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jueves

OSHO / MÁS ALLÁ DE LA PSICOLOGÍA - CHARLAS DADAS EN URUGUAY (PUNTA DEL ESTE)


Capítulo 44
La Alerta es la Mejor de las Magias

Amado Osho,
Cuando voy a dormir por la noche, me siento arrastrado por unos sueños tan increíblemente surrealistas que me despierto por la mañana sorprendido de seguir en la misma cama.
Osho, ¿hay una forma de canalizar esta energía fenomenal que va a los sueños nocturnos hacia el estado de alerta y vigilancia?

El fenómeno del sueño y el de la alerta son dos cosas totalmente diferente. Intenta hacer una cosa: cada noche, cuando te vayas a dormir, mientras estés medio despierto y medio dormido y vayas entran­do más profundamente en el sueño, repítete: «Recordaré que se trata de un sueno.»

Sigue repitiéndolo hasta dormirte. Te llevará varios días pero un día te quedarás sorprendido: una vez que esta idea se hunda profundamente en el inconsciente, puedes observar los sueños como sueños. Entonces no te enganchan de ninguna forma. Entonces poco a poco, a medida que tu alerta se agudice, los sueños irán desapareciendo. Son muy tímidos; no quieren ser observados.

Sólo existen en la oscuridad del inconsciente. Cuando la observa­ción y la alerta les aportan luz, comienzan a desaparecer. Por eso si con­tinúas haciendo este ejercicio te librarás de los sueños. Y te llevarás una sorpresa.

Librarse de los sueños tiene muchas implicaciones. Si los sueños desaparecen, entonces durante el día el parloteo mental será menor de lo que solía ser. En segundo lugar, estarás más en el momento: ni en el pasado, ni el futuro. En tercer lugar, tu intensidad, la totalidad de tu acción aumentara.

El sueño es una enfermedad.

Es necesario porque el hombre está enfermo. Pero si puedes abandonar los sueños completamente alcanzarás un nuevo tipo de salud, una nueva visión, y parte de tu mente inconsciente se hará consciente. Entonces tendrás una individualidad más marcada. Hagas lo que hagas, no te arrepentirás de ello porque lo habrás hecho con tanta consciencia que el arrepentimiento será irrelevante.

La alerta es la mayor de las magias que uno puede aprender, por­que puede comenzar la transformación de todo tu ser. Sólo a través de la alerta ocurre la resurrección..., renaces.

Amado Osho,                                                          
¿Por qué es tan difícil para algunos de nosotros ser hipnotizados? ¿Es porque no confiamos en la persona que nos hipnotiza, o porque no somos tan receptivos como los que entran fácilmente en la hipnosis?

Existen varias razones posibles. La más importante es que si el coeficiente intelectual de la persona es muy bajo, no podrá com­prender qué es la hipnosis y lo que se supone que tiene que hacer. Los idiotas no pueden ser hipnotizados. Es algo que se debe recordar, se puede hipnotizar a los animales pero no a los idiotas. Los animales pue­den no tener el mismo tipo de inteligencia que nosotros, pero no son idiotas.

Idiota es aquel cuya mente no ha crecido en absoluto, su mente es cero. No puede entender lo que se le dice, dónde le va a llevar y por qué debería hacerlo. La conversación inteligente es imposible. El idiota parece un hombre, pero por dentro está muy por detrás incluso de los animales.      

Primero, el idiota no puede ser hipnotizado. Segundo, el hombre que sospecha siempre de todo, que tiene una sospecha intrínseca, no puede ser hipnotizado. Su sospecha no le permitirá dejarse ir con el hip­notizador. Tercero, la gente que se cree intelectual, la gente que está llena de conocimientos prestados pero no tiene ninguna inteligencia propia, no puede ser hipnotizada porque cree que los intelectuales no pueden ser hipnotizados; y ellos son grandes intelectuales. Finalmente y básicamente, no se puede hipnotizar a la persona que no puede confiar. Es necesaria una confianza total porque vas a entrar en una oscuridad completa, en lo desconocido; no conoces las intenciones del hipnotizador y no sabes qué puede mandarte hacer mientras estés hipnotizado.

En una ocasión yo estaba en Bombay, en casa de una familia muy rica y me insistieron: «Siempre estás trabajando, enfrascado con la gente en reuniones, comités y demás...; tómate la tarde libre. Vamos a invitar a un gran hipnotizador que nos mostrará algunos trucos hipnóti­cos; te gustará.»

Me quedé pero no por diversión, sino para ver qué tipo de persona era el hipnotizador. En la misma casa tenían un pequeño auditorio.

 Habían invitado a sus amigos ricos: estaban presentes al menos doscientas personas. Y el hipnotizador pidió cinco personas: «Cualquiera puede venir.»

Se ofrecieron cinco personas. Les hipnotizó y les dijo: «Delante de vosotros hay una vacas, comenzad a ordeñarlas.» Inmediatamente se sentaron al estilo indio y comenzaron a ordeñar las vacas. No había vacas, la gente se reía y disfrutaba, pero las personas hipnotizadas no podían oír a nadie. Se hicieron cosas de este tipo.

Después del espectáculo me lo presentaron. Le dije: «Tienes que dejar estas tonterías. Al hipnotismo se le condena por la gente como tú. Ahora las personas que han visto como ponías en ridículo a los hipnoti­zados nunca se dejarán hipnotizar. Han perdido la confianza. Haces que la gente sea objeto de risa. No estás haciendo ningún servicio a la cien­cia de la hipnosis, eres su enemigo. Encuentra algún otro trabajo. No puedes ver la obviedad de que doscientas personas te están viendo ridi­culizar a cinco personas. Ahora estas personas llevarán esa idea en su mente.»

Todos los intelectuales del mundo tienen la idea de que a los inte­lectuales no se les puede hipnotizar. Pero la verdadera razón es que no confían. La confianza requiere un hombre de corazón, de sentimientos, no de pensamientos. Y toda esta gente que utiliza la hipnosis como un pasatiempo deberían ser detenidos por ley; es un delito. Están echando a perder una ciencia tremendamente valiosa.

Sólo se le debería permitir hacerlo a un maestro, e incluso en tal caso sólo debería hipnotizar a sus propios discípulos. Y no para burlar­se de todos ellos, sino para aumentar la consciencia de los discípulos, para aumentar su inteligencia y enmendar sus hábitos erróneos, para hacer que estén más integrados, más consolidados, para darles más cora­je y vigor.

Y cuando otros estudiantes, otros discípulos vean que el hipnotis­mo puede ser una bendición -la persona que tenía tantos miedos los pierde, incluso el miedo a la muerte; la persona que siempre se sentía desgraciada ha cambiado y ahora siempre está alegre-, se creará más confianza, cada vez más gente estará dispuesta a dejarse hipnotizar. Esa disposición, esa confianza, esa receptividad están ausentes porque el hipnotismo ha sido mal utilizado durante siglos.

Gente como los magos, los artistas de variedades o los animadores -el tipo de personas equivocado- han hecho que se condene la hipnosis.

Pero puede convertirse en una gran bendición para la humanidad. Necesitas confianza, necesitas receptividad, necesitas inteligencia para entrar en ello. Y todas esas cualidades se fortalecerán cuando alcances nuevas dimensiones, nuevos talentos, un nuevo ingenio. Y entonces se­rás aún más capaz de entrar en la hipnosis.

Y pronto la gente que haya sido hipnotizada por un maestro amo­roso y compasivo que no puede hacerte daño, que no puede ni imaginar herirte...; a las pocas sesiones de ser hipnotizado, él te propondrá una nueva fase: la auto-hipnosis.

En estados profundos de hipnosis te dirá: «Ahora eres capaz de hipnotizarte a ti mismo; no me necesitas, no necesitas a nadie.» El maes­tro no utilizará la hipnosis para crear una esclavitud espiritual. La utili­zará para darte más libertad espiritual de la que has tenido nunca. Y el día que te puedas hipnotizar a ti mismo será un gran día; habrás conse­guido algo valioso.

A continuación, con la hipnosis, podrás hacer milagros sobre ti mismo. Podrás cambiar cosas que siempre has intentado cambiar, pero cuanto más lo intentabas, más difícil te resultaba.

En Calcuta solía quedarme en casa de un anciano, Sonalal. Era famoso en toda India por ser un gran jugador. Nunca pagó ni un cénti­mo al Gobierno en impuestos porque no llevaba libros contables. Yo estaba sorprendido de cómo llevaba su negocio -se jugaba ganancias millonarias- y de cómo llevaba las cuentas. Y cuando me quedé en su casa, se lo comenté. Me llevó a su baño; todos sus libros estaban espar­cidos por allí, sobre las paredes.

Ningún inspector de hacienda podría concebir que llevara tantas cuentas de distintos países, de distinta gente, en las paredes del baño. Todo tipo de datos: dónde, en qué banco, qué número, números de teléfono... de todo. Me dijo: «Este es mi departamento de contabilidad.»

