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jueves

NIETZSCHE Y LA BÚSQUEDA DE UNA AMARGA SOLEDAD

por Carlos Javier González Serrano 

Convencido de haber llevado a buen término sus más hondas convicciones filosóficas, Friedrich Nietzsche (1844-1900) escribía en el aforismo 40 de El Anticristo: “Nosotros hemos trastocado lo aprendido. Nos hemos vuelto más modestos en todo. Al hombre ya no lo derivamos del ‘espíritu’, de la ‘divinidad’, hemos vuelto a colocarlo entre los animales”. Es en este libro –que el más íntimo y acaso único amigo de Nietzsche, Franz Overbeck, rescató de los postreros papeles del legado del filósofo– donde el pensador de Röcken dejó expresadas sus últimas y más radicales conclusiones. Overbeck acudió a Turín en 1889, entre voces de alarma, cuando la dolencia física y psíquica de Nietzsche no tenía vuelta atrás. Literalmente, relata su fiel colega, lo encontró “inundado entre montones de papeles”. Entre ellos, uno de los cartapacios contenía el manuscrito completo de El Anticristo, libro desde muy pronto vilipendiado e incluso maldecido.

 

Overbeck sólo pudo ordenar aquella montaña de documentos tras recuperarse del choque que supuso encontrar a su amigo en tan lamentable estado. Lo trasladó a Basilea, junto con sus pertenencias, donde comenzó el desenlace de la vida de Nietzsche. Es entonces cuando se inicia su verdadera soledad, que lo condenó a una dolorosa incomunicación. Es indudable que, a lo largo de su periplo vital, el filósofo contó con no pocos amigos a su lado que le hicieron más soportable la existencia, e incluso la amistad supuso un tema de reflexión recurrente. Sin embargo, y a la vez, a pesar de reconocer la “soledad como exigencia filosófica” para desarrollar sus pensamientos, también aseguró que resultaba complicado dar con espíritus afines que lograran comprender la hondura de sus investigaciones. Todo Nietzsche, como pensador y como hombre, encontró su base en esta dicotomía de elementos enfrentados. En carta al propio Overbeck de 1887, confesaba: “Dicho sea entre nosotros, yo soy, en efecto, en un sentido terrible un hombre de las profundidades, y en este trabajo subterráneo no soporto ya la vida”. O en una carta dirigida a su madre y su hermana:

 

Hay buenas razones para que me falten personas que coincidan conmigo, y sería ridículo para un filósofo exigir algo distinto. A pesar de ello, no se extingue en mí el anhelo de que tenga lugar una vez este maravilloso y feliz caso; resulta espantoso estar solo en la medida en que yo lo estoy. No me entiendas mal: lo último que deseo es fama y ruido en los periódicos y admiración de discípulos; he visto de muy cerca lo que todo eso significa en nuestros días. Me sentiría en medio de ello más solitario que ahora, y quizá aumentaría mi desprecio hacia los hombres.


El Anticristo, de hecho, lo dirige Nietzsche a tales espíritus privilegiados: “Este libro pertenece a los menos. Tal vez no viva todavía ninguno de ellos. Serán, sin duda, los que comprendan mi Zaratustra […]. Tan sólo el pasado mañana me pertenece. Algunos nacen de manera póstuma”. Y es que, como escribía en otro lugar Nietzsche, “El ruido mata los pensamientos”; un ruido producido, casi siempre, por el tumulto “de los muchos”, de los que son incapaces de pensar por sí mismos. Como el protagonista del relato de Poe “El hombre de la multitud”, quien no reflexiona y le falta la disposición para tomar distancia de aquel funesto ruido, es incapaz de estar solo. Y es la soledad la que permite que la filosofía se dé. Un punto que compartía con uno de sus maestros intelectuales, Arthur Schopenhauer (1788-1860), quien apuntaba: “El ruido es la más impertinente de todas las interrupciones, ya que interrumpe, y hasta quebranta, incluso nuestros propios pensamientos”.

 

Zaratustra recomienda en no pocas ocasiones refugiarse en esa necesaria soledad: “Estaba solo, y no hacía otra cosa que encontrarse a sí mismo. Entonces gozó de su soledad y pensó muy buenas cosas durante horas enteras”, o “¡Amigo mío! ¡Refúgiate en tu soledad!“. O en Aurora:

 

En medio de la multitud vivo como la mayoría y no pienso como pienso; al cabo de cierto tiempo acabo por experimentar el sentimiento de que se me quiere desterrar de mí mismo y quitarme mi alma, y empiezo a malquerer a todo el mundo y a temer a todo el mundo. Entonces tengo necesidad del desierto para volver a ser bueno.


