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jueves

DYLAN CUMPLE 80

 

por Pablo Maurette

 

El cantautor, Premio Nobel de Literatura en 2016, es un profeta, y como todos los profetas anuncia el fin del mundo con la forma más atávica: la canción.


Dylan cumple ochenta años con su Never ending tour en un impasse (las razones son de público conocimiento), su cancionero vendido por una cifra estratosférica a Universal Music y un flamante álbum de estudio bajo el brazo. Lanzado en los albores de la pandemia, Rough and rowdy ways es mucho más que un capricho de artista anciano que se niega a (como dicen en Argentina) colgar los botines. De hecho, es una de las obras más revolucionarias de Dylan, un artista que, a lo largo de seis décadas, acostumbró a su público a la revolución permanente de la creatividad, o “trotskyismo del alma”, como lo bautizó Alessandro Carrera. El gran dylanólogo italiano afirmó en otra ocasión que Dylan es “exasperante porque no se va, porque nunca jamás entró en esa zona de reconfortante irrelevancia en la que se refugiaron prácticamente todos sus contemporáneos”. No solo no se va, no solo elude obstinadamente la irrelevancia, sino que el Dylan anciano contiene a todos los Dylan anteriores y los supera.

Durante décadas –tres, para ser exactos– la crítica hizo penar al trovador de Hibbing por su espíritu camaleónico. Los primeros en ofenderse fueron los folkies cuando el músico enchufó la guitarra aquella noche veraniega de 1965 en el Festival de Newport, haciendo estallar los amplificadores con “Maggie’s farm” y pariendo en ese mismo instante el rock/pop contemporáneo, que salió eyectado al mundo, completo y perfecto, como Atenea de la cabeza de Zeus. Después se ofuscaron los hippies, que no le perdonaron que abandonara el rock por el country y Nueva York por la conservadora Nashville, que nunca comprendieron su reticencia a enarbolar banderas políticas y que esperaron y esperaron en vano que se pronunciase sobre Vietnam –que dijese algo sobre la guerra: sí, no, blanco, negro…algo; pero Dylan nunca dijo nada–. A fines de los años setenta, el músico volvió a decepcionar convirtiéndose al cristianismo fundamentalista, esta vez provocando la furia de sus seguidores, muchos de los cuales jamás le perdonaron la afrenta. A lo largo de los ochenta, en cambio, fue continuamente objeto de escarnio dizque por haber perdido el genio.

Todo cambiaría en 1997, el año de la canonización. Los disparadores de este proceso, que se consolidó en 2016 con el Premio Nobel de Literatura, fueron tres. En primer lugar, Dylan lanzó un álbum excepcional, Time out of mind, heraldo de una nueva era en la creación dylaniana y ante el cual la crítica se prosternó de manera casi unánime. El segundo fue un ataque de histoplasmosis que casi arrebata al artista y se lo lleva al Hades a conocer a Robert Johnson. La cercanía de la muerte, como suele pasar, lo volvió más preciado a sus fans y a sus críticos. Dylan, de pronto, empezó a brillar, pero ya no con la luz cegadora del becerro de oro, ídolo efímero de las masas, sino con ese tono calizo que tienen las estatuas de los dioses, sempiternas y marmóreas. El tercer disparador fue la primera nominación al Premio Nobel, que confirmó el nuevo status del artista. A partir de entonces, Bob Dylan dejó de ser el irritante Proteo de la canción popular, reliquia polvorienta de un mundo perdido, para convertirse en la memoria viva de la gran tradición musical americana.

Y, sin embargo, Bob siguió mutando, deglutiendo más y más de esa tradición como una boa constrictora, y regurgitando su propia versión del pasado idiosincrática y vívida, sorprendente e incómoda. En “Murder most foul”, posiblemente su obra maestra e insólitamente la primera y única canción de Dylan en alcanzar la cima del chart de Billboard (en el verano de 1965, “Like a rolling stone” lo arañó, pero no pasó del segundo puesto), el artista camina sobre zancos de una longitud inconcebible acarreando la historia sanguinaria y luminosa de su gran país. Es una canción apocalíptica, desde luego. En el mapa que a lo largo de diecisiete minutos Dylan entalla con minucia de orfebre, el punto central lo ocupa el asesinato de John F. Kennedy, el instante que marcó el principio del fin.

