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EL VIENTO DE LA DESGRACIA (SIDA + VIDA) - DANIEL BENTANCOURT (36)


1ª edición / Caracol al Galope 1999
1ª edición WEB / elMontevideano Laboratorio de Artes 2018

Edición y prólogo: Hugo Giovanetti Viola


PARTE 3

19


Mi padre me sacudió el hombro cuando estaba en el mejor de los sueños y me dijo que el comisario Alzogaray quería hablar conmigo.

-Díganle que llame más tarde -respondí, dándome vuelta en la cama.

-Es que no me llamó por teléfono. Te está esperando en la cocina.

Me vestí sin saber muy bien lo que estaba poniéndome y sentí necesidad de quedarme en la cama hasta el otro día, aunque recién fueran las cuatro y media de la tarde. Cuando bajé a la cocina Alzogaray dejó la taza de café sobre la mesa y me pidió pata hablar en privado. Volvimos a mi cuarto. Le tuve que pedir que me lo contara todos dos veces, contrayendo machacona y mecánicamente los bigotes aunque sin sonreír, esta vez.

-Cómo lo supieron -balbucié, y de repente sentí como si la dimensión real del viento traspasara los vidrios y me atravesara los huesos.

-Alguien llamó. Creemos que fue el propio Ángel, aunque sobre eso no hay seguridad.

-Los tres -dije.

-Sí. Y están exactamente igual a como quedaron los animales. Lamento traerle estas noticias, pero preciso ayuda -suspiró.

-Claro -me senté, observándome las manos. -Espéreme en el auto que ya salgo, por favor.

Al bajar las escaleras los besé a todos y les dije que después les explicaría lo que estaba pasando, aunque la abuela me miró con las manos arrugadas y manchadas cruzadas sobre el regazo y supe que ella no necesitaba ninguna explicación.

Cuando llegamos a lo de los Muñoz pedí para entrar solo a la casa silenciosa y los encontré a los tres en sus camas, congelados en el último gesto y ellos también como sorprendidos. Y negros, de arriba abajo.

-Y Ángel -le pregunté a Alzogaray, que me esperaba en el corredor junto a dos policías.

-Todavía no pudimos localizarlo -y por un momento me miró con la misma expresión que mi abuela.

Entonces me di vuelta y corrí hasta el único dormitorio que me faltaba inspeccionar. La cama estaba tendida, aunque había dos leves huecos en la frazada y en la almohada. En el ropero encontré toda la ropa de Ángel, incluido el sacón de cuero y el buzo más grueso. La valija y la mochila también estaba sobre el ropero, y al lado de la cama descubrí las botas con suela de goma que usaba para escalar. Y entonces fue como si captara, flotando allí en el cuarto, la última mirada de Ángel hacia todo lo suyo.

-¿Encontró algo? -me preguntó Alzogaray desde la puerta. -¿Nada fuera de lugar o algo así?

-No.

Después salimos a la terraza y me apoyé en el barandal y acepté, completamente erizado, un cigarrillo que me ofreció Alzogaray. Fumamos observando la luz lechosa y las sombras cenicientas del valle, y me pregunté cómo podían haber tantos grises distintos en una misma tarde.

-Qué piensa sobre esto -preguntó él de repente.

-Ángel -sople fuerte el humo.

-¿Qué pasa con Ángel?

-Me temo que fue él. Ahora encaja todo. Todo: el canario, los otros animales -me di vuelta temblando y sin poder aguantar el castañeteo de los dientes. -No me di cuenta que el que volvió a la ciudad no era el Ángel que todos conocíamos. Eso es lo que está pasando, comisario.

-¿Pero cómo lo puede haber hecho? Sigue sin haber ninguna marca en los cuerpos, ninguna herida. Nada. Y lo más importante: ¿por qué? Era su propia familia.

-No sé, Alzogaray, no sé. No tengo más respuestas.

Pero enseguida traté de imaginarme dónde podía estar Ángel ahora, y me volví a erizar.

-Bueno, yo voy a estar en casa, por cualquier cosa que precise -dije, dejando caer el cigarro sobre el jardín.

Cuando salí ya había una docena de curiosos alrededor de Campos, el fotógrafo, que esperaba sentado sobre el capot de uno de los coches policiales. Alzogaray me había ofrecido llevarme, pero preferí bajar caminando. Y a los pocos pasos se me pusieron los tres al lado, inevitablemente.

-Yo me di cuenta que algo no andaba bien desde el día que se tomó aquel café sin azúcar -dijo Paulo Enrique, después que les expliqué todo lo más escuetamente posible. -Yo sabía.

-Ahora va a haber que encontrarlo -murmuró Joaquín.

Y Claudio agregó:

-Sí, Cuanto antes mejor.

-Eso es trabajo para la policía, muchachos les advertí, sin dejar de caminar. -No se metan en esto. Ahora tenemos que preocuparnos por Ángel, pero no para complicarlo más de lo que está. Y esperar a que pase lo que tenga que pasar. Quiero que se mantengan lejos de este asunto, ¿entendieron?

Los dejé conversando allá arriba, excitados. Yo ya tenía una idea bastante clara de lo que podía pasar, por supuesto. Como sabía que las puertas de los fondos empezarían a ser trancadas con más cuidado aquella misma noche y que las viejas escopetas saldrían de sus rincones, esperando para ser utilizadas en la menor oportunidad. El viento me empujaba hacia la plaza, donde todavía no se habían encendido los faroles y lo único que sobresalía era el triángulo oscuro del campanario. Entonces volví a pensar en Ángel y en las razones que hipotéticamente podría tener para explicar aquella locura. Recordé el cuerpito de Cris, negro y retorcido en la cama, y fue como si se me formara un hueco sobre el esternón.

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