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JOÂO GUIMARÂES ROSA - PRIMERAS HISTORIAS (22)


XXI / LAS CIMAS


El inverso alejamiento

Otra era la vez. Así, que de nuevo el Niño viajaba para el lugar donde los miles de personas hacían la gran Ciudad. Venía, sin embargo, sólo con el Tío, y era una ardua partida. Había entrado aturdido al avión, al azar tropiezo, lo envolvía desde adentro un ahogo como cansancio; fingía apenas que sonreía, cuando le hablaban. Sabía que la Madre estaba enferma. Por eso lo mandaban para afuera, seguramente por muchos días, seguramente porque era preciso. Por eso quisieron que trajera los juguetes, aun la Tía, entregándole en manos el preferido, que era el de dar suerte: un muñequito macaquito, de pantalones grises y sombrero rojo, alta pluma. Del cual, el previo lugar, era la mesita de su cuarto. Si pudiera moverse y vivir como la gente, habría de ser el más impagable y artero de este mundo. El Niño cobrara mayor miedo, a medida que los otros se mostraban más bondadosos con él. Si el Tío, bromeando, lo animaba a mirar de la ventanilla o elegir revistas, sabía que el Tío no estaba del lado sincero. Otros sustos llevaba. Si encarase pensamiento en el recuerdo de la Madre, iría a llorar. La Madre y el sufrimiento no cabían otra vez en el espacio de un instante, formaban revés -de lo horrible, de lo imposible. Ni podía entender bien eso, todo se trastornaba entonces en su cabecita. Era así: ¿alguna cosa, más grande que todas, podía, iba a acontecer?

Ni valdría mirar, corriendo en direcciones contrarias, las nubes superpuestas, de muy lejos ir. ¿También, todos, hasta el piloto, no eran tristes, en sus modales, sólo de mentira en lo moral alegres? El Tío, con una corbata verde, en ella estaba limpiando los anteojos; ciertamente, no se habría puesto la corbata tan bonita, si a la madre amenazase el peligro. Mas el Niño concebía remordimiento, el de tener en el bolsillo el muñequito el macaquito, gracioso y sin cambiar, sólo de juguete, y con la alta pluma en el sombrerito encarnado. ¿Debía tirarlo? No, el macaquito de pantalones pardos también era menudo compañero, de no merecer malos tratos. Desprendió solamente el sombrerito con la pluma, este, sí, lo tiró, ahora no había más. Y el Niño estaba muy dentro de él mismo, en algún rinconcito de sí. Estaba muy para atrás. Él, el pobrecito sentado.

Lo mucho que quería dormir. Uno podía poder cesar de estar despierto, cuando necesitase, y adormecerse seguro, salvo. Pero, no podía. Tenía que tornar a abrir demasiado los ojos, a las nubes que ensayan esculturas efímeras. El Tío miraba el reloj. Entonces, ¿cuándo llegaban? Todo era, por todo el tiempo, más o menos igual, estas cosas u otras. La gente, no. ¿La vida no paraba nunca, para uno poder vivir exacto, concertado? Hasta el macaquito sin sombrero iría a conocer del mismo modo el tamaño de aquellos árboles de la floresta pegados al patio de la casa. El pobre macaquito, tan pequeño, solito, tan sin madre; lo tocaba en el bolsillo, parecía que el macaquito agradecía, y, allá dentro, en lo oscuro, lloraba.

Pero, la Madre, era sólo la alegría de momentos. Si supiese que un día la Madre tendría que enfermarse, entonces habría quedado siempre junto a ella, mirando hacia ella, con fuerza, sabiendo bien que estaba y que miraba con tanta fuerza, ah. No habría jugado, nunca, ni otra cosa alguna, sino quedar cerca, de no separarse ni para un aliento, sin necesitar que aconteciera nada. Del modo de ahora, en el corazón del pensamiento. Cómo sentía: con ella, más que si estuviesen juntos, justo, de verdad.

El avión no cesaba de atravesar la claridad enorme, él volaba el vuelo -que parecía estar parado. Pero en el aire pasaban peces negros, seguramente más allá de aquellas nubes: lomos y garras. El Niño sufría sofrenado. El avión entonces estaría parado volando -y volviendo para tras, más, y él junto a la Madre del modo que ni había sabido, que el así era posible.


Aparición del pájaro

En la casa, que no había mudado, entre y delante de los árboles, todos comenzaron a tratarlo con calidad de cuidado. Decían que era pena que no hubiese allí otros niños. Sí, daría a ellos los juguetes; no quería jugar, nunca más. Mientras uno jugaba, descuidado, las cosas malas ya estaban armando el ensañamiento a acontecer: ellas lo esperaban a uno tras las puertas.

También no daba ganas de salir en jeep, con el Tío, si para el polvo, la gente y tierra. Se agarraba fuerte, cerrados los ojos; el Tío dijo que él no debía agarrarse con tanta tiesa fuerza, sino dejar el cuerpo en el ir y venir de los traqueteos del carro. Si también se enfermase, grave, tal vez -¿cómo iba a quedar, más lejos de la Madre, o más cerca? Él mordió su corazón. Ni quiso hablar con el macaquito muñequito. El día, sólo servía para hacerse el esparcimiento en el cansancio.

Así mismo, en la noche, no empezaba a dormir. El aire de aquel lugar era friíto, más fino. Acostado, el Niño se sentía sobrecogido, el corazón daba muchos golpes. La Madre, esto es… Y no podía dormir en seguida, y por la dicha causa. Lo callado, lo oscuro, la casa, la noche -todo caminaba despacio, para el otro día. Aunque uno quisiera, nada podía parar, ni volverse atrás, para lo que ya se sabía, y de lo que se gustaba. Él estaba solito en el cuarto. Pero el muñequito macaquito no era ya para la mesa de cabecera: era el camarada, en el cojín, de barriguita hacia arriba, piernas extendidas. El cuarto del Tío estaba al lado, la pared fina, de madera. El Tío roncaba. El macaquito, casi también, hecho un muy viejo niño. ¿Se estaría hurtando alguna cosa de la noche?

Y, venido el otro día, en el no-estar-dormido y no-estar-aun-despierto, el Niño recibía una claridad de juicio -como un soplo- dulce, suelta. Casi como asistir a las certezas recordadas por otro; era como una especie de cine de desconocidos pensamientos; como si él estuviese pudiendo copiar en el espíritu ideas de gente muy grande. Tanto que, por ahí, desaparecían deshilachadas.

Mas, en aquel rayar, él sabía y hablaba: que uno nunca podía apreciar, bien, de veras, las cosas bonitas o buenas, que acontecían. A veces, porque sobrevenían de prisa e inesperadamente, sin estar uno preparado. O esperadas, y entonces no tenían gusto de tan buenas, eran sólo una imitación grosera. O porque las otras cosas, las malas, proseguían también, de un lado y de otro, y no dejaban lugar limpio. O porque faltaban aun otras cosas, acontecidas, en distintas ocasiones, pero que carecían de formar junto con aquellas, para lo completo. O porque, justo, mientras estaban aconteciendo, uno sabía que ellas ya estaban caminando, para acabarse, roídas por las horas, deshechas… El Niño no podía quedar más en la cama. Estaba ya levantado y vestido, agarraba el macaquito y lo metía en el bolsillo, tenía hambre.

El alpende era un corredor, entre el terrenito más la floresta y el extendido otro lado -aquel oscuro campo, bajo hendeduras, neblinas, hecho un hielo, y las perlitas del rocío: que iban hasta el fin de la vista, a la línea del cielo de este en la extremidad del horizonte. El sol todavía no había venido. Sólo la claridad. Las cimas de los árboles se doraban. Los altos árboles después del terreno, aun más verdes, por lo que el rocío había lavado. Entremañana -y de todo un perfume, y pajaritos piando. De la cocina, traían café.

Y -“¡Pst!”- se apuntó. A uno de los árboles, había llegado un tucán, en blando aleteo horizontal. ¡Tan cerca! El alto azul, de las frondas, el alumbrado amarillo alrededor y los tantos dulces rojos del pájaro -después de su vuelo. Sería de verse: grande, de adornos, el pico semejándose a flor de orquídea. Saltaba de rama en rama, comía del árbol cargado. Toda la luz era de él, que la esparcía de sus coloridos, en momento saltando en medio del aire, extravagante, suspendido, esplendentemente. En el tope del árbol, en las grutitas, tuco, tuco… y ahí, limpiaba el pico en el gajo. Y, de ojos arrezagados, el Niño, sin siquiera poder asegurar para sí el embevecido instante, sólo en los silencios de un-dos-tres. En el nadie hablar. Hasta el Tío. El Tío, también estaba de dar gusto por aquello: limpiaba los anteojos. El tucán paraba, oyendo otros pájaros -quién sabe si sus pichones- de la banda de la mata. El gran pico hacia arriba, soltaba, por su vez, a las una o dos, aquel grito medio herrumbroso de los tucanes: -“¡Crrée!”… El Niño estaba en los comienzos del llorar. Mientras tanto cantaban los gallos. El Niño se acordaba sin recuerdo alguno. Mojó todas las pestañas.

Y el tucán, el vuelo, recto, lento -cómo se fue volando, ¡xo,xo!- mirable, pairantes colores, en el garrido ir; hizo sueño. Pero uno ni podía enfriar de ver. Ya para el otro inmenso lado le indicaban. De allá, el sol iba a salir, en la región de la estrella del alba. La orilla del campo, oscura como un muro bajo, se rompía, en un punto, dorado rombo de bordes astillados. Por allí se balanceó hacia arriba suave, a los ligeros despacitos, el medio sol, el disco, el liso, el sol, la luz por toda parte. Ahora era la bola de oro a equilibrarse en el azul de un hilo. El Tío miraba el reloj. Tanto tiempo de eso, y el Niño ni siquiera exclamaba. Apañaba con la mirada cada sílaba del horizonte.

Pero no había podido combinar con el vertiginoso instante la presencia del recuerdo de la Madre -sana, ah, sin ninguna enfermedad, conforme sólo en alegría ahí tendría ella que estar. Y ni la rapidez de la idea de sacar del bolsillo el compañero muñequito macaquito, para que él lo viese también: el tucán -el señorcito rojo, batiendo manos, al frente el pico empinado. Pero como si, a cada parte y pedacito de su vuelo, él quedase parado, en el trechito e imposible del punto, ni en el aire -por ahora, sin fin y siempre.


El trabajo del pájaro

Así, el Niño, durante el día, en la tristeza, luchaba con lo que no quería en sí. No soportaba atender, en crudo, a las cosas, como son y como siempre van quedando: más pesdas, más cosas -cuando miradas sin precauciones. Temía pedir noticias; ¿temía la Madre en el malo espejismo de la enfermedad? Aunque se opusiese, no podía pensar para atrás. Si quería atinar con la Madre enferma, mal, no conseguía ligar el pensamiento, todo en la cabeza se le daba en un borrón. La Madre de uno era la Madre de uno y sólo; nada más.

