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lunes

EL VIOLINISTA DEL DESVÁN / ANNA RHOGIO


ÚLTIMA ENTREGA

21 MÚSICA CONTRA EL CAOS

El día de año nuevo pasa sin prisas, con rayuelas en las veredas y cometas en el cielo.
Pan conversa con sus alumnos:
-Prométanme que cuando me vaya continuarán haciendo ejercicio.
-¿Cuándo te irás?
-Dentro de una semana, si ocurre lo que espero.
-¡Es una pena que te marches!
-Volveré pronto, en menos de lo que piensan; quiero quedarme acá y mandar construir un gimnasio cerrado para el invierno que tendrá una piscina con agua caliente.
Sócrates le mete el hocico debajo del brazo: ya tiene hambre.
-¡Vámonos, perrito glotón!
Por la noche, espera la visita del señor Menelao Real.
Los compositores no saben para qué.
Es un secreto.
Lo recibe en la biblioteca y cierra la puerta.
Ellos se miran perplejos: Pan nunca tuvo nada que esconder porque es transparente como un cristal.
Tras largo diálogo, salen sonriendo.
-Menelao -les dice- es empresario y quiere proponerles que actúen en un teatro; los oyó en la boda de la hija de don Julepe y considera que lo que hacen es excelente, milagroso; sería estupendo que muchas personas pudieran disfrutarlo, no solamente los vecinos del pueblo.
Las bocas se abren en una tonta expresión de asombro.
Protestan con un mudo, grandísimo ¡NO!, sacudiendo las cabezas.
Después, contestan en coro:
-¡No queremos!
-¡Arquímedes! ¡No me des disgustos!
Va al teléfono y al poco rato, la casa se llena de gente.
Opinan gritando a voz en cuello que deben aceptar.
Que es una obligación; de ninguna manera pueden ser tan egoístas y mezquinos como para negarse.
El comisario amenaza con encerrarlos en el calabozo porque sería un delito ocultarle al mundo la grandiosa música de la naturaleza y merecerían estar presos.
El caos crece.
Se hace insoportable.
Sócrates se suma al escándalo y ladra como un loco; no sabe si de contento o furioso.
La nena pelirroja le dice algo al violinista en la oreja y él se pone granate de vergüenza.
En medio del estrépito, tiene que gritar para hacerse oír:
-¡Nos gusta tocar solamente para ustedes, nada más! ¡No deseamos la insoportable carga de la fama! ¡Ya es suficiente con haber salido del desván, para que ahora, me suceda esto, abuela!
-¡Yo lo predije! ¡Unos pasos más, y luego, el mundo!
-¡El mundo es de terror!
-¡No te olvides que tu misión y la de tus compañeros es ayudar a los demás y la música será vuestra aliada!
-¡ESO! ¡ESO! ¡ESO!
Las voces continúan subiendo de tono hasta que el calmado señor Asa dice:
-¿No les parece que deberíamos discutirlo a solas?
-Sí -responde el violinista no muy convencido de dar un paso tan importante y se encierran.
.Al reaparecer, los ovacionan.
-¡Aplausos no, por favor!
-¡Es para que vayan acostumbrándose!
-¡Que hablen! ¡Que hablen!
-¡Silencio! -ordena Pan.
Arquímedes toma la palabra:
-Vecinos... amigos... Pensábamos negarnos... Queríamos vivir tranquilos en el pueblo, pero al ver sus caras amables, que nos desean lo mejor, acaso digamos sí.
Bueno.
Sí.

22 EL ÉXITO DEL AMOR

La casona permanece oscura y silenciosa.
La luz de la luna patina espléndida sobre el tejado gris, iluminando el gato de la veleta.
Los músicos están de gira y tienen el éxito esperado.
Merecido.
Pan fue con ellos, pero no olvida su promesa de regresar.
Como es pleno verano, los duendes viven entre las flores.
No necesitan nada más.
Sócrates está en la casa de la pelirroja que lo cuida con amor inmenso.
Nuevamente, los sillones de la sala tienen puestas las fundas.
La luminosidad lunar se cuela ventanas adentro y los fantasmas de Arquímedes bailan.
¡Si pudiera verlos!
Sus viejos amigos juegan a la rueda-rueda animados por las melodías del universo que quedaron guardadas allí.
El quinteto y Pandora retornarán en otoño, cuando el viento comience a barrer las hojas rubias por los senderos.

EL VIOLINISTA DEL DESVÁN / ANNA RHOGIO

DÉCIMA ENTREGA

19 LA CONFERENCIA DE PANDORA

En la plaza y subida en un cajón a la manera de su nieto, Pandora da una conferencia sobre los beneficios de hacer gimnasia.
Parece una política demasiado hábil para ignorarla y no sucumbir a sus encantos.
Sin embargo, las personas que la quieren mucho, dudan.
Las señoras dicen que es un disparate, que sufren de reuma, que tienen el esqueleto deteriorado...
-¡Alharacas! ¡Algazaras! ¡Pamplinas! –responde: -Les aseguro, en nombre del aroma celestial de éste, mi amigo el jazminero, que es verdad y les prometo...
Para no ofenderla se retiran uno por uno, disimuladamente, y queda hablando sola sin enojos:
-¡Ya las atraparé a todas, viejas porfiadas, cabezas duras de adoquín! ¡Y a los viejos, también!
Al fin, consigue sus propósitos; las clases de aerobismo son un éxito y muy selectas: prohibidas para menores de sesenta años.
Y allí los tenemos siguiendo la música suave del quinteto.
-¡Un, do, tre! ¡Quierd, drech, quierd! ¡Más... despacio! ¡Res...piren! ¡Hombros... derechos! ¡A-rriba! ¡A-bajo!
Al principio, los niños los miraban y no podían contener las carcajadas, pero ya se acostumbraron a que sus abuelas, abuelos, tías, tíos y algunas bisabuelas, hagan ejercicio durante veintinueve minutos.
¿Por qué veintinueve?
No se sabe; son cosas de la profesora.
En tanto, los gurises juegan al “Té, chocolate y café” en el abominable jeringozo y cuentan que:
“La la la hi li li ja la la
“de le le don lo lo
“Ju lu lu le le le pe le le
“se le le ca la la sa la la ra la la
“ma la la ña la la na la la!
“¡Oh, lo lo! ¡Oh, lo lo! ¡Oh, lo lo!
-¡No... se agiten! ¡Respiren... hondo! ¡Nadie... nos corre!
Vocea la instructora.
Pasan al lado de los nenes y se les ocurre que aquel galimatías insoportable, les marca el ritmo de la marcha.
Y ríen, al ver el revuelo de aquellas manitos espantosamente sucias.
Se sienten re bien y vuelven a sus casas con las mejillas sonrosadas como pétalos de rosas.

