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miércoles

UNA GUÍA ANÍMICA PARA SABER VIVIR: “EL CAMINO DE LA VIDA” DE TOLSTÓI


 

por Carlos Javier González Serrano 

 

Aunque es uno de los clásicos imprescindibles e irrenunciables de la historia de la literatura, la figura de Lev Tolstói ha vuelto a ponerse en primera línea de batalla en las últimas dos décadas. La vigencia de sus textos es máxima, incluso acuciante. Sin duda, debido en gran parte al empeño y buen hacer de Selma Ancira, prolífica e impecable traductora del autor ruso. A finales de 2019 se publicó en Acantilado el documento que, seguramente, constituye el más completo legado filosófico y vital de Tolstói: El camino de la vida, último trabajo de auténtica envergadura que llevó a cabo este gigante de las letras. Como apunta Ancira en la introducción del precioso volumen, “lo que propició el inicio de este trabajo fue, curiosamente, lo mismo que impulsó a Tolstói a comenzar su diario cuando tenía sólo 18 años: la enfermedad“.

 

El error de creer que algunas personas pueden, recurriendo a la violencia, organizar la vida de sus semejantes, no proviene de que alguien haya inventado este embuste, sino de que la gente, entregándose a sus pasiones, comenzó a ejercer violencia sobre sus semejantes y luego buscó una justificación a su violencia.

 

Aquella condición de expatriado de su propio cuerpo que, sumada a la dura experiencia de la guerra de Crimea, le empujó a buscar permanentemente el sentido de la existencia. Sobre todo, el sentido del mal y el sufrimiento. Esta búsqueda le condujo, al final de su vida, a renunciar a todos sus bienes (incluidos sus derechos de autor) y a acogerse a un modo de vida que tuviera como estandartes la sencillez, la naturalidad, la resignación y la pureza. El propio autor explica en el “Prolegómeno” de El camino de la vida su intención al escribirlo:

 

Para que el hombre pueda llevar una vida de bien, es necesario que sepa lo que debe y lo que no debe hacer. Para saberlo, debe entender qué es él mismo y qué el mundo en el que vive. Eso es lo que a lo largo de todos los tiempos han enseñado los hombres más sabios y más buenos de todos los pueblos. Todas las enseñanzas de estos sabios coinciden en lo principal entre sí, y coinciden también en lo que a cada ser humano le dicen su razón y su conciencia.

 

Pero fue Tolstói, a pesar de las adversidades, un hombre del todo vigoroso que sintió las circunstancias de su tiempo muy intensamente y que le condujeron a escribir algunas de las páginas más hondas de la literatura. A pesar de su constante e innata tendencia a permanecer en soledad, siempre amó a sus semejantes tanto como a los animales, algo que queda claro en su estricto régimen vegetariano, y aseguraba que el único fin de la vida es la vida misma. Hablaba con tanta ternura y cercanía de la caída de un árbol como de la muerte de un individuo, y la naturaleza en toda su amplitud fue el gran tema, junto a los sentimientos, de todas sus obras.

 

Cuando reflexiono, me es más difícil entender qué es mi cuerpo a qué es mi alma. Por más cercano que sea el cuerpo, no deja de ser ajeno, sólo el alma es propia.

 

En El camino de la vida abandona la senda narrativa y su peculiar “realismo psicológico” para tomar parte por la reflexión en primera persona, recopilando, a su vez, citas (en muchas ocasiones empleadas de memoria) de una enorme pléyade de pensadores y personalidades, tanto contemporáneas como del pasado: su admiradísimo Schopenhauer, Kant, Angelus Silesius, Thoreau, Séneca, Sócrates, Lichtenberg, Emerson, Marco Aurelio, Epicteto e incluso el propio Dostoievski. Una lista que da cuenta de la enorme erudición que Tolstói atesoraba, pero que no quiso dejar en pura erudición, sino emplearla para saber vivir, para vivir bien. No otro es el objetivo de El camino de la vida. En mayo de 1851 reconocía de esta cruda forma la necesidad del autoconocimiento para poder mejorarse a uno mismo y, después, intentar colaborar en la mejora de los demás:

 

Conocemos las debilidades humanas a través de las propias y, para mostrarlas correctamente, hay que mostrar las de uno mismo, porque una cierta debilidad no le va sino a una cierta personalidad. Pocos tienen la fuerza necesaria para hacer esto. Tratan de desfigurar todo lo posible la personalidad a la que transfieren las debilidades propias para no reconocerse a sí mismos.

 

Sin excepción, todas las obras del ruso contienen un mensaje moral. Más, si cabe, El camino de la vida. Pero, aunque sí tenaz y porfiado, nunca se muestra intolerante; Tolstói siempre deja en manos del lector poder tomar esa iniciativa, poder iniciarse por cuenta propia en las sendas del autoconocimiento que inaugura, a la vez, la vía para hacer más habitable el mundo. Tolstói no fue un dogmático; fe de ello dan las entrevistas a las que se vio sometido en su periodo de mayor fama, y en las que discutía sin tapujos la validez de sus ideas sin despreciar nunca las ajenas, siendo consciente, como en efecto era, de la pluralidad de los sentimientos humanos que, a su vez, tienen su origen en diferentes (y a veces muy onerosas) circunstancias.

