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jueves

ALDOUS HUXLEY - LA IDOLATRÍA MORAL, POLÍTICA Y TECNOLÓGICA

  

"La civilización es, entre otras cosas, el proceso por el que las primitivas manadas se transforman en una analogía, tosca y mecánica, de las comunidades orgánicas de los insectos sociales." 

                                 

Texto del filósofo y escritor británico Aldous Huxley, publicado en su libro "La Filosofía Perenne"

 

Para personas educadas, las clases más primitivas de idolatría han cesado de ser atractivas. Encuentran fácil resistir a la tentación de creer que determinados objetos naturales son dioses o que ciertos símbolos e imágenes son las formas mismas de entidades divinas y como tales deben ser adoradas y aplacadas. Cierto que mucha superstición fetichista perdura todavía en nuestros días. Pero, aunque sobreviva, no se considera respetable. Como la bebida y la prostitución, las formas primitivas de idolatría son toleradas, pero no aprobadas. Su lugar, en la acreditada jerarquía de valores, está entre los más bajos.

¡Cuán distinto es lo que ocurre con las formas de idolatría desarrolladas y más modernas! Éstas han logrado no solamente la supervivencia, sino el más alto grado de respetabilidad. Son recomendadas por hombres de ciencia como un sucedáneo muy al día de la religión auténtica, y por muchos maestros religiosos profesionales son igualadas al culto de Dios. Todo esto puede ser deplorable; pero no tiene nada de sorprendente. Nuestra enseñanza desacredita las formas más primitivas de idolatría; pero al mismo tiempo desacredita o, en el mejor caso, desconoce la Filosofía Perenne y la práctica de la espiritualidad.

En lugar de faramalla al pie y la divinidad inmanente y trascendente en la cima, erige, como objetos de admiración, fe y veneración, un panteón de ideas e ideales estrictamente humanos. En los círculos académicos y entre los hombres que fueron sometidos a la educación superior, hay pocos fetichistas y pocos devotos contemplativos; pero los devotos entusiastas de alguna forma de idolatría política y social abundan tanto como las zarzamoras. Harto significativo es el hecho, que he observado en las bibliotecas universitarias, de que los libros sobre religión espiritual fuesen pedidos con mucho menor frecuencia que en las bibliotecas públicas, visitadas principalmente por hombres y mujeres que no habían gozado las ventajas, o sufrido los inconvenientes, de una enseñanza académica prolongada.

Las muchas variedades de idolatría superior pueden clasificarse en tres secciones principales: tecnológica, política y moral. La idolatría tecnológica es la más ingenua y primitiva de las tres; pues sus fieles, como los de la idolatría inferior, creen que su redención y liberación dependen de objetos materiales —mecanismos en este caso. La idolatría tecnológica es la religión cuyas doctrinas son promulgadas, explícitamente o por inferencia, en las páginas anunciadoras de nuestros diarios y revistas; la fuente, puede añadirse, de donde millones de hombres, mujeres y niños de los países capitalistas sacan la filosofía de la vida por la que se rigen corrientemente. También en la Rusia soviética fue predicada esforzadamente la idolatría tecnológica, que se convirtió, durante los años de industrialización de ese país, en una especie de religión del Estado. Tan entusiasta es la moderna fe en los ídolos tecnológicos que (pese a todas las lecciones de la guerra mecanizada) es imposible descubrir en el pensamiento popular de nuestro tiempo ningún rastro de la antigua doctrina, profundamente realista, de la húbris y la ineludible némesis. Hay una creencia muy difundida en que. por lo que a mecanismos se refiere, podemos obtener algo por nada; podemos gozar todas las ventajas de una tecnología complicada, desproporcionada y en progreso constante, sin tener que pagar por ellas con compensadoras desventajas.

Sólo un poco menos ingenuos son los idólatras políticos. Éstos han sustituido el culto de los mecanismos redentores por el de redentoras organizaciones sociales y económicas. Impóngase la clase adecuada de organizaciones a los seres humanos, y todos sus problemas, desde el pecado y la desventura al nacionalismo y la guerra, desaparecerán automáticamente. La mayoría de idólatras políticos son también idólatras tecnológicos —y ello a pesar de que las dos seudorreligiones son, en último término, incompatibles, puesto que el progreso tecnológico, al paso actual, quita sentido a todo proyecto político, por ingenioso que sea, en cuestión, no de generaciones, sino de años y a veces hasta de meses. Además, el ser humano es, infortunadamente, una criatura dotada de libre albedrío; y si, por alguna razón, los individuos no se deciden a hacerla funcionar, ni la mejor organización producirá los resultados que de ella se pretendan.

Los idólatras morales son realistas en cuanto ven que los mecanismos y organizaciones no bastan para garantizar el triunfo de la virtud y el aumento de la felicidad, y que los individuos que componen las sociedades y usan las máquinas son los árbitros que finalmente determinan si ha de haber decencia en las relaciones personales, y orden o desorden en la sociedad. Los utensilios materiales y los medios de organización son indispensables, y un instrumento bueno es preferible a uno malo. Pero en manos torpes o malignas el mejor instrumento es inútil o un medio para el mal.

Los moralistas dejan de ser realistas y cometen idolatría en cuanto rinden culto, no a Dios, sino a sus propios ideales éticos; en cuanto tratan la virtud como un fin en sí misma y no como la condición necesaria para el conocimiento y amor de Dios —conocimiento y amor sin los cuales esa virtud no llegará nunca a ser perfecta ni aun socialmente eficaz.

