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jueves

JULIO CÉSAR CASTRO - UNA MIRADA ENTRE EL FOLLAJE


Truculento Moquete llegó una vuelta por el boliche El Resorte, y contó que se tenía que ir enseguida porque había dejado a su perro solito en el rancho, cuidando la leche que estaba en el fuego. El que preguntó fue el tape Olmedo.

 -¿Y el perro se la retira del fuego cuando está por hervir?

 -No, pero le ladra.

 -¿Y qué gana con ladrarle?

 -Nada, pero se entretiene.

 -Pa que no se le vaya la leche, lo mejor es cerrarle la puerta.

 -Leche en el fuego, se va en el menor descuido.

 -Por eso es bueno tener un descuido mayor.

 -Siempre es mejor que se le vaya la leche del fuego y no la mujer del rancho.

 -Depende.

 -Pa que no se vaya, lo mejor es tomar la leche al pie de la vaca.

 -Estando la vaca atada, el que no se va es el ternero.

 -Yo dejé de fumar, y se me fue el catarro.

 -Hay mucha ingratitud.

 -Tosía mucho de noche.

 -Es la mejor hora.

 Hubo un silencio y cada cual se quedó con sus pensamientos. La Duvija le bajó el hacha a un queso duro, y una esquirla se fue a clavar en el marco de la puerta.

 -Durito el queso -comentó un forastero que no tenía visto queso del duro duro.

 -Si la picada es grande, solemos hacerle agujero con taladro y colocarle un cartucho de dinamita.

 -Le conviene más rayarlo.

 -Le tenemos hecho rayas, pero se le borran.

 -Cosa que no pasa con el tigre ni con la cebra.

 -La cebra depende mucho del tránsito.

 -Una vuelta me topé con un tigre, cara a cara. Yo andaba agachado, buscando la tabaquera de cuero con hoja de morera pa mantener el tabaco fresco, cuando entre el ramaje me veo dos ojos que me clavan las vistas. Una mirada sin odio pero sin amor, una cosa impersonal, un algo de curiosidá con un dejo de prudencia. Yo pensé que por el instinto el bicho me tenía que avanzar, y yo, por instinto le reculé. Sin sacarle las vistas de las vistas, dentré a recular en cuatro patas, y él en otras tantas, me avanzaba igual metraje. Y en una me planté, y se plantó. Y le avancé. Y va y me recula. Las vistas en las vistas, hasta que en una, va y se me planta. Ahí me planté. Y va y me avanza. A lo que me avanzó, sin facilitarlo le volví a recular igual metraje, hasta que en una voy y me le planto. A lo que vio que me le planté, va él y se planta y voy yo y le avanzo. Y me reculó. Lo llevaba reculando, cuando vi la tabaquera, la levanté y me fui, loco de las rodillas. Y allá quedó la fiera, no sé si reculando o qué.

martes

UN CUENTO MAGISTRAL DE JULIO CÉSAR CASTRO

 


LA NOCHE QUE LAS ESTRELLAS SE NEGARON A CAER

 

El fumigador terminaba de lavar su avioneta estacionada en la puerta de "El Resorte", cuando llegó Rosadito Verdoso con la novedad. Entró, puso la novedad arriba del mostrador, y mientras desataba la bolsa de higos los interesó a todos al decir:


-Vean ahí, la novedá que les traje.

 

"El Resorte" nunca estuvo en una zona de grandes novedades, y la última que se recordaba era la vez que llegó un circo ecuatoriano de lona rajada, y una noche les cayó un trapecista. Por el techo les cayó, porque al hombre le salió mal un triple salto mortal y voló para caer justito en la parte quinchada, que después le pusieron chapa de zinc y era una preciosidá para la torta frita con lluvia. Y como le digo torta frita le digo conversación con novia nueva, porque para esos casos no hay mejor acompañamiento que música de lluvia en el techo. El que más el que menos se acercó a mirar la novedá, pero la que se impresionó fue la Duvija, porque aquello anunciaba una lluvia, luminosa. Según la novedá era una lluvia de estrellas, de las del cielo mismo, de las que ella cada tanto, en noches oscuras, al verlas caer les pedía tres cosas que tuvieran que ver con la vida, con el amor, con el pasaje de un forastero para quererlo, aunque siguiera viaje, cosas así, tan bobas, se decía ella para ella.

 

-Pa mí -dijo el tape Olmedo al enterarse del fenómeno espacial-, son macanas de los diarios pa vender, porque si al caer llegan a quedar colgadas medio cerca se funde la compañía de eletricidá y luz elétrica.

