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domingo

LAS VOCES DEL DESIERTO - MARLO MORGAN


CUADRAGESIMOQUINTA ENTREGA

30.

¿FINAL FELIZ? (4)

Con el aliento y apoyo de mis hijos y amigos más íntimos, empecé a redactar mis experiencias en el Outback y también a dar charlas allá donde me invitaran, en organizaciones cívicas, prisiones, iglesias, escuelas, y otros lugares. Las reacciones fueron encontradas. El Ku Klux Klan me declaró enemiga; otro grupo de Idaho adepto a la supremacía blanca colocó mensajes racistas en todos los coches del aparcamiento en el lugar de mi charla. Unos cristianos ultraconservadores respondieron a mis palabras afirmando que ellos creían que la nación del Outback era pagana y estaba condenada al infierno. Cuatro reporteros de un programa de investigación de la televisión australiana se presentaron en Estados Unidos, se escondieron en un armario durante una de mis conferencias e intentaron desmentir todo lo que yo decía. Tenían la absoluta certeza de que ningún aborigen había escapado al censo para seguir viviendo en el desierto. Me llamaron impostora. Pero también se produjo un maravilloso equilibrio de fuerzas. Por cada comentario despectivo hubo otra persona ansiosa por saber más sobre telepatía, sobre el modo de reemplazar las armas por ilusiones y por conocer más detalladamente los valores y técnicas que utilizan los Auténticos en su estilo de vida.

Hay gente que me pregunta hasta qué punto ha cambiado mi vida tras esta experiencia, Mi respuesta es: profundamente. Mi padre falleció cuando regresé a Estados Unidos. Yo estuve junto a él, sosteniéndole la mano, amándole y apoyándole en su viaje. El día después del funeral le pedí a mi madrastra un recuerdo de mi padre, un gemelo de camisa, una corbata, un viejo sombrero, cualquier cosa. Ella se negó. “No hay nada para ti” me dijo. En lugar de reaccionar con acritud, como tal vez hubiera hecho en otro tiempo, respondí bendiciendo mentalmente el alma querida de mi padre y abandonando la casa de mis padres por última vez, orgullosa de mi propia existencia; miré el cielo despejado y le guiñé un ojo a mi padre.

Ahora creo que no hubiera aprendido nada si mi madrastra me hubiera respondido afectuosamente: “Por supuesto. Esta casa está llena de las cosas de tus padres, coge algo que te sirva como recuerdo de tu padre.” Eso era lo que yo esperaba. Mi evolución se produjo cuando me negaron lo que era mío por derecho y yo reconocí la dualidad. Los Auténticos me dijeron que el único modo de superar una prueba es realizarla. Ahora estoy en un momento de mi vida en el que soy capaz de hallar una oportunidad para superar una prueba espiritual aunque la situación parezca muy negativa. He aprendido la diferencia entre observar lo que ocurre y juzgarlo. He aprendido que todo es una oportunidad para el enriquecimiento espiritual.

Recientemente alguien que había oído una de mis conferencias quiso presentarme a un hombre de Hollywood. Era enero, en Missouri, una fría noche de nieve. Cenamos juntos y me pasé horas hablando mientras Roger y los demás invitados permanecían sentados comiendo y bebiéndose el café. A la mañana siguiente el hombre llamó para discutir la posibilidad de hacer una película.

-¿Adónde se fue anoche? -preguntó-. Estábamos pagando la cuenta, recogiendo los abrigos y despidiéndonos, cuando alguien señaló que usted había desaparecido. Miramos fuera, pero se había desvanecido. Ni siquiera había huellas en la nieve.

-Sí -repliqué. La respuesta se formó en mi mente como una idea escrita en cemento húmedo-. Tengo la intención de hacer uso durante el resto de mi vida de los conocimientos que adquirí en el Outback. ¡De todo! ¡Incluso la magia de la ilusión!


* * *

Yo, Burnam Burnam, aborigen australiano de la tribu wurundjeri, declaro por la presente que he leído todas y cada una de las palabras de Las voces del desierto.

Este es el primer libro en toda mi experiencia vital que he leído de un tirón. Lo he hecho con gran emoción y respeto. Es un clásico y no viola la confianza depositada en la autora por nosotros, los Auténticos. Retrata en cambio nuestro sistema de valores e ideas esotéricas de modo que me hacen sentir extremadamente orgulloso de mi herencia.

Al contarle al mundo sus experiencias la autora ha rectificad un error histórico. En el sglo XVI, el explorador hlandés William Dampler escribió de nosotros que éramos “el pueblo más primitivo y despreciable sobre la faz de la Tierra”. Las voces del desierto nos eleva a un plano más alto de la conciencia y nos convierte en los seres regios y majestuosos que en realidad somos.

sábado

LAS VOCES DEL DESIERTO - MARLO MORGAN


CUADRAGESIMOTERCUARTA ENTREGA

30.


¿FINAL FELIZ? (3)

De vuelta a Estados Unidos, el hombre que se sentaba a mi lado en el reactor entabló conversación. Era un hombre de negocios de  mediana edad, con uno de esos vientres abultados que parecen a punto de estallar. Charlamos sobre temas diversos y finalmente sobre los aborígenes australianos. Le conté mi experiencia en el Outback. Él me escuchó atentamente, pero sus comentarios finales parecieron resumir la reacción que ya antes había obtenido de otras personas. Dijo: “Bueno, nadie sabía que esta gente existía, y si ahora se van, bueno, ¿y qué? Francamente, no creo que a nadie le importe un comino. Además -añadió-, son sus ideas contras las nuestras, ¿y va a estar equivocada toda una sociedad?

Durante unas semanas mis pensamientos sobre los maravillosos Auténticos permanecieron envueltos en papel de regalo y sellados en mi corazón. Aquella gente había afectado mi vida con tanta intensidad que temía hablar, porque había una reacción negativa y me parecía que era como echarle miel a los cerdos. Pero poco a poco empecé a notar que mis viejos amigos tenían un auténtico interés. Algunos me pidieron que contara mi increíble experiencia a grupos de gente. La respuesta fue siempre la misma: oyentes extasiados, personas que comprendían que lo hecho no podía deshacerse, pero sí cambiarse.

Cierto, la tribu de los Auténticos desaparecerá, pero quedará su mensaje entre nosotros, a pesar de nuestros estilos de vida y actitudes cubiertos de salsas y glaseados. No es que deseemos convencer ala tribu para que se quede, para que tengan más hijos. Eso no es asunto nuestro. Lo que debe importarnos es poner en práctica sus valores pacíficos y llenos de significado. Ahora sé que todos tenemos dos vidas: la que nos sirve para aprender y la que vivimos según ese aprendizaje. Ha llegado la hora de escuchar los asustados lamentos de nuestros hermanos y hermanas y de la propia tierra dolorida. Tal vez el futuro del mundo se halle en mejores manos si nos olvidamos de descubrir cosas nuevas y nos concentramos en recuperar nuestro pasado.

