Mostrando entradas con la etiqueta CARLOS CASTANEDA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CARLOS CASTANEDA. Mostrar todas las entradas

domingo

LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN (87) - CARLOS CASTANEDA


PRIMERA PARTE “LAS ENSEÑANZAS”
(Una forma yaqui de conocimiento)


XI (2)

Viernes, 29 octubre, 1965 (7)

-Pero ¿cómo le gané?

-No te moviste de tu sitio. Si te hubieras apartado un centímetro, te habría hecho polvo. La diablera escogió el momento el momento en que yo no estaba para atacar, y lo hizo bien. Falló porque no contaba con tu propia naturaleza, que es violenta, y también porque no te saliste del sitio en el que eres invencible.

-¿Cómo me habría matado de haberme movido?

-Te habría golpeado como un rayo. Pero sobre todo se habría quedado con tu alma, y tú te habrías ido gastando.

-¿Qué va a suceder ahora, don Juan?

-Nada. Recobraste tu alma. Fue una buena batalla. Anoche aprendiste muchas cosas.

Después nos pusimos a buscar la piedra que yo había lanzado. Don Juan dijo que, de encontrarla, podríamos estar absolutamente seguros de que el asunto había terminado. Buscamos durante casi tres horas. Yo tenía el sentimiento de que la reconocería. Pero no pude.

Ese mismo día, empezando el anochecer, don Juan me llevó a los cerros cerca de su casa. Allí me dio instrucciones largas y detalladas sobre procedimientos específicos de pelea. En determinado momento, mientras repetía ciertos pasos prescritos, me hallé solo. Había subido corriendo una ladera y estaba sin aliento. Sudaba en abundancia, pero tenía frío. Llamé varias veces a don Juan, pero no contestó, y empecé a experimentar una aprensión extraña. Oí un crujir en el matorral, como si algo viniera hacia mí. Escuché atentamente, pero el ruido no cesó. Luego volvió a oírse, más fuerte y más cerca. En ese instante se me ocurrió que iban a repetirse los eventos de la noche anterior. En cuestión de segundos, mi miedo creció fuera de toda proporción. El crujir en las matas se acercó más, y mi fuerza menguó. Quería gritar o llorar, correr o desmayarme. Mis rodillas se vencieron, caí por tierra, chillando. Ni siquiera pude cerrar los ojos. Después de eso, sólo recuerdo que don Juan encendió una hoguera y frotó los músculos agarrotados de mis brazos y piernas.

Permanecí varias horas en un estado de profunda zozobra. Más tarde, don Juan explicó mi reacción desproporcionada como un hecho común. Me declaré incapaz de descubrir lógicamente qué había ocasionado mi pánico, y él repuso que no fue el miedo de morir, sino más bien el miedo a perder el alma, un temor común entre los hombres que no poseen una intención indomable.

Esa experiencia fue la última enseñanza de don Juan. Desde entonces me he abstenido de buscar sus lecciones. Y, aunque don Juan no ha alterado su actitud de benefactor hacia mí, creo en verdad haber sucumbido al primer enemigo de un hombre de conocimiento.

martes

LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN (86) - CARLOS CASTANEDA


PRIMERA PARTE “LAS ENSEÑANZAS”
(Una forma yaqui de conocimiento)

XI (2)

Viernes, 29 octubre, 1965 (6)

Hizo una pausa. Su rostro reflejaba un estado de ánimo peculiar; parecía inusitadamente serio. Yo no sabía qué preguntar ni qué decir.

Don Juan prosiguió:

-La cosa que hay que aprender es cómo llegar a la raja entre los mundos y cómo entrar en el otro mundo. Hay una raja entre los dos mundos, el mundo de los diableros y el mundo de los hombres vivos. Hay un lugar donde los dos mundos se montan uno sobre el otro. La raja está allí. Se abre y se cierra como una puerta con el viento. Para llegar allí, un hombre debe ejercer su voluntad. Debe, diría yo, desarrollar un deseo indomable, una dedicación total. Pero debe hacerlo sin ayuda de ningún poder ni de ningún hombre. El hombre sólo debe reflexionar y desear hasta el momento en que su cuerpo esté listo para emprender el viaje. Ese momento se anuncia con un temblor prolongado de los miembros y vómitos violentos. Por lo general, el hombre no puede dormir ni comer, y se va gastando.