 

La Duvija se puso nerviosa y agarró un lápiz y se puso a anotar cosas para pedir, en grupos de a tres, y se las estudiaba de memoria para no demorarse en pensar en plena lluvia de estrellas, porque uno quiere muchas cosas, pero si lo agarran distraído y le preguntan por tres, se queda pensando y le lleva tiempo.

 

Para la madrugada, descreídos, igual salieron todos del boliche, para ver aquello. Todos, menos el fumigador, que según dijeron había volado alto con su aeroplano para verlas mejor. Pasaron las horas, y apenas si un par de lucecitas cruzaron por allá arriba, ligeras, apuradas, tanto que la Duvija a gatas tuvo tiempo de pedir alguna bobadita.

 

Rezongando se fueron todos de vuelta para el mostrador, salvo la Duvija que se quedó mirando por la ventana, hasta que de repente sí, eran lucecitas en pila que parpadeaban, que le pasaban frente a la ventana, cantidades, y ella les pedía cosas, y meta pedirles cosas y más cosas lindas para ella y los demás, y cuando agotó la lista inventó, y pedía, y pedía, hasta que dejaron de pasar aquellas luces, aquella bandada de bichitos de luz alborotados en el viento. La Duvija estaba tan emocionada, que ni escuchó al fumigador que volaba bajo regalándole una lluvia de estrellitas solo para ella, para que pudiera pedir, y pedir, y seguir esperando, y seguir esperando.

domingo

JULIO CÉSAR CASTRO (JUCECA) - LA VUELTA DE DON VERÍDICO (50)


EL PIANISTA

A Milton Fornaro


Hpmbre que supo ser asunto como forastero, el que llegó una tardecita al boliche El Resorte. Era una tarde calurosa como abrazo e gorda. Las chicharras estaban afónicas de cantar, y las hormigas de aconsejarlas.

Una calor, que las pulgas saltaban sólo en caso de mucha necesidá…

En los rincones, las arañas tejían telas de verano.

Tomando unos vinos, taban la Duvija, el tape Olmedo, el pardo Santiago, Poético Frenesí, Etcétera Etcétera, Tacuarembó Sorano, Rosadito Verdoso, y Simplemente Complejo.

El tape Olmedo barajaba un mazo de cartas, sin apuro, como quien espera al contrario que fue y ya viene. La Duvija se miraba las palmas de las manos, calculando el largor de las rayas del corazón y la vida. El pardo Santiago dibujaba caprichos arriba del mostrador con una gota de vino. Rosadito Verdoso esperaba que los higos se refrescaran con la sombra. El barcino, cansado de hacer mostrador, estaba echado afuera, junto a la puerta.

Los demás estaban en nada.

Fue cuando llegó el forastero con el piano. Piano con dos ruedas de bicicleta, tirado por un caballo flaco como el dueño de las riendas.

Algunos miraron pa la puerta, apenas curiosos por la calor. Las ruedas hacía tiempo que no veían grasa, y se anunciaban.

La tarde se iba cayendo sin apuro atrás de una lomita, cuando el forastero se bajó del piano y le acarició el anca al matungo como si lo peinara. El animalito torció el cogote y miró pa atrás, como agradeciendo aquello.

La Duvija se asomó a la puerta pa ver, y allí se quedó, mirando.

El forastero sacó tabaco, abrió la tapa del piano, armó el cigarro, se puso un pastito tierno entre los dientes. Algunos pájaros cruzaban buscando nido, y el sol se hizo churrinche.

El hombre dentro al boliche, saludó, pidió permiso, y salió con un cajón de cerveza doble uruguaya. Se tomó una botella por el pico y otra se la dio al caballo, como una mamadera. Al caballo le quedó una espuma en la boca como si hubiera galopiado mucho, como si se hubiera lavado los dientes con la pasta que usan nueve de cada diez caballos.

El tape se sirvió un vino. Una arañita le bajaba por la tela de verano derechito al vaso, y él la sopló pa desviarla.

El hombre se sentó frente al teclado amarillento, apolillado, repodrido. El caballo aflojó una pata y quedó de cabeza gacha, como esperando que el pasto le creciera hasta el hocico.

La gota de vino arriba del mostrador se hizo cara de mujer, el pardo la tapó con el vaso y la fregó en redondo.

El hombre tocó el piano todo lo que quiso. La Duvija con el barcino en los brazos lo estuvo mirando todo el tiempo.

Cuando el sol ya no daba más, el hombre cerró el piano despacito. Estuvo un momento abrazado al caballo, y después le palmeó las tablas del pescuezo. La Duvija con el barcino en los brazos lo estuvo mirando todo el tiempo.

Ya estaba oscuro y se seguía escuchando el chirrido de las ruedas como grillos, a lo lejos. En el silencio del boliche, alguien comentó:

-Qué joder con el pianista.

