Mostrando entradas con la etiqueta Saúl Ibargoyen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Saúl Ibargoyen. Mostrar todas las entradas

domingo

FESTIVAL INTERNACIONAL DE POESÍA SAÚL IBARGOYEN

 

Este jueves 25 y viernes 26 de marzo, a las 17:00 hrs. (hora del centro de Mexico), y como parte de los festejos del nacimiento del poeta

Saúl Ibargoyen

se realizará, a través de la Coordinación Nacional de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), un Festival Internacional de Poesía en su memoria. Participan:

Angélica Santa Olaya

(México),

Hans Paul Manhey

(Chile), Juan Ramón Saravia (Honduras), Otoniel Guevara (El Salvador),

Natalia Meteleva

(Rusia), Misael Rosete (México),

Refugio Pereida

(México),

Consuelo Hernández

(Colombia), María Antonieta Flores (Venezuela),

Hugo Giovanetti Viola

(Uruguay)  

Jorge Boccanera (Argentina). 


Modera: Ulises Paniagua. No te lo puedes perder.

.

Aquí el link para la transmisión:

https://www.facebook.com/coordinacion.literatura.mx/

lunes

SAÚL IBARGOYEN: EL ESCRIBA DE PIE por JORGE BOCCANERA

 


El poeta argentino Jorge Boccanera mantuvo con Ibargoyen una férrea amistad desde 1976, cuando se conocieron, ambos exiliados, en México. Además de compartir viajes, diálogos de cantina y mesas redondas, trabajaron juntos en la revista Plural y coordinaron a partir de 1979 las antologías Poesía rebeldeNueva poesía amorosa y Poesía contemporánea de América Latina. En las notas que siguen Boccanera desmuda algunas claves de la profusa obra del uruguayo, a la vez que retrata una personalidad firme con bases tanto en los libros como en la aguda observación de la realidad a la mano en la intemperie de la ciudad moderna. 


A partir de su tercer libro El otoño de piedra de cuya publicación se cumplieron sesenta años en 2018, Saúl Ibargoyen hace pie de manera firme en la que será una voz propia desplegada a través de sucesivas exploraciones de sentido que van de la minucia cotidiana a una metafísica que se abisma en un despeñadero de interrogantes. El registro de esta visión del mundo, escrutadora, profundamente humana, amasada con sueños y sangre, suma cincuenta títulos de poesía, entre ellos: De este mundo (1963), Patria perdida (1973), Erótica mía (1982), Epigramas a Valeria (1984), Basura y más poemas (1991), Poeta en México City (1996), Grito de perro (2001), El escriba de pie (2002), Poeta semi-automático (2006), Nuevas destrucciones (2008) y Gran Cambalache (2013). Atravesados todos por obsesiones que se amplifican a través de una búsqueda que interpela a la realidad desde ángulos diferentes. Esos núcleos –el viaje, la figura del padre, la pasión amorosa, la coyuntura histórica, el exilio y la misma palabra– se fusionan y resignifican en perplejidades mayores que hacen a la búsqueda del sí mismo y esparcen sus preguntas sobre la especie, la muerte, el vacío y el tiempo. Aunque quizá sea éste último el tema central de todo poeta que al igual que Ibargoyen en una especie de vagabundeo cósmico, indaga las claves de lo efímero, lo que trasmuta continuamente, en un intento por descifrar la materia en el mismo momento en que se desmenuza.

 

De ese sondear y revolver los tachos la ceniza de lo perecedero, va componiendo la crónica de lo pulverizado, lo triturado, con imágenes crudas, de desgarro, aunque también enlazadas a visiones de la escena onírica. Apela Ibargoyen a un vocabulario recurrente -herrumbre, orines, cáscaras, saliva, óxido, espuma, estiércol, vómito, huesos, flemas- para dibujar el signo de la fragmentación. Su poema «Kaos» habla de «todo lo múltiple que nunca/ podrá ser nombrado… fragores de mugre sobre tripas inmundas, coágulos podridos sobre oxígeno muerto».


