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sábado

SELECCIÓN DE CUENTOS DE CABALLERÍA ROJA (25) - ISAAK BÁBEL


25 / EL HIJO DEL RABINO

…¿Te acuerdas de Jitomir, Vassili? ¿Te acuerdas, Vassili, del río Téterev, y de aquella noche en que el joven sábado se deslizaba a lo largo del crepúsculo, aplastando con sus tacones rojos las estrellas?

La fina medialuna bañaba sus puntas en las aguas negras del Téterev. El gracioso Guedali, fundador de la IV Internacional, nos llevó a casa del rabino Motale Bratslavski para la oración de la tarde. El gracioso Guedali balanceaba las plumitas de gallo de su sombrero de copa en la semipenumbra rojiza de la tarde. En el cuarto del rabino parpadeaban las pupilas rapaces de las velas. Inclinados sobre sus libros de oraciones, unos judíos de anchas espaldas gemían en voz baja y el viejo bufón de los sabios de Chernobyl hacía tintinear monedas de cobre en sus bolsillos rotos.

…¿Te acuerdas todavía de aquella noche, Vassili…? Afuera relinchaban los caballos y se oían los gritos de los cosacos. El desierto de la guerra bostezaba más allá de la ventana y el rabino Motale Bratlavski aferraba con sus dedos huesudos su taleth de seda blanca y rezaba junto a la pared de Oriente. Luego se descorrieron las cortinas del arca y al fúnebre brillo de las velas vimos los rollos de la Torah envueltos en terciopelo púrpura y seda azul pálido. Inclinado sobre los pergaminos, vimos, inanimado, como sin vida, el hermoso rostro de Ilia, el hijo del rabino, el último príncipe de la dinastía…

Han pasado Vassili, dos días desde que los regimientos del XII ejército dejaron descubierto el frente en Kovel. Antes de ayer tronaba insolente sobre la ciudad el cañoneo de los vencedores. Nuestras tropas se habían dispersado y entremezclado. El tren de la Sección Política se alejaba, en retirada, sobre los campos muertos. Y una Rusia monstruosa, increíble, como un rebaño de piojos, pasaba al borde de nuestros vagones con un pisoteo de zapatillas. La turba de campesinos repetía el cuadro familiar de la muerte del soldado. Saltaban a los estribos de nuestro tren y caían derribados a golpes de culata. Sólo se oían jadeos, golpes, caídas hacia adelante, y silencio. Después de doce verstas, cuando ya no me quedaba ni una papa para ellos, les arrojé unas proclamas de Trotsky. Pero sólo uno alargó su mano, muerta y sucia, para tomarla. Y reconocí a Ilia, el hijo del rabino de Jitomir. Lo reconocí enseguida, Vassili. Y fue tan terrible ver aquel príncipe, sin pantalones, encorvado bajo el peso de su mochila que, contra todas las instrucciones, lo subimos al vagón. Sus rodillas desnudas, torpes como las de una vieja, se golpearon contra el oxidado hierro de los peldaños. Dos mecanógrafas de grandes pechos, con blusas de marinero, arrastraron el largo y pudoroso cuerpo del moribundo. Lo depositaron en un rincón de la redacción, en el suelo. Unos cosacos de pantalón rojo le arreglaron la ropa caída. Las muchachas contemplaban sin malicia las partes genitales, la masculinidad marchita y arrugada de aquel judío desfalleciente. Y yo, que lo había conocido en uno de mis vagabundeos nocturnos, empecé a recoger los efectos desparramados del soldado rojo Bratlavski.

Todo estaba revuelto: los textos del propagandista y los papeles del poeta judío. Los retratos de Lenin y Maimónides uno al lado del otro, el abollado cráneo de hierro de Lenin y la seda pálida de las imágenes de Maimónides. Un rizo de mujer entre las páginas de las “Conclusiones del VI Congreso del Partido”, y en los márgenes de unos volantes comunistas había anotadas unas líneas de versos hebreos. Como una triste lluvia caían sobre mí las páginas del Cantar de los Cantares y los cartuchos del revólver. Le dije a aquel adolescente agonizante, echado en el rincón sobre un jergón agujereado:

-Hace unos cuantos meses, un viernes por la noche, el tendero Guedali me llevó a casa de tu padre, el rabino Motale. Entonces no eras miembro del Partido, Bratlavski.

-Sí, estaba en el Partido -me contestó el muchacho, más calmado-. Le llegó el turno a mi letra, la letra B, y la organización me envió al frente…

-¿Y fuiste a parar a Kovel, Ilia?

-Sí, fui a Kovel -gritó, en un impulso desesperado-. Los kulaks habían roto nuestro frente. Tomé el mando de un regimiento recién formado, pero ya era tarde. Me faltó artillería.

Murió antes de entrar a Rovno. Estaba muerto, el último príncipe, en medio de sus poemas y sus filacterias (15).

Lo enterramos durante una parada en una estación olvidada. Y yo, que escondo con tanta pena las tormentas de mi imaginación, permanecí al lado de mi hermano hasta su último suspiro.


Notas

(15) Pequeñas cajitas o envoltorios de cuero donde se guardan pasajes de la Ley. Se fijan a la frente o al brazo izquierdo durante ciertas plegarias.

jueves

SELECCIÓN DE CUENTOS DE CABALLERÍA ROJA (24) - ISAAK BÁBEL


24 / LA CANCIÓN

Cuando nos acantonamos en el pueblito de Budiatichi me tocó alojarme en casa de una mujer de muy mal carácter. Era viuda y pobre. Algunas cerraduras rompí en su despensa, pero nunca encontré en ella nada de comer.

No me quedaba otro remedio que acudir a la astucia, y un día, al volver a la casa temprano, antes de que anocheciera, vi que ella cerraba la tapa del horno, todavía caliente. La casa olía a sopa de coles, ¡y era probable que allí hubiera hasta carne! Sentí el olor de la carne entre el aroma de las coles y puse mi revólver sobre la mesa. Pero la vieja no se dejó intimidar. Su semblante se crispó, apretó con fuerza los puños sucios, y me miró con espanto y con un odio indescriptible. Sin embargo, nada hubiera podido salvarle, con mi revólver la hubiera reducido en un instante, si no me hubiera estorbado Sashka Koniáiev, también conocido como Sashka el Cristo. Con su acordeón bajo el brazo, y unas botas que le quedaban grandes, Sashka entró en ese momento a la isba.

-Vamos a tocar una canción -dijo, fijando en mí sus ojos azules y soñolientos-. Una canción -repitió. Tomó asiento en una banqueta y empezó a tocar la introducción. Aquel preludio melancólico parecía venir desde una remota lejanía. El cosaco se interrumpió de pronto y sus ojos azules mostraron una expresión contrariada. Se volvió de espaldas y, seguramente para darme gusto empezó una canción de Kubán.

