Mostrando entradas con la etiqueta Dossier Susana Soca. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dossier Susana Soca. Mostrar todas las entradas

martes

EL EXTRAÑO CASO DE SUSANA SOCA (1)

 

por Valentina Litvan


Cuando primero Rubén Darío y más tarde Ángel Rama establecen sus respectivas antologías de raros, no solamente quieren destacar a determinadas figuras, rescatarlas, darles visibilidad, sino que están poniendo en cuestión el modo en que se constituye una tradición. ¿Quién la integra y con qué legitimidad? Partiendo de estas premisas, me interesa analizar el caso de Susana Soca, una escritora uruguaya que parece entrar en la tradición desde un lugar periférico, extraño y extranjerizante; un lugar que por otra parte sólo parece hacerse posible gracias al espacio que ella ofrece a otros escritores, en tanto fundadora y directora de la revista La Licorne (París 1947-1948; Montevideo 1953-1959), o en tanto mecenas de algunos artistas. En este sentido, podemos asociar la rareza de Susana Soca con un no lugar que paradójicamente constituye la posibilidad misma de su identidad de escritora 1.


Un nombre y una imagen


Escritora, editora, mecenas, Susana Soca ocupa un lugar múltiple e inestable en el campo literario uruguayo. Tanto su obra de creación, compuesta por poemas y prosas ensayísticas, como su revista La Licorne son de difícil acceso y apenas leídas. Sin embargo, más allá de un corpus que a veces parecería ser prescindible, su nombre es una referencia constante en el Uruguay. “Susana Soca” es una calle de Montevideo, fue una librería en Punta Carretas, da nombre a la escuela Nº 180 o hace referencia a un premio literario creado por la Universidad de la República. “Soca” es también, en honor a su padre el Dr. Francisco Soca, el nombre del pueblo anteriormente llamado “Mosquitos”, y de cuya capilla Susana es la destinataria.2 Su nombre transita por el patrimonio entendido en un sentido amplio y la figura queda convertida en insignia, objeto de homenaje colectivo. El corpus de la autora desaparece para ceder su lugar a un cuerpo que desborda los márgenes de la esfera literaria. Además de su presencia en el espacio público a través del nombre, Susana Soca ha sido encarnada por una serie de retratos, pinturas al óleo, esculturas, fotografías, de artistas célebres, uruguayos y extranjeros, como Daniel Ostier, Gisèle Freund o Eduardo Yepes; y escritores como Juan Carlos Onetti, Jorge Luis Borges o Henry Michaux le dedican una novela (Juntacadáveres) o un poema (“Susana Soca”; “La ralentie”), respectivamente. Obras, nominaciones, dedicatorias que se suman a la memoria de una escritora comprometida con su tiempo, que sin embargo queda recordada únicamente desde los bordes, desde los aspectos externos como son el nombre o el contorno de su figura. De modo que su presencia deja solo una huella, como la inscripción de una ausencia.


Esta extraña manera de aparecer en el campo cultural uruguayo desde un no lugar y, sobre todo, desligada de su propio discurso literario, de sus textos, tiene que ver probablemente con el modo como ella se inserta en el campo literario en vida, fundamentalmente a través de su revista, y de cómo se convierte en escritora, de manera póstuma.


Susana Soca Blanco Acevedo (1907-1959) pertenecía a una familia de la clase dominante del país, tanto económica como política o cultural. Hija del célebre doctor Francisco Soca y de Luisa Blanco Acevedo, por parte de padre y madre Susana Soca tenía, además, vínculos estrechos con París, la capital cultural europea y occidental del momento, referencia fundamental para la configuración de una determinada identidad cultural y política uruguaya de la primera mitad del siglo XX, dominada por el batllismo3.


En su primer viaje, como signo que iba a regir un destino, fue bautizada en Notre Dame de París. Después, realizó varios viajes de ida y vuelta, pero durante la Ocupación y la guerra, Susana Soca se vio obligada a prolongar su estadía y vivió en París casi una década. Precisamente el mismo año de su regreso a Montevideo, en 1947, fundó los Cahiers de La Licorne, revista que además de difundir a algunos escritores hispanoamericanos por primera vez en Europa (entre ellos, a Felisberto Hernández, todavía poco reconocido en el Uruguay), permitió publicar a muchos escritores europeos en años de penuria editorial y económica.


A nivel personal, La Licorne significa la incursión de Susana Soca en la vida pública por su actividad de editora, pero también por la posibilidad que supone de publicar allí sus propios textos. Su obra sólo sería recogida más tarde en forma de tres libros póstumos, publicados gracias al impulso de amigos y colaboradores de la revista, en un gesto de homenaje, y siempre bajo el sello de La Licorne, convertido en editorial para la ocasión: En un país de la memoria (1959), Noche cerrada (1962) y Prosas de Susana Soca (1966).


De modo que si bien se puede afirmar que tiene una obra escrita y publicada, su identidad de autora permanece oculta tras su labor más visible de editora y dinamizadora cultural y, fundamentalmente, porque deja de circular en el momento mismo en que se publica; por lo que, en ese sentido, difícilmente podemos afirmar que ocupó un lugar como tal. Esta ambivalencia, su primera rareza, me interesa en su doble sentido afirmativo: Susana Soca es y no es autora, o lo es desde la negación. Porque aun si no se puede obviar la existencia real de sus textos (prosa y poesía), es evidente que como escritora no forma parte del canon uruguayo; en primer lugar porque en vida no pudo ser reconocida como tal y, en segundo lugar, porque después ha sido apenas recogida en alguna antología y está prácticamente ausente de la crítica literaria. En este sentido, su inserción en la clásica antología de ensayos de Carlos Real de Azúa es reveladora porque allí se publica un fragmento de su texto sobre el viaje a Moscú (“Encuentro y desencuentro”). Se trata de un texto en el que aparece dentro de su rol de mecenas, en busca de manuscritos de Boris Pasternak, y no un texto en el que destaque su aspecto creativo.


Pero, sobre todo, este carácter ambivalente, bizarro, de su identidad de escritora, se da en el hecho de que Susana Soca nace como autora tras su muerte, cuando ya ha dejado de existir. Esto que parece una evidencia para todo autor cuya obra es póstuma, deja de serlo cuando comprendemos que en el caso particular de Susana Soca, junto a la publicación inmediata de su obra, su muerte también está en el origen de toda esa serie de discursos textuales y visuales que van configurando una imagen singular de la escritora.


Una ficción


Escribía Carlos Real de Azúa en el quinto aniversario de su muerte:

A raíz de su trágica muerte en la bahía de Guanabara, el 11 de enero de 1959, sobre pocos uruguayos, con seguridad, debe haberse escrito tanto y tan honda y comprensivamente como sobre esta extraña, inapresable y rica personalidad. […] Pero adviértase, con todo, que todavía queda envuelto en el misterio el último recinto de su alma y aun permanece Susana Soca (tendrán que afinarse técnicas y crecer su distancia) como un incitante enigma para la más escrupulosa, para la más delicada indagación literaria y humana. (387)


La muerte de Susana Soca cuando el avión en el que viajaba de París a Montevideo estalló en llamas al hacer escala en Río de Janeiro, el 11 de enero de 1959, provocó un gran impacto en la sociedad uruguaya y se empezó a gestar un imaginario, de carácter colectivo y no necesariamente escrito, en torno a su figura. Se fue construyendo así una imagen que va desde el puro rumor de transmisión oral4 hasta la redacción de textos, homenajes, dedicatorias; y que aunque no es una imagen unívoca y cambia con el tiempo, es una imagen que aparece para siempre ligada a la muerte y al misterio. Por lo que, en tanto autora, Soca aparece mediatizada por esa visión subjetiva donde se la ensalza colocándola en un espacio inalcanzable, fuera de un campo literario real. Susana Soca queda así involuntariamente relegada a un lugar legendario, lo que explicaría que ya no es necesario siquiera leer su obra.


En este sentido, me interesa referirme aquí al último número de su revista, publicado en modo de homenaje a Susana Soca, bajo la iniciativa de Guido Castillo, redactor de la revista junto a Ricardo Paseyro y Ángel Rama, en su período uruguayo. El número 16 de La Licorne constituye la clausura al tiempo que el lugar donde converge todo el sentido de lo que era La Licorne y donde finalmente se produce el nacimiento de la figura de Susana Soca. Por una parte se publica como una necesidad de constatar la muerte de su fundadora y de cerrar la revista (el fin de la vida de Susana Soca es también el fin de La Licorne); por otra parte, es un intento de reconocimiento hacia su fundadora y de dar una proyección a su obra.


