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jueves

RUBEN DARÍO - EL ENDEMONIADO: EL CONDE DE LAUTRÉAMONT

  


Su nombre verdadero se ignora. El conde de Lautréamont es pseudónimo. Él se dice montevideano; pero ¿quién sabe nada de la verdad de esa vida sombría, pesadilla tal vez de algún triste ángel a quien martiriza en el empíreo el recuerdo del celeste Lucifer? Vivió desventurado y murió loco. Escribió un libro que sería único si no existiesen las prosas de Rimbaud; un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y penoso; un libro en que se oyen a un tiempo mismo los gemidos del Dolor y los siniestros cascabeles de la Locura.

 

León Bloy fue el verdadero descubridor del conde de Lautréamont. El furioso San Juan de Dios hizo ver como llenas de luz las llagas del alma del Job blasfemo. Mas hoy mismo, en Francia y Bélgica, fuera de un reducidísimo grupo de iniciados, nadie conoce ese poema que se llama CANTOS DE MALDOROR, en el qual está vaciada la pavorosa angustia del infeliz y sublime montevideano, cuya obra me tocó hacer conocer a América en Montevideo. No aconsejaré yo a la juventud que se abreve en esas negras aguas, por más que en ellas se refleje la maravilla de las constelaciones. No sería prudente a los espíritus jóvenes conversar mucho con ese hombre espectral, siquiera fuese por bizarría literaria, o gusto de un manjar nuevo. Hay un juicioso consejo de la Kábala: “No hay que juzgar al espectro, porque se llega a serlo”; y si existe autor peligroso a este respecto, es el conde de Lautréamont.

 

¿Qué infernal cancerbero rabioso mordió a esa alma, allá en la región del misterio, antes de que viniese a encarnarse en este mundo? Los clamores del teófobo ponen espanto en quien los escucha. Si yo llevase a mi musa cerca del lugar en donde el loco está enjaulado vociferando al viento, le taparía los oídos.

 

Como a Job le quebrantan los sueños y le turban las visiones; como Job puede exclamar: “Mi alma es cortada en mi vida; yo soltaré mi queja sobre mí y hablaré con amargura de mi alma”. Pero Job significa el que llora; Job lloraba y el pobre Lautréamont no llora. Su libro es un breviario satánico, impregnado de melancolía y de tristeza. “El espíritu maligno, dice Quevedo en su INTRODUCCIÓN A LA VIDA DEVOTA, se deleita en la tristeza y melancolía por cuanto es triste y melancólico, y lo será eternamente”. Más aún: quien ha escrito los CANTOS DE MALDOROR puede muy bien haber sido un poseso. Recordemos que ciertos casos de locura que hoy la ciencia clasifica con nombres técnicos en el catálogo de las enfermedades nerviosas, eran y son vistos por la Santa Madre Iglesia como casos de posesión para los cuales se hace preciso el exorcismo.

 

“¡Alma en ruinas!” —exclamará Bloy con palabras húmedas de compasión.

 

Job: — “El hombre nacido de mujer, corto de días y harto de desabrimiento…”

 

Lautréamont: — “Soy hijo del hombre y de la mujer, según lo que se me ha dicho. Eso me extraña. ¡Creía ser más!”

 

Con quien tiene puntos de contacto es con Edgar Poe.

 

Ambos tuvieron la visión de lo extranatural, ambos fueron perseguidos por los terribles espíritus enemigos, hôrlas funestas que arrastran al alcohol, a la locura, o a la muerte; ambos experimentaron la atracción de las matemáticas, que son, con la teología y la poesía, los tres lados por donde puede ascenderse a lo infinito. Mas, Poe fue celeste, y Lautréamont infernal.

 

Escuchad estos amargos fragmentos:

 

“Soñé que había entrado en el cuerpo de un puerco, que no me era fácil salir, y que enlodaba mis cerdas en los pantanos más fangosos. ¿Era ello como una recompensa? Objeto de mis deseos: ¡no pertenecía más a la humanidad! Así interpretaba yo, experimentando una más que profunda alegría. Sin embargo, rebuscaba activamente qué acto de virtud había realizado, para merecer de parte de la Providencia este insigne favor…”

 

“Mas, ¿quién conoce sus necesidades íntimas, o la causa de sus goces pestilenciales? La metamorfosis no pareció jamás a mis ojos, sino como la alta y magnífica repercusión de una felicidad perfecta que esperaba desde hacía largo tiempo. ¡Por fin había llegado el día en que yo me convirtiese en un puerco! Ensayaba mis dientes sobre la corteza de los árboles; mi hocico, lo contemplaba con delicia. No quedaba en mi la menor partícula de divinidad: supe elevar mi alma hasta la excesiva altura de esta voluptuosidad inefable.”

 

León Bloy, que en asuntos teológicos tiene la ciencia de un doctor, explica y excusa en parte la tendencia blasfematoria del lúgubre alienado, suponiendo que no fue sino un blasfemo por amor. “Después de todo, este odio rabioso para el Creador, para el Eterno, para el Todopoderoso, tal como se expresa, es demasiado vago en su objeto, puesto que no toca nunca los Símbolos”, dice.

