ya no más, como en septiembre, se alzaba el sol al este, sobre el agua, por encima de Port Boden, con las líneas de alta tensión que lo cruzaban, o al noreste donde se hallaban los altos montes, sino cada vez más al sur, por detrás de las montañas boscosas sobre las vías del ferrocarril.

Pero entonces ocurrió una cosa extraordinaria. Al sur de las líneas de alta tensión, directamente por encima del ferrocarril invisible, por arriba de donde se hallaban las cabañas ennegrecidas debajo del terraplén, el sol luchaba, la única cosa con vida en un yermo gris, o mejor dicho el sol había aparecido bruscamente como un circulillo pequeñito con cinco árboles adentro agrupados alrededor de su borde inferior, como agujas de una catedral dentro de una taza de té. Si uno cerraba los ojos y luego los abría bien no había ningún brillo, sólo ese círculo platinado del sol con los árboles adentro, y ningún otro árbol era visible a causa de la niebla, y luego las nubes minuto a minuto se fueron reuniendo arriba y el sol fue incluyendo árboles a lo largo de la falda de la montaña a medida que ascendía. Después, por un momento, quedó ahogado y fue semejante entonces a una calavera, la parte de atrás de una calavera. Cerramos los ojos y los volvimos a abrir y allí estaba el sol, un sol diminuto, enmarcado en uno de los recuadros de vidrio de la ventana, como una miniatura, irreal, con esos árboles adentro, a pesar de que ningún otro árbol era visible.

Tomamos el bote y fuimos hasta la fuente y encontramos un anuncio nuevo:

PROPIEDAD PRIVADA: PROHIBIDA LA ENTRADA

A pesar de eso resolvimos llenar el barril por última vez. Apareció alguien corriendo por la falda de la montaña, haciendo ademanes de enojo, y en mi prisa por sacar el bote que estaba varado por el peso suplementario del barril, uno de los zunchos se soltó y para cuando llegamos a casa no sólo el barril estaba casi vacío, sino que por poco no habíamos hundido también el bote del escocés. Mi mujer lloraba y había empezado a llover y yo estaba enojado; era tiempo de guerra y nos sería imposible comprar otro barril, y durante la pelea -una de las primeras entre nosotros- casi habíamos decidido marcharnos de una vez por todas, cuando divisé el recipiente que la marea había dejado sobre la playa. Mientras lo examinaba salió el sol, arrojando una luz pálida y plateada, en tanto continuaba lloviendo sobre el brazo de mar y mi mujer quedó tan extasiada con la hermosura de todo eso que olvidó las cosas desagradables que se habían dicho y empezó a hablarme de las gotas de lluvia, exactamente como si yo hubiera sido un niño, mientras yo escuchaba, conmovido, inocente, como si nunca antes hubiera visto una cosa así, y en realidad era como si nunca lo hubiera visto.

-Porque, querido, cada una de ellas está unida a otras gotas que caen sobre ella -dijo-. Algunas son esferas grandes, que se ensanchan y engloban otras gotas, otras son más chicas y más débiles y al parecer viven poco tiempo… La lluvia es agua del mar, que el sol eleva al cielo, se transforma en nubes y de nuevo cae al mar.

¿Sabía yo eso? Supongo que sí, más o menos. Pero que el mar a su vez hubiera nacido de la lluvia, eso no lo había sabido. Pero ella dijo aquello con tan inefable asombro, repito, que observándola y escuchando sus palabras, fue como si yo presenciara por primera vez ese hecho corriente de la lluvia cayendo sobre el mar.

El mundo se ha vuelto tan terrible y extraño a la tierra, que un niño puede nacer en su Liverpool y no haber encontrado nunca ni una persona que creyera que valía la pena el señalarle la simple belleza de algo como eso. ¿Cómo sorprenderse de que esos mismos elementos, dominados sólo para ruina de la tierra y satisfacción de la avidez humana, se vuelvan contra el hombre?

Entre tanto el sol estaba tratando de abrirse paso de nuevo, y nos dimos cuenta de que lo de mostrarse como una calavera había sido nada más que una pose. Como si se tratara del haz luminoso del faro de Cabo Kao, del que se dice que es visible a setenta y seis millas de distancia, así vimos nosotros a la primavera. Y creo que fue realmente entonces cuando decidimos quedarnos.

En cuanto al recipiente, por su forma era semejante a los que había visto a bordo utilizado como filtro en la mesa del oficial de cubierta o del jefe de máquinas, en los días en que había sido fogonero, y calculé que había sido arrojado al agua desde un navío inglés. Fuera o no mi imaginación, el hecho es que olía a jugo de lima. Esos filtros estaban destinados al agua, pero era costumbre poner en ellos jugo de lima. Ahora bien, el jugo de lima no diluido, de uso reglamentario para la tripulación de los navíos ingleses, es tan fuerte que solían emplearlo para limpiar a fondo las mesas, a las que dejaba blancas -bastaban unas gotas en un balde de agua- pero sobre el metal puede tener un efecto corrosivo a más del detergente, y me figuré que algún muchacho inexperto del servicio de mesa había echado equivocadamente demasiado jugo de lima en aquel filtro, o no lo había diluido suficientemente, y el contramaestre, sediento al terminar su trabajo, se habría servido un buen trago de una refrescante bebida herrumbrada, habría arrancado el filtro de la pared, amenazando al desdichado muchacho con dárselo por la cabeza y luego lo habría arrojado al mar. Tal fue la pequeña historia del mar que sobre aquella lata fabriqué para mi mujer, cuando me dispuse a convertirla en un lindo y limpio recipiente de agua para nosotros.

Dispondríamos así, pues, de un recipiente, pero todavía no contábamos con un lugar honorable donde conseguirla. Ese mismo día encontramos a Kristbjorg en el sendero.
-… y ahí está su wand.
-¿Cómo?
-Agua, señora.
Era la fuente. Wand o alguna palabra parecida, aunque no pronunciada como pudiera imaginarse, era al parecer la palabra danesa o noruega para agua, y si no, era la que empleaba Kristbjorg. Había estado allí todo ese tiempo, a menos de cien metros de la casa, sin que nosotros la hubiésemos visto. Sin duda como el “veranillo indio” había sido tan seco y prolongado, el agua no había empezado a correr hasta tarde, y para esa fecha, acostumbrados a que estuviera allí, no la habíamos visto. Pero en este instante fue como si Kristjborg hubiera agitado una varita mágica y de pronto el agua hubiera surgido. Y aquella alma buena fue y nos trajo un pedazo de caña de hierro para que nos fuera más fácil llenar el recipiente.
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