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domingo

CARSON McCULLERS - EL PROTAGONISMO Y EL AGONISMO EN EL AMOR


(Un célebre fragmento de La balada del café triste)

Ante todo, el amor es una experiencia compartida por dos personas, pero esto no quiere decir que la experiencia sea la misma para las dos personas interesadas. Hay el amante y el amado, pero estos dos proceden de regiones distintas. Muchas veces la persona amada es sólo un estímulo para todo el amor dormido que se ha ido acumulando desde hace tiempo en el corazón del amante. Y de un modo u otro todo amante lo sabe. Siente en su alma que su amor es algo solitario. Conoce una nueva y extraña soledad, y este conocimiento le hace sufrir. Así que el amante apenas puede hacer una cosa: cobijar su amor en su corazón lo mejor posible; debe crearse un mundo interior completamente nuevo, un mundo intenso y extraño, completo en sí mismo. Y hay que añadir que este amante no tiene que ser necesariamente un joven que esté ahorrando para comprar un anillo de boda: este amante puede ser hombre, mujer, niño; en efecto, cualquier criatura humana sobre esta tierra. Pues bien, el amado también puede pertenecer a cualquier categoría. La persona más estrafalaria puede ser un estímulo para el amor. Un hombre puede ser un bisabuelo chocho y seguir amando a una muchacha desconocida que vio una tarde en las calles de Cheehaw dos décadas atrás. Un predicador puede amar a una mujer de la vida. El amado puede ser traicionero, astuto o tener malas costumbres. Sí, y el amante puede verlo tan claramente como los demás, pero sin que ello afecte en absoluto la evolución de su amor. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor turbulento, extravagante y hermoso como los lirios venenosos de la ciénaga. Un buen hombre puede ser el estímulo para un amor violento y degradado, y un loco tartamudo puede despertar en el alma de alguien un cariño tierno y sencillo. Por lo tanto, el valor y la calidad del amor están determinados únicamente por el propio amante. Por este motivo, la mayoría de nosotros preferimos amar que ser amados. Casi todo el mundo quiere ser el amante. Y la verdad a secas es que de un modo profundamente secreto, la condición de ser amado es, para muchos, intolerable. El amado teme y odia al amante, y con toda la razón. Pues el amante está tratando continuamente de desnudar al amado. El amante implora cualquier posible relación con el amado, incluso si esta experiencia sólo puede causarle dolor.

CARSON McCULLERS: VIAJE A LO PROFUNDO DE NUESTRA HUMANA ESENCIA


por Marcela Furlano

El año pasado se cumplieron 50 años de la muerte de Carson McCullers y 100 de su nacimiento. Ese nombre –en realidad compuesto por dos apellidos– era toda una señal en esta escritora acostumbrada a romper todas las reglas sociales de su época y no pocas también en la literatura.

Amiga de Truman Capote y Tennessee Williams, sus obras –al igual que la de esos escritores– fueron llevadas al teatro y al cine, aunque no consiguió la popularidad de sus colegas, a los que les iba a la par en talento.

Laura Galarza explica el especial significado de que en un ciclo como el Wine Rock se incluya a una escritora como Carson McCullers, que cual estrella de rock rompió paradigmas y prejuicios, desde el sexo hasta luchar contra el racismo y favorecer la aceptación de la homosexualidad y las personas que eran, de un modo u otro, diferentes.

"Antes de casarse con Reeves McCullers –su nombre de soltera era Lula Carson Smith– habló con sus padres y les dijo: 'Yo antes de casarme con mi novio tengo que tener relaciones sexuales con él, porque si no, no voy a saber si mi matrimonio va a funcionar'".

En esa época los padres se podían infartar con una propuesta de ese tipo por parte de su hija...

(Risas) Eran los años '30 y no era usual que una chica de 19 años hiciera un planteo así, de manera abierta. Pero creo que sus padres fueron grandes mentores, porque no se asustaron con esta niña prodigio que habitaba su casa. Fue una mujer revolucionaria y sus padres la apoyaron en cada una de sus decisiones, es más, la mayor parte de su obra la escribió en su casa natal.

Para muchos, la poderosa personalidad de Carson terminó por eclipsar un poco su obra, desde sus relaciones con otras mujeres hasta su gusto por vestirse de hombre...

Absolutamente. Ella estuvo mucho tiempo enamorada de la fotógrafa Annemarie Schwarzenbach, a la cual le dedicó libros, pero realmente ella era un alma libre y cuando alguien le hablaba de condicionamientos o la quería acorralar con el tema de sus elecciones sexuales, ella no respondía. Tenía una mente increíble y eso se refleja en su literatura, de hecho, cualquier cuento que puedas leer de ella podría ocurrir acá, a la vuelta de la esquina, y eso te habla de esa cabeza que trasciende las fronteras y los tiempos.

Algo muy singular en sus obras, es cómo retrata un mundo muchas veces difícil o tortuoso, que es la adolescencia. ¿Es un camino que la acercaría los lectores jóvenes?

Por supuesto, hasta podría ser parte de las lecturas obligatorias de cualquier colegio secundario. Ella logra retratar ese pasaje de la niñez a la adolescencia, la incomodidad de esos años. En varios de sus cuentos y en sus novelas, aparece un personaje que es un adolescente, de esos que no van con el sistema. Ese momento espiritual lo capta tan bien, que en un punto todos nos identificamos con estos personajes, no sólo porque hay partes nuestras que siguen siendo rebeldes a lo que se nos impone o al sistema, sino porque en definitiva ella siempre está hablando de lo humano.

Siendo vos psicoanalista, ¿por qué te interesaste tanto en la obra de Carson McCullers?

Mi interés por la literatura no llegó de la mano del psicoanálisis. Soy psicoanalista, trabajo de eso, pero primero llegué a la literatura y después al psicoanálisis. Leo y escribo desde muy chiquita. Particularmente a Carson la descubrí en el taller de Guillermo Saccomanno. Todo lo que sé de literatura lo aprendí en su taller, con él estudié diez años.

¿El les acercó textos de Carson?

Hasta el día de hoy recuerdo el momento en que Saccomanno llegó al taller, abrió El corazón en un cazador solitario y leyó la primera página y esa primera frase: "En el pueblo había dos mudos que siempre andaban juntos". A partir de allí, se me abrió todo el mundo de Carson. El año pasado estuve releyendo toda su obra , porque varios de los libros reeditados el año pasado por Seix Barral, nunca habían llegado a nuestro país.

¿Cuáles de ellos?

Por ejemplo El mudo y otros textos, que es un libro que en realidad es el proyecto de obra que Carson McCullers escribió previo a que se editara El corazón es un cazador solitario, que se llamaba originariamente, El mudo. Ese libro es el proyecto de novela que ella le mandó al editor –tengamos en cuenta que tenía 19 años– y vos lo leés y es de una perfección no de una chica de 19 años que escribe su primera obra, sino de alguien consagrado.

¿Cómo se va a articular tu charla?

Va a estar amenizada con música. Carson, antes de ser escritora, de niña fue concertista de piano y luego ella cambió de vocación, podríamos decir, pero la realidad es que eso está presente en toda su literatura, no sólo por la musicalidad de su obra, sino porque realmente está presente. De hecho, en el cuento que yo voy a leer se nombran un montón de obras de Bach o Beethoven, por ejemplo. Por eso vamos a escuchar un poco a Carson y otro poco de esa música que ella también escuchaba.

(UNO / 6-4-2018)

CARSON McCULLERS - EL LICOR LIMPIO Y SECO DEL AMOR


(Natalia Izquierdo / Jot Down)