20 EL APRENDIZ DE SOL

-Loca como una aceituna -dice el revolea baleros.
-Mirá que te casco... -amenaza la pelirroja que ama a Pan.
-¿Por qué, loca como una aceituna? -pregunta otro niño.
-¿Probaste pinchar una con un escarbadientes?
-¡Es difícil!
-¡Eso! ¡Se pone a bailar y saltar por el plato y cuanto más querés pincharla, más se escapa!
La líder se para, se remanga la remera, lo intimida con los puños cerrados y en pose de boxeador inglés:
-¡Pan no está loca! ¡El que lo repita, se las verá conmigo! ¡Ella es maga y los convertirá en mulas! ¡Zopencos!
-¡Sin insultos, nena!
Ya es tarde y don Pomelo está acostado en la oscuridad sobre el tapiz del pasto, captando los cánticos de los tallos.
Los pequeños no lo vieron.
De pronto, su silueta se alza como la de un fantasma alto y flaco.
Permanece quieto unos momentos para aumentar el pánico de los pillos que quedan petrificados por el espanto.
Al reconocerlo, la nena protesta:
-¡Terrible susto nos diste, Pomelo!
-¿Y ustedes continúan peleando? ¡Eso es horrible y peor aún, decir esas cosas de Pan!
-Este...
-Sí...
-Bueno... perdón...
Murmuran.
-Yo la defendí...
-Bien... Les contaré una leyenda de mi país; a lo mejor, les enseña que las malas conductas son innobles para el alma y terminan muy mal.
-Dale.
-Nos sentaremos alrededor de la luz de mi farol y su resplandor rojizo, envolverá el relato con misteriosos matices -dice encendiéndolo.
En un valle escondido de los Andes, vivía una tribu de incas que adoraban al sol como a un dios y se consideraban sus hijos.
El Padre Sol alimentaba la vida del mundo y les daba luz y calor.
El chamán, o médico brujo, era muy sabio y bondadoso.
Tenía un aprendiz joven e inteligente al que educaba para que fuera su sucesor cuando él partiera a la morada de sus antepasados.
Le enseñaba las propiedades de las plantas y el movimiento de los astros.
Un día, el muchacho se enteró que en el firmamento pasaría algo importantísimo y pensó en la manera de obtener ventaja de estos conocimientos.
Llamó a sus amigos, que eran menores y más inocentes, para decirles que él podía apagar el sol con un gran conjuro.
Los niños se burlaron sabiendo que era imposible, pero fue muy persuasivo y los retó a que sí lo haría si no le daban todo lo que deseaba.
Logró asustarlos muchísimo y el ladino les exigía cada día más al encontrarlos por las callejuelas en el atardecer: se les aparecía de golpe como un espectro en medio de las engañosas espirales de la niebla, murmurando frases que no entendían, canturreando ritos espeluznantes y luego terminaba:
-Recuerden lo que puedo hacer...soy un poderoso chamán... el maestro me enseñó cosas grandiosas... enigmas que ustedes jamás entenderán... regálenme los mejores ponchos y las llamas mejor criadas... evitarán el fin del mundo... porque si yo apagara el sol...
Y se alejaba en la bruma dejando pendiente un suspenso agobiador.
Con tantos acosos, logró provocarles verdaderas alucinaciones y las pobres criaturas sufrían toda clase de pesadillas; no se atrevían a contarlo a sus padres porque los había amenazado con empujarlos laderas abajo.
Temían salir de noche y toparse con las sombras de las montañas tan amadas, conocidas desde siempre.
Hacían mil sacrificios para conseguir turquesas y esmeraldas, las gemas preferidas del taimado muchacho que además de ambicioso, era vanidoso y no se conformó con los obsequios.
Quiso demostrarles que poseía inmensa ciencia y volvió a reunirlos:
-Les haré ver mis poderes y extinguiré el sol.
-¡Tú nos prometiste que nunca sofocarías a nuestro dios!
-¿Para qué te hicimos tantos regalos?
-Ustedes harán mi voluntad e irán donde yo les ordene; recuerden que es un absoluto secreto y no deben decírselo a nadie, si no... -dijo, amenazándolos con despótica insolencia.
A los pocos días, los citó al amanecer en la cumbre de un cerro elevado.
Acudieron sumisos y temblando de terror; lo encontraron bailando alrededor de una hoguera, recitando palabras mágicas y echando en el fuego cantidad de hierbas que producían mucho humo, extraños olores y colores fantásticos.
No obstante el miedo, volvieron a reírse:
-¡Ah! ¡Gran tonto! ¡No apagarás el sol con la humareda!
-¡SILENCIO! ¡NO PERTURBEN MI SABIDURÍA! ¡VERÁN QUE SÍ LO APAGO! -gritó.
Y continuó con la farsa…
Transcurrieron unos minutos y los pequeños aterrados, miraban como el sol se achicaba... se achicaba... se achicaba...
Tanto que desapareció, se hizo de noche y se asomaron las estrellas.
Sintieron frío y pavor ante las tinieblas.
Llorando, prometieron darle hasta la vida si lo hacía regresar.
El astuto mozo hizo nuevos pases y agregó más yuyos en las llamas fingiendo orar.
Y, lentamente...
¡La noche se tornó día!
¡Aquel prodigio, sólo había sido un eclipse!
Pero los niños no lo sabían, admiraron sus conocimientos y le dieron valiosos objetos para que jamás repitiera el hechizo.
El maestro observaba estos hechos sin entender el por qué de los dones; no veía con buenos ojos la conducta de su aprendiz que se pavoneaba entre sus compañeros orgulloso como un cacique y aceptaba presentes valiosos.
Cuando preguntó a los pequeños y le dijeron la verdad, se enojó muchísimo: siempre deseó que su alumno fuera decente y honesto; entonces, los sentó en círculo y dibujó en el suelo lo sucedido en el espacio: la luna, interponiéndose entre la tierra y el sol.
-Les doy permiso para que le den un buen escarmiento... -terminó.
Ellos se pusieron furiosos por el engaño y lo buscaron por los senderos de las sierras, en la aldea y en su casa.
El delincuente estaba muy bien escondido con sus ofrendas en una gruta y demoraron en encontrarlo.
Esto hizo que olvidaran la ira que los inflamaba, no le dieron la paliza prometida, mas le quitaron todos los regalos.
El hombre sabio pensó sonriendo que el joven sería un buen chamán porque era despabilado e inteligente, pero antes tendría que corregirle algunos defectos y algunas mañas...
-Estupenda historia, don Pomelo.
-Me alegra que te gustara, pecosa...
-Detesto que me llamen así; éstos lo tienen prohibido... -señala a sus amigos.
-¡Éstos tienen nombre! -protesta el revolea baleros.
-¡Esperate sentado si creés que voy a nombrarlos a todos! ¡Mi mamá me espera para cenar!
-¡Callate, pecosa! -exclama otra niña.
-¡Y dale! ¡Aunque seas nena, te pego igual!
Risa san, que estuvo atento al cuento recostado en una palmera, interviene:
-Las pecas te quedan muy bien; son como “patitos” de sol...
-¿QUÉ? -se pone escarlata de rabia y parece una llamarada.
-Perdón; a veces confundo el español; quise decir, puntitos de sol.
-¡Ah! ¡Menos mal! ¡Eso es otra cosa!