En su baño tenía seis teléfonos. Estaba continuamente al teléfono... siempre tenía un teléfono en cada mano. No era nada fácil hablar con él, era muy difícil.

Me dijo que pertenecía a cierta religión que valoraba el celibato como la cumbre de la espiritualidad. Había tomado el voto de castidad en tres ocasiones. El hombre que estaba conmigo se quedó muy impre­sionado. Cuando Sonalal entró en casa a hacer algo me dijo: «Es un gran hombre, ¡tres veces!»

Yo le dije: «Eres idiota. Cuando dice que tomó el voto de celibato tres veces, significa que la cuarta vez ya no lo tomó. Comprendió que era imposible.»                               

Él dijo: «Pero... no lo había pensado. Sólo he pensado: "¡Tres veces!"»

Sonalal volvió y yo le pregunté: «¿Qué pasó la cuarta vez?»

Él dijo: «No pude reunir el coraje suficiente, porque ya había fra­casado tres veces y cada vez sentía más vergüenza de mí mismo y me sen­tía más culpable. Y ya soy viejo.» En aquel momento tenía setenta años. «En primer lugar hay que ponerse de pie en medio de la congregación y tomar el voto del celibato; la gente se ríe, ven a un anciano de setenta años...; y además hacerlo por cuarta vez.»

Yo dije: «No hace falta. Tu religión y tus líderes religiosos lo igno­ran pero se puede ser célibe sin represión, y en tu situación actual yo no diría que es ningún crimen; pero tiene que hacerse a través de la autohipnosis. No hace falta tomar ningún voto.»

Estaba muy emocionado. Dijo: «Haz lo que sea...; pero quiero ser célibe antes de morir, porque es la única cosa en mi vida en la que he fracasado. Nunca he fracasado en nada.»

Había dado millones de dólares al movimiento de liberación. Por eso todos sus líderes que después se convirtieron en primeros ministros, presidentes y ministros del gabinete le consideraban como una figura paterna.

El pandit Jawaharlal Nehru, que fue primer ministro, le dijo: «Estaba bien no pagar impuestos al Gobierno británico, pero ahora es tu propio Gobierno.»

Y él respondió: «Recuerda, a mí no me importa qué Gobierno sea. Puedo hacer donaciones por el doble del importe que piensas que debe­ría pagar en impuestos, pero ¿pagar impuestos? Eso no puedo hacerlo. Y no podéis atraparme porque no llevo ningún libro. Aparte de mí mismo, nadie sabe cuánto dinero tengo, cuánto tengo invertido, dónde está invertido, cómo está invertido. Ni siquiera tengo secretario. No me pidas nunca un impuesto.

»Siempre me puedes pedir una donación. Si tu Gobierno necesita una donación, estoy dispuesto a darla. De la misma forma que os las daba cuando estabais luchando por la libertad, os las puedo dar ahora, cuando vuestro Gobierno lo necesite.» Y nunca pagó ningún impuesto, ni siquiera al Gobierno indio independiente.

Dijo: «Tengo mis propios principios. No soy el sirviente de nadie. Pero con respecto al celibato, tengo una herida en mí. He fracasado tres veces. Y no quiero morirme siendo un fracasado en nada.» Era un hom­bre de un coraje especial. He visto todo tipo de gente, pero ningún  hombre con tanto coraje.

Cuando le conocí por primera vez, en Jabalpur -su ciudad natal-, había venido a escucharme; vino, me tocó los pies y me dio diez mil rupias. Yo le dije: «No necesito dinero porque viajo solo y mis amigos se encargan de mis gastos, viajes, alimento y acomodación. No las ne­cesito.»

Le brotaron lágrimas de los ojos y dijo: «No te niegues. No me hie­ras porque soy un hombre pobre. No tengo nada que darte, sólo dine­ro. No podrías encontrar a un hombre más pobre que yo; sólo tengo dinero y nada más. Cuando alguien se niega a recibir dinero, se está negando a mí, porque no tengo nada más. No te niegues. Si quieres tirar­lo, puedes hacerlo; una vez que te lo he dado ya no me preocupa.»

Di aquel dinero a la institución que organizaba mis conferencias en Jaipur, y desde aquel día -ya era muy anciano- se mostró muy amis­toso conmigo y me dijo: «Tengo casas en todas las grandes ciudades de India. Vayas donde vayas, puedes quedarte en mi casa. Simplemente infórmame y estaré allí.»

Tenía mansiones preciosas en todas partes: Bombay, Hyderabad, Madrás, Simla, Calcuta. Me dijo: «Ya he ganado suficiente dinero, lo único que me agobia es el tema del celibato.»

Yo le dije: «Ese es un asunto muy simple. A tu edad es perfecta­mente adecuado.» Le hipnoticé dos o tres veces mientras estaba con él. Y después le di una sugestión posthipnótica: ahora serás capaz de hip­notizarte a ti mismo.

Una vez que se da la sugestión posthipnótica, la persona es capaz de hipnotizarse a sí misma. Se puede usar cualquier estrategia: cuentas de uno a siete, o de uno a diez, y te dices: «Volveré en diez minutos»; nunca te olvides de darte esa orden porque no habrá nadie para despertarte. No morirás, pero puedes pasar tanto tiempo hipnotizado como el que estarías dormido: de seis a ocho horas. Si dispones de tiempo no hace falta que te digas nada, porque el sueño hipnótico tiene una belleza diferente: es tan suave, tan silencioso; es como si ya no fueras. Y de repente, vuelves.

Yo le dije: «Antes de entrar en la hipnosis, repite tres veces: "Quiero permanecer célibe", eso será suficiente.»

A los seis meses volví a encontrarme con él en Madrás y le pregun­té: «¿Qué tal tu celibato?»

Él dijo: «Esto es una maravilla. Sin voto, sin tener que ir a un direc­tor espiritual, sin confesarme, simplemente ha desaparecido. Me pre­gunto por qué el sexo me dominaba de tal manera. Ya ni lo recuerdo.»

Te sorprenderá saber que incluso se pueden hacer operaciones bajo hipnosis; se pueden hacer grandes y peligrosas operaciones sin anes­tesia.

Es una ciencia inexplorada, condenada innecesariamente porque unos pocos idiotas han hecho de ella un entretenimiento.

Para empezar, la base fundamental es la confianza. Incluso puedes empezar por la autohipnosis, pero el problema es que no confías en ti mismo; no hay otro problema, no es necesario que ninguna otra perso­na te hipnotice. Puedes hipnotizarte a ti mismo.

Pero ese es el problema: nadie confía en sí mismo.

Te conoces a ti mismo, sabes lo falso que eres, sabes lo artero que eres, sabes que dices cosas que en realidad no quieres decir. Sabes que de­cides levantarte temprano por la mañana e incluso en ese momento, mientras lo estás decidiendo, sabes perfectamente que no va a suceder.

Por eso no puedes confiar en ti mismo. Hace falta otra persona, alguien en quien puedas confiar y ponerte en sus manos sin ningún miedo. Y la persona que te hipnotiza, si realmente te quiere, querrá que pases a la autohipnosis lo antes posible, porque entonces serás total­mente libre. Entonces podrás hacer con la hipnosis lo que desees.

Si quieres dejar de fumar podrás hacerlo fácilmente. Si deseas cam­biar en ti cualquier hábito y te parece imposible, puedes intentarlo: no hay nada imposible. Muchas veces has decidido cambiar esto o aquello, pero siempre has fracasado porque la decisión se hace en el consciente y la acción proviene del inconsciente; no hay punto de encuentro.

El inconsciente nunca oye ninguna decisión del consciente y el consciente no puede controlar el inconsciente; es tan vasto.

El secreto de la hipnosis es que te lleva al inconsciente, entonces puedes poner en él la semilla de cualquier cosa, y crecerá, florecerá. El florecimiento ocurrirá en el consciente; pero las raíces estarán en el inconsciente.

En lo que a mí respecta, la hipnosis va a ser uno de los componen­tes más importantes de la escuela de misterios. Es un método tan simple que sólo requiere un poco de confianza, un poco de inocencia, y puede producir cambios maravillosos en tu vida; y no sólo en las cosas ordinarias. Poco a poco puede convertirse en tu camino de meditación.

Meditas pero no tienes éxito. No consigues observar; te pierdes en tus pensamientos, te olvidas de observar. A continuación, recuerdas: «iba a observar, pero ya estoy pensando.» La hipnosis puede ayudarte; puede separar el observador de los pensamientos.

No creo que haya nada más importante que la hipnosis para el cre­cimiento espiritual.

Amado Osho,
A medida que has ido anunciando cada nueva fase de tu trabajo, me he sentido muy animado y me he dicho a mí mismo: «¡Genial! Ahora realmente vamos a empezar el trabajo.» Y a su vez, cada fase ha sido más sorprendente que la anterior.
Ahora hablas de una escuela de misterios. Mi mente grita: «Eso suena esotérico y Osho siempre insiste en que la verdad no es esotérica, sino absolutamente pragmática, un secreto abierto.» Eso es lo que dice mi mente.
Sin embargo, aunque cambien las cosas, cuenta conmigo. Voy a hacer todo el recorrido contigo.
Además, la escuela de misterios ya ha empezado, ¿no es así?

