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jueves

“HEMINGWAY”: DESCONSTRUYENDO AL MITO NORTEAMERICANO

 


 

por Fernando Bogado

 

La miniserie documental de Ken Burns y Lynn Novick Hemingway, transmitida por la señal pública norteamericana PBS en abril pasado, pone en el centro la vida atormentada y exhibicionista del gran escritor, rastreando los límites de la deconstrucción de los mitos del pasado.  

 

Es difícil leer a Hemingway en estos tiempos. Como es difícil leer a Borges en “El simulacro” o en “La fiesta del monstruo”, este último relato en asociación con Bioy Casares. Como es difícil leer “El niño proletario” de Osvaldo Lamborghini, o incluso “El matadero” de Esteban Echeverría, sin apelar a las llamadas Trigger Warnings que aparecen, por ejemplo, en las películas de Netflix. La lectura de obras literarias comparte y no comparte elementos con la expectación o “visionado” de series o películas, que históricamente han tenido un diálogo a veces más tenso, a veces no tanto, con la “advertencia”, esa forma sutil de censura. Es raro, porque la esperamos en determinados bienes culturales, pero no en otros. ¿Se puede advertir del contenido de cuentos como “Up in Michigan”, de “Indian Camp”, para avisarle de antemano al lector con lo que se va a encontrar, por las dudas? ¿Se puede juzgar ese contenido, o el contenido de cualquier obra del pasado, con los parámetros estéticos, morales de nuestro presente? Y de ahí, el salto es inevitable: ¿se puede juzgar la vida de quienes vivieron antes que nosotros a partir de nuestro modo de ver el mundo? Ese tipo de preguntas aparecen una y otra vez en la última mini-serie documental de Ken Burns y Lynn Novick, Hemingway, transmitida por la señal PBS en abril pasado y dirigida, justamente, a tratar estos asuntos en torno a lo que el propio documental considera el escritor norteamericano más importante después de Mark Twain.

 

Dividida en tres partes que dan un total de seis horas, Hemingway explora la vida del escritor poniendo un acento distinto en cada capítulo, los cuales se concentran, cada uno, en un aspecto de su vida y obra. Pero, como corresponde a un trabajo de este tipo, resaltando más lo primero. El propio Ken Burns, dueño de una extraña sensatez, en una entrevista en Late Show with Stephen Colbert, señala que, para una serie de televisión, lo literario ocupa un segundo plano. Para prestarle atención a eso, hay que ir a los libros. La televisión, mal o bien, se ocupa de otras cosas. Por eso, lo que domina el primer capítulo, “A Writer (1899-1929)”, es una visita a la infancia del autor, quien creció en Oak Park, Illinois, y quien también supo desarrollar su gusto por la naturaleza en las visitas veraniegas que la familia Hemingway (compuesta por el padre Clarence, la madre Grace y otros cinco hermanos) realizaba a Michigan. En esa infancia, la serie destaca la influencia de la madre sobre algunos aspectos del carácter del pequeño Ernest, a quien solía vestir alternativamente como niña o niño a él y a su hermana Marcelline, presentándolos a ambos en sociedad con un mismo corte de pelo, como si fueran gemelos (tenían un año de diferencia). Grace, una cantante de ópera frustrada, se pasó toda su vida recordándole a sus hijos todos los esfuerzos que tuvo que realizar por el bienestar de ellos. Su padre, por otro lado, era un doctor que, si bien presentaba una fachada de armonía y serenidad, resultó víctima de una poderosa depresión que lo llevó al suicidio. Ernest crecería odiando a su madre, culpándola por la muerte del padre, así como Grace Hemingway crecería considerando que su hijo era una oveja descarriada entregada a los vicios, como el alcohol, y poco digno de las renuncias que tuvo que llevar adelante.

