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sábado

Diario de una Señora - Andrea Moreira


UN ÁNGEL PARA TU SOLEDAD

UN GUIÓN

Escena 1

Dos hombres sentados en una barra. El barman se les acerca.

Barman (saluda a uno de ellos): ¿Todo bien, che?

Mauro: Todo tranquilo. Para mí la de siempre Julio.

Barman: ¿Para usted, señor?

Ángel: Un whisky y maníes.

Mauro: Está bueno este bolichito, ¿verdad?

Ángel: Ajá.

Mauro mira alrededor, a Ángel y se afloja la corbata. El barman sirve a Ángel. En un costado, a media luz, un muchacho rasguea una guitarra y canta.

Mauro: Digo, podés charlar tranquilo ¿viste? No te rompen los huevos ni los pendejos ni la música.

Ángel (sin mirarlo, come maní de un pote y escribe en el celular): Cierto.

Mauro: Además está medio escondidito. Los miércoles y jueves está lleno de gatas (le saca maní del pote y habla medio ahogado): En serio, se pone bárbaro.

Ángel: Ya veo ¿Venís todos los jueves?

Mauro: Casi. Cuando puedo zafar de mi mujer.

Ángel (sonriendo): Complicado.

Mauro: Es que de vez en cuando hay que ponerla un poquito por ahí. Si no resulta INAGUANTABLE, hermano. ¿Sabés lo que es estar quince años con lo mismo?

Ángel: No.

Mauro: ¿Sos casado?

Ángel: No.

Mauro: Entonces tenés cien problemas menos que yo.

Ángel: No creas. Cargo lo mío.

Mauro: Nunca te había visto por acá.

Ángel: ¿Tengo que dar examen para entrar?

Mauro: Epa! Sólo decía porque conozco a todos los que frecuentan lo de Julio.

Escena 2

Dos mujeres sentadas en una peluquería, con las cabezas llenas de tinta.

Alicia (tocándose la cara): Me revienta gastar guita a paladas y que las malditas arrugas estén ahí.

María José: Yo ya tiré la toalla, mi amor. Me rendí. Que vengan si quieren.

Alicia: Pero no podés pensar así. Tenés que hacer LO IMPOSIBLE para verte bien. No sólo para los demás, sino para vos misma. Como dice la Legrand: “Si te ven mal te maltratan”. Pero che, querete un poquito, María.

María José: Mirá, me tiño de asco, que si no tuviera canas ni eso haría.

Alicia: Lamento decirte que estás equivocada, amiga del alma. Con todas las pendejas con esos lomazos que andan por ahí… la humillación es diaria, amor.

María José (riéndose): Hay que aceptarse como uno es, Alicia. Tenés que querer tus rollitos y tus flanes (se toca la papada).

Alicia (se estira los ojos): Antes muerta. Me voy a hacer todo lo que pueda. Nada mejor que mirarse al espejo y verse joven y linda. Después, que me lleve el diablo.

María José: Pero si ya sos linda así! ¿Qué te anda pasando a vos? ¿Querés quedar con esas bocas de pato deformadas que se tropiezan con la lengua cada vez que hablan? Esas minas se chocan con los vasos porque ni ellas saben donde les empieza la trompa.

Alicia: No sé. Me niego totalmente a volverme fea. En la empresa tomaron a una pendeja que alborotó a todo el sector (tocándose los senos). Esa guacha ni siquiera usa copa preformada porque tiene esa redondez siliconada que le devora los escotes. Menos mal que ni me la cruzo.

María José (riéndose): ¿Estás celosa de la nena? Por favor, Ali. Si vos sos preciosa, tenés algún kilito de más, pero es la edad. Acordate cómo se volvió loco aquel compañero tuyo hace años, cuando empezaste a trabajar.

Alicia: Shhhhh, no seas pelotuda, siempre con ese vozarrón. ¿No ves que acá es un hervidero? A ver si llega a los oídos de aquél y tengo un despelote a esta altura. Además eso pasó hace diez años.

María José (susurrando): Bueno, pero tengo razón. Vos ya tuviste tu época de calienta machos y la disfrutaste. ¿Qué dejás para mí? (se mira al espejo y se señala). Esta trucha la cargué siempre, con y sin arrugas.

Alicia: Sí, pero esa época se pasó, y ni siquiera me di cuenta cuando se me terminó exactamente. No soporto que los hombres no me miren como me miraban antes.

María José: Bueno, pero tu marido te mira y todavía te desea, ¿o no?

Alicia: Yo que sé. Me parece que ya es mero trámite, más que deseo. A veces pierdo la cuenta del tiempo que pasamos sin tocarnos. ¡Que vida de mierda!

Escena 3

Mauro y Ángel en el mismo boliche, tomando y comiendo maní.

Mauro: Están que se parten. Así como te digo, para darle a cualquiera de las dos (risotadas) o a las dos parejo.

Ángel: En mi trabajo hay poca mujer.

Mauro: Me traté de levantar a una, pero ni mierda. Las pendejas vienen con una caja registradora allá abajo. Me conocen el puesto, saben lo que gano. Chau, Mauro: cero posibilidad. Qué hijas de puta.

Ángel: No seas pelotudo, Mauro. ¿Qué pasa con tu mujer?

Mauro: Yo que sé. Es buena la gordita, y yo la quiero pero a veces tengo que cerrar los ojos y pensar… yo que sé, en la de la oficina por ejemplo, o no se me para.

Ángel: Eso es un problema.

Mauro (revuelve los hielos del whisky con los dedos y después se los chupa): Decime algo, Ángel, ¿vos te volteás lo que querés, no?

Ángel: De vez en cuando.

Mauro: Dale, no te me hagas el modesto. Facha y billetera. Dos palabritas y pum.

Ángel: Lo necesario. No me desvive el tema. Tengo otras prioridades.

Mauro: En cambio yo me vuelvo loco. Si pasan muchos días me desquicio.

Ángel: Entonces sos como un perrito alzado, Mauro.

Mauro: Y bueno, alguna revolcada semanal (toma un trago) y ando tranquilito, de buen humor, ¿viste? Encaro la vuelta a casa distinto, me fumo la falta de guita, las peleas de los nenes y todo lo demás.

Ángel: Te voy a proponer algo.

Mauro: ¿A mí? No siendo que te la chupe, cualquier cosa, dale (risas).

Ángel: ¿Cualquier cosa?

Mauro: Me estás poniendo ansioso (le mira el culo a una que pasa). ¿Viste eso?

Ángel (sin mirar): Algo puntual, pero tenés que estar dispuesto.

Mauro: Soy todo oídos, papá.

Escena 4

En un baño están Ángel y Alicia. Alicia está recostada contra las piletas y Ángel tiene una mano metida debajo de la pollera y otra en una nalga. Se besan.

Alicia: Ta, basta, basta por favor, que van a abrir.

Ángel: A este baño no sube nadie. ¿Nunca te dije que sos lo más hermoso que hay en este edificio?

Alicia: Me calienta que me lo digas.

Ángel: Estás divina hoy. ¿Te hiciste algo en el pelo?

Alicia: Me enloquece que te des cuenta. Sí, me hice, me lo aclaré.

Ángel: ¿Cuándo vas a tener una noche para mí? Meté alguna excusita, dale.

Alicia: Dame tiempo, tengo que coordinar muchas cosas. Los chiquilines, mi marido. Nunca estoy afuera de noche (besándolo) pero ya lo voy a arreglar, te prometo.

Ángel: Es que no te puedo esperar más, mami.

Escena 5

Las dos mujeres aparecen conversando por teléfono. Alicia está sentada en un sillón, pintándose las uñas. María José en la cocina haciéndose un té.

María José: Vos tenés que estar loca. Decime que lo vas a cortar.

Alicia: ¿Y por qué no? No lastimo a nadie, una vez y nada más. Para sacarme las ganas y chau.

María José: Seguís con lo de sentirte joven, deseada y toda esa mierda, ¿verdad?

Alicia (soplándose la mano): Vos no te hacés una idea de lo que es que ese bombonazo te tire un lance. Es el más lindo de la oficina, boluda, y lo tengo muerto.

María José: Pero Alicia, ¡estás casada, carajo! No te hagas esto. ¿Vas a poder seguir igual después?

Alicia: Es que no puedo más. Hace un mes que me agarra por los pasillos, en el ascensor, me hace llamar al pedo. Me dice las cosas más impresionantes, que nunca nadie me dijo. Además tiene un olor… ese olor a macho, ¿viste?

María José: Alicia, es una calentura. Manejala, por favor, pero no la alargues más.

Alicia: María, estoy paspada de que siempre me cortes el mambo. ¿Por qué no me ayudás un poquito? Entendé que se fijó EN MÍ. De todas las mujeres de la oficina se fijó en mí. ESTOY VIGENTE, ESTOY VIVA y no llevo pelotas de siliconas.

María José: ¿No se habrá fijado para ganar puntos en la empresa? SOS LA JEFA, naba. Te ayudaría pero te juro que no comparto lo que vas a hacer. Pobre tu esposo.

Alicia: No lo nombres. Me lo nombrás a propósito. Yo lo quiero, y es el padre de los chiquilines. Él no tiene nada que ver en esto. Es que hace tanto que no me mira, que no me dice que me quiere.

María José: Conmigo no cuentes. Hace un mes que empezaste con el jueguito y no te dije nada. Pero ya en esto no cuentes. No te apoyo, definitivamente paso.

Alicia: Tá. Andá a cagar, María. Pensé que éramos amigas.

María José: Somos. Pero en esto no voy con vos. Se te está yendo de las manos, Alicia.

Alicia (cuelga el teléfono con furia y se sigue pintando): Andá a cagar, ¿quién te necesita?

Escena 6

Mauro sentado en la barra. Llega Ángel.

Ángel: (palmeándole un hombro): ¿Qué hay, valor?

Mauro: Todo bien. ¿Vos?

Ángel: Genial.

Mauro: ¿Cómo te lleva el asunto de la mina?

Ángel: Ya casi la tengo.

Mauro: ¿Seguimos con el plan?

Ángel: Definitivamente. Yo te aviso, porque todo depende de cuándo ella pueda arreglar en la casa y todo eso.

Mauro: Volás alto, hermano. Mirá que ganarte a una de tus jefas, yo sabía que eras un capo, tenés pinta de ganador. Pero esto te pasaste, che.

Ángel: La pobre se piensa que me tiene enfermo de amor. No es que esté mal la veterana, pero he comido cosas mejores. A ver cómo te lo grafico: no es jamón crudo pero tampoco una mortadela. Es un salamito milán (se ríe).

Mauro (riéndose): Epa! Y yo que pensé que eras tranquilito. Incluso al principio pensé (hace gesto con la mano) que se te fruncía también. Sos de los míos, hermano.

