Mostrando entradas con la etiqueta Daniel Bentacourt. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Daniel Bentacourt. Mostrar todas las entradas

martes

EL VIENTO DE LA DESGRACIA (SIDA + VIDA) - DANIEL BENTANCOURT (45)


1ª edición / Caracol al Galope 1999
1ª edición WEB / elMontevideano Laboratorio de Artes 2018

Edición y prólogo: Hugo Giovanetti Viola

PARTE 3

29

Estuvimos mucho rato contemplando las llamas que consumieron todo, hasta que la lluvia terminó de apagarlas y al verdor de las laderas empezó a distinguirse entre un amanecer repentinamente claro. Al empezar el descenso me di vuelta a observar la cumbre blanca de la montaña, recortada contra el azul brillante con la firmeza y la seguridad que nosotros nunca tuvimos y ya no alcanzaríamos jamás.

Después pensé en mis padres y en mi abuela, esperándome allá abajo. Paulo Enrique, Claudio y Joaquín se arrastraban cargando el mismo silencio culpable de los demás, y era difícil pensar en los muchachitos que fueron o fuimos hasta hace poco tiempo. La verdad era que bajábamos no sólo hacia Montesaltos sino, sobre todo, hacia el horror que no había sido destruido ni descifrado frente al cobertizo de don Agustín. Y hasta las bestias como Gregorio caminaban separados y alertas: todos tenían las escopetas abiertas sobre los hombros, pero las manos rondaban las cartucheras dispuestas a cargarlas en la primera oportunidad. Porque seguramente no podían razonar que al enemigo invisible era ya imposible enfrentarlo con tiros, pero de alguna forma aceptaban que había sido declarada una guerra de todos contra todos y que cualquiera, hasta la más intrascendente e inocua criatura podía cargar, en su sangre o en su simple hálito, aquel soplo de exterminio y envolver a su presa con el poder del Mal. Cualquiera de nosotros. Y en la reposada quietud del domingo, con el sol en la cara y escuchando el chapotear de nuestros pasos sobre la tierra que demoraría horas en endurecerse, pensé también en Miriam. Nosotros, pensé. Tan pobres que somos, tan débiles, distraídos, cobardes y flojos. No nos gusta mirarle la cara a la verdad. Por lo menos ella tiene su Dios, pensé. Y la certeza, que había acosado a Ángel en los últimos días, de que todos tenemos un alma para cuidar. El campanario de la iglesia brillaba como un farol entre las manchas verdes de los árboles, y pudimos oír la voz del cura desde lejos, amplificada por los parlantes de la plaza: “Yo testifico a todo aquel que escucha las palabras de la profecía de este libro: si alguno desoyera estas cosas, Dios traería sobre él las plagas que están narradas aquí”.

Y sin dejar de caminar tanteando los terrones di vuelta la cabeza una vez más y miré la humareda allá en lo alto, elevándose imperturbable en el aire azul de la mañana. Y no sé cómo supe, porque ni yo mismo lo entendí, que aquello era el propio Ángel, descansando por fin en paz. La columna detenida cortaba el cielo radiante del domingo como si no pudiese estar en otro lado y subía hacia un lugar donde quizás vayamos todos, con ese brillo escondido que permanece en nuestros ojos cuando se les apaga la luz.

30

Cualquiera podría haberlos confundido con un cansado grupo de cazadores, pero ellos evitaban mirarse a los ojos y apenas se percibían por el ruido acompasado de las botas, el jadeo de los cuerpos culpables y el olor a sudor, ropa mojada y humo. Y aunque alguno pensara que ahora las cosas seguirían como antes y cada uno podría volver a cargar con su parcela de rutina diaria como si no hubiese pasado nada, todos sabían que ya no serían los mismos.

Hasta que los techos de la ciudad empezaron a humear bajo el sol y escucharon la resonancia metálica, seca, fría y sin piedad de la voz del padre Antonio, multiplicada por los parlantes: “El que da testimonio de estas cosas, dice: ciertamente vengo en breve. Amén: sí, ven, Señor Jesús”.

Los hombres van arrastrando sus botas embarradas y la luz los obliga a entornar los ojos como si no quisieran ver, resbalando sobre el jugo de la aprensión que se derrite en forma de terror de toda desguarnecida carne.

Y la voz sigue llegando desde el valle en su lenta, monolítica, inflexible, inaccesible, inhumana compasión: “La gracia de Nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Amén”.

