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miércoles

ULISES PANIAGUA / EXCLUSIVO DESDE MÉXICO (*)

 


SAÚL IBARGOYEN: DESDE RUSIA CON AMOR

  

                                                            ¿Serán canción para tu voz mis palabras?

                                                                                                       Saúl Ibargoyen

 

La literatura es celebración. También es despertar. La literatura transgrede las fronteras, las razas los malestares sociales. La literatura trasciende la muerte. “¿Qué vida tiene la vida o qué muerte la muerte?”, dice Alberto Caeiro, en unos de sus versos (a través de la pluma de un tal Feranando Pessoa). ¿Y si hablamos de literatura, qué vida o qué muerte? La respuesta se encuentra en las flores y los cantos, seguro, en la vida y la muerte a través de la poesía. Es el sueño interminable, vinimos a soñar a través de la palabra. Vinimos a “soñar la muerte” acompañados de los libros.

 

Escribe Quevedo en su poema “Desde la torre”, que con pocos, pero doctos libros juntos, se entra en conversación con los difuntos, y se escucha con los ojos a los muertos”. Es cierto: los libros nos permiten conversar con los autores amados a pesar del misterioso umbral que separa lo que es, de lo que se espera que sea. Leemos, escuchamos a los muertos.

 

Es así que este pasado domingo seis de septiembre, a pesar de la aparente insalvable distancia que nos separaba del poeta y narrador Saúl Ibargoyen, fue posible conversar con él, revivirlo de algún modo. No sólo lo hicimos en castellano, idioma que vio nacer al escritor uruguayo-mexicano; sino que se consiguió una sinfonía multicultural, donde los versos de “El escriba de pie” resonaron en italiano y ruso dentro de los recintos virtuales de la Feria Universitaria de Pachuca.

 

No nos detuvo una emergencia sanitaria. No nos lo impidió nada ni nadie. Estuvimos con Saúl en tres idiomas (cuatro, si agregamos el idioma universal de los poetas). Saúl nos acompañó en voz de Mariluz Suárez, dramaturga, traductora; su pareja de tantos años, tantos vuelos, tantos viajes. Resurgimos a Saulo de tanto global, capitalista aplastamiento. En medio de la pantalla, la voz de Mariluz fluyó como un nocturno. Se hizo el evento: “Contemplo la piel de la noche / Esa delicada acumulación de sombras / Detrás está tu rostro, como un río / Y somos el agua”.

 

Así inició la fiesta. Los versos de Saúl escaparon de los fríos pixeles para compartirnos emociones, anhelos, búsquedas. Fuimos a través del ritmo. Así, durante cuarenta minutos extirpamos la agitación, el estruendo; les dimos la espalda. Pues como el propio Saúl solía comentar: “no hay mejor manera de combatir el ruido, que escribir un verso rítmico”. Junto a él, combatimos el ruido.

 

Luego, sin apenas notarlo, nos hallamos repitiendo, en un eco universal, los versos de Ibargoyen en una melódica, deliciosa versión en ruso. Escuchamos al mexicano Misael Rosete, en el idioma de Pushkin y Mayacovsky, interpretar versos ibargoyeanos. Desfilaron galaxias y viajes siderales ante los espectadores. Se hicieron los versos entre supernovas.

 

Como un gran detalle (para un escenario ya de por sí gozoso), fuimos testigos de una magnífica lectura de textos, desde Rusia, en la voz de cuatro inteligentes mujeres. Descubrimos “sombras” con la poeta Anna Rodiovna, cautivados por su dulce timbre; disfrutamos “las gotas de lluvia” en María Diomima, teniendo como escenario una espléndida biblioteca. Dejamos de pensar “que las lluvias pudieran volver como si ese su tiempo se hubiera destruido”, gracias a la interpretación de la bella Yulia Voronina. Fuimos testigos de “un sueño con zapatos”, en la delicada voz de Tamara Aleksandrovna. Fue un convite de letras.

 

Cualquier acto que reúna a un grupo de convocados a compartir poesía es ya un banquete de los sentidos. Este, desde luego, no fue la excepción. Las cosas marcharon de maravilla. Se trató de un domingo único. Entre banderas y estiletes, entre zapatos y grafías ibargoyeanos, anduvimos llorando felices, “pa’ delante”.

 

Es verdad que después se leyeron algunos poemas míos al ruso, en voz de Rosete; y que me atreví a traducir e interpretar un poema de Saúl al italiano. Pero esos son detalles minúsculos. Lo que queda es la esencia de Ibargoyen en la sala virtual, cuando recalca: “Deben saberlo los constructores de muros. Será un mundo para todos, o no será un mundo para ninguno”. Y el verso se repitió, en la lengua de Passolini y Pavese, sólo para recalcar la importancia del futuro.