Lejos del poeta oracular, predestinado, aquí el hablante es el hombre común, precario, hundido en el gentío. Se me ocurre a Ibargoyen como un flaneur que recorre las calles de la urbe terremoteada por una modernidad vacía, sin alma.  Como el que ausculta el cuerpo de lo marginado, observa tras los harapos del maquillaje y los disfraces diarios del transeúnte, y toma el pulso de aquello que late bajo las luces de neón. Andariego por Pompeyas y Chernóbyles de hoy, deambula entre el absurdo, la crueldad y la indiferencia como un corresponsal de suelos arrasados. Y entre el tumulto de pieles calcinadas por hambre, soledad y miedo, anota en el texto «Nadie aquí»: «Nadie contra nadie desde nadie:/ entrega pues burbujas de tierra/ al aire amargo donde las moscas trazan/ ciudades de inmundicia».

 

Su libro Poeta en México City, fue escrito según el propio autor, como un homenaje a Poeta en Nueva York de García Lorca. Por medio de una imaginación prodigiosa y visiones oníricas, el español, que vivió el «crac» del ’29 en la metrópoli, hizo también un descargo que es denuncia y profecía. Para el crítico Agustí Bartra se trata de un libro que se anticipa a Hiroshima desde su inicio: «Asesinado por el cielo… con el árbol de muñones que no canta/ y el niño con el blanco rostro de huevo/ Con los animalitos de cabeza rota/ y el agua harapienta de los pies secos». 


Aparte de García Lorca, no resulta forzado ubicar a Ibargoyen en un cruce de coordenadas entre Neruda y Gilgamesh, Discépolo y Yalal ad-Din Muhammad Rumi, Dylan Thomas y Drummon de Andrade, Vallejo y Omar Jayan. Aunque cualquier intento de resumir sus lecturas, vecindades e influencias, resultaría fallido ya que él mismo se ha referido de diversas formas a un sustrato común e intemporal en el que hibridan el imaginario y la vivencia, el pensamiento y la inventiva. En esta misma dirección relativiza la figura de «autor» al desdoblarse en varios heterónimos al modo de su admirado Pessoa. El principal: el poeta árabe Muahmmud Ibn Al-Mahad, a quien Ibargoyen dota de datos biográficos y «traduce» para el libro Cantos a la amada (2009).  Siguiendo el rastro de estos juegos de identidad y escritos «a la manera de», asoman en la obra de Ibargoyen otros heterónimos como la poeta china Mishiko Hado (de quien traduce el volumen de haikus Libro de las siete juventudes) y una serie de poetas chinos y árabes que firman sentenciosos acápites en diferentes libros del poeta uruguayo. 


No es difícil inferir en el prólogo de Ibargoyen a Cantos a la amada, coincidencias de vida e ideas entre Al-Mahad y su supuesto «traductor»: «La ineludible fragmentación del cosmos», el nomadismo, un «ascetismo espiritualizado por la unidad erótica», la condición de «fronterizo» y el haber sufrido «hostilidades» y exilio. Al volcar al español los versos del poeta árabe, Ibargoyen dice haber sentido que Al-Mahad «colocaba sus pacientes dedos sobre los míos».

 

Si bien son numerosos los libros de Ibargoyen con eje en la pasión amorosa —Cuaderno de Flavia, Versos de poco amor, Erótica mía, Amor de todosMaldita mía, entre otros– uno de los más logrados es sin duda Cantos a la amada. Como si el abandonado («Cómo juntaré tus pedazos/ que no están sobre la cama»), el ardiente («Escribiré en tu espalda/ con un trazo de dientes/ una sola historia»), el extasiado («Cuántos pueblos nuestros sangraron/ hasta mojarte el corazón/ donde ahora limpio mi lengua/ para que puedas cantar»), el nostalgioso («de aquella niña que buscaba palabras/ metiendo su cara en el cielo») y aun el despechado («Ah Maldita mía… Pocas marcas quedan de tus fríos sudores/ En sábanas veloces y alquiladas»), encontrasen  placidez y reposo en un tono más sosegado que recuerda al Cantar de los Cantares: «Tu libertad se mide por el movimiento/ del aroma que llega hasta ti/ con las respiraciones de la amada» (…) «Es el momento de  mojar tu lengua en el silencio de los labios de la amada».