Formalmente, y siguiendo el proyecto inicial de la revista, que pretendía servir de puente entre las culturas sudamericanas y europeas, el último número es bilingüe, en francés y en español, y se publican textos de diecinueve autores, muchos de ellos antiguos colaboradores de la revista: Jorge Luis Borges, Juana de Ibarbourou, Carlos Sabat Ercasty, Armando Vasseur, Esther de Caceres, Emilio Oribe, Enrique Lentini, Ricardo Paseyro, Guido Castillo, Marcel Jouhandeau, Jules Supervielle, Henri Michaux, José Bergamín, Jorge Guillén, María Zambrano, Emile Cioran, Sherban Sidéry, Lanza del Vasto y Giuseppe Ungaretti.


Si bien este último número se caracteriza por la heterogeneidad de los textos, tanto en los géneros como en el tono, se puede reconocer su unidad en una retórica compartida: la retórica del duelo y del homenaje, que responde a la intencionalidad común de reconocer y recuperar la figura de Susana Soca para su proyección futura. Este objetivo explica que al final de los diferentes artículos se publique una selección de los textos de la propia poeta y se invite así a su lectura. De modo que el homenaje puede considerarse la primera eclosión de Susana Soca en tanto autora, porque en él se publica por primera vez una compilación de varios de sus textos y porque en él se traza la primera imagen que será determinante para la recepción futura de la escritora.5


Allí, Susana Soca aparece descrita como misteriosa y rara, como no perteneciendo a este mundo. Pero además, dadas las circunstancias en que se publica el número, Soca aparece siempre ligada a la muerte. La filósofa española María Zambrano la identifica en tanto que poeta con el momento de su muerte:


Y todos sus gestos y acciones, sus palabras y sus silencios eran como fragmentos de un vasto orden, cuya clave parece estar en su muerte, es decir, en algo que es, algo no relatable. Y esta ausencia absoluta la irá descubriendo a quienes la conocieron y de algún modo trascenderá a los otros. Se adivina que su muerte es creadora, un poema… 


Según la imagen que se desprende del homenaje, Susana Soca se alcanzaría a sí misma, su verdad se haría visible, paradójicamente, en el momento de mayor ausencia, la de su desaparición. La muerte prematura llega a adquirir la dimensión de un destino inevitable, pues si bien el accidente de avión fue fruto del azar, su vida estuvo marcada por señales de esa predestinación. Según Cioran, el adiós representa la característica más íntima de Soca:


Un genre de malédiction pesait sur elle. Par bonheur, son charme même s’inscrivait dans le révolu. […] Qui sait déchiffrer les visages lisait aisément dans le sien qu’elle n’était pas condamnée à durer, que le cauchemar des années lui serait épargnée. Vivante, elle semblait si peu complice de la vie, qu’on ne pouvait la regarder sans penser qu’on ne la reverrait jamais. L’adieu était le signe et la loi de sa nature, l’éclat de sa prédestination, la marque de son passage sur terre; aussi le portait-elle comme un nimbe, non point par indiscrétion, mais par solidarité avec l’invisible. 


No sólo Soca quedó identificada con las circunstancias de su propia muerte, sino que sus rasgos son los de la ausencia misma, los de una presencia otra y lejana. En otras palabras, no sólo su obra, dado su carácter póstumo, imposibilitó la participación de Soca en tanto escritora en la sociedad, sino que quedó identificada con el misterio y su inefable rareza, doblemente relegada del campo social real de todo escritor.


Como consecuencia de su asociación con la muerte, se opera una abstracción en el retrato de Soca, siendo la espiritualidad el rasgo fundamental con el que queda finalmente asociada en el homenaje. Soca aparece desposeída de las marcas materiales del cuerpo y desconnotada de sexualidad, como una mujer-virgen-angelical y espectral. Por eso se la puede oponer a otros modelos de mujer escritora, como la poeta carnal y destructiva que para la sociedad representaba Delmira Agustini o la considerada como loca, María Eugenia Vaz Ferreira. Las dos mujeres uruguayas que firmaban el número estableciendo una filiación con Soca eran, en cambio, Juana de Ibarbourou y Esther de Cáceres, representantes de los valores ligados a la naturaleza y al cristianismo, respectivamente.


Al encarnar la muerte en tanto absoluto desconocido, lo absolutamente otro, el misterio de Soca se acentúa y se convierte, en cierto modo, en materia literaria; abre así la posibilidad infinita de la creación. Con la muerte de la mujer Susana Soca, comienza el misterio Susana Soca. En el homenaje, Soca no es más un sujeto, se ha convertido en objeto y objetivo, pues se trata de formular su reconocimiento en los textos. Por eso, más que de re-construcción de la autora, se puede hablar de construcción: queriendo recordarla, se la inventa. Entendida de este modo, Susana Soca es una ficción.


NOTAS

1 Dominique Maingueneau habla en este sentido de paratopía para referirse a la condición del escritor que debe negociar con el campo social, literario, al que pertenece para poder formar parte de él : “L’écrivain n’a pas lieu d’être [...] et doit construire le territoire de son œuvre à travers cette faille même [...] Faire œuvre c’est produire une œuvre et construire par là même les conditions qui permettent de la produire.” (2004 : 86). No hay que confundir ese no lugar al que me refiero como un aspecto sociológico, de figura marginal.

2 La capilla Soca del arquitecto vanguardista catalán Antoni Bonet i Castellana fue un proyecto inicial de Susana Soca, pero su construcción terminó por concretarse gracias a las directivas de su madre, tras la muerte de aquella. De este modo, la capilla fue destinada a Susana Soca, convirtiéndose simbólicamente en una suerte de mausoleo.

3 Hay que tener en cuenta el papel preeminente de Francisco Soca en la política uruguaya : gran amigo de Batlle, miembro del Ateneo, senador..., representa el estrecho vínculo del intelectual con la política. Cf. Héctor Muiños.

4 A menudo son afirmaciones contradictorias. Se trata de anécdotas que han pervivido en la memoria colectiva del Uruguay a lo largo del tiempo, la mayoría de transmisión oral, y muchas de ellas han sido falseadas por la imaginación, como el hecho de que su muerte tuviera lugar en la selva brasilera, y no en el aeropuerto de Río de Janeiro ; existen otras anécdotas como, por ejemplo, la “desaparición” de gran parte de su importante pinacoteca, así como de su biblioteca de primeras ediciones ; o aquélla según la cual ella habría salvado el mansucrito del Doctor Zhivago de Boris Pasternak de la censura de la Rusia soviética para publicarlo en Europa ; también otra, según la cual habría financiado la construcción de la iglesia de Atlántida ; y aun otra, según la cual su último viaje a Francia lo habría realizado para rezar en Lurdes por el bailarín Boris Kniassef, que se había quedado paralítico. Este anecdotario se caracteriza por la prácticamente ausencia de documentación, de modo que se puede afirmar que se trata sólo de rumores. Pero rumores que, en una sociedad pequeña donde el nombre de Susana Soca es evocado, se convierten en una fuente importante a tener en cuenta a la hora de comprender el lugar que ocupa esta figura en la cultura uruguaya.

5 No sólo su retrato, sino el tono homenajístico parecen haber marcado la recepción de Soca. Desde su muerte, el homenaje ha predominado sobre cualquier texto crítico acerca de su obra. Así, por ejemplo, los centenarios recientes de la fundación de la revista y de su muerte han sido ocasiones, tanto en Francia como en Uruguay, para celebrar eventos.


(Cuadernos LÍRICO)

Referencia en papel

Valentina Litvan, « El extraño caso de Susana Soca », Cahiers de LI.RI.CO, 5 | 2010, 305-319.

Referencia electrónica

Valentina Litvan, « El extraño caso de Susana Soca », Cahiers de LI.RI.CO [En línea], 5 | 2010, Publicado el 01 julio 2012, consultado el 21 julio 2020. URL: http://journals.openedition.org/lirico/431; DOI: https://doi.org/10.4000/lirico.431

sábado

DOSSIER SUSANA SOCA

(TEXTOS: SUSANA SOCA / GUIDO CASTILLO / JUAN CARLOS ONETTI
JORGE LUIS BORGES / CARLOS REAL DE AZÚA)


SEXTA ENTREGA

SUSANA SOCA
KIERKEGAARD Y LOS SISTEMAS (FRAGMENTO) II

(Alfar, Nro 88, AÑO XXVII, Montevideo, 1949).