“Estrella del campo -cantó-. Estrella del campo sobre la casa paterna, y tú la triste mano de mi madre…”

Me gusta esa canción y el amor que siempre me inspira llenó mi corazón de un sublime entusiasmo. Sashka la sabía porque él y yo la habíamos escuchado por primera vez en 1919, en la desembocadura del Don, en la aldea cosaca de Kagalnitskaia. Nos la enseñó un cazador que pescaba en aguas de la reserva. Allá, en esas aguas de la reserva, van a devorar los peces y se posan incontables bandadas de aves. Los peces se reproducen allí con una profusión increíble y uno puede pescarlos con cubos o sencillamente con las manos. Si ponías un remo en el agua, era posible que se mantuviera vertical, porque los peces lo sostenían y se lo llevaban. Eso lo habíamos visto con nuestros propios ojos, por eso nunca olvidaríamos esas aguas cerca de Kagalnitskaia. Los sucesivos gobiernos prohibieron siempre cazar allí, y es una prohibición justificada, pero en 1919 había una guerra cruel en las orillas del Don y el cazador Yákov que ejercía su industria fraudulenta delante de nuestros ojos, a cambio de silencio le regaló su acordeón a Sashka el Cristo, nuestro cantor… Él mismo le enseñó sus canciones, entre ellas unas antiguas melodías que conmovían el alma. Por eso perdonamos al cazador, porque nos hacían falta sus canciones: nadie veía entonces el final de la guerra y sólo Sashka llenaba de música nuestros fatigados caminos. Nuestros pasos dejaban unas huellas sangrientas sobre las que sobrevolaban nuestras canciones. Así había sido en la campaña del verde Kubán, así fue en el Ural y en las estribaciones del Cáucaso, y así era en nuestros días. Necesitábamos canciones, nadie imaginaba el final de la guerra y Sashka el Cristo, el cantor del escuadrón, no estaba maduro todavía para morir…

Fue así como aquella tarde, cuando me hice ilusiones con la sopa de coles de mi patrona, Sashka consiguió endulzarme con su voz baja y equilibrada.

“Estrella del campo -cantaba-. Estrella del campo sobre la casa paterna, y tú la triste mano de mi madre…”

Yo lo escuchaba tendido en un rincón, sobre mi miserable jergón. Aquella ensoñación me conmovía hasta los huesos, hacía palpitar bajo mi cuerpo el heno enmohecido y a través de la ola ardiente que me inundaba apenas podía distinguir a la vieja que sostenía con la mano su arrugada mejilla. Con la cabeza inclinada, permanecía de pie junto a la pared, inmóvil, y no dejó su sitio ni cuando Sashka terminó de tocar. Sashka dejó a su lado el acordeón, bostezó y rompió a reír como después de un largo sueño. Luego, al ver el abandono de la casa de la viuda, barrió con un gesto la suciedad de encima de la banqueta y después trajo un cubo de agua.

-Ya ves, mi querido -le dijo la patrona, mientras se rascaba la espalda contra la puerta y me señalaba con el dedo-, tu jefe llegó hace un rato, empezó a gritarme y a dar patadas en el suelo. Forzó las cerraduras de la casa y ha sacado el arma contra mí. Es un pecado contra Dios venir con un revólver, soy una pobre mujer, yo…

De nuevo se frotó contra la puerta y después colocó unas mantas de piel de cordero sobre su hijo dormido. El niño roncaba bajo el ícono sobre la cama grande. Era un chico mudo, de cabeza blanquecina y voluminosa y tenía unos pies gigantescos como los de un campesino adulto. La madre le limpió la sucia nariz y volvió a la mesa.

-Patrona -le dijo entonces Sashka y le puso la mano en la espalda- si usted quiere puedo ayudarla…

La mujer pareció no haberlo escuchado.

-Ya no me queda sopa de coles -dijo siempre con la mano en la mejilla-. La sopa despareció y conmigo lo único que hacen es mostrarme un revólver, pero si cayera por aquí un buen mozo con el que podría darme algún gusto… estoy tan cansada que ya ni el pecado me alegra…

Salmodió su retahíla de amargas quejas y, murmurando, dio vuelta al mudito contra la pared. Sashka se acostó con ella sobre la cama revuelta, y yo traté de dormir inventándome sueños para adormecerme con buenos pensamientos.

miércoles

SELECCIÓN DE CUENTOS DE CABALLERÍA ROJA (23) - ISAAK BÁBEL


23 / DESPUÉS DEL COMBATE


Esta es la historia de mi disputa con Akinfiev.

El treinta y uno tuvo lugar el ataque de Chésnik. Los escuadrones se concentraron en el bosque cerca de la aldea y a las cinco se lanzaron al asalto. El enemigo nos esperaba sobre una altura distante a tres verstas. Recorrimos esa distancia al galope sobre caballos infinitamente cansados, y al subir a la colina vimos, delante de nosotros, una muralla de muerte: uniformes negros y caras pálidas. Eran los cosacos que nos habían traicionado al inicio de la campaña de Polonia y que habían sido integrados en una brigada por el capitán Yákovlev. Después de formar un cuadro con sus jinetes, el capitán nos esperaba con el sable desenvainado. En su boca brillaba un diente de oro y una barba negra reposaba sobre su pecho como un ícono sobre un difunto. Las ametralladoras enemigas abrieron fuego a veinte pasos y cayeron heridos en nuestras filas. Pisoteamos y chocamos contra el enemigo, pero su cuadro no se tambaleó. Entonces huimos.

Así fue conseguida la efímera victoria de los hombres de Savitski sobre la sexta división. Fue conseguida porque los defensores de la colina no habían vuelto sus caras hacia nuestros escuadrones de carga. Aquella vez, el capitán se mantuvo firme y nosotros huimos sin haber enrojecido nuestros sables con la miserable sangre de los traidores.

Cinco mil hombres, toda nuestra división, corrieron por la ladera sin que nadie los persiguiera. El enemigo había permanecido en la colina. No habría creído en su insólita victoria y no se decidió a perseguirnos. Por esta razón pudimos conservar la vida y precipitarnos sin pérdidas hacia el valle, donde Vinográdov, jefe de la sección política de la sexta división, salió a nuestro encuentro. Vinográdov se agitaba frenético sobre su caballo endiablado y se esforzaba en reenviar al combate a los cosacos que huían.

-¡Liutov -me gritó en cuanto me vio-, haz volver a los soldados o me las van a pagar!

Vinográdov golpeaba al caballo con la culata del máuser, chillaba y trataba de reunir a la gente. Me deshice de él y me acerqué al kirgis Gulímov, que galopaba cerca de allí.

-Arriba, Gulímov -le dije-. ¡Vuelve!