JULIO CÉSAR CASTRO (JUCECA) - LA VUELTA DE DON VERÍDICO (49)


SOMBRA DAÑINA

La culpa de que haya cuentos del tío la tienen los sobrinos.

El que supo ser castigau por los cuentos, aura que dice, Turrón Mojito, el casau con Encarnada Soslayo, mujer más inútil que piedrita de yesquero sin yesquero.

A este hombre lo curtían a cuentos y él se los creía toditos. Tenía eso de bueno.

Una vuelta le pusieron cuatro patas a una sandía y se la vendieron por un lechón. Cuando vio la caladura fue a pedir rebaja porque era un lechón lastimau. Le dijeron que aquello era pa hoy o mañana poder adobarlo y arriba le vendieron el adobo.

Debe ser el único crestiano que se comió una sandía adobadita y a las brasas. Y arriba le pateó el hígado.

La tarde que llegó al boliche El Resorte. Taban la Duvija, el tape Olmedo, Salisílico Borato, Rosadito Verdoso, el Atalufo Lilo, el pardo Santiago y hacía calor.

Una calor, que lo primero que comentó Turrón Mojito al llegar fue “tá brava la calor”. Nadie le contestó nada porque con la calor había pereza de contestar. El hombre seguía con los quejidos cuando dentro el Aperiá Chico sin saludar porque la calor daba pereza pa saludar.

Turrón Mojito seguía diciendo que pa pior no tenía ni una sombra cerca del rancho pa ponerse a tomar mate a la sombra. Dijo que el rancho le hacía sombra de mañana nomás, de un costau, pero a medida que el sol se iba subiendo en el cielo la sombra se le iba achicando y al final terminaba tomando mate aplastau contra la paré.

El tape Olmedo hizo un esfuerzo pa opinar que el hombre que no es capaz de plantar un árbol pa su propia sombra es una desgracia.

Turrón Mojito no se ofendió porque la calor daba pereza, y el Aperiá Chico se le arrimó y le dijo:

-Si usté anda interesau en sombra, yo tengo una sombra de ombú pa la venta de lo más bonita y pareja. Si ustés es gustoso, podemo llegar a un acuerdo con el precio.

El otro se lo quedó mirando un momento y después preguntó:

-Sombra de ombú… ¿con ombú?

-No señor. Le vendo la sombra sola, que es lo que usté anda necesitando. Si le llego a vender el ombú -agregó- me quedo sin sombras pa la venta.

A Turrón Mojito le pareció justo y arreglaron precio y pago adelantau pal gasto del flete y esas cosas. El Aperiá quedó en que al otro día tempranito dse la llevaba.

Esa madrugada, mientras el otro dormía el Aperiá fue dispacito y le pintó una sombra de ombú cerca del rancho que era una preciosidá. Tan igualita, que hasta tenía algunas rayas amarillas como que el sol se colaba por entre las hojas. Pa que el otro no tuviera ninguna duda le clavó un cartelito que decía “Sombra de ombú garantida aunque estea nublado”.

Con el chispiar de los primeros pajaritos, el hombre saltó del catre, se asomó a la puerta y se quedó de boca abierta mirando la sombra. Corrió pa dentro a despertar a la mujer pa que viera, calentó agua pal mate, buscó el tabaco, manoteó el banquito de tomar mate, salió, le chifló al perro, y se acomodó en la sombra pa tomar mate, como un rey.

Fresquita la sombra, hasta que sol se empezó a trepar por el lomo de una loma. Ese día el sol venía furioso. Trepaba a los bufidos.

A Turrón Mojito lo sacaron achicharrau pal mediodía. Cuando llegó al boliche a protestar, el Aperiá lo estaba esperando con pomada pa las quemaduras del sol. Le vendió tres cajas.

martes

JULIO CÉSAR CASTRO (JUCECA) - LA VUELTA DE DON VERÍDICO (48)


A VUELO DE PÁJARO


“El que no nació pal cielo,
al cuete mira pa arriba”.
Inodoro Pereyra, ¡El renegau!

El que supo tener problemas con la primavera fue Moretón Pestaña. El casau con Santa Milonguita Chuleta, que le decían “El sonajero” porque si no la sacudían no servía pa nada.

Cuando llegaba setiembre, Moretón Pestaña se ponía de lo más alborotau y la mujer lo tenía que andar corriendo a escobazos pa que no la curtiera a versitos. A cada primavera se volvía a enamorar de la mujer, y ella le decía:

-¡Mirá que sos pesau, mesmo eh!

Cuando asomaba el primer brote, Moretón se ponía a bailar alrededor del árbol y sacudía los brazos como si fueran alas de pajaritos. Una mañana, fue tan grande el entusiasmo, que sacudió los brazos y se voló. Dio toda una vuelta así, como planeando, y se fue a posar arriba del rancho.