La tribu no critica nuestros modernos inventos. Ellos honran el hecho de que la existencia humana sea una experiencia de expresividad, creatividad y aventura. Pero creen que, en su búsqueda de conocimientos, los Mutantes no deben olvidar la frase “Si es por el bien supremo de la vida en todas partes”. Su esperanza es que nosotros sepamos reconsiderar el valor de nuestras posesiones materiales y adaptarlas en consonancia. También creen que la humanidad está más cerca que nunca de experimentar el paraíso. Tenemos la tecnología para alimentar a todos los seres humanos del planeta y los conocimientos para proporcionar libertad de expresión, autoestima, cobijo y demás necesidades a todos los habitantes del planeta si así lo deseamos.

LAS VOCES DEL DESIERTO - MARLO MORGAN


CUADRAGESIMOTERCERA ENTREGA

30.


¿FINAL FELIZ? (2)

Al día siguiente tomé un avión, con el rostro bien frotado, el cabello horrible pero limpio y caminando torpemente con las chancletas, que había que cortar para que me cupieran los pies con sus nuevos cascos. ¡Pero olía maravillosamente! Había olvidado comprar ropa con bolsillos, así que llevaba el dinero metido adentro de la camisa.

La casera se alegró de verme. Yo tenía razón: ella había dado la cara durante mi ausencia. No hubo ningún problema: sencillamente debía unos meses de alquiler. El afable comerciante australiano que me había alquilado el televisor y el video justo antes de que me fuera, no había enviado siquiera un aviso, ni había intentado recuperar su equipo. También él se alegró de verme. Sabía que yo no me iría sin devolverle sus artículos y liquidar su cuenta. Mi proyecto seguía allí, aguardando que le prestara atención. Los participantes en el programa de salud estaban preocupados, pero bromearon y me preguntaron si había estado buscando un filón de ópalo en lugar de volver a la oficina.

Me enteré de que el propietario del jeep había acordado con Outa que si él y yo no regresábamos, iría al desierto a buscar su vehículo y luego llamaría a la persona que me había contratado. Fue él quien les dijo que yo me había ido de walkabout, lo que significaba destino desconocido y atemporalidad de los viajes aborígenes. No habían tenido más remedio que aceptar mis acciones. Ningún otro podría completar mi proyecto, así que lo tenía allí, esperándome.

Llamé a mi hija. Se sintió emocionada al oír todo lo que me había ocurrido y confesó que en ningún momento se había inquietado por mi desaparición. Estaba convencida de que si yo me hubiera encontrado en algún problema serio ella lo habría presentido. Abrí la correspondencia acumulada y me enteré de que el pariente encargado de tales menesteres me había excluido del habitual intercambio familiar navideño… No había excusa posible por no haberles enviado los regalos correspondientes.

Conseguí que mis pies aceptaran de nuevo medias y zapatos tras largo tiempo de tenerlos en remojo, utilizar piedra pómez y aplicarme pomada. Incluso llegué a utilizar un cuchillo eléctrico para cortar la mayor parte del tejido muerto. Descubrí que me sentía agradecida por los más extraños objetos, como la maquinilla con que me afeité el vello de las axilas, el colchón en el que apoyaba la cabeza o un rollo de papel higiénico. Intenté una y otra vez hablar a la gente de la tribu que había llegado a amar. Intenté explicarles su modo de vida, su sistema de valores y la mayor parte de su preocupado mensaje sobre el planeta. Cada vez que leía algo nuevo en los periódicos sobre la gravedad del daño producido en el medio ambiente y las predicciones sobre la posibilidad de que las mas frondosas selvas acabaran carbonizadas, sabía que era cierto; la tribu de los Auténticos debía partir. Apenas podían sobrevivir con los alimentos que les habían dejado, por no hablar de los efectos de futuras radiaciones. Tenían razón cuando afirmaban que los humanos no producen oxígeno; esta es tarea reservada a árboles y plantas. En palabras suyas, “estamos destruyendo el alma de la Tierra”. Nuestra avidez por la tecnología ha puesto al descubierto una profunda ignorancia que es una seria amenaza para toda la vida, una ignorancia que sólo el respeto por la naturaleza puede remediar. La tribu de los Auténticos se ha ganado el derecho a no preservar su raza en este planeta superpoblado. Desde el principio de los tiempos han sido gentes sinceras, honestas y pacíficas, que no han dudado jamás de su relación con el universo.


No conseguía comprender por qué ninguna de las personas con las que hablaba mostraba interés por los valores de los Auténticos. Me di cuenta entonces de que veían una amenaza en comprender lo desconocido, en aceptar lo que parece diferente. Pero y intenté explicarles que tal vez nuestra conciencia se ensancharía, que quizá solucionaría nuestros problemas sociales, y que tal vez incluso podía curar nuestras enfermedades. Fue como hablar a la pared. Los australianos se pusieron a la defensiva. Tampoco Geoff, que había insinuado incluso la posibilidad de casarnos, quiso aceptar que de los aborígenes pudiera surgir la sabiduría. Me dio a entender que le parecía fantástico que yo hubiera experimentado una aventura en la vida y que esperaba que por fin sentara la cabeza y aceptara el papel que se esperaba de una mujer. Cuando terminó mi proyecto sanitario abandoné Australia sin haber transmitido mi experiencia con los Auténticos.

Parecía que la siguiente etapa de mi viaje escapaba a mi control, pero en realidad estaba siendo dirigido por el más alto nivel de poder.

domingo

LAS VOCES DEL DESIERTO - MARLO MORGAN


CUADRAGESIMOSEGUNDA ENTREGA

30.


¿FINAL FELIZ? (1)

Me alejé caminando con el convencimiento de que mi vida no volvería a ser jamás tan sencilla y plena de significado como lo había sido aquellos meses, y que una parte de mí siempre desearía regresar.

Me llevó la mayor parte del día recorrer la distancia que me separaba de la ciudad. No tenía la menor idea de cómo me las arreglaría para volver desde aquel lugar, fuese el que fuese, a la casa que tenía alquilada. Vi la autopista, pero no creí que fuera buena idea caminar por ella, así que seguí por entre la maleza.

En cierto momento me volví para mirar atrás, y justo entonces una ráfaga de viento surgió de la nada para eliminar mis huellas en la arena como una enorme goma que pareció borrar mi existencia en el Outback. Mi vigilante periódico, el halcón pardo, sobrevoló mi cabeza justo cuando llegaba a los límites de la ciudad.

Vi a lo lejos a un hombre mayor. Vestía tejanos, camisa deportiva metida bajo el grueso cinturón y un viejo sombrero verde desgastado, típico de Australia. Cuando me acerqué, sus ojos (en lugar de sonreír) se abrieron con incredulidad. El día anterior yo tenía todo lo que necesitaba: comida, ropa, abrigo, cuidados, compañeros, música, entretenimiento, apoyo, una familia y mucha risa; todo gratis. Pero ese mundo había desaparecido.

