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lunes

EMMANUEL MOUNIER

EL PERSONALISMO Y LA REVOLUCIÓN DEL SIGLO XX

QUINTA Y ÚLTIMA ENTREGA

La cultura

La cultura no es un sector, sino una función global de la vida personal. Para un ser que se hace, y que se hace por despliegue, todo es cultura: el arreglo de una fábrica o la formación de un cuerpo, así como saber sostener una conversación o el aprovechamiento de la tierra. Es decir que no hay una cultura respecto de la cual toda otra actividad sería inculta (un “hombre culto”), sino tantas culturas diversas como actividades hay. Es necesario recordar esto contra nuestra civilización libresca (27).

Siendo la vida personal libertad y superación, y no acumulación y repetición, la cultura no consiste, en ninguna esfera, en atiborrarse de saber, sino en una transformación profunda del sujeto, que lo dispone para mayores posibilidades para un acrecentamiento de los llamados interiores. Como se ha dicho, la cultura es lo que queda cuando ya no se sabe nada: es el hombre mismo.

De esto se sigue que, como todo lo que pertenece a la persona, la cultura se despierta, no se fabrica ni se impone. Como todo lo que concierne a la persona, no se desarrolla en una libertad pura, sin que la presionen mil solicitaciones y coacciones, de las que a su vez saca provecho. Pero siendo invención aun cuando consume, la ortodoxia la cristaliza, el decreto la mata. Es evidente que una cultura, a un cierto nivel, puede y debe ser dirigida, o mejor dicho ayudada. Pero no soporta que se la domestique. Y en el nivel creador necesita estar sola, aun cuando en esta soledad el mundo entero venga a zumbar libremente (28).

Es verdad que a la creación le es indispensable un cierto apoyo de las colectividades; si éstas son vivientes la tornan viviente; si mediocres, la enervan. Pero el acto creador surge siempre de una persona, aunque ésta se halle perdida en una multitud: las canciones llamadas populares tienen todas un autor. Y aun cuando todos los hombres se volvieran artistas, no serían un solo artista, sino todos artistas. Lo que es verdad en las concepciones colectivistas de la cultura es que, tendiendo las castas a confinar la cultura en la convención, siempre es el pueblo el gran recurso de renovación cultural.

Finalmente, toda cultura es trascendencia y superación. En cuanto se detiene, la cultura se vuelve incultura: academismo, pedantería, lugar común. En cuanto no apunta a lo universal, se deseca en especialidad. En cuanto confunde universalidad y totalidad fijada, se endurece en sistema.

La mayoría de estas condiciones no se cumplen hoy en la cultura, de donde su desorden. La división en manos blancas, manos callosas, y los prejuicios ligados a la primacía del “espíritu”, hacen confundir la cultura con los conocimientos librescos y las técnicas intelectuales. La profunda división de clases que acompaña a este prejuicio ha reservado la cultura, o al menos sus instrumentos, sus privilegios, y a veces su ilusión, a una minoría, en la que se desvirtúa y empobrece. Aquí es una clase social la que la liga cada vez más a su servicio, a su justificación o a su mistificación; allí, un gobierno; por doquier la cultura se ahoga. Las pautas comunes de una sociedad y de una espiritualidad han desaparecido tras la conversación y la moda. Los creadores no tienen ya público, y allí donde existe un público los creadores carecen de medios para surgir. El régimen económico y social es en amplia medida la causa de todos estos males. Crea una casta cultural que impulsa el arte (cortesano, de salón, de capilla) al esoterismo, al esnobismo o la rareza para ser halagada; al academismo para sentir seguridad; a la frivolidad para que la aturda; a lo picante, a la complicación, para que la distraiga. Cuando la técnica, con la multiplicación de los medios aumenta las posibilidades de transfiguración, el dinero las comercializa y envilece para el mayor provecho del menor número, malogrando al autor, a la obra y al público. La condición del artista, del profesor o del sabio (29) oscilan entre la miseria del réprobo y la servidumbre del proveedor. Son otros males dependientes de las estructuras sociales, que sólo desaparecerán con las estructuras que los mantienen. No deben hacer olvidar, sin embargo, la parte no menos considerable que desempeña en el debilitamiento de la cultura la desvalorización de la conciencia contemporánea por el retroceso de las grandes perspectivas de valores (religiosos, racionales, etc.), y la invasión provisional de la obsesión mecánica y utilitaria.

Situación del cristianismo

Hemos distinguido, en la realidad religiosa concreta, la parte de lo eterno, sus amalgamas con formas temporales caducas y los compromisos a que los hombres lo exponen. El espíritu religioso no consiste en cubrir el todo con la apologética, sino en desprender lo auténtico de lo inauténtico, y lo durable de lo caduco. Coincide aquí con el espíritu contemporáneo del personalismo (30).

Los compromisos del cristianismo contemporáneo acumulan varias supervivencias históricas: la vieja tentación teocrática de la intromisión del Estado en las conciencias; el conservadorismo sentimental que ata el destino de la fe a regímenes perimidos; la dura lógica del dinero que guía a lo que debería servir. Por otra parte, en reacción a estas nostalgias y estas adherencias, una coquetería frívola se entrega a los éxitos del momento. Quien quiere que los valores cristianos conserven su vigor debe organizar en todas partes la ruptura del cristianismo con estos desórdenes establecidos.

Pero esto es todavía sólo una acción muy exterior. El problema crucial que plantea nuestro tiempo al cristianismo es más esencial. El cristianismo ya no está solo. Realidades masivas, valores incontestables nacen aparentemente fuera de él y suscitan morales, heroísmos y toda suerte de santidades. Por su parte, el cristianismo no parece haber logrado con el mundo moderno (desarrollo de la conciencia, de la razón, de la ciencia, de la técnica y de las masas trabajadoras) la alianza que logró con el mundo medieval. ¿Está llegando a su fin? ¿Este divorcio constituye un signo? Un estudio más profundo de estos hechos nos lleva a pensar que esta crisis no significa el fin del cristianismo, sino el fin de una cristiandad, de un régimen de mundo cristiano carcomido que rompe sus amarras y parte a la deriva dejando tras sí a los pioneros de una cristiandad nueva. Parece como si después de haber rozado quizás durante siglos la tentación judía de la instalación directa del Reino de Dios en el plano del poder terrestre, el cristianismo retornase lentamente a su posición primera: renunciar al gobierno de la tierra y a las apariencias de su consagración, para realizar la obra propia de la Iglesia, la comunidad de los cristianos en Cristo, confundidos con los demás hombres en la obra profana. Ni teocracia, ni liberalismo, sino retorno al doble rigor de la trascendencia y de la encarnación. Sin embargo, no se puede decir que las tendencias actuales, más que las de ayer, ofrecen una figura definitiva de las relaciones entre el cristianismo y el mundo, pues de ningún modo esta figura existe. Lo esencial, en cada una de ellas, es que se mantenga vivo el espíritu.