Todo profeta anuncia el fin del mundo. La forma más atávica de este anuncio es la canción. El profeta canta para que sus palabras lleguen más lejos y tengan mejor acogida. La música y la inflexión de la voz son una captatio benevolentiæ que ayuda a digerir el anuncio acerca de la inminencia del fin. La canción es a la profecía lo que el azúcar es al remedio amargo; transforma la desesperación en melancolía y a través de la forma (rimada o circular, aliterada o iterativa) nos amiga con el dramatismo de la transitoriedad. La canción profética, además, nos enseña que, lejos de ser un evento único, el fin del mundo es algo que sucede todos los días; cada vez que muere un ser vivo, cada vez que se derrite un bloque de hielo, se derrumba un edificio, se incendia un árbol, se rompe una botella, se dispersa una nube, se apaga una lámpara, o se deshace un diente de león. Es por eso que en las visiones proféticas prepondera el nexo coordinante. Es por eso que la figura retórica preferida del profeta es la enumeración.

El jueves 20 de septiembre de 1962, Bob Dylan interpretó “A hard rain’s a-gonna fall” en vivo por primera vez. Menos de un mes más tarde, estalló la crisis de los misiles. Desde entonces, se asocia al gran clásico de The freewhelin’ Bob Dylan con la amenaza de guerra nuclear. Su riqueza evocativa, es claro, trasciende toda coyuntura. Las primeras representaciones en vivo, cuenta Allen Ginsberg, eran ceremonias chamánicas. Dylan entraba en trance. Los poetas beat se vieron obligados a prestar atención. En uno de los versos finales de la canción encontraron la confirmación de que había llegado un sucesor: “But I’ll know my song well before I start singing’”. El futuro del verbo es engañoso, la canción ya está terminando y el aedo sin duda la conoce bien. La disonancia verbal da cuenta de la extemporaneidad del texto y evidencia su carácter de revelación, su naturaleza apocalíptica. Pero el singular (my song) también es una trampa. “Hard rain” no es una canción sino, al menos, cuarenta.

En primer lugar, está basada en “Lord Randall”, un clásico del folk anglo-escocés que cuenta la historia de un joven que vuelve moribundo a la casa de su madre. “Oh where have you been all the day, Randall my son?/ Oh where have you been all the day, my pretty one?”, pregunta la madre angustiada en la magnífica versión de Burt Ives. El muchacho estuvo en casa de su novia y le dieron de comer sopa de anguilas. Su madre entiende que el plato estaba envenenado. El joven pide que le preparen la cama pues sabe que va a morir. La canción se estructura como una serie de preguntas y respuestas.

“Lord Randall”, y por consiguiente “Hard rain”, tienen un antecedente todavía más antiguo en “Testamento dell’avvelenato” (Testamento del envenenado), una balada originaria de la zona de Como, en Lombardía. La letra aparece por primera vez en 1629, en una antología de canciones populares publicada en Verona por un tal Camillo Bianchino. En la inquietante versión de Giovanna Marini, las anguilas envenenadas se comen asadas y el joven, como último deseo, pide la horca para su novia asesina, en vez del fuego del infierno, que pedía Lord Randall. Se trata, sin embargo, de la misma canción. En “Hard rain”, además de la estructura de preguntas y respuestas entre una madre y su hijo dilecto (Blue-eyed son debe ser entendido como “hijo preferido”), Dylan preserva la imagen originaria del veneno en uno de los versos finales. La madre pregunta: “¿Y ahora que vas a hacer, mi hijo adorado?”. Y él responde: “Volveré a las profundidades del más profundo bosque negro […] donde los perdigones de veneno están inundando las aguas”. En la visión del joven Dylan, el protagonista no muere, sino que hace un viaje iniciático al mundo de los muertos para aprender la canción profética que luego cantará entre los vivos.

