Mostrando entradas con la etiqueta PUNTO G. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta PUNTO G. Mostrar todas las entradas

lunes

NÉLIDA PIÑÓN: “EL APOGEO DE LA TECNOLOGÍA HA PROVOCADO UN ARROGANTE DESPRECIO POR LA TRADICIÓN”

 

por Andrés Seoane 

“Llegué a la literatura por la aventura, porque pensaba, siendo muy niña, que los libros que leía eran las vidas reales de los protagonistas” reconoce emocionada Nélida Piñón. (Río de Janeiro, 1937). “No imaginaba que podían ser un producto de la imaginación. Fue leyendo las novelas del oeste de Karl May, a los diez años, cuando advertí que el narrador podía moldear la realidad con su imaginación, que no era un privilegio escribir, que podías crear mundos de la nada. Y eso me convirtió den escritora”, recuerda. Cálida, generosa, y con una plasticidad sensual al usar las palabras que muestra su intención de hallar siempre el vocablo preciso, sea en portugués o en español que domina con un gracioso acento cantarín, la gran dama de la literatura portuguesa se encuentra en nuestro país presentando Un día llegará a Sagres (Alfaguara), una bella metáfora de la historia portuguesa narrada por Mateus, un campesino bastardo de una pequeña aldea del Miño que a mediados del siglo XIX decide recorrer Portugal de norte a sur en busca de las huellas del glorioso pasado aventurero del país y del legendario infante Enrique el Navegante.

En proyecto desde 2004, la escritora reconoce que tuvo que ir posponiendo el viaje de documentación a Portugal, donde ha vivido el último año por un sinfín de motivos. “Históricamente ya tenía todo en la cabeza, pero quise ir a Portugal para visitar muchos lugares y buscar un sentimiento secreto de la lengua, los murmuros que quizás aun sobrevivieron a los siglos, porque porque quizá alguien aun habla hoy como Camôes, como un campesino del siglo XVI”, explica. Un esfuerzo que se aprecia en la cuidadosa reconstrucción de una epopeya inversa que, entre otras muchas reflexiones tocantes a nuestro presente, ensalza la historia del país vecino. “Con su audacia y su locura, los portugueses cambiaron, fomentaron y enriquecieron la imaginación del mundo. Cumplieron, sin duda, una de las vías de la imaginación del mundo. Quería contar la historia de esta deslumbrante aventura humana”.

¿Cómo nace esta idea de revisitar la historia de Portugal, qué pretendía hallar en su pasado?

La historia de alguna manera está en mi origen porque desde niña tuve la sensación de pertenecer a dos culturas, una idea que me liberó para invadir todas las civilizaciones, desde Homero a hoy. Portugal, evidentemente también, porque soy heredera de la lengua portuguesa. A los diez años me trajeron para España y pasé en Galicia casi dos años. Desde allí viajaba mucho a Portugal, que ha sido una fuerte presencia en mi vida, sobre todo por el privilegio de la lengua, que me enamora aún hoy. Conocer la historia de Portugal siempre me inquietó y me fascinó. Cómo un país tan pequeñito se hizo colectividad y se convirtió en una nación tan poderosa con esa apasionante atracción por el mar, especialmente por el Atlántico. Cómo es posible que campesinos, marineros, gente rústica, hayan dominado los mares, algo que muy pocos consiguieron… Fue un milagro. Seguir las huellas del portugués en oriente o en América es emocionante.

La historia habla de grandeza y de un pasado glorioso, pero está narrada por un protagonista pobre y campesino, y la miseria es un elemento común en ella. ¿La historia de un individuo humilde es mejor que la gran Historia y las listas de reyes y nobles para contar el pasado?

Yo he visto la pobreza, sobre todo interior de Brasil con mis abuelos, y conocí la pobreza de Galicia y también la portuguesa. La España y el Portugal que yo viví de niña era de una miseria absoluta. Y ambos países consiguieron que sus habitantes se puedan permitir el lujo de la elegancia, de la higiene, de la cultura. Ha habido un cambio extraordinario en el mundo. No obstante, pienso que la gente pobre, especialmente la de las aldeas, tiene una inteligencia natural, libre de artificiosidad, de arrogancia y de falsa erudición. Yo soy una intelectual, claro, pero creo que el intelectual, y cualquier persona, necesita cuidar de su alma, sobre todo en relación al otro. Y no pensar que sus puntos de vista son sobresalientes, superiores al de alguien de pocas letras o analfabeto. Siempre defendí que el analfabeto pudiera votar, porque tiene un sentido de la historia que ya hemos perdido. La gente más tradicional tiene en su espíritu la historia del mundo. Me acusan de sofisticada, pero yo querría ser una campesina. Sacrifico el lujo por mi concepto de la gente del pueblo. Entonces, quién podría mostrar mejor la grandeza súbita de Portugal que alguien como Mateus, condenado por el mundo al olvido, que ni siquiera tiene importancia para sí mismo. Sólo puede salir de eso cuando un modesto profesor de pueblo le enseña que es hijo y heredero de la grandeza, que su país modesto y pobre ha tenido gloria. Él es el heredero de ese Portugal, que se hizo con la sangre y el sudor de sus antepasados, y no los reyes.

Un mundo sin epopeyas

Precisamente, Mateus encarna también una herencia cultural. En este contexto que vivimos de desprecio por las humanidades, ¿qué peligro tiene olvidar que un país es la cultura que hereda, la historia que lo ha conformado?