 

Oíd la voz macabra del raro visionario. Se refiere a los perros nocturnos, en este pequeño poema en prosa, que hace daño a los nervios. Los perros aúllan “sea como un niño que grita de hambre, sea como un gato herido en el vientre, bajo un techo; sea como a una mujer que pare; sea como un moribundo atacado de la peste, en el hospital; sea como una joven que canta un aire sublime; —contra las estrellas al norte, contra las estrellas al este, contra las estrellas al sur, contra las estrellas al oeste; contra la luna; contra las montañas; semejantes, a lo lejos, a rocas gigantes, yacentes en la obscuridad; —contra el aire frío que ellos aspiran a plenos pulmones, que vuelve lo interior de sus narices rojo y quemante; contra el silencio de la noche; contra las lechuzas, cuyo vuelo oblicuo les roza los labios y las narices, y que llevan un ratón o una rana en el pico, alimento vivo, dulce para la cría; contra las liebres que desaparecen en un parpadear; contra el ladrón que huye, el galope de su caballo, después de haber cometido un crimen; contra las serpientes agitadoras de yerbas, que les ponen temblor en sus pellejos y les hacen chocar los dientes; —contra sus propios ladridos, que a ellos mismos dan miedo; contra los sapos, a los que revientan de un solo apretón de mandíbulas (¿para qué se alejaron del charco?); contra los árboles, cuyas hojas muellemente mecidas son otros tantos misterios que no comprenden, y quieren descubrir con sus ojos fijos inteligentes; —contra las arañas suspendidas entre las largas patas, que suben a los árboles para salvarse; contra los cuervos que no han encontrado qué comer durante el día y que vuelven al nido, el ala fatigada; contra las rocas de la ribera; contra los fuegos que fingen mástiles de navíos invisibles; contra el ruido sordo de las olas; contra los grandes peces que nadan mostrando su negro lomo y se hunden en el abismo; —y contra el hombre que les esclaviza…”

 

“Un día, con ojos vidriosos, me dijo mi madre: —Cuando estés en tu lecho, y oigas los aullidos de los perros en la campaña, ocúltate en tus sábanas, no rías de lo que ellos hacen, ellos tienen una sed insaciable de lo infinito, como yo, como el resto de los humanos, à la figure pale et longue… “Yo,—sigue él— como los perros sufro la necesidad de lo infinito. ¡No puedo, no puedo llenar esa necesidad!” Es ello insensato, delirante; mas hay algo en el fondo que a los reflexivos hace temblar.

 

Se trata de un loco, ciertamente. Pero recordad que el deus enloquecía a las pitonisas, y que la fiebre divina de los profetas producía cosas semejantes: y que el autor vivió eso, y que no se trata de una “obra literaria”, sino del grito, del aullido de un ser sublime martirizado por Satanás.

 

El cómo se burla de la belleza, —como de Psiquis, por odio a Dios— lo veréis en las siguientes comparaciones, tomadas de otros pequeños poemas:

 

—“…El gran duque de Virginia, era bello, bello como una memoria sobre la curva que describe un perro que corre tras de su amo…” El vautour des agneaux, “bello como la ley de la detención del desarrollo del pecho en los adultos cuya propensión al crecimiento no está en relación con la cantidad de moléculas que su organismo se asimila…” El escarabajo, “bello como el temblor de las manos en el alcoholismo…”

 

El adolescente, “bello como la retractibilidad de las garras de las aves de rapiña”, o aún “como la poca seguridad de los movimientos musculares en las llagas de las partes blandas de la región cervical posterior”, o, todavía, “como esa trampa perpetua para ratones, toujours retendu par l’animal pris, qui peut prendre seul des rongeurs indéfiniment, et fonctionner même caché sous la paille” (1); y, sobre todo, bello “como el encuentro fortuito sobre una mesa de disección, de una maquina de coser y un paraguas…”

 

En verdad, ¡oh espíritus serenos y felices!! que eso es de un humor hiriente y abominable.

 

¡Y el final del primer canto! Es un agradable cumplimiento para el lector el que Baudelaire le dedica en las FLORES DEL MAL, al lado de esta despedida: “Adieu, vieillard, et pense à moi, si tu m’as lu. Toi, jeune homme, ne te désespère point; car tu as un ami dans le vampire, malgré ton opinion contraire. En comptant l’acarus sarcopte qui produit la gale, tu auras deux amis.(2)

 

Él no pensó jamás en la gloria literaria. No escribió sino para sí mismo. Nació con la suprema llama genial, y esa misma le consumió.

 

El Bajísimo le poseyó, penetrando en su ser por la tristeza. Se dejó caer. Aborreció al hombre y detestó a Dios. En las seis partes de su obra sembró una Flora enferma, leprosa, envenenada. Sus animales son aquellos que hacen pensar en las creaciones del Diablo: el sapo, el búho, la víbora, la araña. La desesperación es el vino que le embriaga. La Prostitución, es para él, el misterioso símbolo apocalíptico, entrevisto por excepcionales espíritus en su verdadera transcendencia: “Yo he hecho un pacto con la Prostitución, a fin de sembrar el desorden en las familias… ¡Ay! ¡Ay!… grita la bella mujer desnuda: los hombres algún día serán justos. No digo más. Déjame partir, para ir a ocultar en el fondo del mar mi tristeza infinita. No hay sino tú y los monstruos odiosos que bullen en esos negros abismos, que no me desprecien.”