Cuando las convulsiones ya no cesan, el hombre está listo para partir, y la raja entre los mundos aparece enfrente de sus ojos como una puerta monumental: una rendija que sube y baja. Cuando se abre, el hombre tiene que colarse por ella. Del otro lado de esa frontera es difícil distinguir. Hace viento, como polvareda. El viento se arremolina. El hombre debe entonces caminar en cualquier dirección. El viaje será corto o largo, según su fuerza de voluntad. Un hombre de voluntad fuerte hace viajes cortos. Un hombre débil, indeciso, viaja largo y con dificultades. Después de este viaje, el hombre llega a una especie de meseta. Se pueden distinguir con claridad algunos de sus rasgos. Es un plano encima de la tierra. Se le reconoce por el viento, que allí sopla todavía más fuerte: golpea, ruge por todo el derredor. En la parte más alta de esa meseta está la entrada al otro mundo. Y hay una especie de piel que separa los dos mundos; los muertos la atraviesan sin ruido, pero nosotros tenemos que romperla con un grito. El viento reúne fuerza, el mismo viento indómito que sopla en la meseta. Cuando el viento ha juntado fuerza suficiente, el hombre tiene que gritar y el viento lo empuja al otro lado. Aquí también su voluntad debe ser inflexible, para poder combatir al viento. Todo lo que necesita es un empujón suave, y no que el viento lo mande al fin del otro mundo. Una vez que está del otro lado, tiene que viajar por allí. Su buena suerte sería encontrar un ayudante cerca, no muy lejos de la entrada. El hombre tiene que pedirle ayuda. En sus propias palabras tiene que pedir al ayudante que lo instruya y lo haga diablero. Cuando el ayudante acepta, mata al hombre allí mismo, y mientras está muerto le enseña. Cuando hagas el viaje, a lo mejor encuentras a un gran diablero en el ayudante que te mate y te enseñe; eso depende de tu suerte. Pero las más de las veces uno encuentra brujos de mala muerte sin gran cosa que enseñar. Pero ni tú ni ellos tiene el poder de negarse. El mejor de los casos es hallar un ayudante macho para no caer en manos de una diablera que lo haga a uno sufrir en forma increíble. Las mujeres siempre son así. Pero eso depende de la pura suerte, a no ser que el benefactor de uno sea también un gran diablero, caso en el cual tendrá muchos ayudantes en el otro mundo y puede mandarlo a uno a ver a un ayudante en particular. Mi benefactor era uno de esos hombres.

“Me guió al encuentro de su espíritu ayudante. Después de que regreses, ya no serás el mismo. Estás comprometido a volver y a ver seguido a tu ayudante. Y estás comprometido a alejarte más y más, y más de la entrada, hasta que por fin un día irás demasiado lejos y no podrás regresar. A veces un diablero pesca un alma y la empuja por la entrada y la deja a la custodia de su ayudante mientras él le roba a la persona toda su voluntad. En otros casos, el tuyo por ejemplo, el alma pertenece a una persona de voluntad fuerte, y el diablero sólo puede guardarla en su morral, porque es demasiado difícil llevársela al otro lado. En tales casos, como en el tuyo, una batalla puede resolver el problema: una batalla en que el diablero se juega el todo por el todo. Esta vez perdió el combate y tuvo que soltar tu alma. De haber ganado, se la llevaba a su ayudante para que se quede con ella.

domingo

LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN (85) - CARLOS CASTANEDA


PRIMERA PARTE “LAS ENSEÑANZAS”
(Una forma yaqui de conocimiento)

XI (2)

Viernes, 29 octubre, 1965 (5)

El rocío de la mañana fue refrescante. Me sentí mejor. El fenómeno, fuera lo que fuese, parecía haberse retirado. Eran las 5:48 cuando don Juan abrió calladamente la puerta y salió. Estiró los brazos, bostezando, y me miró. Dio dos pasos hacia mí, prolongando su bostezo. Vi sus ojos mirar a través de los párpados entornados. Me levanté de un salto; supe entonces que quienquiera, o lo que fuera, que estuviese frente a mí, no era don Juan.

Recogí del suelo una piedra pequeña, con filos agudos. Estaba junto a mi mano derecha. No la miré; únicamente la sostuve apretándola con el pulgar contra los dedos extendidos. Adopté la forma que don Juan me había enseñado. En cuestión de segundos, sentí que me llenaba de un extraño vigor. Entonces grité y arrojé la piedra. Me pareció un clamor magnífico. En ese momento, no me importaba vivir ni morir. Sentí que el grito era estremecedor en su potencia. Era penetrante y prolongado, y en verdad dirigió mi puntería. La figura frente a mí osciló y chilló y trastabilló hacia el costado de la casa, para internarse de nuevo en el matorral.

Tardé horas en calmarme. Ya no pude tomar asiento; trotaba de continuo en el mismo sitio. Tenía que respirar por la boca para recibir aire suficiente.

A las 11 a.m. don Juan volvió a salir. Yo iba a dar un salto, pero los movimientos eran suyos. Fue derecho a su sitio y se sentó como solía. Me miró y sonrió. ¡Era don Juan! Fui a él y, en vez de enojarme, besé su mano. Creía realmente que él no había actuado para crear un efecto dramático, sino que alguien lo había suplantado para hacerme daño o matarme.

La conversación se inició con especulaciones sobre la identidad de una persona femenina que supuestamente había tomado mi alma. Luego don Juan me pidió contarle cada detalle de mi experiencia.

Narré toda la secuencia de eventos en una forma muy deliberada. Él rio todo el tiempo, como si fuera un chiste. Cuando terminé, dijo:

-Te fue bien. Ganaste la batalla por tu alma. Pero el asunto es más serio de lo que yo creía. Anoche tu vida no valía ni un carajo. Tu buena suerte fue que sabías lo suficiente y te defendiste. De no haber tenido un poco de preparación, ahorita estarías muerto, porque lo que viste anoche traía ganas de acabar contigo.

-¿Cómo es posible, don Juan, que alguien tomara la forma de usted?

-Muy sencillo. Lo que te visitó anoche es una diablera y tiene un buen ayudante del otro lado. Pero no fue muy buena para tomar mi apariencia, y tú diste con el truco.