Ya ha empezado. Y la verdad es ambas cosas: es pragmática y es eso­térica.

He resaltado que es pragmática, porque en esas fases no quería que mi gente hiciera ningún trabajo esotérico. La base adecuada es el traba­jo pragmático. Sin esa base, el trabajo esotérico sólo es un sueño. Por eso hablaba continuamente en contra del trabajo esotérico.

Soy una persona muy matemática, en el sentido de que cuando se están poniendo los cimientos, no se debe hablar del templo que se va a construir sobre ellos, de cómo va a ser, qué tipo de arquitectura... por­que todo eso alterará el trabajo en los cimientos. He querido que sólo os ocuparais de los cimientos para que más adelante nos podamos olvidar de ellos y empecemos a construir el templo.

La verdad es un misterio y sólo puede ser descubierta en una escue­la de misterios. Y esta fase será la más valiosa. Todo lo que hemos hecho anteriormente era una preparación. La escuela de misterios va a llevar a cabo la labor de purificación, y el resultado será la perfección.

Por eso la gente que sólo me juzga a nivel intelectual encuentra con­tradicciones en mí. Pero los que tienen una visión más comprensiva de la vida no encontrarán ninguna contradicción. Yo he negado el trabajo esotérico sabiendo perfectamente que un día tendría que introduciros a él. Pero todo a su tiempo, no antes; si no se puede crear confusión. Y si se os introduce al trabajo esotérico sin ninguna base, no trabajaríais la base porque no es interesante. El trabajo esotérico es realmente intere­sante, pero no quiero que construyáis un templo sin cimientos. Ya ha ocurrido muchas veces; entonces el templo se cae y destruye a los que lo estaban construyendo.

La palabra «esotérico» simplemente significa que no puedes expre­sarlo objetivamente, científicamente. Es algo interno, algo subjetivo, algo tan misterioso, tan milagroso que puedes experimentarlo pero no explicarlo. Puedes tenerlo, pero aún así no puedes explicarlo. Sigue estando más allá de la explicación. Y es bueno que haya algo en la vida que no pueda ser puesto en palabras, que no puedas hacer descender al mundo objetivo... algo que siempre sigue estando más allá. Puedes hacerte uno con ello: ese será el trabajo de la escuela.

Yo he sido espontáneo en mi trabajo, pero así son los misterios de
la vida, la existencia misma se encarga de todo. Yo se lo he dejado a la existencia: «Haré lo que quieras que haga.» No soy el que hace; sólo soy un pasaje para que la existencia llegue a la gente. Por eso nunca he pla­neado, pero la existencia funciona de una manera muy planificada. Todas las fases por las que hemos pasado eran necesarias, y ahora esta­mos listos para entrar en la última fase: el último éxtasis.

El éxtasis no puede ser pragmático. El amor no puede ser pragmático. La confianza no puede ser pragmática. Todo lo valioso es esotérico.

Amado Osho,
En el discurso de ayer por la noche, al escucharte, entré en un esta­do eh el que Tus palabras eran sonidos, Tu voz era música, y en los espacios entre Tus palabras, me sentía elevarme al cielo. Al principio pensé que me quedaría dormido, pero acabó no siendo así.
¿Por favor, me ayudarías a entenderlo?

Os he contado la historia del místico sufí del que se pensaba que era un poco excéntrico. Hasta sus discípulos tenían miedo de que creara situaciones embarazosas.

En una ocasión ocurrió que... Estaba yendo hacia la mezquita a dar un discurso religioso y se sentó en su burro de tal manera que hizo reír a toda la ciudad; los discípulos se sentían avergonzados. Su cara no mira­ba en la dirección en que se movía el burro; se sentó de espaldas a la mezquita hacia donde se dirigía el burro y mirando hacia los estudiantes que iban detrás de él.     

Naturalmente la gente salió de las tiendas, de sus casas, y riéndose, decían: «Este hombre está realmente loco. Es muy extraño que algunos piensen que es un maestro. Mira que tonterías está haciendo. ¿Es esa la forma de sentarse encima de un burro?»

Todos los estudiantes se sentían muy mal: ir con el maestro a cual­quier lugar era un problema. Cuando llegaron a la mezquita los estudiantes preguntaron: «Antes de entrar necesitamos una explicación: ¿Por qué has hecho esto?»

Él dijo: «Lo he pensado repetidamente, he meditado sobre ello. Si me sentara tal como la gente se sienta sobre sus animales entonces os daría la espalda, y eso sería insultaros; no sería respetuoso con vosotros.»

Un estudiante dijo: «Entonces deberías haberlo dicho. Podríamos haber ido delante de ti.»

Él respondió: «Eso habría sido insultante para mí. ¿Vuestras espal­das hacia mí? Eso habría sido aún peor. Por eso finalmente he pensado que lo mejor sería sentarme dándoos la cara y que vosotros me siguierais. No hay ninguna escritura religiosa que diga que tienes que sentar­te en el burro de una manera o de otra. No es algo irreligioso. No hay ningún libro sobre buenas maneras que diga cómo sentarse en el burro.

«Es nuestro burro y nadie tiene derecho a sentirse molesto por ello. He encontrado una forma de trasladarme que es absolutamente correc­ta: estoy de cara a vosotros, vosotros también estáis de cara a mí; nadie está siendo irrespetuoso hacia nadie. ¿Cuál es el problema?»

Este maestro se quedaba en casa de uno de sus devotos que se sen­tía muy preocupado de que pudiera hacer algo... «Seguro que monta una escena y reúne a todo el vecindario. Menos mal que ha llegado de noche. Deberíamos ponerlo en el sótano y encerrarlo para que no haya ningún problema -al menos de noche-, para que podamos dormir en silencio y el vecindario también.»

Pero entrada la noche oyeron una risa estentórea que procedía del tejado. Dijeron: «Dios mío, ¿cómo se las ha arreglado para subir al te­jado?»

Fueron corriendo, le encontraron riéndose y dando vueltas, y dijo: «Es una experiencia tan genial. Habéis hecho muy bien de ponerme en el sótano, de otro modo me lo habría perdido.»         

Dijeron: «Por favor, dinos qué ha sucedido.»            

Él dijo: «Empecé a caerme hacia arriba. Y gracias al tejado; de algu­na manera he podido agarrarme al tejado, si no es por él ni me habríais encontrado. Me caía hacia arriba tan rápido. Había oído que las cosas sólo se caen hacía abajo; ésta es una nueva experiencia, la de caerse hacia arriba.»
                                                                                                         
Se acercó todo el vecindario; venían con sus lámparas y empezaron a preguntar: «¿Qué ha pasado?» La gente de la casa no podía explicárselo.
                                                                                                         
El maestro dijo: «No os preocupéis, yo os lo explicaré; esta gente no puede explicarlo. Empecé a caerme hacia arriba.»

Todos se pusieron a reírse y dijeron: «Le hemos dicho muchas veces a este vecino: "No te mezcles con ese loco. Puede montarte cualquier escena y acabarás pareciendo un estúpido."»

Esta es una famosa máxima sufí, que uno se puede caer hacia arri­ba. El estado por el que preguntas, en el que mis palabras se convirtie­ron en sonido y mi voz en música, y en los silencios entre palabras sen­tías que te elevabas, eso es a lo que los sufíes llaman caerse hacia arriba. La historia es simbólica -nadie se puede caer del sótano al teja­do-, pero dice mucho.
                                                                                                         
Simplemente observa cómo te sientes: mis palabras se convierten en sonido. El sonido es la fuente. El sonido no tiene significado; cuando a un sonido se le da significado entonces se convierte en una palabra. Las palabras son secundarias; el origen es el sonido.

Por eso he criticado la historia bíblica de que al principio fue la palabra. Eso es imposible, la palabra no puede ser el principio. Para ser palabra tiene que tener un significado. ¿Quién le dio ese significado? No había nadie más.
                                                                                                         
En Oriente son mucho más profundos. Cada una de las antiguas escrituras hindúes empieza con un om. Es un sonido, no una palabra. Om no significa nada. Habría sido mejor decir: «En el principio fue el sonido.»

Dices: «Entonces tu voz se convirtió en música.» Eso significa que estás escuchando totalmente, tan totalmente que ni siquiera piensas en lo que se está diciendo. Naturalmente el significado desaparecerá, las palabras se convertirán en sonido. Y si el significado desaparece, la voz se convertirá en música. Y en los silencios entre la voz y la música, en esos espacios silenciosos, sientes que te elevas.

En Oriente tenemos, y la ciencia lo tendrá que aceptar antes o des­pués, un concepto opuesto a la gravitación. Se llama levitación: de la misma forma que las cosas se caen hacia abajo, también se pueden elevar. La gravitación es el camino descendente; la levitación es el camino ascen­dente. En el silencio total ya no estás confinado en tu cuerpo. Tu cuerpo está bajo el impacto de la gravitación; no puede caer hacia arriba.

