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martes

A LA BÚSQUEDA DE UNA IDENTIDAD EN LA OBRA DE JUAN CARLOS ONETTI (75) - MARYSE RENAUD

 Traducción del francés: Hugo Giovanetti Viola 

1ª edición: Editorial Proyección / Uruguay / 1993, en colaboración con la Universidad de Poitiers.

1ª edición virtual: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2020, con el apoyo de la Universidad de Poitiers.

 

LAS DOS CARAS DE LA TRANSGRESIÓN

  

EL SUEÑO

 

1. LA PRIMACÍA DEL SUEÑO (3) 

 

Todos estos sueños diurnos desembocan en construcciones imaginarias tan complejas que terminan por constituirse en verdaderas tramas. El posible Baldi ofrece un ejemplo particularmente convincente: a partir de las primeras palabras de la desconocida, “histérica y literata”, Baldi se siente progresivamente dominado por la necesidad de representar la comedia de la virilidad que entrevé en él la enigmática extranjera:

 

Sí, no importa que se ría. Yo, desde que lo vi esperando para cruzar la calle, comprendí que usted no era un hombre como todos. Hay algo raro en usted, tanta fuerza, algo quemante… Y esa barba, que lo hace tan orgulloso… (10)

 

Después de algunas fracasadas tentativas, el héroe renuncia a desembarazarse de ella y duda interiormente en elegir un relato ficticio de su pasado. Luego de descartar una versión considerada demasiado libresca y pueril (11), se decide por una historia concisa pero eficaz, donde se mezclan sabiamente todos los ingredientes tradicionales de las novelas de aventuras: exotismo, suspenso, violencia y codicia, a los que se agregan unas pizcas de racismo y sadismo destinadas a realzar el sabor del relato. Así surge el Baldi “de las mil caras feroces”, firmemente dispuesto a deslumbrar a su demasiado crédula admiradora. Como podemos ver, entonces, los despliegues imaginativos no carecen de coherencia ni de rigor. Ni de amplitud. Porque si bien Baldi no manifiesta más que una sola vez sus deseos reprimidos, Eladio Linacero en El pozo, y Aránzuru y Nené en Tierra de nadie, se expresarán totalmente a su gusto: a través del sueño nocturno en el caso de los dos últimos, o de la ensoñación diurna, esencialmente, en el caso del primero. Todos se conmoverán con la misma soltura en el mundo móvil de la imagen, trasladándose sin tropiezos de la actividad onírica a la hipnagógica. Porque lo único que cuenta en última instancia, realmente, es la función compensadora de lo imaginario.

 

La actividad “imaginante” se afirmará, en efecto, cada vez con más fuerza, a lo largo de las diversas obras, como una experiencia fundamental e ineludible. Será una experiencia riesgosa pero exaltante y llegará a constituirse, en la mayoría de los textos, en la aventura por excelencia. Por otra parte, desde 1939, Juan Carlos Onetti ya sugiere en El pozo la posibilidad de una interrelación enriquecedora entre “sueño, “ensueño” y “aventura”:

 

Si hoy quiero hablar de los sueños, no es porque no tenga otra cosa que contar. Es porque se me da la gana, simplemente. Y si elijo el sueño de la cabaña de troncos, no es porque tenga alguna razón especial. Hay otras aventuras más completas, más interesantes, mejor ordenadas (12)

 

Sin embargo, el status preciso de la “aventura” no aparece desprovisto de cierta ambigüedad. En un primer momento, aquella parecería poder ser definida en radical oposición con los “sucesos” de la vida cotidiana: el mundo exterior, vulgar, mediocre y percibido como un obstáculo, debe ser mantenido a distancia de las representaciones imaginarias (13). Pero ciertos pasajes de El pozo nos permiten dudar de esta interpretación esquemática. El status de la aventura, fundado en la secuencia 1 sobre la teoría explícita de la separación y hasta el antagonismo entre lo real y lo imaginario, se flexibiliza. En adelante -tal como lo da a entender una breve pero significativa observación de Eladio Linacero- ya no existirá una oposición marcada entre los “sueños” y los “sucesos”, esbozándose ciertas reconciliación o síntesis entre el mundo exterior y la vida interior:

 

Por aquel tiempo no venían sucesos a visitarme a la cama antes del sueño; las pocas imágenes que llegaban eran idiotas (13 bis).

 

Los “sucesos”, modalidad particular de la ensoñación diurna y producto directo de la vigilia, también formarán parte del mundo imaginario del personaje. Claro que no podemos pasa por alto la ambivalencia del término, que nos remite tanto a los pequeños hechos de la vida cotidiana como a los productos de la imaginación. Pero lo que se reconoce implícitamente en el pasaje citado es cierta dependencia de la “aventura” con respecto a ese proveedor inmediato de impresiones de todo tipo que es lo real. Sueño y realidad exterior conservarán su especificidad pero la oposición inicial que parecía hacerlos irreconciliables así como el desprecio que pesaba sobre el término “sucesos”, desaparecerán. En adelante, asistiremos a una complementariedad confirmada ampliamente por el conjunto de la obra onettiana.

 

Notas 

(10) El posible Baldi, p. 22.

(11) Ibíd., pp. 23-24: “Una verja de madera rodeando máquinas, ladrillos, pilas de bolsas. Se acodó en la empalizada. La mujer se detuvo indecisa, dio unos pasos cortos, las manos en los bolsillos del perramus, mirando con atención la cara endurecida que Baldi inclinaba sobre el empedrado roto. Luego se acercó, recostada a él, mirando con forzado interés las herramientas abandonadas bajo el toldo de lona.

Evidente que la empalizada rodeaba el Fuerte Coronel Rich, sobre el Colorado, a equis millas de la frontera de Nevada. Pero él ¿era Wenonga, el de la pluma solitaria sobre el cráneo aceitado, o Mano Sangrienta, o Caballo Blanco, jefe de los Sioux? Porque si estuviera del otro lado de los listones con punta flordelisada -¿qué cara pondría la mujer si él saltara sobre las maderas?- si estuviera rodeado por la valla, sería un blanco defensor del fuerte, Búiffalo Bill de altas botas, guantes de mosquetero y mostachos desafiantes. Claro que no servía, que no pensaba asustar a la mujer con historias para niños.

(12) El pozo, p. 9.

(13) Ibíd., p. 9: “Pero ahora quiero hacer algo distinto. Algo mejor que la historia de las cosas que me sucedieron. Me gustaría escribir la historia de un alma, de ella sola, sin los sucesos en que tuvo que mezclarse, queriendo o no. O los sueños.