-¿Un ayudante del otro lado es lo mismo que un aliado?

-No, un ayudante es la ayuda de un diablero. Un ayudante es un espíritu que vive del otro lado del mundo y ayuda al diablero a causar enfermedad y dolor. Lo ayuda a matar.

-¿Puede un diablero tener también un aliado, don Juan?

-Por supuesto, si son los diableros los que tienen aliados, pero antes de que un diablero pueda domar a un aliado, el diablero acostumbra tener un ayudante que lo auxilie en sus tareas.

-¿Y la mujer que tomó su forma, don Juan? ¿Tiene sólo ayudante y no aliado?

-No sé si tenga aliado o no. A algunas personas no les gusta el poder de un aliado y prefieren un ayudante. Domar un aliado es trabajo duro. Sale más fácil conseguir un ayudante del otro lado.

-¿Piensa usted que yo podría conseguir un ayudante?

-Para saberlo, tienes que aprender mucho más. Estamos otra vez al principio, casi como el primer día que viniste a pedirme hablar de Mescalito, y yo no podía porque no me habrías entendido ni una palabra. Ese otro lado es el mundo de los diableros. Creo que lo mejor será decirte lo que yo creo y siento, como lo hizo mi benefactor. Él era diablero y guerrero; su vida se inclinaba hacia la fuerza y la violencia del mundo.  Pero yo no soy ninguna de las dos cosas. Esa, es mi naturaleza. Tú has visto mi mundo desde el principio. En cuanto a enseñarle el camino de mi benefactor, nada más puedo dejarte en la puerta, y tú tendrás que decidir solo; tendrás que aprenderlo por tu propia cuenta. Debo reconocer ahora que cometí un error contigo. Habría sido mucho mejor, ahora lo veo, empezar como yo mismo empecé. Así es más fácil darse cuenta de cuán sencilla y a la vez cuán profunda es la diferencia. Un diablero es un diablero y un guerrero es un guerrero. O se puede ser las dos cosas. Hay bastante gente que es las dos cosas. Pero un hombre que sólo recorre los caminos de la vida lo es todo. Hoy no soy ni guerrero ni diablero. Para mí ya no hay nada de eso. Para mí sólo recorrer los caminos que tienen corazón, cualquier camino que tenga corazón. Esos recorro, y la única prueba que vale es atravesar todo su largo. Y esos recorro mirando, mirando, sin aliento.

LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN (84) - CARLOS CASTANEDA


PRIMERA PARTE  “LAS ENSEÑANZAS”
(Una forma yaqui de conocimiento)

XI (2)

Viernes, 29 octubre, 1965 (4)

Se me acercó. Empecé a golpearme la pantorrilla y el muslo y a bailar aprisa. Don Juan llegó al filo del zaguán, frente a mí, y casi me tocó. Frenéticamente dispuse mi cuerpo para adoptar la posición de lanzamiento, pero él cambió de dirección y se alejó hacia los matorrales a mi izquierda. En cierto momento, mientras se alejaba, se volvió de pronto, pero yo le daba la cara.

Se perdió de vista. Conservé la postura de pelea un rato más, pero como ya no lo vi me senté de nuevo con las piernas cruzadas y la espalda contra la roca. A estas alturas me hallaba realmente asustado. Quise huir corriendo, pero esa idea me aterraba más aun. Sentí que, si él me atrapaba en el camino a mi coche, quedaría completamente a su merced. Empecé a cantar las canciones de peyote que sabía. Pero sentí de algún modo que allí eran impotentes. Sólo servían de pacificador, pero me serenaron. Las canté una y otra vez.

A eso de las 2:45 oí un ruido dentro de la casa. Inmediatamente cambié de postura. La puerta se abrió de golpe y don Juan salió trastabillando. Boqueaba y se agarraba la garganta. Se arrodilló frente a mí y gimió. Me pidió, en voz aguda y chillona, ir a ayudarlo. Luego vociferó nuevamente y me ordenó ir. Hacía ruidos de gargarismo. Me suplicó ir a ayudarlo, porque algo lo ahogaba. Se arrastró sobre las manos y las rodillas hasta hallarse a poco más de un metro. Extendió las manos hacia mí.

-¡Ven acá! -dijo. Entonces se levantó. Sus brazos estaban extendidos en mi dirección. Parecía dispuesto a aferrarme. Pateé el suelo y me di palmadas en la pantorrilla y el muslo. Estaba fuera de mí.

Don Juan se detuvo y caminó hacia el costado de la casa y se internó entre los matorrales. Cambié de postura para encararlo. Luego volví a sentarme. Yo no quería cantar. Mi energía parecía desgastarse. Todo el cuerpo me dolía; cada músculo estaba tieso y dolorosamente contraído. No sabía qué pensar. No podía decidirme si enojarme con don Juan o no. Pensé en saltarle encima, pero de alguna manera supe que él me derribaría de golpe como a un insecto. Tuve verdaderas ganas de llorar. Experimentaba una honda desesperanza; la idea de que don Juan iba a tales extremos por asustarme provocaba en mí una sensación de llanto. Me resultaba imposible hallar un motivo para su tremendo despliegue histriónico; sus movimientos eran tan habilidosos que me confundían. No era como si tratara de moverse como mujer; era como si una mujer tratara de moverse igual que don Juan. Tuve la impresión de que esa mujer intentaba en verdad caminar y moverse con la deliberación de don Juan, pero era demasiado pesada y no tenía la ligereza de don Juan. Quien estuviera frente a mí creaba la impresión de ser una mujer pesada y no tenía la ligereza de don Juan. Quien estuviera frente a mí creaba la impresión de ser una mujer pesada, de menos edad, tratando de imitar los movimientos lentos de un anciano ágil.