EL VIENTO DE LA DESGRACIA (SIDA + VIDA) - DANIEL BENTANCOURT (44)


1ª edición / Caracol al Galope 1999
1ª edición WEB / elMontevideano Laboratorio de Artes 2018

Edición y prólogo: Hugo Giovanetti Viola


PARTE 3

28


Diogo llegó cuando las llamas ya habían perdido altura y los hombres continuaban observando las chispas que sobrevolaban los restos del cobertizo. No dijo nada. Caminó lentamente y en silencio hasta detenerse al lado de un montón de repuestos retorcidos y negros: de pronto, aquellos hombres ya no eran los mismos que habían abandonado los camiones y trepado hasta allí con la excitación de una jauría. Ellos, los que jamás debieron haber renunciado al calor de sus camas y a los cuerpos de sus mujeres, eran apenas un bando de figuras mojadas y preguntas sin respuestas, obtusos y asustados. Entonces Diogo divisó los cuerpos de los siete gatos que habían sido baleados por error, duros bajo la lluvia, y se acercó a Paulo Enrique.

-Cómo supieron que venía para aquí -preguntó.

-¿Ye te olvidaste de que nosotros también lo conocíamos? ¿No te das cuenta de que hizo todo lo posible para que lo encontrásemos? -demoró en jadear el otro, bizqueando entre una máscara de tierra y hollín. -Quería que lo encontrásemos.

Y después Diogo lo escuchó contar, sin lástima y odiándolo y hasta disfrutando un poco con su sufrimiento, cómo Ángel pareció haber estado esperándolos y les facilitó lo que ahora podría llamarse legítimamente defensa propia cuando les saltó arriba arañándolos y mordiéndolos hasta que alguien le pegó el primer tiro y él atinó a esconderse de nuevo y ya no tuvieron más remedio que disparar todos y de repente vieron balancearse la estructura de chapas ferrugientas mientras el fuego que había dentro culebreaba formando enormes llamaradas y el cobertizo se derrumbó.

-Y cómo hacemos ahora -preguntó alguien detrás de ellos.

-Vamos a tener que bajar a pie -dijo la voz. -Los camiones no podían esperarnos mucho tiempo.

-Pero no podemos irnos y dejarlo ahí -dijo Claudio, que estaba agachado al lado de Paulo Enrique.

-Y don Agustín -dijo Diogo. -Debe estar ahí adentro, también.

-Sí. Qué hacemos -le tembló la voz a Joaquín.

-Eso tendrían que haberlo pensado antes -dijo Diogo, -Ahora ya es tarde. Lo único que va a quedar es ceniza.

Y se ladeó para observar al hombre con el que se había enfrentado en la carretera: tenía un ojo semicerrado y una línea de sangre brillante cruzándole la cara. Padilla, un poco más lejos, se levantó con dificultad y no era difícil imaginar las marcas de una mordedura en su pierna derecha.

-Ángel tenía una enfermedad contagiosa en la sangre -les dijo entre dientes pero mirándolos con firmeza, como para asegurarse de que lo entendieran bien.

La lluvia volvió a arreciar y de golpe Paulo Enrique se puso a aullar golpeando el barro con los puños cerrados:

-QUERÍA QUE LO ECONTRÁSEMOS. QUERÍA QUE LO ENCONTRÁSEMOS.

lunes

EL VIENTO DE LA DESGRACIA (SIDA + VIDA) - DANIEL BENTANCOURT (43)


1ª edición / Caracol al Galope 1999
1ª edición WEB / elMontevideano Laboratorio de Artes 2018

Edición y prólogo: Hugo Giovanetti Viola

PARTE 3

27

-ÁNGEL -grité por última vez, sabiendo que era inútil. La lluvia había vuelto a amainar, y yo ya estaba terminando de atravesar el bosque de eucaliptos cuando escuché los tiros. Parecían los cohetes que tirábamos siempre a fin de año, en el cumpleaños de la ciudad o en alguna otra celebración especial: duraron mucho rato y aquel maldito viento no me los ocultó, como si él también quisiera confirmar el hecho inevitable como quien cierra un libro o una puerta, da la espalda y se va.

Desde lejos, todavía remontando el flanco opuesto de la colina los pude imaginar, cada uno pegando su tirito, descargando su propio miedo y a la vez empezando a compartir aquel molesto alivio de saber que no existirían culpables individuales y que el arrepentimiento podría ser encubierto entre todos, de manera que si tuvieran que ir al infierno irían todos o ninguno. Y yo sabía también que cada uno cargaría con esa mancha por el resto de su vida, y que la rutina continuaría aparentemente idéntica pero que al encontrarse en la cantina o en algún otro sitio después del trabajo existiría la vergüenza de mirarse, reconocerse y recordar, aunque nunca se dijeran nada.