Cabe subrayar entre sus herramientas expresivas a las torsiones de lenguaje y una variedad de tonos –coloquio, elegía, imprecación, ironía, salmo- que recurre a la enumeración en el armado de textos abigarrados, barrocos; en tanto el encabalgamiento de los versos traza el dibujo espiralado de una cinta moebius. Utilizando estructuras diversas –soneto, verso libre, haiku, epigrama, aforismo, versículo, poesía en prosa, refrán, diálogo– la voz del poeta logra reunir concepto y desvarío en una especie de azar planeado.

 

Finalizo aludiendo a otro eje significativo de la obra de este gran «poeta de pecho propio» (utilizo palabras de Vallejo) que es el tema de la justicia social. El clamor del paria, del desterrado, del extranjero, se deja oír en las páginas de libros como La última bandera y las compilaciones Poesía política y Poesía militante. Este último, publicado en 2015 y que reúne sus textos entre 1958 y 2014, resalta desde el título la condición del que lucha por una idea de «comunidad» en la que primen el respeto y la equidad, el gesto fraterno y el diálogo justamente lo que le costó a Ibargoyen persecución, cárcel y exilio: «Parece que no hubiera/ un sitio en la tierra».

 

El poeta ya daba noticias de su extranjería a inicios de los años ’70 cuando publica «Patria perdida»: «Perdida está mi patria: / Destrozados su fresca latitud/ De amplias raíces/ y su prólogo de sueño/ Que aún se niega/ A la ofensa brutal/ de las mentiras// ¿Dónde está mi patria?/ No puedo ya volver/ Está conmigo».

Sus versos llevan el espíritu de una solidaridad movilizadora, con contenidos, («Debo salir a buscar entre nosotros/ El alimento que todos necesitan»), una solidaridad que es retroalimentación e intercambio entre iguales. «Escribo así –dice- para simplemente tozudamente/ Respirar en la memoria de algunos otros». Esos «algunos» que son sus camaradas. Escribe: «Cae la tierra/ En lentas repetidas densas gotas/ De tierra suciamente oscura./ Así cae la tierra/ Para beber deshacer devorar enterrar/ la sangre respirada de los compañeros». Aquellos que seguirán levantando «una bandera de polvo» en la conciencia popular porque pese a todo, contra todo, dice el poeta «de algún modo sangriento/ Tendremos que cantar».


SAÚL, EL POETA, EL COMPAÑERO


Siempre pensé que cualquiera de los zapatos pintados al óleo por Van Gogh, resumían en su cuero extenuado una encrucijada de caminos. Fue así que los imagine en los pies de un poeta andariego, Walt Whitman. Ahora, releyendo la obra de otro caminante empedernido, Saúl Ibargoyen, no dudo que éste también debe haber calzado alguno de esos pares raídos. De hecho es uno los símbolos recurrentes de su poesía; a ratos como parte de la piel del trashumante: Unos «zapatos descalzos (…) de raíces vacilantes entre la polvazón» (…) «que se van borrando/ como huellas de sí mismos».

Aunque a decir verdad, más que un viajero Saúl era una especie de caravana en la que trotamundeaban el poeta, el narrador, el ensayista, el maestro, el lector voraz, el periodista, el traductor, el exiliado y, sobre todo, el hermanito, el «cuate» («gemelo», «amigo cercano» en la lengua de los mexicanos). Por ello me pregunto cuántos hombres se fueron con el fallecimiento de este poeta de sensibilidad multiplicada que nunca abandonó sus exploraciones estéticas ni su lucha por la justicia y la dignidad.

Es difícil ponerle palabras a la pérdida del amigo, a este «flaco poeta» –así se autonombraba entre sonrisas- de apariencia semejante al hidalgo enjuto; de «flaco pellejo», decía para sí, pero de sentires grandes agregamos nosotros. Un hombre querible, alegre, cabal, poseedor de una sabiduría que mostraba por goteo y sin alharaca, en temas varios. Desde ya la literatura de tiempos y latitudes diversas en simultáneo con la historia social y política; más las disciplinas que frecuentaba en un calado severo y que iban de la filosofía a la astrofísica, y otros más mundanas, desde ya, como la gastronomía, «el beberaje», el fútbol, el tango, etc.

Ese mismo hombre vívido, estudioso, que publicó alrededor de setenta libros de poesía, narrativa y crítica, se calificaba apenas como un «pepenador» (en el lenguaje popular mexicano equivale al «bichicome» y al «ciruja» del Río de la Plata), pero que en su verdadera acepción náhuatl remite también al que sabe elegir, espigar, seleccionar algo de un conjunto. De ahí su humildad.

