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domingo

LA TIERRA PURPÚREA (125) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXIX /  DE VUELTA A BUENOS AIRES (5)

¡Pobre Demetria! Sin dársele tiempo para reflexionar, había decidido, con mucho tino, aceptar al instante la oferta de su influyente y circunspecto pariente; pero le costó separarse de sus amigos de un modo tan desprevenido, y cuando volvió, pronta para irse, la separación la afligió mucho. Con los ojos arrasados en lágrimas, le dijo adiós a Paquita, pero cuando me tomó la mano, sus temblorosos labios guardaron silencio. Por último dirigiéndose a las visitas y venciendo con un gran esfuerzo su emoción, balbuceó:

-Le debo a este joven amigo, quien ha sido como un hermano conmigo, el haberme escapado de una triste y dificilísima situación y el estar aquí entre parientes.

El señor Villaverde escuchó e inclinó la cabeza en mi dirección, pero sin que su severa y plácida cara tomara una expresión más suave, mientras que sus fríos ojos grises parecían atravesarme y estar mirando a algo detrás de mí.

Su comportamiento para conmigo me desesperaba, ¡pues qué grande debía de ser su desaprobación de mi conducta, al fugarme con la hija de su amigo, cuando no le permitía sonreírme ni dirigirme una cariñosa palabra para agradecerme todo lo que había hecho por su parienta! ¡Y esto era sólo un reflejo de la indignación de mi suegro!

Fuimos hasta el coche para despedirlos, y entonces, encontrándome por un momento al lado de una de las jóvenes traté de obtener algunas noticias.

-Hágame el favor, señorita -dije, de decirme qué es lo que usted sabe respecto a mi suegro. Si es algo muy grave, le prometo no decirle una palabra de ello a Paquita; entonces, inclinándose hacia mí, me susurró:

-¡Ay, amigo mío, es implacable! Lo siento en el alma por Paquita.

Luego añadió, con una sonrisa de incorregible coquetería:

-Y también por usted.

Se alejó el carruaje y los ojos de Demetria, al mirar en mi dirección, estaban anegados en lágrimas, mientras en los ojos del señor Villaverde, que también miraba para atrás, había una expresión que no me auguraba nada bueno. Tal vez su sentimiento fuese natural, por ser el padre de dos hijas muy lindas.

¡Implacable! ¡Y ahora no había un mar ni de color de Plata ni de color de ladrillo que nos separara! Al volver a la Argentina, tendría que someterme a las leyes que había quebrantado, al casarme con una joven menor de edad sin el consentimiento de su padre. La persona que en Inglaterra se fuga con una menor bajo tutela no es más delincuente de lo que era yo. Mi suegro me tenía ahora a su arbitrio: haría que se castigara, encarcelándome por un tiempo indefinido, y si no pudiese amilanarme, podría por lo menos partirle el corazón a su desdichada hija. Aquellos agrestes y turbulentos días en la Tierra Purpúrea se me presentaban ahora como días muy felices y apacibles, y los amargos días sin ningún placer, estaban sólo por empezar. ¡Implacable!

Levantando de repente la vista, encontré los ojos violetas de Paquita mirándome triste e interrogativamente.

-Dime la verdad, Ricardo, ¿qué has oído?

Fingí una sonrisa, y tomándole la mano, le aseguré que no había oído nada que pudiese inquietarla.

-Ven -dije-, entremos y preparémonos para irnos de aquí mañana mismo. Volveremos a la estancia de tu padre, porque cuanto más pronto se realice la entrevista que tú anhelas, tanto mejor será para todos.

LA TIERRA PURPÚREA (124) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXIX /  DE VUELTA A BUENOS AIRES (4)

Después de desembarcar, metimos nuestro poco equipaje en un coche y nos dirigimos a un hotel que pertenecía a un alemán en una calle algo apartada, la calle de Lima; sabía que la casa era tranquila, muy respetable y que sus precios eran módicos.

Como a las cinco de la tarde, estando nosotros tres asomados a la ventana del saloncito del primer piso del hotel, mirando a la calle, se paró frente a la puerta un elegante coche particular con un caballero y dos señoritas.

-¡Oh, Ricardo! -exclamó Paquita, muy excitada-, es Pantaleón Villaverde con sus hijas y están bajando del coche.

-¿Quién es el señor Villaverde? -pregunté.

-¿Cómo? ¿No sabes? Es el juez de primera instancia, y sus hijas son mis íntimas amigas. ¿No te parece muy raro encontrarlas aquí de este modo? ¡Oh, tengo que hablarles y preguntarles por mi papá y mi mamá -y aquí prorrumpió en lágrimas.

Subió el mozo con una tarjeta del señor Villaverde pidiendo una entrevista con la señorita Peralta. Demetria, que había tratado de calmar la intensa emoción de Paquita y de infundirle un poco de valor, quedó demasiado asombrada para hablar aun; y en otro momento las visitas habían entrado en el salón. Paquita se puso de pie, los ojos llenos de lágrimas y temblando; entonces sus dos jóvenes amigas, después de mirarla fijamente un par de segundos, dieron un grito de sorpresa y se precipitaron en sus brazos, quedando las tres entrelazadas durante algún tiempo en un apretado abrazo triangular.

Cuando el alborozo de este imprevisto encuentro se hubo disipado un tanto, el señor Villaverde, quien permaneció de pie, mirando con cara grave e impasible, le habló a Demetria, diciéndole que su viejo amigo el general Santa Coloma acababa de avisarle su llegada a Buenos Aires, y le había dado el nombre del hotel en que estaba alojado. Probablemente que ella ni sabría quién era él; era su pariente; su madre era una peralta, prima de su malogrado padre, el coronel Peralta. Había venido con sus hijas para invitarla a que hiciera suya su casa, mientras se quedara en Buenos Aires. También deseaba ayudarle en sus asuntos, los que, según le había dicho su amigo el general, estaban algo embarullados. Tenía, continuó, muchos amigos influyentes en la ciudad hermana, quienes estarían prontos a ayudarle a ponerlos en orden.

Demetria, reponiéndose de la nerviosidad que sintió al descubrir que las amigas íntimas de Paquita eran parientas suyas, agradeció calurosamente al señor Villaverde y aceptó la oferta de su casa y ayuda; entonces, con una dignidad y cortesanía que apenas se hubiera esperado de una joven que se encontraba por primera vez entre personas de alta sociedad, saludó a sus nuevas primas y les agradeció su visita.

Como insistieran en llevarse inmediatamente a Demetria, salió ella de la pieza para hacer los preparativos, mientras que Paquita se quedó conversando con sus amigas, teniendo muchas preguntas que hacerles. Estaba consumida de ansiedad por saber cómo su familia, y sobre todo su padre, cuyo dictamen era ley en su casa, miraban ahora, después de tantos meses, su fuga y matrimonio conmigo. Sus amigas, sin embargo, no sabían nada, o no quisieron decir lo que sabían.

LA TIERRA PURPÚREA (123) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXIX /  DE VUELTA A BUENOS AIRES (4)

A la mañana siguiente llegamos a Buenos Aires y anclamos como a unas veinte cuadras de la costa, no pudiendo el buque acercarse más a tierra. Luego, llegó a bordo un empleado de la Aduana, y durante un rato estuve ocupado en sacar nuestro equipaje y tratando con el capitán para que nos llevase a tierra. Una vez hecho esto, me sorprendió mucho ver al astuto veterano, con quien había estado conversando la noche antes, sentado tranquilamente en el bote de la Aduana, que precisamente en ese momento se alejaba del buque. Cuando el viejo desembarcó, estaba Demetria sobre cubierta, y ahora vino ella hacia mí, mostrándose muy excitada.