 

Al final, no quedó más que agradecer a la FUL., y de manera especial a Marisa D’Santos, poeta, narradora y gran promotora cultural, la dedicación, el empeño para coordinar este evento dentro del marco de la feria universitaria y traer, de este modo, al poeta uru-mex a la tierra de los mortales desde la sublimación tecnológica (en una especie de telecomunicación celestial). No quedó sino agradecer también la atención de los estudiantes hidalguenses que siguieron la lectura con interés, seguro con cierto asombro. Porque, aunque la posmodernidad se niegue a reconocer la importancia de la lectura, como bien lo hizo saber Wislawa Szymborska: “A algunos les gusta la poesía”.

 

Este seis de septiembre trajo consigo al gran poeta latinoamericano, nos obsequió la generosidad de sus versos desde la transgresión de la muerte. Nos contemplamos en sus ojos; miramos “en estos ahoras de ceniza cómo caen piedra abajo, los ojos (que) son sólo polvo de una estatua innominada”. El evento pudo, y puede presenciarse, a través del link https://www.uaeh.edu.mx/ful/2020/eventos/284, por si se está dispuesto a sumergirse en las agitadas y tranquilas aguas ibargoyeanas. Esperamos que quienes lo vean disfruten, tanto como nosotros, los cantos y las letras allí contenidas. Que hagan que las palabras del inolvidable “escriba” sean canción para su voz.

 

Valga entonces este encuentro virtual universitario como pretexto para bailar un tango poético con dedicación a los esperanzados “do mundo”. Recordemos a Saúl Ibargoyen, eterno en su persona, su ritmo, sus escritos. Está con nosotros, es un hecho. Después de todo: “¿Qué vida tiene la vida o qué muerte la muerte?”. 

 

(*) Ulises Paniagua (México, 1976). Narrador, poeta y dramaturgo. Ganador del Concurso Internacional de Cuentro de la Fundación Gabriel García Márquez, en Colombia (2019). Ha sido considerado en una antología, en Rusia, como uno de los más interesantes poetas contemporáneos de Latinoamérica. Posee dos posgrados en la especialidad de imaginarios literarios. Es autor de dos novelas, siete libros de cuentos y cuatro poemarios. Ha sido divulgado en antologías, revistas y diarios nacionales e internacionales, incluyendo Nocturnario, El búho, Círculo de poesía, Nexos, Siempre!, El Sol de México, Ígitur, Letralia, Altazor y Jus. Es parte del catálogo de autores del INBAL. Publicado en la Academia Uruguaya de Letras, en España, Italia, Perú y Venezuela, su obra ha sido traducida al inglés, ruso, checo e italiano. Correo electrónico: sesilu7@yahho.com.mx.

UN Y MIL HAIKUS - SAÚL IBARGOYEN (1993 – 2018)


1ª edición en formato papel: Eterno Femenino / México / 2020

1ª edición virtual: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2020


Ilustración de portada:

Mariano Rodríguez (1912-1990), Cuba.


PRIMERA ENTREGA


PRIMERA SOLAPA


Saúl Ibargoyen (Montevideo, 1930). Poeta y narrador uruguayo/mexicano. Su obra alcanza más de 70 títulos en poesía, novela, cuento, testimonio, teatro infantil. Es Miembro correspondiente de la Academia Nacional de Letras, Uruguay. Doctor Honoris causa por la Universidad de Tijuana-CUT, México y la Universidad “Arnulfo Romero”, República de El Salvador y Miembro del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Sofia, Bulgaria. Traducidos varios de sus trabajos al francés, inglés, portugués y otras lenguas.  


PALABRAS INNECESARIAS


Toda armazón poética, ya sea tradicional, vanguardista, posvanguardista o simplemente renovadora, implica para la poesía una contradicción hasta ahora no resuelta: es decir, cómo tener acceso por parte del poeta, y aun del receptor, a una simbiosis entre forma y materia artística, entre sustancia y estructura, bajo la cifra primera de una libertad creativa que no destruya sus componentes, pues éstos son también esa misma libertad que los congrega y modifica.