Pero esperaba; por lo bello. Había el tucán -sin tacha- en vuelo y poso y vuelo. De nuevo, de mañana, enderezando sólo a aquel árbol de ramaje alto, de especie llamada justo tucanera. Y dándose al rayar del día, su aliento dorado. Cada madrugada, a la horita, el tucán, gentil, rumoroso… llego-llego-llego… -en vuelo directo, quedo, a ras, trazando en el aire, como un barquito rojo sacudiendo despacio las velas, halado; tan cierto en la plana como si fuese patito deslizándose hacia adelante, por sobre la luz de agua dorada.

Después del encanto, se entraba en el vulgar entero del día. El de los otros, no de uno. Los traqueteos del jeep formaban el acontecer más seguido. La Madre siempre había recomendado cuidado con las ropitas; pero la tierra aquí estaba a desafiar. Ah, el muñequito macaquito, aun siempre en el bolsillo, se ensuciaba más de sudor y polvo. Los mil y mil hombres hartos trabajaban haciendo la gran ciudad.

Mas el tucán, sin falta, tenía su constancia de sobrevenir, todos allí lo conocían, en el pintar de la aurora. Hacía más de un mes que eso había comenzado. Primero, apareció por allá una bandada de unos treinta de ellos, voceadores, pues siendo de día, entre diez y once horas. Sólo aquel había quedado, sin embargo, para cada amanecer. Con los ojos tardos, tontos de sueño, el muñequito macaquito en el bolsillo, el Niño apresuradamente se levantaba y bajaba el alpende, animoso de amar.

El Tío le hablaba con exceso de agrado, sin la habilidad propia. Salían -sobre el tener que hacer las cosas. El polvo tapaba todo. El muñequito macaquito, un día debía de poder ganar otro sombrerito, de alta pluma; pero verde, del color de la corbata, tan sobresaliente, la que el Tío, de camisa, no llevaba ahora. El Niño, a cada instante, era como si fuese sólo una cierta parte de él mismo, empujando hacia adelante, sin querer. El jeep corría por estradas de no parar, siemore nuevas. Pero el Niño, en su más fuerte corazón, declaraba, sólo: que la Madre tenía que reponerse bien, ¡tenía que quedar salva!

Esperaba al tucán, que llegaba, justo, a tiempo en punto, a las seis y veinte de la mañana: quedaba enarbolado en la fronda de la tucanera, birlando las frutas, sólo los diez minutos, comidos y resaltados. De ahí, partía, siempre en aquel otro rumbo, antes del goteado medio instante en que el sol arrebolaba redondo del suelo; porque el sol estaba a las seis y media. El Tío medía todo en el reloj.

De día no retornaba allá. De donde venía y donde moraba -si de las sombras de la mata, ¿las impenetrables? Nadie sabía sus costumbres verdaderas, ni los ciertos horarios: los demás lugares, donde iría encontrar de comer y beber, sobre los puntos aislados. Pero el Niño pensaba que debía acontecer así mismo -que nadie supiese. Él venía de lo diferente, sólo donde. El día: el pájaro.

Entretanto, el Tío, recibido un telegrama no podía dejar de mostrar la cara aprensiva -el envejecimiento de la esperanza. Pero, entonces, fuera lo que fuese, el Niño, callado consigo, temoso de sólo amor, precisaba repetirse: ¡que la Madre estaba sana y bien, la Madre estaba salva!

De repente, oyó que, para consolarlo, combinaban un modo de agarrar el tucán: con trampa, pedrada en el pico, tiro de espingardita en el ala. ¡No y no! -se enojó afligido. Lo que cuidaba, lo que quería, no podía ser aquel tucán apresado. Sino la fina primera luz de la mañana, con dentro de ella, el vuelo exacto.

El hiato -lo que él ya era capaz de entender, con el corazón. Al otro día siguiente. Ahí, cuando el pájaro, su rayar, cada vez, era un juguete gratis. Así como el sol: de aquella partecita oscura en el horizonte, luego fracturada en fulgor y como la cáscara de un huevo -al término de la oscura y allanada inmensidad del campo, por donde la mirada avanzaba como en el extender el brazo.

El Tío, entretanto, frente a él, paró sin la cualquier palabra. El Niño no quiso entender ningún peligro. Dentro de lo que era, dijo y redijo: ¡que la Madre nunca había estado enferma, había nacido siempre sana y salva! El vuelo del pájaro lo habitaba más. El muñequito macaquito casi se había caído y perdido: ya estaba con la carita picuda y medio cuerpo salidos del bolsillo, ¡chismoso! El Niño no lo había regañado. El retorno del pájaro era emoción enviada, impresión sensible, un desbordamiento del corazón. El Niño, lo guardaba, en el revolar, de memoria, en feliz vuelo, en el aire sonoro, hasta la tarde. De lo que podía servirse para consolarse, y desdolorirse, con escapar del apretón de siempre -de aquellos días cuadriculados.

Al cuarto día llegó un telegrama. El Tío sonrió, fuertísimo. La Madre estaba bien, ¡sana! En el siguiente -después del último sol del tucán- volverían a casa.


El desmedido momento

Y, poco después, el Niño espiaba, de la ventanilla, las nubes de blanco desengarzamiento, el veloz nada. Entretanto se retrasaba en una saudade, fiel a las cosas de allá. Del tucán y del amanecer, mas también de todo, en aquellos días tan malos: la casa, la floresta, la gente, el jeep, el polvo, las jadeantes noches -lo que se afinaba, ahora, en el casi azul de su imaginar. La vida, de veras, nunca paraba. El Tío, con otra corbata, que no era la tan bonita, con prisa de llegar miraba el reloj. Medio pensaba el Niño, ya casi en la frontera soporosa. Súbita seriedad le hacía la carita más larga.

Y, casi en un salto se apenó: ¡el muñequito macaquito no estaba más en su bolsillo! ¡No era que había perdido el macaquito compañero!... ¿Cómo había sido posible aquello? En seguida se le saltaban las lágrimas.

Pero, entonces, el joven ayudante del piloto vino a traerle, se consuelo, una cosa: -“Mira, qué fue lo que encontré para ti” -y era, desarrugado, el sombrerito rojo, de alta pluma, que él otro día, tanto había tirado.

El Niño no pudo atormentarse más con llorar. Sólo el rumor y el estar en el avión lo molestaban. Sostuvo el sombrerito solito, lo alisó, lo puso en el bolsillo. No, el compañerito macaquito no estaba perdido, en el sinfondo oscuro del mundo, ni nunca. Cierto, él sólo allá paseaba, venturo y veniente, en la otra-parte, a donde las personas y las cosas siempre iban y volvían. El Niño sonrió de lo que sonrió, conforme de repente se sentía: para fuera del caos preinicial, como el desenglobarse de una nebulosa.

Y era el inolvidable de repente, de que podía traspasarse, y la calma, incluso. Durante un casi nada, como se deshace la paja, y, por lo común, en uno no cabe: paisaje y todo, fuera de los marcos.

Como si él estuviese con la Madre, sana, salva, sonriente, y todos, y el macaquito con una linda corbata verde -en el alpende del terrenito de los altos árboles… y en el jeep a los buenos traqueteos… y en toda la parte… en el mismo instante sólo… el primer punto del día… de donde asistían, en tiempo-sobre-tiempo, al sol en el renacer y al vuelo, todavía más vivo, entonante y existente -parado que no se terminaba- del tucán, que viene a comer frutitas en la dorada fronda, en los altos valles de la aurora, allí junto a la casa. Sólo aquello. Sólo todo.

-“¡Llegamos, finalmente!” -el Tío dijo.

-“Ah, no. Todavía no…” -respondió el Niño.

Sonreía cerrado: sonrisas y enigmas suyos. Y venía la vida.

JOÂO GUIMARÂES ROSA - PRIMERAS HISTORIAS (21)


XX / TARANTÓN, MI PATRÓN…


¡Chispas! -que no me dan ni tiempo de apretar el cinto de los pantalones y ponerme bajo el sombrero, sin poder terminar de beber un café en los sosiegos de la cocina. En eso -“…dale!” -la voz de la mujer del casero declaró, cuando empezó el caso. Vi lo que era. Y, pues. Se iba, se escapaba, mi estimado patrón, levantándose solerte de la cama, haciendo de las suyas, velozmente, el artimañoso. Ni parecía señor de tanta edad, ya la cabeza sin el escaso juicio, y aplazado de moribundo para uno de estos días, u horas o semanas. Ea, tengo que salir también en pos, ya se ve, me voy todito tras él. Y para eso, embarullé todo, con las pretinas levanto las tripas del vientre, viro y reviro, de veras tan al azar que me descompongo, me desplomo, me desarreglo: obligaciones de mi oficio: -“¡Rápido, Luciérnago, no sueltes al viejo!” -encuentra todavía para informarme el casero don Vicencio, presumo que riéndose, y: -“¡Válgame yo!” -ruego, ih, insultándolo, ¡epa! Y bajo a saltos esta vieja escalera de madera, de porquería, de esta antiquísima hacienda, ah…

Y el hombre -en el corral, desengozadamente alto, apresurado -¡proponiéndose a ensillar caballo! Me arrimé a él, yo a las órdenes. Me miró mal, según, peor que siempre: -“Estoy medio precisado de nada…” me repelió y armó una cara, de las de desmanar criaturas. Concordé en el no. Entonces él sonrió, medio consigo mismo. Pero más me miró, despreciándome, bromista: -“¡Lo que pasa, muchacho, es que, lo de hoy, es demasiado serio para ti!” Me molestó, no me gustó, por el peso de las palabras. Vi que nosotros estábamos en pie de guerra, pero con espadas torcidas, y que él no iba a apelar a manías antiguas. ¡Y uno mismo, ya casi mandando buscar, por cuenta de él, al doctor médico, de la ciudad, con sabias urgencias! Ni modo, pues ahora el viejo me mandaba ensillar. ¡Buen destino! Ni quería los nuestros, mansos, sino el bayo quemado, caballo alto, y presencia peligrosa, que se notaba. Y el tordillo ni más grande, ni más chico. Y los desgraciados, estos no eran de ahí, de la hacienda, sino animales desconocidos, apresados sólo para saberse después de quién serían o fuesen. Obedecí, sin recurso de ningún remedio; para loco, loco y medio, sé. El viejo me imponía el azul de aquellos grandes ojos suyos, delirantes, de mucho mando aun. Ya estaba de barba levantada -aquella barba que se recruzaba y enmarañaba, siempre, ninguno de sus blancos hilos acertados. Hizo gestos fabulosos. Él estaba mejor que en la muestra.

Mal pues los pies en los estribos, ya él salía por la tranquera, y espoleaba. Y yo, -arre la Virgen- de seguimientos. Alto, el viejo entero en la silla, inalterable, propuesto a hacer y acontecer. Lo que era ser uno descendiente de sumas grandezas y riquezas -¡un señor Juan-de-Barrios-Diniz-Robertes!- arreado, en alocada vejez, para allá, por los muchos parientes, que no querían sus molestias y desmandos en la ciudad. Y yo, por necesitado y pobre, teniendo que aguantar lo demás, ya se ve, en esta desentendida majadería, que me agobia y me asusta, paso vergüenzas. El caballo bayo quemado se aventajaba, andador de sólo espacios. Caballo relinchador capaz de algún derribamiento. ¿Sería que el viejo era de imponérsele? Suave, yéndonos, por el matorral a buen ligero, lado a lado. Su sombrero, pomposas alas, pero surgiendo debajo de los largos cabellos, que todavía tenía no pocos. -“¡Oye, vamos derechos a agarrar al Flaquito; hoy acabo con él!” -bramó, que quería vengarse. El Flaquito era el doctor, sobrino nieto de él, que le había dado inyecciones y lavado intestinal. -“¡Mato! ¡Mato, todo!” -dio de espuelas y más bravo. Se volvió hacia mí, y entonces dio el grito, revelando la causa y verdad: -“¡Yo estoy suelto, entonces soy el demonio…!” La cara se balanceaba, roja, él era demasiado claro, y los ojos de que hablé. Estaba convencido, ¡pensaba que había hecho trato con el Diablo!

