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martes

PABLO LARRAÍN: “NO CREO SER EL MISMO DIRECTOR QUE ANTES DE TRABAJAR CON STEPHEN KING”

 

 

por Gonzalo Valdivia

 

Tras ser fichado para dirigir la miniserie Lisey’s story, adaptación de su novela de 2006 que se acaba de estrenar, el cineasta chileno colaboró estrechamente e incluso alojó en la casa del autor de terror. “Yo pensé que iba a ir a ver a Mick Jagger y me topé con Mick Jagger con Jerry Lewis en el mismo personaje”, dice en entrevista con Culto. También adelanta su película sobre Lady Di, a la que llama “prima hermana de Jackie”. De un set en Nueva York, junto a la actriz Julianne Moore y cerca de 200 personas, a su casa en Santiago. La pandemia decretó ese brusco trayecto para Pablo Larraín (44) en marzo de 2020, cuando la crisis del Covid lo encontró en medio del rodaje de la segunda serie de televisión de su carrera, Lisey’s story, basada en la novela homónima de Stephen King.

En el confinamiento, mientras el escenario local y mundial empeoraba, el director cuenta que se refugió en el cine, su hábitat natural desde que hace 15 años debutó con su ópera prima, Fuga, hasta la actualidad, que está ocupado en la post producción de Spencer, su filme sobre uno de los momentos más sombríos de Lady Di.

“Revisitar películas que son viejas es quizás lo más refrescante que hay. Con tanto nuevo material que hay en pantalla, creemos que todo lo interesante siempre es lo nuevo, y en el cine de entre los años 30 y 60 se filmaron películas que por lo menos a mí me transformaron muchísimo. Vi algunas que jamás pensé que existían”, indica a Culto,

Paradójicamente, la pandemia ha sido uno de los ciclos que ha albergado más estrenos de Fábula, la productora de cine y TV que tiene desde hace 17 años con su hermano Juan de Dios y con la que saltó al mundo de las series en 2011 con Prófugos (HBO). La compañía ahora viene de lanzar las primeras temporadas de dos ficciones en Amazon Prime Video (El presidente, La jauría) y un largometraje en Netflix (Nadie sabe que estoy aquí), además de anunciar otros proyectos que a futuro se agregarán al atestado panorama del streaming.

En los primeros meses de cuarentena, el propio director de Tony Manero (2008) ideó un cortometraje en clave de comedia negra llamado Last call (última llamada), parte de Homemade (Netflix), la colección de historias confinadas de Fábula y la compañía italiana The Apartment Pictures.

Pero antes de la incertidumbre del Covid, el cineasta vivió otro episodio transformador de la mano de la sociedad creativa que forjó junto a Stephen King, con quien debió colaborar en múltiples áreas en Lisey’s story: ambos son productores ejecutivos (junto a J. J. Abrams, Juan de Dios Larraín y Julianne Moore, quien lo convocó) y el alabado autor de terror se encargó de la escritura de los ocho capítulos de la ficción que lleva a la pantalla su libro de 2006, una de sus obras más personales.

El resultado –que hasta ahora tiene tres episodios disponibles en la plataforma Apple TV+, uno nuevo cada viernes– es un duro viaje por las angustias de Lisey Landon (Moore), la viuda de un afamado novelista (Clive Owen) que lidia con fanáticos de su creación literaria y un mundo alternativo de fantasía que le presentó su difunta pareja. La serie en general no tuvo buenas críticas en Estados Unidos, quizás en parte porque en términos de agilidad y tono no está escrita con la lógica de la maratón, en parte porque tiende a caer en el desbalance, pero es imponente visualmente y alcanza momentos poderosos cuando evoca con nitidez las pesadillas y el romance.

Para Larraín, celebrado internacionalmente como uno de los mejores retratistas recientes de la oscuridad y el dolor en el cine, el proceso semejó ir a una escuela. Nada menos que con uno de los mayores autores de las últimas décadas, a quien fue ver a su casa a Estados Unidos cuando comenzaron a trabajar en el proyecto.

¿Diría que haber visitado a Stephen King y haber sido su huésped lo ayudó más a entender la novela o a empezar a generar una relación creativa con él?

Las dos cosas. Una de las razones por las cuales me pareció fascinante la invitación a hacer esto fue precisamente poder conocerlo y también trabajar con él. Lo que no había pensado que podría suceder era que, en antes de la pandemia, debido a las distancias, a los teléfonos, lo mejor fue reunirse con él para poder digerir, comentar y hacer observaciones de los guiones en algunos casos. Me subí a un avión y me fui a Maine, a donde él vive. Porque, como cocinero, obviamente una de las cosas más atractivas aquí es poder visitar la cocina de uno de los cocineros que han cambiado la historia de la cocina, si hacemos la metáfora. Yo tenía toda clase de preguntas que me hacía a mí mismo sobre cómo hace alguien para escribir materiales tan diversos, (como inspirar) una película como Stand by me, hasta The shining, y después desde Sueños de fuga hasta Carrie. Esa diversidad humana. Cómo hace Stephen King para ser tan universal y cómo escribe cosas que han cambiado y definido la cultura en los últimos 50 años.

¿Y con qué respuestas se encontró?