Cuando la mujer oyó que andaba algo en el techo, fue a ver y lo descubrió allá arriba. La mujer le dijo de todo, y al final le tuvo que poner una escalera porque Moretón tenía miedo de bajar volando.

Asunto serio fue la tarde que se posó en la punta de un ucalito y la escalera quedó corta. Moretón Pestaña parado arriba de una ramita, y la mujer abajo a los gritos:

-¡Ahí tenés lo que ganaste!... ¿Viste?... Ahora te quiero ver pa bajar de ahí romperte el alma… Eso es lo que quiero ver cómo vas a hacer.

Cuando se supo, llegó gente de lejos pa verlo. Del boliche El resorte llegaron todos. La Duvija con el barcino en brazos, el tape Olmedo con su damajuanita e vino por cualquier cosa, Rosadito Verdoso con una bolsa de higos, y el pardo Santaigo que dijo que lo mejor pa bajarlo era cortarle el ucalito con un hacha. La mujer no quiso porque el ucalito se le podía caer arriba del rancho, y Moretón Pestaña allá arriba parado en una ramita.

No lo estaba pasando tan mal, hasta que llegó una bandada de cotorras y se posó en la punta del ucalito. El pobre tenía cotorras por todos lados, la mujer a los gritos de abajo, el cotorrerío armando escándalo y los vecinos le gritaban que se volara pa otro lau, cuando llegó aquel viento.

El ucalito se hamacaba pa todos lados, el hombre abrazau a la ramita, y todo el mundo de cogote duro de tanto mirar pa arriba. Rosadito Verdoso tiraba higos verdes pa ver de espantarle las cotorras, pero no le espantó ninguna y casi lo baja con dos higos que le colocó en la frente.

El tape Olmedo iba por la media damajuana e vino, cuando al pardo Santiago se le ocurrió lo del barrilete.

A toda velocidá cortó semejantes cañas, las ató, las empapeló, les encajó una cola y una piola bien larga, y mandó a la Duvija que se lo fuera a tener. Un barrilete que parecía un ropero. En la punta de la cola le puso un cartelito que decía: “Agarresé de acá, vecino”.

La Duvija con el barcino en brazos se lo fue a tener. Cuando el pardo le hizo señas pa que largara, la Duvija largó pero el barcino se prendió de la cola y allá salió como chijete pa arriba.

El pardo Santiago era un lujo dirigiendo aquello, hasta que le puso la cola con el gato justito en la punta del ucalito. Cuando las cotorras vieron al barcino fue el disparramo y el griterío, y cuando el barcino vio a las cotorras casi se descuelga pa abajo.

Cuando Moretón Pestaña manoteó la cola del barrilete con gato y todo, el pardo Santiago empezó a recoger piola a toda velocidá. Con el bruto viento, aquello coleaba que era una temeridá, y la mujer a los gritos:

-¡Ahí tenés lo que ganastae, viste?... Me gustaría que te vieras desde aquí el papelón que estás haciendo que te ven de todos lados…

De repente reventó la piola y allá va el barrilete en el viento y todo el mundo salió gritando:

-¡Reventó… reventó… reventó…!

Lo encontraron dos leguas más pa allá, chapaleando en una laguna de patos. El barcino se le había subido a la cabeza, pa no mojarse.

domingo

JULIO CÉSAR CASTRO (JUCECA) - LA VUELTA DE DON VERÍDICO (47)


EL DÍA QUE LLEGÓ EL TIGRE

Hombre que supo tener un conocimiento pal bicherío, aura que dice, Alucinado Crisma, el casau con Prograna Siete, mujer más difícil que ordeñar de parau. Le decían “El sauce llorón” porque se peinaba pa delante y siempre andaba buscando consuelo.

Alucinado Crisma tenía una habilidá que le conocía mañas y costumbres a toditos los animales. Sabía en qué vuelta se acuesta el perro, y de qué lau le hace la puerta al nido el hornero.

-¿De qué lau? -le preguntaban.

-Del lau del frente.

Sabía qué pata aflueja primero el caballo cuando se duerme parado, sabía de qué lado se acuesta la vaca en verano, sabía diferenciar cuándo el perro le ladra a la luna llena, y cuándo le ladra al cuarto creciente.

-¿Y cómo le ladra al cuarto menguante? -le preguntaban.

-Al menguante le ladra menos, ta clavau.

Sabía por qué chista la lechuza desde el poste, cuánto pesa el chajá sin plumas, por qué levanta una pata la cigüeña, sabía con qué hay que asustar al bichito de la humedá pa que se haga bolita, conocía la clase de araña por la tela, y le sabía distinguir las pisadas de la hormiga asigún fuera cargada o de paseo.