-¡Ricardo! -dijo-, ¿te fijaste en ese pasajero que acaba de irse en el bote de la Aduana? ¡Es Santa Coloma!

-¡Qué cosa más ridícula! -exclamé-. Pues estuve conversando con ese viejo anoche, más de una hora; ese es un gaucho de barba canosa y no se parece más a Santa Coloma que aquel marinero que está parado ahí.

-Pero yo sé que es él. El general ha visitado a mi padre en la estancia muchas veces y lo conozco muy bien. Claro que está disfrazado de gaucho, pero cuando bajaba la escalera me miró de frente; lo conocí en el acto y me sobrecogí, y él se sonrió, porque vio que lo había reconocido.

El hecho mismo de que este viejo pobre hubiese ido a tierra en el bote de la Aduana probaba que era alguna persona de importancia, disfrazada, y no pude dudar que Demetria había tenido razón. Me sentí humillado por no haberlo reconocido bajo su disfraz; porque algo en su modo de hablar, que hacía recordar a Marcos Marcó, debió habérmelo avisado, si yo hubiese sido más listo. También estaba muy preocupado con motivo de Demetria misma, pues parecía que había perdido la oportunidad de averiguar algo muy ventajoso para ella. No me atreví, de pura vergüenza, a contarle de aquella conversación tocante a un pariente suyo en Buenos Aires, pero resolví tratar de encontrar a Santa Coloma y hacer que me contara todo lo que sabía

LA TIERRA PURPÚREA (122) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXIX /  DE VUELTA A BUENOS AIRES (3)

-¡La pregunta suya! -exclamó-. Usté es un francés o alemán del otro lado del mar y no entiende de estas cosas. ¿Habré cargao armas en el servicio de mi país cuarenta años pa no conocer a un Peralta? Aquí en este mundo están conmigo; si me voy al otro, ay también los encontraré y si no, los veré en el infierno: ¿pues cuándo en mi perra vida he cargao yo al enemigo ande la lucha estaba más reñida, sin encontrar ay a un Peralta antes de mí? Pero señor, yo hablo del pasao; pues aura yo también soy como esos a quienes han dejao olvidao en el campo de batalla… pa que se lo coman los zorros y caranchos. Ya no los encontrará andando en el mundo; sólo ande se han apiñao los hombres con sable en mano, hallará usté sus güesos. ¡Ay, amigo! -y aquí, abrumado por sus tristes recuerdos, el viejo guerrero empinó otra vez la botella.

-Pero no es posible que estén todos muertos -dije-, si como usted se ha imaginado, esa señorita que viaja con nosotros es una Peralta.

-¿Cómo yo me he imaginao? -repitió desdeñosamente. -¿No sabré yo, patroncito, lo que estoy diciendo? Están tuitos muertos, le digo, muertos como el pasao, muertos como la independencia y el honor oriental. ¿No tomaría yo parte en la batalla de Gil de los Médanos con el último Peralta, como el mesmo Calisto, cuando recibió su bautismo de sangre? ¡De quince años señor! Ese muchacho sólo tenía quince años cuando galopió su pingo en medio de la pelea! Pues, señor, Calisto tenía el corazón liviano, y el arrojo y la mano rápida de un Peralta pa dar sablazos. Y después de la pelea, nuestro coronel Santa Coloma, a quien mataron el otro día en San Pablo, abrazó al muchacho delante tuita la tropa. Está muerto, señor, y con Calisto se acabó la familia Peralta.

-¿Entonces usted conoció a Santa Coloma? -pregunté-. Pero usted está equivocado, amigo, pues no lo mataron en San Pablo: ¡se escapó!

-Así dicen los… inorantes -repuso-, pero yo le digo que está muerto, porque amaba a su país, y tuitos los que amaban a su país están muertos. ¿Cómo podría haberse escapado él?

-Pues yo le aseguro que no está muerto -repetí fastidiado con su porfía-. Yo también lo conocí, viejo, y estuve con él en San Pablo.

Me miró un buen rato y entonces empinó otra vez la botella.

-¡Señor! -dijo-, no me gusta hacer bromas de estas cosas. Mejor será que hablemos de otro asunto. Lo que yo me pregunto es: ¿qué estará haciendo aquí a bordo la hermana de Calisto? ¿Por qué ha dejao ella a su país?

No recibiendo respuesta a su pregunta, prosiguió:

-¿No tiene ella hacienda? ¡Cómo no! Tiene una gran estancia, arruinada si usté quiere, pero de todos modos tiene mucha estensión. Cuando el enemigo ya no nos teme, entonces deja de perseguirnos. ¡A un pobre viejo loco… con siguridá que no lo estorbarán! ¡No! Debe de estar dejando el país por otros motivos. ¡Ha de haber alguna conspiración contra ella; tal vez algún intento de arrancarse con ella, o aun de matarla y agarrarle su propiedá. Claro que en el tal caso ella se iría a Buenos Aires pa que la protegieran, donde vive un caballero, pariente suyo, que puede protegerla a ella y su hacienda.

Me sorprendió mucho oírle hablar de esa manera, y me intrigaron sus últimas palabras.

-No hay nadie en Buenos Aires que la proteja -dije-; sólo estaré yo para protegerla, y si como usted cree, tiene algún enemigo, tendrá que habérselas conmigo…, con uno que, como aquel Calisto de quien habló usted, también tiene una mano rápida para pegar.

-¡Ay habló el corazón de un Blanco! -dijo, agarrándome el brazo al estremecerse el buque en ese momento, y casi arrastrándome al suelo en sus esfuerzos por mantener el equilibrio. Después de tomar otro trago de caña, continuó: -Pero, ¿quiere decirme quién es usté, señor, si no es una indiscreción? ¿Es usté rico, tiene amigos poderosos pa que pueda hacerse cargo de esta señorita? ¿Tiene usté juerza suficiente pa poder frustrar y aplastar a su enemigo o enemigos, pa proteger no sólo su persona, sino también su hacienda, que estando ella ausente, le robarán?

-¿Y quién es usted, viejo? -le pregunté, no pudiendo contestar satisfactoriamente ninguna de sus preguntas-. ¿Y por qué me hace usted esas preguntas? ¿y quién es esta persona influyente en Buenos Aires, pariente suyo, a quien ella no parece conocer?

Meneó la cabeza en silencio y luego sacó deliberadamente el cigarrillo del bolsillo y lo encendió. Fumó con un apacible solaz que me hizo pensar que el haber rehusado mi cigarro y el quejarse tan amargamente de los malos efectos que le producía el movimiento del buque sólo había sido un pretexto para sacarme la botella de caña y nada más. Evidentemente, era veterano en más de un sentido, y hallando ahora que no iba decirle más secretos, se negó a contestar mis preguntas. Pensando que ya había sido demasiado indiscreto al contarle todo eso, por último lo dejé y me fui a mi camarote.