Ángel (después de terminarse la bebida de un trago y tirar unos billetes): Bueno, che, yo te aviso.

Mauro: Dale.

Ángel se va y Mauro, bailoteando con el vaso en la mano, se cambia de mesa para escuchar al guitarrista.

Escena 7

Alicia y María José mirando una vidriera.

Alicia: No seas soreta, dale, ayudame a elegir la ropa. Nunca me compro nada y hoy quiero algo hipersexy. De esos con portaligas y agujeritos.

María José: Me hacés cómplice de algo que no estoy ni ahí. Y no quiero.

Alicia: ¿Vos sos la misma que me juró amistad eterna en la escuela?

María José: No seas yegua. No sé, esto no me cae, ¿sabés?

Alicia: Ayudame a elegir ropa que el resto lo encaro solita.

María José: Dale, entremos de una vez, así me voy para mi casa y me olvido de todo.

Alicia (dándole un beso, apretujado): Yo sabía. Por eso te quiero tanto.

Escena 8

Mauro sentado en el escritorio. Le suena el celular.

Mauro: ¿Qué hacés, titán? No me digas que armaste para hoy.

Ángel: Sí. Tengo todo arreglado.

Mauro: Pa. Me parece que se me complica. Porque aquella tiene reunión y llega tarde. Hoy me tocaban los nenes.

Ángel: Bueno. Es hoy. Manejate.

Mauro: Yo veo cómo arreglo ¿Tenés la guita?

Ángel: Claro.

Mauro: ¡Qué hijo de puta que sos! (carcajadas). Mirá que sos un maestro, querido. Hay tipos mala leche pero como vos… qué genio, que genio. MASTEEER.

Ángel: Dejá de hacer tanta alharaca y escuchame. Arreglé con el pistero. Primero entrás vos y te metés en el baño. Te quedás quietito hasta que yo entre y te dé la señal.

Mauro: Sos un genio. La gorda va a quedar retratada, pobre mina. ¡Qué imbécil!

Ángel: Es que las maduras son las más pelotuditas ¿viste? Nada como hacerles creer que todavía están vigentes. Les pegás en el centro de la crisis de los cuarenta y son tuyas.

Mauro: Pero chantajear a tu jefa con colgar las fotos en youtube si no firma la renuncia… Eso es muy malo. Casi de nazi, te diría (risotadas). Y yo que pensé que eras medio cagoncito cuando te vi por primera vez en el boliche, che.

Ángel: Bueno. Dejate de hablar. Después que saqués las fotos te rajás y me esperás en el bar. El pistero, el Coco, te deja la puerta abierta.

Mauro (riéndose): Entendido, cabo. Mil quinientos, ¿no?

Ángel: A las ocho.

Mauro: OK, master. A las ocho.

Escena 9

Ángel entra en la oficina de Alicia.

Ángel: ¿Arreglaste, mi reina?

Alicia (abriéndole los brazos): Sí. Coloqué a los nenes con mis viejos.

Ángel (se inclina sobre ella): No aguanto más, ¿sabes? Estás divina hoy. Te voy a hacer el amor toda la noche, mami.

Alicia (besándolo): Vos estás divino hoy.

Ángel (acariciándole en círculos un pezón con dos dedos): Falta poco, princesa. Te espero siete y media en el estacionamiento. Conseguí un lugar digno para una belleza como vos.

Alicia (empujándolo): Dale, andate, que van a entrar y se arma.

Ángel: Hoy te hago mía y sólo mía, bombonazo. Nunca más te vas a olvidar de mí (sale).

Alicia queda arreglándose la blusa y el pelo. Cuando se pone a trabajar mira un portarretratos que tiene sobre el escritorio.

Escena 10

Mauro estaciona y camina hasta un motel. El pistero le hace seña de la habitación. Entra y mira por todos lados, sonriendo. Abre el frigobar y saca dos petacas de whisky importado.

Mauro: Que pague este hijo de puta, si tiene mil quinientos dólares para pagarme estas fotitos, que banque el whisky, pendejo.

Se mete al baño, se sienta en el piso de la ducha y toma de las botellitas mientras prueba la cámara de fotos.

Escena 11

Mauro, desde el piso de la ducha donde hay varias botellitas vacías, escucha un motor que se apaga abajo.

Mauro: Ahí llegaron. Puta madre (se refriega la cara). Estoy medio en pedo, la concha de mi madre. Mirá si no le enfoco a la mina, chau guita.

Pasan unos segundos y escucha la puerta del baño.

Ángel: Salí, pelotudo.

Mauro: ¿Qué pasó?

Ángel: Se cagó todo. Vine a pagarle la habitación al Coco.

Mauro: ¿Por?

Ángel: No viene. ¿Podrás creer? La gorda se cagó. Bajó hasta el estacionamiento y me dijo que se iba para la casa. Gorda de mierda y la putísima madre que la parió.

Mauro: No jodas. ¡Qué cagada, hermano! Después de trabajártela un mes y pico.

Ángel: Gorda franela, hija de puta. Voy a morirme enterrado en esa empresa.

Mauro: Y bue, ¿hay algo igual para mí por las molestias? Tuve que armar tremendo cuento con mi jermu para venir.

Ángel: ¿Qué mierda querés cobrar? No se hizo el laburo (señala la ducha). Lo máximo que te doy es para un taxi y los whiskies que te acabás de clavar.

Mauro: Qué hijo de puta. Yo te dije que eras mala leche. Dale, aunque sea la mitad y quedo a las órdenes, gil.

Ángel: Rajate de acá antes que te rompa la cara. Bastante calentura tengo.

Mauro se incorpora y sale del baño, tambaleante.

Mauro: Bueno, pero a mí no me jodás más. No tenés palabra, man. La puta que te parió.

Ángel: Andá a la concha de tu madre.

Escena 12

Mauro sale y camina hasta el auto. Se sienta al volante y destapa una botella de agua que empina hasta vaciarla. Se refriega la cara y enciende el coche. Mientras maneja le suena el celular.

Mauro: ¿Qué hacés, amor? Toy yendo para casa. ¿Paso a buscar a los nenes por lo de tus viejos?

Alicia: No. Se canceló mi reunión y los traje conmigo. Ya estamos en casa. ¿Te esperamos a cenar?

Mauro: Sí, mami. Estoy en veinte minutos.

Alicia: Mauro.

Mauro: ¿Qué?

Alicia: Hoy quiero que nos hagamos el amor toda la noche.

Mauro: ¿En serio me decís?

Alicia: En serio. Me compré una ropita como las guachas de Tinelli que te va a encantar.

Mauro: Qué bueno, mamita. Ya me estás calentando.

Alicia: Mauro.

Mauro: Toy acá.

Alicia: Te amo mucho ¿sabés?

Mauro: Ya lo sé. Yo también te amo.

Mauro (después que cuelga): Menos mal que siendo tan bocón nunca me animé a meterte cuernos, mi vida. Nos seguimos salvando.

lunes

Diario de una Señora - Andrea Moreira


un guión cinematográfico

PASTEL DE CARNE QUEMADO

Escena 1

Una madre con dos hijos varones, sentados en la mesa cenando.

Madre: ¿No vas a comerte eso?

Julián: No tengo ganas. Además está quemado.

Javier (comiendo): Siempre el mismo mariquita.

Julián: Chupamelá, gil.

Madre: Julián, por favor. ¡En la mesa no!

Julián: Es él. Siempre atacando.

Javier: Y vos, el delicadito de la familia (hace un gesto con la mano, simulando ser un gay).

Julián (se toca la entrepierna): ¿Querés que te muestre la delicada, boludo?

Madre: ¿La van a cortar? Está por llegar tu padre, Julián. Sabés que se pone histérico.

Julián (revolviendo la comida en el plato): ¿Y a mi qué?

Javier: No te hagás el macho que siempre te metés abajo de la pollera de mamá, gil.

Julián: Me tenés podrido. ¿No tenés que irte? Andá que te llama el Chato por teléfono. Andá a ver si hoy salen de negocio.

Madre: ¿Qué es salir de negocio?

Javier: Salir por ahí a dar una vuelta.

Julián: Sí, y en la vuelta se paran a dársela por ahí. O a vender, que es lo más triste.

Javier: Callate, maricón.

Julián: ¿Te pensás que no sé?

Madre: A ver si la terminan. Y ese Chato no me gusta, Javier.

Julián: Sí, es un merquero viejo. Y Javier le debe guita.

Javier (tirándose por encima de la mesa): Callate o te reviento. Imbécil.

Madre (separándolos): ¡Basta! ¡Te digo que basta, Javier! Que vi las luces del auto de papá. Se callan o tenemos lío.

Javier: No. Yo ya me voy (mirándolo a Julián y señalándolo con el dedo). Mirá que sé donde es tu cuarto boludo ¿eh? Esta me la pagás. Seguí acumulando y vas a ver. Mirá que todavía me debés la otra grande, ¿eh?

Escena 2

Javier agarra la campera y sale. En el camino se cruza con el padre.

Padre: Epa. ¿Adónde vas?

Javier: Por ahí. Después vengo.

Padre (tiándole las llaves del auto): Tomá. ¿A esta hora? ¿Un martes de noche?

Javier: Sí. ¿Y qué?

Padre: Pensé que llegaba a cenar con ustedes tres.

Javier (caminando para atrás): Pero no llegaste, viejo. Igual que siempre.

Escena 3

El padre entra y se acerca a la mesa donde están todavía Julián y la madre.

Padre: Ya hubo lío. ¿Verdad, Julián?

Julián: No se puede vivir con éste.

Madre: Nada importante, Sergio. Cosas de chiquilines. Dame las carpetas.

Padre (sin dejar de mirar a Julián): ¿Qué hay para comer?

Madre: Pastel de carne. Ya te traigo.

Julián: Pastel de carne quemado.

La madre se levanta y se va hacia la cocina.

Escena 4

Padre: ¿Ahora me podés contar?

Julián: No te voy a contar nada. Preguntale a Javier, si querés saber.

Padre: No, te pregunto a vos. ¿No podés hablarle a tu padre? Si vos siempre querés hablar.

Julián (tirándose para atrás en la silla): Mamá: ¿me das algo de plata para salir?

Padre: ¿Ahora?

Julián: Decime, ¿vos le hacés todas esas preguntas a Javier? ¿O es a mí sólo?

Padre: Javier no me pide plata hace tiempo.

Julián: Y no, claro, porque como dice él: algún culo sangra siempre.

Padre (juntando las manos como para rezar y mirando el techo): Siempre envidiando a tu hermano chico, por Dios. Va a facultad y hace changas con los pibes cortando jardines.

Julián: Sí. Y de paso les vende merca a cada desgraciado que se le cruza.

La madre trae la comida y vuelve a sentarse a la mesa.