La crisis del cristianismo no es sólo una crisis histórica de la cristiandad: es más ampliamente una crisis de los valores religiosos en el mundo blanco. La filosofía de la Ilustración los creía artificialmente suscitados y estaba persuadida de su próxima desaparición; pudo autorizar durante algún tiempo esta ilusión con la creciente del entusiasmo científico. Pero es una lección ahora evidente del siglo XX que allí donde las formas religiosas desaparecen con su rostro cristiano, reaparecen con otra faz: divinización del cuerpo, de la colectividad, de la Especie en su esfuerzo de ascensión, de un Jefe, de un Partido, etc… Todos los comportamientos que descubre la fenomenología religiosa se vuelven a encontrar en estos marcos nuevos, con una forma generalmente degradada, muy retrógrada con respecto al cristianismo, porque precisamente el universo personal y sus exigencias han sido más o menos eliminados de ellos. Es éste uno de los problemas cruciales de nuestro siglo.

Las posiciones esbozadas en estas páginas son discutibles y están sujetas a revisión. Tienen la libertad de no estar de ningún modo pensadas por aplicación de una ideología recibida, sino de ser descubiertas, en forma progresiva, con la condición del hombre de nuestro tiempo. Todo personalismo no puede sino desear que sigan los progresos de este descubrimiento, y que la palabra personalismo sea olvidada un día, por no ser ya necesario llamar la atención sobre lo que debería constituir en realidad la trivialidad misma del hombre.

Notas

(27) Ver DENIS DE ROUGEMONT, Penser avec les mains (Albin Michel).
(28) Esprit, número especial: “Alerte à la culture dirigée”, noviembre de 1936; diciembre de 1948: “Trois vues sur l’affaire Lyssenko”.
(29) Ver Esprit, número especial, “L’art et la révolution spirituelle”, octubre de 1934; número “Pour un nouvel humanisme”, octubre de 1935.
(30) Ver en especial Esprit, número “Rupture de l’ordre chrétien et du désordre établi”, marzo de 1933; número “Argent et religión, octubre de 1934; número “Pour une nouvelle chrétienté”, octubre de 1935; número “Monde chrétien, monde moderne”, agosto-setiembre de 1946; P. H. SIMON, Les catholiques, la politique et l’argent (Ed. Montaigne, 1935). Los cuadernos Jeunesse de l’église estudian estos problemas de modo permanente.

EMMANUEL MOUNIER

EL PERSONALISMO Y LA REVOLUCIÓN DEL SIGLO XX

CUARTA ENTREGA

El Estado. La democracia. Esbozo de una teoría personalista del poder.

La política no es un fin último que absorba todos los demás. No obstante, si bien la política no lo es todo, está en todo.

Su punto de partida hacia la recuperación debe ser encontrar el lugar del Estado. El Estado, repitámoslo, no es la nación, ni siquiera una condición necesaria para que la nación alcance su ser auténtico (16). Sólo los fascistas proclaman su identidad en provecho del Estado. El Estado es la objetivación fuerte y concentrada del derecho, que nace espontáneamente de la vida de los grupos organizados (G. Gurvitch). Y el derecho es el garante institucional de la persona. El Estado es para el hombre, no el hombre para el Estado.

Para el personalismo, el problema crucial es el de la legitimidad del poder ejercido por el hombre sobre el hombre, que parece contradictorio con la relación interpersonal. Es justamente lo que piensan los anarquistas (17). Para ellos, la afirmación sin coacción del individuo bastaría para hacer surgir espontáneamente un orden colectivo. El poder, en cambio, es fatalmente corruptor y opresivo, cualquiera que sea su estructura. La tesis liberal no es diferente en esencia. En el otro extremo, los teóricos del poder absoluto piensan que el hombre, incurablemente egoísta, no puede elevarse por sí mismo hasta la ley colectiva y debe ser sometido a ella por la fuerza. Así, por un lado, optimismo de la persona, pesimismo del poder; enfrente, pesimismo de la persona, optimismo del poder. En ambos lados, un ámbito es idealizado y el otro aplastado en la relación de la persona con la colectividad. Anarquismo y liberalismo olvidan que, estando las personas enraizadas en la naturaleza, no se pueden violentar las cosas sin violentar a los hombres. No obstante, si bien esta coacción vuelve inevitable el poder, no lo funda. Solamente puede ser fundado sobre el destino final de la persona, a la que debe respetar y promover. De esto surgen varias consecuencias.

En primer lugar, que la persona debe ser protegida contra el abuso del poder, y todo poder no regulado tiende al abuso. Esta protección exige un estatuto público de la persona (18) y una limitación constitucional de los poderes del Estado: contrapeso del poder central por los poderes locales, organización del recurso de los ciudadanos contra el Estado, hábeas corpus, limitación de los poderes policiales, independencia del poder judicial.

Si bien la persona puede ser subordinada, le conviene no serlo sino conservando su soberanía de sujeto, reducida al máximo la inevitable alienación que le impone su condición de gobernado. Es éste el problema de la democracia. Existen muchas ambigüedades en torno del término. Designa a veces una forma de gobierno, otras un régimen de espontaneidad de masas. Es, de hecho, una forma de gobierno que se articula sobre la espontaneidad de las masas, a fin de asegurar la participación de los sujetos en el orden objetivo del poder. Pero, si bien no se puede separar los dos problemas, es preciso que se los distinga: la “democracia permanente” de unos y el gobierno permanente del Estado totalitario son dos formas distintas de confusión tiránica.

La soberanía popular no puede fundarse en la autoridad del número; el número (o la mayoría) es tan arbitrario como la real gana de uno solo. Pero tampoco es posible rebajarla, como bien lo vio Rousseau, a una soberanía anárquica de libertades individuales. Es la autoridad de una sociedad de personas racionalmente organizada en un orden jurídico; es la soberanía del derecho, que es el mediador entre las libertades y la organización y persigue mediante trastrueques la puesta en juego colectiva de las libertades y la personalización continua de los poderes. La iniciativa popular se expresa en él en dos planos.

