Mostrando entradas con la etiqueta El Mundo de la Nena. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El Mundo de la Nena. Mostrar todas las entradas

martes

[Cefalea] · Virginia Miller

A menudo odio mi sangre. Forma olas que se me revuelcan en la conciencia como amantes, envenenando de latidos la cordura. Taladra a un ritmo perfecto toda la maravilla de la luz. Amplifica ferozmente los zumbidos de la humanidad y ya no tolero la voz del compañero ni el ronco desorden del corazón. Es como un padre que no se cansa de machacar culpas y tiene la indecencia de no dejarme escribir.
¡Fobia al mundo! La impotencia es una cárcel hacinada de rabia. Y cruje cada vértebra borracha de dolor. Hasta el pelo se me vuelve agónico cuando se inflama la carne. Y golpeo la cabeza contra el mármol y la sombra porque no hay orgasmo que descomprima el gris de los pulmones ni píldora que apague los rugidos de la razón.


viernes

· Virginia Miller ·


Supe de un hombre de manos doradas, hecho de alguna luz en extinción. Tenía la espalda martillada de fe y violentamente húmeda de poesía. Colgados del cuello llevaba todos los trapos de su pueblo como una bandera.
Él me captó sin tiempo, como una eternidad pendiente que empezaba a hacerse tinta en sus ojos. Me soñó libre hasta convencerme. Se trepó a lo más alto de un árbol que todavía era semilla.
Supe de un hermano con las mismísimas plumas de Cristo. Un pobre santo que me transparentó la frente para estamparle su belleza más sincera. Y entendí que son pocos los hombres que saben amar


miércoles

<6> Virginia Miller


Convivimos con la generación del polvo: con los que escupen hacia arriba creyendo apuntar a Dios. Hay días en que el pegote inmundo que vuelve de plástico las sonrisas se hace contagioso y uno se descuelga de sus ojos para empapelar de propaganda los atardeceres. Días en que las rodillas se cruzan sobre la comodidad del vacío y nuestra noción de profundidad es la del Planetario. Cuando nos seduce la cursilería de la cáscara o la réplica de un estereotipo nos invade el jardín del fondo. Y nos parecemos a un barquito embotellado flotando en la basura. Basta que empiece a llover la baba del diablo para ver que los cuentos de hadas ya se cayeron de los árboles y se pudrieron.
Para mirarse la cara hay que cortar los tendones de la estética y la estupidez. Mirarse sin luz. Y entender que nos quedan apretados los zapatos de cualquier uniforme.


martes

El Mundo de la Nena <5> - VIRGINIA MILLER

Fue el único ángel en el que creí porque vino justo para darme la mano durante el apagón. Apareció como un niño de huesos de pólvora y boca huérfana -de esos que dan ganas de querer- llevaba un pulmón castrado de raíces y los años estiradísimos vendándole los ojos.
Fuimos haciéndonos hermanos con la angustia de los domingos de tarde, allá cuando no había otro día en la semana. Los dos sabíamos de reventarnos contra la pared para calmar el dolor. Girábamos entre la seducción de los mismos filos y queríamos volar con algo más puro que el porro. Los dos sabíamos de la necesidad de un puto abrazo.
Su lengua metálica maquilló mis ojeras. Me vistió de otra mujer a la que dibujó desnuda. Hizo magia con un pedazo de pétalo. Puso vida en mi pozo. Y se fue.
Hoy está en otro tiempo pensando en otro idioma.
Y una parte de la Nena vive en Rumania.



jueves

El Mundo de la Nena <4> - VIRGINIA MILLER

1 Sopló la muerte y la encontró durmiendo. Las baldosas del baño le helaban la sien y los sueños, mientras la boca soltaba sus últimas nieblas. Las manos abrazadas a los tobillos empezaban a aflojarse y su ala restante, rota y quemada, se estiró por última vez.

2 -¿Te das cuenta, José? Mirá toda esa eternidad ahí juntita: tan inmensa. Tan hermosa –le dijo con la mirada perdida. –Los azules, José. Los azules y el rosado del día que se va, mezclados con ese gris-tormenta. Ojalá me hubiera traído algo para pintarlo, aunque después se mojara. No puedo esperar a que se largue a llover, ¿sabés? Mirá cómo resaltan los barcos con ese blanco fosforecente, como las gaviotas. Contrastan y desafían a La Cosa. ¿No es genial?
José, con un pucho en la mano, perseguía a las hormigas que caminaban por el muro. Cuando las alcanzaba no las dejaba escapar: las torturaba de a poquito incinerándoles el lomo hasta que, en el mejor de los casos, se morían. No disfrutaba tanto del grito mudo de las víctimas como del escándalo de su novia. Cuando ella intentaba ignorar la agresión, sabiendo que su intervención iba a empeorar las cosas, él empezaba a relatar la agonía con observaciones fatales. Era su diversión más sana.
-Sos insoportable Nena, siempre hablando de la fe, del arte y de las porquerías que andás leyendo. A nadie le importan esas mierdas. Y a mí menos. Sos más linda cuando cerrás el pico, ¿sabías?
Después le agarró la cara y le dio un beso. Ella no se lo negó. Quedaron abrazados un rato sobre las hormigas muertas. Ella se fue alejando de José y de aquella rambla fría. Siguió soñando con la lluvia que todavía no aparecía y con la luna que no iba a aparecer.