¿Para dónde voy? -a trote, nosotros, por las izquierdas y las derechas, pisando el cascajo, los caballos en el bracear. El viejo, con buena mano en la rienda. De mí no, no las ha de oír, censuras mías. Yo, mis malestares. El encargo que tengo, y menester, es sólo el de colocarme cerca, y no consentir desórdenes mayores. Niñera de un trasto anciano -¡el caduco que no caía! De cualquier repente, si él, tan enfermo, por sí se muriera, entonces, ¿qué de trabajos inmensos no me habría de dar? Mi movimiento, por lo común era poco y dilatado, el viejo hombre mi Patrón se me hacía dañino. Me motejó: -“¿Luciérnago, tú piensas entonces que vamos a salir por ahí para hacer niños?” La voz toda, sin tropiezos ni esfuerzos. ¿E iba a tener el valor de andar, así, en lugares públicos -tan torpemente vestido? Sin saco, sólo el chaleco todo abotonado, sucios pantalones, de brin desteñido, calzando un pie con botina amarilla, en el otro pie, negra bota; y un chaleco más, metido en el brazo, diciendo que aquel era su toalla para secarse. ¡Una de espantos! Y, por lo menos, desarmado, a no ser, apenas, por un cuchillo de mesa, fino de gastado y herrumbroso -pensaba que era capaz, contra el sobrino, el doctor médico: ¡iba a ponerle en los pechos el puñal!- feo, furioso. Pero, pausado, me dijo: -“Vagalume, muchacho, vuelve de aquí, no quiero hacerte enfrentar, conmigo, riesgos terribles.” Entonces ¡esta! Hallaba que había hecho trato con el Diablo, poniéndose ahora de mayor valentón, con todas las fanfarronadas y bravuras. Ah, pero, todavía era un hombre -de la raza que había tenido- ¡y mi Patrón! En esto, apuntaba el dedo, para allá, para acá, y daba tiros mudos. Se avanzó para adelante, sólo avanzábamos hacia la distancia, por ahí campantes.

Pero, por entre grandes arboledas, dimos pues, con un incierto hombre, desconfiado y casi huidizo en incierta cabalgadura. Se podía verlo o no verlo, con tal sujeto no se tenía nada. Mas el viejo adivinó en él alguna falta, empinándose en la silla, pronto, a las barbas imprecó: -“¡Mal le irá!” -gritó alto. Aproximó su caballón, aumentó sus presencias. Parecía que se le iba a las manos. ¿No es que el otro, en un soplo, se encogió, todo entelerido, en un embotamiento? Siquiera pude regular la mirada, todo demasiado rápido y distendido se pasaba. ¡El viejo hallaba que ese era un criminal! -y, después, en Breberé, se supo: que lo era, cierto, en medios términos. Es decir, solamente un Sin-Miedo, mero ayudante de criminoso. Ni peló para huir, de allí donde estaba. Se veía como gato con sonaja. -“¡Ay, te!” -el viejo, sacudiendo su cabezota, y nada de desencresparse: -“¡Para el barullo que tú compraste!” -lo intimidaba. El ayudante-de-criminoso, oyó, demostrando respetos, no sabiendo qué no postergar: -“¡Vente conmigo! Te propongo justa y buena condición, con señal de servidor mío…” Y… ¿Es de creerse? De veras. Juntó el hombre su caballito, en bien a bien viniéndose con nosotros. Medio coaccionado, ya se ve, pero, más, medio esperanzado.

Yo, ni por sueño, ni por nada, frígido de calor y harto. Todo aquello, ya se ve, exponía la locura rematada. El viejo, pronto en imprecaciones e insultos, vociferante, en agarra-y-mata. Clamaba: -“¡Mato pobres e infelices!” Figuraba, por las ropas, ser el propio demonio, en el triste venir, ¿en la demonomaía?

Solamente seguíamos sin parar, en una hacia delante de fantasmas. El ayudante-de-criminoso no reía, y yo, esquivándome todavía más. De pronto, lo visto: lo que iba con atadito de leña y la enganchada criatura de lado, la mujer paupérrima. El viejo, para llegarse a ella, apresuró el caballo, suavemente. Recelé. Pasmado para todo. El viejo sacó abajo el sombrero, hacía de esos firuletes, y otras gesticulaciones. Me hallé: -“Mío, mío, malo!” “¡Esta es aquella flor, con la que no se pega ni a una mujer!” Si bien que las cosas todas fueron otras. El viejo, espantosamente, del chiflar se aflojaba. ¿No es que, a aquella mujer, le ofreció tamañas cortesías? Tanto más, que, él siempre insistiendo, terminó ella, al fin, aceptando: Pues mi Patrón se apeó, y la hizo montar su caballo. Cuyas riendas él vino, galante, a pie, tirando. Así nuestro ayudante-de-criminoso tuvo que cargar la leña, y yo mismo encargado, con la criatura a bandolera. Menos mal que nosotros dos montados; ¿ya se ve? -en esas peripecias de pato.

Por lo menos, feliz, pues corta fue la farsa, sólo hasta un poco más allá, en un pueblito. Donde, el destino de esa pobre y festejada mujer, que se apeó, menos agradecida que avergonzada. Pero, vaya uno a ver y rever, en lo que a veces da una buena patochada. De hecho, allá había, rústico, un tal “Felpudo”, muchacho hijo de esa mujer. Él en un miramiento, se prendió de gratitudes al ver a la madre tan de reina tratada. Pero el viejo determinó, sin darle momento ni oportunidad: -“¡Consigue caballo y ven, bajo mis órdenes, para gran venganza, y con el demonio!” De ese Felpudo, advierto: tan bueno cuanto nada, del meollo, ¿Y no fue qué? -salió para proveerse del dicho caballo, y no alcanzó ya muy adelante. Para avergonzar el pudor de uno, en toda es barahúnda. De las personas habitantes y de nosotros, los terceros personajes. Pero, ¿qué ser, qué haber? Los ojos del viejo se sucedían. ¿Qué estragos?

Por lo que sea. Si pongo lo recto en lo correcto: empecé a dudar. Sacar tiempo al tiempo. Pero ya nosotros pasábamos por el pueblito del M’engaño, donde mi primo Curucutú reside. Su vero nombre no e ese, sino Juan Tomé Pestaña; así como el mío, en lo cierto, no sería Luciérnago, sólo, sólo, conforme con agrado me tratan, sino Juan Delosmispiés Felizardo. Vi a mi primo y le hice señas. Pude darle lo dicho: “¡Ensilla alguna yegua, y alcanza a la gente, sin falta, que no sé para dónde ahora andamos, a no ser que sea de de Don Demonio esta empresa!” Mi primo pronto me entendió, me hizo ademán. Y ya uno -haya el galopar- al encalzo del viejo, trasmontado. Que, en lo de más de salirse de sí, endiablado, en otro ímpetu, ya se lanzaba al avante: -“¡Acabo con este mundo!

Ahí, lo demás: ¡polvaredas! Y después de una vuelta, el pueblo de Breberé, y allá íbamos a llegar, de entrada. El viento tocando, para nosotros, pedazos de campaneo. Me acordé del día: era una Fiesta de Santo. Y unos cohetes pororocaron en ese interíntintín, con azules y humaredas. El Patrón nos paró a todos, a un gesto, incorporándose envanecido: “¡Me están saludando!” -se adueñó del a-tchin-pun-pun de los cohetes, que parecían tiros. No se podía discordar con él. Nosotros: el ayudante-de-criminoso, el Felpudo hijo de la pobre mujer, mi primo Curucutú; y yo, por orficio. Y pues, al galope, entonces se entró al poblado, nosotros de él así, atrásmente, acertados. En el Breveré.

Fue bravo. Allá el pueblo se aglomeraba, aguardando la procesión, en la enorme plaza de la iglesia. ¡Qué viejo! -él vino a ras para delante, punto en todo, ¡pa! ¡aplastó!, su caballón en reparadas, z’t – zás…; y nosotros. Se esparcían. El viejo se apeó, piernas largas, chistosas; y nosotros. Lo que medio pensé, puse las riendas en el brazo: que íbamos a tener que asir de las cintas benditas de las andas. Pero, el viejo, poniéndome más en espantos. Se va acercando, discordando, gritó que se aproximase la gente: -“¡Ustedes!” -y sacó lo que tendría en los bolsillos. Y tenía. Vacío hasta el fondo. Era dinero, muchísimas monedas, que al suelo tiraba. ¡Chispas y ayte! -a la olla de grillos, desataron que se empelotonaron, y a curvarse, el pueblo a gatas, para poder recoger prodigiosamente aquella porquería inmortal. Juntámonos. Safámonos. Se empujó para lejos la confusión. En el claro se tomó aliento. Pero, durante ese qué-fue-de-qué, el cura, a la puerta de la iglesia, sobrevestido surgía. El viejo caminó hacia el cura. Caminó, llegó, dobló rodillas, para ser muy bendecido; pero antes, mientras caminaba, hizo todavía varios arrodillamientos: -“Él está con un vapor en la cabeza…” -oí mote que glosaban. El viejo, circunspecto, alto, se placía, se abanaba en su barba blanca, ensuciada. -“Sólo salió de la cama para venir a morir en sagrado?” -otro señor preguntaba. El cual era un tal Huelecielo, vecino y compadre del cura. Más decía: -“A él no lo abandono, que debo pasados favores a su estimable familia.” Lo oyó el viejo: -“Usted, ¡venga!” Y el otro, bajo, diciéndome: -“Voy, para el final, para tenerle la vela…” -consintiendo. También quiso venir un muchacho Jiló; ¿por ganancias de dinero? El viejo, en fuego: -“¡Caballos y armas!” -quería. El cura lo tranquilizó con otra bendición y mano besable. Ya no me importó: -“Que se avenga Dios con su mundo…” Se montó, se espoleó, se encaminó, dejándose el Breberé atrás. Las campanas en tonada sonaban.

Y más galopes. Después de ningún almuerzo, medio camino desandado; esto es, camino y medio. En eso, el viejo: ¡pa! se enhiestaba. Ahí, a orillas de la carretera principal, paraba el campamento de gitanos. -“¡Para allá!” -se metió: fue a ellos y a los perros, niños y tachos que concertaban. En burlas, esos gitanos, en tretas, tramoyas, zarandajas; gitano siempre descarado. En el entendimiento del vulgo: pues, esos, proponían embusterías con que cambiar todos los caballos. -“¡Vete al…! ¡Cruz, diablo!” Pero el viejo hizo convocación; y uno quiso, se bandeó con nosotros. El gitano Moleque; ¿para posibles patrañas? Me demoré en admiraciones. Tantos, viniendo en seguida. Así, uno más Gouvea “Barriga-Llena”, que ya en otros tiempos, peores, había sido mal soldado. ¿ya me veo en chifladas ventajas?

