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martes

BERTOLT BRECHT CUMPLE 123 AÑOS Y SU OBRA ES SIEMPRE UNA SACUDIDA

 


por Vivian Martínez Tabárez

 

Hace poco recibí la invitación de la publicación teatral argentina Teatro situado para grabar en quince segundos unas palabras con motivo del aniversario del natalicio de Bertolt Brecht, que aparecerán en un audiovisual que prepara la revista. Una vez más me instaron a pensar en la impronta del genial teatrista alemán, cuya obra nunca deja de fascinarme.

 

El 10 de febrero se cumplieron 123 años del nacimiento de un hombre de teatro y de un intelectual que se propuso interpretar la realidad a través del arte. Brecht marcó la escena con su visión materialista y dialéctica, y con su sabiduría para ponerla artísticamente al servicio de la transformación social. Desde muy joven mostró inclinación hacia las artes y notable rebeldía. Jugaba ajedrez y tocaba el laúd. Escribía poemas pornográficos y canciones que él mismo interpretaba acompañado con una guitarra. Fue también narrador y sintetizó sus múltiples intereses artísticos en el teatro, donde fue dramaturgo —o escriba de piezas, como él mismo solía llamarse—, actor y director. Nos dejó varios tomos de su Diario de trabajo y múltiples reflexiones en los valiosísimos Escritos sobre teatro. 


A Bertolt Brecht se deben obras imprescindibles del teatro universal. Con ellas construyó fábulas ubicadas en latitudes y tiempos diversos a modo de parábolas con las que se empeñaba en mostrar al público las problemáticas sociales que le aquejaban, e inducirlo a desentrañar sus causas. Su concepción del mundo estuvo marcada por la influencia de marxistas ortodoxos y de otros sin partido —él mismo, con ideas y convicciones comunistas, nunca se afilió a partido alguno—, y su creación de la concepción del teatro épico, en contraposición al teatro aristotélico, se conformó de manera paralela al desarrollo de su pensamiento político a lo largo de los años.
 

 

Con solo 20 años escribió Baal, una pieza en la cual el protagonista es un joven poeta amoral y antisocial que llega al asesinato, en el contexto de una sociedad burguesa hipócrita e inmoral. Poco después creó La boda de los pequeños burgueses —sobre la cual volvería en numerosas oportunidades—, Tambores en la noche, Lux in tenebris, El mendigo o el perro muerto, En la jungla de las ciudades, Un hombre es un hombre, y Grandeza y decadencia de la ciudad de Mahagonny, entre otras.

 

Heredero del expresionismo alemán, pronto le resultaría estrecho. Lo supera a través de la perspectiva épica y distanciadora que nunca dejó de replantearse hasta el fin de sus días.

 

A fines de la década del 20 empieza a escribir las que uno de sus más agudos estudiosos, el crítico teatral Eric Bentley, calificara de “piezas didácticas”: Los fusiles de la madre Carrar, Terror y miseria del Tercer Reich, La ópera de los tres centavos y La excepción y la regla. De su creación dramatúrgica también resaltan los grandes textos de madurez Galileo Galilei (escrito entre 1938 y 1939, con versión definitiva en 1955), Madre Coraje y sus hijos (1938-1939), El alma buena de Se-Chuan (1934‑1940), El señor Puntila y su criado Matti (1940 o 1941) y El círculo de tiza caucasiano (1945).

 

Con su dramaturgia, probada por él en la escena, Bertolt Brecht propuso una estructura en cuadros independientes para romper la continuidad entre las escenas; una nueva manera de enfrentar los conflictos dramáticos y el trazado de los personajes, y una forma también novedosa de integrar los diferentes componentes audiovisuales del lenguaje escénico. Su objetivo era crear un nuevo público para el teatro, a partir de establecer una relación diferente y mucho más activa entre actores y espectadores. Para ello propuso el efecto de distanciamiento que, sin renunciar a la emoción, la transformaba en productiva al permitirle al espectador analizar las contradicciones sociales en juego y entender sus causas. En función de lograrlo, introdujo en el lenguaje escénico recursos diversos como la inserción de canciones que interrumpían un momento climático de la trama para comentar la acción; carteles que resumían un estado de cosas; grabaciones que alternaban con la acción en vivo; comentarios de los actores en proscenio dirigidos al público y en los cuales, momentáneamente, los personajes adoptaban una posición dual (por un lado, asumían el rol ficcional, y por otro, eran hombres y mujeres contemporáneos con los espectadores. Todo lo cual inducía a una postura crítica a partir de movilizar las ideas del público y sacarlo de su habitual comodidad desde el punto de vista de la recepción. Asimismo, ideó y ejercitó el gesto social como un ademán capaz de cargar con posturas y actitudes reveladoras de un clima social.

 

Brecht defendió como idea esencial que el teatro tenía que generar pensamiento crítico, sin perder nunca de vista el entretenimiento y la diversión. Es decir, entendía la manifestación como una experiencia productiva y gozosa.

 

Luego de trabajar en varios teatros de Berlín, en 1933, amenazado por Hitler ya en el poder, debió tomar el camino del exilio. Se abrió así una etapa muy dura de su vida, en la cual, sin dejar de crear, recorrió Dinamarca, Suecia, Finlandia, la Unión Soviética y llegó a los Estados Unidos, donde probó suerte en Hollywood, pero sus guiones no fueron aprobados, y tuvo que salir huyendo a Suiza perseguido por el Comité de Actividades Antinorteamericanas. Luego de 15 años de exilio pudo finalmente regresar a Alemania, y se estableció en la República Democrática Alemana, donde al frente del Berliner Ensemble, creado por él en 1949 con su mujer, la actriz Helen Weigel, pudo sistematizar y probar sus teorías y crear un amplio repertorio. Víctima de un ataque cardíaco, la muerte lo sorprendió en agosto de 1956. Cincuenta y ocho años de vida le bastaron para marcar un parteaguas en el pensamiento y la práctica teatrales, con tal alcance que sus ideas permanecen latentes, incorporadas en las teatralidades contemporáneas y en la proyección de muchos creadores, como un instrumento imprescindible para el análisis y la creación escénicos.