Padre (masticando, mientras lo mira y lo señala con el cuchillo): Que Dios te perdone, ya no sabés ni como ensuciar a tu hermano. Primero fue con lo de la chiquilina ésa… eh, ésa (mira a la mujer). ¿Cómo se llamaba? ¡Ayudame vos, che!

Madre: Martina.

Padre: Esa misma. La de los González.

Julián: Martina, sí. Y tu hijito metido hasta las pelotas en el lío.

Padre: Ya quisieras. Pero a ver si razonás un poquito. Tu hermano recién comió acá. Julián: ¿Y eso qué?

Padre: Que no tuvo nada que ver. Si no estaría adentro con los otros dos, ¿no te parece? Julián: Está acá porque YO quiero.

Padre: No. Te equivocás: el Juez entendió que estábamos cenando los cuatro juntos ese día. Un buen hombre el Juez Lacroche, padre de tres gurises. Devoto de San Cristóbal. Yo sé porque con tu madre lo cruzamos casi todos los domingos en la misa de las 9.

Madre: Es verdad. Y la señora es amorosa.

Padre: Lo mejor sería que los González cuidaran más a la nena. Así no habría más malentendidos. Un día les va a aparecer reventada en una cuneta (con la boca llena de pastel). Que Dios la proteja, por favor, y a mí no me desampare.

Julián: Yo ví todo. TODO. Vos me obligaste a mentir y ahora yo tengo que cargar con eso todo el tiempo.

Padre: ¿Sabés que cuando nació Javier te measte un año entero, todas las santas noches?

Julián: ¿Y eso qué mierda tiene que ver?

Padre: Que seguís meándote. Un hermano es un hermano, Caín.

Julián: Me importan un culo tus metáforas. Acá hay un tema que no puedo soportar más, y VOS lo sabés bien.

Madre: ¿Querés más pastel, Sergio?

Padre: Lo que sé es que no parecés hijo mío. Y bueno de dos uno, no es mal porcentaje, a como están las cosas. ¿Verdad, amor?

Madre: Están hablando pavadas. Ni siquiera los estoy escuchando. Y lo que pasó, ya pasó. Podríamos olvidarlo de una vez.

Julián (levantándose): Y yo no quiero hablar más. Mejor me voy.

Padre (golpeando suavemente con el cuchillo sobre la mesa): Vos te quedás acá. Esta conversación está sin terminar. Es bueno hablar.

Julián (volviendo a sentarse): ¿Cuándo me vas a dejar en paz? ¿Me vas a cobrar toda la vida haber querido decir la verdad? Ya está, ya hice lo que querías.

Padre: Ningún hombre puede ser siempre cien por ciento honesto. Pero puede ser LEAL a su familia, a su hermano.

Julián (levantando la voz): ¡Ese merquero violento que es tu hijo pero no mi hermano, va a ser el que encuentres dentro de poco en una cuneta! Le debe a un par de grosos y esos no andan con estupideces.

Padre: ¿Cuál es tu verdadero problema?

Julián: ¡Que le vende pasta base a pibes de quince o dieciséis años! Que vi como se consumía el pendejo de los Charpantier, hasta que se terminó matando con 14 años. ¡Que vi como se cogían a Martina entre los tres! (descompensado). ¡Ese es mi puto problema. ¡Que MI hermano es un hijo de puta!

Madre: Julián, te pedí por favor… callate, no líos.

Julián (llorando): ¿Y qué querés, mamá? ¡No puedo sacarme de la cabeza los ojos de esa pendeja pidiéndome que hiciera algo! Sin fuerzas, drogada hasta la manija. La reventaron. Fueron los tres. Hace seis meses que no vivo.

Madre (intentando levantarse para agarrarlo): Julián, quedate tranquilo, pará.

El padre le hace con la mano a su mujer que se calle y se limpia la boca con una servilleta. Inmediatamente le revienta la mano a Julián de un piñazo y lo agarra del cuello. La madre se persigna y solamente se lleva las manos a la cara pero sin intervenir.

Padre: Tu hermano JAMÁS HARÍA ESO, ¿te queda claro? A ver repetí conmigo: Mi hermano no hizo eso (le aprieta el cuello).

Julián balbucea algo sin sentido, babeándose.

Padre: Mi hermano no estaba. Repetí Juliancito, repetí.

Julián (semiahogado): Mi hermano… no…estaba.

Padre (apretando la mandíbula): Somos una familia, Dios lo quiere así, nos amamos y nos debemos proteger. Siempre les enseñé eso. Si no, ¿para qué está la familia? Tu hermano chico lo aprendió bien. Así que vamos a repetir. Dale.

Julián (enrojecido y casi sin vos): Mi… hermano… no hace… nada de eso.

Padre (soltándolo): Bien. Ahora nos vamos a llevar mejor.

Julián se levanta llorando y se va corriendo del comedor.

Escena 5

Padre (acomodando la silla que cayó al suelo): ¿Me servís más, mi vida? Hoy tuve un día terrible, lleno de audiencias. Casi no almorcé. Estoy loco de hambre.

Madre (lagrimeando): Es chico, Sergio.

Padre (sonríe): Y si el pendejo supiera cuánto lo amo. Ah, sí, locura tengo por el guacho. Y sí, es el mayor. ¿Te acordás cuando nos dijeron que era varón? Sólo Dios sabe cuánto lo quiero. Es cuestión de tiempo, nomás. ¿ME SERVÍS MÁS? Dale, linda (le hace una guiñada), quedate tranquila. Después conversamos. Andá, andá. Va a estar todo bien.

Escena 6

Suena el celular, y el padre lo mira mientras le alcanza el plato a su mujer, que se va hacia la cocina.

Padre: Pero la puta que lo parió. ¿Qué quiere éste ahora? (atiende). Sí ¿Qué hay, Roberto? ¿Quién? Noooooooo, no jodás… ¿En serio? ¿Montero? Pero ese es un hijo de puta… Sí, sí… Ahhhh, pero se merece lo peor… Y que vaya en cana, así aprende… Y sí… me tiene las pelotas al plato… ya lo saqué dos veces… y le dije que tenía restricción… sí, que no podía acercarse a menos de cien metros de la casa de la mujer… pero qué pajero de mierda. ¿Otra vez la cagó a palos? No tiene moral, yo lo dije siempre, este es un inmoral… pero que se joda… de esta no lo saco… mirá que pegarle así a la mujer… Dios mío, Dios mío… QUÉ HIJO DE PUTA… A LAS MUJERES NO SE LES PEGA, HERMANO.

sábado

Diario de una Señora - Andrea Moreira


(un guión de trabajo escrito para la Escuela de Cineastas del Uruguay)

TAN FELICES

Un matrimonio en la cama. Luis lee un libro. Mariel se pone los lentes y enciende el televisor que está a los pies de la cama.

Luis: Dejate de moverte tanto que me hacés saltar y hace cinco minutos que no salgo de la misma frase.

Mariel (lo queda mirando): Disculpá.

Luis: ¿Te pasa algo?

Mariel: ¿Por?

Luis: No sé. Estabas medio rarita en la cena. Rodrigo te pidió que lo ayudaras con los deberes y ni le contestaste.

Mariel: Puta madre. Es verdad. Me olvidé. Pobre Rodri.

Luis (sin dejar el libro): ¿Te viste con las muchachas hoy?

Mariel: Sí. Estuve con Beatriz y después llegó Anna.

Luis: ¿Cómo anda Annita?

Mariel: Está embarazada.

Luis: No jodas. ¿A esta edad?

Mariel: Yo le dije lo mismo. Y se armó.

Luis: Pa. Y lo va a tener, ¿no?

Mariel: Totalmente decidida.

Luis (torciendo la cabeza hacia Mariel): Bueno, después de todo es la que mejor se conserva de las tres.

Mariel (mirando la tele): ¿Qué querés decir?

Luis: Dale, decí la verdad. De las tres Anna siempre fue el camión. ¿O no? Acordate del liceo (hace gesto de pechos grandes).

Mariel: La edad la tiene igual. Y ella no tuvo tres embarazos (cambia de canal). Eso deteriora el cuerpo.

Luis (vuelve al libro): Ya sé.

Mariel: ¿Vos todavía me amás, Luis?

Luis (dando vuelta la página): ¿El qué?

Mariel: Si todavía me amás, te pregunto.

Luis: Sí, claro.

Mariel: ¿Querrías tener otro bebé?

Luis: Decime que me estás jodiendo. Ya tenemos tres y laburo como un burro.

Mariel: ¿Decís que no puedo tener más?

Luis: No, YO no puedo bancar más hijos, coneja.

Mariel: Donde comen tres…

Luis: Comen cuatro MAL. No me jodás más, Mariel. ¿Lo estás diciendo en serio?

Mariel: ¿Y si yo trabajara?

Luis: ¿Adónde mierda vas a trabajar con 46 años? ¿Quién te va a dar trabajo?

Mariel: A Anna recién la emplearon.

Luis: Anna es arquitecta y aparenta 35.

Mariel: Y yo ama de casa. ¿Querés hacerme el amor?

Luis: ¿Ahora?

Mariel: No, en setiembre.

Luis: Bueno, si vos querés. Pero estoy muy cansado, vas a tener que laburarme vos.

Mariel (metiendo la mano bajo la sábana): ¿Así?

Luis: Más o menos.

Mariel: ¿No te gusto más?

Luis (sacándole la mano): ¿Siempre tenés que preguntarme esas cosas? Ta, Mariel. Ya me desconcentraste.

Mariel: Es que quisiera que me lo dijeras con más frecuencia. Me siento frustrada. Me siento más fea que nunca.

Luis: ¿Y qué querés? ¿Verte de treinta a los cuarenta y seis? Pocas lo logran, y además comiendo como comés vos…

Mariel: ¿Anna lo logra?

Luis: ¿Sabés qué pienso? Que tenés algún rollo con Anna. Dejala vivir, pobre mina.

Mariel: No creo que la vea más, después de lo de hoy. Nos peleamos y feo.

Luis: ¿En serio? ¿Por qué?

Mariel: Por muchas cosas, por cosas de toda la vida. Además me trató de cornuda.

Luis (incorporándose): Y vos te defendiste, me imagino.

Mariel: Claro. No me iba a quedar callada frente a esa humillación. ¿No te parece?

Luis (tocándole el pelo): Lo bien que hiciste, mamita. ¿Viste como se ponen las divorciadas? Pa: salen a la calle con arco y flecha. En la oficina hay varias.

Mariel: Yo creo que está desencajada.

Luis (acariciándole la cara): Sí un poco. En el liceo decíamos que era la más alzada, ¿te acordás? Aparte que debe envidiarte la familia divina que tenemos.

Mariel: Es flor de puta.

Luis (besándole el cuello): Sí. ¿Sabés que hoy estás linda, mami? (le toca un seno). No sé, me dieron ganitas ahora. Con esos lentecitos, me estás calentando.