Lo que sigue es un fragmento de una notabilísima carta escrita en 1836 por Thomas Arnold a su antiguo alumno y futuro biógrafo A. R Stanley. "El fanatismo es idolatría; y lleva en sí el mal moral de la idolatría; esto es, un fanático adora algo que es creación de su propio deseo, y así aun su abnegación en apoyo de ese algo es sólo una abnegación aparente, pues, en el hecho, es hacer que las partes de su naturaleza o su mente que menos estima ofrezcan sacrificio a las que estima más. La falta moral, según yo lo veo, es la idolatría —el ensalzar alguna idea de las más afines a nuestra propia mente y colocarla en el lugar de Cristo, el único que no puede ser convertido en ídolo ni inspirar idolatría, porque en Él se combinan todas las ideas de perfección y en Él se muestran en su justa armonía y combinación. En mi propia mente, según su tendencia natural —esto es, considerando mi mente en lo que de mejor tiene— la verdad y la justicia serían los ídolos que yo seguiría; y serían ídolos, porque no suministrarían todo el alimento que la mente necesita, y mientras fuesen adoradas, la reverencia, la humildad y la ternura serían muy probablemente olvidadas. Pero Cristo comprende a la vez la verdad y la justicia y asimismo todas estas otras cualidades... La angostura mental tiende a la perversidad, porque no extiende su vigilancia a todas las partes de nuestra naturaleza moral, y la negligencia fomenta la perversidad en las partes de tal modo descuidadas." 

Como muestra de análisis psicológico, este fragmento epistolar es admirable. Su único defecto es por omisión; pues olvida tomar en cuenta esas afluencias, del orden eterno al temporal, que se llaman gracia o inspiración. Gracia e inspiración son dadas cuando, y en cuanto, un ser humano abandona su obstinación y se entrega, momento a momento, mediante constante recogimiento y desapego, a la voluntad de Dios. Así como hay gracias animales y espirituales, cuya fuente es la divina Naturaleza de las Cosas, existen seudogracias humanas —tales como, por ejemplo, los accesos de fuerza y virtud que siguen a la consagración a alguna forma de idolatría política o moral. Distinguir la verdadera gracia de la falsa es a menudo difícil; pero, a medida que el tiempo y las circunstancias revelan toda la magnitud de sus consecuencias en el alma, se hace posible la distinción aun a observadores que no tengan dotes especiales de penetración. Cuando la gracia es auténticamente "sobrenatural", la mejora en un aspecto de la personalidad total no se paga con una atrofia o deterioro en otro aspecto. La virtud acompañada y completada por el amor y conocimiento de Dios es algo completamente diferente de la "rectitud de los escribas y fariseos", que, para Jesucristo, figuraba entre los peores males morales. Dureza, fanatismo, falta de caridad y orgullo espiritual —he aquí los ordinarios productos secundarios de un curso de estoico mejoramiento de sí mismo por medio del esfuerzo personal sin asistencia o secundado tan sólo por las seudogracias concedidas cuando el individuo se consagra a la consecución de un fin que no es su verdadero fin, cuando la meta no es Dios, sino meramente una aumentada proyección de sus propias ideas favoritas o excelencias morales. El culto idólatra de los valores éticos por ellos mismos se opone a su propio objeto, no sólo porque, según dice Arnold, hay falta de desarrollo de conjunto, sino también y sobre todo, porque aun las formas más altas de la idolatría moral son eclipsadoras de Dios y por ende garantizan al idólatra contra el iluminador y libertador conocimiento de la Realidad.


(Bloghemia / 14-8-2021)

lunes

LA ARMONÍA PERENNE DE ALDOUS HUXLEY

 


por Nadie Smirnova 

 

El escritor británico Aldous Huxley es ampliamente conocido por su contribución al género de la distopía con Un mundo feliz (1932), una obra provocadora, profética, que habla del fin de la individualidad provocado por el progreso y la globalización. Más allá de la novelística, podemos encontrar un amplio espectro de géneros en la creación literaria del autor, desde tratados y guiones cinematográficos hasta teatro y poesía. Un hombre de una mente infatigable, y un notable inconformismo, Huxley tuvo infinitas inquietudes –la música, la psicología, el misticismo, la medicina, el arte–, que de una forma u otra se reflejan en sus obras.

 

En su gran parte, un campo de intereses tan inmenso puede explicarse por la procedencia de Aldous, puesto que creció en una familia de grandes intelectuales: su padre era biólogo y profesor; su madre, una de las primeras mujeres para graduarse de Oxford y fundadora de una escuela femenina. Su abuelo por la parte paterna, Thomas H. Huxley, además de gran dibujante, era científico y colaborador de Darwin, mientras que en la parte materna de la familia encontramos al ilustre poeta Matthew Arnold y a la novelista Mrs. Humphry Ward. Así, los ancestros de Aldous desarrollaron una notable actividad, tanto en el campo de las humanidades como en el de las ciencias, mundos que actualmente se conciben como opuestos e irreconciliables.