 

Decir que los hombres no son iguales equivale a decir que el fuego de una chimenea, el de un incendio o el de una vela no es el mismo fuego. […] Un fuego están en plena incandescencia y otro apenas ha comenzado a arder, pero el fuego es el mismo, y con todos los fuegos debemos tener una actitud semejante.

 

El camino de la vida es un libro titánico, enciclopédico, inagotable; la obra que, en fin, eleva a Tolstói a la categoría de pensador universal. La belleza física del volumen es, además, incomparable. En él se dan cita temas como el amor, el castigo, la vanidad, el no-hacer, la lujuria, el uso de la palabra, la holgazanería, la muerte, el alma, el mal o la abnegación, entre otros muchos. Asuntos todos ellos que obsesionaron al autor desde su más temprana juventud. Uno de los libros más importantes publicados en español en lo que llevamos de siglo, excelentemente traducido por Selma Ancira, a quien debemos la relevancia que Tolstói ha recuperado en nuestros días.

 

Un alma inmortal tiene necesidad de una tarea tan inmortal como ella. Y esa tarea, el perfeccionamiento interminable de uno mismo y del mundo, es la que le es dada.


(El vuelo de la lechuza / 5-4-2020)

jueves

TOLSTÓI : PENSAR Y NARRAR LA COMPLEJIDAD DEL MUNDO

por Carlos Javier González Serrano
León Tolstói (1828-1910) no es sólo reconocido como uno de los literatos más brillantes y profundos de la historia de las letras, sino también como un hondo pensador cuyas ideas fueron formándose al calor de sus plurales y muy diversas experiencias vitales. Al contrario de lo que sucede en el caso biográfico de Dostoievski, en Tolstói resulta sencillo distinguir la faceta literaria de la más expresamente filosófica o, como él mismo la denominó, “evangélica”, pues cuando sus pensamientos sobre el mundo le dominaban y se decidió a ponerlos en práctica, dejó aparcada su actividad literaria. En cualquier caso, como escribe bellamente George Steiner, “En Tolstói y en Dostoievski, como tal vez en Dante, la poesía y la metafísica, el impulso hacia la creación y hacia el conocimiento sistemático, eran respuestas alternas, y sin embargo inseparables, a las presiones de la experiencia”.

Consciente de que cada época tiene su propia aflicción, padece sus propios dolores y afronta sus propios miedos, Tolstói no dejó nunca de interrogarse, a la vez, por el sentido unitario de la historia y si existe algo parecido al “progreso humano”. Respecto a su tiempo, estimó que la preocupación más acuciante era la cuestión campesina y, en términos generales, la cuestión obrera: resultaba urgente aliviar la carga de los trabajadores, encadenados a una vida de onerosos trabajos cuya única finalidad es la de sobrevivir para, un día más, volver a trabajar dura y crudamente: “Es necesario el trabajo para ser feliz, pero el trabajo libre, razonable, deseado”. En paralelo, la intranquilidad y desasosiego frente a la desvinculación del ser humano de la naturaleza, estimaba Tolstói, estaba causando en los individuos un mal desastroso, quizá insalvable: el mal del desarraigo.

Ante todo, es imposible la felicidad sin la luz del sol, con la ruptura de los lazos del hombre con la naturaleza. En otras palabras, la vida fuera de la ciudad, bajo el cielo abierto, al aire libre, en la aldea, es la primera condición de la felicidad terrenal.

Y denunciaba sin tapujos los males de la vida en la ciudad: a su juicio, quien vive en ella está condenado “a escuchar los sonidos de los coches”, “a olfatear el olor del alcohol y el humo del tabaco”, “a comer a menudo cosas no frescas y malolientes”, y, lo más importante: “Nada les permite una relación directa con la tierra, las plantas, los animales. ¡Es a todas vistas una vida de presidiarios!”. En un giro que recuerda del todo a Rousseau, a quien Tolstói leyó y estudió a conciencia, el autor ruso asegura que la civilización, y con ella, la sociedad, han causado un total desastre en la vida del ser humano:

¡No tiene sentido! ¡La civilización! ¡Pero quién le ha dicho que la civilización conduce a la felicidad! ¡Ajá, dicen, la civilización se desarrollará, empezarán a dar vueltas los coches, todos serán felices! ¿De dónde se han sacado eso? No, nuestra civilización, como las que hubo antes, llegará a su fin y morirá, porque no es otra cosa que la acumulación de los instintos monstruosos de la humanidad.

En palabras que muy bien podrían denunciar la situación a la que nos exponemos en la actualidad, inmersos en una extraña e insana obsesión occidental que aboga por la obtención imperativa de la felicidad, Tolstói ya anunciaba a finales del siglo XIX que, en la ciudad, “las personas tratan sobre todo de obtener lo que se considera, según la opinión equivocada que prevalece, necesario. Y se baten por ello con todas sus fuerzas”. Y concluía: siempre es necesario más y más, “con lo que se agrava también el alma atormentada, que ya no tiene tiempo para tratar de buscar las verdades auténticas”.