Indirectamente, por medio de una representación lo más sincera, integral y eficaz posible de las voluntades de los ciudadanos (19). Ésta supone un cuidado preponderante de su educación política. Los partidos han asegurado durante mucho tiempo esta función; cuando se vuelven instrumentos para despersonalizar al militante y al elector por la carga administrativa, el conformismo interior, la esclerosis ideológica, se niegan a sí mismos. Ligados a la etapa liberal de la democracia, mal afirmados entre la ideología, la táctica y las clases sociales, que de grado o por fuerza calcan, parecen hallarse en vías de superación. Un estatuto de partidos puede remediar estos males, pero no basta; sobre nuevas estructuras sociales, la democracia deberá suscitar, no un partido único y totalitario que endurezca sus defectos comunes y lleve al Estado policial, sino estructuras nuevas de educación y de acción política correspondientes al nuevo estado social (20). La sinceridad de la representación supone también que el poder no falsee su expresión; que funcione una vida política espontánea y sancionada; que la mayoría gobierne para todos y para la educación, no para el exterminio de la minoría.

Cuando la representación traiciona su misión, la soberanía popular se ejerce por presiones directas sobre los poderes: manifestaciones, convulsiones, agrupaciones espontáneas, clubes, huelgas, boicoteo, y en último extremo insurrección nacional. El Estado, nacido de la fuerza y olvidadizo de sus orígenes, considera como ilegales estas presiones. Cuando oculta la injusticia o la opresión, éstas sin embargo constituyen su legalidad profunda. Hay que reconocer que en los últimos ciento cincuenta años (piénsese en el nacimiento del derecho laboral) crearon más derecho que la iniciativa de los juristas y la buena voluntad de los poderosos. Quizás encuentren un nuevo campo de acción en la elaboración del derecho internacional. Constituyen un derecho difícil de ejercer, que fácilmente cae en el abuso, pero un derecho inalienable del ciudadano (21).

Junto a estos problemas permanentes del poder y del Estado, hay que subrayar la estrecha solidaridad entre las formas políticas y el contenido sociológico que recubren. La crítica marxista de la democracia formal es en su conjunto decisiva. Los derechos que el Estado liberal concede a los ciudadanos están para un gran número de ellos alienados en su existencia económica y social. El Estado parlamentario es apenas algo más que una supervivencia. Sus engranajes giran en el vacío, sus discursos siembran vientos y recogen tempestades. La democracia política debe ser enteramente reorganizada en una democracia económica efectiva, adaptada a las estructuras modernas de la producción (22).

Sólo sobre esta base orgánica se puede restaurar la autoridad legítima del Estado. Hablar de esta restauración sin decir en vista de qué y con quién se haría, equivale tan sólo a reivindicar para la justicia establecida un poder ejecutivo más fuerte. ¿Deberá desaparecer el Estado? ¿El gobierno de los hombres será destruido un día por la administración de las cosas? Se puede dudar de ello, teniendo en cuenta la estrecha ligazón entre hombres y cosas, y la creciente imposibilidad de dejar que estas últimas vayan a la deriva. ¿Le es posible al Estado renunciar aún a su unidad? La exigencia personalista ha creído a veces que debía expresarse a favor de la reivindicación de un “Estado pluralista” (23), de poderes divididos y enfrentados para servirse mutuamente de garantía contra el abuso. Pero la fórmula encierra el peligro de ser tenida por contradictoria; habría que hablar más bien de un Estado articulado al servicio de una sociedad pluralista.

La educación de la persona

La formación de la persona en el hombre, y la del hombre según las exigencias individuales y colectivas del universo personal, comienza desde el nacimiento.

Se ha podido decir en nuestra educación (24) que es en grandes líneas una “matanza de inocentes”; desconoce la persona del niño como tal, al que impone un concentrado de las perspectivas del adulto, y las desigualdades sociales forjadas por los adultos remplazan el discernimiento de los caracteres y las vocaciones por el formalismo autoritario del saber. El movimiento de la educación nueva, que ha reaccionado contra todo esto, se ha desviado parcialmente por el optimismo liberal y por su ideal exclusivo del hombre cultivado, filántropo y bien educado. Se lo debe reformar, hay tendencia a decir virilizar, reajustándolo en la perspectiva total del hombre individual y social.

¿A quién corresponde la educación del niño? Esta pregunta depende de otra: ¿cuál es la meta de la educación? No es hacer sino despertar personas. Por definición, una persona se suscita por invocación, no se fabrica por domesticación. La educación no puede, pues, tener por fin amoldar al niño al conformismo de un medio familiar, social o estatal, ni se restringe a adaptarlo a la función o al papel que ha de representar al llegar a adulto. La trascendencia de la persona implica que ésta no pertenece sino a sí misma; el niño es sujeto, no es RES societatis, ni RES familiae, ni RES Ecclesiae. Sin embargo, no es sujeto puro ni sujeto aislado; inserto en colectividades, se forma en ellas y por ellas. Así, la familia y la nación, ambas abiertas a la humanidad, y a las cuales el cristiano agrega la Iglesia, si bien no son con respecto a él poderes omnímodos, son medios formadores naturales.

El problema de la educación no se reduce al problema de la escuela; la escuela es un instrumento educativo entre otros, y resulta abusivo y errado hacer de ella el instrumento principal; no está encargada de una “instrucción” abstracta definible fuera de toda educación, sino de la educación escolar, sector de la educación total. Aunque es ésta última la que más estrechamente ligada se halla a las necesidades de la nación (formación del ciudadano y del productor) sobre aquélla la nación, por sus organismos, tiene el derecho más directo de organización y contralor. La escuela no es un órgano del Estado, pero en nuestros países modernos es una institución nacional; sus modalidades deben ser adecuadas a las necesidades y situaciones concretas de la nación, dentro del cuadro del derecho natural educativo. Estas condiciones pueden llevar a que la institución escolar, o bien se disperse o, por el contrario, se concrete, sin jamás estatizarla. El sector educativo extraescolar debe gozar de la más plena libertad posible (25). Finalmente, como órgano de toda la nación, la escuela, en sus diversos grados, no debe ser el privilegio de una fracción de la nación; tiene la misión de distribuir a todos el mínimo de conocimientos necesarios a un hombre libre, y de convocar en todos los medios, dándoles facilidades efectivamente iguales, a los sujetos que deben renovar en cada generación la clase rectora de la nación (26).
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Notas