 

En Cuba, a lo largo de la Revolución, el público ha podido disfrutar de las puestas en escena de las obras de Brecht y del contacto con su estética y su filosofía. Los artistas han incorporado la riqueza conceptual de sus búsquedas, gracias en primer lugar al maestro Vicente Revuelta, que en fecha tan temprana como junio de 1959 estrenara El alma buena de Se-Chuan. Adentrándose en las ideas del alemán, un poco intuitivamente y otro poco a través del estudio del potencial aporte al proceso social que vivíamos, Revuelta impuso una perspectiva conscientemente ligada al presente cubano. A propósito de aquel montaje de El alma buena de Se-Chuan, en una entrevista a la que vale la pena volver, el maestro Revuelta revelaba veinte años después la complejidad del proceso, al expresar: “En ese tiempo yo no tenía la menor noción de lo que era el distanciamiento. No poseíamos un teatro tan realista ni tan verista. Entonces, ¿cómo pretender un teatro que reaccionara contra eso?”.[1]

 

El más activo renovador de nuestra escena —antes, él mismo había contribuido a introducir las teorías stanislavskianas para el trabajo del actor, y más tarde se ocuparía de experimentar con las de Grotowski— asumió los riesgos del debate vivo entre alienación o distancia y entre “enfriamiento” o empleo productivo de la emoción. Esto marcaba las primeras aproximaciones a la obra del escritor y teórico alemán, temas cruciales en el proceso de aprendizaje de una propuesta conceptual profundamente dialéctica, a menudo malentendida como fría y negadora del componente emotivo que había desarrollado Stanislavski. 


 
A la aportación pionera de Vicente se sumaron otros montajes de obras de Brecht, a cargo de diversos directores latinoamericanos que llegaron a Cuba atraídos por el nuevo proceso político y social, quienes emprendieron escenificaciones como la de El círculo de tiza —en la que Revuelta interpretó magistralmente al juez Azdak, dirigido por el uruguayo-venezolano Ugo Ulive. Muchas nacieron marcadas por la fidelidad al libro modelo recogido de la práctica creadora por el Berliner Ensemble, traspolada mecánicamente al Caribe y desconociendo características de nuestra idiosincrasia, lo que motivó también desconcierto.
 

Vicente nunca se alejó de Brecht y de su estudio, y también lideró los montajes de Los fusiles de la madre Carrar (1960), Madre Coraje y sus hijos (1961), El alma buena de Se-Chuan (de nuevo en 1966), una nueva puesta de Madre Coraje y sus hijos (1973), Galileo Galilei (1974), y en 1985 regresó a esa gran obra desde una postura muy transgresora, al probarla con actores profesionales y estudiantes de teatro juntos en la escena con la divisa de “salir al toro” —cada día unos minutos antes de la función el director asignaba los papeles— y salvar la función.

 

Uno de los últimos trabajos del gran renovador cubano fue el montaje de Café Bertolt Brecht, en 1998, que emprendió para cerrar un taller rodeado de sus discípulos, un amplio grupo de jóvenes estudiantes de teatro. Creado en las ruinas del patio de la Casona de Línea —sede de un languideciente Teatro Estudio—, y en estrecho diálogo con la dura realidad del “período especial”, quienes lo acompañamos seguimos la acción ora estáticos, ora escoltando personajes entre antorchas encendidas, al atardecer de otro 10 de febrero, en la que sería una función única para celebrar, con extrema modestia y enorme devoción, los cien años del natalicio de Brecht.

 

En sus primeros tiempos de exploración en el contexto campesino y aún sin contar con una dramaturgia propia, el Teatro Escambray adaptó Los fusiles de la madre Carrar, en una obra que se llamó Y si fuera así, creada para debatir con el público —recién acosado por las bandas contrarrevolucionarias y por el proselitismo de los Testigos de Jehová— la necesidad ética y patriótica de tomar partido frente a una agresión foránea, y Brecht les resultó sumamente útil. La mayor ganancia de su legado para el trabajo de este grupo fue la incorporación de una ética para el acto, heredada de la noción brechtiana del “actor de la era científica”, que disponía al artista a no conformarse con ser un mero intérprete, sino que lo preparaba para ejercer múltiples funciones dentro de la creación colectiva: investigaba la realidad, proponía soluciones escénicas y defendía sus ideas en diálogo e intercambio permanente con sus compañeros.

 

El Teatro Político Bertolt Brecht se fundó para seguir la impronta brechtiana, y una de sus primeras puestas, en 1971, fue La panadería, codirigida por el alemán Ulf Keyn y Mario Balmaseda, que había realizado estudios en el Berliner Ensemble.

 

Otro director como José Milián se acercó al Brecht más musical para explorar las posibilidades del cabaret alemán, agudo, satírico y político que le proporcionaban obras como La ópera de los tres centavos y Grandeza y decadencia de la ciudad de Mahagonny, y hasta probó fundirlas.

 

Aún desde el Teatro Buendía, el joven Carlos Celdrán llevó a escena Baal, un Brecht inusual que le permitía abordar inquietudes suyas y de las nuevas generaciones sin conceptos prestablecidos. En los primeros tiempos de Argos Teatro escenificó El alma buena de Se-Chuan, otro excelente montaje, también directamente conectado con la vida de afuera, más allá de la ficción escénica. Hoy por hoy, un discípulo de Vicente Revuelta, el también actor Alexis Díaz de Villegas, líder de Impulso Teatro, es el más fiel director del repertorio brechtiano entre nosotros.