 

Ernest empieza pronto el camino de la escritura: entra como periodista en el Kansas City Star, en donde utiliza el manual de estilo de la publicación como regla de escritura para el resto de su vida: “Frases cortas. Primeros párrafos cortos. Lenguaje vigoroso. Afirmativo, no negativo”. Al poco tiempo, se enlista en la Cruz Roja para socorrer a los soldados en la Primera Guerra Mundial. Ese fue su primer, gran encuentro con la guerra, uno de los temas determinantes de su producción. Resultaría herido, y de su tiempo convaleciente en el hospital, se llevaría también su primer, gran amor: la enfermera Agnes von Kurowsky. Regresaría a Illinois luego con la idea de que Agnes lo acompañe para casarse con ella. Cosa que nunca sucedió. También, allí, tendría su primer, fundamental, desencuentro.

 

Pronto, empieza a convertirse en el escritor que protagoniza las páginas de A Moveable Feast (París era una fiesta): invitado por Sherwood Anderson, Hemingway se enamora de la capital artística de la década del 20. Conoce a Gertrude Stein, la que muchos consideran su mentora y pieza clave para entender el desarrollo de la prosa vital y ascética de Ernest. También pasa sus días con Ezra Pound, James Joyce, Scott Fitzgerald, Picasso, etc. Junto con su primera esposa, Hadley Richardson, la serie recorre la lucha por publicar de un escritor que siente que tiene algo para decir, y que no oculta sus ambiciones, sino que las exhibe. Llega el éxito con la salida de sus novelas: primero, la recepción medida de The Sun Also Rises en 1926, y luego, el primer batacazo, A Farewell to Arms, de 1929. Hemingway tiene a su lado la crítica y las ventas, y ya está camino a cimentar el mito del Gran Escritor Americano. 

 

LA LETRA DEL MÉDICO

 

Si la primera parte del documental muestra el ida y vuelta entre un pasado de tensiones y de cierta androginia “familiar” en la niñez, contrapuesto al vigor de un escritor dándose a conocer, la segunda parte despliega el mito que el propio escritor empieza a establecer en torno a su nombre. Ernest va construyendo esa idea de varón de bigotes firmes, con un cuerpo trabajado por la caza, la pesca y la lucha, que todas las mañanas se levanta antes del alba para escribir y encontrar la oración perfecta, y que luego, en la tarde, se reparte en actividades físicas que cierra con grandes ingestas de alcohol. Nace así Hemingway. A través de diversos escritores (algunos, elegidos caprichosamente), como Edna O’Brien, Tobias Wolff, Mario Vargas Llosa e inclusive una breve intervención de Leonardo Padura, sumado a la palabra de especialistas en literatura y hasta en psiquiatría, la segunda parte, “The Avatar (1929-1944)”, insiste en las contradicciones de alguien que defendía, ante todo, una ética de la verdad, de la preferencia por la crueldad descarnada antes que por la mentira, pero que, en rigor de verdad, terminó construyendo un mito de sí mismo hasta el punto de creérselo.

 

La vida había que vivirla y, de esa experiencia, se podía escribir. Es así que Hemingway pasa de un ámbito familiar organizado por su segunda esposa, Pauline Pfeiffer, en Key West, Florida (lugar mantenido por la fortuna de esa familia), con sus tres hijos –el primero, Jack, del primer matrimonio, y dos más del segundo, Patrick y Gregory–; a la vida de aventuras en su barco y, luego, en la Guerra Civil Española, lugar a donde viaja convencido de que había que detener el avance del fascismo, sea como sea. ¿Cómo puede vivir alguien que se ha puesto como precepto una existencia “interesante”, llena de aventuras, con la calma que requiere el armar un hogar? Mal, claro. Pero, para estar a la altura del mito, había que hacer ciertos sacrificios, y eso era pasar largas temporadas lejos, yendo hacia donde estaba el peligro, cosa que sólo se podía hacer con alguien que haya suspendido su vida para que Hemingway salga a dar vueltas por el mundo. Esa era Pauline, de quien se divorciaría para casarse con Martha Gellhorn, otra corresponsal de guerra diez años menor que él y fanática de su escritura.