La primera, que no hay una respuesta. Yo pensaba encontrar algunas respuestas definidas y la verdad es que lo más interesante es que lo que él cocina es a sí mismo, porque él es el primer y último espectador de lo que está haciendo. Cada vez que crea una historia se pone a sí mismo en el lugar del personaje y a partir de eso define qué es verosímil y qué no, sea esto en un contexto de una película adolescente o de terror y todo lo que está entremedio. Por lo tanto, me pareció fascinante entender que en realidad no hay una respuesta más que él mismo. Y eso está metido un poco en su propio misterio como ser humano, porque es una persona muy afable, muy sencilla y, como todos los genios, muy gracioso. Es muy divertido y muy brillante. Yo pensé que iba a ir a ver a Mick Jagger y me topé con Mick Jagger con Jerry Lewis en el mismo personaje. Me pareció fascinante y fue muy gracioso.

Lanzado en octubre de 2006, Lisey’s story ha sido descrito en más de una ocasión por el propio King como su libro favorito de su larga carrera, además de uno de sus más personales. Tres años antes, tras estar hospitalizado por un caso de doble neumonía que casi le cuesta la vida, a su regreso a casa se encontró con la que sería la semilla de la historia: su estudio estaba completamente reacondicionado, ausente de documentos, revistas y sus objetos personales. Pensó en sí mismo como un fantasma que visitaba su despacho y en la figura de su esposa, la también novelista Tabitha King. Aunque el escritor ha enfatizado que ni Lisey ni Scott Landon fueron imaginados a semejanza del matrimonio que forman desde 1971, en la dedicatoria del libro se lee: “Para Tabby”.

“Es en realidad un tributo a su propia mujer y cuando entiendes eso obviamente hay que actuar con la delicadeza que implica, porque yo no quería meterme en su privacidad. Era él quién iba a determinar cuáles eran esos límites, por supuesto. Pero también me di cuenta de que había algo muy bello en la idea de que un escritor que ahora cumple 74 años, que ha escrito más de 50 novelas y que ha creado todo lo que sabemos, venga en este momento a rendir un tributo a su mujer y a decirle, a través de esta historia, que sin ella no habría podido hacer absolutamente nada”.

Comprender esa capa íntima, dice Larraín, fue determinante en dar forma a una miniserie que “es un duelo, es un réquiem sentimental, es un melodrama con elementos fantásticos que está basado en una historia de dolor y superación de una mujer que quiere avanzar con su vida luego de la muerte de su esposo”.

Jackie (2016) también era un relato sobre un duelo y más de alguna vez ha mencionado que El club (2015) cuenta con elementos de película de terror. ¿Le ayudaron esas dos experiencias en particular a encarar este proyecto?

Me ayudaron, porque Jackie, al igual que esta historia, está construida a partir de fragmentos de memoria y las memorias, como sabemos, son todas siempre emocionales. Uno recuerda hechos, pero los recuerda a partir de las emociones que vivió. Y seguramente en El club hay elementos de terror psicológico. Pero la verdad es que tuve que partir desde cero, porque acá son códigos distintos, y de alguna manera me tuve que meter en el trabajo y en la narrativa y en la ética y estética de otra persona, en este caso del señor King, para poder elaborar un trabajo que antes siempre me era más personal. Entonces tuve que manejar un auto ajeno, o cocinar en una cocina ajena, y con parámetros bastante claros, que tienen que ver con la manera en que él narra. Y para mí fue maravilloso porque tuve la oportunidad de aprender ahí. Yo les digo a mis amigos que fui a la universidad de Stephen King, porque obviamente eso es muy transformador. No creo ser el mismo director antes de eso que ahora. Más allá de los resultados, personalmente me pareció una experiencia muy transformadora, porque uno aprende muchas cosas que tienen que ver con la narrativa y también con la posibilidad de trabajar, por ejemplo, con efectos visuales, que nunca había tenido acceso y que son nuevos para mí. Eso fue un proceso de aprendizaje muy largo y fascinante.

 

El mito universal de Diana

 

Tras terminar por fin el rodaje de Lisey’s story, el cineasta chileno se sumergió a comienzos de año en las filmaciones del largometraje que sucede a Ema (2019) y que marca su segunda película en inglés. De estrenar en 2016 su retrato del duelo de Jacqueline Kennedy (Jackie) el director pasa a explorar la figura de Lady Di en los días en que a comienzos de los 90 determinó divorciarse del príncipe Carlos. Con la estadounidense Kristen Stewart como protagonista y guión del renombrado Steven Knight (Peaky Blinders), la cinta le permite marcar diferencias con la versión televisiva de la novela de King. “Es una película que está hecha de una manera mucho más clásica, en que todo sucede delante de cámara”, asegura, junto con llamarla “una prima hermana de Jackie”.

El filme apunta a un estreno en un festival durante el segundo semestre y quizás a pelear por los premios de la industria estadounidense. Pero con certeza le espera el escrutinio de Inglaterra, que el año pasado se irritó con The Crown cuando en su temporada cuatro recordó el turbulento origen de la relación de Diana con la familia real, con sus desaires y tensiones. Incluso, el gobierno británico llamó, hasta ahora sin éxito, a que Netflix colgara una advertencia respecto a que la serie era un “trabajo de ficción”.

Cuando se trata de una adaptación de Stephen King lo clásico sería decir que el mayor reto es que le guste tanto a él como a sus seguidores. En el caso de un proyecto como Spencer la idea podría estar dirigida a que provoque reacciones en Inglaterra. ¿Bajo qué expectativas se encuentra ante lo que pueda suceder con la película allí?