Despacio, tiritando y dudando al apoyar cada pie sobre el barro, avancé hacia la luz que llegaba desde el cobertizo del viejo Aguirre.

miércoles

EL VIENTO DE LA DESGRACIA (SIDA + VIDA) - DANIEL BENTANCOURT (42)


1ª edición / Caracol al Galope 1999
1ª edición WEB / elMontevideano Laboratorio de Artes 2018

Edición y prólogo: Hugo Giovanetti Viola


PARTE 3

25

-ÁNGEL -volví a gritar. Pero ahora lo sentí correr insultándome y riéndose mientras chocaba contra los arbustos como una pelota, apenas un bulto trastabillante y ciego. Y fue recién allí que comprendí que aquello no era Ángel, sino apenas un resto de agonía arrastrándose y casi sin sufrir y habiendo terminado de perder su forma humana y tal vez imposibilitado de entender nada más, sin saber nada más o sin querer saberlo. Después pensé en seguirlo pero me quedé quieto, agachado, sintiendo el frío nocturno y aceptando que todo era inútil, que el sentido de lo que llamábamos vida hasta ese momento dependía de algo que nos faltaba y que ese agujero se me hacía palpable por primera vez y acaso nunca lograría llenarlo.

Al rato empecé a cruzar el bosque por pura obstinación, como si me empujara su última gota de vida.

26

Había caído una vez más, lastimándose el brazo y el estómago con las raíces de un árbol medio arrancado de la tierra y ahora estaba cansado. Cansado cansado cansado, se dijo. Y esta vez la explosión fue como un viejo recuerdo emergido incontrolablemente y tampoco tuvo tiempo ni fuerza para bajarse los pantalones y dejó que aquello se precipitara aunque el dolor incluso se acentuó con el movimiento de las vísceras, era como un dedo de fuego hurgando en una herida que no podía definir ni situar.

Las abejas estaban extrañamente sosegadas, como si no existiesen. Ellas, las mejores ratas de todas, pensó, ya abandonaron el barco. ¿Pero adónde se fueron? Y trató de palparse las costillas y lo único que alcanzó a manotear fue una superficie dura como metal bajo la tela empapada.

Y de golpe, sintiendo cómo la podredumbre se les deslizaba por los muslos y aunque no podía ver el cobertizo de paredes de lata rodeado por túmulos de repuestos herrumbrados que estaba a pocos metros de él, se volvió a levantar manoteando la lluvia y extendiendo cada pie con cuidado y temblando, como si se pudiera caer definitivamente a cada paso, y avanzó hasta lo que le pareció una luz.

martes

EL VIENTO DE LA DESGRACIA (SIDA + VIDA) - DANIEL BENTANCOURT (40)


1ª edición / Caracol al Galope 1999
1ª edición WEB / elMontevideano Laboratorio de Artes 2018

Edición y prólogo: Hugo Giovanetti Viola


PARTE 3

23

“No te olvides que yo también vine a terminar mis días en Montesaltos” me había dicho la abuela al oído mientras nos despedíamos en la cocina: “Por eso lo supe”. Ahora recordé haberle olido la vejez de la piel agachado sobre su jadeo y entendido oscuramente que aquello era lo que la unía con Ángel y a la vez la asustaba. Ángel, pensé haciendo girar la camioneta en la curva ascendente que iba hacia el cobertizo de don Agustín: aquel hermano de sueños que había llegado al pueblo el sábado pasado y con el que recorrimos tantas veces estas mismas montañas. Ángel, don Octavio, Ester, Cristina, nosotros, todos. Y de repente tuve que meterme en un claro y apagar el motor para poder llorar como un idiota.

Demoré bastante en volver a arrancar y cuando giré hacia la izquierda vi los camiones que subían por la carretera. Me bajé y los frené agitando un brazo. Entonces los vi a los tres, sentados en la caja con los hombres armados.

-Dónde piensan que van -les pregunté, acercándome.

-Diogo -dijo Paulo Enrique, saltando a la carretera y agarrándome un brazo para llevarme aparte. -Tuvimos que venir con ellos. Era la única manera de poder hacer algo.

-Lo único que yo sé es que no tendrían que estar aquí -me lo saqué de arriba de un manotazo.

Los otros dos también se bajaron.

-Tenemos que encontrarlo -dijo Claudio. -No hay otra solución.

-¿Con toda esta gente armada? ¿Pero ustedes están locos? Si ni siquiera estamos seguros de que haya sido él.

-¿Y entonces por qué se escapó? -preguntó alguien desde arriba del camión.

-Buenas tardes, señor Carillo -le dije al hombre que llevaba una escopeta de dos caños entre las piernas. -¿Por qué no vuelve a la farmacia, mejor? Puede haber alguien que precise una aspirina o algo así.

-Nadie quisiera estar aquí, Diogo -dijo Joaquín.

-¿Vinieron obligados, entonces?

De los otros camiones empezó a bajar gente armada.

-¿Qué le pasa? -me preguntó un capataz de obra que trabajaba en las afueras de la ciudad. Tenía la escopeta de dos caños abierta sobre el hombro. -¿Usted sabe algo sobre ese fulano?

-Eso no es un problema suyo, Gregorio.

