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sábado

ZARPES DESDE CATALUNYA (34) / LUIS SILVA SCHULTZE



LOS DOMINGOS DE JUAN SEBASTIÁN ELCANO (3) 
EL GORDO CHINO
En el avión que nos llevaba a Hong Kong desde la capital de Catar, Doha, recordé aquella anécdota de la señora turista que se paseaba por un muy lujoso shopping en China, y cuando a urgentes requerimientos de su pequeño hijo preguntó por un baño sin que ninguno de los desconcertados empleados atinara a decirle nada (y el niño ya había empezado a gritar) corrió unos centímetros una cortina detrás de los mostradores y se encontró con una enorme cantidad de pobres acampados y con un baño sin ninguna higiene. Antes de escribir sobre lo que hemos visto, oído y sentido (y que será muy limitado por el poco tiempo del que disponíamos y porque nos movimos solo por aquellos lugares hermosos que han hecho famosa a la ciudad) desearía referirme a las informaciones que recabé antes de viajar, para saber un poco más acerca de  lo que hay detrás de las cortinas.
Desde 1997, cuando el Reino Unido renuncia a la última colonia de su imperio después de permanecer allí 158 años, Hong Kong, con un poco más mil kilómetros cuadrados de superficie, se constituye como una Región Administrativa Especial de la República Popular China en virtud del acuerdo "un país, dos sistemas". Años antes, durante la segunda guerra mundial Hong Kong sufrió la terrible invasión japonesa que asesinó, encarceló y violó a una población hambrienta. En 1949, con el triunfo de Mao, encuentran refugio en Hong Kong capitalistas que huyen de la revolución, lo que en parte explica el despegue económico posterior. La ciudad es hoy uno de los tres grandes centros financieros del planeta, tiene el mercado inmobiliario más caro del mundo y ocupa el cuarto lugar mundial en el porcentaje de hogares millonarios, pero tiene también desigualdad y arbitrariedad. En la zona norte de su territorio, limítrofe con China y adonde no llega el turismo, se hacinan miles y miles de chinos pobres y es allí también donde son detenidos en terribles condiciones y durante años, pakistaníes, afganos, nepalies, etc,  que entran ilegalmente buscando un trabajo. Pero incluso en la misma ciudad también hay verdaderas favelas levantadas con metal barato y maderas en las azoteas de viejos edificios. En las publicaciones digitales de la prensa internacional se pueden ver fotos espeluznantes de jaulas de alambre de un metro y medio cuadrado metidas en apartamentos semidestruidos, y para “vivir” en ellas se debe pagar un alquiler altísimo. Cien mil personas viven en "viviendas inadecuadas", al decir del gobierno, pero son muchísimas más las personas marginadas, en su mayoría ancianos, y 400.000 las que esperan en las listas oficiales, desde hace años, una vivienda social, chiquita, muy modesta, como en las que ya vive la tercera parte de una población de siete millones. Como actualmente los candidatos al gobierno de Hong Kong deben tener el aval previo del gobierno chino, el año pasado, desde setiembre a diciembre, se organizó un gran movimiento estudiantil al que luego se agregaron personas mayores, llamada la revolución de los paraguas, y en algunos días llegaron a congregar a cien mil manifestantes que tuvieron cortado el tráfico durante 79 días, reclamando un gobierno surgido de elecciones democráticas realizadas entre los propios kongkonenses, hasta que finalmente fueron expulsados por el gas pimienta de la policía, quedando un saldo de centenares de heridos y detenidos.  
Hong Kong propiamente dicha es una isla donde reside la mayor parte de los grandes bancos y empresas financieras radicadas en extraordinarios rascacielos, cada uno con su bella forma particular, cada uno con su innovación tecnológica para aprovechar mejor la luz natural, cada uno haciéndose un lugar para poder ver el mar. Según los chinos, el edificio desde no se ve el mar, trae mucha mala suerte a sus empresas y generalmente omiten los pisos con el número cuatro, porque en cantonés, el idioma local, dicho número es muy parecido a la palabra muerte y cuesta mucho más caro el número de celular sin un cuatro. Los rascacielos, que por el precio desorbitado del suelo bien podrían medir el doble, no pueden superar la altura de las montañas circundantes para no irritar a la naturaleza y a los dioses. Yo, que soy un frustrado estudiante de arquitectura, quedé extasiado mirando esos gigantes desde la vereda y subiéndonos luego a muchos de ellos con sus imponentes miradores. Con el aporte del gran capital, todo lo han ideado los arquitectos, los ingenieros y las computadoras hechas por el hombre, y todo lo han levantado los albañiles y las máquinas también hechas por el hombre: y por más que la injusticia social no debería existir, estas construcciones comprueban la gran potencialidad de la que disponemos los humanos y nos dan una razón más para soñar con lo que podría alcanzarse si todos tuviéramos derecho al estudio. La vista del paisaje te apabulla de día y de noche y dicen que es el horizonte urbano con mayor impacto visual, pero nosotros seguimos insistiendo que aun no hemos visto nada mejor que el Tokio nocturno que se ve desde el mirador central de esa capital. 
El primer día fuimos hasta el Pico Victoria, montaña muy alta casi volcada sobre el mar, y desde donde mejor se aprecia el paisaje grandioso que comprende la costa y la parte continental de la ciudad enfrentada a la isla Kowloon, también (para variar) llena de imponentes rascacielos.  A esa montaña se sube en un funicular que hasta muy avanzado el siglo veinte de fue uso exclusivo del gobernador inglés, y que luego de agotadoras luchas populares, pasó a ser de dominio público. El funicular cruza majestuoso entre los rascacielos, y como va trazando una diagonal ascendente, los edificios se ven inclinados, como si estuvieran cayéndose, en una fantástica visión surrealista. A la salida del Pico, nos colamos durante dos horas en un autobús turístico de dos pisos que nos paseó por la parte sur de la isla, opuesta al continente, y que cuenta con unas bahías preciosas, entre ellas las de Aberdeen, donde hasta hace pocos años vivía una población pesquera sobre los barcos mismos y allí aprovechamos para dar un paseo en una modesta barquita. En la isla también está la escalera mecánica más grande del mundo, aproximadamente de un kilómetro, que ayuda a la población local, de menores recursos, a empinar la tremenda subida que la lleva hasta sus casas. Al lado de esa escalera, encontramos un  barrio bohemio y pintoresco donde se localizan las únicas terracitas que hay en Hong Kong para tomar una cerveza. La isla cuenta con un transporte público modelo en el mundo, pero nosotros solo utilizábamos los simpatiquisimos tranvías. Para ir hacia la parte continental de la ciudad, el subte cruza por debajo del agua, lo mismo que los túneles para vehículos y trenes, pero lo más entrañable es un barco que existe desde 1897 (y que nunca tuvo un accidente) y que nosotros, sin apuro y amigos de lo romántico, abordamos  para cruzar. En esa parte continental de la ciudad, una de las zonas más pobladas del planeta, estuvimos visitando hoteles ingleses coloniales con unos ambientes de película, con orquestas tocando de día y de noche en los balcones interiores  de los soberbios salones. Nosotros íbamos a dichos hoteles para subir luego a los boliches miradores de la azotea. En uno de ellos, en un edificio de 484 metros y 118 pisos, sus últimos 50 son ocupados por un hotel de lujo en cuya azotea existe un bar extraordinario con toda una vidriera circular para abarcar la grandiosa vista, pero además, con una terraza al aire libre donde le encargarías un whisky a la luna o al sol, según a quién le toque laburar a esa hora en el mostrador del cielo. Cuando llegamos al bar leí que esa semana estaba dedicada a la cocina argentina e hicimos llamar al chef. Resultó un tipo recién llegado de la Patagonia, muy simpático, que nos invitó a sus exquisiteces criollas y en algún momento comentó que el ascensor del edificio en donde estábamos subía más rápido las 118 plantas que las 3 del hotel en el que él trabajaba en Argentina. Y es cierto, porque cuando subo a esos bólidos silenciosos e impecables, siempre me acuerdo de mi niñez con mi madre en los ascensores de Angenscheidt, jaulas lentísimas donde la ascensorista, piso a piso, tenía tiempo de cantar lo que nos aguardaba, bombachas, sutienes, fajas, enaguas, cinturones de castidad, y el nombre de las empleadas que nos íbamos a encontrar, incluida una tía mía.
Desde el aeropuerto de Shangai tomamos el único ferrocarril del mundo que funciona a través de potentes electroimanes, lo que permite elevar el tren unos centímetros sobre las vías y alcanzar los 431 km por hora. El principio de atracción y repulsión permite que no salga despedido hacia el Uruguay. Es muy caro su mantenimiento por lo cual no se ha vuelto a hacer otro igual en ningún país. Este tren no te deja exactamente en el centro de la ciudad, sino en su periferia, y entonces se debe combinar con el subte, que tomamos en una estación con impresionante olor a comida picante que me hizo recordar a las estaciones bolivianas, es decir, una estación  muy precaria, sin escaleras mecánicas para nuestras pesadas valijas, por lo que allí se dan la mano, encantados de haberse conocido, los siglos XXII y XVII. Y ese tren supersónico llegando a esa paupérrima estación, podrían ser un algo así como un símbolo de la China de hoy: segunda potencia mundial  donde la gran mayoría de su población aún no se ha enterado de ello. Aunque es evidente que en los últimos años han mejorado considerablemente los índices de bienestar del pueblo, y hay una incipiente clase media que hasta hace poco no existía, aquí es considerablemente más voluminoso y pesado en lo social lo que la modernidad y los datos macroeconómicos ocultan detrás de las cortinas de este shopping que hoy asombra al mundo. Porque Shangai tiene barrios comerciales espectaculares con pantallas de televisión publicitarias que cubren todas las paredes exteriores de los enormes comercios, donde todas las grandes marcas del mundo están representadas, no una vez sino muchas. Son barrios de un consumo impresionante, donde las tiendas, seguramente con dos turnos de empleados, cierran tardísimo y siempre hay gente comprando. Pero en otras zonas, más alejadas, te parece estar en El Cairo o alguna ciudad de la India, con un tráfico que no presta atención a los colores del semáforo, con las motos y bicicletas, día y noche, sin cascos y con niños que inundan todo temerariamente y donde se ve gente muy mal vestida, sufrida, castigada por la vida, ancianos vendiendo fruta a altas horas de la noche, etc. Evidentemente, en el centro, y en la zona maravillosa del río con rascacielos imponentes en sus dos orillas y por donde camina el turismo (al que me referiré después) todo reluce. Es curioso constatar que unos años antes de que Colón descubriera América China ya navegaba imperial por las costas orientales de África con naves enormes para la época. Pero en 1479, China con miedo al poder creciente de los mercaderes, abandona la navegación y se encierra tras su gran muralla por los siglos de los siglos. Exactamente 500 años después, en 1979, comienza a abrirse al mundo otra vez y hoy rompe murallas con su comercio basado en una mano de obra barata y con malas condiciones laborales, constituyéndose en el país con más dinero líquido en reservas de la historia. Claro que a las pocas horas de haber sacado la lotería, en los años actuales de China, el pobre sigue siendo pobre aunque ahora con dinero.
Shangai no es la capital política, pero es la ciudad más grande e importante de China. Es un centro comercial y financiero global de primer orden. Su puerto, a 50 kilómetros, está entre los primeros del mundo y tiene una actividad fabulosa. La ciudad ya destacaba en la década del treinta como la "Atenas de Oriente" porque hacía de puente entre occidente y oriente con un comercio extraordinario. La revolución socialista limitó sus posibilidades de apertura al mundo y cayeron sus índices económicos. Shangai fue luego la cuna de la revolución cultural de los sesenta con la tenebrosa Banda de los Cuatro y la mujer de Mao. Pero se logró conservar la cohesión social, algo muy importante en los desarrollos económicos, y en la década de los noventa da el gran salto, constituyéndose hoy en la ciudad del mundo de mayor desarrollo de los últimos años. El paso a la economía de mercado, el reconocimiento de la propiedad privada y  una actividad en la construcción impresionante, trajo también una gran corrupción gubernamental y una feroz especulación inmobiliaria. Hoy están en la cárcel altos dirigentes comunistas de la ciudad, y no hace muchos años, el mismo intendente fue fusilado (recordemos aquí que el Comité Central del Partido Comunista Chino, está integrado en una gran parte del mismo por millonarios, dado que es imposible hacer negocios fuera del único partido existente).
Con mi compañera caminamos muchísimo: el 7 de noviembre estaba en la Plaza del Pueblo con un teatro maravilloso que visitamos, y recordé que el 7 de noviembre de 1974 estaba en la Plaza Roja de Moscú. El jardín de Yuan es el Shangai antiguo, milenario, con casas de Alicia en el país de las maravillas chinas. Ese domingo inolvidable también nos enamoró también el barrio afrancesado de Xintiandi, encantador, y con unos boliches con terraza de los mejores que ha visto Mary, autoridad indiscutible en la materia,  donde sus ojos brillan tras el humo permitido y la lluvia de cerveza. Fuimos dos noches a cenar, y no hay caso, la mejor pasta italiana está en China y Japón.
Y termino finalmente en la zona del río Huangou que corre por Shangai. Al borde del río, está la rambla del Bund, llena de fantásticos edificios coloniales dejados por los ingleses. En frente, en la otra orilla, hasta 1990 existía un pantano que ha sido recuperado y hoy es un territorio de fantásticos rascacielos, el llamado Pudong. El paisaje desde los dos ángulos de las dos orillas, es maravilloso. Se le llama el Museo de la Arquitectura Mundial. Yo me había estudiado edificio por edificio, a cual más hermoso, pero aquello mucho más de lo que esperaba. Entre estos edificios sensacionales destaca La Perla Oriental, torre de radio y televisión, construida en 1994. Mide 468 metros y fue hasta el 2007 el edificio más alto de China. Es una maravilla arquitectónica. Cuenta con once esferas rojas, 2 grandes a lo alto con un diámetro de 50 metros, más 5 pequeñas donde funciona un hotel de lujo y 4 decorativas unidas en su base por 3 columnas. Arriba del todo funciona un restaurante giratorio. El mirador más alto está a 350 metros y fue lo primero que visitamos extasiados por la vista resultante. Luego bajamos y en el segundo mirador, a 293 metros de altura, la cristalera de la pared continúa en el piso en sus últimos diez metros con todo el abismo urbano abajo. Mary enseguida saltó y empezó a caminar sobre el cristal como todo el mundo con su celular apuntando para abajo. La torre, además de su función de comunicación, está destinado como parque de diversión futurista y estaba lleno de gente porque era fin de semana. Yo dudaba, como un Hamlet chino, si dar o no un paso sobre el cristal porque lo veía medio suicida. En eso llega un gordo chino de cuatro metros cuadrados y 203 kilos de peso antes de comer. Se veía enseguida que iba todos los sábados porque apenas llegó se tiró en el cristal como si fuera una piscina, luego se giró acostado, con los brazos y piernas abiertos para que su acompañante le sacara una foto que saldría luego como si él estuviera volando. El acompañante del gordo era menudo, flaquito y de unos 18 años. Eran tan distintos los dos que yo no creo que fuera ni su hijo, ni incluso su sobrino, vamos a poner sobrino tercero por llamarlo de alguna manera. Este muchacho no podía sacar bien la foto porque no se animaba a dar el paso al más allá en el piso de cristal (en esas alturas impresionantes de la China el más allá está abajo). Y el gordo se irritó mucho, y para demostrarle a su sobrino tercero que el cristal no se rompía, se levantó y empezó a saltar como un loco. Saltaba y gritaba como si festejara el gol del triunfo de China sobre Brasil en la final del mundial de Maracaná en el 2050. Enseguida yo me pregunté, y seguramente lo mismo le pasó al sobrino tercero,  si el ingeniero que hizo la torre había previsto que iba a venir una exageración como la que se le ocurrió hacer al gordo. Finalmente, decidimos irnos porque creí detectar una casi imperceptible inclinación de la torre hacia el lado del gordo o me la imaginé yo, y nos pusimos entonces en una cola enorme. Aguantar media hora esa cola te permitía tener el gran  privilegio de acceder a un espacio enorme de salida final, al que desde arriba yo le llamé inmediatamente "El Caos", porque allí estaban los 24 millones de habitantes de Shangai menos el gordo, su sobrino tercero y una señora mayor a la que el médico le recomendó no salir de casa porque estaba un poco resfriada. La cola era un arrollado de dulce de leche chino, con seiscientas colas que iban de pared a pared, bien pegaditos unos contra otros, tanto es así, que cuando veías a uno que venía de frente, seis metros más adelante, le envidiábamos porque iba a salir dos días antes que nosotros. Son esos momentos que tienen todos los viajes que pagarías cualquier cosa por estar en el sillón de tu casa. Cuando por fin llegamos a la calle traté de no pasar por debajo del gordo que seguía saltando.