Alucinado le conocía de bichos menores a mayores sin confundirlos pa nada.

El elefante es gris, igual que el bichito de la humedá, sin embargo él jamás le confundía bichito con elefante.

Una tarde, caminaba mirando una bandada de cotorras, y cuando quiso acordar embocó en el boliche El Resorte.

Tomando unos vinos con mortadela y dulce de leche pa picar taban Honorario Resca, la Duvija, Carcomido Plano, Aparición Menrosco, el pardo Santiago, el tape Olmedo, Rosadito Verdoso, Firulete Mundial, y el Aperiá Chico.

Alucinado llegó, dentro, saludó, se acodó al mostrador, acarició al gato y comentó:

-Lindo gato, lástima que el pelaje barcino sea tan ordinario.

El gato se corrió pa la otra punta y a la pasada le volcó la caña con la cola. La Duvija lo miró de arriba abajo como diciendo: “¡Aaandaa a paaseaar!” y el tape Olmedo ya estaba por encararlo, cuando en la puerta se vio como una sombra de lo más estraña. Miran así… ¿y qué era?

Semejante tigre.

Fue un disparramo de gente humana que se pechaba contra los rincones y la Duvija repartió algún bife porque en el entrevero no faltó una mano.

El tigre pegó un rugido, armó el salto, lo desarmó porque estaba mal armado, lo armó de nuevo y saltó pa quedar plantau arriba del mostrador como de dueño. El barcino hizo un arco con el lomo pinchudo, que las cuatro patas se le juntaron.

Parado en su sitio, tranquilo el hombre, vasito de caña en la mano y las vistas clavadas en la fiera, había quedau Alucinado Crisma. Los otros, apelotonados en un rincón, no querían ni mirar.

De otro salto el tigre volvió al suelo, y Alucinado lo enfrentó. Los otros escucharon clarito cuando le decía:

-¡Eche pa atrás tigre… eche pa atrás tigre le digo… eche pa atrás!

Cuando se animaron a mirar el tigre ya no estaba. Cuando le preguntaron al hombre cómo lo había sacado, él contestó muy aplomado:

-De la única manera de sacar a estos animales: reculando.

JULIO CÉSAR CASTRO (JUCECA) - LA VUELTA DE DON VERÍDICO (46)


LOS CARTELES


Hombre que supo ser celoso pa las intimidades de su rancho, aura que dice, Cotolengo Fortín, casau con Hermosura Cualunque, una mujer tan bonita que la gente la veía y comentaba “¡Qué bonita!”. Cómo sería que le decían “La bonita”.

A Cotolengo Fortín no le gustaba que la gente se le metiera en el rancho sin llamar. Decía que antes de arrimarse a las casas hay que avisar de lejos. Pa evitarse problemas, cuando se casó puso en la tranquera un timbre de bicicleta.

Nunca llegó a escucharlo, porque a las pocas horas los muchachos se lo llevaron pa hacerlo sonar en algún carrito de mano, así que estuvo cavilando una noche entera y al otro día puso cartel.

GOLPEAR ANTES
DE ENTRAR

Al poco rato la gente le dentraba al rancho como si tal cosa pa preguntarle “¿Golpear, qué?”.

Muy fastidiau porque se le había llenau el rancho de vecinos y estraños, y arriba los había tenido que invitar con mate y unos pasteles, esperó a la otra mañana pa poner otro cartelito que decía:

GOLPEAR LAS MANOS

Al poco rato, todo el que pasaba frente a la tranquera golpeaba las manos, y seguía de largo porque no tenían interés ni en saludarlo, pero carteles son carteles y más vale hacerles caso porque a veces nunca se sabe.

Se pasó otra noche sin dormir, cavilando, y a la mañana siguiente encajó otro cartel que decía:

GOLPEAR LAS MANOS
EN CASO DE NECESIDA

Pal mediodía se le había llenau el rancho de gente a preguntarle si había que golpear en caso de necesidá del que golpeaba, o necesidá de él que golpearan, y cómo hacían pa saber cuándo estaba necesitado y cuándo no, ya que pa preguntarle, primero había que golpear.

Cuando pudo desalojar el rancho con ayuda e los perros, la mujer le hizo una olla de tilo bien cargado y se quedó cavilando.

No pegó un ojo en toda la noche, pero a la mañana tenía el cartelito que era un lujo e letras.

SI LLEGA DE VISITA
GOLPEAR TRES VECES

Se tuvo que esconder en el galpón de las herramientas, porque el rancho era un hormiguero e gente preguntando cuántas veces tenía que golpear el que no fuera de visita.