“El diario de un seductor”, escrito para convencer a la propia Cordelia de su cinismo, no logró convencer a nadie de otra cosa que no fuera su ingenio. El enfático narrador de este libro se parece al torturado protagonista de “Culpable no culpable”, al punto que los dos se encuentran en el verdadero personaje, tal como nos aparece en una de las más curiosas cartas que hayan sido escritas, y en la cual dice a Regina, recordando una vieja canción de dos músicos ambulantes, uno de los cuales está profundamente enamorado y el otro desea profundamente estarlo, que los dos viven en el alma del solo Kierkegard: él es el que ama y el que desea el amor.

Pero, aunque el abandonar a Regina fuera para él “como abandonarse a la muerte”, por algo más esencial todavía pensó en ella hasta su última hora. “Si yo hubiese tenido fe, no la hubiera abandonado”, repetía incansablemente hasta el final este grande amador de la fe, el que sabía que por medio de ella sola hubiese podido salvar las distancias que más que nada lo separaban de sí mismo. E hizo penetrar a Regina Olsen en el mundo de sus mitos. Y para poder llevar consigo a tan graciosa y agradable persona, “aguda y sin historia como un abeto”, hacia climas demasiado austeros para ella, la hizo parte integrante del drama definitivo de la fe.

Había aplicado a la vida humana los tres estadios consecutivos de la historia; el estético, el ético y el religioso, unidos y separados entre sí por el salto ininteligible. Pero Sören, el hombre, había vivido contradictoriamente en los tres estadios. Sólo al final se ocupó exclusivamente del tercero y empezó a escribir los tratados religiosos que por primera vez firmó con su propio nombre. En guerra contra el protestantismo oficial de obispos y pastores, hablaba cada vez más de un cristianismo terrible, capaz de dar felicidad solamente a los santos. Al final de su vida y habiéndose apartado de su confesión, nos dicen que se inclinaba al catolicismo, buscando en él otras formas ascéticas y en cierto sentido más libres.

De un ambiente parecido y en rebelión abierta contra una sociedad parecida surgió Nietzsche, y opuso a la idea de Dios la idea del superhombre que quiere substituirlo. Y las raíces comunes de esos testimonios opuestos hicieron que la celebridad del pensador alemán preparara internacionalmente el camino para el danés y ambos influyeran más tarde sobre los mismos espíritus.

En nuestro autor vemos la búsqueda continua de una fe más perfecta y, aunque contrariemos a los conocedores de Pascal y Kierkegaard en Francia, la actitud del segundo nos recuerda invariablemente la del primero. Aunque el uno desea lo que el otro realiza, sale el pensador danés del mundo de los sistemas en busca del hombre y, a través del hombre, con máximas ansias de rigor, en busca de Dios, de la misma manera que Pascal, emergiendo de su universo geométrico, para seguir al Dios de los mártires y de los santos.

El que erraba sin tregua por la ciudad de Copenhague conversando con las gentes del pueblo y aprendiendo de ellas trascendentales cosas, cayó un día en una de las calles y fue llevado al hospital. “Vengo para morir”, dijo tranquilamente, y los que le rodeaban advirtieron que sus ojos brillaban de alegría. Él también pensaba que el testimonio de su vida no estaba todavía a la medida de su espíritu y que el de la muerte sí lo estaba y lo manifestaba.

En 1857, y cuando hacía más de diez años que esperaba su muerte terminó la pasión de este revolucionario místico. Pero sus temas comenzaron a apasionar a Ibsen y al pensamiento escandinavo primero, más tarde al pensamiento alemán y después de años de silencio, a Europa entera. Y empezaron de cada vez a vivir y a sufrir nuevamente.

Aquella criatura de incandescencia había encarnado el drama de todos los personajes. En su interior, donde todos devenían y ninguno descansaba, había sido Sócrates y los sofistas, Hegel y Abraham, el caballero de la fe “el que conquistó a la princesa” y el caballero de la resignación “el que perdió a la princesa”, el rey sin corona y el de las múltiples coronas, el estilista y el asceta, Job y Don Juan, el de Mozart. Pero sobrevivió a todos los personajes el que a todos sobrellevaba y sostenía: el auténtico señor de la angustia. Él mismo retuvo en su carne la astilla permanente de una angustia deseada y temida al mismo tiempo. Porque, en medio de la angustia, tocaba trascendida esa realidad que a las sutiles manos escapaba y que él a casa instante para siempre mirara como posesión ajena y nunca suya.

“Todo sucede como para preparar la entrada en escena de la angustia”, nos dice. Este teólogo, para quien, como para Feuerbach, la teología era psicología, nutrido de los antiguos, había sido el apasionado de Sócrates, en el cual, no sin arbitrariedad, contemplaba exclusivamente el centro radiante de una filosofía racional que él llamaba la admiración. Pero hubo un momento en que la lucidez de Sócrates provocó en este ser, en el cual lo particular y lo general cruelmente se trababan, la misma desesperación que le causara la alegría de una perfecta femineidad. Sintió que el conocimiento lo traicionaba porque no podía hacerle tolerar lo intolerable. Lo que Sócrates podía para sí mismo no lo podía para el discípulo escandinavo porque mediaba entre ellos una grande distancia. El griego había dicho “pecar es ignorar”, y el teólogo había aprendido entretanto que pecar es saber que se peca.

Así Kierkegaard, en el más extraño de sus libros, opone razón y revelación y porque él había venido para romper y no para unir, separando a aquellas que, desde San Pablo, vienen siendo unidas, las deja frente a frente en una trágica relación de presencia.

Hacia un extremo de su pensamiento estaba Sócrates o la humana perfección de la inteligencia: hacia el otro extremo estaba Abraham, llamado por la voz del ángel a salir del mundo de la ética y a aceptar por la fe lo absurdo, al creer que la voz del ángel era la verdadera voz y que la orden de sacrificar al hijo de su complacencia no iba en contra del mandamiento, sino que salía del plano de los mandamientos, alcanza la plenitud del estado religioso, en el cual lo absurdo se transforma en milagro.

Llegando al extremo de la ansiedad, Kierkegaard se acoge al pensador privado, a Job, el que forzara con sus lamentos las puertas del más allá, e identificándose con el hombre atormentado a los indiscretos y convencionales discursos de los amigos de Job, responde con los mismos argumentos que si hubieran sido los comensales del banquete platónico. Sócrates representaba la inteligencia y Job la paradoja, o sea el pensamiento y la pasión. De ellas nace alguna vez la concordia, que es fusión de amor perfecto en su ilimitada alegría. Kierkegaard lo sabe y lo espera; pero en él se realiza el milagro por un tiempo muy breve, y largamente se repite el choque generador que es sufrimiento.

Pero cada vez que el “pensador con pasión” pero pensador dividido llegaba al límite de la propia desesperación, se produjo el choque del pasaje a un mundo en el cual el milagro era posible. Y porque sabía que se había realizado para otros aunque no llegara del todo a él mismo, sintió que podía sobrellevar el peso más intolerable de todos: el peso de lo absurdo.

Y como las dos fuerzas estaban en Kierkegaard, cuando al fulgor de la paradoja vio su propia desesperación, con los métodos de la inteligencia fue descubriendo en ella las angustiosas formas de las cuales había nacido; y remontando por los singulares ríos, hizo el camino a la inversa y halló las comunes fuentes de la angustia y, para conocerla mejor, la proclamó categoría del espíritu.

Viendo la vanidad de los esfuerzos para deshacerse de la angustia o para sustituirla por otra presencia de igual jerarquía, el poseído la lleva consigo a los dominios de la razón y allí, venciendo al temor por el deseo, la posee realmente, en una instantánea y fulgurante reconciliación del mundo de la paradoja y el de la inteligencia.

Sabemos que, para él, la paradoja viva era el hombre-Dios y su cristianismo el irrealizable de los primeros mártires. Pero no sólo por eso no podía Kierkegaard liberarse de la angustia, sino que para sus altas ambiciones, la alegría se confundió con la fe perfecta. Y en la unión con lo divino consecuentemente su vida sólo conoció pocas horas sucesivas de felicidad. Pero, aun privado de alegría y soñando con las perfecciones de la distante, al recorrer los ámbitos de la desesperación, salió de ella sin salir, admirablemente.