En ese momento, a menos que mendigara dinero, no podía funcionar. Todo lo necesario para la subsistencia había de ser comprado. No me quedaba otra alternativa; me veía reducida a una mendiga sucia y desharrapada. Era una vagabunda de las que caminan con su hatillo por las calles, y ni siquiera tenía hatillo. Sólo yo conocía a la persona que se ocultaba bajo un exterior de pobreza y suciedad, Mi relación con los desheredados del mundo cambió para siempre en aquel instante.

Me acerqué al australiano y pregunté: “¿podría prestarme una moneda? Acabo de salir del desierto y he de llamar por teléfono. No tengo dinero. Si quiere darme su nombre y dirección, se lo  devolveré.”

Él siguió mirándome, tan fijamente que las arrugas de su frente cambaron de dirección. Luego se metió la mano derecha en el bolsillo y sacó una moneda, mientras se tapaba la nariz con la mano izquierda. Yo sabía que volvía a oler mal. Hacía dos semanas que me había bañado sin jabón en el estanque de los cocodrilos. El hombre meneó la cabeza, poco interesado en que le devolviera el dinero, y se alejó a paso vivo.

Recorrí unas cuantas calles y vi un grupo de niños esperando el autobús escolar de la tarde que los llevaría de vuelta a casa. Todos tenían el típico aspecto atildado de la juventud australiana uniformada. Sus ropas eran idénticas; sólo los zapatos denotaban un cierto indicio de expresión individual. Los niños clavaron los ojos en mis pies desnudos, que más parecían una mutación en forma de pezuñas que los apéndices de una hembra humana.

Sabía que tenía un aspecto horrible y esperaba tan sólo que mi aspecto no les asustara por lo escaso de mis ropas y por mis cabellos sin peinar durante más de veinte días. La piel del rostro, los hombros y los brazos se me habían pelado tan a menudo que estaba llena de pecas y manchas.  ¡Además, me acababan de confirmar con toda franqueza que apestaba!

“Perdonadme -les dije-. Acabo de salir del desierto. ¿Podéis decirme donde puedo encontrar un teléfono y la oficina de telégrafos?

Su reacción fue tranquilizadora. No estaban asustados; se limitaban a sonreír y soltar risitas. Mi acento americano aportó una nueva prueba de creencia básica de los aussies: todos los norteamericanos son unos excéntricos. Me dijeron que había una cabina telefónica a dos manzanas.

Llamé a mi consultorio y les pedí que me mandaran un giro postal. Ellos me dieron la dirección de la compañía de telégrafos. Fui caminando hasta allí y, por la expresión de sus rostros cuando llegué, comprendí que les habían avisado de que debían esperar a alguien con un aspecto muy poco usual. La empleada me entregó el dinero sin la necesaria identificación, aunque con cierta reticencia. Mientras yo recogía el fajo de billetes, la mujer nos roció al mostrador y a mí con un aerosol desinfectante.

Con dinero en la mano, cogí un taxi que me llevó a una tienda de artículos a precio reducido, donde compré pantalones, camisa, chancletas de goma, champú, cepillo para el pelo, pasta dentífrica, cepillo de dientes y pasadores para el pelo. El taxista se detuvo en un mercado al aire libre, donde compré fruta fresca y media docena de diferentes zumos de envases de cartón. Luego me llevó a un motel y esperó hasta ver si me aceptaban. Ambos nos preguntábamos si lo harían, pero el dinero al contado parece tener más peso que un aspecto dudoso. Abrí el grifo de la bañera y di gracias por este bendito invento. Mientras se llenaba, reservé por teléfono un boleto de avión para el día siguiente. Después pasé tres horas en la bañera, ordenado los detalles de mis últimos años y en especial de los tres últimos meses de mi vida.

sábado

LAS VOCES DEL DESIERTO - MARLO MORGAN



CUADRAGESIMOPRIMERA ENTREGA


29.


LIBERADA


Tras una buena escalada acampamos en un terreno elevado, a una altitud mucho mayor a la acostumbrada. El aire era fresco y vivificante y me dijeron que el océano estaba cerca, aunque no se veía.

Era de mañana, muy temprano. Todavía no había salido el sol pero muchos de mis compañeros se habían levantado ya. Prepararon una fogata matinal, raro acontecimiento. Alcé la vista y vi al halcón posado en un árbol sobre mi cabeza.

Realizamos el acostumbrado ritual de cada mañana y luego Cisne Negro real me cogió de la mano y me acercó más al fuego. Outa me dijo que el Anciano quería expresar una bendición especial. Los demás se congregaron en derredor; yo me hallaba dentro de un círculo de brazos extendidos. Todos los ojos estaban cerrados y los rostros apuntaban hacia el cielo. Cisne Negro real habló a las alturas. Outa me tradujo:

“Hola, Divina Unidad. Nos hallamos aquí ante ti con una Mutante. Hemos caminado con ella y sabemos que todavía conserva una chispa de tu perfección. Hemos influido en ella y la hemos cambiado, pero transformar a un Mutante es una tarea muy difícil.

“Verás que su extraña piel pálida se está volviendo de un tono moreno más natural y que su pelo blanco crece y se aparta de su cabeza en el que ha enraizado un hermoso cabello oscuro. Pero no hemos podido alterar el extraño color de sus ojos.

“Hemos enseñado mucho a la Mutante y hemos aprendido de ella. Parece ser que los Mutantes tienen algo en su vida llamado salsa. Conocen la verdad, pero la entierran bajo el espesor y las especias de la conveniencia, el materialismo, la inseguridad y el miedo. También tienen algo en su vida que llaman glaseado. Al parecer representa el modo en que malgastan casi toda su existencia en proyectos superficiales, artificiales, temporales, de agradable sabor y atractiva apariencia, pero dedican muy pocos segundos a desarrollar su ser eterno.

“Hemos elegido a esta Mutante y la liberamos, como un pájaro al borde del nido, para que se aleje volando, muy alto y muy lejos, y para que chille como la cucaburra, y le cuente a sus oyentes que nosotros nos vamos.

“No juzgamos a los Mutantes. Rezamos por ellos y los liberamos, al igual que rezamos y nos liberamos a nosotros mismos. Rezamos para que examinen detenidamente sus acciones y sus valores y para que aprendan antes de que sea demasiado tarde que toda la vida es una. Rezamos para que dejen de destruir la Tierra y de destruirse a sí mismos. Rezamos para que haya suficientes Mutantes a punto de convertirse en Auténticos que cambien las cosas.

“Rezamos para que el mundo Mutante escuche y acepte a nuestra compañera.

“Fin del mensaje.”