-Mire: todos sabemos que ustedes tres son amigos de ese fulano, pero no vamos a permitir que nadie nos complique la vida. ¿Entendió? Cada uno de nosotros sabe muy bien lo que tiene que hacer. ¿No es verdad, muchachos?

-Claro -contestó uno.

-Claro -dijeron varios.

-Creo que es mejor que vuelvan para sus casas, señores -dije volviendo a mirar a Carillo y enseguida a los tres. -Este es un trabajo para la policía, no para ustedes. Y además hoy ya hubo bastante desgracia por aquí. No traten de que haya más, por favor.

-Yo creo que usted debe saber más de lo que parece -dijo Gregorio.

-Ya le dije que ese no es un problema suyo.

-Quiere decir que usted está protegiendo al asesino.

-No hay ninguna prueba de que él haya hecho nada.

-Bueno -dijo mirando hacia la caja del cajón. -Pero aunque no haya pruebas nosotros no queremos que vuelvan a repetirse algunas cosas. ¿No es verdad, muchachos?

Y de repente se me acercó hasta que le pude oler el aliento a cigarro y a alcohol mientras inclinaba su cuerpazo y me clavaba el hueco de su mirada clara, indiferente, inmutable:

-¿Qué es lo que quiere: complicar más las cosas?

-No. Quiero que me escuchen.

-El que tiene que escuchar es usted: nadie nos va a apartar un centímetro de lo que vinimos a hacer. ¿Entendió o se lo explico mejor?

Era demasiado grande y demasiado pesado para mí, calculé, con ganas de sacudirle la mandíbula.

-Yo sé lo que está pensando -sonrió, entre curioso y divertido. -Pero no voy a precisar esta escopeta, puede creerme. Así que salga de delante de una vez. No se meta, por favor. ¿Es pedir mucho?

-Ustedes están cometiendo un error -insistí. -¿Qué piensan hacer con él, si llegan a encontrarlo?

-Eso depende él, no de nosotros. Si viene tranquilo, vamos a ir tranquilos. ¿No es verdad, muchachos?

Después vi desfilar los camiones y las camionetas suponiendo inocentemente que no tenían ni la más remota idea de dónde podía estar Ángel. Paulo Enrique, Joaquín y Claudio me miraron de reojo y yo esperé que la caravana terminara de desaparecer en la oscuridad ya casi total y entonces salí de la carretera, pasé al lado de la camioneta de papá y empecé a correr por el bosque justo cuando empezó la lluvia.

EL VIENTO DE LA DESGRACIA (SIDA + VIDA) - DANIEL BENTANCOURT (39)


Edición y prólogo: Hugo Giovanetti Viola

PARTE 3

22       


Pudo orientarse y avanzar con seguridad mientras hubo un resto de luz, pero después le pareció que sólo daba vueltas tropezándose, lastimándose y tiritando en un laberinto que ya no conocía, hasta que se agachó contra el volumen gigantesco de un árbol y ni siquiera logró distinguir con claridad su propia mano levantada. De golpe las abejas parecieron agitarse y concentrársele en el zumbido de la presión arterial que le empozaba los oídos, y al tratar de pararse inútilmente supo que ya no habría mañanas y terminó de convencerse, como si todavía no hubiese comprendido del todo, de que esta vez era el elegido para cargar la cruz.

“Y ahora, puta, dónde estás” se preguntó, sabiendo que Ella no aparecería, porque tal vez se hubiera diluido totalmente en la mancha de su cuerpo maldito, esperando que él diera los últimos pasos y cometiera sus últimos errores. O tal vez no, pensó. Porque ahora debe estar en otra esquina, esperando a algún otro desprevenido, otra alma distraída, que tenga la desgracia de pasar por ahí y sea lo suficientemente débil para no rechazar lo que se le ofrece bajo el disfraz rojo.

Y sin saber por qué pensó en la última mirada que le entregó a su madre y tuvo la sensación de que no había pasado nada y ellos seguían durmiendo, apenas descansando, se dijo, agotados y sin duda soñando porque de aquí a unas horas volveremos a ser los mismos, los que éramos, los que fuimos y los que seremos si este viento de la desgracia no nos sigue azotando los oídos.

Entonces, sin haberlo previsto, el dolor volvió a atenazarle las tripas y esta vez ni siquiera tuvo tiempo de bajarse los pantalones y sintió la masa oscura, flácida y tibia deslizándose entre sus muslos y confirmó que ya no había distancia entre él y la noche, porque ahora estaba hundido en la última estación. “Dios” pensó, agarrándose del tronco para levantarse y correr entre el barro y las piedras sin volver a pensar en ningún dios. Y fue en ese momento que comenzó la lluvia.

miércoles

EL VIENTO DE LA DESGRACIA (SIDA + VIDA) - DANIEL BENTANCOURT (38)


1ª edición / Caracol al Galope 1999
1ª edición WEB / elMontevideano Laboratorio de Artes 2018

Edición y prólogo: Hugo Giovanetti Viola


PARTE 3

21       


-Estas cosas pasan cuando la gente se va a la gran ciudad -dijo papá. -Cuando queremos darnos cuenta de las cosas, a uno se le termina por pudrir el alma.