 

Y Bloy: “El signo incontestable del gran poeta es la inconsciencia profética, la turbadora facultad de proferir sobre los hombres y el tiempo, palabras inauditas cuyo contenido ignora él mismo. Esa es la misteriosa estampilla del Espíritu Santo sobre las frentes sagradas o profanas. Por ridículo que pueda ser, hoy, descubrir un gran poeta y descubrirle en una casa de locos, debo declarar en conciencia, que estoy cierto de haber realizado el hallazgo”.

 

El poema de Lautréamont se publicó hace diez y siete años en Bélgica. De la vida de su autor nada se sabe. Los “modernos” grandes artistas de la lengua, francesa, —se hablan del libro como de un devocionario simbólico, raro, inencontrable.

 

NOTAS 

(1) En francés en el original. “siempre vuelta a tender por el animal atrapado, que puede atrapar solo roedores de manera indefinida, y funcionar incluso oculta bajo la paja”.

(2) En francés en el original. “Adiós, viejo, y piensa en mí, si me has leído. Tú, joven, no desesperes. Porque tienes a un amigo en el vampiro, aunque pienses lo contrario. Contando al ácaro sarcopto que provoca la sarna, tendrás dos amigos”.


(Los raros, Tipografía La Vasconia, Buenos Aires, 1896.)

domingo

CARTAS (3) - CONDE DE LAUTRÉAMONT


París, 24 de octubre (4)

Hablé con Lacroix de acuerdo con sus instrucciones. Seguramente le escribirá. Han sido aceptadas sus propuestas: el que yo lo encargue de la venta para mí, el cuarenta por ciento y el ejemplar 13º. Ya que las circunstancias han permitido considerar a la obra digna hasta cierto punto de figurar ventajosamente en su catálogo, creo que puede venderse algo más cara, no encuentro en ello inconveniente. Por lo demás, de aquel lado los espíritus estarán mejor preparados que en Francia para gustar esta poesía de revuelta. Ernest Naville (miembro correspondiente del Instituto de Francia) * ha dado conferencias, el año pasado -en las que cita los filósofos y los poetas malditos- sobre el Problema del mal, en Ginebra y Lausana, que han debido dejar su rastro en los espíritus por una corriente insensible que día a día se va ensanchando. A continuación las ha reunido en un volumen. Le enviaré un ejemplar. En las ediciones sucesivas podrá hablar de mí, pues yo retorno, con más vigor que mis predecesores, esa tesis extraña, y su libro, presentado en París por el librero Cherbuliez, corresponsal de la Suiza romana y de Bélgica, y en Ginebra por la misma librería, me hará conocer indirectamente en Francia. Es cuestión de tiempo. Al enviarme los ejemplares, háganme llegar 20; serán suficientes.

Siempre suyo

                                  I Ducasse

Notas

4. Dirigida a Verbroeckhoven. (N. del T.)
* Ernest Naville: nació en 1816. Filósofo cristiano. Entre sus obras figura La vida eterna. (N. del T.)

CARTAS (2) - CONDE DE LAUTRÉAMONT


París, 23 de octubre (3)

Déjeme que ante todo le explique mi situación. Canté el mal como han hecho Mickiewicz, Byron, Milton, Southey, A. de Musset, Baudelaire, etcétera. Naturalmente exageré el diapasón para crear algo nuevo en el sentido de esa literatura sublime que canta la desesperación sólo para atormentar al lector y hacerle desear el bien como remedio. De este modo, es el bien lo que en definitiva se canta, pero con un método más filosófico y menos ingenuo que el de la antigua escuela, de la que Víctor Hugo y algunos otros son los únicos representantes todavía vivos. Venda usted, no se lo impido: ¿qué tendría yo que hacer? Prepare sus condiciones. Lo que quisiera es que la entrega a la crítica se haga a los principales articulistas. Ellos serán los jueces exclusivos en primera y última instancia del comienzo de una publicación que evidentemente sólo verá su fin más tarde, cuando yo haya visto el mío. Por consiguiente, todavía no está hecha la moraleja final. Y, sin embargo, hay ya un inmenso dolor en cada página. ¿En esto consiste el mal? No, por cierto. Le estaré reconocido porque si la crítica se pronunciara favorablemente, podría yo, en las ediciones sucesivas, suprimir algunos trozos demasiado violentos. Por lo tanto, lo que deseo ante todo es ser juzgado por la crítica, y, una vez conocido, todo marchará solo.
Siempre suyo.
I. Ducasse

Notas

(3) Dirigida a Verbroeckhoven, socio del editor Lacroix. Esta, lo mismo que las otras dos cartas dirigidas al mismo Verbroeckhoven, estuvieron en poder de Remy de Gourmont. Hot pertenecen a la Biblioteca Doucet. Fueron publicadas por primera vez en la revista “Littérature” (dirigida por André Breton) Núm. 40, 1º de mayo de 1923. (N. del T.)