La vida de Nietzsche discurrió entre ambos polos: el ahínco de encontrar un lugar apropiado en el universo de los asuntos humanos mientras, a la vez, no dudaba en mantener la necesidad de la soledad. Y es que, explicaba en Más allá del bien y del mal, “Todo hombre de elección aspira instintivamente a su torre de marfil, a su reclusión misteriosa, por la que se libra de la masa, del vulgo, del gran número, porque en ella puede olvidar la regla ‘hombre’, puesto que él es una excepción a esta regla”. Cantaba Zaratustra: “¡Oh, soledad! ¡Soledad, patria mía!”. Una polaridad que, como leemos en uno de los fragmentos póstumos nietzscheanos, resulta útil y, más allá, necesario para el progreso de los más eminentes espíritus:

 

La primera cuestión a propósito de la jerarquía: hasta qué punto alguien es solitario o gregario (en el último caso su valor reside en las características que mantienen su rebaño, que aseguran su tipo, en el otro caso reside en lo que en él destaca, le aísla y le convierte en solitario). En consecuencia, no se debe valorar el tipo solitario según el gregario, ni el gregario según el solitario. Considerados desde lo alto, son ambos necesarios, incluso su antagonismo es necesario.


Un deseo que no estuvo exento de altibajos, en los que el filósofo estuvo a punto de rendirse a la “vida ordinaria”. En otra de sus cartas, admitía: “Me he sentido del todo dichoso cuando he encontrado o creído encontrar con alguien un pedazo o rinconcito en común. Mi memoria se halla sobrecargada con mil recuerdos vergonzosos de tales debilidades en momentos en que he soportado mal la soledad”. En definitiva, Nietzsche deja la opción abierta: es uno mismo quien, al fin y al cabo, ha de escoger: “En la soledad el solitario se roe el corazón, en la multitud es la muchedumbre quien se lo roe. ¡Elegid!


(El vuelo de la lechuza / 23-6-2018)

viernes

NIETZSCHE Y EL DESCUBRIMIENTO FRAGMENTARIO DE LA REALIDAD


Carlos Javier González Serrano

 

En Más allá del bien y del malFriedrich Nietzsche escribía que “la forma aforística de mis escritos ofrece una cierta dificultad”, pero ésta se debe, explicaba el filósofo, a que el aforismo “hoy no se toma en serio”. Hasta bien entrado el siglo XIX, la filosofía fue presentada mayoritariamente (salvo en algunos casos –como los diálogos platónicos, las cartas de los clásicos griegos y latinos, los Ensayos de Montaigne o las sentencias epigramáticas de autores como La Rochefoucauld o La Bruyère–) a través de dilatados y complejos tratados que intentaban dar cuenta de los razonamientos del autor de turno. La manera peculiar en que Nietzsche presenta sus escritos responde a su vez a una necesidad anímica y no sólo temática; así lo consigna certeramente Jünger en su imprescindible libro sobre el pensador de Röcken, obra ya clásica recuperada por Herder y traducida por Juan Antonio Sánchez.

 

A juicio de Nietzsche, la filosofía puede -y debe- encontrar otro tipo de derivas lingüísticas. Una de ellas es el aforismo. En su opinión, esta forma de exponer los propios pensamientos tiene la ventaja de ofrecer al lector un texto aun por desmenuzar, de manera que nos sentimos interpelados y obligados a desarrollar todo un arte de la interpretación. Aunque Nietzsche no parece muy optimista al respecto, pues el aforismo demanda una sensibilidad y, a su vez, una capacidad que precisamente se ha perdido o parece olvidada, “una facultad que exigiría casi la naturaleza de una vaca […]: me refiero a la facultad de rumiar“.

 

Nosotros tenemos todos dentro de nosotros mismos plantaciones y jardines desconocidos; y, para servirme de otra imagen, todos somos volcanes que tendrán su hora de erupción; es verdad que nadie sabe si tal momento está próximo o lejano. Dios mismo lo ignora.

 

La tesis de Jünger es que la tarea que se propone Nietzsche, en su conjunto, es la de desvelar el carácter dionisíaco de la realidad y delimitarlo frente a lo apolíneo. Parece indudable que la filosofía es, entre otros aspectos, una cuestión de palabras, un problema al que ha de hacer frente el lenguaje. Y fue Nietzsche quien hizo de esa conciencia lingüística una suerte de moral del lenguaje. El propio filósofo explicaba en uno de los primeros cursos que impartió en Basilea que “el que encuentra interesante el lenguaje se distingue de quien sólo lo toma como medio para pensamientos interesantes”. Y más tarde, en su curso sobre gramática latina, añadía que “todo pensamiento consciente no es posible más que con la ayuda del lenguaje”. La intención de Nietzsche queda bien clara en El crepúsculo de los ídolos, donde asegura que su “ambición es la de decir en diez frases lo que otro dice en un libro, lo que ningún otro dice en un libro…”.

 

Se quiere la libertad, mientras no se tiene todavía el poder. Cuando se tiene el poder se quiere el predominio: si no se consigue (si se es demasiado débil para conquistarlo), se quiere la “Justicia”, esto es: un poder igual.

 

Jünger es tajante al respecto: “Nietzsche no habría escrito su obra si no se hubiera tomado en serio a Dioniso”, de cuyo estudio extrae dos lecciones fundamentales: el eterno retorno y el superhombre: “Yo enseño –escribía Nietzsche–: el rebaño trata de conservar un tipo y se defiende contra las dos tendencias contrarias, tanto la degenerativa, como la evolutiva. La tendencia del rebaño se dirige hacia la tranquilidad y la conservación, no hay nada creador en él”.