Un peligro absoluto. Lo que está pasando con este delirante apogeo de la tecnología es un desprecio por la gran cultura, especialmente por la tradición. La tradición no es el inmovilismo, no es el desprecio por lo que viene mañana, por la capacidad inventiva. Sino que la tradición está presente en la contemporaneidad. No podemos sustentar lo que construyamos hoy sin los fundamentos de la tradición. ¿Cómo podrían ustedes hoy escribir un gran español sin saber lo que decía Nebrija? Hay una frase suya que la RAE debe tener mucho en cuenta: "a dónde va la lengua le sigue el imperio". El idioma es poder. Por ejemplo, en los Estados Unidos de hoy, como no hay una lengua oficial, el español tiene un poder impresionante. Don Víctor advirtió esto y conectó todas las academias de la América hispánica. El idioma es poder. Y en este sentido, Mateus tiene un concepto de la cultura que le hace heredero de todo lo precedente.

Justamente en el libro despunta la figura tutelar de Camões. ¿Cuál es su legado? ¿Qué cree que escribiría hoy el autor, cómo serían los Lusíadas del siglo XXI?

Camões, más que creación, establece el equilibrio de una lengua, hace que ella ceda lo más pujante que tiene el idioma a cada uno de sus hablantes. En este sentido es fundacional. Sin embargo, creo que hoy en día su obra no me atraería tanto. De Camões me fascinan sus epopeyas edificantes, pero hoy en día ya no existen. ¿Cuál sería la epopeya de hoy, el rock and roll? Mira la cosa terrible que voy a decir: quizás esta tragedia de la pandemia sí se convierta en una epopeya narrativa, pero no creo que igualemos a Boccaccio. No obstante, creo que siempre hay aventuras. Por ejemplo, esa mitología norteamericana de la Ruta 66 y el mundo de En el camino de Kerouac. Aunque no veo similar a ese momento en la juventud actual, no me atrae nada el mundo actual. Quizás hoy somos muy arrogantes al pensar que hemos creado un mundo nuevo y no estamos abiertos a ese tipo de viajes.

El mundo que narra la novela, ese pasado campesino, está hoy desaparecido. ¿Qué tuvo de bueno y de malo la pérdida de esa manera de ver y vivir el mundo?

Volver a aquella miseria sería imperdonable. Pero yo realzo que aquella pobreza tenía una nobleza, una especie de utopía. Mi protagonista, por ejemplo, tiene el sueño de conocer al infante Navegante, es un peregrino, como Ulises, que hace su historia caminando, como diría MachadoNo sé hasta qué punto hoy hacemos historias obligatorias, vivimos una vida mucho más condicionada e incluso necesitamos sobreponernos al otro para vivir. No creo que la historia hoy sea grata, pero a la vez no puedo cancelar la capacidad de innovar del hombre, que es un creador. No tiene miedo de nada, porque es un superviviente. Quien tiene que luchar por el pan no puede tener miedo, porque tiene que sobrevivir todos los días.

Su novela afirma que el hombre, al igual que el mundo, es carnívoro. ¿Es posible que dejemos algún día de devorarnos?

No lo sé, pero está en nuestra naturaleza. Para dejar de serlo, hay que luchar mucho contra tu violencia, tu egoísmo, ser un poco ascético, como los Padres del Desierto, que creían que alejarse del pecado era acercarse a Dios. Siempre ha habido en la historia una noción del pecado que decía que para combatirlo había que tener una noción de santidad. Esto ha desaparecido actualmente, la gente se preocupa mucho en beneficiarse a toda costa. Aunque hay mucha gente generosa también. Es un combate permanente entre el bien y el mal. Hay que dominar esos dientes afilados, que son nuestras almas. En nuestro tiempo este tema es delicado porque por primera vez en la historia ya no hay un Dios, ese que de alguna manera trataba de frenar nuestros impulsos violentos y crueles. Ahora que Dios se ha eliminado, es poco elegante hablar de él, no tenemos muchas reglas y normas morales. No sé si es algo libertario, pero creo que no completamente, pues no sé si esta libertad mantiene en nosotros la noción del deber humanitario.

Disparates de la historia

 

También puede verse la novela como una crítica al nacionalismo exacerbado, a la tergiversación y blanqueamiento de la historia en favor de una imagen mejor del pasado. ¿Es posible borrar o alterar lo ya ocurrido?

No se puede ni se debe rectificar la historia, porque somos herederos de esos hechos del pasado. Si tienes una herencia no puedes echarla por la ventana, debes conocerla a fondo, hacer que los aspectos crueles de la historia nos hagan mejores hoy. Es por eso que hay historiadores. Es un disparate eso de apagar la historia. Por ejemplo, borremos el siglo XVI. No se puede quedar vacío. ¿Qué ponemos en él entonces? ¿Lo analizamos y rellenamos desde nuestro siglo XXI? Son disparates… Los historiadores nos van educando y enseñando. No hace falta que gente sin ninguna formación y con intereses espurios la reinventen. Y además es peligroso. No se puede apagar el pasado ni rectificarlo, sino estudiarlo para evitar repetir los errores.

Sin embargo vemos en todas partes que el poder, los políticos, no siguen esa premisa, y hacen mal uso de la historia constantemente.

Los políticos no conocen ni tienen en cuenta la historia, para ellos solo es autorreferente, la que están haciendo, porque únicamente piensan en sí mismos. Escriben su propia historia, que nosotros tenemos que destrozar y corregir. Hoy en día, en todas partes, no tenemos estadistas, grandes hombres de Estado. Gente que piense primero en el pueblo, en la grandeza de un país, como hizo, por ejemplo, Churchill, que, con todos sus defectos, hizo todo por su pueblo. Los políticos son intrascendentes, pero de vez en cuando hay que hablar de ellos para colmar su vanidad, para que piensen que tienen relevancia.

¿Puede la literatura combatir esta visión interesada y sesgada creando memoria colectiva? ¿Es su papel hacerlo?