LA TIERRA PURPÚREA (121) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXIX /  DE VUELTA A BUENOS AIRES (2)

Al caer la tarde el mar se puso bravísimo, virando el viento en dirección al sur y soplando muy fuerte; esto favoreció nuestra travesía del feo “Mar del Plata”, pues así insisten en llamarlo los poetas del Plata, a pesar de sus malvadas y agitadas olas de color de ladrillo, tan aborrecidas de los malos navegantes. Paquita y Demetria sufrieron horriblemente, tanto que tuve que quedarme con ellas la mayor parte del tiempo. Les dije, con suma imprudencia, que no se alarmasen, que no era nada -sólo mareo-, y creo, en verdad, que, en consecuencia, me aborrecieron durante un rato de todo corazón. Por fortuna, había previsto estas escenas desgarradoras, y me había provisto para el caso de una botella de champaña; y después que me bebí dos o tres copas para animarlas, mostrándoles lo fácil que era tomar esta medicina, conseguí que se bebieran el resto. Por fin, como a eso de las diez de la noche, comenzaron a persuadirse de que la enfermedad no tendría fatales resultados, y viéndolas tan aliviadas, subí sobre cubierta, a tomar un poco de aire. Todavía estaba el viejo y estoico gaucho sentado en la popa, por lo visto muy infeliz.

-¡Buenas noches, compañero! -dije-. ¿Puedo ofrecerle un cigarro?

-Patroncito, usté parece tener güen corazón -repuso, rechazando el cigarro con un movimiento de cabeza-. Por el amor de Dios, consígame un poquito de caña. Me muero por falta de algo que me caliente por dentro y que me pare la cabeza de darse güelta como un trompo; no he podido conseguir nada de estos bachichas brutos a bordo, con su jerga que naides les compriende.

-¡Cómo no, amigo! ¿Por qué no? -repuse, y dirigiéndome al Capitán, conseguí que me diera un medio litro.

El viejo agarró la botella con ávido placer y tomó un buen trago.

-¡Ah… -dijo, acariciando primero la botella y después el estómago-, esto sí le pone nueva vida a un hombre! ¿Qué no irá a acabar nunca esta travesía, patroncito? Cuando estoy montao en mi flete, puedo olvidarme que soy un viejo, pero estas malditas olas me hacen recordar que he vivido muchos años.

Encendí un cigarro y me senté a conversar con él.

-¡Ah, pa ustedes los extranjeros es tuito lo mesmo… el mar o la tierra! -continuó-. Hasta fumar pueden… ¡Qué cabeza más tranquila y estómago más reposao no han de tener! Pero lo que más me tiene intrigao es esto, señor. ¿Cómo pasa que usté que es extranjero, está viajando con esas dos señoras orientales?, me pregunto yo. Ay tiene a esa lindura de señorita de ojos de violeta… ¿Quién podrá ser?

-¡Esa es mi mujer, viejo! -repuse, riendo y entreteniéndome su curiosidad.

-¡Ah! ¿es usté casao, entonces? ¡Y tan joven! Su mujer es linda, graciosa, bien educada; se ve que es hija de padres ricos, pero es delicada, señor, muy delicada; y algún día no muy lejano… Pero, ¿por qué he de predecir cosas tristes a un corazón lleno de alegría como el suyo? Pero la cara, señor, me es desconocida; no me ricuerda las facciones de ninguna familia oriental que yo conozca.

-Eso se explica muy fácilmente -dije, sorprendiéndome su astucia-, ella no es oriental, sino argentina.

-¡Ah, por eso! -repuso, empinando otra vez la botella y tomando un trago largo-. En cuanto a la otra señora que va con ustedes, ¿pa qué preguntarle quién es ella?

-¿Por qué dice usted eso? ¿Quién es ella?

-¡Vaya! Una Peralta, naturalmente -repuso-, si es que ha habido una!

No dejó de inquietarme su respuesta, pues a pesar de todas mis precauciones, tal vez este viejo había sido mandado para seguir a Demetria.

-¡Sí! -continuó como preciándose de su conocimiento de las familias orientales y sus diferentes tipos, y que sirvió al mismo tiempo para apaciguar mis sospechas-; una Peralta y no una Madariaga, ni tampoco es una Sánchez, ni Zelaya, ni Ibarra. ¿Cómo no he de conocer una peralta cuando la veo? -y al decir esto se rio desdeñosamente de lo absurdo de tal ocurrencia.

-Cuénteme -dije-, ¿cómo sabe que es una Peralta?

LA TIERRA PURPÚREA (120) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXIX /  DE VUELTA A BUENOS AIRES (1)

Al siguiente día mis compañeros de viaje se encontraron a bordo, siendo nosotros tres los únicos pasajeros de primera. Cuando bajamos al saloncito, encontré a Demetria esperándonos, considerablemente hermoseada por el nuevo vestido, pero muy pálida e inquieta; hallaba, probablemente, muy difícil esta primera entrevista. Las dos mujeres se miraron una a otra seriamente, pero el semblante de Demetria -supongo que lo haría para disimular su nerviosidad- había tomado aquella expresión impasible, casi fría, que observaba cuando recién la conocí. Esto le chocó a Paquita, de manera que después de un saludo algo seco, se sentaron y hablaron sólo de trivialidades. Habría sido difícil encontrar a dos mujeres más desemejantes de figura, carácter y educación; no obstante la esperanza que abrigara, de que se hiciesen amigas, el resultado de este su primer encuentro había sido un amargo desengaño. Después de un rato desagradable, todos nos pusimos de pie. Estaba a punto de subir sobre cubierta, y ellas de entrar en sus respectivos camarotes cuando Paquita, sin prevención alguna, prorrumpió de repente en lágrimas y estrechó a Demetria entre sus brazos.

-¡Oh, querida Demetria, qué vida tan triste la suya! -exclamó.

¡Eso fue muy de ella, tan impulsiva y con un instinto tan certero que siempre la llevaba a hacer precisamente lo que era debido! La otra respondió gustosa a su abrazo; me retiré apresuradamente y las dejé besándose y mezclando sus lágrimas.

Cuando pisé sobre cubierta, encontré que ya nos habíamos hecho a la vela y que un viento fuerte nos estaba impeliendo rápidamente sobre las olas. Había cinco pasajeros de proa, tipos despreciables, de poncho y sombrero guarapón, haraganeando sobre cubierta y fumando cigarrillos; pero cuando salimos de la bahía y el buque empezó a menearse un poco tiraron sus cigarrillos, escupieron ignominiosamente y desaparecieron seguidos por las risas burlonas de los marinos. Quedó sólo un pasajero, quien se mantuvo firme en su asiento de popa, como si estuviese resuelto a ver hasta el último The Mount, como los ingleses en esta parte del mundo aportan a la hermosa ciudad que descansa a los pies del cerro de Magallanes.

Para asegurarme de que ninguno de estos individuos venía persiguiendo a Demetria le pregunté a nuestro capitán, un italiano, quiénes eran y cuánto tiempo habían estado a bordo, y me alivió mucho saber que eran prófugos -probablemente rebeldes- y que todos ellos habían estado escondidos en el buque durante los tres o cuatro días, esperando salir de Montevideo.

LA TIERRA PURPÚREA (119) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXVIII /  ADIÓS A LA TIERRA PURPÚREA (6)

Bien puedo imaginar a un beato exclamar: “¡Ay, pobre iluso! ¡Cuán poca importancia podemos atribuir a vuestra plausible defensa en pro del desorden en la administración de un pueblo, cuando vuestra propia narración manifiesta claramente que la atmósfera moral que habéis respirado os ha corrompido! Repasad vuestro propio relato y encontraréis que habéis según nuestros conceptos, ofendido de varios modos y en diversas ocasiones, y que ni aun tenéis la gracia de arrepentiros de todas las maldades que habéis pensado, dicho y cometido”.