 

Hemingway no dejaba a una pareja si no tenía asegurada la siguiente, subraya la voz narradora de Peter Coyote. Jeff Daniels, quien presta su voz para encarnar a “Papa” Hemingway (como le gustaba ser llamado), lee las cartas a Pauline y Martha y muestra cómo el temperamento de un “Man’s Man” implicaba, inevitablemente, una tendencia a la violencia doméstica, pasando del abuso verbal a los golpes. Pero Gellhorn no era Pauline: ella nunca quiso renunciar a su carrera como escritora, y decide abandonar a “Papa”, no sin antes obligarlo a que deje de ser un borracho cobarde y vaya al frente europeo en el nuevo conflicto que él mismo había advertido como peligro tangible en las contiendas bélicas españolas: la Segunda Guerra Mundial.

 

El tramo final de la vida de Hemingway queda perfectamente expuesto en el nombre del último capítulo: “The Blank Page (1944-1961)”. El escritor pasa de participar activamente en la Segunda Guerra, a la cual fue como reportero, cosa que no le impidió tomar las armas y matar a fascistas en el camino, a regresar al hogar con una cuarta esposa (Mary Welsh) y a encontrarse con los horrores de la rutina. Esta vez, sin nada para escribir. Ubicado en su casa en Cuba, lugar que amaba por recordarle a España y por su exuberante naturaleza (y los daiquiris de La Floridita), el último capítulo del documental de Burns y Novick cosecha lo que había sembrado en el primero: locura, androginia y travestismo. Lo hace mencionando las prácticas sexuales que le gustaban a “Papa”, consistentes en cambiar de roles en el dormitorio, pasando a ser llamado con nombres femeninos y obligando a sus esposas a tener siempre el pelo corto. Pero, también, enfrentándose a los ataques de esquizofrenia de Patrick (“curados” vía terapia de electroshocks) y a la vida de Drag Queen asumida por el menor, Gregory, ahora Gloria, quien de joven cayó varias veces preso tras ser acusado por indecencia (y que terminaría sus días tristemente en prisión, en 2001, encerrado injustamente por estos mismos “crímenes”). En una carta de Gloria a su padre luego de que Hemingway la acusara de haber matado a su madre de disgusto por su comportamiento, no sólo lo insulta, sino que lo llama por un nombre por demás particular que rubrica la lectura que se fue construyendo: “Ernestine”.

 

CANON POLÍTICAMENTE CORRECTO

 

Las repercusiones del documental ponen en perspectiva el complejo lugar que ocupa el último Great American Writer en el país que se movió hasta hace no mucho con el lema de Make America Great Again!, por ejemplo. La nota aparecida el pasado 5 de abril en el New Yorker firmada por Hilton Als se pregunta hasta qué punto era necesario hacer un documental en la señal pública de televisión, PBS, sobre Hemingway, cuando podría haberse hecho uno de Faulkner, escritor que supo entrever el núcleo supremacista blanco en el corazón de Estados Unidos. Como si eso, en algún punto, hubiese dejado más tranquilo al público políticamente correcto que se esconde en la acolchada integración de los demócratas. ¿Qué incidencia puede tener eso realmente en un sistema que sigue violentando a la comunidad afro-descendiente? Ninguno. Además, el tipo de crítica literaria que aparece representado en estos espacios piensa, de manera burda, inmediata, la relación entre la literatura y la sociedad. El propio Als se mofa al final de su nota de Hemingway por copiar mal, según él, el estilo de Gertrude Stein, cuya sexualidad menciona antes que su quehacer literario. 

 

Gran parte de los especialistas en literatura presentes en la obra de Burns y Novick interpretan lo que escribió Hemingway a partir de su vida o, incluso, llegan a hablar del peso del alcoholismo en su obra como si fueran doctores, medicalizando cuentos y novelas. La respuesta de la intelectualidad norteamericana frente a su escritor definitivo, repleto de contradicciones, es evidente: quiere “lavar sus culpas”, condenando los aspectos turbios del artista, como si hubiese un intento retroactivo por perdonarse, a ellos mismos, por el sistema que alguna vez lo canonizó como el “macho” que aún representa en el imaginario mundial. Hemingway no es sólo un documental sobre la obra del escritor, sobre su vida, sino que muestra un modo preponderante en Estados Unidos (y, por extensión, en varios espacios del resto del continente) por tapar el pasado con un rostro amable en el presente. Burns y Novick “psicoanalizan” la escritura de Hemingway como un modo de entender al hombre, para presentarlo, sutilmente, como un antecedente del varón deconstruido. Misión imposible con él: 