Aunque el pasado 19 de febrero celebramos el centenario del nacimiento de Carson McCullers (1917-1967), y el próximo 29 de septiembre conmemoraremos los cincuenta años de su muerte, es posible que, dondequiera que se encuentre, la gran escritora sureña siga teniendo el mismo aspecto que tenía en vida, es decir, el de una de esas criaturas huidizas y frágiles que pueblan los cuentos de Hans Christian Andersen; el de uno de esos seres especiales que se pasean por la tierra armados de un corazón de fuego pero que pertenecen al más allá al mismo tiempo, razón por la cual parecen siempre anhelantes de inexistencia e invisibilidad.
Sin embargo, bien pudiera ser que con este afán de desvanecerse y ausentarse, la novelista hubiera intentado compensar la sobreexposición a la que la sometió su madre desde el día en que, con apenas cinco años, la sorprendió improvisando una cancioncilla al piano. A partir de entonces, creyendo que el talento era incompatible con la humildad, su progenitora comenzó a pregonar entre allegados y vecinos que su hija era una niña prodigio, así como a infligirle las más diversas «torturas estilísticas» con la esperanza de convertirla en una distinguida y refinada concertista. Con este fin, la sentaba todas las mañanas a la mesa de la cocina para rizarle obsesivamente su lacio y pajizo pelo. A continuación, le pedía que repitiera la expresión «prunes» o «prims» para que se le pusiera «boquita de piñón». Y, por último, culminaba su pintoresca tarea ataviándola con pomposos vestidos de gasa para que asistiera a sus clases de enseñanza primaria. Por si esto fuera poco, en breve plazo su pequeña Lula Carson creció tanto que los habitantes de Columbus no podían dejar de mirarla, al tiempo que sus compañeros de colegio empezaron a mofarse de ella tildándola de «jirafa». Por eso, cuanto más intensa y dolorosa era la sensación de que todo el mundo la observaba cual si fuera un fenómeno de feria, más quería ella que se la tragara la tierra.
Así las cosas, no debería sorprendernos que la escritora poblara sus relatos con criaturas exóticas y marginadas, aquejadas de alguna carencia física o emotiva, y en virtud de las cuales los críticos han venido incluyendo su narrativa dentro del subgénero de la novela gótica europea conocido como «gótico sureño», ocupado, según ellos, en tratar los aspectos más grotescos y deformes de la realidad con un evidente propósito de crítica social. Mas con sus voyeurs, mudos, gigantas, enanos y jorobados, la autora sólo nos estaba advirtiendo que las taras y los defectos son en realidad los méritos de ese «patito feo» cuyo desvalimiento se opone al agresivo deseo del yo de someter a los otros y al universo, así como el indicio de que todos somos seres incompletos, de que estamos destinados a la muerte desde que nacemos, y de que, para perfeccionarnos y consolarnos, necesitamos tener a alguien a nuestro lado.
Por desgracia, debido a su diferencia y a su acuciado sentido del ridículo, a la joven Carson no siempre le fue fácil hacer amigos. Prueba de ello es que, durante sus primeros años, dijo haber contado con la sola amistad de su piano. Más tarde se dio cuenta de que bastaba un sorbo de cerveza para que se le desatara la lengua, así como para que cayera la barrera que solía levantar a fin de mantenerse a salvo de la ferocidad y las chanzas de los demás. Por eso, y aunque en ciertos periodos de su vida el alcohol se convirtió en el néctar del delirio y la despersonalización, este siempre fue para ella el concitador de la comunicación, pero no de una comunicación cualquiera, sino de la que en Iluminación y fulgor nocturno —su inconclusa autobiografía—, dijo ser «el único camino para la conciencia, el amor, la naturaleza, los sueños y Dios».
Tal trascendencia revistió la bebida en su narrativa que apenas hay relato o novela en que no aparezca un café donde seres anónimos y desconocidos, envueltos en su dignidad y en su silencio, toman whisky o cerveza mientras, sumidos en sus dolorosos pensamientos, aguardan que alguien se siente a la mesa con ellos para poder contarles la historia que a punto está ya de fermentar en su pecho. De igual manera, cuando en sus escritos autobiográficos o literarios la autora sureña alude a las personas que marcaron su existencia, nunca falta una referencia al licor que más les complacía o, en su defecto, al que compartió con ellas en aquellos efímeros e imperecederos momentos que se imprimieron en su corazón a fuego.
Así sucede, por ejemplo, con Lula Caroline Carson, su adorada abuela materna, quien ofrecía traviesamente una copita de ponche a las damas de la Liga de las Mujeres Cristianas por la Templanza cuando estas acudían a su casa con la esperanza de que se redimiera y transfigurara en una abstemia beata. Haciendo gala de la misma picardía, la anciana solía esconder madalenas y naranjitas chinas para su nieta preferida, a quien, cual sombra, llevaba consigo de la mano a la iglesia baptista de su localidad georgiana, leía en la noche las parábolas de la Biblia y amparaba de los diversos «suplicios» con que su madre la mortificaba. Por eso, el día en que falleció esta —a quien en Iluminación y fulgor nocturno Carson presentaría como «el primer amor de su vida»— la pequeña se desplomó en el suelo del vestíbulo y sufrió una crisis convulsiva. Algún tiempo después se enteró de que, en su pobre testamento, Lula Caroline le había legado el único objeto de valor que poseía: su hermoso anillo de casada, gracias a la venta del cual su nieta podría años más tarde ir a estudiar a la universidad. De ahí que en su primera novela —El corazón es un cazador solitario la escritora rindiera un velado homenaje a su abuela haciendo que el autobiográfico personaje de Biff Brannon jamás se quite del dedo la sortija matrimonial que ha heredado o que, reflexionando acerca de la reciente pérdida de un ser querido, sentencie para sí mismo: «El que se ha ido no está realmente muerto, sino que crece y es creado por segunda vez en el alma del vivo».
Pero si el ponche era la bebida favorita de su abuela, la cerveza era en cambio el licor idolatrado por Vera Marguerite, su excéntrica y fantasiosa madre, a quien la novelista culpó del incomprensible calvario que sus insistentes «martirios» habían supuesto para su infantil espíritu. Sin embargo, en su volumen de poesía para niños Dulce como un pepinillo y limpio como un cerdito, Carson arrinconó totalmente el daño causado con tal motivo para situar en primer plano el desmesurado amor que su madre le había mostrado cuidando de ella cada vez que había sufrido uno de aquellos imprevisibles colapsos que jalonaron su vida a raíz de la mal diagnosticada crisis de reumatismo articular que padeció cuando apenas contaba quince años, ataques que lograron minar su cuerpo, pero jamás su vitalidad. Así, en dicho poemario, la sureña recordó los exquisitos platos que Vera Marguerite cocinaba, viandas que, por supuesto, regaba con aquellas deliciosas cervezas aromáticas que tanto le gustaban. Aunque, sin duda alguna, el poema en que su hija más y mejor celebró la incondicional entrega materna es ese que reza: «Mamá dice que ella no tiene comida favorita. / Prefiere darle gusto a la familia / lo mejor que pueda. / Pero en las horas de descanso, / cuando vemos la tele, / la he visto comerse una enorme caja de dulces / y suspirar por ser feliz».
La estremecida felicidad y la luminosa melancolía que desprenden estos versos son a su vez tan intensas como las que anidan en las líneas autobiográficas y literarias en las que la novelista nos habló del amor que profesó por su progenitor: un modesto joyero de nombre Lamar a quien los sábados por la mañana hacía compañía y ayudaba a limpiar muelles de relojes con un cepillo empapado en gasolina; un hombre que, en sus escasos ratos de ocio, elaboraba una deliciosa cerveza casera que, con ruidoso estruendo, y para espanto del vecindario, solía explotar de vez en cuando; un hombre que, en lugar de tildar de crueldad la franqueza que caracterizó a su hija, admiraba que esta afrontara la vida sin fariseísmo ni hipocresía; un hombre dulce y generoso que se vio prácticamente sumido en la ruina al invertir los exiguos ahorros que tenía en consultar a un sinfín de especialistas con la esperanza de que alguno de ellos diagnosticara la extraña enfermedad que la adolescente padecía, quien, a su vez, para proteger a su padre y evitarle el sufrimiento de ver que, debido a tales gastos, no podría sufragarle una carrera musical en Juilliard, decidió repentinamente dejar de tocar el piano y empezar a escribir relatos con la máquina que este le había regalado. Nada extraño hay pues en que, en El corazón es un cazador solitario, la escritora convirtiera a su progenitor en un antiguo carpintero que, lisiado a causa de un accidente de trabajo, se dedica a reparar unos cuantos relojes viejos, lo cual le suministra unos pírricos ingresos que apenas le alcanzan para poder tomar cerveza un par de veces por semana. Pero como siempre que bebe le gusta tener compañía, se reserva unas monedas de cinco y diez centavos para dárselas a su hija, confiando en que esta se decida a charlar con él un rato. Y es al tomar esas monedas en su mano cuando el personaje de Mick Kelly —trasunto en este relato de la propia Carson— toma «conciencia de la existencia de su padre», es decir, de ese hombre infinitamente afable, triste y desamparado que, desde que se había quedado arruinado, se sentía «como separado de la familia», «tenía la impresión de no ser de mucha utilidad para nadie» y, en su soledad, quería estar cerca de su hija. De hecho, tan apegado y unido estuvo Lamar a Carson que entregó la vida mientras leía en su joyería el último relato publicado hasta entonces en la revista Harper’s Bazaar por la misma.