Así nosotros, el viejo al frente -tiploco… t’ploco… t’ploco… -ya éramos caballería. Uno más, todavía, sin el cual lo mismo: el vagabundo “Taja-Palo”; el sinquehacer por influencias. Nosotros con Dios: ¡once! Para delante -dale que dale- en un sosiego revoltoso. Yo veía al viejo mi Patrón: de loada memoria chiflada, torre alta. En un arroyo él estipuló: -“Los caballos beben. Nosotros, no. ¡Nosotros no tengamos sed!” Por áspera moderación penitencia de feroces. El Patrón, pescuezo largo, la manzana de Adán, respetable. ¡El rey! Guerrero. Puedo hartarme de sudar, pero aquello existía para grandezas.

-“Mato sucios y safados!” -el viejo. Los caballos, jinetes. Galope. Nosotros trece… y catorce. A más otro joven, el “Bobo”, y a menos un “Juan Paulillo”. Luego el llamado Rapapié y un amigo nuestro de nombre anónimo; y, por gustarle mucho las holganzas, el negro “Gorra-Pintada”. Todos venidos, entes, contentos, por algún valor de amor a ese viejo. Nosotros retumbábamos, hacia adelante, queriendo hazañas, en el expandirse, nosotros infatuados. Queríamos seguir al viejo, por encima de cualesquiera ideas. Era un despabilamiento -el de preciarse, haga sol o lluvia. Y gritos, de llegar a este punto: -“Mato muertos y enterrados!” -el viejo de pronunciaba.

Para esto era el viejo el que valía por todos hasta el final de la farsa. -“¡Voy al demonio!” -bramaba –“Mato al Flaquito, hoy!, ¡mato y mato, mato, mato!” -de su sobrino doctor, furioso no se olvidaba.  ¡Caramba! Que yo no era un flojo; ¿y quién no entiende de esas seriedades? Ahí, el tropel -¡buenos caballos!- que el que lo viera se perturbaría: no era para entender ni hacerlo parar. Apretamos espuelas. -“Cuídese, quién vive!” -desordénense. No lo era. En un galopar, vientos, flores. Me pasé para el lado del viejo, junto -…tapatrón, tapatrón… tarantón… tarantón… tarantón… -y él me dijo: nada. Sus ojos, el otro azul grueso, certeros, esos muchos se movían. Me vio mucho. -“Luciérnago” -solo, solo, yo entiendo, con sólo echar una mirada. -“Juan es Juan, mi Patrón…” Ahí: y -patrapán, tampantrón, tarantón… -yo entiendo. Tarantón, entonces… -en nombre, en honor que asumió, ya se ve. ¡Bravos! Que a la ciudad ya se iba a llegar, mayormente, a la estampida de nuestros caballos, desenfrenada.

Ahora, ¿qué es lo que iba a pasar? -mi pensé; y el viejo: -“¡Lo mato, lo mato!” Ya era alta la altura. -“¡A las puertas y ventanas todos!” -trintintín, en el atolondramiento. Y yo allí en medio. El Luciérnago, Delosmiospiés, el Sin-Miedo, Curucutú, Felpudo, Huelecielo, Jiló, Moleque, Barriga-Llena, Taja-Palo, Rapapié, el Bobo, el Gorra-Pintada; y el sin nombre nuestro amigo. El viejo, siervo del demonio -todito a banderas desplegadas. El espíritu de patas al aire, por los cuernos de la diablada. Y estábamos a final de cuentas encima de otros escalones los intrépidos payasos. Estábamos, sin hasta que al fin. Ah, ya era la calle.

La ciudad -¡a la fresca!- -¿Qué acogidas? La ciudad estupefacta, con autos y soldados. Aquellas calles, a lo menos, consideraron nuestro alboroto. Nosotros, ni pizca de miedo, no nos importaba lo que existía. Ah, y el Viejo, ¿burlón? -que juraba que mataba. Pues, ¡el diablo! Vamos… El Viejo sabía muy bien adónde el lugar de aquella casa.

Allá fuimos, llegamos. La grande, bella casa. El mío en glorias Patrón, que añorado. Al llegar a este momento, tengo los ojos empañados. ¿Cómo Fue, crédulo, cómo fue que él había adivinado? Pues en el día, en la hora justa, allí una fiesta se daba. La casa, llena de gente, requetechic, para un bautismo: ¡el de la hija del Flaquito, doctor! Sin temer leyes, ni chanzas, por ahí entramos de ráfaga. Y nadie para impedimento -criados, personas, mayordomos. Con honor. ¡Se festejaba!

¡Con sorpresa! La familia, en reunión, se asombraba gravemente, de ver al Viejo irrumpiendo -en forma de mal resucitado; y nosotros, atrás, en ese estado. Aquella gente da la tertulia, en el pasmo, en el atolondramiento. Demasiado. Lo que tenían: ahora, ciertos sustos de remordimiento. Y nosotros, empleando los ojos, por ellos. El instante, en tiento. El otro instantáneo. Pero, entonces, fue de repente, como en el cerrar lo abierto, descomunal. El Viejo nuestro, solito, alto, en los silencios bramó -¡dlón! -irguió los grandes brazos:

-“Pido la palabra…

Y ya. ¿Qué cosa de creerse? De veras era un pasmarse. Todos alrededor de gran rueda, más atontados, consintieron, ya se ve. Ah, y el Viejo, mi Patrón para siempre, primero tosió: ¡bruba! -y salió por ahí afuera, sincero, de nada entenderse, pero la voz portentosamente sin paradas ni desmedros, en el raudal y rodar de piedras. Era para erguirse la cabeza. Me daban grandes ganas de llorar. Tuve más lágrimas. Todos, también; yo hallo. Más sentidos, más callados. El Viejo, fogoso, hablaba y hablaba. Se dice que lo que dijo, eran naderías, ideas ya disueltas, nonada. El Viejo sólo se crecía. Era supremo, las secas barbas, lo histórico de esa voz: y la cara de aquel hombre que yo conocía, que desconocía.

Hasta que paró, porque quiso. Los parientes se abrazaban. Festejaban el recorte del Viejo, y mucho, ya se ve. Y nosotros, que atrás, que servidos, de abre tragos, desempolvados. Porque el Viejo insistió sólo comía con todos los de él en rededor, en una mesa, que esos, sus caballeros éramos, de alocada escolta, ya se ve, de tenedor y cuchillo. Embaulamos. Y se bebió, ya se ve. También el Viejo, de todo probó, tomó, muquió, manducó -en sus propios mentones. Sonreía definido para nosotros, aprontando distancias. Con alegrías. No hubo demonios. No hubo muertes.

Después, el paró en suspenso, solito en sí, apartado también de nosotros, parece que. Asaz así encogido, en pequeñito y tan en claro: quieto como una copa vacía. El casero don Vicencio no le iba a ver, nunca más, a la chifladura, en los oscuros de la hacienda. Aquel mi estimado Patrón, con su trato de triste excelencia -Don Juan-de-Bárrios-Diniz-Robertes. Ahora pudiendo irse para siempre de aquí, con derecho a su total sosiego. Tarantón -entonces… Tarantón… ¡Aquello sí era!

JOÂO GUIMARÂES ROSA - PRIMERAS HISTORIAS (20)


XIX / SUBSTANCIA

Sí, en los mandiocales el almidón se hace la cosa alba: la garza, la ropa en el tendedero. Del colador a los alguarines, de la masera a los lebrillos, una pulpa se repasa, para posarse, en el fondo del agua y leche, azulina -la fácula. Pura, limpia, hecha sorpresa. Se llamaba María Exita. La fecha era de mayo, ¿o de cuándo? Pensaba él en mayo, porque el mes mayor -de rocío, de la Virgen, de claridades en el campo. Parejas se casaban, se organizaban fiestas; en una, allí, la había notado: ella, flor. No se acordaba de la niña, feúcha, flaca, con historias de desgracias, llevada, hacía mucho, para servir en la Hacienda. Sin hacerse idea, la sorpresa estaba formada. Sí, a veces, por asombro, una joven así se embellecía, también podía haber sido en el entretanto. Sólo que a él, Sionesio, le faltaban holganza y espíritu para primero fijarse en transformaciones.

Había salido de la fiesta aun en comienzo, apenas dada su presencia; pues la vida no le daba mucho para el sueño: tenía que desperezarse al adormecer, para ahorrar tiempo al despertar. Para el apresuramiento -harina y almidón. Célebres, de larga fecha, en la región y lejos, los de la Sambura; heredándola, de repente, Sionesio, hasta entonces muchacho de impresiones holgazanas, había avanzado con decisión de látigo a excederles la fabricación. Plantaba en grandes extensiones las hectáreas de mandioca, que, de veras, allí, otra plantación no daba; llamaba y pagaba a los braceros; espantaba, día a día, al pueblo. Y por nada daría atención a una criaturita, la cual.

María Exita. La trajo, por piedad, de la mano, recelosa de que el patrón y los otros no la aceptasen, la vieja Ñatiaga, cernedora. Porque, contra la menos feliz, la suerte había pintorreado de negro portales y puertas: la madre, liviana, desaparecida de la casa; un hermano perverso, en la cárcel, por muertes; el otro, facineroso igual, forajido, al acaso, en ninguna parte; el padre, razonable buen hombre, delatado con lepra, y enviado, seguramente para siempre, para una leprosería. Ni le restaban parientes lejanos; sea que había recibido madrina, de lujo y rica, pero que apenas había pasado por el lugar, ahora nadie si y dónde viviría. En todo caso la acogieron. Menos por directa piedad; más por compasión a Ñatiaga. Pero le dieron ingrato trabajo, de todos el peor: el de romper, con la mano, el almidón en las lajas.

Sionesio, al atardecer, de retorno, cabalgaba a través de las plantaciones. O a medio galope, o al paso, pero ansioso despropositado, mirando a casi todos los lados. Y, aun en domingo no descansaba. Apenas por poco tiempo en inciertas casas, donde al cuerpo le dieran consuelo: atención para reposar. Ahí mismo, últimamente, demoraba menos. Placer era ver, abiertamente, bajo el fin del sol, al mandiocal de verdes manos. Amaba lo que era suyo -lo que sus fuertes ojos aprisionaban. Pero, ahora, una fatiga. El ensimismar. Su silla gastada por el uso, ya apareciendo la almohadilla; tantas cosas por renovar y él sin tiempo siquiera. Ni para ir de visita, en el Cerro-del-Buey, a la casi novia, común en el sosiego y paciencias, de la tierra, donde todo se revelaba por la medida de las distancias. Llegaba a la hacienda. Aun, espoleaba.

La quietud completa en la Sambura, en el domingo, el terrado y la casa de máquinas desiertas, sin centro de murmurio. Había preguntado a Ñatiaga por su protegida. –“Está partiendo el almidón en las lajas…” -resumió la vieja. ¿Pero, hasta hoy en un trabajo de esos? ¡Que por lo menos ahora la cambiasen! -“Es ella que lo quiere, dice que le gusta. Y es verdad, en efecto…” -susurraba Ñatiaga. A Sionesio, el saber que ella, de cualquier modo, pertenecía y lidiaba allí, se le influía un contentamiento; era él la persona que manejaba. No podía quejarse. Si en el avío de la harina se batallaba en rústico, en breve lo podría mejorar, por medio de mucho con máquinas, doblar cantidades.