Pero no eres el cuerpo, eres pura consciencia. De hecho, es un mila­gro que estés en un cuerpo. Permaneces vinculado con la tierra porque la gravitación afecta a tu cuerpo. Pero en el silencio absoluto, de repente todo apego al cuerpo desaparece y el apego a la mente también desapa­rece, porque ahora las palabras se han convertido en sonido. La mente no puede concebirlo. La voz se ha convertido en música. La mente no puede descifrarlo, y como la mente está en un estado que no puede controlar, sus conexiones con el cuerpo se aflojan.

La conexión con el cuerpo se hace a través de la mente, y en esa flo­jera puedes sentir como si flotaras hacia arriba. Pero tu cuerpo sigue apoyado en el suelo; por eso, si abres los ojos, te sentirás confuso. Lo que has experimentado no es imaginario; es tan verdad como la gravita­ción, sólo que es invisible. Puedes sentirlo, pero no puedes verlo. No le tengas miedo. Deja que ocurra cada vez más. De repente un día te darás cuenta de que estás más cerca de las estrellas que de la Tierra.

Se puede hacer lo mismo a través de la hipnosis. Si una persona está profundamente hipnotizada, eso significa que ha sido hipnotizada muchas veces y se ha vuelto muy confiada... Y hay formas de ver si la persona ha llegado al punto en el que puedes experimentar. Simplemente le puedes decir: «Sal del cuerpo. Podrás recordar todo lo que veas.»
                                                                                                          
Tu consciencia, tu alma, o como lo llames, flotará por encima de ti como un globo, todavía vinculada con tu ombligo por un cordón muy brillante que parece de plata. Y podrás ver tu cuerpo tumbado en la cama.
                                                                                                          
En la escuela de misterios necesitaremos lugares en los que nadie moleste. Cuando se está haciendo este experimento, cualquier alteración es peligrosa. El cordón puede romperse, entonces el alma no puede vol­ver a entrar en el cuerpo y la persona muere. El alma no sufre ningún daño, pero para el mundo has matado a una persona. No debe existir ninguna alteración de ningún tipo.

El alma puede verlo todo desde arriba, y entonces puedes decir: “Ahora vuelve lentamente al cuerpo.” Y puedes sentir como te vas asen­tado de vuelta en el cuerpo, extendiéndote lentamente por sus distintas partes. Como se te ha dicho que lo recordarás todo, podrás contarlo cuando te despierten y te pregunten, podrás contar todo lo ocurrido.

Esto ha sido experimentado durante al menos diez mil años y el resultado siempre ha sido el mismo. Por eso digo que es la ciencia del interior, de tu ser interno, porque no conoce excepciones. Todos los informes de la gente que ha salido del cuerpo son exactamente iguales. Por ejemplo, todos se sienten conectados con el ombligo por un cordón de plata.

Los científicos que no conocen esta experiencia pueden pensar que la vida está centrada en el corazón; que si el corazón se detiene estás muerto. No es verdad. Ha habido experimentos que prueban que el corazón puede detenerse y no te mueres. A los diez minutos la persona vuelve y el corazón empieza a latir de nuevo. Según la ciencia espiritual, la vida está unos centímetros por debajo del ombligo. El niño estaba unido a la madre por el ombligo. Y el ombligo alimentaba su fuente interna, unos centímetros más abajo... El niño se separa de la vida de la madre, pero sigue estando conectado con el Universo desde el mismo lugar. No es el corazón, sino unos centímetros por debajo del ombligo.

Y debido a esto, en Japón desarrollaron cierta práctica llamada harakiri. El harakiri es un tipo especial de suicidio. Hara es el nombre
 de ese centro debajo del ombligo, donde reside la vida. Sólo en Japón han podido localizarlo exactamente. Cierto desarrollo de la tradición japonesa llevó a este punto: si quieres matarte, la forma mejor, la más rápida y cómoda es clavarte un cuchillo en el centro del hara, para cor­tar el cordón. Ocurre en segundos y la persona muere, pero no sufre una agonía.

La ciencia de la salud, la medicina, tiene que tomar nota de ello, porque ese es el verdadero centro de la vida que debería ser alimentado cuando la persona esté enferma o se esté muriendo. En lugar de traba­jar en otros lugares secundarios, trabaja en el centro. Quizá puede salir de ello toda una nueva ciencia de la medicina y de la salud.

El hara no ha sido reconocido en ningún lugar excepto en Japón. Pero Japón lo ha probado y ese es el centro de la vida, porque la perso­na muere en un segundo; y sin agonía, sin angustia. Su cara se queda como cuando estaba viva, ni siquiera una tensión.

El harakiri se desarrolló por una extraña razón. Es parte de la for­mación del samurai japonés. El samurai es un tipo de guerrero muy espe­cial. Es un guerrero meditativo. La vida y la muerte son iguales para él, pero el honor, la respetabilidad, la dignidad, están por encima de todo lo demás. Por eso si pasa algo por lo que se sienta humillado, ya no merece la pena vivir y se hace el harakiri. Suicidio no es una buena tra­ducción, pero no hay otra.

Miles de samurais se han hecho el harakiri. No puedes dañar la inte­gridad de un samurai. Es peligroso; no te matará a ti, se suicidará. La vida pierde el sentido: si la gente no puede respetarle, ya no tiene una razón para vivir. El samurai vive con dignidad, es un desarrollo especial de la individualidad humana y está totalmente dedicado a la libertad. Cualquier cosa que le hiera, cualquier cosa que destruya su libertad o su honor.

En la Segunda Guerra Mundial había un peligro: podías destruir Japón, pero no podías vencerle. La bomba atómica cambió la situación, pero si hubiera sido una guerra ordinaria...

Hace unos años, trece años después de la segunda guerra mundial, se encontró a un hombre oculto en el bosque que seguía combatiendo. Cuando podía, salía a matar a un americano y regresaba al bosque. Fue atrapado trece años después de la Segunda Guerra Mundial y cuando le dijeron que Japón había sido derrotado, no podía creérselo.

Dijo: «Eso es imposible. Japón puede ser destruido pero no puede ser vencido. Es la tierra de los samurais. Vivimos con dignidad y mori­rás con dignidad.» No podía creérselo; habían pasado trece años y seguía luchando por Japón, en solitario.

En Japón han unido la meditación con el arte de la espada, con el tiro al arco, y con otras prácticas guerreras. A nosotros nos parece mucho que una persona se suicide, pero no es así para los miles que se han hecho el harakiri. No se están destruyendo a sí mismos, simplemen­te están dejando atrás esta vida; no merece la pena ser vivida, algo ha ido mal. Seguir aquí contradice su sentido del honor.

Por medio de la hipnosis podemos hacer consciente a la persona de cómo sucede esa elevación y de cómo volver a entrar en el cuerpo. Y una vez hecho, se te puede dar una sugestión posthipnótica para poder hacerlo cuando estés sólo, en cualquier momento. Es una experiencia tremendamente hermosa, porque por primera vez te das cuenta de que no eres la prisión. Tu cuerpo es una cosa; tú eres completamente dife­rente: eres eterno, inmortal.

Los cuerpos han ido y venido; tú has estado aquí desde la eternidad y estarás aquí hasta la eternidad.

El Autor

La mayoría de nosotros vivimos nuestras vidas en el mundo del tiempo, entre recuerdos del pasado y esperanzas del futuro.  Sólo rara vez tocamos la dimensión intemporal del presente, en momentos de belleza repentina, o de peligro repentino, al encontrarnos con una persona amada o con la sorpresa de lo inesperado.  Muy pocas personas salen del mundo del tiempo y de la mente, de sus ambiciones y de su competitividad, y se ponen a vivir en el mundo de lo intemporal.  Y muy pocas de las que así lo hacen han intentado compartir su experiencia con los demás.  La Tse, Gautama Buda, Bodhidharma… o, más recientemente, George Gurdjieff, Ramana Maharshi, J. Krishnamurti: sus contemporáneos los toman por excéntricos o por locos; después de su muerte, los llaman “filósofos”.  Y con el tiempo se hacen legendarios: dejan de ser seres humanos de carne y hueso para convertirse quizás en representaciones mitológicas de nuestro deseo colectivo de desarrollarnos dejando atrás las cosas pequeñas y lo anecdótico, el absurdo de nuestras vidas diarias.

Osho ha descubierto la puerta que le ha dado acceso a vivir su vida en la dimensión intemporal del presente, ha dicho que es “un existencialista verdadero”, y ha dedicado su vida a incitar a los demás a que encuentren esta misma puerta, a que salgan de este mundo del pasado y del futuro y a que descubran por sí mismos el mundo de la eternidad.