O sea, el haiku como estructura deja de serlo en la medida en que es escrito, pero sólo al escribirlo el poeta logra un contenido cuya forma es un haiku. O algo así, como una interacción insoslayable entre autor -o no autor-, escritura y naturaleza. En las añejas artes poéticas de Asia Oriental hay también otras expresiones de estructura breve, como el Chüeh chü en China y el shijo clásico en Corea. El primero es un cuarteto de versos cortos, cada uno de cinco a siete caracteres, y el segundo es una composición de tres versos de unas quince sílabas cada uno. Pese a sus diferencias formales, gráficas y prosódicas, estas especies comparten valores estéticos, éticos y filosóficos con el haiku. Por otra parte, y volviendo a lo anterior, todo haiku redactado en otra lengua que no sea la japonesa, no es en verdad un haiku; sólo en ésta el sonido y la imagen pueden formar parte, según sugeríamos, en función de la escritura/pintura misma y de fundamentos religiosos y culturales muy específicos e irrepetibles, tanto del paisaje contemplado como de los ámbitos espirituales percibidos por cada haikusista, haikuista o haikusero. El poeta mexicano José Vicente Anaya lo ha esclarecido en su magnífico trabajo “Breve destello intenso (el haiku clásico del Japón)”, 1992.


En nuestra colección de haikus, compuesta con la lentitud que todo lo veloz encierra, y además apenas releída, se hallan, integrados a ella, los escritos por Mishiko Hado (uno de los heterónimos de quien firma al calce como el auctor). Haberlos distinguido significaría violar la ley de Isidore Ducasse: “La poesía debe ser hecha por todos. No solo por uno.”                                                                


UN MIL Y UN HAIKUS


La luna canta

su helada lejanía

de cielo gris.



Noche tras noche

oigo campanas rotas

por tu silencio.



Negras montañas

rodean la solitaria

senda hacia el cielo.



Gira la rueda

como un lento sonido

que vuelve a ti.



La flor de jade

levanta en mi jardín

su piel de luz.



Tus ojos miran

la limpia oscuridad:

tiemblan las sombras.



Miro en tu rostro

el frío de la lluvia.

Las aguas vuelan.



En el otoño

sobre una roca roja

grita este sol.



Llega otro aire

con su ruido de pájaros:

vive el silencio.



Las hierbas crecen:

nada saben del cielo

ni de la tierra.



Crujen los pétalos.

En mitad del jardín

entra una sombra.



Mueren abejas

fallece un colibrí

por qué el vacío.



Palomas saltan

sobre granos y pan

que ya se acaban.



Casas y nubes

calles plazas y parques

hombres y sombras.



Los secos cielos

con sus arrugas de agua

muy junto al sol.



La servilleta

blanca sobre la mesa.

Tu rostro lejos.



Humo en el cielo.

Gorriones en el viento.

Allá tu sombra.



Montaña sola

bajo la verde lluvia.

Huyen los pájaros.



La noche se abre

como una inmensa boca.

Y nadie canta.



Nubes marchitas

se clavan en el cielo.

Todo es silencio.



Nace una flor

con pétalos de sombra.

Tú no la ves.



Llegan los pájaros

con sus plumas de invierno.

Tiembla el silencio.



El árbol crece

desde la tierra fría.

Sus hojas cantan.



Ciudad oscura

entre lenguas de lluvia:

aquí tu ausencia.




Grita un relámpago

en aires de cristal:

nadie lo escucha.

lunes

IBARGOYEN: ENTRE EL EXILIO Y EL ARRAIGO


por Gustavo Ogarrio


Autor de más de cincuenta obras, Premio Carlos Pellicer 2002, uruguayo de nacimiento y mexicano por adopción y luego por elección, recientemente fallecido, habla aquí con lucidez decantada por los años, de las dictaduras en Latinoamérica (El torturador); del fascismo (Sangre en el sur), y de la memoria y del regreso del exilio que, afirma, debe verse “como un exilio dentro de otro, y que se da en un no-lugar” (Volver… volver).

“Nunca se regresa del todo”, afirma Saúl Ibargoyen en relación a la experiencia del exilio y con motivo de la publicación de su última novela, Volver… volver, título de resonancias populares, cuyo referente es una celebradísima canción ranchera, y en la que narra el regreso de un exiliado a su país de origen. En esta reflexión sobre los temas del exilio, pero también sobre el sustento cultural y político que impulsa toda su obra, Ibargoyen nos dice: “Jamás nos vamos totalmente.”

Saúl Ibargoyen, poeta y narrador uruguayo/mexicano, ha publicado más de cincuenta libros de poesía, cuento, novela, testimonio y teatro para niños. En 2002 recibió el Premio Carlos Pellicer y, en 2004, el Premio Nacional Juegos Florales de San Juan del Río, Querétaro. Entre sus últimos libros publicados se encuentran Toda la tierra, Cuento a cuento, El poeta y yo, La última copa, El Torturador y Juntaversos.