Estos pensamientos me arrojaron a un estado de pánico. Un grillo empezó a cantar ruidosamente, muy cerca de mí. Noté la riqueza de su tono; imaginé que tenía voz de barítono. El canto empezó a disolverse. De pronto, todo mi cuerpo se contrajo. Volví a adoptar la forma de lucha y encaré la dirección de donde había venido el canto del grillo.

El sonido me estaba atrapando; había empezado a atraparme antes de que yo me diera cuenta de que solamente era como un grillo. El sonido se acercó de nuevo. Se hizo terriblemente fuerte. Empecé a cantar mis canciones de peyote, más y más alto. De pronto el grillo calló. Inmediatamente me senté, pero seguí cantando. Un momento después vi la figura de un hombre correr hacia mí, viniendo de la dirección opuesta al llamado del grillo. Palmoteé sobre mi muslo y mi pantorrilla y pateé vigorosa, frenéticamente. La figura pasó muy aprisa, casi tocándome. Parecía un perro. Experimenté un miedo tan espantoso que quedé insensible. No recuerdo haber sentido ni pensado nada más.

LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN (83) - CARLOS CASTANEDA


PRIMERA PARTE “LAS ENSEÑANZAS”
(Una forma yaqui de conocimiento)

XI (2)

Viernes, 29 octubre, 1965 (3)

Sus admoniciones me provocaron un estado de angustia profunda. Estuve seguro de que él esperaba que algo ocurriese. Le pregunté por qué me recomendaba cantar las canciones de Mescalito, y qué cosa creía él que fuera a asustarme. Rio y dijo que tal vez me diese miedo estar solo. Entró en la casa y cerró la puerta tras de sí. Miré mi reloj. Eran las 7 p.m. Estuve sentado en calma un largo rato. No salían ruidos del cuarto de don Juan. Todo estaba tranquilo. Hacía viento. Pensé en correr a mi coche a sacar una mampara, pero no me atreví a actuar contra el consejo de don Juan. No tenía sueño, sino cansancio; el viento frío me imposibilitaba descansar.

Cuatro horas después oí a don Juan caminar en torno a la casa. Pensé que podía haber salido por la parte trasera para orinar en el matorral. Entonces me llamó con voz fuerte.

-¡Oye muchacho! ¡Oye muchacho! Ven aquí -dijo.

Casi me levanté para ir con él. Era su voz, pero no su tono, ni sus palabras de costumbre. Don Juan nunca me había dicho “oye muchacho”. De modo que seguí donde me hallaba. Un escalofrío corrió a lo largo de mi espalda. Él empezó a gritar de nuevo, usando la misma frase o una similar.

Lo oí dar vuelta la pared trasera de su casa. Tropezó con una pila de leña como si no supiera que estaba allí. Luego llegó al zaguán y se sentó junto a la puerta, con la espalda contra la pared. Parecía más pesado que de costumbre. Sus movimientos no eran lentos ni torpes, sólo más pesados. Se dejó caer a plomo en el suelo, en vez de deslizarse ágilmente como solía. Además, ese no era su sitio, y don Juan nunca, en ninguna circunstancia, se sentaba en ningún otro lugar.

Entonces volvió a hablarme. Preguntó por qué me había yo negado a ir cuando él me necesitaba. Hablaba con voz fuerte. Yo no quería mirarlo, y sin embargo experimentaba una urgencia compulsiva de observarlo. Empezó a moverse lentamente de un lado a otro. Cambié de postura, adopté la forma para pelear que él me enseñó, y me volví a encararlo. Mis músculos estaban tiesos y extrañamente tensos. No sé qué movió a adoptar la forma de pelea, acaso fue el creer que don Juan quería asustarme creando la impresión de que, en realidad, la persona que yo estaba viendo no era él mismo. Pensé que ponía mucho cuidado en hacer cosas fuera de costumbre, para implantar la duda en mi mente. Tuve miedo, pero aun así me sentía por encima de todo aquello, porque de hecho me hallaba evaluando y analizando la secuencia completa.

En ese punto, don Juan se levantó. Sus movimientos fueron completamente desconocidos. Puso los brazos frente al cuerpo y se empujó hacia arriba, alzando primero la espalda; luego asió la puerta y enderezó la parte superior del cuerpo. Me asombró la honda familiaridad que yo tenía con sus movimientos, y el sentimiento terrible que él creaba al hacerme ver un don Juan que no se movía como don Juan.

Dio unos pasos hacia mí. Sostenía con ambas manos la parte inferior de su espalda, como si tratara de enderezarse o sufriera un dolor. Gemía y resoplaba. Parecía tener tapada la nariz. Dijo que me iba a llevar, y me ordenó levantarme y seguirlo. Caminé hacia el lado oeste de la casa. Cambié de posición para encararlo. Se volvió hacia mí. Yo no me moví de mi sitio; estaba pegado a él.