No he leído libros sobre filosofía, porque cuando he tratado de ser filosófico, “la felicidad -como ha dicho alguien- siempre ha entrado de por medio”; también, porque he preferido más bien estudiar los hombres que los libros; pero en lo poco que he leído hay un pasaje que recuerdo muy bien, y lo citaré como respuesta a cualquiera que me llame una persona inmoral por no haber siempre permanecido mis pasiones en un estado de reposo, como galgos -según el símil empleado por un poeta sudamericano- durmiendo a los pies del cazador, mientras descansa cerca de una roca a mediodía: “Debiéramos considerar las perturbaciones del espíritu -dice Spinoza-, no como vicios de la naturaleza humana, sino como propiedades tan de ella, como lo son el carácter de la atmósfera: el calor, las tempestades, los truenos y otras manifestaciones semejantes, los cuales fenómenos aunque inconvenientes, son, sin embargo, necesarios, y tienen causas fijas por medio de las cuales tratamos de comprender su naturaleza, y el magín tiene tanto placer en verlas claramente, como en saber las cosas que halagan los sentidos”. Permítaseme experimentar los fenómenos que son inconvenientes como así los que halagan los sentidos, y es probable que mi vida sea más sana y más feliz que la de la persona que pasa su tiempo encima de una nube, ruborizándose por las iniquidades de la naturaleza.

Se ha dicho muchas veces que un estado ideal -una Utopía donde no existe ni la insensatez, ni el crimen ni el sufrimiento- infunde en el ánimo una singular fascinación. Pues yo, cuando encuentro una cosa falsa, me es indiferente quiénes sean las notabilidades que la afirmen. No trato de hacer que me agrade, ni creerla, ni remedar lo que chacharea acerca de ella el mundo elegante. Detesto todo ilusorio sueño de una paz perpetua, toda maravillosa ciudad del sol donde la gente pasa su monótona y desabrida existencia en contemplaciones místicas o encuentra su deleite, como monjes budistas, en contemplar las cenizas de generaciones muertas de devotos. El estado es contrario a lo natural, e indeciblemente repugnante; el reposo sin sueños del sepulcro es más tolerable a la mente sana y activa que una existencia semejante. Si el Signor Gaudentio di Lucca se mantuviera todavía vivo por medio de sus maravillosos conocimientos de los secretos de la naturaleza, y se me apareciera aquí, en el presente momento, para decirme que la santa comunidad con la que vivió en el África Central no era un mero sueño y ofreciera conducirme a ella, no aceptaría. Preferiría quedarme en la Banda Oriental, aun cuando haciéndolo llegara por último a ser tan perfecto como el peor bandido en ella, y dispuesto a vadear hasta las rodillas en sangre a la Silla Presidencial. Porque aunque en mi propio país, Inglaterra, el cual no es tan perfecto como el antiguo Perú o en el país del Pofar en el África Central, he sido separado de la naturaleza largo tiempo, y ahora, en este país Oriental, cuyos delitos políticos son un escándalo, tanto a la pura Inglaterra cuanto al impuro Brasil, he sido de nuevo reunido a ella. Por esta razón la amo, con todas sus faltas. Aquí, como Santa Coloma, me arrodillaré en el suelo y besaré esta roca como un niño podría besar el pecho que le da de mamar; aquí, sin aversión al polvo, como Juan Carrickfergus, meteré las manos dentro de la tierra suelta y morena y le daré un buen apretón de manos, por decirlo así, a nuestra querida madre, la Naturaleza, después de nuestra larga separación.

¡Adiós! Hermoso país de sol y de tormentas, de virtudes y de crímenes; que los invasores que pudieren en el futuro pisar tu suelo, tenga la misma suerte de aquellos del pasado, y te dejen librado, por último, a tus propios recursos; que el caballeresco instinto de Santa Coloma, la pasión de Dolores, el cariño desinteresado de Candelaria siempre vivan en tus hijos para alegrar sus vidas con romance y belleza; que el tizón de nuestra superior civilización jamás toque tus flores silvestres, ni caiga el yugo de nuestro progreso sobre tus pastores atolondrados, airosos y amantes de la música como los pájaros, transformándolos en el abyecto campesino del Viejo Mundo

LA TIERRA PURPÚREA (118) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXVIII /  ADIÓS A LA TIERRA PURPÚREA (5)

No sólo de pan vive el hombre, y la ocupación británica de un país  no brinda cuanto el corazón anhela. Las mercedes pueden volverse hasta calamidades cuando el poder que las concede, ahuyenta de nosotros el tímido espíritu de la Belleza y la Poesía. Ni es sólo porque inspira en nosotros sentimientos románticos, que este país ha prendado mi corazón. En la perfecta república la libertad que en ella siente el viajero del Viejo Mundo es indeciblemente dulce y original. Aun en Inglaterra, en nuestra condición en exceso vigilada, tornamos periódicamente en busca de la Naturaleza, y respirando el aire puro de la montaña y paseándola vista sobre grandes trechos de mar y tierra, hallamos que siempre nos atrae poderosamente. Es algo más allá de estas sensaciones, puramente materiales, lo que se experimenta cuando nos asociamos, por primera vez, con nuestros semejantes en un lugar como este, donde todos los hombres son enteramente libres e iguales. Ya me parece oír a algún sapientísimo señor protestando enérgicamente y exclamar: “¡No! ¡no! ¡no!, la Tierra Purpúrea de la que usted hace tanto alarde es sólo nominalmente una república: su Constitución es un pedazo de papel garabateado y sin valor alguno; su gobierno es una oligarquía templada por asesinatos y revoluciones”. Es verdad; pero el grupo de ambiciosos gobernantes, cada uno esforzándose por derribar a su adversario por tierra, no tiene el poder de hacer sentir al pueblo. La constitución tradicional, más poderosa que la escrita en letras de molde, hállase grabada en el corazón de todo hombre y lo mantiene siempre un republicano libre, puesto que él rinde una reverencia casi supersticiosa y obedece de modo implícito a su jeque. En cambio, aquí, el señor de muchas tierras e innumerables majadas se sienta a platicar con el asalariado pastor, pobre y descalzo, en un rancho lleno de humo, sin que los separe ningún sentimiento de casta, y sin que el sentido de sus pasiones, tan distanciadas una de otra, enfríe la viva corriente de simpatía que une a dos corazones humanos.

Qué alentador es hallarse con esta perfecta libertad de trato, templada solamente por aquella cortesía innata y gracia propia de los hispanoamericanos. Qué cambio para la persona que llega de países donde hay clases altas y bajas, cada cual con sus innumerables y detestables subdivisiones; para el que no aspira a asociarse con la clase superior a la suya, y que se estremece de aversión ante el servilismo y la humildad de la clase inferior a la suya. Aunque esta absoluta igualdad sea incompatible con un perfecto orden político, yo, al menos, sentiría ver tal orden establecido. Además, no es cierto que las comunidades que con más frecuencia nos horrorizan con crímenes violentos sean moralmente peores que otras. Una comunidad en la que no hay muchos crímenes no puede ser moralmente sana. En el Perú, bajo la dinastía de los Incas, no había, en realidad, crímenes; era algo muy fuera de lo común que alguien cometiera un crimen en aquel imperio.