CARTAS (1) - CONDE DE LAUTRÉAMONT


9 de noviembre de 1868

Señor (1)

Tenga usted la bondad de hacer la crítica de este opúsculo en su estimado periódico. Por circunstancias independientes de mi voluntad, no pudo salir en el mes de agosto. Aparece ahora en la librería del “Petit Journal”, y en el pasaje Europeo, en la librería de Weil y Bloch. Publicaré el segundo canto hacia fines de este mes en las ediciones de Lacroix.

Acepte usted, señor, mis atentos saludos.

El autor.


*  *  *

22 de mayo de 1869

Señor (2)

Justamente ayer recibí su carta fechada el 21 de mayo; era la suya. Pues bien, sepa usted que desgraciadamente no puedo dejar escapar esta ocasión de expresarle mis excusas. Este es el motivo: si el otro día usted me hubiese informado, ignorando lo que puede sucederle de molesto a mi persona en las circunstancias en que se encuentra, que los fondos se agotaban, no me habría privado de tocarlos, pero seguramente hubiera sentido tanta alegría en no escribir estas tres cartas como usted en no leerlas. Ha puesto usted en vigor el deplorable sistema de desconfianza vagamente prescrito por el capricho de mi padre; pero usted ha adivinado que mi dolor de cabeza no me impide considerar atentamente la difícil situación en que lo ha colocado hasta ahora una hoja de papel de carta llegada de América del Sur, cuyo principal defecto era la falta de claridad; porque no tengo en cuenta la inconveniencia de ciertas observaciones melancólicas que se perdonan fácilmente a un anciano, y que me parecieron, en una primera lectura, tener el aire de imponerle a usted, quizás en lo futuro, la necesidad de abandonar su papel escrito de banquero frente a un señor que viene a habitar en la capital… Discúlpeme, señor, tengo que hacerle un pedido: si mi padre enviase otros fondos antes del 1º de septiembre, época en que mi cuerpo hará su aparición frente a la puerta de su banco, ¿tendría usted la bondad de hacérmelo saber? Por lo demás estoy en casa a cualquier hora del día; no tendrá más que escribirme una palabra, y es probable entonces que la reciba casi tan pronto como la señorita que tira del cordón, o mucho antes, si me encuentra en el vestíbulo… ¡Y todo esto, lo repito, por una bagatela insignificante de formalidad! Mostrar diez uñas secas en lugar de cinco; vaya negocio; después de haber reflexionado mucho, confieso que me ha parecido lleno de una notable cantidad de importancia nula…


Notas

(1) Carta encontrada en un ejemplar de la edición de 1868 del Primer Canto. Publicada en el volumen de las Obras Completas de Lautréamont. (G. L. M., 1938). (N. del T.)
(2) Este fragmento de carta, dirigida al banquero Darasse, fue publicado por primera vez en la edición Genonceaux (1890) (N. del T.)

POESÍAS - CONDE DE LAUTRÉAMONT (23)



Reemplazo la melancolía por el valor, la duda por la certidumbre, la desesperación por la esperanza, la perversidad por el bien, las quejas por el deber, el escepticismo por la fe, los sofismas por la frialdad de la calma, y el orgullo por la modestia.

II (14)

Hay más verdades que errores, más buenas cualidades que malas, más placeres que aflicciones. Nos gusta controlar el carácter. Nos elevamos por encima de nuestra especie. Nos enriquecemos con la consideración con que la hemos colmado. Creemos no poder separar nuestro interés del de la humanidad, no poder hablar mal del género sin comprometernos nosotros mismos. Esta ridícula vanidad ha llenado los libros de himnos en favor de la naturaleza. El hombre ha caído en desgracia ante los que piensan. Pertenece a quien lo cargará menos de vicios. ¿Cuándo no estuvo a punto de levantarse, de hacerse restituir sus virtudes?

Nada está dicho. Uno llega demasiado pronto después de más de siete mil años que existen los hombres. En lo concerniente a las costumbres, como en todo lo demás, ha sido quitado lo menos bueno. Tenemos la ventaja de trabajar después de los antiguos, los despabilados entre los modernos.

Somos susceptibles de amistad, justicia, compasión y razón. ¡Oh amigos míos!, ¿en qué consiste entonces la falta de virtud?

Hasta que mis amigos no mueran no hablaré de la muerte.

Estamos consternados por nuestras recaídas, por ver que nuestros infortunios han podido corregirnos de nuestros defectos.

Sólo se puede juzgar la belleza de la muerte por la de la vida.

Los tres puntos finales hacen que me encoja de hombros de lástima. ¿Es necesario esto para probar que se es un hombre espiritual, vale decir, un imbécil? Como si la claridad no tuviese el mismo valor que la vaguedad en el terreno de las cuestiones.

POESÍAS - CONDE DE LAUTRÉAMONT (22)



II (13)

Se dicen cosas sólidas cuando no se pretende decir cosas extraordinarias.

No hay nada verdadero que sea falso; no hay nada falso que sea verdadero. Todo es lo contrario de sueño, de mentira.