(16) E. Mounier, “Anarchie et personnalisme”, Esprit, abril de 1937. Sobre el problema del Estado, al mismo tiempo que la obra de G. Gurvitch, ver J. LACROIX, Personne et amour; de ROUGEMONT, Politique de la personne (Albin Michel).
(17) Y Marx mismo, que anuncia la destrucción futura del Estado.
(18) Propuesto por Esprit en 1939, fue objeto en la misma revista, en 1944-45, de un proyecto de declaración que tuvo alguna influencia sobre la Constitución francesa de 1946.
(19) “Le problème de la représentation”, número especial de Esprit, marzo de 1939.
(20) “Le régime des partis. Bilan-avenir”, número especial de Esprit, mayo de 1939. “Le problème du status des partis”, por François Goguel, Esprit, enero de 1946.
(21) Por ejemplo, en lo que concierne a la huelga, ver los números especiales de Esprit, “Grève et arbitrage”, julio de 1938, “La grève est-elle anachronique?”, marzo de 1948.
(22) “Y at-il deux démocraties?”, Esprit, marzo de 1946.
(23) Esprit, marzo y agosto-setiembre de 1935.
(24) JACQUES LEFRANCQ, en Esprit, noviembre de 1937, y los estudios de ROGER GAL en la misma revista.
(25) Sobre los problemas de educación y de la escuela, “Manifeste au service du personnalisme”, 98 s., Esprit, febrero de 1936 (Pour un statut pluraliste de l’école); diciembre de 1944 (H. MARROU, “Protoschéma d’un plan de reforme universitaire”); marzo de 1945 (ANDRÉ PHILIP, “Projet d’un statut du service public de l’enseignement”); marzo-abril de 1949 (número especial: “Propositions de paix scolaire”); octubre de 1949 (continuación del precedente). Sigue siendo actual la Théorie de l’éducation, de Laberthonnière (Vrin).
(26) Sobre la formación de las clases selectas, ver los estudios de JEAN GADOFFRE, etc., estudios publicados en Esprit en 1945, y reaparecidos en Le style du XXe siècle (Éditions de Seuil).

EMMANUEL MOUNIER


EL PERSONALISMO Y LA REVOLUCIÓN DEL SIGLO XX

TERCERA ENTREGA

La sociedad familiar. La condición de los sexos.

No es posible ninguna clasificación lineal en materia humana. La sociedad familiar, que alcanza este rango por sus aspectos carnales, es, asimismo, en otros aspectos, una de las más espirituales. La literatura moderna ha denunciado hasta la saciedad sus estrecheces y sus estragos. Otros no están lejos de idolatrarla, y gritan sacrilegio en cuanto se recuerdan sus límites. Pero la familia no merece, a decir verdad, ni este exceso de honor ni esta indignidad.

Es todo ante todo una estructura carnal, complicada, raras veces enteramente sana, que esconde innúmeros dramas individuales y colectivos por sus desequilibrios afectivos internos. Aun cuando sea sana, un horizonte carnal limita a menudo su espiritualidad. Pero en cambio le comunica esa densidad y esa luz íntima que es su poesía propia.

Es una célula social, la primera de las sociedades del niño; allí aprende éste las relaciones humanas, las mantiene luego cerca de su corazón, y ésta es su grandeza; sin embargo, es también su debilidad: en ella las personas carecen a menudo de la distancia necesaria a la intimidad y se ven amenazadas en su vitalidad espiritual por la usura del hábito y las pasiones de la tribu. Finalmente, sus desequilibrios internos se trasmiten a las sociedades que integran: muchas revueltas políticas y religiosas son revueltas retardadas contra el pasado familiar.

Su pasivo es, pues, pesado y prohíbe toda idealización excesiva. Lleva a algunos a no ver en ella sino un valor reaccionario (9).

Pero la familia no es sólo una utilidad biológica o social, y defendiéndola únicamente en su aspecto funcional muchos pierden su sentido. Éste consiste en ser el punto de articulación de lo público y lo privado, en unir cierta vida social a cierta intimidad. Socializa al hombre privado e interioriza a las costumbres. Por este papel de mediadora es el nudo capital del universo personal. Si se detiene en el torpor carnal, enerva a quienes tienen la misión de llevar más allá de ella misma, hacia las sociedades más perfectas. Si se socializa totalmente, se entrega al imperialismo familiar; hay pocos espectáculos tan vulgares. La familia propietaria de sus miembros, la familia erizada de derechos y cóleras: quienes se complacen en dar de ella esta imagen furiosa no han comprendido nada de su milagro frágil, tejido por el amor, educador del amor. Ahoga, a la inversa, si se confunden en ella intimidad y promiscuidad, encierro al aire libre. Los encantos de lo privado son el opio de la burguesía, su medio de ocultarse la miseria del mundo: es necesario salvar de esta profanación a los valores privados.

La familia, en cuanto comunidad incorporada, sufre a causa de las modificaciones del medio modificaciones de estructura que pueden afectar profundamente su figura sin alcanzar su ser. La organización de la juventud como edad independiente (10), la mayor movilidad de los desplazamientos, la democratización de las costumbres, aflojan lentamente el viejo haz familiar. ¿Es para bien o para mal? Si bien es verdad que la indisciplina creciente de las costumbres y los últimos sobresaltos del individualismo minan peligrosamente la institución familiar en lo que ella tiene de más valioso, no hay que confundir esta descomposición con su renovación y su promoción a una mayor universalidad.

Una vez precisadas estas perspectivas, podemos situar en ella los problemas de la condición sexual, sobre las cuales las grandes filosofías se mantienen aun extrañamente discretas. Estos problemas no se reducen, como lo deja entender un cierto familiarismo, a los problemas de la familia objetiva; están comprendidos sin embargo en el orden interior que la familia expresa socialmente. El hombre y la mujer no se completan sino en la pareja, la pareja no se completa sino con el niño: orientación interior y como por superabundancia, no finalidad utilitaria y extrínseca. En el nivel del sexo aislado, o de la pareja aislada, se abre una serie de problemas parcialmente válidos y parcialmente suscitados por este aislamiento artificial. Ocultarlos es mantener y a menudo provocar el desorden que se les acusa de alimentar. Pero tales problemas sólo reciben su luz definitiva de su correcta ubicación en el conjunto de la condición privada y de la condición humana.