En lugar del agrio perfume de la cerveza, es el aroma fuerte y dulzón de la ginebra el que la escritora asoció a Lucille, su niñera negra predilecta, una muchacha de apenas catorce años que, muerta su abuela, representó para ella la ternura, la alegría y la delicadeza. No obstante, fue paradójicamente a través de su dramática experiencia como la propia Carson se vio expuesta a «la fealdad de la injusticia», pues la futura novelista sufrió un terrible shock el día en que, con la excusa de su raza, un taxista se negó a llevar a Lucille a su casa. Aunque mucho más brutal fue aun su conmoción cuando, en plena Depresión, y obligada por los problemas económicos que entonces atravesaba la familia, Vera Marguerite no tuvo más remedio que despedir a la niñera, yendo entonces la chiquilla a dar con unos blancos que enseguida la acusaron de tratar de envenenarlos, de manera que, pese a que los padres de la novelista testificaron en su favor, fue finalmente condenada a un año de prisión. Teniendo esto en cuenta, nada insólito hay en el hecho de que, inspirándose en su joven y encantadora asistenta, la escritora creara algunos de sus más entrañables personajes secundarios, entre los cuales destaca la Portia de El corazón es un cazador solitario, la Berenice Sadie Brown de Frankie y la boda y, sobre todo, la Vitalis de «Sin título», uno de sus relatos primerizos. Pasados los años, y tras haberse casado con un albañil en Chicago, Lucille averiguó la dirección de Carson y visitó a la ya para entonces afamada artista en su casa de Nyack (Nueva York). Allí, sentadas ante sendas copas de ginebra, la novelista le confesó a su amiga que ella y nadie más había sido la semilla de la que había brotado en su alma el ardiente deseo de justicia que la acompañó toda la vida. Por su parte, Lucille le manifestó cuán orgullosa se sentía de que, gracias a una indefensa niñera negra, hubiera sido, y siguiera siendo, una insurrecta estrella.
Pero si la humillación de una antigua niñera forjó el pensamiento de la justicia de Carson, fue Edwin Peacock, su más anónimo y leal amigo, quien dotó a este de contenido al iniciarla en la lectura de Engels y de Marx, de OuspenskiThoreau, los «padres peregrinos», etc., pero también al enseñarle que la espiritualidad no es la antagonista, sino la más fiel e imponderable aliada de la racionalidad. Perteneciente al Cuerpo Civil de Conservación y residente en un acuartelamiento militar cercano a su localidad, Peacock, que acabaría regentando una librería en Charleston, fue también quien le regaló a Carson Memorias de África, la iridiscente y panteísta novela de Isak Dinesen, cuyo particular y característico estilo aseguró haber tomado prestado para componer su segundo gran relato: Reflejos en un ojo dorado. Vestida con las varoniles ropas que descolgaba del armario de su amigo, y con apenas diecisiete años, la joven solía acompañarlo a aquellos «antros del pecado» a los que acudían los soldados y a los que en Frankie y la boda daría nombres tan eufemísticos y tan llenos de poesía como «La Luna Azul» o «La Hora Distraída». Fue precisamente en uno de aquellos lóbregos y ardientes locales donde, ante sendas jarras de cerveza, y mirando a «los ojos limpios de envidia y deseo» de Peacock, Carson descubrió que la fraternidad es el sentimiento más poderoso y más bello, por lo que en su ensayo sobre la escritura «El sueño que florece» afirmó haber compuesto esta última novela con la intención de mostrar la superioridad del «amor de Ágape», deífico y fraternal, sobre el amor de Eros, «apasionado e individual».
Aunque, desde luego, es con James Reeves McCullers, el por dos veces marido de la novelista, con quien el repertorio de bebidas espirituosas más se amplía, ya que, entre otras afinidades, fue justamente el alcohol uno de los nudos que, uniéndolos, los separó. No obstante, Carson era consciente de que la dipsomanía de Reeves constituía la hermética manifestación externa de una herida íntima siempre abierta, concretamente la falta de cariño que había sentido desde niño al ir rodando de casa en casa de sus muchas tías maternas. Por eso, su esposa jamás había encontrado extraño que, cada vez que la tristeza le arañaba con su zarpa, como el Ismael de Moby Dick, Reeves saliera disparado hacia Nantucket para surcar el océano. Atravesando el Atlántico arribó un día de junio de 1944 a las costas de Normandía en calidad de soldado raso con la misión de arponar al Leviatán alemán, al que combatió luego en cruentas batallas en Francia, Bélgica, Luxemburgo y Alemania. Durante estas, le escribió a su mujer unas estremecedoras «cartas de guerra» en las que, en medio de la lucha más sanguinaria, la instaba a tratar de ver y crear toda la belleza de que fuera capaz. Con el pecho lleno de condecoraciones y uniformado de capitán, regresó a Estados Unidos herido en una mano, razón por la cual enseguida fue licenciado del ejército por inválido, lo que contribuyó a minar su siempre escasa autoestima y su aún más precaria seguridad. Poco después, en la Ciudad de la Luz por cuya liberación había luchado, y durante un viaje emprendido con Carson, decidió poner fin a su vida a los cuarenta años. Comprendiendo que sólo bajo la amenaza de muerte y gozando del respeto de sus soldados su esposo se había sentido afortunado, su desconsolada compañera se negó a repatriar su cuerpo, a la par que eligió como salmo para su entierro el pasaje literario en que Reeves siempre se había sentido reflejado: ese extraordinario sermón de Herman Melville en el que el padre Mapple amonesta a quien, predicando a los demás, es él mismo un réprobo; ese sermón en el que se asevera que, a estribor de toda aflicción, hay un gozo hasta el tope del mástil para quien, frente a los orgullosos dioses y comodoros de esta tierra, mantiene su propia persona inexorable. Más tarde, y en forma de dulce poema para niños, ella misma le rendiría su particular homenaje a su marido: «Nunca he visto el océano, / nunca he visto el mar, / una vez amé a un marinero / y no necesito más».
La licorería del joven marino apasionado de Moby Dick no fue desde luego menos extensa que la que Carson compartió con muchos de sus célebres amigos, para quienes, según parece, el alcohol era también la fuente de la que manaba la siempre esquiva inspiración. Entre estos cabe destacar a George DavisKlaus Erika MannW. H. AudenBenjamin BrittenDavid DiamondRichard WrightGypsy Rose LeeTruman CapoteTennessee Williams, Annemarie Clarac Schwarzenbach, etc., a quienes la escritora conoció, bien en la comuna de Brooklyn Heights, de la que formó parte en cuanto se instaló en la gran metrópoli neoyorquina, bien en Yaddo, la reputada colonia de artistas en la que trabajó en sus libros a lo largo de distintas etapas de su vida. Allí, entre cóctel y cóctel, fue precisamente donde Carson les preguntó si también a ellos la creación les parecía «una confabulación divina» que requería «humildad, amor y gran valor», o si profundizar en el propio trabajo y querer saber de las personas que amamos equivalía a tomar conciencia de «los sueños y de la lógica de Dios».
Por todo lo relatado hasta el momento y por mucho más que aún se podría contar, estoy segura de que, en el más allá, Carson regenta un café idéntico al que en La balada del café triste gobierna la autobiográfica giganta de Miss Amelia o al que en El corazón es un cazador solitario administra el también autobiográfico personaje de Biff Brannon. En él debe servir ese licor que, ya en la tierra, destilaba para nosotros en sus relatos y novelas: ese licor del amor que «sabe limpio y seco en la lengua, pero que una vez dentro empieza a arder y su fuego dura mucho tiempo»; ese licor del amor que hace que, al abrir sus libros, sus lectores de ayer, de hoy y de siempre, nos tropecemos con «un lirio silvestre» y, tomándolo en la mano, sintamos nuestro corazón «invadido por una ternura tan viva como un dolor»; ese licor del amor que hace que levantemos la mirada al cielo para que, sobrecogidos por su misterio, percibamos nuestra pequeñez en medio de la inabarcable magnificencia del universo.
Una vez atendida su celestial clientela, tengo la certeza de que, como hiciera en la tierra, Carson se afana también allí por tratar de encontrar una respuesta a la pregunta de por qué ella mantiene abierto el local toda la noche cuando todos los demás cierran. Y enseguida concluye que no es por dinero, sino por amor a «cualquier persona decente que viene de la calle y se sienta una hora a tomarse una copa».
Como sucede en su epifánico relato «Un árbol. Una roca. Una nube», el que llega a veces de la calle es un joven vendedor de periódicos necesitado de que alguien le diga algo cariñoso. Y como nada más verlo percibe la carencia del chiquillo, la novelista lo reclama a su lado para decirle «te quiero» muy despacito, tras lo cual le ruega que se siente a tomar una cerveza con ella porque tiene que explicarle en qué consiste su filosofía del amor, fruto de muchos años de meditación. «El secreto —le confiesa— radica en amarlo todo. Cualquier cosa, o cualquier persona. ¡Todos desconocidos y amados! ¿Te das cuenta de lo que puede significar una ciencia como la mía?».
Si yo hubiera sido aquel muchacho, en lugar de contraer la cara y seguir callado, le habría dicho que sí, que me doy perfecta cuenta de lo que puede significar una ciencia como la de ella; esa ciencia humana y solidaria que hace del otro el «nosotros de mí»; esa ciencia ácrata y mesiánica por la que luchó en contra del odio y a favor de la compasión; esa ciencia fulgurante y mágica que la llevó a perseguir «la lluvia, los gritos y el frenesí».