Uno piensa en lo que pueda producir y obviamente la reacción que pueda haber en Gran Bretaña es muy relevante, pero también hay algo mucho más simple, que tiene que ver con que cuando uno está filmando algo el primer espectador es uno mismo, te tiene que gustar a ti. Será muy íntimo, pero si no te funciona a ti, no le va a funcionar nunca a nadie. Con mi hermano (Juan de Dios) somos los dos chilenos, pero nos fuimos a filmar una película con una actriz americana, con un equipo inglés y alemán. Filmamos casi toda la película en Alemania y un pedazo en Inglaterra. Entonces, en realidad, para mí todo lo que tiene que ver con la corona inglesa es mucho más cercano a un mito universal. Es el gran melodrama, en donde todas las personas nos podemos sentir de alguna manera representadas, incluso en un contexto tan distinto como el de los reyes y las reinas, los príncipes y princesas. Pero lo que les pasa a ellos nos pasa a todos, y los dolores y miserias de Diana producen una empatía tan poderosa que quizás está ahí la clave, más que pensar en Inglaterra. Pensar su humanidad y ver cómo nos reflejamos todos en ella, seamos de cualquier origen, lugar o país.


(LA TERCERA / 12-6-2021)

miércoles

CHIARA MASTROIANNI: “SI A MI PADRE LE DICEN QUE ES UN ÍCONO, SE MUERE DE RISA”

 

 

por Jesús Ruiz Mantilla

 

La actriz, hija de Marcello Mastroianni y Catherine Deneuve, recoge el Premio de Honor del Festival de Gijón, donde ha sido aclamada como referente del cine independiente europeo.

 

En Gijón, Chiara Mastroianni, (París, 49 años) se resguarda de la lluvia y pasa desapercibida. Le han dado el Premio de Honor en el Festival de Cine de la ciudad y pasea sus genes icónicos con la naturalidad de quien defiende con elegancia discreta un legado. No es ligero, el suyo. Hija de Catherine Deneuve y Marcello Mastroianni, la carrera de Chiara entre el cine y la canción ha sido merecedora de galardones como el César o el de la sección Un Certain Regard, de Cannes. Da sus primeros pasos ahora en el teatro con Le ciel de Nantes, de Christophe Honoré, que se verá en el Odeon de París.

 

Debutando en el teatro… ¿Le tenía demasiado respeto al género?

 

Sí, de hecho me daba miedo, pero ahora estoy feliz. Quería volver a trabajar con Christophe Honoré y me ofreció un papel en esta historia sobre su familia. Trata de unos parientes fantasmas que murieron todos antes de cumplir 50 años y le reprochan no haber escrito sobre ellos. Es una confrontación con el pasado.

 

¿Tiene usted que confrontar muchas cosas con el pasado?

 

¿Yo? No. El pasado es buen alimento para el trabajo, pero cuando actúo no pienso en mí misma. Por eso me gusta.

 

No es una actriz del método, entonces…

 

No, aunque a nivel inconsciente, seguramente aparecen muchas cosas. Pero en mi caso, el trabajo me libera de mí.

 

Venir a Gijón a que le hagan un homenaje a su carrera, ¿no le hace tampoco mirar atrás?

 

Pues te preguntas, ¿a mí? ¿Por qué? No miro atrás. Tuve suerte, quizás mi mérito ha sido trabajar con buenos directores, es en lo que me fijo a la hora de elegir: el director. Pero eso de los homenajes me da algo de vergüenza. Lo que me gusta es venir a los festivales a conocer gente.

 

Parece que usted estaba predestinada para su oficio. Unos padres así, ¿marcan demasiado el camino?

 

Supongo. No sabría hacer otra cosa.

 

Pero, ¿le habría gustado?

 

Ah, sí, por supuesto. Me hubiese encantado ser músico.

 

Pero ha cantado.

 

Sí, pero me habría encantado dedicarme de lleno. Ser compositora, montar un grupo. Adoro actuar, pero la música es igual de importante para mí. Crear me hubiera fascinado. Escribir también. Me entusiasmé con el cine como espectadora, aunque también viví el sueño de ese mundo desde dentro.

 

¿Qué es el sueño del cine?

 

Vivir dentro de una película, en las tripas, un rodaje es el lugar más seguro que se me ocurre en el mundo. Cuando iba con mi padre, así lo sentía. Y fui a muchos, porque él trabajó muchísimo. Era un espacio de reconciliación y no vi nunca a mi padre más feliz en otro sitio que en un rodaje.

 

Parecía un hombre feliz, cierto. ¿Lo era?

 

Lo era, pero haciendo una película, esa felicidad te la contagiaba.

 

Como si viviera de un juego, es muy acertado el término en francés y en inglés para actuar cuando dicen jugar.

 

Sí, sin duda. Es un juego, completamente.

 

Si hacemos una lista de los rodajes a los que fue con su padre o su madre nos salen dos capítulos de la historia del cine.

 

El primero que recuerdo con él fue La ciudad de las mujeres, de Fellini. Tomé conciencia de quien era el director después, de adolescente. Antes era, sencillamente, un amigo de mi padre. Recuerdo haber llegado allí como a un parque de atracciones. Me impresionó. Básicamente desde 1979 a 1996 fui a todos los rodajes que hizo con Ettore Scola, Angelopoulos, Nikita Mihalkov, con quien hizo Ojos negros, preciosa película…

 

¿Y con su madre?