 

¡Extraño destino el del hombre! Vive setenta años y piensa haber sido algo nuevo y nunca visto en su tiempo, y, sin embargo, no es más que una onda en la que se continúa el pasado de los hombres, y trabaja siempre en una obra de enorme duración, por muy efímero que se sienta. Además, se siente libre y es, sin embargo, un reloj al que se ha dado cuerda, sin fuerzas siquiera para ver distintamente esta obra ni para cambiarla en una determinada dirección.

 

Además de autor prolífico, Nietzsche abordó numerosísimos asuntos a lo largo de su carrera, aunque raramente de manera sistemática: belleza, amor, ateísmo, moral, arte, cultura griega, caridad, puritanismo, orgullo, libertad, muerte… y así hasta completar un amplísimo y quizás inabarcable índice, del que Jünger se hace cargo con logrado éxito a través de un ameno y claro lenguaje. Tal pluralidad responde a la convicción nietzscheana de que “durante largo tiempo vivimos como enigmas” (Ecce homo), lo que hace imprescindible un tratamiento de amplias perspectivas.

 

Y es que, se quiera o no, el llamado mundo del ser es el mundo del devenir, que ha acabado soterrado bajo un extraño e incómodo imperativo: el que dicta cómo debería ser el mundo. “El hombre busca ‘la verdad’ –aseguraba Nietzsche en uno de sus fragmentos–: un mundo que no se contradiga, no engañe, no cambie, un mundo verdadero. […] No duda de que haya un mundo como debe ser; quisiera buscar el camino que conduce a él”, porque en esta vida, a cada paso, nos sentimos desamparados, inseguros, inermes: “Nosotros podemos imaginar más cosas de las que podemos hacer y vivir, lo que quiere decir que nuestro pensamiento es superficial y se satisface con la superficie”.

 

Es necesaria una declaración de guerra de los hombres superiores a la masa. Por todas partes, la mediocridad se coliga para hacerse el ama. Todo lo que reblandece, suaviza, […] obra a favor del sufragio universal, o sea del dominio de los hombres inferiores. Pero nosotros queremos ejercer represalias y sacar a la luz y llevar ante el tribunal toda esta economía.

 

El giro definitivo que propone Nietzsche, a través de su filosofía “para vacas”, para auténticos rumiantes, consistirá en demoler, mediante un lenguaje visceral de sesgo trágico (en tanto que acepta la realidad tal cual es), la relación entre un “mundo aparente” y un “mundo verdadero”, reconduciéndola a estimaciones de valor, que expresan, según el inmortal pensador, “condiciones de conservación y crecimiento”. Una vida que no deja de interpretar… y de luchar. “Vivir significa: rechazar sin descanso algo que quiere vivir. Vivir significa: ser cruel e implacable contra todo lo que en nosotros se hace débil y viejo, y no solamente en nosotros”.

 

¿Acaso significará vivir ser constantemente asesinos de lo que arremete contra la propia vida? Como asegura Jünger, hay en Nietzsche un continuo anuncio de “algo”, un algo que Jünger identifica con la tragedia, con la asunción del carácter trágico de la realidad. Así lo confesaba el propio Nietzsche en El nacimiento de la tragedia: “La tragedia se asienta en medio de este desbordamiento de vida, sufrimiento y placer, en un éxtasis sublime, y escucha un canto lejano y melancólico […]. El tiempo del hombre socrático ha pasado […]. Ahora osad sed hombres trágicos: pues seréis redimidos”.

 

El que no sabe dormirse en el dintel del momento, olvidando todo el pasado; el que no sabe erguirse como el genio de la victoria, sin vértigo y sin miedo, no sabrá nunca lo que es la felicidad y, lo que es peor, no hará nunca nada que pueda hacer felices a los demás.

 

Pensar como vacas: porque la rumia ha de llevarse a cabo teniendo en cuenta que las palabras nos estorban en nuestro camino, pues “dondequiera que los hombres primitivos establecieron una palabra, creyeron haber hecho un descubrimiento”, pero ¡de qué modo estaban equivocados!, se asombra Nietzsche: la escritura fragmentaria, el aforismo, es el único antídoto para curar los corazones metafísicos, anhelantes de complicados y extensos sistemas en los que las “palabras eternizadas” (que dan lugar a afectados fetichismos lingüísticos) hacen que sea más sencillo que “uno se rompa una pierna antes que una palabra” (Aurora).

 

Para conquistar la verdad hay que sacrificar casi todo lo que es grato a nuestro corazón, a nuestro amor, a nuestra confianza en la vida. Para ellos es necesario grandeza de alma: el servicio de la verdad es el más duro de todos los servicios.

 

Jünger presenta, con su suave pluma de poeta, un libro certero, condensado y muy personal en el que no duda en afirmar que son tres las únicas obras cerradas y fundamentales a tener en cuenta en Nietzsche para formarse una idea general de su pensamiento: El nacimiento de la tragediaAsí habló Zaratustra y La voluntad de poder. Una tesis tan atrevida como contundente que no dejará indiferente ni a expertos ni a legos. Una obra que puede leerse como una introducción a Nietzsche pero también como una vía distinta, alternativa, de desarrollo de su pensamiento. Un clásico actual y necesario –entre tan abundante y en muchas ocasiones dudosa bibliografía secundaria sobre Nietzsche– que se lee de principio a fin con placer intelectual y dinamismo.