¿Cómo se enfrenta el destino cuando se llevan las marcas del exilio? ¿Qué es la memoria cuando aparece bajo la forma de una novela? ¿Cómo regresan a su país de origen los que ya traen otro país encima? Saúl Ibar­goyen, también ensayista de varias orillas, entre Uruguay y México, y de varias fronteras, Uruguay y Brasil, hijo de esa larguísima frontera invisible creada entre su adopción mexicana y sus deseos rioplatenses, da a conocer esta nueva novela en la que se pregunta por un tema que ronda toda su obra: el regreso al país natal, su imposibilidad, su enfrentamiento con el pasado, el anacronismo que viven los que se van respecto con lo que se queda, las huellas de lo que ya no existe, o que existe de otra manera.

Volver… volver, su referencia a una popular canción mexicana, es la primera señal de ese ámbito que a este poeta le gusta tanto: el habla popular, el gesto de todos los días de una sociedad como la mexicana que vive sus fracasos y esplendores desde la canción ranchera.

Saúl, me gustaría primero que hablaras un poco no de esta última novela, sino de ciertas obras anteriores, muy cercanas en el tiempo, en las que veo prefigurado el tema de la memoria histórica respecto al pasado de represión y de dictaduras en muchos países latinoamericanos. Estoy pensando en tu novela anterior, El Torturador, una sátira un poco negra sobre un tema tan duro como la tortura, tratada sin tremendismos pero también sin ligerezas. ¿Cómo ves esta narrativa tuya respecto al momento de memoria actual que viven muchos de los países de América Latina?

En verdad, creo que la tortura como política terrorista de Estado opera en varios niveles. La aplicación de ese método destructivo de sometimiento implica efectos a largo plazo, más allá de la búsqueda de información o de implantar un miedo paralizante en el conjunto de la sociedad. Eso promueve un vínculo, que puede estirarse históricamente, como de mutua atracción entre el sujeto-Estado que realiza la tortura y el objeto-sociedad que la recibe. Por lo tanto, esto supone la existencia de una memoria que busca dolorosamente la verdad y la justicia, y de otra memoria que pretende convertir su discurso en una verdad ficticia y perversa. En tal sentido, creo que las zonas de mi narrativa en las que se da esta temática presentan, al menos, una posibilidad de ajustarse a un momento histórico en que, para algunos países del Cono Sur, se está acentuando el esclarecimiento de los incontables crímenes de lesa humanidad cometidos en los años setenta y ochenta. El tema de la tortura y su contenido ideológico –en razón de experiencias personales y colectivas–, es más que tema literario en el que hay estupendos textos testimoniales y creativos, empezando por el relato de la crucifixión de Jesús-hombre por el imperio romano; se transforma en un componente más de la cultura. O sea, es tal la presión del Estado terrorista (no hablo aquí de otro terrorismo) y, por decirlo así, de todo su aparato político, mediático, tecnológico, psicológico, científico, policial, castrense, etcétera, que esa modalidad de opresión resultan internalizada por la sensibilidad comunitaria. Como el niño golpeado y vejado que luego es golpeador y violador. En fin, así es mi personaje Escipión Carrasco, “el Torturador”, hijo de madre desconocida… La tradición de la tortura ha generado una respuesta literaria que también conlleva una tradición.

En otro trabajo tuyo, testimonial, Sangre en el Sur, pones a jugar una de tus ideas políticas más tenaces, dices que “el fascismo es uno”. ¿Podrías hablarnos de esta idea y de su relación con el testimonio y tu narrativa?

Ese libro de testimonio desarrolla hechos y situaciones vividas en cabeza propia y en cabeza ajena, durante un lapso de tres décadas reales; también se apela en el relato a datos de la historia conosureña, pero bajo interpretación muy personal. La intención, aparte de la necesidad de la escritura como un monólogo dramático, era señalar asuntos que aparecen en otras obras mías, aunque el autor explícito (estimulado por un entrevistador fantasmático) se involucra casi sin límites con su propio discurso. Y en buena medida, para denunciar sin anestesia la presencia, el desarrollo y los nefastos resultados de la puesta en práctica del fascismo criollo en Sudamérica, como brutal avanzada del neoliberalismo, tan elogiado por las oligarquías nativas. La tesis de que el fascismo es uno solo, más allá de las máscaras democráticas que utilice, es una verdad evidente que no necesita demostración. “Las espinas envenenadas del fascismo” dijera Rodney Arismendi, siguen lastimando al cuerpo social en Uruguay, en Chile… Miremos hacia América Central y más arriba. Es uno solo, sí, pero tiene muchas cabezas.