 


Partícipe de aquella experiencia única de celebración del centenario, en la que interpretaba a Segismundo, entre otros roles, y de El alma buena Se-Chuan, de Argos, Alexis ha liderado las puestas en escena de El mendigo y el perro muerto, Balada del pobre Bertolt Brecht y una muy cercana de La excepción y la regla, cuya temporada interrumpió la pandemia el año pasado. Espero volverla a ver pronto, para que Brecht renazca nuevamente y nos sacuda otra vez, para decirnos que no es posible la justicia en un mundo lleno de desigualdades sociales.

 

Nota:  

[1] Carlos Espinosa Domínguez: “Ha sido montando a Brecht donde mejor he aprendido el marxismo”, entrevista a Vicente Revuelta, El Caimán Barbudo, La Habana, enero de 1978.


(laJiribilla / Revista de cultura cubana / enero-febrero 2021)

A 700 AÑOS DE LA MUERTE DE DANTE ALIGHIERI

  


Italia celebra al poeta audaz considerado padre del idioma italiano que revolucionó la literatura con la Divina comedia. Compartimos detalles de su aniversario y de un vasto legado que incluso pisó la política.

 

No es necesario haber leído a los grandes autores de la literatura universal para sentir sus huellas en frases o conceptos del lenguaje cotidiano. ‘Kafkiano’ dibuja los efectos de un desesperante trámite burocrático, ‘quijotesco’ describe un emprendimiento aventurero o una persona soñadora, valiente, incluso irreverente. Lo mismo pasa con ‘dantesco’: así usted no haya leído uno de los 100 cantos que componen la Divina comedia, puede utilizar dicho adjetivo en situaciones llenas de terror, dignas del escalofriante Infierno que retrató con tanta contundencia Dante Alighieri (1265-1321), “el poeta supremo” de Italia.

 

Por su enorme dimensión, no resultan exageradas las variadas celebraciones que se han preparado por toda Italia para rememorar su huella a 700 años de su muerte.

 

Por ejemplo, el Museo Bargello contará con grandes y ambiciosas exposiciones, en las que destaca Honorable y antiguo ciudadano de Florencia, centrada en la presentación de manuscritos, pinturas o esculturas que dan cuenta del paso de Dante por la famosa ciudad italiana. Por su lado, la Galería de los Uffizi preparó una exposición presencial, virtual y gratuita en la que exhibirá los dibujos que el pintor renacentista Federico Zuccari realizó sobre la Divina comedia entre 1586 y 1588 a un público masivo por tercera vez en la historia.

 

 

La Galería Uffizi rinde homenaje a Dante con la muestra virtual y presencial Volver a ver las estrellas, que presenta ilustraciones de la Divina comedia que Federico Zuccari realizó entre 1586 y 1588. El público general las puede ver por tercera vez en la historia, pero como nunca antes, están todas en alta definición y asociadas a los cantos del poeta.

 

Pero hay mucho más que arte. El Teatro Nacional de la Toscana presentará obras inspiradas en la vida y obra de Dante; el prestigioso festival Maggio Musicale Fiorentino ofrecerá conciertos en Florencia, Rávena y Verona. Y por el lado de las letras, la Accademia della Crusca, la institución que estudia el idioma italiano, propone actividades pedagógicas e interactivas. Entre varias iniciativas, publicará una palabra “dantesca” en su página web cada día de 2021 para probar la vigencia de Alighieri en la lengua que millones de italianos usan cotidianamente.

 

Resulta conmovedor cómo, a pesar de pasarla terrible durante su primera ola de contagios, Italia entera se vuelque a celebrar a un poeta que sus compatriotas y otros ciudadanos del mundo sienten cercano a pesar de los siglos que los separan. El Gobierno italiano decretó el año pasado que el 25 de marzo es el día nacional de Dante y, en 2021, se invita a los lectores del poeta a unirse a la celebración nacional mediante la etiqueta #IoLeggoDante.

 

¿Cómo se explica que 700 años después de su muerte Dante tenga una presencia tan viva y vigente en la Italia actual?

 

Titán literario

 

Los británicos tienen a Shakespeare, los españoles a Cervantes e Italia tiene a Dante. Elogiado y admirado por grandes autores como James Joyce, T. S. Eliot y Jorge Luis Borges, el florentino ocupa un puesto indiscutible en el canon de la literatura occidental. Harold Bloom, uno de los críticos literarios más respetados, calificó al italiano como uno de los poetas “más agresivos, insolentes, orgullosos y audaces” de toda la historia. Esta monumentalidad literaria, erigida tanto por los críticos como por sus más peregrinos lectores, tiene dos claves.

 

La primera tiene que ver con el italiano o, tal como se llamaba en el siglo XIV, toscano. Dante fue el más importante autor de su tiempo en defender el uso de las lenguas vernáculas. En ese tiempo la lengua oficial en literatura o en el ámbito político era el latín, Dante se rebeló contra esa imposición y dejó por sentado sus argumentos en su brillante tratado De vulgari eloquentia (Acerca del habla popular). Pero no se quedó ahí. Luego pasó de la teoría a la práctica al escribir su famoso poema la Divina comedia en toscano, con una rima y un ritmo que lo hacen perfecto y, al mismo tiempo, fácil de entender (rasgo de grandes clásicos). Es indudable que el italiano le debe mucho a Dante. Gracias a él, esta lengua romance se fue extendiendo geográficamente y fue ganando estatus oficial.