Mariel: ¿No estabas cansado?

Luis: Sí, pero me despabilaste. Dale, ponete de espalda (la da vuelta y se le sube encima). Y ahora papito te va a entretener un rato, preciosa.

Mariel: Dale, pero hablame como vos ya sabés.

Luis: Sos una putona calientamachos. Tomá, puta. Tomá, puta. A vos te encanta sufrir, tomá entonces, puta de mierda.

Mariel: Sí, así, así, seguí. No pares. ¿Me amás?

Luis (besándole el cuello): Claro que te amo mucho.

Luis encima de Mariel haciéndole el amor. Mariel, semihundida en la almohada aprieta los labios con los ojos mojados.

Diario de una Señora - Andrea Moreira


EL PIBE QUE ATROPELLASTE
(Un guión de trabajo escrito para la Escuela de Cineastas del Uruguay)

Escena 1

Tres personas jóvenes, dos varones y una mujer sentados en la cocina de una casa.

Mario: ¿Entonces les parece bien o no?

Helena (mirándose las uñas): A mí a esta altura todo me da igual.

Javier: A mí también.

Mario: Bueno, tampoco es tan así, me da lo mismo y chau. Digan algo.

Helena: Acá el que está apuradito sos vos.

Mario: ¿Ahora yo tengo la culpa?

Javier: ¿Por una vez en tu vida podrás dejar de estar a la defensiva? No se te puede hablar.

Mario: Es ella, que siempre me mete el dedito justo. Toda la vida me hizo sentir una mierda.

Helena: Hacete cargo, Mario. Ya no sos un nene, que hace con nosotros lo que quiere. Hacete cargo de lo que nos hacés y de lo que decís.

Javier: Pará, Helena. ¿NOS hace? Las cosas se las hace a él mismo.

Mario: ¿Y de qué cosas hablás vos? Todos nos hemos mandado cagadas, vos también (señala a Javier). Y vos también, nena.

Helena: Jamás creo haberle dado esa clase de disgustos a papá o mamá. Habré tenido cosas de chiquilina como todos.

Mario: Sí, cómo cuando te escapaste de casa a los 16.

Helena: Si serás pelotudo, ¿eh? Pero volví y estuve al firme.

Javier: No tiene caso hablar de veinte años atrás, por favor. Es imposible juntarse con ustedes.

Helena: ¿Y que querés? Si este nabo no dejó enfriarse a papá y ya está pidiendo la casa. Yo te dije, Javier, que esto se venía encima.

Mario: ¿Ustedes siempre hablando de mí? ¿Qué hacen? ¿Se juntan a tomar mate y dicen vamos a darle a Mario, eh?

Helena: Si por lo menos una vez nos demostraras que te importamos. Pero vos no tenés ni un puto sentimiento (se toca el pecho). Acá lo que tenés es un barrilito de birra.

Mario: Hice mil cosas por vos, nena.

Helena: Jeder eternamente a alcohol y enfermar a papá, entre ellas.

Mario: ¿Qué?

Javier: Nada, no dijo nada. Tomate un mate, Mario.

Mario: No, quiero que esta yegua repita lo que dijo.

Helena: Enfermar a papá, eso fue lo que dije.

Mario: ¿Ahora yo soy responsable de la muerte de papá?

Helena: Lo dijiste vos.

Mario: A vos te tendría que matar.

Helena: Y sí, soy tu palo en la rueda, así que ganas no te faltan. Dejame de joder, Mario. Mirá: ya jedés que da miedo. ¿Por qué no seguís chupando y salís a mil por hora así te matás de una vez?

Javier: Por favor, o la cortan o me voy a la mierda. Vos sos insufrible, Helena. Me prometés que no lo vas a atacar y que voy a hablar sólo yo, y mirá lo que hacés.

Helena: Alguien le tiene que decir las cosas.

Mario: Hacé terapia, histérica. Y si no me querés ver más me importa un carajo.

Helena: Eso ya lo sabemos. Como te importó un carajo papá.

Mario: ¿Pero qué le hice al viejo? Decime: ¿QUÉ MIERDA LE HICE YO?

Helena: Lo enterraste vivo. Cuando te fue a ver a Santiago Vázquez vino deshecho y desde ahí no se recuperó más. Se lo comió un cáncer. ¿Pero qué carajo sabrás vos? Si ni siquiera estuviste en los últimos momentos del viejo.

Mario: No estuve con papá porque estaba PRESO, nena. ¿Qué más castigo que ése querés? Ya pagué lo que tenía que pagar.

Helena (murmura): Sí, andá a decirle eso a la madre del pibe que atropellaste.

Javier: ¡HELENA!

Mario: Es una maldita. ¿Cuánto más me vas a cobrar? Fue una desgracia y todos ustedes lo saben.

Helena: Mamá se murió pidiéndote que no tomaras más. Menos mal que sólo papá vivió aquello, si no los enterrabas uno al lado del otro.

Javier: Así no nos vamos a tranquilizar nunca.

Helena: Pero el muchacho no le dio pelota a nadie. Ahí está, hago lo que quiero, me tomo todo, me agarro los tales pedos porque soy bien MACHO y pum, le paso por arriba a un pibe de 14 años.

Mario: Ya pagué. Más de lo que te imaginás.

Javier: Helena, tiene razón él. Si nos juntamos fue para hablar de otros asuntos. Vos no tenés en tus manos ni el castigo ni el perdón.

Helena: Castigo sí: éste no tendría que tener parte en esta casa. Con lo que gastamos en abogados para él y médicos para papá tendrías que pasar raya, loco, y borrarte con la cabeza entre las patas.

Mario: Descontalo, yegüita pesera. Yo a vos te saco, ¿sabés? Te querés quedar con todo. Ni muerto te dejo mi parte.

Helena (se para y amenaza con cachetearlo): Andate de acá ya mismo y no vuelvas más. Te odio, Mario. ¡Siempre te odié y a mi no me vas a enterrar como a papá!

Javier (sujetándola): Basta, Helena. Andate, Mario, por favor, y después lo hablamos tranquilos. Ustedes dos no se pueden juntar más.

Mario se levanta y sale dando un portazo.

Helena (empieza a llorar y abraza a Javier): ¿Por qué, Javier? ¿Por qué nos pasa esto?

Javier: No sé. Porque la vida es así y nos hace mierda a todos.

Helena: Si supieras cuánto lo quiero. Lo quiero mucho. ¿Por qué solamente puedo agredirlo? Se supone que teníamos que cuidarlo. Se lo prometimos a los viejos.

Javier: Sí, pero es difícil. Querer es muy difícil.

Helena: Andá a buscarlo, Javier. Andá a buscarlo. Decile que lo queremos, que vuelva que lo perdono.

Javier: Y que nos perdone.

Helena: Sí, que me perdone. Que no lo voy a atacar más. Andá, por favor.

Javier (le da un beso): Bueno, voy. Quedate tranquila. Ahora lo traigo. Hacé un mate.

Escena 2

Javier (manejando): Otro embotellamiento, carajo. Agraciada está imposible. Y después de esta escenita.

De golpe estaciona y baja corriendo hasta donde hay una ambulancia y se arrima al auto de Mario, que está retorcido contra un ómnibus.

Policía (mientras tapan a Mario con una sábana): ¿Lo conoce, señor?

Javier: Lo conozco y lo perdono.


lunes

Diario de una Señora - Andrea Moreira


TAN AMIGAS
(un guión de trabajo escrito para la Escuela de Cineastas del Uruguay)

Dos mujeres sentadas en un bar. Otra mujer que llega y saluda, mientras se saca el abrigo y la cartera.

Anna: ¿Qué hay, diablas?

Beatriz y Mariel (hablando al mismo tiempo): Todo bien. Bien. ¿Y vos?

Anna: Bien. Pedime lo mismo que están tomando ustedes, Bea.

Mariel: Nos tenés preocupadas. ¿Por qué la urgencia de la reunión?

Anna: Tas impaciente, baby. Les pedí que vinieran porque tengo que hablarles de algo.

Mariel: Vos siempre con todo ese suspenso telenovelesco. Que por teléfono no, que tiene que ser personalmente, y acá estamos “cha cha cha channnn”, a ver qué es lo importante que Anita tiene para contar.

Anna: Y vos siempre la misma ansiosa de mierda, que todo tiene que ser ya y ya y ayer. ¿Cuándo vas a dejar de envidiarme?

Beatriz: Basta, muchachas. Ustedes dos siempre iguales. Si no fuera porque somos amigas hace más de veinte años, diría que se detestan.

Anna: Estoy embarazada.

Mariel: Lo que estás es mal de la cabeza, mi amor. Ya tenés cuarenta y seis.

Anna (sirviéndose de una botella): Tengo tres meses de embarazo.

Mariel (prende un cigarro y tose): No me jodás, tarada. Dale. ¿Para qué nos llamaste?

Anna (le agarra la mano): Mariel, ESTOY EMBARAZADA. ESTOY ESPERANDO UN HIJO, ¿qué parte no te va?

Beatriz (agarrándose la cara): Pero Anna, ¿cómo? Digo: ¿de quién?

Anna: No estoy segura. Y no me interesa.

Mariel: Te dije que ese era un sorete de mierda ¿Cómo te pudo cagar así? Te preñó y se rajó.

Anna: ¿Y vos tenés la bola de cristal? ¿Cómo podés saber si es de Maxi?

Mariel: ¿Qué querés decir? ¿Que te estabas garchando a más de uno al mismo tiempo?

Anna: Y si así fuera, ¿qué? No todas somos castas doncellitas como vos. A algunas nos llegó el momento de coger sin amor.

Mariel: Siempre fuiste un poco alzadita, nena. ¿Pero esto? Ahora hacete cargo.

Anna: Claro que me hago cargo. Es más, te diría que estoy desorientadamente feliz.

Beatriz: Mariel, Anna tiene razón. Dejala en paz. Ahora tiene que serenarse y pensar tranquila qué va a hacer.

Anna: ¿Pensar? Ni en pedo me lo saco. Es mi primer hijo. QUIERO ser mamá.

Mariel: Si me hubieras hecho caso cuando te decía que estabas loqueando demasiado. Que recapacitaras y volvieras con Daniel, que era un buen hombre.

Anna: Sí, el ESTÉRIL BUEN HOMBRE. ¿Y vos quién sos? ¿El enemigo? Y yo no loqueaba por ahí. Festejaba mi divorcio. Si vos aguantás a Luis y no te dan los ovarios para dejarlo, es tu problema.

Mariel: Mirá vos. Y de regalo en el festejo del divorcio, un pendejo sin padre en la panza.