Esa misma tarde salió medio loco, puso una campana en el rancho con una piola que iba hasta la tranquera, y en la punta de la piola le colgó un cartelito que decía:

POR FAVOR TIRAR DE AQUÍ

Como pedía por favor, todo el que pasaba tiraba porque era gente muy servicial. ¡Era una cosa que no se podía estar adentro de aquel rancho! Era como vivir en el campanario e la iglesia con el monaguillo mamau.

Por eso se le fue la mujer. Tanto golpear, tanto salir a ver, tanto ver gente, tanta visita, se le fue y le dejó un cartelito.

GOLPIA QUE TE VAN A ABRIR

Llegó al boliche El Resorte hecho una desgracia. Taba tan impresionau con el asunto, que no sabía si golpear en el mostrador o esperar que le pusieran un cartelito. Cuando contó sus problemas, todos le dieron consejos cualquier cantidá, pero el único que le dio el consejo clavau, fue el tape Olmedo. El hombre salió loco de contento del boliche.

Al otro día colgó cuarenta y siete carteles distintos en la tranquera, y como la gente no tenía tiempo pa perder leyendo las bobadas de este loco, seguían de largo sin molestar pa nada.

JULIO CÉSAR CASTRO (JUCECA) - LA VUELTA DE DON VERÍDICO (45)


DOS CRIOLLOS

“Pero como no hay desgracia
que no acabe alguna vez…”
(del Martín Fierro)

Hombre que supo ser asunto serio pal mate, Cloruro Virola, el entreverau con Anzueluda Virola, mujer más desabrida que fumar contra el viento.

Cloruro la conoció una tarde, cuando él salía de la peluquería del negro Termostato Corujo, el día que el negro estrenaba sillón giratorio.

Pa festejar el estreno, el negro se había mandau al buche sus buenas cañas y hacía girar el sillón por gusto, pa divertirse, de novelero nomás.

Después, en lugar de afeitar pasando la navaja por la cara del cliente se quedaba quietito con la navaja a la altura de la cabeza del otro y le hacía dar vuelta el sillón. Buen pulso el negro. En toda la tarde bajó nada más que dos orejas. Que después los clientes vinieron a reclamar las orejas pal injerto, él se las dio cambiadas, y los pobres quedaron escuchando cualquier cosa porque estrañaban.

A Cloruro lo afeitó en siete vueltas de sillón, sin un tajito, pero después no le podía parar el sillón que había agarrau una velocidá infinita. Cloruro a los gritos prendido al sillón y apenas si se veía pasar frente al espejo y el negro a las risas y aquello que no paraba y los gritos del otro “Pareló… pareló negro del diablo, pareló que me reviento, carajo!”.

Como el negro se había tirado en el suelo a reírse, Cloruro se quiso bajar con el sillón a toda velocidá. Salió como si lo hubieran tirado a la pedrada, y embocó justo en la puerta. Quedó abrazau a la china que pasaba en ese momento, y como seguía dando vueltas se la llevó bailando como dos leguas.

Era mujer con compromiso. Dende hacía un tiempito vivía con Eructante Florete, hombre malo. Un día que la mujer compró escoba nueva él fue y le cortó el palo, pa que tuviera que barrer agachada. Después, al piso de tierra le pasó papel de lija pa que largara bastante polvillo. Como la mujer se pasaba el día agachada, él la usaba como mesita ratona pa ponerle arriba la tabaquera, el mate, la caldera y los fóforos. Si le caía algún amigo la usaba pa jugar a la baraja, y dos por tres le quemaban el lomo con los puchos. Era un hombre malo.

Al perro en lugar de tirarle güesos le tiraba fierros. “¡Ahí tiene un caracú y que le aproveche!”, le decía, y le tiraba una tuerca. Si el perro le saltaba arriba pa hacerle fiestas, él le sacaba el cuerpo pa que se diera contra el suelo. Pa que no moviera la cola cuando estaba contento, se la ató con un alambre a una pata de atrás. Cuando el animalito se alegraba y hacía fuerza pa mover la cola, se le reviraba la pata y ¡ñácate!, perro al suelo. Al final nunca movía la cola porque maldito si tenía de qué estar contento. Eructante era un hombre malo.

Cuando se enteró que Cloruro al salir de la peluquería le había llevau a la mujer bailando un par de leguas, salió a buscarlo.

Lo fue a buscar al boliche El Resorte. Taban la Duvija, Curitibo Merluso, el tape Olmedo, Oh Salve América Goyete, el pardo Santiago, Rosadito Verdoso, el Aperiá Chico y Furibundo Fu, tomando unos vinos y jugando a la payana.

Lo primero que hizo Eructante Florete al entrar, fue patearles las payanas. El hombre venía facón en mano, y golpeó con el fierro arriba del mostrador. El barcino se corrió pa la otra punta. Pa evitar un encontrón, que nunca falta cuando un pobre juega a la payana, naides le dijo nada.