Desde luego, lo hemos visto mucho en Latinoamérica con los libros sobre los dictadores de varios escritores. La función de la literatura a nivel histórico es crear contrastes, generar relato, explicar cómo vivía la gente de determinada época. Yo soy una mujer que fui plasmada por mis conocimientos. La cultura que he ganado, que siempre me parece poca, viene en su mayor parte de mis lecturas. La literatura tiene una función pedagógica para el lector, sí, pero también para el escritor. El texto al que apenas estás dando vida te habla y dice “Nélida, escucha”. Y tienes que escuchar. Me educa. Y educar es reconstruir, hacerte una persona diferente a la cual se fueron adicionando muchos elementos que la mejoran, porque si la educación no tiene una función correctiva, es una falla.

La novela se posiciona constantemente en contra del poder y usted reivindica la vida humilde y sencilla de la gente de a pie, ¿qué importancia le da al éxito literario, a los laureles y reconocimientos?

Hay gente muy hechizada por los éxitos y el boato, que vive un infierno constante en busca de la gloria. En mi caso, yo no cargo con mis trofeos, he sido educada para olvidar esa parte en cuanto sucede. No puedo olvidar que los tengo, pero estoy entretenida con otros aspectos de la vida, disfruto mucho de hablar con la gente, de las cosas sencillas. Podría hablar horas sobre un pan de broa, que me recuerda a mi infancia en Galicia. Valoro mucho más un pan que un premio. Mi protagonista debe vivir toda su vida persiguiendo la quimera de los poderosos, su senda en la historia, para descubrir que los verdaderos héroes son la gente común, los que trabajan día a día.

Una literatura irreductible

Este desapego por la fastuosidad queda patente en la concepción que la escritora, que acaba de recibir la nacionalidad española hace unos días, tiene de la literatura. “Como novelista tengo la obligación de imaginar que he invadido la historia a través de mi percepción, de mi sensibilidad y de mis lecturas. Crear es un riesgo inmenso. Quien debe decir si logré algún resultado es el lector”, afirma. “Desde niña nunca he rasgado una hoja de papel. Tengo un respeto, una paciencia… Cada vez que hago una frase, incluso mala, siempre pienso que de ella saldrá algo mejor. El fracaso no me va a derrumbar, porque estoy presta a dar mi vida para hacer una literatura tan buena como imagino que puedo hacer. No me rindo”.

Desde ayer, una parte significativa de la trayectoria creativa de la escritora brasileña descansa en la cámara acorazada 1261 de la Caja de las Letras del Instituto Cervantes, donde Piñon, la primera autora en portugués en hacerlo, ha depositado una primera edición de su primera obra, Guía-mapa de Gabriel Arcanjo (1961), así como el manuscrito de su novela La república de los sueños (1984), novela ambientada en Galicia que conecta con sus raíces españolas.

También ha guardado para la posteridad fotografías, otros textos y muchos discursos, casi todos en español, como el de la recepción del Premio Príncipe de Asturias 2005, así como plumas de escribir que pertenecieron a su padre y a su abuelo, el abanico de su madre y su abuela, marcapáginas o un muñeco de Popeye con el que su madre le animaba a comer en su infancia. “Huellas que uno va dejando sin tener noción de lo que está haciendo", ha explicado la escritora, que se ha definido como "una nostálgica y una sentimental, aunque también una mujer de gran disciplina".


(EL CULTURAL / 25-11-2021)

domingo

LA NUEVA MORAL / POR MARÍA ZAMBRANO

 

"...Una necesidad de orden, de ley, de responsabilidad ante algo; una necesidad de que la moral y la razón no sean burladas, de que la fuerza, lejos de separarse del espíritu, como en la moral ascética, se le una y acompañe formando la integridad de la vida." - María Zambrano

Artículo de la ensayista y filósofa española María Zambrano, publicado en La Vanguardia el jueves 27 de enero de 1938, año en el que se instala en Barcelona hasta su exilio en enero de 1939.



La moral, la moral que necesitamos, va teniendo tantas dimensiones como la vida misma. Todavía pesa sobre nosotros la larga tradición ascética, según la cual lo moral era obtenido siempre por eliminación, por vía de purificación, empleando el propio lenguaje ascético. Desde la vida se nos trasladaba a la moral dejando cosas, abandonando parte de la rica superficie del mundo, renunciando a la complejidad del ser que nos transmitía la sensibilidad, reduciendo nuestras pasiones, clarificando, mediante la lógica, nuestros pensamientos.


La moral seguía, con respecto al ser humano, el mismo camino de la lógica: reducir, aclarar; en suma, abstraer. Moral de la purificación raramente compatible con una actividad externa, pues ella sola consumía las más profundas energías que un hombre pudiera tener. Sólo por caso excepcional era compatible esta lenta y trabajosa subida a la interior perfección, con la furia capaz de someter al mundo. La más clara expresión de que así era, la encontramos en la dualidad de vida que ya se pensara en términos griegos: vida activa y vida contemplativa; acción y teoría.


Hija de esta dualidad es la actual lucha en que se divide el mundo. Con ser tanta la potencia del hombre, no ha sido suficiente para llevar la moral de purificación allí donde hacía más falta, o sea a lo más activo e impuro. Hoy sentimos como culpable el no haber exigido a la pureza moral la integridad de contenido humano necesario para que, a la postre, el hombre concreto de carne y hueso no se sintiera desamparado, sin más horizonte delante de sus pasiones que sus pasiones mismas; sin más ley sobre sus instintos que el crecimiento desbordado de sus exigencias. Culpa de no haber contado con la indocilidad fundamental de la fiera que el hombre alberga en su pecho; culpa -y esto es lo más irónicamente cruel- de los mejores, de quienes fueron capaces de cumplir con el riguroso programa ascético, demostrando así que era posible a los hombres el ser héroes, el ser santos.