También se consideraba un hombre de los bordes, de las orillas. Lo fue por escribir desde los márgenes de la lengua, pero además por introducir en su obra un dialecto hablado en la frontera entre Uruguay y Brasil, o por su interés en adentrarse en la literatura chicana que enlaza, al norte del Río Bravo, el español de México con términos en inglés. Este mestizaje me lleva a verlo como un «puente». Y a partir de allí los reenvíos que cada uno pueda sumar: vínculo, camino, conexión, paso, enlace, empalme; y por qué no «trasiego», dados los múltiples traslados del peregrino y los intercambios que signan al solidario en la cuerda de la reciprocidad.


Pienso que entre las muchas tareas que realizó en México donde vivió de 1976 a 1984 como exiliado y de 1990 a 2019 de modo voluntario, destacan dos líneas de trabajo: la del «maestro» que recorría México coordinando talleres literarios y la del periodista, sobre todo en la revista Plural donde llegó a ocupar el cargo de subdirector siendo crucial su labor de diversificar el cóctel temático a la vez que convocaba a colaboradores de distintas disciplinas y geografías.


Una semana antes de su fallecimiento Saúl me envió varios audios por watsapp que dan el perfil de un hombre en su vehemencia por aprehenderlo todo, por debatirlo todo más allá de la circunstancia personal (y terminal). Con voz algo cascada pero entera, matizada con algunas frases irónicas, habló de sus proyectos: «voy a sacar un libro con cien haikus» (y) «hoy terminé un cuento, tiene que ver con la experiencia hospitalaria». Habló del presocrático Meliso y el tema de la nada. De Stephen Hawking y los «infinitos universos». También repasó el momento político actual: «Estamos en la nueva guerra, la de los medios de comunicación y las divisas; el reparto de un mundo tripolar entre Estados Unidos, China y Rusia. Pero seguimos la pelea». La frase de despedida da la talla de su integridad: «No le vamos a aflojar a nadie».


(LA OTRA / Revista de poesía -Artes visuales - Otras letras)

miércoles

UN Y MIL HAIKUS (3 y 4) - SAÚL IBARGOYEN (1993 – 2018)

 1ª edición en formato papel: Eterno Femenino / México / 2020

1ª edición virtual: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2020

Ilustración de portada:

Mariano Rodríguez (1912-1990), Cuba.


Gorriones vuelan

Moviendo el ancho cielo

El aire es sombra.


Quietas montañas

Perdiendo piedras polvo.

Que ya no vuelven.


Los pastos dejan

Su verdor su rocío.

Los huesos quedan.


Contempla el aire

Que pasa sin pasar

Así tu sombra.


Mira sin ver

Los colores del viento:

Qué blanca sed.


Hojas tan breves

En el jardín respiran

El aire verde.


Mano que es tiempo

Mirada que es espacio:

Siempre temblamos.


Mira la altura

De un grano de arena

¿No sientes vértigo?


El árbol canta

Cuando el pájaro muere:

¿Quién más lo hará?


Llegan las lluvias

Entre fibras de otoño

Seco está el cielo.


Hay restos de sol

Entre baldosas rotas

Que alguien camina.


La ciudad tiembla

Torres y templos crujen

Y un niño canta.


Dime ¿quién oye

Esas negras campanas

¿Solo metal?


Blancos insectos

Mastican otros cuerpos:

El sol esplende.


Un claro trazo

De veloz mariposa:

El aire vuela.


Llega la noche

Con su nuevo silencio

Que nadie entiende.


Verde es el fuego

Que en el pasto ya enciende

La lagartija.


Canta aquel pájaro

La verdad de su nombre:

Nadie comprende.


Un viento enfermo

Invade los jardines

Ensucia y pasa.


Hormigas mueren

En rumbos solitarios:

Sed o fatiga.


Las jacarandas

Extienden su color:

Es otro cielo.


Baja la niebla

En mitad de este día.

La noche espera.


El sol se mueve

Entre hilachas de espuma

Nadie lo mira.


Un astro escapa

En la noche invisible:

Tú sólo duermes.