 

Con ella menos, vivíamos juntas en París y tenía que ir al colegio. Fui algunos, de Truffaut, por ejemplo, del que luego me hice muy admiradora.

 

¿De su madre heredó la cinefilia como espectadora?

 

Ah, sí, eso sí. Ella va, como mínimo, dos veces a la semana al cine. Las últimas que hemos visto juntas eran de terror…

 

Y también ha trabajado con los dos.

 

Sí, la suerte para mí era que no me impresionaban. Sabes que son grandes y es una responsabilidad, pero mi carrera fue distinta, yo elegí cineastas independientes con bajo presupuesto. Se alegraron mucho cuando les dije que me iba a dedicar a esto.

 

¿Le enseñaron mucho?

 

Tampoco, pero sus consejos fueron muy válidos. Me animaron a tomar mis propias decisiones y a encarar mis errores como parte del trabajo. Y mi padre me insistía en que este oficio consiste en tener paciencia y saber esperar.

 

¿No perder los nervios?

 

Sí, él siempre fue muy humilde. Sabía de dónde venía, ambos nunca perdieron la cabeza, se mantuvieron con los pies en la tierra y eso que sus carreras han sido más que excepcionales. No han sido en absoluto egocéntricos. Fueron muy inteligentes a la hora de educarme.

 

¿Cómo lo hicieron?

 

Con toda la normalidad, fuera del sistema del mundo del espectáculo.

 

Y ser hija de Catherine Deneuve, seguramente le ha enseñado a cumplir años con dignidad. Aunque supongo que no es fácil crecer con la conciencia de ser hija de dos iconos.

 

Pues sí, me han servido para eso y también a saber ser feliz en cada época de la vida. Soy ahora tan feliz como cuando era joven. En fin, lo que se puede ser en este mundo de locos. Más con esta pandemia, que aún no sabemos cómo nos va a afectar psicológicamente. Digamos que he aprendido bien a través de ellos a sentirme en paz conmigo misma.

 

Ya es algo.

 

Desde luego, si algo lamento es que mis hijos no hayan disfrutado de su abuelo. En cuanto a lo que decía usted de los iconos, si a mi padre le hubieran dicho esa palabra, se hubiera muerto de risa. No tenía ni rastro de narcisismo, era como el pariente de cualquier familia: no fingía esa naturalidad, ni la construía de manera artificial.

 

Es lo que llamamos elegancia.

 

Se mostró muy humilde con su destino y fue consciente de su suerte. Era natural y amable, genuinamente amable, sin tratar de impresionar a nadie. Le admiro muchísimo y entiendo que la gente lo quisiera. Cuando le echo de menos me pongo a escuchar sus entrevistas y a ver películas suyas. Lo perdí demasiado pronto y ojalá lo hubiera tenido cerca más tiempo. Me hubiera encantado que me viera progresar y estabilizarme en mi trabajo.

 

Jesús Ruiz Mantilla

Entró en EL PAÍS en 1992. Ha pasado por la Edición Internacional, El Espectador, Cultura y El País Semanal. Publica periódicamente entrevistas, reportajes, perfiles y análisis en las dos últimas secciones y en otras como Babelia, Televisión, Gente y Madrid. En su carrera literaria ha publicado ocho novelas, aparte de ensayos, teatro y poesía.


(EL PAÍS / 29-11-2021)

SILVIA HOPENHAYN: “NO SABEMOS MUY BIEN SI LA MUERTE ES UN PUNTO DE LLEGADA O DE PARTIDA”

 

 por Claudia Lorenzón 


En su última novela "Vengo a buscar las herramientas", Silvia Hopenhayn reflexiona sobre la muerte y su vínculo con el destino y el descanso de los cuerpos, a partir de dos historias que transcurren en tiempos y territorios diferentes: una en la década del 60 en la Patagonia y otra en 2019 en la ciudad de Buenos Aires.


La obra se inicia en un paraje fronterizo del sur argentino al que llega un matrimonio, con su hijo Lucio, y descubre que los habitantes del lugar entierran a sus muertos en la montaña, lo que provoca la contaminación del agua que consumen, mientras que el otro relato sucede en el barrio porteño de Villa Crespo, donde una mujer se dispone a enterrar al gato de su hija que ha muerto pocas horas antes, y para lo que necesitará la asistencia de un voluntario.


Con un marcado discurso poético, la autora va entrelazando las historias en las que además aborda la figura de la mujer en uno y otro tiempo, y el cruce cultural en ese árido paisaje de la Patagonia, habitado por descendientes de los pueblos originarios.


Traductora, periodista cultural y autora de las novelas "Elecciones primarias" y "Ginebra", Hopenhayn en diálogo con Télam explicó los hechos que dieron origen a esta obra, editada por Corregidor, y las instancias de escritura.


El tema de la muerte atraviesa la novela tanto en un tiempo pasado, en un territorio árido de la Patagonia, y en otro tiempo más actual, en la ciudad de Buenos Aires ¿Cómo o a raíz de qué surgió la obra?