Se demoró para ir a verla. Justo al hilo del mediodía -de un sol del que se habían huido los pajaritos. Ella estaba frente a la mesa de piedra; a aquella hora, sentada en el banquito rastrero, esperaba a que trajeran otros pesados, duros bloques de almidón. Albísimo, era horrible, aquello. Atormentaba, torturaba; los ojos de la persona tenían de quedar cerrados, menudito, como los del armadillo, ante el implacable albor, el sol encima. El día entero, el aire paraba sostenido, a tiemblaluces, uno se perdía por un negror del horizonte, para templar la intensidad brillante, blanca; y todo cerradamente igual. -“¿Cuál es tu trabajo?” -y era sonsa la cuestión. Ella no se avergonzó. Sólo el apenas, el boca-no-abrir, la sonrisa lenta. No se perturbaba. También, para pasmarnos, con ella acontecía diferente: no arrugaba la cara, ni apretaba o negaba los ojos, mas ofrecidos bien abiertos -ojos de esos, de otra luminosidad. No parecía padecer, sino sacar seguridad y distracción, del triste, siniestro almidón, portentoso, y la maldad del sol. Y la belleza. Tan linda, clara, cierta -de viva carnación y airosa- una señorita, joven hecha cascada. Se dio cuenta de que, sin querer, le hacía cortesías. Le habló, el asunto fuera de propósito: que el almidón, allí, en Sambura, era muy prolijo, justo, una dádiva de blanco, por eso, para la fábrica valía más caro que los otros, feos, medio tostados…

Después fue que le contaron. Retornaba aun, a caballo, su corazón no engañado, como si fuesen siempre desiguales los domingos; por la tarde, cuando cantaban las tórtolas y los canarios. Con todo -allí, él, el dueño- sin abusar de las ventajas. “Sus modales, señorita, mucho me agradaron…” repetía un tal vez futuro decir. La María Exita. Sabía, hoy: el alma del modo y ser, de ella, diferente a las demás. Así, había llegado, con los varios sin remedios de amargura, del opuesto mundo y maldiciones, solita, de sofocarse. Entonces, por sí, sin discusiones, vacilaciones ningunas, se había ido a aquel trabajo -por todos rechazado, el trabajo pedregoso, en el calor de boca de horno, donde se sienten engrosar los dedos, los ojos inflamados de ver, en el encandilar. ¿Se amodorraba, bajo refugio, ausente? No temía al granado, cruel almidón, que abate la vista, intacto blanco. Antes, como a un alcanforar lo miraba, de tanto gusto. Como a una especie de alivio, capaz de desafligirla; de mucho darle: una esperanza más dilatada. Todo ese tiempo. ¿Su belleza de dónde venía? ¿Su propia, tan firme persona? La inmensidad de la mirada -dulzuras. Si una sonrisa: artes como de un venir de ángeles. Sionesio ni siquiera lo entendía. Solamente era bueno, saberla feliz, a pesar de los ásperos. Ella -que dependía de un gesto no más. Si es que no se portaba alelado, en rodeos de un caracol; estaba amando más o menos.

¿Si los otros la quisieran, si ya le gustase alguien?” -las alas de esa preocupación lo asaltaron. Tantos en las faenas de la Sambura, enamoradores; y en las fiestas- le dolía la idea. También imaginarla platicando con los prójimos, en las facilidades. Pero, lo que escuchó, lo aquietaba. Aunque en gracia para amores, tan hermosa, ella quedaba a cuidado de cualquiera de ellos, de malas o mejores intenciones. Se resguardaban de sus graves de sangre. Temían ala herencia de lepra, del padre, o a la falta de juicio de la madre de indóciles fuegos. Temían a algunos de los asesinos, los hermanos, inesperados, pero de cualquier hora sobrevenir, vigilantes de su virtud. Cautelaban. Así, ella estaba a salvo. Pero uno nunca se provee según garantías perpetuas. Sionesio había pasado a frecuentar las fiestas, de los principios a los fines. No que bailara; le disgustaba aquello, las holgazanerías. Se quedaba a un lado, de ojos puestos en, como buitre cuidador. No la hubiera creído tan exacta en todos esos momentos -el quieto pisar, un mohinito húmero prolongado, el modo de poner su cinturita en las manos, feliz por los pétalos, paloma jamás afligida. La misma que mañana estaría frente a la mesa de laja rompiendo el sol en las piedras del terrible almidón, los guijarros, las gravas. Si bailaba, era bien; pero muy pocas veces. Le tenían miedo, a la enfermedad incierta, bajo la hermosura. Ah, era bueno, una providencia, ese impedimento por escrúpulo. Porque ella se veía conducida a no casarse nunca, ni podría ser de vida airada. Necesitaba quedar en la pureza. Si, del recelo no se carecía. María Exita era para separarse limpia y sin manchas, por encima de la vida; y de nadie. En ella, ningún hombre tocaba.

Y sin embargo eso, él la quería, para sí, siempre por siempre.

Y ella, habría de quererle, a él, tan ciertamente.

Pero, en el tropiezo de inconstantes horas -a las viejas esperanzas y nuevas desanimaciones- de entremomentos. Pasaba por allá sin paz de verla, tenía un modo mordido de admirarla, más o menos de lejos. Ella en su banquito raso, cuando no de pie, trabajando con ambas manos. Trabajaba el almidón -la ardiente especie singular, sequedad límpida, material arenoso- la masa de aquel objeto. O, el que venía aun mojado, frío, táctil, pegándose a sus bellos brazos, blanqueándolos hasta más encima de los codos. Pero que siempre de sol brillaba: los rayos reflejados, que los ojos de Sionesio no podían soportar, lastimados, igual sería mirar el cielo y encarar el propio sol.

Las muchas semanas lo castigaban, a menudo ni conseguía dormir, lo que era él mismo contra él mismo, consunción de pasión, romance hecho. De repente, de madrugada, se animaba a vigilar las amenazas de lluvia, se levantaba a los gritos, despertando a todos: “¡Recoger el almidón! ¡Recoger el almidón…!” Corrían, en confusión de alarma, reuniendo sacos, alguarines, lebrillos, para recibir el almidón puesto al aire en las lajas, donde, en lo oscuro de la noche, era la cosa única que se afirmaba, como un claro de laguna, rodeado de criaturas soñolientas y afligidas. Mal podía divisarla, en el alboroto, pero la contentaba su proximidad viva, presencia caliente, aliviándolo. Escuchó que de ella hablaban: “Si no es que la madre, cuando menos se espera, aparece por ella… O la señora madrina…” Se sobresaltó. Sin ella ¿de qué valdría el activo laborar, el superesfuerzo, crecer las producciones, aumentar las tierras? Verla, de cuando en cuando. A ella -la única María en el mundo. Mujeres otras ningunas, más, en lo reposado; ninguna otra novia, en la distancia. Debía, entonces, asirse a la prueba o al desengaño, hacer la acción de tenerla, en el sensato valor, poner orillas a su sueño. ¿Si hablase primero con Ñatiaga? -hallaba, abofeteó aquel pensamiento contra la frente. No recelaba la recusación. Consigo forcejeaba. Quería y no podía, dar vuelta a una cosa. Los días se iban. Pasaban las cosas, pretextadas. ¿Qué temía, pues, que no sabía que temiera? De una vez pensó: ¿era, él mismo, sano? ¿Tenía por dónde merecerla? Miraba sus propios dedos, sus pulsos, pasaba mucho las manos por la cara. En tiempos diversos, se embravecía: le tenía rabia, a ella. Deseaba que todo se quedase falso, fin. Poder desentregarse de la ilusión, cambiar de parecer, pagar sosiego, sólo cuidar los estrictos de su obligación, desatinada. Pero en el luchar del día, criaba las agonías de la noche. Se vio en lágrimas, fiel. ¿Por qué, entonces, no decía ni has, ni he, andaba de mente tropieza, cansado, meditando consejo, en deliberación tan grave? -así, ¿de perro para claro de luna? Pero no podía. Pero vino.

La hora era de nada y tanto; y ella siempre la espera. Osado, le preguntó: -“¿Tú tienes voluntad de confirmar el rumbo de tu vida?” -hablándole muy de corazón. -“Sólo si fuese ya…” -y, con la respuesta, ella rio clara y calurosamente, cierto que sin la deliberada malicia, sin menosprecio. Debía de tener significados el reír, en sus ojos duendes.

Mas, de repente, él se estremeció por aquellas oídas palabras. De un susto venido del fondo: y la duda: ¿Sería ella igual a la madre? -se sorprendió más. ¿Si la belleza de ella -lo casi fruta, del cutis, tan fresco, lozano- fuese sólo por un tiempo, y después condenada a engrosar a la escamación, a los torcimientos y moretones, por la deteriorante enfermedad? -el horror de aquello lo sacudía. Ni soportó mirar, en el momento, su preciosa hermosura, traicionera. Así sin querer, entregó los ojos al almidón, que ofuscaba, en la laja, a la vez del sol. Aunque por un instante, encontraba ahí un poder contemplado, la gradiosidad, dilatado repaso, que deshacía en blanco los alborotos del pensamiento, atormentantes.

La alumbrada sorpresa.

Aclaraba.

Así; pero era también el exacto, grande, el repentino amor -la cima. Sionesio miró más, sin cerrar la cara, aplicó el corazón, abrió bien los ojos. Sonrió para atrás. María Exita. La socorría la linda claridad. Ella -¡ella! Se le acercó. Estiró también las manos hacia el almidón -solar y extraño: la acción de romperlo era gustosa, parecía un juguete de niño. Toso los verían en eso, nadie en la duda. Y su corazón se levantó. -“¿María, tú querrás, los dos, nosotros, el nunca necesitar separarnos? ¿Tú, conmigo, vienes y vas?” Dijo y vio. El almidón, cosa sin fin. Ella había contestado: -“Voy, mucho.” Desató una sonrisa. Él ni la vio. Estaban lado a lado. Miraban para adelante. Ni veían la sombra de Ñatiaga, que quieta y callada, allá, en el espacio del día.

Sionesio y María Exita -a medios ojos, ante el refulgir, el todo blanco. Acontecía lo no-real, la no-tiempo, silencio en su imaginación. Sólo el uno-y-otra, un en-sí-juntos, el vivir en punto sin parar, solamente corazón: pensamiento, pensamor. Albor. Avanzaban, parados, dentro de la luz, como si fuera en el día de Todos los Pájaros.

JOÂO GUIMARÂES ROSA - PRIMERAS HISTORIAS (19)


XVIII / BARAHUNDA

Por la mañana, todos los gatos, nítidos en pelajes, y yo en servicio formal, pero, contra lo debido, lado de afuera del portón, a la espera del niño con los periódicos, y he aquí que, saliendo, pasa por mí y por dos o tres personas, que por allí se encontraban, más o menos ocasionales, aquel señor, exacto, rápido, se podría decir que provisoriamente impoluto. Y, de pronto, se rehízo en el mundo del mito, dicho que empezaron a acontecer para nosotros, urbanos, los portentosos hechos, llenando explosivamente el día: de chirle para afán y alboroto.