Osho nació en Kuchwada, Madhya Pradesh, en la India, el 11 de diciembre de 1931.  Desde su primera infancia, el suyo fue un espíritu rebelde e independiente que insistió en conocer la verdad por sí mismo en vez de adquirir el conocimiento y las creencias que le transmitían los demás.

Después de su iluminación a los veintiún años de edad, Osho terminó sus estudios académicos y pasó varios años enseñando filosofía en la Universidad de Jabalpur.  Al mismo tiempo, viajaba por toda la India pronunciando conferencias, desafiando a los líderes religiosos a mantener debates públicos, discutiendo las creencias tradicionales y conociendo a personas de todas las clases sociales. Leía mucho, todo lo que llegaba a sus manos, para ampliar su comprensión de los sistemas de creencias y de la psicología del hombre contemporáneo.  A finales de la década de los 60, Osho había empezado a desarrollar sus técnicas singulares de meditación dinámica. Dice que el hombre moderno está tan cargado de las tradiciones desfasadas del pasado y de las angustias de la vida moderna que debe pasar un proceso de limpieza profunda antes de tener la esperanza de descubrir el estado relajado, libre de pensamientos, de la meditación.

A lo largo de su labor, Osho ha hablado de casi todos los aspectos del desarrollo de la conciencia humana. Ha destilado la esencia de todo lo que es significativo para la búsqueda espiritual del hombre contemporáneo, sin basarse en el análisis intelectual sino en su propia experiencia vital.

No pertenece a ninguna tradición: “Soy el comienzo de una conciencia religiosa totalmente nueva”, dice. “Os ruego que no me conectéis con el pasado: ni siquiera vale la pena recordarlo”.

Sus charlas dirigidas a discípulos y a buscadores espirituales de todo el mundo se han publicado en más de seiscientos volúmenes y se han traducido a más de treinta idiomas. Y él dice: “Mi mensaje no es una doctrina, no es una filosofía.  Mi mensaje es una cierta alquimia, una ciencia de la transformación, de modo que sólo los que están dispuestos a morir tal como son y a nacer de nuevo a algo tan nuevo que ahora ni siquiera se lo pueden imaginar… sólo esas pocas personas valientes estarán dispuestas a escuchar, porque escuchar será arriesgado.

“Al haber escuchado, habéis dado el primer paso hacia el renacer.  De manera que esta filosofía no podéis echárosla por encima como un abrigo para presumir. No es una doctrina en la que podráis encontrar el consuelo ante las dudas que os atormenta. No, mi mensaje no es ninguna comunicación oral. Es algo mucho más arriesgado. Trata nada menos que de la muerte y del renacer”.  Osho abandonó su cuerpo el 19 de enero de 1990. Su enorme comuna en la India sigue siendo el mayor centro de desarrollo espiritual del orbe y atrae a millares de visitantes de todo el mundo que acuden para participar en sus programas de meditación, de terapia, de trabajo con el cuerpo, o simplemente para conocer la experiencia de estar en un espacio búdico.

OSHO / MÁS ALLÁ DE LA PSICOLOGÍA - CHARLAS DADAS EN URUGUAY (PUNTA DEL ESTE)


Capítulo 43
La Lógica Debe Servir al Amor


Amado Osho,
Contaste una historia hace unos diez años que no he podido comprender:
Un buscador se pierde en las montañas; está cansado y tiene sed. Es de noche y ve un cuenco de plata con un agua transparente como el cristal, la bebe, y a continuación se queda dormido. Por la mañana ve que el cuenco era en realidad una calavera vieja y sucia.
Se rió y se iluminó.                                                   
¿Qué es lo que vio, Osho?

La historia es simple, pero tiene un significado tremendo. El busca­dor vio en la calavera la realidad tal como es y nuestras ilusiones res­pecto a ella. Vio lo que pensamos que es y lo que es en realidad, y la diferencia es tremenda.                                                                                  

No hubiera tomado esa agua, no se la hubiera bebido si hubiera sabido que se trataba de una vieja y sucia calavera. Pensó que era un pre­cioso cuenco con agua cristalina.        

Vivimos nuestra vida en medio de ilusiones de agua clara como el cristal, pero la realidad es totalmente diferente. Viendo la diferencia, se rió de sí mismo. Y ser capaz de reírse de uno mismo puede llegar a ser un gran descubrimiento, uno se puede iluminar.                     

Las personas se ríen de los demás, y si alguien se ríe de ellas se sien­ten heridas, pero llegar a entender que puedes ver tu propia estupidez... y toda tu vida está llena de estupidez. Vivimos sueños, ilusiones, aluci­naciones. No corresponden a la realidad en absoluto. La realidad es la vieja calavera sucia. Se rió de sí mismo y en esa misma risa le convirtió en un hombre diferente. Ahora vivirá la realidad, sea la que sea. Ya no harán falta ilusiones, no harán falta alucinaciones para encubrirla, para ocultarla.

Ha visto el punto.

La historia es simple, pero es la historia de todo el peregrinaje de la oscuridad a la luz, de las ilusiones a la realidad.

Simplemente observa tu mente, cómo crea ilusiones respecto a todo y a continuación se queda desilusionada y alterada. Amas a un hombre, amas a una mujer; creas una cierta ilusión respecto a ese hombre o mujer. En lo profundo de ti lo sabes, estás imponiendo una imagen. Pronto se hará añicos, porque ante la realidad, ninguna ilusión puede durar mucho tiempo. Pronto te encontrarás con la vieja calavera.

Entonces lo más normal es que te sientas decepcionado, desgracia­do y que no entiendas lo sucedido. Si te hubieras podido reír, lo habrías entendido.

Incluso cuando comprendes que las cosas no son como te las ima­ginabas, vuelcas toda la responsabilidad en la otra persona. Una mujer que te parecía preciosa acaba siendo insoportable. Un hombre que creías un héroe acaba siendo un marido dominado. No os vais a reír de voso­tros mismos. Pondréis toda la responsabilidad en la otra persona: os ha engañado, aparentaba ser algo que no es, no era tan hermosa, sólo apa­rentaba: logró engañarte con todo su maquillaje. Pero no hace falta maquillaje. Vuestras ilusiones, vuestras alucinaciones, vuestra ansia es suficiente: son el mayor maquillaje del mundo.

Cualquiera cosa que quieras, cualquier cosa que desees, la proyec­tas y cuando esa proyección resulta estar equivocada, hay dos posibili­dades. Una es volcar toda la culpa en la otra persona, que simplemente es inocente de lo que estabas viendo en ella.

De hecho cuando dices a una mujer: «Eres preciosa...» y esto y lo otro, se queda maravillada porque cuando se mira en el espejo no encuentra nada de lo que le dices. ¿Pero por qué corregirte? ¿Por qué no disfrutar? Eso satisface su ego. Ni la mujer más fea pondrá objecio­nes no dirá que estás equivocado. Sonreirá y aceptará tus cumplidos. Y cuando se ponga frente a un espejo quizá piense que era ella la que esta­ba equivocada. ¿Cómo podría equivocarse ese hombre? ¿Por qué habría de estar equivocado?

En cada relación amorosa ambas personas son inocentes respecto a sí mismas, pero, ambas son responsables de proyectar en la otra persona algo que no es…

Una historia sufí cuenta que Mulla Nasruddin tenía una casa pre­ciosa en las montañas y solía ir a ella de vez en cuando. Solía decir que estaría descansando dos, tres o cuatro semanas, pero nunca podía mantener la fecha que daba para su regreso; siempre regresaba antes. Si se iba para tres semanas, regresaba en dos.       

Sus amigos empezaron a preguntarle: «Planeas irte tres semanas y vuelves en dos, a veces incluso en una. ¿Qué te ocurre?»
                                                                                  
Él dijo: «No lo sabéis. Tengo una vieja sirvienta.»

Ellos le preguntaron: «¿Qué tiene eso que ver con quedarte a des­cansar en las montañas?»         

Él respondió: «Primero escuchadlo todo. Es muy fea. Por eso la he elegido, ese es mi criterio. Cuando empieza a parecerme guapa, enton­ces escapo porque pienso: "Vete ya, Mulla, éste no es un lugar seguro, te estás volviendo loco." Voy para tres semanas, pero ¿qué puedo hacer? En tres días empieza a parecerme guapa. Y si me quedara un día más podría empezar a proponerle... Y es muy fea. Es difícil tolerar su fealdad, pero la he mantenido a mi servicio especialmente para este propó­sito, así se que estoy empezando a volverme loco y es el momento exac­to de irme y regresar a casa, de volver al mundo.»

Proyectas, la proyección fracasa. Si pudieras reírte de ti mismo... Ese es el mensaje de la historia.          

El hombre tenía sed, era de noche. Era una proyección. Incluso bajo la luz de la luna una calavera es una calavera y el agua sucia es agua sucia. Pero él tenía sed; fue su sed la que proyectó un agua cristalina en un precioso cuenco. Y bebió alegremente. Por la mañana no tenía sed y era de día. Miró el cuenco; era una vieja calavera sucia y ¡él había bebi­do de ella! Si hubiera sabido que era una calavera llena de agua sucia, habría preferido seguir pasando sed que beber de ella. Pero su sed pro­yectó una ilusión.       