-No fue el alma lo que se le pudrió -dijo la abuela, desde la lucidez de sus ojos claros. -Fue la carne. Por eso tiene la peste en la punta de los dedos.

La miré sorprendido. Era evidente que ella sabía más de lo que yo nunca sabría.

-Se comenta que estaba enfermo -murmuró mamá.

-Brujerías -chistó la abuela. -Fue una brujería y de las buenas, porque ahora él puede pasarle la peste a todo el que se le acerque.

-¿Y usted cómo sabe eso, abuela?

-Hoy a mediodía, cuando estaba parado esperándote ahí afuera, se le veía el aura negra. La marca de la peste -subrayó, con los ojos enormes y todavía asustados. -Yo se la vi.

-¿Pero de qué peste me está hablando? Si ni siquiera sabemos bien lo que pasó.

-No te olvides que está todo escrito en el viento, Diogo.

Mamá me miraba con una pena que yo no conocía.

-¿Habrán sufrido mucho?

-No, no creo. No había señales de lucha, nada.

-¿Y Ángel? -preguntó papá. -¿Nadie lo volvió a ver?

-No. No apareció más.

-Y nosotros también estamos en peligro -preguntó mamá. -Porque si mató a toda la familia-

-No creo. Lo más seguro es que esté escondido en algún lugar secreto, sintiéndose muy mal -escuché golpear la puerta fiambrera contra el batiente de madera y de repente me cansé de aquel diálogo.

-No te olvides que este Ángel ya no es el mismo que conocías -seguía tratando de contenerse su mano derecha la abuela.

Entonces sonó el teléfono y aproveché para escaparme al living. Era Alzogaray.

-Disculpe la molestia, Diogo. Pero la cosa está complicándose y no sé muy bien cómo actuar: no tengo efectivos suficientes y ni siquiera se me ocurre por dónde empezar a buscar a Ángel. A lo mejor usted puede ayudarme.

-Claro. ¿Pero qué es lo que se está complicando?

-Hay un montón de gente armada frente a la casa. Tendríamos que encontrarlo nosotros primero y mandarlo preso a la capital. O a cualquier otro lado.

-¿Y le parece que lo van a querer tener preso en algún lado cuando sepan lo que él puede hacer con las manos?

-¿Los mató con las manos?

-Podría ser. Por lo menos da la impresión de que los hubiera tocado, nada más.

-¿Y usted no tiene una idea de dónde puede estar? Es su mejor amigo.

-Él conoce muy bien la montaña. Y si quiere esconderse de verdad, va a ser difícil que alguien pueda encontrarlo.

Y de golpe me paré y agregué:

-Yo lo voy a buscar.

-¿Usted solo?

-Sí. Yo conozco bastante bien algunos lugares. Y además tengo que tratar de ayudarlo, aunque sea muy difícil.

Me dijo que quedaba a las órdenes y colgó. Cuando estaba poniéndome las botas con suela de goma llegó Miriam y papá nos dejó solos en el cuarto.

-¿Los viste? -preguntó, temblando contra mí.

-Sí. Y hubiera querido no tener que verlos.

-Yo sabía que ibas a terminar yéndolo a buscar vos.

-Confiá en mí. Sé lo que estoy haciendo.

Le besé el temblor de los labios y la volví a abrazar.

martes

EL VIENTO DE LA DESGRACIA (SIDA + VIDA) - DANIEL BENTANCOURT (37)


Edición y prólogo: Hugo Giovanetti Viola

PARTE 3

20


Después que colgó el tubo del teléfono empezó a correr y ni siquiera tomó la precaución de ponerse las botas o abrigarse. Salió por la cocina, atravesó el jardín, cruzó las últimas calles y corrió a campo abierto como nunca más pensó que podía volver a hacerlo, siempre hacia las alturas, hasta que el corazón empezó a patearlo como un caballo suelto y tuvo que arrodillarse, jadeando. “Y ahora” pensó, “y ahora”. Miró hacia el pueblo, donde todos estaban dedicados simplemente a esperar el sábado de noche, y pensó que poco tiempo después de la reacción provocada por las noticias y los hechos inesperados continuarían cargando con sus vidas como si nada hubiese sucedido. Era necesario tener la posibilidad de olvidar, de perdonarlo todo, de superar hasta lo que es imposible de aceptar y seguir adelante. Pero él no, ya no más. Había llegado al fin y lo sabía. Ya no quedaba nada allá abajo que lo hiciera volver, pero tampoco había nada allá arriba ni en ningún lugar. Sólo el viento, se dijo. Y Ella, la maldita. Y ahora era el momento de jugarse todo porque Ella lo obligaría a usar de nuevo su poder, lo sabía, una y otra y otra vez, y él ahora estaba decidido a resistir aunque ya no importara o aunque ya fuera demasiado tarde.