-Vuélvele tu la cola a tu yegua -respondió Gulímov y luego de una mirada furtiva, me disparó y me chamuscó el pelo encima de la oreja-. Vuélvete tú -agregó agarrándome por el hombro con una mano mientras con la otra empezaba a sacar el sable. La hoja venía muy ajustada en la vaina, el kirguís temblaba y miraba a su alrededor. Me tenía abrazado por la espalda e inclinaba su cabeza cada vez más cerca de mi cara.

-Tu caballo irá adelante -repetía con una pena apenas perceptible- el mío seguirá detrás… -Y me golpeó ligeramente con el plano del sable.

La opresión y la proximidad de la muerte me apretaron el corazón. Puse la palma de la mano sobre la cara del kirguís, ardiente como una piedra al sol y la arañé con la mayor fuerza de que fui capaz. Una sangre tibia me corrió por las uñas; me alejé de Gulímov, jadeando como después de una larga corrida. Mi martirizado amigo, el caballo, iba al paso; cabalgué sin ver el camino, sin volver la cabeza hasta que encontré a Vorobieb, el comandante del primer escuadrón. Vorobieb estaba buscando a sus ayudantes y no los encontraba. Juntos fuimos hasta el pueblito de Chésniki y nos sentamos en la taberna en compañía de Akinfiev, el antiguo conductor del Tribunal Revolucionario. Frente a nosotros cruzó Sashka, enfermera del 31 regimiento de caballería; y una pareja de comandantes tomó asiento junto a nosotros. Los dos comandantes parecían medio dormidos y por momentos se quedaban callados; uno de ellos, contuso, no dejaba de mover la cabeza y parpadeaba con un ojo desorbitado. Sashka fue a informar sobre este jefe al hospital y luego volvió tirando de la brida de su caballo. Su yegua, reacia a avanzar, resbalaba sobre la húmeda arcilla.

-¿A dónde vas? -preguntó Vorobieb a la enfermera-. Siéntate con nosotros, Sashka.

-No, con ustedes no -respondió Sashka y golpeó a la yegua en el vientre-. No.

-¿Cómo es eso? -gritó Vorobieb, riéndose-. ¿Ya no te gusta eso de tomar el té con los hombres?

-Contigo ya no me gusta -le contestó la mujer al comandante y arrojó lejos de sí las riendas-. Contigo he cambiado de opinión, Vorobieb, porque los vi hoy, a ustedes los héroes, y he visto cosas muy feas…

-Cuando veías eso -refunfuño Vorobieb- era el momento de disparar…

-¿Disparar? -dijo Sashka con desesperación y se arrancó el brazalete sanitario de la manga-. ¿Con esto iba a disparar?

En ese momento se nos acercó Akinfiev, el ex conductor del Tribunal Revolucionario, con quien yo tenía algunas cuentas pendientes.

-Tú no tenías con qué disparar, Sashka -dijo en tono conciliador-. Nadie te puede acusar por eso, pero sí puedo acusar a los que se meten en la pelea sin colocar cartuchos en el arma -me gritó de pronto Akinfiev y un espasmo corrió por su semblante-, tú estuviste allí, pero no pusiste balas en el revólver… ¿Por qué razón?

-Déjame en paz, Iván -le dije a Akinfiev, pero no se detuvo y se me aproximaba cada vez con su cuerpo torcido de epiléptico.

-Los polacos a ti sí te pueden tirar, pero tú a ellos no… -murmuró el cosaco volviendo su cadera rota-. ¿Por qué razón?

-El polaco sí -contesté, frontal-, pero yo al polaco, no…

-¿Eso quiere decir que eres de la secta de los bebedores de leche (14)? -murmuró Akinfiev, retrocediendo.

-Eso quiere decir entonces que soy un bebedor de leche -dije subiendo la voz-. ¿Y a ti qué te importa?

-A mí me importa que lo reconozcas -gritó Iván con un aire de triunfo salvaje-, que tomes conciencia, pero yo ya tengo un decreto para los bebedores de leche: los podemos fusilar, ya que veneran a Dios…

La gente se acercó al oír los gritos del cosaco contra los bebedores de leche. Quise alejarme de él pero me alcanzó y me golpeó la espalda con el puño.

-Tú no pusiste cartuchos -murmuró, amortiguando la voz junto a mí oído, y, frenético, intentó desgarrarme la boca con sus grandes dedos -porque tú veneras a Dios, traidor…

Me apretó los labios intentando lastimarme y yo lo empujé y le golpeé la cara. Akinfiev se derrumbó de costado al suelo y al caer, se lastimó. La herida empezó a sangrar.

Entonces se le aproximó Sashka, bamboleando sus grandes pechos. Roció a Iván con agua y, acercándosele retiró un largo diente que se movía dentro de la boca negra del epiléptico, como un abedul junto al camino desierto.

-Los gallos no tienen otra obsesión que picotearse unos a otros -dijo Sashka-, pero cuando veo cosas como las de hoy, me dan ganas de taparme la cara…

Pronunció esas amargas palabras y se llevó al descalabrado Akinfiev. Y yo me marché al pueblo de Chésnik, bajo la incansable lluvia galitziana.

El pueblo flotaba y se henchía, una arcilla púrpura fluía de sus tristes heridas. Una primera estrella brilló delante de mí y se escondió en las nubes negras. La lluvia golpeó los sauces y luego perdió fuerza. El viento subió al cielo como una nube de pájaros y las tinieblas colocaron sobre mí una húmeda corona. Estaba exhausto. Bajo esa corona fúnebre seguí mi camino, suplicando al destino que me concediera la más sencilla de las ciencias: la ciencia de matar a un hombre.


Notas

(14) Se refiere a los molokanes, secta cristiana rusa que rechaza la mayoría de los ritos ortodoxos, no reconocen a las autoridades civiles y se rehúsan a portar armas. Son vegetarianos y sólo consumen huevos o leche, de ahí su nombre.

SELECCIÓN DE CUENTOS DE CABALLERÍA ROJA (22) - ISAAK BÁBEL


22 / CHESNIK


La sexta división estaba concentrada en el bosque situado junto a la aldea de Chesnik y esperaba la señal de ataque. Pero Pavlichenko, el jefe de la sexta división, esperaba a la segunda y no daba la señal. Entonces Vorochilov se acerco al jefe. Le dio en pleno pecho con la cabeza de su caballo y le dijo:

-¡Nos estamos propasando, comandante!

-Obedeciendo sus órdenes -respondió sordamente Pavlichenko-, la segunda brigada cabalga al sitio de las operaciones.

-Nos propasamos, comandante, nos propasamos -repitió Vorochilov, dando un tirón a las riendas.

Pavlichenko retrocedió un paso.

-¡Haga el favor -gritó, retorciendo los dedos-, haga el favor, camarada Vorochilov, no me apure!