Lo hacemos a cada momento de nuestra vida, proyectamos ilusio­nes -sobre la gente, sobre las cosas- y constantemente nos sentimos frustrados, disgustados.       

La historia te está diciendo: ese es el momento; si puedes entender que eran proyecciones tuyas... Ese es el momento de reírte de ti mismo, de tu propia estupidez, de tu propia necedad. Eso sería un acto de una gran inteligencia. Y te liberaría de la constante proyección y frustración, de todo ese círculo vicioso.

Un viejo monje atravesaba el bosque con su discípulo, iban hacia otra ciudad. Pero el joven se sentía muy confuso, porque el anciano nunca había caminado así, iba casi corriendo y llevaba su bolsa agarra­da. Y de vez en cuando palpaba algo dentro de la bolsa. El joven no podía imaginar qué tendría en aquella bolsa. Y el anciano no dejaba de preguntar una y otra vez: «¿Podremos llegar a la ciudad antes del atar­decer?»

El joven decía: «Aunque no lleguemos, no tenemos nada que temer. Podemos quedarnos en el bosque. Lo hemos hecho muchas veces, no es nada nuevo. Pero hoy parece que te pasa algo, estás muy extraño.»

El anciano dijo: «Eso ya lo discutiremos después. Primero, vayamos rápido. No quiero quedarme en el bosque esta noche.»

Encontraron un pozo al lado del camino y el sol ya se estaba ocul­tando. Antes de que el sol se ocultara, se lavaron. Estaban muy cansa­dos. Bebieron y mientras el anciano se lavaba la cara, pasó la bolsa al joven y le dijo: «Ten cuidado.»

El joven se dijo a sí mismo: «Nunca antes ha estado así.» Y miró dentro de la bolsa por curiosidad. Había dos lingotes de oro. Ahora estaba muy claro por qué no quería quedarse en el bosque y por qué tenía tanto miedo.

Mientras el anciano se lavaba la cara y rezaba su oración nocturna, el joven tiró los dos lingotes al bosque, encontró dos piedras que pesa­ban casi lo mismo y las metió en la bolsa. El anciano terminó su oración en la mitad del tiempo habitual, ¡tenía tanta prisa! Arrebató inmediata­mente la bolsa al joven y su peso le mostró que todo estaba en orden. Continuaron a toda prisa. Un kilómetro más adelante, empezó a oscu­recer. El anciano dijo: «Parece difícil que podamos llegar a la ciudad y este lugar es peligroso.»

Pero el joven dijo: «No temas. He dejado el peligro junto al pozo.»

Él dijo: «¿Qué quieres decir con que has dejado e! peligro junto al pozo?»

El joven respondió: «Mira dentro de la bolsa y lo sabrás.»

Miró dentro de la bolsa y dijo: «¡Dios mío!» El anciano se rió, tiró la bolsa y se sentó debajo de un árbol; no podía parar de reír.

El joven le preguntó: «¿Por qué te ríes tanto?

El anciano respondió: «Me río porque has hecho lo adecuado, y durante casi un kilómetro he pensado que esas piedras eran el oro. Ahora podemos quedarnos a dormir tranquilamente debajo de este árbol. Está bien. Y a no hay miedo ni prisa.» Podría haberse enfadado con el joven y; entonces no habría entendido nada. Pero se rió, se rió locamente, porque pudo ver el sentido: «Fue tan estúpido de mi parte. El joven ha demostrado ser mucho más inteligente que yo. Mi propio discípulo tuvo que enseñarme esta lección.»

Estuvieron durmiendo durante toda la noche y por la mañana el anciano tocó los pies del joven en señal de agradecimiento y le dijo: «Aunque soy tu maestro, me has ayudado a liberarme de una ilusión. He dormido profundamente toda la noche. Llevaba varios días sin dormir por esa bolsa; los lingotes de oro no me dejaban dormir. Los palpaba a tientas por la noche para asegurarme de que seguían allí. Se habían hecho tan importantes que había perdido mi alegría, incluso abreviaba mis plegarias, acortaba mi meditación.»

Para la existencia, el oro y las rocas no son muy distintos: es una ilu­sión humana, lo hemos proyectado. Si el ser humano deja de estar en este mundo, el oro ya no será oro; aunque seguirá siendo lo que es, no habrá diferencia entre su valoración y la de una piedra. La valoración y la diferencia la proyectamos nosotros, y después sufrimos.

Por eso la enseñanza de esta pequeña anécdota en inmensa. Si te puedes reír de ti mismo cuando tus ilusiones se caen, pronto podrás vivir sin ilusiones, vivir sin alucinaciones, vivir sin proyecciones. Y vivir sin todo esto significa vivir en paz, en silencio, y celebrar las pequeñas cosas de la vida.  

Amado Osho,                                                           
Recuerdo que una vez nos dijiste que Buda dio una definición de la verdad: verdad es aquello que funciona.
Me sorprendió por su audacia y al mismo tiempo por su total pragmatismo, y me encantó por ambas razones. 
Mi comprensión es que Tu definición de verdad probablemente es la misma, que tú harás y dirás cualquier cosa, en nombre de la verdad, que nos pueda estimular en la dirección adecuada.
Me encantaría oírte hablarnos de esto.                    

Es verdad. Puedo deciros cualquier cosa si os dirige hacia la verdad.

Por supuesto la verdad no puede ser dicha, solo puede ser señalada. Quizá hagan falta distintos señalizadores para personas distintas. A mí no me importa lo que digo. Lo que me importa es si os lleva en la dirección adecuada, hacia la iluminación.                                                          

Sí, mi definición es exactamente la misma: la verdad es aquello que funciona. Es pragmática, y Buda era un hombre muy pragmático, muy científico. Esta definición también puede considerarse científica.

Todas las definiciones científicas no hacen más que corroborar esta definición. No sabemos qué es la electricidad, sólo sabemos cómo fun­ciona. No sabemos nada de la energía atómica, de lo que es, pero sabe­mos cómo funciona. Y toda la ciencia consiste en este conocimiento del funcionamiento de las cosas.

La verdad última no es diferente. La función del maestro es llevar­te, dirigirte, empujarte en la dirección en que encontrarás la verdad. No puede dártela, pero puede crear dispositivos que te llevan hasta ella. Sutilmente, lo que dice el maestro no tiene el fin de ser comprendido; su fin es ser bebido, para que pueda llegarte a la sangre, a los huesos, al tué­tano, y puedas empezar a moverte en cierta dirección: aunque tú no sepas en qué dirección vas, el maestro sí lo sabe.

Si sigues el camino correcto, encontrarás que te bendice y derrama su amor sobre ti. Esa será la única indicación de que estás siguiendo el camino adecuado. Un día encontrarás la verdad y entonces te reirás, porque lo que se decía no tenía nada que ver con ella. Pero ciertamente orientó tu atención hacia ella.

He contado esta historia muchas veces: hay una casa en llamas y unos niños pequeños están jugando dentro de ella. Están tan enfrasca­dos en sus juegos que todo el vecindario les grita: «¡Salid! ¡La casa está ardiendo!» Pero a los niños esos gritos les parecen divertidos. Están en mitad de la casa y las llamas les rodean totalmente, nunca han visto unos fuegos artificiales semejantes.

Y no escuchan a la multitud. Entonces llega el padre que había ido al mercado y la gente le dice: «Haz algo. Todos tus hijos morirán. La casa está a punto de colapsar.»

El padre se acerca mucho y les grita: «Os he traído juguetes, todos lo que juguetes que me habíais pedido. Salid.» La puerta de atrás de la casa era la único que aún no estaba en llamas.

Los niños corrieron afuera y preguntaron a su padre: «¿Dónde están los juguetes?»

Y el padre dijo: «Tendréis que perdonarme. Hoy no pude traerlos, pero mañana los traeré sin falta.»

Ellos dijeron: «¿Por qué has interrumpido nuestros juegos?»

El padre respondió: «Yo no he interrumpido vuestro juego. No entendéis. La casa se está quemando; os habrías muerto. Simplemente os mentí respecto a los juguetes porque sabía que eran lo único que os podía sacar de ¡casa.»

Ahora bien, no parece haber conexión entre los juguetes y el fuego, pero en esa situación concreta el padre hizo la función del maestro. Dio a los niños una indicación que les salvó la vida. Aunque ahora saben que les mintió, no se quejarán por ello. Mintió por compasión. Mintió porque les quería; mintió porque quería salvarles la vida.

La verdad no puede decirse, por eso cualquier cosa que se diga será un mentira preciosa, una mentira preciosa que te puede llevar hacia la verdad. Por eso yo hago una demarcación entre las mentiras: mentiras hermosas y mentiras feas. Las mentiras feas son las que te alejan de la verdad y las hermosas son las que te acercan a ella. Pero su cualidad es la misma, ambas son mentiras. Las mentiras hermosas funcionan; por eso, de alguna forma, tienen el sabor de la verdad.           