En este punto es reconocible el influjo de otro de sus confesados maestros, Arthur Schopenhauer (1788-1860), a quien tuvo por un genio adelantado a su tiempo y a quien leyó con atención e incluso veneración. Escribe Tolstói que aquellos ciudadanos, “al alcanzar lo que querían, les parece poco, y se devanan los sesos y se acongojan para obtener cada vez más”. La maquinaria del deseo, de la voluntad, nunca cesa en su empeño por verse satisfecha. Una satisfacción que siempre resulta insuficiente y que jamás sacia de manera definitiva nuestro ánimo.
Él mismo fue víctima de la veleidosa y caprichosa voluntad. El 17 de septiembre de 1855, por ejemplo, confesaba en su diario que “mi objetivo es la gloria literaria”, aunque pensaba, sincera y grandilocuentemente, que sus obras podrían hacer mucho bien a la humanidad. Un oráculo que acabó cumpliéndose. Fue Tolstói un joven difícil de carácter ambicioso y en ocasiones incorregible, vapuleado por el gusto por el juego y las apuestas y agitado por la pasión y la lascivia: “Es ridículo que habiendo comenzado a los quince años a escribir reglas, lo siga haciendo todavía ahora, casi a los treinta, sin haber creído ni haber seguido una sola, y no sé por qué sigo creyendo en ellas y deseándolas”. Con apenas diecinueve años manifestaba que “es más fácil escribir diez volúmenes de filosofía que llevar a la práctica una sola regla, no importa cuál”.

Y es que “no basta con apartar a la gente del mal, es necesario estimularla hacia el bien”, escribía un joven Tolstói el 25 de marzo de 1847, pues la tentación siempre está cerca, dispuesta a envilecer y corromper las más excelsas intenciones, y mora en lo más hondo de nuestro ánimo: “El principio del mal está en el alma de cada uno”. Tolstói hizo efectivo este rechazo del mundo y, a pesar de haber puesto en práctica durante gran parte de su vida su temperamento erótico, en su más avanzada madurez no dudó en condenar violentamente el sexo y en predicar abiertamente los beneficios de la castidad.

Un hiato entre realidad y pensamiento, entre el mundo y el espíritu, que nunca pudo solventar de manera definitiva: “Todos los impulsos del alma son puros y sublimes en un comienzo. La realidad destruye su inocencia y su encanto”. E incluso escribía (1851), abatido: “¡Qué terrible fue para mí ver el lado mezquino y vicioso de la vida! Me era imposible concebir que alguna vez eso me hubiera atraído […]. Pero no, la carne, el lado mezquino de la vida volvió a predominar y antes de que hubiera transcurrido siquiera una hora escuché casi conscientemente la voz del vicio, de la vanidad, del lado frívolo de la vida”. Quizá, lo único que pueda salvarnos en última instancia, como muestra en Confesión, sea la fe:

La fe es el conocimiento del sentido de la vida humana, gracias al cual el hombre no se aniquila, sino que vive. La fe es la fuerza de la vida. Si un hombre vive, es porque cree en algo. Si no creyera que debe vivir por algo, no viviría. […] Sin fe es imposible vivir.

Y es que, como muestra Tolstói en el cuento “El origen del mal” (que reproducimos más abajo), quizá nuestra naturaleza esté dañada y marcada desde el principio por el germen de los vicios. Pues, como ya escribiera el marqués de Sade, “es tentar al hombre dejarle elegir”.