Ahora sí quiero a entrar en la novela Volver… volver, ¿quién es este hombre que lleva la voz, Leandro? Hay en su figura un trabajo novelesco desde tu propia autobiografía. ¿Dónde eres él y dónde no?

Pregunta para un psicoanalista, y yo soy sólo un paciente… No se oculta que el personaje central, Leandro, está apegado a una autobiografía que uno escribe sin palabras, mientras va respirando en estos complejos y a veces contaminados aires del mundo. Y que después, bajo ciertas pulsiones, resulta escrita e inventada al mismo tiempo. Uno la vive sin escribirla y la escribe como si la viviera. Por tanto, autor explícito, autor implícito y narratario son uno solo, otra vez la trinidad… Leandro es el nombre de mi padre, es decir, su nombre vive, respira, pero murió hace cincuenta y dos años. Decía mi amigo Hugo Giovanetti Viola que detrás de una familia o un grupo humano, o alguien, siempre hay una persona, como una sombra que señala aconteceres y destinos. Puedo decir que hay una sombra para mí, siguiendo esta metáfora, como el otro, el doble, etcétera, pero esa sombra se ha vuelto transparente y su núcleo de seguro es blanco. He pensado que, a más del asunto central de la novela, el regreso de un exiliado a la ciudad natal, el otro asunto es un homenaje y el verdadero encuentro con mi padre.

En la novela hay figuras que ilustran perfectamente este choque entre pasado y presente, que representan la imposibilidad completa del “regreso” para el hombre Leandro. Por ejemplo, María Laura, una estudiante que precisamente estudia el presente en una de sus versiones artísticas, la literatura, o Rosita, que en su disposición amorosa recarga el presente de exilio de Leandro, aunque se esté ya de regreso. ¿Es así esto?

No lo había pensado así, pues los personajes fueron apareciendo de quién sabe que “telas del corazón”, como universos nacidos de la nada (según Stephen Hawking), aunque esta teoría no sirva para los humánidos. Según los famosos griegos, hasta los dioses estaban sometidos a la necesidad, y mi personaje Leandro también, e igualmente María Laura y Rosita. Su aparición tal vez esté relacionada con ciertos huecos en la sensibilidad del protagonista, resultantes de historias pasadas que tienden a reiterarse, como si tratara de soñar en función de un acto de voluntad. Esto pretende significar que cada personaje tiene varias históricas apócrifas, es decir, escondidas, y la interacción con otra/o personaja/e despierta una sola de esas historias, en razón de la ley que expresa que un personaje no puede estar en dos lugares del relato simultáneamente. Ciertas partículas en la física cuántica, sí.

Hay una frase en la novela que me gustaría que profundizaras en ella, no en términos novelescos, pues a final de cuentas esto ya está en la novela, sino en sus consecuencias históricas: “Todo es memoria, hasta lo que no fue.”

Alguien, un místico árabe llamado Josef Ibn-Damash, dijo que recordar para adentro era vivir y recordar para afuera era morirse. Para los poetas, la memoria es la propia poesía en más de un sentido, pero cualquier ciudadano, y hasta un chimpancé (nuestro pariente más cercano), en sus operaciones recordatorias, realiza retoques o variaciones a la representación mental-sensible-espiritual de lo vivido. Es decir, genera uno o más futuros, quizá tan o más numerosos que los eventos del pasado. Además, cuando ya no hay nada que recordar, pero la base orgánica de la memoria persiste, ésta se alimenta de sí misma, se recuerda en eventos que no existen. Es el agujero negro de toda ausencia; Josef Ibn-Damash lo hubiera llamado muerte (que tampoco existe).

En un momento de este regreso del protagonista a Ríomar, el hombre Leandro se pregunta: “¿Qué estoy encontrando aquí, donde el verde es otro verde y ya no traquetean los tranvías amarillos…?” Es una pregunta cargada de símbolos que demuestran devastadoramente que el que regresa ya no reconoce la cotidianidad que dejó, la tecnología que lo acompañó en el pasado. ¿Qué papel juegan estos símbolos como el tranvía o el color del paisaje en la novela?