Suceden hoy tales cosas que nos mueven a reprochar a los mejores ejemplares de humanidad el haber ido tan lejos en su afán de perfección. Tiene tal ceño la vida, la vida de todos los días y de cada hora, que nos mueve a alzarnos en rebeldía contra lo que más admiración nos ha causado y que en años de mocedad soñamos quizá en imitar. ¿Por qué nos han sido presentados tales ejemplos de exquisitez moral, de belleza en la conducta, si luego el hombre es capaz de llegar hasta extremos inconcebibles de obscura perversión, de ciega maldad sin fondo?


Pero, aun antes de ahora, hace ya tiempo que la rebeldía contra el mundo ideal que la tradición religiosa cristiana nos había dejado, aun a través de las ideas más alejadas de ella, se había manifestado. Rebeldía que era desesperación al ver el bello ideal imposible de realizarse, y al mundo, por su parte, cabalgando desbocado, sin freno ni dirección. Era menester ponerse en contacto con la realidad inmediata, bajar a la tierra, descubrir de nuevo el mundo, reivindicar la materia, hundirse en la vida y aceptarla sin imponerle demasiadas condiciones, sin someterla a ninguna purificación, aceptándola íntegra en toda su impureza.


Nos lanzamos entonces a vivir y, más que con fe, con curiosidad de ver qué daría de sí la vida cuando se la entregaba a sí misma, cuando al fin ya no se la pedía que se pusiera por encima de sí misma. Ha habido una entrega a la vida inmediata sin pedirle cuentas; una aceptación sin límites de lo que ella de por sí nos ofrecía; en resumidas cuentas, una divinización de la vida espontánea, de la vida como fuerza autónoma e irresponsable. Los pensadores germanos, maestros en el delirio y en todo lo desmedido, han dado la pauta de este desvarío y se han mordido la cola teorizando la irracionalidad, justificando con un pensamiento, nunca más traidor a sí mismo, la irrefrenable violencia y, apresurados siempre en las identificaciones, identificaron sin más la vida en su plenitud con la violencia, con la fuerza sin forma y sin límite.


Sin forma y sin cara: horrible vida, estallido de fuerza ciega en el vacío. Se llama fascismo, aunque su espantosa negrura no tiene en realidad nombre; su nombre tendría que ser el que designe a todo lo negativo, a todo lo que no es sino para destruir.


Pero todas estas experiencias que en brevísimos años consumimos, si es que no nos consumen, nos exigen una nueva moral, más rica, más completa y total que la que nos ha llegado de la vieja y larga tradición grecocristiana. Porque hoy descubrimos que de nuevo la vida, por sí misma, nos exige una moral y no se puede mantener sin ella; al mostrársenos en todo su horror la violencia desatada, descubrimos que la es posible.


Una necesidad de orden, de ley, de responsabilidad ante algo; una necesidad de que la moral y la razón no sean burladas, de que la fuerza, lejos de separarse del espíritu, como en la moral ascética, se le una y acompañe formando la integridad de la vida.


En la inminencia de la muerte, bajo la negrura de un cielo amenazador, rememoramos las creencias que nos enseñaron en la infancia y pensamos: todo eso es cierto; pero no es en más allá de la vida y de la tierra; es aquí, en la tierra donde existe el infierno y la gloria; el mal y la necesidad ineludible de vencerlo. Es en la tierra y para ella, dentro de ella y bajo su horizonte, donde tenemos que crear la vida futura: la vida.


El "hombre interior" del cristianismo no tiene que guardarse sus anhelos de perfección absoluta para un más allá, sino aquí mismo, en la tierra, volcar su fuerza moral, su capacidad transformadora, su poder luminoso contra la ciega violencia sin objeto.


¿Cómo no se hace esto evidente para todos los que se sienten o creen cristianos? ¿Cómo no prueban su verdadera fe lanzándose a conquistar el mundo para la razón, para la justicia?


Pues si tantas veces se ha contestado por autoridades eclesiásticas con "mi reino no es de este mundo", no puede, en realidad, convencer esta respuesta, partiendo de una religión en que la caridad, o sea el no sentirse nunca desligado de lo que le ocurre al semejante, es la médula de su sentido y la más revolucionaria novedad que aportó al cansado mundo antiguo.


Quienquiera que crea en la nobleza del hombre y de la vida, no puede abandonarla a la ciega vaciedad que quiere destruirla. Ya no es la moral, ni la razón las que se sienten amenazadas y en vías de aniquilamiento: es la vida misma.


No se trata de defender a la razón y a la vieja moral con la vida, como se nos pedía, de consumir la vida en su servicio, sino al revés: es la vida la que está en mortal peligro; es a ella a la que hay que acudir para que no sucumba; es la vida la que está puesta en trance de desaparición. Y por irónica pedagogía -la única pedagogía eficaz parece ser la de la ironía-, es a la razón a la que tenemos que recurrir y a la moral, para que defiendan la vida, que se había querido escapar de ellas.


Pero nada vuelve igual que estaba.


El retorno de unas ideas, de unas creencias, es imposible. La razón y la moral que ahora sentimos necesarias para sacar a la vida de la obscura prisión en que se ha metido a sí misma, no puede ser la razón y la moral tradicionales, fracasadas, impotentes para haber impedido la actual sinrazón. Necesitan ser otra razón y otra moral que salven la antigua dualidad entre teoría y práctica, entre vida activa y vida contemplativa; entre pureza y fuerza. Necesitan ser una razón y una moral que se pongan en pie con invencible impulso: una razón activa, victoriosa, arrolladora; una pureza creadora, llena de fuerza, que no tema mancharse con el contacto de la realidad, que no rehuya el combate de cada día.