En medio de un bosque vivía un ermitaño, sin temer a las fieras que allí moraban. Es más, por concesión divina o por tratarlas continuamente, el santo varón entendía el lenguaje de las fieras y hasta podía conversar con ellas.
En una ocasión en que el ermitaño descansaba debajo de un árbol, se cobijaron allí, para pasar la noche, un cuervo, un palomo, un ciervo y una serpiente. A falta de otra cosa para hacer y con el fin de pasar el rato, empezaron a discutir sobre el origen del mal.
—El mal procede del hambre —declaró el cuervo, que fue el primero en abordar el tema—. Cuando uno come hasta hartarse, se posa en una rama, grazna todo lo que le viene en gana y las cosas se le antojan de color de rosa. Pero, amigos, si durante días no se prueba bocado, cambia la situación y ya no parece tan divertida ni tan hermosa la naturaleza. ¡Qué desasosiego! ¡Qué intranquilidad siente uno! Es imposible tener un momento de descanso. Y si vislumbro un buen pedazo de carne, me abalanzo sobre él, ciegamente. Ni palos ni piedras, ni lobos enfurecidos serían capaces de hacerme soltar la presa. ¡Cuántos perecemos como víctimas del hambre! No cabe duda de que el hambre es el origen del mal.
El palomo se creyó obligado a intervenir, apenas el cuervo hubo cerrado el pico.
—Opino que el mal no proviene del hambre, sino del amor. Si viviéramos solos, sin hembras, sobrellevaríamos las penas. Mas ¡ay!, vivimos en pareja y amamos tanto a nuestra compañera que no hallamos un minuto de sosiego, siempre pensando en ella. “¿Habrá comido?”, nos preguntamos. “¿Tendrá bastante abrigo?”. Y cuando se aleja un poco de nuestro lado, nos sentimos como perdidos y nos tortura la idea de que un gavilán la haya despedazado o de que el hombre la haya hecho prisionera. Empezamos a buscarla por doquier, con loco afán; y, a veces, corremos hacia la muerte, pereciendo entre las garras de las aves de rapiña o en las mallas de una red. Y si la compañera desaparece, uno no come ni bebe; no hace más que buscarla y llorar. ¡Cuántos mueren así entre nosotros! Ya ven que todo el mal proviene del amor, y no del hambre.
—No, el mal no viene ni del hambre ni del amor —arguyó la serpiente—. El mal viene de la ira. Si viviésemos tranquilos, si no buscásemos pendencia, entonces todo iría bien. Pero, cuando algo se arregla de modo distinto a como quisiéramos, nos arrebatamos y todo nos ofusca. Sólo pensamos en una cosa: descargar nuestra ira en el primero que encontramos. Entonces, como locos, lanzamos silbidos y nos retorcemos, tratando de morder a alguien. En tales momentos, no se tiene piedad de nadie; mordería uno a su propio padre o a su propia madre; podríamos comernos a nosotros mismos; y el furor acaba por perdernos. Sin duda alguna, todo el mal viene de la ira.
El ciervo no fue de este parecer.
—No, no es de la ira ni del amor ni del hambre de donde procede el mal, sino del miedo. Si fuera posible no sentir miedo, todo marcharía bien. Nuestras patas son ligeras para la carrera y nuestro cuerpo vigoroso. Podemos defendernos de un animal pequeño, con nuestros cuernos, y la huida nos preserva de los grandes. Pero es imposible no sentir miedo. Apenas cruje una rama en el bosque o se mueve una hoja, temblamos de terror. El corazón palpita, como si fuera a salirse del pecho, y echamos a correr. Otras veces, una liebre que pasa, un pájaro que agita las alas o una ramita que cae, nos hace creer que nos persigue una fiera; y salimos disparados, tal vez hacia el lugar del peligro. A veces, para esquivar a un perro, vamos a dar con el cazador; otras, enloquecidos de pánico, corremos sin rumbo y caemos por un precipicio, donde nos espera la muerte. Dormimos preparados para echar a correr; siempre estamos alerta, siempre llenos de terror. No hay modo de disfrutar de un poco de tranquilidad. De ahí deduzco que el origen del mal está en el miedo.
Finalmente intervino el ermitaño y dijo lo siguiente:
—No es el hambre, el amor, la ira ni el miedo la fuente de nuestros males, sino nuestra propia naturaleza. Ella es la que engendra el hambre, el amor, la ira y el miedo.

(El vuelo de la lechuza / 10-2-2018)

miércoles

TOLSTÓI Y LA BÚSQUEDA DEL SENTIDO DE LA VIDA

por Jaime Fdez-Blanco  Inclán
 «Comprendí que el sentido que proporcionaba esa vida era la verdad y la acepté».

Lev Tolstói cuenta con una buena producción de obras maestras. Sus Ana Karenina o Guerra y paz se estudian desde hace décadas como máximos exponentes de lo que la humanidad es capaz de hacer a nivel literario, pero es que incluso fuera de esos géneros se mostró como un auténtico genio. Prueba de ello es la obra que nos ocupa aquí, Confesión, una de las más espirituales y decisivas de su trayectoria.

Pese a su corta extensión, Confesión es una de las obras más notables del escritor y pensador ruso Lev Tolstói, sin duda uno de los grandes referentes de la literatura universal gracias, aparte del libro que aquí tratamos, por sus obras maestras: Guerra y paz, Ana Karenina La muerte de Iván Illich.

La fe desde dentro y desde fuera

Las páginas de Confesión se engloban fuera del trabajo novelístico de Tolstói, siendo un referente de su obra filosófica y religiosa. Unas páginas en las que el autor ruso nos relata un aspecto de su vida que terminaría ocupando buena parte de su pensamiento: su relación con la fe. A través de sus propias palabras somos testigos de la relación con lo espiritual de Tolstói, desde sus primeros pasos al ser criado en el seno de la religión cristiana ortodoxa, pasando por el abandono de sus creencias durante su juventud hasta la madurez, en unos años en los que el autor nos demuestra que, pese a tener lo que podríamos denominar una «buena vida», él no pudo lograr sentirse feliz, sino, muy al contrario, totalmente perdido y desesperado.

Tanto es así que nos sorprenden las confesiones de Tolstói sobre sus recurrentes pensamientos de suicidarse, con una frialdad y unos razonamientos tremendamente dramáticos. Más aun si pensamos que esos pensamientos se producían en una etapa de su la vida en la que contaba ya con una numerosa familia que dependía de él y que se esforzaba por mantener y cuidar.

“Me preguntaba: ¿cuál es el sentido de la vida más allá del tiempo, la causalidad y el espacio? Después de enfrascarme en un arduo trabajo mental, sólo pude responder: ninguno”

Ante tal perspectiva, Tolstói empieza a investigar en torno al sentido de la vida y a analizar las diferentes respuestas que la filosofía y los intelectuales de la historia han encontrado. Sin embargo, poco a poco constata que ninguna opción parece satisfacerle, pues antes o después termina encontrando algún escollo que le impide alcanzar su objetivo. De esta manera, Tolstói va cayendo en un pozo del que se siente incapaz de salir pese a que la solución a su problema ha estado siempre al alcance de su mano, solo que no había sido capaz de darse cuenta: en las raíces cristianas de su infancia. Como suele ocurrir, la respuesta le llega a Tolstói cuando ya no se la espera y parece haber tocado fondo.