Mujer Espiritu me acompañó un trecho y, cuando el sol empezaba a despuntar, señaló la ciudad que se extendía ante nosotros. Había llegado la hora de regresar a la civilización. Su arrugado rostro moreno y sus penetrantes ojos negros miraron más allá del borde del risco. Habló entonces en su áspera lengua nativa, sin dejar de señalar la ciudad, y yo comprendí que aquella sería una especie de liberación, que la tribu me liberaba, que mis maestros me dejaban marchar. ¿Hasta qué punto había aprendido sus lecciones? Sólo el tiempo lo diría. ¿Lo recordaría todo? Era extraño, pero me preocupaba más el mensaje que debía entregar que mi vuelta a la sociedad aussie.

Regresamos al grupo, y cada uno de los miembros de la tribu se despidió de mí. Intercambiamos lo que parece ser una forma universal de despedida entre amigos verdaderos, un abrazo. Outa dijo: “Nada podíamos darte que tú no tuvieras ya, pero creemos que, aunque no pudiéramos darte nada, tú has aprendido a aceptar, a recibir y a tomar de nosotros. Ese es nuestro regalo.” Cisne Negro Real me cogió de las manos. Me pareció que tenía lágrimas en los ojos. Recuerdo que yo sí las tenía. “Por favor, no pierdas jamás tus dos corazones, amiga mía -dijo, y Outa me tradujo sus palabras-. Viniste a nosotros con dos corazones abiertos. Ahora están llenos de comprensión y emoción tanto para nuestro mundo como para el tuyo. Tú también me has dado a mí el regalo de un segundo corazón. Ahora tengo conocimientos y comprensión que van más allá de lo que hubiera podido imaginar. Aprecio tu amistad. Ve en paz, nuestros pensamientos están puestos en tu protección.”

Sus ojos parecieron iluminarse desde el interior cuando añadió con aire pensativo: “Volveremos a encontrarnos, sin nuestros molestos cuerpos humanos.”

domingo

LAS VOCES DEL DESIERTO - MARLO MORGAN


CUADRAGÉSIMA ENTREGA


28.


BAUTISMO (2)


Reanudamos la marcha del día evitando acampar cerca del estanque. El segundo cocodrilo con el que tropezamos era mucho más pequeño, y por la manera en que apareció pensé que se convertiría en nuestra cena. Los Auténticos no suelen comer carne de cocodrilo. Consideran que el comportamiento de este reptil es agresivo y taimado. La vibración de la carne comida puede mezclarse con las vibraciones personales, haciendo que a la persona le resulte más difícil seguir siendo pacífica. Antes habíamos cocinado unos huevos de cocodrilo, que tenían un sabor horrible. Sin embargo, cuando le pides al universo que te proporcione el alimento, no rechazas lo que te envía. Sencillamente, sabes que en el gran escenario del mundo todo está en orden, así que sigues la corriente, tragas de golpe.

Mientras caminamos a lo largo de la corriente hallamos numerosas culebras de agua. Las mantuvieron con vida para disponer de alimentos frescos a la hora de cenar. Cuando acampamos observé que algunos sujetaban las serpientes con fuerza y se llevaban la siseante cabeza a la boca. Después las agarraron firmemente con los dientes y las retorcieron con un fuerte y súbito movimiento que les produjo la muerte instantánea e indolora en honor al propósito de la existencia de estas criaturas. Yo sabía que ellos creían firmemente en que la Divina Unidad no planeaba sufrimiento alguno para ninguna criatura viviente, excepto lo que la criatura aceptaba por sí misma, creencia que se aplica tanto a la humanidad como a los animales. Mientras se ahumaban las serpientes, me senté sonriente pensando en un viejo amigo, el doctor Carl Cleveland, y en los años que se había pasado insistiendo en la precisión de movimientos cuando enseñaba a los alumnos a reducir luxaciones. Algún día, me dije, compartiría la actividad de ese momento con él.

“No debería existir sufrimiento para criatura alguna excepto el que ella acepte por sí misma.” Era una idea a considerar. Mujer Espíritu me explicó que cada alma individual en el más alto nivel de nuestra existencia puede elegir, y en ocasiones lo hace, un cuerpo imperfecto para nacer; a menudo llegan para influir en las vidas con las que entra en contacto. Mujer Espíritu dijo que los miembros de la tribu que habían sido asesinados en el pasado habían elegido vivir plenamente antes del nacimiento, pero en algún momento de su vida también habían elegido ser parte de una prueba esclarecedora para otra alma. Si los mataban era porque así lo habían aceptado a un nivel eterno, e indicaba tan sólo hasta qué punto comprendían lo que era “eternamente”. Esa muerte significaba que el asesino había fracasado y que volvía a ser puesto a prueba en algún momento del futuro. Todas las enfermedades y los trastornos, creen ellos, tienen alguna relación espiritual, y serían como las piedras por las que se cruza un río si los Mutantes quisieran abrirse y escuchar a sus cuerpos para enterarse de lo que está ocurriendo.

Esa noche, en el desierto negro y uniforme, oí al mundo que cobraba vida y me di cuenta de que por fin había superado mi miedo. Tal vez hubiera comenzado siendo una reticente alumna de ciudad, pero al cabo de mi viaje me parecía bueno haber tenido mi experiencia en el Outback, donde sólo existe la tierra, el cielo y la vida antigua, donde están presentes las escamas, los colmillos y las garras prehistóricas, dominados sin embargo por gentes intrépidas.

Sentí que por fin estaba preparada para enfrentarme con la vida que al parecer había elegido heredar.

LAS VOCES DEL DESIERTO - MARLO MORGAN


TRIGESIMNOVENA ENTREGA


28.


BAUTISMO (1)         

Tras la lluvia torrencial aparecieron flores como por ensalmo. El paisaje pasó de una nada estéril a una alfombra de color. Caminamos sobre flores, las comimos y nos pusimos guirnaldas por todo el cuerpo. Fue maravilloso.

Nos acercábamos a una costa, dejando el desierto tras de nosotros. La vegetación era cada día más frondosa. Las plantas y los árboles eran más altos y numerosos. La comida, más abundante. Había una nueva variedad de semillas, brotes, granos y frutos silvestres. Un hombre hizo una pequeña incisión en un árbol. Sostuvimos los nuevos pellejos de agua bajo la incisión y vimos cómo el agua caía directamente del árbol al recipiente. Tuvimos la primera oportunidad de pescar. El aroma del pescado ahumado persiste aun en mi memoria como un preciado recuerdo. Hallamos también huevos en abundancia, tanto de reptiles como de aves.

Un día llegamos a orillas de un magnífico estanque.