Y la razón por la cual existía ese estado de cosas, tan contrario a la naturaleza, es la siguiente: la base del sistema de gobierno incaico estaba fundada en aquella doctrina tan inicua y funesta de que el individuo guarda la misma relación hacia el gobierno, que un niño para con sus padres; que su vida desde la cuna hasta la tumba debe serle ordenada por un poder al que aprende a considerar como omnisapiente; un poder, en realidad, omnipresente y todopoderoso. En tal pueblo no podría existir la voluntad individual o un saludable y libre movimiento de las pasiones, y, por consiguiente, tampoco ningún crimen. ¿No es de admirar que un sistema tan indeciblemente repugnante a todo individuo que siente que su voluntad es una divinidad obrando en él, se derrumbase al primer roce de la invasión extranjera y que no dejara ni rastros de su perniciosa existencia en el continente en el que había gobernado?

Pues todo el imperio se hallaba, por decirlo así, podrido aun antes de su disolución, y cuando cayó, se mezcló con el polvo y quedó enterrado en el olvido. La Polonia, un país mal gobernado y sin más organización que la Banda Oriental, antes de que fuera gobernada por la Rusia, no se mezcló así con el polvo, cuando cayó; el despotismo implacable del emperador de Rusia no pudo aniquilar su espíritu; su Voluntad siempre sobrevivió para endulzar la tétrica opresión con venerados sueños y para hacer que empuñara con éxtasis feroz, el puñal oculto en su pecho. Pero no había necesidad de alejarme de este Verde Continente para probar la verdad de lo dicho. La gente que habla y escribe de las desorganizadas repúblicas sudamericanas, es muy aficionada a señalar al Brasil, aquel gran imperio, apacible y progresista, como un ejemplo digno de seguirse. ¡Un país ordenado, sí, pero su gente embebida en todo vicio abominable! En comparación con estos emasculados hijos del ecuador, los orientales son los hidalgos de la naturaleza.

LA TIERRA PURPÚREA (117) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXVIII /  ADIÓS A LA TIERRA PURPÚREA (4)

Dos días después de esta aventura, supe que don Hilario se había marchado de Montevideo. Estaba convencido de que no había descubierto nada; era posible, sin embargo, que hubiese dejado a alguna persona para vigilar la casa, y como Paquita estuviera ahora muy deseosa de volver cuanto antes a su país, resolví no retrasar más nuestra partida.

Bajando al puerto, encontré al capitán de una pequeña goleta que traficaba entre Montevideo y Buenos Aires, y enterado de que pensaba partir para este último puerto en tres días, arreglé con el él para que nos llevara; también consintió en recibir a Demetria inmediatamente. En seguida, le mandé un recado al señor Baker, rogándole que trajera a Demetria a Montevideo y la llevara a bordo de la goleta, sin pasar por la casa. Dos días después, por la mañana me avisaron que estaba a bordo; y habiendo así burlado al bribón de Hilario, cuyo cráneo ofidio mucho me hubiera gustado aplastar con el pie, y teniendo todavía un día desocupado, fui una vez más a visitar el cerro, para dar desde su cima un último vistazo a aquella Tierra Purpúrea donde había pasado tantos memorables días.

Cuando me acerqué a la cima del gran cerro solitario, no contemplé extasiado el soberbio panorama que se desplegaba ante mis ojos, ni pareció alborozarme el viento, que soplaba fresco del amado Atlántico. Miraba al suelo y arrastraba los pies como una persona cansada. Sin embargo, no estaba cansado, pero ahora empecé a acordarme que en otra ocasión había dicho, en este mismo cerro, muchas torpezas y cosas vanas de un pueblo cuyo carácter e historia entonces ignoraba. Recordé, igualmente, con extremada amargura, que mi visita a este país había traído un gran sufrimiento, quizás duradero, a un noble corazón.

-Cuántas veces me he arrepentido -dije para mí- de las crueles y desdeñosas palabras que dirigí a Dolores aquella última vez que nos vimos, y ahora, una vez más, “vengo a coger las toscas y ásperas bayas” del arrepentimiento y de la expiación, a mi humillar mi orgullo insular y a retractarme de todas las injusticias en que incurrí la vez pasada, precipitadamente y sin pensar.

-No es una peculiaridad exclusivamente británica el considerar a la gente de otras nacionalidades con cierto desdén, pero tal vez entre nosotros el sentimiento sea más fuerte, o se exprese con menos reserva. Permítaseme ahora, por fin, reivindicarme de esta falta, que es inofensiva y quizás hasta recomendable en los que se quedan en sus casas, además de ser muy natural, puesto que el desconfiar y no gustar de las cosas lejanas y desconocidas forma parte de nuestra irracional naturaleza. Permítaseme, por último, despojarme de estos anticuado anteojos ingleses, con guarnición de madera y lentes de cuerno, para enterrarlos para siempre en este cerro, que durante medio siglo y más ha contemplado un pueblo joven y febril, luchando contra agresiones extranjeras, y también contra el enemigo de su propia casa, y donde, hace pocos meses, ensalcé la civilización británica, lamentando que hubiese sido aquí plantada y regada copiosamente con sangre, para ser desarraigada otra vez y arrojada al mar. Después de mis correrías por el interior, donde llevaba conmigo sólo una pizca menguante de aquel sentimiento, para impedir que existiera la más perfecta armonía entre yo y los paisanos con los cuales me asociaba, confieso no ser ahora de la misma opinión. No puedo creer que mi trato con la gente  habría tenido aquel delicioso y agreste sabor que he hallado si la Banda Oriental hubiese sido conquistada, y colonizada por Inglaterra, y todo, lo avieso en ella, enderezado según nuestras ideas. Y si aquel sabor característico no puede coexistir con la prosperidad material que produce la energía anglosajona, deseo fervientemente que este país jamás conozca dicha prosperidad. No tengo pizca de ganas de ser asesinado; no hay hombre que la tenga; pero, antes de ver al avestruz y al venado ahuyentados más allá del horizonte, al flamenco y al cisne de cuello negro muertos sobre las azulinas lagunas, y al pastor enviado a puntear su romántica guitarra en los infiernos, como paso imprescindible para la seguridad de mi persona, prefiero mil veces andar preparado para defender mi vida en cualquier momento contra el repentino ataque de un asesino.

LA TIERRA PURPÚREA (116) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXVIII /  ADIÓS A LA TIERRA PURPÚREA (3)

Claro está que había andado sumamente afortunado en toda esta aventura; no obstante, no estaba dispuesto a atribuir mi fácil escapada enteramente a la surte, porque yo había contribuido, me pareció, en gran parte, con mi prontitud en el obrar, y en fraguar, así de sopetón, un plausible cuento.

Sintiéndome muy feliz, caminaba por las asoleadas calles de la ciudad, blandiendo alegremente mi bastón, cuando de repente, al torcer una esquina, cerca de la casa de doña Isidora, me encontré cara a cara con don Hilario.