Tras retornar a la fe cristiana, Tolstói recupera la alegría y, lo que es más importante, una nueva razón para vivir. Pero esas certezas no le llegan por las instituciones religiosas o por la labor pastoral de sus sacerdotes, sino de los fieles de a pie, de los hombres y mujeres que viven su espiritualidad de la manera más sencilla, sin hacer aspavientos. Aquellos que tienen las creencias tan enraizadas en su vida que no necesitan andar explicándolas o justificándolas, porque se reflejan en su confianza en el destino que Dios ha trazado para ellos. Es en esa visión simple, sincera y arraigada a la vida del campo donde Tolstói encuentra lo que busca, y en la que terminará integrándose. “Acabé amando a esa gente. Cuanto más profundizaba en sus vidas (…) más los amaba y más fácil se hacía vivir (…) Una profunda transformación para la que me había ido preparando mucho tiempo atrás y siempre había estado predispuesto. La vida de nuestra clase, la de los ricos y los sabios, no sólo se volvió desagradable para mí, sino que perdió todo sentido. Todos nuestros actos y pensamientos, nuestra ciencia, nuestro arte, se revelaron como una mera complacencia. Comprendí que allí no era posible encontrar un sentido. Los actos del pueblo trabajador, de aquellos que crean vida, se me presentaron como el único camino posible. Comprendí que el sentido que proporcionaba esa vida era la verdad, y la acepté”.

Una espiritualidad propia

El autor ruso nos ofrece por tanto en este libro una visión religiosa muy personal, alejada de toda ortodoxia e íntimamente relacionada con la persona, con el individuo que experimenta esa fe. Una fe que parece surgir como respuesta a esa búsqueda infructuosa de sentido que parece ser la vida, alejada del misterio y la espiritualidad. Puesto que en la realidad no había conseguido encontrar lo necesario para vivir de manera plena, Tolstói entendió que solo podría lograrlo aferrándose a algo superior y más allá de la realidad material de las cosas. Cree, básicamente, porque quiere creer. Se agarra a la fe como a una tabla de salvación para poder vivir de manera plena, pues solo a través de esas creencias cobra sentido su existencia. Sin ella, enclaustrado por la razón, la lógica y la experiencia empírica, no ve posible la confianza que ansía. Para él, bajo ese prisma lo único que puede otorgarle la vida es la muerte, pues ella es lo único que le puede hacer escapar del sinsentido de la vida. La muerte sería la consecuencia natural de la innegable existencia del sufrimiento.

Aunque pueda parecerlo, el libro no es una apología a nivel teológico a favor de ninguna religión. De hecho, la impresión general es que Tolstói terminó apostando por una espiritualidad propia. Si bien tomaba múltiples aspectos de la Biblia y la tradición cristiano-ortodoxa, quizá por razones culturales, más que la misa y los rituales propios del cristianismo, Tolstói parece sentirse atraído por la parte más mística y espiritual de la fe, que le ofrece una mayor libertad.

“(…) Estaba dispuesto a aceptar cualquier fe a condición de que no exigiese de mí la negación directa de la razón, puesto que esa negación habría sido una mentira (…) A pesar de las concesiones de todo tipo que hacía, de todas las discusiones que evitaba, no podía aceptar la fe de esa gente. Veía que lo que hacían pasar por fe no era la explicación, sino el oscurecimiento del sentido de la vida (…) lo que me alejaba, más bien, era que las vidas de esas personas eran parecidas a la mía, con una única diferencia: ellos no vivían de acuerdo a unos principios que formulaban al exponer du fe”.

Lo cierto es que, tras su conversión, el escritor ruso pareció ser capaz de recuperar la alegría de vivir, sentimiento que ya no perdería. El libro es, por tanto, no solo un valioso testimonio del valor de la fe como elemento de estabilidad emocional para Tolstói, sino también un agradable paseo por su vida que nos ayuda a comprender y entender la personalidad y los valores éticos de uno de los más grandes escritores que ha dado la historia de la literatura.

jueves

LEON TOLSTOI - DIOS VE LA VERDAD PERO NO LA DICE CUANDO QUIERE


En la ciudad de Vladimir vivía un joven comerciante, llamado Aksenov. Tenía tres tiendas y una casa. Era un hombre apuesto, de cabellos rizados. Tenía un carácter muy alegre y se le consideraba como el primer cantor de la ciudad. En sus años mozos había bebido mucho, y cuando se emborrachaba, solía alborotar. Pero desde que se había casado, no bebía casi nunca y era muy raro verlo borracho.

Un día, Aksenov iba a ir a una fiesta de Nijni. Al despedirse de su mujer, esta le dijo:

-Ivan Dimitrievich: no vayas. He tenido un mal sueño relacionado contigo.

-¿Es que temes que me vaya de juerga? -replicó Aksenov, echándose a reír.

-No sé lo que temo. Pero he tenido un mal sueño. Soñé que venías de la ciudad; y, en cuanto te quitaste el gorro, vi que tenías el pelo blanco.

-Eso significa abundancia. Si logro hacer un buen negocio, te traeré buenos regalos.

Tras de esto, Aksenov se despidió de su familia y se fue.