 

Cuando la existencia del hombre deja de tener sentido aparece el superhombre. ¿Quién es ese nuevo habitante del planeta? Es el hombre mismo; el hombre capaz de vivir una vida en la que el sentido no se da, no hay. La destrucción de todos los sistemas jerárquicos y de valores no lo destruye él, porque en el fondo comprende que antes tampoco los había. Esa comprensión lo fortalece. Él mismo se convierte en su propio valor, en su propio sistema (Jünger).


(El vuelo de la lechuza / 14-2-2017)

lunes

FRIEDRICH NIETZSCHE - LA LOCURA EN LA HISTORIA DE LA HUMANIDAD


Texto publicado por Friedrich Nietzsche entre 1879 y 1881, en su libro "Aurora".


Si pese al formidable yugo de la moral de las costumbres bajo el que han vivido todas las sociedades humanas; si durante miles de años antes de nuestra era, e incluso en el transcurso de esta hasta la actualidad (y téngase en cuenta que vivimos en un pequeño mundo excepcional y, en cierto sentido, en la peor de las zonas), las ideas nuevas y divergentes, y los instintos opuestos han resurgido siempre, ello se ha debido a que se hallaban protegidos por un terrible salvoconducto: casi siempre ha sido la locura la que ha abierto el camino a las nuevas ideas, la que ha roto la barrera de una costumbre o de una superstición venerada.

 

¿Comprendéis por qué ha sido necesaria la ayuda de la locura; esto es, de algo tan terrorífico e indefinible, en la voz y en los gestos, como los demoníacos caprichos de la tempestad y del mar; de algo que fuese a un tiempo digno de miedo y de respeto; de algo que, como las convulsiones y los espumarajos del epiléptico, llevara el sello visible de una manifestación totalmente involuntaria; de algo que pareciera que imprimía al enajenado la marca de una divinidad, de la que él sería la máscara y el portavoz; de algo que infundiese incluso al promotor de la nueva idea veneración y miedo de sí mismo, en lugar de remordimiento y le impulsara a ser el profeta y el mártir de dicha idea? Aunque hoy se nos esté constantemente diciendo que el genio tiene un grado más de locura que de sentido común, los hombres de otros tiempos se acercaban mucho más a la idea de que en la locura hay algo de genio y de sabiduría, algo de divino, como se decía en voz baja. A veces esta idea se expresaba a las claras. «Lo que más beneficios ha deparado a Grecia ha sido la locura», decía Platón, acorde con toda la humanidad antigua. Demos un paso más y veremos que todos los hombres supremos impulsados a romper el yugo de una moral cualquiera y a proclamar nuevas leyes, si no estaban realmente locos, se sintieron forzados a fingirlo o se volvieron verdaderamente tales.


Lo mismo les ha sucedido a los innovadores en cualquier ámbito, y no sólo en el terreno sacerdotal y político. Incluso los innovadores de la métrica poética se vieron forzados a acreditarse por medio de la locura. (Hasta en las épocas más moderadas, había una especie de acuerdo en que la locura constituía un patrimonio de los poetas; y Solón recurrió a ella cuando enardeció a los atenienses para que se lanzaran a la conquista de Salamina).


¿Cómo volverse loco cuando no se está ni se tiene la valentía de aparentarlo? Casi todos los grandes hombres de la civilización antigua se han hecho esta pregunta, y se ha conservado una doctrina secreta, compuesta de artificios y reglas para lograr este fin, a la vez que se mantenía el convencimiento de que semejante intención y semejante ensueño eran algo inocente e incluso santo. Las fórmulas para llegar a ser médico entre los indios americanos, santo entre los cristianos de la Edad Media, anguecoque entre los groenlandeses, paje entre los brasileños, son, en sus preceptos generales, las mismas: ayunos continuos, abstinencia sexual constante, retirarse al desierto o a un monte, o incluso encaramarse a lo alto de una columna, o «vivir junto a un viejo sauce a orillas de un lago», y, sobre todo, el mandato de no pensar más que en lo que pueda provocar el rapto y la perturbación del espíritu.

 

¿Quién es capaz de fijar los ojos en el infierno de angustias morales —las más amargas e inútiles que se han podido dar— en el que se consumen probablemente los hombres más fecundos de todas las épocas? ¿Quién tendría valor para escuchar los suspiros de los solitarios y de los extraviados?: «¡Concededme, Dios mío, la locura, para que llegue a creer en mí! ¡Mándame delirios y convulsiones, momentos de lucidez y de oscuridad repentinas! ¡Asústame con escalofríos y ardores tales que ningún mortal los haya sentido jamás! ¡Rodéame de estrépitos y de fantasmas! ¡Déjame aullar, gemir y arrastrarme como un animal, si de ese modo puedo llegar a tener fe en mí mismo! La duda me devora. He matado la ley, y esta me inspira ahora el mismo horror que a los seres vivos un cadáver.