EL VIOLINISTA DEL DESVÁN / ANNA RHOGIO


NOVENA ENTREGA

17 LOS SUSPIROS DEL MONTE Y LA MÚSICA DE ALGODÓN

Después de cenar, van al río.
Se sientan en la playa y la abuela les aconseja que presten atención a los mil suspiros del monte.
Hay apagón de luna y la oscuridad sería total si no fuera por la luz sutil y rosada que la rodea.
Un arpegio inesperado, brota del sitar del señor Asa: es la brisa entre el ramaje.
El bongó de Corazón, comienza a percutir suavemente: es el croar de la rana o el aleteo de una lechuza.
La flauta de Risa san emite un silbo agudo que sube más y más, luego decae lento a los tonos graves y se eleva de nuevo para trazar en el paisaje del aire, el misterio de la vida.
El Toyo del señor Pomelo, canta con voz apagada y profunda: sugiere la negrura de la noche.
Arquímedes camina sin zapatos por la orilla en la frescura de las olas: el violín rasguea inimitables zarabandas que son los cánticos de la creación.
Los seres del agua salen desde el fondo del cauce y se acercan.
Son hermosas ondinas vestidas con atavíos de plata, adornadas de camalotes y algas.
Bailan con los duendes y las hadas la apacible música de algodón.
Pan, tiene mucho trabajo en la casa: preparar la fiesta de Noche Buena.
-Me voy; continúen con lo que hacen que por cierto es bellísimo, y pobre de aquel que al entrar se le ocurra espiar lo que habrá en la sala; me enteraré si lo hacen y me enfadaré mucho porque será una sorpresa.
-¡No te preocupes! ¡Ninguno mirará! ¡Te lo prometemos! -le asegura su nieto.
-Acompáñenme -pide a los hombrecitos: -Necesito que me ayuden.
Ellos nunca hubieran imaginado que les concedería el honor de dirigirles la palabra y se van por un empinado sendero de arena marfil, jugando carreras y haciéndose zancadillas; caen rodando y trepan riendo para resbalarse otra vez.
Y ella, tan petisa y delgada, los sigue tarareando con voz de soprano lo que los hombres terminaron de componer.

18 LA GALA DE LAS BENGALAS

La fiesta resulta fabulosa.
Pandora tuvo razón; vino todo el pueblo y algunos invitados de la ciudad.
Los presenta como:
-Fulanito de Tal, Menganita de Cual y Menelao Real.
-Zultanita Pascual no pudo asistir porque tiene gripe; te envió un gran saludo -explica Menelao besándole la mano al saludarla.
Con voz atiplada y dramáticos ademanes de ópera, dice llevándose las manos al pecho:
-¡Oooooh! ¡Cuánto lo siento! Pero... ¡Pasen! ¡En un rato comenzarán los fuegos artificiales!
Los chiquilines corretean por el jardín sacudiendo chispeantes bengalas, mas se sienten un poco desilusionados: el arbolito escuálido con poquísimos adornos, no tiene regalos.
Ignoran que cuando la abuela terminó con los aprontes, estaba tan cansada que no tuvo tiempo de escribirle a Papá Noel y se durmió en un sofá después de colmar la mesa con deliciosos manjares y encantadoras galas navideñas.
Se dio cuenta de su omisión a la hora en que comenzaron a llegar los convidados y apurada, lo armó chasqueando los dedos: ya encontraría el momento de colocar los presentes que trajo, presintiendo algún inconveniente de este tipo.
Y el momento es ahora, porque los demás se hallan afuera mirando el coheterío.
Cientos de luces estallan en el éter formando guirnaldas sobre el telón negro del espacio.
Bajan.
Se agrandan en inmensas rondas.
Incendian los árboles con destellos incandescentes y desaparecen en la nada.
Se escapa hacia la sala sin ser notada y ordena los obsequios.
Como las campanas comienzan a tañer a las doce...
¡¡¡YA ES NAVIDAD!!!
Llama:
-¡VINO PAPÁ NOEL! ¡VINO PAPÁ NOEL!
Cada vecino recibe un apropiado presente de acuerdo con sus creencias y los niños, muchos, muchos juguetes que huelen a nuevo.
No le cuenten a nadie que fue esta abuela deliciosamente colifata la que puso los regalos al pie del arbolito por dos razones: no pudo escribir la carta y a último momento, el mismo Papá Noel le avisó que no podría venir.
Las epidemias son un caso serio.
Él también está con gripe.