3 No hubo luna de miel. Se mudaron cerca de la barraca donde José trabajaba para poder pagar sus borracheras. A ella le importaba estar a una cuadra del mar. Pintaba y vendía sus cuadros en la plaza: de eso vivían. Pasaba el resto de su tiempo leyendo y convirtiéndose en poeta.
Fueron tres años de pura pelea con reconciliaciones cada vez menos profundas. Él pasó a enamorarse de la soledad y ella de todo lo demás. Fue ahí cuando le empezaron a crecer las alas.

4 Al principio eran apenas unas pocas plumas blancas en la espalda. Ella había sentido la misma pesadumbre entusiasmada cuando dejó su infancia en una mancha de sangre. José se enteró una madrugada que volvió borracho y con olor a otra mujer. Ella lo abrazó con fe. Él largó una carcajada de horror.
El ángel lloró en el piso esa noche. Y las siguientes también.

5 Las plumas fueron creciendo y aquello ya aleteaba con su propio viento. José tomaba para borrarla. Tomaba sabiendo que cuando volviera se iba a encontrar con el pajarraco. Sabiendo que iba a estar ahí en la ventana, desnuda, escribiendo o pintando. Liberándose. A él le daba terror la santidad del bicho: ya no soportaba su grandeza. A veces le pegaba, a veces ya ni eso.

6 Tres meses después, él llegó peor que nunca. Vomitó sus últimos escombros en la basura y se enjuagó la bilis con el vino. Entonces la vio, quieta y gris y tambaleante, con los ojos quebrados de tristeza. José se despidió de La Cosa. Vació el resto del vino encima de ella, le pegó y la escupió. Encendió un cigarrillo y con la misma llama prendió la primera pluma y el primer recuerdo. El ala moría para transformarse en canto y él, escupiendo odio en su oído, empezó a hablarle desde el pozo. Empezó a rezar.
El fuego iba apagando el amor, al fin. Ella se encerró en el baño y lavó su infierno en la ducha.

7 La bestia se estiró también, por última vez, en la cama en llamas. Borracho, se echó a morir.



lunes

El Mundo de la nena <3> - Virginia Miller

No sé quién es esa mujer que todos los espejos muestran diferente. No entiendo su sensualidad, ni por qué su mirada es verde cuando llora. No interpreto sus silencios. No descifro su voz.
Conozco los pedazos descosidos que cuidadosamente deja caer. Su pelo color vino. Sus gestos maniáticos, sus cicatrices. Sé de sus tangos y su pasión por el mar. La veo volverse loca ante las tormentas, la oigo rezándole a la luna. Riendo sola.
Domina los espacios que se me desparraman, desesperada por crear un tiempo puramente suyo. Sé que su alma es casi líquida y que va del rojo vivo al blanco. Que hay más mundo en sus caderas que en sus pasos. Más amor en sus ojos que en sus labios. Y que es libre a pesar de mí.
Pero no conozco a esta mujer, no del todo. Nunca del todo. Escribo sobre la poesía de sus pétalos comprensibles. Luego invento.



Video Poema 5 - Virgina Miller




El Mundo de la nena <2> - Virginia Miller


La Nena buscaba un pulso donde nacer de nuevo. Casi huérfana en el pozo de una época equivocada andaba atenta a cualquier sapo que se le pareciera. Alguien manejó bien las cosas y la adoptó un grupo de semejantes -pero maestros- que la alimentó para siempre con un poco de buen arte.

En aquellos meses de recién nacida, la bestia que incineraba el lomito de mis sueños todavía andaba suelta y me llevó mucho tiempo encontrarla en el espejo. Casi tanto como atraparla y domesticarla. Ahora me ataca sólo bajo mi control y estoy queriendo enseñarle a escribir.

Apenas me alcanzaban las manos para escurrir un verso, pero mi mundo ya era poesía cuando entré en ElMontevideano. Hoy sólo voy a contar que en nuestra Torre de los Panoramas -que se convertía en un boliche homosexual por las noches y hacía de burdel en la película de Jesús- fue donde me empezaron a crecer las alas. Alas que pegan estirones a destiempo, pero que no han parado nunca de crecer.

Me gustaría poder despedirme bien hasta la próxima vez que logre exprimir alguna línea, pero el alma que me viste hoy no guarda finales en su bolsillo.




domingo

El Mundo de la nena <1> - Virginia Miller

Poetas
Transformar la mierda en oro: ésa es su alquimia. Con los pies bailando en las calles y la mirada muy hondo en otro universo. Su lema la realidad que la realidad esconde. Su verdad el amor.

Decodificar los sentidos. Perder el sueño y conocer el dolor: saberlo suyo, amarlo como parte de su sombra. Gastar las suelas recorriendo recuerdos. Llorar hasta el último día la pérdida del primer amor. Ahogarse desde chico. Aprender a flotar, apenas.
Tajarse las muñecas. Sentirse loco, libre, enamorado. Reír con ganas, querer vivir, nacer, dar nacimientos. Mirar el futuro como un ciego confiado. Escupir el miedo al mar. Besar de nuevo.

Son islas de incomprensión que muchos quieren apagar. Almas mutiladas por excelencia. Siempre inextinguibles. Pecadores, casi santos. Puros.



Virginia Miller


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Google+