sábado

CARSON McCULLERS (1917 – 1967)


LA BALADA DEL CAFÉ TRISTE

SEXTA ENTREGA

La nieve no duró mucho. Salió el sol, y a los dos días el pueblo estaba igual que siempre. Miss Amelia no abrió su casa hasta que se derritió el último copo. Entonces se puso a hacer una limpieza general y sacó todas las cosas al sol. Pero antes de meterse a limpiar, lo primero que hizo al volver a salir al patio fue atar una cuerda a la rama más grande del cerezo chino. En el extremo de la cuerda ató un saquillo bien relleno de arena. Ése fue el punching-bag  que hizo para entrenarse, y, desde aquel día, todas las mañanas se dedicaba a boxear con él en el patio. Ya era una boxeadora muy buena; quizá fuera un tanto pesada de piernas, pero en cambio conocía todas las mañas y los trucos del boxeo. Miss Amelia, como ya se ha dicho, medía seis pies y dos pulgadas de estatura. Marvin Macy era una pulgada más bajo. De peso estaban casi iguales: los dos pesaban unas ciento sesenta libras. Marvin Macy tenía la ventaja de su astucia de movimientos y de la dureza de su pecho. A primera vista se diría que él llevaba las de ganar. Sin embargo, casi todos los vecinos estaban apostando por miss Amelia. Los vecinos recordaban la gran pelea entre miss Amelia y un abogado de Forks Falls que había querido engañarla. Era un mocetón tremendo, pero cuando miss Amelia terminó con él estaba medio muerto. Y no habían sido solamente sus dotes de boxeadora lo que había impresionado a todo el mundo. Miss Amelia consiguió desmoralizar a su adversario poniendo unas caras tan horribles y haciendo unos ruidos tan impresionantes que hasta los espectadores se habían espantado. Era valiente, se entrenaba con aplicación con su punching-bag y en el caso presente tenía toda la razón de su parte. Así que los vecinos confiaban en ella y esperaban. Desde luego, no se había fijado fecha para la pelea; sólo estaban aquellas señales que eran demasiado claras para poder pasarlas por alto. Aquella temporada, el jorobado andaba por allí con una carita maligna y satisfecha. Era listo, y metía cizaña entre miss Amelia y Marvin Macy de mil maneras disimuladas y astutas. Siempre estaba tirando de la pernera del pantalón de Marvin Macy para atraerse su atención. Algunas veces seguía los pasos de miss Amelia, pero ahora sólo lo hacia para imitar sus andares desgarbados: se ponía bizco y remedaba los gestos de ella de una forma que parecía que miss Amelia era un monstruo. Había algo tan terrible en aquellas imitaciones, que los parroquianos del café no se reían, ni siquiera los más tontos como Merlie Ryan. Tan sólo Marvin Macy torcía la boca hacia la izquierda y cloqueaba. Cuando esto ocurría, miss Amelia se encontraba dividida entre dos emociones; dirigía al jorobado una extraviada mirada de reproche y desesperación, y luego se volvía hacia Marvin Macy con los dientes apretados. –¡Así revientes! –decía furiosa. Y entonces Marvin Macy solía coger su guitarra que estaba en el suelo junto a su silla y se ponía a cantar. Su voz era húmeda y pegajosa, porque siempre tenía demasiada saliva en la boca. Y las melodías que cantaba se le escurrían de la garganta como anguilas. Sus fuertes dedos pellizcaban las cuerdas con suave destreza, y cuando cantaba le hacía sentirse a uno fascinado y exasperado a la vez. Aquello era más de lo que miss Amelia podía soportar.
–¡Así revientes! –repetía, gritando. Pero Marvin Macy tenía siempre una réplica a punto para ella. Ponía la mano sobre las cuerdas para apagar los sonidos que quedaban vibrando y contestaba con lenta y aplomada insolencia: –¡Todo lo que me grites te pasará a ti! ¡Jo, jo! Y miss Amelia se tenía que quedar allí desamparada, ya que nadie ha inventado nunca un remedio contra esta artimaña. No podía gritarle insultos que fueran a recaer luego sobre ella. La tenía cogida, no había nada que hacer. Así iban las cosas. Nadie sabía qué pasaba entre ellos tres por las noches, en las habitaciones de arriba. Pero el café estaba cada tarde más concurrido. Hubo que poner otra mesa. Hasta el ermitaño, el loco llamado Rainer Smith, que se había ido al pantano hacía muchos años, oyó hablar de lo que ocurría y fue una noche para mirar por la ventana la reunión del café iluminado. Y el momento cumbre todas las noches era cuando miss Amelia y Marvin Macy cerraban los puños, se ponían frente a frente y se quedaban mirándose. Por lo general, esto no ocurría después de ninguna discusión, sino que parecía producirse de una manera misteriosa por algún instinto de los dos. En esos momentos el café se quedaba tan silencioso que se podía oír cómo crujía el ramillete de rosas de papel con la corriente de los ventiladores. Y cada noche duraba aquella escena un poco más quela anterior.
La pelea tuvo lugar el día del Topo, que es el 2 de febrero. El tiempo fue favorable, sin lluvia ni sol, con una temperatura mediana. Hubo varias señales de que aquel era el día fijado, y hacia las diez la noticia había corrido por todos los contornos. Por la mañana temprano, miss Amelia había salido y había cortado la cuerda de su punching-bag.
Marvin Macy se sentó en el escalón de atrás con una lata de grasa de cerdo entre las rodillas y empezó a embadurnarse cuidadosamente los brazos y las piernas. Un halcón con la pechuga ensangrentada voló sobre el pueblo y dio dos vueltas sobre la casa de miss Amelia. Sacaron las mesas del café al porche de atrás, de forma que todo el salón quedó despejado para la pelea. Estaban todas las señales. Tanto miss Amelia como Marvin Macy se sirvieron cuatro raciones de asado medio crudo en la comida, y el resto de la tarde estuvieron echados para coger fuerzas. Marvin Macy se echó en el cuarto grande de arriba, y miss Amelia se tumbó sobre el banco de su oficina. Se veía claramente, por su cara blanca y tensa, qué tormento era para ella estar tumbada sin hacer nada, pero se quedó allí quieta y estirada como un cadáver, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho. El primo Lymon no paró en todo el día, y su carita estaba sombría y tirante de pura excitación. Se preparó un bocadillo al mediodía y salió a buscar al topo. Volvió al cabo de una hora; se había comido el bocadillo y dijo que el topo había visto su sombra y que se preparaba mal tiempo. Luego, como lo mismo miss Amelia que Marvin Macy estaban descansando para coger fuerzas y nadie le hacía caso, se le ocurrió ponerse a pintar el porche delantero. La casa no había sido pintada desde hacía muchos años; en realidad, sabe Dios si la habían pintado alguna vez. El primo Lymon estuvo revolviendo por allí y al poco tiempo tenía pintada de un alegre color verde chillón la mitad del suelo del porche y embadurnada toda su persona. Y, cosa muy propia de él, antes de terminar el suelo empezó con la pared y fue pintándola hasta donde alcanzaba y luego se subió a un canasto para llegar una cuarta más arriba. Cuando se le acabó la pintura, la parte derecha del suelo estaba verde brillante y había un trozo de pared pintado que acababa en una línea dentellada. Allí abandonó el primo Lymon su obra. Había algo infantil en su satisfacción con su pintura. Y a propósito de esto mencionaremos algo muy curioso: no había en el pueblo quien tuviera la menor idea de la edad del jorobado, ni siquiera miss Amelia. Algunos decían que cuando llegó al pueblo era todavía un niño de unos doce años; otros estaban seguros de que pasaba de los cuarenta. El jorobado tenía unos ojos azules y serenos como los de un niño, pero debajo de aquellos ojos se veían unas sombras violáceas que delataban la edad. Era imposible adivinar su edad por su extraño cuerpo deforme. Y tampoco por su dentadura se podía sacar nada en claro; todavía tenía los dientes completos, pero se los había manchado tanto de tomar aquel polvo dulce que era imposible saber si eran dientes jóvenes o dientes viejos. Cuando le preguntaban directamente su edad, el jorobado confesaba que no tenía la menor idea, no sabía cuántos años llevaba en este mundo, si eran diez o si eran ciento. Así que su edad seguía siendo un misterio. El primo Lymon terminó de pintar a las cinco y media de la tarde. El día se había puesto frío y se notaba humedad en el aire. El viento venía de los pinares; golpeaba las ventanas y un periódico viejo pasó revoloteando calle abajo y al fin se quedó prendido en un árbol. Empezó a llegar gente del campo; automóviles abarrotados con muchos niños que asomaban la cabeza por las ventanillas; carromatos tirados por muías viejas que parecían sonreír con enojo y hastío y seguían arrastrando su carga con los ojos cansados y medio cerrados. De Society City llegaron tres jóvenes. Los tres iban con camisa amarilla y con las gorras echadas hacia atrás; eran tan parecidos como trillizos, y se les encontraba siempre en las peleas de gallos y en las fiestas camperas. A las seis el silbato de la fábrica anunció la salida del trabajo y la multitud se completó. Naturalmente, entre los recién llegados había alguna gentuza, personas desconocidas y demás; pero, aún así, la gente estaba tranquila. Había en todo el pueblo un ambiente de expectación, y las caras de la gente resultaban extrañas a la luz del crepúsculo. La oscuridad fue cayendo poco a poco; el cielo estuvo un momento amarillo pálido y claro, y sobre él se destacaban las líneas netas y oscuras de la iglesia; después se apagó lentamente, la oscuridad se fue concentrando y se hizo de noche. El siete es número popular, y para miss Amelia en especial, era el número favorito: siete tragos de agua para el hipo, siete carreras alrededor de la alberca para la tortícolis, siete dosis de Purgante Milagroso Amelia para las lombrices... sus tratamientos giraban casi siempre en torno a ese número. Es un número con las más variadas posibilidades, un número que tienen en gran estima todos aquellos que aman el misterio y la magia. Así que la pelea tenía que ser a las siete. Esto lo sabía todo el mundo y no porque se hubiera anunciado o hablado de ello, sino que se entendía sin necesidad de preguntarlo, lo mismo que se entiende la lluvia, o un mal olor que viene del pantano. Así que, antes de las siete, todo el mundo se encontró con aire grave alrededor de la casa de miss Amelia. Los más listos entraron en el café y se alinearon junto a las paredes. Otros se apiñaron en el porche delantero o se buscaron un sitio en el patio. Miss Amelia y Marvin Macy no se habían dejado ver todavía. Miss Amelia, después de descansar toda la tarde en el banco de la oficina, había subido al piso de arriba. Por su parte, el primo Lymon estaba por medio todo el tiempo, abriéndose camino entre la multitud, chasqueando los dedos nerviosamente y parpadeando. A las siete menos un minuto se deslizó en el café y se subió encima del mostrador. Reinaba un silencio absoluto. Tenían que haberse puesto de acuerdo de algún modo; porque en cuanto dieron las siete apareció miss Amelia en lo alto de la escalera, y en el mismo instante se vio a Marvin Macy en la entrada del café. La multitud le abrió paso en silencio. Se dirigieron el uno hacia el otro, sin prisa, con los puños ya apretados y la mirada absorta. Miss Amelia había cambiado el traje rojo por su viejo mono, que llevaba remangado hasta las rodillas. Iba descalza y llevaba una muñequera de hierro en el brazo derecho. Marvin Macy también se había arremangado los pantalones; iba desnudo de cintura para arriba y muy embadurnado de grasa. Llevaba puestas las pesadas botas que le habían dado al salir del penal. Stumpy MacPhail se adelantó y les palpó los bolsillos de las caderas con la palma de la mano derecha para asegurarse de que no aparecerían navajas de improviso. Entonces se quedaron solos en el centro despejado del café, inundado de luz. No se dio ninguna señal, pero los dos golpearon a la vez. Los dos golpes dieron en las barbillas, y las cabezas de miss Amelia y de Marvin Macy rebotaron hacia atrás y ambos se quedaron un tanto atontados. Durante unos momentos