ZARPES DESDE CATALUNYA (2) / LUIS SILVA SCHULTZE



LOS DOMINGOS DE JUAN SEBASTIÁN ELCANO (2)
NUEVA ZELANDA
KIA ORA TÁTOU (“Hola a todos” en maorí)
Para motivar a las alumnas y de paso despertar también la curiosidad de los varones, cuando empecé, hace cuarenta  años, una clase donde me estaba examinando una profesora de didáctica muy exigente, les di un consejo a ellas: si algún día se casan con un príncipe azul muy rico y él les pregunta, ¿adónde vamos de luna de miel, mi amor?, yo que ustedes le diría Nueva Zelanda  (si hubiera sido profesor en Nueva Zelanda le hubiera dicho Uruguay). Siempre me atrajo Nueva Zelanda, soñaba con conocerla y era el objetivo primordial de nuestro viaje, y como está en las antípodas de España, aprovechamos y dimos la vuelta al mundo. El Ministerio de Turismo de NZ no  exagera con su eslogan propagandístico, "visite el más maravilloso paraíso escénico en el mundo", o "Cien por cien puro". El país es la gran fiesta de una naturaleza sin par. Con solo 268.680 klms. cuadrados, N.Z. tiene todo: bosques subtropicales vírgenes, lagos de todos los colores, ríos no contaminados, glaciares que llegan al mar, fiordos maravillosos, altas cadenas montañosas, 15134 klms de costa con algunas playas de ensueño, desiertos, colinas, meseta volcánica, etc. El país lo constituyen muchas islas, pero su población está radicada en las dos más grandes, la norte y  la sur,  más una pequeña, Stewart, con 1750 klms cuadrados, tan al sur que está cerquita de la Antártida, y que es un lugar virgen nunca colonizado, con playas de película y con sus bosques llenos de pájaros nativos (en NZ la mayoría de sus aves no tienen alas porque hasta la llegada de los colonizadores nunca existieron mamíferos terrestres que las pusieran en peligro y perdieron el hábito de volar). Lo extraordinario de viajar por allí, al presentarnos la geografía física todas sus formas y colores, es que parece como si estuvieras viendo una película que ha sido filmada en distintos países de la Tierra, tal la variedad de paisajes. En un auto, que es la única manera allí de viajar y conocer, cada curva te trae una nueva exclamación de admiración y una foto más a sacar. Y los que siempre están muy dignos, son mis grandes amigos los árboles, a cual más majestuoso, ellos son los reyes del mundo verde. Muchos de estos árboles, en un caso único en el mundo, tienen sus raíces entrelazadas entre sí para defenderse mejor en los terribles temporales que azotan las islas, quizás recordando aquello que un bosque unido jamás será vencido. Y un poco más abajo de esas raíces, existen rocas  que tienen quinientos millones de años, vestigios de las primeras épocas geológicas, cuando existió al sur del planeta un supercontinente, el Gondwana, y ciento sesenta millones de años más tarde, se separaron juntas NZ y Australia navegando hacia el este, independizándose geológicamente NZ hace ochenta y cinco millones de años. (Actualmente se sigue alejando treinta milímetros cada doce meses.) Y todo lo que brinda la naturaleza está siempre muy bien cuidado como si fuera un jardín particular, sin un solo papelito o botella en el suelo, con baños públicos de espejos relucientes y donde nunca falta el papel higíénico por más aislado que esté el lugar. La población neerlandesa, que en su mayoría es de ascendencia europea, sobre todo inglesa, ha heredado de los maoríes, los primeros habitantes que llegaron desde la Polinesia en canoas entre los años 1000 y 1300, su culto sagrado por la madre Tierra Papatuanuku, lo que significa cuidar con cariño el lugar donde vivimos como si fuera la cuna de nuestro hijo. Viajando por carreteras muy sencillas, nada de autopistas con peajes, te vas deteniendo donde te indican las señales de algo aun más bello de lo que estás viendo, y allí  tienes varias posibilidades de hacer distintos rutas caminando, todas indicadas con mapas dibujados en ese mismo lugar o con los mapas gratuitos que reparten las oficinas de turismo del estado, muy numerosas, con una atención exquisita. De esta manera, caminando 30 minutos se puede ir a "las cataratas de color turquesa” (maravillosas de maravillosas); y dos horas después, surgen los puentes colgantes sobre ríos transparentes verdes o azules o celestes o todos a la vez, donde no pueden permanecer más de seis personas a la vez porque sólo son algunos cables por arriba del agua; o caminando tres horas más puedes llegar hasta un  mirador con vistas espectaculares, etc: viajar por allí para conocer todo, cada kilómetro cuadrado, lleva años y años. Debo confesar un detalle que eché de menos en esa fiesta natural que es NZ, y es de no haber podido ver allá, al  fondo de un paisaje cualquiera, una iglesia gótica, un castillo románico, una columna griega de antes de Cristo, o una ruina egipcia, maya, azteca, inca.... Nueva Zelanda no cuenta con los vestigios de una civilización milenaria, ni cuenta con nada de valor arquitectónico de la época contemporánea, salvo en las dos principales ciudades, porque el país se pobló muy tarde y mal: sus pequeños pueblos, levantados cuando la fiebre del descubrimiento del oro en la isla sur y en la segunda mitad del siglo diecinueve, son del estilo desabrido y aburrido del oeste norteamericano sin encanto alguno. Claro que esta es una opinión muy subjetiva, quizás porque para mí el arte, el hombre en definitiva, es parte de la naturaleza y siempre me gusta ver su presencia sin alterar el medio ambiente, sino más bien enriqueciéndolo.
El clima (que muchas veces tiene las cuatro estaciones en el mismo día) nos ayudó porque sólo tuvimos una mañana  de lluvia que hizo suspender el helicóptero que teníamos reservado para subir a un glaciar, volar hora y media por encima de él y luego en tres horas bajar por el hielo con botas especiales (teníamos todo programado hora a hora los diez días que íbamos a estar, y no podíamos esperar allí hasta al día siguiente). 
Como me dijo una argentina que vive allí, "el país funciona y la oposición se mueve por cosas que para nosotros los latinoamericanos nos resultan insignificantes". Obvio, no cobra lo mismo el que lava el baño público que el piloto del helicóptero, pero en cierta forma es un Estado bastante equitativo en lo social y en lo económico, habiendo sido, a finales del siglo diecinueve, el país con más alta renta por habitante y con leyes sociales muy avanzadas, como aquella ley, primera en el mundo, en dar el voto a las mujeres en 1893, o una gran ley del divorcio pocos años después. Y señalemos además que posee un altísimo nivel educativo y en el 2013 ocupó el séptimo lugar en el índice de desarrollo humano.
El avión desde China (13 horas), nos dejó en Auckland, la antigua capital del país, al norte de la isla norte. Es la única ciudad del mundo que cuenta con dos enormes y bellas bahías naturales no comunicadas entre sí. Es llamada la "ciudad de las velas" por la cantidad de embarcaciones de todo tipo que existen en sus dos puertos: un neozelandés puede no tener auto pero tiene aunque sea un bote. Allí recogimos el auto que habíamos alquilado con una cama de matrimonio atrás y con la dirección a la derecha porque se conduce por la izquierda. Recorrimos algo de sus calles y cruzamos el gran puente que cruza la bahía mayor, orgullo local. Pero esa misma noche del primer día, ya dormimos a 380 kilómetros de Auckland, para poder hacer al otro día, en el Parque Nacional de Tongariro,  el tracking de 21 kilómetros, "la caminata más hermosa del mundo en 24 horas". La jornada fue mucho más dura de lo que yo había leído, mucho más, y sólo me salvó la sangre charrúa. Salimos entre los primeros excursionistas a las cinco y media de la mañana en un espléndido amanecer, y llegué último a las cuatro y media de la tarde. A esta hora volvía el último autobús de nuestro hotel, desde un lugar totalmente aislado para poder conservar bien la naturaleza salvaje, y donde no circula ningún vehículo no autorizado; sólo circula la naturaleza (si llegábamos más tarde de las cuatro y media, que era por culpa mía porque para Mary era como llevar un hijo tonto de cansado, nos quedábamos a vivir allí). Los primeros cinco kilómetros fueron una subida leve y fácil hasta que llegas a un cartel que te avisa que si no tienes comida ni agua y ya estás cansado no sigas, date la vuelta. Y luego del cartel, es verdad,  el ascenso se complica sobremanera. Hubo de todo, pero recuerdo una subida terrible, muy muy empinada con viento en contra, que yo temí por mi corazón, y donde en un momento descansé sentado cinco minutos, pero a los tres metros volví a sentarme, porque no daba más. En una bajada resbalé (según Mary que venía atrás mi cabeza pasó rozando una de las grandes piedra que había por todos lados), y me hice un esquince de tobillo que por suerte no me impidió caminar el resto del viaje. Recién ahora, un mes después, me pusieron una venda en el hospital de aquí porque lo tenía hinchadísimo y las enfermeras no entendían nada acostumbradas a atender las lesiones enseguida de un accidente. Pero mereció la pena el gran sacrificio de subir y subir por lo que ves cuando llegas allá arriba y luego hasta el fin del trayecto. Debido a la gran actividad volcánica de esa zona de la isla norte, provocada porque NZ está sobre dos placas tectónicas en constante fricción entre ellas, los minerales de las rocas metamórficas que vienen del interior del planeta, junto con el agua que baja de la nieve, crean lagos surrealistas de distintos colores según el mineral diluido. Hay además en esa apasionante y gran  acuarela montañosa,  tres volcanes imponentes, uno de ellos activo que expulsa constantemente una gran humareda y agua hirviendo. A un costado, el lago Taupo, el más grande de NZ, con un azul que te quiero azul. En el boliche de la aventura, el paisaje te abraza y te invita a un trago de belleza.