 

Ernest Hemingway sufre, en el último tramo de su vida, varios golpes afortunados (¡sobrevivió a dos accidentes aéreos en África!) que le dejaron secuelas mentales, como fuertes dolores de cabeza, visión borrosa o pérdida de la audición, y algo que en él era fundamental: la memoria. Con cambios de humor cada vez más notables y un comportamiento errático, sumado a un consumo de alcohol que crecía, sus últimos años fueron miserables. Acompañado por su última esposa, la que más sufrió el vínculo, se suicidó tal como lo hizo su padre, hacía ya tanto tiempo. Con un escopetazo, terminó así la vida de un ganador del Nobel, de alguien que, como aparece mencionado en el documental, cambió los muebles de la habitación de la literatura norteamericana. Y luego, mal o bien, todos los que vinieron después en ese mundo literario tuvieron, tienen que vivir en la habitación que él mismo diseñó. O escaparse de ella para siempre.


(Página12 / 9-5-2021)

martes

LA LUZ DEL MUNDO - ERNEST HEMINGWAY


Cuando el cantinero nos vio entrar agarró la campana de cristal y tapó las dos bandejas de entremeses gratuitos.


 -Deme una cerveza -dije.


El cantinero sirvió una jarra, cortó la espuma desbordante con la espátula y se quedó esperando. Recién cuando puse la moneda arriba del mostrador me alcanzó la cerveza.


 -¿Vos que querés? -le preguntó a Tom.


 -Cerveza.


La sirvió, cortó la espuma y recién cuando vio la moneda le alcanzó la jarra.


-¿Pasa algo? -le preguntó Tom.


El cantinero no le contestó. Se quedó mirando por arriba nuestro y le dijo a un hombre que acababa de entrar:


-¿Usted qué quiere?     


-Rye -dijo el hombre.


El cantinero puso una botella, un vaso y una jarra de agua arriba del mostrador.


Tom estiró el brazo para destapar una de las bandejas de entremeses que tenía patitas de cerdo a la vinagreta y una tijera de madera con puntas como tenedores.


-No -dijo el cantinero, volviendo a colocar la campana sobre la bandeja. Tom ya tenía la tijera de madera en la mano.


-Volvé a poner eso en su sitio -dijo el cantinero.


-Imaginate donde me gustaría ponértela -dijo Tom.


El cantinero metió la mano abajo del mostrador sin sacarnos la vista de arriba. Puse cincuenta centavos sobre el mostrador y entonces se enderezó.


-¿Qué más te sirvo? -me preguntó.


-Cerveza –dije, y antes de servirme la cerveza destapó las dos fuentes.


-¡Tus patitas de cerdo son un asco! -escupió lo que había empezado a masticar Tom.


El cantinero no dijo nada. El hombre que había tomado whisky pagó y se fue sin mirarnos.  


-¡Los que dan asco son ustedes! -le dijo el cantinero a Tom.


-¿Lo escuchaste?  -me dijo Tom.


 -Dale -le pedí. -Vámonos.


 -¡Salgan enseguida de aquí, vagos de mierda! -gritó el cantinero.


 -Mirá que la idea de irnos fue mía -le respondí.


 -Aunque algún día vamos a volver -dijo Tom.


 -¡Ojo con volver a pisar este lugar!


 -¿No te parece que este señor está equivocado? -me dijo Tom.


-Dale. Vámonos.


Afuera era noche cerrada.


-¡Qué mierda se creerán que son en este pueblo! -rezongó Tom.


-Andá a saber -le dije. -Vamos a la estación.


Habíamos entrado al pueblo por una punta y ahora caminábamos hacia la otra. Olía a cueros curtidos y a aserrín. Llegamos al oscurecer y ahora los charcos de los bordes de la carretera ya empezaban a congelarse.