después de los primeros golpes, se contentaron con restregar los pies por el suelo, probando diferentes posturas y dando puñetazos al aire. Y de pronto se lanzaron el uno contra el otro como gatos salvajes. Se oían los puñetazos, los resoplidos y los golpes de los pies en el suelo. Eran tan rápidos que resultaba difícil seguir el curso de la pelea; pero una vez miss Amelia fue proyectada hacia atrás con tanta fuerza que se tambaleó y estuvo a punto de caer, y otra vez Marvin Macy recibió un golpe en el hombro que le hizo girar como una peonza. Y la pelea prosiguió de aquel modo salvaje y violento, sin que ninguno de los dos diera muestras de debilidad. Durante una lucha así, cuando los adversarios son tan rápidos y tan fuertes como aquellos dos, vale la pena dejar de mirar la confusión de la pelea y observar a los espectadores. La gente se había echado hacia atrás todo lo posible y se aplastaba contra las paredes. Stumpy MacPhail estaba en un rincón, encogido y con los puños apretados como los luchadores, y hacía ruidos extraños. El pobre Merlie Ryan tenía la boca tan abierta que se le metió una mosca dentro y se la tragó antes de darse cuenta de nada. El primo Lymon era algo digno de verse: estaba todavía encima del mostrador, de manera que quedaba muy por encima de todos los demás. Tenía las manos sobre las caderas, la cabezota echada hacia delante y las piernecillas dobladas de forma que le sobresalían las rodillas. Estaba muy excitado y le temblaba la pálida boca. Pasó media hora antes de que variara el curso de la pelea. Se habían cambiado cientos de golpes y hubo una corta pausa. Y de pronto Marvin Macy consiguió agarrar el brazo izquierdo de miss Amelia y se lo retorció detrás de la espalda. Miss Amelia se revolvió y atenazó a Marvin Macy por la cintura; ahora empezaba la verdadera lucha. La lucha libre es el modo natural de pelear en esta región; ya que el boxeo es demasiado rápido y hay que pensar y concentrarse mucho. Y ahora que miss Amelia y Marvin Macy estaban ya agarrados, la multitud salió de su arrobo y se apretó más cerca. Durante algún tiempo los luchadores se ciñeron músculo contra músculo, con los huesos de las caderas estrechamente unidos. Así estuvieron moviéndose hacia delante y hacia atrás, hacia un lado y hacia otro. Marvin Macy no había sudado todavía, pero el mono de miss Amelia estaba empapado y se le escurría tanto sudor por las piernas que iba dejando las marcas húmedas de los pies en el suelo. Había llegado la hora de la prueba, y en aquellos momentos de esfuerzo tremendo miss Amelia era la más fuerte. Marvin Macy estaba grasiento y escurridizo, y era difícil de agarrar, pero ella era la más fuerte. Le fue doblando poco a poco hacia atrás, y pulgada a pulgada le abatía contra el suelo. Era algo terrible de ver, y en todo el café no se oían más que sus respiraciones jadeantes. Al fin le derribó y montó encima de él, y sus manos grandes y fuertes estaban sobre la garganta del hombre. Pero en aquel momento, justo cuando la pelea estaba ganada, se oyó en el café un grito que hizo que un estremecimiento recorriera todas las espaldas. Y lo que pasó ha sido un misterio desde entonces. Todo el pueblo estaba allí para dar testimonio de lo ocurrido, pero hubo quien dudó de sus propios ojos. Porque el mostrador donde estaba subido el primo Lymon se hallaba por lo menos a doce pies de los que luchaban en el centro del café. Pero en el momento en que miss Amelia agarraba la garganta de Marvin Macy, el jorobado saltó hacia adelante y cruzó por el aire como si le hubieran nacido alas de halcón. Aterrizó sobre la ancha y fuerte espalda de miss Amelia y le apretó el cuello con sus deditos como garras. El resto es una pura confusión. Miss Amelia fue vencida antes de que la multitud pudiera recobrarse. Gracias al jorobado, Marvin Macy ganó la pelea; al final miss Amelia yacía despatarrada en el suelo, con los brazos y las piernas extendidos, y sin sentido. Marvin Macy seirguió sobre ella, con la cara un tanto congestionada, pero sonriendo con su media sonrisa de siempre. Y en cuanto al jorobado, había desaparecido de repente. Quizá estaba asustado de lo que había hecho, o tal vez estaba tan encantado que quería saborear su alegría a solas; en todo caso, se escabulló fuera del café y se hizo un ovillo debajo de los escalones de atrás. Alguien echó agua encima de miss Amelia, que al cabo de un rato se levantó despacio y se arrastró hacia su oficina. La gente la veía a través de la puerta abierta, sentada a su mesa de trabajo, con la cabeza apoyada en el brazo, sollozando con su último resuello. Luego apretó el puño derecho y dio tres golpes con él sobre la mesa, y después su mano se abrió débilmente y se quedó quieta, con la palma hacia arriba. Stumpy MacPhail se adelantó y cerró la puerta. Los espectadores estaban tranquilos y salieron del café uno por uno. Despertaron y desataron a las mulas, dieron la vuelta a los automóviles, y los tres jóvenes de Society City se fueron a pie, camino abajo. Aquella no había sido de esas peleas que se comentan después; la gente volvió a sus casas y se metió en la cama. El pueblo se quedó oscuro, menos la casa de miss Amelia, pues allí hubo luz en todas las habitaciones durante toda la noche. Marvin Macy y el jorobado debieron abandonar el pueblo una hora o así antes del amanecer. Y he aquí lo que hicieron antes de marcharse: Abrieron la vitrina de los tesoros y se llevaron todo lo que contenía. Rompieron la pianola. Grabaron con las navajas palabrotas horribles en las mesas del café. Encontraron el reloj que se abría por detrás y se veían unas cataratas y también se lo llevaron. Derramaron una garrafa de melaza por toda la cocina y rompieron los tarros de conservas. Se fueron al pantano, destruyeron la destilería, estropearon el gran condensador nuevo y el refrigerador y después prendieron fuego a la cabaña. Prepararon una fuente con el manjar predilecto de miss Amelia, maíz frito con salchichas, lo aderezaron con una cantidad de veneno capaz de matar a todo el condado y colocaron la fuente tentadoramente en el mostrador del café. Hicieron todo el daño que les pasó por la cabeza, sin entrar en la oficina donde miss Amelia pasó la noche. Y después se marcharon juntos.
Así fue cómo miss Amelia se quedó sola en el pueblo. Los vecinos la hubieran ayudado de haber sabido cómo hacerlo, ya que la gente de este pueblo suele ser amable cuando se presenta la ocasión. Algunas amas de casa aparecieron por allí con escobas y se ofrecieron para limpiar los estropicios. Pero miss Amelia sólo se las quedó mirando con sus ojos bizcos y perdidos y meneó la cabeza. Stumpy MacPhail entró en el café al tercer día para comprar un torcido de tabaco queenie, y missAmelia dijo que el precio era un dólar. Todo lo del café había subido de repente a un dólar, y ¿qué clase de café es ése? También como médico cambió miss Amelia de un modo muy raro. En todos los años anteriores había sido mucho más popular que el médico de Cheehaw. Nunca se ensañaba con el alma de sus pacientes prohibiéndoles cosas tan necesarias como el alcohol, el tabaco y todo eso. Alguna vez, muy de tarde en tarde, podía advertir cuidadosamente a un paciente que no comiera nunca sandía frita o algún plato así que a nadie se le hubiera ocurrido tomar. Pero ahora se habían terminado ya aquellas inteligentes curas. A la mitad de sus pacientes les dijo que estaban para morirse de un momento a otro; y a la otra mitad les recomendó unos tratamientos tan difíciles y terribles que nadie en su sano juicio podía tomarlos en serio ni por un momento. Miss Amelia dejó que el pelo le creciese como una maraña, y estaba encaneciendo. Su cara se alargó, los grandes músculos de su cuerpo se relajaron hasta que se quedó delgada con esa delgadez de las solteronas que se vuelven chilladas. Y aquellos ojos grises... poco a poco, día a día, iban estando más bizcos, y parecía que se buscaban el uno al otro para lanzarse una miradita de congoja y amistad. No era agradable oírla: su lengua se había afilado de un modo terrible. Si alguien aludía al jorobado, miss Amelia sólo decía lo siguiente: –¡Ah, como pudiera ponerle la mano encima, le arrancaría la joroba y se la echaría al gato!
Pero no eran tan terribles sus palabras como la voz con que las pronunciaba. Su voz había perdido el antiguo vigor; no quedaba ningún rastro de aquel tono de venganza que solía tener cuando hablaba de «ese remiendatelares con el que me casé», o de algún otro enemigo. Su voz era rota, suave, y tan triste como el resoplido quejumbroso del armonio de la iglesia. Durante tres años estuvo sentándose todas las noches en los escalones de delante, sola y en silencio, mirando hacia el camino y esperando. Pero el jorobado nunca volvió. Corrían rumores deque Marvin Macy le utilizaba para saltar por las ventanas y robar, y también se decía que Marvin Macy le había vendido para una feria. Pero aquellas dos noticias provenían de Marlie Ryan, que nunca ha dicho una palabra que sea verdad. Al cabo de cuatro años, miss Amelia se trajo un carpintero de Cheehaw y le hizo atrancar su casa, y desde entonces ha permanecido allí en aquellas habitaciones cerradas.
Sí, el pueblo es lúgubre. En las tardes de agosto la calle está vacía, blanca de polvo, y allá arriba el cielo es brillante como cristal. Nada se mueve. No se oyen voces de niños, sólo el zumbido del molino. Los melocotoneros parece que se tuercen más cada verano, y sus hojas son de un grisa pagado y de una levedad enfermiza. La casa de miss Amelia se inclina tanto hacia la derecha que ya es sólo cuestión de tiempo el que se caiga del todo, y la gente tiene cuidado de no pasar por el patio. En el pueblo no se puede comprar buen licor; la destilería más cercana está a ocho millas, y el licor de allí es tan malo que a quienes lo beben les salen en el hígado unas verrugas como puños y caen en peligrosos ensueños interiores. No hay absolutamente nada que hacer en el pueblo: dar la vuelta a la alberca, quedarse dando patadas a un tronco podrido, pensar qué puede uno hacer con la rueda de carro vieja que está a un lado del camino, junto a la iglesia. El alma se pone enferma de aburrimiento. También puede uno bajar a la carretera de Forks Falls a ver la cuerda de presos.
LOS DOCE MORTALES
La carretera de Forks Falls se encuentra a tres millas del pueblo, y allí ha estado trabajando la cuerda de presos. La carretera es de asfalto, y el condado ha decidido rellenar los baches y ensancharla en cierto paso peligroso. La cuadrilla está compuesta por doce hombres, todos vestidos con el traje de presidiarios, a rayas blancas y negras, y todos encadenados por los tobillos. Hay un guardián que lleva un fusil, y sus ojos no son más que unas rajas encarnadas, a causa de la luz. La cuadrilla trabaja todo el día; los presos llegan amontonados en el coche de la cárcel poco después del alba, y se los llevan otra vez en el gris crepúsculo de agosto. Todo el día se oye el sonido de los picos que golpean en la tierra caliza, todo el día hace un sol duro y huele a sudor. Y todos los días hay música. Una voz oscura inicia una frase, medio cantada, como una pregunta. Y al cabo de un momento se le une otra voz, y luego empiezan a cantar todos los presos. Las voces son sombrías en la luz dorada, la música es una intrincada mezcla de tristeza y de gozo. La música va creciendo hasta que al fin parece que el sonido no proviene de los doce hombres encadenados, sino de la tierra misma o del ancho firmamento. Es una música que ensancha el corazón, que estremece de éxtasis y temor a quien la escucha. Y después, poco a poco, la música va cayendo hasta que al final queda una sola voz, luego un respirar bronco, el sol y el golpear de los picos en el silencio. ¿Quiénes son estos hombres, capaces de hacer una música así? Sólo doce mortales, siete muchachos negros y cinco muchachos blancos de este condado. Sólo doce mortales que están juntos.