EL VIOLINISTA DEL DESVÁN / ANNA RHOGIO


OCTAVA ENTREGA

15 UN SUPER SPORT ROJO RABIOSO CON LUNARES BLANCOS

Pandora se presenta a los tres días manejando un super-sport-descapotable-rojo-rabioso con lunares blancos.
El auto parece un hongo venenoso y viene cargado de paquetes envueltos para regalo, adornados con moñas gigantes porque así es ella: lo que la rodea tiene que ser grande, llamativo, exuberante y lleno de color.
Al pasar por el alto portón de barrotes de hierro, cree que se equivocó de casa.
Frena y da marcha atrás.
Siempre en reversa, vuelve por el camino polvoriento a la carretera principal: el mojón marca el quilómetro exacto.
Su melenita se sacude con las continuas contramarchas.
Regresa haciendo sonar una bocina antigua que hizo instalar en el coche al comprarlo.
De aquellas encantadoras bocinas que graznan igual a los patos silvestres.
¿Qué vio esta peculiar abuelita para pensar que había entrado en jardín ajeno?
Las ventanas de la casona, ¡ABIERTAS! y el ventanuco de la buhardilla, ¡CERRADO!
¡Hombres de exótico aspecto tocando desconocidos instrumentos!
¡Niños corriendo y jugando con Sócrates!
¡Y ARQUÍMEDES BAILANDO RIDÍCULAMENTE AL COMPÁS DE UNA MARAVILLOSA COMPOSICIÓN!
Medita:
-¿Será posible que se hayan cumplido mis deseos? ¡Mi querido muchacho por fin salió de su encierro! ¡Desde allí hasta el mundo le faltan solamente unos pocos pasos!”.
El estruendo de la corneta interrumpe la jarana.
Al bajar, apenas puede sostenerse contra el guardabarros para recuperar el aliento y no caerse de cola en el cantero de violetas.
El perro le puso las patas sobre los hombros y la sofoca con su cariño lamiéndole la cara como para borrarle el maquillaje.
-¡VIVAAAAA! -grita Arquímedes: -¡ESTO ES LO QUE ME FALTABA PARA SER COMPLETAMENTE FELIZ!

16 LAS OREJAS PEGADAS A LAS FLORES

Pandora es de-ma-sia-do sabia.
Finge no notar los cambios de su nieto y no hace preguntas.
No sea cosa que se arrepienta y vuelva a las andadas.
Las verdades vendrán solas.
Y, efectivamente, Arquímedes le cuenta las últimas novedades, le presenta a sus compañeros y le explica lo que hacen juntos.
-¡Vamos a la plaza, abuela!
Marchan bulliciosos por la senda bordada con azucenas que llega al pueblo.
La gente los espera sentada en los bancos.
Y comentan.
-¿Quién será esa señora?
-Otra estrafalaria integrante de la orquesta...
-No trae ningún instrumento...
-Podría ser la cantante...
El violinista toma un cajón que dejó olvidado el frutero, lo da vuelta y se para encima:
-Damas... caballeros... y niños... ¡LES PRESENTO A MI ABUELITAAAAA! -anuncia con ademanes de director de tránsito.
Al comenzar a tocar, Pandora se pregunta de qué escondido rincón de sus almas sacaron esas grandiosas melodías.
La nena de vestido rojo, que hoy es fucsia, le cuenta cuchicheando en su oreja cómo al principio los vecinos reían hasta casi desmayar al verlos con las orejas pegadas a las flores como chiflados.
Entonces, comprende.
-Abuela Pandora, falta un día para Navidad...
-Lo sé y estoy organizando muchas sorpresas porque quiero que vengan todos.
-¿Todo el pueblo?
-Sí; los que pertenecen a otras religiones se hermanarán con nosotros; debes recordar lo que termino de decirte, porque cuando seas grande lo entenderás.
-¿Tiene que ver con la Regla de Oro?
-Sos muy inteligente.
-¿Pero tiene que ver o no?
-Tiene.

EL VIOLINISTA DEL DESVÁN / ANNA RHOGIO

SÉPTIMA ENTREGA

13 LA VIDALITA Y EL BALERO

Aquella guitarra criolla entona a lo lejos una vidalita.
El resol áureo, resplandeciente, dibuja como un lápiz mágico los perfiles de los pétalos y las hojas.
Bosqueja, esfumándola, una neblina ámbar en la que vuelan abejas y mariposas; a través de las minúsculas, transparentes alas, se puede ver el cielo.
En la serenidad del crepúsculo, las voces se aquietan.
La plaza se ensombrece a medida que la claridad se despide con el sol.
Corazón descubre los jardineros y las hadas al mirar a su alrededor.
Arquímedes se los presenta.
El hombre de bronce no se asombra de nada ya que conoce muchos enigmas; aquellos que le enseñara el médico brujo de la tribu en su África natal.
La nena de vestido rojo, que hoy es amarillo y entona a la perfección con el dorado atardecer, acaricia a Sócrates.
Después de jugar todo el día, tiene las medias vergonzosamente sucias, arrugadas en los tobillos.
El revolea baleros, luce traspirado y coloradísimo.
Es que el partido de fútbol fue una hazaña peliaguda de dudoso triunfo y culminó con coscorrones y piñas.
La pelea fue como un grave conflicto armado de piedras y palos que brotaron agresivos de recónditos recovecos.
Los músicos detuvieron a tiempo la batalla campal que explotó sin aviso en medio del campo de juego, evitando huesos rotos y males mayores.
Luego les dieron un sermón: se sentían apesadumbrados porque los bandoleros no tuvieron en cuenta los buenos consejos y los mensajes que trasmite la música ni recordaron la Regla de Oro.
-Vienen día a día a escucharnos; parecería que no les importaran nuestras palabras y que las armonías les entraran por una oreja y les salieran por la otra sin dejar huellas en sus almas -dice Risa san.
La nena intenta disculparse y disculparlos:
-Lo que pasa es que éstos, son así: ni fu, ni fa...
-¿Cómo es eso, pequeña?
-Re fácil, señor Pomelo: ni buenos ni malos del todo... ¡Es que son chicos!
-¡Já! ¡Mirá quién habla!
-¡Vos callate! ¡A ver si la próxima vez te aprendés bien la lección!
-¿Y vos la aprendiste? ¡Fuiste la primera en dar patadas!
-¡Fue en defensa propia! Mirá que te casco...
-¡Ayyyyyyyy! ¡Fijate cómo tiemblo!
-Calma, niños -dice el violinista: -Esta noche, al ir a la cama, piensen en lo que sucedió hoy y consúltenlo con la almohada que es buena consejera; mi abuelita me lo decía si me portaba mal...