 

Precisamente es Huxley quien hereda ese doble legado: desde los primeros momentos de su carrera como escritor, demostró una gran preocupación por los dos mundos, y “se había esforzado, incansable, en agrupar los conocimientos humanos, científicos, intuitivos, artísticos, en un equilibrio capaz de armonizar hombre y naturaleza”, como expresa MacDermott. De este modo, Aldous se posiciona en el punto de intersección y crea un equilibrio perfecto entre el racionalismo y la sensibilidad. Podemos encontrar la demostración de ello en cualquiera de sus obras. En el Contrapunto, publicado en 1928, Huxley escribe:  

 

El griego sensato, armonioso, obtiene el mayor rendimiento posible de esos dos grupos de estados. No es tan tonto que quiera matar una parte de sí mismo. Guarda el equilibrio. Esto no es fácil, por supuesto: es hasta endiabladamente difícil. Las fuerzas que hay que conciliar son intrínsecamente hostiles. El alma consciente pugna contra las actividades de la parte inconsciente, física, instintiva del ser total. La vida de la una es la muerte de la otra, y viceversa. Pero el hombre sensato trata al menos de guardar el equilibrio. Los cristianos, que no eran sensatos, han dicho a las gentes que debían echar la mitad de sí mismas al cesto de los papeles. Y ahora vienen los científicos y los hombres de negocios y nos dicen que debemos arrojar la mitad de lo que nos han dejado los cristianos. Pero yo no quiero estar muerto en las tres cuartas partes. Prefiero estar vivo, enteramente vivo. Es hora de que se inicie una revolución en favor de la vida y de la plenitud.

 

Este pasaje también sirve como una demostración del interés que manifestó Huxley hacia un tema tan controvertido como la relación entre la ciencia y la religión. Sus conclusiones con respecto a ello pueden encontrarse en varios escritos, como La filosofía perenne (1945) o Cielo e Infierno (1956), pertenecientes a la época tardía de la obra de Huxley, caracterizada por el misticismo y la religión. En 1952 publica Los demonios de Loudun, una novela testimonio que narra los hechos sucedidos en el primer tercio del siglo XVII en Loudun –un polémico caso de posesión demoníaca sobre un convento de monjas ursulinas–. Como en la gran parte de los escritos de Aldous, el caso histórico es un pretexto para una serie de reflexiones sobre la natura hominum y todo lo que a ella concierne. Los demonios de Loudun es un libro que habla de los infiernos del ser humano, con sus demonios particulares en forma de deseos de autoafirmación y de autotrascendencia, de sus vicios y sus pecados, hasta llegar al círculo de la infrahumanidad. 

 

Los hombres desean reforzar dentro suyo la conciencia de que son aquello que ellos mismos siempre han considerado ser, pero también desean –reiteradamente y con incontenible violencia– llegar a alcanzar la conciencia de que son algo más. Se arrojan fuera de sí mismos para poder rebasar los límites del pequeño y aislado universo dentro del que cada uno se halla confinado. Este deseo de trascendencia que invade a un individuo no es idéntico al deseo de escapar al dolor físico o al dolor moral. Es verdad que, en muchos casos, el deseo de escapar al dolor refuerza el deseo de trascendencia que uno tiene; pero este último puede existir sin el otro. Si no fuera así, los individuos sanos y afortunados que “han hecho un excelente ajuste con la vida” nunca sentirían la urgencia de ir más allá de sí mismos. Pero lo hacen. Hasta entre aquellos a quienes la naturaleza y la fortuna han dotado con más esplendidez, encontramos un profundo y arraigado horror de su propia personalidad, un ardiente anhelo de quedar libres de esa repulsiva identidad a la que la misma perfección de su “ajuste con la vida” los ha condenado. Cualquier hombre o mujer, tanto el ser más feliz, como el más desgraciado y miserable, pueden llegar, súbita o gradualmente, a lo que el autor de La nebulosa de lo desconocido denomina “desnudos conocimientos y sentimiento del propio ser”. Esta conciencia inmediata de la propia personalidad engendra un agónico deseo de rebasar la isla del yo que está en cada uno. Soy amargura, escribe Hopkins. 

 

Huxley introduce sus propios comentarios e hipótesis para reinterpretar los hechos desde la racional visión del hombre moderno, donde la epistemología, la fisiología y, sobre todo, la perspectiva histórica tienen una gran relevancia. Así, analiza aspectos como los modos de vida, los ideales y los problemas de la época, arrojando luz sobre las premoniciones, convicciones y depravaciones de las personas implicadas. 

 

Bien es sabido que la Edad Moderna se caracteriza por la constante presencia de dos grandes protagonistas inseparables: la Iglesia y la Monarquía, de modo que en el siglo XVII la religiosidad  estaba estrechamente ligada a la política. El nombre de Dios solía usarse para fines personales, de prestigio, venganza o autoafirmación, por lo cual cabe destacar la separación entre dos fenómenos que, a primera vista, han de ir de la mano: la religiosidad y la fe. Huxley analiza los vínculos sociopolíticos de todos los integrantes de la historia de aquellas monjas endemoniadas, llegando hasta el cardenal Richelieu y los reyes de Francia. No es de extrañar que en esta coyuntura un caso de posesión puede explicarse como un simple fraude causado por la desmesura de ambiciones personales en el contexto de una sociedad totalitaria, y no como un pacto con Satanás.