En la estación encontramos a cinco putas esperando el tren; seis hombres blancos y cuatro indios. La sala de espera estaba llena del humo rancio que despedía una estufa. Hacía mucho calor. Cuando entramos nadie hablaba y las ventanillas estaban cerradas.


-¡Podrías cerrar la puerta! -gritó alguien.


Era uno de los hombres blancos. Usaba pantalones gastados, botas de goma de leñador y una camisa a cuadros como los demás, pero no llevaba sombrero y tenía un rostro blanco y unas manos pálidas y finas.


-¿No la vas a cerrar?


-Claro -dije, cerrándola.


-Gracias -me dijo el hombre.


Otro de los hombres blancos largó una risita estúpida.


-¿Nunca te volteaste a un cocinero? -preguntó.


 -No.


-Mirá que a este le gusta todo -dijo el hombre mirando al cocinero.


El cocinero torció la cabeza con los labios apretados.


-Se pone jugo de limón en las manos -siguió riéndose el hombre. -Y no las mete en el agua de los platos por nada del mundo. Mire lo blanquitas que las tiene.


Una de las putas largó una carcajada. Era la mujer más grande que había visto jamás en mi vida y usaba un vestido de seda tornasolado. Había otras dos putas que también eran muy grandes, pero ella debía pesar como ciento cincuenta kilos. No podías creer que existiera de verdad. Las tres putas gigantes usaban vestidos brillantes y estaban sentadas en el mismo banco. Pero las otras dos usaban el pelo oxigenado y tenían pinta de ordinarias.


-Mirale bien las manos -dijo el hombre señalando con la cabeza al cocinero.


La puta se rio de nuevo y empezó a bambolearse. Entonces el cocinero le dijo de golpe:


-¡Sos una montaña de carne asquerosa!


-¡Ay, Dios mío! -dijo ella.


Tenía una voz hermosa y seguía riéndose y bamboleándose.


-¡Ay, Dios mío! -repetía.


Las otras dos gordas estaban tranquilas y mantenían una pose muy digna, como si no escucharan nada. Debían pesar sus buenos ciento veinte kilos y eran casi tan grandes como la otra.


Entre los los hombres, además del cocinero y del que nos había hablado, había otros dos que eran leñadores: uno de ellos escuchaba todo con interés, pero debía de ser un poco tímido. El otro parecía tener ganas de hablar. Había dos suecos, además. Dos de los indios estaban sentados en una punta del banco y el otro esperaba parado contra la pared.


El hombre que tenía ganas de hablar me dijo despacito:


-Sería lo mismo que cojerse a una montaña de heno.


Yo me reí y se lo repetí a Tom.


-¡Nunca había estado en un sitio como este, Dios mío! -dijo Tom. -Mirá lo que son esas tres.


Entonces habló el cocinero:


-¿Qué edad tienen ustedes, muchachos?


 -Yo tengo noventa y seis y él sesenta y nueve.


-¡Jo, jo, jo! -empezó a bambolearse la puta más grande.


Tenía una voz verdaderamente hermosa. Las otras ni siquiera se rieron.


-¿No pueden hablarme bien? -preguntó el cocinero. -Se los pregunté nada más que por ser amable.


-Tenemos diecisiete y diecinueve años -dije yo.


-¿Por qué se lo tenías que decir? –se dio vuelta para mirarme Tommy.


-Tranquilo. Está todo bien.


-A mí pueden llamarme Alice –dijo la puta más grande y enseguida empezó a sacudirse de nuevo.


-¿Ese es tu nombre? -preguntó Tommy.


-Claro -dijo. -Me llamo Alice. ¿No es verdad? -se dio vuelta ella hacia el hombre que estaba sentado al lado del cocinero.


-Sí. Se llama Alice.


-Y todavía tenías que llamarte Alice -dijo el cocinero.


 -Es mi verdadero nombre -dijo Alice.


-¿Y las otras muchachas cómo se llaman? -pregunto Tom.


