Edición y prólogo: Hugo
Giovanetti Viola
PARTE 3
20
Después que colgó el tubo
del teléfono empezó a correr y ni siquiera tomó la precaución de ponerse las
botas o abrigarse. Salió por la cocina, atravesó el jardín, cruzó las últimas
calles y corrió a campo abierto como nunca más pensó que podía volver a
hacerlo, siempre hacia las alturas, hasta que el corazón empezó a patearlo como
un caballo suelto y tuvo que arrodillarse, jadeando. “Y ahora” pensó, “y ahora”.
Miró hacia el pueblo, donde todos estaban dedicados simplemente a esperar el sábado
de noche, y pensó que poco tiempo después de la reacción provocada por las
noticias y los hechos inesperados continuarían cargando con sus vidas como si
nada hubiese sucedido. Era necesario tener la posibilidad de olvidar, de
perdonarlo todo, de superar hasta lo que es imposible de aceptar y seguir
adelante. Pero él no, ya no más. Había llegado al fin y lo sabía. Ya no quedaba
nada allá abajo que lo hiciera volver, pero tampoco había nada allá arriba ni
en ningún lugar. Sólo el viento, se dijo. Y Ella, la maldita. Y ahora era el
momento de jugarse todo porque Ella lo obligaría a usar de nuevo su poder, lo
sabía, una y otra y otra vez, y él ahora estaba decidido a resistir aunque ya
no importara o aunque ya fuera demasiado tarde.
Cuando decidió pararse,
anguloso y quebradizo, se asombró de la resistencia de su cuerpo obstinado en
continuar arrastrando sus huesos montaña arriba, aunque resultase imposible saber
hasta adónde lo llevaría ni cuál sería el final. Y fue recién entonces que el
frío lo hizo darse cuenta de que apenas llevaba puestos una camisa y un leve
suéter de lana, y después de unos metros tuvo que volver a apoyarse contra un
árbol para recuperar trabajosamente el ritmo de la respiración. El zumbido de
las abejas persistía como una cuerda vibrante, expectante y excitada, mientras
se sentaba y estiraba las piernas viendo encenderse las primeras luces del
pueblo.
Y de golpe recordó la
cara de Cristina, la sonrisa que todavía le ofrecía la ilusión de su felicidad
dormida. Y la cara de Ester, los lentes sin montura que estaban expuestos sobre
la mesa de luz, y aquel olor a talco y a algodón que subía desde las sábanas
junto al perpetuo olor a tabaco que exhalaban la ropa y el bigote gris de su
padre, y cómo él ni se movió y pasó de sueño a sueño sin que se notara un
gesto. Y no era dolor ahora, sino apenas la tristeza de que la despedida no
hubiese podido ser diferente, por lo menos.
“Aunque tarde o temprano
sea inevitable atravesar eso que nadie espera ni quiere” pensó después. “Lo que
nos hace confirmar que venimos sólo para lamentarnos y maldecir y culpar a la
vida que nos dio la luz y la sombra. Porque no somos nada más que eso: una pena
con pies yendo de un lado al otro sin saber cuándo ni cómo nos libraremos o nos
olvidaremos de una vez del dolor”. Entonces contempló la opacidad lechosa
derramando sobre las casas ya desdibujadas y se paró y volvió a correr, hasta
que la oscuridad de la montaña lo cubrió por completo.























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