Anna (aplaude): Vos sí que sos una jodona bárbara, veinte años jugando a la ama de casa y mamá ejemplar, mientras las guampas son como las raíces de la tinta que te hacés: te crecen de a dos centímetros por mes. Y las tapás y vuelven a crecer, y las tapás y vuelven a crecer, ¿verdad Mariel?

Beatriz: Muchachas, bajen un cambio. Esto se esté yendo al carajo.

Mariel: ¿Vos te das cuenta que a los cuarenta y seis podés parir al jorobado de Notre-Dame? Dejá de fantasear, por Dios. Y lo que dijiste fue muy bajo, ¿sabés? Voy a hacer de cuenta que no lo escuché.

Anna: Bajas son otras cosas. Por ejemplo que no logres dominar tu enojo conmigo. ¿No tendrás algún enamoramiento, Mariel? ¿No volcarás en mí alguna especie de sentimiento lésbico frustrado, baby?

Le tira un besito.

Mariel: Yo he sido feliz todo este tiempo, pese a todo. ¿Y vos, Anna?

Anna: Yo no SIMULO estar siempre bien.

Beatriz (mirando alrededor): Muchachas, vamos, nos miran de todos lados.

Mariel (levantándose): No te preocupes, Bea. Ya se me hizo tarde. Esta guampuda ama a tres hijos y un marido que la están esperando en casa. Nos vemos.

Anna y Beatriz quedan sentadas mirando cómo Mariel se dirije a la puerta. Mariel se seca la cara mientras camina hacia la salida.

viernes

ANDREA MOREIRA


LA CALLE SOLEDAD

Cuando me mudé para la calle Soledad a seis cuadras del río Esperanza tenía catorce años y todavía no había besado a nadie.

La mayoría de la gente del barrio vivía de las barcazas de pesca o viajaba al centro a trabajar. Los niños salían en bandadas para la escuela o jugaban en la calle hasta el anochecer. Yo acostumbraba a sentarme las tardes enteras mirándolos pasar de acá para allá, gritando, peleando, amigándose nuevamente. El ruido era maravillosamente insoportable. Pero lo que me había deslumbrado toda la vida era ver besarse a la gente. Me paraba a mirar a personas que se despedían, o que se encontraban. Sobre el anochecer me sentaba en los bancos de de Plaza Central a ver las parejas que se besaban contra las columnas del alumbrado o en la oscuridad de algunos paredones. Nada me llamaba más la atención. Cuando tenía entre ocho y diez años a escondidas leía la parte de atrás de las fotonovelas de mi tía, porque era donde los protagonistas se besaban. Al final todos se besaban.

Mi tía me cuidó hasta que terminé la escuela. Después se fue y me dejó con mi padre. A ella la espiaba cuando se besaba con Hueso, un flaco renegrido que la apretaba contra la pared de la entrada y la hacía gemir. Cuando entraba yo le miraba la boca, me apasionaba verle los restos de baba brillosa alrededor de los labios y hasta el cuello. Creo que se fue con él. Mi padre nunca me lo dijo. Me sorprendí varias veces besándome y lamiéndome los antebrazos, como si ellos fueran una boca gigante, suave y silenciosa que recibía mis labios sin quejarse. Me abrazaba con fuerza en la soledad de mi casa, imaginando al otro cuerpo atrapado entre mi pecho y la pared de la cocina, para terminar babeando los azulejos.

Nos mudamos, y cuando no estaba en el liceo me pasaba horas en el frente de mi casa haciendo nada. No tenía amigos y aquel otoño empecé a fumar. Rara vez obtenía alguna moneda, entonces cuidadosamente despegaba la parte de abajo de las cajillas de mi padre, y le sacaba un cigarrillo. Luego la pegaba con goma y volvía a ponerle el envoltorio de nylon. Él jamás llevaba la cuenta de lo que fumaba y yo me sentaba abajo del laurel gigante a disfrutar mis robos.
Mi padre era pescador en el bote de los hermanos Devoto. Salía a las cuatro de la mañana todos los días y volvía al atardecer. En el silencio de la casa, podía escucharlo masticar. A veces cuando lo miraba comer, me preguntaba si él habría besado a mi madre antes de que muriera. Y si hoy, casi diez años después, besaría a otras mujeres.

Nos habíamos acostumbrado a vivir así. Él venía todas las noches y se encargaba de la comida. Cenábamos y separaba una parte para que los dos comiéramos al mediodía siguiente. A veces me dejaba unas monedas en el borde de la mesa. Eso significaba que al volver del liceo tenía que comprarle cigarrillos y pan. Cada vez que entraba me hacía un gesto con la cabeza, o decía “Bueno” y era lo último que le escuchaba decir hasta el día siguiente. Cada uno se hacía su cuarto, cada uno se lavaba su ropa, yo me encargaba de limpiar el resto. Nos amábamos profundamente. Pero la cara de mi madre era una sombra perpetua, acuosa y casi azul que insistía en reflejarse en cada rincón de la casa y en la cara de los dos. Creo que por eso no nos abrazábamos.

Cruzando la calle, en la casa blanca de portones verdes y ventanas de madera vivía una mujer sola con cuatro hijos varones de entre dos y diez años. Ella se iba de mañana y coincidentemente volvía siempre a la hora en la que yo me sentaba a fumar. Nunca me miraba, pero sabía que yo estaba ahí. Ella era hermosa y yo la adoraba. Muchas noches puse su cara en mi almohada y la besé hasta perder la respiración.

Hablamos por primera vez el día que el barrio desapareció. Hacía más de diez días que la lluvia caía sin tregua. En consecuencia mi padre estaba sin trabajo. Pero como la creciente había desalojado a algunas familias calles arriba, él iba todos los días en los botes a colaborar con los inundados. El último día sobre las diez de la mañana un temporal amargo rompió una presa sobre la frontera e hizo desbordarse al río Esperanza. El barro que se desprendía de los terraplenes más altos rodaba hacia el pueblo sin piedad. Aquella mezcla espesa de color rojo se tragaba enfurecida las calles apoyada por un viento desmadrado que arrancaba todo lo más débil. Los caños de desagües colapsaron y el agua manaba por todas las tapas de las casas que escupían líquido como manantiales. La gente que salía a la calle en busca de ayuda se encontraba con más gente que desesperadamente con tachos y lampazos intentaba correr su suerte barrosa de las entradas. El agua que tapaba las veredas recogía palos, basura y mierda de las cloacas que reventaba contra las paredes. Algunos hombres que cruzaban de lado a lado ayudándose con palos, arrastraban los ojos hundidos y las piernas sumergidas hasta las pantorrillas mientras cargaban colchones, niños y bolsas. En pocos minutos las personas aterradas comenzaron a trepar a los techos de las casas. El cielo renegrido comenzó a llenarse de oraciones, gritos y llantos. Me trepé al grueso laurel, desde donde en un estado de parálisis veía todo. El agua iba llenando mi casa, y por la puerta salían flotando bolsas, cosas de plástico y las fotonovelas de mi tía. En un momento me detuve a mirar la casa del frente. Ella ayudaba a subir a sus hijos por la ventana hacia la azotea. Primero treparon los dos más grandes, que se pusieron boca abajo para agarrar a los más chicos que estaban abrazados a la madre. El agua le llegaba a las rodillas y aunque intentaba agarrarse de la ventana, la corriente la hacía tambalearse. Los gritos de la gente se mezclaban con las lenguas furiosas del viento y la corriente. Me puse a llorar. Tuve miedo de no volver a ver a mi padre ni a la gente besándose. Entonces, cuando el más chico de sus niños cayó al agua, me decidí a cruzar. Llegué con esfuerzo hasta donde estaba la mujer con el último de sus hijos. El agua helada me relampagueó en el cuerpo y me abrí paso entre la mugre que bajaba desbocada hasta llegar al lado de ella. Le dije que me pusiera al niño alrededor del cuello y trepé por la ventana hasta que sus hermanos pudieron agarrarlo. Luego la ayudé a subir y trepé detrás. Me dejé caer sobre la azotea, recostándome contra un saliente. Ella abrazaba a los niños. Desde el techo veía como la tierra se hundía dentro de aquella boca de agua como si fuéramos apenas una gota de saliva. El viento huracanado había tirado varios árboles y postes de luz. La corriente se llevaba a algunas personas que rodaban sin poder incorporarse. Otros lograban agarrarse de rejas y portones y extendían los brazos hacia los que mirábamos inmóviles. Me sostenía la cabeza con horror e impotencia. Era como si una boca gigante y de labios de barro renegrido se fuera a tragar todo en pocas horas.

No sé el tiempo que estuve contra la pared, abrazándome las piernas, sin levantar la cabeza. Lloré, pedí a Dios por mi padre. Recé por los que vi desesperadamente rodar y desaparecer. Recordé con trágica claridad cuando diez años atrás mi padre luchaba a los gritos con una masa sucia, hinchada y azul: el cuerpo de mi madre que el río Esperanza había rechazado. Él siempre escupió a los suicidas. Su fondo besaba solamente la fe de los pescadores y la de los ahogados en la inundación del 43. Vomité y me oriné dos veces encima. Cuando levanté la cabeza ella me miraba mientras sorbía las gotas que le caían del pelo y se le metían en la boca, abrazada de sus hijos. La miré y la amé toda la vida. La lluvia era ahora más débil. Hacía demasiado frío. Ella se acercó en silencio. Cuando se sentó a mi lado me apoyó la mano en la rodilla y me dejó escucharle los rezos.
-Soy Anna -se secaba el agua de la cara con el borde del vestido. -¿En qué pensás?
Sin poder hablarle sólo encogí los hombros y saqué el cigarrillo deshecho del bolsillo.
-En que hoy no pude fumar.
La cara se le prendió cuando me sonrió:
-Sí, yo también, aunque ahora te lo cambiaría por una frazada -dijo riendo como un ángel. Luego de un momento de silencio incómodo, mientras me sacaba los pedazos de tabaco pegoteados entre los dedos, le pregunté cuál era la única cosa que pediría si la sacaban de ahí. Ella me señaló el lugar donde estaban sus hijos sentados.
-Ser mejor persona -me contestó mientras miraba hacia el cielo. -Parece que va a darnos un respiro.
Había parado de llover y el viento era mucho más débil. Ahora apenas lográbamos vernos y de otros techos llegaban gritos de auxilio, lamentos, plegarias y maldiciones. Algunas personas llamaban a otras sin descanso. Luces de linternas se movían en los techos y se volvían a apagar. Anna se paró y fue hasta donde estaban sus niños. Cuando volvió se sentó a mi lado.
-Están bien -se levantó la pollera hasta los muslos y cruzó las piernas estiradas.
Entonces me agarró la cabeza y me la dio vuelta hacia ella. Me acarició la frente y la vi acercarse con la blusa azul y la boca semiabierta. Me besó largamente primero, tenía la boca caliente y con la lengua me salvaba los labios. Luego, en besos más cortos de una ternura insoportable, besó mis comisuras y mis mejillas. Sentía el aire caliente de su respiración entrándome por los oídos. Cuando terminó, me abrazó contra su pecho. Yo, que estaba en paz, me dormí en su falda.