(13 bis) Ibíd., p. 28.

miércoles

A LA BÚSQUEDA DE UNA IDENTIDAD EN LA OBRA DE JUAN CARLOS ONETTI (76) - MARYSE RENAUD

 Traducción del francés: Hugo Giovanetti Viola 

1ª edición: Editorial Proyección / Uruguay / 1993, en colaboración con la Universidad de Poitiers.

1ª edición virtual: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2020, con el apoyo de la Universidad de Poitiers.

 

EL SUEÑO

 

1. LA PRIMACÍA DEL SUEÑO (2) 

 

A través de un hábil vaivén de deslizamientos progresivos entre una y otra palabra, el novelista logra pues sugerir la pluridimensionalidad del universo imaginario de Eladio Linacero. Asistimos así a la compenetración del día y la noche, del sueño propiamente dicho y las ensoñaciones diurnas, de la actividad onírica y la actividad hipnagógica. La mayoría de los héroes, al igual que Eladio Linacero, se abandonarán indiferentemente a las delicias del sueño o a las de la ensoñación diurna: no existirá la menor impermeabilidad entre estos dos niveles de lo imaginario recorridos casi zigzagueantemente. Claro que hay ciertas horas que siempre estimulan el fluir de las imágenes, como lo demuestran algunos textos nocturnos entre los que se cuentan, por ejemplo, Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo y El posible Baldi:

 

Baldi se detuvo en la isla de cemento que sorteaban veloces los vehículos, esperando la pitada del agente, mancha oscura sobre la alta garita blanca. Sonrió pensando en sí mismo, barbudo, el sombrero hacia atrás, las manos en los bolsillos del pantalón, una cerrando los dedos contra los honorarios de “Antonio Vergara-Samuel Freider”. (…) Seguro frente al problema de la noche, ya resuelto por medio de la peluquería, la comida, la función de cinematógrafo con Nené. Y lleno de confianza en su poder -la mano apretaba los billetes- porque una mujer rubia y extraña, parada a su lado, lo rozaba de vez en vez con sus claros ojos. Y si él quisiera… (5)

 

Pero será durante la vigilia, no obstante, cuando bajo la presión de las circunstancias, la imaginación de Baldi se exaltará hasta arrastrarlo a una increíble aventura: la indignación, la necesidad de deslumbrar y una oscura y soterrada mala conciencia, lo llevan a inventarse cínicamente un pasado sórdido y sangriento en un África subida de color:

 

Pero ya estaba la solución; ahora la mujer tendría que irse. Abiertos los ojos espantados, alejándose rápido, sin palabras Conque hombres extraordinarios, ¿eh…?

Se detuvo frente a ella y se arqueó para acercarle el rostro.

-No necesitaba saber inglés, porque las balas hablan una lengua universal. En Transvaal, África del Sur, me dedicaba a cazar negros.

No había comprendido, porque sonrió parpadeando:

-¿A cazar negros? ¿Hombre negros?

Él sintió que la bota que avanzaba en Transvaal se hundía en ridículo. Pero los dilatados ojos azules seguían pidiendo con tan anhelante humildad, que quiso seguir como despeñándose (6)

 

Suaid, el antojadizo héroe de Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo, es también asaltado por un torrente de imágenes exóticas. Una simple sensación –“un estremecimiento de frío” (7)- es suficiente para provocar confusamente el deseo de ruptura: la ciudad, la calle y el ruido de la circulación dan lugar a “una exagerada visión polar” (8) que se transformará enseguida en un paisaje desolado de Alaska. Mucho más tarde, en 1959, el personaje principal de Para una tumba sin nombre se entregará igualmente a la imaginación y decidirá reconstruir, oralmente y después por escrito, la vida y muerte de Rita, ex-sirvienta de su familia. Pero en la base de esta empresa literaria, de este brillante ensamblamiento de visiones caprichosas y siempre inciertas, reencontramos una vez más las sensaciones y los pensamientos contradictorios de la vigilia:

 

Pero, además, repito, estaba mi seguridad. Primero, como le dije, porque yo había conocido a Rita y ella me había conocido a mí. Rita era mía, eso era lo que yo estaba sintiendo en la cama mientras el querido imbécil bordoneaba exponiéndose proyectos. Tal vez le cuente qué proyectos. Mía porque unos años atrás, cuando no sabía que el lenguaje universal para entenderse con las mujeres es el de los sordomudos, yo la deseé y ella supo que yo la deseaba. También mía, y mucho más por esto -y no se escandalice, no saque conclusiones baratas-, porque yo la había espiado por la ventana hacer el amor con Marcos. La había visto, ¿entiende? (9).

 

Notas 

(5) El posible Baldi, p. 20.

(6) Ibíd,, pp. 24-25.

(7) Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo, p. 1.

(8) Ibíd., p. 1.

(9) Para una tumba sin nombre, II, pp. 36

lunes

A LA BÚSQUEDA DE UNA IDENTIDAD EN LA OBRA DE JUAN CARLOS ONETTI (75) - MARYSE RENAUD

 Traducción del francés: Hugo Giovanetti Viola 

1ª edición: Editorial Proyección / Uruguay / 1993, en colaboración con la Universidad de Poitiers.

1ª edición virtual: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2020, con el apoyo de la Universidad de Poitiers.

 

EL SUEÑO

 

1. LA PRIMACÍA DEL SUEÑO (1) 

 

Los personajes onettianos son generalmente soñadores: tanto Eladio Linacero como Aránzuru, Baldi, Brausen, Jorge Malabia, Kirsten, Nené o la “pobre loca” de Un sueño realizado aportarán, en mayor o menor medida, desestabilizantes ráfagas de irrealidad y de poesía a relatos muchas veces crueles. Por otra parte, la frecuencia con que se utilizan los verbos “imaginar” y “soñar”, o los sustantivos “sueño”, “ensueño” y “ensoñación” -para citar sólo algunos- ya alcanza para testimoniar la importancia otorgada al fenómeno.

 

Pero conviene precisar mejor los objetivos del presente capítulo. Existen dos clases de soñadores en la obra de Juan Carlos Onetti: la mayoría de ellos se abandonará por completo al fluir de lo imaginario, comentando y hasta intercambiando sus sueños, como Aránzuru y Nené en Tierra de nadie; otros intentarán, en cambio, fijar la fugitividad cotidiana a través de la escritura. Sólo consideraremos aquí a los verdaderos soñadores, a los del primer grupo, y -exclusión hecha de su relación con esta escritura (1)- a algunos personajes del segundo que conservan una privilegiada vinculación con el mundo onírico. Lo que interesa, en efecto, es determinar en forma prioritaria qué importancia reviste en el corazón del universo onettiano la proliferación del sueño, la expansión de este humus imaginario sistemáticamente valorizado desde 1939.