Hace unos años, estos anhelos podrían parecer una postura de tantas entre las que andaban al uso. Hoy la vida nos trae en realidad, en inexorable realidad, un combate diario; un combate en el que nuestra actividad tiene que ser forzosamente moral, en que no podemos actuar de otra manera que moralmente.


Bajo el cielo poblado de amenazas inmediatas de morir, no nos cabe más actividad que la moral; nuestro más íntimo fondo, en ese punto imperturbable de todo ser humano, en ese remanso de fortaleza de toda vida para afrontar en completa dignidad el más último y definitivo de los peligros. Pero esa dignidad es la que hace que la vida no sea aniquilada por la hueca desolación de la barbarie. Esa dignidad es la vida.

DIAMELA ELTIT: “CUANDO TÚ HABLAS DE LITERATURA DE MUJERES HAY UNA DISCRIMINACIÓN”

 

 

por Gonzalo León

 

Diamela Eltit (Chile, 1949) es una de las narradoras más importantes en lengua castellana, y eso explica que este año haya recibido dos importantes galardones: el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en Idioma Español y el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, ambos entregados por instituciones mexicanas. Con una amplia trayectoria, su obra está marcada no sólo por el feminismo, su apoyo a las disidencias sexuales y por la lucha contra la dictadura, sino por descubrir a través de una voz muy singular realidades sociales en mundos particulares. Estamos ante una intelectual, que interviene y tiene una opinión propia sobre el devenir político de su país y el mundo. Quizá como ninguna otra autora encarna ese eslogan de los 60 de que “lo personal es político”, pero en ella lo personal encarna una sensibilidad no sensiblera, la suya es una sensibilidad atenta, mental, de la lengua y, en ese sentido, radical.

Junto a estas dos distinciones, Eltit ha publicado este año dos libros en Argentina: el ensayo El ojo en la mira (Ampersand) y la nouvelle El Padre Mío (Mansalva), que fue publicado originalmente en 1989 y que es uno de sus libros más queridos. Esta entrevista, realizada a través de una plataforma audiovisual, aborda precisamente esta nouvelle, porque es un buen punto de partida para hablar del estallido social en Chile, cuyo segundo aniversario se cumplió el lunes 18 de octubre, pero de ahí avanza hacia el boom de las escritoras latinoamericanas y, por supuesto, hacia el feminismo.

¿Cuál sería una visión feminista de la literatura? Eltit, como tiene acostumbrado en Chile y en Nueva York donde dicta clases, ensaya una respuesta ideal, en el sentido de un horizonte, y por tanto sorprende. No sólo contesta, sino que ahonda, profundiza sus respuestas, como si ante la pregunta aprovechara para darle una vuelta más a lo que previamente ha venido pensando, alejándose de las frases hechas, porque las frases hechas vienen de los discursos dominantes.

El Padre Mío trata de tres grabaciones que hizo Diamela Eltit junto a la artista visual Lotty Rosenfeld en plena dictadura chilena a un “vagabundo urbano”, un linyera que reproducía todos los discursos oficiales y otros no tanto que circulaban en ese tiempo. El Padre Mío, el personaje o al menos como lo bautizó la autora, es un enfermo mental y, en tanto tal, Eltit ve en él a Chile. De hecho, en el prólogo escribe que es un Chile hecho “jirones de diarios, fragmentos de exterminio, sílabas de muerte, pausas de mentira, frases comerciales, nombres de difuntos. Es una honda crisis del lenguaje, una infección en la memoria”. No muy distinto a lo que llevó o a lo que fue el estallido social, la primera pregunta de esta entrevista.

Podría coincidir en el sentido de que el Padre Mío estaba muy invadido de discursos, que venían de muchos lados: discursos biográficos, culturales, noticias discontinuadas, entonces en ese sentido podríamos pensar en lo que está pasando ahora, donde en cierto modo las certezas se suspendieron, más allá de los economistas que lo sostienen, este modelo irracional tiene un discurso racional que lo sustenta. Entonces también podríamos pensarlo como un discurso de la locura en el sentido de que sigue pensando en las producciones; sin embargo Chile es uno de los países más desiguales del mundo, entonces en qué piensan cuando hablan de este modelo seudo exitoso de economía, economía que no irradia al resto de la población y que, por el contrario, beneficia a un porcentaje muy pequeño.

Y también en el sentido de que hay distintas culturas ahora. Si pensamos en las manifestaciones, concurren distintos sujetos, distintas identidades, desde el narco, el saqueador, el empleado mal pagado, las mujeres que vienen con sus demandas, entonces efectivamente ahí hay una discursividad múltiple, y no es que yo avale la violencia, sino más bien hay que entender por qué pasa que rompen los negocios. Porque primero hay una violencia del sistema y la violencia mayor es la desigualdad, con zonas de sacrificio en la ciudad, porque si tú vas a Bajos de Mena (barrio de Santiago de Chile) es realmente impactante cómo sobrevive la gente.


¿Sería posible encontrar un sujeto como el Padre Mío en el Chile de ahora?


Más allá de todo lo que se reorganizó fue lo comunitario, que estaba completamente roto y fragmentado por el neoliberalismo y su selfie, donde si tú quieres sacarte una foto ni siquiera necesitas un fotógrafo, es tu imagen y tú, y eso fue el programa neoliberal estadounidense. Entonces pienso que siempre las comunidades son heterogéneas y que tenemos que entender que hay una adversidad en la que todos los sujetos concurren, y en ese sentido pienso que, por ejemplo, el lunes 18 de octubre en la marcha estaría con esta comunidad adversa, donde llegan voces distintas que sacan la ira, y bueno, la ira siempre ha sido destructiva, entonces no se puede pensar la ira constructiva porque es ridículo.