Este inesperado encuentro nos tomó a ambos desprevenidos; él retrocedió dos o tres pasos, poniéndose tan pálido como lo permitiera su tez morena. Yo fui el primero que volvió en sí. Hasta entonces había logrado frustrarlo, y estaba al corriente, además, de muchas cosas que él ignoraba enteramente; sin embargo, allí están don Hilario, en la misma ciudad conmigo, y había que habérselas con él. Acto continuo, resolví tratarlo como a un amigo, fingiendo una completa ignorancia respecto al motivo que pudiese haberlo traído a Montevideo.

-¡Hola, don Hilario! ¿Cómo es esto? ¿Usted por acá? ¡Dichosos los ojos que lo ven! -exclamé, dándole un buen apretón de manos y pretendiendo estar fuera de mí, del gusto de verle.

Al instante recobró su serenidad de costumbre, y cuando le pregunté por doña Demetria, respondió, después de vacilar un momento, que estaba en muy buena salud.

-Venga, don Hilario, estamos a dos pasos de la casa de mi tía Isidora, donde estoy alojado, y me dará un gran placer presentarle a mi señora, quien se alegrará de poder agradecerle a usted, personalmente, su amabilidad para conmigo en la estancia.

-¡Su señora, don Ricardo! ¿Qué quiere usted decirme, entonces, que está casado? -exclamó, sorprendido, pensando, probablemente, que ya era el marido de Demetria.

-¡Cómo! ¿Qué no le había contado? ¡Ah! Ahora que me acuerdo, fue a doña Demetria, a quien le conté. ¡Qué raro que no se lo hubiese dicho! Sí, me casé antes de venir a este país… mi mujer es argentina. Venga usted conmigo y verá a una linda mujer, si eso es un aliciente.

Don Hilario estaba claramente muy asombrado, pero se había puesto su máscara otra vez, y ahora se mostró cortés, sereno y receloso.

Cuando entramos en la casa, le presenté a doña Isidora, quien se hallaba en la sala, y lo dejé conversando con ella. Me complació hacer esto, sabiendo que aprovecharía la oportunidad de sonsacarle algo a la locuaz anciana, y que no averiguaría nada, no estando ella al tanto de nuestros secretos.

Encontré a Paquita en su pieza durmiendo la siesta; y mientras se vestía, a pedido mío, con su traje más elegante -un vestido de terciopelo negro que hacía resaltar su sin par belleza, mejor que otro- le expliqué cómo deseaba que tratase a don Hilario. Ella, por supuesto, lo conocía por lo que yo le había dicho, y lo aborrecía de todo corazón, considerándolo una especie de espíritu maligno de cuyo castillo encantado yo había librado a la desdichada Demetria; pero le hice comprender que nuestro plan más prudente sería el de tratarlo cortésmente. Consintió de muy buena gana, porque las mujeres argentinas pueden ser más encantadoras y agradables que cualquiera otra mujer del mundo entero, y lo que la gente sabe hacer bien, le gusta que se le pida que haga.

La sutil cautela de nuestra culebrosa visita no logró ocultar de mi observación que había quedado extremadamente sorprendido cuando vio a Paquita. Ella se colocó cerca de él y le habló del modo más dulce y natural, de su placer en tenerme de vuelta otra vez y de lo muy agradecida que le estaba él y a todos los de la estancia de Peralta por su hospitalidad para conmigo. Como ya lo había previsto, don Hilario fue completamente arrebatado por la primorosa hermosura de Paquita y el encanto de su trato para con él. Se sintió halagado y se esforzó por hacerse agradable, pero al mismo tiempo no sabía qué pensar. Mientras lanzaba intranquilas miradas aquí y allá alrededor de la pieza, las cuales, como la mariposilla predestinada a la llama de la vela, siempre volvían otra vez a aquellos brillantes ojos de violeta que rebosaban disimulada bondad, la expresión desconcertada de su rostro, se fue haciendo más y más evidente. Quedé encantado con la representación de Paquita, y sólo esperaba que don Hilario padeciera largo tiempo los efectos del sutil veneno que ella había infundido en sus venas. Cuando se levantó para irse, yo estaba seguro de que la desaparición de Demetria era para él un misterio mayor que nunca; y como tiro de gracia, lo invité calurosamente a que viniera seguido a vernos, mientras él permaneciera en la capital, y hasta le ofrecí una cama en la casa; mientras que Paquita, para no ser menos, pues había entrado de lleno en la broma, envió por él un muy afectuoso recado a Demetria, a quien ya amaba, y esperaba conocer algún día.

LA TIERRA PURPÚREA (115) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXVIII /  ADIÓS A LA TIERRA PURPÚREA (2)

Lo único que deseaba en este momento era encontrar un sitio seguro donde poder reflexionar sobre la situación sosegadamente, y concertar, si fuera posible, algún plan para burlar a don Hilario, quien había andado demasiado listo para mí. Por último, de los muchos planes que cruzaron mi mente mientras estaba sentado a la sombra de una cerca de cactos como a veinte cuadras de la población, resolví, de acuerdo con mi vieja y bien probada regla adoptar el más temerario, cual era el de entrar inmediatamente en la población y pedir la protección de mi país. El único inconveniente que presentaba este plan era que, tal vez, la fuga de Demetria se vería frustrada. Mientras me ocupaban estos pensamientos, vi pasar en dirección a la ciudad un coche cerrado, cuyo cochero estaba un tanto borracho. Saliendo de mi escondite, logré hacer que se parase y le ofrecí dos pesos para que me llevara al Consulado Británico. Era coche particular, pero los dos pesos tentaron al hombre, así que después de recibir el dinero anticipadamente, me permitió subir; luego, cerrando las ventanillas y arrellanándome en los cojines, fui transportado rápida y cómodamente a la casa de refugio. Me presenté al cónsul y le conté una discreta mezcla de verdad y mentiras, diciéndole que había sido prendido forzosamente y obligado a servir en las filas de los Blancos, y que al escaparme de los rebeldes y llegar a Montevideo, me había causado gran asombro encontrarme con la noticia de que el Gobierno tuviera la intención de meterme preso. El cónsul me hizo unas cuantas preguntas y examinó el pasaporte que él mismo me había remitido hacía pocos días; y luego, riendo alegremente, se puso el sombrero y me invitó a que lo acompañara al Ministerio de Guerra. El subsecretario, el coronel Arocena, era, me dijo, un amigo personal suyo, y si lo podíamos ver, todo se arreglaría. Andando a su lado, me sentí bien seguro y valiente otra vez, pues en cierto sentido estaba caminando con la mano apoyada en la soberbia melena del león británico, cuyo rugido no se provocaba impunemente. En llegando al Ministerio, el cónsul me presentó a su amigo, el coronel Arocena, un afable caballero de edad, calvo y con un cigarrillo entre los labios. Escuchó con interés y -me pareció- que con una sonrisa medio incrédula, el cuento desgarrador de la crueldad con que me habían tratado aquellos malditos rebeldes de Santa Coloma. Cuando terminé mi relación, me pasó una hoja de papel en que había garabateado unas cuatro líneas, añadiendo, al mismo tiempo:

-¡Vaya, mi joven amigo! Tome este papel y nadie lo molestará aquí en Montevideo. Ya hemos tenido noticias de sus hazañas en el departamento de Florida y también en el de Rocha, pero, no nos proponemos declararle la guerra a Inglaterra por usted.