CARSON McCULLERS (1917 – 1967)



LA BALADA DEL CAFÉ TRISTE


QUINTA ENTREGA


Aquel otoño fue alegre. Hubo una cosecha muy buena en la comarca, y en el mercado de Forks Falls el precio del tabaco se mantuvo firme, aquel año. Después de un largo verano, los primeros días frescos tenían una dulzura limpia y brillante. Crecían florecitas amarillas a los lados de los caminos polvorientos, y la caña de azúcar estaba madura y rojiza. Todos los días llegaba el autobús de Cheehaw para llevarse a unos cuantos niños pequeños a la escuela comarcal. Los muchachos mayores iban a cazar zorros en los pinares; las ropas de invierno se aireaban en las cuerdas de tender, y las batatas quedaron preparadas en el suelo, cubiertas con paja, para los meses fríos. Por las tardes se elevaban de las chimeneas delicadas columnas de humo, y la luna estaba redonda y de color naranja en el cielo de otoño. No hay una paz comparable a la quietud de las primeras noches frías del año. Algunas veces, en las noches sin viento, se podía oír en el pueblo el leve y agudo silbido del tren que pasa por Society City camino del norte lejano. Para miss Amelia Evans aquél fue un período de gran actividad. Trabajaba desde la salida del sol hasta la noche. Construyó un condensador nuevo y más grande para su destilería, y en una semana sacó whisky bastante para empapar toda la región. Su vieja muía estaba mareada de tanto triturar cañota, y miss Amelia escaldó sus tarros y se puso a hacer conservas de pera. Esperaba con impaciencia las primeras heladas, porque había comprado tres cerdos tremendos y pensaba hacer muchos embutidos, salchichas y menudillos. Por aquellos días la gente le notó a miss Amelia algo especial. Se reía mucho, con una risa profunda y sonora, y sus silbidos tenían un no sé qué melodioso y pícaro. Se pasaba el tiempo probando sus fuerzas, levantando objetos pesados o tocándose con un dedo los duros bíceps. Un día se sentó frente a la máquina de escribir y redactó un cuento. En el cuento salían hombres forasteros, puertas secretas y millones de dólares. El primo Lymon iba siempre detrás de ella trotando pegado a sus pantalones, y miss Amelia le miraba con ojos tiernos y brillantes, y cuando pronunciaba su nombre había en su voz un deje amoroso. Por fin llegaron los primeros fríos. Una mañana, al despertarse, miss Amelia vio flores de hielo en los cristales, y la escarcha había plateado las hierbas del patio. Miss Amelia encendió un buen fuego en la cocina y luego salió para estudiar el tiempo. Hacía un aire frío y cortante, y el cielo estaba verde pálido y despejado. En seguida empezó a llegar gente del campo para saber qué pensaba miss Amelia del tiempo. Miss Amelia decidió matar el cerdo más grande, y la noticia corrió por las granjas de los alrededores. El cerdo fue sacrificado, y encendieron un fuego bajo de carbón de encina en el hoyo de la barbacoa. En el patio olía a sangre caliente del cerdo y a humo, y había ruido de pasos y de voces en el aire invernal. Miss Amelia iba de un lado para otro dando órdenes, y pronto se terminó la mayor parte del trabajo. Tenía que resolver un asunto aquel día en Cheehaw, así que, después de asegurarse de que todo marchaba bien, sacó el coche y se preparó para salir. Dijo al primo Lymon que fuera con ella; en realidad, se lo pidió siete veces, pero el jorobado no quería perderse el jaleo de la matanza y no quiso ir. Esto pareció contrariar a miss Amelia, pues le gustaba tenerle siempre a su lado y le entraba una nostalgia terrible en cuanto se separaba de él. Pero después de pedirle siete veces que le acompañara ya no insistió más. Antes de irse buscó un palo y trazó un círculo alrededor del hoyo de la barbacoa, a unos dos pies de la parrilla, y le dijo que no pasara de aquella raya. Salió después de comer y pensaba volver antes de que se hiciera de noche. Como sabéis, no es tan raro que un camión o un auto pasen por el camino y crucen el pueblo cuando van de Cheehaw a otras partes. Todos los años viene el recaudador de contribuciones a discutir con la gente rica como miss Amelia. Y si alguien del pueblo, Merlie Ryan por ejemplo, se hace ilusiones de que va a poder comprarse un auto a crédito, y cree que pagando tres dólares le vana dar una hermosa nevera como la que anuncian en los escaparates de Cheehaw, entonces, aparece un hombre de la ciudad y empieza a hacer preguntas indiscretas, se entera de todas sus dificultades y echa por tierra sus proyectos de compras a plazos. Algunas veces, sobre todo desde que están trabajando en la carretera de Forks Falls, cruzan el pueblo los coches que llevan a los presos. Y hay bastantes automovilistas que se pierden y se paran a preguntar cómo pueden volver a su camino. Así pues, no fue nada anormal que a última hora de aquella tarde pasara un camión por delante del molino y se detuviera en medio de la calle, cerca del café de miss Amelia. Un hombre bajó de un salto de la parte de atrás del camión, y el camión siguió su camino. El hombre se quedó en medio de la calle y miró a su alrededor. Era un hombre alto, de pelo castaño y rizado, y ojos de un azul oscuro, de mirar lento. Tenía los labios muy encarnados y se sonreía con la media sonrisa perezosa de los fanfarrones. Llevaba una camisa roja y un cinturón ancho de cuero repujado; todo su equipaje consistía en una maleta de hojalata y una guitarra. La primera persona del pueblo que vio al recién llegado fue el primo Lymon, que oyó el ruido del camión que arrancaba y salió a curiosear. El jorobado asomó la cabeza por la esquina del porche, sin salir del todo. El hombre y él se quedaron mirándose, y aquélla no era la mirada de dos desconocidos que se encuentran por primera vez y se estudian el uno al otro rápidamente. Era una mirada especial, como de dos criminales que se reconocen. Entonces el hombre de la camisa roja levantó el hombro izquierdo, dio la vuelta y se fue. El jorobado estaba muy pálido mientras veía alejarse al hombre, y al cabo de unos momentos empezó a seguirle calle abajo con cuidado, manteniéndose a bastante distancia. En seguida se supo en todo el pueblo que Marvin Macy había vuelto. Primero fue al molino, apoyó los codos perezosamente en el marco de una ventana y se quedó mirando adentro. Le gustaba ver trabajar a los demás, como les pasa a todos los vagos de nacimiento. Una especie de confusión paralizadora se apoderó de la fábrica: los tintoreros dejaron las tinas humeantes, los hiladores y los tejedores se olvidaron de sus máquinas y ni siquiera Stumpy MacPhail, que era capataz, sabía exactamente qué hacer. Marvin Macy seguía sonriendo con su húmeda media sonrisa, y cuando vio a su hermano no se alteró su expresión petulante. Después de mirar al molino, Marvin Macy bajó por la calle hasta la casa donde se había criado, y dejó su maleta y su guitarra en el porche. Entonces dio la vuelta a la alberca y fue a ver la iglesia, las tres tiendas y el resto del pueblo. El jorobado le seguía a distancia, con las manos en los bolsillos y la carita todavía muy pálida. Se había hecho tarde. Ya se estaba poniendo el rojo sol de invierno, y el cielo tenía por el oeste un color dorado profundo y carmesí. Los vencejos peluchones de las chimeneas volaron a sus nidos; se encendieron las lámparas. De tiempo en tiempo se notaba el olor de humo y el aroma denso y cálido de la barbacoa que se asaba despacio en la parrilla detrás del café. Después de dar una vuelta por el pueblo, Marvin Macy se paró delante de la casa de miss Amelia y leyó el letrero del porche. Luego entró sin vacilar por el corral lateral. El pito del molino dio un silbido agudo y solitario, y se terminó la jornada de trabajo. En seguida se reunieron otros hombres en el patio posterior de miss Amelia, además de Marvin Macy: Henry Ford Crimp, Merlie Ryan, Stumpy MacPhail, y muchos chiquillos y gente que se quedaron curioseando por allí. Se habló poco. Marvin Macy estaba solo a un lado del foso, y los demás estaban agrupados al otro lado. El primo Lymon se quedó algo apartado de todos y no quitaba los ojos del rostro de Marvin. –¿Qué tal lo has pasado en el penal? –preguntó Merlie Ryan, con una risita tonta. Marvin Macy no contestó. Se sacó del bolsillo posterior del pantalón una gran navaja, la abrió despacio y empezó a afilarla pasándosela por los fondillos. Merlie Ryan se quedó de pronto muy callado y se colocó detrás de la ancha espalda de Stumpy MacPhail.

Miss Amelia no volvió a su casa hasta el anochecer. Oyeron lejos el ruido de su auto, y luego la puerta que se abría y unos golpes como si estuviera subiendo algún bulto por la escalera. Ya se había puesto el sol, y caía la neblina azul de los atardeceres de invierno. Miss Amelia bajó muy despacio los escalones de la parte de atrás y los hombres que estaban en su patio se quedaron silenciosos, esperando. Había en el mundo pocas personas capaces de hacerle frente a miss Amelia; y ella odiaba a Marvin Macy de un modo singular y feroz. Todos pensaron que se iba a poner de pronto a vociferar, que agarraría algún objeto peligroso y le echaría del pueblo. Al principio no vio a Marvin Macy, y su cara tenía aquella expresión soñadora y aliviada, como siempre que volvía a su casa después de haber estado algo alejada de ella. Miss Amelia debió ver a Marvin Macy y al primo Lymon al mismo tiempo. Miró al uno, miró al otro, pero no fue en el ex presidiario donde finalmente se posó su mirada de desmayado asombro: miss Amelia, como todos, se quedó mirando al primo Lymon; y era, desde luego, algo digno de verse. El jorobado estaba en el extremo del foso, con su cara pálida iluminada por el resplandor suave del fuego de encina. El primo Lymon tenía una habilidad muy peculiar, que utilizaba siempre que quería congraciarse con alguien: se quedaba muy quieto, un poco concentrado, y empezaba a mover sus enormes orejas pálidas con una rapidez y una facilidad asombrosas. Empleaba aquel truco siempre que quería sacarle algo especial a miss Amelia, y ella lo encontraba irresistible. Y ahora las orejas del jorobado aleteaban furiosamente en su cabeza, pero no era a miss Amelia a quien estab amirando esta vez: el jorobado sonreía a Marvin Macy, implorante, casi desesperadamente. Al principio Marvin Macy no le prestó atención, y cuando al fin le miró fue sin apreciación de ninguna clase. –¿Qué le pasa al jorobeta éste? –preguntó, señalándole rudamente con el pulgar. Nadie respondió. Y el primo Lymon, viendo que con aquella gracia no adelantaba nada, añadió nuevos métodos de persuasión. Se puso a mover rápidamente los párpados, que parecían pálidas mariposillas atrapadas en las cuencas de sus ojos; zapateó, gesticuló con los brazos y, finalmente, inició una especie de bailecillo parecido a un trote. Allí, en la última claridad de la tarde invernal, parecía el hijo de un duende del pantano. Entre todos los que estaban en el patio, Marvin Macy fue el único que se impresionó. –¿Es que le ha dado un ataque al enano? –preguntó; y, como nadie le contestara, se adelantó y dio al primo Lymon un manotazo en la cabeza. El jorobado se tambaleó y cayó al suelo. Se quedó allí sentado, con los ojos levantados hacia Marvin Macy, y sus orejas, con gran esfuerzo, todavía lograron batir en un débil y desesperado aleteo. Entonces se volvieron todos a mirar a miss Amelia para ver qué iba a hacer. Durante aquellos años, nadie se había atrevido a tocar ni un pelo del primo Lymon, aunque a más de uno le hubiera gustado hacerlo. Bastaba con que alguien le hablara con dureza al jorobado para que miss Amelia cortase el crédito a tan malvado mortal y le hiciera la vida imposible durante mucho tiempo. Por eso, a nadie le hubiera sorprendido ver ahora a miss Amelia agarrar el hacha del cobertizo y abrirle la cabeza a Marvin Macy. Pero no hizo nada de eso. Había ocasiones en que miss Amelia parecía caer en una especie de trance; la causa de aquellos trances era, por lo general, conocida y comprendida. Porque miss Amelia era un médico considerado, que no sacaba las raíces del pantano y otros ingredientes desconocidos para dárselos al primer paciente que llegara. Siempre que inventaba una medicina nueva la probaba ella primero. Se tragaba una dosis enorme y se pasaba el día siguiente yendo y viniendo, con aire pensativo, del café al retrete de ladrillo. Muchas veces, cuando aparecía una epidemia de gripe aguda, miss Amelia se quedaba muy quieta, de pie, mirando al suelo y con los puños apretados. Estaba tratando de averiguar qué órgano resultaba afectado, y cuál sería la dolencia que la nueva medicina podía aliviar mejor. Y ahora, mientras observaba al jorobado y a Marvin Macy, la cara de miss Amelia tenía ese mismo aire tenso, como si estuviera acechando un dolor interno, aunque esta vez no había tomado ninguna medicina nueva.
Así aprenderás, jorobeta –dijo Marvin Macy.
Henry Macy se echó hacia atrás el mechón de pelo blanquecino que le caía sobre la frente y tosió nerviosamente. Stumpy MacPhail y Merlie Ryan restregaron los pies en el suelo, y los niños y los negros que estaban a la entrada del patio enmudecieron. Marvin Macy cerró la navaja que tenía en la mano y, después de mirar a su alrededor sin temor alguno, salió del patio contoneándose. Las ascuas del foso se iban convirtiendo en cenizas como plumas grises; ya se había hecho de noche.