-¡Oye muchacho! -vociferó-. Te dije que vengas conmigo. ¡Si no vienes te llevo a empujones!

LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN (82) - CARLOS CASTANEDA


PRIMERA PARTE “LAS ENSEÑANZAS”
(Una forma yaqui de conocimiento)

XI (2)

Viernes, 29 octubre, 1965 (2)

Le pregunté a qué venía todo eso y con quién iba yo a pelear. Repuso que él iría a ver quién había tomado mi alma y si era posible recuperarla. Mientras tanto, yo debía permanecer en mi sitio hasta su regreso. La forma para pelear era en realidad una precaución, dijo, en caso de que algo ocurriese durante su ausencia, y yo debía usarla si me atacaban. Consistía en palmotear contra la pantorrilla y el muslo de mi pierna derecha y dar de saltos con el pie izquierdo en una especie de danza que yo había de ejecutar enfrentando al atacante.

Me advirtió que la forma debía adoptarse sólo en momentos de crisis extrema; mientras no hubiera peligro a la vista, yo podía estar simplemente sentado en mi sitio, con las piernas cruzadas. Pero en circunstancias de peligro extremo, tenía el recurso de un último medio de defensa: arrojar un objeto contra el enemigo. Me dijo que por lo común se arroja un objeto de poder, pero como yo no tenía ninguno me era forzoso usar cualquier piedra que cupiese en la palma de mi mano derecha, una piedra que yo pudiera sostener apretada entre la palma y el pulgar. Dijo que tal técnica debía usarse sólo si uno se hallaba indudablemente en peligro de perder la vida. El lanzamiento del objeto tenía que acompañarse con un grito de guerra, un alarido con la propiedad de dirigir el objeto a su blanco. Insistió en recomendarme cuidado y deliberación con el grito, y no emplearlo al azar, sino sólo con “severas condiciones de seriedad”.

Le pregunté qué quería decir con “severas condiciones de seriedad”. Dijo que el clamor, o grito de guerra, era algo que se quedaba con un hombre toda la vida: por eso tenía que ser bueno desde el principio. Y la única manera de empezarlo correctamente era retener el miedo y la prisa naturales de uno hasta hallarse lleno por entero de poder; y entonces el alarido brotaría con dirección y fuerza. Dijo que estas eran las condiciones de seriedad necesarias para soltar el grito.

Le pedí explicación sobre el poder que supuestamente lo llenaba a uno antes del clamor. Dijo que era algo que corría a través cuerpo saliendo de la tierra donde uno estaba parado: era una especie de poder emanado del sitio benéfico, para ser exactos. Era una fuerza que empujaba el alarido para hacerlo salir. Si tal fuerza se manejaba debidamente, el grito de batalla sería perfecto.

De nuevo le pregunté si pensaba que algo iba a ocurrirme. Dijo no saber nada de eso y me advirtió dramáticamente quedarme pegado a mi sitio cuando fuese necesario, porque esa era la única protección que yo tenía contra cualquier cosa que pudiera pasar.

Empecé a asustarme; le supliqué ser más explícito. Dijo que todo cuanto sabía era que yo no debía moverme en ninguna circunstancia; no debía entrar a la casa ni ir al matorral. Sobre todo, dijo, no debía hablar una sola palabra, ni siquiera a él. Dijo que se mi me daba mucho miedo podía cantar mis canciones de Mescalito, y añadió que yo ya sabía demasiado sobre estos asuntos para que fuera necesario señalarme, como a un niño, la importancia del hacer todo correctamente.

LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN (81) - CARLOS CASTANEDA


PRIMERA PARTE “LAS ENSEÑANZAS”
(Una forma yaqui de conocimiento)

XI (1)


El último hecho que registré en mis notas de campo tuvo lugar en septiembre de 1965. Fue la última de las enseñanzas de don Juan. Lo llamé “un estado especial de realidad no ordinaria porque no los produjo ninguna de las plantas que yo había usado con anterioridad. Al parecer don Juan lo provocó por medio de una manipulación cuidadosa de indicaciones acerca de sí mismo; es decir, se portó frente a mí en una forma tan hábil, que creó la impresión clara y sostenida de no ser realmente él mismo, sino alguien que lo suplantaba. Como resultado, experimenté un profundo sentido de conflicto; quería creer que se trataba de don Juan, y sin embargo no podía estar seguro. La concomitante del conflicto fue un terror consciente tan agudo que minó mi salud por varias semanas. Después pensé que habría sido prudente poner fin entonces a mi aprendizaje. Desde aquel tiempo, nunca he sido participante, pero don Juan no ha cesado de considerarme aprendiz. Ha visto en mi retiro sólo un período necesario de recapitulación, otro paso de aprendizaje, que puede durar indefinidamente. Sin embargo, desde entonces, jamás me ha expuesto sus conocimientos.

Escribí la crónica detallada de mi última experiencia casi un mes después que ocurrió, aunque tenía ya copiosas notas sobre sus puntos destacados, escritas al día siguiente, durante las horas de gran agitación emotiva que precedieron al punto más intenso de mi terror.