-Que no lo apuren -musitó Klim Vorochilov, miembro del Consejo Revolucionario Militar, y cerró los ojos. Erguido sobre la silla, con los ojos semicerrados, Vorochilov guardaba silencio y movía loa labios. Un cosaco en zapatillas, que llevaba una cacerola en la mano, lo quedó mirando con perplejidad. Los escuadrones a caballo llenaban el bosque de ruido, un ruido como del viento, y quebraban las ramas a su paso. Vorochilov peinaba con el máuser las crines de su caballo.

-Comandante en jefe -gritó volviéndose a Budionni- pronuncie, por favor, unas palabras para exhortar a la tropa… Ahí tiene usted al polaco, en la colina, como pintado en cuadro, y se ríe de nosotros.

En efecto, con los gemelos se podía ver a los polacos. El estado mayor del ejército montó a caballo y los cosacos se reunieron en torno suyo.

Iván Akinfiev, el antiguo conductor del Tribunal Revolucionario pasó delante de mí, y me tocó con el estribo.

-¿Estás en servicio de combate, Iván? -le pregunté-. ¡Pero si tú no tienes costillas!

-Mo me importan mis costillas -respondió Akinfiev, que se mantenía de costado en la silla-. Déjame escuchar lo que dice el hombre.

Se adelantó y se introdujo hasta quedar frente a Budionni. Este se estremeció y dijo en voz baja:

-Muchachos, estamos en una mala situación. Es necesario un poco más de corazón, muchachos.

-¡A Varsovia! -gritó el cosaco de las zapatillas y la cacerola, con los ojos desorbitados y cortó el aire con el sable.

-¡A Varsovia! -gritó Vorochilov, hizo levantar el caballo sobre sus patas delanteras y voló hacia el centro de los escuadrones.

-¡Soldados y comandantes! -gritó con ardor-. En Moscú, nuestra antigua capital, vive y lucha un poder jamás visto. ¡El gobierno de los obreros y los campesinos, el primero del mundo, les ordena, soldados y comandantes, atacar al enemigo y conseguir la victoria!

-¡Sables en alto! -se oyó a Pavlichenko, detrás del comandante en jefe. Sus labios color frambuesa se llenaron de espuma, mientras marchaban entre las filas. El comandante de división tenía desgarrado su caftán rojo y su cara mofletuda y desagradable se veía convulsionada. Con la hoja de su inapreciable espada rindió honores a Vorochilov.

-De acuerdo con el deber que impone el juramento revolucionario -dijo con voz ronca el jefe de la sexta división y echando una mirada a su alrededor- doy cuenta al Consejo Revolucionario Militar del primer ejército de caballería: la invencible brigada segunda se acerca al trote al sitio de las operaciones.

-Adelante -respondió Vorochilov haciendo un gesto con la mano y tiró de las riendas. Budionni se puso en marcha a su lado. Montaban altas yeguas alazanas, y marchaban uno al lado del otro con idénticas guerreras y relucientes pantalones tachonados de plata. Los soldados, en un repetido clamor, se pusieron en movimiento detrás de ellos y el pálido acero espejeaba bajo el sol otoñal. Pero no percibí unanimidad en el grito cosaco y en espera del ataque me sumergí en el bosque donde estaba el puesto de abastecimiento de vituallas.

Un soldado herido del Ejército Rojo yacía allí, delirando, y Stepka Duplischev, un joven cosaco pendenciero, limpiaba a Huracán, el semental pura sangre que pertenecía al Comandante y era descendiente de Liulicha, una yegua de Rostov ganadora de varios premios. El herido recordaba, balbuceando palabras entrecortadas entre las que se repetía Shue, una novilla y no sé qué ovillos de lino. Duplischev ahogaba su lastimero murmullo cantando una canción que trataba de un ordenanza y una gorda generala. Cantaba cada vez más fuerte, y blandía su cepillo que pasaba de vez en cuando sobre los arreos del caballo. Vino a interrumpirlo Sashka, la dama de todos los escuadrones. Se acercó al muchacho y bajó de su montura.


-¿Bueno, lo hacemos? -dijo.

-Largo -contestó Duplischev; se dio vuelta y se puso a enlazar una cinta en las crines de Huracán.

-¿Eres hombre de palabra o no eres más que una pasta blanda?

-Largo -repitió Stepka-. Soy hombre de palabra.

Terminó de colocar las cintas en las crines y de pronto me gritó con desespero:

-Mire, Kiril Vasilich, preste un poquito de atención y fíjese cómo se burla ella de mí. ¡Hace un mes entero que la soporto! Me doy vuelta y me la encuentro; vaya adonde vaya, ella me cierra el camino: que le deje el caballo, que le deje el caballo. Y esto, a pesar de que el jefe de la división me ordena a diario: “Stepka, con un semental así, vas a tener muchas solicitudes, pero no lo sueltes para cubrir hembras antes de que tenga cuatro años…”

-No te quejes, que tú estabas cubriendo a las hembras a los quince años -murmuró Sashka dándole la espalda. Se alejó hasta su yegua, le apretó la cincha y se dispuso a montar.

Sus zapatos y las espuelas tintineaban, las medias caladas estaban salpicadas de barro y llenas de hierbas, sus grandes senos desbordaban de la ropa.

-Y yo que había ofrecido un rublo -dijo Sashka poniendo en el estribo su zapato con espuela-. Lo traje y ahora tendré que llevármelo de vuelta.

La mujer sacó dos monedas de medio rublo, las hizo saltar sobre la palma de la mano y se las guardó de nuevo en el escote.

-¿Entonces cerramos el trato? -dijo Duplischev sin quitar los ojos de las monedas de plata, y acercó el caballo.


Sashka eligió un lugar en pendiente y colocó allí a la yegua.

-Crees que en el mundo no hay nada más que tú y tu semental -le dijo a Stepka y se puso a guiar a Huracán-, pero ocurre que mi yegua es un animal del frente y hace dos años que no ha sido cubierta. Espero tener un animal de pura sangre.

Terminó con el semental y puso aparte a su yegua.

-Ya estamos llenas, hijita -musitó besando a la yegua en sus labios húmedos y manchados de negro, de los que colgaban unos hilos de baba. Luego se restregó contra la nariz del animal y puso atención al ruido que venía del bosque.

-La segunda brigada está llegando -dijo, y se volvió hacia mí. Hay que partir, Liútich…

-Llegue o no llegue -gritó Duplischev, atragantándose-, el dinero a mi bolsillo.

-Para dineros estoy yo ahora -murmuró Sashka y saltó sobre su yegua.

Yo me precipité tras ellas y partimos al galope. Los gritos de Duplischev resonaron a nuestras espaldas y se oyó un disparo.

-¡Vengan! -gritaba el cosaco y corría a todo lo que daban sus piernas tras de nosotros.