 

La segunda clave está ligada a la Divina comedia. Para académicos o críticos, el poema es inagotable tanto en sus temáticas como en la perfección de su composición. Tal como pasa con la Odisea, el poema de Dante se centra en un viaje: el poeta debe atravesar el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso (acompañado por Virgilio y por su amada Beatriz) para alcanzar la redención y conocerse a sí mismo. Ciertamente, la parte del recorrido que más se ha representado o que más impacto ha tenido en la cultura universal es el paso por el Infierno y la descripción de sus “siete círculos”. Más allá de sus sobrecogedoras descripciones, la obra dantesca rompió esquemas literarios impensables para la época. Tal como explica el escritor mexicano Emiliano Monge, Dante fue un revolucionario porque “dejó impuesta la plantilla que siguen utilizando casi todos los escritores del mundo”. Ha sido un modelo para las obras literarias que mezclan autor con personaje (el propio Dante es quien baja al Infierno); elevó a divinidad a su amada, Beatriz, algo que hizo fruncir varios ceños en Roma y fue el primero en combinar la épica (un viaje heroico lleno de peligros y descubrimientos) con la lírica (un poema dedicado al amor).

 

Un político exiliado

 

Hoy en día nada queda exento de polémica y la celebración de Dante no podía ser la excepción. Tanto Florencia como Rávena, ciudades donde el poeta nació y murió, respectivamente, se disputan la batalla simbólica sobre qué lugar es más apropiado o afín para celebrar el aniversario 700 de su muerte.

 

Aunque fue florentino de nacimiento, el propio gobierno de la ciudad condenó a Dante a la hoguera por no haberse presentado a un juicio por fraude, mala conducta y extorsión (entre otras acusaciones). Esto impulsó su famoso exilio a Rávena, lugar donde murió y en el que hoy yace su cuerpo en la Basílica de San Francisco. Por eso, cuando el año pasado los alcaldes de las dos ciudades acordaron que los restos de Dante viajaran temporalmente a Florencia con motivo de las celebraciones nacionales, muchos raveneses protestaron como si los hubieran ofendido: en el imaginario colectivo, Florencia sigue siendo la ciudad que expulsó y rechazó a Dante y Rávena fue una especie de refugio o segundo hogar, lejos de la mezquindad florentina.

 

Expertos como el periodista y escritor Aldo Cazullo apuntan que Dante no solo removió el statu quo literario, sino también el político, al proponer una concepción de Italia mucho más moderna y menos dividida entre bandos encontrados. Sin embargo, los esfuerzos del poeta-político poco sirvieron y en 1301, mientras era prior de Florencia, fue expulsado de su ciudad para nunca más volver en vida.

 

Aun no se ha definido si los restos de Dante podrán reposar temporalmente en Florencia, pero algo es innegable: el florentino está más presente que nunca en el territorio italiano y en el mundo entero, gracias a la amplia circulación de sus textos y a las redes sociales. Si en 2018 el profesor argentino Pablo Maurette volvió tendencia en Twitter compartir lecturas e ideas sobre la obra dantesca, este 2021 seguramente guardará decenas de iniciativas similares para celebrar a un poeta inmortal que nunca más estará exiliado.


(ARCADIA / 13-1-2021)

miércoles

ZAPPA: EL ÚLTIMO DOCUMENTAL SOBRE EL ROCKSTAR MÁS CONTESTATARIO

 

por Alexis Paiva Mack 

 

Con más de 60 álbumes publicados en vida, el autor de Hot Rats destaca como uno de los compositores más innovadores y rebeldes de la historia. Si en sus memorias se manifestó en contra del consumo de drogas bajo el argumento de que distanciaban a los jóvenes de la acción política, más tarde compareció en tribunales a favor de la libertad de expresión. Rolling Stone lo describe como un “Mozart modernista” y el director británico Alex Winter se refiere a él como “un adelantado a su tiempo”. Zappa, el documental estrenado por Winter, aborda rarezas de su carrera musical y cinematográfica, a través de testimonios de sus compañeros de The Mothers of Invention y otros colaboradores.

 

 Siempre fue un bicho raro entre los más extraños. Cuando la cultura hippie florecía en su máximo esplendor a finales del 60, Frank Zappa figuraba como el principal compositor de The Mothers of Invention y recogía influencias de artistas contemporáneos como Igor Stravinsky y Edgar Varèse, además de guitarristas de blues como Howlin’ Wolf y Jay Watson.

 Si en Freak Out (1966) exploró las posibilidades del rock psicodélico y la música concreta, en Lumpy Gravy (1967) —su primera entrega solista y en compañía de la orquesta eléctrica Abnuceals Emuukha— se sumergió en un universo de tintes circenses en el que incluyó elementos del jazz fusión y la performance de la palabra hablada, en dos partes de casi 16 minutos cada una.

 Solo un año más tarde publicó We’re Only in It for the Money (1968), “solo estamos en esto por el dinero”, con una portada que alude burlescamente al Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967) de The Beatles, pero con los integrantes de The Mothers of Invention agrupados con vestidos alrededor de un bombo con el grabado del título en su parche superior.

—Nunca los odié. En realidad me gustaban dos o tres de sus canciones —manifestó en una entrevista con el periódico The Columbus Dispatch—. Lo que encontraba repugnante era la forma en que se consumían y se vendían. Ningún músico ha tenido éxito en Estados Unidos a menos que estuviera acompañado de buena ropa, algo para bailar o un buen peinado.


 Con más de 60 discos publicados, el autor de Hot Rats (1969) sigue siendo un referente del experimentalismo sonoro y la críticas socio-culturales, a pesar de su muerte por cáncer de próstata en 1993. Rolling Stone lo describe como “un Mozart modernista” y detalla que no existe un seguidor casual de su obra: o te alejas inmediatamente de su propuesta o te conviertes en un fanático empedernido que analiza cada detalle de su trayectoria. Y esa es solo una de las aristas que lo han convertido en un referente tanto para la música popular como para el underground contracultural.