Viernes, 29 octubre, 1965 (1)

El jueves 20 de septiembre de 1965 fui a ver a don Juan. Los estados breves y someros de realidad no ordinaria persistían a pesar de mis deliberados intentos por ponerles fin, o sacudírmelos de encima como don Juan había sugerido. Yo sentía que mi condición iba empeorando, pues aumentaba la duración de tales estados. Tomé conciencia aguda del ruido de los aeroplanos. El ruido de sus motores al pasar por encima captaba inexorablemente mi atención y la fijaba, hasta el punto en que me parecía seguir al avión como si fuera dentro de él o volara con él. Esta sensación es muy molesta. La incapacidad de sacudírmela me producía una honda angustia.

Don Juan, tras escuchar atentamente todos los detalles, concluyó que yo sufría de pérdida del alma. Le dije que tenía estas alucinaciones desde la vez que fumé los hongos, pero él insistió en que eran cosa nueva. Dijo que antes yo tenía miedo y “soñaba cosas sin sentido”, pero que ahora estaba en verdad embrujado. La prueba era que el ruido de los aviones en vuelo podía arrastrarme. Por lo común, dijo, el ruido de un arroyo o de un río puede atrapar a un embrujado que ha perdido el alma y arrastrarlo a su muerte. Luego me pidió describir todas mis actividades durante la época anterior a las alucinaciones. Enumeré todas las actividades que pude recordar. Y de mi recuento, él dedujo el sitio donde yo había perdido el alma.

Don Juan parecía francamente preocupado, cosa del todo insólita en él. Esto, como es natural, aumentó mi aprensión. Dijo que no tenía idea definida de quién había atrapado mi alma, pero quienquiera que fuese pretendía sin duda matarme o enfermarme de gravedad. Luego me dio instrucciones precisas acerca de una “forma de pelear”, una posición corporal específica que yo debería mantener, permaneciendo en mi sitio benéfico. Tenía que conservar esta postura que él llamaba forma.

LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN (80) - CARLOS CASTANEDA


PRIMERA PARTE “LAS ENSEÑANZAS”
(Una forma yaqui de conocimiento)

X (8)

Sábado, 1º de abril, 1965 (2)

Pregunté a don Juan qué eran las cosas que vi. Dijo que, siento esta la primera vez que yo veía como cuervo, las imágenes no eran claras ni importantes, y que más tarde, con la práctica, me sería posible reconocerlo todo.

Saqué a colación la diferencia que había notado en el movimiento de la luz.

-Las cosas que están vivas -dijo él- se mueven por dentro, y tal cuervo puede ver con facilidad cuándo algo está muerto, o a punto de morir, porque el movimiento ya se paró o se va parando. Un cuervo sabe también cuándo algo se mueve demasiado aprisa, y por lo mismo sabe cuándo algo se mueve al paso justo.

-¿Qué significa cuándo algo se mueve demasiado aprisa, o al paso justo?

-Significa que un cuervo sabe de hecho qué evitar y qué buscar. Cuando algo se mueve demasiado aprisa por dentro, quiere decir que está a punto de estallar con violencia, o de pegar el brinco, y un cuervo lo evita. Cuando se mueve por dentro al paso justo, es una vista placentera y un cuervo la busca.

-¿Se mueven las rocas por dentro?

-No, ni las rocas ni los animales muertos ni los árboles muertos. Pero es hermoso mirarlos. Por eso los cuervos andan por donde hay cadáveres. Les gusta mirarlos. Ninguna luz se mueve dentro de ellos.

-Pero cuando la carne se pudre, ¿no cambia ni se mueve?

-Sí, pero ese movimiento es distinto. Lo que el cuervo ve entonces son millones de cosas moviéndose dentro de la carne con luz propia, y eso es lo que le gusta ver. Tú mismo la verás.

En este punto hice a don Juan la pregunta inevitable.

-¿Me convertí realmente en cuervo? O mejor dicho, ¿habría pensando cualquiera, al verme, que era yo un cuervo común?

-No. No puedes pensar así cuando tratas con el poder de los aliados. Estas preguntas no tienen sentido, y eso que volverse cuervo es lo más simple que hay. Es casi como travesura: tiene poca utilidad. Como ya te he dicho, el humito no es para los que buscan poder. Es sólo para quienes anhelan ver. Yo aprendí a volverme cuervo porque son las aves más efectivas de todas. Ninguna otra las molesta, a menos que sean águilas grandes y hambrientas, pero los cuervos vuelan en parvadas y pueden defenderse. Tampoco los hombres molestan a los cuervos, y eso es importante. Cualquiera pude distinguir un águila grande, sobre todo un águila fuera de lo común, o cualquier otra ave grande y fuera de lo común, pero ¿a quién le interesa un cuervo? Un cuervo está seguro. Es ideal en tamaño y en naturaleza. Puede meterse donde sea sin llamar la atención. En cambio, volverse oso o león es posible, pero sale bastante peligroso. Una criatura de estas es demasiado grande; se necesita demasiada energía para convertirse en ella. También puede uno volverse grillo, o lagartija, o hasta hormiga, pero eso es todavía más arriesgado, porque los animales grandes cazan a las criaturas pequeñas.