El viento saltaba entre las ramas como una liebre perdida. La segunda brigada volaba entre los robles galitzianos, el polvo indiferente del cañoneo se elevaba sobre la tierra como el humo de una apacible casita. Y a una señal del jefe nos lanzamos al ataque, al inolvidable ataque de Chesnik.

SELECCIÓN DE CUENTOS DE CABALLERÍA ROJA (20) - ISAAK BÁBEL


20 / LA VIUDA

En el coche sanitario se está muriendo Sheveliov, el jefe de regimiento. A sus pies está sentada una mujer. La noche, iluminada por el resplandor de los cañonazos, desciende sobre el agonizante. Lievka, el cochero del comandante de la división, calienta la sopa en una cacerola. La mata larga y cosaca del pelo de Lievka cuelga por encima de la hoguera y se oye entre los arbustos el ruido de los caballos maneados. Lievka revuelve con una rama el contenido de la marmita y le dice a Sheveliov, tendido en el carro:

-Yo, camarada, he trabajado en la ciudad de Temyruk como corredor de obstáculos y como atleta de peso ligero. Las ciudades pequeñas, claro, resultan aburridas para las mujeres, y por eso apenas me veían las muchachas rompían el hielo… “Lev Gavrilich, no nos rechace un aperitivo a la carte. Mire que el tiempo pasa y no regresa…” Fui con una de ellas a una taberna. Pedimos dos raciones de ternera, una botella de aguardiente y estábamos allí muy tranquilos los dos mientras bebíamos. Entonces veo que se me acerca un señor, limpio y bastante bien trajeado. Me doy cuenta que tiene una gran imaginación y un pequeño vaso sanguíneo en la nariz.

“Perdone -me dice- quisiera saber de qué nacionalidad es usted.

“¿Cómo se le ocurre -pregunto yo- molestarme acerca de mi nacionalidad, cuando estoy en compañía de una dama?

Y él me responde:

“¿Qué clase de atleta es usted? Con tipos como usted en la lucha francesa hacemos alfombritas en un instante. Demuéstreme su nacionalidad…”

Yo sigo sin hacerle caso…

“No conozco ni su nombre ni su apellido” -dije-. ¿A qué viene ese desafío que no puede conducir más que a que uno de los dos caiga enseguida o, dicho con otras palabras, exhale su último suspiro?”

-¡El último suspiro! -repite entusiasmado Lievka y levanta las manos al cielo rodeado por la noche, como de un nimbo.

Un viento incansable, el viento puro de la noche, canta, se llena de sonidos y conmueve el alma. Las estrellas brillan en la oscuridad como anillos de boda y caen sobre Lievka, se le enredan en el pelo y se apagan en su melena.

-Liev -murmura de pronto Sheveliov con sus labios amoratados-, ven aquí. El oro es para Shaska, los anillos, los arreos del caballo, todo es para ella. Hemos vivido lo mejor que pudimos. Quiero recompensarla. Los trajes, los calzoncillos, la condecoración al egoísmo inquebrantable, mándalo a Terek, a mi madre. Mándaselo con una carta y escribe: “El comandante te envía su último saludo, no llores. La casa es para ti, madre, vive en ella. Si alguien te molesta ve a ver a Budionni y le dices: ‘Soy la madre de Sheveliov…’ El caballo Abramka se lo dejo al regimiento en recuerdo de mi alma…

-Lo del caballo lo entendí -murmura Levka y se frota las manos-. ¡Shaska! -le dice a la mujer- ¿oíste lo que dijo? Contesta delante de él si vas a darle a la vieja lo suyo o no.

-¡Su madre que se vaya al infierno! -contesta Sashka y se va hacia el matorral envarada como un ciego.

-¿Vas a entregarle su parte a la madre? -Lievka la alcanza y la agarra por el cuello-. Dilo delante de él.

-Sí, se la daré. Déjame.

Y una vez arrancada esta confesión, Lievka quieta el cacharro del fuego y echa el caldo en la boca abierta del moribundo. La sopa se derrama por la cara de Sheveliov, la cuchara tintinea contra sus dientes brillantes y las balas cantan cada vez más fuerte en los densos espacios de la noche.

-Disparan con fusil, esos canallas -dice Lievka.

-Ya conoces a esos lacayos -dice Sheveliov-. Con esas ametralladoras nos destrozan el flanco derecho.

Con los ojos cerrados, solemne como un muerto sobre la mesa del velatorio, Sheveliov se puso a escuchar el combate. A su lado Lievka comía su carne, masticando con ruido. Cuando terminó, se relamió y se fue con Sashka a un lugar del terreno más alejado.

-Sashka -le dijo tembloroso, eructando y haciendo gesto-, Sashka, como delante de Dios te digo: todo está lleno de pecado… Sólo se vive y se muere una vez. No te resistas, yo te lo compensaré, aunque sea con mi propia sangre… El tiempo de él se ha terminado, Sashka, pero el tiempo de Dios no tiene fin…

Se sentaron en la hierba. Una luna indolente apareció detrás de las nubes y se detuvo sobre la rodilla desnuda de Sashka.

-Ustedes se calientan -murmuró Sheveliov- y mientras, el enemigo se ha lanzado contra la división catorce.

Lievka jadeaba y se sentían crujidos en el matorral. La luna brumosa vagaba por el cielo como un mendigo. A lo lejos relampagueaba la artillería. Los tallos susurraban sobre la inquieta tierra y las estrellas de agosto caían sobre la hierba.

Luego Sashka volvió a su puesto. Cambió las vendas del herido y levantó la linterna para mirar la herida que se gangrenaba.

-Te irás mañana -dijo Sashka secando el sudor frío de Sheveliov-. Te irás mañana. Llevas la muerte en las tripas…

En ese momento una compacta y sonorosa explosión se abatió sobre la tierra. Cuatro nuevas brigadas, enviadas el combate por el mando unificado del enemigo, lanzaron su primer obús sobre Busk, rompiendo nuestras comunicaciones e incendiando toda la comarca que divide el río Bug. Dóciles llamaradas se levantaron sobre el horizonte, y los pesados pájaros del bombardeo alzaron vuelo sobre el fuego. Busk ardía y Lievka voló por el bosque en el tambaleante carro del comandante de la sexta división. Tiraba con fuerza de las riendas rojas y golpeaba los troncos al pasar con las ruedas pintadas del carruaje. El carro pequeño donde yacía Sheveliov volaba detrás de él. Sashka conducía los caballos, que se salían de sus arreos.

Así llegaron a la linde del bosque donde estaba la enfermería de campaña. Lievka desenganchó los caballos y partió a buscar al enfermero jefe para pedirle una manta. Atravesó el bosque lleno de carros. Entre ellos se veían los cuerpos de los enfermeros y un alba tímida se aventuraba sobre las pieles de oveja de los soldados dormidos. Sus botas aparecían desperdigadas aquí y allá, los ojos vueltos al cielo y las bocas abiertas como agujeros negros.