No habían dejado de bromear durante todo el día, prometiéndome una sorpresa especial, y sin duda lo fue. El agua era fría y profunda. El amplio estanque ocupaba una rocosa depresión fluvial rodeada de densos matorrales, en una atmósfera selvática. Verdaderamente yo estaba muy entusiasmada, tal como imaginaban mis compañeros de viaje. El estanque parecía lo bastante grande para nadar, así que pedí permiso par hacerlo. Me dijeron que tuviera paciencia. El permiso me lo concederían o negarían los habitantes que gobernaban aquel territorio. La tribu realizó un ritual por el que solicitaban permiso para compartir el estanque. Mientras entonaban su cántico, la superficie del agua empezó a rizarse. La ondulación pareció iniciarse en el centro y moverse en dirección a la orilla opuesta a la que estábamos. Apareció entonces una larga cabeza plana, seguida por la rugosa piel de un cocodrilo, de cerca de dos metros. Había olvidado los cocodrilos. Acudió otro a la llamada y entonces ambos salieron del agua y se adentraron reptando entre el follaje. Cuando me dijeron que podía nadar, mi entusiasmo original se había esfumado.

“¿Estáis seguros de que han salido todos?”, pregunté mentalmente. ¿Cómo podían estar seguros de que sólo había dos? Me tranquilizaron sumergiendo una larga rama de árbol en el agua y tanteando. No hubo reacción en las profundidades. Apostaron un centinela para vigilar el regreso de los cocodrilos y nos bañamos. Resultó refrescante chapotear en el agua y flotar; por primera vez en mucho tiempo noté la columna totalmente relajada.

Por extraño que parezca, el hecho de que me sumergiera sin miedo en el estanque de los cocodrilos fue en cierto  modo el símbolo de un nuevo bautismo en mi vida. No había descubierto una nueva religión, pero sí una nueva fe.

LAS VOCES DEL DESIERTO - MARLO MORGAN

TRIGESIMOCTAVA ENTREGA


27.


ARREBATADA POR LAS AGUAS (2)

Pronto volvimos a estar todos juntos. No había ningún herido de gravedad. Las pieles para dormir habían desaparecido, así como mi cinto y su preciosa carga. Permanecimos de pie bajo la lluvia y dejamos que el lodo que rebozaba nuestros cuerpos regresara a la madre tierra. Uno tras otro mis compañeros de viaje se quitaron las ropas y así, desnudos, se dejaron limpiar la arena de pliegues y arrugas de la ropa. También yo me quité la mía. Había perdido la cinta de la cabeza durante el ballet acuático, así que me pasé los dedos por los enmarañados cabellos. Debía tener una pinta cómica porque los otros vinieron a ayudarme. Algunas de las prendas dejadas en el suelo habían recogido el agua de la lluvia. Me indicaron con gestos que me sentara, y cuando lo hice me echaron agua sobre la cabeza y separaron los mechones de pelo con los dedos.

Volvimos a ponernos la ropa cuando paró de llover.

Una vez seca, nos limitamos a sacudirle la arena restante. El aire cálido parecía absorber la humedad, dejándome la piel como una tela extendida sobre un caballete. Fue entonces cuando me dijeron que cuando hace un calor riguroso la tribu prefiere no llevar ropas, pero habían creído que tal vez me resultara muy embarazoso, por lo que habían respetado mis costumbres como gesto de cortesía de los anfitriones hacia su huésped.

Lo más asombroso de todo aquel episodio fue lo poco que duró la tensión que había provocado. Lo habíamos perdido todo, pero en un abrir y cerrar de ojos acabamos riendo. Y admití que me sentía mejor, y hasta es posible que también tuviera mejor aspecto después de la pequeña inundación. La tormenta había despertado mi conciencia de la magnitud de la vida y mi pasión por ella. Aquel roce con la muerte había desarmado mi creencia en que la alegría o la desesperación eran fruto de cosas externas. Literalmente nos habían despojado de todo cuanto llevábamos excepto de los trapos con que nos cubríamos el cuerpo. Los pequeños regalos recibidos, que me hubiera llevado a Estados Unidos y legado a mis nietos, habían sido destruidos. Tenía ante mí una elección: reaccionar con lamentaciones o con resignación. ¿Era un intercambio justo, mis únicas posesiones materiales a cambio de una lección inmediata sobre el desapego? Me dijeron que probablemente me hubieran permitido conservar los recuerdos barridos por el agua pero que, por la energía de la Divina Unidad, al parecer seguía otorgándoles demasiada importancia. ¿Había aprendido por fin a valorar la experiencia y no el objeto?

Esa noche cavaron un pequeño agujero en la tierra. En él encendieron fuego y colocaron varias piedras para que se calentaran. Cuando el fuego se extinguió y sólo quedaban las rocas, añadieron ramitas húmedas, luego gruesas raíces de plantas y finalmente hierba seca. Taparon el agujero con arena y aguardamos como si se tratase de pasteles metidos en el horno. Después de una hora aproximadamente, desenterramos aquel maravilloso alimento y nos lo comimos agradecidos.

Antes de dormirme esa noche, sin la comodidad de una piel de dingo, me vino a la mente la conocida plegaria de la serenidad: “Que Dios me conceda serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que sí puedo, y la sabiduría para apreciar la diferencia”.

sábado

LAS VOCES DEL DESIERTO - MARLO MORGAN


TRIGESIMOSÉPTIMA ENTREGA


27.

ARREBATADA POR LAS AGUAS (1)


El terreno que teníamos por delante era accidentando a causa de la erosión. Barrancos de tres metros de profundidad nos impedían caminar en línea recta. De repente el cielo se oscureció. Sobre nuestras cabezas pendían densas nubes de tormenta; ante nuestros ojos se desataban los elementos. Un rayo cayó en el suelo a unos metros de distancia. Le siguió un restallido ensordecedor. El cielo se convirtió en una cúpula de relámpagos centelleantes. Todos echamos a correr para ponernos a cubierto. Aunque nos diseminamos en todas direcciones, nadie parecía encontrar un auténtico refugio. El terreno en aquella parte del país era más bien árido. Había maleza y unos cuantos árboles resistentes, y la tierra era quebradiza.

Vimos que el viento empujaba el chaparrón y la lluvia oblicuamente hacia el cielo. Yo lo oí a lo lejos, como si fuera un tren acercándose con gran estrépito. La tierra tembló bajo mis pies. Unas gotas gigantescas cayeron de los cielos. Los relámpagos y el retumbar de los truenos bastaron para poner alerta mi sistema nervioso. Automáticamente eché mano a la tira de cuero que llevaba alrededor de la cintura. La usaba para sujetar el pellejo de agua y una dilli bag hecha de varano el desierto, que Mujer que Cura había llenado de diversas grasas, aceites y polvos. Me había explicado cuidadosamente el origen de cada cosa y su finalidad, pero yo comprendí que para aprender y dominar sus métodos de curación en la práctica, tardaría al menos los seis años que costaba en Estados Unidos realizar la carrera de medicina, o especializarse en osteopatía o en quiropráctica. Tanteé el nudo para asegurarme de que estaba bien sujeta.