-“¡Oh, seño…!” -fue el grito; si no de guerra: -“¡Ugh, sioux!” -también podría ser, por mi testimonio, ya que con concentrada o distraída mente me encontraba, a repasar los propios, íntimos quid pro quod que la materia de la vida son. Pero -“Ooooh…” -¡y el señor tan bien pasante había apuñalado algún tranquilo transeúnte! Eso de relance e instante de visu vi -se me vislumbró. No. Sólo lo que había sido -reví; vi más-: poco certero en el golpe, un afanador de carteras. Pero, desde entonces, irremediable se iba el vagar interior de la gente, roto de inmediato, para mientras tanto continuos episodios.

-“Sujeto de trato, tan bien vestido… -extrañaba, surgiendo del coche, dentro del cual hasta entonces dormitaba, el chofer del Dr. Bilolo. –“Afanó la pluma fuente del otro, del bolsillo…” -deponía el muchacho de los periódicos, que sólo apareció en el vivo del momento. Perseguido, sin embargo, el hombre corría, que lucía, más adelante que sus pies, embestía por la plaza, daba todo lo que podía. -“¡Agarra!” Pues, casi al centro de la plaza, se instalaba una de las palmas reales, quizá la más grande, de veras majestuosa. Pues, pues, el hombre, vestido correcto como estaba, en ella no paró, aun, sin siquiera librarse de los zapatos, se le echó abrazado, y la subía, voraz, expedito arriba, a lo increíble, ascensionalísimo. -“¡Una palmera es una palmera o una palmera o una palmera?” -inquiriría un filósofo. Nuestro hombre, ignaro, de ella había ya escalado el fin, y fino. Se sostuvo.

-¡Está! -me moví, parpadeando mis ojos, con atención para readquirirme. Pues, nuestro hombre se había ido, aplomo a pino con donaires de pájaro carpintero y ningún desliz, y al tope se encaramaba, atrevido, zorzal, en el páramo empíreo. Paraban los de su persecución, no menos sorprendidos que yo, detenidos, aquí en el nivel térreo ante la infinita palmera -murallón. El cielo sólo zafiro. En el suelo, ya no se contaba el crecer de la agrupación, puesto que, de toda circunferencia, acudían personas y pueblo, que en la plaza se apretujaba. Nunca pensé que una multitud se generase, gratuitamente, tanto así e instantánea.

Nuestro hombre, dígase que ostentoso, en su altura inopinada, florecía y fructificaba: nuestro no era nuestro hombre. -“Tiene arte…” -y quien lo juzgaba, ya no más el vendedor de periódicos, sino el capellán de la casa, casi con regocijo. Los otros, acullá, de infra a supra empinaban insultos, clamando por el diablo, y “que venga la policía”, hasta se preguntaba por arma de fuego. Más allá, sin embargo, muy a gusto, él, imitativamente, cantaba el aleluya, garrida voz, tonifluyente; porque era de fijarse que tanto se hiciese oír; todo a pesar de. ¿Discursaba sobre plumas fuentes? Un buhonero, por lo tanto, atrevido en la propaganda de las dichas y estilográficas. En local de mala elección, sin embargo, pensé: o sería que, por no caritativa, no me escandalizaba todavía la idea de que viniese alguien a producir acrobacias y dislativas prestidigitaciones de esas, justo enfrente a nuestro Instituto. Extremadamente de osadía era el suceso, en todo caso, y yo humano; fui a ver al clamador.

Pero, me llamaban, entretanto, y era apenas el Adalgisio, el sisudo de siempre, sólo que agarrándome por el brazo. Halado y halando, corre que me apuré, así mismo, por la plaza, hacia el foco del sumo, central transtornamiento. Porque estábamos ambos con delantal, nos abrían algún irregular paso. -“¿Cómo fue que se escapó?” -toda la gente preguntando, del populacho, que nunca es muy bobo por mucho tiempo. Tuve entonces al fin que entender, ay de mí, mísero. –“¿Cómo recapiturarlo?” Pues éramos, el Adalgisio y yo, los internos de turno, en el día del infausto fantástico.

Sólo después de eso, Adalgisio, con sus cortas, no se había apresurado en cuchichearme: nuestro hombre no era nuestro huésped. Momentos antes, espontáneo, solo, allí había dado el aire de su desgracia. -“Aspecto y facies nada anormales, aun la forma y contenido de la alocución, al principio denotando fondo mental razonable…” Grave, grave, el caso. Nos presionaba la multitud, y se estaba en el área de baja presión del ciclón. -“Dijo que era sano, pero que, viendo a la humanidad ya enloquecida, y en vísperas de enloquecerse más, se había inventado la decisión de internarse, voluntario: así, cuando la cosa se desatase de infernal a peor, estaría ya garantizado allí, con lugar, tratamiento y defensa que a la mayoría, acá fuera, harían falta…” -y el Adalgiso, a seguir, no se culpaba ni de venial descuido, en el momento de querer ir a llenarle la ficha.

-“¿Tú te espantas?” -esquivé. Cierto, el hombre sólo había exagerado una teoría antigua: la del profesor Dartañán, que, aun  a nosotros, sus alumnos, nos declaraba en cuarenta por ciento casos típicos encubiertos; y, todavía, de los restantes, otra buena parte, apenas de más estricto diagnóstico… Pero, Adalgisio a mi aterrado oído: -“¿Sabes quién es? Dio nombre y cargo. Sandoval lo reconoció. Es el Secretario de las Finanzas Públicas…” -así bajito, y flojo el Adalgisio.

En eso, casi a propósito, la turba se calló y nos enervó a la estupefacción. Nos desolábamos de mirar más hacia arriba, donde evidentemente el cielo era un desprecio de alto, el azul antepasado.  Pero, de cualquier modo, el hombre, aquende, en torre de marfil, entre las verdes, erectas palmas, y al término de su diligencia de veloz como un cohete, se realizaba conmensurado con el absurdo. Sé que soy propenso a vértigos. ¿Y quién no, entonces, bajo y ante aquello, para nosotros un amparenosdiós, de erizar pelucas, semejante y rigurosa cosa? Pero su superhumano acto personal, trance hiperbólico, incidente hercúleo. -“Sandoval va a llamar al dr. Director, a la Policía, al Palacio de Gobierno…” -afianzó el Adalgisio.

Una palmera no es un mango en su frondosidad, ni siquiera un lentisco; en cuanto a condiciones de fijabilidad y comodidad, acontece que. ¿De qué modo y cómo, entonces, aguantaba mantenerse tanto allí, estadista o no, sano o enfermo? Él allá no estaba desequilibrado; al contrario. Él repantigado en el apogeo, y rematado bellaco, además de estar chiflado, sin hacer caso. Lo único que hacía era sombra. Pues, en el justo momento, gritó, empezó a delirar, él más en sí, satisfactorio: -“Yo jamás me consideré alguien!” -nos desdeñaba. Hizo pausa y repitió. Después y más: -“¡Lo que de mí saben es imaginación!” ¿Contestándome? Él rio, reí, se rio, nos reímos. El pueblo se reía.

Adalgisio, no. -“¿Iba a adivinar? No entiendo de política.” -inconcluía. -“Excitación maníaca, estado de demencia… Manía agua delirante… ¿y el contraste no es todo para acertar los síntomas? -él contra sí se oponía. Pero, ¡chitón! ¿quién así y asado, a mundos y rezongos, su total presencia anunciaba? Se ve que el dr. Director: que, llegando, sobrellegado. Para abrir camino, por imperio, los de la Policía -agentes, corchetes, guardas, alguacil comisario- para prevenir desorden. También, cándidos con el dr. Director los enfermeros, camilleros, Sandoval el capellán dr. Eneas y el dr. Bilolo. Traían la camisa de fuerza. Se tenía los ojos fijos, en nuestro hombre empalmerado. Y el dr. Director dueño: -“¡No ha de ser nada!

Contestándole, diametral, el profesor Dartañán, de contraria banda aportado: -“Psicosis paranoide hebefrénica, dementia praeco, si lo veo claro!”-; y no sólo especulativo teórico, más por chasco, tanto el otro y él se tenían ojeriza; además de rivales, coincidentemente, si bien que calvo y no calvo. Conveniente, el dr. Director dio respuesta, incientífico, en actitud de autoridad: -“¿Sabe quién es aquel caballero?” -y el título declinó, voz velada: oyéndolo de entre el pueblo, así mismo, algunos, los adyacentes sagaces. Concertó el mote el profesor Dartañán: -“…pero transitoria perturbación, la cual, la capacidad civil en nada quedará afectada…” -versando lo de intoxicación o infección, a punto había hablado. También el sabio se equivoca en cuanto a lo que cree-; pensábamos nosotros, que nuestros límpidos anteojos limpiábamos. Así, cada cual un asno prepalatino, o, mejor, apud el vulgo: persona bestializada. Y, pues que hay razones y rasones, los camilleros no deponían en el suelo la camilla.

Porque el nuestro, el excelso hombre regritó: -“¡Vivir es imposible!” -un slogan; y siempre que él se prometía para hablar, conseguía, acá, el multitudinal silencio -de los miles de personas. No se le había olvidado el elemento mímico: hizo gesto -como si empuñase un paraguas. ¿Amenazaba qué, a quién con su estro catastrófico? -“¡Vivir es imposible!” -lo dicho, declarado así tan empírico y anermenéutico, sólo a través del egoísmo de la lógica. Pero, menos como un bromista excéntrico, o alucinado burlador, me inclino a oír más en tono leal y generoso. Y era un revelar a favor de todos, nos instruía de verdadera verdad. A nosotros -subestantes seres subaéreos- de cuyo medio él a sí mismo se había raptado. Hecho, hecho, la vida se decía, en sí, imposible. Así, ya me había parecido. Entonces, ingente, universalmente, era preciso, sin cesar, un milagro: que es lo que siempre hay, en el fondo, de veras. Por mí, no pude negarle, incierta, la simpatía intelectual, a él, abstracto -victorioso al anularse- llegando al pináculo de un axioma.