Cuando hubo recorrido la mitad del camino se encontró con un comerciante conocido, y ambos se detuvieron para pernoctar. Después de tomar el té, fueron a acostarse, en dos habitaciones contiguas. Aksenov no solía dormir mucho; se despertó cuando aun era de noche y, para hacer el viaje con la fresca, llamó al cochero y le ordenó enganchar los caballos. Después, arregló las cuentas con el posadero y se fue.

Ya había dejado atrás cuarenta verstas, cuando se detuvo para dar pienso a los caballos; descansó un rato en el zaguán de la posada y, a la hora de comer, pidió un samovar. Luego sacó la guitarra y empezó a tocar. Pero de pronto llegó un troika con cascabeles. Se apearon de ella dos soldados y un oficial, que se acercó a Aksenov y le preguntó quién era y de dónde venía. Este respondió la verdad a todas las preguntas, y hasta invitó a su interlocutor a tomar una taza de té. Pero él continuó haciendo preguntas. ¿Dónde había pasado aquella noche? ¿Había dormido solo o con algún compañero? ¿Había visto a este de madrugada? ¿Por qué se había marchado tan temprano de la posada? Aksenov se sorprendió de que le preguntan todo aquello.

-¿Por qué me interroga? -inquirió a su vez-. No soy ningún ladrón, ni tampoco un bandido. Mi viaje se debe a unos asuntos particulares.

-Soy jefe de policía y te pregunto todo esto porque encontraron degollado al comerciante con el que pasaste la noche -replicó el oficial-: quiero ver tus cosas -añadió después de llamar a los soldados y de ordenarles que lo registraran de arriba abajo.

Entraron en la posada y revolvieron las cosas de la maleta y del saco de viaje de Aksenov. De pronto, el jefe de policía encontró un cuchillo en el saco.

-¿De quién es esto? -exclamó.

Aksenov se horrorizó al ver que habían sacado un cuchillo ensangrentado de sus cosas.

-¿Por qué está manchado de sangre? -preguntó el jefe de policía.

Aksenov apenas pudo balbucir lo siguiente:

-Yo... yo no sé... yo... este cu... no es mío...

-De madrugada han encontrado al comerciante, degollado en su cama. La pieza donde ustedes pernoctaron     estaba cerrada por dentro y nadie ha entrado en ella, salvo ustedes dos. Este cuchillo ensangrentado estaba entre tus cosas y, además, por tu cara, se ve que eres culpable. Dime cómo lo has matado y qué cantidad de dinero le quitaste.

Aksenov juró que no había cometido ese crimen; que no había vuelto a ver al comerciante, después de haber tomado el té con él: que los ocho mil rublos que llevaba eran de su propiedad y que el cuchillo no le pertenecía. Pero, al decir esto, se le quebraba la voz, estaba pálido y temblaba, de pies a cabeza, como un culpable.

El jefe de policía ordenó a los soldados que ataran a Aksenov y lo llevaran a la troika. Cuando lo arrojaron en el vehículo con los pies atados, se persignó y se echó a llorar. Le quitaron todas las cosas y el dinero, y lo encerraron en la cárcel de la ciudad más cercana. Pidieron informes de Aksenov en la ciudad de Vladimir. Tanto los comerciantes, como la demás gente de la ciudad, dijeron que, aunque de mozo se había dado a la bebida, era un hombre bueno. Juzgaron a Aksenov por haber matado a un comerciante de Riazan y por haberle robado veinte mil rublos.

Su mujer estaba preocupadísima y no sabía ni qué pensar. Sus hijos eran de corta edad, y el más pequeño, de pecho. Se dirigió con todos ellos a la ciudad en que Aksenov se hallaba detenido. Al principio, no le permitieron verlo; pero, tras muchas súplicas, los jefes de la prisión lo llevaron a su presencia. Al verlo vestido de presidiario y encadenado, la pobre mujer se desplomó y tardó mucho en recobrarse. Después, con los niños en torno suyo, se sentó junto a él, lo puso al tanto de los pormenores de la casa y le hizo algunas preguntas. Aksenov relató a su vez, con todo detalle, lo que le había ocurrido.

-¿Qué pasará ahora? -preguntó la mujer.

-Hay que pedir clemencia al zar. No es posible que perezca un hombre inocente.

La mujer le explicó que había hecho una instancia; pero que no había llegado a manos del zar.

-No en vano soñé que se te había vuelto el pelo blanco, ¿te acuerdas? Has encanecido de verdad. No debiste hacer ese viaje -exclamó ella; y, luego, acariciando la cabeza de su marido, añadió-: Mi querido Vania, dime la verdad, ¿fuiste tú?

-¿Eres capaz de pensar que he sido yo? -exclamó Aksenov; y, cubriéndose la cara con las manos, rompió a llorar.

Al cabo de un rato, un soldado ordenó a la mujer y a los hijos de Aksenov que se fueran. Esta fue la última vez que Aksenov vio a su familia.

Posteriormente, recordó la conversación que había sostenido con su mujer y que también ella había sospechado de él, y se dijo: «Por lo visto, nadie, excepto Dios, puede saber la verdad. Sólo a Él hay que rogarle y sólo de Él esperar misericordia». Desde entonces, dejó de presentar solicitudes y de tener esperanzas. Se limitó a rogar a Dios.