No hay que creer que lo que la naturaleza ha hecho amable sea vicioso. No hay siglo ni pueblo que haya establecido virtudes, vicios imaginarios.

No se puede juzgar la belleza de la vida si no es por la de la muerte.

Un dramaturgo puede adjudicar a la palabra pasión una significación de utilidad. Ya no es más dramaturgo. Un moralista adjudica a una palabra cualquiera un significado de utilidad. ¡Sigue siendo moralista!

Quien examine la vida de un hombre, encuentra en ella la historia del género. Nada ha podido volverse malo.

¿Es necesario que yo escriba un verso para apartarme de los otros hombres? ¡Que la caridad juzgue!

El pretexto de los que hacen la felicidad de los otros es que quieren su bien.

La generosidad goza con la dicha ajena, como si ella fuera responsable.

El orden domina en el género humano. La razón, la virtud, no son lo más fuerte en él.

Los príncipes crean pocos ingratos. Dan todo lo que pueden.

Se puede amar de todo corazón a aquellos en quienes reconocemos grandes defectos. Sería impertinente creer que la imperfección es la única que tiene derecho a agradarnos. Nuestras debilidades nos mantienen ligados unos a otros, tanto como podría hacerlo lo que no es la virtud.

Si nuestros amigos nos prestan servicios, pensamos que por ser amigos nos lo deben. No se nos ocurre pensar que nos deben su enemistad.

Aquel que ha nacido para mandar, mandará hasta en el trono.

Cuando los deberes nos han agotado, creemos haber agotado los deberes. Decimos que todo puede llenar el corazón del hombre.

Todo vive por la acción. De allí, la comunicación de los seres, la armonía del universo. Esta ley tan fecunda de la naturaleza nos parece un vicio en el hombre. Él está obligado a obedecerla. Como no puede subsistir en el reposo, deducimos que está bien donde está.

Se sabe lo que son el Sol, los cielos. Poseemos el secreto de sus movimientos. En la mano de Elohim, instrumento ciego, resorte insensible, el mundo atrae nuestros homenajes. Las revoluciones de los imperios, las fases del tiempo, las naciones, los conquistadores de la ciencia, todo proviene de un átomo que se arrastra, no dura más que un día y destruye el espectáculo del universo en todas las edades.

POESÍAS - CONDE DE LAUTRÉAMONT (21)



II (12)

La modestia es tan natural en el corazón del hombre, que un obrero tiene cuidado de no jactarse, quiere tener sus admiradores. También quieren tenerlos los filósofos. ¡Sobre todo los poetas! Quienes escriben en favor de la gloria quieren tener la gloria de haber escrito bien. Quienes los leen quieren tener la gloria de haberlos leído. Yo, que escribo esto, me jacto de tener tal deseo. Quienes me lean se jactarán igualmente.

Las invenciones de los hombres van aumentando. La bondad, la malicia del mundo en general, no sigue siendo la misma.

El espíritu del más grande hombre no es tan dependiente que esté expuesto a ser perturbado por el menor ruido de la Batahola que se hace a su alrededor. No es preciso el silencio de un cañón para anular sus pensamientos. No es preciso el ruido de una veleta, de una polea. Actualmente, la mosca no razona bien. Un hombre zumba a sus oídos. Eso es suficiente para tornarla incapaz de cordura. Si quiero que pueda encontrar la verdad, expulsaré a ese animal que tiene a su razón en jaque, que perturba a esa inteligencia que gobierna los reinos.

Las tormentas de la juventud son el preludio de días brillantes.

La inconsciencia, el deshonor, la lubricidad, el odio, el desprecio de los hombres tienen su precio en dinero. La liberalidad multiplica las ventajas de las riquezas.

Los que demuestran probidad en sus placeres, la demuestran sinceramente en sus negocios. El signo de una naturaleza poco feroz es dejarse humanizar por el placer.

La moderación de los hombres sólo limita sus virtudes.

Se ofende a los humanos tributándoles elogios que amplían los límites de su mérito. Muchas gentes son lo bastante modestas para sufrir sin mortificarse que se les aprecie.

Hay que esperarlo todo, no temer nada del tiempo, de los hombres.

Si el mérito y la gloria no vuelven desdichados a los hombres, lo que se llama desdicha no merece su aflicción. Un alma acepta de buen grado la fortuna, el reposo, si es necesario añadirles el vigor de sus sentimientos, el vuelo de su genio.

Se estiman los grandes designios, cuando uno se considera capaz de los grandes éxitos.

La circunspección es el aprendizaje de los espíritus.

POESÍAS - CONDE DE LAUTRÉAMONT (20)



II (11)

Está bien que se obedezcan las leyes. El pueblo comprende lo que las hace justas. No se las abandona. Cuando se hace depender su justicia de algo distinto, es fácil volverla dudosa. Los pueblos no están sujetos a rebelarse.

Los que moran en el desorden dicen a los que moran en el orden que son ellos quienes se apartan de la naturaleza. Creen seguirla. Es necesario tener un punto fijo para juzgar. ¿Dónde nos encontraremos ese punto en la moral?