 

Cabe, pues, precisar cuidadosamente a la naturaleza y los límites del territorio a estudiar. Porque de lo contrario, al menor descuido, las primeras obras de Juan Carlos Onetti bien podrían contribuir más a despistarnos que a definir con claridad el exacto contorno de esta actividad imaginaria tan altamente reivindicada, sin embargo, desde El pozo. Creemos más útil, por lo tanto, comenzar enfocando la trayectoria personal de Eladio Linacero, arquetipo indiscutible de una larga estirpe de futuros soñadores.

 

La actividad onírica exaltada en El pozo parece, a primera vista, difícil de descifrar. Ella implica, en efecto, un trabajo psíquico tan nocturno como diurno. Por un problema de eficacia, numeraremos las primeras secuencias contraviniendo el orden del relato. La secuencia 1 parece remitir a representaciones imaginarias producidas esencialmente durante el sueño, de acuerdo a lo sugerido por la palabra “pesadilla”, la alusión a la hora tardía de acostarse y la presencia de la cama:

 

Me gustaría escribir la historia de un alma, de ella sola, sin los sucesos en que tuvo que mezclarse, queriendo o no. O los sueños. Desde alguna pesadilla, la más lejana que recuerde, hasta las aventuras en la cabaña de troncos. Cuando estaba en la estancia, soñaba muchas noches que un caballo blanco saltaba encima de la cama. Recuerdo que me decían que la culpa la tenía José Pedro porque me hacía reír antes de acostarme, soplando la lámpara eléctrica para apagarla (2)

 

También la secuencia 3, la asociación del “sueño de la cabaña de troncos”, la hora en que se desarrolla la escena y la cama de hojas parecen confirmar el carácter nocturno del sueño:

 

Pero ya no tengo necesidad de tenderle trampas estúpidas. Es ella la que viene por la noche, sin que yo la llame, sin que sepa de dónde sale. Afuera cae la nieve y la tormenta corre ruidosa entre los árboles. Ella abre la puerta de la cabaña y entra corriendo. Desnuda, se extiende sobre la arpillera de la cama de hojas (3)

 

Intuición que corrobora por otra parte la secuencia 4, a través de sus múltiples alusiones a la noche y al camastro donde descansa uno de los principales personajes de los sueños de Eladio Linacero.

 

Sin embargo, la aparente simplicidad del mundo onírico del protagonista de El pozo es desmentida en varias ocasiones: la palabra sueño es sustituida, profusamente por momentos, por la palabra “ensueño”:

 

Lo malo es que el ensueño no trasciende, no se ha inventado la forma de expresarlo, el surrealismo es retórica. Sólo uno mismo, en la zona de ensueño de su alma, algunas veces. ¿Qué significas que Ester no haya comprendido, que Cordes haya desconfiado? Lo de Ester, lo que me sucedió con ella, interesa porque, en cuanto yo hablé del ensueño, de la aventura (creo que era la misma, esta de la cabaña de troncos) todo lo que había pasado antes, y hasta mi relación con ella desde meses atrás, quedó alterado; lleno, envuelto por una niebla bastante espesa, como la que está rodeando, impenetrable, al recuerdo de las cosas soñadas (4)

 

Notas 

(1) Esta relación con la escritura será analizada en el capítulo VI.

(2) El pozo, p. 9.

(3) Ibíd., p. 19: “Bajé a comer. (…) Allí acaba la aventura de la cabaña de troncos. Quiero decir que es eso, nada más que eso. Lo que yo siento cuando miro a la mujer desnuda en el camastro no puede decirse, yo no puedo, no conozco las palabras. Esto, lo que siento, es la verdadera aventura. Parece idiota, entonces, contar lo que menos interés tiene. Pero hay belleza, estoy seguro, en una muchacha que vuelve inesperadamente, desnuda, una noche de tormenta.

(4) Ibíd., p. 24 (El subrayado es nuestro).

domingo

A LA BÚSQUEDA DE UNA IDENTIDAD EN LA OBRA DE JUAN CARLOS ONETTI (73) - MARYSE RENAUD

 Traducción del francés: Hugo Giovanetti Viola

 1ª edición: Editorial Proyección / Uruguay / 1993, en colaboración con la Universidad de Poitiers.

1ª edición virtual: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2020, con el apoyo de la Universidad de Poitiers.

 

LAS DOS CARAS DE LA TRANSGRESIÓN

  

II LOS RITOS INDIVIDUALES O LA FASCINACIÓN DEL ACTO TRANSGRESOR (2)

 

En La novia robada encontraremos un nuevo desafío a la función social unificadora de toda práctica ritual, a través de la descripción de un desbordamiento neurótico que, una vez más, contribuye a aislar al personaje del resto de la comunidad. Por haber creído demasiado en la honorabilidad del casamiento burgués, Moncha Insurralde se refugia en un ritual delirante:

 

Asombros varios, afirmaciones rotundas de ancianos negados a la entrega, confusiones inevitables impiden fechar con exactitud el día, la noche del primer gran miedo. Moncha llegó al hotel del Plaza en el coche bronquítico, hizo desaparecer al chofer y avanzó en sueños hasta la mesa de dos cubiertos que había reservado. El traje de novia cruzó, arrastrándose, las miradas y estuvo horas, más de una hora, casi sosegado ante el vacío -platos, tenedores y cuchillos- que sostuvo enfrente. Ella, apenas contenta y afable, preguntó a la nada y detuvo en el aire algún bocado, alguna copa, para escuchar. Todos percibieron la raza, la mamada educación irrenunciable. Todos vieron, de distinta manera, el traje de novia amarillento, los encajes desgarrados y en parte colgantes. Fue protegida por la indiferencia y el temor. Los mejores, si es que estuvieron, unieron el vestido con algún recuerdo de dicha, también agotado por el tiempo y el fracaso.

No muy temprano ni tarde, el maître en persona -Moncha se llamaba Insaurralde- trajo la cuenta doblada sobre un platito y la dejó exactamente entre ella y el otro ausente, invisible, separado de nosotros, de Santa María, por una incomprensible distancia de millas marinas, por las hambres de los peces. (23)

 

La joven vasca se hundirá en la locura. El restaurante, el jardín tapiado y luego el sótano del farmacéutico Barthé serán las tres estaciones principales en su camino hacia la ruptura definitiva: el suicidio. Una vez más, la exacerbación de los rituales desemboca en un final inquietante:

 

Porque Moncha Insaurralde se había encerrado en el sótano de su casa, con algunos -pero no bastantes- seconales, con su traje de novia que podía servirle, en la placidez velada del sol del otoño sanmariano como piel verdadera para envolver su cuerpo flaco, sus huesos armónicos. Y se echó a morir, se aburrió de respirar.