No sabemos muy bien si la muerte es un punto de llegada o de partida, en todo caso, me interesaba la muerte como puntuación, la posibilidad de contar lo que ya pasó (como tan bien lo hizo Rulfo en "Pedro Páramo"). Quizá por eso en esta novela, a diferencia de las anteriores, siempre supe cómo terminaría, incluso la última palabra. Poner un punto (final) se asemejaba a una tarea apremiante de mi realidad: cavar un pozo para enterrar al gato. Mi hija me había pedido que fuese en el jardín y el veterinario me recomendó, por cuestiones higiénicas, que lo hiciera de ochenta centímetros. No sé si alguna vez probaste hacerlo, es difícil, cuesta muchísimo. El cálculo de la profundidad me resultó enigmático, hasta dónde hay que enterrar…La cuestión es que no pude, acudí entonces al vecindario (que luego se convertiría en escenario de la novela) y un encargado, viéndome recorrer la cuadra, pala al hombro, se ofreció a ayudarme. Vino conmigo a casa y, mientras cavaba, me fue contando la historia de su infancia en un paraje aislado de la Patagonia donde dejaban a los muertos en la montaña, hasta que un deshielo prematuro los desacomodó y las aguas empezaron a bajar contaminadas. Al advertirlo, su padre –director de la escuela rural de frontera-, para evitar enfermedades, les enseñó a los pobladores, que eran tan escasos como las palabras con las que contaban, a hacer cajones y enterrar a los muertos. Y su hijo, el hombre que estaba haciendo el pozo más hermoso del mundo en mi jardín al tiempo que me contaba su historia, solía escuchar de niño estas cinco palabras, cuando golpeaban a la puerta de su casa de adobe: "Vengo a buscar las herramientas". Su padre solía contestar: "¿Quién ha muerto?".


Yo estaba triste por la muerte del gato, culminación de otras pérdidas mayores, y hubiera querido enterrar a la mismísima muerte, pero en ese momento, al escuchar esa frase, sentí un tirón en algún lugar de mí. En pocos meses pasé de la pala a la pluma, de la muerte real, al punto final de novela.


Las mujeres tienen una presencia fundamental en la obra, el caso de la madre de Lucio, por un lado, una mujer entregada a su familia, casada con un hombre rudo, poco comunicativo, en un vínculo mediado por silencios. En la otra historia, una mujer que busca calmar el dolor de una hija a partir de la muerte de su gato que, como dice, se llevó parte de su alma. En ambos casos hay entregas muy fuertes de estas mujeres ¿Cómo creés que se fue reconfigurando el rol de la maternidad a lo largo del tiempo, o por el contrario, considerás que hay cosas que no cambian en el rol de "ser madre"?


Sí, hay cambios culturales en relación a la maternidad, por lo general bienvenidos. Pero al escribir me interesan las respuestas singulares de todos los tiempos. Las mujeres en Don Quijote, por ejemplo (salvo la fantaseada Dulcinea) son super independientes. En el caso de los dos personajes femeninos de mi novela, se trata de una entrega, como bien decís, que implica una decisión. Son mujeres de herramientas tomar, en un sentido muy amplio: desde un cuchillo para defender a los suyos en las zonas inhóspitas de la Patagonia, una pala para enterrar un gato en Villa Crespo o un cucharón para revolver el queso en las bateas. Llamar a estos personajes "madre de" me permitía ubicar esta fuerza, el empuje del cuidado, el cariño vuelto resolutivo. Así como me resulta disonante la expresión "mujer de", me parecía que "madre de" las convertía en heroínas paradojalmente sin nombre propio.


Por otra parte, en ambas mujeres se da o el abandono por parte de un hombre, en un caso, y el recuerdo del amor que no fue, como en caso de la madre de Lucio ¿Por qué te interesaron estos personajes femeninos?


Si bien estos dos personajes son muy diferentes, incluso desde el punto de vista estilístico, ya que trabajé en distintos tonos los tiempos de la novela (Patagonia 1960 y Villa Crespo 2019), son madres también porque están solas. Una soltera, la otra solitaria.


La novela está escrita con un lenguaje muy poético ¿Cómo fue escribir y encontrar ese estilo?


Suelo ingresar en estados de escritura cuando siento la impronta de una historia. En esos momentos me zambullo en la lengua en busca de frases que revelen algún sentido. Confío en lo que las palabras pueden llegar a decirnos. Además para esta novela, la frase escuchada me sirvió de diapasón. Encontré el tono de entrada. Por supuesto que una vez escrita, como suelo hacer, busqué liberarla de los excesos provocados por la misma escritura. Fueron largos meses de poda y relecturas, sobre todo en voz alta.


La presencia de la lengua y cultura indígenas también forma parte de esta historia ¿Por qué te interesó dar testimonio o trabajar sobre esta cuestión, tan propia de la historia de nuestro país?


Cuando se escucha una vivencia relatada con palabras que te despiertan el apetito de vivir, parece que testimoniaran alguna verdad. Y es lo que me pasó al recibir el relato de José, su infancia en Los Molles. Como si la historia de nuestro país, llena de agujeros como todas las historias, pudiera despuntar de la mirada de aquel niño entre mapuches, chamanes, caminantes nómades, la llegada reveladora de las golondrinas o el terciopelo de las amapolas. Más que dar cuenta de su vida, intenté "dar cuento" a la historia.


¿Qué simbolismo tienen las herramientas? Pensaba en las herramientas más allá de elementos de hierro y madera de gran tosquedad, pensaba en las herramientas internas, en las habilidades internas que a veces se tienen y a otras no ¿Buscaste un juego con ese significante en el marco de la historia?