El verde y el tranvía amarillo son una alusión 
a unos versos de mi caro amigo Benedetti: “Montevideo era verde y con tranvías.” El amarillo (color vinculado con el Sol, el fuego, etcétera) lo vi en los tranvías de mi infancia. Contiene una propuesta simbólica de energía, de ritmos vibrantes y vitales. Yo acostumbraba descender de aquellas máquinas ruidosas y populares, apegadas a sus rieles de fierro, todavía en movimiento, apoyando el pie derecho y echando el cuerpo hacia atrás. Todavía hago eso al bajar de las peseras mexicanas como lo hice de los colectivos en Buenos Aires. El verde es además un fuerte color de la niñez, pues viví en zonas suburbanas, ricas en árboles y plantíos de maíz y viñedos. Para mí, y para el personaje Leandro, el verde tiene sabor y sus olores diversos son como una corriente de energía cósmica. Pero en una ciudad hay muchos colores, la inventes o no…

Esta novela es sin duda bicultural, está hecha de un lenguaje artístico que sólo es posible a partir de la experiencia de habitar dos sociedades, la uruguaya y la mexicana. ¿Qué tendrías que decir ante esta situación?

En efecto, se trata de una experiencia literaria a partir de dos culturas, que a su vez contienen una amplia diversidad de valores y representaciones simbólicas proveniente del traslado cultural, desde ecos de la Antigüedad preclásica, pasando por el mal llamado “encuentro de dos mundos” o pillaje colonialista de Nuestra América, hasta el espacio-tiempo globalizado de hoy, que la expansión del capitalismo salvaje impulsa. Es decir, tanto el autor explícito de la novela como sus criaturas de tinta y papel se hallan sometidos a las presiones de una cultura general para la cual no estaban preparados. Y aunque la escritura se haya alejado del uso de portuguesismos, tampoco se apoya sustancialmente en formas del habla mexicana: la novela trata de un regreso a los orígenes (reales o inventados), lo que implica una vuelta a la lengua primigenia. Además, pienso que la diversidad de la cultura, en sus trajines incesantes, muestra una dimensión evidente pero también sugiere otras dimensiones que llamaría soterradas. Tal vez éstas sean las más relevantes para mí.

Estamos ante una novela que se puede ver al final de un ciclo literario y político, el de una generación que vivió las dictaduras, el fin de la Guerra fría y la velocidad frenética de la globalización. ¿Qué reflexión te produce esta afirmación?

De acuerdo, sí. En estos momentos de nuestra historia latinoamericana el trágico ciclo de dictaduras y su resonancia literaria iniciada con Tirano Banderas parecen haber terminado. Lo que percibimos hoy es una nueva etapa de las luchas independentistas contra el imperio y sus socios, que traerán sufrimiento a nuestros pueblos, pero también la posibilidad de una liberación definitiva. Pero, ¿y el tópico del exilio, de milenaria tradición? Éste continúa en las realidades actuales del continente y del planeta, con una cauda de dolor y desgarramiento en verdad interminables, renovados 
y explotados por la perversidad del poder (pen­semos en el famoso Grupo Heidelberg). Asimismo, debe verse el regreso del exilio como un exilio dentro de otro, y que se da en un no-lugar. Tengo certeza de que mi personaje Leandro lo ha comprendido hasta el fondo: el exilio nunca se acaba, y no sabemos cuándo empieza. Nunca se regresa del todo porque jamás nos vamos totalmente.


(La Jornada / 27-1-2019)

domingo

SAÚL IBARGOYEN (1930 / 2019)


EL POLVO ENAMORADO SE DEPOSITA EN EL DULCE RÍO DE BARRO

Hugo Giovanetti Viola

Reproducimos la despedida escrita a Saúl Ibargoyen el 10 de enero, al otro día de del comienzo de su gran aventura cósmica. Hoy, 22 de enero, partes de sus cenizas serán esparcidas en la Plaza Ramírez, el lugar de festejo de la flotación invencible de la diosa de las aguas primordiales.

Hermanito Saúl: estás mirándome, lo veo, / desde el plano implacable donde moran / lineales los siempres, lineales los jamases. (…) yo todavía sufro, y tú, ya no, jamás, hermano!

No hace mucho tiempo me dijiste, en una de tus visitas anuales a Montevideo, que pensabas que de alguna manera Vallejo fue no sólo un gran poeta sino un gran sufridor, y creo que esa es una definición perfecta para aplicarte ahora que, con el cielo entre los dientes, acabás de embarcarte en la gran aventura, como le llamaba Carl G. Jung a la muerte terrestre.

Y por eso te sigo despidiendo con pedacitos del dolor del Cholo:

pero yo sufro, como te digo, / dulcemente, recordando / lo que hubimos sufrido ambos, a la muerte de ambos, / en la apertura de la doble tumba.

Y lo de dulcemente se extiende hasta el 69, cuando nos ahuesó una hermandad que duró medio siglo pero que desde el principio disfrutamos con un cariño sin tiempo, para hablarlo en Paco Espínola.