-Se llaman Hazel y Ethel -dijo Alice.


Hazel y Ethel sonrieron. No eran muy inteligentes que digamos.


-¿Y vos cómo te llamás? -le pregunté a una de las rubias.


-Frances -me contestó.


-¿Frances qué? 


-Frances Willson. ¿Te importa?


-¿Y vos cómo te llamas? -le pregunté a la otra rubia.


-No te hagas el inocente -dijo.


-Lo único que quiere es hacerse amigo nuestro -dijo el hombre que se había animado a hablar. -¿No querés que seamos todos amigos?


-No -dijo la rubia oxigenada. -Amiga tuya no, por lo menos.


-Es una histérica -dijo el hombre. -Histérica y bocona.


La otra rubia la miró sacudiendo la cabeza.


-Qué pesados que son -dijo la rubia histérica.


Entonces Alice empezó a reírse y a bambolearse de nuevo.


-Yo no sé qué le ves de gracioso a eso -dijo el cocinero. -Aquí todos se ríen, pero nada tiene gracia. ¿Ustedes adónde van, muchachos?


-¿Adónde vas vos? -le preguntó Tom.


-A Cadillac -dijo el cocinero. -¿Conocen ese pueblo? Mi hermana vive allí.


 -Él mismo es una hermana -dijo el hombre empecinado en humillar al cocinero.


 -¿Por qué no me dejás en paz? -preguntó el cocinero. -¿No podemos hablar de cosas lindas?


-En Cadillac nacieron Steve Ketchel y Ad Wolgast -dijo el hombre tímido.


-Steve Ketchel -chilló una de las rubias, como si el nombre le hubiera gatillado algo adentro. -Lo mató su propio padre. Sí, ¡por Dios!, su propio padre. Ya no quedan hombres como Steve Ketchel.


-¿No se llamaba Stanley Ketchel? -preguntó el cocinero.


-¡Ho! ¡Callate! -dijo la rubia. -¿Vos qué sabés de Steve? ¿Stanley? No, no se llamaba Stanley. Steve Ketchel era el hombre más fino y más hermoso que existió. Nunca conocí un hombre tan limpio y tan blanco como Steve Ketchel. Nunca hubo un hombre como él. Se movía como un tigre y era el derrochador más elegante y espléndido que existió jamás.


-¿Vos lo conocías? -preguntó uno de los hombres


-¿Si lo conocía? ¿Si lo conocía? ¿Si lo amé? ¿Y me lo preguntan? Lo conocía como no conocieron ustedes a nadie en el mundo, y lo amaba como se ama a Dios. Era el hombre más grande, el mejor, el más blanco y el más hermoso que existió jamás. Steve Ketchel, sí señor. Y su propio padre lo mató como a un perro.


-¿Lo conociste en la costa?


-No. Lo conocí antes. Fue el único hombre que amé en mi vida.


Ahora todos miraban respetuosamente a la rubia oxigenada que hablaba con un tono muy teatral, pero Alice empezó a bambolearse de nuevo. Me di cuenta porque estaba muy cerca de ella.


-Y supongo que te acostabas con él -dijo el cocinero.


-Pero no le quise arruinar la carrera -dijo la rubia oxigenada. -No me quise convertir en una carga para él. Yo no era la esposa lo que él necesitaba. ¡Por Dios! ¡Qué hombre que era!

-Me imagino -dijo el cocinero. -¿Pero no lo noqueó Jack Johnson?


-Fue por casualidad -dijo la rubia. -Ese negro de mierda lo agarró distraído. Él acababa de derribarlo, y de repente el negro le metió un golpe por sorpresa, y lo noqueó.


En ese momento se abrieron las ventanillas y los tres indios fueron a comprar sus boletos.


-Porque cuando Steve lo derribó -dijo la oxigenada- se dio vuelta un momento para sonreírme.


-Pero vos dijiste que no habías estado en la costa con él -dijo alguien.


-Fui nada más que para ver esa pelea. Steve se dio vuelta para sonreírme y ese negro hijo de puta se levantó y lo agarró por sorpresa. Steve hubiera podido hacer morder la lona a cien hombres como ese negro hijo de puta.