Y fue entonces que el médico pudo mirar, oler, comprobar que el mundo que le fue ofrecido y él seguía aceptando no se basaba en trampas ni mentiras endulzadas. El juego, por lo menos, era un juego limpio y respetado por ambas partes: Diosbrausen y él (24)

 

Reducidos a una gesticulación rechinante y hasta grotesca, así como despojados de toda trascendencia en un universo novelesco que contempla sarcásticamente la ausencia de Dios, estos degradados e irrisorios rituales personales constituyen, sin embargo, el nudo narrativo de muchos textos onettianos. Podríamos citar desordenadamente las indesmayables recorridas portuarias de Kirsten y Montes, empujados por el sueño de un embarque imposible; los movimientos mágicos y pueriles que repite inconscientemente el tío Horacio, nuevo Orfeo lanzado a la búsqueda de una Eurídice infiel; las ceremoniales y violentas visitas de Brausen a la Queca; e incluso las dulzonas inmersiones en la nostalgia a las que se entrega Díaz Grey en La casa en la arena:

 

Cuando Díaz Grey, en el consultorio frente a la plaza de la ciudad provinciana, se entrega al juego de conocerse a sí mismo mediante este recuerdo, el único, está obligado a confundir la sensación de su pasado en blanco con la de sus hombros débiles; la de la cabeza de pelo rubio y escaso, doblada contra el vidrio de la ventana, con la sensación de la soledad admitida de pronto, cuando ya era insuperable. También le es forzoso suponer que su vida meticulosa, su propio cuerpo privado de la lujuria, sus blandas creencias, son símbolos de la cursilería esencial del recuerdo que se empeña en mantener desde hace años (25)

 

También la escritura, manifiestamente valorada en nuestras sociedades, será objeto de una divertida ritualización al ocupar el escenario novelesco onettiano. En La vida breve, por ejemplo, el impulso creador de Brausen, provocado por el miedo a la enfermedad y la muerte, es precedido muy a menudo por el mismo gesto convulsivo: una manipulación irreprimible y sistemática de ampollas o cualquier tipo de medicamento, que caracterizará específicamente al personaje:

 

Estiré la mano hasta introducirla en la limitada zona de luz del velador, junto a la cama. Hacía unos minutos que estaba oyendo dormir a Gertrudis, que espiaba su cara, vuelta hacia el balcón, la boca entreabierta y seca, casi negra, más gruesos que antes los labios, la nariz brillante pero ya no húmeda. Alcancé en la mesita una ampolla de morfina y la alcé con dos dedos, la hice girar, agité un segundo el líquido transparente que lanzó un reflejo alegre y secreto. Serían las dos o las dos y media; desde medianoche no había oído el reloj de la iglesia (…) Había sentido crecer contra mi mano la humedad de su frente, mientras pensaba en el argumento para cine de que me había hablado Julio Stein, evocaba a Julio sonriéndome y golpeándome un brazo, asegurándome que muy pronto me alejaría de la pobreza como de una amante envejecida, convenciéndome de que yo deseaba hacerlo (26)

 

Notas 

(23) La novia robada, p. 24.

(24) Ibíd., pp. 27-28.

(25) La casa en la arena, p. 107.

(26) La vida breve, Cap. 2, p. 17.

miércoles

A LA BÚSQUEDA DE UNA IDENTIDAD EN LA OBRA DE JUAN CARLOS ONETTI (72) - MARYSE RENAUD

 Traducción del francés: Hugo Giovanetti Viola 

1ª edición: Editorial Proyección / Uruguay / 1993, en colaboración con la Universidad de Poitiers.

1ª edición virtual: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2020, con el apoyo de la Universidad de Poitiers.

 

LAS DOS CARAS DE LA TRANSGRESIÓN

 

CAPÍTULO PRIMERO

 

II LOS RITOS INDIVIDUALES O LA FASCINACIÓN DEL ACTO TRANSGRESOR (1)

 

Pero es en realidad la irrupción de la voluntad individual lo que nos permitirá descifrar mejor el sentido profundo de las prácticas rituales. Asistimos entonces, como en La cara de la desgracia o Tan triste como ella, a una verdadera inversión sígnica. Lejos de complacer el orden establecido mediante la implícita creación de un nuevo consenso social, ideológico o cultural, estos rituales solitarios se transformarán en ostensibles factores de desestabilización. Por su desmesura ofrecerán a los actores de la vida ritualizada la penosa parodia de la ridiculez.

 

Así, en La cara de la desgracia, el narrador, creyéndose responsable del suicidio de su hermano mayor, se abisma en una profunda melancolía. Movido por un extraño impulso autodestructivo, sordo e indiferente a la llamada de cuanto lo rodea, se inventará nuevos rituales cuyo metódico cumplimiento linda con la obsesión: la lectura periódica de unos recortes de diario que le recuerdan la muerte del “cajero prófugo”, su hermano, o el maniático vaciamiento de la pipa (19). Luego, por un clásico mecanismo de asociación de ideas, se sentirá paralizado por la memoria de Julián, a pesar de los laboriosos esfuerzos de su mejor amigo por devolverlo a una vida normal:

 

Oí suspirar a Arturo y escuché cómo se transformaba su suspiro en un silbido de impaciencia. Se levantó, tirando el cigarrillo al baño

-Sucede que mi deber moral me obliga a darte unas patadas y llevarte conmigo (…)

-Te hablo otra vez -dijo Arturo, poniéndose un pañuelo en el bolsillo del pecho-. Te hablo, te repito, con un poco de rabia y con el respeto a que me referí antes. ¿Vos le dijiste al infeliz de tu hermano que se pegara un tiro para escapar de la trampa? ¿Le dijiste que comprara pesos chilenos para cambiarlos por liras y liras por francos y los francos por coronas bálticas y las coronas por dólares y los dólares por libras y las libras por enaguas de seda amarilla? No, ni muevas la cabeza (20)

 

Aplastado por los remordimientos y afectivamente bloqueado por un masoquismo estéril, el narrador aparecerá como un desposeído de sí mismo. Su presencia en el mundo se reducirá a un sombrío vagar por el balneario. Las páginas iniciales de La cara de la desgracia lo sugieren en forma admirable, al transformar el primer encuentro entre el hombre y la joven en una fantasmal danza de sombras:

 

Al atardecer estuve en mangas de camisa, a pesar de las molestias del viento, apoyado en la baranda del hotel, solo. La luz hacía llegar la sombra de mi cabeza hasta el borde del camino de arena entre los arbustos que une la carretera y la playa con el caserío.