 

Evidentemente, en aquella época esa perspectiva no era viable, dado que se trataba de “una sociedad que se dedicaba a la captura de los demonios”. Por esta misma razón, en Loudun no se dispensó de los exorcismos y los procedimientos médicos, por lo que Huxley dedica una gran parte del libro a los métodos de tratamiento de la época, donde el hecho fundamental es el desconocimiento de las vías del funcionamiento tanto de la fisiología (estructura celular o química) como de la psicología humana (el subconsciente, no estudiado debidamente hasta principios del siglo XX). Así, lo que ahora podría interpretarse como un caso de histeria, neurosis o hipocondría, se explicaba supersticiosamente como un mal causado por los hechizos, encantamientos o el exceso de la bilis negra. Para acercarnos a la mentalidad del siglo XVII, Huxley recurre a la mención del inglés Robert Burton, cuyo ensayo Anatomía de la Melancolía presenta una perfecta demostración de la teoría de la naturaleza humana, incluyendo los convencimientos filosóficos y médicos de todo un período de la historia de la humanidad. Se hacen evidentes las carencias de la medicina de los primeros tiempos de la Edad Moderna –eran los azotes, la sangración o el uso de antimonio metálico como una purga lo que se empleaba como tratamiento para casos que hoy en día se reconocen como meramente psicológicos–: “Por experiencia puedo afirmar que muchos hombres melancólicos e hipocondríacos se curaron con la exclusiva aplicación de lavativas” (Robert Burton).

 

Huxley presenta un estudio íntegro de la historia de las ursulinas, incluyendo un factor tan complejo como lo es la humanidad en su plenitud. 

 

Nadie puede concentrar su atención en el mal o en la simple idea del mal, sin verse afectado por él. Una posición más profunda contra el demonio que con Dios, es peligrosa. La posesión es con mayor frecuencia secular que sobrenatural. Los hombres son poseídos por los propios pensamientos de odio a una persona, a una clase, a una raza, a una nación. Actualmente, los destinos del mundo se hallan en manos de los que se han endemoniado por sí mismos, de esos hombres que son poseídos por, y que manifiestan, el mal que han elegido ver en otros. No creen en los demonios, pero han hecho todo lo posible para ser poseídos y lo han logrado. Y puesto que creen menos en Dios que en el diablo, parece inverosímil que sean capaces de curarse a sí mismos de su posesión.

 

En su análisis de los sucesos de Loudun tienen cabida las inquietudes de los individuos, todos ellos, con sus sentimientos, sus propias maneras de percibir la realidad y sus cuerpos, inevitablemente unidos con sus espíritus… La psicofísica era un tema de especial interés para Huxley, y en consecuencia, recurrente en sus obras. “¿Es que el desorden mental tiene por causa un desorden químico? Y ¿el desorden químico se debe a su vez a angustias psicológicas que afectan a las suprarrenales?” (Las puertas de la percepción). En Los demonios de Loudun el autor inglés insiste en la correspondencia entre el estado anímico y el físico de uno, destacando sobre todo la causalidad espiritual del malestar del organismo humano.

 

Durante años de un crónico desasosiego había mantenido tan escaso aliento en sus pulmones, que parecía vivir en todo momento al borde de la asfixia. Casi súbitamente, su diafragma se ponía en movimiento; respiraba profundamente y era capaz de llenar sus pulmones de aire que daba vida. Realmente experimentaba en su cuerpo un fenómeno análogo al de su liberación espiritual. 

 

Huxley da una explicación racionalista y justificada de los acontecimientos; no obstante, el libro no es privado de misticismo. En Los demonios de Loudun se hace evidente la aspiración de Huxley de combinar la materia con el espíritu, una necesidad intrínseca de su persona. En consecuencia, en ocasiones plantea ideas que incluso hoy en día podrían considerarse radicalmente innovadoras e insólitas, pero en ningún caso faltas de sentido o razonamiento. 

 

No hay nada intrínsecamente absurdo o contradictorio en la idea de la admisibilidad de espíritus no humanos, sean buenos, malos o indiferentes. Nada nos obliga a creer que la únicas inteligencias que hay en el universo se hallan conectadas al cuerpo del ser humano y de los animales en general. Si se acepta el testimonio que nos ofrecen la clarividencia, la telepatía y la previsión, entonces debemos admitir que hay procesos mentales en verdad independientes del espacio, del tiempo y de la materia. Si esto es así, parece que no existe razón alguna para negar a priori que puede haber inteligencias no humanas, enteramente descarnadas o asociadas con la energía cósmica de un modo hasta ahora para nosotros desconocido. Todavía ignoramos cómo se halla asociada la mente de una persona con esa vorágine de tan compleja organización, ese vértice misterioso de la energía cósmica al que llamamos cuerpo. Que existe alguna asociación es evidente; ahora bien, de lo que no tenemos idea es de cómo la energía se transforma en proceso mental y cómo el proceso mental afecta a la energía.

 

En su introducción al tomo de la poesía completa de Aldous Huxley, Jesús Isaías Gómez López afirma que la forma poética impregna toda la producción narrativa del escritor británico. Efectivamente, en cualquier de sus escritos, es un constante modo de expresión, a través del cual se puede observar su fascinación por el lenguaje y su soltura poética, independientemente de la materia sobre la que se indaga. Los demonios de Loudun no es una excepción, y de hecho, tanto la poesía como el lenguaje forman todo un tema en la susodicha obra. 