14 LA ABUELA Y LOS ÁNGELES

La dueña de este consejo sabio aparece cuando se la nombra o se acerca la Navidad.
En realidad, todas las abuelas del mundo son dueñas de estas palabras y no hay una sola que no las haya pronunciado a sus traviesos descendientes a la hora de dormir.
Arquímedes tiene la seguridad que vendrá en dos o tres días porque acaba de nombrarla y falta poco para Navidad.
Si se siente solo, dice la palabra “abuelita” y la llamada es oída por la dama que es dueña de poderes maravillosos y posee muchísima intuición.
Presiente cuándo se la necesita.
Él cree que es una hechicera y nunca se lo reveló porque es un secreto de familia.
Sócrates la ama.
A su alrededor suceden hechos increíbles.
Conoce el idioma de todos los bichos, de las plantas y hasta puede hablar con el jarrón de cerámica que posa sobre la repisa de la chimenea.
Cacerolas y sartenes trabajan sin que las toque, elaborando platos deliciosos.
Va y viene, al parecer sin hacer nada, pero a su paso brillan los cristales y no hay restos de polvo en los muebles.
Es petisa.
No tanto como los fantasmas de su nieto.
Muy delgada y se viste con ropas re modernas.
Usa el cabello cortísimo, “rubio natural” como se apresura en aclarar.
Sus amistades dicen que está colifata pero la aman tanto como el perro.
El compositor la adora y sospecha que le regaló la casa con los duendes adentro para que le sirvieran de ángeles de la guarda.
Cuando viene, los hombrecitos la dejan hacer y para no interferir con sus labores, trabajan en el jardín ayudando a los seres de la naturaleza.
Y Arquímedes la escuchaba decir de tanto en vez:
-Este chico me preocupa. ¡Tan soñador y callado...!

EL VIOLINISTA DEL DESVÁN / ANNA RHOGIO

SEXTA ENTREGA

11 EL PERFUME EXQUISITO Y EL ATARDECER REVERDECIDO

Los chiquilines conversan con los hombrecitos y los músicos, sentados sobre el césped fragante recién segado.
Ese perfume exquisito que reverdece al atardecer.
Parlotean entre sí sin que nadie los entienda.
La maraña de frases sin sentido los hace reír a carcajadas tirándose para atrás, al tartamudear como metralletas, con aquel jeringozo abominable enseñado por los duendes que es una clave secreta, inventado con el fin de que los mayores no se enteren si la charla trata sobre ellos.
La nena pícara del vestido rojo, que hoy viste de celeste, es la mandamás de la pandilla; amigas y amigos, aceptan sus órdenes sin chistar porque tiene un no sé qué del qué sé yo...
Es amable, generosa, encantadora... excepto cuando se enoja.
Conoce juegos e inventa otros que saca de su imaginación como un mago saca conejos de la galera.
Siente especial atracción por los extranjeros y sus raros instrumentos.
Los mocosos nunca recuerdan los nombres y a escondidas los rebautizaron con sobrenombres hechos a su medida.
A Risaku, que usa un elegante kimono de seda, le dicen Risa san.
Por ahí se enteraron que “san” en japonés significa señor, con sumo respeto.
El alto, alto, hombre peruano, se llama Pomehuca; para los niños es el señor Pomelo y el apodo se le pega al poncho de colores sobresalientes como un chicle de frutilla.
El hindú, que luce turbante y túnica impecablemente blancos, es Hassan; resulta fácil de memorizar pero para emparejar la cosa, se convierte en el señor Asa.
Después de unos días, entran en confianza y los nombran descaradamente así porque ninguno se enoja.
Buscan un seudónimo para Arquímedes.
¿Arquito?
¡Muy apropiado!
Por aquello del arco de su violín.
Pero no se atreven y no encuentran otro que les guste.

12 UN AQUELARRE Y UN QUINTETO

No se han vuelto a poner las fundas en los sofás de la sala.
Arquímedes extraña sus fantasmas petisos y gordos.
En las horas lunares, si tenía insomnio, solía bajar y descorrer las cortinas.
Con la luz irreal y cenicienta que traspasaba los vidrios artísticamente tallados de las ventanas, los sillones venían a la vida y él los miraba bailar.
Aquel aquelarre sobrenatural, lo hacía reír dichoso.
Después, recuperado el sueño, se dormía como un niño.
Los compositores conversan allí, cómodamente apoltronados y concuerdan en que al cuarteto le falto otro integrante para ser un quinteto.
¡Obvio!
Un alguien que marque el compás palpitando como un corazón.
Djini Korana arriba a media noche.
Es un africano con cuerpo de bronce.
Parece una estatua.
Trae un bongó.
Lo reciben con simpatía y a la mañana siguiente lo llevan a la plaza.
Los vecinos se acostumbraron tanto a sus presencias bienhechoras que los días no serían: ¡Buenos días! si
no comenzaran con música.
La nena del vestido rojo se entera del nombre del nuevo y decide cambiarlo.
-¿Cómo dijiste que se llama?
-¡Diji-Niji qué se yo! -responde su amigo.
-¡Andá y preguntale otra vez! ¡No seas payaso!
El muchachito corre revoleando un balero con gran peligro para las seseras de los presentes.
Ni sabe cómo se juega y anda con ganas de aprender.
Porque la bocha de madera grande y pesada que tiene grabadas las iniciales de su papá, zumba ronroneando en el aire y eso, ¡es muy emocionante!
Tras breve conferencia con Korana, que es más alto aún que el señor Pomelo, vuelve al grupo:
-Mirá; después del Diji-Niji yo qué sé, viene Korana; es lo único que le entendí.
-¡Ya lo tengo! ¡Le diremos Corazón! ¡Dejen de hacerse los graciosos y no me hagan morisquetas! Sean capaces de escuchar lo que toca: late-late, repica-repica, como un corazón.-y sus ojos verdes se entornan vivaces.
Sacudiendo coqueta sus rizos de fuego, se acerca zalamera y le cuenta.
Korana ríe.
Sus dientes perfectos brillan al sol.
Ella comenta con inocencia:
-¡Pavada de dientes! ¡Tenés un teclado completo!
-Y por lo que veo, a vos, te faltan unos cuantos...
-Mi mamá me dijo que pronto, tendré otros tan lindos como los tuyos.
-Tu mamá dice la verdad.
-¿Y? ¿Te gusta tu nuevo nombre?
-Mmmmm...Suena bien.
-¿Nada más que bien?
-Sí.
-¡Suena re bien!
Djini Korana está de acuerdo.