Antes que sus temas y su vocabulario fueran sistematizados en las escuelas, antes que Heidegger los aplicase al ser de la derelieción, y antes que Jaspers construyera sobre ellos su propio sentido de la trascendencia, ya el hombre apriorístico, “el profano que especula”, había construido para la angustia un breve pero rígido sistema teológico-filosófico.

El pensador considera la desesperación como enfermedad mortal de la que el enfermo muere porque no muere, y a la que compara con un precipicio al que el enfermo teme no de ser precipitado sino de precipitarse. Dado que el pagano desespera y el cristiano también aunque sea del dolor de no ser un santo, y dado que no hay en el mundo hombre libre de la posible ansiedad de algo, el pensador, considerando la desesperación como regla sin excepciones y enfermedad más grave en cuanto se ignora a sí misma, no ve otro remedio que el de aceptarla e internarse en ella con la mayor lucidez. Haciéndolo, aprendemos que, al creer que desesperamos de algo, desesperamos de nosotros mismos. “El que dice César o nada, desespera en realidad del propio yo que no ha logrado ser César”…

El plano primario de la desesperación es el de la abolición del yo que, privado del objeto de su deseo, ansía desaparecer. Luego vendrá para el que sabe resistir, el plano superior y viril del yo encontrándose a sí mismo después de haber salido del plano específicamente femenino del yo que busca su propio aniquilamiento.

Refiriéndose a la relación dolorosa que existe entre hombre y mujer cuando el objeto de amor se aleja, opina Kierkegaard que en esta última el sufrimiento es más implacable porque, a igual entrega afectiva corresponde más grande abandono del yo femenino. Pero, aunque acepta en principio en los místicos y en su comunicación con lo invisible, la equivalencia de lo masculino y lo femenino, muy raras veces, afirma el pensador, la mujer comunica con Dios sino por medio del hombre. Vemos en esta opinión una cierta influencia protestante y, porque hemos meditado acerca de la a veces gratuita arbitrariedad del dolor de la mujer por el hombre, pensamos que si es específicamente difícil para ella salir del plano común de la abolición del yo, y lo es, únicamente después de haberlo logrado, la criatura puede comunicar con el más allá. Antes sólo ha de comunicar consigo misma…

En medio de todos los desgarramientos, y estudiando las escenas de la Biblia como si fueran mitos, nuestro pensador se encuentra con la angustia original al estado puro. La serpiente no existía o la serpiente era la angustia de la nada que había impulsado a Eva, en el mundo de la inocencia y la necesidad, a gustar y a hacer gustar a Adán del fruto de un árbol igual a todos los árboles. La serpiente era la angustia de la libertad empujando a Eva fuera de su paraíso, y con ella la responsabilidad de la elección que en su germen contiene, y que determinaría, una vez la libertad en síncope y la caída del pecado, la entrada en el duro mundo de la posibilidad. Y a cada nuevo estadio y en cada hombre volvería la libertad, repuesta de su síncope, a labrar cruelmente el angosto río entre lo posible y lo necesario.

En este caso advertimos que el conocimiento era sólo vía para llegar al instante de reconocer. La angustia que estaba desde el principio con Eva a la puerta de su paraíso era la melancólica tristeza que dominaba al niño Sören, la misma a quien el joven teólogo llamaría su acedía. Y la genial simplicidad de esta cosa complicada logra, sin quererlo, unir lo general y lo singular, objeto de toda verdadera trascendencia. A nuestra vez la reconocemos. Era la que estaba con todos y con cada uno desde el principio. Nos mostraba sus máscaras sucesivas y las llamábamos diversamente. Cuando la primera y la última se confundieron en una, encontraríamos un nombre para ella y, por ser uno solo, nos parecería un nombre nuevo.

DOSSIER SUSANA SOCA

(TEXTOS: SUSANA SOCA / GUIDO CASTILLO / JUAN CARLOS ONETTI / JORGE LUIS BORGES / CARLOS REAL DE AZÚA)

QUINTA ENTREGA

SUSANA SOCA
KIERKEGAARD Y LOS SISTEMAS (FRAGMENTO) (1)

(Alfar Nro. 88, AÑO XXVII, Montevideo, 1949.)

Las llamadas filosofías existenciales aparecen en la historia del espíritu, más que como pensamiento, como reacción subjetiva y pasional del ser humano y concreto frente a un pensamiento abstractamente universalizado. En sus comienzos nos aparecen encarnando la oposición de las conciencias individuales a ciertas formas crepusculares de una filosofía especulativa de carácter general, en cuya órbita el conjunto de las particularidades se integraba y desaparecía. Reacción del ser humano en su totalidad frente al poderío de la razón exclusiva, la encontramos a través del tiempo con nombres diversos, expresando, sea una nueva contienda, sea una nueva alianza entre la subjetividad y la objetividad, esas dos enmascaradas que recíprocamente se engañan, y en las galerías de espejos multiplicados en la conciencia del hombre, se engañan a sí mismas, tomándose la una por la otra.

Sería pueril preferir siempre la falta del sistema al sistema.

La grandeza de Pascal resalta admirablemente de la comparación con aquélla de Spinoza, y la lectura de Descartes suele producir un placer diferente y semejante en intensidad al que produce la lectura de Montaigne.

Mucho antes de los pensadores simbólicos Lao tsé y Confucio, Platón y Aristóteles, aparece en el hombre mismo y termina con él, la estirpe de los creadores de sistemas y la de aquellos espíritus que llegan a los reinos de la razón con una humanidad más efusiva y directa que la de los primeros. Humanidad que se manifiesta en ciertas formas del espíritu de estos pensadores, aunque sus vidas y creencias hayan sido opuestas.

Hay un nexo de unión entre Plotino, San Agustín, la escuela de San Buenaventura, Montaigne, Pascal, Kierkegaard, Nietzsche, Unamuno. Y con Unamuno se integran a esa línea espiritual ciertos grandes místicos de España y todos los pensadores agónicos conocidos e ignorados. Acaso lo que determine ese acercamiento entre tan variados espíritus sea una cierta forma de soledad consigo mismos, acaso una proporción parecida entre el espíritu de geometría y el espíritu de fineza, componentes del espíritu propiamente dicho, en una medida que es medida del hombre y no del sistema.

Cuando Montaigne reconoce y proclama en el conjunto de su propia naturaleza individual la unidad de una forma indivisible y superior, está innegablemente cerca de Pascal, a pesar de la aversión ascética que este último manifestaba hacia “el necio deseo de describirse a sí mismo”. Y también Montaigne se acerca a Dunn Scott, el primero que, en pleno siglo de hegemonía aristotélica, se atrevió a decir, renovando a los alejandrinos, que el principio de la individualidad estaba en la forma.

Se encuentran hace unos cien años y en la última faz de las enseñanzas de Schelling, la primera manifestación de esas filosofías existenciales ligadas entre sí por ciertos fenómenos de nuestra época. Pero en Sören Kierkegaard vemos la primera afirmación concreta de esa existencialidad. Y la vemos en el hombre y en el poeta temperamentalmente discípulo de los grandes románticos alemanes, la vemos como la rebelión del pensador privado contra la filosofía especulativa, como la afirmación de la existencia saliendo al otro extremo del ordenado mundo de Hegel para buscar como él la vieja identidad entre el ser y el pensar, pero partiendo de la consideración del pensamiento como parte limitada de un ser de límites imprecisos.

En la primera mitad del siglo XIX, Hegel, con su palabra y su prestigio primero, con su solo pensamiento después, reinaba sobre Europa y construía las catedrales de la lógica, en las que la razón universal se contemplaba a sí misma y las conciencias individuales se integraban y desaparecían. Hegel en lo histórico, Fichte y Schelling en la especulación pura, extremaban las consecuencias del idealismo poskantiano. Entonces el individuo (la persona humana, diría más tarde Berdiaeff), se sublevó contra la impuesta universalidad de un concepto histórico, dueño inflexible de sus enigmas. Sabemos que la reacción de Marx fue la de construir sobre la tierra esa historia que Hegel recomponía voluptuosamente en su espíritu. Y al otro extremo de una misma oposición surge Dostoiewsky, haciendo suya la protesta de su amigo, el crítico Bielinsky, el cual, negándose a aceptar la cruel perfección de la historia, pedía a Hegel cuentas de todas las víctimas de las guerras, las persecuciones y los cataclismos.