Nada es menos extraño que las contradicciones que se descubren en el hombre. Él está hecho para conocer la verdad. La busca. Cuando intenta tomarla, se ofusca, se confunde de tal modo que no da lugar a que se le dispute la posesión. Unos quieren arrebatar al hombre el conocimiento de la verdad, otros quieren procurársela. Cada uno utiliza motivos tan dispares que destruyen la perplejidad del hombre. No tiene más luz que la que se encuentra en su propia naturaleza.

Nacemos justos. Cada cual tiende hacia sí mismo. Está de acuerdo con el orden. Es preciso tender hacia lo general. La pendiente hacia uno mismo es el final de todo desorden, en guerra, en economía.

Habiendo los hombres podido curarse de la muerte, de la miseria, de la ignorancia, decidieron, para lograr la felicidad, no pensar más en ello. Es todo lo que han podido inventar para consolarse de tan escasos males. Consuelo riquísimo. No cura el mal. Lo oculta por un tiempo corto. Al ocultarlo, hace que uno piense en curarlo. Por una legítima transposición de la naturaleza del hombre resulta que el tedio, su mal más sensible, se convierte en su mayor bien, en su más ínfimo mal. Lo empuja más que cualquier otra cosa a buscar el remedio para sus males. Uno y otro son una contraprueba de la miseria, de la corrupción del hombre, exceptuando su grandeza. El hombre se aburre, busca esa multitud de ocupaciones. Tiene la idea de la felicidad que ha conquistado, la que aunque está en su interior, la busca en las cosas exteriores. Está satisfecho. El infortunio no está ni en nosotros, ni en las criaturas. Está en Elohim.

Aunque la naturaleza nos hace felices en cualquier estado, nuestros deseos nos representan un estado de infortunio. Unen al estado en que estamos las penas del estado en que no estamos. Al llegar a esas penas, ya no seríamos infortunados por ellas, tendríamos otros deseos conformes a un nuevo estado.

La fuerza de la razón se manifiesta mejor en aquellos que la conocen que en aquellos que no la conocen.

Somos tan poco presuntuosos que quisiéramos ser conocidos por todo el mundo, hasta por quienes vendrán cuando ya no estemos más. Somos tan poco vanos, que la estima de cinco personas, digamos seis, nos divierte, nos honra.

Poco es lo que nos consuela, mucho es lo que nos aflige.

POESÍAS - CONDE DE LAUTRÉAMONT (19)



II (10)


Para estudiar el orden no es necesario estudiar el desorden. Las experiencias científicas, así como las tragedias, las estrofas a mi hermana, el galimatías de los infortunios, no tienen nada que hacer aquí abajo.

No todas las leyes son aptas para ser comunicadas.

Estudiar el mal para que surja el bien, no equivale a estudiar el bien en sí mismo. Dado un fenómeno bueno, investigaré su causa.

Hasta el presente, se ha descrito el infortunio para inspirar terror, para inspirar piedad. Yo describiré la felicidad para inspirar los opuestos.

Una lógica existe para la poesía. No es la misma que la de la filosofía. Los filósofos no son iguales a los poetas. Los poetas tienen derecho a considerarse por encima de los filósofos.

No tengo necesidad de ocuparme en lo que haré más adelante. Yo debía hacer lo que hago. No tengo necesidad de descubrir qué cosas descubriré más tarde. En la nueva ciencia, cada cosa llega a su turno; en eso reside su excelencia.

Hay materia de poeta en los moralistas, los filósofos. Los poetas contienen al pensador. Cada casta sospecha de la otra, desarrolla sus cualidades en detrimento de las que la acercan a la otra casta. Los de los primeros no quieren confesar que los poetas son más fuertes que ellos. El orgullo de los últimos se declara incompetente para hacer justicia a sesos más tiernos. Cualquiera que sea la inteligencia de un hombre, el mecanismo de pensar debe ser igual para todos.

Una vez comprobada la existencia de los tics, no ha de extrañar el ver que las mismas palabras retornan con mayor frecuencia de la debida: en Lamartine, las lágrimas que caen de la nariz de su caballo, el color de los cabellos de su madre; en Hugo, la sombra y el desequilibrado forman parte de la encuadernación.

La ciencia que emprendo es una ciencia distinta de la poesía. No canto a esta última. Me esfuerzo por descubrir su fuente. Mediante el timón que orienta todo pensamiento poético, los profesores de billar distinguirán el desarrollo de las tesis sentimentales.

El teorema es bromista por naturaleza. No es indecente. El teorema no pretende servir de aplicación. La aplicación que se efectúa bajo el teorema, se vuelve indecente. Denominad aplicación a la lucha contra la materia, contras las devastaciones del espíritu.

Luchar contra el mal es hacerle demasiado honor. Si permito que los hombres lo desprecien, que no dejen de aclarar que eso es todo lo que puedo hacer por ellos.

El hombre está seguro de no engañarse.