EL VIOLINISTA DEL DESVÁN / ANNA RHOGIO


QUINTA ENTREGA

9 LOS MANJARES Y LA TIERRA MOJADA

Los amigos entran en la casa misteriosamente secos.
Es difícil de creer, pero tampoco se han mojado los delicados instrumentos.
Arquímedes, empujado por el hábito, amaga subir al desván y luego, con un gesto de su mano levantada, está diciéndose:
-¡Olvidate!
Los duendes secretean alegres:
-¡Lo tenemos fuera!
-¡Justamente! ¡Fuera del desván!
-¡No volverá a encerrarse!
-¡Vamos a preparar el té!
-¡Cómo les gusta el té! Sobre todo a míster... ¿Cómo?
El señor japonés se llama Risaku.
Son tan fuertes los ecos de sus voces que los hombres miran hacia el rincón.
Sorprendidos y avergonzados, corren en todas direcciones como las perlas de un collar cuando se rompe súbitamente y se desparraman sobre un tapete que no alcanza a detenerlas.
En la cocina hay muchos rumores de ollas y platos que chocan entre sí: los hombrecitos preparan exquisitas comidas y los artistas aguardan la cena conversando quedamente.
Las luces de la araña dibujan miles de arco iris al pasar sobre ellos.
Por las ventanas entran la balada de la llovedera y el delicioso olor a tierra mojada.

10 LAS ARAUCARIAS Y LAS HADAS

Noviembre trajo en sus brazos muchas amarilis anaranjadas casi fluorescentes que se apretujan en ramos bordeando los senderos de la plaza.
También entonan endechas y los habitantes de la casona se sientan en la gramilla, haciendo con sus manos detrás de las orejas una especie de corneta a modo de viejo fonógrafo para entenderlas mejor.
La araucaria altísima se muere de risa sacudiendo las ramas, pero los comprende porque tiene sus propios cantares que ellos copiarán, como copiarán los de las hojas de la menta, la marcela y la vincapervinca.
Algunos vecinos siguen opinando que están locos.
Otros saben que no, que lo que hacen el estupendamente bueno y no se pierden un concierto.
Los compositores tienen una idea: ofrecer serenatas por las calles del pueblo.
Desean que esa seductora costumbre no sea olvidada.
Algo leve: tocar suavemente en las noches y ayudar a los que no pueden dormir.
Así, caminan lentos.
El empedrado de la calzada se lustra con la humedad nocturna.
Los jardineros y las hadas los siguen.
Juegan con diminutos pasos de danza bajo el tenue resplandor de las estrellas.

EL VIOLINISTA DEL DESVÁN / ANNA RHOGIO

CUARTA ENTREGA

7 LOS EXTRANJEROS Y LA LLOVIZNA

Pasan tres días.
Arquímedes compuso sonatas y valses.
Sócrates ya no se tapa las orejas con las patas y los duendes escuchan con placer la cascada que desborda en sonidos armoniosos.
La tejedora del techo se columpia en su red y el perro ya no le ladra; su mirada rosada la sigue con parsimonia.
Las ventanas de la buhardilla permanecen abiertas; las notas se enredan en el aire y viajan lejos, más allá del jardín.
Un conjuro de miel las transporta certeramente y saben a quien buscar.
Por la noche, tocan a la puerta.
Al abrirla, el violinista encuentra a tres personajes extraños: un japonés, un hindú y un alto, alto, hombre peruano.
Traen respectivamente una flauta de bambú, un sitar y una siringa de cañas cuyo tubo más largo mide un metro.
En los Andes este instrumento es llamado Mamá Toyo.
-Hemos venido a reunirnos contigo -dice el japonés.
-Tu música nos ha convocado -continúa el hindú.
-Ejecutaremos juntos las armonías del universo -termina el peruano.
Los duendes encienden la imponente araña de cristal y quitan las fundas de los sillones.
-Mi casa, es la de ustedes... -y corre por las escaleras buscando su violín.
Como si se conocieran desde siempre, improvisan una vieja cadencia.
La llovizna tibia repica mansamente sobre las tejas de pizarra gris.

8 EL PERFUME DEL PAN Y LA NENA VESTIDA DE ROJO

Ahora son cuatro los músicos que tocan en la plaza.
Los recién llegados ven los duendes y las hadas que bailan en los colores tornasolados del follaje entre la luz y la sombra.
Los vecinos los rodean escuchándolos en silencio.
Disfrutan de la música que los lleva de la mano por senderos de paz y se sienten más buenos.
El aroma delicioso del pan crocante recién horneado, emana de la panadería; ese perfume que siempre es más rico que el propio sabor.
Las gaviotas que iban al río, regresan y forman una amplia ronda arriba del pinar para oír.
Un potro bayo e inquieto, tasca el freno de las riendas esperando a su jinete que, deslumbrado, se quedó allí.
Y su relincho de llamada es como una risa espontánea y nueva que corre calle abajo.
En la puerta de la posada, don Julepe sabe que pronto se casará su hija y quiere que en la boda haya alegría y canciones.
De repente, la melodía cambia: se aviva invitando a la danza.
-¡Eso! –exclama: -¡Eso es lo que deseo! ¡Tengo que hablar con ellos en cuanto terminen!
Un inesperado vendaval arrastra nubes negras y el aguacero violento cae sobre el paisaje.
Lo borra.
Desaparecen las flores, los bancos y las bicicletas que quedan tiradas.
Todos se apresuran a guarecerse debajo de los toldos de los negocios entre carcajadas y chapoteos.
-¿Qué broma nos hizo el tiempo!
-¡Este tiempo primaveral y loco!
-¡Tan loco como Arquímedes!
Y esa nena...
La de vestido rojo...
Mojado...
Que ama al violinista y de cuyas trenzas caen gotas brillantes, da un empujón a la señora gorda porque sabe que él no está loco.
La señora queda debajo del chorro de una canaleta y se empapa de pies a cabeza.
Cuando sus labios pintados de carmín se abren para rezongarla, la pequeña dispara por la acera.
Se aleja jugando con los festones zigzagueantes de la lluvia.