Gritan los perros

Hacia un fondo intangible.

Y un mundo nace.


Entre los árboles

Frutos de flamboyán

Como astros rotos.


Verdes raíces

Ramas de sutil hierba

Están ahí.


Alguien respira

Átomos polvorientos.

Respira y canta.


Un viejo pájaro

Cae entre plumas negras:

Simple es morir.


¿Dónde el misterio

de los astros viajeros?

Aire y silencio.


Los negros pinos

Encierran su alto cuerpo

En aquel viento.


Fiebre en el aire

De veloz primavera.

Ya nadie canta.


La golondrina

Llegando de otros vuelos

Aquí respira.


Moscas perdidas

En el aire dorado:

Monedas negras.


Insectos pasan

Sin alas y sin canto

Hasta morir.


Tallos oscuros

Verticales y solos

Sin cesar tiemblan.

  

Las golondrinas

Procuran otro cielo

Sin luz ni sombra

  

Rumbo en las hierbas

Pies zapatos sandalias

Así lo tejen.

  

Ciudad sonora

A golpes de silencio

Solos marchamos.

  

Tu boca tiembla

Otra vez en la noche

Alguien vendrá.

  

Bebe del aire:

Nubes y flores forman

Su copa inmensa.

  

El sol emerge

De pálidas fronteras

Moneda de oro.

  

Todo es silencio

En praderas lejanas

Y el viento pasa.

  

Flor de cerezo

Se destruye muy sola

Este verano.

  

Lámpara brilla

Y lo oscuro respira

En frágil noche.

  

Mira el verano

Sus temblores

En altas ramas.

  

Nieblas avanzan

Como tenues ejércitos

En la oscurana.

  

Las golondrinas

Cruzan el seco aire:

Invierno lejos.

  

Arroyos viven

Las profundas espumas

Solas estallan.

  

Colores giran

En planetas de polvo:

Solo es el aire.

  

Huye el perfume

Hacia flores lejanas

Todo es oscuro.

  

Hormigas cantan

Debajo de la tierra

¿Tú las escuchas?

  

Mira tus pies

Cómo pisan basura

En su camino.

  

Arriba el otoño

Todas las hojas saben

Que morirán.

  

Tiembla el silencio

Como una rosa sombra

En la pared.

  

Nombrar la sombra

Tocar todo silencio

¿Y la palabra?

  

Llueve otra vez

Se derrumba el verano

Somos el agua.

  

Rostros y signos

Se mezclan en el aire

Y nada vemos.

  

Sol silencioso

Con sus fotones muertos

¿Dónde la sombra?

  

Lo quieto baja

Lo frágil se endurece

Las manos callan.

  

Fuego en el aire

También en la ciudad

Humo perdido.

  

Rotas figuras

Entre nubes crecen

Cielo de sangre.

  

Tú nada más

Con sandalia desnuda.

Y un sol vacío.

  

Gritan blasfemias

Aúllan inmundicia

No escuches: canta.

  

Poderes crujen

Los misiles trabajan:

Respira y canta.

  

Regresa el viento

Por las calles vacías:

Soledad sola.

  

Invierno blanco

En el oscuro cielo:

La altura existe.

  

Un perro solo

Con sus lentos ladridos

Busca el silencio.

  

Hojas marchitas

Pasan por el sendero

Desnudo y seco.

  

Bocas se cierran

Cantaron su canción:

Saben morir.

  

Pájaros duermen

Entre sus plumas muertas.

Nadie los mira.

  

Las golondrinas

Han perdido su nombre:

Frío es el viento.

  

Las mariposas

Con sus alas de sangre

En el ocaso.

  

Nada se acerca

Porque nada se aleja:

Lo quieto muere.

  

Astros palpitan

Como pechos partidos

Por duros hielos.

  

Negros cipreses

Y robles invencibles

Serán ceniza.

  

Hormigas sufren

Trabajan bajo un sol

Que no perdona.

  

Sombras sin cuerpo

Morosas se desplazan

Hacia la nada.

  

No sopla el viento

Con idéntica fuerza

Dos veces nunca.

  

Aguas del cielo

Y nubes sin destino

Y tierras secas.

  

Los pueblos gimen

Sufrientes como sueños

Muertos sin fin.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Google+