Amado Osho,        
Una pregunta que he tenido desde que era niño y comencé a ver cómo funciona el mundo es: ¿Por qué la gente se trata de la forma que lo hace? ¿Dónde están el amor, la compasión y el respeto mutuo? Pienso que todo el mundo desea vivir en paz y armonía consigo mismo y con todos los seres humanos que le rodean. Y no creo que nadie anhele la violencia, el odio, y el poder sobre los demás, sin embargo eso es lo que veo ocurrir.
¿Qué es lo que hace que la gente viva esta vida antinatural y miserable? ¿Es todo ello condicionamiento, o hay algo en el hombre que le hace desear seguir el mal camino?

Ambas cosas. En primer lugar, hay algo en el hombre que le hace seguir el mal camino. Y en segundo lugar hay gente interesada en guiar a los demás por el mal camino. Ambas cosas, en conjunto, crean un ser humano falso, engañoso. Su corazón anhela el amor, pero su mente condicionada le impide amar.

Te sorprenderá saber que Adolf Hitler nunca permitió a sus novias dormir en la misma habitación que él por una razón muy simple: no podía confiar en ellas. La mujer podría dispararle por la noche, ponerle veneno en el agua. ¿Qué garantías tenía? Ellas podrían estar aparentan­do que lo querían. Podía tratarse de una conspiración. No había forma de averiguar si se trataba de una conspiración o si sentían verdadero amor por él. Para estar seguro nunca permitió que ninguna mujer con la que hubiera estado en contacto durmiera en su habitación.

Nunca permitió que nadie fuera amistoso con él, ni Goebbels ni ningún otro de sus colaboradores cercanos. Siempre les mantenía a distancia. Se decía que no había ni una sola persona que le pudiera poner la mano sobre el hombro en un gesto de amistad. El exceso de amistad es un peligro, ese era su condicionamiento. El otro puede hacerte daño. Puede averiguar algo de ti que podría usarse en tu contra. Es mejor mantenerle a distancia. Y todo el mundo era ambicioso, todo el mundo quería estar en su lugar, por eso aunque parecieran muy amistosos, en el fondo todos eran competidores, enemigos; podían matarle. No tenía amigos. Y qué tipo de amor era ese que no le permitía confiar en que la mujer durmiera en su habitación.

Una de sus mujeres estuvo enamorada de él durante muchos años y no tenía ninguna razón para sospechar de ella. Pero la sospecha no necesita razones. Un día quiso visitar a su madre enferma, en la misma ciudad. Y Adolf Hitler le dijo que no. Le costaba mucho decir sí a cualquier cosa.

Esto tiene significado psicológico muy profundo. El no da poder. El sí no da ningún poder. Cuando dices que no, puedes sentir tu poder; cuando dices que sí, puedes sentir amor, compasión, pero no poder. Las palabras tienen sus propias cualidades. Cualidades que no puedes encontrar en el diccionario. Pero en realidad si entras en la psicología de las palabras, cada palabra tiene su individualidad única. El «no» no es una simple negación; es una confirmación del propio poder.

No había necesidad de decirle que no. Sólo iba a ver a su madre enferma y estaría de vuelta cuando él regresara del despacho. Pero el sí no era su palabra. Sólo sabía dar órdenes y rechazar las ideas de los demás. Incluso en cosas tan pequeñas que no tenían nada que ver con el poder...

Él se fue al despacho; la mujer creyó que podría ingeniárselas: podía ir ver a su madre y regresar; él aún no habría vuelto. Fue y regresó; cier­tamente se las ingenió. Pero lo primero que él preguntó al guardia al lle­gar a casa fue: «¿Ha salido? ¿Cuánto tiempo ha estado fuera?»

Hitler cargó su arma, entró en casa y le disparó: ni siquiera pregun­tó, no le dio la oportunidad de decir nada. Ya era suficiente. Aquello tuvo que ser una prueba para todos los demás de que no seguir sus órde­nes significaba morir.

Hitler deseaba amor, pero su mente anhelaba el poder, y no puedes pedir ambas cosas a la vez.

Este es el problema. El niño nace con un corazón que anhela el amor, pero también nace con un cerebro que puede ser condicionado. Y la sociedad tiene que condicionarlo en contra del corazón, porque el corazón siempre será rebelde a la sociedad, siempre seguirá su propio camino. No puede convertirse en un soldado. Puede convertirse en un poeta, puede convertirse en un cantante, puede convertirse en un baila­rín, pero no puede convertirse en soldado.

Puede sufrir por su individualidad, puede morir por su individuali­dad y por su libertad, pero no puede ser esclavizado. Ese es el estado del corazón…
                                                                                   
Pero la mente... El niño llega con un cerebro vacío, sólo es un meca­nismo del que puedes disponer como quieras. Aprenderá el idioma que le enseñes, aprenderá la religión que le enseñes, la moralidad que el enseñes. Sólo es un ordenador; tú le vas proporcionando la información.

Y cada sociedad se encarga de fortalecer la mente cada vez más, de forma que si hay algún conflicto entre la mente y el corazón, la mente ganará. Pero cada victoria de la mente sobre el corazón supone más miseria. Es una victoria de los demás sobre tu naturaleza, sobre tu ser: sobre ti. Y ellos han cultivado tu mente para servir a sus propósitos.

Por ejemplo, el Gobierno británico gobernó en India durante tres-cientos años y puso en marcha cierto tipo de educación que sólo produ­cía empleados, carteros, jefes de estación... El programa era tal que no producía grandes intelectuales, genios, científicos; no. Por tanto, la per­sona estudiaba durante un tercio de su vida y salía de la fábrica univer­sitaria siendo sólo un empleado. Pero lo que el Gobierno británico ne­cesitaba eran empleados.     

Como la capital de India en los comienzos del Imperio Británico era Calcuta, los bengalíes fueron los primeros en ser adoctrinados por el sis­tema educativo británico. Fueron los primeros en ejercer de mediadores entre la tierra y su gente por un lado, y los gobernantes por otro. Los gobernantes no conocían el idioma popular; la gente no conocía el idio­ma de los gobernantes. Los mediadores conocían ambos idiomas.

Eran respetados por las masas porque estaban muy cerca de los gobernantes, era a los únicos que debían obediencia. Crear un ejército de mediadores era una necesidad; de otro modo no podrían gobernar un país tan grande, no habría entendimiento, no habría comunicación. Pero los gobernantes les detestaban.

Detestaban a esta gente y como ejemplo os voy a contar... Llamaban a estos bengalíes babus y la palabra babu llegó a ser respetada en toda la India. Como los gobernantes llamaban a los bengalíes babus, la palabra babu llegó a ser muy significativa, tanto que el primer presidente de India se llamó Babu Rajendra Prasad. Y nadie pensó nunca en lo que significaba aquella palabra.                                        

Yo dije a Rajendra Prasad: «Deberías retirar esa palabra de tu nombre e informar al país de que nadie debe usarla, porque es condenatoria.» Indica que un hombre huele mal. Los bengalíes comen pescado -pes­cado y arroz, esa es su única comida- y huelen a pescado. Como comen pescado continuamente...          

Bengala es un lugar muy bello donde encontrarás una cosa preciosa: al lado de cada casa hay un pequeño lago. La gente más rica tiene grandes lagos junto a sus palacios. Esos lagos sirven únicamente para produ­cir pescado. Esos lagos sólo sirven para tener pescado fresco, tal como le gusta a la gente. Cada casa, incluso las más pobres, tiene su peque­ño lago; y es muy hermoso, porque los pequeños lagos están rodeados de palmeras... aunque se trate de una pequeña cabaña.

Pero el olor es demasiado. Sólo he viajado por Bengala en una oca­sión y dije: «No puedo ir más allá de Calcuta.» Apesta, todo apesta a pescado, cada casa apesta a pescado. Es la base de su dieta.

Babu es una palabra persa. Ba significa «con» y bu significa «olor». Los británicos arrebataron India a los musulmanes, cuyas lenguas eran el persa, el árabe y el urdu, y la palabra babu procede de ellos. Era conde­natoria, pero entre las masas se convirtió en una palabra muy respetada.

India debe tener más universidades que ningún otro país -cien universidades y miles de colegios universitarios- y su único propósito es servir al imperio. Toda la educación consiste en ser obediente, en no ser rebelde: está absolutamente en contra de cualquier idea revolucio­naria.

India habría seguido siendo un país esclavo durante siglos, pero Gran Bretaña cometió un error: permitió que los hijos de unos cuantos ricos fueran educados en Inglaterra; y de ahí vino el problema. Esta gente trajo la idea de libertad a India. Ningún indio educado en India pensaba en la libertad, pero unos cuantos ricos enviaron a sus hijos e hijas a Inglaterra para que fueran educados allí: si eran educados en Inglaterra se les daría los puestos más altos al regresar a India. Un indio que hubiera obtenido el mismo título en una universidad india nunca alcanzaría un puesto así, pero los que venían de Inglaterra estaban cua­lificados para los puestos más elevados.           