Siete peritos, oficiales pares de ojos del espacio inferior lo estudiaban. –“”¿Qué ver: ¿qué hacer?” -ahora. Pues el dr. Director nos comandaba, en consejo aquí, donde, servicial para nosotros, sin embargo, arduo se portaba el ilustre hombre, que ahora encarnaba el alma de todo: inaccesible. Y -por lo tanto- inmedicable. Habría y hay que reducirlo a bajar, y valga que por condigno medio de desguindarlo. Apenas, no estando a la mano para cogerse, tampoco para atraerse con alabanza y frases. –“Hacer qué?” -unánimes, ahora, tardábamos en atinar. Con lo que el dr. Director, como quien saca y dispara, prometió: “¡Vienen ahí los bomberos!” Punto. Ponían los camilleros en el suelo la camilla

Lo que venía era la rechifla. No a nosotros, felizmente bien, sino a nuestro guardián del erario. Él estaba en lo alto. Rápida, según el bazucar de la multitud, se había difundido la identidad del héroe. Donde, de inicio, chiflos, aislados, de aquí, allí, uno que otro, cómicamente, la marea pronto borbotaba. Y bramó a los cielos, formidable, una, la versión vox-popular: -“Demagogo! ¡Demagogo…!” -opuesta resonancia. “¡Demagooogo…! -buenas y gordas, quita, santos cielos, qué chasco. El ultra vociferado griterío a extraerse de la inmensidad: apretada, en pie, impía -herventada del calor del día de marzo. Pienso que también uno de nosotros, y yo, en conjunto conclamábamos. Sandoval, sí, cierto; él, por primera vez en su vida, aunque en esbozo, a rebelarse. Reprobándonos el profesor Dartañán: “¿Un político no tiene derecho a las enfermedades mentales?” -magistralmente enojado. Tan cierto que hasta el dr. Director en sus créditos y respetos, vacilaba -psiquiátrico. Fijándose, se veía que nuestro pobre hombre perdía la partida, ahora, una vez que no conseguía juntar el prestigio al fastigio. Demagogo…

Lo consiguió: excelente traidor. En suave y súbito, sucedió que se movió, balanceándose y por causas: dejó caer… ¡un zapato! ¡Perfecto un pie de zapato! -no más- y tan condescendientemente. Pero esto era el teatral golpe, menos amedrantador que de vasto efecto burlesco. Claro que en el vivo popular hubo reflujos y flujos, cuando la mera pieza dimitió de allá, viniendo al suelo, y gravitacional se exhibió en al aire. Aquel hombre: -“¡Es un genio!” -dijo positivo el dr. Bilolo. Porque el pueblo lo sentía y aplaudía en redoblada excitación: -“¡Viva! ¡Viva!” -vibraron, reviraron. -“¡Un genio!” -haciéndose notar, lo elegían, le ofertaban oceánicos aplausos. ¡Por San Simeón! Y sin duda lo era, personagente, un sicofanta, conforme confiere y confirmaba: con extraordinaria acuidad de percepción y alto censo de oportunidad. Porque hubo también el otro pie, que no menos se desplomó, post pausa. Sólo que, para variar, este recto, presto, rayó -no parabolaba. Eran unos zapatos amarillentos. Nuestro hombre, en festival -autor, sublimado, blanco: de esta y eléctrica exclamación adecuada.

La estropeó la sirena de los bomberos: helos que, venciendo con dificultad el acceso y apuntando con esos tintináculos sonidos y aspaviento. Y ancoraban, esto es -rubro o arrebol- el gran coche. Para ellos se ampliaba lugar, estricto espacio para maniobra; con su fuerte nota belígera, recogieron harta sobra de aplausos. Ya ahí, el Comandante, entendiéndose con la Policía y también con nosotros. Tenían el segundo camión, largo, que se hacía base de la escalera: pertrecho andante, para la empresa, que se desdoblaba altanero, esencial, muy máquina. Ya se iba a actuar. Manejándose marciales tiempos y movimientos, a la corneta y pitos dados. Comenzaron. Ante todo, ¿qué diría nuestro paciente -expuesto cínico- insigne?

Dijo -“Lo feo se está volviendo cosa…” -entendiendo nuestro planes, con viveza constataba; y con eso se indocilizaba con mímica defensiva, astuto además de alienado. La solución parecía no convenirle. -“Nada de caballo de palo!” -se veía de fresco humor y troyano, sospechoso de Palas Atenea. Y -“¿Me quieren comer todavía verde?” Lo que, de puro mimético y sintomático, apenas, no desentonaba ni regocijaba. Cierto que, aun sin escalera, los buenos bomberos muy hombres serían para de asalto tomar la palmera real y superarla: el uso aislado de uno de ellos, tan bueno en técnicas, vaya a saberse, como un antillano o canaco. A poder de cuerdas, ganchos, espeques, pedales postizos y poyos clavados. No hubo más la conversación entrecortada de las grandes expectaciones. El silencio se lucía.

Es decir, el hombre, el prócer, protestó: -“¡Paren!”, hizo gesto de protestar más. –“¡Solo muerto me arrean, me apean…!” -y no de balde, augural, tenía él bien adiestrado el verbo. Se hesitó; de acá para acullá, hesitábamos. –“Si vienen me voy yo… ¡Yo me vomito de aquí…!” pronunció. Había declamado lentamente, casi liberado, eufórico, mientras en las lozanas palmas, retozándose, desvariadas veces, a balancearse, oscilante por un hilo. Como en canto de rana agregó: -“Perro que ladra no es mudo…” -y ya que sólo faltaba casi el tris, para pasarse de aviso a lástima. Parecía tenerse, apenas por las rodillas, de cualquier sencilla e insoportable finura: su alma en su palma. Ah… y casi, casito… casitito, casi… Era de horripilarme. Nada. -“Es de circo…” alguien me sus-susurró, el dr. Eneas o Sandoval. El hombre, todo podía, nosotros sin la certeza de eso. ¿Sólo serían simulaciones e invenciones? Sería capaz de elidirse, largarse y remitirse al diablo. En ladino descabellado propósito, se colgó un poco más, resuelto rematado. La muerte tocaba, paralela a nosotros -su tenue tambor taquigráfico. Se nos vino la tensión pánica: me helé. Y ahí, feroces, a favor del hombre: “¡No! ¡No!” -la gritamulta. “¡No! ¡No! ¡No!” -tumultronada. La plaza reclamaba, clamaba. Se tenía que postergar. ¿O producir un suicidio reflexivo -y el desmoronamiento del problema? El dr. Director citaba a Empédocles. Fue en lo que concordaron los jefes terrestres. Apremiaba la urgencia de no hacerse nada. De las operaciones de salvamento se interrumpió el primer ensayo. El hombre dejó de balancearse -irrealmente en la punta de la situación. Él dependía de él, él, de él, él, sujeto. O de otro cualquier evento, que, inmediatamente, y mucho, se siguió.

De uno -dos. Apareciendo con el jefe de Policía, el Jefe de gabinete del Secretario. Se le alcanzó un binóculo y él metía el ojo, palmera real avante, arriba, deteniéndose en el titular. Para con respeto humano renegarlo: “No estoy reconociéndolo bien…” Pero, entre lo que con más decoro le conviniese, optaba por la solicitud, pálido. Tomaba el aire, un aire de antecámara, todo allí aumentaba de gravedad. ¿la familia, ya había sido avisada? No, y mejor, nada: la familia avergüenza y molesta. Se requerían, no obstante las verticales providencias, lo que quedaría por nuestra mala cuenta. Se tenía que parlamentar con el demente, no habiendo otro medio ni término. Hablar para hacer el momento; era el caso. Y en menos desniveladas relaciones, ¿cómo engranarse, físicamente, el diálogo?

¿Sería necesario un palenque? -se dijo. Y, entonces, ya aparecía -el cónico cartucho o calabaza- un altoparlante de los bomberos. El dr. Director iba a razonar la causa: penetrar en el laberinto de un espíritu, y -a mazazos de intelecto- convencerlo, con doctoridad. Toques, repetidos, cortos, de la sirena, generaron el silencio incierto. El dr. Director, domador, empuñaba el negro cornetín, lo embocaba. Lo dirigía hacia lo alto, circense, y en él, trompetero, soplaba. –“¡Excelencia…!” -y téngase en cuenta que, aun, con muy poca digna mesura. Su calva fue la que se lució, de metaloide o de metal; el dr. Director gordo y bajo. Infundado, el pueblo lo abucheó: “Vergüenza, viejo!” -y- “deja, deja…!” De este modo, sólo estorba, la lega opinión, a todas las clericales artimañas.

Todo abdicativo, el dr. Director, perdido el comando del tono, escupió y se secaba el sudor, suelto de la boca el instrumento. Pero no pasó el megáfono al profesor Dartañán, lo que es claro. Tampoco a Sandoval, prestante, ni a Adalgisio, a sus labios. Ni al dr. Bilolo, por cierto queriéndolo, ni al dr. Eneas, sin voz usual. ¿Entonces a quién, pues? A mí, migo, me, si os parece, pero sólo enfín. Temí cuando obedecí, y de mucho siso había menester. Ya el dr. Director me dictaba.

-“Amigo, vamos a hacerle un favor, queremos cordialmente ayudarlo…” -produje por el conduto; y hubo eco. –“¿Favor? ¿De abajo para arriba?...” -vino la contestación asaz sonora. Él estaba en fase de aguda aguja. Había que interrogarlo. Y a mando del dr. Director, lo llamé, de mi boca, con intimación: “¡Psiu! ¡Ola! ¡Escuche! ¡Mire! -altilocué. -“¿Fallirán mis bienes?” -altisonó. Dejaba que yo prosiguiera; debiendo ser la suya una comprensión entendiada. ¡Lo que le hablé, de deberes y afectos! -“El amor es una estupefacción…” y: -“¿Eh? ¿Quién? ¿Eh?” -hizo personalmente el dr. Director, que el aparato, afligido, me había arrebatado. -“Tú, yo y los neutros…” -retrucó el hombre; en aquella elevada incongruencia, su imaginación no se entorpecía. Para nada era ineficaz para allá para acá parlar, razones de quiquiriquí, la buena nuestra verbosidad; a no ser para atizarle más los sesos, pata un numen endiablado. Se disistió; bien o mal, viene de quererse mimar, a puñetazos, un puerco espín. Del cual, tan de arriba, se escuchó todavía la final, pérfida pregunta: -“¿Fueron a las últimas hipótesis?

No. Restaba lo que se inesperaba, dándose como suceso de ipso facto. Llegaba… ¿Qué? ¿Qué creer? ¡El propio! El verdadero y sano, existente, Secretario de las Finanzas Públicas -ipso. Puesto que bien de terra surgía, y en embestida. Oprimido. Opaco, Nos abrazaba, a cada uno de nosotros se daba, y de veras lo adulábamos, conscientemente, voz inarmónica; señaló causas; ¿tenía un sosía? Lo subían al carro de los bomberos, y, aplomado, primero hizo un giro sobre sí, en tablado, completo, adecuándose a la exposición. El público le debía. –“¡Conciudadanos!” -en la punta de los pies. –“Yo estoy aquí, ustedes me ven. ¡Yo no soy aquel! Sospecho exploración, calumnia, embuste de enemigos y adversarios…” Por ronco a la fuerza, calló, no se sabe si con más bienes que males. El otro ya ahora ex-pseudo, destituido, lo escuchó con ociosidad. De su conquistado gallinero, no paraba de decir que “sí”, meneado.

Era medio día en mármol. En el que, curiosamente, no se tenía hambre ni sed, y cómo acordarse de las demás cosas. Súbita voz: -“¡Vi la quimera!” -bramó el hombre, importuno, impolítico se había airado. ¿Y quién y qué era? Por ora, ahora, nadie, nulo, Juan, nada, zafio, quídam. Desconsiderando la moral elemental, como a concepto relativo: lo que probó por señales muy claras. Desacataba. Todavía, el modo jocoso, se hacía de castillo en el aire. ¿O era por lo épico epidérmico? Mostró -lo que había entre la piel y la camisa.