Señalé que, según lo que él decía, uno se transforma realmente en cuervo, o grillo, o cualquier otra cosa. Pero él insistió en que yo entendía mal.

-Se necesita mucho tiempo para aprender a ser un cuervo cabal -dijo-. Pero tú no cambiaste, ni dejaste de ser hombre. Es otra cosa lo que pasa.

-¿Puede usted decirme qué es la otra cosa, don Juan?

-A lo mejor a estas alturas ya tú mismo lo sabes. Quizá si no tuvieras tanto miedo de volverte loco, o de perder tu cuerpo, entenderías este secreto maravilloso. Pero a lo mejor debes esperar a perder tu miedo para entender lo que quiero decir.

sábado

LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN (79) - CARLOS CASTANEDA


PRIMERA PARTE “LAS ENSEÑANZAS”
(Una forma yaqui de conocimiento)

X (7)

Sábado, 1º de abril, 1965 (1)

Había estado experimentando breves destellos de disociación, o Estados superficiales de realidad no ordinaria.

Un elemento de la experiencia alucinógena con los hongos recurría sin cesar en mis pensamientos: la masa de agujeritos blanda y oscura. Continué visualizándola como una burbuja de grasa o de aceite que empezaba a tirar de mí hacia su centro. Era casi como si el centro fuera a abrirse y a tragarme, y en momentos muy breves yo experimentaba algo semejante a un estado de realidad no ordinaria. Como resultado, sufría instantes de profunda agitación, angustia e incomodidad, y luchaba por poner fin a las experiencias apenas comenzaban.

Hoy discutí esta condición con don Juan. Pedí consejo.

Él no pareció preocuparse, y me indicó olvidarme de esas experiencias, porque carecían de significado o más bien de valor. Dijo que las únicas experiencias dignas de mi esfuerzo y atención serían aquellas en los que viera un cuervo: cualquier otra clase de “visión” no sería sino el producto de mis temores. Me recordó una vez más que para usar el humito era necesario llevar una vida fuerte, calmada. En lo personal, yo parecía haber alcanzado un umbral peligroso. Le dije que me sentía incapaz de proseguir; había en los hongos algo verdaderamente aterrador.

Al repasar las imágenes evocadas de mi experiencia alucinógena, yo había llegado a la conclusión inevitable de que había visto el mundo en una forma estructuralmente distinta de la visión ordinaria. En otros estados de realidad no ordinaria que había atravesado, las formas y los diseños que visualizaba se hallaban siempre dentro de los confines de mi concepción visual del mundo. Pero la sensación de ver bajo la influencia de la mezcla alucinógena de fumar no era la misma. Todo lo que veía estaba frente a mí en una línea directa de visión; nada había encima ni abajo de esa línea de visión. Cada imagen tenías una irritante planura y sin embargo, desconcertantemente, una gran profundidad. Acaso sería más exacto decir que las imágenes eran un conglomerado de detalles increíblemente precisos colocados dentro de campos de luz diferente; la luz se movía en los campos, creando un efecto de rotación.

Después de aguijarme y esforzarme por recordar, me hallé obligado a hacer una serie de analogías o símiles para “entender” lo que había “visto”. El rostro de don Juan, por ejemplo, parecía como sumergido en el agua. El agua parecía moverse en un fluir continuo sobre la cara y el cabello. Los amplificaba a tal grado que, cuando yo enfocaba mi visión, podía ver cada poro de la piel o cada cabello de la cabeza. Por otra parte, vi masas de materia planas y llenas de aristas, pero no se movían porque no había fluctuación en la luz proveniente de ellas.

domingo

LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN (78) - CARLOS CASTANEDA


PRIMERA PARTE “LAS ENSEÑANZAS”
(Una forma yaqui de conocimiento)

X (6)

Domingo, 4 de abril, 1965


Hoy di una larga caminata. Ya había oscurecido bastante cuando llegué a la casa de don Juan. Iba pensando en los cuervos cuando de pronto un “pensamiento” muy extraño cruzó por mi mente. Era como una impresión o sentimiento, más que pensamiento. El ave que había hecho el ruido dijo que venían del norte e iban al sur, y cuando nos encontráramos de nuevo vendrían por el mismo camino.

Conté a don Juan lo que había pensado, o quizá recordado. Él dijo:

-No pienses si lo recordastes o lo inventastes. Esos pensamientos pertenecen sólo a los hombres, no a los cuervos, y menos aun a los cuervos que vistes, porque son emisarios de tu destino. Tú ya eres un cuervo. Nunca cambiarás eso. De ahora en adelante, los cuervos te señalarán con su vuelo cada vuelta de tu destino. ¿Hacia dónde volaste con ellos?

-¡No podría saber eso, don Juan!

-Si piensas como se debe, recordarás. Siéntate en el suelo y dime en qué posición estabas cuando las aves volaron a ti. Cierra los ojos y haz una raya en el suelo.

Seguí su indicación y determiné el punto.

-¡No abras todavía los ojos! -prosiguió: -¿Para dónde volaron todos en relación con ese punto?

Hice otra marca en el piso.

Tomando como referencia estos puntos de orientación, don Juan interpretó las diferentes pautas de vuelo que los cuervos observarían para predecir mi futuro personal o destino. Puse los cuatro puntos cardinales como eje del vuelo de los cuervos.

