1ª edición / Caracol al Galope 1999
1ª edición WEB / elMontevideano Laboratorio de Artes 2018
Edición y prólogo: Hugo
Giovanetti Viola
PARTE 3
19
Mi padre me sacudió el
hombro cuando estaba en el mejor de los sueños y me dijo que el comisario
Alzogaray quería hablar conmigo.
-Díganle que llame más
tarde -respondí, dándome vuelta en la cama.
-Es que no me llamó por teléfono.
Te está esperando en la cocina.
Me vestí sin saber muy
bien lo que estaba poniéndome y sentí necesidad de quedarme en la cama hasta el
otro día, aunque recién fueran las cuatro y media de la tarde. Cuando bajé a la
cocina Alzogaray dejó la taza de café sobre la mesa y me pidió pata hablar en
privado. Volvimos a mi cuarto. Le tuve que pedir que me lo contara todos dos
veces, contrayendo machacona y mecánicamente los bigotes aunque sin sonreír,
esta vez.
-Cómo lo supieron -balbucié,
y de repente sentí como si la dimensión real del viento traspasara los vidrios
y me atravesara los huesos.
-Alguien llamó. Creemos
que fue el propio Ángel, aunque sobre eso no hay seguridad.
-Los tres -dije.
-Sí. Y están exactamente
igual a como quedaron los animales. Lamento traerle estas noticias, pero
preciso ayuda -suspiró.
-Claro -me senté,
observándome las manos. -Espéreme en el auto que ya salgo, por favor.
Al bajar las escaleras
los besé a todos y les dije que después les explicaría lo que estaba pasando,
aunque la abuela me miró con las manos arrugadas y manchadas cruzadas sobre el
regazo y supe que ella no necesitaba ninguna explicación.
Cuando llegamos a lo de
los Muñoz pedí para entrar solo a la casa silenciosa y los encontré a los tres
en sus camas, congelados en el último gesto y ellos también como sorprendidos.
Y negros, de arriba abajo.
-Y Ángel -le pregunté a
Alzogaray, que me esperaba en el corredor junto a dos policías.
-Todavía no pudimos localizarlo
-y por un momento me miró con la misma expresión que mi abuela.
Entonces me di vuelta y
corrí hasta el único dormitorio que me faltaba inspeccionar. La cama estaba
tendida, aunque había dos leves huecos en la frazada y en la almohada. En el
ropero encontré toda la ropa de Ángel, incluido el sacón de cuero y el buzo más
grueso. La valija y la mochila también estaba sobre el ropero, y al lado de la
cama descubrí las botas con suela de goma que usaba para escalar. Y entonces
fue como si captara, flotando allí en el cuarto, la última mirada de Ángel
hacia todo lo suyo.
-¿Encontró algo? -me
preguntó Alzogaray desde la puerta. -¿Nada fuera de lugar o algo así?
-No.
Después salimos a la terraza
y me apoyé en el barandal y acepté, completamente erizado, un cigarrillo que me
ofreció Alzogaray. Fumamos observando la luz lechosa y las sombras cenicientas
del valle, y me pregunté cómo podían haber tantos grises distintos en una misma
tarde.
-Qué piensa sobre esto
-preguntó él de repente.
-Ángel -sople fuerte el
humo.
-¿Qué pasa con Ángel?
-Me temo que fue él.
Ahora encaja todo. Todo: el canario, los otros animales -me di vuelta temblando
y sin poder aguantar el castañeteo de los dientes. -No me di cuenta que el que
volvió a la ciudad no era el Ángel que todos conocíamos. Eso es lo que está
pasando, comisario.
-¿Pero cómo lo puede
haber hecho? Sigue sin haber ninguna marca en los cuerpos, ninguna herida.
Nada. Y lo más importante: ¿por qué? Era su propia familia.
-No sé, Alzogaray, no sé.
No tengo más respuestas.
Pero enseguida traté de
imaginarme dónde podía estar Ángel ahora, y me volví a erizar.
-Bueno, yo voy a estar en
casa, por cualquier cosa que precise -dije, dejando caer el cigarro sobre el
jardín.
Cuando salí ya había una
docena de curiosos alrededor de Campos, el fotógrafo, que esperaba sentado
sobre el capot de uno de los coches policiales. Alzogaray me había ofrecido
llevarme, pero preferí bajar caminando. Y a los pocos pasos se me pusieron los
tres al lado, inevitablemente.
-Yo me di cuenta que algo
no andaba bien desde el día que se tomó aquel café sin azúcar -dijo Paulo
Enrique, después que les expliqué todo lo más escuetamente posible. -Yo sabía.
-Ahora va a haber que
encontrarlo -murmuró Joaquín.
Y Claudio agregó:
-Sí, Cuanto antes mejor.
-Eso es trabajo para la
policía, muchachos les advertí, sin dejar de caminar. -No se metan en esto. Ahora
tenemos que preocuparnos por Ángel, pero no para complicarlo más de lo que está.
Y esperar a que pase lo que tenga que pasar. Quiero que se mantengan lejos de
este asunto, ¿entendieron?
Los dejé conversando allá
arriba, excitados. Yo ya tenía una idea bastante clara de lo que podía pasar,
por supuesto. Como sabía que las puertas de los fondos empezarían a ser
trancadas con más cuidado aquella misma noche y que las viejas escopetas
saldrían de sus rincones, esperando para ser utilizadas en la menor
oportunidad. El viento me empujaba hacia la plaza, donde todavía no se habían encendido
los faroles y lo único que sobresalía era el triángulo oscuro del campanario.
Entonces volví a pensar en Ángel y en las razones que hipotéticamente podría
tener para explicar aquella locura. Recordé el cuerpito de Cris, negro y
retorcido en la cama, y fue como si se me formara un hueco sobre el esternón.























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