De madrugada vimos pasar a los botes de salvataje con faroles y linternas, evacuando gente. Nos bajaron a una chalana de pescadores. Se habían perdido casi todas las ventanas de las casas y los que rescataban conducían sus botes a menos de un metro de las azoteas.

Estuve más de un mes y medio viviendo en un gimnasio con otras trescientas personas. Nos llegaban cajas de comida, ropa usada y medicamentos. De lejos la vi varias veces. Se acostaba en dos colchones con sus hijos y les repartía lo que le entregaban. Sin embargo, cuando pudimos volver a lo que quedaba de nuestras casas ella no volvió. En su casa vivía otra gente. La busqué mucho tiempo. Algunos me dijeron que no la conocían, otros que se había ahogado con sus hijos el día de la inundación. Nunca más volví a verla. Tampoco volví a ver a mi padre. Entendí que con ella también se había ido la inundación de mi alma. Con un poco de pintura blanca marqué en el tronco del laurel hasta dónde había llegado el agua. Hace veinte años que retoco la marca todos los otoños. Los besos empecinados del viento me la despintan.

lunes

Andrea Moreira

Solamente supe de las lágrimas de esa mujer
cuando la vi desnudarse de sus pequeños diablos
y escuché lloverse a su llanto como garras de barro
y se partió su corazón sin duda
en dos lamentos
jaquecosos
e irremediables

solamente supe del placer de esa mujer
cuando la vi abandonarse de sus caminos
y escuché emplumarse a sus pasos como cópulas de palomas
y se partió su alma sin duda
en dos mujeres
histéricas
y ciegas

solamente me hundí en el cuerpo de esa mujer
cuando la vi desprenderse de los abrazos de sus hombres
y escuché golpearse a su vientre como fruta caída
y se partieron su garganta y su sexo sin duda
en dos gruesos huecos
húmedos
interminables

solamente me hundí en el tiempo de esa mujer
cuando la vi alejarse desde su casa iluminada
y hacia el sendero ciego
y escuché aletear a escondidas sus ventanas
como mariposas doloridas
y se partieron sus ojos sin duda
en llanto profundo
en duelo dorado y agónico
de paz final

solamente me di cuenta de su bellísima muerte
cuando la vi ponerse sus lentes
y arrancarse el vestido en un ademán fosforescente
y la escuché bañarse toda de aquel blanco desnudo
tan puro
como las gotas de sangre esparcidas en el cielorraso
y se partió su tiempo sin duda
casi cuarenta años
olvidados
en su abultado vientre
en sus nalgas inflamadas
sus caderas partidas

¿Dónde irá ahora esa mujer?
¿Dónde viven sus labios doblemente salvajes?
¿Dónde descansará su atormentado sexo?
¿A quién le esconderá sus frígidos abrazos?

¿Dónde la veré revivir?

Andrea Moreira


2 POEMAS

I

VELEROS

Atracamos aquí
en este cuadro vestido de polvo y de polillas
en este cuarto
corazón y puerto solitario
de las arrugas fluviales de tus hijos.
Me obligaste a entender
que es la muerte que avanza violentísimamente
como la columna rota de nuestros cigarrillos
como la cadena de veleros en silencio
hacia el blanquísimo mar.

Me obligaste a creer que hay momentos en la vida
en que tampoco se sabe morir.



II

LA ANCIANA

La anciana
con mirada de mariposa
por la minúscula ventana observa
los quejidos herrumbrados del sol
con lentos sorbos mastica
una balada de fideos y sopa

lentísima es la noche de sus libros deslomados
y del pan que se deshace en la boca

la anciana
con oídos de araña tapizada
mezclada en sus trapos entretiene
a los socios de vejez y de locura
blanca y desordenada apura
los años destronados
del monarca al que detiene
finos telares que revuelan
anidándole en la mente

lentísima es la talla del ropero mutilado
de sus viajes de alcanfor y de polillas

la anciana
tararea de repente
con lengua de libélula tardía
estrofas de madera atornilladas
al retrato del marido
espera
en la curva ensoñada que la encorva
el paso y el reposo de sus sillas

lentísimo es el vuelo de sus pelos descamados
en sus grietas de recetas y semillas

lentísimo es el peso de su seno desolado
en sus horas de amargura y cascarillas

Andrea Moreira



TRÍPTICO DE LOS AMANTES


I

Y LOS AMANTES SILENCIOSAMENTE SE ABANDONAN

Y los amantes silenciosamente se abandonan
arrastran en pesada ceremonia
sus cómplices mortajas

desesperadamente elaboran
el último minuto de un amante

revelan
en mutilados ademanes
bocas desordenadas
edades tristes
pechos que se imponen a sus débiles mañanas

sobredosis de miserias
que avanzan
carencias
de los amantes que se abandonan

porque apenas
hay un solo instante de la piel
que esconde todos los animales
todos los amantes
que se han ido
y cada gesto
encuentra un espacio
donde descansadamente revolcarse.




II

AQUELLOS

Cuando en la noche de mis ojos clausurados
sus bostezos me devuelvan la hermosura
hablaré
de aquellos titanes adolescentes
que esperando el engrose de mis piernas
me chorrearon noctilucas
negros cometas de la arena
que escondidos en mi espalda acobardada
hundieron su médano en mi luna
falsos héroes de las islas
que nadaron en mi roca vaginal
agotando la belleza de su espuma

hablaré
de aquellos ídolos de tierra
que expectantes de mi boca alcoholizada
me llenaron de racimos y monedas
tristes desechos de pájaros
que en su vuelo hipnotizado
anidaron en mi planta
falsos caminantes de la playa
que ahogaron su voz entre mis nalgas
navegando en la torpeza de sus curvas

hablaré
cuando en la noche de mi alma clausurada
su aliento me penetre las mañanas
y se vacíen sus ríos en mi pecho

hablaré
cuando en la noche de mis ojos clausurados
su alquimia me empape de blancura
y se vuelque serpentéandome la frente.


III

AL ACOSTARNOS

Al acostarnos
lentamente se sublevan los rincones
y fornican en las sombras
otros reyes.

Andrea Moreira


BEATRICE TENÍA NUEVE AÑOS

Yo viví frente a la casa de Maia. Yo la conocí. Ella es la razón por la que a pesar de todo lo que pasó, hoy me prohíbo decir que odiaba esa calle. Ella nunca salía de su jardín ni jugaba con los demás niños del barrio: jugaba conmigo que tenía quince años. Desde la tranquilidad de mi cuarto me había dedicado a observar los movimientos de su casa. Podía ver a Maia treparse a su escondite: un níspero gigante, negro y lleno de telas de araña que se levantaba al costado de su vieja casa. Su madre jamás salía. A veces asomaba su cara pintarrajeada por la ventana. Tenía enormes tetas, la cabeza platinada y caravanas hasta los hombros. Nunca supe su nombre pero la escuchaba llorar. Desde mi trinchera también observaba las llegadas del padre de Maia con distintos hombres todas las noches. Él les abría y permanecía fumando del lado de afuera. Cuando salían le daban dinero que él contaba en la oscuridad. A algunos les palmeaba la espalda, a otros les hacía apenas un gesto con la cabeza para despedirse. Casi todas las noches que lograba permanecer despierto y se abría la puerta yo estiraba el cuello buscando a Maia: nunca pude verla. Si pasaban días sin que escuchara escándalos, era porque el padre no estaba. Pero aquel demonio siempre volvía. Nunca hablábamos de eso. A los nueve años Maia descubrió en una bolsa el vestido de novia de su abuela: estaba amarillo de olor a polillas y venía muriendo desde hacía más de treinta años. Maia podía pasar horas trepada al níspero con aquel vestido. A veces me dejaba acompañarla pero sólo hasta las ramas más bajas. Estas de arriba son sólo mías: para subir hasta acá tenés que casarte conmigo primero, gritaba desde lo alto.
Una de esas tardes cuando estábamos sentados en la puerta de su casa ella se paró: ¿Querés ser mi marido?, ¿eh?, contestame, se paseaba frente a mí con el vestido amarillento. Asentí con la cabeza rezando para no tener que arrepentirme. Inmediatamente me abrazó, me lamió los labios, y me dijo: Ahora vos esperás acá y con los ojos cerrados bien fuerte, hasta que yo te diga, y abrís las manos, pero no hagas trampa. Me quedé con las manos extendidas y apreté los párpados hasta que me dolieron. Ahora podés abrir los ojos, somos esposos, se descolgó su voz. Obedecí: traté de ver detrás de las lágrimas que me provocó el sol y sostuve su bombacha. En las ramas más altas del níspero estaba ella con el vestido subido hasta la cintura. Fue la imagen más hermosa que me llevé de aquella calle: su sexo rosado y liso como una mariposa desalada, un ángel de labios abiertos a mí y sólo a mí. Esa noche no pude dormir: el resplandor de Maia se mezclaba con los gritos de enfrente. Aquél día me clavó sus espinas para siempre.
Lo que tuvimos con aquella niña lo escondimos en las tardes de trepadas al níspero. Le pedía a ella que subiera primero así dejaba que yo la siguiera con la cabeza metida debajo de la falda de novia. Nos reíamos. Ella fue mi primera mujer: el desmadre de mis demonios atornillados a mi cama. El día que le hice el amor me abracé del tronco dejándola en el medio: me quedaron las marcas en los antebrazos y a ella se le escaparon lágrimas que me mojaron la camiseta.
Una tarde su padre llegó muy temprano. Lo vimos abrir el portón: tenía los ojos amarillos y alguien le había reventado la boca. Como no podía bajar sin que me viera, acordamos con la mirada quedarnos quietos entre las ramas, abrazados. Eructó y entró tambaleándose, escuchamos gritos y salió buscándola: Maia, Maia, Maiaaaaaa. Conteníamos la respiración. De haber levantado la cabeza nos hubiera atrapado. La puta que te parió Maia! Vas a ver cuando te encuentre. ¿Dónde mierda te metiste?! Volvió a entrar, dando un portazo. No paré de escuchar los gritos y los insultos hasta que cerré la puerta de entrada de mi casa. Corrí a mi cuarto mientras me subía el cierre de los pantalones. Maia ya se había bajado, no la veía. No la ví por varios días. Cuando nos encontramos nuevamente tenía rastros de golpes de hombres en la cara. Nunca le pregunté nada. Ya nos veíamos menos y le descubría manchas amarillas y violetas en las piernas. También le vi marcas en el cuello. Su sexo fue transformando aquel rosa pálido en una mariposa negra y se le escaparon los pájaros de la mirada.
La última noche ya estaba acostado cuando escuché los gritos y de golpe Maia salió corriendo al jardín. Se levantaba el vestido de novia pero igual tropezó y cayó de pecho. El padre la agarró de los pelos y la arrastró por la tierra. Ella no gritaba. No lloraba. Su madre apareció parada en el marco de la puerta: tenía las manos sobre la boca, y la luz le atravesaba el minúsculo camisón de encajes, dejándola casi desnuda. Maia se revolcaba tanto que alcanzó a darle una patada en la entrepierna. El hombre la soltó y se enrolló de dolor. Ella se trepó a su árbol: le colgaban los volados del vestido. Decidí salir mientras empezaban a prenderse las luces de otras casas. El padre la amenazaba mientras daba saltos manotéandole el vestido. Maia no obedeció: miraba mi ventana. Sin darme cuenta llegué al portón de entrada y el demonio se me vino encima, escupiéndome la cara mientras me gritaba: Que querés acá, asesino. La emputeciste vos, hijo de puta! Volvé a tu casa antes de que te mate a vos también! Asesino! Busqué la mirada de la madre de Maia y ella entró.
Si no te bajás ahora juro que me subo y te rompo toda. Maia sólo me miraba. Yo empecé a llamar a gritos a los vecinos. Entonces él le tiró una pedrada y le partió la frente. Maia me miró mientras un hilo de sangre le goteaba sobre aquel escote que ahora parecía de oro.
Quedó tirada en el piso con la tela rasgada en varias partes y hojas de níspero que le caían arriba. La levantó la policía envuelta con una sábana de satén rojo que les alcanzó su madre antes que se la llevaran. Muchos se fueron acercando para ver, algunos se persignaban. Otros con ojos partidos por el horror me miraban a mí. Alguien rezó un Ave María y una vecina gorda le puso una flor mientras se la llevaban. Yo le dejé unos nísperos.
El musgo se trepó a las paredes de la casa con la velocidad del olvido y los yuyos se fueron tragando el jardín de Maia. Yo a veces me trepaba a nuestro árbol, y otras veces me sentaba donde ella había caído: besé su mirada y le recordé la voz. La casa quedó vacía mucho tiempo. Una mañana escuché el sonido infernal de una motosierra: sentí caer el níspero hoja por hoja, gajo por gajo, y también al vestido. Lloré toda la vida.