A pesar del ruido y el ajetreo percibí algo más, oí algo muy potente, nuevo, un sonido agresivo con el que no estaba familiarizada. Outa me gritó: “¡Cógete a un árbol! ¡Sujétate bien fuerte a un árbol!” No había ninguno cerca. Miré hacia arriba y vi algo que rodaba por el desierto a lo lejos. Era alto, negro, de diez metros de anchura, y se acercaba a toda velocidad. Me lo encontré encima antes de que tuviera tiempo de razonar. Agua, un torbellino de agua embarrada y espumosa me cubrió la cabeza. Todo mi cuerpo se retorció y dio vueltas con la avalancha. Luché por respirar. Extendí las manos en busca de algo donde agarrarme, cualquier cosa. No sabía dónde era arriba y dónde era abajo. Los oídos se me llenaron de un lodo espeso.  Mi cuerpo daba tumbos y volteretas en el aire. Me detuve cuando di de costado con algo sólido, muy sólido. Me quedé clavada, enmarañada en un arbusto. Estiré el cuello cuanto pude para tomar aire. Tenía los pulmones a punto de estallar. Tenía que respirar. No me quedaba alternativa aunque estuviera bajo el agua. Sentía un terror indescriptible. Parecía que habría de rendirme a fuerzas que no estaba a mi alcance comprender. Preparada para ahogarme, abrí la boca y recibí aire en lugar de agua. No podía abrir los ojos, tal era la cantidad de lodo sobre mi rostro. Noté el arbusto clavándose en mi costado a medida que el agua me obligaba a doblarme cada vez más.

Se fue con la misma rapidez con la que vino. La ola pasó, el agua de su estela disminuyó progresivamente. Noté que caían grandes gotarrones sobre mi piel. Volví el rostro hacia el cielo y dejé que la lluvia limpiara el barro de mis ojos. Intenté erguirme y noté que mi cuerpo caía levemente. Por fin intenté abrir los ojos. Miré a mi alrededor y vi que las piernas me colgaban a metro y medio del suelo. Me hallaba a medio camino de la pendiente de un barranco. Oí las voces de los otros. Yo no podía trepar hasta arriba, así que me dejé caer hasta el fondo. Las rodillas se llevaron la peor parte del golpe. Una vez abajo, me levanté tambaleante. Pronto me di cuenta de que las voces procedían de la dirección opuesta, así que di media vuelta.

LAS VOCES DEL DESIERTO - MARLO MORGAN


TRIGESIMOSEXTA ENTREGA


26.


FELIZ NO CUMPLEAÑOS


Durante nuestro viaje se realizaron dos celebraciones para honrar el talento de sendas personas. Todos los miembros de la tribu reciben este reconocimiento mediante una fiesta especial, pero no tiene nada que ver con la edad ni los cumpleaños; con ella se reconoce el carácter único de ese talento y su contribución a la vida. Según sus creencias, el paso del tiempo cumple el propósito de permitir a las personas que se vuelvan mejores, que expresen más y mejor su propio ser. Así pues, si eres mejor persona este año que el anterior, y sólo tú lo sabes con seguridad, debes ser tú quien convoque la fiesta. Cuando tú dices que estás preparado, todos lo aceptan.

Una de las celebraciones que presencié se dedicaba a una mujer cuyo talento o medicina en la vida era escuchar. Su nombre era Guardiana de los Secretos. Ella siempre estaba dispuesta a escuchar a quien fuera, sin importar sobre qué quisiera hablar, confesar o desahogarse, o qué peso deseara quitarse de encima. Consideraba que las conversaciones eran privadas; en realidad no ofrecía consejos ni tampoco juzgaba. Sostenía la mano o la cabeza de la otra persona sobre su regazo y se limitaba a escuchar. A su modo parecía animar a la gente a hallar la solución por sí misma, a seguir los dictados de su corazón.

Yo pensé en mis compatriotas, en la gran cantidad de jóvenes norteamericanos que no tienen la menor del sentido que deben dar a su vida, en las personas sin hogar que creen que no tienen nada que ofrecer a la sociedad, a los adictos a cualquier droga que quieren vivir una realidad diferente a la única que hay. Sentí deseos de llevarles al desierto para que fueran testigos de lo poco que a veces se necesita para ser de provecho a la comunidad, y lo maravilloso que resulta conocer y experimentar el sentimiento de la propia valía.

Aquella mujer conocía sus puntos fuertes, como también los conocían los demás miembros de la tribu. En la fiesta participamos todos. Guardiana de los Secretos sentada en un nivel ligeramente superior. Ella había pedido que el universo proporcionara alimentos de brillante colorido, si era posible. Efectivamente, aquella tarde encontramos en nuestro camino plantas llenas de frutos.

Días antes habíamos visto caer un chaparrón a lo lejos y después hallamos docenas de renacuajos en pequeños estanques de agua. Los renacuajos se colocaron sobre las rocas calientes, donde se secaron rápidamente para convertirse en una nueva forma de comida que jamás hubiera soñado. El menú de nuestra fiesta incluyó además una especie de criatura de desagradable aspecto que daba brincos por el fango.

En la fiesta tuvimos música. Yo enseñé a los Auténticos un baile fronterizo de Texas, Cotton-Eyed loe, que adaptamos al ritmo de sus tambores, y pronto se oyeron grandes risas. Luego les expliqué que a los Mutantes les gusta bailar en parejas y pedí a Cisne Negro Real que me acompañara. Enseguida aprendió los pasos de vals, pero no conseguimos producir el ritmo correctamente. Yo empecé a tararear la melodía y animé a los demás a imitarme. Al poco rato todo el grupo tarareaba y bailaba el vals bajo el cielo de Australia. También les mostré el baile de figuras, en el que Outa se desenvolvió magníficamente como maestro de ceremonias. Esa noche decidieron que tal vez ya dominara el arte de curar en mi sociedad y deseara dedicarme a la música…

Fue la ocasión en que más cerca estuve de recibir un nombre aborigen. A mis compañeros de viaje les parecía que yo tenía más de un talento y estaban descubriendo que podía quererlos tanto a ellos como a su modo de vida sin dejar de ser leal al mío, así que me apodaron Dos Corazones.

En la fiesta de Guardiana de los Secretos, se fueron turnando para explicar el alivio que suponía tenerla a ella en la comunidad y lo valioso que era su trabajo para todo el mundo. Ella enrojeció, radiante pero humilde, y aceptó el elogio de un modo digno y regio.

Fue una gran noche. Antes de quedarme dormida, di las gracias al universo por un día tan memorable.

No hubiera aceptado marcharme con aquella gente  si me hubieran dado a elegir. No pediría renacuajo para comer si estuviera en un menú. Sin embargo, en aquellos momentos pensé en lo absurdas que han acabado siendo algunas de nuestras fiestas y en los maravillosos momentos que estaba disfrutando en el desierto.

LAS VOCES DEL DESIERTO - MARLO MORGAN

TRIGESIMOQUINTA ENTREGA


25.