Lievka volvió con una manta a donde se encontraba Sheveliov, lo besó en la frente y lo cubrió de la cabeza a los pies. Entonces Sashka se acercó al coche. Se anudó el pañuelo bajo el mentón y se sacudió las briznas de paja de su vestido.

-Mi Paulik -dijo- ¡Jesús mío! -Y se arrojó sobre el muerto con su cuerpo enorme.

-Está sufriendo -dijo entonces Lievka, es normal, de alguna manera fueron felices. Ahora, para su desgracia, tendrá que volver a pasar bajo todo el escuadrón… No es plan. -Y siguió su camino hacia Busk, donde se había establecido la sexta división.

Allí, a diez verstas de la ciudad, se combatía contra los cosacos de Sanikov. Los tránsfugas luchaban bajo las órdenes del capitán Yakovlev, que se había pasado a los polacos. Combatían valerosamente. El comandante de la división estaba con el ejército desde hacía cuarenta y ocho horas, y Lievka, al no encontrarlo en el estado mayor, volvió a la granja que se le servía de alojamiento, lavó los caballos, arrojó agua sobre las ruedas del carro y se acostó en el granero. El lugar estaba lleno de heno fresco y perfumado. Lievka durmió y luego se sentó a comer. La patrona le hirvió unas papas aliñadas con cuajada. Estaba comiendo cuando sonó en la calle el clamor fúnebre de las trompetas y el ruido de muchos cascos. Un escuadrón pasaba con sus trompetas y sus estandartes por la tortuosa calle galitziana. El cuerpo de Sheveliov, cubierto de banderas, yacía sobre una cureña. Sashka iba a caballo detrás del féretro y desde las últimas filas de jinetes se oía una canción cosaca.

El escuadrón pasó por la calle principal y dobló hacia el río. Entonces Lievka, descalzo y sin gorra, se precipitó tras el destacamento y agarró por la brida el caballo del jefe del escuadrón.

Ni el comandante de la división, que se había detenido para rendir homenaje a los restos mortales de Sheveliov, ni su estado mayor, oyeron lo que Lievka le dijo al jefe del escuadrón:

-Los calzoncillos… -el viento nos traía retazos de sus palabras- la madre que vive en el Terek… -eran los sonidos incoherentes de Lievka que oímos.

El jefe del escuadrón, sin escuchar el resto, le hizo soltar la brida y señaló a Sahka con la mano. La mujer movió la cabeza y siguió adelante. Entonces Lievka saltó sobre la silla de Sashka, agarró a la mujer del pelo, le echó la cabeza hacia atrás y le asestó un golpe de puño en plena cara. Sashka se limpió la sangre con su falda y siguió adelante. Lievka se dejó caer de la silla, echó para atrás su largo penacho cosaco y se ató una bufanda roja en las caderas. Las estridentes trompetas siguieron guiando al escuadrón hacia adelante, hacia la resplandeciente línea del Bug.

Luego volvió Lievka -el fiel cochero del comandante- y con los ojos brillantes, nos gritó:

-La he puesto de vuelta y media. Me dijo “Mandaré las cosas a su madre cuando me venga bien. Para guardar su memoria, no te necesito a ti”. Entonces no la olvides, piel de víbora… Y si la olvidas por segunda vez, yo te lo haré recordar.

martes

SELECCIÓN DE CUENTOS DE CABALLERÍA ROJA (19) - ISAAK BÁBEL


19 / CONTINUACIÓN DE LA HISTORIA DE UN CABALLO


Pasaron cuatro meses desde que Savitski, nuestro ex-comandante de división, se apropiara del caballo blanco de Jlébnikov, el jefe del primer escuadrón. Jlébnikov abandonó el ejército, y hoy Savitski recibió una carta suya.

De Jlébnikov a Savitski

“Ya no puedo guardar rencor alguno al ejército de Budionni; mis sufrimientos en este ejército los entiendo ahora y los guardo en mi corazón con un sentimiento más puro que las cosas sagradas. Y a ti, camarada Savitski, como héroe universal, las masas trabajadoras de la región de Vitebski -de donde soy ahora el presidente del Comité Revolucionario del distrito- te envían un saludo proletario: “¡Viva la Revolución Mundial!”, y desea que el caballo blanco ande bajo su persona durante largos años por suaves senderos en busca de la libertad tan querida por todos y en pro de las repúblicas fraternas, en las que debemos poner ojo alerta por lo que respecta al poder en las aldeas y en aquellos distritos que desde el punto de vista administrativo puedan considerarse unidades autónomas…”

De Savistiski a Jlébnikov

“¡Inalterable camarada Jlébnikov! La carta que me has enviado es muy encomiable para con la causa común y, sobre todo, después de la estupidez, cuando cegado por el apego a tu pellejo, a tu querido pellejo, te fuiste de nuestro Partido Comunista Bolchevique. Nuestro Partido Comunista, camarada Jlébnikov, es una columna de hierro, una columna de combatientes que donan su sangre en la primera fila, y cuando de este hierro mana sangre, entonces, camarada, no es broma, es cuestión de vencer o morir. Lo mismo cabe decir de la causa común, cuyo amanecer no creo poder ver, ya que los combates son duros y hay que cambiar el personal de mando cada quince días. Hace un mes que lucho en la retaguardia, guardando las espaldas a la invencible Caballería Roja, bajo el fuego directo de los fusiles, de la artillería y la aviación enemigas. Han muerto Tardy, Lujmannikov, Likochenko, Gulevoi y Trúnov; el caballo blanco ya no está bajo mi persona, de manera que, camarada Jlénikov no esperes volver a ver a tu querido comandante de división Savitski, pero nos reencontraremos, podríamos decir, en el reino de los cielos, aunque, según dicen allá arriba no hay un reino sino un burdel en toda forma, y porque sobre la tierra no hacen falta más meadas, es posible que no nos veamos más. Por eso, adiós, camarada Jlébnikov.

Galitzia, setiembre de 1920

SELECCIÓN DE CUENTOS DE CABALLERÍA ROJA (18) - ISAAK BÁBEL


18 / LOS IVANES

Dos veces había desertado del frente el diácono Iván Agguev. Por eso lo destinaron al regimiento penitenciario de Moscú. El comandante en jefe Kaménev, Serguei Serguéievich pasó revista a ese batallón en Mozhaisk antes de enviarlo a la primera línea de combate.