 

Si no consigo situarme por encima de la ley, seré el más réprobo de los réprobos. ¿De dónde viene si no de ti este espíritu nuevo que late en mi interior? ¡Demostradme que os pertenezco, poderes divinos! ¡Sólo la locura me lo puede probar!».


Este fervor conseguía muchas veces su objetivo: En la época en que el cristianismo resultó ser más fecundo y ello se tradujo en una proliferación de santos y anacoretas, existieron en Jerusalén grandes «manicomios» para atender a los santos fracasados, a aquellos que habían sacrificado hasta el último vestigio de su razón.


(Bloghemia / 10-10-2019)

jueves

NIETZSCHE Y EL DESCUBRIMIENTO FRAGMENTARIO DE LA REALIDAD

por Carlos Javier González Serrano
En Más allá del bien y del malFriedrich Nietzsche escribía que “la forma aforística de mis escritos ofrece una cierta dificultad”, pero ésta se debe, explicaba el filósofo, a que el aforismo “hoy no se toma en serio”. Hasta bien entrado el siglo XIX, la filosofía fue presentada mayoritariamente (salvo en algunos casos –como los diálogos platónicos, las cartas de los clásicos griegos y latinos, los Ensayos de Montaigne o las sentencias epigramáticas de autores como La Rochefoucauld o La Bruyère–) a través de dilatados y complejos tratados que intentaban dar cuenta de los razonamientos del autor de turno. La manera peculiar en que Nietzsche presenta sus escritos responde a su vez a una necesidad anímica y no sólo temática; así lo consigna certeramente Jünger en su imprescindible libro sobre el pensador de Röcken, obra ya clásica recuperada por Herder y traducida por Juan Antonio Sánchez.

A juicio de Nietzsche, la filosofía puede -y debe- encontrar otro tipo de derivas lingüísticas. Una de ellas es el aforismo. En su opinión, esta forma de exponer los propios pensamientos tiene la ventaja de ofrecer al lector un texto aún por desmenuzar, de manera que nos sentimos interpelados y obligados a desarrollar todo un arte de la interpretación. Aunque Nietzsche no parece muy optimista al respecto, pues el aforismo demanda una sensibilidad y, a su vez, una capacidad que precisamente se ha perdido o parece olvidada, “una facultad que exigiría casi la naturaleza de una vaca […]: me refiero a la facultad de rumiar“.

Nosotros tenemos todos dentro de nosotros mismos plantaciones y jardines desconocidos; y, para servirme de otra imagen, todos somos volcanes que tendrán su hora de erupción; es verdad que nadie sabe si tal momento está próximo o lejano. Dios mismo lo ignora.

La tesis de Jünger es que la tarea que se propone Nietzsche, en su conjunto, es la de desvelar el carácter dionisíaco de la realidad y delimitarlo frente a lo apolíneo. Parece indudable que la filosofía es, entre otros aspectos, una cuestión de palabras, un problema al que ha de hacer frente el lenguaje. Y fue Nietzsche quien hizo de esa conciencia lingüística una suerte de moral del lenguaje. El propio filósofo explicaba en uno de los primeros cursos que impartió en Basilea que “el que encuentra interesante el lenguaje se distingue de quien sólo lo toma como medio para pensamientos interesantes”. Y más tarde, en su curso sobre gramática latina, añadía que “todo pensamiento consciente no es posible más que con la ayuda del lenguaje”. La intención de Nietzsche queda bien clara en El crepúsculo de los ídolos, donde asegura que su “ambición es la de decir en diez frases lo que otro dice en un libro, lo que ningún otro dice en un libro…”.

Se quiere la libertad, mientras no se tiene todavía el poder. Cuando se tiene el poder se quiere el predominio: si no se consigue (si se es demasiado débil para conquistarlo), se quiere la “Justicia”, esto es: un poder igual.

Jünger es tajante al respecto: “Nietzsche no habría escrito su obra si no se hubiera tomado en serio a Dioniso”, de cuyo estudio extrae dos lecciones fundamentales: el eterno retorno y el superhombre: “Yo enseño –escribía Nietzsche–: el rebaño trata de conservar un tipo y se defiende contra las dos tendencias contrarias, tanto la degenerativa, como la evolutiva. La tendencia del rebaño se dirige hacia la tranquilidad y la conservación, no hay nada creador en él”.

¡Extraño destino el del hombre! Vive setenta años y piensa haber sido algo nuevo y nunca visto en su tiempo, y, sin embargo, no es más que una onda en la que se continúa el pasado de los hombres, y trabaja siempre en una obra de enorme duración, por muy efímero que se sienta. Además, se siente libre y es, sin embargo, un reloj al que se ha dado cuerda, sin fuerzas siquiera para ver distintamente esta obra ni para cambiarla en una determinada dirección.