LA PORTAVOZ


Al día siguiente me permitieron entrar en el espacio más protegido de aquel lugar subterráneo, por el que tenían la más alta consideración y en el que se centraron las discusiones previas sobre mi discutible acceso. Tuvimos que utilizar antorchas para iluminar la estancia cubierta de ópalo pulido. La luz del fuego que se reflejaba en paredes, suelo y techo era tal vez el despliegue más brillante de colores del arco iris que he visto en mi vida. Me sentí como si estuviera de pie dentro de un cristal en el que los colores danzaban por debajo y por encima de mí, y me abrazaban por los lados. Allí era donde acudían de manera formal para comunicarse directamente con la Unidad en lo que nosotros podríamos llamar meditación. Me explicaron que la diferencia entre las plegarias de los Mutantes y la forma de comunicación de los Auténticos es que la plegaria consiste en hablarle al mundo espiritual, mientras que ellos hacen justamente lo contrario. Ellos escuchan. Borran la mente de pensamientos y esperan recibir. El razonamiento que siguen parece ser el siguiente: “No se puede oír la voz de la Unidad cuando se está hablando.”

En esa cámara se han celebrado muchas ceremonias de matrimonio y se han cambiado nombres oficialmente. Con frecuencia es el lugar que desean visitar los miembros más ancianos cuando están a punto de morir. En el pasado, cuando esta raza era la única que habitaba el continente, los diferentes clanes tenían diversos métodos de enterramiento. Algunos enterraban a sus miembros envueltos a modo de momias y en tumbas excavadas en las laderas de las montañas. En otro tiempo Ayers Rock contenía muchos cuerpos, pero ahora, claro está, han desaparecido de allí. En realidad ellos no le concedían demasiado significado al cuerpo humano muerto, así que a menudo lo enterraban en un agujero poco profundo en la arena. Creen que el cuerpo, en último término, debe regresar al suelo para reciclarse, como todos los elementos del universo. Algunos nativos piden ahora que los abandonen sin cubrir en el desierto, convirtiéndose así en alimento para el reino animal que tan fielmente proporciona comida en el ciclo de la vida. La principal diferencia, según mi criterio, consiste en que los Auténticos saben adónde van cuando exhalan su último suspiro en este mundo, mientras que la mayoría de los Mutantes lo ignoran. Si lo sabes, te marchas en paz y confiado, de lo contrario, es evidente que existe un conflicto.

En la cámara opalina se practica asimismo una enseñanza muy especial. Es el aula en que se enseña el arte de la invisibilidad. Antiguamente se decía que la raza aborigen se desvanece en el aire cuando topa con el peligro. Muchos de los nativos urbanos dicen que ha sido siempre un bulo y que su gente nunca ha sido capaz de realizar acciones sobrehumanas, pero están equivocados. En el desierto se practica el arte de la ilusión con maestría. Los Auténticos saben crear también la ilusión de la multiplicación, por lo que una persona sola aparenta ser diez o cincuenta. Se utiliza para sobrevivir en lugar de las armas, aprovechándose del miedo típico de otras razas. No necesitan de lanzas, sencillamente crean una ilusión colectiva y los individuos que huyen despavoridos, llenos de miedo, cuentan después historias de demonios y brujería.

Apenas permanecimos unos días en el lugar sagrado, pero antes de partir se celebró una ceremonia en la cámara sagrada para convertirme en su portavoz y realizaron un ritual para asegurarme la protección futura. Iniciaron el ritual ungiendo mi cabeza. Sobre la frente me colocaron un aro hecho de piel de koala retorcida de color gris plateado, con un ópalo pulido y engarzado en resma en el centro. Me pegaron plumas por todo el cuerpo, incluido el rostro. Todo el mundo llevaba atuendos de plumas. Fue una ceremonia maravillosa en la que utilizaron carillones de viento accionados mediante abanicos hechos de plumas y cañas. El sonido que producían era tan asombroso como el de los órganos que he oído en las mejores catedrales del mundo. También usaron caramillos de arcilla y un corto instrumento de madera que sonaba de un modo muy similar a nuestras flautas.

Yo sabía que había sido plenamente aceptada. Había pasado las pruebas que me habían impuesto, aunque al principio no sabía que me estuvieran probando ni conocía su propósito. Me emocioné intensamente cuando me hallé en el centro de su círculo, objeto de sus cánticos y escuchando los antiguos y puros sonidos de su música.

A la mañana siguiente sólo una parte del grupo original abandonó el lugar sagrado para seguir viaje conmigo. ¿Hacia dónde? Lo ignoraba.

LAS VOCES DEL DESIERTO - MARLO MORGAN


TRIGESIMOCUARTA ENTREGA

24.

ARCHIVOS PARA LA HISTORIA (2)

Más tarde, ese mismo día, en el pasaje del Cómputo del Tiempo, aprendería que los aborígenes son los inventores de la pintura con pulverizador. De acuerdo con su honda preocupación por el medio ambiente, ellos no utilizan productos químicos tóxicos; se han negado a cambiar con los tiempos, así que sus métodos de hoy son los mismos que en el año 1000. Pintaron una zona de la pared de un intenso tono rojo con los dedos y un pincel de pelo animal. Unas horas después, cuando ya se había secado, me explicaron cómo debía mezclar pintura blanca con arcilla cretácea, agua y aceite de lagarto. Preparamos la mezcla sobre un trozo de corteza aplanada. Cuando conseguimos la consistencia adecuada, doblaron la corteza hasta convertirla en un embudo y yo me metí la pintura en la boca. Tuve una extraña sensación en la lengua, pero apenas noté sabor. A continuación coloqué la mano sobre la pared roja y empecé a escupir la pintura alrededor de mis dedos. Finalmente levanté la mano salpicada y dejé la marca de la Mutante sobre la pared sagrada. No habría recibido más alto honor aunque hubieran colocado un vaciado en yeso de mi rostro en el techo de la Capilla Sixtina.

Me pasé un día entero estudiando los datos de la pared: quién gobernaba en Inglaterra, el momento en que se introdujo el cambio de la moneda, la primera vez que habían visto un coche, un avión, el primer reactor, los satélites que sobrevolaban Australia, los eclipses, incluso lo que parecía un platillo volante con unos Mutantes que tenían un aspecto más mutante que yo… Algunas de las cosas que me contaron las habían presenciado los anteriores guardianes del tiempo y de la memoria, pero los observadores enviados a las áreas civilizadas habían sido los transmisores de otros acontecimientos.