Lo condenaron a ser azotado y a trabajos forzados. Cuando le cicatrizaron las heridas de la paliza, fue deportado a Siberia en compañía de otros presos.

Vivió veintiséis años en Siberia; los cabellos se le tornaron blancos como la nieve y le creció una larga barba, rala y canosa. Su alegría se disipó por completo. Andaba lentamente y muy encorvado; y hablaba poco. Nunca reía, y, a menudo, rogaba a Dios.

En el cautiverio aprendió a hacer botas: y, con el dinero que ganó en su nuevo oficio, compró el Libro de los mártires, que solía leer cuando había luz en su celda. Los días festivos iba a la iglesia de la prisión, leía el Libro de los apóstoles y cantaba en el coro. Su voz se había conservado bastante bien. Los jefes de la prisión querían a Aksenov por su carácter tranquilo. Sus compañeros lo llamaban «abuelito» y «hombre de Dios». Cuando querían pedir algo a los jefes, lo mandaban como representante y, si surgía alguna pelea entre ellos, acudían a él para que pusiera paz.

Aksenov no recibía cartas de su casa e ignoraba si su mujer y sus hijos vivían.

Un día trajeron a unos prisioneros nuevos a Siberia. Por la noche, todos se reunieron en torno a ellos y les preguntaron de dónde venían y cuál era el motivo de su condena. Aksenov acudió también junto a los nuevos prisioneros y, con la cabeza inclinada, escuchó lo que decían.

Uno de los recién llegados era un viejo, bien plantado, de unos sesenta años, que llevaba una barba corta entrecana. Contó por qué lo habían detenido.

-Amigos míos, me encuentro aquí sin haber cometido ningún delito. Un día desaté el caballo de un trineo y me acusaron de haberlo robado. Expliqué que había hecho aquello porque tenía prisa en llegar a determinado lugar. Además, el cochero era amigo mío. No creía haber hecho nada malo; sin embargo, me acusaron de robo. En cambio, las autoridades no saben dónde ni cuándo robé de verdad. Hace tiempo cometí un delito, por el que hubiera debido haber estado aquí. Pero ahora me han condenado injustamente.

-¿De dónde eres? -preguntó uno de los prisioneros.

-De la ciudad de Vladimir. Me dedicaba al comercio. Me llamo Makar Semionovich.

Aksenov preguntó levantando la cabeza:

-¿Has oído hablar allí de los Aksenov?

-¡Claro que sí! Es una familia acomodada, a pesar de que el padre está en Siberia. Debe ser un pecador como nosotros. Y tú, abuelo. ¿Por qué estás aquí?

A Aksenov no le gustaba hablar de su desgracia.

-Hace veinte años que estoy en Siberia a causa de mis pecados -dijo suspirando.

-¿Qué delito has cometido? -preguntó Makar Semionovich.

-Si estoy aquí, será que lo merezco -exclamó Aksenov, poniendo fin a la conversación.

Pero los prisioneros explicaron a Makar Semionovich por qué se encontraba Aksenov en Siberia; una vez que iba de viaje, alguien mató a un comerciante y escondió el cuchillo ensangrentado entre las cosas de Aksenov. Por ese motivo, lo habían condenado injustamente.

-¡Qué extraño! ¡Qué extraño! ¡Cómo has envejecido, abuelito! -exclamó Makar Semionovich, después de examinar a Aksenov; y le dio una palmada en las rodillas.

Todos le preguntaron de qué se asombraba y dónde había visto a Aksenov; pero Makar Semionovich se limitó a decir:

-Es extraño, amigos míos, que nos hayamos tenido que encontrar aquí.

Al oír las palabras de Makar Semionovich, Aksenov pensó que tal vez supiera quién había matado al comerciante.

-Makar Semionovich: ¿has oído hablar de esto antes de venir aquí? ¿Me has visto en alguna parte? -preguntó.

-El mundo es un pañuelo y todo se sabe. Pero hace mucho tiempo que oí hablar de ello, y ya casi no me acuerdo.

-Tal vez sepas quién mató al comerciante.

-Sin duda ha sido aquel entre cuyas cosas encontraron el cuchillo -replicó Makar Semionovich, echándose a reír-. Incluso si alguien lo metió allí. Cómo no lo han cogido, no le consideran culpable. ¿Cómo iban a esconder el cuchillo en tu saco si lo tenías debajo de la cabeza? Lo habrías notado.

Cuando Aksenov oyó esto, pensó que aquel hombre era el criminal. Se puso en pie y se alejó. Aquella noche no pudo dormir. Le invadió una gran tristeza. Se representó a su mujer, tal como era cuando la acompañó, por última vez, a una feria. La veía como si estuviese ante él; veía su cara y sus ojos y oía sus palabras y su risa. Después se imaginó a sus hijos como eran entonces, pequeños aún, uno vestido con una chaqueta y el otro junto al pecho de su madre. Recordó los tiempos en que fuera joven y alegre; y el día en que hablaba sentado en el balcón de la posada, tocando la guitarra, y vinieron a detenerle. Recordó cómo lo azotaron y le pareció volver a ver al verdugo, a la gente que estaba alrededor, a los presos... Se le representó toda su vida durante aquellos veintiséis años hasta llegar a viejo. Fue tal su desesperación, al pensar en todo esto, que estuvo a punto de poner fin a su vida.