 Si bien, él mismo documentó sus memorias en el libro La verdadera historia de Frank Zappa (Poseidon Press, 1989), el reciente documental del director británico Alex Winter —titulado Zappa (2020) y estrenado en Amazon Prime en Estados Unidos— accede a la bóveda personal del artista y aborda rarezas de su trayectoria en su trabajo como compositor y su faceta cinematográfica, a través de la cual dirigió cintas como la surrealista 200 Motels (1971), la animada The Amazing Mr. Bickford (1987) y el registro de un concierto de Halloween en Baby Snakes (1979). Junto con ello, expone sus primeras producciones caseras y entrevistas inéditas a solo meses de su fallecimiento.

 

Desde su crecimiento durante el mandato del ex presidente republicano Dwight Eisenhower hasta su descubrimiento de doctos como Varèse y su amistad escolar con Don Van Vliet —después conocido como un intérprete de melodías retorcidas bajo el seudónimo Captain Beefheart—, además de su inintencionado éxito comercial con Ship Arriving Too Late to Save a Drowning Witch (1982), Zappa siempre mostró una actitud provocadora no solo en el ámbito musical. Si su juventud estuvo marcada por la obsesión con generar explosiones —con los conocimientos heredados de su padre, un químico que trabajaba para el gobierno de Estados Unidos—, más tarde criticó duramente a la cultura hippie y el consumo de drogas, dos tópicos interconectados que eran altamente valorados entre sus colegas de la época.

 

Según detalló en sus memorias, creía que los estupefacientes generaban una desconexión de los jóvenes con lo que realmente consideraba importante, es decir, la acción política. Incluso, en 1985 compareció ante el parlamento estadounidense para rebatir una moción del Centro de recursos para padres sobre música (PMRC) —un comité liderado por Tipper Gore, esposa del entonces senador Al Gore—, a través de la cual buscaban denunciar y censurar el contenido sexual explícito en algunos álbumes de rock. Pero a diferencia de la mayoría de sus contemporáneos, Zappa no solía abordar estas temáticas en sus letras, más bien, su compromiso era con la libertad de expresión para la comunidad artística.

 

—La propuesta es una pieza mal concebida de disparates que falla en dar beneficios reales a los niños, infringe la libertad civil de quienes no lo son y promete mantener ocupadas a las cortes. Sus demandas son el equivalente a tratar la caspa con decapitación. Es como un manual de instrucciones para una especie de programa de entretenimiento que busca encasillar a todos los compositores e intérpretes en las letras de unos pocos. ¿Cómo se atreven? —declaró el músico en el tribunal, en medio de una audiencia que murmuraba tras escuchar sus palabras.

 

A través de material de archivo recolectado por su familia y testimonios de colaboradores como Mike Keneally, Ian Underwood, Steve Vai, Pamela Des Barres, Bunk Gardner, David Harrington, Scott Thunes, Ruth Underwood y Ray White, además de su viuda, la compositora Gail Zappa, el documental de Alex Winter ofrece una última revisión al impacto que generó el autor de The Grand Wazoo (1972), el mismo con el que es recordado religiosamente hasta la actualidad. En palabras del director británico en un comunicado publicado por Entertainment Weekly:

 

—Frank Zappa no solo fue un genio creativo, sino también un pensador grande y elocuente que articuló la locura de su época con extraordinaria claridad e ingenio. Un inconformista legítimo que vivió y trabajó entre otras personas extraordinarias en tiempos históricos. En última instancia, Zappa no es un viaje retro al pasado, sino una exploración completamente moderna de un hombre cuya visión del mundo, arte y política estaban muy por delante de su tiempo y profundamente relevantes en nuestros tiempos desafiantes.


 

Frank Zappa & The Mothers - Live at The Roxy 1973 [extras]

 (LA TERCERA / 1-2-2020)

SEAN CONNERY (1930 – 2020)

 


“ENTUSIASMO, CURIOSIDAD, APETITO Y CONTINUIDAD” 


Sir Sean Connery está leyendo a Sócrates, lleva los calcetines del revés, se acaba de comprar su primer ordenador portátil y ha abandonado el golf, sólo temporalmente. El escocés más famoso del mundo tras el whisky de exportación y las faldas tableadas, se confiesa misántropo.

 

Pero este es un tiempo excepcional de confidencias, una concesión que realiza gustoso y a su manera cuando se trata de lanzar una película de la que es protagonista y productor. En esta ocasión, Descubriendo a Forrester, que se estrena el próximo viernes, le ha olvidado a abandonar su tranquila vida en Bahamas y a conceder entrevistas en el romano hotel Villa Medici.

 

A sus formidables 70 años, luce algunos kilos más de lo habitual (que achaca a una reciente temporada sedentaria), bigote blanco (exigencia de su próxima película), legendaria calva y atuendo informal rematado con zapatillas deportivas. Bajo las espesas y negrísimas cejas, su mirada mantiene la potencia del taladro y su mano aprieta firmemente durante el saludo. Un café exprés bien cargado acompaña a una conversación que en varias ocasiones regresa a los orígenes humildes de su infancia en el suburbio obrero de Fountainbridge de Edimburgo (con el que ha bautizado a su productora), a su familia (que le sigue llamando con el apelativo de su niñez, Tam) y a los comienzos de la carrera de una de las presencias más magnéticas del cine del siglo XX.