He aquí cómo Marvin Macy volvió del penal. En todo el pueblo no hubo una persona que se alegrara de verle. Hasta la señora Mary Hale, que era tan buena mujer y le había criado con tanto cariño, hasta aquella anciana madre adoptiva, en cuanto le vio, dejó caer la cazuela que tenía en las manos y rompió a llorar. Pero a aquel Marvin Macy nada le desconcertaba. Se sentó en los escalones de atrás de la casa de Hale, se puso a tocar la guitarra perezosamente y cuando estuvo hecha la cena apartó a los niños de la casa y se sirvió un plato colmado, aunque apenas había tortas y carne para todos. Después de cenar se instaló en el rincón de dormir mejor y más caliente del cuarto de delante y ninguna pesadilla turbó su sueño. Miss Amelia no abrió el café aquella noche. Atrancó todas las puertas y las ventanas dejó una lámpara encendida en su cuarto toda la noche y no se les vio por ningún lado a ella ni al primo Lymon.

Como era de esperar, Marvin Macy trajo mala suerte desde el primer momento. Al día siguiente, el tiempo cambió de repente y empezó a hacer calor. Ya desde la mañana se notaba un bochorno pegajoso; el viento traía el olor podrido de las ciénagas y sobre la alberca zumbaba una nube de mosquitos. Aquel calor no era propio de la estación, era peor que en agosto; hizo mucho daño, porque casi todos los que tenían un cerdo habían imitado a miss Amelia y lo habían matado el día anterior. Y ¿cómo iba a conservarse el cerdo con un tiempo semejante? A los pocos días había por todo el pueblo un olor a carne pasada y un ambiente de mal humor por tanta pérdida. Y lo peor fue que en una fiesta familiar cerca de la carretera de Forks Falls comieron asado de cerdo y murieron todos, desde el primero hasta el último. Estaba claro que su cerdo se había echado a perder. Y¿quién iba a saber si el resto de la carne se había estropeado o no? Los vecinos estaban desgarrados entre el deseo del buen sabor del cerdo y el temor a la muerte. Fueron unos días de ruina y confusión. Y el culpable de todo, Marvin Macy, no tenía la menor vergüenza. Se le veía en todas partes. Durante las horas de trabajo andaba por los alrededores de la fábrica y se asomaba a mirar por las ventanas; y los domingos se ponía camisa roja y se exhibía por la calle Mayor con su guitarra. Todavía era guapo, con aquel pelo castaño, aquellos labios tan rojos y los hombros tan anchos y tan fuertes; pero su maldad era ya demasiado famosa para que su buen aspecto le sirviera de nada. Y aquella maldad no se medía sólo por los pecados cometidos. Efectivamente, había robado en aquellas estaciones de gasolina. Y ya antes había echado a perder a las más tiernas muchachitas dela región y se había reído de su hazaña. Se le podían achacar toda clase de iniquidades, pero había algo en él que no tenía nada que ver con sus crímenes: era una maldad secreta, algo que se desprendía de él como un olor. Y otra cosa, no sudaba jamás, ni siquiera en agosto; ésa es seguramente una señal que vale la pena tener en cuenta. Y en el pueblo pensaban que ahora era más peligroso que nunca, porque en el penal de Atlanta debía de haber aprendido a embrujar. ¿Cómo se explicaba, si no, su influencia en el primo Lymon? Porque desde el momento en que vio a Marvin Macy, el jorobado estaba poseído por un mal espíritu. A todas horas quería ir detrás de aquel presidiario, y no hacía más que inventar trucos estúpidos para llamar su atención. Pero Marvin Macy le trataba brutalmente o no le hacia el menor caso. A veces el jorobado se daba por vencido, se encaramaba a la barandilla del porche igual que un pájaro enfermo a un cable del teléfono y lanzaba sus quejas a los cuatro vientos. –Pero, ¿por qué? –preguntaba miss Amelia con los puños apretados, clavando en él su mirada gris y bisoja. –¡Ay, Marvin Macy! –berreaba el jorobado, y el sonido de aquel nombre bastaba para alterar el ritmo de sus sollozos y le hacía hipar–. ¡Ha estado en Atlanta!

Miss Amelia movía la cabeza y su cara se endurecía y oscurecía. En primer lugar, los viajes la irritaban; despreciaba a esas gentes inquietas que habían hecho el viaje a Atlanta o que se habían alejado cincuenta millas del pueblo sólo para ver el océano. –El haber ido a Atlanta no es ningún mérito. –¡Ha estado en el penal! –decía el jorobado, muerto de envidia. ¿Cómo va uno a discutir con una persona que tiene tales anhelos?

En su desconcierto, la misma miss Amelia no parecía muy segura de lo que estaba diciendo: –¿Que ha estado en el penal, primo Lymon? ¿Y eso, qué? Un viaje así no es como para darse importancia.

Durante aquellas semanas, todos observaban atentamente a miss Amelia. Andaba de un lado para otro con aire ausente, como si hubiera caído en uno de sus trances gripales. Quién sabe por qué, desde el día siguiente a la llegada de Marvin Macy dejó a un lado el mono y llevaba siempre el traje rojo que hasta entonces había reservado para los domingos, los funerales y las sesiones del juzgado. Después, al cabo de unas semanas, empezó a dar algunos pasos para aclarar la situación. Pero era difícil entender sus procedimientos. Si le dolía ver al primo Lymon siguiendo a Marvin Macy por el pueblo, ¿por qué no hablaba claro de una vez y le decía al jorobado que si le veía con Marvin Macy le echaría de su casa? Eso hubiera sido bien sencillo, y el primo Lymon hubiera tenido que someterse si no se quería ver en la triste alternativa de encontrarse abandonado en el mundo. Pero parecía que miss Amelia se había quedado sin voluntad; por primera vez en su vida no sabía qué camino tomar. Y como suele ocurrir cuando se anda titubeando, hizo lo peor que podía hacer: tomar por varios caminos a la vez, unos en un sentido y otros en el sentido contrario. El café se abría todas las noches, como de costumbre, y, cosa bastante extraña, cuando Marvin Macy entraba contoneándose, con el jorobado pegado a sus talones, miss Amelia no le echaba a la calle. Llegó hasta a darle de beber gratis y le sonreía de un modo raro y torvo. Y al mismo tiempo le había preparado en el pantano un cepo capaz de matarle si se quedaba atrapado en él. Dejó que el primo Lymon le invitara a comer un domingo, y cuando Marvin bajaba la escalera intentó echarle la zancadilla. Inició una gran campaña de diversiones en honor del primo Lymon, con giras exhaustivas a los más variados espectáculos en localidades lejanas; fueron en el auto a Chautauqua, a treinta millas del pueblo, y le llevó a ver un desfile en Forks Falls. Total que aquella temporada fue enloquecedora para miss Amelia. La mayor parte de la gente pensaba que miss Amelia se ponía en ridículo, y todo el mundo estaba esperando a ver cómo iba a terminar aquello. Volvió el frío. El invierno se adueñó del pueblo y se hacía de noche antes de que terminara el trabajo en la fábrica. Los niños dormían con toda la ropa puesta, y las mujeres se levantaban las faldas por detrás para tostarse soñadoramente junto al fuego. Después de llover, el barro de la calle formaba duros surcos helados; se veía el débil resplandor de las lámparas de las casas y los melocotoneros estaban deshojados. En aquellas, noches de invierno, oscuras y silenciosas, el café era el punto central y cálido del pueblo, y sus luces brillaban tanto que se veían desde un cuarto de milla. Al fondo de la sala, la gran estufa de hierro rugía, crujía, se ponía al rojo vivo. Miss Amelia había hecho cortinas encarnadas para las ventanas y a un buhonero que pasó por el pueblo le había comprado un gran ramo de rosas de papel que casi parecían de verdad. Pero no eran sólo el calor, los adornos y la iluminación los que hacían al café tan preciso para el pueblo; había una razón más honda. Y aquella razón estaba relacionada con cierto orgullo que hasta entonces no se había conocido por aquí. Para comprender este nuevo orgullo hay que tener en cuenta el poco valor de la vida humana. Siempre había un montón de gente esperando junto a un molino; pero en las casas no tenían casi nunca carne suficiente, ni vestidos, ni tocino. La vida llegaba a convertirse en una larga y turbia rebatiña, sólo para conseguir lo necesario para mantenerse vivos. Lo más desconcertante es que todas las cosas útiles tienen un precio y se compran sólo con dinero, y que así es como está organizado el mundo. Sin tener que pararse a pensar, ya sabe uno cuál es el precio de una bala de algodón o de un cuartillo de melaza. Pero a la vida de un hombre no se le ha puesto precio: nos la dan de balde y nos la quitan sin pagárnosla. ¿Qué valor puede tener? Si se pone uno a considerar, hay momentos en que parece que la vida tiene muy poco valor, o que no tiene ninguno. Cuántas veces, después de haber estado uno sudando, y esforzándose, y las cosas no se le arreglan, se le mete a uno en el fondo del alma el sentimiento de que no vale gran cosa. Pero el nuevo orgullo que trajo el café a este pueblo se dejó sentir en casi todos los vecinos, hasta en los niños. Porque para ir al café no era necesario pagar la cena, o un vaso de whisky; había refrescos embotellados por un níquel; y si no podía uno gastarse ni eso, miss Amelia tenía una bebida llamada zumo de cereza que valía un penique el vaso y era de color rosa y muy dulce. Casi todo el mundo, excepto el reverendo T. M. Willin, iba al café por lo menos una vez a la semana. A los niños les encanta dormir en casas ajenas y comer con los vecinos; en esas ocasiones se portan como es debido y se ponen orgullosos. Así de orgullosos se sentían los vecinos del pueblo cuando se sentaban a las mesas del café. Se lavaban antes de ir donde miss Amelia y al entrar en el café se restregaban los pies muy finamente en el salón. Y allí, por lo menos durante unas horas, podía uno olvidar aquel sentimiento hondo y amargo de no valer para gran cosa en este mundo. El café era un buen recurso para los solteros, los desgraciados y los tísicos. Y, por cierto, había cosas que hacían sospechar que el primo Lymon estaba tísico: el brillo de sus ojos grises, su terquedad, su charlatanería y su tos; todo aquello era mala señal. Además, ya se sabe que siempre tiene algo que ver el espinazo torcido con la tisis. Pero como le hablaran de eso a miss Amelia se ponía nerviosa. Negaba aquellos síntomas con agria vehemencia, pero luego, a escondidas, le ponía al primo Lymon emplastos calientes en el pecho y le daba Kura Krup y cosas así. Y aquel invierno la tos del jorobado había empeorado, y algunas veces, incluso en días fríos, rompía a sudar copiosamente. Pero aquello no le impedía andar constantemente pegado a los talones de Marvin Macy. Todas las mañanas, muy temprano, el jorobado salía, se iba a la puerta trasera de la casa de la señora Hale y allí se quedaba, aguarda que aguarda (pues Marvin Macy era muy dormilón). Se quedaba allí de pie llamándole bajito. Su voz era igual que las voces de los niños cuando se quedan agachados con mucha paciencia junto a esos agujeritos del suelo donde creen que viven las mariquitas, y hurgan en el agujero con una paja, canturreando: mariquita, mariquita,vete a tu casa volando, sal afuera, mariquita,que tu casa se ha prendido y tus hijos se están quemando.