-No me sirven para nada -dijo el comandante en jefe- mejor los devolvemos a Moscú a limpiar letrinas…

Con esos disciplinarios se formó, como se pudo, una compañía en Moscú. Entre ellos iba el diácono. Llegó al frente polaco y allí se declaró sordo. El ayudante sanitario Barsustki, del destacamento de primeros auxilios, estuvo bregando con él una semana entera asombrado de su obstinación.

-El diablo se lo lleve al sordo ese -le dijo Barsutski al sanitario Soitschenko-. Pide un carro al convoy y lo enviaremos a Rovno, a que lo examinen…

Soitschenko fue a la Administración y de allí volvió con tres carros. En el primero estaba Iván Akinfiev de cochero.

-Iván -le dijo Soitschenko- vas a llevar al sordo a Rovno.

-Puedo llevarlo, claro -respondió Akinfiev.

-Y me traerás un recibo…

-Entendido -dijo Akinfiev-. Pero ¿de dónde viene su sordera?

-De que tiene más estima por su pellejo que por el de sus hermanos -dijo el sanitario Soitschenko-, esa es la única causa. Un pillo, eso es lo que es, y no un sordo.

-Yo lo llevaré -repitió Akinfiev y se puso en marcha tras la fila de carros.

En la enfermería pararon los tres carros. En el primero instalaron a una enfermera que iba destinada a la retaguardia, en el segundo a un cosaco enfermo de nefritis y en el tercero se sentó Iván Agguev, el diácono.

Cuando todo estuvo dispuesto, llamó Soitschenko al ayudante médico.

-Ya se va el sinvergüenza -le dijo-. Lo he mandado contra recibo en el carro del Tribunal Militar. Van a salir de un momento a otro.

Barsurski miró por la ventana, vio el carro y con el rostro enrojecido y sin gorra, se precipitó fuera de la casa.

-¡Eh! ¿Quieres matarlo? -le gritó a Akinfiev-. Hay que mandarlo en otro carro.

-¿A dónde quieres trasladarlo? -contestaron, entre risas, unos cosacos que estaban por allí-. Nuestro Iván es un muchacho con recursos…

Iván Akinfiev, con el látigo en la mano, estaba de pie junto a los caballos. Se quitó la gorra y dijo con cortesía:

-Buenos días, camarada sanitario.

-Buenos días, amigo -contestó Barsustski-. ¡Pero eres un animal! Hay que acomodar al diácono en otro carro.

-Me gustaría saber -dijo entonces el cosaco y su labio superior se replegó hacia arriba, temblando sobre los dientes blanquísimos-, me gustaría saber si le parece a usted oportuno o no que cuando el enemigo nos atormenta de esa manera tan indecible, cuando nos da golpes bajos, se cuelga de nuestras piernas como un fardo y nos ata las manos como una serpiente, si es decente o no, en una hora fatal como esta soldarse los oídos…

-Iván apoya a los comisarios -gritó Korotkov, el cochero del primer carro-. ¡Ah sí, que los apoya!...

-¿Y qué si los apoya? -murmuró Barsutski volviendo la espalda-. Todos los apoyamos. Pero las cosas hay que hacerlas como se debe.

-¡Pero si es que oye, nuestro sordito! -lo interrumpió Afinkiev, dando vueltas al látigo entre sus gruesos dedos. Luego rompió a reír y le hizo una guiñada al diácono. Este, sentado en el carro, tenía los hombros caídos y movía la cabeza.

-¡Bueno, váyanse, por Dios! -gritó el sanitario, desesperado-. Pero tú eres el responsable de todo, Iván…

-En eso estoy totalmente de acuerdo -dijo lentamente y asintió con la cabeza-, Siéntate cómodo -le dijo al diácono sin volverse-. Ponte con más comodidad -repitió, tomando las riendas.

Los carros se colocaron en fila y se pusieron en marcha. Delante iba Korotkov, Akinfiev, en el tercer puesto, silbaba una canción y agitaba las riendas. Anduvieron unas quince verstas, cuando al anochecer fueron sorprendidos por una inesperada ofensiva enemiga.

Aquel día, 22 de julio, los polacos en una maniobra rápida habían desmantelado nuestra retaguardia; irrumpieron de golpe en la aldea de Kosin y lograron hacer un buen número de prisioneros de la décimo primera división. Los escuadrones de la sexta división fueron enviados al sector de Kosin para detener el avance del adversario. Las fulminantes maniobras de las unidades desarticularon los equipos y los carros del Tribunal Revolucionario anduvieron dos días con sus noches entre el fragor de las avanzadas de combate. Recién a la tercera noche pudieron llegar al camino donde se había retirado el estado mayor de retaguardia.

En ese camino los encontré a medianoche. Fue después de la batalla de Jotin. Yo estaba desesperado. En esa batallo me habían matado mi caballo, Lavrik, mi consuelo en este mundo. Sin montura, me subí a un carro sanitario y estuve recogiendo heridos hasta el anochecer. Después a los hombres sanos nos hicieron descender y me quedé sólo en una cabaña derruida. La noche avanzaba sobre fogosos caballos. El clamor agudo de los convoyes parecía llenar el universo. En la tierra, henchida de gemidos, se apagaban los caminos. Las estrellas se deslizaban sobre el frío cuerpo de la noche y en el horizonte ardían las aldeas abandonadas. Con la silla a la espalda, eché a andar por el lindero removido, y a la vuelta del camino me detuve para aliviar una necesidad.

Una vez aliviado, observé al abrocharme que tenía unas salpicaduras en la mano. Encendí la linterna, me di vuelta y vi en el suelo el cadáver de un polaco mojado por mis orines. El líquido chorreaba de su boca, se escurría entre los dientes y llenaba las cuencas hundidas de sus ojos. Al lado del cadáver había un libro de notas y parte de un folleto de la proclama de Pilsudki. En el libro denotas del polaco figuraban los gastos diarios, el calendario de espectáculos del teatro de Cracovia y el cumpleaños de una mujer llamada María Luisa. Con la proclama de Pilsudki -mariscal jefe del ejército polaco- sequé del rostro de mi hermano desconocido aquel líquido maloliente y me marché encorvado bajo el peso de la silla.

En ese momento sentí el chirrido de unas ruedas no lejos de allí.

-¡Alto! -grité-. ¿Quién va?

La noche era todavía más oscura y los incendios resplandecían en el horizonte.

-Los muchachos del Tribunal Revolucionario -respondió una voz apagada en medio de las tinieblas.

Marché en esa dirección y me tropecé con un carro.

-Han matado a mi caballo -dije en voz alta-. Se llamaba Lavrik…

Nadie me contestó. Me subí al carro, puse la cabeza sobre la silla y me dormí. Al amanecer me despertó el calor del heno en fermentación y del cuerpo de Iván Akinfiev, mi accidental vecino. Despertó poco después que yo.