EL VIOLINISTA DEL DESVÁN / ANNA RHOGIO

TERCERA ENTREGA

5 EL ROSAL BLANCO Y EL FRAC

Como si un genio mago lo guiara, consigue escribir en el pentagrama la inédita música.
La perfecciona durante muchos días y...
Esta mañana de sol, inesperadamente, sale.
Sócrates va a su lado sacudiendo el sedoso pelaje canela.
Los duendes van detrás.
Se preguntan si por fin decidió abandonar su encierro.
Caminan hasta la plaza del pueblo.
Una brisa fuerte anda soplando en los canteros, acariciando los pensamientos amarillos con pinceladas añil.
Al llegar, los niños detienen sus juegos y las bicicletas acallan sus timbres.
Él no es un desconocido y la gente habla de sus rarezas; hoy se puso el frac que lo hace parecer más alto y flaco todavía y esto causa admiración.
Piensan que está más loco que nunca.
Se para junto a un rosal que lo perfuma de blanco y comienza.
El aire revoltoso le infla la camisa agitando su corbata.
Las colas de la chaqueta vuelan como las cometas que desean aterrizar para oír mejor.
Los nenes se animan y palmean al compás.
Él gira bailando como un gitano y los chiquilines lo siguen en risueña caravana como al famoso flautista caza-ratones de Hamelin atrapados en la melodía que los envuelve, sabiendo que es un juego solamente.
Las ventanas se abren.
Las puertas también.
Don Julepe descubre al autor del fantástico preludio entre margaritas relucientes y sauces que besan el verde malaquita del pasto.
Debajo de las palmeras hay claveles punzó como brillantes amaneceres.
Todo es movimiento en las alas de las palomas y en las de las golondrinas que surcan oscuras el espacio, acariciando los labios del viento.
Y don Julepe se pone a pensar muchas cosas.

6 LAS LUCIÉRNAGAS Y LA REGLA DE ORO

Al atardecer, Arquímedes está sentado en un banco.
Ni cuenta se da que muere de hambre porque lo que descubrió en las campanillas es demasiado grande.
El pueblo entero vino a escucharlo.
El perro, echado en un cantero, bosteza y se despereza.
Su estómago rugiente protesta: es hora de volver a casa.
Los duendes encendieron los faroles y andan entre matorrales espumosos revisando las plantas, poniéndoles abono.
Las luces verde-lila de las luciérnagas los siguen y la escena abigarrada y menuda como una filigrana, tiene el encanto de siglos pasados.
El lucero titila en la azulina claridad del espacio acompañando a la luna llena anaranjada y enorme que se asoma entre el ramaje de los pinos.
En un instante llegan las hadas del monte trayendo perfumes de lavandas en sus faldas de gasa.
Se sientan en círculo y cantan.
Después le dicen al violinista que tiene que ayudar a la gente.
-Para esto, deberás salir definitivamente del desván.
-La música de la naturaleza será tu aliada.
-No te olvides de enseñarles la Regla de Oro.
-¿Cuál es?
-No hagas a los demás lo que no deseas que los demás te hagan a ti.
Amanece y las hadas desaparecen en un seto de hortensias.
Arquímedes hace un mimo en el hocico húmedo de Sócrates y se pone de pie.
Se va a su casa pensando:
-La Regla de Oro tendría que guiar y regir a este pícaro mundo.
El brillo bruñido del sol alarga las sombras y las copas de los árboles se inflaman con fuegos carmesí.
El rocío corona los pastos.
Un manto espléndido de gotas cristalinas se incendia con la luminosidad que se asoma en el horizonte.

EL VIOLINISTA DEL DESVÁN / ANNA RHOGIO

SEGUNDA ENTREGA

3 EL TERROR Y EL CANTO DE LAS COROLAS

Arquímedes tiene motivos para encerrarse en el desván.
El mundo le da noticias desagradables a cada paso.
Quisiera tener el poder de evitar las maldades y como no lo tiene, permanece en lo alto, cerca del cielo.
Allí se siente seguro; protegido.
-El mundo es de terror -piensa con frecuencia.
Los vecinos dicen que está chiflado.
No le importa.
La mañana del domingo lo sorprende con un trino.
Baja en pijama la crujiente escalera en penumbras.
Es tan distraído que olvidó ponerse pantuflas.
Los sillones de la sala tienen fundas blancas que preservan el tapizado; él sonríe con la idea de que parecen fantasmas petisos y gordos.
Sabe que en ciertas noches del mes, bailan, porque los ha visto.
Los duendes decidieron trabajar en el jardín después de barrer el polvo malva de las habitaciones.
Sócrates está en la cocina relamiendo su desayuno que se escurre por su barbilla y sus bigotes.
Arrastra el cuenco pidiendo más.
La glotonería de ese perro es asunto de nunca acabar.
Al mirar por la ventana del fondo, el violinista queda atónito y el vaso de leche se detiene en la mitad del camino a su boca.
La enredadera de campanillas violeta lo deslumbra.
Lo encandila.
Puede asegurar que los sacudones de la brisa hacen tintinear las corolas.
¡Y lo llaman!
De un empujón abre la puerta y sale.
Los duendes se asombran y piensan si no tendrá fiebre como el duraznero.
Lo siguen escondidos en la hierba alta que conserva retazos del chaparrón de anoche.
Ven que sus pies descalzos se humedecen, suavizan y sonrojan como los de un niño.
Arquímedes se hinca, pone su oreja derecha en las campanillas y escucha.
Al mismo tiempo, los jardineros llevan el dedo índice a la sien y lo giran en leve movimiento de destornillador.
El músico mueve la cabeza de arriba abajo porque entiende lo que cantan:
-¡Á-ducu-ducu-dú! ¡Á-tringu-lingu-lin!
-¿Ustedes no oyen esta belleza? -les pregunta.
Unos responden que sí y otros que no.
-¡Tengo que subir! ¡Mi violín puede enseñarme esta melodía!
Y los hombrecitos murmuran:
-¡Y allí vamos de nuevo!

4 EL PERFUME ACAPULLADO Y LOS DUENDES ARTESANOS

La primavera apareció hace unos días trayendo en su equipaje el viento alocado, nubarrones amontonados en majadas y aromas de tomillo y laurel.
En el ambiente del altillo hay una bruma aterciopelada y oscura en la que baila un rayo de sol.
Las partituras se cayeron del atril y las hojas se ablusan sobre los colores desteñidos de la alfombra.
Arquímedes se ve desprolijo y barbudo; la camisa mal abrochada le cuelga mitad afuera de la cintura.
Con cariño infinito, como si fuera un bebé, acuna el violín debajo del mentón.
El arco roza veloz las cuerdas, pero a pesar de su esfuerzo no logra captar la esencia de lo que canturreaban las campanillas y en ese divino segundo en que creyó conseguirlo, una de las cuerdas le dice adiós.
Se despide con un:
-¡¡¡PLINGGG!!!
Acerado, canalla, irreverente, burlón.
-¿Justo ahora? ¿Por qué?
Recuerda la tibieza del jardín.
Un abejorro que entra zumbando y vuelve a salir lo seduce con la idea de regresar al paraíso dorado.
La misma naturaleza quiere que participe del eterno concierto que le ofrece, universal y perfecto.
Un perfume acapullado lo enamora con ondas cálidas.
Y ahí lo tenemos, garabateando bemoles y sostenidos junto a las flores.
Los duendes sonríen; uno de ellos, disimulado por la distracción, corre al desván y cambia la cuerda rota con apresurado manejo de sabio artesano.
Sócrates vagabundea entre manzanos, ladrando incansable a los pájaros que, asustados, vuelan a sus nidos recién construidos.
Tiene en las orejas muchos abrojos que lo pinchan; sus travesuras le acarrean molestias pero no deja de menear el rabo porque todo es juego para él.
-¡Callate, perro! ¡Tu escandalosa conducta no me permite entender lo que entonan las campánulas!
Arquímedes continúa prestando atención a los sonidos del mágico seto.