Al otro día, acalambrados pero contentos, cruzamos en barco el Estrecho de Cook durante tres horas, para cubrir los 65 klms. que separan Wellington, la capital del país en la isla norte, y el puerto de Picton en la isla sur en la que arribábamos. La llegada es preciosa porque el barco se va metiendo en los llamados sounds, entradas del mar creadas por el hundimiento de la tierra y el deshielo de las aguas, ya que en la última glaciación, las dos islas estuvieron unidas por el hielo. En difícil elección previa antes de viajar, decidimos conceder la mayoría de nuestros días en NZ a la isla sur por los encantos de su costa oeste en el Mar de Tasmania. Por ello, no tuvimos oportunidad de visitar la zona donde vive la mayoría de la población maorí, Roturoa, en el mismo centro de la isla norte, y  que debido a la gran actividad sísmica, volcánica y tectónica y de la que ya hablamos antes, hace famoso el lugar por sus aguas termales de piscinas de lodo hirviendo con columnas de vapor, por sus géiseres y por su enorme parque temático al aire libre, donde como en un museo, se conserva y se muestra todo el material que viene del interior de la tierra, con sus colores increíbles y también con sus olores increíbles donde al decir de un argentino que no le gustó mucho, "no muestran lo que viene del corazón de la tierra como te dicen, sino lo que viene de sus intestinos". Y en ese marco natural imponente viven los maoríes que utilizan el agua caliente para su higiene, para cocinar y como fuente de energía. Ellos cocinan haciendo un hoyo en la tierra y poniendo piedras calientes, exactamente igual a como se hace el curanto en el sur de Chile que está a 10400 klms. Los maoríes constituyen el 14% de la población, pero en un dato curioso, decir que su idioma, que sólo es hablado, lo usa el 23%. Y esto es debido a que aunque corrió mucha sangre entre maoríes y los colonizadores occidentales durante 150 años, el Tratado de Waitangi de 1840, fue un acuerdo mutuo que se firmó entre ambas partes, y aunque tuvo luego diferentes interpretaciones según los intereses de cada cual, se puede afirmar que dicho tratado tuvo un  cierto carácter progresista por el reconocimento dado al gobierno maorí sobre sus tierras y por el respeto a su cultura. Tanto es así que en el nombre oficial del país figura la palabra en maorí, Aotearoa, y la geografía de NZ lleva nombres maoríes, mientras que su famosa Haka (danza con fuerza ancestral que representa el orgullo, la fuerza y la unidad del grupo, donde los bailarines sacan ostensiblemente la lengua a la vez  que se dan golpes violentos con el pie, todo ello mientras se canta en memoria de sus ancestros y sucesos de su historia con letras muy poéticas),  decía que esa danza es usada por el equipo blanco neozelandés campeón del mundo de rugby, All Blacks, para intimidar y aterrar a sus contrarios antes de los partidos. Existe entonces una influencia indudable de la cultura maorí en la vida de Nueva Zelanda. El arte tradicional de los maoríes es el tejido y el tallado de la madera. Existen excursiones a sus poblados donde se come sus platos típicos y se baila con ellos, pero nosotros tuvimos miedo que todo estuviera muy "turisteado", comercializado, no auténtico, y no fuimos.
Y estamos entonces en la isla sur, mucho más despoblada que la del norte por su clima más severo, aunque por supuesto con numerosos turistas de todo el mundo. Entre el exquisito cuidado de la naturaleza, del que también ya hablamos antes, y los pocos habitantes nativos, sólo se encuentran cafeterías, restaurantes y hoteles en los pequeños poblados, muy espaciados entre sí. Por ello, y como imprudentemente sólo llevábamos agua y cerveza en la pequeña heladerita del auto, y como no nos queríamos perder de ninguna manera las maravillas naturales que permanentemente se te van presentando y parábamos cuando se iba la luz natural, dos veces nos ocurrió que nos dormimos sólo habiendo desayunado. La escasez de establecimientos también se da con las estaciones de nafta, y en dos oportunidades llegamos a estar con el tanque en las últimas de Filipinas. Pero en fin, esos pequeños contratiempos no son nada al lado de la gran oportunidad que te está dando la vida viajando por allí.
El mar de Tasmania al este es tempestuoso y crea una costa escarpada, abrupta, muy similar a la que va de San Francisco a Los Angeles en los Estados Unidos. Allí reinan las ballenas aunque no llegamos a divisar ninguna, los delfines, las focas, los pingüinos, etc, en paisajes que abarcan grandes espacios por el mar abierto. Es hermoso ver el mar bravío metiéndose en todos los recovecos de las rocas, propiciando, como ocurre en Punakaike, que puedas ver desde los altos miradores, la ola enorme entrar por una roca, y a los varios segundos verla salir lejos de allí por otra distinta, para finalmente ir al encuentro de una nueva ola que llega. Y todo con la música del mar, como si todo fuera una gran caracola de Neruda. 
Un poco más al sur, aparecen dos glaciares, más chicos que el Perito Moreno argentino pero que tienen la particularidad, único caso conocido, que ambos llegan al mar. Como ya conté, no pudimos volar sobre uno de ellos en helicóptero, pero hicimos un intento de caminata para verlo de lejos. En el camino que te lleva hacia él,  en un determinado momento aparece un cartel que te recomiendas que no sigas por posibles desprendimientos de hielo. Sólo un cartel, que no es ningún obstáculo insalvable para seguir curioseando. Es como si las autoridades de allí te dijeran, "ya eres mayor, si quieres seguir sigues, aunque yo no te garantizo que no te pase nada, y lo que no voy hacer es gastar tiempo, dinero y personal de vigilancia": hace dos años quedaron sepultados 62 australianos. Al lado de los glaciares está el lago Matheson,  hermosisimo por los árboles antiquísimos que tiene y que lo rodean entreverados entre sí como si todo fuera un solo árbol con múltiples raíces. Este lago es el único que vimos que tiene sus aguas marrones, pero que precisamente por ese color oscuro, tienes la ventaja de poder sacar allí la gran fotografía de las fotografías con el Monte Cook, el pico más alto de NZ y que está a varios kilómetros, reflejado en sus aguas.
Finalmente la carretera ya no sigue la costa en Haast, ya muy al sur, y se mete hacia el este en el Gran Parque Nacional de Mount Aspring, el más grande y el más fantástico parque natural de NZ. Aquí habría que dejar el auto y caminar aunque son cerca de 300 klms. porque, como siempre, hay mucho y bonito para disfrutar. Este parque cuenta con las posibilidades de hacer un tracking de dos semanas durmiendo en refugios en la montaña donde lo peor es el frío y las lluvias intensísimas. Yo con un tracking de un día ya tuve bastante, aunque si viviera allí lo haría pero en tres años, sin apuro. Ese día tocó comer y lo hicimos a lo grande en la Punta del Este de allí, Queenstown, un lugar urbano que nos gustó mucho, cosa rara, sobre el lago Wakatipu (obsérvese siempre los nombres maoríes), un centro del que salen rutas para diferentes actividades en la montaña.
Y  los últimos dos días fueron de los mejores de todo el viaje. En elegantes barcos navegamos, bien al sur, por dos fiordos, el Doubful y el Milford, y seguiremos navegando porque lo inolvidable nunca llega a puerto. No hay palabras ni fotografías, hay que estar allí. Las montañas fueron invadidas por el mar y solo quedan las más altas de ellas a ambas lados del fiordo formando los dos corredores más hermosos del mundo, más otras montañas más bajas de las que sobresalen sólo sus cumbres. formando islas que enriquecen aún mas el paisaje. Y la paz y el silencio que reinan en el lugar, imponen, impresionan, cautivan. Para animarte a ir, los que organizan la excursión en su propaganda en internet te preguntan, ¿se anima usted a estar seis horas sin su celular? Y sí, el silencio está afuera y la música en tu interior con lo que estás viendo. Del agua no hablemos porque no sabría decir que color era aquel, con el rey sol, no muy común por aquellas altas latitudes, los dos días enteros. Los barcos se iban acercando a las orillas para estar más cerca de las focas y sus foquitas, las tribus de delfines, los pingüinos, las cascadas provenientes del derretimiento de la nieve allá arriba. 
Si te preguntan dónde quieres pasar la luna de miel, Nueva Zelanda.