 

"Entusiasmo, curiosidad, apetito y continuidad". Cuatro palabras le bastan para definir los impulsos vitales que le han mantenido a lo largo de cuatro décadas en el podio de los iconos cinematográficos. Sin embargo, en los últimos años ha ido dosificando cada vez más sus películas. Y es que resulta muy difícil arrancarle de la vida apartada que ha escogido, la misma que le llevó a abandonar Marbella para casi enclaustrarse en su mansión de Bahamas. "Siempre he valorado mucho mi privacidad hasta el punto de vivir periodos de auténtica soledad", afirma con su grueso acento escocés. "La soledad no constituye ningún problema ni para mí ni para mi mujer. Micheline es pintora y el aislamiento estimula su creatividad. Ella pinta, yo leo y, de vez en cuando, hago una película. Digamos que hace cinco años me aparté del mundo para sumergirme en una invisibilidad que me permite disfrutar del anonimato".

 

Divorciado de la actriz Diane Cilento, madre de su hijo Jason, contrajo matrimonio con la pintora francomarroquí Micheline Roquebrune en 1975. Famoso por su carencia de sentimentalismo, Connery confiesa que "no existe ningún secreto para que un matrimonio funcione, pero sé por experiencia que las personalidades opuestas tienen más probabilidades de permanecer juntas que aquellas que comparten similitudes. En cualquier caso, esta es siempre una empresa difícil para la que no hay reglas".

 

En el golf, Micheline posee un handicap mejor que el de su marido, que considera esta circunstancia una de las claves de la duración de su matrimonio. En un terreno más privado, ella no soporta la manera antiestética en que usa los calcetines. Connery se descalza para demostrar que no le falta razón a su esposa: desde hace casi tres décadas los lleva del revés, con las costuras hacia fuera y los hilos colgando. El último personaje cinematográfico del actor, el escritor William Forrester, se los pone de forma idéntica, porque Connery ha perfilado al protagonista de Descubriendo a Forrester a su imagen y semejanza. Aquí, el personaje revela al hombre. Al ahondar en los detalles de esta curiosa costumbre, la conversación remite al pasado cuando, con 16 años, Thomas Sean Connery se enroló en la Marina Real. De entonces proceden sus dos legendarios tatuajes -Mum and Dad (Mamá y papá) y Scotland Forever (Escocia por siempre)- y el asunto de los calcetines: "Eran de algodón grueso, fantásticos para una enorme transpiración como la mía, pero con horribles costurones en la punta que se me metían dentro de las uñas. Fue cuando se me ocurrió darles la vuelta, una costumbre de la que no he querido prescindir porque, ¿sabe que cuanto mejores y más caros, más gruesos son? Micheline insiste en que llevarlos así es horrendo, pero la comodidad vale la pena".

 

Jamás había salido de su ciudad cuando se integró en las filas de la Marina. Antes, con sólo nueve años, ya repartía leche de la cooperativa St. Cuthbert (la leyenda cuenta, además, que perdió su virginidad a aquella temprana edad). Abandonó el colegio a los 13 y comenzó a trabajar como ayudante de albañil al tiempo que recibía clases de baile. En la Marina, buscó "la oportunidad de llevar una vida de aventura y ganar dinero. Mi problema entonces era que no sabía qué hacer con mi vida. Necesitaba desesperadamente encontrar una actividad que me proporcionara placer y orgullo".

 

Finalmente, la encontró

 

Primero gracias a los libros, luego en el teatro y después en el cine. Y todo gracias a una úlcera de duodeno, "porque los caminos del Señor son inescrutables", añade con ironía. La enfermedad puso fin a sus días de marinero y le obligó a emplearse como pulidor de ataúdes en la firma Jack Vinestock&Company. Allí trabó amistad con un joven, John Hogg, que por las tardes hacía teatro amateur en el vecino King's Theatre. Hogg le invitó a unirse a él, un acto irreflexivo que marcaría el resto de su existencia. Poco después, una gira como miembro del coro del musical South Pacific, que alternó con un trabajo de socorrista de piscina y sus entrenamientos como levantador de pesas, le llevó hasta Manchester. Allí le ofrecieron entrar en el equipo de fútbol local, el Manchester United, a cambio de una minuta elevada. Fue difícil tomar una decisión: "Tenía 23 años y la intuición de que el teatro podría ser mi vida, pero carecía de educación, me consideraba un ignorante. Tenía que elegir entre ser deportista o actor. Me apetecía lo segundo, porque me había permitido comprarme una moto y viajar por el país a cambio de sólo dos horas y media de trabajo al día. Un compañero de reparto, Robert Henderson, me dijo que si me decidía por la interpretación debía entrenar mi voz y adquirir una educación. `¿Cómo se logra eso a los 23 años?', le pregunté. `Tienes que leer', me dijo, `para sentar las bases del entendimiento de las cuestiones fundamentales de la interpretación'. Y me recomendó 12 títulos".

 

Connery los recita casi de carrerilla: George Bernard Shaw, Shakespeare, Keats, Tolstoi, los griegos, el Método, Dante, Mark Twain... A continuación, añade: "Leí literatura francesa, alemana, inglesa, rusa... todo lo que caía en mis manos. Sostenía un libro en una mano y, en la otra, inspeccionaba el diccionario. Yo era un producto de la hambruna literaria y quise recuperar las carencias de toda una juventud. Me pasaba la mañana en las bibliotecas locales, por las tardes acudía a los teatros de repertorio y por la noche hacía mi función. El resto es historia". La historia, como él la llama, recoge títulos fundamentales del cine del siglo XX como Marnie la ladrona, La colina, El viento y el león, El hombre que pudo reinar, Robin y Marian; éxitos tan personales como Indiana Jones y la última cruzada, A la caza del Octubre Rojo, Los Intocables de Elliot Ness o El nombre de la rosa, sin olvidar sus seis títulos como el agente secreto James Bond, que le han convertido en un icono del imaginario universal del celuloide del pasado siglo.