Dostoiewsky, desarrollando el dilema supremo en “los Karamazof”, al poner en boca de Aliocha la célebre frase: “si tuviese que elegir entre el sacrificio de un solo niño y la felicidad total para el resto del mundo, yo no podría elegir”, en contraposición con Marx, que elegía violentamente, se colocaba del lado de aquellos para quienes tamañaza elección no pertenece al albedrío del hombre.

En nuestro tiempo, el mismo dilema se ha presentado con caracteres de atrocidad en los campos de concentración. En Francia se han desarrollado las más grandes polémicas alrededor del libro de David Rousset, El universo concentracionario, y alrededor del tema de si los detenidos influyentes en un campo y miembros de un grupo político tenían o no derecho, ante la exigencia implacable de enviar a la muerte a un cierto número de detenidos, de sustituir a algunos de estos por otros no designados que, según el criterio de un determinado grupo político, no presentaban los mismos caracteres de interés para la comunidad humana. Y en el curso de estas recientes polémicas podemos ver hasta qué punto las posiciones de elección y no elección en tan terrible materia permanecen incambiadas.

La reacción contra Hegel se exterioriza en Sören Kierkegaard en Copenhague y alrededor de 1840, con un furor que en este gran exaltado crece paralelo a su perfecto conocimiento de la doctrina a la cual se opone. “Me niego a formar parte del espectáculo de la historia”, exclama con su particular vehemencia y, reivindicando los derechos de la conciencia individual en todas sus partes sobre las del solo conocimiento, agrega: “Sólo la existencia interesa al que existe” y “sólo la objetividad es el criterio de la verdad objetiva”.

Sören Kierkegaard (1813-1857) había nacido en Conpenhague en una familia de feroces pietistas, dominada por el personaje del padre, el cual, confesor de sí mismo, nunca se pudo absolver de un pecado cometido en su juventud. Sus muchos hijos crecen con el presentimiento de estar destinados a morir a los treinta años, lo cual se realiza puntualmente para todos, excepto para Sören y su hermano, el obispo de Alsbörg. Lleva y acepta en su monstruosa melancolía el pecado del padre, frente al cual nos dice sentirse como debía sentirse Salomón ante el salmista prosternado. Pero el propio padre se sorprendía al ver en el semblante del niño Sören “la estampa de una muda desesperación”. Aunque más tarde el esteta se cubre con una máscara de dandysmo, cuando en Berlín y en los dos o tres salones más ingeniosos de su tiempo, en momentos en que su conversación es más brillante que ninguna, le impacientan los propios juegos mentales y sale de su elocuencia, como de un vasto silencio, superponiéndole una secreta meditación.

Maravillosamente dotado desde su infancia de todos los dones del espíritu, vemos en él las máximas aptitudes para la teología y para todas las disciplinas filosóficas, la misma preocupación de Pascal por la santidad y ninguna tendencia hacia el estado de pastor al cual se le destinaba.

Influyen poderosamente sobre él las interpretaciones dadas por Lutero a la frase de San Pablo: “Todo lo que no procede de la fe es pecado”.

La fe, aun cuando no habitaba totalmente en él, era la presencia ajena y resplandeciente con la cual comunicaba por el deseo de llegar a ella y por los ejemplos vivos de los santos y de los hombres verdaderamente espirituales. Y en las épocas en que la fe se alejaba, ella era la ausente en la que se piensa con ansiedad exclusiva, la que conserva el poder de anular todas las presencias.

Inadaptable y capaz como nadie, presiente desde su extrema juventud que debe vivir solo y arbitrariamente dedicado a la sola producción. Pero el protestantismo oficial que le rodea, identifica la ley divina con las del trabajo y de la familia. No admite los ascetas solitarios, y, si bien predica la tirantez y la austeridad, muestras un verdadero pavor ante las demencias de la cruz.

El esteta sufre en su Dinamarca de ciertas formas patriarcales combinadas con la de una emancipación que se anuncia. Advertimos en él un horror no exento de humorismo para la vulgaridad general, un horror constante que no le impulsa a pasar a través de ella y vencerla sino a retirarse del mundo de los otros. En “Culpable o no culpable”, vemos claramente cómo el asceta que crece dentro de él, rechaza por falta de verdadera religiosidad el mismo mundo que el esteta no podía tolerar por su irritante falta de elegancia…

Kierkegaard sufre de su propia extrañeza, pero este se le hace aun más visible cuando encuentra a Regina Olsen. Él mismo nos dice hasta qué punto cuanto había de bello y adorable en la juventud de esa criatura armoniosa y alegre, contrastaba con la propia tristeza. Y hasta qué punto la lúgubre disposición de ánimo a la que diera el místico nombre de acedía, pesó sobre él, como si la advirtiese por primera vez.

Después de un año de vacilaciones, desiste de su casamiento, provoca una difícil ruptura, y se dirige a Berlín, adonde vive con la mayor fantasía. Lógicamente la abandonada olvidó el abandono, pero el que abandonara no podía olvidar nunca nada. Había vivido de la ruptura durante el breve acuerdo y del acuerdo durante la larga ruptura. Cómicamente, el muy deseable olvido de la joven le causa la mayor indignación, y, trágicamente, el personaje de Regina sigue viviendo en el interior de Kierkegaard, y como en él todo deviene y se transforma, los actos del drama pasado se actualizan y renuevan mediante la idea fundamental kierkegaardiana de la repetición, que encontró mucho antes de Freud, y bajo cuya ley, infatigables formas viven y reviven con nuestra vida.

“Todo me es inexplicable y más que nada yo mismo”, dice nuestro autor. Y su historia sentimental permanece como una de las más extrañas del mundo. Por un lado, él mismo ha dicho que al querer abrazar a la persona amada, sólo encontraba angustiosamente una sombra. Y, por otro lado, que nunca logró la menor comunicación espiritual con ella. El amor se movía a lo largo de su vida como una llama que se basta a sí misma, intermediario entre el mundo de los sentidos y el de la inteligencia, sin penetrar en el uno ni en el otro para obtener un instante de contacto con su objeto. Y, despojado de cuanto se define y comunica, súbitamente a pesar de su singularidad específica nos aparece participando de la esencia misma del amor humano, la que se manifiesta irreductible a toda explicación y escapa como por milagro a la razón y al absurdo.

DOSSIER SUSANA SOCA

(TEXTOS: SUSANA SOCA / GUIDO CASTILLO / JUAN CARLOS ONETTI / JORGE LUIS BORGES / CARLOS REAL DE AZÚA )

CUARTA ENTREGA

CARLOS REAL DE AZÚA
SUSANA SOCA (1907-1959)


(Antología del Ensayo Uruguayo contemporáneo Tomo 2, Departamento de Publicaciones de la Universidad de la República, Uruguay, 1964.)

A raíz de su trágica muerte en la bahía de Guanabara, el 11 de enero de 1959, sobre pocos uruguayos, con seguridad, debe haberse escrito tanto y tan honda y comprensivamente como sobre esta extraña, inapresable y rica personalidad.

Las páginas de Esther de Cáceres, Ángel Rama, Ricardo Paseyro, Guido Castillo, Emir Rodríguez Monegal, entre nosotros; las de sus amigos extranjeros Borges, Cioran, Michaux, Jouhandeau, Guillén, Ungaretti, los testimonios de muchos que trató o simplemente pasó rozando con su presencia trastornadora, nunca desapercibida, forman una suma considerable de enriquecedoras perspectivas a la que poco, en una simple nota introductoria, podría agregarse.

Pero adviértase, con todo, que todavía queda envuelto en el misterio el último recinto de su alma y aun permanece Susana Soca (tendrán que afanarse técnicas y crecer su distancia) como un incitante enigma para la más escrupulosa, para la más delicada indagación literaria y humana. Y dígase aquí (aún a riesgo de erizar susceptibilidades y de recurrir a palabras tan transitadas) que sólo un enfoque sociológico y otro de “psicología profunda” podrían revelar el mutuo influjo, la correlación, el condicionamiento recíproco de una muy particular situación social y una, más particular todavía, manera de ser, “carácter”, que en ella se dieron.