viernes

ZARPES DESDE CATALUNYA / LUIS SILVA SCHULTZE /



LOS DOMINGOS DE JUAN SEBASTIÁN ELCANO (1)
                               
LA POLINESIA FRANCESA Y NUEVA ORLEANS

I

Las aguas de las islas de la Polinesia Francesa, con sus veintisiete tonalidades de azul, están muy bien diferenciadas de las oscuras aguas del mar abierto del Océano Pacífico, gracias a las formaciones de corales que las rodean en forma de anillos. Cuidado: no confundir formaciones de corales con formación coral que es un coro. Las formaciones de corales o arrecifes de coral, explicado a bote pronto y sin que me lean en el Ipa, son como muros levantados abajo del agua, no con cemento sino con el carbonato de calcio que expulsan los corales. Mary estaba tan entusiasmada con el arrecife de Bora Bora que me dejó por él. El entusiasmo de ella es comprensible por ver cómo la naturaleza hace de ingeniera: el arrecife crea un ecosistema en aquellas aguas transparentes y poco profundas, que podríamos llamar una selva de mar por cómo se reproducen y crían muchas especies para regocijo de turistas y pescadores, pero además, el arrecife protege la costa de la erosión y de la sedimentación. ¿Qué sería de la economía de la Polinesia Francesa, uno de los centros turísticos más caros del mundo, sin ese muro natural que existe en algunas islas y que el hombre no puede recrear? A ese santuario, fiesta de vida y color, llegan delfines, cachalotes, rayas, ballenas, tiburones y millones de peces (como la zoología no es lo mío, sabía que existían peces de todos los colores, pero para mí fue una sorpresa que la mayoría de ellos reúnan gran cantidad de colores en diferentes formas asimétricas e irregulares, y entonces, viéndolos en su conjunto, parecen una murga cantando abajo del agua).

La Polinesia Francesa es una Colectividad de Ultramar de Francia. Su territorio, que cuenta con tanta autonomía que prácticamente se le considera a nivel internacional como un país, y que además cuenta con el franco polinesio como moneda propia, tiene sólo 4167 kilómetros cuadrados de superficie, correspondientes a sus casi mil islas, esparcidas en 2.500.000 kilómetros cuadrados de Océano Pacífico. Confeccionar un mapa de estas características, con tierras tan dispersas en semejante volumen de agua, fue una tarea muy difícil pero hermosa para los cartógrafos del siglo dieciocho. Y si no lean a la escritora alemana Judith Schalansky: “Los cartógrafos deberían reivindicar su oficio como un verdadero arte poético y los atlas como un género literario de belleza máxima; en definitiva, su arte es digno merecedor de la primera denominación que recibieron los mapas: Theatrun orbis terrarum (Teatro del mundo)”.

Las islas polinésicas (cuidado que no todas las islas son paradisíacas) fueron fuente de inspiración para muchos novelistas, como el escocés Robert Stevenson, que aunque solo llegó a vivir 44 años ("desde los treinta años no he tenido un solo día efectivo de salud pero ni un solo día dejé de escribir"), llegó a crear fantásticas novelas, poesías y cuentos sobre Los Mares del Sur. Las islas también cautivaron a numerosos pintores, como el gran Paul Gauguin, que llegó a Tahiti escapando del mercantilismo artístico de Paris, y que allí, en esa naturaleza exuberante y salvaje por la que volaba el amor libre, pintó sus mejores telas retratando sobre todo a la mujer maorí. Y hasta el mismo Marlon Brando, deslumbrado por aquellos lugares, se compró una isla después de rodar "Rebelión a bordo".

Llegamos a Papeete, capital de la isla de Tahití, a su vez capital de la Polinesia Francesa, a las 12 y 30 de la noche,  lo que hubiera sido para nosotros el inicio del sábado 21 de noviembre, pero como un rato antes el avión había cruzado el meridiano de cambio de día, volvimos a vivir en el viernes 20. Pero no hay dos días iguales en la vida aunque tengan la misma fecha: mientras que en Nueva Zelanda, habíamos despertado en un confortable hotel, en Tahiti lo hicimos en los asientos del aeropuerto, debido a que el barco que nos llevaría a la isla de Moorea, nuestro primer paseo, salía a las siete de la mañana, y no valía la pena trasladarse hasta un hotel en el centro de la ciudad a cinco kilómetros. Por cierto, nos despertamos a las cuatro de la mañana con el abrir de tiendas y el llegar ya de mucha gente, porque esa es la hora en la que comienza la actividad diaria, antes de la salida del sol.

La isla de Moorea, a 17 klms., enfrente mismo de Papeete, nos encantó. Alquilamos una moto para conocerla mejor y subimos al pico de un volcán inactivo, llamado Belvedere en homenaje a que Liverpool salió campeón de la B el año pasado. Desde allí la vista es extraordinaria porque se divisan hacia el poniente las dos grandes bahías que posee la isla, una al lado mismo de la otra, y que se formaron durante la última erupción del volcán. En una de esas bahías estaba nuestro hotel, que tenía un comedor sobre la misma costa que se prolongaba adentrándose en las aguas, en una especie de muelle techado y sin paredes, donde cenar con música maorí en vivo era también como navegar entre peces y aves,  tanto es así que en una oportunidad vi a dos pájaros enormes comerse las frutas de Mary que se había levantado unos momentos, y por culpa de los típicos cortocircuitos que me incendian la memoria me acordé de mi abuela, que le ponía más vino tinto  que jugo de naranja a sus ensaladas de frutas, y aunque no le ofrecí vino a los pájaros, tampoco se me ocurrió expulsarlos, y ellos al final levantaron vuelo, símbolo de la libertad, por lo que todo constituyó una escena de elevados tintes ecológicos.