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De regreso a nuestros días, ¿qué cosas le interesan a Sir Sean Connery? En lo personal, "sólo hago aquello que me da placer". Le invito a desarrollar la cuestión y se pone meticuloso: "Veamos, me levanto todos los días a una hora imprecisa, nunca antes del mediodía. Lo primero que hago es tomarme un buen café jamaicano Blue Mountain. Después, los periódicos. Los abro por los resultados del fútbol, después paso a la política internacional y más tarde leo el resto. Hago las llamadas que considero importantes y, si estoy preparando una película, estudio. Salgo a pasear, disfruto de una buena comida y al final de la tarde leo un libro acompañado de una copa".

 

Desde septiembre del pasado año, Sir Connery de Fountainbridge alterna su afición por la lectura con una encarnizada lucha con su recién adquirido ordenador del que, incapaz de dar la marca, sólo señala vagamente que es "un cachivache japonés". La relación entre ambos no es fácil: "Por un lado, me tiene atrapado. Por otro, lo rechazo. En cuanto pongo mis enormes manos en el teclado, vuelvo a descubrir lo torpe que soy con las máquinas. Para mí es una ventana que me permite asomarme a la realidad. Básicamente, el eremita que soy sale a buscar buenos artículos periodísticos acerca de situaciones políticas que me interesan. Pero hay algo que sigo sin entender: ¿tiene usted idea de por qué el teclado no sigue su orden natural: A,B,C,D...?".

 

Siete décadas de Sean Connery en activo dan para varias vidas del resto de los mortales. Sin embargo, a pesar de haber sido tentado en varias ocasiones, ha renunciado a escribir sus memorias. "Ya se han escrito cosas sobre mí y son todas basura. Cometí el error de aceptar una de estas propuestas bajo la condición de que el autor me diera el manuscrito antes de publicarlo. Lo hizo, me lo envió, lo leí y corregí los errores (nombres mal escritos, fechas equivocadas, hechos falsos, torpes intenciones...) y, después de todo eso, descubrí que ignoró mi trabajo y publicó su versión. No le voy a decir el nombre, es un inglés... Más tarde han escrito siete más que no me he molestado en leer. Podría escribir mi autobiografía pero no lo hago por dos razones: no estoy preparado y heriría a mucha gente. Para no hacerlo, tendría que mentir y se trata de mi vida, algo lo suficientemente importante como para que no merezca la pena traicionarme a mí mismo".

 

Connery decidió hace un lustro vivir el retiro de un ermitaño en Bahamas. Eso le evita leer "un enorme montón de basura" que se publica sobre él. "Algunos periódicos, sobre todo británicos, perpetúan un montón de mentiras sobre mí que trato de borrar de mi memoria", aduce el escocés, lo cual quizá pueda explicar que los periodistas ingleses hayan sido vetados en la promoción de su película. A veces, por curiosidad, aún pierde algunos minutos leyendo artículos en los que él es el protagonista: "Me río de buena gana con ciertas explicaciones psicológicas de mis declaraciones. Aunque hay una anécdota de hace unos ocho años que no fue tan divertida: cuando por una enfermedad me vi obligado a someterme a unas radiaciones, leí que había muerto (y eso que durante el periodo de mi defunción había hecho seis películas). Fue muy molesta la preocupación que la supuesta noticia causó a mis amigos y a mi mujer. Por descontado, jamás se llegó a publicar ninguna rectificación".

 

Cuando regrese a su hogar, Connery piensa retomar el golf, una pasión abandonada durante esta última etapa que ha dedicado totalmente al cine. Ha rodado consecutivamente un cameo en la comedia negra Unconditional Love, y prepara sus próximos trabajos como intérprete en End Game y, como productor, en un filme sobre María Estuardo. Volviendo al golf, ¿es la práctica de este deporte el secreto de su hercúlea presencia física? "No, vivo de las rentas", concede casi en secreto. En los años 50, forjaba sus músculos en los gimnasios de Portobello mientras se ganaba un sueldo como socorrista de piscina y modelo para las revistas de culturismo. De hecho, en 1953 compitió por el título de Mister Universo enfundado en un microbañador blanco con el que Mister Escocia quedó tercero. Le dieron una medalla y, lo mejor, un empleo como corista en el musical South Pacific.

 

Otra de sus grandes pasiones es la política

 

 

Su tatuaje de adolescente revela el compromiso del actor con las aspiraciones independentistas de su región natal. Militante del Partido Nacionalista Escocés (al que dona algo más de 13 millones de pesetas anualmente), el actor mantiene una agria disputa con el Gobierno laborista de Tony Blair, al que acusa de "tratarme como un extranjero, alterando las leyes de financiación de partidos para impedirme la colaboración económica con el mío". Pero, ¿qué sentido tiene luchar por la pequeña Escocia en tiempos de eliminación de fronteras y globalización? "Nosotros no queremos crear nuevas fronteras. Creo que debe existir un espacio europeo que, a modo de gran paraguas, proteja las identidades y culturas nacionales, sus derechos, sus soberanías... Se está dando un fenómeno de desaparición de tradiciones que me parece muy grave. La fusión de culturas es lo mejor que le ha podido pasar a Inglaterra. Yo mismo soy producto de ello, porque viví muchos años en el sur de España y adquirí parte de su cultura. ¿Qué creen, que vamos a independizar Escocia, arrancarla de la isla y trasladarla a otra parte? Por supuesto que no. No nos vamos a separar, ni a divorciar ni a segregar. En Inglaterra deberían olvidar esa noción errónea de imperio que mantienen".