Sería muy ingenuo reprochar a la respetabilidad burguesa el haber inventado el fariseísmo sexual. Ha desarrollado, no obstante, formas particularmente odiosas, nacidas del miedo y del interés. La moral estaría mejor servida por un poco de lucidez y por perspectivas menos bajas.

Esto se ve aun en el amplio problema de la condición de la mujer. No se ha terminado de desentrañar, en su seudo “misterio”, lo permanente y lo histórico. Ni la suficiencia masculina, ni la exasperación de las femineidades vengativas esclarecerán el problema. Es verdad, sin embargo, que nuestro mundo social es un mundo hecho por el hombre y para el hombre; que las reservas del ser femenino son aquellas de las cuales la humanidad no ha bebido aun en forma total. Cómo desplegarlo hasta el fin de sus recursos sin aprisionarlo en sus funciones, cómo integrarlo en el mundo e integrarle el mundo, qué nuevos valores y qué nueva condición requiere este proyecto, son otras tantas preguntas y tareas para quien da su sentido pleno a la afirmación: la mujer es también una persona (11).

La sociedad nacional e internacional

La nación representa una mediación más universalizante que la familia; educa y desarrolla al hombre racional, enriquece al hombre social por la complejidad de medios que le ofrece, lo proyecta en el abanico íntegro de sus posibilidades. Su peligro correlativo es la mayor generalidad, que resiste menos al verbalismo pasional, a la tutela de los intereses o del Estado. El nacionalismo aparece hoy con toda evidencia como anticuado, ruinoso y regresivo. No obstante, el sentido nacional es aun un poderoso auxiliar contra el egoísmo vital del individuo y de las familias, contra el dominio del Estado y el avasallamiento de los intereses económicos cosmopolitas. Desde estas alturas se regula una parte del equilibrio humano; la nación no atañe sólo al ciudadano: es un elemento integrante de nuestra vida espiritual. Morirá quizás un día, pero su papel mediador no ha acabado.

Si no está articulada en un orden internacional, se encastilla y siembra la guerra. El error de los mejores espíritus, desde 1918, ha sido creer, dentro de la línea de la ideología liberal, que este orden podía fundarse sobre las solas bases del sentimiento del contrato jurídico y de las instituciones parlamentarias, en tanto que otras fuerzas pasionales, económicas y sociales, desarrollan sus conflictos y llevan a la explosiones. La segunda posguerra mantiene la ilusión (O. N. U.), y juega más cínicamente con la fuerza: un mal se agrega al otro. Sin embargo, el mundo se internacionaliza de hecho cada vez más. No hay ya naciones independientes en el viejo sentido de la palabra. Las áreas de influencian preludian la unidad mundial, que deberá realizarse tarde o temprano, pero con tres condiciones: que las naciones renuncien a la soberanía total, no en provecho de un superimperialismo, sino de una comunidad democrática de los pueblos; que se haga la unión entre los pueblos y sus representantes elegidos, no entre los gobiernos; que las fuerzas del imperialismo, en especial económico, que se sirven ya del nacionalismo, ya del cosmopolitismo, sean quebradas por los pueblos unidos. Hasta que esto no ocurra, toda organización internacional será minada desde el interior por fuerzas de guerra. El federalismo como utopía rectora es ciertamente una expresión del personalismo (12), pero una utopía rectora, ya se trate de pacifismo (13) o de federalismo (14), no debe transformarse jamás en utopía actual y ocultarse el sentido que las circunstancias le imprimen, a veces contra su espíritu.

Se le debe una mención particular, en nuestra época, a la sociedad interracial. Evidentemente, la igualdad de las personas excluye toda forma de racismo y su pariente, la xenofobia; lo que no quiere decir, de ningún modo, que niegue los problemas concretos planteados por las diferencias étnicas. El fenómeno colonial está por llegar a su fin. La justicia ordena a las metrópolis guiar efectiva y lealmente hacia la independencia a esos pueblos que se han comprometido a educar y que a veces han arrancado de un equilibrio que valía tanto como el suyo. Por escasa clarividencia que se tenga, ésta aconseja no lanzar a la violencia a pueblos con quienes podrían salvar su obra pasada en nuevas comunidades de naciones.

Notas

(9) Contra esto se pronuncia el breve libro de JEAN LACROIX, Force et faiblesses de la famille (Ed. du Seuil, 1948), en concordancia con un libro un poco anterior de L. Doucy
(10) Esprit, número especial, “Mouvements et institutions de jeunesse”, octubre de 1945.
(11) Número especial de Esprit, junio de 1936, “La femme aussi est un personne”.

(12) Es ésta la tesis adelantada por Esprit, “L’Europe contre les hégémonies”, noviembre de 1938, y que hoy sostienen en los consejos europeos, aunque sin agregarle siempre estas reservas, individualistas de formación personalista, como Alexandre Marc, Henri Brugmans, Denis de Rougemont.
(13) Número especial de Esprit, febrero de 1949, “Révision des pacifismes”.
(14) Número especial de Esprit, noviembre de 1948, “Les deux visages du fédéralisme européen”.
(15) Sobre la cuestión judía, Esprit, mayo de 1933, setiembre de 1945, octubre de 1947. Sobre la cuestión colonial, legajos de Indochina, diciembre de 1933; A. E. F., marzo de 1934; Marruecos, diciembre de 1937 y abril de 1947 y octubre de 1948; Viet Nam, febrero de 1947 y passim; Madagascar, febrero de 1948, dos números de doctrina, “Le colonialisme, son avenir, sa liquidation”, diciembre de 1935, y “Dernières chances de l’Union française”, julio de l949. Sobre la xenofobia y el problema de los extranjeros, el número “L’émigration, problème révolutionnaire”, julio de 1931.

EMMANUEL MOUNIER

EL PERSONALISMO Y LA REVOLUCIÓN DEL SIGLO XX

SEGUNDA ENTREGA

Rechazo del nihilismo

Ante esta crisis total se manifiestan tres actitudes.

Unos se entregan al miedo y a su reflejo habitual: el repliegue conservador sobre las ideas adquiridas y los poderes establecidos. La astucia del espíritu conservador consiste en erigir el pasado en una seudoabstracción, o aun en una seudonaturaleza, y en condenar todo movimiento en nombre de esta forma abstracta. Se cubre así de prestigio, aunque compromete, al retirarlos de la vida, los valores que pretende salvar. Se busca en él la seguridad, pero lleva en sus flancos el furor y la muerte.