Si a un esquema hubiera de recurrirse, hay que observar que Susana Soca fue la habitante, desgarrada, incesantemente desplazada de tres mundos. Un mundo familiar, primero, un ámbito de distinción y fortuna sólidas que ella supo asumir con fidelidad entera y sin esas fáciles, estrepitosas rebeldías (piénsese en algunos ejemplos argentinos) tan inauténticas y, en realidad, tan protegidas. El mundo de la cultura, después, una cultura (literatura, arte y filosofía, sobre todo) en el más exigente, distinguido nivel, en el más adentrado, riguroso ejercicio. Pero Susana Soca tenía también morada en un “tercer mundo” (quítesela todo el contexto) que no era solamente el “allende” de su auténtica religiosidad, que no era tampoco ese hospedaje entre las nieblas del que alguno habló a propósito del autor de las Rimas, que resultaba (o parecía) más que otra cosa el llamado, la “vocación” de una invisible y trasmundana presencia, deleitosa y terrible a la vez, que ella oía con un oír que la desrazonaba de todas las cosas.

Esos fueron los tres mundos entre los que osciló y es probable que sin tenerlos en cuenta nada pueda explicarse de su persona.

Pero, para entender ese movimiento, es preciso recordar que Susana Soca comenzó siendo la muchacha rica y mimada, en la que su clase, su medio, festejaron prologalmente los dones (originalidad, cultura, afán de hacer) como excentricidades amables y, en puridad, inofensivas. Pero ella no se quedó en eso y, con su peculiar estilo vital, con su mezcla tan rara de atención y remotismo, de inseguridad constante y tenaz, voluntarioso querer, de perspicacia y distracción, fue prosiguiendo el curso, de una labor, de un crecimiento espiritual zigzagueante pero cabal, azarosa pero (también) secretamente ordenado y madurado. Y en verdad que no poco necesitó ese querer y esa continuidad quien vivió asediada entre dos falacias reductivas, entre dos mordientes durables y agresivos. Uno, ya se aludió a él, fue la impertinente pretensión de las clases altas de ver en sus empresas una especie de complemento, esporádico y bien cotizado, de la diversión mundana. El otro fue el estereotipo demagógico, rampante pero efectivo, que divorcia la riqueza de cualquier tipo de talento, que hizo su víctima a Reyles durante buena parte de su vida y continuó después con ella su radical negación.

Hay que decir que Susana Soca no sólo vivió entre ellos sino también que nunca los enfrentó y, (hasta pudiera afirmarse) con cierta voluntad autoflagelatoria, se dejó acuñar por sus marcas.

En esta zona de su “situación” y como ya se proponía al principio, resulta apasionante pensar qué hubiera sido en una “situación” distinta si es que, claro, se empieza por reconocer con limpieza, que buena parte de su personalidad se condiciona por aquélla. Sólo cuando exista esa “teoría de las mediaciones” que Sartre reclama en Critique de la raison dialectique y esté suficientemente afinada, se podrá llegar a alguna evidencia pero, tal vez, quepa inferir desde ya que hay otra realidad simétrica a la que el reductivismo marxista sostiene y que el caso de Susana Soca es susceptible de confirmar. Pues, si se acepta que la condición social, la inscripción en una clase sella decisivamente nuestras concepciones, nuestra “ideología”, ¿excluye esto pensar que esa misma adscripción o pertenencia abre –y cierra– la perspectiva sobre un determinado orbe de fenómenos, de valores? Que en nuestra autora (o en otros posibles ejemplos) su situación le permitió acceder a un mundo de experiencias y de gustos que la penuria, regularmente, obstruye y estos son tan “reales” como “real” el determinismo de la condición social no es (a lo mejor), como este impar ejemplo humano pudiera mostrarlo, un eclecticismo superficial. Un tema de entidad desmesurada, se dirá, para ser pensado sobre un solo caso. Pero, con todos los riesgos, supremamente más importante que señalar –volviendo a Susana Soca– su desdén por la fortuna (puesto que siguió amparada por ella) o su apasionada simpatía por el mundo eslavo y su interés por la experiencia soviética (puesto que ello no cambió su “status” social).

Se ha subrayado la fineza y seguridad de su gusto, la universalidad de sus lecturas, la calidad de sus intereses, la variedad de sus conocimientos lingüísticos (francés, inglés, alemán, ruso e italiano) que le permitió aspirar sobre sus propias plantas el perfume de toda poesía. Así formada, sintió como un insoslayable deber la atención a lo de su continente, el estímulo a todo acendramiento de la cultura americana. Y, aunque a veces confundió las experiencias mejores de esta con el bizantinismo de ciertos sectores argentinos bien colocados, al servicio de aquella tarea, para una especie de operación “pontifical” entre lo nuestro y lo europeo, puso su revista ENTREGAS DE LA LICORNE, publicada primero en París y luego en Montevideo, desde 1953 hasta su muerte. Fue una publicación gobernada entre las escarpas de un gusto exigente y de una, casi incurable, aptitud de sentirse obligada, de una aspiración por lo mejor y esa condescendencia a los avances de muchos audaces que resultaba tal vez su misteriosa cortesía ante un mundo que le había dado tantos dones. De esas diversas y gravosas escisiones sufrieron su LICORNE y ella, pues dígase que nunca tuvo la cobardía de ocultarlas, dígase que las asumió con el imprevisible coraje de su aparente fragilidad, y esa andadura vital donde nada parecía estar en su sitio pero todo tenía, al fin, algún sentido.

Sus páginas en prosa, que sería difícil calificar de puramente “ensayísticas” son, exteriormente, una variada mezcla de crítica, autobiografía, evocación relato y de viajes. La invención, digresión, personalización del ensayismo son, sin embargo, los hilos que enhebran toda esa diversidad y lo que justifica su presencia en esta colección.

El texto elegido muestra de modo patente ciertos trazos esenciales de su personalidad. La actitud de acogimiento a lo inesperado de la vida, de disponibilidad, de radical libertad es uno. Otro es la importancia que tuvo para su pensamiento la poesía, no sólo en cuanto tarea configuradora y posibilidad expresiva sino, y también, como órgano de comunicación con el universo, de contacto y adentramiento con lo real. Y si a esto se alude, hay que decir igualmente de su sentido –a la vez poético que religioso– de una realidad oculta tras todas las cosas, de algo que se escamotea a nuestros alcances pero que, ciertas dotes de conocimiento repentino, mágico, de iluminación subitánea pueden apresar. (Vale la pena recordar aquí que Susana Soca, debajo de su exterior trémulo, introvertido, indeciso, poseía una sorprendente aptitud de adivinación de las gentes y realidades que más ajenas le eran, un don que alguien (Clara Silva) ha identificado con las dotes clínicas del gran médico que fue su padre). La apetencia de esa iluminación, debe agregarse, era probablemente la forma atenuada de una desesperada avidez de comunicarse con todas las cosas y seres del ancho mundo (a este respecto es bien ilustrativo el pasaje sobre los dos campesinos que ve en la estación perdida en la estepa). Y si desesperado era en su raíz este impulso es porque parece haber pesado sobre ella una incapacidad esencial de exprimir las “uvas” (para usar el símbolo nerudiano) de lo real, una incapacidad que su densa, ríspida poesía (aspecto de su obra que aquí se soslaya), su En un país de la memoria (1959) y Noche cerrada (1962) ilustran en forma muy cabal.

El tema del Doctor Zivago está tenuemente aludido, pero no es lo importante de esta página una hipotética intención política sino la estrecha imbricación de cierto sentido de lo intransferible e incomunicable de los seres con el del dramático desencuentro de ellos; un desencuentro que desteje implacable, reiteradamente, el afán de expresarle a alguien –Boris Pasternak– su admiración y su deuda, pero que es –también– una muestra, azarosa pero inmejorable, de, esa “imposibilidad de eficacia”, visible y exterior, de esa dificultad de la acción, del afincamiento fructuoso en cada circunstancia que signó todos sus actos y sus esfuerzos.