 

La pluma es más eficaz que la espada, pues es por el pensamiento hecho verbo por lo que nosotros dirigimos y mantenemos nuestros esfuerzos y realizamos nuestras obras. Pero también está el riesgo de usar las palabras como sustitutos, viviendo en un universo puramente verbal y no en el mundo concreto de la experiencia inmediata. Cambiar un vocabulario es fácil; cambiar las circunstancias externas o nuestros hábitos inveterados es duro y enojoso. […] La letra mata o, al menos, deja inerte. Es el espíritu, la realidad que subyace bajo los signos verbales, lo que procura nueva vida.

 

Los Demonios de Loudun es un libro enriquecido con abundantes referencias y citas. Huxley recurre a los escritos anteriores y contemporáneos de la posesión (como A. Lefèvre, S. J. o Kramer y Sprenger), lo que hace que el libro se asemeje al Passagenwerk, la inacabada obra maestra de Walter Benjamin, donde el alemán pinta el retrato de la época decimonónica únicamente a través de la citación. Evidentemente, el objetivo de Huxley no fue el mismo, por tanto, aparte de los autores fundamentales para la interpretación del caso de las monjas endemoniadas, alude a autores como Whitman, Plinio, Corneille, Kierkegaard y Flaubert, entre muchos más. Así, a la hora de hablar de la infrahumanidad, recurre a dos poemas de Baudelaire y Mallarmé que nos acercan a diferentes formas de enfrentarse a la Nada; y cuando lleva a cabo un análisis psíquico de los protagonistas de la historia, anticipa la citación de Blake que posteriormente dará origen al título de uno de sus tratados más destacables que tuvo un notable impacto sobre la cultura de su tiempo, Las puertas de la percepción (1954):

 

Espontáneamente, y por una especie de bendito acontecimiento, había penetrado en aquel mundo infinito y eterno que todos nosotros podríamos habitar con tan sólo –según expresión de Blake– “tener purificadas las ventanas de la percepción”.

 

A primera vista, parece que los pensadores de períodos tan separados en el eje temporal no tienen relación alguna con el estudio del caso particular, no obstante, hemos de acordarnos que se trata de un libro que presenta una perspectiva transversal y atemporal del género humano. Las referencias de Huxley constituyen un recurso que demuestra, en las palabras del propio autor, que: 

 

El encanto de la historia y de sus enigmáticas lecciones consiste en el hecho de que nada cambia a lo largo de los siglos y, sin embargo, todo es completamente distinto. En los personajes de otros tiempos y de culturas extrañas reconocemos nuestra demasiado humana identidad y sabemos, mientras lo hacemos, que el marco de referencia de nuestras vidas ha cambiado, que ciertas proposiciones que entonces parecían axiomáticas son ahora insostenibles y que lo que nosotros consideramos como evidentes postulados no podían, en un período anterior, tener cabida en la mentalidad más osadamente especulativa. Sin embargo, las diferencias entre aquellos tiempos y el nuestro son siempre periféricas. una identidad fundamental subsiste en el núcleo. Los seres humanos, como mentes encarnadas, sujetas al desgaste físico y a la muerte, capaces de sentir dolor y placer, sometidas a sus anhelos y aversiones, y oscilantes entre el deseo de autoafirmación y el de autotrascendencia, se enfrentan, en todo tiempo y lugar, con los mismos problemas, arrostran las mismas tentaciones y el orden de las cosas les permite realizar la misma elección entre la pasividad y el esclarecimiento. El contexto cambia, pero la sustancia y el significado son invariables.

 

Dentro de la obra de Aldous Huxley, Los demonios de Loudun es una demostración más de la extraordinaria educación del autor y de su deseo de la claridad en el discurso histórico, que de forma directa se relaciona con la aspiración a concienciación del ser humano. Como expresa en la novela, “el pensamiento independiente y propio es el mejor antídoto contra los que se hallan sumergidos en la masa”. Huxley procura abrir sus propias puertas de percepción, invitando a sus lectores al viaje hacia lo desconocido y fascinante, pero sobre todo, hacia lo armonioso, donde las ciencias y las humanidades no son maniqueas, sino que forman parte del mismo discurso.

 

Una poesía que representa al hombre aislado de la naturaleza, lo hace inadecuadamente. Y, de modo análogo, una espiritualidad que anhela conocer a Dios sólo en las almas de los hombres, sin considerar al propio tiempo el mundo que no es de naturaleza humana y con el cual nos hallamos de hecho indisolublemente ligados, es una espiritualidad que desconoce la plenitud del ser divino.


(El vuelo de la lechuza / 16-9-2018)

martes

ALDOUS HUXLEY, EL ESCRITOR DEL MUNDO (IN)FELIZ


por Esther Peñas

Más allá de su famosa distopía futurista, el británico se convirtió en uno de los primeros autores en narrar los efectos psicodélicos del LSD o la mescalina. ¿Quién fue este escritor que describió cómo la humanidad quedaba ‘felizmente’ esclavizada?