En El Padre Mío están incubadas muchas voces, porque él habla de cuestiones internacionales, habla de arriba, al medio, abajo, y eso tiene de fascinante cuando un discurso sube y de pronto llega a lugares más populares. Por eso el componente comunitario hoy en día no hay que pensarlo en términos de una política de exclusión social, sino al revés, de inclusión y va a tener que incluir aquellas zonas más conflictivas que tiene este aparato social. La alcaldesa de La Pintana, en las reuniones que ha tenido con los chicos, escuchó que quieren ser narcos cuando grandes. Habría que pensar qué hacer con estos niños que quieren ser narcos. Esto es nuevo para Chile, pero no para el mundo que viene de vuelta. Pero para estos chicos su horizonte ya no es ser médico ni abogado. No, quieren ser narcos, porque ven allí el único modelo que hay, porque se retiraron los partidos políticos.


Pienso en tu respuesta y vuelvo a preguntarme si sería posible un Padre Mío en tanto reproductor de discursos, porque lo que hoy existe en Chile es una serie de productores de discursos que se reúnen en Plaza Dignidad y otros lugares de protesta. No es que la gente se crea o discuta lo que le dice el gobierno o los partidos, sino que directamente plantea una agenda propia, porque el gobierno y los partidos ya no tienen autoridad para generar agenda.


El 2011, con el levantamiento de los jóvenes estudiantes que exigían la gratuidad y donde estaban Camila Vallejo, Giorgio Jackson y Gabriel Boric (que ahora es candidato a Presidente), estaban todas las federaciones de estudiantes del país; esas federaciones eran distintas (desde anarquistas a más centristas), y estas son las que inician las asambleas y el tema de los territorios. De hecho Camila Vallejo, que era la voz de ese movimiento, viaja a los territorios a reunirse con las federaciones de estudiantes a lo largo del país. Sin embargo, estos estudiantes tenían un grave problema con lo que llamamos la primera línea, de hecho cuando aparecía la primera línea, que eran estos encapuchados que durante el estallido social se enfrentaban a Carabineros (y yo vi una escena televisiva que daba cuenta de esto), los propios estudiantes perseguían a la primera línea, porque ellos querían una protesta como una mezcla de performance, espectáculo y demanda.

Cuando vino el estallido lo que fue muy interesante fue la reversión, es decir cómo esa antigua primera línea se transformaba en símbolo y en un icono, una leyenda y yo diría parte de una novela callejera. Se generaron una serie de personajes en las protestas, que acompañaban a esa primera línea. Y digo esto, porque este tiempo que estamos viviendo tiene cuotas de esquizofrenia, en el sentido de que el esquizofrénico es habitado por distintas voces, y están las voces que piden No + AFP (que es una voz más reconocible y más histórica) y están las voces que se van contra la estatua de Baquedano y quieren derribarla (la mayoría no sabe quién es Baquedano y no importa que lo sepan). Entonces hay que atender cierto grado de locura que cruza estos espacios. Siento que hay un cerebro que está habitado por voces, en esta área de reclamo.

 

La ultraderecha

 

¿Y cuáles serían las voces que habitan a la derecha chilena?


La derecha tiene otras voces, a mi entender, terribles, en la cual José Antonio Kast [candidato presidencial de la ultraderecha] representa ese orden maníaco, enfermizo; él tiene nueve o no sé cuántos hijos y dice que consideraría a una persona gay, pero lo que le pediría a esa persona es que fuera casto toda su vida, y esto lo dice públicamente. Y en ese sentido lo dice porque, según él, ha evolucionado. Y su mujer, para completar el cuadro, cuenta, también de manera pública, que la primera cita entre ellos consistió en ir a misa. Y él encarna una derecha que avanza hacia los centros de poder. Yo creo que habría que pensar que estamos en un periodo anómalo, loco digamos, que alguien se atreva en un momento de escisión, en un momento de afirmación de las identidades, y no sólo se atreva, aparezca, con sólo aparecer basta, o sea los futuros castos deberían votar por él y ser castos toda su vida. Entonces pienso que El Padre Mío, dándole énfasis a otros aspectos, es más vigente ahora que antes, porque este tiempo es muy caótico y tiene mucha fuerza.


Hablando de esta nueva derecha sudamericana, se trata de una que reivindica abiertamente las dictaduras, que considera al feminismo como la dictadura de lo políticamente correcto, que es abiertamente neoliberal, que no está a favor del respeto de los derechos humanos o propone el “empate”, porque los militares son poco menos que víctimas de una justicia injusta. ¿Esta nueva derecha es un tanto extravagante, loca o peligrosa?


Esto es muy visible en el caso de Kast, piensa que su papá era nazi, con uniforme y con fotos de nazi, y estuvo gravemente involucrado en el caso de los campesinos de Paine, donde hubo decenas de muertos. No se dictaminó nada contra él, porque murió durante el juicio. Por supuesto su familia apoyó a Pinochet, pero él condena la violencia de la primera línea. Entonces es asombroso que la población no vea esto, y dentro de la población también haya mujeres que van a votar por Kast, y eso implica trabajar en contra de ellas, y eso pasa porque sus imaginarios también están colonizados por estas dominaciones, que son producidas por un binarismo. Es decir que los oprimidos van a votar por su opresor.

Entonces es asombroso que la población no vea esto, y dentro de la población también haya mujeres que van a votar por Kast, y eso implica trabajar en contra de ellas, y eso pasa porque sus imaginarios también están colonizados por estas dominaciones, que son producidas por un binarismo. Es decir que los oprimidos van a votar por su opresor.