Así es. Quise jugar con las habilidades de la misma palabra. Las herramientas siempre me gustaron, de chica un tío abuelo me llevaba de paseo por las ferreterías, me parecían juguetes increíbles, poderosos, la aventura de lo práctico. La idea de poder hacer, tener que hacerlo, querer y lograrlo. Otra vez, cavar un pozo, escribir una novela. Por otra parte, la frase "Vengo a buscar las herramientas" se me presentó como un mantra, ¡y me llevó a buscar las narrativas!


El mundo animal y humano aparece con gran fuerza a lo largo de la obra. ¿En qué lugar considerás que estos universos se complementan o unen?


Los considero uno solo, lamentablemente separados. Admiro las distintas capacidades de los animales, sus manifestaciones, la belleza de sus rasgos. Incluyo también la flora, tan "inteligente" como la describe Maurice Maeterlinck, un autor que siento muy cercano. Me gusta relacionar literariamente esos mundos mediante la frase de Felisberto Hernández cuando intenta explicar cómo surgen sus cuentos. Mejor lo cito: "En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico… No sé cómo hacer germinar la planta, sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos." Ahí está todo, el relato sembrado y su cosecha: la lectura.


(télam / 23-11-2021)

lunes

NÉLIDA PIÑÓN: “EL APOGEO DE LA TECNOLOGÍA HA PROVOCADO UN ARROGANTE DESPRECIO POR LA TRADICIÓN”

 

por Andrés Seoane 

“Llegué a la literatura por la aventura, porque pensaba, siendo muy niña, que los libros que leía eran las vidas reales de los protagonistas” reconoce emocionada Nélida Piñón. (Río de Janeiro, 1937). “No imaginaba que podían ser un producto de la imaginación. Fue leyendo las novelas del oeste de Karl May, a los diez años, cuando advertí que el narrador podía moldear la realidad con su imaginación, que no era un privilegio escribir, que podías crear mundos de la nada. Y eso me convirtió den escritora”, recuerda. Cálida, generosa, y con una plasticidad sensual al usar las palabras que muestra su intención de hallar siempre el vocablo preciso, sea en portugués o en español que domina con un gracioso acento cantarín, la gran dama de la literatura portuguesa se encuentra en nuestro país presentando Un día llegará a Sagres (Alfaguara), una bella metáfora de la historia portuguesa narrada por Mateus, un campesino bastardo de una pequeña aldea del Miño que a mediados del siglo XIX decide recorrer Portugal de norte a sur en busca de las huellas del glorioso pasado aventurero del país y del legendario infante Enrique el Navegante.

En proyecto desde 2004, la escritora reconoce que tuvo que ir posponiendo el viaje de documentación a Portugal, donde ha vivido el último año por un sinfín de motivos. “Históricamente ya tenía todo en la cabeza, pero quise ir a Portugal para visitar muchos lugares y buscar un sentimiento secreto de la lengua, los murmuros que quizás aun sobrevivieron a los siglos, porque porque quizá alguien aun habla hoy como Camôes, como un campesino del siglo XVI”, explica. Un esfuerzo que se aprecia en la cuidadosa reconstrucción de una epopeya inversa que, entre otras muchas reflexiones tocantes a nuestro presente, ensalza la historia del país vecino. “Con su audacia y su locura, los portugueses cambiaron, fomentaron y enriquecieron la imaginación del mundo. Cumplieron, sin duda, una de las vías de la imaginación del mundo. Quería contar la historia de esta deslumbrante aventura humana”.

¿Cómo nace esta idea de revisitar la historia de Portugal, qué pretendía hallar en su pasado?

La historia de alguna manera está en mi origen porque desde niña tuve la sensación de pertenecer a dos culturas, una idea que me liberó para invadir todas las civilizaciones, desde Homero a hoy. Portugal, evidentemente también, porque soy heredera de la lengua portuguesa. A los diez años me trajeron para España y pasé en Galicia casi dos años. Desde allí viajaba mucho a Portugal, que ha sido una fuerte presencia en mi vida, sobre todo por el privilegio de la lengua, que me enamora aún hoy. Conocer la historia de Portugal siempre me inquietó y me fascinó. Cómo un país tan pequeñito se hizo colectividad y se convirtió en una nación tan poderosa con esa apasionante atracción por el mar, especialmente por el Atlántico. Cómo es posible que campesinos, marineros, gente rústica, hayan dominado los mares, algo que muy pocos consiguieron… Fue un milagro. Seguir las huellas del portugués en oriente o en América es emocionante.

La historia habla de grandeza y de un pasado glorioso, pero está narrada por un protagonista pobre y campesino, y la miseria es un elemento común en ella. ¿La historia de un individuo humilde es mejor que la gran Historia y las listas de reyes y nobles para contar el pasado?