«La gente es feliz. Tiene lo que desea y nunca desea lo que no puede obtener. Está a gusto; está a salvo; nunca está enferma; no teme a la muerte; ignora la pasión y la vejez; no hay padres ni madres que estorben; no hay esposa ni hijos; ni amores excesivamente fuertes». Asíimaginó el escritor Aldous Huxley a los habitantes de un futuro distópico, en el año 632 de la era fordiana, en su opus magnum, en la que retrata una sociedad en la que los medicamentos alteran el estado de ánimo, las mentes están programadas para que no puedan imaginar maneras de vida alternativas a la que impera, donde la distracciones de los medios de comunicación sirven de grilletes mentales y en la que la facilidad para satisfacer el deseo sexual ofrece la falsa sensación de plena libertad. Un mundo feliz lo tituló.

Publicado en 1932, el texto se anticipó a las predicciones más aciagas que escuchamos hoy en día: una humanidad sin capacidad de respuesta, sin margen para la individualidad, la creación, la alteridad, convertida en marioneta del poder. «Nuestros hombres están condicionados de modo que apenas puedan obrar de otro modo que como deban obrar», decía el británico. Con esta novela, que escribió en apenas cuatro meses, Huxley reivindica la dignidad del individuo como epicentro necesario de convivencia y nos recuerda que sin cultura no hay libertad posible, renunciando él a la felicidad como imperativo. Pero ¿quién fue este escritor que describió cómo la humanidad quedaba felizmente esclavizada?

Aldous Huxley nace un mes de julio de 1894 (un año que contiene las mismas cifras que otra de las distopías canónicas, 1984, de Orwell), cerca de Londres. Su padre, un reputado biólogo; y su madre, de las primeras mujeres que estudió en Oxford. Tiene tres hermanos. Tras la muerte de su madre, su padre volvió a casarse y tuvo dos hijos más –uno de ellos, Andrew Huxley, ganó el Premio Nobel de Medicina por sus investigaciones sobre los impulsos eléctricos del sistema nervioso–.

Durante su adolescencia, padece queratitis punctata, una grave enfermedad ocular que produce opacidad en las córneas y que lo deja prácticamente ciego durante dieciocho meses. En vez de arredrarse, en ese periodo de tiempo comienza a aprender braille y estudia piano. Sin embargo, esta dolencia le obliga a abandonar sus estudios de medicina, iniciando los de literatura inglesa. Con tesón y cuidados médicos, Aldous logra recuperar la vista, una experiencia que más tarde narraría en El arte de ver.

Fue uno de los primeros escritores en experimentar con drogas psicodélicas como el LSD o la mescalina

Sus primeras publicaciones –ninguna de ellas traducida aún al castellano– son poemarios (La rueda ardienteLa derrota de la juventudLeda…) y un libro de cuentos, Limbo. Poco después escribió su primera gran novela, Los escándalos de Crome, donde relata con un mordaz estilo satírico las costumbres y extravagancias de los artistas e intelectuales, que quedan retratados como pedantes, frívolos y petimetres. Huxley mantuvo por aquella época una estrecha amistad con el conocido como círculo de Bloomsbury, en especial con Virginia Woolf o Lytton Strachey. Entre estos autores, su amigo más cercano fue DH Lawrence, de quien publicó una selección epistolar tras su muerte.

Ya por entonces Huxley era un viajero contumaz. Con los beneficios cosechados con su primera novela, se compra un Citroën y recorre Europa junto a su primera esposa, María, aventura de la que da cuenta A lo largo del caminoSu primer viaje a España lo realiza en abril de 1929, también en coche, con el principal objetivo de visitar el Museo de El Prado. Unos meses más tarde, regresaría a España para visitar ciudades como Ronda, Cádiz, Jerez, Sevilla, Barcelona, Valencia, Almería, Granada o Tarragona.

Después, el británico decide instalarse en el sur de Francia, en una casa cerca de la playa. Allí recibe a sus amigos como la argentina Victoria Ocampo y lleva una vida familiar y apacible, hasta que en 1932 el matrimonio –que tuvo un único hijo, Matthew– visita Latinoamérica, recalando en Guatemala, Honduras, México y el Caribe. A su regreso a Francia, Huxley se enfrasca con una novela en la que reflexiona acerca de lo sexual y lo intelectual, Ciego en Gaza, encontrando en la vía mística una resolución al conflicto que encontraba el autor entre ambos territorios.

De su estancia en California –lugar al que la familia Huxley se trasladó definitivamente en 1937–, quedaron algunos guiones escritos para Hollywood, la amistad de un puñado de personalidades del celuloide como Greta Garbo, Chaplin o George Cukor, la materia para un nuevo texto (Viejo muere el cisne) y una nueva compañera vital, Laura, con quien contrajo matrimonio en 1956, un año después de que falleciese su esposa María.

Murió el 22 de noviembre de 1963, el mismo día que John Fitzgerald Kennedy

Abstemio, fue uno de los primeros escritores en experimentar con LSD y otras sustancias psicotrópicas como la mescalina o la psilocibina en la década de los cincuenta. En su ensayo Las puertas de la percepción, que escribió en 1954, recoge sus vivencias con las drogas y describe minuciosamente los efectos alucinógenos y los cambios sensoriales que él mismo vivió. El libro se convirtió en una de las principales referencias literarias en el periodo de efervescencia psicodélica de los años sesenta, tanto que la banda The Doors, liderada por Jim Morrison, debe su nombre al ensayo de Huxley –no es su única vinculación con la música: el escritor también aparece en la emblemática portada del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles–.