«Todo lo que me ha ocurrido ha sido por este malhechor», pensó.

Sintió una ira invencible contra Makar Semionovich y quiso vengarse de él, aunque esta venganza le costase     la vida. Pasó toda la noche rezando, pero no logró tranquilizarse. Al día siguiente, no se acercó para nada a Makar Semionovich, y procuró no mirarlo siquiera.

Así transcurrieron dos semanas. Aksenov no podía dormir y era tan grande su desesperación, que no sabía qué hacer.

Una noche empezó a pasear por la sala. De pronto vio que caía tierra debajo de un catre. Se detuvo para ver qué era aquello. Súbitamente, Makar Semionovich salió de debajo del catre y miró a Aksenov con expresión de susto. Este quiso alejarse; pero Makar Semionovich, cogiéndole de la mano, le contó que había socavado un paso debajo de los muros y que todos los días, cuando lo llevaban a trabajar, sacaba la tierra metida en las botas.

-Si me guardas el secreto, abuelo, te ayudaré a huir. Si me denuncias, me azotarán; pero tampoco te vas a librar tú, porque te mataré.

Viendo ante sí al hombre que le había hecho tanto daño, Aksenov tembló de pies a cabeza. Invadido por la ira, se soltó de un tirón y exclamó.

-No tengo por qué huir, ni tampoco tienes por qué matarme; hace mucho que lo hiciste. Y en cuanto a lo que preparas, lo diré o no lo diré, según Dios me de a entender.

Al día siguiente, cuando sacaron a los presos a trabajar, los soldados se dieron cuenta de que Makar Semionovich llevaba tierra en las cañas de las botas. Después de una serie de búsquedas, encontraron el subterráneo que había hecho. Llegó el jefe de la prisión para interrogar a los presos. Todos se negaron a hablar. Los que sabían que era Makar Semionovich, no lo delataron, porque les constaba que lo azotarían hasta dejarlo medio muerto. Entonces, el jefe de la prisión se dirigió a Aksenov. Sabía que era veraz.

-Abuelo, tú eres un hombre justo. Dime quién ha cavado el subterráneo, como si estuvieras ante Dios.

Makar Semionovich miraba el jefe de la prisión como si tal cosa; no se volvió siquiera hacia Aksenov. A este le temblaron las manos y los labios. Durante largo rato no pudo pronunciar ni una sola palabra, «¿Por qué no delatarle cuando él me ha perdido? Que pague por todo lo que me ha hecho sufrir. Pero si lo delato, lo azotarán. ¿Y si lo acuso injustamente? Además, ¿acaso eso aliviaría mi situación?», pensó.

-Anda viejo, dime la verdad: ¿quién ha hecho el subterráneo? -preguntó, de nuevo, el jefe.

-No puedo, excelencia -replicó Aksenov, después de mirar a Makar Semionovich-. Dios no quiere que lo diga; y no lo haré. Puede hacer conmigo lo que quiera. Usted es quien manda.

A pesar de las reiteradas insistencias del jefe, Aksenov no dijo nada más. Y no se enteraron de quién había cavado el subterráneo.

A la noche siguiente, cuando Aksenov se acostó, apenas se hubo dormido, oyó que alguien se había acercado, sentándose a sus pies. Miró y reconoció a Makar Semionovich.

-¿Qué más quieres? ¿Para qué has venido? -exclamó.

Makar Semionovich guardaba silencio.

-¿Qué quieres? ¡Lárgate! Si no te vas, llamaré al soldado -insistió Aksenov, incorporándose.

Makar Semionovich se acerco a Aksenov; y le dijo, en un susurro:

-¡Iván Dimitrievich, perdóname!

-¿Qué tengo que perdonarte?

-Fui yo quien mató al comerciante y quien metió el cuchillo entre tus cosas. Iba a matarte a ti también; pero oí ruido fuera. Entonces oculté el cuchillo en tu saco; y salí por la ventana.

Aksenov no supo qué decir. Makar Semionovich se puso en pie e, inclinándose hasta tocar el suelo, exclamó:

-Iván Dimitrievich, perdóname, ¡perdóname, por Dios! Confesaré que maté al comerciante y te pondrán en libertad. Podrás volver a tu casa.

-¡Qué fácil es hablar! ¿Dónde quieres que vaya ahora?... Mi mujer ha muerto, probablemente; y mis hijos me habrán olvidado... No tengo adónde ir...

Sin cambiar de postura, Makar Semionovich golpeaba el suelo con la cabeza repitiendo:

-Iván Dimitrievich, perdóname. Me fue más fácil soportar los azotes, cuando me pegaron, que mirarte en este momento. Por si es poco, te apiadaste de mí y no me has delatado. ¡Perdóname en nombre de Cristo! Perdóname a mí, que soy un malhechor.

Makar Semionovich se echó a llorar. Al oír sus sollozos, también Aksenov se deshizo en lágrimas.

-Dios te perdonará; tal vez yo sea cien veces peor que tú -dijo.

Repentinamente un gran bienestar invadió su alma. Dejó de añorar su casa. Ya no sentía deseos de salir de la prisión; sólo esperaba que llegase su último momento.

Makar Semionovich no hizo caso a Aksenov y confesó su crimen. Pero cuando llegó la orden de libertad, Aksenov había muerto ya.
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