Pero “Hard rain” está compuesta de canciones porque cada línea de texto es un tajo de bisturí que hace aflorar una imagen. Cuenta Dylan que imaginó cada verso como el comienzo de una nueva canción. Al mismo tiempo, los versos se conectan entre sí de dos maneras. La primera es formal, pues la anáfora, que es la figura retórica que estructura la letra, tiene una función tanto expansiva cuanto de cohesión, como señala Alessandro Portelli en Bob Dylan, pioggia e veleno (2018), un análisis exhaustivo de la canción y de sus raíces en la música popular europea. La segunda es material. Los versos van formando una cadena de referencias temporales (pasado/futuro) y sensoriales (vista/oído), que Dylan plasma en imágenes bellas y violentas, postales de un mundo que rueda hacia el precipicio con urgencia y frenesí. La rama sangrante, imagen virgiliana y dantesca, se confunde con los martillos sangrientos. Las montañas brumosas con las carreteras retorcidas. El sonido de alguien que muere de hambre con el llanto de un payaso en el callejón. La muchacha en llamas con la niña que te regala un arcoíris. Los perdigones envenenados que contaminan el río con la humedad de la prisión mugrienta. Todo se acumula, se superpone, se entremezcla creando un mundo infausto sobre el que está por desencadenarse un diluvio universal de lluvia dura.

Sin restarle mérito a la maravillosa versión original de 1963, con su gravedad folklórica y su fraseo visionario, quisiera llamar la atención del lector sobre la interpretación en vivo en Montreal, de diciembre de 1975, incluida en el quinto volumen de The Bootleg Series. El concierto fue parte de la legendaria Rolling Thunder Revue, la gira que llevó a Bob Dylan y a una troupe de personajes misceláneos (entre ellos, Allen Ginsberg, Sara Dylan, Roger McGuinn, Joan Baez, Mick Ronson, Joni Mitchell, Sam Shepard y otros) por Estados Unidos y Canadá entre el otoño de 1975 y la primavera de 1976; y que recientemente inspiró un bello documental de Martin Scorsese (Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan story by Martin Scorsese). Aquel canto apocalíptico que a principios de los años sesenta era austero y solemne, reencarna a mediados de la década del setenta como un blues venenoso de taberna. Dylan cambia prácticamente todos los énfasis en el fraseo. Si en la versión de estudio, munido tan solo de una guitarra y sin recurrir a la armónica, Dylan hace de rain la palabra protagonista, estirándola con elegancia y dramatismo, en esta interpretación eléctrica alarga la palabra que subdivide cada verso transformándola en un lamento destemplado, casi histérico (side, crawled, middle, front, miles, en la primera estrofa, por ejemplo). Esto provoca en el texto cesuras que quebrantan las imágenes para adecuarlas a la síncopa arrolladora de la batería y el flow del bajo. Dylan apenas abre la boca. Las palabras se filtran por el cerco de los dientes. Es un canto tenso, desangelado, pero no por ello menos extático. La atmósfera festiva es de danza macabra. Un baile frenético en círculos que va generando el remolino por el que todo lo que es, y todo lo que alguna vez fue, se escurre hacia la nada. Si en 1962 y 1963, el anuncio del fin del mundo se acompañaba con Beaujolais, el combustible acá es la cocaína, fiel dama de compañía de la comitiva durante la Rolling Thunder Revue.

“Hard rain’s a-gonna fall means something’s gonna happen”, dijo Dylan cuando presentó la canción en el Carnegie Hall el 26 de octubre de 1963. En retrospectiva, el mensaje habrá sonado ominoso para más de un espectador aquella noche cuando, menos de un mes más tarde, John F. Kennedy fue asesinado en Dallas. De las grandes canciones apocalípticas de Dylan (pienso en “When the ship comes in”, “Desolation row” y “All along the watchtower”, pero también la magistral “Caribbean wind” y, por supuesto, la joya de la corona, “Murder most foul”), “Hard rain” con su estructura acumulativa, su intensidad melódica y sus imágenes caleidoscópicas es la que mejor reproduce la ansiedad que acompaña la sensación de calamidad inminente; sobre todo en la versión maníaca de la Rolling Thunder Revue, que Dylan canta rechinando los dientes como si nadase por sus venas una anguila eléctrica envenenada.