En 1961, un incendio destruye su casa por completo y arrasa con todas sus pertenencias. En medio de las llamas, Aldous solo puede rescatar un violín perteneciente a su segunda esposa y el manuscrito de su novela La isla, una especie de contrapunto de Un mundo feliz en la que llevaba un lustro trabajando. Un año antes le habían diagnosticado un cáncer de lengua que, a base de radioterapia, consiguió contener durante un tiempo para mantener sus compromisos profesionales: siguió impartiendo conferencias en todo el mundo y terminó su última obra, Literatura y ciencia.

El 22 de noviembre de 1963, el mismo día que Lee Harvey Owsald asesinaba a John F. Kennedy en las calles de Dallas, Aldous Huxley moría plácidamente en Nueva York tras pedir que le administrasen una doble dosis de LSD como terapia paliativa en su agonía. Para entonces, como él había dicho, «la investigación de las enfermedades había avanzado tanto que cada vez era más difícil encontrar a alguien completamente sano». Como él había pedido, aún de cuerpo presente, se le leyó al oído El libro tibetano de los muertos para iniciar su camino hacia el otro lado.

(ethic / 22-3-2019)

8 FORMAS DE DETONAR EXPERIENCIAS VISIONARIAS SIN DROGAS, SEGÚN ALDOUS HUXLEY


HUXLEY ESTUDIÓ PROFUNDAMENTE LAS EXPERIENCIAS VISIONARIAS, TANTO AQUELLAS PROVOCADAS POR DROGAS COMO AQUELLAS PRODUCIDAS POR MEDIOS COMO EL AYUNO, LA RESPIRACIÓN, LA LUZ, LA OSCURIDAD Y DEMÁS PRÁCTICAS ASCÉTICAS

En Cielo e Infierno, el ensayo que sirvió como epílogo al famoso recuento de sus experiencias con mezcalina, Las puertas de la percepción, Aldous Huxley hace lo que puede considerarse una historia de la experiencia visionaria. Habiendo antes ya narrado sus propias experiencias psicodélicas y esbozado una teoría de cómo las drogas psicodélicas permiten visiones místicas a través de la "válvula reductora del cerebro" en el primer texto (ambos utilizan títulos tomados de la obra de William Blake), Huxley pasa a analizar toda una serie de alternativas que han sido utilizadas a lo largo de la historia para alcanzar estados alterados de conciencia, ya sea como parte de una experiencia estética o de una búsqueda espiritual. Huxley explica que:

intrusiones similarmente biológicamente inútiles, pero estética y a veces espiritualmente valiosas, pueden ocurrir como resultado de la fatiga o la enfermedad; o pueden ser inducidas a través del ayuno o por un período de confinamiento en la oscuridad y completo silencio.

La tesis esencial es que al cielo y el infierno puede accederse a través de las puertas de la percepción, que son manipuladas ya sea por técnicas ascéticas o por la misma tecnología y el arte (todo lo cual produce efectos químicos en el cuerpo).

A continuación enlistamos los distintos métodos usados históricamente para alcanzar experiencias visionarias que son citados por Huxley:

Oscuridad / privación sensorial

Antes de que John Lilly inventara el tanque de aislamiento sensorial, también conocido como flotario, Huxley ya había notado que desde tiempos inmemoriales el ser humano se había sometido a:

ambientes restringidos, en los que no hay luz, sonido u olores, y, si pones a alguien en un baño tibio con sólo una cosa casi imperceptible que pueda tocar, la víctima pronto empezará a 'ver cosas', 'escuchar cosas' y tener extrañas sensaciones corporales.

Huxley sostiene que el gran yogui tibetano Milarepa en las cuevas de los Himalayas o los anacoretas cristianos siguieron este procedimiento. Hay que mencionar que en el caso del budismo tibetano existe toda una tradición contemplativa de retiros en la oscuridad, particularmente importante en las prácticas avanzadas del dzogchén, en las que se busca establecer la visión de la luz clara. La ciencia moderna ha descubierto que pasar tiempo en la oscuridad tiene efectos en la producción de distintas hormonas y neurotransmisores, y se ha postulado la hipótesis de que pasar semanas en la oscuridad total podría ser una forma de producir DMT endógeno (el DMT es una molécula psicodélica que se produce en la glándula pineal y en numerosas plantas y animales). 

Mortificaciones / austeridades

La mortificación o austeridad es, sin duda, uno de los caminos regios de la experiencia místico-visionaria. Particularmente en la India, agrupada bajo el término sánscrito tapas, existe toda una serie de procedimientos de austeridad ligados a prácticas contemplativas y yóguicas que son poderosos catalizadores de visiones místicas y de prácticas de purificación que pueden llevar al conocimiento de lo divino. 

Huxley también cita las mortificaciones que se autoinfligían algunas órdenes monásticas cristianas. "Su castigo autoinfligido bien podría ser la puerta al paraíso (pero también... la puerta a la regiones infernales)", señala. Y dice también:

La mortificación del cuerpo puede producir una hueste de síntomas mentales indeseables, pero también puede ser la puerta a un mundo trascendental del ser, la sabiduría y la dicha. Es por esto que, pese a algunas claras desventajas, todos los aspirantes a la vida espiritual han, en el pasado, llevado a cabo regulares procesos de mortificación corporal.

Y en esto podemos incluir por supuesto al mismo Gautama Buda, quien, aunque en su doctrina no defendía la mortificación extrema sino un camino medio, también tuvo un profundo entrenamiento en el tapas o austeridad, después de salir del palacio de placeres de su padre.