Poesía, militancia, copas, viajes y un tremendo transitar de escarabajos peloteros con cojones para alquimizar el estiércol cotidiano y sonreír indoblegablemente desde la calavera.

Sobre el filo de los 80, cuando me enteré que en pleno exilio te tenían que operar delicadísimamente porque estabas a punto de perder la vista, compuse el segundo poema que te dediqué desde el Montevideo negro y lo titulé Ibargoyen:

Un hombre se arrodilla para morder la tierra / con la media ceguera de su mirada en ascuas. / Un hombre solo / muerde la canción en la sombra / con su hocico radiante / como al único hueso que ha podido salvar / definitivamente de los perros del oro.

Y lo cierto es que no hubo torturadores fascistas ni ladradores de nuestra mismísima bandería desgarrada que pudieran arrancarte de tu misión de luz.

Con los escribas que nacieron para vivir de pie cronicando las variaciones del resplandor cósmico no se jode, muchachos.

Y además fuiste un hombre capaz de poetizar las intuiciones y las determinaciones con la elegancia y los güevos de un torero celeste, como cuando al llegar a París me tapaste los ojos en el primer puente del Boul Mich y me pediste que mirara de golpe hacia mi derecha y yo supe, contemplando la todopoderosa irradiación numínica de Notre Dame, que tenía que quedarme a vivir allí pasara lo que pasara y terminé por sumergirme en la adoración a una Beatrice con la que pude aplastarle la cabeza al diablo.

Y dos años después, en Montevideo, cuando eras mi responsable en la resistencia clandestina los milicos no te pudieron hacer escupir ni vomitar ni cagar mi nombre y me salvé de ir preso. Así que lo que te debo es mucho más que mucho, hermanito.

Y ahora sólo me queda parafrasear una palabra del eucarístico réquiem del Cholo: Hoy es más diferente todavía: / hoy sufro dulce, amargamente, / bebo tu sangre en cuanto a Cristo el duro, / como tu hueso en cuanto a Cristo el suave, / porque te quiero, dos a dos, Saúl, / y casi lo podría decir, eternamente.

MAITE VILLALOBOS DESPIDE A SAÚL IBARGOYEN especial desde México


CRÓNICA POST MORTEM

Entré en un autobús con olor a esencia de abandono, las alfombras eran un periódico mural de los ácaros que ya no respiraste y que ya no incluiste en un otro libro de poesía, repleto de esa estética escatológica en la que invertiste tantos años. Al sentarme alcancé a sentir insectos exonerados en los pliegues del asiento, y respiré un extenso aire de alas desintegradas. Me senté del lado de la ventana para evitar el vacío del pasillo, y había una cortina de huellas de la lluvia de los dos días anteriores. 

Cómo es que tu muerte es un escenario. 

Cuando miré el boleto, brilló en negritas el destino: Mexico City. Disfrutaba de oírte decir Mexico City, porque parecía ser una ciudad desconocida, deshabitada de costumbre. No aquella en la que había crecido, la que reconocía envuelta en rollos de papel de china, de colores, y con tizne en las orillas. No la que se me derretía durante mayo sobre los conos de helado. En tu boca mi ciudad no sabía a mi saliva. Mexico City tenía calles innombrables, con un sonido de adoquines que no reconocía la memoria de mis suelas ni de mi bicicleta. Seguro tendría esquinas que no nos pertenecieron jamás.   

Anoche tu vida de largo aliento paró.  Al morir cerraste la boca, como para amordazar el olor de la muerte y su discurso caótico. Fue una verdadera paradoja cerrar la palabra, que usabas siempre en un ejercicio de bautismo y acto ontológico en el mundo. Eras un profundo defensor de la locura como la única vía del arte, creías que en este ejercicio de desequilibrio mental se centraba el motor evolutivo que nos había convertido en Homo Sapiens. La locura, no el arte. Te supuse tanto en la muerte, que sigo despersonalizada de todos tus heterónimos; incluso de aquellos con los que me habitué a hablar más que contigo mismo. Sé lo mucho que te molestaría esta escritura no poética. Estoy segura de que me dirías que estás decepcionado de que decidiera dejar de ser una puta fiel a la poesía, para comenzar a escribirte en una prosa sosa con eco y resonancia. 

Decidiste combatir de modo abierto con la morfina, te negabas a la cobardía. Me gritabas antes de que te sedaran que eras un cobarde. Como si la poesía te hubiera hecho inmune al dolor, resistente, inmortal como todas tus musas. Casi caballeresco saliste a punta de rima, en tu delirio, peleaste con todos los idiomas sobre los labios; tu lengua se adjudicó todas las formas posibles. Tu garganta dejaba salir alientos de otras vidas hasta que comenzase a hablar en idiomas desconocidos, recién inventados, diseñados ex profeso para tu muerte.  Junto a ti, a tu costado, observaba que tejías nuevas voces desde el vientre de demiurgo que con arenas confecciona la palabra. 