Dije hace un rato que fueron tres los disparadores que marcaron el comienzo del proceso de canonización cultural de Bob Dylan allá por 1997. En realidad, fueron cuatro. El cuarto jinete del Apocalipsis fue el concierto del 27 de septiembre en la Plaza Mayor de Bolonia ante Juan Pablo II. En aquella ceremonia multitudinaria, que concluyó el Congreso Eucarístico, el Papa coronó simbólicamente a Dylan profeta de la juventud como su antecesor León III había coronado emperador a Carlomagno. Tiempo después, Benedicto XVI confesó que, en esa ocasión, él (todavía cardenal) se había opuesto a la presentación de Dylan. “Había razones para ser escéptico –yo lo era y, en cierto modo, lo sigo siendo–; había razones para dudar acerca de si estaba bien permitir la intervención de este tipo de profetas”, explicó. Ratzinger no niega que Dylan posea el don de la profecía. Su reticencia se debió al simple hecho de que no lo consideraba (y sigue sin considerarlo) el tipo de profeta que la Iglesia debe promover. Se impuso, sin embargo, la voluntad de Juan Pablo II y Bob Dylan, de traje negro con bordados blancos y sombrero de cowboy, tocó dos de sus grandes éxitos (“Forever young” y “Knockin’ on heaven’s door”) y cerró su presentación con una versión country, dulce y plañidera, de “A hard rain’s a-gonna fall”.a En esa noche boloñesa, bajo la mirada del Papa anciano que lo escuchaba entronado desde un costado del escenario con el mentón reposando sobre la mano y una expresión de severo interés, Dylan cntó su canción del fin del mundo y un mar de caras sonrientes celebró con efusión.

Casi un cuarto de siglo y dos Papas más tarde, Bob Dylan cumple ochenta años y no afirma ni desmiente ser un profeta. En “False prophet”, uno de los singles de Rough and rowdy ways, canta con una voz que parece un gruñido: “I ain’t no false prophet, I just know what I know.”


   


(LETRAS LIBRES / 20-5-2021)

martes

BOB DYLAN ENTREGA EN PLENA CRISIS LA CANCIÓN MÁS MONUMENTAL DE SU CARRERA, “MURDER MOST FOUL”




por Carlos Marcos

Al final del breve texto se intuye que Bob Dylan está en el mundo en el que vivimos todos. “Manteneos a salvo”, dice. Aunque luego se sale del carril: “Manteneos atentos y que Dios esté con vosotros”. ¿Atentos? Parece que el legendario músico se ha enterado de que hay un virus que está masacrando al planeta. Después de todo, le está impidiendo lo que más le gusta en este mundo, ofrecer conciertos. El texto lo publicó hace unas horas en su cuenta de Twitter. Es breve. Dice así: “Gracias a mis seguidores por vuestro apoyo y lealtad durante todos estos años. Esta es una canción inédita que grabamos hace un tiempo y que os puede resultar interesante. Manteneos a salvo, manteneos atentos y que Dios esté con vosotros”.

“¿Os puede resultar Interesante?”. Mientras las estrellas de la música están atiborrando sus cuentas de Instagram con conciertos acústicos trufados de chascarrillos, o componiendo temas que cuando se acabe la pandemia se olvidarán, Dylan (Minesota, EE UU, 78 años) ofrece la pieza más monumental de su carrera, por duración, por densidad lírica y por número de palabras. Murder Most Foul (que se puede traducir por ‘Un asesinato inmundo’) es, además, su primera canción nueva en ocho años, desde el disco Tempest, de 2012.

Son 1.376 palabras distribuidas en 16,56 minutos donde el cantante repasa acontecimientos y figuras icónicas de sus años más intensos, los sesenta y los setenta. Es la canción más larga de su carrera. El récord lo tenía Highlands, incluida en el disco de 1997 Time Out of Mind, con 16,31 minutos. Hay trampa: no es una canción que Dylan haya compuesto y grabado en el último mes, cuando nuestro mundo se volteó por el coronavirus. Probablemente sea un tema registrado hace relativamente poco (unos meses, unos años), porque canta con esa voz quebrada que ha exhibido en las últimas entregas y conciertos.