-¡Era un gran boxeador! -dijo uno de los leñadores.


-¡Sí, por Dios! -dijo la oxigenada. -Ya no quedan boxeadores así. Era como un Dios. Tan blanco, limpio, hermoso y elegante, rápido como un tigre o como un relámpago.


-Yo vi la película de la pelea -dijo Tom.


Estábamos todos conmovidos. Alice se bamboleaba, y me di cuenta que estaba llorando. Los indios ya habían salido al andén.


-Para mí fue mucho más que lo pudo haber sido cualquier marido -dijo la rubia oxigenada. -Estábamos casados frente a los ojos de Dios. Yo le pertenecía y le perteneceré siempre. No me importa lo que pueda pasar con mi cuerpo. Pueden hacer lo que quieran; pero mi alma le pertenece a Steve Ketchel. ¡Por Dios que era un hombre de verdad!


Ahora todos nos sentíamos muy tristes. Alice, que todavía estaba moviéndose, dijo con voz grave:


-Sos una mentirosa de mierda. Nunca te acostaste con Steve Ketchel en tu vida y lo sabés muy bien.


-¿Cómo podés decir eso? -preguntó orgullosamente la rubia.


-Lo digo porque es verdad -dijo Alice. -Yo soy la única entre todos los que están aquí que conoció a Steve Ketchel. Nací en Mancelona y lo conocí allí. Esa es la pura verdad y vos lo sabés muy bien. ¡Que Dios me quite la vida aquí mismo, si no es cierto lo que estoy diciendo!


-¡Y que me la quite a mí también si mentí!


-¡Es la verdad, la verdad, la verdad! Y vos lo sabés. No es una mentira como la que quisiste hacernos creer. Y me acuerdo exactamente de lo que me dijo Steve Ketchel.


-A ver, ¿qué te dijo? -preguntó la rubia con suficiencia.


-Lo que me dijo fue que yo estaba más que buena. Eso fue lo que me dijo.


-¡Eso sí que es una mentira! -chilló la oxigenada.


-No. Es la verdad. Eso fue exactamente lo que me dijo.


-¡Es una mentira! -porfió la rubia con orgullo.


-¡Es la verdad! ¡La verdad! ¡Lo juro por Jesús, María y José que es la verdad!


-Steve nunca te pudo haber dicho eso. Él no se expresaba así -dijo la rubia riéndose.

-Es la verdad -dijo Alice con su preciosa voz. -Y no me importa si me creés o no.


-Es imposible que Steve te pueda haber dicho eso -porfió la rubia oxigenada.


-Me lo dijo -sonrió Alice. -Y me acuerdo que en ese momento yo estaba más que buena, como él decía. Y todavía sigo siendo soy mejor hembra que vos. ¡Vos no sos más que huesos y mala leche!


-¡No podés insultarme! -dijo la rubia. -¡Montaña de mierda! Yo también tengo mis recuerdos.


-No -dijo Alice, con su preeciosa voz. -No tenés ningún recuerdo verdadero, como no sea cuando te ligaron las trompas y te volviste una puta. Todo lo demás lo leíste en los diarios. Yo soy limpia y vos lo sabés, y le gusto a los hombres, aunque sea tan grande. Eso a vos te consta. Y además nunca miento. Eso también te consta.


-Dejame con mis recuerdos. Con mis verdaderos y maravillosos recuerdos.


Alice miró a la rubia y después nos miró a nosotros, sonriendo. Su cara era casi la más bonita que yo había visto en mi vida. Tenía una piel suave y tersa, y era tan agradable como su voz. ¡Pero qué grande era, carajo! ¡Era tan grande como tres mujeres juntas! Entonces Tom me dijo:


-Vamonós.


-Adiós -dijo Alice.


 Tenía una voz verdaderamente hermosa.


-Adiós -dije yo.


-¿Para dónde van, muchachos? -preguntó el cocinero.


-Para el lado contrario al que vas vos -le contestó Tom.

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