Cuando decidió pararse, anguloso y quebradizo, se asombró de la resistencia de su cuerpo obstinado en continuar arrastrando sus huesos montaña arriba, aunque resultase imposible saber hasta adónde lo llevaría ni cuál sería el final. Y fue recién entonces que el frío lo hizo darse cuenta de que apenas llevaba puestos una camisa y un leve suéter de lana, y después de unos metros tuvo que volver a apoyarse contra un árbol para recuperar trabajosamente el ritmo de la respiración. El zumbido de las abejas persistía como una cuerda vibrante, expectante y excitada, mientras se sentaba y estiraba las piernas viendo encenderse las primeras luces del pueblo.

Y de golpe recordó la cara de Cristina, la sonrisa que todavía le ofrecía la ilusión de su felicidad dormida. Y la cara de Ester, los lentes sin montura que estaban expuestos sobre la mesa de luz, y aquel olor a talco y a algodón que subía desde las sábanas junto al perpetuo olor a tabaco que exhalaban la ropa y el bigote gris de su padre, y cómo él ni se movió y pasó de sueño a sueño sin que se notara un gesto. Y no era dolor ahora, sino apenas la tristeza de que la despedida no hubiese podido ser diferente, por lo menos.

“Aunque tarde o temprano sea inevitable atravesar eso que nadie espera ni quiere” pensó después. “Lo que nos hace confirmar que venimos sólo para lamentarnos y maldecir y culpar a la vida que nos dio la luz y la sombra. Porque no somos nada más que eso: una pena con pies yendo de un lado al otro sin saber cuándo ni cómo nos libraremos o nos olvidaremos de una vez del dolor”. Entonces contempló la opacidad lechosa derramando sobre las casas ya desdibujadas y se paró y volvió a correr, hasta que la oscuridad de la montaña lo cubrió por completo.

EL VIENTO DE LA DESGRACIA (SIDA + VIDA) - DANIEL BENTANCOURT (36)


1ª edición / Caracol al Galope 1999
1ª edición WEB / elMontevideano Laboratorio de Artes 2018

Edición y prólogo: Hugo Giovanetti Viola


PARTE 3

19


Mi padre me sacudió el hombro cuando estaba en el mejor de los sueños y me dijo que el comisario Alzogaray quería hablar conmigo.

-Díganle que llame más tarde -respondí, dándome vuelta en la cama.

-Es que no me llamó por teléfono. Te está esperando en la cocina.

Me vestí sin saber muy bien lo que estaba poniéndome y sentí necesidad de quedarme en la cama hasta el otro día, aunque recién fueran las cuatro y media de la tarde. Cuando bajé a la cocina Alzogaray dejó la taza de café sobre la mesa y me pidió pata hablar en privado. Volvimos a mi cuarto. Le tuve que pedir que me lo contara todos dos veces, contrayendo machacona y mecánicamente los bigotes aunque sin sonreír, esta vez.

-Cómo lo supieron -balbucié, y de repente sentí como si la dimensión real del viento traspasara los vidrios y me atravesara los huesos.

-Alguien llamó. Creemos que fue el propio Ángel, aunque sobre eso no hay seguridad.

-Los tres -dije.

-Sí. Y están exactamente igual a como quedaron los animales. Lamento traerle estas noticias, pero preciso ayuda -suspiró.

-Claro -me senté, observándome las manos. -Espéreme en el auto que ya salgo, por favor.

Al bajar las escaleras los besé a todos y les dije que después les explicaría lo que estaba pasando, aunque la abuela me miró con las manos arrugadas y manchadas cruzadas sobre el regazo y supe que ella no necesitaba ninguna explicación.

Cuando llegamos a lo de los Muñoz pedí para entrar solo a la casa silenciosa y los encontré a los tres en sus camas, congelados en el último gesto y ellos también como sorprendidos. Y negros, de arriba abajo.

-Y Ángel -le pregunté a Alzogaray, que me esperaba en el corredor junto a dos policías.

-Todavía no pudimos localizarlo -y por un momento me miró con la misma expresión que mi abuela.

Entonces me di vuelta y corrí hasta el único dormitorio que me faltaba inspeccionar. La cama estaba tendida, aunque había dos leves huecos en la frazada y en la almohada. En el ropero encontré toda la ropa de Ángel, incluido el sacón de cuero y el buzo más grueso. La valija y la mochila también estaba sobre el ropero, y al lado de la cama descubrí las botas con suela de goma que usaba para escalar. Y entonces fue como si captara, flotando allí en el cuarto, la última mirada de Ángel hacia todo lo suyo.