Otros se evaden en el espíritu de catástrofe. Tocan las trompetas del Apocalipsis, rechazan todo esfuerzo progresista so pretexto de que sólo la escatología es digna de sus grandes almas; vociferan contra los desórdenes de la época, contra aquellos, al menos, que confirman sus prejuicios. Neurosis clásicas de tiempos de crisis en que las mistificaciones cunden.

Queda una salida y sólo una: hacer frente, inventar, atacar a fondo; la única que desde los orígenes de la vida haya sacudido a las crisis. Los animales que para luchar contra el peligros se han fijado en escondrijos tranquilos y se han entorpecido con una caparazón, no han dado sino almejas y ostras. Viven de desechos. El pez, que ha corrido la aventura de la piel desnuda y del desplazamiento, abrió el camino que desemboca en el homo sapiens. Pero hay varias maneras de atacar.

No combatimos el mito conservador de la seguridad para volcarnos en el mito ciego de la aventura. Esta fue la tentación de muchos jóvenes, y de los mejores, ante la mediocridad, el tedio y la desesperación en el comienzo del siglo XX. Un Lawrence, un Malraux, un Jünger son sus maestros, con Nietzsche como fondo. “Un hombre activo y pesimista a la vez, dice Manuel en L’Espoir, es o será o será un fascista, salvo que tenga una fidelidad tras de sí”. Sólo queda a su soledad cercada por la muerte precipitarse en la embriaguez de una vida única y suntuosa, desafiar el obstáculo, la regla, la costumbre, buscar en el paroxismo el sustituto de una fe viva, y dejar en alguna parte, sobre esta tierra maldita, una cicatriz perdurable, aunque sea al precio de la crueldad, para asegurarse de una existencia que ni siquiera el mismo frenesí logra hacer evidente. Una cierta pendiente del existencialismo puede conducir hacia este lado, pero los desengaños acumulados y el latrocinio de los tiempos de guerra son por lo menos igualmente favorables a este cóctel de lirismo y realismo. Alcohol para olvidar los problemas, reservado a quien se lo puede brindar; hoy sabemos que termina en el crimen colectivo (2).

Para evitarlo, ¿tantos otros se dan en cuerpo y alma a las consignas de un partido? Por cierto, se ha hablado muy pronto de conformismo. Hay en este sentido nuevo del trabajo colectivo y del imperativo disciplinario, a más de una nostalgia de iglesias perdidas, una modestia, un espíritu intelectual que termina a los treinta años en un estudio de notario o se eterniza en las mesas de café. Pero ¿qué son ellos sin el espíritu de libertad y sin el espíritu de verdad?

De todas estas observaciones pareciera que se pueden deducir algunas reglas de estrategia personalista.

1. Al menos al comienzo es necesaria, para un nuevo examen de las perspectivas, la independencia frente a los partidos y grupos constituidos. Esta no afirma un anarquismo o un apoliticismo de principio. Así también, en todo lugar donde la adhesión individual a una acción colectiva deja al adherente una libertad de ejercicio suficiente, resulta preferible al aislamiento.

2. Si el espíritu no es una fuerza extraviada o mágica, la sola afirmación de los valores espirituales encierra el peligro de resultar mistificadora allí donde no vaya acompañada de una asignación rigurosa de sus condiciones y medios de acción.

3. La solidaridad de lo “espiritual” y lo “material” implica que en cualquier cuestión debe abarcarse toda la problemática que va de los datos “viles” a los datos “nobles”, con un gran rigor en ambos lados: el espíritu de confusión es el primer enemigo de los pensamientos de amplia mira.

4. El sentido de la libertad y el sentido de lo real exigen que la investigación se cuide de cualquier doctrinario a priori y esté positivamente dispuesta a todo, aun a cambiar de dirección para permanecer fiel a lo real y a su espíritu.

5. La cristalización global de los desórdenes en el mundo contemporáneo ha llevado a algunos personalistas a llamarse revolucionarios. Este término debe ser despojado de toda facilidad pero no de toda agudeza. El sentido de la continuidad nos disuade de aceptar el mito de la revolución-tabla rasa; una revolución es siempre una crisis mórbida y de ningún modo aporta soluciones automáticas. Revolucionario quiere decir simplemente desorden, pero quiere decir que el desorden de este siglo es demasiado íntimo y demasiado obstinado para ser eliminado sin trastrueque, sin una revisión profunda de valores, sin una reorganización de estructuras y una renovación de las élites. Admitiendo esto, no hay peor uso del término que transformarlo en un conformismo, un sobrepujamiento o un sustituto del pensamiento.

La sociedad económica

El marxismo tiene razón al afirmar una cierta primacía de lo económico. Por lo general, sólo desprecian lo económico aquellos a quienes ha dejado de inquietar la neurosis del pan de cada día. Para convencerlos, una vuelta por los arrabales sería preferible a los argumentos. En la etapa aun primaria de la historia en que estamos, las necesidades, los hábitos, los intereses y las penurias económicas determinan totalmente los comportamientos y opiniones de los hombres. No por esto los valores económicos resultan exclusivos o superiores a los demás; el primado de lo económico es un desorden histórico del que hay que salir.

Para salir de él no basta arrastrar a los hombres, hay que forzar a las cosas; no se curará lo económico sino con lo económico, si bien no sólo con lo económico.

Sobre las modalidades técnicas del desorden el personalismo no tiene nada que decir, sino tan sólo estudiar y comprobar como cualquiera. Comprueba, para hablar sin rodeos, que el capitalismo en sus diversas formas está en Europa al fin de sus fuerzas y de su capacidad inventiva. El capitalismo norteamericano, todavía en período de expansión, puede, si interviene en los asuntos del Viejo Mundo, darle un plazo más. Pero tarde o temprano, puesto que vive de las mismas estructuras, conocerá también serias contradicciones. Por otra parte, esta evolución debe ser seguida de cerca, sin aplicar “al capitalismo” una noción trazada de una vez por todas e insensible al desarrollo de los hechos.

Aunque ligada a una perspectiva personalista, esta crítica coincide en varios puntos con el análisis marxista. El hombre, que empezó a volverse políticamente sujeto con la democracia liberal, sigue siendo, por lo general, objeto en el plano de la existencia económica. El poder anónimo del dinero (3), su privilegio en la distribución del provecho y de las ventajas de este mundo, petrifican las clases y alienan en ellas al hombre real. Éste debe reencontrar la disposición de sí mismo, sus valores subvertidos por la tiranía de la producción y del provecho, su condición descentrada por los delirios de la especulación. De otro modo, el imperialismo económico no teme, allí donde se siente amenazado, volverse contra la libertad que defiende donde le es útil, y confiar su suprema defensa a regímenes de terror o a guerras inexpiables.