El largo texto arranca con el asesinato de John F. Kennedy (“Fue un día oscuro en Dallas, noviembre del 63./ Un día que vivirá en la infamia./ El presidente Kennedy estaba en lo alto/. Un buen día para vivir y un buen día para morir”) y luego recuerda grandes acontecimientos de la época, dibujando una dramática historia del declive de Occidente, ejemplificada en su país, Estados Unidos. “Libertad, oh libertad./ Libertad desde la necesidad./ Odio decirlo, pero solo los hombres muertos son libres./ Envíame un poco de amor, no me digas mentiras”, clama en uno de los versos más oscuros y bellos. Después de un retrato sombrío y cínico de la época, muestra una única salvación, la música, encarnada en los Beatles, John Lee Hooker o Patsy Cline.

El escritor y especialista en la obra Dylan Benjamín Prado subraya la relevancia de Murder Most Foul: “Dylan ha cerrado otro círculo. Nunca le gusto hablar, pero sí cantar hablando: empezó haciendo talking blues y ha acabado recitando poemas pop. Es una canción bellísima, que en el estilo homenajea quizá a Leonard Cohen y en la letra lamenta la caída de una época. Él habla de Kennedy, pero yo oigo ahí las muertes de Cohen, de Bowie, Tom Petty, Jerry García y dos de los cuatro Beatles”.

En un ambiente nocturno de mesa camilla, acompañado de un piano, unas suaves cuerdas y una melosa percusión de fondo, Dylan más que cantar, recita, perturba y exige al oyente una concentración gozosa inusual en estos tiempos de inmediatez. Una canción sensacional que se queda a poca distancia de sus obras maestras. Probablemente Dylan haya estado escuchando los últimos trabajos de Nick Cave y se haya inspirado ahí para componer Murder Most Foul . Y ese es un dato más para constatar que este hombre vive en nuestro mundo.

(EL PAÍS España / 27-3-2020)

domingo

¿CÓMO SE SIENTE SER BOB DYLAN?


por Nicolás Tabárez


Los logros y el costado más desagradable del artista son repasados por Howard Sounes en Bob Dylan. La biografía, en la que el músico es retratado como genio y hombre común a la vez

Nos encantan los genios. Cuanto más complicados, desagradables y buenos en su tarea, mejor. Steve Jobs, Mohammed Ali, John Lennon, Diego Maradona o Bob Dylan no serían quienes son si sus vidas no incluyeran escándalos, controversias, y si fueran tipos amables, sencillos y de buen trato en todo momento.

“Un artista puede tener una enorme habilidad natural en una disciplina y ser una persona bastante corriente en todo lo demás”, escribe el periodista inglés Howard Sounes en Bob Dylan. La biografía, que fue publicada originalmente en 2001 y reeditada en 2016 agregando lo ocurrido en la vida del músico en esa década y media, y culminando justo antes de que ganara el histórico y polémico premio Nobel de Literatura.

El libro se dedica a demostrar que, justamente, Dylan es un genio al momento de hacer música y un tipo común en lo demás, con el agregado de que el estrellato hizo que su vida fuera por un lado más emocionante de lo común y por otro más difícil de llevar. En ese aspecto, el artista nacido como Robert Zimermann en Duluth, Minnesota, hace 76 años, buscó que la fama no afectara su vida personal. Dio versiones contradictorias de su biografía, ocultó con esmero su vida doméstica, y hasta mantuvo un segundo matrimonio con la cantante Carol Dennis (con quien además tuvo una hija), que fue secreto hasta que Sounes publicó el libro.
.
Además del mundo íntimo de músico, el autor repasa la labor artística de Dylan, desde sus inicios como rockero adolescente hasta su consagración como ícono del folk y el rock, pasando por su etapa religiosa, su “electrificación” que tantos abucheos le significó en 1965 ante el público folk, y las giras interminables en las que los maltratos a sus músicos fueron tan corrientes como los romances fugaces, las ovaciones y las presentaciones memorables.