El hombre se acodó a tomar una caña. Del techo venía bajando una arañita por su tela, feliz y contenta se dejaba caer, cuando Eructante le puso el pucho prendido por donde ella venía. Se ve que sintió el calor en la colita porque pegó una trepada por la tela que no se le veían las patas. Era un hombre malo.

Cuando Rosadito Verdoso le iba a reventar un cajón de higos en la frente, dentró al boliche Cloruro Virola, bien afeitadito y descuidado. El otro, facón en mano, le pegó el grito:

-¡Cloruro Virola! ¡Lo estaba esperando pa darle una afeitada en seco y sin cobrarle nada pa que sepa respetar las chinas con dueño. ¡Si es macho, desenvaine!

Cloruro echó mano a la cintura, y sacó mate y bombilla. Con una cosa en cada mano le hizo frente:

-¡Aquí estoy a su mandau, bombilla plata y oro con iniciales grabadas, y le diré que esa china baila como la mona!

A Eructante se le pusieron las vistas como soplete, ya le iba a llevar la carga cuando se metió en el medio la Duvija.

-¡Alto ahí! Una de dos; se baten a facón o se baten a mate y bombilla, porque así la cosa es muy dispareja y no es custión.

Como Cloruro no tenía facón, se batieron a mate amargo. Tres días con sus noches tomando mate sin aflojar, los cebadores se turnaban pa no acalambrarse. El Aperiá Chico no daba abasto pa calentar agua en un tanque, mientras el pardo Santiago iba talando un monte pa sacar leña pal fuego.

Tres días con sus noches, meta mate y dale que va. Terminaron la barrica de yerba, y los dos últimos mates taban tan lavados que se les veía el fondo.

El tape Olmedo hacía de juez, y dio el fallo:

-Esto ha sido clavau un empate.

Eructante y Cloruro eran dos criollos, y dos criollos tres días con sus noches tomando mate, al final terminaron como hermanos.

Cuando se despìdieron se pegaron un abrazo y no faltó algún lagrimón.

Ya en el adiós, Eructante le dijo al otro:

-A ver si mañana te das una vuelta por mi rancho, muchacho.

-Cómo no hermanito, te voy a caer temprano pa tomar unos mates.

-Bueno -dijo Eructante-, pero traéte la yerba y el tabaco, que yo pongo la mujer pa que cebe hasta que se acalambre.

Era un hombre bastante malo.

JULIO CÉSAR CASTRO (JUCECA) - LA VUELTA DE DON VERÍDICO (45)


EL HIGIÉNICO

Alguien me dijo que este cuento le falta el respeto a la muerte. Mientras no le falte el respeto a la vida, ¿no?

El que supo ser enemigo del mate fue Funesto Mocho, el casao con Turquesina Celestial Bromuro, una mujer tan gorda que un día le pusieron el termómetro abajo del brazo y después no se lo encontraban.

Sin embargo el marido, Funesto, era un hombre de lo más delicau pa la custiones de la higiene y esas cosas.

Un hombre, que antes de tomar en un vaso, al vaso le pasaba un pañuelo con alcohol. Pero antes, al pañuelo lo hervía tres horas en una olla. Pero antes, a la olla la quemaba con un soplete. Pero antes, al soplete le pasaba un pañuelo con alcohol, pero antes, al pañuelo hervía tres horas en una olla a la que antes quemaba con un soplete y así.

El asunto fue cuando se le murió un pariente, buen vecino, muy mamau, tan mamau que vio elefantes rosados, pero no los vio a todos y uno lo pisó.

Quedó tan aplastau el pobre que lo velaron en un cajón de la cómoda. Que otro mamau, amigo del alma, cuando lo vio comentó: “Al final te acomodaste, hermano”.

Llegó gente de lejos al velorio. Del boliche El Resorte llegaron catorce en un carro, sin contar al barcino y la damajuanita e vino.

La viuda se lamentaba al lado de la cómoda, y el tape Olmedo, muy respetuoso dentro y ser persignó. Como estaba tan en curda, al persignarse quedó con el pulgar entre los labios. Un vecino creyó que estaba pidiendo pa tomar y le trajo una cañita.

-Se le agradece, toy en vino… ¿Y de qué, el finadito?

-Elefante rosado.

-¡Ja… toman publicidá! Y seguro… ta clavau.

Por ahí cayó Funesto Mocho, con todo pa pasar la noche acompañando, Trajo mate y brasero a carbón. Al rato había tanto humo que el barcino salió a la ventana pa respirar. La viuda encantada con el humo, porque así lloraba que daba gusto y quedaba como una reina con los parientes.