No se sustituirá el capitalismo con un régimen construido con todas sus piezas. La economía tiene más continuidad. En pleno cuerpo capitalista aparecen los primeros esbozos de un mundo socialista, que se debe desarrollar si se entiende por socialismo lo siguiente: la abolición de la condición proletaria; la sustitución de la economía anárquica fundada sobre el provecho por una economía organizada sobre perspectivas totales de la persona; la socialización sin estatización de los sectores de la producción que mantienen la alienación económica (4); el desarrollo de la vida sindical (5); la rehabilitación del trabajo (6); la promoción, contra el compromiso paternalista, de la persona obrera (7); el primado del trabajo sobre el capital; la abolición de las clases formadas sobre la división del trabajo o de la fortuna; el primado de la responsabilidad personal sobre el aparato anónimo. La opción por el socialismo como dirección general de la organización social no implica que se aprueben todas las medidas que pueden ser propuestas en su nombre. Aquí el socialismo se duerme, allá se extravía o se pervierte con el aparato administrativo y policial. La necesidad de un socialismo renovado, o a la vez riguroso y democrático, es cada vez más premiosa. Esta es la invención que se pide a Europa y hacia la cual dirige el personalismo su camino político actual. El provenir le dirá si debe seguir otros, según la lección de los tiempos.

En esta perspectiva, los problemas de organización y los problemas humanos resultan inseparables: la gran prueba del siglo XX será sin duda evitar la dictadura de los tecnócratas, tanto de derecha como de izquierda, que olvidan al hombre por la organización. Pero no es tan cómodo asegurar el nexo de las dos series de problemas. Algunos sienten la tentación de edificar a priori una economía a su imagen del hombre, pero lo hacen como los primeros constructores de automóviles, que aplicaban su imagen del coche (de caballos) a una estructura que buscaba su forma propia. Unos se refieren al organismo humano e imaginan una economía corporativa (8) en la cual la armonía de los obreros, de los empleadores, de la nación y del Estado es postulada por mitos de identificación que las divergencias permanentes de intereses contradicen ostensiblemente. Otros piensan en las relaciones interpersonales e imaginan una sociedad en la que las relaciones económicas serían la multiplicación indefinida de las relaciones de hombre a hombre en una pulverización de pequeños grupos “en escala humana” (mito proudhoniano). Pero en los hechos la economía moderna parece evolucionar, como la física, hacia lo concreto a través de lo abstracto. Fue el desvío de las ecuaciones de la aerodinámica lo que dio al avión las formas bellas y ágiles del pájaro; sin duda estructuras primeramente muy alejadas de los esquemas del corporativismo o del contractualismo llevarán mañana a las formas simples pero imprevisibles de una economía humana.

Queda la cuestión de los medios: ¿Cómo pasar del desorden económico actual al orden de mañana? Los medios variarán, sin duda, con las circunstancias. El pasaje del capitalismo a la escala mundial, su posible unificación en un imperialismo poderoso, vuelven poco probable una evolución sin resistencias y sin crisis. La democracia parlamentaria, que se ha mostrado incapaz, en la escala nacional, de reformas económicas profundas, no deja casi esperanzas en una escala más vasta. Un “laborismo sin trabajadores”, brotado de la sola buena voluntad de la fracción ilustrada de las clases medias, ha mostrado su impotencia a través de las Resistencias europeas. Parece, pues, que el socialismo será, según su fórmula primitiva, la obra de los trabajadores mismos, de los movimientos obreros y campesinos organizados, unidas a las fracciones lúcidas de la burguesía. Si se lo conquistará por fragmentos o en bloque, rápida o lentamente, directamente o con rodeos, es un secreto del porvenir. Pero tendrá el rostro que tengan estos movimientos: de allí la importancia de velar no sólo por sus conquistas, sino por su integridad.
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Notas

(2) Estos seudovalores espirituales fascistas fueron denunciados en un número especial de Esprit (setiembre de 1933), que volvió sobre el tema en diciembre de 1947 (“La pausa des fascismes est terminée”), y en un plano menos político en torno de una “Interrogation à Malraux” (octubre de 1948).
(3) Esprit, octubre de 1933, “L’argent, misère du pauvre, misère du riche”.
(4) Sobre las nacionalizaciones, Esprit, abril de 1945 y enero de 1946. Sobre la propiedad: número especial “De la propriété capitaliste à la propriété humaine”, abril de 1934.
(5) Sobre el sindicalismo, números especiales de Esprit, julio de 1936, marzo de 1937.
(6) Número especial de Esprit sobre “Le travail et l’homme”, julio de 1933.
(7) Esprit, número especial de marzo de 1936, “La personne ouvrière”.
(8) Esprit, setiembre de 1934, número especial, “Duplicités du corporatisme”.

EMMANUEL MOUNIER


EL PERSONALISMO Y LA REVOLUCIÓN DEL SIGLO XX

PRIMERA ENTREGA

Emmanuel Mounier, inspirador y figura principal del personalismo, resume aquí las líneas y temas generales de este movimiento, uno de las filosofías militantes de nuestra época. De inspiración cristiana y católica, el personalismo se ve a sí mismo comprometido en la situación política y social que trata de indagar. Pero no es una mera actitud, sino un pensamiento que exige orden y estructuras como instrumentos de descubrimiento y exposición. Tampoco es un sistema cerrado porque, al afirmar la existencia de personas libres y creadoras,“introduce en el corazón de esas estructuras un principio de imprevisibilidad que disloca toda forma de sistematización definitiva”.

Pero -según el autor- el personalismo no es una novedad, ya que el universo de la persona es el universo del hombre. De ahí que entronque con una larga tradición que va de la filosofía griega hasta la “renovación existencialista”, pasando por pensadores como Bergson, Maritain, Blondel, Marcel. Comprometido en esta tradición, el personalismo practica una voluntad de conciliación entre la subjetividad y la acción revolucionaria, entre Kierkegaard y Marx. A partir de ellos, “estas dos líneas no harán más que separarse, y la tarea de nuestro siglo consiste, tal vez, no en reunirlos allí donde no puedan ya encontrarse, sino remontarse más allá de su divergencia, hacia la unidad que han desterrado”.