Pues, de repente, sin espera, mientras el otro peroraba, él se desnudaba. Se dio a luz, siendo gota a gota el hecho. Sobre nosotros, sucesivos, revolantes -saco, calzoncillos, pantalones- todo a banderas desplegadas. Retumbándole la camisa, por fin, panda, aérea, aeriforme, alba. ¡Y hecho el lío! -fue- barbullas. En la multitud había mujeres, viejas, jóvenes, gritos, correcorre, desmayos. Era, el levantar los ojos, y el irrespetable público asistía a él in puris naturalibus. De casi albura seca de mandioca, en la verde copa y fronda de la palmera, un legítimo desropado. Sabía que estaba a transparentar, palpaba sus miembros corporales. “El síndrome…” -el Adalgisio observó; de nuevo confundíamos. -“Síndrome exofrénico de Bleuler…” -pausadamente soltó el Adalgisio. Se simplificaba el hombre en escándalo y emblema, y franciscano magnífrico, a fuerza de sumo contraste. Pero se reposaba, ya de humor benigno, en condiciones de primitividad.

Con eso -y tanta jarana- en medio del acrisolado calor, sudaban y se anojaban las autoridades. ¿No se estaba pudiendo con el desordenado tan subversor y anónimo? Había que iterar, decidieron, confabulados: arcar con los cuernos del caso. Todo se puso en movimiento, tronada la orden otra vez, breve, bélica, a fanfarria: para el acomodamiento de los bomberos. Nuestro rancho y atrio, ahora de cierta anchura, rodeado de cuerdas y policías; ya allí moviéndose los periodistas, reportero y fotógrafos, un puñado; y filmaban.

Pero el hombre, atento, además de persistir en sus altos intentos, se guisaba también en trabajo muy activo. Seguramente contaba con eso, de maquinarse contra él nueva trampa. Tomó cautela. Contra atacaba. Se echó hacia arriba, mal y más arriba, desde que hubo inicio el salvamento: ¡contra su voluntad no lo salvarían! Hasta, si hasta. Se erguía de las palmas movedizas, hacia el sumo vértice; ya iba a alcanzar el estrípite, ver y ver, con gran riesgo de precipitarse. Lo exacto sería el fallar -con una evidencia de cascada. -“¡Es ahora!” -fue nuestra interjección golpeada; ahora lo que se sentía era lo contrario del sueño. Se irrespiraba. ¿En aquella cantidad de silencios, avanzaban los bomberos, bravos? Solerte, el hombre, al último punto, se sacudió, se balanceaba, helo -misantropoide gracioso, en artificioso equilibrio pero en su eje extraordinario. Más disparates: -“¿Mi naturaleza no puede dar saltos?...” -y, a la pompa, se sobresalía.

Tanto era cierto que también nos divertía. Como si todavía necesitase de patentizar optimismo, nos mostraba insospechado estilo, dandinaba. Se recomplicó, empeoró, la pausa. Su caída y muerte, inciertas, sobre nosotros pairando, altaneras. Pero, aun cayendo y muriendo, de él nadie entendería nada. Estacaban los bomberos. Los bomberos recuaban. Y la alta escalera desandó, se desarquitectó, se encajaba. De nuevo, derrotadas las autoridades, diligentes, repartiéndose entre cuidados. Descubrí lo que nos faltaba. Allí, una fuerte banda de música, con brío, a redoble. De lo alto de aquella palmera, un ser, solo, nos contemplaba.

Diciendo, sonriente, el Capellán: -“Endiablado…

Endiablados, sí, los estudiantes, legión, ¿qué del sur de la plaza arrancaban? -de donde se habían concentrado. Hecho que revivió la rueda, un alboroto, de estrépito, de asalto. En torrente, ahora, empujaban paso. Ideaban fuese el hombre uno de los suyos, errado o cierto, por lo que juraban rescatarlo. Era un esfuerzo duro contener a la estudiantada. Traían no visible bandera, además de fervor hereditario. Se obstinaban. Entrarían pronto los de caballería, escuadrones rompientes, para la lucha contra el noble joven pueblo. ¿Cargaban? Pues, después. Más grande la confusión. Todo tentaba a evolucionar, en tiempo vertiginoso y revelado. Llegó a que se pedían refuerzos, con intención de desocupar la plaza; lo que venía a punto. Pero también se entonaban innacionales himnos contagiando a la multaburta. ¿Y paz?

Con as, roque y rey, a eso atendió, subido al coche de los bomberos, el Secretario de Seguridad y Justicia. Canoro, grueso, no bromeó: -“¡Muchachos! Sé que les gusta oírme. Prometo todo…” -y verdad. Por eso lo aplaudieron, agitadísimos, en sus antecedentes se fiaban. Vino en seguida una remisión, y alguna calma. En la confusión, por el sí o por el no, se escapó, entonces, el de las Finanzas Públicas Secretario. En verdad, medio cansado de emociones, se iba para la vida privada.

Otra ninguna cosa aconteció. El hombre, mientras tanto, entreapareciendo, se había acomodado, en cuna, en sus palmares. Durmiendo o aflojando el agarrarse, ¿si él diese en entorpecerse, y enfín, a los añicos machacarse abajo? De cómo podía mantenerse rígido así, incontable tiempo, explicaba a los circunstantes el profesor Dartañán. Abusaba de nuestra paciencia -un catatónico hebefrénico- en estereotipia de actitud. -“A flechazos en seguida lo derribarían, entre los parecis y nhambiquaras…” -enteró el dr. Bilolo; contento de que la civilización haga prosperar la solidaridad humana. Porque, sinceros, sensatos, a esa altura también el dr. Director y el profesor Dartañán se congraciaban.

Se sugirió nueva expedición de la vieja necesidad necesidad… Si, por muy alocado, ¿no condescendería, al apelo de algún argumento próximo y discreto? Él no iba a resabiar: conforme concordó, consultado. Y la acción se armó, tomó alas: la escalera exploradora -como un canguro, o saltamontes, enorme, rojo- se desdobló, en desgoznada cosa hasta más de medio camino en el camino en el vacuo. La subía el dr. Director, sin miedo, osadamente, él que se naturalizaba heroico. Atrás subía yo descendiendo, a modo de Dante atrás de Virgilio. Nos ayudaban los bomberos. Al otro, allá, en la cumbre, nos dirigíamos, sin la propia orientación en el espacio. Todavía a muchos metros de nosotros nos atendía y a nuestro latín perdido. Porque, brusco, entonces, bramó por: -“¡Socorro…!

Tan entonces otro bullicio -y el mundo inferior estallaba. En furia, bullanga y frenesíes, allí la población que iba a insanarse y a enloquecerse, somandándola sus mil motivos en una alucinación de manicomiables. ¡Depréquese! -no fueran a derribar camión y escalera. Y todo a causa del sobredicho suyo: como si hubiese él instilado veneno en los depósitos del agua de la ciudad.

Reapareciendo, lo humano y extraño. El hombre. Veo que él se ve, tuve que notarlo. Y algo terrible de repente pasaba. Él quería hablar, pero la voz se desmorecía; y se le enredó el habla. Estaba en equilibrio de razón: es decir, lúcido, desnudo, colgado. Peor que lúcido, cuerdo; con la cabeza asentada. Despertaba. Su trastorno, pues, había terminado, y, de la idea delirante, se veía despabilado.  Desintuido, desinfluido -por lo menos- inspirado. En doliente conciencia, apenas se había desinflado, recuando a lo real y autónomo, a su mal momento de espacio y tiempo, al sin fin de lo comedido. Aquel pobre hombre descorazonaba. Y tenía miedo y tenía horror -de tan nuevamente humano. Tendría el susto reminisciente -de lo que, recién allí, había podido hacer, con peligro y precio, en descompás, su inteligencia en calma. Tendría ahora que despeñarse de un momento para ningún otro. Temblé, yo misrable. ¿Se vertía, caía? Tiritábamos. Y era el no más allá de la magia. Porque él estaba en sí; y pensaba. Penaba -de vergüenza y acrofobia. Allá, íntima, loca, en mar, la multitud: infernal ululaba.

Entonces, ¿cómo salirse, del lance, desmanchado el firme burgo? Lo entendí. No tenía cara con qué aparecer. Ni ropas -bufón, truhán, estorbo- para enfrentar las razones finales. Él hesitaba electrochocado. ¿Preferiría, entonces, no salvarse? Al drama en el catafalco, se vertía la copa de la altura. Un hombre es, ante todo, irreversible Todo puntillado en la esfera de la duda, se proponía en otra e inmensurable distancia, de millones y trillones de palmeras. ¿Se desproyectaba, pobre, y tentaba agarrarse, inapto, a la Razón Absoluta? Adivinaba eso el desvariar de la multitud aspavientera -enloquecida. Contra él, que, de algún modo, de alguna maravillosa continuación, de repente nos frustraba. Por lo tanto, abajo, alto bramaban. Fieros, feroces. Él estaba sano. Vesánicos querían lincharlo.

Aquel hombre apiadaba diferentemente -fuera de la provincia humana. La necesidad de vivir lo vencía. Ahora, en aturdimiento de zorro, requería nuestra ayuda. En fácil prisa actuaban los bomberos, lanzándose a reaparecerlo y retraerlo -lo prestidigitaban. Lo bajaban, con tablas, cuerdas y piezas, con sus otros medios apocatastásticos. Pero estaba salvo. Ya, pues. Esto y así. ¿Iría el pueblo a destruirlo?

Sin concluir todavía. Antes, aun en la escalera, en el descender, él miró, mejor, la multitud, deogoenésica, diogenista. Venida la cosa, de tal cabeza, el caso que ya no se esperaba. Nos dio otro color. Pues, ¿volvían a enloquecerlo? Apenas proclamó: -“¡Viva la lucha! ¡Viva la libertad!” -desnudo, adán, nato, psiquiartista. Frenéticos lo ovacionaron, las decenas de millares se estremecían. Hizo ademanes y llegó abajo incólume. Apañó entonces el alma de entre los pies, se puso otro. Aplomó el cuerpo, desnudo, definitivo.

Se hizo el monumental desenlace. Lo agarraron, en hombros, en espléndido, lo llevaron transportado. Sonreía, y, ciertamente alguna cosa o ninguna profería. Nadie podría detener a nadie, en aquel desorden del pueblo por el pueblo. Todo se deshizo en andamiento, esparciéndose para trivialidades. Se había vivido el día. Sólo restaba inmutada, irreal, la palmera.

Concluyendo. Sucedió que, después, desahogados, se cambiaban los delantales por los sacos. Modulaban drásticas futuras providencias, con el profesor Dartañán, ex profeso, el dr. Director y el dr. Eneas -alienistas. -“Veo que todavía no vi bien lo que vi…”: refería Sandoval, lleno de escepticismo histórico. -“La vida es constante progresivo de conocimiento…” -definió el dr. Bilolo, serio, entendiendo todo por primera vez. Poniéndose el sombrero, elegantemente, ya que de nada se sentía seguro. La vida era a la hora.

Apenas, nada dijo. El Adalgisio, que, sin ningún motivo aparente, ahora y siempre súbito nos asustaba. Juicioso, correcto, circunspecto en demasía; y terrible él, no en sí, insatisfactorio. Visto que, en el sueño general, había permanecido insoluble. Me daba un frío animal retrospectivo. No dijo nada. O tal vez lo dijo en la orden del día y he aquí todo. Y se fue para el centro a comer camarones.

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