martes

EL VIENTO DE LA DESGRACIA (SIDA + VIDA) - DANIEL BENTANCOURT (37)


Edición y prólogo: Hugo Giovanetti Viola

PARTE 3

20


Después que colgó el tubo del teléfono empezó a correr y ni siquiera tomó la precaución de ponerse las botas o abrigarse. Salió por la cocina, atravesó el jardín, cruzó las últimas calles y corrió a campo abierto como nunca más pensó que podía volver a hacerlo, siempre hacia las alturas, hasta que el corazón empezó a patearlo como un caballo suelto y tuvo que arrodillarse, jadeando. “Y ahora” pensó, “y ahora”. Miró hacia el pueblo, donde todos estaban dedicados simplemente a esperar el sábado de noche, y pensó que poco tiempo después de la reacción provocada por las noticias y los hechos inesperados continuarían cargando con sus vidas como si nada hubiese sucedido. Era necesario tener la posibilidad de olvidar, de perdonarlo todo, de superar hasta lo que es imposible de aceptar y seguir adelante. Pero él no, ya no más. Había llegado al fin y lo sabía. Ya no quedaba nada allá abajo que lo hiciera volver, pero tampoco había nada allá arriba ni en ningún lugar. Sólo el viento, se dijo. Y Ella, la maldita. Y ahora era el momento de jugarse todo porque Ella lo obligaría a usar de nuevo su poder, lo sabía, una y otra y otra vez, y él ahora estaba decidido a resistir aunque ya no importara o aunque ya fuera demasiado tarde.

Cuando decidió pararse, anguloso y quebradizo, se asombró de la resistencia de su cuerpo obstinado en continuar arrastrando sus huesos montaña arriba, aunque resultase imposible saber hasta adónde lo llevaría ni cuál sería el final. Y fue recién entonces que el frío lo hizo darse cuenta de que apenas llevaba puestos una camisa y un leve suéter de lana, y después de unos metros tuvo que volver a apoyarse contra un árbol para recuperar trabajosamente el ritmo de la respiración. El zumbido de las abejas persistía como una cuerda vibrante, expectante y excitada, mientras se sentaba y estiraba las piernas viendo encenderse las primeras luces del pueblo.

Y de golpe recordó la cara de Cristina, la sonrisa que todavía le ofrecía la ilusión de su felicidad dormida. Y la cara de Ester, los lentes sin montura que estaban expuestos sobre la mesa de luz, y aquel olor a talco y a algodón que subía desde las sábanas junto al perpetuo olor a tabaco que exhalaban la ropa y el bigote gris de su padre, y cómo él ni se movió y pasó de sueño a sueño sin que se notara un gesto. Y no era dolor ahora, sino apenas la tristeza de que la despedida no hubiese podido ser diferente, por lo menos.

“Aunque tarde o temprano sea inevitable atravesar eso que nadie espera ni quiere” pensó después. “Lo que nos hace confirmar que venimos sólo para lamentarnos y maldecir y culpar a la vida que nos dio la luz y la sombra. Porque no somos nada más que eso: una pena con pies yendo de un lado al otro sin saber cuándo ni cómo nos libraremos o nos olvidaremos de una vez del dolor”. Entonces contempló la opacidad lechosa derramando sobre las casas ya desdibujadas y se paró y volvió a correr, hasta que la oscuridad de la montaña lo cubrió por completo.

No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Google+