Dylan no habló con Sounes. Pero sí lo hicieron decenas de personas que lo conocieron y que en conjunto componen un retrato que deja una impresión completa del músico tanto en “lo bueno” como en “lo malo”. A Dylan no se lo querrá más ni menos al cerrar el libro, pero sí se lo conocerá más. Se conocerá, por ejemplo. cómo opera su cerebro y cómo es –y cómo fue– la vida de un artista fundamental de la música del siglo XX. Citando al propio compositor, el “How does it feel?” (“¿Cómo se siente?”) de Like a Rolling Stone.

Si bien el comienzo del texto es algo tortuoso, una vez que se entra en ritmo es imposible dejarlo. Eso es lo único que se le puede puntualizar al extenso libro de Sounes, que sirve como buen punto de entrada para quienes no están tan familiarizados con el autor de Blowin in the wind y Knockin on heaven’s door. Porque los premios, los discos vendidos y los hits son solo una parte de la historia de un hombre que influenció a artistas como los Beatles y Bruce Springsteen, que fue capaz de ser cantante de folk y roquero al mismo tiempo, pero que no deja de ser eso, un hombre. Con un gran sentido del humor, mucha timidez, y que por momentos no quiere ser Bob Dylan. Pero lo es, lo acepta y, como se muestra en el libro, lo disfruta, a veces incluso rayando en lo despótico o lo insufrible.

Sounes describe a Dylan como una persona corriente que ha destacado en su área, que en la vida diaria tiene “rasgos de hombre difícil, introvertido, manipulador, rencoroso, egocéntrico y machista. Sin embargo, con la guitarra en la mano, se transforma en una persona mucho más brillante”.


(EL ASTILLERO DE LAS LETRAS / 18-6-2018)

SEIS LETRAS DE CANCIONES DE BOB DYLAN QUE MUESTRAN POR QUÉ GANÓ EL NOBEL DE LITERATURA 2016


Bob Dylan, el rebelde, el poeta, el que dijo metafóricamente lo que nadie en medio de la brutal tensión de la Guerra Fría se atrevía a decir.
Bob Dylan, el mayor -y para algunos, como la revista especializada Rolling Stone, el mejor- representante de la canción de protesta de todos los tiempos y hoy nuevo Premio Nobel de Literatura.
¿Cuál es la genialidad de Bob Dylan que lo hizo convertirse en el primer músico en adjudicarse un Nobel de Literatura?
BBC Mundo seleccionó seis de sus letras más icónicas para entender su arte.

1
Masters of War (Los maestros de la guerra) 1963


You that build the big guns
You that build the death planes
You that build all the bombs
You that hide behind walls
You that hide behind desks
I just want you to know
I can see through your masks
"Ustedes, que fabrican las grandes armas
Ustedes, que construyen los aviones de la muerte
Ustedes, que construyen todas las bombas
Ustedes, que se esconden tras los muros
Ustedes, que se esconden detrás de escritorios
Sólo quiero que sepan
Que puedo verlos a través de sus máscaras".
Rabia, angustia, ira. Todo junto y revuelto en plena guerra fría, cuando EE.UU. comenzaba a intervenir Vietnam y el año en que su presidente John F. Kennedy era asesinado a tiros.
"Nunca había escrito algo así antes", contó Dylan en una entrevista. "No canto canciones para desearle la muerte a gente, pero no pude evitarlo en esta".