Gritabas con un dolor, un sólo dolor; como si se tratara de tu apellido. Y tus gritos hacían remolinos dentro del té; en las aguas que avanzaban por los lavabos llevándose las ultimas barbas blanquecinas que te quitaste de encima; en una mañana en la que decidiste ya no cerrar los versos nunca más con la rabia de la esdrújula.  

Me he cansado de invocar a todos los dioses y a todas las musas, me dijiste.

En ese momento sentí la ruptura de un Homero que nos había engañado a los dos.

Canto a ti oh diosa la cólera del pélida poeta 

Nadie responde

Pensé en ese Platón que aseguraba que los poetas eran tipos de cuidado que amaban la copia y la simulación como si veneraban la verdad; así Homero. También pensé que morías como Sócrates y por las mismas causas, con idénticas acusaciones. Cuando menos a mi, hace 24 años sí me pervertiste; cuando menos sí escuché las veces en las que negabas la existencia de los dioses y ni decir de cuestionar las costumbres de la ciudad; para un botón, tu exilio.  

Luego me dijiste que “ya fue suficiente de esperar las respuestas que nunca llegan”, no sé por qué te sorprendía que no respondiera un dios que sabías de antemano que no existía. Me recordaste a aquel alumno que me pedía que le diera las frases, las claves, las palabras secretas de cada religión ante los posibles juicios finales; él sugería aprenderlos todos. Precavido intentaba adelantarse a una jugarreta religiosa.  

Y de pronto surgió entre nuestro espacio el miedo. Porque los dos percibíamos que aquella vieja muerte que salió a buscarte el día de tu nacimiento, ya estaba bajando del uber, en la puerta de la casa.  Tuve miedo de que en un exceso de Lorca murieras a las cinco de la tarde y yo no resistiera. 

Preferiste esperar la caída de las cucharas en el eco de las siete treinta, dejar que la taza que remontaba el color del asiento del té que bebiste por última vez, se quedara sobre la mesita de noche con su desencanto de lenguas ásperas. 

Y aquí estoy sentada de frente a ti, a tu horizontalidad. La sala del velatorio con pisos de mármol silente con cráteres y ríos de lava invisible. Y pienso en cómo te estarías burlando de ser velado en un espacio tan elegante, en tus palabras: tan burgués. Sobre este mausoleo camino y mis pasos hacen el eco de tu paladar en encabalgamiento. 

Tu nieto te espera dentro de tu hija, espera que le grites “ninio”. Ya no sucederá. 

Lloro únicamente para hacerte enojar, porque sé lo mucho que me reclamarías. Anticipo las miradas punitivas sobre mis manifestaciones emocionales. Se me oscurecen imágenes de vientres, tus caminos de piel, músculo, sudor y grasa con los que abrías cerros a través de tu nariz inflexible. Todo me brota en los ojos cerrados, y los abro para que la escena de tu féretro detenga el bombardeo onírico.  

Tu funeral está lleno de la música que elegiste, tangos y lirismo puro, que a veces se detiene por un comercial impertinente; y no sé llorar así, en medio de tus cantos cadenciosos. Es un acto obsceno. Por qué no simplemente me dejaste llorar. 

Y en medio de mis pensamientos más sublimes sobre tí y sobre tu muerte; aparece una mujer con falla de oído, que al hablar informa a las tres salas continuas, y dice que se siente contenta cuando se da su bañito de asiento. Y se me escapan las carcajadas en tu velorio, por los dos, porque sé que si lo supieras, no perdonarías la asfixia que emerge de la hilaridad pura. Durante muchos años me he sorprendido por los velorios en este digno país, llenos de tanto absurdo. Recuerdo uno en el que era tanta la pena que alguien llegó con charolas repletas de pan dulce y galletas en colección de desfile, y desapareció todo en menos de diez minutos. Así es la muerte, da hambre. En el tuyo, el halo de tu cadáver extendía la expresión de lo prohibido, de lo que se debe mantener oculto.

Te lo tenía que contar como parte de la crónica post mortem.

Cuándo dejarás de doler. 

Tu velorio es un oxímoron perfecto, redondo con la redondez que te cabía en las manos, y con la redondez de las Venus que aún no han sido extraídas de la tierra, con su piel de piedra; sobre las que correrás como niño que patea la osadía en tu vida próxima.

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