La muchacha apareció pedaleando en el camino para perderse en seguida detrás del chalet de techo suizo, vacío, que mantenía el cartel de letras negras, encima del cajón para la correspondencia. (…) Un momento después volvió a surgir la muchacha sobre la franja arenosa rodeada por la maleza. Tenía el cuerpo vertical sobre la montura, movía con fácil lentitud las piernas, con tranquila arrogancia las piernas abrigadas con medias grises, gruesas y peludas, erizadas por las pinochas. Las rodillas eran asombrosamente redondas, terminadas, en relación a la edad que mostraba el cuerpo.

Frenó la bicicleta justamente al lado de la sombra de mi cabeza y su pie derecho, apartándose de la máquina, se apoyó para guardar equilibrio pisando en el corto pasto muerto, ya castaño ahora en la sombra de mi cuerpo (21)

 

Sólo la irrupción milagrosa de la muchacha conseguirá arrancar al hombre del poder maléfico de los rituales, infundiéndole de nuevo el amor a la vida. Así, pues, al término del relato los rituales y la neurosis obsesiva aparecerán íntimamente ligados. Lejos de favorecer la homogeneidad del grupo, los rituales personales contribuirán, tan inesperada como objetivamente, a aislar a sus fervorosos practicantes del resto de la sociedad. Además descansan muy a menudo -como lo sugiere el encuentro entre el narrador y Betty, la prostituta frecuentada regularmente por Julián- en malentendidos e imposturas. Tal es el sentido de la larga conversación mantenida con aquella, en que el narrador comprende con estupor que su hermano robaba desde hacía mucho tiempo y en gran escala, lo que lo libera de toda responsabilidad relacionada con el suicidio:

 

Botija -murmuró la cabeza sobre el hombro, la sonrisa contra el límite de la tolerancia-. ¿Hace tres meses? -resopló mientras alzaba los hombros-. Botija, Julián robaba a la Cooperativa desde hace cinco años. O cuatro. Me acuerdo. Le hablaste, m’hijito, de una combinación en dólares, ¿no? No sé quién cumplía años aquella noche. Y no falto al respeto. Pero Julián me lo contó todo y yo no le podía parar los ataques de risa. Ni siquiera pensó en el plan de los dólares, si estaba bien o mal. Él robaba y jugaba a los caballos. Le iba bien y le iba mal. Desde hacía cinco años, desde antes que yo lo conociera (22)

 

Notas 

(19) “Vacié la pipa y estuve mirando la muerte del sol entre los árboles. Sabía ya, y tal vez demasiado, qué era ella. Pero no quería nombrarla”. (La cara de la desgracia, 2, p. 10.) (El subrayado es nuestro.)

(20) Ibíd., pp. 14-15.

(21) Ibíd., I, p. 7-8. (El subrayado es nuestro.)

(22) Ibíd., 5, pp. 39-40.

jueves

A LA BÚSQUEDA DE UNA IDENTIDAD EN LA OBRA DE JUAN CARLOS ONETTI (70) - MARYSE RENAUD

 Traducción del francés: Hugo Giovanetti Viola 

1ª edición: Editorial Proyección / Uruguay / 1993, en colaboración con la Universidad de Poitiers.

1ª edición virtual: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2020, con el apoyo de la Universidad de Poitiers.

 

I RITUALES Y SOCIEDAD (3)

 

El minucioso cumplimiento de los rituales puede resultar todavía más chocante cuando se aplica, como en Para una tumba sin nombre, al terreno más complejo de todos: el de la muerte. Tanto la aceptación tácita como la obediente prolongación de ciertas conductas -especialmente los cultos fúnebres, y sobre todo la actitud estereotipada de los vivos enseguida de una defunción están destinados a ocultar la especificidad y el sentido de cada muerte. Esto es lo que parece sugerirse, ya en los primeros relatos -y luego en obras como Tierra de nadie, Para esta noche, La larga historia, Regreso al sur, La vida breve y Los adioses, todas anteriores a Para una tumba sin nombre- a través del diversificado tratamiento de que es objeto el tema. Juan Carlos Onetti abordará meticulosamente, en efecto, las múltiples perspectivas (o tonalidades) posibles para enfocar la muerte.

 

Poéticamente, como en Los niños en el bosque, donde el cadáver de un vagabundo reúne, al pie de un banco, en un cuadro de delicado cromatismo, un charco de sangre y un enigmático macizo de rosas.

 

-¿Entramos a ver el banco del muerto? (…)

-¿Qué muerto?

-¿No sabías? El que encontramos esta mañana. Se mató en un banco al lado de las rosas. ¿Viste al loco barbudo que anda con los perros? Lo vi esta mañana y se creía que estaba dormido. Yo lo oí cuando estaba contando en el café de la estación. El hombre se había tapado con el sombrero. ¿Puede ser de vergüenza?

-¿Vergüenza de qué?

-El loco, decía. De la familia. Y entonces dice que un perrito negro que tiene el loco se puso a oler la sangre y el loco salió corriendo. De veras, te digo. ¿No creés? (13)

 

Cínicamente, como en El posible Baldi donde, contra todo lo que podía esperarse, la muerte surgirá -sobre un segundo plano de placidez burguesa- ligada a la violencia, la barbarie y los instintos más salvajes del hombre blanco:

 

No había comprendido, porque sonrió parpadeando:

-¿A cazar negros? ¿Hombres negros?

Él sintió que la bota que avanzaba en Transvaal se hundía en ridículo. Pero los dilatados ojos azules seguían pidiendo con tan anhelante humildad, que quiso seguir como despeñándose.

-Sí, un puesto de responsabilidad. Guardián en las minas de diamantes. Es un lugar solitario. Mandan el relevo cada seis meses. Pero es un puesto conveniente; pagan en libras. Y, a pesar de su soledad, no siempre aburrido. A veces hay negros que quieren escapar con diamantes, piedras sucias, bolsitas con polvo. Estaban los alambres electrizados. Pero también estaba yo, con ganas de distraerme volteando negros ladrones. Muy divertido, le aseguro. Pam, pam, y el negro termina su carrera con una voltereta (14)

 

Dramáticamente, como en el caso de Para esta noche, donde el horror del espectáculo de la ciudad sitiada y los cuerpos ensangrentados adquiere la belleza agresiva y desgarrante de cientos de cuadros expresionistas:

 

Sentado en el suelo pudo verla contra el andamio, quieta, acostada en la llamarada rojiza del fuego distante; sólo pensaba en tocarla mientras se acercaba apoyado en una rodilla y las manos, la pierna herida arrastrándose atrás, trabada a cada momento por la puntera del zapato. Tocó la sangre, la piel desnuda, los pedazos de ropa rodeando la pierna y el pecho, dobló los brazos hasta poder tocarle la cara sin nariz, lamiendo largamente con los labios los pozos de los ojos, el inconfundible gusto que cubría la cara, reconociendo con la lengua la redondez resbaladiza del frontal, tratando resueltamente de saber si la piel de la cara estaba escondida por la sangre, si la cara no tenía piel, tratando de aquietar el brillo acuoso que se renovaba incesante en el agujero de un ojo (15).