2. A hard rain's a gonna fall (Dura lluvia va a caer) 1963
11IMAGES

I saw a newborn baby with wild wolves all around it
I saw a highway of diamonds with nobody on it
I saw a black branch with blood that kept drippin'
I saw a room full of men with their hammers a-bleedin'
I saw a white ladder all covered with water
I saw ten thousand talkers whose tongues were all broken
I saw guns and sharp swords in the hands of young children
And it's a hard, it's a hard, it's a hard, and it's a hard
It's a hard rain's a-gonna fall.
"Vi a un recién nacido rodeado de lobos salvajes
Vi una autopista de diamantes que nadie usaba
Vi una rama negra goteando sangre fresca
Vi una habitación llena de hombres cuyos martillos sangraban
Vi una escalera blanca cubierta de agua
Vi diez mil oradores de lenguas rotas
Vi pistolas y espadas en manos de niños pequeños
Y es dura, dura, dura
Muy dura la lluvia que va a caer".
Considerada como "la mejor canción de protesta escrita por el mejor autor de protesta de todos los tiempos" por la revista especializada Rolling Stone, esta pieza de siete minutos habla de un padre que le pregunta a sus hijos qué ven y estos le describen fotografías apocalípticas.
"Cada línea es el principio de una canción en sí misma", explicó Dylan en la época de su lanzamiento (1963). Pero al escribirla no creyó tener suficiente tiempo para escribir cada una de ellas "así que las puse todas juntas en esta".

3. Like a Rolling Stone (Como una piedra que rueda) 1965


Ah you never turned around to see the frowns
On the jugglers and the clowns when they all did tricks for you
You never understood that it ain't no good
You shouldn't let other people get your kicks for you
(…)
How does it feel, ah how does it feel?
To be on your own, with no direction home
Like a complete unknown, like a rolling stone
"Nunca te diste vuelta a observar los ceños fruncidos
De los malabaristas y payasos que hacían trucos para ti
Nunca entendiste que no es bueno
Dejar que otra gente reciba los golpes que son para ti".
(…)
"¿Cómo se siente? ¿Cómo se siente?
Estar completamente solo, sin saber el camino a casa
Ser un completo desconocido, como una piedra que rueda".
Probablemente la canción más conocida del último Nobel de Literatura y considerada la mejor canción de todos los tiempos según Rolling Stone.
Lanzada en 1965 fue la que catapultó al artista a la categoría de estrella del rock luego de que los críticos consideraran su combinación de distintos elementos musicales como "revolucionaria".

4. It's alright Ma (Está todo bien, ma) 1965


That he not busy being born is busy dying
"Aquel que no está ocupado naciendo, está ocupado muriendo".
Esta canción la escribió en Woodstock, 1964. 40 años después, haciendo una retrospectiva, Dylan aseguró que ya no podía escribir canciones como esta.
"No sé cómo escribí esas canciones. Me trato de sentar y escribir algo como eso. Lo hice alguna vez y puedo hacer otras cosas ahora, pero eso ya no lo logro".

5. Chimes of Freedom (Repiques de libertad) 1964


Far between sundown's finish and midnight's broken toll
We ducked inside the doorways, thunder went crashing
As majestic bells of bolts struck shadows in the sounds
Seeming to be the chimes of freedom flashing.
"Lejos entre el fin de la puesta del sol y el fallido redoblar de la medianoche
Nos zambullimos dentro de los portales, el trueno fue a estrellarse
Como majestuosas campanas de pestillos que golpean las sombras en los sonidos
Que dan la impresión de ser repiques de libertad intermitente".
Una pareja atrapada en medio de una tormenta, entre el atardecer y la media noche es a primera vista el tema de esta canción. Pero como todo en Dylan, esta canción de 1964 no está exenta de subtexto.
Según Mike Marqusee, autor de "Chimes of Freedom: la política en el arte de Bob Dylan", el tema marca una transición entre el primer estilo de protesta del Nobel, "una letanía de los oprimidos y oprimidas, en la segunda mitad de cada verso", y su posterior estilo más libre, caracterizado por la fusión de imágenes.

6. Absolutely Sweet Mary (Absolutamente dulce María) 1966


To live outside the law you must be honest
"Hay que ser honesto para vivir fuera de la ley".
Una frase que ha dado la vuelta al mundo desde su lanzamiento en 1966 y sigue dándola. Es parte del disco "Blonde on Blonde", el cual recomendó la secretaria del comité del Nobel de Literatura para entender la poesía del autor que se adjudicó el Nobel de Literatura número 109.
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