 

Van a votar por su “amo”.


Sí, porque están cautivas. De ahí retomando a Frantz Fanon, quien mejor ha pensado la colonización, señala que no hay descolonización sin desorden, y el desorden también conlleva violencia. Entonces esa violencia, que la derecha majaderamente castiga, es la que permitió que se esté redactando la Constitución, pero como después de que se redacte hay un plebiscito de salida, la estrategia de esta derecha es que se rechace. En fin, hay una serie de micro y macro políticas y, por otro lado, el cuerpo de las mujeres pasó a ser una zona política, lo que me parece muy interesante, porque fue un momento en que dijeron no, y no, para ellas decidir y no ser decididas. Pero no podemos dejar de pensar que si somos las mujeres la mitad del mundo, por qué ciertas cosas siguen en ese nivel discriminatorio y uno tendría que pensar, como venía diciendo, en términos de colonización por parte del sujeto masculino, que en una de sus partes construye a lo femenino, como construyó a su esposa Kast y la hace novia desde ir juntos a misa, tener estos nueve hijos, que ya uno no sabe si es por una obligación marital o tiene que ver con el deseo.

El sobrino de Kast, que es diputado por un partido pequeño de derecha, para un 8 de marzo se vistió de mujer para demostrar, según él, su adhesión a las mujeres. Pero más allá de eso, si salimos de ese novelón y ese gesto kitsch, lo que podemos ver ahí es que se puso en escena un deseo travesti, ¿pero por qué se puso allí un deseo travesti? Para eso no hay mirada en la derecha, sencillamente no lo ve. Y esta carencia de mirada también es aplicable al presidente Piñera, que fue electo dos veces por una población que creyó que por ser rico “no nos va a robar”, pero si analizamos cómo construyó su riqueza, nos damos cuenta de que la construyó robando. Hay que pensar entonces y darle más vuelta a lo esquizo que recorre este momento chileno. Se movió el piso, pero todavía no se estabiliza. 

 

Las élites

 

Me gustaría que hablaras de ese discurso económico que traspasaba las fronteras hasta el estallido social y nos colocaba como ejemplo de América Latina. ¿En qué medida ese discurso económico neoliberal también ha sido colonizador, tanto para los chilenos que vivíamos en el país como para los que nos veían desde Argentina, Uruguay o Colombia? ¿Y por qué crees que ese discurso, que instaló un modelo, no termina de morir?


Hay que remontarse a los 90: el arribismo y lo que fue la farra noventera. A principios de los 90, con el regreso de la democracia, se objetualizó todo, aunque venía el modelo desde antes, y lo que planteó esta gente, me refiero a cierta élite, es que la democracia era el mercado o, para decirlo más claramente, el mercado era la democracia. Por lo tanto tú al acceder al mercado ya estás en una instancia democratizada, pero lo que los compradores no advertían es que lo que ellos compran son intereses, me refiero a que los objetos que esos compradores adquieren tienen, aún ahora, unos intereses desmesurados y, si ellos no pagan, prácticamente su ciudadanía se suspende, porque no pueden alquilar una casa, porque no pueden salir del país, en fin si tú no pagas, vas perdiendo derechos. Es como quedar preso como los presos que no tienen derechos ciudadanos. Pero el crédito es una forma de esclavismo, porque es tu cuerpo, no tu salario, el que, si no pagas, no puede circular, y eso fue lo que explotó, porque la gente no podía pagar la universidad, porque las viviendas que entregaba ese modelo eran mínimas y de mala calidad. Mientras el Estado llegaba a delirios, como privatizar el mar y todas las riquezas mineras para beneficio de las pesqueras y las mineras trasnacionales. Entonces ese mercado, esa ilusión de democracia, a través de la objetualización de la vida, fue muy costosa, y la ciudadanía dijo en un momento: “No doy más”. La gente vivía apenitas, jugando con su tarjeta de crédito.


¿Qué responsabilidad tuvieron en el estallido las élites culturales que siguen diciendo que con las manifestaciones no se respetaron las veredas, como si un trozo de cemento fuera más importante que la vida humana?


En cuanto a las élites culturales, es muy complejo el tema, porque los 90 fueron proclives a plantear nuevos sujetos más ligados a la cultura, en cierto modo se farandulizó un poco la figura del escritor y diría que no hubo tensiones, no hubo un discurso tenso en parte importante de la cultura. Es decir que lo que cocinó la élite fue menos crítica, menos preguntas incómodas, y después en los 2000 vino otra generación que más bien buscó instalarse y para eso hizo una gran operación que consistió en borrar la dictadura, con lo que de paso se redujo la discusión cultural. Entonces se llegaban a absurdos como discutir quién era mejor poeta, si Nicanor Parra o Pablo Neruda. Una cuestión realmente penosa, porque dejaron experiencias literarias muy poderosas afuera o en los guetos. No hubo pasado, no hubo memoria. Quisieron partir también de otro lugar, había que inaugurar otro espacio, con protagonismos personales, no colectivos, sin pasado y, como dije, el gran dilema era quién era mejor poeta. Entonces rearmar la historia también es una tarea del frente cultural, porque esa historia existe y porque esa historia produjo resistencias y sujetos más complejos. Yo, por ejemplo, sigo muy encima de Marta Brunet y de Carlos Droguett y por abajo del Cachetón Pelota, de Armando Méndez Carrasco, pero las élites los han negado, porque tenían un discurso antiburgués, de farra y de la noche.