El jorobado llamaba todas las mañanas a Marvin Macy con aquella misma voz, a un tiempo triste, insinuante y resignada. Y cuando Marvin Macy salía, el jorobado le iba siguiendo por todo el pueblo, y algunas veces se marchaban juntos al pantano y se pasaban allí horas enteras. Y miss Amelia seguía haciendo lo peor que podía hacer; es decir, que tomaba varios caminos a la vez. Cuando el primo Lymon salía de casa, no le llamaba para hacerle volver, sino que se quedaba allí sola en medio de la calle mirándole hasta que se perdía de vista. Casi todas las noches volvía Marvin Macy con el primo Lymon a la hora de la cena y se sentaba a la mesa con ellos. Miss Amelia abría los tarros de peras en conserva y preparaba una buena cena con jamón o pollos, grandes fuentes de tortas de maíz y guisantes de invierno. También es verdad que una vez miss Amelia trató de envenenar a Marvin Macy; pero hubo una confusión, se equivocaron de plato y le tocó a ella la ración envenenada. En seguida se dio cuenta, al notar un ligero sabor amargo en la comida, y aquella noche se quedó sin cenar. Estuvo allí apoyada en el respaldo de la silla, tocándose el bíceps y mirando a Marvin Macy. Marvin Macy iba todas las noches al café y se instalaba en la mesa mejor y más grande, la que estaba en el centro. El primo Lymon le traía el licor sin que Marvin tuviera que pagar un céntimo. Marvin Macy apartaba de un manotazo al jorobado, como si fuera un mosquito del pantano, y no sólo no demostraba el menor agradecimiento por aquellos favores, sino que le daba al jorobado con el revés de la mano cada vez que se le ponía delante, o le decía: –Quítate de mi vista, jorobeta, o te arranco el cuero cabelludo.

Cuando esto ocurría, miss Amelia salía de detrás del mostrador y se acercaba a Marvin Macy muy despacio, con los puños cerrados, y el extraño traje rojo le colgaba del modo más estrambótico en torno a las huesudas rodillas. Entonces Marvin Macy cerraba también los puños y se ponían a dar vueltas uno alrededor del otro, muy despacio y con aire amenazador. Pero aunque todos se quedaban mirándoles sin atreverse a respirar, nunca pasaba nada. Todavía no había llegado la horade la pelea. Aquel invierno ocurrió algo insólito, y por eso todos lo recuerdan y hablan todavía de él; fue una cosa extraordinaria. Cuando los vecinos se levantaron el 2 de enero encontraron que el mundo entero se había transformado a su alrededor. Los niñitos inocentes miraron por las ventanas y se asustaron tanto que se echaron a llorar. Los viejos empezaron a revolver en sus recuerdos y no pudieron encontrar nada que en estas tierras se hubiera parecido a aquel fenómeno. Y es que había nevado por la noche. Durante las oscuras horas después de medianoche, habían empezado a caer los leves copos suavemente sobre el pueblo. Al amanecer, todo el campo estaba cubierto de aquella nieve extraña que encuadraba las vidrieras rojas de la iglesia y blanqueaba los tejados. El pueblo tenía un aspecto como sumergido y aterido. Las casitas de los obreros resultaban sucias, ruinosas, como si estuvieran a punto de derrumbarse; y todo parecía más oscuro y miserable. Pero la nieve, en cambio, tenía una belleza que pocas personas del pueblo habían visto antes. La nieve no era blanca, como decían los del norte; era de suaves tonos azules y plateados, y el cielo era de un gris claro y luminoso. Y aquella calma soñolienta de la nieve al caer... ¿cuándo había estado el pueblo tan silencioso? La gente reaccionó ante la nevada de modos muy distintos. Miss Amelia, al mirar por la ventana, movió pensativamente los dedos gordos de sus pies descalzos y se ciñó bien el cuello del camisón. Se quedó así un rato y luego empezó a cerrar las persianas de todas las ventanas. Cerró la casa por completo, encendió las lámparas y se sentó solemnemente a desayunar su tazón de avena. La razón no era que miss Amelia tuviese miedo de la nevada; sencillamente, se sentía incapaz de formarse una opinión inmediata del nuevo acontecimiento; y, cuando no sabía de un modo exacto y definitivo lo que pensaba de una cosa (y esto ocurría con harta frecuencia), prefería no hacer caso de ella. Nunca había visto caer nieve por estas tierras, y nunca había pensado en la nieve de una forma o de otra; pero si admitía esta nevada iba a tener que llegar a alguna decisión y aquella temporada tenía ya demasiados quebraderos de cabeza. Así que se paseó por la casa sombría a la luz de las lámparas, pretendiendo que no había pasado nada. En cambio, el primo Lymon se alborotó muchísimo, y, cuando miss Amelia dio media vuelta para prepararle el desayuno, se escapó de la casa. Marvin Macy empezó a darse importancia a costa de la nevada y dijo que ya conocía la nieve, que la había visto en Atlanta, y por su manera de pasear aquel día por el pueblo parecía que era el dueño de todos y cada uno de los copos de nieve. Se burló de los niños que se asomaban tímidamente a las puertas de las casas y les alargó puñados de nieve para que la probasen. El reverendo Willin caminaba calle abajo presurosamente y con una cara feroz, porque estaba pensando profundamente y tratando de meter la nieve en su sermón del domingo. La mayor parte de la gente se sentía humilde y contenta ante aquella maravilla; y todos hablaban en voz baja y decían «muchas gracias» y «por favor» más de lo necesario. Naturalmente, unas pocas almas flojas se desmoralizaron y se emborracharon; pero no fueron muchas. La nevada fue como una fiesta para todos, y algunos vecinos contaron su dinero y decidieron ir aquella noche al café. El primo Lymon siguió a Marvin Macy todo el día, secundando sus alardes a propósito de la nieve; se maravillaba de que la nieve no cayera como la lluvia, y se quedó con la cabeza levantada mirando caer los copos leves y lentos, hasta que se tambaleó, mareado. Y ¡qué orgulloso se sentía dentro de la órbita de la gloria de Marvin Macy! Tanto, que muchas personas no pudieron evitar elgritarle: –«Dijo la mosca en la rueda del carro: ¡Qué polvareda vamos levantando!»

Miss Amelia no había pensado servir cenas. Pero cuando a las seis se oyó ruido de pasos en el porche, abrió la puerta principal con cautela. Era Henry Ford Crimp, y aunque no había nada para comer, le dejó sentarse a una mesa y le sirvió de beber. Llegaron otros hombres. La tarde estaba azul, cortante, y aunque ya había dejado de nevar soplaba un viento de los pinares que levantaba del suelo ligeros remolinos. El primo Lymon no volvió hasta la noche, y con él venía Marvin Macy llevando su maleta de hojalata y su guitarra. –¿Te vas de viaje? –le dijo miss Amelia muy de prisa.

Marvin Macy se calentó junto a la estufa. Después se sentó a su mesa y empezó a sacar punta aun palito con mucha calma. Se limpió los dientes, y a cada momento se sacaba el palito de la boca para mirarle la punta y luego lo limpiaba en la manga de su abrigo. No se molestó en contestar. El jorobado miró a miss Amelia, que estaba detrás del mostrador. No parecía nada preocupado, sino muy seguro de sí mismo. Cruzó las manos a la espalda y levantó confiadamente las orejas. Tenía las mejillas encarnadas, los ojos brillantes y la ropa completamente mojada.

–Marvin Macy viene a quedarse con nosotros –dijo. Miss Amelia no contestó. Tan sólo salió de detrás del mostrador y se colocó junto a la estufa, como si la noticia le hubiera dado frío. No se calentaba la espalda con modestia, levantándose las faldas una pulgada o así, como hacen todas las mujeres cuando hay gente delante; miss Amelia no tenía ni pizca de modestia, y muchas veces se olvidaba por completo de que había hombres allí. Ahora, mientras se calentaba, tenía el traje rojo tan levantado por detrás que todo el que quisiera molestarse en mirar podía ver un trozo de su muslo, fuerte y velludo. Tenía la cabeza ladeada, y había empezado a hablar sola, cabeceando y arrugando la frente, y su voz era acusadora y llena de reproches, aunque no se entendían las palabras. Mientras tanto, el jorobado y Marvin Macy habían subido a la sala donde estaban las «hierbas de la Pampa» y las dos máquinas de coser, a las habitaciones donde miss Amelia había pasado toda su vida. Desde el café se les podía oír andando por allí arriba, instalando a Marvin Macy y deshaciendo su equipaje. Así es cómo se introdujo Marvin Macy en casa de miss Amelia. Al principio, el primo Lymon, que había cedido su cuarto a Marvin Macy, dormía en el sofá de la sala. Pero la nevada le había sentado mal; cogió un catarro que terminó en anginas, y miss Amelia le dejó su cama. El sofá de la sala era demasiado corto para ella; se le salían los pies por encima de los bordes, y se caía muchas veces al suelo. Seguramente fue la falta de sueño lo que le nubló la inteligencia; todo lo que intentaba hacer contra Marvin Macy se volvía contra ella. Caía en sus propias trampas y se encontró en situaciones muy violentas. Pero aun así no echaba a Marvin Macy de su casa, porque temía quedarse sola. Cuando se ha vivido alguna vez con otra persona, es un tormento tener que vivir solos. El silencio de una habitación donde arde el fuego, cuando de pronto se para el tictac del reloj; las sombras obsesionantes de una casa vacía... es preferible caer en manos de nuestro peor enemigo que enfrentarnos con el terror de vivir a solas.
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