Le pregunté si los cuervos siempre seguían los puntos cardinales para anunciar el destino de un hombre. Dijo que la orientación era sólo mía: lo que los cuervos hicieron en mi primera reunión con ellos tenía importancia crucial. Insistió en que recordara cada detalle, porque el mensaje y la pauta de los “emisarios” eran un asunto individual, personalizado.

Había una cosa más de la cual me instaba a acordarme: la hora en que me dejaron los emisarios. Me pidió pensar en la diferencia de la luz a mi alrededor entre la hora en que “empecé a volar” y la hora en que las aves plateadas “volaron conmigo”. Cuando tuve inicialmente la sensación de vuelo penoso, estaba oscuro. Pero cuando vi a las aves, todo se hallaba rojizo: rojo claro, o tal vez naranja.

-Eso quiere decir que era casi el fin del día -dijo don Juan-: pero todavía no se había metido el sol. Cuando todo está oscuro, un cuervo se ciega de blancura y no de oscuridad, como nosotros de noche. Esta indicación de la hora quiere decir que tus emisarios finales vendrán al fin del día. Te llamarán, y al volar sobre tu cabeza se volverán blancos plateados; los verás brillar contra el cielo y eso querrá decir que llegó tu hora final. Querrá decir que te vas a morir y a volverte cuervo por última vez.

-¿Y si los veo de mañana?

-¡No los verás de mañana!

-Pero los cuervos vuelan todo el día!

-¡Tus emisarios no, tonto!

-¿Y sus emisarios, don Juan?

-Los míos vendrán de mañana. También serán tres. Mi benefactor me dijo que, si uno no quiere morir, puede volverlos negros a gritos. Pero ahora sé que no vale la pena. Mi benefactor era dado a gritar, y a todo el barullo y la violencia de la yerba del diablo. Yo sé que el humito es diferente porque no tiene pasión. Es justo. Cuando tus emisarios plateados lleguen por ti, no hay necesidad de gritarles. Vuela con ellos como ya lo hiciste. Después de haberte recogido darán media vuelta, y los cuatro se irán volando.

LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN (77) - CARLOS CASTANEDA



PRIMERA PARTE “LAS ENSEÑANZAS”
(Una forma yaqui de conocimiento)


Martes, 23 de marzo, 1965

La siguiente conversación tuvo lugar al otro día, después del relato de mi experiencia. Don Juan dijo:

-No se necesita gran cosa para volverse cuervo. Lo hiciste y ahora siempre lo serás.

-¿Qué pasó después de que me volví cuervo, don Juan? ¿Volé durante tres días?

-No; regresaste al caer la noche, como yo te había dicho.

-Pero, ¿cómo regresé?

-Estabas muy cansado y te dormiste. Eso es todo.

-Quiero decir, ¿volé de regreso?

-Ya te dije. Me obedeciste y regresaste a casa. Pero no te preocupes por ese asunto. No tiene importancia.

-¿Qué es importante, entonces?

-En todo el viaje hubo una sola cosa de gran valor: ¡los pájaros plateados!

-¿Qué tenían de especial? Sólo eran pájaros.

-No. Eran cuervos.

-¿Eran cuervos blancos, don Juan?

-Las plumas negras del cuervo son en realidad plateadas. Los cuervos brillan tan fuerte que las demás aves no los molestan.

-¿Por qué parecían plateadas sus plumas?

-Porque estabas viendo como un cuervo. Un ave que nos parece oscura le parece blanca a un cuervo. Las palomas blancas, por ejemplo, son rosas o azuladas para un cuervo; las gaviotas son amarillas. Ahora, trata de recordar cómo te juntaste con ellos.

Pensé en eso, pero los cuervos eran una imagen nebulosa, disociada, sin continuidad. Le dije que sólo podía recordar que sentí haber volado con ellos. Preguntó si me les había unido en el aire o en la tierra, pero yo no tenía modo de responder. Casi se enojó conmigo. Exigió que pensara en eso. Dijo:

-Todo esto vale pura madre, no es sino un sueño de loco, a menos que recuerdes correctamente.

Me esforcé por hacer memoria, pero no pude.


Sábado, 3 de abril, 1965

Hoy pensé en otra imagen de mi “sueño” sobre los cuervos plateados. Recordé haber visto una masa oscura con miradas de agujeros de alfiler. De hecho, la masa era un conglomerado de agujeritos. Ignoro por qué pensé que era blanda. Cuando estaba mirándola, tres aves volaron directamente hacia mí. Una de ellas hizo un ruido; luego las tres se hallaban junto a mí, en la tierra.

Describí la imagen a don Juan. Me preguntó de qué dirección habían venido las aves. Le dije que no me era posible determinarlo. Se impacientó bastante y me acusó de ser rígido en mi pensamiento. Dijo que muy bien podría recordar si trataba de hacerlo, y que en realidad yo tenía miedo de volverme menos rígido. Dijo que yo estaba pensando en términos de hombres y cuervos, y que no era hombre ni cuervo en el momento del que deseaba acordarme.

Me pidió recordar lo que me había dicho el cuervo. Traté de pensar en ello, pero mi mente jugaba con veintenas de cosas ajenas al asunto. No podía concentrarme.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Google+