Al otro día, siempre en Moorea, hicimos una excursión preciosa. Fuimos cuatro parejas en una embarcación hacia una zona bellísima que los organizadores tienen reservada como vivero de peces y rayas. Nos sumergimos cinco metros con unas escafandras alimentadas con bombonas de oxígeno ubicadas en el barquito. Caminás por allá abajo como si lo hicieras por la luna, entre rayas que podés acariciar y peces que no se dejan. Tenemos fotos submarinas y un video.

Cuando volvimos a Papeete teníamos varias horas libres y empezamos a caminar al lado del agua hasta que vimos un parque cerrado con mucha gente y decidimos entrar. Era una especie de feria del libro, con editoriales exponiendo y  autores que presentaban sus novedades tomando una copa con sus allegados. Un ambiente precioso, como siempre, el que brindan los libros. Se respiraba un aire intelectual francés y el aire autóctono intelectual maorí. En el centro del parque y por lo tanto en el centro de todas las actividades de la feria, había un árbol imponente, omnipresente, imperial, que tenía ya desde la raíz una anchura de diez metros y una altura enorme. Era evidente que ese árbol estaba allí desde hacía siglos y era un símbolo viviente del pasado maorí. ¿Se habrá sentado a mirarlo Gauguin y habrá tenido luego el impulso de pintarlo?  Cuando terminó la hora de los libros, ya de noche, comenzó la del teatro. Sobre el círculo de arena que rodeaba al árbol, hombres y mujeres, hablado más en maorí que en  francés,  se sucedieron en monólogos, diálogos, algún canto, y aunque nosotros no entendíamos casi nada, era evidente que se estaban refiriendo al pasado ancestral del pueblo maorí y a la naturaleza que siempre es parte de su familia. Todo era emocionalmente solemne. Y también hizo su aparición la danza, con un cuerpo de baile mixto de unos veinte jóvenes con  unos cuerpos esculturales, seguramente profesionales. Y nos conmovió cuando el viejo árbol, del que les hablaba antes, pasó a ser el centro de la obra ya que los actores y bailarines giraron hacia él, y comenzaron a hablarle y  acariciarlo, como cuando se le rinde pleitesía a un dios, o más terrenal, cuando abrazamos a un abuelo muy querido. Para nosotros fue fantástico presenciar todo aquello porque para eso viajás a conocer cómo es el mundo de otra gente, cómo se ganan la vida, cómo llenan su vida con su música, canto, baile, cerámica, simpatía y sonrisas. Su cultura, entonces. No solo de paisajes bonitos viven los viajes. Los viajes organizados  por agencias solo te ofrecen comodidad y paisajes bonitos, pero jamás te van a llevar a una fiesta popular si no tienen una comisión (la nuestra fue gratis), y menos a tener contacto con la gente del país que visitás. Para nosotros, que siempre viajamos por nuestra cuenta, muchas veces ocurre que como los países que visitás son tan distintos al tuyo, en varias ocasiones pasás por momentos de desconcierto y hasta  angustia cuando lo que te encontrás es muy distinto a lo que habías imaginado cuando preparaste el viaje en tu casa. Nadie te espera en los aeropuertos, nadie te ayuda con las valijas, no conoces las calles y los idiomas, y algunas costumbres son muy diferentes a las tuyas. Y entonces, cuando surgen estas inesperadas manifestaciones populares, o cuando podés conversar unas horas con alguien interesantísimo que vive en un mundo tan distinto al tuyo (situaciones que se dan más de una vez en cualquier viaje no organizado) te llega la recompensa a aquellos momentos difíciles, y sentís la profunda alegría que brinda el caminar por el mundo.

Y al otro día, bien tempranito, volamos a Bora Bora. Su aeropuerto, como el de Papeete, está sobre un atolón, es decir, los restos de lo que fue una isla cuyo volcán se ha hundido y  de la que solo queda el anillo de arrecifes de coral regenerado, una gran roca en definitiva. Como en Bora Bora el atolón está alejado de la isla,  el pasaje aéreo incluye también el barco que te lleva hasta la costa misma de la isla en una bienvenida preciosa que te da la naturaleza del lugar. En otros atolones (hay 85) están algunos de los  grandes hoteles de lujo, con el suelo todo de cristal para gozar del mundo submarino.

Nuestro hotel estaba repartido en cabañas y la nuestra estaba al lado mismo de la playa con una gran vista. En los casi cuatro días que pasamos en Bora Bora, hicimos dos excursiones marítimas y una en bicicleta con mucho sol y calor. El tiempo restante lo pasamos caminando  por la playa, nada más ni nada menos. En una de las excursiones estuvimos nadando muy cerca de un arrecife de corales donde los tiburones pasaban al lado nuestro rapidísimos (no sé explicarles por qué). Mary, más adaptada que yo a las gafas subacuáticas y a las patas de rana (utensilios de los que yo no tenía experiencia porque no se usaban ni en la playa Malvín ni en la fuente de la Plaza de los Olímpicos), se pasó dándoles de comer abajo del agua a los peces pan mojado y sin mermelada, y a las rayas, pan mojado y sin manteca. Fantástico fue cuando dos maoríes, responsables de una excursión, nos llevaron a una isla deshabitada, donde en muy poco rato prepararon al fuego comidas típicas del lugar. Pero lo interesante fue cómo los comensales debían servirse las distintas especialidades preparadas que estaban en la mesa. El maorí es un pueblo de grandes tejedores, y los dos que estaban con nosotros nos tejieron en muy pocos minutos dos libros de seis páginas con varias hojas de árbol, muy grandes y bastantes consistentes. Luego se iba poniendo sobre cada hoja la comida que se iba eligiendo, reservando la hoja de más abajo para el postre.

En fin, en la Polinesia nos dimos un baño que nos sacó varios años que teníamos sobre los hombros y nos dejó muy livianos, jóvenes otra vez.


II 

Si hay una palabra con la que podríamos identificar a Nueva Orleans, ella sería música. Pero antes un rápido vistazo social. La ciudad aún hoy siente las terribles inundaciones del huracán Katrina del 2005, cuando su población se redujo a 190.000 personas, casi la mitad de lo que tenía antes. Lo terrible, recordemos, no fue solo el avance de las aguas por la ruptura de un dique, sino la vergonzante  “ayuda“  del gobierno de Bush  le dio a los  damnificados, la gran mayoría pobres, en los días siguientes y en los que murieron miles y miles que se podían haber salvados si el auxilio hubiese llegado a tiempo. Actualmente, con una desigualdad impresionante, una gran parte de la población negra y algunos blancos viven muy mal en la periferia de la ciudad.

El centro de Nueva Orleans corresponde al llamado Barrio Francés, al borde del río, con sus hermosas casas muy bien conservadas del período en el que Nueva Orleans fue colonia española y francesa, y un poco más allá otro barrio  moderno de altos edificios llenos de hoteles y negocios. Toda esta zona no sufrió los devastadores daños del huracán.

Y para afrontar la vida, que para muchos es muy dura, se necesita la música. Hay calles enteras donde los boliches con música en vivo están uno al lado del otro. Pero cuidado, no esperan la noche, todo el día suena el jazz, los blues, las fusiones, todo el día reina la música. Ver a los músicos tocar con un nivel altísimo porque así lo exige la historia del lugar, era otra vez ver una película de los años veinte. Y también cuando en una esquina, gracias a esa maravilla de la naturaleza que son los genes, un trío de chicos negros de ocho o nueve años bailan jazz solo con los sonidos provocados por las chapitas de los talones de sus zapatos contra la calle, el malambo del jazz. Una mañana vimos venir de frente a un negro de unos veinticinco años caminando solo, despreocupadamente, tocando la trompeta con una mano y con la otra en el bolsillo, sin pedir dinero, lo que me hizo imaginar que su única compañera, y la que le daba sentido a su vida era la música y nada más (y el nada más me dio tristeza). Una noche fuimos a un local que fue la cuna del jazz de la ciudad y pagamos una entrada cara para ver una fabulosa orquesta de siete músicos, cada uno seguramente el mejor de la ciudad y los alrededores en su especialidad, una especie de seleccionado local. Estuvimos en la fila más de una hora para entrar, pero valió más que la pena. Curiosamente, para no tocar la historia, el local, que es muy chico, no se reforma nunca y hasta puede resultar incómodo para los espectadores, al grado de que había muchos sentados en el piso. Pero no es nada incómodo para los oídos, porque a ellos les gusta la buena música.

Hermosa la noche que navegamos en un barco del siglo diecinueve por el Mississippi,  donde las notas de jazz de la orquesta, cruzaban primero las nubes de vapor de las máquinas y luego el aroma del vino de nuestra cena romántica, para llegar finalmente a nuestros corazones. 

Interesante ver las casas de la época de las plantaciones, casas como la que aparece en “Lo que el viento se llevó” y tantas otras. En una mansión que pudimos visitar, bastante alejada de Nueva Orleans, se conservaba todo el mobiliario de aquellos tiempos, incluida una mesa de comer muy baja dado que la gente en esa época era de menor estatura, y en el techo había una especie de ventilador para ahuyentar las moscas que manejaba manualmente un esclavo desde un rincón. Lo mejor estaba en los extensos jardines con unos árboles de vieja fantasía y lo peor al fondo con las habitaciones para los esclavos.