En esta perspectiva, Mounier describe el surgimiento de la persona como una lucha entre la tendencia permanente a la despersonalización y el movimiento de personalización y cómo en torno de ella se edifica su universo, recuperando tanto en el plano de la explicación y de la acción el saber de nuestra época, pero afirmando la estructura personal como dimensión profunda del hombre por encima de las infraestructuras biológica y económica. Luego analiza las líneas de conducta del personalismo frente a los problemas de “la revolución del siglo XX”, el nihilismo, la sociedad económica, la educación, el Estado, la democracia, la cultura, la religión.

Emmanuel Mounier (1905-1950) pensó largamente las ideas que contiene El personalismo y combatió por ellas. Entre sus obras debe destacarse: Révolution personnaliste et communaitaire, Manifeste au Service du Personnalisme, Traité du Caractére, La petite peur du XXe siécle, L’Éveil de l’Afrique Noire. Fundó en 1932 la revista Esprit, que dirigió hasta su muerte.

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Segunda y última parte de Le personnalisme (Presse Universitaires de France, Paris, 1950)

Por estar estrechamente ligados, para el personalismo, el pensamiento y la acción, se espera de él que defina no sólo métodos y perspectivas generales de acción, sino líneas precisas de conducta. Un personalismo que se contentase con especular acerca de las estructuras del universo personal, sin otro efecto, traicionaría su nombre.

Sin embargo, el nexo de los fines con los medios no es un nexo inmediato y evidente, a causa de las relaciones complejas que introduce la trascendencia de los valores. Dos hombres pueden estar de acuerdo sobre las páginas que preceden y no estarlo sobre el problema de la escuela en Francia, sobre el sindicato que eligen o sobre las estructuras económicas que se debe fomentar; no hay en esto nada excepcional: Sorel inspiro a Lenin y a Mussolini. La acción se piensa reflexivamente sobre análisis concretos y elecciones efectivas en el seno de una perspectiva de valores. Los valores pueden ser comunes y los análisis diferir, las apuestas divergir. Aun un pensamiento como el marxismo, enteramente subordinado al análisis político-social, no puede asegurar trayectos directos de sus conceptos a sus consignas: salvo error, Stalin, Trotsky y León Blum se consideran igualmente marxistas.

Desde el año 1930, los temas personalistas han sido retomados a través de una cierta situación histórica y en una actitud de pensamiento combativo. No quisiéramos unir el personalismo al detalle de estas investigaciones, que no se pretenden ni exhaustivas, ni definitivas. Pero al menos son ilustrativas y dibujan un movimiento que no carece de unidad. Sigámoslo.

El nihilismo europeo

Esta reflexión nació de la crisis de 1929, que señaló el toque de muerte de la felicidad europea y atrajo la atención hacia las revoluciones en curso. De las inquietudes y desdichas que entonces comenzaban, unos daban una explicación puramente técnica, otros una puramente moral. Algunos jóvenes pensaron que el mal era a la vez económico y moral, que estaba en las estructuras y en los corazones; que por lo tanto el remedio no podía eludir ni la revolución económica ni la revolución espiritual. Y que por estar hecho el hombre como está, se debía encontrar nexos estrechos entre una y otra. Ante todo era necesario analizar las dos crisis a fin de despejar ambas vías.

La crisis espiritual es una crisis del hombre clásico europeo, nacido con el mundo burgués. Él había creído realizar el animal racional, en el que la razón triunfante había domesticado definitivamente el instinto, y la felicidad neutralizado las pasiones. En cien años se hicieron tres llamados al orden a esta civilización demasiado segura de su equilibrio: Marx, por debajo de las armonías económicas, reveló la lucha sin cuartel de las fuerzas sociales profundas; Freud descubrió bajo las armonías psicológicas la marmita de los instintos; Nietszsche, finalmente, anunció el nihilismo europeo antes de ceder la voz a Dostoievski. Después, las dos guerras mundiales, el advenimiento de los estados policíacos y de los universos concentracionarios, orquestaron ampliamente estos temas. Hoy, el nihilismo europeo se extiende y se organiza sobre el retroceso de las grandes creencias que mantenían de pie a nuestros padres: fe cristiana, religión de la ciencia, de la razón o del deber. Este mundo desesperado tiene sus filósofos, que hablan de absurdo y desesperación; sus escritores, que lanzan el escarnio a los cuatro vientos: Tienen sus masas, menos estrepitosas. “La desesperación suma, dice Kierkegaard, es no estar desesperado”. El reino de la mediocridad satisfecha es sin duda la forma moderna de la nada, y quizás, como lo quería Bernanos, de lo demoníaco.

Se dejó de saber qué es el hombre, y como se lo ve hoy pasar por transformaciones asombrosas se piensa que no hay naturaleza humana. Para unos, esto se traduce así: todo le es posible al hombre, y vuelven a encontrar una esperanza; para otros, todo le está permitido, y sueltan todos los frenos; para otros, finalmente: todo está permitido sobre el hombre: henos aquí en Büchenwald. Todos los juegos que nos distraían de la confusión han agotado su virtud, o alcanzan la saciedad. El juego de las ideas ha dado su obra maestra en el sistema de Hegel, que sella, en efecto, el fin de la filosofía, allí donde la filosofía no es sino una arquitectura sabia para ocultar nuestra angustia. La alienación religiosa que se ha anexado al Dios de los filósofos y de los banqueros nos autoriza, en efecto, si se trata de este ídolo, a proclamar la muerte de Dios. Que las guerras dejen un poco de respiro al milagro técnico, y en seguida, atiborrados de comodidades, podremos proclamar la muerte de la felicidad. Una especie de siglo XIV se desmorona ante nuestros ojos: se acerca el tiempo de “rehacer el Renacimiento (1)”.

La crisis de las estructuras se mezcla a la crisis espiritual. A través de una economía enloquecida, la ciencia continúa impasible su carrera, redistribuye las riquezas y trastorna las fuerzas. Las clases sociales se dislocan, las clases dirigentes naufragan en la incompetencia y en la indecisión. El Estado se busca a sí mismo en este tumulto. Finalmente, la guerra o la preparación de la guerra, resultante de tantos conflictos, paraliza desde hace treinta años el mejoramiento de las condiciones de existencia y las funciones primarias de la vida colectiva.
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Notas

(1) Éste fue el título del artículo preliminar del Nro 1 de Esprit, en 1932.

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