jueves

Andrea Moreira


Cae una terrible lluvia hoy
pareciera que tengo el corazón enterrado en el camino hasta el frente
y me goteara el peso de los pasos para abrir la puerta
La luz hoy
se parece a un golpe encaprichadamente amarillento
y se me deshacen los ojos pensando en ella
histérica búsqueda
desde que yo no duermo más en mí
¿Cuántas mujeres soy capaz de ser?
de frente
parezco una
florecidamente herrumbrada
mientras por mis senos se chorrean los ríos violetas de la muerte
de costado
se abultan mis vientos en la cintura y debajo del ombligo
se multiplican los orgasmos bendecidos en tristes pozos y arrugas
por atrás
soy la otra mujer caída que ya no sabe su nombre
la que no llora más
¿Cuántas mujeres soy capaz de reconocer en mí?
tal vez una
y sólo a veces
cuando llega la noche para gritarme que sangré demasiado
y amanezco fértilmente otra vez
¿Cuántas mujeres soy capaz de cargar?
todas las que quepan en mi sexo
incluso las muertas placenteramente
las violadas en estoicas hazañas caseras
otras enterradas como vírgenes renegridas
otras blancas como fuentes de exiliado amor
por excitaciones pasajeras
¿Cuántas mujeres soy capaz de inventar?
miles
que se amontonen apretándose las caderas
muslo contra muslo
seno contra seno
y sexo contra sexo
que vengan
si ellas saben cómo crearme
atardecerme de luz en mi cuarto
envejecerme los recuerdos entre sábanas sin nombre
ellas
las que saben mentir
¿cuántas mujeres soy capaz de buscar en mí?
las que necesite día por día sin duda
para que mis papeles no se hundan en el equívoco fuego
eterna búsqueda nacida de paraísos derrotados
de toda la vida de todos los tiempos sin nombres
ni caras
ni sexos identificables
¿cuántas mujeres seré capaz de encontrar en mí?
todas las que escapan de sus demonios
y se duermen de repente sin saber dónde les pertenece acostarse
sin saber dónde vaciar sus venenos
como borracheras capturadas en frenético baile de almas
¿cuántas mujeres se morirán en mí?
las que no le temen a los reyes ni a los héroes
las que renuncian sin lamentarse a su herencia titánica
de las que me desvisto en las noches
o aquellas que aceptaron cargar con la cruz que me toque
y se alejan montadas en el falo de luz
para brillar salvajemente.

Andrea Moreira


ABANDONARTE

he llegado para traicionarte
como una pequeña luz
que se abrasa en tímido ademán
sin patria
sin precio
sin el peso del autárquico mar

he llegado para traicionarte
como un solo y pequeño silencio
que se encapricha en tu abrigada boca
sin el labio ni lengua que lo sostenga
sin la efímera lucha de inútiles palabras

he llegado para traicionarte
como una pequeña suciedad
que se arrastra en miserables caricias
como la mancha de saliva de tu beso en mi espalda
vagabundo légamo de líquidos amados

he llegado para abandonarte
fugaz como el instante de una gota
que resbala entre agudísimas espinas
y se olvida
apareándose al calor



AL ACOSTARNOS

Al acostarnos
lentamente se sublevan los rincones
y fornican en las sombras
otros reyes


ALQUIMIA

Todas las cosas que soporta el día
la calle se estira entre los rezos
mariposas que en la noche
se aparean a las serpientes


TODOS LOS VIAJES

Todos los viajes que transita mi noche
la cama se encoge en el palo desgastado
y me amanecen los pelos
pegados
al desamor


AMAPOLAS

Secretos ropajes de tus maderas
olores impenetrables
la niña trepa al árbol más alto
con amarillo vestido de novia
árbol que se hace escalera
y escalera que me lleva hasta la vejez de mi madre

Secretas maderas hipotecadas
olores de nísperos y mandarinas
sostiene la niña entonces
la dejadez del calendario
con carnes vencidas
y párpados quebrados

Secretas maderas abandonadas
olor de repetidos pasos
la niña se eleva hacia el cuarto más alto
con negro vestido de amapolas
cuarto que se hace escalera
y escalones que me llevan hasta la muerte de mi madre


DEJARÉ MARCHAR A MI MUERTA

Dejaré entonces tranquila a mi muerta
para que desnuda como una gota
se acabe fundiendo a la tierra
y en lentos humores vaporosos
de hebras sin hueso
se encuentre nuevamente con la obstinada lluvia
y rece
por sus hijos

Dejaré marchar a mi muerta
hacia la eterna conversación
para que en eclipsados murmullos
acalle al pájaro torpe y gris
que visita su tumba
y otros animales se amanezcan en su herma

Dejaré marchar a mi muerta
para que con vestido amarillo se trepe a la hoja
de los cipreses más altos
le entrevere brazos a la noche mas pequeña
y la encuentre nuevamente la frígida luna
hablándole
a sus hijos

viernes

[MUJERES QUE SANGRAN CON LAS VACAS] - Andrea Moreira


1

Nací en el medio de un montón de caseríos apretujados y grises en las orillas de Puebla Vaca, pero que tornasolaban por la noche cuando todo quedaba quieto y el vapor del río parecía acariciar los techos con su magia anaranjada y silenciosa. Estuve allí el tiempo necesario para beberme todo el dolor de la tierra y sus domingos tristes.
Vivían unas trescientas personas desparramadas entre el centro y las afueras que llegaron para trabajar en el frigorífico Robledo y Cía. y se quedaron. Porque el frigorífico Robledo y Cía. era la bendición del lugar, según decía mi madre. Porque gracias a Robledo mi padre trabajaba, yo no era una muerta de hambre y podíamos tener a Nerón que me llevaba a la escuela, si no, ni para herraduras nos alcanzaría. Esa era la oración de mi madre de todas sus noches porque era muy devota a su virgencita y todo lo hacía en nombre de ella, incluso golpearme. A mi padre poco le recuerdo la voz. Apenas veía su rostro bueno alguna noche pero jamás hablaba demasiado ni contradecía a mi madre. El pueblo se había formado alrededor del gigante de cemento desde donde yo escuchaba llorar a las reses. Mi padre había llegado con mi madre en una mano y una bolsa de ropa en la otra igual que muchos y se había construido su pieza con chapas y restos de la obras del frigorífico a quinientos metros del corral mayor. Después de un año nací yo y mi madre separó la pieza con un alambre y una cortina de flores dejándome del lado de la ventana: un agujero hecho en la chapa al que en los inviernos le calzaban una tabla de compensado. No recuerdo el frío pero sí la tristeza de tener que esperar hasta la primavera para ver las estrellas desde mi almohada. Jugaba a contar una estrella por cada mugido que escuchaba y con ellas formaba cuerpos de vaca, ancas de vaca, cuernos de vaca, corazones de vaca e hijos de vaca. Del otro lado estaba la cama de ellos y había una pequeña mesa que durante el día se usaba para comer, para planchar el mameluco, para apoyar el cuchillo brilloso de mi padre, para hacer los deberes, para amasar, pero de noche era el altar donde mi madre ponía su virgencita fosforescente y agradecía por Robledo y pedía para que mi padre no perdiera el trabajo prendiéndole una vela. A veces me asomaba cuando pasaba el turno de las cuatro de la mañana: veinte, treinta, cincuenta hombres y mujeres caminando en el silencio de la penumbra, arrastrando las amanecidas piernas con la pesadez del que se arrepiente con anterioridad de sus futuras maldades, sus inevitables sacrilegios.

2

La primera vez que vi el corralón mayor donde descargaban el ganado tenía seis años y me prendí histéricamente de las piernas de mi madre que me apartaba incómoda, tratando de llegar hasta la boca del tubo con la comida de mi padre envuelta en un paño. Nerviosas, las vacas corrían en grupo de un lado a otro mientras varios hombres de blanco las hostigaban con palos para ordenarlas frente a la rampa que iba a perderse en la boca renegrida de la muerte. Lloraban apretujadas, refregándose, empujándose, traicionándose entre ellas, dándose el último abrazo caliente antes de entrar al corredor. Algunas me lanzaron esas miradas hundidas, redondas, oscuras y vidriosas de vaca, exhalando un aire frenético por las narinas como si hubieran corrido toda la vida y el corazón ahora no les entrara en el pecho, babeándose con las lenguas más largas que nunca volcadas hacia un costado: esa ansiedad descontrolada de cuerpos chocándose, montándose esquizofrénicamente unos a otros y estirando los cogotes para mantener las cabezas afuera de un agua inexistente para no caer ahogadas en la oscuridad del polvo. Eso, entendí mucho después, era el verdadero miedo a la muerte. Sin saber qué había más adentro de aquella rampa lo imaginé cuando vi salir por primera vez a mi padre con su mameluco y delantal empapados de sangre.
Desde ese momento mi cama se retorcería entre sueños e imágenes confusas para siempre. O era la cara gigante de cemento que me atrapaba con su lengua y me tragaba por el agujero lacrándose de odio. O era aquella garganta renegrida que me escupía a propósito para revelarle a mi madre el rastro de pesadas gotas de sangre hasta la planta. Otras veces corría montada en Nerón con cabeza de vaca y me atrapaba la mano gigante, de humeantes dedos lustrosos y grises para dejarme caer en el medio del río y verme patalear con desesperación hacia la orilla, donde siempre me esperaba mi madre.