Yo he visto la pobreza, sobre todo interior de Brasil con mis abuelos, y conocí la pobreza de Galicia y también la portuguesa. La España y el Portugal que yo viví de niña era de una miseria absoluta. Y ambos países consiguieron que sus habitantes se puedan permitir el lujo de la elegancia, de la higiene, de la cultura. Ha habido un cambio extraordinario en el mundo. No obstante, pienso que la gente pobre, especialmente la de las aldeas, tiene una inteligencia natural, libre de artificiosidad, de arrogancia y de falsa erudición. Yo soy una intelectual, claro, pero creo que el intelectual, y cualquier persona, necesita cuidar de su alma, sobre todo en relación al otro. Y no pensar que sus puntos de vista son sobresalientes, superiores al de alguien de pocas letras o analfabeto. Siempre defendí que el analfabeto pudiera votar, porque tiene un sentido de la historia que ya hemos perdido. La gente más tradicional tiene en su espíritu la historia del mundo. Me acusan de sofisticada, pero yo querría ser una campesina. Sacrifico el lujo por mi concepto de la gente del pueblo. Entonces, quién podría mostrar mejor la grandeza súbita de Portugal que alguien como Mateus, condenado por el mundo al olvido, que ni siquiera tiene importancia para sí mismo. Sólo puede salir de eso cuando un modesto profesor de pueblo le enseña que es hijo y heredero de la grandeza, que su país modesto y pobre ha tenido gloria. Él es el heredero de ese Portugal, que se hizo con la sangre y el sudor de sus antepasados, y no los reyes.

Un mundo sin epopeyas

Precisamente, Mateus encarna también una herencia cultural. En este contexto que vivimos de desprecio por las humanidades, ¿qué peligro tiene olvidar que un país es la cultura que hereda, la historia que lo ha conformado?

Un peligro absoluto. Lo que está pasando con este delirante apogeo de la tecnología es un desprecio por la gran cultura, especialmente por la tradición. La tradición no es el inmovilismo, no es el desprecio por lo que viene mañana, por la capacidad inventiva. Sino que la tradición está presente en la contemporaneidad. No podemos sustentar lo que construyamos hoy sin los fundamentos de la tradición. ¿Cómo podrían ustedes hoy escribir un gran español sin saber lo que decía Nebrija? Hay una frase suya que la RAE debe tener mucho en cuenta: "a dónde va la lengua le sigue el imperio". El idioma es poder. Por ejemplo, en los Estados Unidos de hoy, como no hay una lengua oficial, el español tiene un poder impresionante. Don Víctor advirtió esto y conectó todas las academias de la América hispánica. El idioma es poder. Y en este sentido, Mateus tiene un concepto de la cultura que le hace heredero de todo lo precedente.

Justamente en el libro despunta la figura tutelar de Camões. ¿Cuál es su legado? ¿Qué cree que escribiría hoy el autor, cómo serían los Lusíadas del siglo XXI?

Camões, más que creación, establece el equilibrio de una lengua, hace que ella ceda lo más pujante que tiene el idioma a cada uno de sus hablantes. En este sentido es fundacional. Sin embargo, creo que hoy en día su obra no me atraería tanto. De Camões me fascinan sus epopeyas edificantes, pero hoy en día ya no existen. ¿Cuál sería la epopeya de hoy, el rock and roll? Mira la cosa terrible que voy a decir: quizás esta tragedia de la pandemia sí se convierta en una epopeya narrativa, pero no creo que igualemos a Boccaccio. No obstante, creo que siempre hay aventuras. Por ejemplo, esa mitología norteamericana de la Ruta 66 y el mundo de En el camino de Kerouac. Aunque no veo similar a ese momento en la juventud actual, no me atrae nada el mundo actual. Quizás hoy somos muy arrogantes al pensar que hemos creado un mundo nuevo y no estamos abiertos a ese tipo de viajes.

El mundo que narra la novela, ese pasado campesino, está hoy desaparecido. ¿Qué tuvo de bueno y de malo la pérdida de esa manera de ver y vivir el mundo?

Volver a aquella miseria sería imperdonable. Pero yo realzo que aquella pobreza tenía una nobleza, una especie de utopía. Mi protagonista, por ejemplo, tiene el sueño de conocer al infante Navegante, es un peregrino, como Ulises, que hace su historia caminando, como diría Machado. No sé hasta qué punto hoy hacemos historias obligatorias, vivimos una vida mucho más condicionada e incluso necesitamos sobreponernos al otro para vivir. No creo que la historia hoy sea grata, pero a la vez no puedo cancelar la capacidad de innovar del hombre, que es un creador. No tiene miedo de nada, porque es un superviviente. Quien tiene que luchar por el pan no puede tener miedo, porque tiene que sobrevivir todos los días.

Su novela afirma que el hombre, al igual que el mundo, es carnívoro. ¿Es posible que dejemos algún día de devorarnos?

No lo sé, pero está en nuestra naturaleza. Para dejar de serlo, hay que luchar mucho contra tu violencia, tu egoísmo, ser un poco ascético, como los Padres del Desierto, que creían que alejarse del pecado era acercarse a Dios. Siempre ha habido en la historia una noción del pecado que decía que para combatirlo había que tener una noción de santidad. Esto ha desaparecido actualmente, la gente se preocupa mucho en beneficiarse a toda costa. Aunque hay mucha gente generosa también. Es un combate permanente entre el bien y el mal. Hay que dominar esos dientes afilados, que son nuestras almas. En nuestro tiempo este tema es delicado porque por primera vez en la historia ya no hay un Dios, ese que de alguna manera trataba de frenar nuestros impulsos violentos y crueles. Ahora que Dios se ha eliminado, es poco elegante hablar de él, no tenemos muchas reglas y normas morales. No sé si es algo libertario, pero creo que no completamente, pues no sé si esta libertad mantiene en nosotros la noción del deber humanitario.