DOSSIER SUSANA SOCA


(TEXTOS: SUSANA SOCA / GUIDO CASTILLO / JUAN CARLOS ONETTI / JORGE LUIS BORGES / CARLOS REAL DE AZÚA)

TERCERA ENTREGA

SUSANA SOCA
4 POEMAS


ROSA DE TODOS

Soy el que duerme lejos sin figuras
soy el que apenas sueña que no sueña
y en el declive de las olas vagas
de una niebla que ignoran los caminos
de la memoria, espera
hasta encontrar una segura rosa
hija y madre del día
corona para la paciencia antigua
del que dormía en las abiertas rocas
por donde se despeñan incesantes
iguales formas sin llegar al sueño.
Rosa excesiva la del sueño arde
arde su piel de flor crepuscular
arde como la infancia de la rosa
y la primera rosa de mi infancia
la rosa de alto pie
entre tapias por ella defendidas
se mueve a la distancia como el agua.
Flor sostenida en una mano, vino
como si caminara paso a paso.
Busco la rosa en medio de las rosas
y la mano en mi mano.
Soy el que duerme lejos sin figuras
el que no mira y sin embargo ve
súbitamente la imprevista rosa
del color de sí misma, nada más
rosa de todos que es la rosa mía.
Entre la orilla clara de sus pétalos
y las moradas islas,
empiezan lentos ríos de colores.
Fulge la aguda la amarilla rosa,
la de clavadas puntas en el humo
que nubla los colores de la llama,
la que retiene el oro en la ceniza.
La grave y roja sale de la noche
aligerada en lilas: lentamente
precede a la mañana;
la moribunda viva rosa blanca
se inmoviliza en un jardín de escarcha
y para siempre duramente brilla.
En algún tiempo que los sueños miden
con más rigor que el tiempo de la rosa,
tocan rápidos labios
los encendidos y apagados días.
Ya vuelve la corola dispersada
vuelve a su planta y su raíz de niebla
y en las cenizas de su piel respiro
el aire y la violencia de una rosa
hace un instante abierta.
Salen del sueño apresurados labios
en busca de una flor
y entre la niebla niebla y ya sin aire,
siguen los pasos de una libre flor.

(De En un país de la memoria, Montevideo, Ediciones de La Licorne, 1959.)

LA DEMENTE

La precisión de mis males
se extiende a las cosas vagas
por noches agotadoras
he jugado con las máscaras
y he buscado la fatiga
como si buscara el agua
ni siquiera alguna muerta
acedía me llegaba.
Entre mi sombra y yo misma
crece tenebrosa planta
doy vida a lo intolerable
en mi visión prolongada
la noche prosigue idéntica
sobre el reverso del alba.
La demente canturrea
dicen que no tengo nada
sin los vapores del vino
de las olas apagadas
acaso el baile del humo
en las hogueras ya lánguidas
de los pastos otoñales.
Repiten ella divaga
Yo digo que hay una línea
por los puntos generada
y hay un punto entre los puntos.
La demente ya no canta
canturrea canturrea
dicen que no tengo nada
son aspectos de las nubes
que largamente miraba.
Tres horas para una nube.
Bocas cegadas
de los pozos en mi voz
repentinamente callan
cosas iguales se vuelven
para mí las nubes altas
y el muro bajo.
Todos dicen: anda y anda
digo que estoy detenida
aunque confíe a la acacia
lo que dije al abedul,
aunque al almendro contara
lo que no sabe el abeto
y despacio me quejaba
a la ancolía del campo
y a la secreta lana
que es flor de tapicería.
La demente ya no canta,
ni siquiera canturrea
aunque aquí nadie descansa
y es desconocido el sueño,
sueño que estoy transformada
en alguien que apenas vive.
Huyo de las asonancias
del péndulo y de la fuente
que a los lejos me desgarra
cinco veces cada noche.
Años y años escuchaba,
cristal antiguo del péndulo
y sus dientes me señalan
un tiempo que recomienza.
La demente ahora calla
mira un punto mira un punto
y luego un clavo que avanza
simple y rotundo con furias
diversas y forma exacta,
es clavo de sordidez
que una noble mano planta.

(De Noche cerrada, Montevideo, Ediciones de La Licorne, 1961.)

ALEGRÍA

La lámina segura del sueño que se quiebra
ha partido la noche como un fruto redondo.
En mitad de lo oscuro al extremo del ansia
hubo una sombra, blando reverso de esplendores,
memoria de una noche de Epifanía.
Despertar en el túnel del más largo temblor
aguardando los climas devastados e iguales
luego el golpe el asombro la inmersión el relámpago,
a todo lo entrevisto extiendo abrazos nuevos
entran de nuevo en mí las caras y las cosas
por el amor de la mirada mía
alguna vez reunidas.
Sonrío a las imágenes y he de volver con júbilo
a unir aquello que ya estaba separado,
tierras sin agua ya bruscamente florecen
para entrar en mis ojos algún remoto viento
acercará los cinco extendidos jardines.
La luna de mis álamos su esbeltez me devuelve
grabados que no olvido, inmóviles ciudades
y en las ciudades, altas las ya quemadas torres.
Hacia mi boca ausente el olor de la tierra
y del lejano mar han de volver despacio.
Conmigo el mar disperso, atraviesan sus olas
las formas que algún día me fueron favorables.
Mi sombra se aligera del peso de mi cuerpo
aunque fui quebrantada por aquello que amaba,
los dones de ansiedad fueron los vanos dones
e intactos sin servir giraron sobre sí.
Jadeante, esplendorosa, la marea del amor
no me ahoga y regresa a través del espanto
a sumergirme entera en la alegría;
acaso las tinieblas un instante entreabiertas
me dejaron pasar; ahí donde se toca
el cristal con el agua nacen arpas y fuentes.
Basta un hilo del agua, un hilo de la música
para seguirte en una noche desconocida.
Tú, mal buscado, tú que siempre busco,
en otro tiempo yo repetía
si tú no vienes con nadie iré.
Supe que despertaba en desiertos privados
de voz y extrañamente regocijada al fin,
feliz de nunca estar en nada,
siento ahora que ves como la propia sombra
partida del destino de mi cuerpo inclinado
sobre lo inmóvil salta y sin esfuerzo baila.

(De Noche cerrada.)

NOCHE Y CRUZ

Por el camino de una noche mía
anuladora exacta,
entro sin gestos, sin golpear en vano,
en la noche de todos.
Como ninguna pródiga en modos de morir,
cuando en secreto el aloe de renovados zumos
para llegar a innumerables bocas,
cuando el nocturno pecho dentro de mí jadea,
la cruz de la noche entra en la cruz de mis manos
sobrellevada a tientas y de pie.
Es la noche sin tregua, la que busca cien muertos
para aprender hasta qué extremo un solo
agonizante puede respirar.
Cuando persigue el hombre sin cesar al hombre
la misma trampa sirve para el uno y el otro
la misma ausente mano
hace cortar el cuello del lobo y de la tórtola.
Y la rutina ordena
con más rigor que la pasión difunta.
Cuando persigue el hombre en cada sitio al hombre,
a los unos da muerte que no serían la suya,
al uno quita el alma, al otro sepultura.
Una metralla ciega hasta en los muertos cava
y la mano de un niño cuelga de frescos olmos.
En súbito tumulto
se incendia la noche desde adentro.
Se reduce el antiguo lugar para la sombra,
como muros y troncos se parten las tinieblas.
Desparecen ellas, las casas y los bosques.
Una noche con ojos abiertos para siempre,
ha de seguir en busca de los perdidos párpados.
Ahora es el tumulto
y la cruz de la noche silenciosa,
en la cruz de las manos.

(De Noche cerrada.)

DOSSIER SUSANA SOCA

(TEXTOS: SUSANA SOCA / GUIDO CASTILLO / JUAN CARLOS ONETTI / JORGE LUIS BORGES / CARLOS REAL DE AZÚA)

SEGUNDA ENTREGA

JUAN CARLOS ONETTI
UN RECUERDO PARA SUSANA SOCA
(Mundo Hispánico, Nro. 333, Madrid, Diciembre 1975).

En un principio era un fantasma lejano -los hay demasiado próximos- que gastaba sus millones en París dándose el gusto de editar una revista llamada “La Licorne” en la que colaboraron los más destacados escritores, en aquella época, de Francia.

Cuando la horda teutona se puso en movimiento, Susana -como la primera persona de la chanson- tenía dos amores: su país y París. Eligió el último porque era el que más la necesitaba en aquellos años. De manera que se sumergió en el maquis. Es fácil imaginarla, diminuta, torcida en su bicicleta, recorriendo Francia, llevando y trayendo mensajes, bordeando el precipicio de la muerte. Terminada la guerra, Susana volvió a Montevideo con algún centenar de recuerdos que no podía suprimir y docenas de poemas que no quiso publicar. Y trajo también su idea fija: La Licorne.

No conocía a Susana Soca sino algunos poemas sueltos, en español o francés, que me produjeron más respeto que admiración. Y el deseo de saber más de ella.