No estamos satisfechos con la vida que tenemos. Queremos vivir en la mente de los otros una vida imaginaria. Nos esforzamos por parecer lo que somos. Trabajamos por conservar ese ser imaginario que no es más que el verdadero. Si poseemos generosidad y fidelidad, nos afanamos por que no se sepa, a fin de ligar tales virtudes a ese ser. No las separamos de nosotros para unirlas a él. Somos valientes para no adquirir la reputación de cobardes. Signo de la capacidad de nuestro ser de no estar satisfecho de lo uno sin lo otro, de no renunciar ni a lo uno ni a lo otro. El hombre que no viviera para conservar su virtud sería infame.

¡Pese al espectáculo de nuestra grandeza que nos agarra por el pescuezo, tenemos un instinto que nos corrige, que no podemos reprimir, que nos eleva!

La naturaleza posee perfecciones para mostrar que es la imagen de Elohim; defectos para mostrar que es tan sólo la imagen.

POESÍAS - CONDE DE LAUTRÉAMONT (18)



II (9)

Varias cosas ciertas son contradichas. Varias cosas falsas no son contradichas. La contradicción es el sello de la falsedad. La no contradicción es el sello de la certeza.

Existe una filosofía de las ciencias. No existe una de la poesía. No conozco ningún moralista que sea poeta de primer orden. Es raro, dirá alguien.

Resulta horrible sentir cómo se escurre lo que uno posee. Uno se aferra a eso, sólo con la idea de investigar si hay algo que sea permanente.

El hombre es un sujeto vacío de errores. Todos le muestra la verdad. Nada lo engaña. Los dos fundamentos de la verdad, la razón y los sentidos, aparte de que no están desprovistos de sinceridad, se aclaran uno a otro. Los sentidos aclaran la razón mediante apariencias verdaderas. Este mismo servicio que le prestan, lo reciben de ella. Cada cual toma su desquite. Los fenómenos del alma pacifican los sentidos y les producen impresiones que no garantizo que no sean molestas. Ellas no mienten. No engañan a su antojo.

La poesía debe ser hecha por todos- No por uno. ¡Pobre Hugo! ¡Pobre Racine! ¡Pobre Coppée! ¡Pobre Corneille! ¡Pobre Boileau! ¡Pobre Scarron! Tics, tics y tics.

Las ciencias tienen dos extremos que se tocan. El primero es la ignorancia en que se encuentran los hombres al nacer. El segundo es la que alcanzan las grandes almas. Estas han recorrido lo que los hombres pueden saber, advierten que lo saben todo y se vuelven a encontrar en la misma ignorancia de la que habían partido. Es una sabia ignorancia, que se conoce. Entre ellos los hay que, habiendo salido de la ignorancia primera, sin haber podido alcanzar la otra, tienen un barniz de ciencia suficiente, se hacen los entendidos. No perturban el mundo ni juzgan todo peor que los otros. El pueblo, los expertos, regulan la marcha de una nación. Los otros, que la respetan, no son menos respetados.

Para conocer las cosas, no es preciso conocer el detalle. Como este es limitado, nuestros conocimientos son sólidos.

El amor no se confunde con la poesía.

¡La mujer está a mis pies!

Para describir el cielo, no es necesario transportar allí los materiales de la tierra. Es necesario dejar la tierra y sus materiales en el sitio en que están, a fin de embellecer la vida con su ideal. Tutear a Elohim, dirigirle la palabra, es una bufonada inconveniente. El mejor modo de mostrarle reconocimiento, no es bocinándole al oído que tiene poder, que ha creado el mundo, que somos gusanos en comparación con su grandeza. Lo sabe mejor que nosotros. Los hombres pueden dispensarse de hacérselo saber. El modo mejor de mostrarle reconocimiento, es consolar a la humanidad, entregarle todo, llevarla de la mano, tratarla fraternalmente. Es más verdadero.

martes

POESÍAS - CONDE DE LAUTRÉAMONT (17)



II (8)


Los sentimientos expresan la felicidad, hacen sonreír. El análisis de los sentimientos expresa la felicidad, excluido lo individual; hace sonreír. Los primeros elevan el alma, con dependencia del espacio y de la duración, hasta la concepción de la humanidad considerada en sí misma, ¡en sus miembros ilustres! El último eleva al alma con independencia de la duración, del espacio, hasta la concepción de la humanidad considerada en su expresión más alta, ¡la voluntad! Los primeros se preocupan de los vicios, de las virtudes; el último sólo se preocupa de las virtudes. Los sentimientos desconocen el orden de su propia marcha. El análisis de los sentimientos enseña el modo de conocerlo, aumenta el vigor de los sentimientos. Con los primeros todo es incertidumbre. Expresan la felicidad, el infortunio; dos extremos, Con el último, todo es certidumbre. Expresa esa felicidad que resulta, en un momento dado, de saber contenerse en medio de las buenas o las malas pasiones. Emplea su serenidad para fundir la descripción de esas pasiones en un principio que circula a través de las páginas: la no existencia del mal. Los sentimientos lloran cuando es necesario y cuando no es necesario. El análisis de los sentimientos no llora. Posee una sensibilidad latente que toma por sorpresa, eleva por encima de las miserias, enseña a prescindir de guía, proporciona un arma de combate. Los sentimientos, señal de debilidad, no son el sentimiento. El análisis del sentimiento, señal de fuerza, engendra los más espléndidos sentimientos que conozco. El escritor que se deja engañar por los sentimientos no puede ser colocado en una misma línea con el escritor que no se deja engañar ni por los sentimientos ni por el mismo. La juventud se propone lucubraciones sentimentales. La edad madura comienza a razonar sin ofuscarse. Antes sólo sentía, ahora piensa. Antes dejaba vagar sus sensaciones, ahora les suministra un piloto. Si considero la humanidad como una mujer, no explicaré que su juventud está en declinación y que su edad madura se aproxima. Su espíritu cambia en el sentido de lo mejor. El ideal de su poesía cambiará. Las tragedias, los poemas, las elegías, ya no prevalecerán. ¡Prevalecerá la frialdad de la máxima! En tiempos de Quinault (50), hubieran sido capaces de comprender lo que acabo de decir. Gracias a algunos destellos dispersos, desde hace algunos años, en las revistas, en los infolios, yo mismo soy capaz de comprenderlo. El género que emprendo es tan distinto del género de los moralistas que sólo comprueban el mal sin indicar el remedio, como el de estos lo es de los melodramas, de las oraciones fúnebres, de la oda, del versículo religioso. No contiene el sentimiento de las luchas.