Y los dejo descansar. Me hubiera gustado más contarlo con mapas, fotos, videos, preguntas y comentarios, pizarrón y tizas, una clase de geografía, pero el liceo de la rambla hace tiempo que cerró y ya no abrirá más.

domingo

ZARPES DESDE CATALUNYA / LUIS SILVA SCHULTZE /



EL  PRIMERO  DE  MAYO

Bangladesh, uno de los países más pobres del planeta y con menor superficie que el Uruguay, fue creado como Estado independiente en 1971, luego de la guerra entre India y Paquistán. A la tragedia de una pobreza extrema de la mayoría de su población, se le añade la posibilidad, también trágica, de que en el futuro, al asentarse el país sobre una llanura aluvial, el aumento de la temperatura global, y la consiguiente subida del nivel de las aguas del Golfo de Bengala lo inunde en el futuro casi en su totalidad. Pocos días antes del 1 de mayo de este año, se derrumbaba un edificio de cinco plantas destinado en su totalidad a centro comercial, pero en el que su dueño (que también es dirigente político en el gobierno), mandó construir a posteriori e ilegalmente, tres nuevas plantas para que funcionara su fábrica textil, con sus decenas de máquinas correspondientes, sin consultar antes a ningún arquitecto. El día anterior al derrumbe, los trabajadores de todo el edificio, viendo cómo se había producido una enorme grieta en la pared lateral, y escuchando ruidos en la estructura del mismo, se negaron a trabajar, pero ante la amenaza patronal del despido finalmente entraron. Murieron más de 1000 personas y hay 2.500 mutilados. Dacca tiene 14 millones de habitantes, pero sólo la mitad son residentes oficiales. La otra mitad son emigrantes temporales del resto del país, que en su gran mayoría trabajan en las afueras de la ciudad, en la llamada “Zona de procesamiento de Exportaciones”, con 3.000.000 de trabajadores en 4500 fábricas textiles. Bangladesh es la segunda industria textil del mundo. En noviembre un incendio que se produjo en otra fábrica de esta zona, dejó 110 fallecidos y han ocurrido otras tragedias similares con más de 500 muertos el año pasado. Cada trabajador, teóricamente, tiene una jornada de 54 horas semanales y cobra el salario más bajo de la Tierra, 3000 takas, equivalentes a 30 dólares al mes. Pero para llegar a esta cantidad, no se cobra por horas sino que el capitalista paga por piezas, y ello significa que se deben trabajar 2 o 3 horas más por día si se quiere llegar a aquella miserable retribución. El Sindicato Industrial, que representa a 50 millones de trabajadores textiles de todo el mundo, nos recuerda que una camiseta fabricada en Bangladesh, vendida a 20 euros en una galería europea, tiene un costo laboral de 1 centésimo y 6 milésimas de euro. A su vez, con este costo laboral irrisorio, las fábricas textiles europeas se ven obligadas a cerrar generando más paro aun en sus países. Como las fábricas de Bangladesh no dan abasto para cumplir con los pedidos occidentales, subcontratan a miles de talleres clandestinos, que a su vez subcontratan a otros, y de este modo las espantosas condiciones laborales siguen aun bajando aunque parezca imposible, con niños, mujeres y hombres trabajando con el  ruido infernal de las máquinas sin ninguna protección auditiva, descalzos y pisando agujas, más temperaturas de horno crematorio con la uralita del techo y las planchas de metal de las paredes…

Si se me permite el duro contraste, mis recuerdos vuelan a mi infancia de los veranos de los años cincuenta cuando de lunes a viernes los bancarios de Nuevo Malvín bajaban a la playa por la mañana a jugar al futbol y a la paleta, comían luego algo antes de ir a trabajar, y luego alcanzaban a gozar, otra vez en la playa, los últimos rayos solares para apurar unos buenos mates mientras se le descontaba una cuota en su salario para pagar la casita cerca de la costa. Luego este gremio llegó a ser de los más combativos y apaleados porque no siempre una mayor explotación, como la que sufrieron otros gremios, implica necesariamente más conciencia. Pero rápidamente decir que también me acuerdo de los cuentos reales de mi madre, cuando llegaba de trabajar en la Caja de Asignaciones Familiares, sobre las condiciones de las familias de los obreros de la construcción en barrios alejadísimos de Montevideo. Recuerdo cómo venían vestidos los cañeros unos años después en sus largas marchas desde Bella Unión. Recuerdo lo que me comentaba mi padre de las condiciones y bajos salarios de la gente que trabajaba en el arroz en Treinta y Tres. Recuerdo una foto en primera página del viejo diario El Popular con obreros de la carne maniatados con alambres y apaleados en el Cerro y recuerdo finalmente los actos del Primero de Mayo atrás del Palacio Legislativo, no muy concurridos y con más banderas rojas que personas. Porque aunque las leyes sociales uruguayas de principio del siglo XX fueron extraordinarias y ejemplares para el mundo entero, la clase obrera nunca estuvo en un paraíso en el paisito y luego ya ni te cuento.

Millones de personas en todo el mundo hoy laburan en condiciones deplorables, alejadas de los focos de la televisión porque de milagro en su lugar de trabajo aun no ha ocurrido una tragedia. La explotación del hombre por el hombre sigue siendo la gran deuda del ser humano consigo mismo. En el siglo XIX, las condiciones laborales de todas las fábricas de Europa y América del Norte, la zona industrializada del planeta en ese entonces, eran como son hoy las de Bangladesh. Recordemos Tiempos Modernos de Chaplin. Si hubo desde aquel entonces  un enorme salto cualitativo en dichas condiciones laborales no fue un regalo ni de los patrones ni de los dioses sino exclusivamente de la lucha sindical. En todos lados se dieron movimientos de protesta, actos de rebeldía y hasta atentados contra la patronal, pero fue en los EEUU a partir de los años sesenta del siglo XIX donde mejor se encauzó la lucha, hasta alcanzar su punto culminante con la gran huelga del Primero de Mayo de 1886. Esa huelga, y lo que es más importante, cómo se llegó hasta esa huelga, le demostró a todos los trabajadores del mundo de aquellos años, y ya para siempre a todos los trabajadores en cualquier época, que  se podía cambiar la correlación de fuerzas entre explotados y explotadores. Como veremos la victoria no fue total y aun no lo es, con los Bangladesh y hasta los propios EEUU de hoy, pero recordar aquellos hechos históricos es un hermoso deber  de todos los que hemos soñado alguna vez con un mundo mejor. Al recordarlos, además, homenajeamos a todos aquellos que un día dijeron basta a la barbarie del gran capital en la propia casa del gran capital.

Según acuerdo del Congreso de la Segunda Internacional Socialista de Paris de 1889, el Primero de Mayo pasó a ser el Día internacional de los Trabajadores  y es feriado en casi todo el mundo. Sin embargo, todos los acontecimientos que llevaron hasta ese Primero de Mayo de 1886, han sido silenciados y ocultados, con la única finalidad de mejorar la frivolidad general y apagar las rebeldías.

Hubo tanto silencio ocultador de aquellos acontecimientos, que en los mismos EEUU el primero de mayo no es feriado. Allí se celebra el “Labor Day”, el primer lunes de setiembre, algo que ocurre desde 1882, cuatro años antes de la gran gesta. Consiste en un desfile en Nueva York organizado por la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo: casualmente, la central obrera de derecha que se opuso a la gloriosa huelga del primero de mayo de 1886. En 1955 Eisenhower promulgó el 1º de Mayo como “Día de la Lealtad”, se supone que al capital de la patronal.

En el siglo XIX peor no podían estar las condiciones laborales en todo el mundo industrial.  Las jornadas eran de 14 horas, y a veces hasta de 16, en faenas muy duras y en condiciones insolubles. Los niños, por supuesto los hijos de los trabajadores, tenían derecho a unas horas más de sueño y “sólo” trabajaban diez, y aun así no se completaba el mínimo presupuesto familiar porque los sueldos eran de miseria extrema. Vivir, sin contar desde la cuna con un capital, era una tortura diaria. Lo peor era la falta de perspectivas, el fatídico determinismo de haber nacido en la clase equivocada y no concebir un futuro mejor al que se podría llegar  a través de la lucha sindical para mejorar sus paupérrimas condiciones laborales: una pobreza entonces, que por no haber, no había ni un sueño de un mundo más justo. Los norteamericanos de aquella época se refugiaban en las numerosas sectas existentes esperando el cambio de suerte que bajara desde el cielo y que aun no ha llegado. Fue fundamental  para pasar del inmovilismo a la acción, la llegada a los EEUU de miles de inmigrantes europeos con nuevas ideas revolucionarias. No por casualidad, de los ocho mártires de Chicago, como veremos al final, cinco eran alemanes, uno inglés y los otros dos hijos de emigrantes. Llegaron gran cantidad de jóvenes anarquistas y socialistas de veinte años, a los que -aunque trabajaban doce, catorce y dieciséis horas- aun les quedaba tiempo para juntarse y cambiar el sentido del viento.

Ya en 1803 y 1806 hay movilizaciones de carpinteros organizados en la ciudad de Nueva York. En 1832 se hizo en Boston la primera huelga en favor de las diez horas por los calafateadores y carpinteros. Sin embargo, son los trabajadores de Nueva York y Filadelfia los que las conquistan. El 12 de octubre de 1845 se realiza el primer Congreso Obrero en el que se acuerda organizar una sociedad secreta para apoyar las reivindicaciones de todos los trabajadores. En 1853 ya nadie trabaja más de 11 horas cuando sólo unos años antes no se trabajaban menos de 14.

En 1868, el presidente Andrew Johnson estableció la jornada de ocho horas para los empleados de las oficinas federales y para quienes trabajaban en obras públicas. Los demás trabajadores seguían sometidos a las diez horas diarias. En 1872 estalla una tremenda crisis en el país, cerrando miles de fábricas. Las calles se llenaron de “lobos hambrientos”: desocupados hurgando en la basura con temperaturas bajo cero. El 13 de enero de 1873 se convoca un mitin en Nueva York, exigiendo una ración diaria de alimentos para los desocupados y una prórroga legal para el pago de alquileres modestos. El acto es reprimido ferozmente, dejando cientos de heridos y detenidos. En la prensa se pueden leer estos titulares: “Era un mitin público de ladrones ociosos”; “Hay que preparar comidas envenenadas si quieren comer a costa del gobierno”.  No por casualidad, Orson Welles, inaugurará años después su alegato contra los magnates de la prensa con Ciudadano Kane,  el 1 de Mayo de 1941.