Funesto, tomaba mate y tapaba la bombilla pa que no se le fuera a colar algún microbio. De tanto en tanto quemaba unos papeles en el brasero, pa espantar los insetos volátiles.

Al rato de le arrimó la Duvija pa pedirle un mate.

-Usté desculpe don Funesto, ¿pero no sería gustoso de invitarme con un amargo?

El otro se quedó como quien oye llover, y la Duvija lo miró de arriba abajo como diciendo: “¡Aandáa a paaseaaar!”.

Cuando se le arrimó el pardo Santaigo a pedirle un mate, Funesto lo escondió abajo del poncho y se quedó mirando pa un rincón. Entonces el pardo, que siempre que iba a un velorio llevaba cohetes en los bolsillos, agarró un puñado y se los encajó en el brasero. Al momentito voló la caldera, el brasero, los carbones prendidos, las flores, y se armó un toletole que hasta el barcino se entreveró y a Funesto Mocho le tiraron el mate por la ventana pa fuera. Si Rosadito Verdoso no le reventó unos higos en la frente, fue por respeto al difunto.

En la mitá del barullo, la viuda había cerrau el cajón de la cómoda, no fuera cosa que le voltearan al finadito.

Cuando se tranquilizó la cosa, abrieron de nuevo el cajón, pero con el humo que había abrieron un cajón que no era.

Recién cuando se lo iban a llevar, se dieron cuenta que habían pasado las horas velando tres camisetas y un par de botas viejas.

JULIO CÉSAR CASTRO (JUCECA) - LA VUELTA DE DON VERÍDICO (44)

EL AFILADOR

“Templaron con emoción…”
(De un café cincuentón de la calle Olavarría)

El que supo tener fama de cuchillero, aura que dice, fue Piramidal Cucheto, el casau con Vayaviendo Garrocha. Una mujer que no tenía criterio para nada. Se le terminaba la birome y le quería hacer punta con un cuchillo.

El vicio de los cuchillos le venía del marido, que era afilador. Un hombre que tanto le afilaba la hoja de un cuchillo como la hoja de un ombú, y si lo facilitaban le afilaba la mujer al dueño del cuchillo o al dueño del ombú, y además les daba el temple justo. Y tanto le templaba un cuchillo como le templaba una guitarra. ¡Su habrá quemau guitarras ern la fragua!

Si al pago llegaba alguien con fama de guapo, él lo buscaba y cuando lo tenía a mano le enjacaba un tingiuiñazo en la oreja, pa ver si era un hombre templado. Uno de los guapos, que era un hombre de temple, un día echó mano al facón, y Piramidal le pegó un tinguiñazo en la hoja y se quedó escuchando el sonido. Aquel guapo quedó tan desorientau que tiró el cuchillo por la ventana y se dedicó a vender pasto en carretilla.

Una noche en el boliche El Resorte taban desagotando una damajuana de vino el rape Olmedo, la Duvija, Diariamente Solfeo, Lagartijo Liborno, el pardo Santiago y Rosadito Verdoso, cuando cayó Piramidal y se acodó en el mostrador. El barcino se corrió pa la otra punta.

Cuando Piramidal vio que el tape Olmedo le estaba haciendo punta a un palito, se le ofreció:

-¿No quiere que el afile el cuchillito, don tape?

-No señor, cada hombre debe estar capacita upa arreglarse su herramienta, y cada cual sabe cómo le tiende el filo.

Piramidal quedó medio entrompau. De repente se oró un galope, un sofrenar en la puerta del boliche, un forastero que se daba de patas contra el suelo y dentraba sin daludar, pálido y desnutrido. No había terminado de hacer espalda contra el mostrador, cuando se oyó otro galope, otro sofrenar, y otro forastero que dentra sin saludar pero facón en mano.

Se cruzaron los fierros chas chas chas, relumbraban los aceros a la luz tiznada del farol. Con las vistas en las vistas se carculaban, se semblanteaban, y chas chas chas, chocaban los facones, se les aflojaban los mangos, se mellaban las hojas y meta chas chas chas.

Fue cuando Piramidal empezó a decir:

-Afiladoooor… afiladoooor…

Sin dejar de pelear, los forasteros le hicieron señas de que les afilara los facones. Entonces Piramidal echó mano a la cintura y peló la chaira. Pegó el grito: “¡Allá voy y cuidau con tajiarme un dedo!” Entreveró la chaita entre los dos facones y parecía que estaba peliando con una yunta. Era el chisperío nomás y los facones se afilaban sin parar el duelo, hasta que el tape Olmedo comentó.

-¡Será posible que no se pueda tomar un vino tranquilo!

Los sacó a los tres a patadas pa fuera, y cuando iba clariando todavía se escuchaba a lo lejos:

-¡Cuidadu con tajiarme un dedo, carajo! chas chas chas.

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