Además de autor prolífico, Nietzsche abordó numerosísimos asuntos a lo largo de su carrera, aunque raramente de manera sistemática: belleza, amor, ateísmo, moral, arte, cultura griega, caridad, puritanismo, orgullo, libertad, muerte… y así hasta completar un amplísimo y quizás inabarcable índice, del que Jünger se hace cargo con logrado éxito a través de un ameno y claro lenguaje. Tal pluralidad responde a la convicción nietzscheana de que “durante largo tiempo vivimos como enigmas” (Ecce homo), lo que hace imprescindible un tratamiento de amplias perspectivas.

Y es que, se quiera o no, el llamado mundo del ser es el mundo del devenir, que ha acabado soterrado bajo un extraño e incómodo imperativo: el que dicta cómo debería ser el mundo. “El hombre busca ‘la verdad’ –aseguraba Nietzsche en uno de sus fragmentos–: un mundo que no se contradiga, no engañe, no cambie, un mundo verdadero. […] No duda de que haya un mundo como debe ser; quisiera buscar el camino que conduce a él”, porque en esta vida, a cada paso, nos sentimos desamparados, inseguros, inermes: “Nosotros podemos imaginar más cosas de las que podemos hacer y vivir, lo que quiere decir que nuestro pensamiento es superficial y se satisface con la superficie”.

Es necesaria una declaración de guerra de los hombres superiores a la masa. Por todas partes, la mediocridad se coliga para hacerse el ama. Todo lo que reblandece, suaviza, […] obra a favor del sufragio universal, o sea del dominio de los hombres inferiores. Pero nosotros queremos ejercer represalias y sacar a la luz y llevar ante el tribunal toda esta economía.

El giro definitivo que propone Nietzsche, a través de su filosofía “para vacas”, para auténticos rumiantes, consistirá en demoler, mediante un lenguaje visceral de sesgo trágico (en tanto que acepta la realidad tal cual es), la relación entre un “mundo aparente” y un “mundo verdadero”, reconduciéndola a estimaciones de valor, que expresan, según el inmortal pensador, “condiciones de conservación y crecimiento”. Una vida que no deja de interpretar… y de luchar. “Vivir significa: rechazar sin descanso algo que quiere vivir. Vivir significa: ser cruel e implacable contra todo lo que en nosotros se hace débil y viejo, y no solamente en nosotros”.

¿Acaso significará vivir ser constantemente asesinos de lo que arremete contra la propia vida? Como asegura Jünger, hay en Nietzsche un continuo anuncio de “algo”, un algo que Jünger identifica con la tragedia, con la asunción del carácter trágico de la realidad. Así lo confesaba el propio Nietzsche en El nacimiento de la tragedia: “La tragedia se asienta en medio de este desbordamiento de vida, sufrimiento y placer, en un éxtasis sublime, y escucha un canto lejano y melancólico […]. El tiempo del hombre socrático ha pasado […]. Ahora osad sed hombres trágicos: pues seréis redimidos”.

El que no sabe dormirse en el dintel del momento, olvidando todo el pasado; el que no sabe erguirse como el genio de la victoria, sin vértigo y sin miedo, no sabrá nunca lo que es la felicidad y, lo que es peor, no hará nunca nada que pueda hacer felices a los demás.

Pensar como vacas: porque la rumia ha de llevarse a cabo teniendo en cuenta que las palabras nos estorban en nuestro camino, pues “dondequiera que los hombres primitivos establecieron una palabra, creyeron haber hecho un descubrimiento”, pero ¡de qué modo estaban equivocados!, se asombra Nietzsche: la escritura fragmentaria, el aforismo, es el único antídoto para curar los corazones metafísicos, anhelantes de complicados y extensos sistemas en los que las “palabras eternizadas” (que dan lugar a afectados fetichismos lingüísticos) hacen que sea más sencillo que “uno se rompa una pierna antes que una palabra” (Aurora).

Para conquistar la verdad hay que sacrificar casi todo lo que es grato a nuestro corazón, a nuestro amor, a nuestra confianza en la vida. Para ellos es necesario grandeza de alma: el servicio de la verdad es el más duro de todos los servicios.

Jünger presenta, con su suave pluma de poeta, un libro certero, condensado y muy personal en el que no duda en afirmar que son tres las únicas obras cerradas y fundamentales a tener en cuenta en Nietzsche para formarse una idea general de su pensamiento: El nacimiento de la tragediaAsí habló Zaratustra y La voluntad de poder. Una tesis tan atrevida como contundente que no dejará indiferente ni a expertos ni a legos. Una obra que puede leerse como una introducción a Nietzsche pero también como una vía distinta, alternativa, de desarrollo de su pensamiento. Un clásico actual y necesario –entre tan abundante y en muchas ocasiones dudosa bibliografía secundaria sobre Nietzsche– que se lee de principio a fin con placer intelectual y dinamismo.

Cuando la existencia del hombre deja de tener sentido aparece el superhombre. ¿Quién es ese nuevo habitante del planeta? Es el hombre mismo; el hombre capaz de vivir una vida en la que el sentido no se da, no hay. La destrucción de todos los sistemas jerárquicos y de valores no lo destruye él, porque en el fondo comprende que antes tampoco los había. Esa comprensión lo fortalece. Él mismo se convierte en su propio valor, en su propio sistema (Jünger).