Todos nos reímos de este discurso; en seguida, cuando hube guardado en el bolsillo el documento en cuyo margen se ostentaba el sacrosanto sello del Ministerio de Guerra, pidiendo a cuantos lo leyeren que no molestasen al portador de sus legítimas idas y venidas, agradecimos al amable coronel y nos despedimos. Pasé una media hora paseando con el cónsul; luego nos separamos. Mientras estuvimos juntos, había reparado en dos hombres de uniforme a cierta distancia de nosotros, y ahora, volviendo a casa, observé que me venían siguiendo. Al poco rato me alcanzaron y me intimaron cortésmente su intención de llevarme preso. Sonreí, y sacando del bolsillo el precioso documento del Ministerio de Guerra, se lo presenté. Se mostraron sorprendidos y me lo devolvieron, excusándose, al mismo tiempo, por haberme molestado; luego se fueron, y continué tranquilamente mi camino

LA TIERRA PURPÚREA (114) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXVIII /  ADIÓS A LA TIERRA PURPÚREA (1)

Después de eso, me encontré otra vez de vuelta en Montevideo. Cuando le dije adiós a Demetria, no parecía querer permitirme ir, guardando mi mano en la suya un rato inusualmente largo. Era, tal vez, la primera vez en su vida que fuera a quedar sola entre gente enteramente extraña, y habiendo nosotros intimado tanto durante los últimos años, era sólo natural que se arrimara un poco a mí, al separarnos. Le di otra vez un apretón de manos, exhortándola a que tuviese valor y alentándola con la esperanza de que en pocos días más habría pasado todo el peligro y las dificultades; no obstante, continuó reteniendo mi mano en la suya. Esta tierna desgana a que la dejara fue conmovedora además de halagüeña, pero un poco inoportuna, pues estaba deseoso de estar a caballo y en camino. Luego, mirando la ropa algo usada que llevaba puesta, dijo:

-Ricardo, si voy a quedar escondida aquí hasta que me una a ustedes a bordo, entonces tendré que conocer a tu mujer con este vestido viejo.

-¡Oh! ¿Es eso entonces, Demetria, en lo que estás pensando? -dije.

Inmediatamente hablé con nuestra amable dueña de casa, y cuando le expliqué este serio asunto, ofreció ir ella misma en seguida a Montevideo a buscar las prendas necesarias, algo en que yo no había pensado, pero que evidentemente había tenido a Demetria muy preocupada.

Cuando, por último, llegué al pequeño retiro suburbano donde habitaba mi tía política, Paquita y yo nos portamos, durante cierto tiempo, como un par de locos, tan grande era nuestra felicidad al hallarnos juntos otra vez, después de tan larga separación. Durante ese período no había recibido ninguna carta de ella, y de la veintena que yo escribiera, sólo habían llegado a sus manos dos o tres, así que tuvimos mil preguntas que hacer y contestar. No se cansaba de mirarme, ni de maravillarse de mi color tostado y los bigotes y la barba que ahora llevaba, mientras que ella -¡mi pobre linda mujercita!- estaba inusitadamente pálida; pero, a pesar de esto, tan hermosa, que me admiraba cómo, poseyéndola pudiera haber encontrado a cualquier otra mujer siquiera medianamente buena moza. Le hice un relato circunstanciado de mis aventuras, omitiendo solamente algunos pocos asuntos que mi honor no me permitía divulgar.

Por ejemplo, cuando le conté de mi estada en la estancia de los Peralta, no dije nada que traicionara la confianza depositada en mí por Demetria, ni tampoco me pareció necesario mencionar la aventura con aquella picaruela hechicera de Cleta, con el resultado de que Paquita quedó muy complacida de la caballerosa conducta que había mostrado en todo el asunto, y estaba muy predispuesta a darle a Demetria un lugar en su corazón.

No haría veinticuatro horas que estaba de vuelta en Montevideo cuando recibí una carta de don Florentino Blanco, probando que la precaución que tomara al dejar a Demetria a cierta distancia de la ciudad no había sido en vano. La carta me informaba que don Hilario luego cayó en la cuenta de que me había fugado con la hija de su infortunado patrón, y que no le cupo duda al respecto cuando descubrió que el mismo día que me despedí, una persona cuya descripción correspondía en todo particular a la mía, había comprado un caballo y una silla de mujer y había ido en dirección a la estancia por la noche.

Mi corresponsal me previno que don Hilario llegaría a Montevideo antes de su carta; también, que él había descubierto algo respecto a la parte que yo tomara en la última insurrección, y que con seguridad pondría el asunto en manos de Gobierno a fin de que me detuvieran, después de lo cual tendría poca dificultad en obligar a Demetria a volverse con él.

Por un momento me consternó esta noticia. Afortunadamente, Paquita no estaba en casa cuando la recibí, y temiendo que pudiese volver y tomarme desprevenido, en ese estado de desaliento, me apresuré a salir; entonces, a través de calles diagonales y angostas callejuelas, y mirando furtivamentente en rededor por temor de encontrarme con la policía, me escapé de la ciudad.

LA TIERRA PURPÚREA (113) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXVII /  LA FUGA DE NOCHE (5)

Después de dormir un par de horas, despertó, de repente, asustada, y la afligió mucho saber que la había sostenido todo ese tiempo. Pero después de aquel sueño recuperador, pareció efectuarse un cambio en ella. No sólo había desaparecido su gran cansancio, sino también el temor que la perseguía. De la ortiga el Peligro, había arrancado la flor Seguridad, y ahora podía gozar de ella y estaba llena de nueva vida y animación, La inusitada libertad y el ejercicio, junto con el variante paisaje, también tuvieron un efecto estimulador sobre su cuerpo y ánimo. Un nuevo color se esparció por sus pálidas mejillas; las manchas violáceas debajo de los ojos, que anunciaban días intranquilos y noches de desvelo, luego desaparecieron; sonrió brillantemente y estaba muy animada, de modo que durante aquel largo trayecto, ya descansando a la sombra, a mediodía, y galopando a escape sobre el verde césped, no podría haber tenido una compañera más agradable que Demetria. Esta transformación me trajo con frecuencia a la memoria aquellas conmovedoras palabras de Santos, en que describía la mano asoladora de los sufrimientos, y cómo con otra laya de vida su patrona sería “una flor entre mujeres”. Era un consuelo que su afecto para conmigo hubiera sido sólo cariño, eso y nada más. Pero ¿qué iba a hacer con ella cuando llegáramos a Montevideo, sabiendo, como sabía, que mi mujer estaba muy deseosa de volver sin más demora a su país, y resultándome, al mismo tiempo, muy cruel abandonar a la pobre Demetria entre extraños?

Encontrando su ánimo tan mejorado, me aventuré a hablarle al respecto; primero se entristeció, pero luego, recobrando valor, me rogó que le permitiésemos acompañarnos a Buenos Aires. La perspectiva de quedarse sola le era intolerable, pues no tenía motivos en Montevideo, y los amigos de su familia estaban todos desterrados o llevando vidas muy retiradas. Al otro lado del Plata estaría con amigos, y a salvo, durante cierto tiempo de su verdugo. Esta proposición me pareció muy cuerda y me alivió considerablemente, aunque, por cierto, sólo servía para allanar la dificultad durante un corto tiempo solamente.