Elohim está hecho a la imagen del hombre.

Notas

(50) Philippe Quinault (1635-1688): dramaturgo francés. Estuvo en boga en el intervalo entre Corneille y Racine. Escribió los textos de varias óperas de Lulli. (N. del T.)

domingo

POESÍAS - CONDE DE LAUTRÉAMONT (16)



II (7)

Puesto que el alma es una, se puede introducir en el discurso la sensibilidad, la inteligencia, la voluntad, la razón, la imaginación, la memoria.

Había pasado mucho tiempo en el estudio de las ciencias abstractas. La poca gente con la que uno se comunica no me disgustaba. Cuando comencé el estudio del hombre comprobé que esas ciencias le son propias y que yo salía menos de mi condición al penetrar en ellas, que los otros al ignorarlas. ¡Les he perdonado que no se aplicaran a conocerlas! Me pareció que no habría de encontrar muchos compañeros en el estudio del hombre. Es inherente a él. Estaba engañado. Son más los que lo estudian que los que estudian la geometría.

Perdemos la vida con alegría, con tal de que no se hable de ello.

Las pasiones amenguan con la edad. El amor, al que no hay que clasificar entre las pasiones, amengua también. Lo que pierde por un lado lo gana por el otro. Ya no es severo con el objeto de sus deseos, haciéndose justicia a sí mismo: acepta la expansión. Los sentidos carecen ya del aguijón para excitar la sensualidad carnal. El amor por la humanidad comienza. En esos días en que el hombre siente que se vuelve un altar ornado de sus virtudes, hace la cuenta de cada dolor que se levantó, con el alma en un repliegue del corazón en el que todo parece tener nacimiento, siente algo que ya no palpita. He nombrado al recuerdo.

El escritor sin separarlas una de otra, puede señalar la ley que rige cada una de sus poesías.

Algunos filósofos son más inteligentes que algunos poetas. Espinosa, Malebranche, Aristóteles, Platón, no son Hégésippe Moreay (47), Malfilâtre (48), Gilbert (49), André Vhenier.

Fausto, Manfredo, Conrado, son tipos. No son aun tipos razonadores. Son ya tipos agitadores.

Las descripciones son una pradera, tres rinocerontes, la mitad de un catafalco. Ellas pueden ser el recuerdo, la profecía. No son el párrafo que estoy a punto de terminar.

El regulador del alma no es el regulador de un alma. El regulador de un alma es el regulador del alma, cuando estas dos especies de almas se confunden lo bastante para poder afirmar que un regulador no es una regulatriz sino en la imaginación de un loco que bromea.

El fenómeno pasa. Busco las leyes.

Existen hombres que no son tipos. Los tipos no son hombres. Es preciso no dejarse dominar por lo accidental.

Los juicios sobre la poesía tienen más valor que la poesía. Constituyen la filosofía de la poesía. La filosofía, así entendida, engloba la poesía. La poesía no podrá prescindir de la filosofía. La filosofía podrá prescindir de la poesía.

Racine no es capaz de condensar sus tragedias en preceptos. Una tragedia no es un precepto. Para un mismo espíritu, un precepto es una acción más inteligente que una tragedia.

Colocad una pluma de ganso en la mano de un moralista que sea escritor de primer orden. Superará a los poetas.

El amor a la justicia en la mayoría de los hombres es tan sólo el valor para sufrir la injusticia.

Escóndete, guerra.

Notas

(47) Hégésippe Moreau (1810-1838): poeta romántico francés. Vivió y murió en la más absoluta miseria. (N. del T.)
(48) Jacques-Charles-Louis Malfilâtre (1732-1767): poeta francés conocido en su tiempo por un poema de asunto mitológico. (N. del T.)
(49) Nicolás-Joseph-Laurent Gilbert (1751-1780): poeta satírico francés. (N. del T.)

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