(El vuelo de la lechuza / 14-2-2017)

miércoles

8 POEMAS DE NIETZSCHE: DE LA MELANCOLÍA AL ÍMPETU


FRIEDRICH NIETZSCHE TAMBIÉN EJERCIÓ LA POESÍA, ARTE DEL QUE ESTUVO ENAMORADO TODA SU VIDA POR CONSIDERAR QUE EXPRESABA A CABALIDAD EL ENIGMA INHERENTE A LA EXISTENCIA

Friedrich Nietzsche es sin duda uno de los filósofos más conocidos aun entre personas no necesariamente especializadas en dicha disciplina. En este sentido, la suerte de Nietzsche ha sido ambigua, pues si bien goza de ese alto grado de reconocimiento entre lectores de muy diversa índole, por otro lado dicha celebridad también está asociada a condiciones biográficas e históricas muy particulares, desde el peculiar temperamento rabioso con el que usualmente asociamos al filósofo hasta la apropiación que ideólogos del régimen nazi hicieron de su obra y su figura.

Sin embargo, más allá de estas circunstancias más bien contextuales, quizá, en defensa de Nietzsche, podría argumentarse que si ha ejercido un alto grado de fascinación en personas de varias épocas, geografías y lenguajes es sobre todo por dos cualidades irrebatibles de su obra.

Por un lado, la exquisitez de su estilo de escritura, su pulimiento, la pluma francamente literaria que bien pudo situarlo como un escritor a la altura de Goethe o Rilke de no haber sido filósofo. Leer algo que además de ser profundo, conmovedor, también está bien escrito, siempre es gratificante para la persona que lo sabe apreciar.

En segundo lugar, más allá de las impresiones superficiales que puede darnos su fama, Nietzsche vació en su obra un profundo amor por la vida. Usualmente se le considera un filósofo pesimista, agrio incluso, que no cesaba de despotricar en contra de la existencia, y quizá esto sea parcialmente cierto, pero si lo hacía así no era gratuitamente sino con un propósito claro: enseñarnos a apreciar mejor la vida; hacernos ver que la existencia es un pantano del que sin embargo podemos liberarnos, porque tenemos la capacidad para ello.

Estos dos rasgos del Nietzsche, decíamos, pueden palparse en su obra filosófica, pero también en otro territorio que quizá es un tanto menos conocido que éste: su poesía. Como buen filósofo, Nietzsche era una persona sumamente cultivada que, además, vivió muy de cerca la influencia del Romanticismo como movimiento artístico y de vida, de ahí que su conexión con la literatura haya sido casi inevitable. Asimismo, el filósofo es parte de esa tradición alemana –que se puede observar también en pensadores como Theodor W. Adorno, Walter Benjamin o Martin Heidegger, entre varios otros– que toma a la literatura como una suerte de fanal que ilumina de otro modo las mareas de la existencia. Pasa con cierta frecuencia que un verso, el fragmento de una novela, el diálogo de un personaje, dicen en su elocuente brevedad lo que a veces a los filósofos les toma páginas enteras.

Nietzsche ejerció la poesía prácticamente en todas las épocas de su vida intelectual. Ya en sus obras seminales encontramos su atracción por el género, el cual, en el marco de su sistema de pensamiento, es fundamental para entender el lazo inquebrantable entre estética y vida y el proyecto consecuente de transformar la existencia propia en una obra de arte. En cierto momento, sin embargo, Nietzsche pasó de ser lector de poesía a ser él mismo poeta, con composiciones que igualmente celebran la vida desde esa perspectiva tan suya. Un empeño que, en cierta manera, queda explicado en esta frase de Así habló Zaratustra:

¡Y cómo soportaría yo ser hombre si el hombre no fuese también poeta y adivinador de enigmas y el redentor del azar!

A continuación compartimos algunos poemas tomados de la selección realizada y traducida por Txaro Santoro y Virginia Careaga para la editorial Hiperión (la cual, dicho sea de paso, posee uno de los catálogos poéticos más admirables en el ámbito hispánico). Estas versiones permiten una lectura sumamente fluida de la obra poética de Nietzsche, oscilante entre la melancolía y la celebración de la existencia.

HACIA NUEVOS MARES

Allí quiero ir; aún confío

en mi aptitud y en mí.
En torno, el mar abierto, por el azul
navega plácida mi barca.
Todo resplandece nuevo y renovado,
dormita en el espacio y el tiempo el mediodía.
Sólo tu ojo — desmesurado
me contempla ¡oh Eternidad!


ECCE HOMO

¡Sí! ¡Sé de dónde procedo!

Insaciable cual la llama
quemo, abraso y me consumo.
Luz se vuelve cuanto toco
y carbón cuanto abandono:
llama soy sin duda alguna.


¡HOMBRE! ¡PRESTA ATENCIÓN!

¡Hombre! ¡Presta atención!

¿Qué dice la profunda medianoche?
«Yo dormía, dormía —
De un profundo sueño desperté: —
El mundo es profundo,
y pensado aún más profundo que el día.
Profundo es su dolor —,
el gozo — más profundo aún que el sufrimiento.
Dice el dolor: ¡pasa!
Mas todo gozo quiere eternidad,
— ¡quiere profunda, profunda eternidad!».