En junio de 1877 hay una extraordinaria huelga ferroviaria en todo el país porque los empresarios del sector habían bajado un 10% los salarios para poder seguir ganando lo mismo pese a la crisis general. Esa genial idea, la venían llevando a cabo desde 1873, con lo que el salario ya había bajado un 25%. Esta huelga ferroviaria fue el primer movimiento realmente muy fuerte con que se enfrentó el gran capital, por lo que tuvo que llegar a movilizar al ejército contra los huelguistas a solicitud de los magnates del riel. En Maryland murieron 10 obreros, se destruyeron 120 locomotoras y 1600 vagones fueron quemados. En Saint Louis la huelga abarcó todos los oficios y los trabajadores se apoderaron de la ciudad, cortando los puentes sobre el Missisippi y durante 8 días los sindicatos administraron tiendas y fábricas y dictaron sus propias leyes hasta que finalmente fueron sangrientamente reprimidos. La derecha comienza en estos años a recurrir a los grupos de matones, a espías en los sindicatos, a provocadores o asesinos a sueldo, constituyendo entonces unas verdaderas milicias privadas, los famosos “scabs” (amarillos). La policía perdonaba los antecedentes penales de sus integrantes a cambio de más ferocidad para disolver mítines obreros, o bien por delatar a dirigentes sindicales. ¿Se acuerdan de Marlon Brando en Nido de ratas?

Pero ya la lucha era incontenible pese a la adversidad. En 1881 se constituyó en Pittsbugh la Federación Norteamericana del Trabajo con la principal bandera de las ocho horas de trabajo, y en noviembre de 1884, en su Congreso, convocan a la huelga del 1 de Mayo de 1886, 19 meses antes! En la lucha sindical, todos sabemos que es fundamental el papel de sus dirigentes y su clarividencia para encauzar a las masas hambrientas, analfabetas, desesperadas  y sin ideología. Una huelga mal llevada se paga carísimo durante un tiempo muy largo después. En ese Congreso, uno de sus dirigentes, Frank K. Foster dijo: “Una demanda concertada y sostenida por una organización completa producirá más efecto que la promulgación de millares de leyes, cuya vigencia dependerá siempre del humor de los políticos… El espíritu de organización está en el aire, pero el coste que hemos pagado por nuestra inexperiencia, el sectarismo y la falta de espíritu práctico representan todavía grandes obstáculos para lanzar una huelga general”. Un dirigente de verdad entonces, que ya intuía por aquel entonces, oliendo y viendo la realidad que lo rodeaba, y sin dejarse llevar por sus deseos personales de un cambio social profundo, que con la huelgas no se juega y si finalmente se hacen sólo es para ganarlas. Había que esperar casi dos años para que maduraran las condiciones, frase que nos resulta muy conocida…. Y Gabriel Edmonston, otro dirigente que le sucedió en el estrado, complementando lo anterior dijo: “A partir del 1 de Mayo de 1886 se obligará a los industriales a respetar sin más la jornada de ocho horas. Donde los patrones se negaran, se declararía la huelga ese mismo día”. Esta consigna, contando ya con una prensa obrera mediante, fue más que un soplo de aire fresco, fue un temporal hermoso que recorrió y agitó todo EEUU primero y luego, con el correr de los años, siguió recorriendo las calles y las fábricas de otras latitudes. Por ejemplo, el 1 de mayo de 1909 en Buenos Aires la policía mata a 8 trabajadores en una huelga más 105 heridos; el 1 de mayo de 1925 en China se funda oficialmente la Federación de Sindicatos, hoy el gremio más grande del mundo con 134 millones de miembros (aunque el gobierno chino de hoy no respeta ningún derecho sindical y funciona en la clandestinidad); el 1 de mayo de 1946 en Australia comienza la huelga de tres años de los aborígenes pibara en las minas del suroeste y en fin, en cada país y en cada primero de mayo un nuevo militante sindical se incorpora al rescate de sus derechos. Sin internet ni celulares, se corrió la voz por el mundo de que la lucha de clases no estaba perdida de antemano, se podía pelearla.

Se eligió el primero de mayo porque esa era la fecha de renovación de los contratos colectivos de trabajo, el “moving-day” (día de la mudanza). En ese tiempo de maduración en el cual las cuevas de las sectas religiosas comenzaron a vaciarse para volcarse a las calles terrenales, se organizaron actos y manifestaciones, se repartieron folletos y periódicos, hubo asambleas, conferencias, etc, etc… Se organizaron controles sindicales para abortar huelgas parciales o mal organizadas que podían tener como consecuencia el lock-out de las empresas. Los patrones recibieron por carta certificada, 20 meses antes, el aviso de lo que se les venía encima, sin poder argumentar, entonces, ni sorpresa ni pedir tiempo de reflexión. La reducción de horas de trabajo era ir contra las creencias divinas de los conservadores capitalistas, educados en la creencia que había sido Dios quién había dispuesto para siempre las catorce horas laborales diarias. La prensa calificaba al movimiento obrero como “indignante e irrespetuoso” o “delirio de lunáticos poco patriotas”. La población de los EEUU era de un poco más de 30 millones de habitantes. En abril de 1886, las condiciones eran tan inaguantables que estallaron innumerables huelgas y 30.000 obreros, entre ellos los mineros de Virginia, lograron las 8 horas. El uno de Mayo mismo fueron 125.000 los que las obtuvieron, el 31 del mismo mes, 200.000 y antes que terminara el año, un millón. No era una victoria absoluta porque no se pudo construir la azotea, y aun no se ha construido, pero los cimientos ya no los movía nadie.

En Chicago los acontecimientos adquirieron otras dimensiones. Era la ciudad del país con las peores condiciones ambientales de miseria, con un hacinamiento espantoso y explotación laboral extrema y además, allí se agrupaba el mayor número de anarquistas y socialistas. Tenían dos periódicos, uno escrito en alemán, y otro, “The Alarm”, en inglés, dirigidos por August Spies y Albert Person, ambos ahorcados luego. También la prensa amarilla aquí era la peor: “El trabajador debe dejar de lado su orgullo y aceptar ser tratado como máquina humana”. El Chicago Tribune escribió en primera página: “El plomo es la mejor alimentación para los huelguistas… La prisión y los trabajos forzados son la única solución posible a la cuestión social”. Pese a algunos éxitos parciales de algunos sindicatos, la huelga empezada el uno de Mayo continuaba en la ciudad que estaba totalmente paralizada. Sólo una fábrica de maquinaria agrícola funcionaba, la Mc Cormik, y aun funciona en otra variante productiva. Su fundador había muerto y había dejado como testamento una considerable cantidad de dinero para levantar una iglesia. A su hijo heredero le pareció mejor gastarse ese dinero en cervezas, pero para tener la conciencia tranquila, empezó a descontarle varios dólares al salario paupérrimo de sus trabajadores y poder levantar la iglesia. Por eso la huelga, en esta fábrica, había empezado el 16 de febrero, sin esperar a mayo, y fue ocupada por sus trabajadores y vaciada luego por un ejército de matones a sueldo, la famosa banda de los hermanos Pinkerton, episodio que creo que también fue llevado al cine. Cuando llegó el Primero de Mayo, la fábrica funcionaba con carneros esquiroles, pobres gentes que no daban más de hambre. Todos los días ocurrían batallas campales: cuando terminaba la jornada los carneros salían y se encontraban con los huelguistas furiosos. La trifulca más grande fue el 2 de mayo, con carneros, matones, muchos policías y 50.000 huelguistas. El 3 de mayo salen de trabajar los carneros (pero ahora con la policía perfectamente pertrechada atrás de ellos) y empiezan a tirar a quemarropa contra la multitud del pueblo. Mueren 6 huelguistas y hay decenas de heridos. Fischer, otro de los mártires, imprime 25.000 octavillas que luego serían la pieza fundamental en el proceso de condena a los dirigentes de la lucha: “Trabajadores: la guerra de clases ha comenzado. Ayer, se fusiló a los obreros, ¡su sangre pide venganza! ¿Quién podrá dudar ya de que los chacales que nos gobiernan están ávidos para siempre de sangre trabajadora? Pero los trabajadores no son rebaño de carneros. Al terror blanco responderemos con el terror rojo. Es preferible la muerte que la miseria. Es la necesidad que nos hace gritar ¡a las armas!”. La proclama terminaba convocando para el 4 de mayo una concentración a las cuatro de la tarde en la plaza del mercado de la ciudad y se exhortaba a concurrir armado. Ese día se juntaron 15.000 personas. Hablaron Spies, Parsons y Filden con discursos moderados y la muchedumbre se comportaba con tranquilidad. Ante ello, el alcalde de la ciudad que presenciaba los acontecimientos dio la orden de retirada de las tropas y se fue a su casa. Empezaba a llover como culminación de un día húmedo y helado. La gente comenzaba a dispersarse cuando 180 policías, los que tenían que haberse retirado, avanzaron sobre los manifestantes en el mismo momento en que desde ese sector voló un objeto humeante del tamaño de una naranja que cayó entre dos filas de policías con un poderoso estruendo, matando a 7 de ellos y dejando a más 60 heridos, mientras que del lado de la multitud hubo 38 obreros muertos y 115 heridos. Inmediatamente se decretó el estado de sitio en la ciudad y se le realizó un interrogatorio brutal a 300 sindicalistas. Nunca se le probó ningún cargo a los detenidos y la injusta condena posterior en una farsa de juicio famosa, conmovió a la humanidad, realizándose manifestaciones de repudio en las principales ciudades del globo cuando ocurrieron los ahorcamientos, el 11 de noviembre de 1887. José Martí, corresponsal de prensa en ese momento en los EEUU, publicó una crónica extraordinaria el 1 de enero de 1887 en La Nación de Buenos Aires, contando cómo se habían desarrollado los acontecimientos en la plaza (evidentemente todo organizado por la derecha reaccionaria), cómo se desarrollaba el proceso-farsa y finalmente, tiempo después, nos hace llorar cuando cuenta cómo fue la última noche antes de los ahorcamientos en el penal donde él estuvo presente, con los reos cantando y recitando poemas revolucionarios agarrados de los barrotes y el verdugo emborrachándose para cumplir su desgraciado trabajo al amanecer. Pearson, 38 años, veterano de la guerra de Secesión y candidato socialista a la presidencia de la nación, que había logrado esconderse, se presenta voluntariamente en el juicio para correr la misma suerte que sus compañeros, muchos con treinta y pocos años pero con unas vidas formidablemente vividas. Los discursos de los condenados, algunos de más de ocho horas, leídos el último día del juicio, cuando ya se había formulado la condena, son formidables y muy emocionantes porque constituyen un canto a la vida, aquella que ellos dejaban para que los demás pudieran vivir mejor mañana.