-Ya es de día, gracias a Dios -dijo. Sacó su revólver y disparó un tiro junto al oído del diácono, que iba sentado delante de nosotros guiando los caballos. En la calva imponente de su cráneo alzaron vuelo unos pocos pelos grises. Akinfiev volvió a dispararle un tiro junto al oído y después guardó el revólver en el estuche.

-¡Buenos días, Iván! -le dijo al diácono, mientras se ponía las botas entre quejidos por el esfuerzo-. Vamos a desayunar.

-¡Eh, muchacho! -le grité cuando pude reponerme de la sorpresa-. ¡Qué haces!

-Lo que hago es demasiado poco -contestó Akinfiev sacando los víveres-. Lleva tres días enteros fingiendo conmigo…

Entonces, desde el primer carro, intervino Korotkov en la conversación. Yo lo conocía del trigésimo primer regimiento y me contó la historia del diácono desde el principio. Akinfiev escuchaba atentamente. Luego sacó de debajo de la silla una pata de buey asada. Estaba cubierta con una tela y con briznas de paja. El diácono bajó del pescante, cortó con un cuchillo aquella carne verdosa y nos repartió un pedazo a cada uno. Terminado el desayuno, Akinfiev volvió a guardar la pierna de vaca en la bolsa y la metió en el heno.

-Vania -le dijo a Agguev- ven, vamos a exorcizar los demonios. De todas maneras tenemos que hacer un alto para que beban los caballos.

Y sacó de su bolsillo un frasco de medicamento y una jeringuilla de Tarnovski y se la tendió al diácono. Se bajaron los dos del carro y se alejaron por el campo una veintena de pasos.

-¡Enfermera! -gritó Korotkov desde el primer carro-. No mires para allá si no quieres quedarte ciega con lo que le sobra a Afinkiev.

La mujer murmuró algo y se dio vuelta.

Afinkiev se levantó la camisa, el diácono se arrodilló delante de él y le puso la inyección. Luego limpió la jeringa con un trapo y la miró a la luz. Akinfiev se subió los pantalones. Aprovechando la ocasión se acercó al diácono por detrás y le disparó junto al oído.

-Un saludo, Vania -dijo, y se abrochó.

El diácono dejó el frasquito sobre el pasto y se puso de pie. Un aire ligero le movió los pocos pelos.

-A mí me juzgará el Tribunal Supremo -dijo en voz baja- pero tú, Iván, no estas por encima de mí…

-Ahora todos pueden juzgar a todos -se entremetió el cochero del segundo carro, un vivillo que parecía jorobado-. Incluso condenamos a muerte con gran facilidad.

-Sería mucho mejor… -dijo Agguev, y se enderezó-. Mátame, Iván.

-No digas tonterías, diácono -diijo Kortokov aproximándose-. Tienes que entender con quién estás viajando. Otro te habría retorcido el cuello como a un pato sin andarse con vueltas, mientras que él quiere sacar la verdad de ti y darte una lección, renegado…

-Sería mucho mejor -repitió el diácono tozudamente avanzando un paso-. Mátame, Iván.

-Te vas a matar tú solo, carroña -silbó Akinfiev, que se había puesto pálido-. Tú mismo vas a cavar tu fosa y tú mismo te enterrarás en ella.

Levantó los brazos, se desgarró el cuello de la camisa y cayó al suelo presa de un ataque.

-¡Ay, madre mía!-. ¡Ah, sangre de mi sangre! Tú, mi poder soviético.

-Vania -dijo Korotkov y le puso suavemente una mano en el hombro-. Iván, no te atormentes, quedido amigo, no te desesperes. Tenemos que seguir, Vania…

Korotkov se llenó la boca de agua y roció con ella a Akinfiev. Después lo subió al carro. El diácono volvió a sentarse en el pescante y seguimos nuestro camino.

Hasta el poblado de Verbi no quedaban más que dos verstas. Aquella mañana se habían acantonado allí innumerables convoyes. La undécima división, la decimocuarta y la cuarta. Los judíos con sus chalecos y sus hombros puntiagudos, estaban delante de sus puertas como pájaros desplumados. Los cosacos iban y venían por los patios, se llevaban las toallas y se comían las ciruelas todavía verdes. Apenas llegamos Afinkiev se tumbó en el heno y se durmió. Yo tomé una manta del carro y me fui a buscar un sitio a la sombra. Pero el campo, a ambos lados del camino, estaba sembrado de excrementos. Un campesino de barba, con anteojos de cobre y un sombrero tirolés, que leía un periódico a cierta distancia, captó mi mirada y dijo:

-Nos llamamos hombres, pero olemos peor que chacales. Somos la vergüenza de la tierra-. Se dio vuelta y volvió a la lectura de su diario con sus enormes anteojos.

Me dirigí entonces hacia la izquierda, hacia un bosquecillo y vi al diácono que venía en dirección a mí.

-¿Adónde vas tú, paisano? -le gritó Korotkov desde el primer carro.

-A hacer mis necesidades -murmuró el diácono y tomó mi mano y la besó-. Usted es un buen hombre -me dijo en un susurro, temblando y respirando agitado-. Le ruego que cuando tenga un minuto libre mande usted noticias a la ciudad de Kassimov, para que mi mujer pueda llorarme.

-¿Pero usted es sordo o no, padre diácono? -le grité en la oreja-. ¿Sí o no?

-¿Cómo? ¿Cómo? -me dijo y acercó la oreja.

-¿Es sordo, Agguev?, ¿sí o no?

-Así es, soy sordo -contestó apresuradamente-. No lo era hasta hace tres días, pero el compañero Akinfiev me ha destrozado los oídos con sus disparos. Tiene la obligación de llevarme a Rovno, pero creo que no me llevará al fin y al cabo…

Cayó de rodillas y se deslizó entre los carros adelantando la cabeza y sus pelos rebeldes de pope. Después se levantó, y fue a donde estaba Korotkov. Este le dio un poco de tabaco. Los dos armaron un cigarrillo y se lo encendieron mutuamente.

-Es mejor así -dijo Kortokov y le hizo un lugar a su lado. El diácono se sentó y los dos permanecieron en silencio.

En eso despertó Akinfiev. Sacó la pata de vaca de la bolsa, cortó con el cuchillo la carne verdosa y repartió un trozo para cada uno. Cuando vi aquella carne podrida me sentí mal y la rechacé.

-Adiós, muchachos. Buen viaje -les dije.

-Adiós -contestó Kortokov.

Saqué mi silla del carro y me marché. Al alejarme, oí el murmullo de Iván Akinfiev.

-Vania -le decía al diácono-, cometiste un gran error, Vania. Mi nombre debía haberte dado miedo, pero tú resolviste sentarte en mi carro. Si hubieras podido zafar antes de cruzarte en mi camino… pero ahora voy a terminar contigo, Vania, seguro como que te estoy mirando, que voy a terminar contigo.

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