 

Pero el narrador puede igualmente acudir al registro opuesto y sustituir la descripción alucinada por el frío informe clínico de La larga historia (retomado más tarde en La cara de la desgracia), que dramatizan sin embargo algunas notas de emoción contenida y la estridencia de un final fetichista y sangriento:

 

La faz está manchada por un líquido azulado y sanguinolento, que ha fluido por la boca y la nariz. Después de haberla lavado cuidadosamente, reconocemos en torno de la boca extensa escoriación con equimosis, y la impresión de las uñas hincadas en las carnes. Dos señales análogas existen debajo del ojo derecho, cuyo párpado inferior está fuertemente contuso. Además de las huellas de violencia que han sido ejecutadas manifiestamente durante la vida, nótese en el rostro numerosos desgarros, puntuados, sin rojez, sin equimosis, con simple desecamiento de la epidermis y producidos por el roce del cuerpo contra la arena. Véase una infiltración de sangre coagulada, a cada lado de la laringe. Los tegumentos están invadidos por la putrefacción y pueden distinguirse en ellos vestigios de contusiones o equimosis. El interior de la tráquea y de los bronquios contiene una pequeña cantidad de un líquido turbio, oscuro, no espumoso, mezclado con arena.

Era un buen responso, todo estaba perdido. Me incliné para besarle la frente y después, por piedad y amor, el líquido rojizo que le hacía burbujas entre los labios (16).

 

Notas 

(13) Los niños en el bosque, p. 134.

(14) El posible Baldi, pp. 24-25.

(15) Para esta noche, XXIV, p. 177.

(16) La cara de la desgracia, 5, p. 47.

A LA BÚSQUEDA DE UNA IDENTIDAD EN LA OBRA DE JUAN CARLOS ONETTI (69) - MARYSE RENAUD

 Traducción del francés: Hugo Giovanetti Viola 

1ª edición: Editorial Proyección / Uruguay / 1993, en colaboración con la Universidad de Poitiers.

1ª edición virtual: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2020, con el apoyo de la Universidad de Poitiers.

  

LAS DOS CARAS DE LA TRANSGRESIÓN

 

I RITUALES Y SOCIEDAD (3)

 

Sin embargo, no será la religión la que inspire mayoritariamente los numerosos rituales que se traslucen en las obras de Juan Carlos Onetti. Como lo demuestran las primeras páginas de La vida breve, las apremiantes ceremonias tendrán más a menudo un origen profano. Allí, en nombre de cierta concepción de la vida conyugal y sus reconocidas obligaciones, Brausen imagina angustiadamente su futuro: la necesidad de fingir un sentimiento que la enfermedad contribuyó a enfriar se le aparece como un insostenible mandato:

 

Ablación de mama. Una cicatriz que puede ser imaginada como un corte irregular practicado en una copa de goma, de paredes gruesas, que contenga una materia inmóvil, sonrosada, con burbujas en la superficie, y que dé la impresión de ser líquida si hacemos oscilar la lámpara que la ilumina. También puede pensarse cómo será quince días, un mes después de la intervención, con una sombra de piel que se le estira encima, traslúcida, tan delgada que nadie se atrevería a detener mucho tiempo sus ojos en ella (…) Además, algún día Gertrudis volvería a reírse sin motivos bajo el aire de primavera o de verano del balcón y me miraría con los ojos brillantes, con fijeza, un momento. Escondería en seguida los ojos, dejaría una sonrisa junto con un trazo retador en los extremos de la boca. Habría llegado entonces el momento de mi mano derecha, la hora de la farsa de apretar en el aire, exactamente, una forma y una resistencia que no estaban y que no habían sido olvidadas aun por mis dedos. Mi palma tendrá miedo de ahuecarse exageradamente, mis yemas tendrán que rozar la superficie áspera o resbaladiza, desconocida y sin promesa de intimidad de la cicatriz redonda (9).

 

Señalemos de paso que los rituales conyugales dan pie frecuentemente a consideraciones amargas a lo largo de toda la obra de Juan Carlos Onetti: en El pozo, Eladio Linacero se resiste a seguir representando la grotesca y pragmática comedia del amor, remedado torpemenente por parejas ya vencidas:

 

El amor es maravilloso y absurdo e, incomprensiblemente, visita a cualquier clase de almas. Pero la gente absurda y maravillosa no abunda: y las que lo son, es por poco tiempo, en la primera juventud. Después comienzan a aceptar y se pierden (10).

 

Empecinadas en perennizar cualquier clase de situación caduca, las prácticas rituales, repetitivas en esencia, no tardan de mostrarse singularmente desubicadas. Sus convencionalismos y su falsedad son exhibidos con la mayor crudeza en los textos donde la colectividad se fija como objetivo explícito la afirmación de su cohesión y homogeneidad. Es el caso de la importancia adquirida por los irrisorios rituales de El astillero, donde se desarrolla precisamente con más fuerza el mito de la “Unión Sagrada”. La repetición mecánica de gestos, palabras y actitudes supuestamente destinadas a reforzar las convicciones hegemónicas, como es la creencia en la unidad entre el mundo obrero y patronal, resulta tanto más extravagante cuanto que la realidad desmiente el loco optimismo empresarial. Las periódicas reuniones de los empleados del astillero, por ejemplo, son incapaces de ocultar su miseria creciente así como la distancia que los separa de Petrus, el “Fundador”. En este caso, el carácter anacrónico y estereotipado del ritual es puesto muy en claro a través de dos paréntesis:

 

Las cenas (guisos ahora, casi siempre, porque el frío obligaba a cocinar en la casilla y allí el humo no cabía), duraban hasta tarde, con litros de vino, con tangos sordos en la radio (los perros dormían, la mujer canturreaba ronca y suave dentro del calor de las solapas alzadas, sonriente, proponiendo con cada palabra un enigma de gozo y de preservada inocencia), con el plácido intercambio de anécdotas, de recuerdos pintorescos deliberadamente impersonales (11).