EL VIOLINISTA DEL DESVÁN / ANNA RHOGIO


LA SEGUNDA WEB NOVELA DE MAGIA Y HECHICERÍA PARA NIÑOS
DE LA AUTORA DE EL CALDERO DE LA BRUJA


1 UN VIOLINISTA ENCERRADO Y UN DURAZNERO ENFERMO

Vive allí, en ese caserón de tres pisos y tejado de pizarra que le regaló su abuela.
Sus compañeros son los duendes de los jardines; los aloja con amor porque ellos dan amor.
A las plantas, a los animales, a la más pequeña flor silvestre.
Los duendes han hecho de la vivienda su cuartel general desde donde salen disparando como los bomberos cuando van a sofocar un incendio si se trata de ayudar y sanar a un ser viviente.
Corren y se atropellan por las habitaciones mientras se visten y toman las herramientas de trabajo al pasar.
Hoy recibieron un pedido de auxilio del duraznero de la posada.
Lo trajo un cardenal de copete azul:
.Oigan, amigos -gorjeó parándose en el alféizar de la ventana: -El duraznero de don Julepe está enfermo y los aguarda para que lo sanen. ¡Imagínense! ¡Pobre hombre! ¡Además de llamarse así, tener un árbol ardiendo de fiebre!
Y se fue volando junto a una mariposa color retama.
Apurados, vuelven a partir ansiosos de salir de la casa.
Es que el dueño ama la música del violín y suele ensayar muchas horas.
Demasiadas.
Ni Sócrates, su leal perro, lo aguanta ya.
Ni que hablar de los gatos.
Los mininos odian el canto de los violines, chelos y demás parientes, tanto como al agua.
Él no está enterado de estos detalles y el único gato que tiene y lo tolera es uno de hierro que adorna la veleta del techo.
Entonces, rasca las cuerdas con el arco desde que amanece hasta la puesta del sol.
Los duendes le susurran en los oídos mientras duerme:
-Hacenos caso: buscate un trabajo que te entretenga y te ayude a salir del desván. Mirá qué pálido estás por no gozar de la luz del día.
Pero no se da por enterado.
Dedica su tiempo a permanecer entre telarañas y ratones, rodeado de notas que lo cercan chirriando desparejas.
Los hombrecitos se van a los jardines para no escuchar al instrumento decir tantas tonterías.
Su fiel perro se echa a sus pies, se tapa las orejas con las patas y allí se queda.
Porque, aunque ya está harto, no se olvida del gran cariño que siente por su amo.
Y si pudiera hablar, le diría:
-¡Ay, Arquímedes! ¡Arquímedes!

2 UNA ARAÑA SORDA Y UN TRAGO DE LLUVIA

Un día lluvioso, hace una pausa.
Los duendes no salen.
Están con el violinista en el ático y se hacen los sordos ignorando aquella algarabía molesta.
Aprovechan el tiempo adentro y ponen en orden sus aperos de trabajo.
Mañana saldrán a podar los rosales y las tijeras deberán tener buen filo.
La carretilla tiene una rueda floja y hay que ajustarla.
Con el apuro, uno perdió un zapato que se deslizó impertinente debajo de la mesa.
La claridad del cielo se cuela por las rendijas de una persiana desvencijada.
Sócrates suspira paciente mirando el techo con sus ojos increíblemente rosados.
Ve una araña balanceándose al compás de la música que la anima y hace de su labor una obra de arte imitadora de estrellas.
La tejedora, a su vez, observa al perro con sus cuatro pares de ojos y le saca la lengua despectiva como diciéndole:
-No me molestan para nada los aullidos estridentes del violín porque soy sorda; los percibo a través de las vibraciones de mi tela y me parecen interesantes.
Él para las orejas y le ladra enojado.
Y ella, vanidosa y burlona, le da la espalda.
Continúa hamacando su cuerpo gordo, peludo y negrísimo en el fino hilo de seda para engancharlo en otro nudo.
Con el ladrido, Arquímedes baja del paraíso de golpe y porrazo e interrumpe sobresaltado sus escalas desatinadas:
-¡Sócrates! ¡Tendrás que pasear solo! ¡Mirá cómo llueve!
-¡Pero mozo! -le dice uno de los jardineros: -¡No digas que no irás! ¡Andá tú también!
-¡Sí! ¡Sí! -aconseja otro: -¡Ponete el impermeable, las botas, agarrá el paraguas y salí a jugar con el chubasco! ¡No te pierdas ese delicioso placer! ¡Concedenos, por un rato, el alivio del silencio!
Arquímedes es bueno como un pan bendito y no se enfada por la indirecta... ¡tan directa!
Van por el parque que rodea la casona a saltar con las gotas que caen sesgadas en el atardecer nublado.
Hay una luz plateada que baila y cuando las manos del hombre se agitan con intención de atraparla, sube y baja hecha cuentas de cristal, chorreando frescura.
Caminan entre naranjos y limoneros constelados de azahares.
Los charcos copian los cálices inmaculados como espejos oscuros y las imágenes tiemblan con el continuo burbujeo del agua.
Un viento sorpresivo estremece las ramas del guindo.
Sócrates se sacude y salpica a su alrededor la mojada broma del árbol.
Arquímedes ríe abrazado al tronco.
Cierra el paraguas y bebe con la boca abierta hacia arriba algunos sorbos de vida.
Los duendes tienen razón: no se debe perder el instante precioso de saborear la lluvia purísima.
Esta dama de los collares de acuarela que se deshacen apenas llegan al suelo, es muy dulce.
-¿Sabés, Sócrates?
-¿Guauuuuu?
-Por ahí dicen que los artistas, somos todos un poco locos..

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