Antes solían enviar a los jóvenes, pero se dieron cuenta de que era una tarea demasiado dura para ellos. Los jóvenes se dejaban impresionar fácilmente por la promesa de ser dueños de una furgoneta de reparto, comer helados cada día y tener acceso a las maravillas del mundo industrializado. Los adultos eran más maduros y reconocían la atracción de aquel imán, pero no sucumbían a él. Sin embargo, jamás se retenía a nadie en la familia tribal contra su voluntad; periódicamente regresaba uno de sus miembros perdidos. A Outa lo habían separado de su madre al nacer, una práctica común y legal en el pasado. Para convertir a los paganos y salvar sus almas, se internaba a los niños aborígenes en instituciones y se les prohibía aprender sus diferentes lenguas nativas y practicar sus ritos sagrados. Outa permaneció retenido en la ciudad durante dieciséis años hasta que decidió huir en busca de sus raíces.

Todos reímos cuando Outa nos contó las situaciones creadas por el gobierno, que entregaba viviendas a los aborígenes. Estos dormían en el jardín y utilizaban la casa como almacén. Conocí entonces lo que ellos consideran un regalo. Según mis compañeros de la tribu, un regalo sólo es un regalo cuando le das a una persona lo que ella desea, y deja de serlo cuando das lo que tú deseas que tenga. Un regalo no obliga a nada. Se da sin condiciones. Las personas que lo reciben tienen derecho a hacer con él lo que quieran: usarlo, destruirlo, regalarlo, lo que sea. Es suyo, sin condiciones, y el que lo da no espera nada a cambio. Si no se corresponde con estos criterios, no es un regalo y debería clasificarse de alguna otra manera. Tuve que admitir que los regalos del gobierno, y desgraciadamente la mayoría de las cosas que en mi sociedad se considerarían regalos, se veían de un modo diferente en la tribu. Pero también recordaba a algunas personas de mi país que hacían regalos constantemente y ni siquiera eran conscientes de ello. Son personas que te ofrecen palabras de aliento, que comparten sus anécdotas contigo, que ofrecen a los demás un hombro en que apoyarse o que, simplemente, son amigos que no te fallan jamás.

La sabiduría de mis compañeros de viaje era una fuente constante de asombro para mí. De ser ellos los dirigentes del mundo, qué diferentes serían nuestras relaciones…

LAS VOCES DEL DESIERTO - MARLO MORGAN

TRIGESIMOTERCERA ENTREGA


24.


ARCHIVOS PARA LA HISTORIA (1)

A la mañana siguiente me permitieron ver el pasaje que ellos llaman Cómputo del Tiempo. Mediante un dispositivo de piedra, han conseguido que el sol atraviese un conducto. Sólo hay un instante en todo el año en que el sol brilla de un modo directo y preciso. Cuando lo hace, saben que ha transcurrido un año entero desde la última vez que ocurrió. En ese momento se hace una gran celebración en honor de la Guardiana del Tiempo y de la Guardiana de la Memoria. Las dos mujeres se encargan del ritual de cada año, para el que pintan un mural de todas las actividades significativas durante las seis estaciones aborígenes transcurridas. Se enumeran todos los nacimientos y muertes por el día de la estación y el tiempo solar o lunar, así como por otras importantes observaciones. Yo conté más de ciento sesenta de estas inscripciones y pinturas. Así fue como determiné que el miembro más joven de la tribu tenía trece años y que había cuatro personas que pasaban de los noventa.

Yo no sabía que el gobierno australiano hubiera participado alguna vez en actividades nucleares hasta que lo vi indicado en el muro de la cueva. Probablemente el gobierno no tenía ni idea de que hubiera seres humanos cerca del lugar de las pruebas. También tenían registrado en la pared el bombardeo de los japoneses sobre Darwin. Sin usar lápiz ni papel, Guardiana de la Memoria conocía los acontecimientos más importantes en la secuencia correcta en que debían ser recordados. Cuando Guardiana del Tiempo describió su responsabilidad de cincelar y pintar, su rostro expresó tal deleite que fue como mirar a los ojos de un niño que acabara de recibir un regalo ansiado. Ambas son mujeres de edad avanzada. Me asombró que nuestra cultura estuviera llena de ancianos desmemoriados, insensibles, inestables y seniles, mientras que allí, en el desierto, las personas se vuelven más sabias a medida que envejecen y se las valora por su aportación a las conversaciones. Son pilares de fortaleza y ejemplo para los demás.

Contando hacia atrás, hallé en la pared la talla que representaba el año de mi nacimiento. Allí, en la estación que reflejaba septiembre, en lo que sería nuestro vigésimo noveno día, al amanecer, habían registrado un nacimiento. Pregunté quién era. Me contestaron que se trataba de Cisne Negro Real, conocido después como el Anciano de la Tribu.

Seguramente no me quedé boquiabierta de asombro, aunque no era para menos. ¿Qué probabilidades hay de conocer a alguien que haya nacido el mismo día, el mismo año, a la misma hora, en el extremo opuesto del mundo, y de saberlo de antemano? Le dije a Outa que quería hablar en privado con Cisne Negro Real, y él así lo dispuso.

Años antes Cisne Negro se había enterado de que tenía un compañero espiritual que habitaba en una personalidad nacida en la parte septentrional del mundo en la sociedad de los Mutantes. En su juventud, él había querido aventurase en la sociedad australiana para buscar a esa persona, pero le advirtieron que cumplir el pacto de concederse cincuenta años al menos para desarrollar los valores personales.

Comparamos nuestros nacimientos. Su vida empezó cuando su madre, tras largos años de viaje solitario, llegó a un lugar concreto, cavó un agujero en la arena, lo forró con la suavísima piel de un raro koala albino y se puso encima en cuclillas. La mía empezó en un blanco y aséptico hospital de Iowa después de que también mi madre viajara muchos kilómetros desde Chicago para ir a un lugar concreto de su elección. El padre de Cisne Negro se hallaba de viaje a kilómetros de distancia cuando él nació. También el mío. En su vida y hasta aquel momento, había cambiado de nombre varias veces. También yo. Me contó las circunstancias de cada cambio. El raro koala blanco que había aparecido en el camino de su madre indicaba que el espíritu del niño que llevaba en sus entrañas estaba destinado al liderazgo. Personalmente había experimentado la afinidad con el cisne negro y luego había combinado el cisne con el término de distinción en su mundo, que habían traducido como Real para mí. A mi vez le hablé de las circunstancias de mis cambios de nombre.

En realdad no importaba si nuestra conexión era mito o hecho. Se convirtió en una asociación real en ese mismo instante. Tuvimos charlas íntimas.

La mayor parte de lo que hablamos fue personal y no sería apropiado para este manuscrito, pero compartiré con ustedes lo que a mi parecer fue su más profunda declaración.

Cisne Negro Real me conto que en este mundo de personalidades hay siempre una dualidad. Yo lo había interpretado como el bien frente al mal, esclavitud frente a libertad, resignación frente a inconformismo. Pero no era ese el caso. No es blanco o negro; siempre son tonos grises. Y lo que es más importante, todo el gris se mueve progresivamente hacia el creador. Yo bromeé sobre nuestra edad y le dije que necesitaría otros cincuenta años para comprenderlo.
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