 

Boom de escritoras

 

Tú estás planteando un ejercicio de memoria, pero quiero cambiar de tema y preguntarte por el boom de escritoras que hay en América Latina. Lo que no hay duda es que hay muchas mujeres escribiendo, pienso en Mariana Enríquez, Samanta Schweblin y Selva Almada en Argentina, Mónica Ojeda y Daniela Alcívar Bellolio en Ecuador, Lina Meruane y Nona Fernández en Chile, Carolina Sanín en Colombia. ¿Pero hay un boom y sería adecuado usar este término?


Si hablamos de boom estaríamos usando un término prestado. Es evidente de que hay una mayor visibilidad en las escritoras y hoy, gracias a la globalización, hay más facilidades para traspasar fronteras y, por otra parte, las mismas autoras viajan más. Antes aquí una viajaba a Argentina y te hacían una despedida. Ahora viajar se ha democratizado y hay nuevas tecnologías que permiten una mayor comunicabilidad, independientemente que todavía el libro siga encerrado en sus fronteras. Es más fácil que viaje el autor a que viaje el libro. Pero como tú muy bien dices, hay que detenernos a pensar por qué boom, porque el boom latinoamericano fue muy excluyente. Con él se instala la literatura más profesionalizada: el escritor comienza a tener agente literario, está presente en los suplementos culturales, y con eso llegan las conferencias, las traducciones, en fin se arma un paquete mucho más organizado, que no había experimentado nunca la literatura latinoamericana que, si bien había tenido grandes escritores y grandes escritoras (Elena Garro en México, Silvina Ocampo en Argentina, etcétera), eran conocidos dentro de un universo más letrado. Y esta profesionalización ocurrió lamentablemente, y esto lo digo yo que tengo una visión un poco más chiflada de la literatura, porque con esa profesionalización se dejó de lado esa libertad y esa audacia, que necesariamente era y es importante para el campo literario.

Nadie puede desconocer que esa camada de escritores era interesante, pero había otros, como Rulfo, como Borges, y podríamos estar todo el día nombrando autores que no integraron el boom. Esto demuestra que el mapa del boom se escribió en base a la exclusión, pero también demuestra la capacidad para inventarse narrativamente.

Ahora en ese momento era claro que hablábamos de literatura, hoy hablamos de literatura de mujeres, entonces hay literatura y literatura de mujeres, y si hablamos así, recuerda que occidente trabaja en órdenes binarios y si es binario siempre uno se va a poner sobre otro (bajo/alto, blanco/negro, femenino/masculino), entonces cuando tú hablas de literatura de mujeres y de literatura, está claro que ahí hay una discriminación. Hay, de hecho, muchos congresos de literatura de mujeres o de escritoras, pero la pregunta que te hago a ti ahora: ¿has ido alguna vez a un congreso de literatura de hombres?

 

No.


Yo tampoco, y creo que la respuesta es no, porque no es necesario, entonces está muy bien la visibilidad de las mujeres, que en Latinoamérica siempre han escrito. Si pensamos el caso chileno, Rosario Orrego escribió su primer libro antes que Alberto Blest Gana; Blest Gana es considerado el primer narrador chileno, pero en realidad es Rosario Orrego, que tiene una escritura muy interesante. No es no haya habido escritoras, siempre hubo, lo que pasa es que el sistema es muy complejo. Pero ahora con este orden neoliberal hay que tener cierto cuidado con el mercado, porque el mercado se apropia de todos los dilemas y luego los banaliza para construir modas.

Yo creo que el ejemplo más claro del boom de mujeres está ahora en el Premio Planeta. 


Los tres varones que están detrás de una mujer…


Son un team que organiza, fríamente, novelas y que funciona desde el 2018, firmando novelas como Carmen Mola, pero en realidad son ellos. Podríamos pensar que era parecido a lo que hacían las mujeres cuando usaban seudónimos de hombres, pero no, esto es una estrategia meramente de mercado. Ellos entienden bien el mercado, que no es necesariamente transparente, y es el mercado produciendo mujeres como boom. Y ahí tenemos a estas tres falsas mujeres que ganaron ese premio de un millón de euros, pero para eso necesitaban de este boom, incluso esta supuesta mujer decía que no quería dar entrevistas, porque tenía sus hijos y, como las novelas eran bien pasadas para la punta, no quería hablar porque decía que no quería involucrar a su familia. ¡Y eso era todo falso, eran estos tres hombres!

Quiero decir que es paródico, se ríen de las mujeres, por decirlo de alguna manera, pero a la vez descubren una mecánica del mercado. Ahora mi interés está en que haya mujeres mucho más visibles para el resto. Reitero siempre hubo grandes autoras. Pero yo, y esto ya lo he dicho antes, pienso que hay que ir más allá del binarismo, hay que desbiologizar la letra.


Sé que lo has dicho en otras entrevistas, pero podrías explicar esto.


Se trata de hacer que la letra y su estética ordenen los senderos de la lectura, no el sexo de los autores, que eso es un dato. Pero en este momento la letra está biologizada, genitalizada. ¿Y cuál sería el horizonte? Llegar a un horizonte no binario y democrático, eso sería. Por supuesto que ese es un horizonte ideal, para el que antes tienen que romperse todos los binarismos. Recordemos además que nosotras las mujeres ganamos menos por hacer el mismo trabajo y, para que ganemos lo mismo, los economistas más optimistas dicen que eso podría tardar ochenta o noventa años. Entonces es un camino largo.


¿Esta sería una visión feminista de la literatura, llegar a esta igualdad?


Sí, yo pienso que deberíamos llegar a habitar un territorio común donde la protagonista sea la letra. Ser escritora no garantiza nada y ser escritor tampoco, hay que ver sus proyectos, leer sus poéticas.


(LATFEM / 6-10-2021)

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Google+