-¿Encontró algo? -me preguntó Alzogaray desde la puerta. -¿Nada fuera de lugar o algo así?

-No.

Después salimos a la terraza y me apoyé en el barandal y acepté, completamente erizado, un cigarrillo que me ofreció Alzogaray. Fumamos observando la luz lechosa y las sombras cenicientas del valle, y me pregunté cómo podían haber tantos grises distintos en una misma tarde.

-Qué piensa sobre esto -preguntó él de repente.

-Ángel -sople fuerte el humo.

-¿Qué pasa con Ángel?

-Me temo que fue él. Ahora encaja todo. Todo: el canario, los otros animales -me di vuelta temblando y sin poder aguantar el castañeteo de los dientes. -No me di cuenta que el que volvió a la ciudad no era el Ángel que todos conocíamos. Eso es lo que está pasando, comisario.

-¿Pero cómo lo puede haber hecho? Sigue sin haber ninguna marca en los cuerpos, ninguna herida. Nada. Y lo más importante: ¿por qué? Era su propia familia.

-No sé, Alzogaray, no sé. No tengo más respuestas.

Pero enseguida traté de imaginarme dónde podía estar Ángel ahora, y me volví a erizar.

-Bueno, yo voy a estar en casa, por cualquier cosa que precise -dije, dejando caer el cigarro sobre el jardín.

Cuando salí ya había una docena de curiosos alrededor de Campos, el fotógrafo, que esperaba sentado sobre el capot de uno de los coches policiales. Alzogaray me había ofrecido llevarme, pero preferí bajar caminando. Y a los pocos pasos se me pusieron los tres al lado, inevitablemente.

-Yo me di cuenta que algo no andaba bien desde el día que se tomó aquel café sin azúcar -dijo Paulo Enrique, después que les expliqué todo lo más escuetamente posible. -Yo sabía.

-Ahora va a haber que encontrarlo -murmuró Joaquín.

Y Claudio agregó:

-Sí, Cuanto antes mejor.

-Eso es trabajo para la policía, muchachos les advertí, sin dejar de caminar. -No se metan en esto. Ahora tenemos que preocuparnos por Ángel, pero no para complicarlo más de lo que está. Y esperar a que pase lo que tenga que pasar. Quiero que se mantengan lejos de este asunto, ¿entendieron?

Los dejé conversando allá arriba, excitados. Yo ya tenía una idea bastante clara de lo que podía pasar, por supuesto. Como sabía que las puertas de los fondos empezarían a ser trancadas con más cuidado aquella misma noche y que las viejas escopetas saldrían de sus rincones, esperando para ser utilizadas en la menor oportunidad. El viento me empujaba hacia la plaza, donde todavía no se habían encendido los faroles y lo único que sobresalía era el triángulo oscuro del campanario. Entonces volví a pensar en Ángel y en las razones que hipotéticamente podría tener para explicar aquella locura. Recordé el cuerpito de Cris, negro y retorcido en la cama, y fue como si se me formara un hueco sobre el esternón.

EL VIENTO DE LA DESGRACIA (SIDA + VIDA) - DANIEL BENTANCOURT (34)


1ª edición / Caracol al Galope 1999
1ª edición WEB / elMontevideano Laboratorio de Artes 2018

PARTE 2

17


Alzogaray me llamó por teléfono el sábado a primera hora, mientras tomaba el desayuno.

-Tenemos otro caso. Esta vez fue el caballo de Martínez, a una cuadra del cementerio. ¿Qué le parece?

-Sí, ya no puede decirse que sea casualidad -contesté. -Voy a darme una vuelta por allá y cualquier cosa lo llamo.

-Abrigate bien -dijo la abuela. -Ese viento de la montaña es traicionero.

Pasé por todos los lugares donde habían sido encontrados los animales y llegué a ver el caballo patas arriba, duro y negro como una piedra en el cobertizo de Martínez, y aunque no descubrí ningún indicio extraordinario tuve la clara sensación de que todas aquellas muertes, como pensaba Alzogaray, formaban una especie de camino, una ruta cruzada por un elemento desconocido y exterminador. Volví a casa arrastrando los pies y esperé la hora del almuerzo tirado en la cama, distraído con el reflejo de la luz gris y tratando de pensar. Estaba medio dormido cuando me llamó Ángel para convidarme a almorzar en la cantina. No tuve más remedio que aceptar.

-¿Puedo invitar a Miriam? -atiné a preguntarle.

-Pero sin sorpresas, esta vez.

-Quedate tranquilo.

-Paso a buscarte a eso de las doce y media, más o menos.

Cuando me avisaron que había llegado bajé y lo vi muy abrigado, las manos en los bolsillos del sacón, del otro lado de la puerta fiambrera.

-¿Por qué no entraste?