Disparates de la historia

 

También puede verse la novela como una crítica al nacionalismo exacerbado, a la tergiversación y blanqueamiento de la historia en favor de una imagen mejor del pasado. ¿Es posible borrar o alterar lo ya ocurrido?

No se puede ni se debe rectificar la historia, porque somos herederos de esos hechos del pasado. Si tienes una herencia no puedes echarla por la ventana, debes conocerla a fondo, hacer que los aspectos crueles de la historia nos hagan mejores hoy. Es por eso que hay historiadores. Es un disparate eso de apagar la historia. Por ejemplo, borremos el siglo XVI. No se puede quedar vacío. ¿Qué ponemos en él entonces? ¿Lo analizamos y rellenamos desde nuestro siglo XXI? Son disparates… Los historiadores nos van educando y enseñando. No hace falta que gente sin ninguna formación y con intereses espurios la reinventen. Y además es peligroso. No se puede apagar el pasado ni rectificarlo, sino estudiarlo para evitar repetir los errores.

Sin embargo vemos en todas partes que el poder, los políticos, no siguen esa premisa, y hacen mal uso de la historia constantemente.

Los políticos no conocen ni tienen en cuenta la historia, para ellos solo es autorreferente, la que están haciendo, porque únicamente piensan en sí mismos. Escriben su propia historia, que nosotros tenemos que destrozar y corregir. Hoy en día, en todas partes, no tenemos estadistas, grandes hombres de Estado. Gente que piense primero en el pueblo, en la grandeza de un país, como hizo, por ejemplo, Churchill, que, con todos sus defectos, hizo todo por su pueblo. Los políticos son intrascendentes, pero de vez en cuando hay que hablar de ellos para colmar su vanidad, para que piensen que tienen relevancia.

¿Puede la literatura combatir esta visión interesada y sesgada creando memoria colectiva? ¿Es su papel hacerlo?

Desde luego, lo hemos visto mucho en Latinoamérica con los libros sobre los dictadores de varios escritores. La función de la literatura a nivel histórico es crear contrastes, generar relato, explicar cómo vivía la gente de determinada época. Yo soy una mujer que fui plasmada por mis conocimientos. La cultura que he ganado, que siempre me parece poca, viene en su mayor parte de mis lecturas. La literatura tiene una función pedagógica para el lector, sí, pero también para el escritor. El texto al que apenas estás dando vida te habla y dice “Nélida, escucha”. Y tienes que escuchar. Me educa. Y educar es reconstruir, hacerte una persona diferente a la cual se fueron adicionando muchos elementos que la mejoran, porque si la educación no tiene una función correctiva, es una falla.

La novela se posiciona constantemente en contra del poder y usted reivindica la vida humilde y sencilla de la gente de a pie, ¿qué importancia le da al éxito literario, a los laureles y reconocimientos?

Hay gente muy hechizada por los éxitos y el boato, que vive un infierno constante en busca de la gloria. En mi caso, yo no cargo con mis trofeos, he sido educada para olvidar esa parte en cuanto sucede. No puedo olvidar que los tengo, pero estoy entretenida con otros aspectos de la vida, disfruto mucho de hablar con la gente, de las cosas sencillas. Podría hablar horas sobre un pan de broa, que me recuerda a mi infancia en Galicia. Valoro mucho más un pan que un premio. Mi protagonista debe vivir toda su vida persiguiendo la quimera de los poderosos, su senda en la historia, para descubrir que los verdaderos héroes son la gente común, los que trabajan día a día.

Una literatura irreductible

Este desapego por la fastuosidad queda patente en la concepción que la escritora, que acaba de recibir la nacionalidad española hace unos días, tiene de la literatura. “Como novelista tengo la obligación de imaginar que he invadido la historia a través de mi percepción, de mi sensibilidad y de mis lecturas. Crear es un riesgo inmenso. Quien debe decir si logré algún resultado es el lector”, afirma. “Desde niña nunca he rasgado una hoja de papel. Tengo un respeto, una paciencia… Cada vez que hago una frase, incluso mala, siempre pienso que de ella saldrá algo mejor. El fracaso no me va a derrumbar, porque estoy presta a dar mi vida para hacer una literatura tan buena como imagino que puedo hacer. No me rindo”.

Desde ayer, una parte significativa de la trayectoria creativa de la escritora brasileña descansa en la cámara acorazada 1261 de la Caja de las Letras del Instituto Cervantes, donde Piñon, la primera autora en portugués en hacerlo, ha depositado una primera edición de su primera obra, Guía-mapa de Gabriel Arcanjo (1961), así como el manuscrito de su novela La república de los sueños (1984), novela ambientada en Galicia que conecta con sus raíces españolas.

También ha guardado para la posteridad fotografías, otros textos y muchos discursos, casi todos en español, como el de la recepción del Premio Príncipe de Asturias 2005, así como plumas de escribir que pertenecieron a su padre y a su abuelo, el abanico de su madre y su abuela, marcapáginas o un muñeco de Popeye con el que su madre le animaba a comer en su infancia. “Huellas que uno va dejando sin tener noción de lo que está haciendo", ha explicado la escritora, que se ha definido como "una nostálgica y una sentimental, aunque también una mujer de gran disciplina".


(EL CULTURAL / 25-11-2021)

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