3

Robledo y Cía. se había construido rápidamente y con la misma velocidad se había formado el pueblo a su costado. Era gente buena y solidaria que colaboró hasta con la construcción de la parroquia frente a la plaza, donde los domingos todas las familias nos encontrábamos para querernos un rato y escuchar la misa. Era un pueblo devoto. Mi madre seguía prendiéndole la vela a su virgencita para que no nos quitara a Robledo y Cía. El padre Antonio agradecía los domingos a Dios y a Robledo y Cía., mi propio padre agradecía a Robledo cuando hablaba y hasta los perros de casa parecían alegrarse cuando sonaba la sirena de cambio de turno. Todos los habitantes agradecían a Robledo y caminaban apretujados como ganado por las callecitas de tierra hacia la planta los trescientos sesenta y cinco días del año en turnos de doce horas.
La primera vez que entré a la planta iba camino a la escuela cuando escuché los mortales mugidos y decidí desviarme como tantas otras veces. No sabía por qué deseaba observar a las desgraciadas amasijarse en el corralón. Y ese día me decidí a descubrir la sangre que teñía a mi padre. Me metí por la rampa lateral junto a una víctima recién seleccionada, una vaca redonda, gigante y marrón que gritaba cada vez que los hombres con palos la azuzaban por el tubo mientras ella intentaba recular. Le miré la cara y aparecí reflejada en su ojo izquierdo, caminó unos pasos y se paró, recibiendo en consecuencia tres palazos en las ancas y mientras la empapaba una lluvia de las rosetas gigantes que había en la entrada a nadie parecía importarle que yo estuviera ahí. Sabían que era la hija de mi padre y pensarían que venía con la comida. Unos metros más adelante otro hombre, que había visto varias veces en la parroquia del pueblo le reventó la frente de un marronazo dejando escapar un grito al mismo tiempo. El cuerpo se desplomó con la violencia de un trueno y entonces vi a mi padre levantar aquel cuchillo gigantesco que apoyaba en nuestra mesa y cortarle de lado a lado el cogote a la bestia que se alzaba sostenida por una de sus patas traseras. Los chorros de sangre le empaparon el delantal y le bajaron por las botas hasta formar un lago oscuro y azulado donde a su vez se le reflejaba el cuerpo.
Ese domingo en la hora de misa, mientras el padre Antonio daba un sermón sobre la ira divina, le pregunté adelante de todos, si Dios no la habría descargado toda adentro de Robledo y Cía. Además de darme una paliza memorable con la vara, mi madre me prohibió acercarme bajo ninguna excusa. Sus amenazas eran tan certeras que hasta para bañarme en el río, tuve que ir todos los veranos por el camino de la acacia, que era mucho más largo pero pasaba a dos cuadras del frigorífico.

4

Mi hermana Luz nació cuando yo tenía doce años. Fue la última de cinco que mi madre parió de su lado de la cortina junto con la partera del pueblo, así que ni por la ventana pude espiar. Me mandaron para afuera con mis hermanos y me quedé con ellos escuchándole los quejidos. Mi padre estaba de turno en Robledo y no lo dejaron salir. La conoció cuando tenía ya seis horas de nacida y berreaba como las vacas del corralón.
Luz y los otros pequeños se tragaron el resto del tiempo de mi madre. Si en algún momento aquel cuerpo sostuvo un poco de amor, ahora se le evaporaba día a día con cada gota de sudor entre las horas de la teta, más las horas de pañales, más las horas de fregado en la pileta de nuestra ropa y los mamelucos de mi padre, más las horas que cocinaba para vender cuando a mi padre no le pagaban. Quizás por eso le germinaba de los ojos tanta maldad. Quizás por eso ya no tenía tiempo de encender su vela durante la noche y terminó dejando en la parroquia a su virgencita fosforescente. Yo me le desvanecí de la mirada con el paso de los años hasta desaparecer. Tenía los ojos hundidos y vidriosos, perdió la tranquilidad de la voz y le crecieron ancas marrones, arrugadas y ásperas como las de una vaca. Yo siempre prefería escapar pero ella y su vara me encontraban. Llegó a escribirle a mi maestra que abandonaba la escuela porque andaba putiando por las calles y lo más sano era que me quedara en la casa. Pero lo peor de todo era cuando me obligaba a lavar pañales llenos de caca. Ahí empecé a odiarla. Mis manos olieron para siempre igual a la bosta del corral mayor de Robledo. La empecé a soñar revolcándose con las vacas antes de entrar al tubo, o mugiendo con Luz en los brazos, otras llegó caminando hasta donde mi padre levantaba el cuchillo, pero ese sueño no se resolvía.

5

Debido a la falta de tiempo de mi madre, empecé a llevarle la comida a mi padre al mediodía hasta Robledo y Cía. Lo tenía prohibido pero me alegré al saber que no había otra opción. No porque extrañara ir, o quisiera nuevamente presenciar aquellas imágenes que se repetían incansablemente en mis noches, a veces arrancándome gritos en medio de la madrugada o a veces provocándome un miedo terrible a dormir, sino porque le ganaba finalmente a mi madre y todo volvía a la normalidad: si iba a Robledo, entonces podía ir al río por el lugar más cercano, podía ir a visitar a Mamina más rápido, no tenía que salir por atrás del pueblo para ir a la plaza, entre otras ganancias.
Uno tras otro se sucedieron los mediodías de frigorífico, hasta que comencé a darme cuenta de que algo empezaba a cambiar. Algunos hombres se agrupaban conversando y gesticulando al costado de los corrales. En el pueblo comenzaron a gritar por las calles contra Robledo y Cía. En mi casa las discusiones a los gritos y los insultos eran diarios. Hasta que empezó la huelga de los obreros del frigorífico Robledo y Cía. Ya nadie agradecía en el pueblo a San Robledo. Los empleados pedían mejoras en las condiciones de trabajo, por ejemplo bajar los turnos de doce a ocho horas. Como ganado también en este tiempo bajaban por las calles del pueblo hasta la planta para comenzar los gritos y apedreos. Destrozaron vidrios, cercos y corrales. La planta cerró hasta que una tarde el vocero del frigorífico manifestó que se abría pero manteniendo las condiciones para todos aquellos que quisieran presentarse a trabajar al día siguiente. Los que no, podían pasar por la administración a cobrar. Mi padre estaba adherido a la Unión como el resto de sus compañeros y decidió no presentarse. Esa noche fue una hecatombe, mi madre gritaba y rompía cosas contra el piso. Incluso agarró de los pelos a mi padre y le arañó la cara y el cuello. Mi madre lo obligaba a que fuera a trabajar al otro día, porque tenía mujer y cinco hijos que alimentar. Mi padre le gritaba que no era su culpa que se preñara siempre, que él no era un carnero hijo de puta, y no traicionaría a sus compañeros. Mi madre nos echó para el fondo y la escuché amenazándolo con irse lejos. Luz tenía ya dos años y lloraba berreando, aturdiéndome: no me dejaba pensar, no me dejaba escuchar lo que se decían, su llanto se mezclaba con los mugidos que llegaban desde el corral mayor. Le tapé la boca pero gritaba histéricamente y tuve que golpearla. Al rato mi padre salió a buscarnos. Nunca me había acompañado a la cama, pero aquella noche tapó a los cuatro más chicos y me besó la cabeza varias veces.
Murió esa madrugada. Lo asesinaron cuando iba hacia la planta. A él y a otro más que se presentaron a trabajar les partieron la cabeza a marronazos. Eran casi las cuatro de la mañana y el aire húmedo, pesado y naranja que venía desde el río encontró los cuerpos tirados con carteles de rompehuelga en el pecho.
Ese domingo en el entierro de mi padre, mis hermanos y yo caminábamos al lado de mi madre y detrás del padre Antonio. No recuerdo haber sentido nunca tanto dolor. Unos pocos vecinos vinieron a acompañarnos. La cara de mi madre estaba gris, hundida y seca. Cuando nos paramos frente al cajón para escuchar las palabras del padre Antonio, él le extendió a mi madre una pequeña Biblia y su virgencita fosforescente que ella por supuesto rechazó. Alzó a Luz en los brazos, me hizo un gesto con la cabeza y salimos atrás de ella. Cuando me di vuelta el padre Antonio estaba haciendo la señal de la cruz.
Esa noche me acosté con mis hermanos como siempre, de nuestro lado de la cortina. Le acaricié la cabeza a Luz y le canté hasta que se durmió. Permanecí mirando un poco más las estrellas mientras algún llanto del corralón acompañaba el mío. Me dormí sabiendo que mis sueños vendrían como casi todas las noches de mi vida. Y así al rato, mi padre caminaba despacio mientras le daban palazos desde atrás, lo bañaban las rosetas gigantes del techo y lo colgaban de una pierna. Luz corría llorando con un disfraz de vaca por toda la planta. Mi madre desnuda, con la piel manchada de blanco y marrón, se sostenía las ubres arrugadas, pesadas y secas con una mano mientras que con la otra levantaba el cuchillo de mi padre mientras me esperaba. Pero a medida que me obligaban los hombres desde atrás con sus palos dándome en las ancas para que avanzara, yo pensaba en cómo agacharme para esquivar el marronazo y sacarle el cuchillo de un salto. Así sucedió y pude degollarla. La escuché toser y mugir revolcándose en su cama, estirando el cogote para mantener la cabeza afuera de un agua inexistente, para no ahogarse en la tierra, con los ojos vidriosos, hundidos y negros, arrancó la cortina de un manotazo sosteniéndose la herida con la otra mano, exhalando un aire frenético por las narinas, babeándose con la lengua volcada hacia un costado más larga que nunca, atorada en los ronquidos: esa ansiedad descontrolada del cuerpo sin camino, un cuerpo que se duele acabado, un cuerpo oscuro, eso: era el verdadero miedo a la muerte.
Entonces entendí quién era la que había matado a mi padre. Desperté a mis hermanos y salí.


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