Gran Bretaña se creó sus propios enemigos sin saberlo. Esta gente encontró en Gran Bretaña otro tipo de educación, aprendieron las for­mas democráticas, aprendieron a ser libres, aprendieron a tener dere­chos individuales, aprendieron la libertad de expresión. Y volvieron a su país llenos de ideas utópicas a favor de la independencia de India.

Por eso los luchadores contra el régimen británico fueron educados fundamentalmente en Inglaterra. Y no creo ni que los británicos se hayan dado cuenta de este hecho, porque nadie lo menciona en ningu­na parte.

Un hombre muy influyente en India, Subash Chandra, fue educado en Inglaterra. Cualquiera que fuera educado en Inglaterra era inmedia­tamente absorbido en la élite del funcionariado: el Indian Civil Service, I.C.S. Todo estudiante que volviera de Inglaterra mantenía una entre­vista con el gobernador de su estado. Y Subash llegó con un gran deseo de luchar contra el Imperio Británico, no de servirlo.          

Pero a pesar de todo acudió a su entrevista. Y los bengalíes tienen cierto hábito: siempre llevan consigo el paraguas. Nadie sabe por qué. Se lo he preguntado a mucha gente porque no llueve, hace calor… Pero es algo que forma parte de su tradición. Sin paraguas, el bengalí no es un bengalí completo; para él, el paraguas es algo imprescindible.

Ellos exponen sus razones porque son personas intelectuales, dicen: «La lluvia puede aparecer en cualquier momento, es impredecible. Uno siempre tiene que estar preparado para todo. Ahora mismo está nublado, pero puede salir el sol y hará calor. Y, además, puedes usar el paraguas para esto y para aquello. Incluso es muy útil para pelearse con los demás.»

Por eso Subash entró con su paraguas y su sombrero en el despa­cho del gobernador y al gobernador le molestaba mucho que los indios se comportaran así. Debía haberse quitado el sombrero y mostrarse res­petuoso; había venido a tener una entrevista. El gobernador le dijo: «Primero quítate el sombrero. No sabes mostrar el debido respeto.»

El gobernador estaba frente a Subash, sentado al otro lado de la mesa. Subash sacó el paraguas, se lo puso al cuello y dijo: «Si quieres res­peto, tú mismo deberías ser respetuoso. Deberías haberme recibido de pie. Si no te pones de pie, no puedes esperar de mí ningún respeto. Y no me interesa tu I.C.S.; sólo he venido a ver cómo te portas con la gente. Pero no creas que puedes pasarte conmigo. La gente como tú solía cepillarme los zapatos en Inglaterra» -naturalmente en Inglaterra eran hombres blancos los que cepillaban los zapatos-, «o sea, que el hecho de que seas blanco no significa nada. Quédate con tu servicio.»

Estas fueron las personas que crearon todo el movimiento de la libertad. El Gobierno británico lo olvidó completamente: si has creado cierto sistema educativo en India para producir únicamente empleados, sirvientes, esclavos, entonces no deberías permitir que los indios se edu­casen en Inglaterra, porque esa gente se volverá peligrosa para el imperio. Y resultaron ser peligrosos -destruyeron el imperio- pero todo el mérito pertenece a las universidades británicas.

Por tanto la mente está vacía, es un cerebro; puedes ponerle cual­quier cosa dentro. Y tras veinticinco años de educación estará tan forta­lecida que te hará olvidarte de tu corazón; así siempre te sentirás mise­rable. La miseria se debe a que tu corazón sólo puede darte alegría, sólo puede darte felicidad, sólo puede hacerte bailar. La mente puede estudiar aritmética, pero no puede cantar una canción. Sencillamente la alegría, la felicidad y el baile no forman parte de las capacidades mentales. Entonces te sientes desgarrado entre tu naturaleza, que es tu corazón, y los valo­res sociales que te han inculcado en la cabeza. Y ciertamente has nacido -todo el mundo nace- con estos dos centros. Ahí reside la dificultad.

Uno de los dos centros está vacío. Cuando la sociedad sea mejor se usará en concordancia con el corazón, para servir al corazón. Y enton­ces la vida será estupenda, estará llena de alegrías. Pero hasta ahora hemos estado viviendo en una sociedad horrible, llena de ideas podri­das, que ha utilizado la mente. Y esa vulnerabilidad está presente: la mente puede ser usada.

Ahora bien, los comunistas la usan de una manera; los fascistas alemanes la usaron de otra; todas las demás religiones la usan cada una a su manera. Pero esa vulnerabilidad está en cada individuo: vienes con una mente vacía.

De hecho es una bendición de la existencia, pero está mal emplea­da, explotada. Te dan una mente vacía para que pueda ser una fiel ser­vidora de tu corazón, de tus anhelos, de tus potenciales. No hay nada malo en ella. Pero los intereses creados del mundo han encontrado en esta situación la oportunidad perfecta para ellos: usar la mente en con­tra del corazón. Así tú sigues sintiéndote desgraciado y ellos pueden usarte como quieran.

Por eso el mundo entero es miserable. Cada persona quiere ser amada, cada persona quiere amar; pero la mente es una barrera tal que no te permite amar ni ser amado. En ambos casos la mente se interpone y comienza a distorsionarlo todo. Y si por causalidad te encuentras con una persona a la que amas y la persona te ama a ti, vuestras mentes serán incompatibles. Han sido formadas por sistemas distintos, religiones dis­tintas, sociedades distintas.

Uno de mis amigos se casó con una muchacha americana. Era pro­fesor de física y mientras estudiaba en América se enamoró de una muchacha muy hermosa y se casó con ella contra la voluntad de sus padres. Se hicieron enemigos. Sus padres no le recibieron en su casa cuando volvieron a India.  

Yo tuve que darles una fiesta, una recepción para celebrar su boda. Pero al mes me di cuenta de que aquello no podría durar. Uno de mis amigos estaba conmigo y es una persona muy hermosa: aprendiz de todo y maestro de nada... pero sabe muchas cosas. Por eso es muy interesan­te e influyente.

Superficialmente puede impresionarte en cualquier tema, sobre cualquier cosa. Más adelante te darás cuenta de que es superficial, pero para entonces ya habrá conseguido lo que le interesa.

Su única dedicación es pedir dinero prestado. Es doctor en filosofía, podría haber sido profesor universitario, pero dice: «Todo eso no me interesa. Prefiero pedir préstamos.»
Yo le dije: «Deberías pensar que no podrás hacerlo siempre.»

Él dijo: «No creas. Nunca tomo dinero prestado dos veces de la misma persona. El mundo es grande y la vida muy corta. Me las inge­niaré.»

Entonces empezó a coquetear con la muchacha americana. Ella se sentía muy impresionada -él es una persona impresionante- y el pro­fesor con el que ella se había casado empezó a sentirse muy celoso. Tenía una mentalidad india. La mentalidad india no puede concebir que una esposa pueda ir con otra persona a la piscina. Para empezar ninguna mujer india irá a una piscina y si lo hace, irá con su marido. Pero estaba yendo con un extraño.

Ella salía con él a dar paseos en bicicleta; jugaban a las cartas. El marido enseñaba en la universidad pero siempre estaba preocupado por su esposa y aquel tipo... que era completamente libre, no hacía nada.

Pronto el matrimonio se separó. Estaban en una disputa continua. Yo les dije: «Os amáis, pero no entendéis la situación. Tenéis mentalida­des muy diferentes. Ella no puede ver nada malo en ir a bañarse a la pis­cina con un amigo. Lo ha estado haciendo desde que era una niña. Tú no puedes ni concebir esa posibilidad. Tu idea es la que has visto en tu casa, en tu sociedad: la esposa ni siquiera debería descubrirse». Las mujeres indias usan sus saris para cubrirse incluso la cara. La mujer no debe des­taparse ante extraños. «Tú has sido criado con este tipo de gente; no pue­des entender que tu esposa le de la mano a un extraño. Están disfrutan­do y jugando al tenis, se van a dar un paseo, mientras tú te quedas senta­do y te pones a hervir innecesariamente. Deberías haberlo pensado. Tus padres tenían razón: este tipo de matrimonio no tendrá éxito.»

Yo no he visto ningún matrimonio entre indios y extranjeros que haya salido bien. Siempre fracasan, por la simple razón de ambas men­tes han sido educadas con ideas diferentes, tienen programas diferentes. Todo el mundo tiene derecho de nacimiento a la felicidad, pero desgraciadamente la sociedad, la gente con la que hemos estado vivien­do y que nos ha traído al mundo, no ha pensado en ello. Los seres huma­nos han estado reproduciéndose como si fueran animales; peor aún, por­que los animales no están condicionados.

Este proceso de condicionamiento debería cambiar completamente. La mente debe ser entrenada para servir al corazón. La lógica debe servir al amor. Y entonces la vida se puede convertir en un festival de luz.
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