ENTRE AMIGOS

Un epílogo

1

Hermoso es compartir el silencio,

más hermoso es compartir la risa —
tumbado sobre el musgo a la sombra del haya,
bajo un cielo de seda
reír alegre entre amigos
dejando ver los blancos dientes.
Si lo hice bien, callemos,
si lo hice mal, riamos,
y hagámoslo siempre peor,
hagámoslo peor, y maliciosos riamos
hasta ascender a nuestra sepultura.
¡Amigos! ¡Sí! ¿Así ha de suceder?
Hasta la vista. ¡Amén!


2

¡Ni disculpas, ni perdón!

¡Envidiad alegres, cordialmente libres,
el tono, el corazón y la hospitalidad
de este libro tan poco razonable!
Creedme, amigos, ¡no para ser maldita
me fue concedida mi sinrazón!
Lo que yo encuentro, lo que yo busco,
¿estaba ya en algún libro?
¡Honrad en mí la secta de los locos!
¡Aprended de este libro enloquecido
cómo la razón — «entra en razón»!
Ea, amigos, ¿ha de suceder?
Hasta la vista. ¡Amén!


PARA BAILARINES

Hielo liso,

un paraíso
para quien bailar bien quiso.


LA GAYA CIENCIA

Esto no es un libro: ¡qué encierran los libros,

esos sarcófagos y sudarios!
El pasado es su botín:
pero aquí vive un eterno Presente.
Esto no es un libro: ¡qué encierran los libros!
¡qué encierran sarcófagos y sudarios!
Esto es una voluntad, una promesa,
esto es un viento marino, un levar anclas,
esto es una última ruptura de puentes,
un rugido de engranajes, un gobernar el timón;
¡brama el cañón, blanco humea su fuego,
ríe el mar, la inmensidad!


A LA MELANCOLÍA

No te enojes conmigo, melancolía,

porque tome la pluma para alabarte
y, alabándote, incline la cabeza
sentado sobre un tronco como un anacoreta.
Así me contemplaste ayer, como otras muchas veces,
bajo los matinales rayos del cálido sol:
Ávido el buitre graznaba en el valle,
soñándome carroña sobre madera muerta.
¡Te equivocaste, pájaro devastador,
aunque momificado descansara en mi leño!
No viste mi mirada llena de placer
pasear en derredor altiva y ufana;
y que cuando insidiosa no mira a tus alturas,
extinta para las nubes más lejanas,
se hunde en lo más profundo de sí misma
para radiante iluminar el abismo del ser.
Muchas veces sentado en soledad profunda,
encorvado, cual bárbaro oferente,
pensaba en ti, melancolía,
¡Penitente, pese a mis pocos años!
Sentado así, me complacía el vuelo del buitre,
el estruendo de la avalancha,
y tú, inepta quimera de los hombres,
me hablabas con verdad, mas con horrible y severo semblante.
Acerba diosa de la abrupta naturaleza,
amiga mía, te complaces en manifestarte a mi alrededor
y en mostrarme amenazante el rastro del buitre
y el goce de la avalancha, para aniquilarme.
En torno a mí respira enseñando los dientes
la apetencia de muerte:
¡torturante avidez que amenaza la vida!
Seductora sobre la inmóvil estructura de la roca
la flor suspira por las mariposas.
Todo esto soy —me estremezco al sentirlo—:
mariposa seducida, flor solitaria,
buitre y rápido torrente de hielo,
gemido de la tormenta — todo para ensalzarte,
fiera diosa, ante quien profundamente inclino la cabeza,
y suspirando entono un cántico monstruoso de alabanza,
sólo para ensalzarte, ¡que con cordura
de vida, vida, vida esté sediento!
No te enojes conmigo, divinidad malvada,
porque con rimas dulcemente te orne.
Aquel a quien te acercas se estremece ¡oh rostro terrorífico!
Aquel a quien alcanzas se conmueve, ¡oh malvado derecho!
Y yo aquí estremeciéndome balbuceo canto tras canto
y me convulsiono en rítmicas figuras:
fluye la tinta, salpica la pluma afilada,
¡oh diosa, diosa, déjame — déjame hacer mi voluntad!


SOLITARIO

Graznan las cornejas

y aleteando se dirigen a la ciudad;
pronto nevará.
¡Feliz aquel que aún tiene patria!
Ahora estás petrificado
y miras hacia atrás ¡cuánto tiempo ha pasado!
¿Por qué has huido, loco, por el mundo
ahora que el invierno se aproxima?
El mundo: puerta muda y fría
abierta a mil desiertos.
Quien perdió lo que tú perdiste
en parte alguna se detiene.
Ahora estás pálido,
condenado a un viaje de invierno,
al humo semejante,
que sin cesar tiende a más fríos cielos.
¡Vuela, pájaro, grazna tu canción
en tono de pájaro desértico!
¡Esconde, loco, en hielo y en desprecio
tu sangrante corazón!
Graznan las cornejas
y aleteando se dirigen a la ciudad:
— pronto nevará.

¡Infeliz aquel que de patria carece!

(PIJAMASURF / 5-2-2016)
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