 

Sir Sean Connery fue ennoblecido en julio del pasado año por Isabel II, la cabeza coronada de lo que fuera el Imperio Británico. La ceremonia, a requerimiento del nuevo Sir, tuvo lugar en el palacio escocés de Holyroodhouse, en una jornada que recuerda como "uno de los más orgullosos días de mi vida". Con el traje de Highlander y escoltado por su mujer Micheline y su hermano Neil, se arrodilló frente a la soberana para recibir el toque de la espada y la medalla alrededor de su cuello, sin miedo a caer en una flagrante contradicción: "Me costó una semana de reflexión tomar la decisión de aceptar el título. Fue el Gobierno conservador el que recomendó mi ennoblecimiento; el laborista sólo heredó este asunto y ha intentado boicotearlo activamente, Dios sabe por qué. Creo que los laboristas no saben siquiera deletrear la palabra democracia apropiadamente. Fue esa actitud beligerante la que me decidió finalmente a aceptar el título. Ser Sir no ha alterado ni mis opiniones ni mis intenciones. Decidí que mi futura lucha tendrá más valor siendo Sir que no siéndolo. Fue bastante simple".

martes

LUIS EDUARDO AUTE - LA REVOLUCIÓN DE LA BELLEZA


por Fernando Iñiguez

Sin siquiera pretenderlo, iba de anti héroe Eduardo. No le gustaba la fama ni exponerse al público, de hecho tardó muchos años en atreverse a subir a un escenario, aunque sus canciones ya eran conocidas por sus discos publicados o porque ya las cantaban artistas como Rosa León o Massiel. Aute, fumador empedernido y aficionado taurino (qué poco le pegaba) muchas veces se tomaba a sí mismo en broma.

De mi coche una vez los cacos se llevaron el radiocasete y todas mis cintas, menos un par de ellas que tenía de Aute. No le extrañó mucho cuando se lo comenté. “Los chorizos son listos”, me dijo riendo. En aquella época en la que encontrarte el coche desvalijado cada mañana era el pan nuestro de cada día, Aute entendió que los ladrones también eran selectivos y se llevaban lo que de verdad les gustaba. “Seguro que las que no han dejado son las de Joaquín”, me dijo entre risas refiriéndose a las de Sabina, que entonces presumía en sus canciones de juntarse con canallas delincuentes y hacer pactos de caballeros con ellos.

Jugueteaba con las palabras, y ahí han quedado, además de sus canciones, sus libros de poemas, donde el doble sentido y la sorpresa inventando términos, juega con la inteligencia de quien los lee. Encontraba en la sutileza, el mensaje directo. Al alba fue la canción que le dedicó a los últimos fusilamientos franquistas, aunque años más tarde él mismo lo desmentiría. En los versos de esa canción hermosa y doliente quería burlar la feroz censura de entonces, aunque no hace mucho diría que no los escribió pensando en eso. Sería parte también de un juego, pues buceando en las hemerotecas, se le pueden atribuir las dos posibilidades: que la canción no la escribiera con esa intención y que luego se tomara como tal, o que sí la escribiera pensando en el amanecer de la última mañana de un condenado a muerte.

Lo que Al alba supuso para los años setenta, quiso Eduardo repetir con La belleza en los noventa. Habían caído los bloques y se hablaba de un nuevo orden mundial. Bush padre iniciaba la primera guerra del Golfo y el mundo dejaba de ser como hasta entonces se había conocido. Encontraba en esos años sin sentido a Al alba, y se negaba a interpretarla en público, aunque siempre se la solicitaban, y la cambiaba por La belleza.

Cuando se la oyó cantar a Rozalén, una cantautora más joven que su propia hija, una noche de no hace muchos años en la madrileña sala Libertad 8, Aute no pudo contener las lágrimas. A la que la cantante soltó lo de “Enemigo de la guerra y su reverso, la medalla”, a Eduardo se le aceleró el corazón. La jovencísima fan que tenía casualmente sentada a su lado esa noche, le contó después que de pequeña ella se escondía debajo de la tabla de planchar de su madre, se hacía su casa imaginaría, mientras en el tocadiscos de la real sonaban esa y otras canciones suyas. “¿Así te torturaban tu padres de pequeña?”, fue la respuesta del propio autor entre las risas cómplices de los testigos.

Su sentido del humor no le permitía tomarse en serio, pero sin embargo tampoco le permitió desaprovechar su enorme talento creador. Casi como un hombre del renacimiento, además de cantar y escribir, Aute pintaba, dibujaba, exponía, y hacía cine. Prefería reconocerse en el significado más francés de “creador de canciones” que de cantautor, para así sentirse más amateur que otra cosa. Y es que no le gustaba el término ni su significado al completo. Lo expresó en ese genial Autotango del cantautor, donde venía a suplicar a los que sí que lo eran, que no le vinieran a contar sus penas. Él nunca contó las suyas, pero sí supo expresar el sentimiento más íntimo y pasional para dar sentido a una existencia. Ni creía en dios, ni dejaba de creer -“no hay pruebas de una cosa ni otra”, solía decir-, pero en todas sus venas creativas, sí transcendió un sentido espiritual y sacro, alejado de lo religioso o litúrgico: era El Templo, como a él le gustaba llamar a todo lo relacionado con la creación y el misterio. Así tituló, además, a uno de sus discos favoritos. Cigarro tras cigarro, amaba la vida y su erótica, pero sabía que en los últimos años estaba el mundo muy desamparado y a la intemperie.

Para encontrar amparo, buscó siempre la belleza. Tal vez la encuentre ahora. Pero en esa búsqueda, él descubrió su verdadera revolución y a todos nos hizo mejores.

(EL PAÍS / 4-4-2020)
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