Ayunos

Ligado a la práctica anterior, los ayunos han sido históricamente usados por diferentes religiones para purificar el cuerpo-mente y alcanzar la percepción divina. Aquí se mezclan las transformación psicofísicas del ayuno con el ardor devocional (que, a su vez, también transforma la conciencia). El ayuno se convierte en sadhana y en ofrenda a lo divino; el practicante deja de identificarse con su cuerpo para poder dar paso al éxtasis. Huxley señala que en el pasado incluso existían ayunos involuntarios, como ocurría en los inviernos medievales, y que al privar de ciertos nutrientes al cuerpo, el cerebro llegaba a producir visiones y estados que oscilaban entre la alegría y la depresión.

También debe mencionarse de manera adicional las mortificaciones, las prácticas de insomnio voluntario y de largos períodos de oración como métodos extáticos.

Joyas

Huxley escribe que lo primordial en la experiencia visionaria es la "experiencia de la luz". Esto es lo que ha hecho que las joyas, las gemas, las piedras preciosas y los metales brillantes se tengan en tanta estima, más allá de una economía terrenal, como pasajes y atisbos de mundos celestiales. Así tenemos las grandes visiones místicas donde nunca faltan palacios y templos adornados por las más preciosas joyas: zafiro, rubí, lapislázuli, esmeralda, oro, ópalo. Y no sólo palacios o templos; también árboles enjoyados (tan frecuentes en el budismo), ciudades todas cubiertas de esmeralda y oro (que son tan usuales en el misticismo islámico) o la tierra misma tapizada de joyas resplandecientes, como el mismo Platón narra. Las joyas son transparencias, translumbramientos que revelan un estado primordial de iluminación y participación con lo divino.

La contemplación de obras de arte

Huxley hace especial énfasis en los efectos visionarios del arte, particularmente de la pintura y de la arquitectura religiosa, ya sean las catedrales góticas, las mezquitas musulmanas o los templos budistas, entre otros. "En el reino del arte, encontramos ciertas obras, incluso ciertas clases de obras, en que el mismo poder de transportar [la conciencia] se manifiesta", escribe Huxley. Asimismo, apunta:

El mejor arte que induce a la visión es aquel producido por mujeres y hombres que ellos mismos han tenido la experiencia visionaria; pero es razonablemente posible para cualquier artista de cierta calidad, simplemente siguiendo una receta aprobada, con la cual se pueden crear obras que tienen este poder transportador.

Huxley cita, entre otros artistas visionarios, a Caravaggio, Andrea del Castagno, Goya, Rembrandt, Georges de la Tour, Fra Angelico o William Blake. Y hace una mención especial de los paisajes zen. Señala que los paisajes que más permiten el vuelo místico de la imaginación son aquellos que representan objetos naturales distantes, y aquellos que lo hacen de manera muy cercana. Los primeros nos dan una sensación de inmensidad y de fusión con la totalidad; los segundos nos hacen ver la intrincada belleza del microcosmos. Agrega también que aunque en la India no existe un equivalente al paisajismo, su música y poesía tienen una cualidad intoxicante, al igual que la poesía y la música sufí de Medio Oriente.

Carbógeno

Huxley cita la llamada mezcla de Meduna, una preparación de siete partes de oxígeno y tres partes de dióxido de carbono que produce en aquellos que la inhalan un efecto psicoactivo, marcado por visuales internos y patrones de color. Algunas personas sostienen tener flashbacks intensos de eventos pasados, y por lo tanto esto fue utilizado como un agente terapéutico. Huxley sostiene que aquí se encuentra parte de lo racional que permite a los yoguis tener experiencias visionarias manipulando el prana o aliento vital, generalmente suspendiendo el aire prolongadamente. Actualmente existen técnicas, como la respiración holotrópica, que se sirven de la hiperventilación y de diversas técnicas de manipulación de la respiración. La base de todo esto puede encontrarse en el viejo adagio yóguico de que el aliento es el caballo que monta la mente.

Lámparas estroboscópicas

Escribiendo en 1956, Huxley elogia la experiencia de sentarse con los ojos cerrados ante una lámpara estroboscópica, la cual emite luz en ciertos patrones. Esta técnica ha evolucionado enormemente, pasando desde "la máquina de los sueños" de Brion Gysin y William Burroughs hasta aparatos de última generación de estimulación fótica y sonora que producen un efecto de entrainment de las ondas cerebrales. 

Fuegos artificiales y procesiones públicas de alta pompa

Aunque para la mente moderna los fuegos artificiales son meras distracciones, en su momento estas manifestaciones de pirotecnia, estallidos de colores en el cielo, fueron tenidos como experiencias mágicas y transportadoras. Igualmente los desfiles o espectáculos públicos, usados lo mismo como instrumentos públicos que como fastuosos despliegues visionarios. "Las coronas, tiaras, la joyería, las sedas, terciopelos, satines, los uniformes brillantes y las vestimentas, las cruces, las medallas, las espadas... los plumajes, los sombreros", según Huxley, con sus "propiedades que inducían visiones", tenían la función no sólo de dominar e impresionar sino de crear una seducción divina ligada al poder.



(PSICONÁUTICA / PIJAMASURF / 8-2-2017)
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