 

Lo mismo sucederá con los seudodiálogos técnicos mantenidos entre Larsen, el gerente general, y sus subordinados. El narrador-testigo de El astillero va puntualizando cuidadosamente, a través de comentarios amargos o cómicos, la “histérica comedia de trabajo, de empresa (y) de prosperidad” (12) que todos se esfuerzan en seguir representando.

 

Notas

(9) La vida breve, cap. 1, pp. 13-14.

(10) El pozo, p. 29.

(11) El astillero, La casilla I, p. 50.

(12) Ibíd., p. 27.

A LA BÚSQUEDA DE UNA IDENTIDAD EN LA OBRA DE JUAN CARLOS ONETTI (68) - MARYSE RENAUD

 1ª edición: Editorial Proyección / Uruguay / 1993, en colaboración con la Universidad de Poitiers.

1ª edición virtual: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2020, con el apoyo de la Universidad de Poitiers.

 

I RITUALES Y SOCIEDAD (2)

 

Vemos entonces que los rituales de la inspiración religiosa no son ajenos a la obra de Juan Carlos Onetti. Presente en todos los relatos de los años treinta, el sentimiento religioso (3) da lugar a juegos verbales burlones pero no amargos, como en Los niños en el bosque. A pesar de la evidente irrespetuosidad y las provocaciones, los elementos predominantes serán el buen humor y la alegría:

 

Doblaron, caminando ligero por la calle en pendiente. Allá abajo, los cuadrados galpones y los rieles ondulantes. Lorenzo sacó cigarrillos. Se entrepararon para encender y Lorenzo dijo:

-¿Lo viste? Siempre está así. Siempre borracho y contento, riéndose para arriba. El buen cielo de Dios

-El buen Dios del cielo.

-Y el cielo del buen Dios.

-Sí, ya sé. Me gusta mucho encontrarlo y hasta cuando pienso en él me hace bien.

-Y en pago le diste ese consejo. Sos un bruto. Hoy el dedo del Señor. Pero ese es el dedo roñoso y puro del hombre de buena voluntad que recoge y devuelve la señal.

Raucho sacudió los hombros mientras miraba rápidamente la punta del cigarrillo que había encendido mal (4).

 

A partir de Tierra de nadie, por el contrario, la ausencia de Dios, señalada con un rechinante desparpajo, desemboca en una visión sarcástica e irrisoria del mundo:

 

Por un rato Mauricio quedó mirando en aquella dirección, después se volvió hacia Semitern.

-Puede sentarse, le doy permiso. Voy a salir, me voy a bañar, me voy a afeitar. En cuanto a usted, me lavo las manos. Además, me lavo las manos. Ahí tiene la llave. En el armario queda la pistola. No sé si voy a volver, arréglese como pueda. Si mira fijo por el caño es posible que vea a Dios, mejor que el telescopio y el ombligo…

Se volvió junto a la puerta y alzó un brazo:

-Le voy a decir un secreto. Asómese y vea a las mujeres en la calle. Mire cómo caminan y cómo sonríen y cómo miran y cómo sueñan y cómo suspiran… Póngase de rodillas, Semitern, y adore. (5)

 

El hombre descubrirá entonces con asombro su total soledad, como lo expresa simbólica y enfáticamente la descripción del edificio de la empresa de Petrus. El astillero, templo lúgubre y abandonado de una religión caduca, se constituirá en un testimonio de la indiferencia divina:

 

Fue, paso a paso, con la velocidad que intuía apropiada a la ceremonia, cargando deliberadamente con la amargura y el escepticismo de la derrota para sustraerlos a las piezas de metal en sus tumbas, a las corpulentas máquinas en sus mausoleos, a los cenotafios de yuyo, lodo y sombra, rincones distribuidos sin concierto que habían contenido, cinco o diez años antes, la voluntad estúpida y orgullosa de un obrero, la grosería de un capataz. Iba vigilante, inquieto, implacable y paternal, disimuladamente majestuoso, resuelto a desparramar ascensos y cesantías, necesitando creer que todo aquello era suyo y necesitando entregarse sin reservas a todo aquello con el único propósito de darle un sentido y atribuir ese sentido a los años que le quedaban por vivir y, en consecuencia, a la totalidad de su vida (6).

 

En lo sucesivo, a pesar de algunos escasos retornos a la esperanza (7) seguirán imponiéndose el escepticismo y la indignación, dando lugar a violentas descargas anticlericales cuyos ejemplos más contundentes están indiscutiblemente ofrecidos en la penúltima novela de Juan Carlos Onetti:

 

Dentro del pequeño cuarto del adolescente, invadido sin aviso y casi del todo ocupado por el cuerpo enorme de Bergner, la conversación hizo fintas sobre el tiempo, teología primaria, preguntas y respuestas impresas en el catecismo que leían los niños hasta que Bergner fue separándose de la opacidad gris de la ventana y preguntó sin levantar la voz:

-Dios, Brausen. ¿Usted cree en él?

Goerdel lo contempló desconcertado y dijo dócil la mentira:

-Si no creyera en él, no estaría aquí. Son, Padre, cinco o seis años de estar aquí.

 

-Oh, sí -cabeceó Bergner-. Yo hubiera dado la misma respuesta si un imbécil me lo preguntara -introdujo una pausa, miró un tiempo corto la humedad apoyada en la ventana-. Pero -continuó después-, ni usted ni yo somos imbéciles. Dígame lentamente si usted cree que los pecados de pensamiento y acción, lamentables y tibios, que ha practicado acumulándonos en esta celda hedionda bastan para que Brausen, sin juicio, lo mande al infierno, queme sin plazo su alma inmortal. Supuesta alma inmortal, supuesto que usted tenga o padezca eso o algo aproximado (8)

 

Notas

 

(3) Los niños en el bosque, p. 124: “Vos no te masturbás, ya…

-Decí la santísima, es mejor. No, no puedo. ¿Y el señor?

-Yo sí. Y no por eso, no por gozar.

-Entiendo. Lo hacés para perfeccionamiento del alma. Seguí contando que yo miro al hermano sol y la hermanita nube. ¿Leíste San Francisco?

-Un día se lo dije a mi hermana.” Cf. igualmente p. 127: “Dejó la risa y se sentó en la cama. Miró hacia el tic tac del reloj en la repisa de la Virgen. Ella se fue y cerró la puerta despacio porque yo me hacía el dormido. Tenía un vestido negro y lustroso. Parado, miraba el reloj y la Virgen. Zumbaba alrededor del silencio oscurecido de la pieza la tarde soleada del conventillo. La Virgen doblada contra el niño en faldellín, el despertador abollado y redondo. Todo es una porquería. Pero si alguno, por equivocación, le dijera señora”. E incluso las numerosas menciones a la función castradora de la Iglesia.