Según el Tribunal, todo había sido provocado desde el exterior. La prueba: había cinco alemanes y un inglés entre los condenados. El alguacil especial Henry Rice se jactó durante muchos años antes sus amigos de haber sido él quien nombró  a los componentes del jurado, seguro de antemano con el veredicto favorable a sus intereses, los intereses de los capitalistas. 25.000 personas asistieron a las exequias y 250.000 flanquearon el recorrido. Durante varios días las casas obreras exhibieron una flor de seda roja en su puerta como señal de duelo. Seis años más tarde se repitió el juicio y se estableció que los ahorcados y los que estaban en la cárcel no habían cometido ningún crimen, “inocentes de un error judicial”.

…salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro… Firmeza en el rostro de Fisher, plegaria en el de Spies, orgullo en el de Parson. Engel hace un chiste a propósito de su capucha. Spies grita, “la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora”. Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable… José Martí

sábado

ZARPES DESDE CATALUNYA - LUIS SILVA SCHULTZE



EL PERRO DE DON RAÚL
Cuando éramos chiquilines, escuchábamos durante tardes enteras, muy atentos y conmovidos, cómo un vecino de Malvín, Don Raúl Borrelli, nos contaba las extraordinarias y terribles experiencias que -como voluntario uruguayo al servicio de la resistencia francesa y en el norte de África- había sufrido en la segunda guerra mundial en la lucha contra el fascismo alemán e italiano. “Sucedió una vez que un compañero de armas me estaba contando, pletórico de vida y pasión, cómo eran los labios y los ojos de su amor parisino, cuando en un instante cayó una bomba en la trinchera y su cabeza voló varios metros para un lado y una de sus piernas se estrelló contra mi casco. Si el hombre puede llegar tan bajo, el perro es más inteligente”. Y efectivamente, Don Raúl, aunque le encantaba sentirse rodeado de niños, ya no creía en el ser humano. Vivía con un perro al que nunca quiso ponerle un nombre porque no hacía ninguna falta en la soledad compartida. En realidad, no estaban tan solos porque el apartamento estaba repleto de libros, su gran pasión, quizás su última esperanza.

En la tarde lluviosa del 8 de octubre de 1964, y cuando ya no éramos tan niños,  llegó Charles De Gaulle al Uruguay. Luego de participar en un desfile por 18 de Julio donde se juntaron cien mil personas, y de realizar una ofrenda floral a Artigas con un discurso en español, el presidente francés se dirigió a su embajada y pidió un teléfono. Francia  contaba con los datos actualizados de todos aquellos que un día, desde los países más remotos, valoraron más la vida de la humanidad que las suyas propias.

-¿ Raúl Borrelli?, le habla Charles De Gaulle, presidente de La France. Le quería hacer llegar, con mi propia voz emocionada, nuestra invitación para que usted tenga la gentiliza de concurrir a un humilde y sencillo acto de homenaje que estamos organizando en reconocimiento al  valor y al arrojo demostrado hace veinte años, cuando  usted y decenas de sus compatriotas, y  al igual que miles de hombres de otros países del mundo, que también podríamos llamar compatriotas, generosamente se pusieron al servicio de la resistencia francesa que yo dirigía.

Don Raúl estaba tan desequilibrado por los desastres vividos en la guerra, que en lugar de desmayarse siguió la conversación muy tranquilo y de una manera absolutamente natural, mientras acariciaba a su perro, como si De Gaulle lo llamara a toda hora, y creyéndose Churchill, entró de lleno en la política internacional:

-Qué tal, Charles. Si tenemos en cuenta los últimos acontecimientos en Cuba, ¿cuáles crees que serán los próximos pasos de la Unión Soviética?

De Gaulle se cargó de paciencia diplomática, pero por sobre todo, siguió hablando un rato largo en homenaje al profundo respeto que sentía por la biografía del ser humano que estaba al otro lado de la línea: mejor vivir loco por haber participado en una causa universal y solidaria, que vivir cuerdo solo pensando en sí mismo. Y sí, hablaron de política internacional, pero luego don Raúl recordó el pasado como escritor de don Charles y sus propios sueños juveniles de ser un  escritor de aventuras, y entonces, ya navegando por entre las verdes olas de la literatura, el presidente se sintió mucho más cómodo sin tener que cargar con la pesadez artificial de la diplomacia. Y navegando por la laguna de Balzac, y luego por el torrente de Virginia Woolf, y un rato después por los ríos selváticos de Julio Verne y Emilio Salgari, finalmente llegaron a buen puerto y allí se quedaron:  la mutua y profunda admiración por Dostoyesky, Faulkner y otro escritor que venía despuntando y que De Gaulle había descubierto cuando Marcha llegaba semanalmente a París: un tal Juan Carlos Onetti.  Cuando Don Raúl escuchaba los nombres de Dostoyesky, Faulkner y Onetti, se ponía inmediatamente de pie porque era el himno de su esperanza y la música de sus bibliotecas, mientras que el perro, ya familiarizado con esos nombres, movía alegremente la cola.

A los dos días de aquella conversación, vi salir a Don Raúl, con un traje más desplanchado que planchado, hacia el acto de homenaje que se hacía en el Club Uruguay. De Gaulle abrazó llorando a los veintisiete uruguayos sobrevivientes, casi los mismos que habían regresado en 1944, cuando medio Montevideo los fue a recibir al puerto. Él nunca me quiso contar, posteriormente, qué hizo con las cuarenta y ocho horas siguientes sin volver a su departamento, con la medalla de oro colgando, seguramente porque lo realizado en su gira por los boliches montevideanos, intuí, no había tenido el mismo valor histórico que sus hazañas por el Sahara. Pero lo cierto es que cuando apenas abrió la puerta de su casa al volver del homenaje, don Raúl vio que aquello ya no era su casa sino una gran montaña de trozos de hojas de libros y tapas, como una cordillera de los Andes Literarios, las bibliotecas volcadas y el perro avergonzado en un rincón, sabedor de que esta vez había actuado muy mal. La sed, el hambre, el extrañar a don Raúl, habían convertido por unas horas nefastas al perro en un tigre que había clavado sus colmillos en la pulpa de papel de las páginas mejor escritas por el hombre.

Don Raúl se acercó a su perro, le pasó la mano suavemente por el lomo, como perdonándolo, y le dijo, parece que no es sólo el ser humano el único  capaz de organizar guerras….

Caminar de puntas de pie por entre ese mar de páginas, para no estropear todo aun más, no era nada fácil y parecía como si Don Raúl danzara sobre el lago de los papeles de Tchaikovski.  Pero durante esos viajes interiores -que le llevaban varias horas pese a que el apartamento era muy chico- se encontró con que los únicos libros que no habían sido atacados por el perro, eran los de Dostoyevsky, Faulkner y Onetti. Allí estaban ellos, enteros, impecables, invictos, preparados para dejarse ser leídos otra vez.

En los meses siguientes, don Raúl se tomó el trabajo de juntar todas las miles de hojas sueltas  sanas y hacer con ellas un solo libro. Los mandó coser a una fábrica donde hacían colchones y un camión lo llevó luego directamente hasta Tristán Narvaja para venderlo en la feria y pagarse el avión para ir a saludar a su amigo Charles. Pese a que algunas hojas eran más grandes que otras, en general era un libro de medidas normales salvo en su altura, que alcanzaba un metro con sesenta centímetros. Cuando se empezaba a leerlo había que hacerlo de pie, cuando se llegaba a la mitad, más o menos al mes, sentado, y el último tercio acostado. Pero como la numeración de las hojas llevaba cualquier orden y lo más importante, ninguna hoja se correspondía en el argumento con la anterior ni con la siguiente, nunca se había visto un libro que diera tanto trabajo al lector porque le exigía una gran imaginación creadora, y como consecuencia, una participación activa permanente en el devenir de la obra. En efecto, si por ejemplo en una página vieja y amarillenta, Don Quijote se peleaba contra los molinos de viento, en la siguiente, en lugar de aparecer Dulcinea, uno se encontraba con la Ofelia de Shakespeare flotando en un círculo de flores en una hoja de papel cebolla de la Editorial Aguilar. ¿Quería decir esto que Don Quijote estaba enamorado de Ofelia y no de Dulcinea, o bien Ofelia se había caído al agua desde un molino cuando atacó don Quijote? Pero luego, en la tercera página, que llevaba el número 222, ya no era Ofelia la protagonista sino una tal Madame Bovary que hacía el amor inexplicablemente dentro de una carroza, y seguía con una de Neruda pensando vaya a saber en qué Dulcineas, Ofelias o Madames Bovary declamando:  

 Como sabría amarte, mujer, cómo sabría
amarte, amarte como nadie supo jamás.
Morir y todavía
amarte más,
Y todavía
amarte más
                  y más

y así sucesivamente se alternaban las flores, las mujeres, el amor, sin ton ni son, tanto si ton ni son que según don Raúl, su obra, elaborada con la ayuda inestimable de su perro, era como la vida misma, imprevisible,sorprendente, de caótica hermosura.

Al poco rato se acercó al puesto de la feria una rubia de lentes tomando mate y empezó a hojear las primeras páginas en puntas de pie. Luego pidió a varios transeúntes que la ayudaran a acostar el libro para hojear el resto. Por curiosidad, y debido al tamaño del libro, se fue juntando gente, tanta que los demás puestos no tenían un cliente. Algunos estaban en cuclillas, otros de pie, algunos subían a sus hijos sobre sus hombros, pero todos leían, todos leían el mismo libro.

Finalmente, don Raúl le preguntó a la rubia qué le parecía el libro.

-¡Magnífico, magnífico! pero veo que faltan Dostoyevski, Faulkner y Onetti. Si no, se lo compraría!!

Y entonces Don Raúl se puso de pie y su perro comenzó a mover la cola.
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