-No quiso entrar -dijo la abuela, y levantó el dedo con unos ojos demasiado saltones.

-No quiero molestar -dijo Ángel, sin moverse.

-¿Se siente bien , abuela?

-Sí, sí, sí. Pero cuidado ahí afuera, con el viento-

-Estoy bien abrigado, no se preocupe.

Bajamos casi sin hablar, observando los pájaros negros que parecían buitres planeando alrededor del campanario de la iglesia y recién tomando un Campari con naranja en la cantina Ángel me preguntó qué era lo que me preocupaba. Le conté lo de los animales y él dijo:

-Sí, escuchá algo. Una fiebre aftosa, a lo mejor.

-No, no sabemos qué es. Ahí está el verdadero problema.

-Vamos -sonrió. -¿Te vas a amargar por tres gallinas locas?

-Fueron seis gallinas, tres perros, tres cabras, una vaca y un caballo. Y además no te olvides de tu canario.

-¿Y qué tiene que ver mi canario con esto?

-Murió de lo mismo, en la misma zona y al mismo tiempo. Pero lo que más me preocupa no es tanto lo que pasó como lo que puede seguir pasando.

-La vida es imprevisible, Diogo. ¿Ya te olvidaste? Aunque leamos horóscopos y corramos atrás de los astrólogos o las gitanas. Cuanto más nos parece que sabemos más nos quedamos en la oscuridad.

Lo miré con atención.

-Pará un poco: ¿de qué estamos hablando, al final?

Lo agarré desprevenido. Empezó a pasarse el cenicero de vidrio de una mano a otra, evitando mirarme.

-Bueno -recortó de repente el perfil contra la luz de la plaza. -Es que atrás de cualquier asunto está la muerte, Diogo. Y el verdadero problema es saber lo que queda después que todo termina, lo que viene después del fin.

-Después del fin no hay nada.

-¿Cómo podemos saberlo? ¿Cómo podemos tener tanta seguridad? Nos reímos de esas cosas desde que éramos chiquilines, desde siempre. Y ahora me da por pensar que es como si hubiésemos perdido algo, un espacio que no vimos o que o supimos que cargábamos.

-¿Qué cargábamos adónde, Ángel? ¿De qué me estás hablando?

En ese momento llegó Miriam. Se había puesto una boina que le quedaba muy linda y me olvidé de todo con sólo mirarla.

-¿De qué estaban hablando, que parecían tan animados?

-Ángel está preocupado por las almas.

-¿Almas? ¿Qué almas?

-La mía -dijo Ángel. -La tuya. Y la de Diogo, aunque él crea que no la tiene ni le importa tenerla.

-Almas -dije yo. -Hum.

-Y por qué te preocupa ese asunto -le preguntó Miriam, inclinándose para mirarlo con atención.

-La pregunta correcta no es esa, sino: ¿qué es lo que hay que hacer para comprobar que el alma existe?

-Claro que existe. Eso es tan obvio que ni merece respuesta. No precisamos comprobarlo. Pero lo que querés saber me parece que es otra cosa, ¿no es cierto?

-¿Qué otra cosa? -dije yo.

Se miraban.

-Sí -suspiró Ángel. -Es otra cosa.

-Me parece que lo que te preocupa es cómo cuidarla, ¿no? Y no entiendo bien por qué. Si ni siquiera creés en Dios.

-No, no creo. Para vos debe ser diferente, me imagino.

-Bueno, todo creyente tiene que preocuparse por el estado de su alma. Eso es lo más importante.

-¿Y nosotros, los que no creemos? ¿Qué derecho tenemos a-?

-Los que creen que no creen pueden empezar a creer en cualquier momento. Alcanza con que se den cuenta de lo que les falta, nada más. Y esos son los que deberían tener más cuidado que nadie.

A mí ya no me gustaba nada la conversación, ni esa Miriam que ya no era mi Miriam sino la que iba a los cursos de la sacristía con la Biblia abajo del brazo. Por eso sugerí que pidiéramos el almuerzo y enseguida empezamos a contar viejos chistes, recordamos anécdotas del pasado y nos preguntamos por gente que hacía tiempo que no veíamos, quién se había ido a la ciudad y quién no. De repente Ángel me preguntó la hora y cuando le contesté que ya eran las dos se levantó para ir al baño.

-¿Qué le pasa a este muchacho? -se llevó la servilleta a la boca Miriam. -¿Orina con horario?

Mujeres, pensé.

-Yo te aseguro que ese muchacho no está bien, Diogo. Le cambió algo en la cara.

-Tendrías que formar un club con mi abuela. A ella también le gusta inventar esas cosas.

Nos despedimos de Ángel en la plaza y después acompañé a Miriam y subí hasta casa extrañando el veranillo. Por lo menos es sábado, pensé caminando pesado y satisfecho entre aquel viento helado, como quien puede dormir toda la tarde.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Google+