(4) El astillero, Santa María I, pp. 13-14.

(5) Tierra de nadie, XLVII, p. 145. Cf. igualmente p. 128 y p. 145.

(6) El astillero, El astillero II, p. 37.

(7) La cara de la desgracia, 5, p. 38: “¿Quién muere ahora? -insistí-. ¿Usted o yo?

Aflojó el cuerpo y estuvo preparando una cara emocionante. La miré. Admití que podía convencer, y no sólo a Julián. Detrás de ella se estiraba la mañana de otoño, sin nubes, la pequeña gloria ofrecida a los hombres. La mujer, Betty, torció la cabeza y fue haciendo crecer una sonrisa de amargura.”

(8) La muerte y la niña, Cap. 4, pp. 37-38.

viernes

A LA BÚSQUEDA DE UNA IDENTIDAD EN LA OBRA DE JUAN CARLOS ONETTI (67) - MARYSE RENAUD

 Traducción del francés: Hugo Giovanetti Viola 

1ª edición: Editorial Proyección / Uruguay / 1993, en colaboración con la Universidad de Poitiers.

1ª edición virtual: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2020, con el apoyo de la Universidad de Poitiers.

 

I RITUALES Y SOCIEDAD (I)

 

Los personajes de Juan Carlos Onetti encontrarán en su imaginación las principales respuestas a la mediocridad de la vida cotidiana y las desilusiones de la Historia. Los grandes sueños del Siglo de las Luces y las construcciones utópicas tienden a degenerar -tal cual lo hemos comprobado tanto en Buenos Aires como en Santa María: el mito del lugar cerrado y paradisíaco o la isla de la felicidad se desmorona junto a la utopía fourierista y el mito revolucionario. El descrédito o el suicidio de sus representantes -Marcos Bergner, creador del falansterio “sanmariano”, Barthé y Llarvi, respectivos defensores del socialismo y el marxismo- repercutirá negativamente sobre la validez de los sistemas propuestos.

 

Pero más allá de expresar la falta de credibilidad del fourierismo o el marxismo, las obras de Juan Carlos Onetti tenderían al rechazo de toda ideología. Este recelo demostrado frente a cualquier sistema filosófico, económico o social -ya perceptible en 1939 en un texto juvenil, El pozo-, se acrecentará en obras posteriores como El astillero, Juntacadáveres e incluso en relatos como Para una tumba sin nombre o La novia robada, aparentemente ajenos a todo debate ideológico. Y es precisamente esta declinación de las ideologías lo que provocará la expansión de lo imaginario en las obras onettianas. Estructuralmente ligado al fracaso del pensamiento sistemático, lo imaginario representará la libertad de una vida sin trabas, capaz de transgredir el estancado orden social. Este cuestionamiento de la validez de toda búsqueda conceptual y analítica propondrá, por oposición, a la irrupción ingobernable de la imagen.

 

Así, pues, la búsqueda de la identidad, que parecía condenada a empantanarse entre una fatigante reiteración de fracasos colectivos, comienza a ser reactivada.

 

Desapegándose lentamente de una colectividad percibida como una simple yuxtaposición de soledades, el individuo, parámetro fundamental de la producción novelesca onettiana, afirmará su especificidad. Se tratará de un héroe solitario, deliberadamente aislado de la sociedad u objetivamente rechazado por ella. Ya en los textos de los años treinta -El pozo, Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo, El obstáculo y El posible Baldi-, comienza lo que será un largo desfile de personajes ajenos al mundo y a sí mismos. Desorientados, marginados y desclasados como Eladio Linacero en El pozo, incómodos en el universo fragmentado e inestable de la gran ciudad, cada cual buscará su manera de rehuir a ese entorno opresivo. Esta aparente escapatoria de los héroes onettianos será de hecho constructiva, al revestir frecuentemente la forma de una evasión onírica y transgresora que permite al soñador asumir sus propias contradicciones y soportar el mundo. Pero esta intensa y ostensible actividad, sobre la que volveremos en su momento, va acompañada a menudo por otra práctica no menos transgresora, a pesar de las apariencias: la prolongación falsamente escrupulosa de los rituales.

 

El lugar y el tratamiento reservados a los rituales constituirá, en efecto, uno de los elementos más insólitos de las ficciones onettianas. Muy deliberadamente, el escritor va desplegando toda una serie de prácticas sociales, religiosas o profanas, cuya sola descripción ya constituye una preparación para la futura inversión de los signos. Así, los principales héroes de Juan Carlos Onetti suelen comenzar adaptándose con docilidad a ciertos moldes rígidos e impersonales que imponen la tradición y el sentido común. Tal es el caso de Larsen, cuando vuelve a Santa María y hace su ostentosa aparición en la misa dominical, intentando reconquistar la estima ciudadana:

 

Entonces, era un domingo, todos los vimos en la vereda de la iglesia, cuando terminaba la misa de once, artero, viejo y empolvado, con su diminuto ramo de violetas que apoyaba contra el corazón. Vimos a la hija de Jeremías Petrus -única, idiota, soltera- pasar frente a Larsen, arrastrando al padre feroz y giboso, casi sonreír a las violetas, parpadear con terror y deslumbramiento, inclinar hacia el suelo, un paso después, la boca en trompa, los inquietos ojos que parecían bizcos (1)

 

Y así sucederá también con Goerdel, imagen emblemática del fariseísmo, que finge con habilidad y sobre todo con puntual constancia un fervor destinado a conmover al cura Bergner, su protector y cómplice:

 

En el pasillo, siempre oloroso a humedad y ausencia, incrustado en el muro, apenas iluminado por una fosforecencia verdosa, protegido por la ayuda ambivalente de un vidrio, había un sangrante Jesucristo de cera clavado en la cruz. Bajo la luz de luciérnaga también podía leerse un poema de autor anónimo. Cuatro líneas sobre un papel ocre y ondulante:

Tú que pasas, miramé.

Ay, hijo, qué mal me pagas

Cuenta si puedes mis llagas

La sangre que derramé.

Y allí en camisón y arrodillado, golpeándose el pecho para acompañar el llanto, Augusto Goerdel.

“Debe hacerlo todas las madrugadas -pensó Bergner-; sudoroso o helado, tenaz y puntual, apostando sobre la ley de probabilidades, seguro de que alguna vez tendré que verlo, sorprenderlo en su pieza de bravura y creer en él. Mi pobre idiota hipócrita. Mi hermano.” (2)

 

Notas 

(1) El astillero, Santa María I, pp. 13-14.

(2) La muerte y la niña, Cap. 3, pp. 34-35.

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