Es natural en los provincianos un afán indudable por la clasificación veloz y definitiva. Por eso escuché en Madrid, de boca de un turista:
-¿Susana Soca? Claro. Era una esnob millonaria que compró un palacio en la calle San José y lo convirtió en museo.

Mucho y muy inteligente se ha escrito sobre los esnobs. Pertenecen a todas las categorías sociales. La palabra me hace recordar una definición de Benavente sobre la cursilería: quiero y no puedo. Porque el “museo” de Susana estaba hecho con obras maestras, de esas que contribuyen a creer que la vida no es tan mala, al fin y al cabo. Susana sufría, sufrió durante toda su vida. Pero me atrevo a suponer que mirar diariamente un Picasso, un Cézanne, un Modigliani ayuda a vivir y seguir viviendo. El arte justifica la vida, espectáculo, lectura o creación.

Ya instalada en su museo y con La Licorne a cuestas e impresa en español, Susana siguió luchando por la supervivencia de la revista, a pesar de las vallas presumibles.

Así, un día, le pidió al director de la revista -Guido Castillo- que me extrajera un cuento y fijara el precio. Por entonces yo también estaba influido por el ambiente “antilicorne”. De modo que pedí un precio increíble para aquellos tiempos y me tomé la mezquina venganza de colocarle un título casi tan largo como una página.

Susana pagó agregando su lamento por no ofrecerme más, ya que la revista mostraba un déficit implacable y previsto. El cuento fue publicado sin mutilar el título. Y hasta logré encontrarme con personas que me dijeron que se trataba de mi mejor relato, nombre incluido.

Unos meses después, convencida no sé por quién de que lo de cuentista no quitaba la buena educación, Susana Soca me invitó a una reunión en su casa. Me acerqué con timidez media hora antes a una esquina de café en la manzana de la residencia de Susana y estuve presenciando la descarga de comestibles y botellas que se hacía desde una camioneta, propiedad de la mejor confitería que teníamos entonces en Montevideo.

Yo estaba muy bien trajeado para la ocasión. Pero, en los llamados días laborales también actuaba como un esnob al revés. Tenía camisas de hilo de Irlanda, zapatos hechos a medida, una serie de corbatas cuyo origen había olvidado. Pero me vestía y ambulaba con una tricota gastada, pantalones viejos, alpargatas barbudas.

Era la hora, terminé de envidiar y toqué el timbre. Un mayordomo, claro. Después, demasiada gente, demasiadas voces. Algún amigo o conocido con el que pude apartarme y remover los lugares comunes que parecen constituir el suelo de los hombres de letras. De pronto surgió Susana Soca para saludarme. Era pequeña, nerviosa, más hecha que yo para habitar un mundo de silencio. Recordaba una frase de Anatole France: “Tenemos que vivir y eso es una cosa muy difícil.” Sigo viendo sus hermosos ojos, siempre intimidados, su cuerpo frágil, apenas tembloroso, tan parecido al de un pájaro, armado para huir. Parecía estar en eterna actitud de pedir perdón por algún pecado inexistente.

Creo que esto se expresa mejor en el poema “La Demente” que publicamos.

Luego todo continuó como cualquier reunión o fiesta, hasta que la mezcla de intelectuales y semiaristócratas juzgó que era prudente marcharse. Pero una pausa: en un momento tal vez calculado, Susana se acercaba sonriente: -Mi madre quiere saludarlos.

Entonces peregrinamos hasta una habitación lejana y nos era dado ver a la gran hechicera sentada en un sillón, entre almohadones dispersos, inmóvil y desconfiada, con ojos incongruentemente policiales. Iba extendiendo la mano seca y enjoyada mientras Susana recitaba nombres. Para mí se trataba de un trasplantado Saint-Germain y yo era Marcelo en el mundo de los Guermantes.

Terminada la ceremonia todo seguía igual; no para mí que había aumentado mi odio por la anciana. Porque sabía que su misión en la tierra era estropear todo posible destino de felicidad a Susana, dominarla, exigir que rogara su visto bueno antes de que la hija tomara cualquier resolución.

Una noche, después del besamanos y la bebida, quedamos solos Castillo y yo como resaca de la fiesta. Estábamos en el desordenado escritorio donde ella trabajaba y leía. Uno de los muros de la biblioteca daba a un jardín lleno de perros enfurecidos e invisibles que reprochaban nuestra presencia. No queríamos irnos sin despedirnos de Susana. Pero los minutos pasaban entre frases tediosas y Susana no aparecía. De pronto y sin ruido se materializó en una puerta, con un abrigo oscuro y lista para marcharse. Balbuceando, encogida y temerosa. Nos dijo:
-Recibí un mensaje y tengo que salir. Pero ustedes pueden quedarse. Les dejo una botella. Revuelvan donde quieran y si algún libro les gusta... No tienen que llamar; el portón queda abierto.

Aparte de vicios menores, Castillo era bibliómano; de modo que, revolviendo libracos, encontró muchos motivos de asombro y alegría. Por mi parte, pretextando novelas que nunca iba a escribir me dediqué a revolver escritorios y secretaires. Y esta indelicadeza fue pronto y bien recompensada. Entre poemas y proyectos descubrí una carta de Pasternak a Susana. Estaba escrita en un francés casi peor que el mío, con grandes letras retintas y una grafía exótica.

Susana había hecho un viaje a Moscú para conversar con Pasternak, a quien admiraba mucho y dedicó un hermoso poema. La carta era muy anterior al premio Nobel y al vergonzoso escándalo y a las doscientas ediciones piratas de “Doctor Zhivago” que surgieron en español. Todas espantosas.

En aquella carta Pasternak le explicaba a Susana por qué no habían podido encontrarse: sus relaciones con la asociación oficial de escritores rusos patentados ya no eran buenas. Así que Susana fue despistada: un día Pasternak estaba en su dacha, al siguiente en Siberia, al otro internado por hidrofobia en un castillo de los Cárpatos.

En otro tono, claro, el poeta explicaba con dulzura la razón de los desencuentros y autorizaba a Susana a publicar en Uruguay o Francia (primera edición en todo el mundo) la novela hoy famosa.

Pero, siempre en mi labor de comisario, encontré otra carta. Era de una hermana del escritor y le suplicaba abandonar el proyecto porque su realización significaría la muerte civil de Pasternak en la U.R.S.S. o, simplemente, la muerte a la que todos podemos aspirar y que lograremos comportándonos con bondad y obediencia.

Por eso Zhivago permaneció enrejado tantos años. Y aunque no se crea, hablamos aún de Susana Soca, que prefirió archivar los originales de la obra.

Hay escritores que sufren mucho para dar remate a sus obras. Otros padecen del principio al fin y también sus lectores. El final de Susana Soca tiene cierta afinidad con su persona. Había ido a Francia, libre ahora de autodenominadas razas superiores, para pedir un sencillo milagro a Nuestra Señora de Lourdes. No se trataba directamente de ella sino de una persona enferma y querida.

De vuelta en París, se encontró con una vieja amiga que tenía un pasaje de regreso a Montevideo para el día miércoles en un avión alemán; el de Susana era para el jueves, en avión norteamericano. Susana fue impulsada al juego misterioso que todos jugamos, sin saberlo y tal vez en este preciso momento. Rogó y obtuvo el cambio de pasajes para llegar a su destino veinticuatro horas antes. Llegó a la costa de Brasil, donde el aparato aterrizó entre agua y tierra para terminar incendiado.

Cuando se confirmó la muerte -el cambio de pasajes había provocado confusiones y esperanzas- mucha gente rezó por su alma; otra prefirió comprar una botella y seleccionar blasfemias polvorientas. Hay testigos.

Tal vez por todo esto uno de mis mejores amigos le dedicó un libro con estas palabras: Para Susana Soca: Por ser la más desnuda forma de la piedad que he conocido; por su talento.

JORGE LUIS BORGES
SUSANA SOCA

(Entregas de La Licorne, Montevideo, Nro 16, 3ra Época, Septiembre, 1961)

Con lento amor miraba los dispersos
colores de la tarde. Le placía
perderse en la compleja melodía
o en la curiosa vida de los versos.
No el rojo elemental sino los grises
hilaron su destino delicado,
hecho a discriminar y ejercitado
en la vacilación y en los matices.
Sin atreverse a hollar este perplejo
laberinto, atisbaba desde afuera
las formas, el tumulto y la carrera,
como aquella otra dama del espejo.
Dioses que moran más allá del ruego
la abandonaron a ese tigre, el Fuego.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Google+