Como a seis leguas de Montevideo, en el departamento de Canelones, encontré la casa de un compatriota llamado Baker, quien había vivido muchos años en el país; era casado y con familia. Llegamos a su estancia en la tarde, y viendo que Demetria estaba sumamente rendida con nuestro largo viaje, le pedí al señor Baker que nos alojara esa noche. Este caballero se portó muy amablemente con nosotros, no haciendo ninguna pregunta indiscreta, y después de conocernos sólo unas pocas horas, en las que nos hicimos amigos, le llevé aparte y le referí la historia de Demetria. Entonces, como hombre de buen corazón, ofreció en el acto alojarla en su propia casa hasta que pudiesen arreglarse sus asuntos en Montevideo, oferta que fue muy gustosamente aceptada.

LA TIERRA PURPÚREA (112) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXVII /  LA FUGA DE NOCHE (4)

Lo seguimos hasta el amanecer, apenas deteniéndonos una vez en nuestra veloz carrera, y cien veces durante aquella oscura travesía por un país que me era enteramente desconocido, bendije a aquella hechicera de Cleta, pues nunca hubo caballo más seguro y firme que el feo malacara que llevaba mi compañera, y cuando refrenamos nuestros caballos a la pálida luz de la mañana se veía tan fresco como cuando salimos. Entonces dejamos la carretera y anduvimos unas tres leguas en dirección al nordeste, pues deseaba alejarme de los caminos públicos y de la gente entrometida y chismosa que los frecuenta. Como a eso de las once llegamos a un rancho, donde almorzamos; después seguimos caminando hasta llegar a un monte de esparcidos algarrobos que crecían en la cuesta de una cuchilla. Era un lugar agreste y solitario, con agua y buen pasto para los caballos y una amena sombra para nosotros; así que después de desensillar y soltar nuestros caballos a pacer, nos sentamos a descansar debajo de un árbol grande, arrimándonos a su grueso tronco. Desde nuestro umbroso retiro, dominábamos una espléndida vista del país por donde habíamos atravesado toda aquella mañana y que se extendía a muchas leguas de distancia; mientras fumaba un cigarro, conversé con mi compañera, llamándole la atención sobre la hermosura de aquel vasto y asoleado paisaje.

-¡Mira, Demetria! Cuando lleguen las largas noches de invierno y tenga bastante tiempo desocupado, pienso escribir una narración de mis aventuras en la Banda Oriental, y titularé mi libro La Tierra Purpúrea; pues, ¿qué nombre más a propósito podría hallarse para un país tan manchado en la sangre de sus hijos? Claro que nunca lo leerás, porque lo escribiré en inglés y sólo por el placer que les dará a mis hijos -si es que los tengo- en algún tiempo muy lejano cuando sus pequeños estómagos morales e intelectuales estén preparados para digerir otro alimento que la leche. Pero tú ocuparás un lugar muy importante en mi narración, Demetria, porque en estos últimos días nos hemos apegado mucho el uno al otro. Y tal vez el último capítulo describirá nuestra precipitada carrera juntos, huyendo de aquel espíritu maligno, Hilario, a algún bendito y lejano refugio más allá de los cerros, de los montes y de la azulina línea del horizonte. Porque cuando lleguemos a la capital, yo creo que… me parece… sé, en efecto, que…

Vacilé entre si decirle o no que probablemente sería necesario que yo abandonase el país cuanto antes, pero como no me pidiera que prosiguiese, mirando a un lado, descubrí que mi compañera se había quedado profundamente dormida.

¡Pobre Demetria! Había estado muy nerviosa toda la noche y apenas quiso detenerse a descansar en ninguna parte, tan grande era el susto que tenía, pero por fin el cansancio le había vencido por completo. Su postura arrimada al árbol era sumamente incómoda  e insegura, así que aproximando su cabeza muy suavemente hasta que descansó sobre mi hombro, y sombreándole los ojos con su mantilla, la dejé que siguiera durmiendo. Su cara se veía singularmente cansada y pálida, en aquella brillante luz del mediodía, y contemplándola durmiendo y recordando todos aquellos lóbregos años de sufrimientos y zozobra que había soportado, sin olvidar este último dolor del que yo había sido la inocente causa, se me empañaron los ojos de lágrimas.

LA TIERRA PURPÚREA (111) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXVII /  LA FUGA DE NOCHE (3)

-No tenga miedo. Cuando esté todo tranquilo, después que haya entrado don Hilario, en su pieza, emprenderemos la huida.

Demetria estaba temblando de susto y se arrimó a mí; mientras escuchábamos atentamente, oímos a don Hilario desensillar su caballo, y en seguida dirigirse muy quedo, y silbando por lo bajo, a su pieza.

-Ya ha cerrado la puerta, y en unos pocos minutos estará durmiendo. Cuando piensa en ese hombre que le ha hecho la vida un suplicio, ¿no se alegra que haya venido a llevármela?

-Me iría de todo corazón con usté esta noche, Ricardo, si no fuera por una cosa. ¿Cree después de lo que ha pasado que jamás podría mirar a su mujer en la cara?

-Pero ella no sabrá nada de lo que ha pasado, Demetria. Sería deshonroso de mi parte y una cruel injusticia a usted hablarle a ella de eso. La recibirá usted como a una querida hermana y la amará tanto como yo. Todas estas dudas y temores que la inquietan no tienen razón de ser, y pueden ser soplados como el vilano del cardo por el viento. Y ahora que me ha confesado tanto, Demetria, yo también quiero confesarle la única cosa que me tiene intranquilo.

-Dígame qué es, Ricardo -murmuró muy suavemente.

-Créame Demetria, que nunca he tenido la menor sospecha de que usted me amara. Su manera no lo ha mostrado; de otro modo yo le habría contado mi pasado, mucho ha. Sólo sabía que me consideraba como a un amigo y uno en quien podía confiar. Si he estado equivocado todo este tiempo, Demetria, y si usted ha sentido verdadero amor por mí, tendré que lamentar amargamente que le haya causado esta pena. ¿No quiere hablarme con entera confianza y decirme con franqueza lo que siente?

Me acarició una mano un momento en silencio, y entonces contestó:

-Creo que ha tenido razón, Ricardo. Tal vez no sea capaz yo de una pasión como algunas mujeres. Sentía… sabía que usté era mi amigo. Estar cerca de usté es como estar a la sombra de un árbol frondoso en algún lugar cálido y solitario. Pensé que sería agradable estar sentada allí para siempre y olvidar los amargos años. Pero, Ricardo, si usté va a ser para siempre mi amigo… mi hermano, estaré más contenta, y mi vida me parecerá otra.

-¡Qué feliz me has hecho, Demetria! ¡Vamos! El culebrón está durmiendo, escabullámonos y dejémoslo entregado a sus malos sueños. ¡Dios quiera que algún día pueda volver a aplastarle la cabeza bajo el pie!

Entonces, arrebozándola en la manta de viaje y pisando suavemente, la conduje afuera, y en unos pocos minutos llegamos junto a Santos, que estaba vigilando al lado de los caballos.

De muy buena gana le dejé que ayudara a Demetria a montar a caballo, pues aquel sería seguramente el último servicio que él pudiera prestarle… Creo que el pobre viejo estaba llorando, tan ronca se sentía su voz. Antes de irnos le anoté sobre un pedazo de papel mi dirección en Montevideo, y le pedí que la llevara a don Florentino Blanco, encargándole en mi nombre que me escribiera en dos o tres días más, para informarme de los movimientos de don Hilario. Luego nos fuimos silenciosamente al trotecito sobre el pasto, y en una media hora dimos con el camino que va de Rocha a Montevideo.
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